La electrónica y el límite físico que ignoramos cuando hablamos de IA

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Paula Lamo, Profesora e investigadora, Universidad de Cantabria

La inteligencia artificial precisa, para funcionar, un sustrato físico electrónico que abastezca al sistema de electricidad. Igor Omilaev / Unsplash., CC BY

En los últimos meses se repite una escena llamativa en medios de comunicación especializados en el ecosistema tecnológico: anuncios espectaculares sobre nuevos modelos de inteligencia artificial (IA) que conviven con retrasos en centros de datos, proyectos de computación intensiva paralizados y advertencias crecientes sobre los límites físicos del despliegue de la inteligencia artificial (IA).

La conversación pública suele atribuir estos problemas al consumo energético o al impacto ambiental. Pero el origen del cuello de botella es más específico y menos conocido. Porque la cuestión no es solo cuánta electricidad necesita la inteligencia artificial, sino cómo se gestiona esa electricidad dentro de los propios sistemas de computación avanzada. Y, ahí, entra en juego una disciplina que rara vez aparece en los titulares, pero que condiciona el ritmo real de la IA: la electrónica de potencia.

Control de la potencia

A diferencia de la electrónica digital, que se encarga de procesar información, la electrónica de potencia se ocupa de convertir, regular y controlar la energía eléctrica que alimenta procesadores, aceleradores y sistemas de alto rendimiento. La encontramos en el interior de los equipos, donde la electricidad debe adaptarse de forma extremadamente rápida y precisa a cargas que cambian en microsegundos. Es la tecnología que decide si un sistema puede operar de forma estable o si se convierte en una fuente constante de pérdidas, calor y fallos.

Este aspecto se ha vuelto crítico con la actual carrera por aumentar la capacidad de cálculo. Los aceleradores utilizados para entrenar y ejecutar modelos de IA concentran hoy densidades de potencia inéditas. Alimentarlos ya no es un problema trivial: requiere sistemas capaces de conmutar a muy alta frecuencia, responder a transitorios –variaciones momentáneas de voltaje– bruscos y mantener la estabilidad eléctrica en condiciones límite. Cuando esa conversión falla o se vuelve ineficiente, el problema no se soluciona con más software.

Imprescindible para escalar infraestructuras

Buena parte de las noticias recientes sobre dificultades para escalar infraestructuras de IA apuntan indirectamente a este fenómeno. Se habla de falta de suministro, de saturación de centros de datos o de costes crecientes, pero detrás de muchos de estos titulares hay un reto técnico concreto: la conversión eléctrica interna se ha convertido en un factor limitante del diseño.

A medida que aumenta la potencia por unidad de volumen, la electrónica que alimenta los sistemas pasa de ser un componente más a condicionar toda la arquitectura.

Componente SMD con el que se construyen los circuitos empleados. Paula Lamo.
CC BY-NC-ND

Sin energía, no hay IA

Durante años, el progreso digital se benefició de mejoras continuas en la electrónica convencional que permitían aumentar prestaciones sin replantear el sistema. Sin embargo, este margen se ha reducido. Hoy, cada incremento de capacidad computacional exige rediseñar cómo se entrega la energía, cómo se controla y cómo se disipa el calor generado. En este contexto, la electrónica de potencia deja de ser una tecnología transversal o “de apoyo” y se convierte en una condición de posibilidad para las IAs más avanzadas.

Este giro explica el creciente interés que hay alrededor de los nuevos semiconductores de potencia, capaces de operar a mayores frecuencias, con menos pérdidas y mayor densidad.

No se trata de una mejora incremental, sino de una respuesta directa a los límites físicos que empiezan a aflorar en la computación intensiva. La capacidad de alimentar de forma fiable un sistema de IA determina hoy tanto su viabilidad como la sofisticación del modelo que ejecuta.

Hardware dedicado a Machine Learning, Data Science e IoT. Paula Lamo.
CC BY-NC-ND

Choque con los límites físicos

Desde hace décadas, comunidades técnicas internacionales como la IEEE Power Electronics Society y la IEEE Industrial Electronics Society trabajan, precisamente, en este punto de fricción entre computación avanzada y límites físicos. Su experiencia muestra que muchos de los desafíos actuales de la IA no se resolverán únicamente con mejores modelos, sino con avances en la ingeniería que hace posible su operación continua y segura.

A pesar de todo lo anterior, esta dimensión apenas aparece en el relato público sobre inteligencia artificial, que sigue centrado casi exclusivamente en datos, algoritmos y capacidades cognitivas. La IA se presenta como una tecnología abstracta, cuando, en realidad, depende de infraestructuras electrónicas extremadamente exigentes. Ignorar esta capa conduce a expectativas poco realistas sobre la velocidad a la que se puede escalar y desplegar en entornos reales.

Esto no significa que la inteligencia artificial esté “atascada” ni que su desarrollo vaya a detenerse. Significa que su ritmo real está cada vez más condicionado por factores materiales que rara vez se discuten fuera del ámbito especializado.

Una visión integral

La pregunta relevante ya no es solo qué puede hacer un algoritmo, sino qué puede sostener el hardware que lo alimenta durante años, sin fallar y sin disparar los costes.

Tal vez, por eso, el debate actual sobre la IA necesita ampliarse. No para restar importancia al software, sino para incorporar una visión más completa del sistema tecnológico en su conjunto. Porque el avance de la inteligencia artificial no depende únicamente de lo que somos capaces de imaginar en código, sino de lo que la electrónica puede soportar de forma estable, eficiente y fiable. Y, ese límite, hoy, empieza a hacerse visible.

The Conversation

Este trabajo ha sido apoyado por el Gobierno Regional de Cantabria y financiado por la UE bajo el proyecto de investigación 2023-TCN-008 UETAI. También, este trabajo fue financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación de España MICIU/AEI/10.13039/501100011033 y por FEDER, UE bajo el proyecto de investigación PID2021-128941OB-I00, “Transformación Energética Eficiente en Entornos Industriales”.
La autora es Presidenta del Capítulo conjunto español PELS-IES de IEEE, sociedades mencionadas en este trabajo (http://ieee-pels-ies.es/).

ref. La electrónica y el límite físico que ignoramos cuando hablamos de IA – https://theconversation.com/la-electronica-y-el-limite-fisico-que-ignoramos-cuando-hablamos-de-ia-272634

Los microorganismos resistentes se propagan a través de los alimentos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laura Botello Morte, Personal Docente e Investigador de la Facultad de Ciencias de la Salud, Universidad San Jorge

Tatevosian Yana/Shutterstock

En el llamado ciclo “de la granja a la mesa” –es decir, desde que se recolectan las materias primas hasta disfrutar del alimento cocinado en nuestro plato– tiene lugar un fenómeno a priori invisible: la resistencia a los antimicrobianos. Este problema surge cuando los microorganismos (bacterias, hongos, etcétera) dejan de responder a los antibióticos y/o los desinfectantes.

Descrito a menudo como una “pandemia silenciosa”, constituye actualmente un importante riesgo para la salud global.

Entornos ideales para su proliferación

En la ganadería y la acuicultura intensivas, los compuestos antimicrobianos se han utilizado de manera rutinaria no solo para prevenir enfermedades en animales hacinados, sino incluso para promover un crecimiento más rápido de los mismos. Aunque esta última práctica está disminuyendo gracias a la actual legislación en materia de higiene y seguridad de los alimentos, el uso masivo de antimicrobianos ha creado entornos ideales donde los microorganismos resistentes pueden emerger y proliferar.

Datos recientes de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) acerca de la resistencia desarrollada por bacterias zoonóticas –que pueden transmitirse de animales a humanos– y por bacterias indicadoras –las que se utilizan como centinelas para indicar, de manera indirecta, el estado de la higiene y seguridad de los alimentos– ponen el foco sobre esta tendencia en alza.

Por ejemplo, el informe destaca elevados niveles de inmunidad al ciprofloxacino –un antibiótico de uso común en medicina humana– en bacterias como Campylobacter coli, presente tanto en humanos como en animales destinados al consumo, especialmente pollos, pavos, cerdos de engorde y terneros. Dicha resistencia también se detecta en determinadas cepas de Salmonella, lo que subraya la necesidad de concienciar sobre el uso prudente de los antimicrobianos.

Los “superbichos” llegan al plato

Estos superbichos resistentes son capaces de dispersarse a través de las aguas de riego, el suelo, los productos agrícolas y las plantas de procesado para acabar, potencialmente, en nuestros platos. Ser conscientes de esta red de conexiones entre el ambiente, los animales de consumo y las personas es el primer paso para diseñar estrategias eficaces que garanticen la seguridad alimentaria y la salud global.

Un estudio europeo reciente, publicado en Nature Microbiology, analizó más de 2 000 muestras, incluyendo materias primas (como carne fresca), productos finales (como queso) y superficies de trabajo procedentes de varias industrias alimentarias.

En este viaje de la granja a la mesa, más del 70 % de las resistencias a antimicrobianos –incluyendo antibióticos relevantes en medicina humana y veterinaria como la penicilina o la estreptomicina– se intercambian entre las bacterias presentes.

Asimismo, se identificó al denominado grupo ESKAPE (Enterococcus faecium, Staphylococcus aureus, Klebsiella pneumoniae, Acinetobacter baumanii, Pseudomonas aeruginosa y Enterobacter spp.) como máximo responsable de ese intercambio. El principal vehículo de transmisión sería S. aureus, ya que está presente en piel y mucosas de aproximadamente un tercio de la población y es, por tanto, relevante en la manipulación de alimentos.

Intercambio de genes y biopelículas

¿Y cómo se comparten las “instrucciones” para sobrevivir al antibiótico o al desinfectante? La respuesta es sencilla: intercambiando genes como el que intercambia cromos. Es lo que se conoce como transferencia horizontal de genes.

Hay tres mecanismos diferentes. Mediante el primero, llamado transformación, la bacteria incorpora un gen directamente del ambiente, como el que coge una nota del suelo y se la mete en el bolsillo. A través del segundo, conocido como transducción, el gen se transporta a través de un bacteriófago, un virus de bacterias, que actúa como el mensajero que entrega una carta. Y por último, mediante la conjugación, dos bacterias entran en contacto físico, como dos ordenadores conectados por un cable, para pasarse la información directamente de una a la otra.




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Y por si fuera poco, la industria alimentaria también se enfrenta al problema de la formación de biopelículas polimicrobianas, es decir, conjuntos de microorganismos adheridos a superficies que son muy resistentes a los agentes externos y a los métodos de limpieza y desinfección convencionales. Esas biopelículas pueden albergar especies persistentes que no son capaces de multiplicarse, pero que perduran en el tiempo y constituyen verdaderos focos de contaminación. Además, favorecen la transferencia de genes de resistencia.

Las biopelículas suponen, por tanto, un gran desafío para los sistemas de control actuales. Las nuevas tecnologías en el procesado y conservación de alimentos se centran, en parte, en combatirlas mediante el uso de ozono, luz UV-C, nanopartículas metálicas, plasma frío o, incluso, virus específicos de bacterias.

Aliados de origen vegetal

Afortunadamente, la investigación que se centra en la búsqueda de antimicrobianos de origen vegetal, como los aceites esenciales, ofrece una estrategia complementaria para el control de biopelículas y la conservación de alimentos. Entre estos compuestos destacan el carvacrol (presente en orégano y tomillo), el aceite esencial de menta o el citral (procedente de cítricos), entre otros.

En general, se trata de agentes menos tóxicos que los antimicrobianos convencionales y con una tendencia menos acusada a generar resistencias. Al reducir eficazmente las biopelículas y eliminar las bacterias que las forman, podrían contribuir a frenar el uso de antimicrobianos y el incremento de la resistencia a estos compuestos. La lucha continúa.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Los microorganismos resistentes se propagan a través de los alimentos – https://theconversation.com/los-microorganismos-resistentes-se-propagan-a-traves-de-los-alimentos-270322

Divertida, tierna, graciosa: Catherine O’Hara iluminaba la pantalla cada vez que aparecía

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ben McCann, Associate Professor of French Studies, Adelaide University

Catherine O’Hara, la actriz y comediante que ha fallecido a los 71 años, ocupaba una posición poco común en la cultura cinematográfica contemporánea: era actriz cómica, figura de culto y estrella mainstream. Su carrera se expandió durante más de 50 años, y abarcó desde sketches cómicos improvisados hasta películas de Hollywood y clásicos televisivos poco convencionales.

Era famosa por su incomparable sentido del humor y su capacidad para interpretar personajes camaleónicos. Sus papeles solían ser absurdos y extravagantes, pero ocultaban un humor muy agudo.

Nacida y criada en Toronto en el seno de una familia católica irlandesa muy unida, O’Hara tenía seis hermanos. En una ocasión comentó que el humor formaba parte de su vida cotidiana; contar historias, hacer imitaciones y mantener conversaciones animadas le ayudaron a trabajar su instinto para hacer reír.

Después del instituto, trabajó en el teatro Second City de Toronto, un famoso semillero de talentos cómicos, y perfeccionó sus habilidades para improvisar mientras mantenía una expresión impasible.

El gran salto

El gran salto de O’Hara llegó con Second City Television (SCTV), una serie de sketches cómicos que rivalizaba con Saturday Night Live en creatividad e influencia. Junto a sus contemporáneos Eugene Levy, John Candy, Rick Moranis y Martin Short, definió su voz cómica, claramente inteligente y absurda.

O’Hara no era solo una intérprete en SCTV, sino también guionista, y ganó un premio Emmy por sus contribuciones. Esta doble función moldeó su sensibilidad hacia el ritmo, el lenguaje y la construcción de personajes a lo largo de su carrera.

A diferencia de los intérpretes que basan sus sketches en la repetición o en producir frases célebres, el humor de O’Hara surgía de una lógica cómica diferente. El público se reía no porque el personaje fuera “gracioso”, sino porque se tomaba a sí mismo muy en serio.

Aunque fue contratada brevemente para Saturday Night Live a principios de la década de 1980, O’Hara decidió quedarse en SCTV cuando se renovó, una decisión que más tarde describió como clave para permitir que su carrera creativa floreciera donde debía.

La transición al cine

A mediados de la década de 1980, O’Hara se estaba consolidando como presencia en la pantalla. Apareció en la peculiar comedia negra de Martin Scorsese Jo, ¡qué noche! (1985) y mostró su talento cómico en Se acabó el pastel (1986).

En 1988, consiguió lo que se convertiría en uno de sus papeles cinematográficos más queridos: Delia Deetz en la extravagante Bitelchús (1988) de Tim Burton.

Delia, una pretenciosa trepadora social del mundo artístico neoyorquino, permitió a O’Hara combinar la comedia física y los diálogos absurdos (“Un poco de gasolina… un soplete… no hay problema”).

Burton señaló en una ocasión

“Catherine es muy buena, quizá demasiado. Trabaja a niveles que la gente ni siquiera conoce. Creo que asusta porque opera a niveles muy altos”.

A continuación interpretó a Kate McCallister, la atribulada madre de las superproducciones navideñas Solo en casa (1990) y Solo en casa 2: Perdido en Nueva York (1992). Al público le encantó el hecho de que este papel, bastante poco desarrollado, se convirtiera en el alma de las películas.

Trabajando con Christopher Guest

Otra etapa destacada de la carrera de O’Hara fue su trabajo con el guionista y director Christopher Guest en una serie de falsos documentales, en gran parte improvisados, que se han convertido en clásicos de culto.

Dos de las más destacados fueron El experto (1996), donde interpreta a una desesperada artista local en una compañía teatral de un pequeño pueblo, y Un poderoso viento (2003), donde formó equipo con su viejo amigo Levy como un dúo folk envejecido.

Pero su mejor interpretación llegó con Best in Show (2000), en la que ella y Levy interpretaban a una pareja que competía en una exposición canina nacional. Su personaje, Cookie Fleck, sigue siendo uno de los mejores ejemplos de comedia de improvisación en el cine. Los monólogos sobre sus antiguos amantes son objetivamente inapropiados, pero O’Hara los interpreta con tal entusiasmo y sinceridad que resultan extrañamente cautivadores.

El talento de O’Hara brilló en estas películas: sus excéntricos personajes eran muy divertidos, pero ella nunca se burlaba de ellos.

Éxito tardío

Volvió a la televisión con A dos metros bajo tierra (2001-2005) y con apariciones especiales en The Larry Sanders Show (1992-1998) y Curb Your Enthusiasm (1999-2024). Más recientemente, se la vio en series como The Last of Us (2023-) y The Studio (2025-).

Pero fue el papel de Moira Rose, la excéntrica exestrella de telenovelas de la comedia canadiense Schitt’s Creek (2015-20), creada por Eugene Levy y su hijo Dan, el que se convertiría en el paso más significativo de la carrera tardía de O’Hara. ¡Y qué papel!

Escrito para el talento único de la actriz, Moira era un personaje más grande que la vida, con un vocabulario extraño e inolvidable, cambios de humor dramáticos y un vestuario que se hizo casi tan famoso como el propio personaje.

Los estudiosos feministas de los medios de comunicación han señalado la rareza de que existan papeles tan complejos para mujeres mayores, especialmente en la comedia, lo que hace que la interpretación de O’Hara sea culturalmente significativa.

La serie se convirtió en un éxito mundial en las plataformas de streaming durante la covid-19 y ella, galardonada con múltiples premios, fue un fenómeno en las redes sociales, dando lugar a memes y vídeos virales.

Hay tantos momentos destacados: su crisis alcohólica tras perder sus pelucas, su audición para The Crows Have Eyes 3 o el emotivo final de la serie, en el que interpreta Danny Boy en la graduación de Alexis.

Un legado imperecedero

O’Hara tenía una habilidad extraordinaria para interpretar personajes extravagantes y egocéntricos que a menudo resultaban tremendamente divertidos.

Muchos comediantes y actores la han citado como una influencia por su valentía, su capacidad para combinar lo absurdo con la verdad emocional y su firme compromiso con la integridad de los personajes. Tuvo impacto en la carrera de intérpretes como Tina Fey, Maya Rudolph, Kate McKinnon y Phoebe Waller-Bridge.

O’Hara también se negó a perseguir el estrellato convencional. En lugar de elegir proyectos diseñados para diluir sus excentricidades, O’Hara prefirió entornos colaborativos que valoraban la creatividad por encima del control.

Para ella, la comedia era siempre un arte de inteligencia, empatía y generosidad.

The Conversation

Ben McCann no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Divertida, tierna, graciosa: Catherine O’Hara iluminaba la pantalla cada vez que aparecía – https://theconversation.com/divertida-tierna-graciosa-catherine-ohara-iluminaba-la-pantalla-cada-vez-que-aparecia-274900

Venezuela a un mes del 3 de enero: ¿transición democrática o reconfiguración del poder?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Benigno Alarcón, Director of the Center for Political Studies, Universidad Católica Andrés Bello

La presidenta Delcy Rodríguez en su primer consejo de ministros, el pasado 5 de enero. Wikipedia/Prensa Presidencial de Venezuela, CC BY

La captura de Nicolás Maduro la madrugada del 3 de enero por parte de fuerzas especiales estadounidenses ha marcado un punto de inflexión en la historia política reciente de Venezuela. El mismo día de la extracción se estableció un Gobierno provisional con Delcy Rodríguez al frente. Desde entonces, se han venido produciendo cambios en la política económica y exterior venezolana que han alterado de manera sustantiva el equilibrio de poder.

La pregunta central, sin embargo, sigue abierta: ¿estamos ante el inicio de una transición democrática o frente a una reconfiguración tutelada del poder autoritario?

Responder a esta cuestión exige ir más allá del impacto del evento y analizar el proceso desde la teoría de las transiciones políticas, distinguiendo con claridad entre mecanismos de cambio y condiciones para que exista una transición.

¿Qué ha cambiado en Venezuela desde enero?

A diferencia de otros momentos de la crisis venezolana, desde enero se observan cambios estructurales verificables y no solo gestos políticos o retóricos.

Estos cambios no implican aún una transición democrática, pero sí configuran un cambio de gobierno acompañado del inicio de una alteración del régimen, condición necesaria –aunque no suficiente– para hablar de transición.

Mecanismos y condiciones de transición no son lo mismo

Una confusión frecuente consiste en equiparar los mecanismos mediante los cuales ocurre una transición con las condiciones que permiten afirmar que realmente está en marcha.

Dichos mecanismos incluyen ruptura, reforma, colapso o negociación (voluntaria o bajo coerción). En cambio, las condiciones mínimas para que pueda ocurrir una transición son dos:

  1. Cambio efectivo de gobierno.

  2. Apertura de un proceso de cambio de régimen.

Venezuela hoy no cumple con estas condiciones, aunque se intentan construir mediante un mecanismo atípico: una negociación bajo coerción externa creíble. La extracción de Maduro modificó de forma radical los cálculos de supervivencia de la élite gobernante. A diferencia de intentos previos, la amenaza ya no es retórica y por ello la negociación, aunque no voluntaria sino bajo coerción, es hoy políticamente creíble.




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La historia explica la cautela de Washington

La forma en que se intenta conducir el proceso venezolano no encaja plenamente en los modelos clásicos. No se trata de una ocupación ni de una transición puramente endógena: existe, más bien, una intervención selectiva acompañada de la preservación temporal del aparato estatal. La expectativa es que este facilite el desmontaje del sistema que le permitió mantenerse en el poder, para seguir con una transición ordenada que no precise el cumplimiento de las amenazas del gobierno estadounidense de realizar más incursiones en territorio venezolano para garantizar la estabilidad del país.

La experiencia comparada muestra que tanto el desmantelamiento completo del aparato estatal (Irak, Afganistán) como su preservación sin reformas profundas (Libia, Camboya) han generado resultados altamente inestables.

El caso venezolano intenta transitar un camino intermedio, con una intervención selectiva orientada a modificar incentivos, sin provocar un colapso institucional inmediato.

El más reciente movimiento diplomático ha sido la llegada a Venezuela, el 31 de enero, de Laura F. Dogu, la nueva enviada principal de Estados Unidos al país. A finales de enero de 2019, Maduro anunció el cierre de la embajada de Estados Unidos en Caracas, incluidos todos los servicios consulares, lo que el Departamento de Estado calificó calificó como una “suspensión temporal de operaciones”. No hay fecha de apertura de la embajada pero parece que poco a poco comienzan a normalizarse las relaciones diplomáticas entre los dos países.

Estados Unidos y la ventana de oportunidad

Las declaraciones de Marco Rubio ante el Congreso de EE. UU. delinean un proceso en tres etapas, explícitamente orientado a una transición democrática, aunque secuencial y condicionada. Esto sugiere que actores clave en Washington sí contemplan una salida democrática en el corto plazo y no solo una estabilización indefinida.

Sin embargo, existe un riesgo real: la ventana de oportunidad es limitada. El calendario político estadounidense –en particular los resultados de las elecciones de medio mandato del próximo mes de noviembre si resultan desfavorables para los republicanos– puede reducir la amenaza creíble sobre los actores venezolanos. Si ello ocurre antes de que se consoliden reformas institucionales clave, el proceso puede estancarse o incluso puede llegar a revertirse.

Washington parece consciente de este peligro, como lo demuestran las luchas en el Senado estadounidense para limitar los poderes del presidente Trump para el uso de la fuerza militar en territorio venezolano. La cuestión es si actuará con la rapidez necesaria.




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Escenarios condicionados

Más que asignar probabilidades numéricas, el momento actual exige pensar en trayectorias dependientes de decisiones:

  • Transición democrática viable, si se avanza pronto en garantías y reformas institucionales que permitan la instalación de un gobierno democráticamente electo.

  • Hibridación prolongada, si la estabilización económica sustituye la prioridad por un cambio político.

  • Reversión autoritaria adaptada, si la coerción externa pierde credibilidad antes de consolidarse el proceso.

El desenlace dependerá menos del diseño inicial que de la velocidad, secuencia y consistencia de las decisiones en los próximos meses.




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La transición no ha llegado

Venezuela no está aún en una transición democrática, pero tampoco puede afirmarse que el camino que comenzó a andar el 3 de enero pasado sea solo una simple reconfiguración autoritaria. Se encuentra en una fase intermedia, abierta y altamente dependiente del timing. La teoría comparada es clara: cuando las ventanas de oportunidad se cierran, los regímenes autoritarios aprenden, se adaptan y sobreviven.

El margen para acertar –o para fracasar– es estrecho. Y el reloj ya está corriendo.

The Conversation

Benigno Alarcón no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Venezuela a un mes del 3 de enero: ¿transición democrática o reconfiguración del poder? – https://theconversation.com/venezuela-a-un-mes-del-3-de-enero-transicion-democratica-o-reconfiguracion-del-poder-274752

Por qué algunas personas protegen y otras denuncian: una mirada psicológica a los sucesos de Minneapolis

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Albert Flexas Oliver, Profesor permanente laboral en el Departamento de Pedagogía Aplicada y Psicología de la Educación, Universitat de les Illes Balears

Protestas en Minneapolis. Alejandro Diaz Manrique/Shutterstock

En las últimas semanas, las crónicas provenientes de Minnesota nos han devuelto un reflejo incómodo sobre la condición humana. En las redadas del ICE para detener a inmigrantes en la capital de este estado, Minneapolis, se produce un contraste desgarrador.

Por un lado, nos llegan historias de personas que arriesgaron su propia seguridad para proteger a vecinos inmigrantes. Por otro, están quienes, amparándose en la legalidad, deciden denunciar a esos mismos vecinos. Un mismo escenario y dos modelos de respuesta colectiva, a simple vista, completamente divergentes.

Ante tales escenarios, nuestra inclinación natural es clasificar el mundo entre personas valientes y cobardes. Héroes y traidores. Sin embargo, desde un análisis psicológico riguroso, debemos advertir que esta dicotomía es insuficiente para explicar un fenómeno tan complejo.

De escudos humanos a herramientas del poder

El psicólogo estadounidense Lawrence Kohlberg llevó a cabo estudios pioneros en el campo del desarrollo moral. Argumentaba que no nacemos con una brújula ética sino que la construimos, transitando por diferentes etapas. A medida que se encadenan unas con otras, marcan la evolución de la propia moralidad y ponen de manifiesto su transformación durante el recorrido.

En las etapas más elementales, asociadas a la infancia, nuestras respuestas morales se guían por el miedo al castigo o por las posibles recompensas.

A partir de cierta edad, adquirimos normas y cierto sentido de obediencia a la autoridad. Y, en algunas personas, los procesos de maduración y las experiencias vividas facilitan la llegada a un nivel superior.




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Kohlberg llamaba nivel postconvencional a la cumbre del desarrollo moral. Las personas que llegan a dicho nivel ya no se limitan a la obediencia ciega de la ley o de la autoridad.

En esta etapa, se distingue entre lo legal y lo justo. Se priorizan los principios universales de dignidad humana incluso por encima de las normas institucionales. También por encima de las consecuencias de su incumplimiento o del riesgo personal que puedan suponer.

Lo legal frente a lo justo

Este marco del estudio de la moral se vio enriquecido por las aportaciones de la psicóloga y eticista Carol Gilligan. Sostuvo que el desarrollo moral también puede expresarse a través de una ética del cuidado, centrada en la responsabilidad hacia las otras personas.

Por nuestra parte, en diversos estudios hemos analizado cómo la respuesta a dilemas morales depende de muchos factores. Entre ellos, la pregunta condiciona la respuesta. No respondemos lo mismo ante la pregunta “¿Es correcto?” que ante la pregunta “¿Lo harías?”.

Esto implica que el razonamiento moral, por sí solo, no explica la conducta. En situaciones reales no solo debemos decidir qué es lo correcto. Debemos ejecutar, o no, esa decisión. Y, por supuesto, ello nos llevará a enfrentarnos a las consecuencias que se deriven de nuestras acciones.




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Otra visión del heroísmo

Los datos extraídos de un estudio sobre las personas que rescataban congéneres judíos durante el Holocausto resultan ilustradores. Al preguntarles por qué habían arriesgado todo, muchas personas respondían con una sencillez desconcertante: “¿Qué más podía hacer?”. Para estas personas, la decisión no fue una elección heroica calculada.

Su decisión era una respuesta inevitable. Análogamente, para las defensoras de Minnesota, la inacción habría supuesto una traición a su propia esencia. Una traición que habría resultado más dolorosa que cualquier represalia estatal. La autocondena frente al castigo externo.

Por el contrario, en contextos de persecución o rigidez legal, el sistema presiona al individuo para que “simbolice” obediencia. Si esto implica buenas o malas acciones, es otra historia.

Lealtad con el poder vs maldad

Paradójicamente, la complicidad con la injusticia a menudo no tiene que ver con la maldad. Un estudio reciente sobre la “lealtad como legitimadora” revela que el mismo valor que nos hace “buenos vecinos” puede cegarnos.

Según esta investigación, quienes valoran la lealtad por encima de otros principios son más propensos a percibir actos injustos como legítimos. El robo de salarios o la represión estatal, en este caso, son validados porque provienen de la misma estructura de poder a la que somos leales sin dudarlo.

Desvinculación como escudo

A esto se suma la desvinculación moral. Es un escudo psicológico que nos permite desactivar la autocrítica. Nos llegamos a ver como meros engranajes de una maquinaria superior.

Entonces, nos protegemos de la autocondena mientras participamos en la deshumanización de otra persona.

¿Qué nos queda entonces? La esperanza reside en la capacidad de experimentar lo que el psicólogo social y escritor estadounidense Jonathan Haidt denomina elevación moral.

Heroísmo por contagio

Al observar los actos de excelencia ética en Minnesota, podemos sentir admiración. Podemos experimentar un estado psicológico y físico que nos impulsa a recentrar nuestra propia brújula moral.

El heroísmo funciona como un catalizador que activa nuestra propia tendencia a actuar. Nos recuerda que la responsabilidad hacia otras personas es, en última instancia, una responsabilidad hacia nosotras mismas.

Cada vez que elegimos la justicia sobre la comodidad o la empatía sobre la lealtad ciega, estamos construyendo el yo que responderá cuando llegue la siguiente (o verdadera) crisis.

Vulnerables al miedo y al contexto

Comprenderlo nos advierte sobre nuestra propia fragilidad. Si hoy nos enfrentáramos a una situación como las que nos llegan del panorama internacional, ¿qué haríamos?

Si nuestra seguridad personal dependiera de nuestro silencio o de la denuncia de un vecino, ¿sabemos realmente qué mecanismos de nuestra mente tomarían el control?

La moralidad no es una ciencia exacta. Descansa sobre la interacción bidireccional entre tres aspectos. De una parte, la predisposición biológica. De otra, las normas y valores adquiridos. Y, entre ambos aspectos, nuestro razonamiento y voluntad de actuar.

Mirarse al espejo y reconocer esa vulnerabilidad es el primer paso para asegurarse de que, llegado el momento, la brújula apunte hacia el lado correcto.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Por qué algunas personas protegen y otras denuncian: una mirada psicológica a los sucesos de Minneapolis – https://theconversation.com/por-que-algunas-personas-protegen-y-otras-denuncian-una-mirada-psicologica-a-los-sucesos-de-minneapolis-274783

La conversación docente: competencias digitales

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Eva Catalán, Editora de Educación, The Conversation

BongkarnGraphic/Shutterstock

Para quienes hemos crecido sin internet ni móviles, observar cómo un miembro de la generación Z se maneja digitalmente produce cierto vértigo. La cantidad de tareas, alertas y conversaciones que pueden estar gestionando al mismo tiempo en su móvil y la velocidad a la que lo hacen le dejan a uno sintiéndose como la versión sin actualizar de un software antiguo, de esos que se quedaban un rato “pensando” antes de dar el siguiente paso, con el icono del relojito de arena dando vueltas.

Pero esa habilidad digital tiene una cara oculta. Es posible que, precisamente por ir más despacio, y pararse entre tareas, al final del día un “boomer” esté menos agotado mentalmente que un “zeta”. En su artículo sobre el tecnoestrés en el ámbito académico, los investigadores de la Universidad de Murcia José Luis Serrano y Juan Antonio Gutiérrez Gómez explican cómo ser más “competentes” digitalmente y más capaces de gestionar multitud de tareas online no protege a los universitarios de sentirse sobrecargados, invadidos y abrumados al final del día.

Más bien al contrario: sus destrezas digitales no solo no los preparan sino que a menudo les impiden tener una relación más sostenible con la tecnología en el contexto tan saturado y altamente interdependiente en el que viven. Incluso el ámbito académico se convierte a menudo en un “no parar” de mensajes, alertas, plataformas y tareas digitales. Conclusión: no necesitan que les enseñemos a manejar la tecnología, sino a manejar el flujo constante de atención que requiere y saber ponerle freno.

Veamos otro ejemplo de destrezas técnicas: cuando ChatGPT aterrizó en las universidades hace un par de años, muchos profesores se sorprendían de lo “bien” que escribían de repente todos sus alumnos.

Hoy, el deslumbramiento ha dejado paso a la farragosa tarea de leer frases y más frases estupendamente estructuradas… que no dicen nada. Los angloparlantes ya le han puesto nombre: “workslop”, algo así como vacío academicista. Contenido con una falsa apariencia solvente, que nos sepulta en conceptos y frases huecas que no llevan a ningún lado. Ya existía antes, pero ahora está por todas partes gracias a la IA. María Isabel Labrado Antolín, de la Universidad Complutense, hizo un experimento entre sus estudiantes, y descubrió que los mejores trabajos provenían de los estudiantes que usaban la IA de manera verdaderamente inteligente. Una vez más, conocer la tecnología no es lo mismo que aprovecharla.

Y es que la “competencia digital”, sea de los docentes o de los estudiantes, necesita una reformulación. Aprender a usar programas y aparatos es una cosa, pero aprender a integrarlos en las tareas académicas y en la vida cotidiana otra muy distinta. Los programas y aparatos evolucionan a gran velocidad; por eso, una profesora puede obtener un certificado que avale que tiene unos conocimientos concretos sobre determinadas tecnologías, y al año siguiente sentirse frustrada y estresada con un problema técnico imposible de anticipar.

La verdadera competencia digital pasa por dar a los docentes tiempo, apoyo, redes de colaboración y libertad para equivocarse y experimentar. Solo así podrán ofrecer una visión equilibrada y crítica a esos estudiantes que creen, erróneamente, que la tecnología no tiene secretos para ellos.

Esta semana, además, hemos hablado de cómo mejorar el nivel de inglés de los futuros docentes y de los actuales estudiantes universitarios, de cómo evitar la ansiedad de los cambios de etapa y de lo importante que es la educación de los cero a los 3 años para el futuro académico y la equidad.

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ref. La conversación docente: competencias digitales – https://theconversation.com/la-conversacion-docente-competencias-digitales-274801

¿Por qué las competencias digitales docentes no garantizan un buen uso de la tecnología?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Baltasar González de Anta, Profesor-Psicología Social, Universitat de València

María lleva 18 años enseñando Historia en un instituto público de Valencia. Antes de 2020, utilizaba presentaciones digitales ocasionalmente y gestionaba las notas en un excel que ella misma había elaborado. La pandemia lo cambió todo: tuvo que aprender, en muy pocas semanas, a utilizar herramientas de videoconferencia y de evaluación en línea, plataformas colaborativas y sistemas de comunicación con familias.

Cuatro años después, tras los últimos cambios legislativos, María ha completado su certificación en “competencia digital docente” nivel B2. Pero las nuevas tecnologías siguen apareciendo –ahora, la inteligencia artificial generativa– y el centro espera que las integre sin proporcionarle tiempo de formación ni apoyo técnico continuado: “Ya sabes…tenemos que adaptarnos”.

Una transformación profunda

Al hablar de transformación digital educativa nos referimos al proceso mediante el cual los centros educativos integran tecnologías y procesos digitales en sus prácticas pedagógicas y de gestión cotidianas. Y se ha acelerado en los últimos años.

Este proceso implica no solamente incorporar dispositivos tecnológicos en las aulas y la administración, sino transformar profundamente cómo se enseña, cómo se aprende y cómo se organizan los centros educativos.

Las administraciones educativas han establecido marcos de certificación de “competencias digitales” docentes que el profesorado debe acreditar progresivamente. Esta institucionalización de la digitalización convierte lo que fue una respuesta de emergencia en una expectativa permanente del desempeño profesional docente.

Junto a esto, nos enfrentamos a un nuevo desafío: la inteligencia artificial generativa, una tecnología que representa una oleada adicional de requerimientos para los docentes.

Marcha atrás con la tecnología en las aulas

Paradójicamente, ha surgido también una corriente crítica que cuestiona la efectividad de la digitalización educativa. Por ejemplo, Suecia redujo el uso de libros digitales en el aula y la UNESCO cuestiona la implementación acrítica de tecnología educativa, sugiriendo una falta de evidencia robusta sobre sus beneficios y el predominio de intereses comerciales sobre criterios pedagógicos.

Este giro crítico podría reducir la transformación digital de los centros educativos. Sin embargo, atribuir resultados pedagógicos negativos exclusivamente al uso de la tecnología constituye un error.




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Por ejemplo, la investigación demuestra que la tecnología educativa puede producir efectos positivos tanto en el profesorado como en el alumnado, pero estos dependen del apoyo institucional. Otros estudios destacan los múltiples factores que interactúan, destacando por ejemplo el efecto positivo de la tecnología en el aprendizaje cuando facilita apoyo cognitivo adecuado –retroalimentación continua, andamiaje pedagógico–.

En resumen, pensar que eliminar tecnología resolverá el agotamiento vinculado a su generalización ignora esta amplia complejidad organizacional.

Condiciones de implementación

A raíz de esto, la evidencia en el ámbito de la psicología organizacional apunta a que el problema no es la adopción o no de herramientas digitales, sino las condiciones estructurales en las que el profesorado se encuentra mientras se produce esta transformación digital.

La digitalización eficaz requiere dispositivos e infraestructura básica, por supuesto. Pero sirven de poco si no se acompañan del desarrollo continuado de las competencias digitales docentes que faciliten el adecuado uso de la tecnología.




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Este desequilibrio entre lo que se exige y lo que se proporciona genera estrés laboral, agotamiento y, paradójicamente, escepticismo hacia las mismas herramientas que supuestamente facilitarían el trabajo docente.

Para este segundo elemento, los docentes han de tener tiempo y un apoyo técnico y pedagógico sostenido. Más aún, el profesorado necesita recursos psicológicos que lo ayuden a adaptar su práctica profesional a las nuevas necesidades.

Acreditarse no es todo

Por ello, si recordamos a María, la profesora del inicio de este artículo, podemos comenzar a entender por qué se siente agotada y abrumada ante la transformación digital. Cuando su instituto implementó la plataforma educativa actual, María recibió una formación puntual de tres horas un viernes por la tarde.

Tras completar su certificación B2 en competencia digital docente mediante un curso en línea de 70 horas que realizó fuera de su horario laboral, el centro esperaba que dominara inmediatamente la nueva herramienta. Sin embargo, cuando surgían problemas técnicos durante sus clases o necesitaba adaptar la plataforma a sus necesidades pedagógicas específicas, carecía de apoyo técnico inmediato.

El coordinador TIC del centro, que atiende a 80 docentes, solo puede resolver consultas los martes y jueves en horario de recreo. María posee la certificación formal, pero las condiciones organizacionales de su centro impiden que aplique efectivamente esos conocimientos en su práctica cotidiana.

Recursos personales y organizacionales

Además de la percepción propia de eficacia digital y la actitud hacia la tecnología del propio docente, los recursos que despliegue el centro educativo son cruciales.

Por ejemplo, una cultura de centro abierta a la innovación, un liderazgo que apoye la experimentación y admita el error como parte del aprendizaje profesional, y la creación de redes de colaboración entre docentes, fomentará una digitalización más eficiente.

Cuando María puede consultar dudas técnicas a una compañera sin esperar al horario del coordinador TIC, resuelve problemas en tiempo real. Cuando experimentar con una herramienta nueva no penaliza su evaluación docente, el coste psicológico de aprender se reduce. Estos recursos no eliminan las demandas digitales, pero las hacen manejables.

Intervenciones eficaces: un enfoque integral

Considerando todo lo expuesto, ¿cómo podemos lograr que los centros educativos hagan un uso adecuado y positivo de las tecnologías? La investigación señala que, en primer lugar, la formación docente debe contextualizarse en problemas pedagógicos reales que enfrenta cada docente. Por ejemplo, situándose en la materia impartida, atendiendo a sus metodologías y en el propio contexto del aula.

Segundo, requiere apoyo sostenido en el tiempo: el citado informe también destaca que el aprendizaje profesional significativo no puede lograrse mediante talleres puntuales y que el enfoque tradicional, episódico y fragmentado, no permite el aprendizaje riguroso y acumulativo que transforma la práctica.

Tercero, los centros necesitan cambiar de manera global en la organización del tiempo, en las estructuras de coordinación y en los criterios de evaluación del desempeño docente. Por último, es necesaria una evaluación auténtica de la práctica pedagógica centrada en evidencias reales: aprendizaje del alumnado y desarrollo profesional docente.

Considerando todo ello, es esencial que estas intervenciones no se conviertan en sobrecarga laboral adicional. Cuando la formación en digitalización replica la misma lógica que genera el problema –más tareas, más evaluaciones, más presión sin modificar condiciones estructurales– perpetúa el ciclo de agotamiento que busca resolver.

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Este artículo ha sido posible gracias al Proyecto DIGEDU (PID2021-126048OB-I00), financiado por MCIN/AEI/10.13039/501100011033/ y por FEDER Una manera de hacer Europa. Para más información https://proyectodigedu.es/

Virginia Orengo y Ana Zornoza son IPs y Baltasar González es miembro del equipo de investigación del Proyecto DIGEDU (PID2021-126048OB-I00). https://proyectodigedu.es/

Ana Zornoza Abad y Virginia Orengo Castellá no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

ref. ¿Por qué las competencias digitales docentes no garantizan un buen uso de la tecnología? – https://theconversation.com/por-que-las-competencias-digitales-docentes-no-garantizan-un-buen-uso-de-la-tecnologia-269028

La selección: pensar sobre el mundo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Claudia Lorenzo Rubiera, Editora de Cultura, The Conversation

Everett Collection/Shutterstock

En las películas de Gladiator siempre se hizo mucho hincapié en el “sueño de Roma” de Marco Aurelio, una idea de imperio más cercana a una democracia actual que a la Roma de entonces.

Sin embargo, ya hace un año José A. Delgado escribió que su gobierno no estuvo influido por sus preocupaciones éticas personales, sino por las tradiciones que había heredado. Fue emperador implacable en lo público y filósofo estoico en lo privado. No obstante, Delgado apuntaba que “sus convicciones ciertamente no dirigieron sus decisiones políticas, pero quizá sí prepararon su actitud para afrontarlas”.

Así que, como si fuésemos Marco Aurelio, seguimos sus pasos.

En este momento viene bien recurrir a Hannah Arendt. La “banalidad del mal” que ella detectó entre los funcionarios que llevaron a cabo el Holocausto continúa presente hoy en conflictos como el de Gaza. Más allá de eso, además, sus reflexiones sobre la mentira en política y el efecto que esta tenía en los ciudadanos siguen siendo pertinentes. Según Arendt, el peligro de las falacias no es solo conseguir que la gente desconfíe de quien engaña, sino que lo haga de los hechos que nos definen como sociedad, un relato que, al verse amenazado, pierde su sentido.

Estos días hablamos mucho de la acogida, tanto por las noticias recientes en España (luminosas) como por las que llegan desde Estados Unidos (brutales). Precisamente hace un tiempo tratamos la hospitalidad desde el punto de vista filosófico y nos fijamos en cómo había sido un tema central en la narrativa estadounidense. Los tiempos han cambiado un poco. Hace unos meses, hablando de los inmigrantes, Elon Musk dijo que la empatía iba a ser la perdición de Occidente. A pesar de sus teorías, la empatía es una fortaleza que define a la condición humana.

Además, hay pensadores que defienden que la verdadera hospitalidad no es solo abrir los brazos al extranjero sino también crear oportunidades para que quienes emigran obligados por las circunstancias puedan volver a sus casas y encuentren allí hogares justos y prósperos.

Lo bueno de los filósofos es que definen conceptos tras reflexionar, hablar y discutir. La Escuela de Salamanca, de la que se celebra este año el V centenario, atendió muchos de los dilemas de su tiempo, y algunas de sus conclusiones se pueden intentar extrapolar hasta conflictos actuales. Por ejemplo, la definición de lo que es una “guerra justa”. Como ellos, tenemos que mantener viva la capacidad de dialogar con quienes piensan distinto. Por eso está bien aprender de los antiguos griegos cuándo debemos alzar la voz, cuándo disentir y cuándo escuchar en foros públicos.

Después de todo, la esperanza es que, en el fondo, todos tengamos lo mismo en mente: el bien común.

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ref. La selección: pensar sobre el mundo – https://theconversation.com/la-seleccion-pensar-sobre-el-mundo-274547

La selección: motivación y deseo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Eva Catalán, Editora de Educación, The Conversation

Klochkov SCS/Shutterstock

Nos ha pasado a todos: soñamos con algo especial, grande o pequeño (desde un abrigo precioso y carísimo que esperamos encontrar de rebajas a un viaje, pasando por un ascenso, un trabajo muy deseado, un premio o que determinada persona nos corresponda con su amistad o con su amor); durante semanas, meses, puede que años, es lo primero que pensamos al despertar.

Intuimos, sabemos, que nuestra vida cambiará cuando lo logremos. Y cuando lo logramos, es cierto: cambia. Durante unas horas, unos días, unos meses… pero en un momento dado aquel objetivo ideal pierde su brillo, se vuelve habitual, y ya no nos hace tan felices. Así estamos diseñados. Y tiene un nombre: adaptación hedónica.

Este fenómeno fue descrito por los expertos estadounidenses Philip Brickman y Donald T. Campbell en 1971. Deseamos algo, lo logramos; pasamos a desear otra cosa. El filósofo Spinoza ya consideraba en el siglo XVII el deseo como la expresión de la esencia humana.

Y como explica Juan Antonio Moreno Murcia de la Universidad Miguel Hernández en su artículo sobre los propósitos de año nuevo, desear, querer cosas que no tenemos, es lo que nos mueve, lo que nos empuja a actuar: el motor de nuestra existencia. Podemos existir sin deseo, desde luego. Pero es una existencia bien distinta. Con menos saborcillo, también con muchos menos sinsabores.

Hay distintas maneras de desear. A la hora de elegir objetivos, las motivaciones, es decir las razones por las que queremos algo, pueden marcar la diferencia entre perseverancia y procrastinación, satisfacción y frustración. De ahí que cuando nos marcamos propósitos de año nuevo, la clave del éxito no esté tanto en qué queremos lograr como en para qué o por qué lo queremos.

Esto tiene implicaciones no solo cuando nos apuntamos al gimnasio, sino también cuando elegimos un grado universitario, estudiamos para un examen, o decidimos nuestro destino de vacaciones. Si el objetivo es extrínseco y superficial (estar más delgado, sacarse un título, recibir un reconocimiento externo, lucirnos en redes sociales), curiosamente, la motivación puede flaquear antes.

Es una de las razones por las que algunos propósitos de año nuevo están condenados al fracaso o por la que cuando premiamos a un estudiante si saca buenas notas no estamos favoreciendo tanto sus ganas de aprender como sus ganas de recibir la recompensa. Además, este tipo de motivación extrínseca conduce más a menudo a la “adaptación hedónica” de la que hablaba al principio.

Sin quitar importancia a la satisfacción momentánea de llevar un abrigo bonito, estas lecturas nos enseñan que se puede ser intencional y estratégico incluso para desear cosas y encontrar la motivación en las que nos toca hacer, aunque no las hayamos deseado.

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ref. La selección: motivación y deseo – https://theconversation.com/la-seleccion-motivacion-y-deseo-274228

Suplemento cultural: somos historias

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Claudia Lorenzo Rubiera, Editora de Cultura, The Conversation

Una escena de _Hamnet_. Universal Pictures

Hay autores que son infinitos. Es decir, ellos dejaron como legado un número determinado de obras pero sus historias son tan universales que continúan generando hijos. Para muestra, el Premio Max a Mejor Espectáculo de Teatro en 2025, que fue para Casting Lear, un montaje en el que Andrea Jiménez reescribe el texto de Shakespeare desde su propia biografía con valentía y riesgo escénico. Si les pilla alguna representación cerca, no se lo pierdan.

Como verán, del bardo venía yo a hablar. Hay algunos hechos sobre él. Uno es que en sus biografías siempre se pasa de puntillas por la historia de su mujer, Anne (o Agnes) Hathaway, y su familia. De hecho, en muchas de ellas se asumió que había sido un matrimonio infeliz, aunque apenas existiesen datos que corroborasen esta u otra teoría. Otro hecho es que William Shakespeare tuvo un hijo llamado Hamnet, que murió cuando era niño, y que al año siguiente estrenó una obra llamada Hamlet.

Con esos datos, la irlandesa Maggie O’Farrell decidió hace un tiempo escribir una novela que fue éxito de crítica y lectores y que se titula como aquel niño: Hamnet. Ahora que Chloe Zhao ha llevado a la gran pantalla este texto, es un buen momento para (re)leer la tragedia del príncipe de Dinamarca pensando en la narración (ficticia) que desarrolló O’Farrell para rellenar ese vacío en la biografía personal del dramaturgo.

Porque a partir de esa mezcla de vivencias históricas e inventadas, autobiográficas y ajenas, hay una conclusión posible y preciosa: somos seres hechos de historias y nuestra necesidad de crear esas historias nos define como especie. Esto es así nos llamemos William, Maggie, Claudia o Sarah Polley (y con esta cuña aprovecho para recomendar fervientemente su documental, sobre este tema, Stories we tell).

Ser infeliz para ser persona

De repente llega una serie, entre los millones de series que se estrenan todas las semanas, que sorprende por la originalidad de su idea, por su planteamiento y porque la ejecución es magistral. Así es Pluribus, de Vince Gilligan, una ficción que no solo impacta por lo que cuenta sino por todas las preguntas que plantea.

Para quien no la haya visto, resumo brevemente: la Tierra recibe una especie de virus que hace que (casi) todo el mundo se convierta en una especie de mente colmena sin criterio propio. La humanidad entera piensa lo mismo, siente lo mismo y, como incentivo, es feliz. Quienes no han sido afectados no tienen, en cambio, el privilegio de sentir esta dicha permanente y colectiva. Es decir, y aquí viene el meollo de la reflexión filosófica, siguen siendo humanos.

No son ellas

A Josefa Zapata y Margarita Pérez de Celis las llamaron “socialistas utópicas” porque ellas creían que a través de la educación y el trabajo en comunidad se podía conseguir una sociedad más justa e igualitaria.

Fundaron el periódico El Pensil Gaditano, y muchos otros Pensiles, porque cada vez que les cerraban uno, abrían otro. Y en él publicaron el considerado primer manifiesto feminista español: “La mujer y la sociedad”.

Y como en este siglo XXI, cada vez que recuperamos las figuras de mujeres inspiradoras, necesitamos ponerles cara y cuerpo, las redes no tardaron en hacerlo con Josefa y Margarita. Sin embargo, y así lo explica Elena Lázaro, por muchas ganas que tengamos de hacernos una camiseta, en esa foto salen otras dos señoras.

Contar para entender

En 1989, Donald Trump pagó 85 000 dólares para pedir en cuatro de los periódicos más leídos de Nueva York la vuelta de la pena de muerte en ese estado. Los anuncios aludían a los cinco detenidos (que, todavía, ni habían sido acusados) por la violación y agresión de una corredora en Central Park. Estos cinco chavales, negros y latinos, fueron condenados y encarcelados, y vivieron años siendo considerados los culpables del brutal ataque, a pesar de declarar continuamente que eran inocentes. Años después se demostró que, efectivamente, lo eran.

En 2019, Ava DuVernay dirigió una miniserie, Así nos ven, que contaba su historia. Es desgarradora, pero ha ayudado a devolverle la narración a sus protagonistas.

Hace unos meses se estrenó en cine Cosas pequeñas como esas, la adaptación de una novela de Claire Keegan que se zambulle en el contexto de las Lavanderías de la Magdalena irlandesas, unos conventos a los que se enviaba, con autorización del Gobierno, a las “jóvenes descarriadas” para que fuesen reeducadas. En realidad, como se imaginan, fueron maltratadas.

Ambas acuden a grandes injusticias que han sacudido la sociedad y las introducen en un relato audiovisual que divulga pero que también acerca.

Ya lo vimos hace un par de meses con La voz de Hind (ahora nominada a un Óscar): los hechos los asimilamos, pero las historias las sentimos. Por eso, hablar en una noticia de una niña asesinada por el ejército israelí no causa el mismo impacto que asistir a la narración de esas horas en las que Hind Rajab estuvo hablando con la Media Luna Roja pidiéndoles que la fuesen a rescatar.

Volviendo a la tesis del inicio de este boletín, estamos hechos de historias, que nos explican, nos ayudan y nos sirven de refugio. Existimos en el mundo porque tenemos que narrarnos, y nos narramos para entendernos. Si no podemos contarnos, aunque sea a nosotros mismos, ¿para qué estar en esta aventura que es la vida?

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ref. Suplemento cultural: somos historias – https://theconversation.com/suplemento-cultural-somos-historias-274689