La narrativa que ha imperado sobre el cambio climático es la occidental

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Zarina Kulaeva, Postdoctoral research fellow, UOC – Universitat Oberta de Catalunya

Manifestación de indígenas mundurukú durante la celebración de la cumbre climática COP30, celebrada en noviembre de 2025. Antonio Scorza/Shutterstock

La historia del cambio climático comenzó a tomar forma a finales de la década de 1960, en un contexto marcado por la creciente preocupación científica y social por los efectos de la actividad humana sobre el medio ambiente.

Un hito clave en este proceso fue la publicación de Primavera silenciosa en 1962, de Rachel Carson, uno de los libros más influyentes sobre el uso indiscriminado de productos químicos agrícolas, pesticidas y otras sustancias sintéticas (DDT) que contaminaban las aguas, afectando gravemente a las poblaciones de aves y fauna silvestre e infligiendo riesgos significativos para la salud humana.

El impacto de esta obra fue tal que, solo tres años después, en 1965, la Comisión de Contaminación Ambiental de Estados Unidos elaboró un informe exhaustivo sobre la «calidad de nuestro medio ambiente». En él alertaba sobre la contaminación, la gestión del agua y la salud pública, para presentarlo al entonces presidente Lyndon B. Johnson.

Un año más tarde, en 1966, Johnson promulgó la National Traffic and Motor Vehicle Safety Act, legislación que sentó las bases para una regulación más estricta de la industria automotriz en materia de seguridad y control de emisiones. Como resultado de este nuevo marco normativo, y del creciente escrutinio público sobre el impacto ambiental del transporte, la empresa General Motors publicó en 1970 el folleto titulado Progress toward Pollution-Free Cars, en el que reconocía la necesidad de avanzar hacia vehículos menos contaminantes.

Ese mismo año, el 22 de abril de 1970, se instauró oficialmente la celebración del Día de la Tierra, que marcó un punto de inflexión en la articulación de políticas, movimientos sociales y compromisos institucionales en favor de la protección del medio ambiente.




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Dos visiones contrapuestas sobre el clima

La historia del cambio climático tiene, no obstante, precedentes aún más influyentes. Robin Lybbi profesora emérita de la Universidad Nacional de Australia, relata en su último libro The Environment. A History of the Idea que en 1949 se celebraron dos conferencias muy relevantes en el ámbito del medio ambiente y la conservación de los recursos. Por un lado, tuvo lugar la Conferencia Científica de las Naciones Unidas sobre la Conservación y Utilización de los Recursos (UNSCCUR) y por el otro, la Conferencia Técnica Internacional sobre la Protección de la Naturaleza (ITCPN). Ambas se celebraron en Lake Success, Nueva York.

Como describe Lybbi en su libro:

«Más de 500 delegados de unos cincuenta países asistieron a la UNSCCUR. El desarrollo económico fue una de las principales preocupaciones […] Por el contrario, la reunión de la International Technical Conference on the Protection of Nature (ITCPN) fue más pequeña, con representación de más continentes pero con menos delegados de cada uno de ellos, y se centró directamente en la protección de la naturaleza. Las mujeres representaron hasta una décima parte de los asistentes a la ITCPN, mientras que, significativamente, en la U.N. Scientific Conference on Conservation and Utilization of Resources (UNSCCUR) las mujeres fueron casi inexistentes, lo que subraya aún más los vínculos de esta última con la seguridad, la economía y la alta política».

Así, comenzaron a consolidarse dos enfoques diferenciados frente al cambio climático y la gestión ambiental. Por un lado, la UNSCCUR promovía la resolución de los problemas ecológicos mediante la innovación tecnológica y la modernización, mientras que el ITCPN defendía la prevención, subrayando la necesidad de minimizar el impacto de la actividad humana sobre los ecosistemas. Con el paso del tiempo, y con la llegada del siglo XXI, estas perspectivas se reflejaron en las estrategias de mitigación y adaptación al cambio climático. Inicialmente concebida como un complemento de la mitigación, la adaptación ha adquirido creciente relevancia, consolidándose como una estrategia indispensable para enfrentar los impactos inevitables del cambio climático.

De hecho, como evidencia el nuevo mapa de las narrativas climáticas presentado en recientes estudios, tanto la mitigación como la adaptación encuentran su origen en compromisos internacionales como el Protocolo de Kioto de 1997. Este, a su vez, incorpora gran parte de la conceptualización del desarrollo sostenible propuesta por el Informe Brundtland en 1987.

No sorprende, por tanto, que estas narrativas estén estrechamente interconectadas, dada la complejidad del fenómeno climático y la persistencia de la idea de progreso. Durante estas décadas, la fe ciega en el desarrollo tecnológico sirvió como fuerza unificadora para grandes inversiones en la promoción de nuevas infraestructuras; mientras que el acceso sin restricciones a los recursos naturales facilitó su mercantilización, comodificación y la generación de beneficios a expensas del agotamiento de los mismos.

«Oportunidad de inversión»

En este sentido, el cambio climático se ha convertido en una importante «demanda de innovación mucho más generalizada y poderosa que cualquier programa medioambiental», según Robert W. Fri, subdirector de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos entre 1971 y 1973. Tampoco nos ha de extrañar que la promulgación de la modernización por medio de la conferencia de UNSCCUR se haya materializado años más tarde en las ideas de eco-modernización, estrechamente vinculadas con la idea del desarrollo sostenible.

Por el contrario, los paradigmas centrados en el decrecimiento que orientan hacia la reducción de «la producción y el consumo en el Norte Global, a una construcción autodeterminada de la sociedad en el Sur Global y a desarrollar procesos de decisión democráticos más participativos para solucionar problemas ecológicos, han permanecido más marginales. Y se debe no únicamente a la primacía de la idea de progreso, el desarrollo tecnológico y la maximización de la eficiencia, sino también al uso insaciable de los recursos naturales. Tampoco es nada nuevo. En un diálogo de hace más de 2000 años, Hipócrates conversa con Demócrito sobre este ávido impulso del ser humano que: «por deseos insaciables» llega «hasta los confines de la tierra y sus abismos infinitos, fundiendo plata y oro, sin dejar nunca de adquirir más, y siempre preocupado por tener más, para no caer en la ruina» (Hippocrates, 1839, carta 17).

No resulta sorprendente que el decrecimiento se plantee en abierta contraposición a la apuesta exclusiva por el desarrollo tecnológico y la maximización de la eficiencia como ejes rectores del progreso. Tal como se expone en Degrowth.info—plataforma mediática independiente impulsada por un colectivo político internacional orientado a difundir y articular las perspectivas del decrecimiento—, esta perspectiva pone de relieve hasta qué punto las posturas críticas frente a la concepción lineal del progreso han ocupado históricamente un lugar marginal en el debate público.

En este sentido, Diana M. Liverman, profesora emérita de Geografía en la Universidad de Arizona, ha señalado cómo el cambio climático ha sido conceptualizado en términos económicos como «una oportunidad de inversión». Esta capitalización del cambio climático y de los gases de efecto invernadero se evidencia mediante instrumentos como los mercados de carbono y la influencia del orden neoliberal en la «comodificación» de la naturaleza. Llamamos «comodificación» al fenómeno mediante el cual bienes, servicios, ideas o recursos naturales, anteriormente no comerciales, se transforman en productos básicos intercambiables en el mercado, valorados principalmente por su precio.

Este enfoque revela la tensión persistente entre la gestión ambiental basada en la prevención y la explotación de oportunidades económicas derivadas del cambio climático, un dilema que sigue configurando las políticas climáticas contemporáneas.




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Las consecuencias de una visión occidental imperante

Por último, y no menos relevante, el denominado mapa de las narrativas propuesto en el artículo Climate Change–”The Measure of All Things”: The Missing Map of Climate Narratives, ofrece evidencias del carácter predominantemente occidental y etnocéntrico de la construcción discursiva hegemónica sobre el cambio climático. En particular, pone de manifiesto cómo dicha perspectiva no solo se origina en marcos epistemológicos occidentales, sino que además tiende a proyectarse de manera universalizante sobre territorios y contextos cuyas lógicas y racionalidades socioculturales difieren sustancialmente.

En consecuencia, múltiples narrativas no occidentales —vinculadas a topografías, cosmologías y marcos relacionales alternativos— no se encuentran representadas ni disponen de un lugar claramente identificable dentro de dicho esquema analítico. En contraste, las contribuciones emanadas del Informe Brundtland y del Protocolo de Kioto sí aparecen incorporadas, lo que evidencia un sesgo hacia los marcos institucionales y normativos dominantes y, a su vez, limita la capacidad del mapa para entablar un diálogo verdaderamente plural con narrativas alternativas.

Los hallazgos concuerdan con otros estudios, cuyos principales resultados identifican «factores institucionales y estructurales» que limitan a los autores del Sur Global o de los territorios no occidentales en su capacidad de contribuir en la misma medida que el Norte Global. Es más, existe un riesgo significativo de subestimar o ignorar formas de conocimiento local y enfoques comunitarios, incluyendo los saberes tradicionales de los pueblos indígenas de la Amazonía (por ejemplo, los yanomami y los kayapó en Brasil), de los sami en Finlandia y Noruega, o de los aborígenes australianos, como los yolngu y los noongar, que consagran conocimientos ancestrales sobre la naturaleza y la interdependencia entre los seres humanos y los ecosistemas.

Reconocer y valorar estas perspectivas resulta fundamental para diseñar estrategias climáticas más inclusivas, efectivas y culturalmente pertinentes.

The Conversation

Zarina Kulaeva no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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¿Qué es la terapia del movimiento rítmico y cuáles son sus beneficios en primaria?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Naroa Uria-Olaizola, Personal Docente Investigador en la Facultad de Educación y Deporte, Universidad de Deusto

Pixel-Shot/Shutterstock

Estamos en un aula de primero de primaria, con escolares de 6 y 7 años. Al poco tiempo de comenzar a explicar la maestra, a Marcos se le cae el lápiz por tercera vez.

No es torpeza. Su cuerpo no termina de “colocarse” en la silla. Se mueve y cambia de postura. Apoya medio cuerpo en la mesa y vuelve a enderezarse. Cuando por fin se decide a escribir, aprieta tanto que rompe la punta del lapicero.

A su lado, Paula tarda mucho en empezar con la tarea. Mira alternativamente al cuaderno, a la pizarra y otra vez al cuaderno. En cada cambio de mirada parpadea y frunce el ceño como si le molestara la luz. Copia despacio y se equivoca. Cuando se le corrige, se encoge como si el cuerpo respondiera antes que la cabeza.

En la fila de atrás, Hugo está siempre en alerta. Si alguien arrastra una silla, gira la cabeza de golpe. Si se le habla un poco más alto que de costumbre, se sobresalta. A veces ríe de manera nerviosa e incluso responde antes de tiempo. No es falta de interés. Es dificultad para controlar sus impulsos cuando el entorno cambia.

A las familias de Marcos, Paula y Hugo la maestra les dice que “se distraen”, que “interrumpen” y que “se enfadan fácilmente”. Desde fuera, estas situaciones pueden parecer falta de voluntad o incluso mala conducta.

El sistema nervioso en desarrollo

Pero desde el punto de vista de las investigaciones en desarrollo cerebral, las reacciones y actitudes de los tres niños pueden considerarse reflejos primitivos no integrados. Cuando el sistema nervioso mantiene respuestas muy básicas y no deliberadas, sentarse, atender o incluso gestionar sus impulsos se vuelven tareas agotadoras.

En palabras del neurocientífico portugués Antonio Damásio: “Cualquier teoría que deje de lado el sistema nervioso a la hora de explicar la existencia de la mente y la consciencia está destinada al fracaso”.




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Esta idea resume por qué no es posible comprender el desarrollo humano sin atender a su base biológica y corporal. A través del movimiento, el cuerpo se convierte en el primer mediador entre el niño y su entorno y establece las bases sobre las que se construyen el pensamiento, la emoción y la relación con los demás entre otros.

El desarrollo infantil consiste en una maduración biológica (crecimiento y desarrollo físico que lleva a un organismo de la infancia a la edad adulta) y en una maduración del sistema nervioso central. En él intervienen tres dimensiones: la física, la cognitiva y la emocional.

Los reflejos primitivos en el bebé

En los primeros meses de vida, el bebé realiza movimientos espontáneos. Son los llamados reflejos primitivos. No son gestos al azar, sino señales de un correcto desarrollo neurológico y de la progresiva organización del sistema nervioso. Su aparición, integración y posterior desaparición responden a un orden determinado. Son indicadores esenciales del desarrollo neuromotor y de la organización progresiva del sistema nervioso.

Cada reflejo está vinculado a uno o más de los sistemas de procesamiento sensorial: el gusto, el tacto, el olfato, la visión, la audición, la capacidad de percibir la posición, el movimiento, el estado de nuestro cuerpo en el espacio (propiocepción) y la capacidad de percibir e interpretar las señales internas del propio cuerpo (interocepción).




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Cuando los reflejos primitivos se mantienen más allá de los doce meses de edad el sistema nervioso central no está madurando correctamente: el niño o la niña puede experimentar una disfunción en uno o varios de los sistemas de procesamiento sensorial motora (oculo–manual) y esto puede desembocar en dificultades en el aprendizaje, la socialización, el rendimiento escolar, el equilibrio hormonal y el control motor, etc.

Integración neurológica

La terapia del movimiento rítmico busca favorecer la integración neurológica y la maduración de aquellos procesos que no se consolidaron adecuadamente. Para ello se repiten patrones de movimiento propios de las primeras etapas del desarrollo que actúan como “organizadores” y favorecen la regulación motora, emocional y atencional, contribuyendo así al desarrollo integral de la persona.

Durante la intervención, expertos con formación en terapia del movimiento rítmico observan cómo se mueve, respira y organiza su cuerpo el niño o niña. Realizan rutinas sencillas pero constantes: movimientos rítmicos y ejercicios de coordinación, de equilibrio y de respiración para ayudarle a regularse.




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La terapia puede ponerse en práctica en los propios centros educativos. Un ejemplo real es el de la Ikastola Andra Mari de Etxarri Aranatz (País Vasco), que ha puesto en marcha en la etapa de Educación Infantil un proyecto basado en la citada terapia del movimiento rítmico. El proyecto parte de una valoración de todo el alumnado de infantil para detectar la presencia de reflejos primitivos activados, y posteriormente, inhibirlos.

El equipo ha observado que además de propiciar beneficios en el alumnado con mayores dificultades, la implementación de la terapia del movimiento rítmico favorece un cambio de mirada: de un enfoque centrado en la carencia a otro centrado en el desarrollo integral del niño.

Precauciones y sentido común

El cuerpo y el sistema nervioso sostienen la atención, la emoción y el aprendizaje. Conocer sus procesos de desarrollo y maduración permite identificar señales tempranas y ajustar la respuesta educativa antes de que las dificultades se consoliden.

Comprender cómo madura el cuerpo ayuda a comprender cómo aprenden los niños. Los conocimientos sobre el desarrollo neuromotor y nervioso y las estrategias para mejorarlo debería formar parte de la formación de los futuros maestros.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

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En Latinoamérica, las ciudades no están diseñadas para las mujeres cuidadoras

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Celia Herrera, Directora Centro de Investigación y Desarrollo de Ingeniería, Universidad Católica Andrés Bello

Calle del centro de Medellín (Colombia). DawgTraveler/Shutterstock

En muchas ciudades latinoamericanas, buena parte de los viajes urbanos no son trayectos laborales tradicionales (a una oficina, a una fábrica o una tienda), sino que se hacen para ir a cuidar a otros. Acompañar a niños, asistir a personas mayores, comprar alimentos o ir a un centro de salud forma parte de una movilidad cotidiana que sostiene la vida.

Estos recorridos recaen mayoritariamente en las mujeres y presentan patrones específicos: trayectos encadenados, múltiples paradas, horarios fragmentados y cargas físicas adicionales. Este tipo de movilidad rara vez se incorpora en las estadísticas oficiales. Y como no se mide, tampoco se diseña para ella.

Un nuevo marco: ciudades cuidadoras

En los últimos años, el concepto de ciudad cuidadora ha ganado presencia en la investigación urbanística y en el diseño de políticas públicas. El artículo “Caring Cities: Towards a Public Urban Culture of Care?” (2025) analiza cómo distintas ciudades del mundo están incorporando el cuidado en la organización del espacio público, los servicios y la planificación urbana.

En América Latina, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe
(CEPAL) ha subrayado que la autonomía económica de las mujeres depende directamente de que haya unas infraestructuras de cuidados suficientes y accesibles. Y es que el cuidado no es solo un asunto doméstico: también es un problema urbano de accesibilidad y de tiempo.

Este enfoque implica un cambio de escala. Se pasa de pensar en viajes individuales a comprender la trama de desplazamientos cotidianos necesarios para sostener la vida. No se trata solo de transporte, sino de equidad urbana.

Qué dice la evidencia

La movilidad del cuidado tiene patrones propios que no encajan bien en el clásico viaje pendular hogar–trabajo–hogar. Un estudio a escala regional publicado en 2021 comparó datos de Bogotá, Medellín y São Paulo. Encontró que las mujeres realizan más viajes encadenados, visitan más destinos y registran trayectorias distintas, muchas vinculadas al cuidado. Esto se traduce en mayor exposición a la inseguridad, más tiempo perdido y menor acceso a oportunidades. Además, la dispersión urbana y la falta de infraestructuras peatonales hacen que cuidar sea más costoso –en tiempo y energía– para quienes ya parten con menos margen.

Durante la pandemia, las mujeres de barrios con ingresos bajos extendieron sus caminatas y reorganizaron sus rutas ante la falta de transporte y de servicios cercanos.

La caminabilidad “promedio”

El índice de caminabilidad impulsado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) mide, con una perspectiva de género, la calidad del entorno construido para desplazarse a pie. La metodología permite la evaluación de las rutas y calles, a través del análisis de 23 variables estructuradas en seis categorías: aceras, conectividad, seguridad vial, fachadas y edificaciones, confort y mobiliario, y señalización.

Aunque este índice es un avance en la evaluación del espacio peatonal, se sigue partiendo del peatón estándar: alguien que se desplaza sin cargas, con plena autonomía física y en un recorrido simple de un punto A a un punto B.

Para los trayectos del cuidado, eso rara vez ocurre. Quien empuja un coche de bebé o acompaña a un adulto mayor necesita aceras continuas y anchas, rampas bien resueltas, cruces seguros y sombra. Quien camina encadenando actividades necesita buena conectividad, proximidad a los servicios y sensación de seguridad en horarios diversos. En muchos barrios latinoamericanos, esas condiciones no están garantizadas.

Si estas realidades no se miden, permanecen invisibles. Y lo que no se ve, no se planifica.

Nuevas metodologías

A nivel internacional están surgiendo herramientas para integrar el cuidado en la medición urbana e identificar brechas entre servicios, movilidad y disponibilidad de tiempo de quienes cuidan.

Este tipo de modelos puede dialogar con métricas ya existentes, como las del BID, y ampliarlas para capturar mejor las desigualdades territoriales.
Incorporar estas variables no es sumar indicadores por sumar, sino reformular la pregunta sobre qué significa “una ciudad caminable” y para quién.

Hacia una medición que cuide

Medir la caminabilidad con enfoque de cuidados permitiría identificar distancias excesivas andando para ir a escuelas y centros de salud, aceras discontinuas que impiden empujar un coche de bebé, cruces peligrosos en rutas escolares, falta de iluminación o barreras para personas con movilidad reducida. Estos obstáculos pequeños en el mapa son, en la práctica, grandes barreras para la igualdad.

Esto mejoraría la vida de mujeres, personas mayores, niños, personas con discapacidad y hogares de bajos ingresos. Además, permitiría diseñar políticas más eficientes, porque atender el cuidado reduce desigualdades desde su raíz temporal y territorial.

La infraestructura del cuidado ya está en la ciudad, pero a menudo es precaria e invisible. Medir accesibilidad y caminabilidad sin cuestionar la ficción del peatón estándar equivale a seguir planificando para una minoría. Cuando una ciudad decide qué mide, también decide a quién prioriza.

The Conversation

Celia Herrera no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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Inmunoterapia en oncología: grandes éxitos, grandes retos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Claudia Martínez Sánchez, Biomedicine and Molecular Oncology Researcher, Universidad de Oviedo

Durante décadas, hemos centrado todos nuestros esfuerzos en tratar el cáncer atacando directamente a las células tumorales. Hoy sabemos que una de las herramientas más valiosas y potentes para combatirlo estaba ya en nuestro propio cuerpo: el sistema inmunitario. Convertirlo en nuestro aliado es una interesante opción en la lucha contra el cáncer.

¿Qué es la inmunoterapia?

A diferencia de los tratamientos como la quimioterapia o las terapias dirigidas, la inmunoterapia no ataca directamente al tumor. Su objetivo es otro: reactivar el sistema inmunitario del paciente para que “haga el trabajo” y elimine las células tumorales.

Nuestro sistema inmunitario está diseñado para detectar y eliminar amenazas, como bacterias, virus o células dañadas. Y en teoría, también debería ser capaz de reconocer y eliminar las células tumorales. El problema es que el cáncer aprende a frenar, engañar o desactivar estas defensas, logrando pasar desapercibido y progresar.

Ahí es donde entra en juego la inmunoterapia: en lugar de actuar directamente sobre el tumor, retira esos frenos y refuerza la respuesta inmunitaria. Esto permite que el propio organismo recupere su capacidad natural para combatir la enfermedad.

Una idea antigua, una revolución reciente

La idea de utilizar el sistema inmunitario para combatir el cáncer no es nueva. A finales del siglo XIX, el médico estadounidense William Coley observó que algunos pacientes oncológicos mejoraban tras sufrir infecciones graves. A partir de esa observación, intentó provocar respuestas inmunes intensas mediante la inyección de bacterias inactivadas, conocidas como las toxinas de Coley.

Los resultados fueron variables y la técnica acabó abandonándose, pero dejó una idea fundamental: activar el sistema inmunitario podía convertirse en una estrategia antitumoral muy eficaz.

Con el tiempo, y gracias a los avances en biología e inmunología, ya no fue necesario recurrir a bacterias para activar las defensas. La investigación permitió identificar formas mucho más precisas y eficaces de activar el sistema inmunitario, y fue entonces cuando la inmunoterapia empezó a mostrar todo su potencial clínico.

No existe una sola inmunoterapia

Solemos hablar de la inmunoterapia como si fuera un único tratamiento, pero en realidad engloba estrategias muy diferentes.

Entre las más utilizadas se encuentran los inhibidores de puntos de control inmunitario, que quitan los “frenos” que impiden al sistema inmunitario atacar a las células tumorales. También están los anticuerpos monoclonales, que reconocen específicamente esas células y permiten su eliminación. En cuanto a las terapias celulares adoptivas, como las CAR-T y TCR-T, se basan en modificar los propios linfocitos T del paciente para que reconozcan y destruyan las células malignas.

A ello se suman las vacunas terapéuticas y otros fármacos en desarrollo cuyo objetivo es estimular la respuesta inmunitaria.

Los grandes éxitos: por qué la inmunoterapia fue una revolución

El impacto de la inmunoterapia se hizo especialmente evidente en tumores como el melanoma metastásico o el cáncer de pulmón. En algunos pacientes, tratamientos que antes apenas lograban ganar unos meses de vida, dieron paso a algo inesperado: respuestas que se mantienen en el tiempo.

Este concepto de “respuesta duradera” es la clave de la revolución. No se trata solo de que el tumor disminuya de tamaño, sino de que permanezca controlado a largo plazo, algo poco habitual con las terapias clásicas. Por eso, con la inmunoterapia en nuestro arsenal, se puede hablar de un cambio de paradigma en oncología.

Entonces, ¿por qué no todos los cánceres se tratan con inmunoterapia?

Aquí surge la gran pregunta. Si funciona tan bien en algunos casos, ¿por qué no tratar con inmunoterapia a todos los pacientes?

Para entenderlo es necesario distinguir entre tumores “calientes” y tumores “fríos”. Los tumores calientes tienen el sistema inmune “despierto”: presentan infiltración de linfocitos T e inflamación. En estos casos, la inmunoterapia tiene más posibilidades de funcionar. Los tumores fríos, en cambio, carecen de actividad inmune y no responden a estos tratamientos.

A esto se suma la enorme capacidad de adaptación que presentan algunos tumores. Las células tumorales pueden “esconderse” del sistema inmunitario, y hacerse menos visibles. Otras impiden la entrada de células inmunes en el tumor o bloquean su actividad.

Además, algunos tumores “modifican” su entorno para crear un ambiente hostil a la respuesta inmune. En estos casos, la inmunoterapia tiene poco margen de actuación, porque no hay una respuesta inmunitaria eficaz sobre la que actuar.

¿Y si el sistema inmunitario se activa en exceso?

Activar el sistema inmunitario tiene un precio. En algunos pacientes, la respuesta inmune puede dirigirse también contra tejidos sanos, provocando efectos secundarios como inflamación de la piel, el intestino o la glándula tiroides.

En algunos casos, estos efectos secundarios pueden ser graves y aparecer incluso meses después de finalizar el tratamiento. Por eso, la inmunoterapia requiere un seguimiento médico estrecho y una vigilancia continua.

No es una cura universal, pero sí un cambio profundo

La inmunoterapia no ha sustituido a los tratamientos oncológicos clásicos ni funciona en todos los pacientes. Pero ha demostrado algo clave: el cáncer puede tratarse de otra manera.

Hoy sabemos que su éxito no es casual y depende de varios factores. Primero, investigación continua para entender por qué funciona en algunos tumores y falla en otros, y cómo las células cancerosas logran escapar del sistema inmunitario. Segundo, una mejor selección de pacientes, basada en biomarcadores que ayuden a predecir quién puede beneficiarse del tratamiento.

En tercer lugar, resulta esencial el seguimiento a largo plazo, necesario tanto para controlar la enfermedad como para vigilar posibles efectos secundarios.

Mirando al futuro de la investigación oncológica

La inmunoterapia no es una solución “mágica”, pero sí ha supuesto una auténtica revolución en oncología. Ha demostrado que el sistema inmunitario puede convertirse en un aliado terapéutico muy poderoso.

Su futuro no está en aplicarla de manera indiscriminada, sino en entender mejor en qué pacientes funciona, por qué y en combinación con qué tratamientos. De esta forma, la oncología se dirige hacia una medicina de precisión. Porque el verdadero progreso no está en tratar más, sino en tratar mejor.

The Conversation

Claudia Martínez Sánchez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Inmunoterapia en oncología: grandes éxitos, grandes retos – https://theconversation.com/inmunoterapia-en-oncologia-grandes-exitos-grandes-retos-274320

Andrés Cota, biólogo y escritor: “En cuanto se entiende que controlan el clima, no se vuelven a ver los árboles de la misma forma”

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Andrea J. Arratibel, Editor, The Conversation

Impulsor del nature writting o de la “liternatura” en México y autor de cinco libros, Andrés Cota Hiriart condensa en su perfil (escritor, zoólogo, naturalista, ensayista, divulgador, documentalista) una versatilidad que le corona como una de las referencias mexicanas más jóvenes de las letras, pero también del panorama científico.

El suyo se considera un perfil híbrido poco común; una rara avis que, sin embargo, él no considera que sea “nada novedoso”. “Así era cualquier naturalista del siglo XIX y del XX”, subraya, y pone como ejemplo a algunos de sus referentes: Oliver Sacks, Frans de Waal, Donna Haraway.

Profesor de literatura en la Escuela Superior de Cine y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, su frenética actividad se reparte entre las clases en la universidad, charlas, ferias, presentaciones de libros, festivales culturales, la dirección del pódcast Masaje cerebral y el programa de televisión de la Revista de la Universidad de México.

Es, además, fundador de la Sociedad de Científicos Anónimos, una iniciativa que saca la ciencia de su entorno habitual y la pone en contacto con un público general y diverso. “Una especie de terapia para cerebros hambrientos”, la describe él. Inspirada en el concepto de los “cafés filosóficos” de Inglaterra, la idea nació del intento de sacar adelante El Idiografo, una revista científico-cultural que, tras fracasar en ese formato, acabó convirtiéndose en un exitoso “café de ciencia tropicalizado” en la Ciudad de México. Este foro se ha extendido ya a más de 20 ciudades del país.

En una sociedad dividida entre las letras o las ciencias, ¿dónde se origina tu pasión por disciplinas aparentemente tan dispares?

Desde niño era consciente de que en la mayoría de perfiles somos muy híbridos, que lo normal es que todas las personas tengamos diferentes intereses. A lo mejor fue porque a mí nunca se me censuró una u otra vocación. En casa, mi papá y mamá eran científicos. Y buena parte de la labor de alguien que piensa científicamente consiste en contarle a otras personas por qué piensan esas cosas. Tanto ellos como mis abuelos eran muy lectores. Mi abuelo de Sinaloa, un hombre de campo, leía todo lo que podía en el rancho como compulsión lectora, hasta periódicos antiguos de más de un mes.

Cuando uno crece en una casa rodeado de mucha mezcla de perfiles que al sentarse a comer hablan de libros, deduce que en ellos hay algo importante, puntos comunes, coincidencias, discordancias… Creo que leer, supongo que como cualquier otro consumo cultural, se aprende por copiar al otro. Se va pegando por imitación, por emular lo que hacen los primates adultos que te educan.

Te has posicionado como la referencia de la “liternatura” de tu país, aquella que relata la naturaleza y las relaciones humanas con ella. ¿Por qué no es fácil encontrar ese tipo de obras en español?

No entiendo por qué aquí todavía seguimos cultivando a esa idea de que la literatura de naturaleza o de ciencia es de nicho. Aunque cada vez se publica más sobre el tema, en México hay una idea muy arraigada de que la ciencia ocupa un espacio que no necesariamente se trasvasa hacia otras áreas sociales; que no le va a interesar a nadie. Y es una pena, porque luego hay libros de autores como Donna Haraway, Anna King o Robert McFarlane que son superventas. O de Oliver Sacks, que lo conoce mucha gente. Deberíamos asumir la ciencia como parte de la cultura, deberíamos tener una cultura mucho más “cientificada” y una ciencia mucho más humanista.

¿Es una tradición anglosajona que nos falta en el mundo hispanohablante?

Que le pongan un nombre a una corriente de obras dice mucho. Y, como género, el nature writing tiene siglos. Al inglés se traduce todo, y al español, en cambio, muy poquito. De hecho, algunos de mis libros favoritos de literatura de naturaleza, de los que más aprecio y que me encantaría compartir con mis estudiantes y mucha gente, están descatalogados en la versión en español, como Last Chance to See, de Douglas Adams y Mark Carwardine. Se trata de un viaje alrededor del mundo para buscar especies en peligro de extinción. Creo que fue el primer libro o el primer producto cultural (porque también es una serie de radio y televisión) que convirtió el tema de la extinción biológica en superventas.

La desaparición de la biodiversidad es una de tus grandes temáticas. México ocupa uno de los primeros lugares del mundo en cantidad de especies en peligro de extinción. ¿Cómo podemos contribuir a frenar esta crisis?

Una forma de darle la vuelta a la extinción masiva es no ignorarla. En este caso la ignorancia no exime de responsabilidad. Estamos “ahorita” viviendo una crisis de 46 000 especies en peligro de extinción. Pero también hay que darse cuenta que quedan muchas otras por descubrir. Actualmente hay dos millones de especies descritas y potencialmente podrían existir otros ocho millones por describirse. Por eso hay mucho que hacer para conservar, para salvar lo que queda. Y también hay que cambiar la narrativa actual.

¿Hacia dónde enfocarla?

Creo que la narrativa que tiene sentido es la narrativa de la naturaleza local. La mayoría de los niños y niñas no conocen las especies que les rodean, por eso luego no las ubicamos ni valoramos. Entiendo que hay que usar las especies icónicas como un gancho para su conservación, pero habrá que hacer un esfuerzo por todas las demás. No nos preocupan porque ni las conocemos. Para darle la vuelta al barco es importante fomentar la narrativa local y, en este caso, la narrativa del Sur Global. Por otro lado, hay que contar la vida de las plantas, los hongos o las bacterias por su propio valor, por lo que nos puedan decir del mundo.

¿Debe la comunicación sobre la biodiversidad escapar del antropocentrismo?

Hay que quitar al humano del centro y que tenga como protagonistas a otros organismos, pero también a los ambientes. Vamos por el mundo asumiendo que las plantas están ahí como un decorado, dándolas por sentado, sin tener idea de si ese árbol que vemos es nativo, sin saber de dónde viene: no conocemos su historia. En cuanto se entiende que “comen atmósfera” y controlan el clima, no se vuelven a ver los árboles de la misma forma. ¡Te vuela la cabeza!

¿Por eso escribiste El ajolote?

Hay toda una escuela de escritores y escritoras, que inició Cortázar, que le buscan rasgos humanoides al ajolote porque quieren reflejarse en él. Para mí es posiblemente el vertebrado terrestre con la vida más diferente a un humano, y creo que eso es justo lo valioso, lo que puede contarnos sobre el mundo, no sobre uno mismo.

La paradoja es que, a pesar de que el ajolote de Xochimilco aparece representado en todos lados, no han encontrado ninguno en el último censo. Esta especie, uno de los animales más simbólicos y queridos de México, es un gran ejemplo de lo que pasa con tantos programas de conservación, como el del cóndor mexicano, que salen adelante por unas pocas personas interesadas haciendo todo el trabajo y que logran cerrar la voluntad política.

¿Falta más compromiso gubernamental?

A nivel gobierno existe completa indiferencia. Yo siempre digo, ¿cómo puede ser que si hay dos o tres personas que pueden cambiar la historia de una especie, los gobiernos no lo vean? Por eso a veces pienso que, más que hacer divulgación de la ciencia para la gran sociedad, debemos pensar en hacerla específicamente para los que gobiernan.

¿Hay entonces esperanza para el ajolote?

Existe el conocimiento científico para su conservación. Está la iniciativa, incluso la prueba experimental de la recuperación de sus poblaciones con la chinampa refugio, que yo creo que es la última trinchera realista, la última oportunidad para que esté en vida libre. Si se mitigan las causas que derivaron en su colapso poblacional, a lo mejor en 10 años tenemos una población enorme de ajolotes. Pero hay que mitigar esas causas, que en este caso están muy bien identificadas. Así que sí, todavía habría chance de darle la vuelta y convertirlo en un símbolo de la conservación en vez de en uno de la extinción.

Necesitamos crear más símbolos esperanzadores. Si no, nuestras nuevas generaciones van a crecer con la idea de que si ni siquiera podemos salvar de nuestros propios tropiezos a una criatura como el ajolote. Y si es así, ¿qué esperanza tiene el resto?

De adolescente compartiste habitación con una boa de tres metros de largo y criaste a Lupe, una cocodrila. Vivencias de tener un zoológico en tu propia casa que cuentas en tu libro Fieras familiares. ¿Cómo fue la experiencia de llegar a crear una Unidad de Conservación de Vida Silvestre (UMA) para la reproducción de reptiles?

Como a muchas otras cosas en mi vida llegué por accidente, igual que terminar escribiendo. ¡Un accidente que agradezco! Fue el resultado de una pasión infantil y juvenil que se fue profesionalizando, que se convirtió en una especie de museo o colección viviente. De manera improvisada, aquella pasión se fue volviendo cada vez más seria hasta volverse una UMA. Mi primera aventura laboral: me autoempleaba, pero no ganaba dinero.

Entre los temas sobre los que divulgas destacan las cuestiones neurológicas y las patologías mentales. En el 2025 lanzaste Fieras Interiores, un libro que desvela la relación entre organismos y patologías, ¿de qué tratará tu próxima obra?

En algún momento me gustaría publicar algo de insectos y estoy en un proyecto sobre cómo alimentar a 8 000 millones de personas sin extinguirnos en el intento. La idea es empezar a buscar soluciones y no solo pintar problemáticas. Pero mi gran interés ahora es el mar, las profundidades marinas.

¿Por qué el mar?

Creo que ahí hay más de una saga de descubrimiento humano para con la naturaleza, y desde una visión no colonialista. Porque, lo que es seguro, es que las especies que se encuentren bajo los 2 000 metros de profundidad sí son nuevas para la humanidad, no sólo para la gente occidental que las describe. Además, hay mejores mapas de la Luna que del fondo marino, del que sólo el 5 % está explorado.

¿Qué puede desvelarnos del mundo?

Todos los descubrimientos que se están haciendo sobre las profundidades van rompiendo paradigmas. Antes se pensaba que el agua profunda del mar estaba prácticamente deshabitada. Ahora se sabe que la mayor parte de la biodiversidad marina se encuentra oculta por debajo de los 800 metros de profundidad, o sea, en la oscuridad. ¡Eso es una locura!

The Conversation

– ref. Andrés Cota, biólogo y escritor: “En cuanto se entiende que controlan el clima, no se vuelven a ver los árboles de la misma forma” – https://theconversation.com/andres-cota-biologo-y-escritor-en-cuanto-se-entiende-que-controlan-el-clima-no-se-vuelven-a-ver-los-arboles-de-la-misma-forma-273979

Nuevas claves para entender por qué los cerebros de los superancianos no envejecen

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jannette Rodríguez Pallares, Profesora Titular de Anatomía y Embriología Humana, Universidade de Santiago de Compostela

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Mi abuela Leontina, con 100 años recién cumplidos, mantiene su autonomía y recuerda todos los cumpleaños de los vecinos de la aldea. Posee una salud envidiable y, sobre todo, una memoria increíble. Ella podría ser un ejemplo de lo que los científicos llaman superancianos: personas mayores de 80 años que conservan una memoria como la de alguien de 50.

Pero ¿cuál es su secreto? Un reciente descubrimiento ha añadido nuevos detalles sobre la naturaleza excepcional de los cerebros de estos superdotados sénior, cuyas características han atraído la atención de los científicos desde hace décadas.

Personas mayores con mentes lozanas

Con la edad, el cerebro va mostrando signos de desgaste. Las primeras señales pueden asomar a los 30 años y entre los 40 y los 50 se hacen evidentes. A esas alturas, nuestra corteza cerebral suele haberse reducido hasta un 5 %. Aunque el deterioro avanza de manera gradual, a partir de los 70 se acelera, acentuándose en las regiones implicadas en la memoria. Sin embargo, algunas personas desafían todas las estadísticas del envejecimiento y parecen inmunes a ese proceso.

El término “superanciano” fue acuñado en los años 90. Nadie imaginaba lo que estaba a punto de revelarse cuando en la Universidad de Northwestern, en Chicago, realizaron pruebas de memoria a decenas de voluntarios. Un porcentaje muy reducido de personas era capaz de recordar listas de palabras, fechas y detalles de historias con la precisión de personas 30 o 40 años más jóvenes.

Más tarde, en 2013, las imágenes de sus cerebros mostraron algo inesperado: la corteza cerebral estaba increíblemente conservada y parecía resistente al daño. Además, una zona específica con forma de cinturón –la corteza cingulada, que participa en la memoria, la atención y la motivación– era mucho más gruesa que la de los adultos jóvenes. Su cerebro tenía, sin duda, una anatomía excepcional.

Los superancianos no son más inteligentes ni destacan en sus estudios. Lo que sí parece claro es que son personas enérgicas, con una mente curiosa que disfruta de los retos y un propósito de vida definido. Así mismo, comparten otras características singulares: son activos y se mueven con rapidez, gozan de buena salud mental y, sobre todo, mantienen relaciones sociales sólidas que los conectan con su entorno y les brindan apoyo y bienestar.

Pero todos conocemos a un abuelo que no perdona un cigarrillo, pasa los días en el sofá viendo el fútbol y, aun así, tiene una memoria envidiable. Y es que el estilo de vida no lo es todo: la genética también cuenta.

Superancianos y la clave contra el alzhéimer

Con el paso del tiempo, y de forma natural, algunas proteínas se enredan dentro de las neuronas, formando ovillos que las dañan y pueden provocar su muerte. Por eso lo que descubrieron los investigadores del Programa Superagers (Superancianos, en inglés) en el primer cerebro que examinaron en 2017 les dejó atónitos. Hallaron un solo ovillo en la corteza entorrinal, una zona esencial para la memoria. Además, sus neuronas eran más grandes y sanas. ¿Podría ser esa la clave? ¿El secreto de los superancianos consistiría, simplemente, en no formar ovillos?

La alegría duró poco. Al analizar más cerebros, descubrieron que algunos contenían tantos ovillos como los de las personas con alzhéimer, en los que su número se dispara. Sin embargo, su memoria estaba en plena forma. Entonces, ¿qué los estaba protegiendo?

Buscando más allá, pusieron el foco en la genética. En concreto, en el gen APOE, famoso por su relación con la enfermedad de Alzheimer. Y encontraron datos reveladores: los superancianos rara vez portan la variante APOE4, la misma que tiene el actor Chris Hemsworth, que eleva el riesgo de desarrollar la dolencia. En cambio, son muy propensos a portar APOE2, una variante asociada con la longevidad y que ofrece una protección natural frente al alzhéimer.

Si logramos comprender el secreto genético de los superancianos, quizás descubramos nuevas formas de cuidar el cerebro y mantener nuestra memoria joven por más tiempo.

El cerebro se renueva

Y solo hace unos días conocimos otro dato increíble: el cerebro de los superancianos no solo continúa generando neuronas, sino que produce más que el de otros de su edad y casi el doble que el de adultos mucho más jóvenes.

De acuerdo con esta nueva investigación, su hipocampo –una estructura con forma de caballito de mar esencial para la memoria y el aprendizaje– además de ser más grande cuenta con una red de conexiones más amplia y eficiente. Y es que en el cerebro el tamaño, por sí solo, no lo explica todo: lo verdaderamente determinante es la calidad y la organización de sus conexiones.

Santiago Ramón y Cajal, padre de la neurociencia moderna, afirmaba que el cerebro dejaba de formar neuronas después de la infancia. Nadie lo puso en duda hasta los años 90, cuando se descubrió que este órgano contiene células madre capaces de generar nuevas neuronas. Hoy, gracias a los análisis genéticos y de inteligencia artificial, contamos con datos concluyentes y los superancianos son prueba de ello.

También sabemos que las neuronas que nacen no son todas iguales. Cada una lleva marcas epigenéticas que funcionan como un manual de instrucciones para adaptarse a los cambios del entorno. En los superancianos, estas etiquetas son únicas y confieren a las células nerviosas una resistencia especial al paso del tiempo. El ejercicio, la dieta y la actividad mental influyen directamente sobre dichas señales, por lo que el estilo de vida puede ayudarnos a mantener el cerebro ágil, fuerte y sano.

Descubrir los secretos de los cerebros que parecen resistir el paso del tiempo podría ayudarnos a proteger nuestra memoria y con ayuda de la ciencia, disfrutar de la agudeza mental y la vitalidad de mi abuela Leontina cuando nos hagamos mayores.

The Conversation

Jannette Rodríguez Pallares es miembro de la Sociedad Española de Neurociencia y recibe fondos de investigación del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. El grupo de investigación del que forma parte recibe fondos de investigación del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, Xunta de Galicia y FEDER.

– ref. Nuevas claves para entender por qué los cerebros de los superancianos no envejecen – https://theconversation.com/nuevas-claves-para-entender-por-que-los-cerebros-de-los-superancianos-no-envejecen-277108

La selección: la lucha por los derechos de las mujeres es internacional

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Claudia Lorenzo Rubiera, Editora de Cultura, The Conversation

Las actrices de _We Are Lady Parts_ con la directora Nida Manzoor. Filmin

Vengo a presentarles (si no la conocen) la serie británica We are Lady Parts. En ella se cuenta la historia de cinco mujeres londinenses que montan un grupo de punk. Cada una de ellas ha tenido una educación musulmana diferente. Cada una de ellas es mucho más que su origen, su cultura, su fe. Y cada una de ellas es, también, la suma de todo eso.

We Are Lady Parts, creada, escrita y dirigida por Nida Manzoor, es una propuesta reivindicativa pero diversa, alegre pero furiosa, cómica pero realista. Me gusta tenerla en cuenta cuando pienso en los retos a los que se enfrentan las mujeres y en la complejidad de cada una de sus demandas, que dependen claramente de las circunstancias desde las que se hacen. Hay un concepto, la interseccionalidad, que viene al pelo. La interseccionalidad plantea los diferentes condicionantes que influyen en cómo viven las mujeres en diferentes partes del mundo.

En muchas ocasiones, la religión ha servido como justificación y también arma para ejercer la represión femenina. Así sucedió con el catolicismo y las Lavanderías de la Magdalena irlandesas, por ejemplo. Y así ocurre hoy en día con el islam en demasiadas ocasiones. Los estudios de la socióloga marroquí Fatema Mernissi, sin embargo, abrieron la puerta a cuestionar si esas justificaciones teológicas tenían sentido. La respuesta es que no, que la opresión obedece a factores históricos, no a presupuestos religosos. En Irán, algunas de las mujeres más valientes del globo llevan años saliendo a la calle para pelear por su derecho a ser ciudadanas, independientemente de lo que diga la sharia.

La política también influye. Lo demuestra la situación en muchos países de América Latina, que habían dado pasos hacia delante en los derechos de la mujer hasta chocar recientemente con un muro reaccionario. En Estados Unidos, cuna de gran parte de la teoría feminista del siglo XX, lo conseguido entonces, que era mucho pero no todo, está retrocediendo. En medio de la guerra entre este país e Irán, hay quienes dicen haber ido a la batalla a defender los derechos de las mujeres. Son los mismos que ignoraban esas demandas hasta hace diez días.

La lucha feminista, que es la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres, nunca ha tenido garantía de éxito ni de consolidación. Hay esperanza, claro. Las mujeres viven mejor que antes. Hemos conquistado derechos y libertades que antes no teníamos. Se han dejado de cometer, en muchos países de Occidente, barrabasadas en nombre de la “decencia” femenina.

Pero no todas vivimos mejor. Contamos los feminicidios por decenas, centenas y miles. Las mujeres en guerra, las de Gaza o Ucrania, sufren violencia a mayores solo por su sexo. Y existe un país, con más de 42 millones de personas, en el que las mujeres están menos protegidas que los animales, en el que ellas se consideran propiedad del amo y en el que viven en condiciones de esclavitud.

No olvidemos, en resumen, que existe Afganistán.

The Conversation

– ref. La selección: la lucha por los derechos de las mujeres es internacional – https://theconversation.com/la-seleccion-la-lucha-por-los-derechos-de-las-mujeres-es-internacional-277769

Parir en silencio y soledad: la violencia obstétrica que sufren las mujeres sordas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Desirée Mena-Tudela, Enfermera. Titular de Universitat, Universitat Jaume I

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El 28 de febrero de 2026, en la 40.ª edición de los Premios Goya, Miriam Garlo recogió el galardón a Mejor Actriz Revelación por su papel en Sorda. Su discurso de agradecimiento, pronunciado también en lengua de signos española, incluyó una frase que resonó con fuerza en redes sociales y medios de comunicación:

“Este premio es para las mujeres sordas que han sido madres y para las que no, porque a la violencia obstétrica hay que añadirle la violencia de la invisibilidad”.

El impacto mediático de sus palabras abrió un debate que las profesionales de la salud, las académicas y las propias mujeres sordas llevamos años intentando situar en la agenda pública y política: existen barreras comunicativas estructurales durante el embarazo, el parto y el puerperio. Y esas barreras comprometen tanto la seguridad clínica como el ejercicio efectivo de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres sordas.

La pregunta es inevitable: ¿cuánto sabemos realmente sobre esta realidad y qué estamos haciendo para cambiarla?

Sorda como posicionamiento artístico y político

La película Sorda, dirigida por Eva Libertad, sigue a Ángela, una mujer sorda que atraviesa el embarazo, el parto y la crianza de su hija. Su entorno no habla su lengua, no entiende sus silencios y, con demasiada frecuencia, toma decisiones por ella. Más que narrar una historia individual, la película construye una retórica de incomodidad permanente frente a un mundo diseñado para oyentes.

Desde esa perspectiva, Sorda funciona no sólo como obra cinematográfica, sino también como una intervención política: revela cómo la autonomía puede verse sistemáticamente fracturada cuando la comunicación no está garantizada.

La barrera comunicativa también es violencia obstétrica

La historia expone una forma de violencia obstétrica que rara vez se nombra: la que ocurre cuando el sistema y el personal sanitario no asegura una comunicación accesible.

Aunque las mujeres sordas no constituyen un grupo homogéneo, muchas comparten experiencias similares dentro de los sistemas de salud convencionales: consultas sin intérprete, explicaciones incompletas o inexistentes, decisiones clínicas comunicadas de manera fragmentaria o asumidas sin mediación lingüística.

A ello se suman factores recientes, como el uso generalizado de mascarillas, que dificultan aún más la lectura de los labios y la interpretación de expresiones faciales.

Las consecuencias no son menores. En el contexto obstétrico, la comunicación es una herramienta clínica fundamental. Permite evaluar síntomas, comprender sensaciones corporales y tomar decisiones informadas durante el proceso del parto.

Por ejemplo, la evaluación del dolor —considerado el quinto signo vital— es un indicador clave para garantizar la seguridad de la atención. Cuando esta evaluación no se realiza adecuadamente por falta de comunicación, no estamos ante un simple descuido: estamos ante una vulneración que puede tener consecuencias clínicas reales.

Pero el problema no se limita a la falta de información. Lo que está en juego es la autonomía.

Consecuencias evidenciadas

La violencia obstétrica incluye prácticas como realizar intervenciones sin consentimiento informado, ignorar las necesidades de la mujer, negar respuestas a sus solicitudes de ayuda o aplicar procedimientos que no están basados en evidencia. Estas experiencias tienen consecuencias que se han documentado en la literatura científica. Algunas de ellas son el trauma relacionado con el parto, la depresión posparto, el trastorno de estrés postraumático y la desconfianza hacia el sistema sanitario.

Para las mujeres sordas, estos riesgos se amplifican cuando los canales de comunicación no están garantizados. La discriminación de género se entrelaza con el capacitismo institucional, produciendo una doble forma de exclusión.

A ello se suma un problema estructural: muchos servicios de salud continúan funcionando bajo la premisa implícita de que todas las personas oyen, hablan y comprenden de la misma manera.

Cuando una mujer sorda llega a una institución de salud, con frecuencia se produce una escena repetida: el personal sanitario duda sobre quién la atenderá porque nadie sabe cómo comunicarse con ella. Aparecen el miedo, la inseguridad y la improvisación. La respuesta institucional suele ser la misma: desorientación, delegación y soluciones improvisadas.

No se trata de una anécdota o experiencia aislada. Es el resultado de un sistema que aún no ha incorporado la diversidad comunicativa como parte del estándar de cuidado.

Cuando la violencia obstétrica se vuelve una experiencia cotidiana

Los testimonios de mujeres sordas ayudan a comprender la dimensión real de esta problemática. En nuestra investigación hemos recogido múltiples ejemplos. Los nombres y procedencia de estas mujeres son ficticios para proteger su privacidad:

Elsa (Burgos). Mujer sorda de 49 años:

Después del parto todo cambió. Tuve cesárea por riesgo de pérdida del bienestar fetal. Comunicación con la cesárea cero. Todo con mascarillas. No supe por qué fue la cesárea. Después me lo contaron. Se llevaron al bebé. No me dijeron si estaba bien. Después de 5 horas desde la cesárea, el padre de mi hijo me dijo que estaba bien. Me puse a llorar por todo lo que tenía acumulado. Era como que yo no importaba. No tengo buena experiencia ni en el parto, ni el postparto, ni en la lactancia.

Marina (Comunidad Valenciana). Mujer sorda de 40 años:

La experiencia con el primero fue horrible. Con el segundo, fue mejor. Mi primer parto fue muy largo. Me dijeron que empujara, pero no sabía cómo. Lloré mucho en el hospital. No sabía qué hacer. No me sentía una buena madre. No me sentía preparada. A veces se oye que la gente tiene información, pero en nuestro caso… ¿qué información tenemos? Creo que es importante hablar sobre la maternidad de las madres sordas. En la comunidad sorda, no solemos hablar sobre la maternidad. En cuanto a la lactancia materna, a veces recibimos información contradictoria.

Estos relatos dan cuenta de lo que ocurre cuando una intervención médica se realiza sin explicación. También de cuando una mujer no puede acceder a la información necesaria para participar en las decisiones sobre su propio cuerpo. Esta forma de violencia obstétrica ha sido descrita por la literatura científica como violencia obstétrica capacitista.

¿Qué cambios son necesarios?

La película Sorda cierra con una dimensión política clara: solo un sistema que asume que todas las mujeres viven la maternidad de la misma manera puede producir este tipo de daño de forma sistemática.

Desde la perspectiva de la salud pública, ese reconocimiento debería ser el punto de partida para la transformación. Algunas medidas simples, pero que requieren voluntad institucional, serían garantizar intérpretes de lengua de signos en los servicios de salud, incorporar formación básica en comunicación accesible para los equipos sanitarios o reconocer la diversidad lingüística como parte fundamental de la calidad asistencial.

La pregunta de fondo no es si el sistema sanitario puede adaptarse. La pregunta es: ¿cómo puede considerarse ética una atención de salud que asume como aceptable que una mujer no entienda lo que ocurre durante su propio proceso de embarazo, parto y postparto? ¿De qué derechos a la salud hablamos cuando las mujeres sordas no pueden tener y acceder a una atención de salud mínimamente digna?

Sin comunicación accesible no hay consentimiento informado ni autonomía reproductiva posible. Cuando la autonomía desaparece, los derechos sexuales y reproductivos dejan de ser derechos y se transforman en una promesa vacía.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. Parir en silencio y soledad: la violencia obstétrica que sufren las mujeres sordas – https://theconversation.com/parir-en-silencio-y-soledad-la-violencia-obstetrica-que-sufren-las-mujeres-sordas-277657

De Irán a Europa: el feminismo utilizado como coartada geopolítica

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María López Belloso, Profesora e Investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de deusto, Universidad de Deusto

Mujeres en el metro de Teherán. Grigvovan/Shutterstock

La reciente escalada entre Irán, Estados Unidos e Israel ha reactivado un argumento recurrente: la situación de las mujeres bajo el régimen de los ayatolás como justificación del ataque y de la vulneración del derecho internacional.

La represión no es nueva. Desde 1979, los derechos de las mujeres se han visto gravemente restringidos, y en los últimos años la presión se ha intensificado con campañas como el Plan Noor y con la pena de muerte para sofocar el movimiento “Mujer, Vida, Libertad”“, activo desde 2022.

En diciembre de 2025, tras nuevas protestas por un cambio de régimen, la represión dejó entre 3 428 y 12 000 víctimas, según distintas fuentes.

Pero ¿es realmente esa la razón del ataque conjunto? La defensa de los derechos de las mujeres ha ocupado un lugar central en la justificación pública de la ofensiva. Benjamin Netanyahu invocó el lema “Mujer, Vida, Libertad” y afirmó que la operación buscaba abrir camino a la libertad del pueblo iraní; Donald Trump habló en términos similares, afirmando perseguir la liberación del pueblo iraní.

Las contradicciones sobre el sufrimiento femenino

Sin embargo, los bombardeos alcanzaron infraestructuras civiles, incluidas escuelas de niñas en Hormozgan. La contradicción es evidente: mientras se apela al sufrimiento femenino para legitimar la intervención, la guerra incrementa su vulnerabilidad y refuerza la represión interna bajo el argumento de la seguridad.

Esta incoherencia no es exclusiva de Estados Unidos ni del caso iraní. Afganistán ofrece un ejemplo igualmente revelador. Desde el regreso del régimen talibán en 2021, se han aprobado más de un centenar de edictos que prohíben a las mujeres la educación secundaria y universitaria, el trabajo en ONG y su presencia en espacios públicos, llegando incluso a impedir que su voz sea escuchada en la calle.

La ONU ha calificado esta situación como “apartheid de género”. Sin embargo, la respuesta de las potencias occidentales ha sido claramente desigual: abundan los comunicados de “profunda preocupación”, pero no se han aplicado medidas de presión comparables a las dirigidas contra Irán.

Esta inacción sugiere que, una vez que Afganistán dejó de ser prioridad estratégica, los derechos de sus mujeres dejaron de ocupar un lugar central en la agenda internacional.

Salvadores blancos

La recurrente retórica de “liberación” que hemos visto desde Afganistán hasta la reciente ofensiva contra Irán en 2026 encuentra su explicación más lúcida en la obra de la antropóloga Lila Abu-Lughod, Do Muslim Women Need Saving?. Abu-Lughod denuncia que la narrativa occidental de la mujer musulmana como una víctima pasiva e indefensa no es un acto de empatía, sino una herramienta de paternalismo colonial que despoja a estas mujeres de su propia esencia para convertirlas en el pretexto de intervenciones militares.

Este “complejo de salvadora blanca” permite a líderes como Donald Trump o la alta representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Kaja Kallas, ejercer una falsa superioridad moral, simplificando realidades complejas para presentar a la cultura del “otro” como intrínsecamente opresora.

Bajo este marco, la salvación de la mujer no blanca se transforma en un activo geopolítico: se utiliza su rostro para justificar bombardeos y sanciones, pero se ignora su voz y su contexto local. Al final, como sostiene Abu-Lughod, estas políticas no buscan transformar las estructuras de opresión, sino utilizar la vulnerabilidad de las mujeres para validar agendas de control que, irónicamente, suelen terminar agravando su precariedad bajo el fuego de la guerra o el aislamiento económico.

El escenario bélico actual es quizá el ejemplo más evidente de cómo opera este principio de “salvadores blancos”, pero no es el único. En los discursos de los partidos de ultraderecha hemos visto cómo se usa este mismo argumentario para perseguir a los migrantes magrebíes, acusados de maltratar a sus mujeres y agredir a las mujeres locales.

Ultraderecha e inseguridad de la mujer

Este fenómeno de instrumentalización encuentra su base teórica en el concepto de “femonacionalismo”, acuñado por la socióloga Sara Farris en su obra En nombre de los derechos de las mujeres (2021). Farris expone cómo la extrema derecha europea ha “secuestrado” la retórica feminista para convertir la igualdad de género en una herramienta de exclusión y estigmatización contra la población migrante, especialmente la magrebí.

En España, el partido Vox ejemplifica esta deriva al vincular sistemáticamente la inmigración con el aumento de la inseguridad femenina. Esta narrativa, que también ha explotado Marine Le Pen en Francia al calificar la migración como “el fin de los derechos de las mujeres”, revela una profunda inconsistencia: mientras estos partidos utilizan la figura del “agresor externo” para alimentar la islamofobia de género, suelen negar simultáneamente la existencia de la violencia machista estructural en sus propios países.

La inconsistencia de este feminismo “de conveniencia” se hace insostenible al observar la gestión doméstica de estos partidos, donde la supuesta defensa de las mujeres desaparece para dar paso a un desmantelamiento sistemático de sus derechos.

En las administraciones donde la ultraderecha ha ganado influencia, hemos asistido a recortes drásticos en las partidas destinadas a políticas de igualdad y a la eliminación de concejalías y programas de atención a víctimas de violencia de género, bajo el pretexto de combatir el “gasto ideológico”.

Esta hostilidad institucional se traduce, además, en una violencia política y mediática dirigida contra figuras que encarnan la lucha feminista. Lejos de proteger a las mujeres, este discurso ejerce una violencia disciplinaria contra aquellas que no encajan en su ideal tradicionalista, demostrando que su preocupación por la seguridad femenina es meramente reactiva: solo les importa la violencia contra las mujeres cuando el agresor es el “otro” extranjero, pero la ejercen y la legitiman cuando la víctima es una mujer política o feminista que desafía su hegemonía.

El escudo moral para justificar guerras

En última instancia, el análisis de estos escenarios –desde los bombardeos sobre Irán hasta los recortes de igualdad en nuestras propias instituciones– revela una verdad incómoda: los derechos de las mujeres no son el fin de estas políticas, sino su coartada geopolítica. Se nos utiliza como escudo moral para justificar guerras y como argumento de exclusión para criminalizar al migrante, mientras en la práctica se desmantelan los recursos que garantizan nuestra seguridad real.

Hoy, más que nunca, cobran vigencia las palabras de Simone de Beauvoir:

No olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos; debéis permanecer vigilantes toda vuestra vida.

The Conversation

María López Belloso no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. De Irán a Europa: el feminismo utilizado como coartada geopolítica – https://theconversation.com/de-iran-a-europa-el-feminismo-utilizado-como-coartada-geopolitica-277670

¿Por qué los colores producen diferentes sentimientos en las personas?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Gabriel Rodríguez San Juan, Profesor de Psicología del Aprendizaje, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Asociamos los colores a distintas emociones. Steve Johnson / Unsplash, CC BY-SA

Este artículo forma parte de la sección The Conversation Júnior, en la que especialistas de las principales universidades y centros de investigación contestan a las dudas de jóvenes curiosos de entre 12 y 16 años. Podéis enviar vuestras preguntas a tcesjunior@theconversation.com


Pregunta formulada por el curso de 3º de la ESO de Aranzadi Ikastola. Bergara (Gipuzkoa)


Hay colores que nos acompañan toda la vida. El verde de un jardín que ya no existe, el rojo del traje de aquel superhéroe o el azul oscuro de algo que preferiríamos olvidar. Aprender esas asociaciones no fue una elección: simplemente ocurrieron en el transcurso de nuestra vida. Y cuando volvemos a encontrar esos colores –en una pared, en una camiseta, en un atardecer– algo se mueve por dentro, antes de que hayamos tenido tiempo de pensar.

Algunas de esas asociaciones no son solo nuestras. Quienes vivieron situaciones similares suelen tender a sentir algo parecido ante los mismos colores. Pero quienes nunca estuvieron en ese jardín o se perdieron esa película posiblemente sentirán cosas distintas.

¿De qué manera los colores pueden llegar a despertar emociones y por qué estas pueden ser tan distintas en una persona u otra? Para responder estas preguntas, necesitamos primero entender bien qué es exactamente un color.

Una cosa es el mundo y otra nuestra experiencia de él

La primera idea que tenemos que considerar es algo contraintuitiva: los colores no están ahí afuera. En el mundo, no hay manzanas “rojas”. El color rojo es una creación de nuestro cerebro. Isaac Newton nos ayudó a entenderlo con uno de sus experimentos más célebres. Hizo pasar un rayo de luz por un prisma y reveló algo sorprendente: la luz se descomponía en tonalidades distintas.

Así empezamos a descubrir varias cosas. Primero, que la luz se compone de ondas de distinta longitud. Y, además, que la manzana es un trozo de materia que absorbe casi todas las longitudes de onda pero refleja las de alrededor de 700 nanómetros. La manzana no es roja. El rojo lo empieza a fabricar nuestro cerebro cuando los fotorreceptores de nuestras retinas reaccionan ante esas longitudes.

Hoy conocemos bastante bien los procesos físicos que transforman esas variables físicas en señales neuronales. Pero eso no basta para entender qué es el color. Para ir más allá, recurriremos a un experimento mental que propuso el filósofo Frank Jackson en la década de 1980.

El rojo que nadie puede explicarle a Mary

Imaginemos a Mary, una científica que sabe absolutamente todo sobre física y neurociencia del color, pero que ha vivido toda su vida en un mundo en blanco y negro. ¿Qué ocurrirá si un día abandona ese mundo de grises y ve una manzana roja por primera vez?

Aunque conozca toda la teoría y cada área cerebral implicada en la percepción del color, experimentará algo completamente nuevo que ningún libro le ha enseñado: cómo se siente el rojo. Esa experiencia subjetiva e intransferible es lo que los filósofos llaman qualia: el “cómo se siente” algo desde dentro.

La ciencia todavía no entiende bien cómo nuestro cerebro genera experiencias tan ricas y subjetivas a partir de meros disparos neuronales. Lo que sí sabemos es que esas vivencias a las que llamamos qualia no están hechas solo de información sensorial. Tienen muchos más ingredientes.

¿De qué están hechos los qualia?

Para entenderlo, pensemos en qué ocurre cuando interactúo con esa manzana roja. Mi cerebro no se limita a registrar las longitudes de onda que refleja su superficie: simultáneamente, procesa su textura, su olor, su sabor al morderla, la temperatura del ambiente, la compañía de quienes me rodean. Y, al mismo tiempo que procesa todo eso, genera una reacción emocional: una evaluación automática, casi instantánea, de si lo que estoy viviendo es agradable, amenazante o neutro.

Mi cerebro tiene además otra capacidad admirable: vincular todo lo que registra. Así, cuando miro la manzana, la muerdo y me doy cuenta de que estoy con mis hijas, todo eso –el color, el sabor, la alegría de ese momento– queda entretejido en una sola experiencia que el cerebro almacena, de manera que, cuando uno de esos elementos reaparece, los demás se reactivan con él.

Por eso, la próxima vez que esas mismas longitudes de onda activen mis fotorreceptores –aunque la manzana no esté, aunque mis hijas no estén–, algo de todo aquello regresará. Y, cuantas más experiencias acumule con ese color a lo largo de la vida, más rica, compleja y única se volverá mi experiencia sobre él.

De ahí que el qualia del rojo no sea simplemente el procesamiento de una frecuencia de luz. Es el resultado de fundir, en un instante, información sensorial inmediata, recuerdos almacenados y afectos acumulados. Tres tipos de contenido que el cerebro ensambla tan rápido y tan bien que los vivimos como una sola cosa indivisible. A eso es a lo que llamamos color.

Colores y emociones, un siglo de investigación

Los colores producen respuestas emocionales sistemáticas. Los resultados de un estudio que analizó 132 investigaciones realizadas en 64 países durante 128 años, con más de 42 000 participantes, muestran patrones consistentes: el rojo se asocia con emociones de alta activación –amor, ira, peligro, pasión–; el azul, con calma y confianza; el amarillo, con alegría; y el negro, con tristeza o poder.

Estos patrones aparecen en culturas muy distintas, algo que apunta a disposiciones innatas o a ciertos aprendizajes omnipresentes: el azul del cielo despejado, el rojo de la sangre, el amarillo del sol son señales ecológicas que compartimos como especie.

Otro hallazgo revelador es que cada color puede evocar emociones muy distintas, y una misma emoción puede ser evocada por colores muy diferentes. Eso no es un reflejo del azar: es la huella de las condiciones particulares de otros muchos aprendizajes.

Los psicólogos Stephen Palmer y Karen Schloss precisaron este mecanismo en su Teoría de Valencia Ecológica: nos gustan los colores asociados a experiencias positivas y rechazamos los vinculados a negativas. Si el amarillo de la infancia de alguien es el de la cocina de su abuela, ese amarillo será reconfortante. Si para otra persona es el del uniforme del colegio que odiaba, evocará exactamente lo contrario.

La misma longitud de onda, distintas emociones

En definitiva, el rojo que tú ves se parece al rojo que yo veo… pero no es exactamente igual. Se parece porque compartimos la física, la biología y algunas experiencias. Pero no es igual porque, a medida que vivimos nuestras vidas, vamos construyendo una experiencia personal e irrepetible. Cada historia tiñe el color de manera distinta. Por eso, los colores no solo nos ayudan a describir el mundo: nos recuerdan también lo que significa ir viviendo una vida y no otra.


La Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco colabora en la sección The Conversation Júnior.


The Conversation

Gabriel Rodríguez San Juan no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Por qué los colores producen diferentes sentimientos en las personas? – https://theconversation.com/por-que-los-colores-producen-diferentes-sentimientos-en-las-personas-271659