Irán y Estados Unidos llevan décadas en guerra, y no se vislumbra un final

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ibrahim Al-Marashi, Adjunct Professor, IE School of Humanities, IE University; California State University San Marcos

Un grupo de iraníes lloran a las víctimas del vuelo 655 de Iran Air, un avión civil derribado por la Marina de los Estados Unidos el 3 de julio de 1988. IRNA/Wikimedia Commons

Puede parecer que Estados Unidos y Oriente Medio han entrado en otra guerra eterna. Pero la verdad es que se trata solo de la última entrega de un conflicto militar no declarado entre ambas naciones que se remonta a la década de 1980.

Para los estadounidenses, la guerra comenzó en 1979, cuando estudiantes iraníes tomaron la embajada estadounidense en Teherán y mantuvieron como rehenes a 52 diplomáticos durante 444 días. Para los iraníes, comenzó con el apoyo de Estados Unidos al sah y su posterior respaldo a Irak durante la guerra entre Irán e Irak de 1980-1988.

El conflicto se ha cobrado muchas vidas civiles. El 3 de julio de 1988, el buque de guerra estadounidense Vincennes derribó el vuelo 655 de Iran Air, un vuelo civil con destino a Dubái. El USS Vincennes identificó erróneamente el Airbus como un avión militar y lo derribó, matando a las 290 personas que iban a bordo. Más recientemente, el 28 de febrero de 2026, un misil estadounidense-israelí impactó en una escuela de niñas en el sur de Irán, matando a más de 150 civiles, la mayoría de ellos niños.

Irán también derribó el vuelo 752 de Ukraine International Airlines el 8 de enero de 2020. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica confundió el avión civil con un vuelo militar estadounidense y disparó dos misiles tierra-aire que mataron a los 176 pasajeros, en su mayoría civiles iraníes.

Cada una de las partes ha cometido, en diferentes momentos, errores catastróficos en condiciones de escalada hostil. Pero estos trágicos incidentes no son solo historia. Tanto para los iraníes como para los estadounidenses, han reforzado profundamente la opinión popular e institucional de que nunca se podrá alcanzar la paz entre las dos naciones.

La década de 1980: la guerra de los petroleros

En 1984, Irak inició la “guerra de los petroleros” con Irán –una etapa de la contienda que enfrentaba desde 1980 a ambos países– cuando su fuerza aérea atacó petroleros que se dirigían a puertos iraníes. El conflicto continuó durante años y, finalmente, involucró a la Marina de los Estados Unidos cuando, el 17 de mayo de 1987, un avión iraquí impactó accidentalmente contra la fragata estadounidense The Stark, matando a 37 miembros de la tripulación.

Estados Unidos decidió desviar la atención de Irak hacia Irán, argumentando que la República Islámica era responsable, ya que no había aceptado negociar el fin de la guerra.

A continuación, Estados Unidos proporcionó protección naval a los petroleros kuwaitíes que transitaban por el golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz, exigiéndoles que izaran la bandera estadounidense. Pero la violencia no hizo más que intensificarse. Irán atacó los barcos que enarbolaban pabellón estadounidense, y Estados Unidos respondió atacando las plataformas marítimas iraníes y las lanchas rápidas utilizadas por la Guardia Revolucionaria. También hundió dos fragatas iraníes, eliminando la mitad de la armada de Irán.

En medio de estas hostilidades, el vuelo 655 de Iran Air fue derribado.

Las circunstancias en las que se produjo este incidente durante la confusión de la guerra siguen siendo objeto de intenso debate. Para los iraníes, el ataque confirmó que se encontraban en una guerra de facto con Estados Unidos, al que consideraban responsable de una venganza indirecta por la crisis de los rehenes de 1979.

En última instancia, el derribo de su avión de pasajeros llevó a Irán a aceptar el alto el fuego que puso fin a la guerra entre Irán e Irak. El conflicto de Irán con su vecino terminó, pero su guerra con Estados Unidos no.

El ayatolá Jamenei fue líder supremo de Irán desde 1989 hasta su asesinato en 2026 por las fuerzas estadounidenses e israelíes. En esta imagen aparece en 2025, durante la ceremonia del primer aniversario de la muerte del expresidente iraní Ebrahim Raisi.
khamenei.ir/Wikimedia Commons, CC BY

La década de 2000: guerras proxy y guerra terrestre

La fase de la contienda que tuvo lugar en la década de 1980 se libró con buques en el Golfo, pero la segunda fase fue un conflicto subsidiario que se libró en tierra.

Después de 2001, George W. Bush incluyó a la República Islámica en un “eje del mal”, junto con Irak y Corea del Norte.

En marzo de 2003, tras la invasión de Irak por parte de Bush, Irán se encontró de repente con tropas estadounidenses en dos fronteras (Irak y Afganistán). Teherán temía que la Administración Bush buscara un cambio de régimen y que Estados Unidos o Israel bombardearan sus instalaciones nucleares.

Una de las herramientas a disposición de Irán era su apoyo a diversos insurgentes iraquíes para atacar a las fuerzas estadounidenses. Uno de sus representantes, Asa’ib Ahl al-Haq, formado en 2006, atacó vehículos militares estadounidenses con artefactos explosivos improvisados, desafiando el control estadounidense de las autopistas.

Este conflicto de baja intensidad solo terminó cuando las fuerzas estadounidenses abandonaron Irak en 2011.




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Las décadas de 2010 y 2020: guerra aérea sobre Irak

Durante la década de 2010, la Administración Obama entró en una alianza de facto con la República Islámica para combatir al Estado Islámico (ISIS). Estados Unidos proporcionó cobertura aérea mientras Irán luchaba junto a las milicias chiitas iraquíes sobre el terreno.

En octubre de 2017, dos meses antes de que el ISIS perdiera oficialmente la gran mayoría de sus territorios en Irak y Siria, Donald Trump anunció la retirada de Estados Unidos del acuerdo nuclear con Irán y volvió a imponer sanciones a la República Islámica.

Las relaciones se deterioraron rápidamente, ya que Teherán tomó represalias contra las fuerzas estadounidenses en Irak, lo que dio lugar a una guerra aérea. Kataib Hizballah, una milicia aliada de Irán, lanzó cohetes contra objetivos estadounidenses en Irak y Estados Unidos respondió con ataques aéreos.

La violencia se recrudeció el 27 de diciembre de 2019, cuando la misma milicia atacó la base de al-Taji, una instalación militar iraquí que alberga a las fuerzas estadounidenses, matando a un contratista estadounidense. Dos días después, Estados Unidos respondió con un ataque aéreo contra varios objetivos relacionados con la milicia iraquí, en el que murieron al menos 25 de sus miembros.

El 31 de diciembre de 2019, la embajada estadounidense en la Zona Verde de Bagdad fue asaltada por manifestantes iraquíes afiliados a la milicia.

Trump, ante una situación que recordaba a la crisis de los rehenes de 1979, ordenó un ataque con drones el 3 de enero de 2020 que mató al general Qassem Soleimani, comandante de la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria Iraní, así como a Abu Mahdi al-Muhandis, líder de la milicia. Irán respondió lanzando 22 misiles balísticos Fateh contra dos bases iraquíes que albergaban fuerzas estadounidenses el 8 de enero.

La muerte de Soleimani fue la primera vez que Estados Unidos mataba directamente a un alto funcionario del Estado iraní. Se cruzó el umbral de la guerra por poder a la guerra directa entre Estados.

A raíz de ello, el ejército iraní derribó accidentalmente el vuelo 752 de Ukraine International Airlines a las afueras de Teherán, confundiéndolo con una represalia estadounidense. Fue un trágico eco del incidente del Vincennes.

Durante este periodo, Irán mostró en general moderación en sus ataques aéreos contra Estados Unidos. Durante la guerra de 12 días entre Israel e Irán de 2025, por ejemplo, lanzó un único ataque militar coreografiado contra la base aérea de Al-Udeid en Catar, que albergaba fuerzas estadounidenses, muy similar a sus ataques con misiles cuidadosamente orquestados de 2020.

Hoy en día, esa moderación ya no existe. Lo que estamos viendo ahora es una represalia iraní generalizada en toda la región.




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Una larga guerra no declarada

Para los iraníes, las circunstancias que llevaron al derribo de su avión en 1988 resuenan en el presente: la acción militar directa de junio de 2025, la orden de Trump de asesinar a Soleimani en enero de 2020 y la guerra económica a través de sanciones.

El acuerdo con Irán de 2015 fue el primer intento de poner fin al conflicto entre las dos naciones que comenzó en la década de 1980. Fue el mayor triunfo diplomático de Barack Obama, y Trump se ha obsesionado con deshacer las políticas de su predecesor.

Sin embargo, la reciente escalada entre Estados Unidos e Irán también fue un legado de la Administración Biden, que tuvo la oportunidad de reducir la larga guerra entre Irán y Estados Unidos tras ganar las elecciones de noviembre de 2020.

El despliegue estadounidense en el Golfo en la década de 1980 fue desproporcionado en relación con la amenaza para la navegación, y muchos lo consideraron un pretexto endeble para buscar la guerra con Irán. Israel esgrimió una justificación igualmente dudosa –que Irán estaba a solo unas semanas de conseguir un arma nuclear– para justificar su guerra de 12 días en junio de 2025.

En febrero de 2026, Estados Unidos inició la última ronda de este conflicto. Hasta la fecha, ambos Estados lograron intensificar el conflicto sin llegar a una guerra total, pero ese equilibrio podría romperse.

The Conversation

Ibrahim Al-Marashi no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Irán y Estados Unidos llevan décadas en guerra, y no se vislumbra un final – https://theconversation.com/iran-y-estados-unidos-llevan-decadas-en-guerra-y-no-se-vislumbra-un-final-277322

¿Y qué gano yo pactando? Algunas dudas razonables sobre la formación de gobiernos de coalición en España

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Josep Maria Reniu Vilamala, Profesor Titular de Ciencia Política y de la Administración, Universitat de Barcelona

Jorge Azcón, líder del PP en Aragón, celebra el resultado de las últimas elecciones autonómicas, el pasado 8 de febrero. Al no alcanzar la mayoría absoluta, previsiblemente necesitará llegar a algún acuerdo con Vox, sin descartar un gobierno de coalición. RTVE

Una de las características de cómo funcionan los sistemas parlamentarios como el español es la necesidad de llegar a algún tipo de acuerdos entre los diferentes partidos políticos para garantizar, sobre todo, la formación de gobierno.

Esto es así porque la normalidad tras cada elección –ya sea estatal, autonómica o local– es que nadie obtenga la mayoría absoluta de los escaños o concejales y, por ello, deba enfrentarse al reto de pactar con otros partidos.

Unos pactos que habrán de alcanzarse tras una negociación, ya que las elecciones no forman gobiernos, quienes lo hacen son los partidos mediante negociaciones entre ellos. Y, nos guste más o nos guste menos, en nuestro sistema político ello se ha convertido en una obligación.

Puesto que obtener la mayoría absoluta por un solo partido político es casi una quimera hoy en día, unos y otros deberán enfrentarse al reto de la negociación, y a buen seguro aparecen entre ellos más dudas que certezas.

Unas dudas razonables que pueden resumirse en estas preguntas: ¿es necesario pactar?, ¿qué tipo de gobierno debemos pactar?, ¿qué elementos debemos priorizar?, ¿qué coste tiene llegar o no a un acuerdo?… En resumen: ¿qué gano yo pactando?

¿Interesa compartir el poder?

La primera decisión a tomar es si nos interesa compartir el poder. Ello en dos posibles escenarios: si somos el partido “grande”, pero nos faltan escaños para poder formar gobierno y gobernar con comodidad o si somos el partido pequeño en esa posible coalición.

En ambas situaciones hay un tema que no se puede ocultar: compartir el poder en un gobierno de coalición supone asumir de forma compartida la responsabilidad de toda la acción gubernamental. Así de claro: a partir del momento en que dos o más partidos forman un gobierno de coalición todos ellos son corresponsables de lo bueno y también de lo malo de su acción de gobierno.

¿Quiere esto decir que estamos obligados a formar, sí o sí, un gobierno de coalición? No, en ningún caso.

La obligación es responder a si realmente queremos, podemos o necesitamos compartir el poder para alcanzar “nuestros” objetivos políticos. Y para aclarar las dudas veamos dos conceptos íntimamente unidos: las dinámicas coalicionales por un lado y el diferencial de influencia política por el otro.

Hablar de dinámicas coalicionales significa tomar en cuenta que la “solución” a la formación de gobierno no está fijada de antemano en forma de coalición. Una solución perfectamente viable es la negociación de un acuerdo parlamentario que garantice la formación y la supervivencia de un gobierno unipartidista en minoría. Y no, estos ni son inestables -o no menos inestables que cualquier otro gobierno-, ni tampoco menos productivos.

¿Y qué gano no formando una coalición? Acudimos para ello al diferencial de influencia política: en aquellas situaciones en las que podemos obtener “nuestros” objetivos políticos sin tener que integrarnos en el gobierno y, por ello, corresponsabilizarnos de toda la acción gubernamental, nos mantendremos fuera del gobierno habiendo negociado nuestro apoyo a cambio de nuestras decisiones políticas: aprobación de leyes, diseño de nuevos programas o supresión de decisiones existentes.

Así, ¿no le parece a usted que ello describe la situación actual entre Partido Popular y Vox en Extremadura, Aragón y quién sabe si también en Castilla y León tras las elecciones de marzo?

Pero para más claridad vamos a desmontar una afirmación oída demasiado a menudo: todos los partidos buscan alcanzar el poder. Pues no precisamente, ya que cuando se afirma esto se está diciendo que lo que quieren es alcanzar el gobierno.

Y la verdad sea dicha, la gran mayoría tienen en el gobierno y los cargos su objetivo central, su gran anhelo. Pero, como todo en esta vida, el interés está en los detalles.

Cuando el objetivo es la agenda política

¿Cuáles? Además del gobierno y los cargos, los partidos persiguen al mismo tiempo el impulso y aprobación de políticas públicas vinculadas a su ideario, a su visión de cómo deba ser el Estado, la comunidad autónoma o el municipio en cuestión.

Y hay que añadir otros dos objetivos simultáneos: la búsqueda de consolidar y aumentar la base electoral (es decir, obtener votos) y mantener y fortalecer a la organización (lograr una buena cohesión interna).

Perseguir estas cuatro metas lleva a cada partido a tener que priorizar sus esfuerzos. Así lo que para uno puede ser absolutamente prioritario (obtener el gobierno a cualquier precio) para otro puede ser meramente instrumental, orientándolo a su objetivo principal mientras no sea capaz de gobernar en solitario: impulsar buena parte de su agenda política desde fuera del ejecutivo.

Veámoslo así: el objetivo central del Partido Popular en las actuales negociaciones en Extremadura y Aragón (y previsiblemente en Castilla y León) es garantizarse la titularidad del ejecutivo, sin descartar un posible gobierno de coalición como en la legislatura anterior.

En el caso su potencial socio, Vox, tanto su comportamiento coalicional anterior como su estrategia negociadora actual parecen indicar que su prioridad pasa por lograr imponer su agenda política, considerando su incorporación a dichos gobiernos como una opción instrumental y, por ello, prescindible a cambio de sus políticas públicas.

¿Coincidimos en este análisis? Confío que sí y les adelanto otro concepto para una próxima ocasión: dinámicas multinivel o la influencia que ejerce en las estrategias negociadoras los efectos de alcanzar uno u otro tipo de acuerdo en un nivel (autonómico, por ejemplo) sobre las futuras negociaciones en otro (por ejemplo, en el ámbito estatal, sin ir más lejos). ¿Interesante, verdad?

The Conversation

Josep Maria Reniu Vilamala no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Y qué gano yo pactando? Algunas dudas razonables sobre la formación de gobiernos de coalición en España – https://theconversation.com/y-que-gano-yo-pactando-algunas-dudas-razonables-sobre-la-formacion-de-gobiernos-de-coalicion-en-espana-276352

¿Quién teme a la obesidad? Cuando el miedo es al rechazo social

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lara Martín Vicario, Lectora en Comunicación, Universitat Internacional de Catalunya

Lee Charlie/Shutterstock

Hace aproximadamente una década dos investigadores realizaron un pequeño experimento con un grupo de mujeres estadounidenses que no tenían obesidad. Les pidieron que imaginaran que habían ganado unos 45 kilogramos y que describieran cómo se sentirían ante un cambio corporal de esa magnitud. Las respuestas fueron contundentes: terror, aversión, espanto, horror. En definitiva, miedo.

Ese miedo no solo se relacionaba con posibles complicaciones médicas, sino con las consecuencias sociales que anticipaban. Muchas creían que no podrían caminar con normalidad, que se recluirían en casa o que dejarían de ser deseables. Algunas afirmaron que preferirían morir antes que vivir en un cuerpo gordo. Las respuestas revelaban imaginarios profundamente estigmatizantes sobre lo que significa habitar un cuerpo con kilos de más.

He empezado el texto con este experimento por un sencillo motivo. El estudio pone de relieve algo incómodo: quienes más temen a la obesidad suelen ser quienes no la padecen. Y ese temor no se dirige exclusivamente a la salud, sino a la estigmatización que acompaña al aumento de peso.

Estigma y comunicación

La preocupación por el peso corporal no es nueva. Durante siglos, la grasa ha funcionado como repositorio de ansiedades culturales en las sociedades occidentales.

En el pasado, el exceso de peso se interpretaba en clave moral: era el resultado visible de la gula o la pereza. En términos sociológicos se convertía en lo que Erving Goffman describió como una “identidad dañada” y por tanto, en un blanco para ser estigmatizadas.

Con demasiada frecuencia estas formas de estigmatización son reproducidas a través de los medios de comunicación e internet. Además de convertir a las personas con obesidad en un otro, en alguien a quién debemos repudiar o condenar al ostracismo, también son una advertencia para los demás.

Como aseguraron las mujeres del estudio citado al comienzo de este artículo, adherirse a una “buena conducta” es la condición necesaria si no se quiere acabar siendo personas abyectas y no deseadas. No se trata solo obviar factores biológicos o socioestructurales que puedan contribuir a la obesidad, sino en desentenderse de la propia dignidad de las personas que la padecen.

Tanto es así que, por ejemplo, en las aplicaciones para la pérdida de peso esta estigmatización es directa. En ellas el exceso de peso es responsabilidad y culpa de quien lo tiene. La obesidad se presenta como una enfermedad provocada por el estilo de vida. El objetivo de toda persona es llegar a tener un cuerpo delgado, esbelto y tonificado y las apps están ahí para ayudarte a lograrlo.

Una advertencia en forma de estigmatización

En una investigación reciente con colegas (aún en proceso de publicación) analizamos qué personas aparecen en las imágenes que acompañaban noticias sobre obesidad en la prensa.

Esperábamos hallar lo que se conoce como “gordos descabezados”, es decir, personas con obesidad fotografiadas sin rostro en un intento de mantener su anonimato y dignidad, lo que, paradójicamente, acaban deshumanizándolas. También contábamos con ver escenas que reforzaran el estereotipo de las personas gordas. Por ejemplo, consumir comida basura, sentarse en el sofá o ver la televisión.

Nuestra sorpresa vino cuando comprobamos que esos comportamientos aparecían representados por personas con peso normal. La estigmatización ya no se dirigía solo a las personas con obesidad, sino que ponía el foco en el resto.

Más allá del peso corporal

Buena parte del discurso mediático sobre la obesidad insiste en la idea de responsabilidad individual. Se apela a la disciplina y al control de uno mismo. Sin embargo, este enfoque simplifica un fenómeno complejo. La evidencia científica muestra que el peso corporal está influido por múltiples factores: genéticos, hormonales, metabólicos, psicológicos y socioeconómicos.

Ignorar esta complejidad no solo es inexacto desde el punto de vista de la salud pública, sino que además refuerza el estigma de peso.

Numerosos estudios han demostrado que la discriminación por peso se asocia con mayores niveles de ansiedad, depresión, evitación de la atención sanitaria e incluso con cambios fisiológicos vinculados al estrés crónico. Paradójicamente, el rechazo social puede empeorar los indicadores de salud que se dice querer proteger.

El miedo a la obesidad no siempre es miedo a enfermar, sino miedo a la exclusión social. Quizá la pregunta no sea solo quién teme a la obesidad, sino qué es exactamente lo que tememos: ¿el riesgo médico o el rechazo social?

Si el miedo se dirige principalmente al estigma, entonces el problema no está únicamente en el cuerpo, sino en la mirada que lo juzga. Porque cuando se reduce la identidad del otro a su tamaño o peso, la dignidad queda en segundo plano.

No obstante, más allá de los posibles fallos que cometen los medios de comunicación, conviene también subrayar las oportunidades que estos ofrecen para visibilizar el lado humano de la obesidad, comprender mejor a quienes la viven y mirar más allá de la forma o el tamaño de su cuerpo.

Promover una representación más amplia y diversa de los cuerpos, acorde con la pluralidad real de nuestra sociedad, contribuiría a desplazar el foco del peso como rasgo definitorio. De este modo, lo verdaderamente relevante dejaría de ser la talla y pasaría a ser la persona.

The Conversation

Lara Martín Vicario no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Quién teme a la obesidad? Cuando el miedo es al rechazo social – https://theconversation.com/quien-teme-a-la-obesidad-cuando-el-miedo-es-al-rechazo-social-274332

Un entorno oyente que no escucha es una barrera para las personas con pérdidas auditivas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Celia Teira Serrano, Profesora Contratada Doctora. Grado en Logopedia. Facultad de Cc. de la Salud, Universidad Pontificia de Salamanca

Fotograma de la película _Sorda_. Filmafinnity

En el 2025 la audición ha tenido un papel protagonista en la cultura con películas como (Sorda) y el documental (El Canto de las Manos), que visibilizaron las continuas violaciones de derechos de la comunidad sorda y de las personas con pérdidas auditivas por parte del entorno mayoritario oyente. En ambos casos, los protagonistas utilizan las lenguas de señas o signos como código comunicativo, despertando de su letargo un antiguo debate entre oralismo y lengua de signos que encubre numerosos prejuicios.

Las personas con deficiencias auditivas constituyen un grupo muy heterogéneo en función del grado y localización de su pérdida, el momento de su aparición, las ayudas técnicas personales, el entorno familiar y la educación recibida, entre otros aspectos. Bajo términos como “sordera”, “hipoacusia” o “discapacidad auditiva”, se encuentran múltiples realidades, por lo que la identificación entre sí de personas con esta misma condición es a menudo compleja.

Sin embargo, en un estudio sobre barreras comunicativas realizado desde el Grado en Logopedia de la Universidad Pontificia de Salamanca, en colaboración con la Asociación de personas con discapacidad auditiva postlocutiva de Salamanca (SADAP) y con la Asociación de padres de niños sordos de Salamanca (ASPAS), las personas entrevistadas coincidían ampliamente en que algunas de las principales barreras comunicativas eran sus propios interlocutores oyentes.

En un mundo en el que los avances de la investigación y la tecnología se dirigen a mejorar las ayudas técnicas personales (audífonos e implantes) o a erradicar la sordera (terapias génicas), es decir, en el que se sigue poniendo el foco del problema y de la solución en las personas con capacidades diferentes, ¿qué podemos hacer los interlocutores oyentes para favorecer una comunicación eficaz?




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Oralismo y audismo

Para entender muchas de las situaciones que viven las personas con pérdida auditiva en entornos educativos, profesionales, sanitarios, culturales o de ocio, es necesario familiarizarse con el oralismo y audismo imperantes. Estos remiten al privilegio del habla y la audición sobre cualquier otro sistema de comunicación.

La mayoría no solemos sentir el impacto de estas cuestiones precisamente porque no atentan contra nuestra identidad.

Lejos de querer hacer una especie de ablesplaining, explicando la experiencia de la discapacidad como si la tuviera, recojo aquí algunos de los ejemplos proporcionados por las personas entrevistadas: cuando te llaman en voz alta por tu nombre en cualquier sala de espera médica dando por hecho que los vas a oír, cuando los simulacros de incendios de tu entorno laboral solo cuentan con alarmas sonoras o cuando te atienden máquinas por teléfono que solicitan respuestas orales y no reconocen las características de tu habla.

La sordera es una discapacidad invisible, incluso para las familias. Numerosos entrevistados nos comentaban el síndrome de la mesa del comedor, espacio social por excelencia que se convierte en un lugar de intercambios comunicativos espontáneos donde apenas pueden participar las personas con pérdidas auditivas. Esto se debe al solapamiento de turnos o los continuos movimientos de cabeza que impiden la lectura labial, entre otros obstáculos.

Por otro lado, muchas personas con pérdidas auditivas postlocutivas, aquellas que se presentan tras haber adquirido el habla (por diferentes causas como la exposición a ruidos muy intensos o repentinos, el envejecimiento…), señalaban que sus familias no habían realizado un duelo con su imagen de persona oyente y seguían llamándoles desde otras habitaciones a gritos o hablándoles de espaldas.

Desde el modelo biopsicosocial de la discapacidad, la persona puede tener cualquier tipo de deficiencia, pero solo cuando no es funcional ante determinados entornos, por la existencia de barreras en los mismos, se habla de discapacidad. Una persona sorda signante no será discapacitada en un medio signante; una persona con pérdida postlocutiva no sentirá la discapacidad si existe accesibilidad y las personas alrededor incorporan los ajustes necesarios. La comunicación es bidireccional e interactiva. Los oyentes no deberíamos asumir responsabilidades y no constituir una barrera más.

Comunicación eficaz

¿Eficaz? Que logre el objetivo. ¿O efectiva? Que no solo se logre sino que además se optimicen recursos y tiempo. Nuevamente, va a depender de la persona emisora o receptora de la comunicación. El National Deaf Center de Estados Unidos utiliza de forma intercambiable comunicación eficaz y comunicación efectiva. Comunicarse de manera efectiva con personas sordas o con discapacidad auditiva implica asegurarse de que puedan participar en la conversación en igualdad de condiciones que las personas oyentes.

Los recursos y estrategias que se recomiendan tienen que ver con partir de preguntar a las personas sus necesidades particulares en cuanto a la comunicación, porque, efectivamente, cada persona cuenta con unos recursos, pero también con una historia previa de éxitos y fracasos comunicativos que solo ella conoce.

Otra de las sugerencias consiste en evitar los cambios bruscos conversacionales, debido al esfuerzo continuo que realizan las personas sordas y con pérdida auditiva por anticipar o suplir partes de la conversación. Con todo ello, lo que se pretende es una participación significativa que redunde en el establecimiento de interacciones positivas, de forma que refuerce sus identidades y genere un mayor bienestar general.

La Asociación de Personas con Discapacidad Auditiva Poslocutiva (SADAP) distribuye desde marzo de 2025 un díptico de comunicación eficaz con recomendaciones para los interlocutores oyentes. Estas son el resultado de las entrevistas anteriormente mencionadas y sugieren estrategias corporales y de habla relativamente sencillas, junto al cuidado de aspectos como la iluminación, el ruido, la importancia de los silencios o no anticiparse a las respuestas.

Es importante tener en cuenta que todas las personas podemos llegar a perder audición por diferentes motivos, pero uno ineludible es la edad. Cuanto antes empecemos a sensibilizarnos e incorporar los recursos, mejor, porque seguramente lleguemos a necesitarlos.

Ayer, 3 de marzo se celebró el Día Mundial de la Audición. Con el lema “De las comunidades a las aulas: cuidado de la audición para todos los niños”, tiene como fin prevenir las pérdidas auditivas a las que se estima que unos 2 500 millones de personas nos veremos abocadas hacia el año 2050, según la OMS.




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No en vano, la Confederación española de familias de personas sordas (FIAPAS) ha lanzado una campaña específicamente dirigida a la población más joven: la generación marcada por el ruido.

The Conversation

Celia Teira Serrano no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Un entorno oyente que no escucha es una barrera para las personas con pérdidas auditivas – https://theconversation.com/un-entorno-oyente-que-no-escucha-es-una-barrera-para-las-personas-con-perdidas-auditivas-274357

La guerra en Oriente Medio hace subir los precios del petróleo y golpea la economía mundial, pero todavía no es una crisis

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Stella Huangfu, Associate Professor, School of Economics, University of Sydney

Los mercados mundiales del petróleo han reaccionado rápidamente al aumento de las tensiones en Oriente Medio, mientras Estados Unidos e Israel continúan su ofensiva contra Irán.

Tras la interrupción del tráfico de petroleros a través de un punto clave, el estrecho de Ormuz, el precio de referencia del petróleo, el crudo Brent, subió alrededor de un 6 % hasta superar los 77 dólares por barril. Inicialmente alcanzó un máximo de 82 dólares, su nivel más alto desde enero de 2025.

Una subida de aproximadamente 10 dólares en cuestión de días es un movimiento significativo y supone un golpe inflacionista inmediato para las economías importadoras de petróleo.

¿Qué significa esto para los hogares, las empresas y los bancos centrales?

Por qué el petróleo sigue siendo importante

Puede que el petróleo ya no domine la economía mundial como lo hacía en la década de 1970, pero sigue estando muy presente en la producción moderna.

Influye directamente en los precios de la gasolina, el diésel, el combustible de aviación y el transporte marítimo, y determina el coste del transporte y la producción de todo, desde alimentos hasta productos manufacturados. Cuando los precios del petróleo suben rápidamente, los efectos se extienden más allá de los mercados energéticos.

Los economistas lo denominan «choque negativo de la oferta»: el resultado es que la producción se encarece. Las empresas pueden absorber los mayores costes o repercutirlos en los consumidores. En la práctica, suelen hacer ambas cosas.

El resultado es una incómoda combinación de mayor inflación y menor crecimiento económico.

El impacto de la inflación pesará sobre los bancos centrales

El efecto más inmediato se produce en las gasolineras. El aumento de los precios del crudo eleva los costes del combustible y empuja al alza la inflación general. Para los hogares que ya se enfrentan a presiones por el coste de la vida, esto se nota rápidamente.

Por ejemplo, cuando el precio del petróleo sube 10 dólares por barril, la regla general es que el precio de la gasolina para los conductores estadounidenses podría aumentar unos 25 centavos por galón (0,21 euros por unos 3,8 litros de gasolina). En otros lugares, como Australia, se estima que el aumento sería de unos 10 centavos por litro más por cada aumento de 10 dólares estadounidenses (0,08 cts. de euro por litro).

Los costes de transporte y logística también aumentan, y, con el tiempo, algunos de esos costes más elevados se filtran en el nivel general de precios.

El aumento de la inflación depende de la duración de la perturbación de los mercados petroleros. Un breve repunte podría añadir solo unas décimas de punto porcentual a la inflación. Un aumento sostenido sería más problemático.

Los bancos centrales están muy atentos. La inflación en Estados Unidos y Europa ha bajado desde los máximos alcanzados tras la pandemia.

Una crisis del petróleo podría debilitar el crecimiento mundial

El aumento de los costes del combustible corre el riesgo de dar un nuevo impulso a la inflación, justo en el momento menos oportuno, cuando los responsables políticos de la Reserva Federal de Estados Unidos y del Banco Central Europeo esperaban que se estuviera controlando.

En uno de los primeros comentarios de un banco central sobre el impacto económico del conflicto, desde el Banco de la Reserva de Australia se advierte de que la crisis de suministro podría aumentar las presiones inflacionistas.

La inflación impulsada por el petróleo supone un reto especial para los bancos centrales. Subir los tipos de interés no puede afectar al suministro de petróleo. A diferencia de la inflación impulsada por la demanda, en la que el fuerte gasto de los consumidores puede enfriarse con tipos de interés más altos, la inflación impulsada por la oferta refleja unos costes de producción más elevados.

Si los bancos centrales suben los tipos para contener los precios, corren el riesgo de ralentizar aún más el crecimiento. Pero las subidas de los tipos de interés no pueden bajar directamente los precios del petróleo.

Presión sobre los presupuestos familiares

El aumento de los precios del petróleo también ejerce presión sobre los presupuestos familiares.

Cuando las familias gastan más en combustible, tienen menos para gastar en otras cosas. Dado que el consumo de los hogares suele representar alrededor del 60 % de las economías en las economías avanzadas, incluso los cambios modestos en el gasto pueden ser importantes.

Las empresas se enfrentan a una presión similar. El aumento de los costes de la energía y el transporte reduce los márgenes de beneficio y puede retrasar la contratación o la inversión.

Los efectos varían según el país. Europa es un importante importador neto de energía. Esto hace la expone al aumento de los precios mundiales del petróleo. En cambio, en EE. UU., exportador energético a nivel global, los precios más altos favorecen a su sector energético, pero siguen aumentando los costes para la mayoría de los hogares.

El actual aumento del precio del petróleo no es suficiente para provocar una recesión mundial. Sin embargo, supone un obstáculo más en un momento en que el crecimiento mundial se modera.

¿Cómo se compara esto con 2022?

La comparación obvia es la subida del precio del petróleo tras la invasión de Ucrania por parte de Rusia en 2022.

Entonces, los precios del crudo subieron brevemente por encima de los 120 dólares estadounidenses por barril, lo que intensificó la ya elevada inflación. En respuesta, la Reserva Federal de los Estados Unidos subió rápidamente los tipos de interés para frenar la inflación.

La situación actual es menos extrema. Los precios están muy por debajo de esos máximos, la demanda mundial es más débil y los tipos de interés en los Estados Unidos, Europa y Australia son varios puntos porcentuales más altos que a principios de 2022. La inflación ha tendido a bajar en la mayoría de las principales economías.

Aun así, es posible que los hogares sean ahora más sensibles. Tras años de subida de precios y tipos de interés más altos, la confianza de los consumidores es frágil. Incluso aumentos moderados de los precios de la gasolina pueden influir en el gasto.

La pregunta clave es si se trata de algo temporal o del comienzo de una subida sostenida.

¿Qué pasaría si los precios siguieran subiendo?

Si los precios del petróleo siguieran subiendo, especialmente hacia los 100 dólares por barril, los riesgos aumentarían.

La inflación se vería impulsada al alza. Los bancos centrales podrían enfrentarse a una elección incómoda: tolerar una mayor inflación impulsada por la energía o mantener los tipos de interés más altos durante más tiempo.

Los mercados financieros se ajustarían rápidamente y la volatilidad podría aumentar.

El escenario más grave implicaría interrupciones en el suministro que limitarían la producción mundial, lo que aumentaría el riesgo de un crecimiento más lento combinado con una inflación persistente.

Una conmoción, pero aún no una crisis

Por ahora, el aumento del 6 % en los precios del petróleo representa un claro impulso inflacionista y un moderado lastre para el crecimiento. Complica las perspectivas, pero no se asemeja a las crisis energéticas del pasado.

Lo más importante es la persistencia. Si los precios se estabilizan, el impacto debería ser manejable. Si siguen subiendo, el petróleo podría volver a convertirse en un motor central de la inflación mundial y en un nuevo reto para los bancos centrales.

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Stella Huangfu no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La guerra en Oriente Medio hace subir los precios del petróleo y golpea la economía mundial, pero todavía no es una crisis – https://theconversation.com/la-guerra-en-oriente-medio-hace-subir-los-precios-del-petroleo-y-golpea-la-economia-mundial-pero-todavia-no-es-una-crisis-277403

¿Por qué Irán es ahora el objetivo? Claves para entender la ofensiva que sacude a Oriente Medio

Source: The Conversation – (in Spanish) – By David Hernández Martínez, Profesor de la Universidad Complutense de Madrid, Universidad Complutense de Madrid

Donald Trump supervisa la operación Furia Épica en su residencia de Mar-a-Lago. Daniel Torok/White House

El ataque de Israel y Estados Unidos contra Irán está rodeado de enormes incertidumbres que hacen muy difícil prever lo que puede ocurrir en los próximos días o semanas.

La primera duda subyace sobre los objetivos reales de esta ofensiva aérea. Parece claro que el ejecutivo de Benjamin Netanyahu quiere ver caer el régimen de los ayatolás, que ha sido su gran enemigo desde hace más de 40 años. Sin embargo, no están tan definidos los propósitos de Donald Trump, que podría conformarse con emular el ejemplo de Venezuela, dejando en el poder a unas autoridades iraníes con las que negociar.

La segunda incógnita que rodea la dramática situación en Oriente Medio es la resistencia de Irán. El régimen afronta cuatro grandes disyuntivas: la soledad regional e internacional, ya que apenas cuentan con apoyos reales en el exterior; la fragilidad mostrada ante los sorprendentes ataques de Israel y Estados Unidos; la tensión y descontento social, que ha derivado en multitudinarias protestas en los últimos meses; y la sucesión en el poder de Teherán, puesto que con la muerte del ayatolá Alí Jameneí no queda claro qué corriente interna se puede imponer y marcar las prioridades de los iraníes.

La racionalidad dentro del histrionismo de Donald Trump

La forma de hacer política de Donald Trump está habitualmente rodeada de declaraciones polémicas y fuera de lugar, así como gestos y escenas más propias de un show de televisión. Una gran parte de los análisis en torno a la figura del mandatario estadounidense caen en tacharle de imprevisible o irracional.

Sin embargo, la reciente política exterior de EE. UU. –o la rebautizada doctrina Donroe– no es un ímpetu improvisado de Washington, sino una respuesta directa y agresiva ante cambios en el orden mundial que en la Casa Blanca consideran desfavorables para sus intereses nacionales.

Trump concita todo su programa político en el lema Make America Great Again –Haz América Grande Otra Vez–, que supone reforzar a EE. UU. como potencia mundial. Por eso, el mandatario estadounidense quiere marcar todo el hemisferio occidental como su zona natural de influencia, al mismo tiempo que cortocircuitar la expansión de China.

La Administración estadounidense busca acabar con cualquier resistencia a sus ambiciosos planes, por lo que Irán pasa a ser un punto central de su estrategia. No hay espacio a la negociación, sino la aceptación por la fuerza de unas condiciones escritas desde el Despacho Oval.

El sueño de un gran Israel de Benjamin Netanyahu

Las intenciones globales de Trump coinciden con las pretensiones de Benjamin Netanyahu, que desde hace tiempo apostó gran parte de su porvenir político a la carrera presidencial del magnate estadounidense. Los atentados del 7 de octubre de 2023 dejaron en Israel una sensación generalizada de vulnerabilidad. Sin embargo, las autoridades israelíes emprendieron un camino de no retorno por cambiar el mapa regional de Oriente Medio. El contexto de convulsión e inestabilidad es aprovechado por los israelíes para erigirse como los grandes líderes de la zona y acabar con cualquier resistencia.

La prolongación del conflicto permite a Netanyahu mantenerse en el poder, postergar sus problemas con la justicia y llevar a cabo el ambicioso plan de un Israel fuerte y en expansión. El resultado es la destrucción de la franja de Gaza y la erosión de Hamás, la invasión del sur del Líbano y el descabezamiento de Hizbolá, así como repetidos ataques contra los hutíes en Yemen o el nuevo gobierno sirio de Ahmed al Sharaa.

No obstante, el gran objetivo del ejecutivo israelí está en Irán, puesto que el derrocamiento del régimen puede ser el golpe definitivo para un nuevo orden regional.

40 días de luto y equilibrios de poder en Irán

La muerte del ayatolá Alí Jameneí y gran parte de la cúpula militar y política de Irán supone un duro golpe para el régimen, aunque ni mucho menos su final. Puede ser que en las intenciones estadounidenses esté replicar el modelo de la intervención en Venezuela o que Israel pretenda propiciar un cambio rápido en el poder. Sin embargo, las fuerzas gubernamentales iraníes llevan preparándose para un escenario como el actual desde la propia revolución de 1979, dejando una cadena de mando bien jerarquizada y extendida por todo el territorio del país y los estamentos del Estado.

El problema para el régimen de Irán es cómo afrontar la resistencia. Los 40 días de luto oficial en el país previsiblemente estarán rodeados de ataques aéreos, pero también de la decisión por elegir al nuevo líder supremo, además de determinar qué estrategia seguir.

A pesar de la discreción y secretismo en el que se mueven las autoridades iraníes, no es descabellado pensar que en estos momentos existe una fuerte presión entre distintas corrientes que buscan hacerse con el control, desde las posiciones más conservadoras e inmovilistas hasta los que están dispuestos a retomar el diálogo con Washington.

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David Hernández Martínez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Por qué Irán es ahora el objetivo? Claves para entender la ofensiva que sacude a Oriente Medio – https://theconversation.com/por-que-iran-es-ahora-el-objetivo-claves-para-entender-la-ofensiva-que-sacude-a-oriente-medio-277314

Irán no es Venezuela: la guerra que Trump y Netanyahu podrían no controlar

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alberto Priego, Profesor Agregado de la Facultad de Derecho- ICADE, Departamento de Dep. Público. Área DIP y RRII, Universidad Pontificia Comillas

El pasado sábado 28 de febrero el mundo se despertó con una nueva guerra. Las fuerzas armadas de Israel y de Estados Unidos atacaban por sorpresa y a traición a la República Islámica de Irán. Si bien la sorpresa forma parte de la lógica militar, la traición (se habían emplazado a verse el lunes 2 de marzo) se aleja de las normas básicas de la elegancia y la caballerosidad, dos cualidades que no poseen ni Donald Trump ni Benhamin Nentayahu.

La estrategia utilizada por Washington no difiere mucho de la empleada en Venezuela: golpear y descabezar pero no ocupar físicamente el territorio. Sin embargo, lo que nunca pudieron prever Trump ni Nentanyahu es que Irán sea un Estado militar y políticamente mucho más sólido que Venezuela.

Mientras que el país caribeño tiene un presupuesto militar de 4 000 millones de dólares, el país persa supera los 23 000. Mientras que las defensas antiaéreas venezolanas se limitan a los viejos S-125 y S-300 rusos, Irán posee tecnología propia (Bavar 373 y Karded) con capacidad para detectar y derribar aviones furtivos, como son los B-2, F22 o los F-35.

Por último, tampoco debemos olvidar que Irán tiene una industria militar orientada a la producción de drones y misiles, lo que le hace extremadamente peligroso ante un ataque.

Volviendo a las acciones iniciadas el pasado 28 de febrero, lo que se desprende es que tanto Jerusalén como Washington apuestan por una guerra corta. Lo que EE. UU. e Israel hicieron durante las primeras 48 horas fue golpear las defensas antiaéreas con la intención de controlar el espacio aéreo iraní.

Aunque los datos son escasos y confusos, todo apunta a que durante ese tiempo se habrían destruido buena parte de los radares y de la defensas antiaéreas iraníes.

Irán tiene una gran capacidad de resistencia

Si bien es cierto que Irán ha sufrido un serio correctivo, este no parece haber afectado a su capacidad para resistir y, sobre todo, parece no haber afectado a su estrategia para hacer daño en el exterior. En lo que a la capacidad de resistencia iraní se refiere, los ocho años de guerra con Irak han fortalecido no solo su capacidad para resistir sino también su capacidad para convertir la contienda en una guerra de desgaste.

En cuanto a su estrategia para hacer daño, hay que decir que desde que se iniciara la ofensiva, Irán no ha parado de bombardear las bases militares occidentales en el exterior, especialmente las americanas, pero también instalaciones militares de otros países como Reino Unido o Francia. Esta estrategia, que podríamos denominar como “estrategia mártir”, responde a un objetivo claro: alargar el conflicto para convertirlo en una guerra de desgaste.

Objetivo de Teherán: prolongar el conflicto

Tanto Estados Unidos como Israel todavía son estados con opiniones públicas libres y críticas. Si el conflicto se extendiera en el tiempo y en el espacio, los gobiernos de Trump y de Netanyahu podrían recibir duras críticas internas y también de sus aliados. Por ello, el objetivo de Teherán parece claro: prolongar el conflicto hasta cuatro semanas.

De prolongarse el conflicto ese tiempo se acabarían las reservas de crudo, lo cual dispararía el precio del petróleo por encima de los 100 dólares. Si esto llegara a pasar, nos veríamos en un escenario de recesión económica y, por lo tanto, los gobiernos americanos e israelí verían mermados sus apoyos internos y externos.

Otro de los elementos que no podemos dejar de mencionar es la resiliencia del régimen iraní. Irán es un régimen político mucho más sólido que el venezolano. Debido a la naturaleza del mismo y a la base ideológica que sustenta a la República Islámica, resulta impensable pensar en que alguien de dentro del régimen pueda ocupar el papel de Delcy Rodríguez.

Por lo tanto, todas las opciones de cambio de régimen pasan por la oposición de una importante proporción de la población (10 % del total) que vive directamente de las arcas de la República Islámica. Igualmente, Estados Unidos ha dejado claro que tal y como ocurrió en Venezuela, Washington no tiene ninguna intención de poner botas americanas en Irán, un hecho que limita las opciones de cambio de las acciones de una oposición que lleva años mostrándose incapaz de derrocar a los ayatolás.

Tampoco podemos olvidarnos de la complejidad la sociedad israelí, donde encontramos minorías azeries, baluches, árabes, kurdas, armenias, lures o turcomanas. Si el régimen se resquebrajara como consecuencia de las acciones de Estado Unidos o Israel, algunas de estas minorías podrían aprovechar la ocasión para declararse independientes e incluso para unirse a estados vecinos donde hay grupos étnicos afines.

¿Posibles escenarios?

Para concluir podemos plantear al menos tres posibles escenarios. El primero de ellos –que parece más improbable– sería un colapso del régimen acompañado de un cambio de gobierno liderado por los grupos opositores con Reza Pahlavi –príncipe heredero del sah de Persia, que actualmente vive en el extranjero– como enlace con EE. UU..

El segundo de los escenarios sería una guerra que se prolongara hasta un año con movimientos dentro del régimen que busquen acuerdos pragmáticos con el gobierno de los Estados Unidos.

El tercer y último escenario podría ser una guerra más larga (2-3 años) con mayor coste y con una desestabilización generalizada de la región. De darse este tercer escenario, las consecuencias serían globales e impredecibles.

A modo de conclusión debemos afirmar que aunque el régimen de los ayatolás ha violado reiteradamente los derechos humanos y que ha sido el mayor desestabilizador de toda la región, las acciones emprendidas por Washington y Jerusalén no van a traer paz a la región. Quizá es momento de parafrasear al poeta persa Saadi Shirazi: “Un fin puro no justifica un camino impuro”.

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Alberto Priego no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Irán no es Venezuela: la guerra que Trump y Netanyahu podrían no controlar – https://theconversation.com/iran-no-es-venezuela-la-guerra-que-trump-y-netanyahu-podrian-no-controlar-277217

¿Estamos perdiendo el color?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Rafael Povo Grande de Castilla, Director del Grado en Publicidad y Creación de Marca, UDIT – Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología

GE_4530/Shutterstock

Es un tema recurrente en estudios más o menos sesudos, e incluso en reels de redes sociales: el color está desapareciendo de nuestras vidas. Desde los coches a las casas, pasando por la moda y las marcas.

Del análisis realizado por el Science Museum Group con más de 7 000 objetos cotidianos de sus colecciones desde 1800 se desprende que los colores grises y desaturados se han hecho más habituales a medida que avanzaba el siglo XX.

Esta afirmación coincide con la percepción de muchos observadores anónimos que aseguran que cada día hay menos cosas de colores en sus vidas, que los coches son tristes, que la gente viste masivamente de negro y que el interiorismo está dominado por las paletas más desaturadas de la historia.

Colores y sentimientos

Los expertos en psicología del color atribuyen a los colores diferentes efectos: levantar el ánimo, excitar, relajar… Dice Eva Heller en su obra Psicología del color, una verdadera biblia para diseñadores, que “los colores y los sentimientos no se combinan de manera accidental; sus asociaciones no son meras cuestiones de gusto, sino experiencias universales profundamente enraizadas en nuestro lenguaje y nuestro pensamiento”.

Con esto en mente, es lógico que los diseñadores de espacios u objetos que tienen que funcionar para todos y hacerlo en cualquier momento intenten minimizar el impacto de utilizar colores no neutros. Tener un coche naranja significa ir siempre en una cápsula optimista y enérgica, algo habitual en los años 70, por ejemplo.

Ya explicaba la experta en color Leatrice Eisman que la paleta de tonos de la posguerra de la Segunda Guerra Mundial buscaba el “optimismo terapéutico. Tras años de uniformes caqui y vehículos grises, en los 50 los colores saturados significaron progreso y modernidad, nuevos tiempos, adiós al sufrimiento”.

También Jean-Philippe Lencos, investigador del “geocromatismo”, documentó cómo las paletas de color resurgieron tras la guerra para devolver la identidad perdida con los bombardeos.

Esto tuvo su evolución y los años 80 redescubrieron, de algún modo, el color cemento, el blanco y negro y lo neutro, combinado con tonos saturados, dentro del movimiento pendular habitual en las tendencias.

Ya lo adelantaban en el 78 el libro High-tech: The industrial style and source book for the home, con una visión del color como funcional o señalético sobre el gris tecnológico o brutalista.

Librería de colores y formas variadas.
Separador de ambientes Carlton de Ettore Sottsass para Memphis, 1981, en el Milwaukee Art Museum.
Saliko/Wikimedia Commons, CC BY

En plenos 80, tendríamos que hablar del estilo Memphis, colorista donde los haya, y con saturaciones nunca vistas en moda, mobiliario e interiorismo. Para algunos expertos, el estilo Memphis de Ettore Sottsass era un gran grito de color antes de la monocromía de hoy, una reacción al racionalismo gris que empezaba a imponerse en arquitectura e interiorismo de alto standing.

¿No es posible que esta cromofobia de la que creemos ser víctimas en el primer cuarto del siglo XXI sea un simple espejismo? Pensemos que el color dominó durante unas décadas muy concretas el panorama de la moda, la automoción y la decoración. Una isla de color en medio de un mar de grises.

Siempre ha habido colores en arquitectura, moda y mobiliario. Incluso hoy. Del mismo modo, siempre ha habido tonos neutros, grises, blancos y negros.

Del Ford T a los supermercados

Pensemos en los siglos anteriores, en los edificios de piedra y mármol del siglo XIX (no en sus policromados ancestros grecorromanos), en las ropas decimonónicas. El negro fue el único color en los Ford T: “Cualquier cliente puede pintar su coche del color que desee, siempre y cuando sea negro”, decía Henry Ford, fundador de Ford Motor Company. Aquí mandaba la velocidad de secado de la pintura, esencial para el fordismo. Las razones técnicas y económicas son parecidas a las que se utilizan hoy para el resurgimiento de una paleta tan neutra y limitada.

¿Y los juguetes de los niños? ¿Han sucumbido a la dictadura monocromática? Hemos visto algunas habitaciones infantiles llenas de osos de trapo tristes y grises, pero que haya padres “desalmados” no quiere decir que sea la norma.

¿Y los productos de venta en supermercado? ¿No son una explosión de color, incluso por encima de los de los años dorados de la saturación? El psicólogo ambiental Paco Underhill explica que el ojo humano escanea colores en movimiento, identificando en los lineales la falta de color como “producto genérico o de bajo costo”.

Cuando hablamos de vender galletas, nos olvidamos de los tonos neutros. Para algunos autores el color comunica el sabor, la frescura y la categoría del producto. Aquí las tendencias tienen poco o nada que decir: manda la biología, no la moda o el gusto del diseñador.

Si hablamos de moda, hablamos de péndulo una vez más. Cada año van y vienen tendencias, y es falso que vivamos en una constante de grises y arenas. Siempre hay colores vivos, pastel, neón o matizados que van y vienen.

Existe una tendencia entre los creativos más jóvenes de empezar a detestar el minimalismo cromático (y de diseño en general) de sus padres y mentores y apuestan por un maximalismo cromático. El maximalismo es una forma de autorregulación emocional. En un mundo incierto, rodearse de colores produce una sensación de seguridad que el gris no ofrece.

El rojo sobre fondo gris

No quiero dejar de citar al maestro Jean Baudrillard, que escribió sobre la “semiología de los objetos” y cómo en esta época los objetos dejan de ser útiles para ser signos. El rojo en un entorno gris no es un color, es un signo de estatus y diseño. El color no es todo practicidad y tendencia.

¿Y si el espejismo se produce sencillamente cuando, arrastrados por nuestro sesgo cognitivo, comparamos hitos estéticos aislados? No estamos ante una muerte del color, sino ante su especialización funcional.

Hemos delegado el croma al estímulo inmediato del consumo (el supermercado) y a la rebeldía identitaria de los más jóvenes, mientras protegemos nuestros espacios de inversión con la neutralidad.

El color no ha desaparecido; ha dejado de ser un ornamento para convertirse en un recurso estratégico que dosificamos según el mercado o nuestra propia salud mental.

Quizás, al final, el gris no es tristeza, sino el silencio visual que necesitamos para procesar un mundo saturado. El color no ha muerto, solo se está tomando un respiro para ayudarnos con nuestra vida.

The Conversation

Rafael Povo Grande de Castilla no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Estamos perdiendo el color? – https://theconversation.com/estamos-perdiendo-el-color-273727

Cómo aprovechar el poder antioxidante de nuestros músculos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marcos Martín Rincón, Profesor Contratado Doctor en Departamento de Educación Física e Instituto de Investigaciones Biomédicas y Sanitarias (iUIBS), Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

CrizzyStudio/Shutterstock

Uno de los principales enemigos de nuestra salud y nuestra lozanía es el estrés oxidativo, causado por unas moléculas muy inestables llamadas especies reactivas del oxígeno y nitrógeno (RONS). Aunque surgen de forma natural en nuestras células durante los procesos de obtención de energía, situaciones como la inflamación, la radiación solar, la exposición a contaminantes o el ejercicio físico extenuante hacen que se incremente su producción.

Cuando su generación supera la “capacidad antioxidante” de la célula, nos enfrentamos al temido daño oxidativo (o estrés oxidativo), que produce alteraciones en lípidos, proteínas o el ADN. Si la situación se mantiene en el tiempo aumentan las probabilidades de que suframos enfermedades cardiovasculares, cáncer, envejecimiento, obesidad o sarcopenia.

Un escuadrón de defensa química

En cantidades controladas, las RONS son valiosas aliadas: [cumplen funciones esenciales] en la señalización celular, el metabolismo energético, la función inmune o la vasodilatación link text. El equilibrio redox (balance entre la producción y la neutralización de las RONS) se mantiene gracias a un sistema integrado por enzimas y otras moléculas que actúan como un “escuadrón de defensa química” para neutralizar compuestos oxidantes antes de que dañen las células. El control de este sistema antioxidante recae en la proteína Nrf2.

En condiciones de reposo, Keap1 (otra proteína) se une a Nrf2 y conecta a esta con una maquinaria que la degrada con rapidez y mantiene bajos sus niveles. Pero cuando aumenta la producción de RONS, Keap1 deja de ejercer transitoriamente ese papel y, además, puede reducirse su disponibilidad. Entonces, Nrf2 se sigue sintetizando, se acumula y pasa al núcleo celular, donde activa los genes que codifican enzimas antioxidantes y proteínas de desintoxicación.

Aunque este mecanismo se ha estudiado en el hígado o el cerebro, el papel del músculo esquelético ha recibido menos atención.

En condiciones basales, la proteína Nrf2 permanece unida a Keap1, que la dirige hacia su degradación y mantiene inactivo el programa antioxidante. Cuando aumentan las RONS, este ‘freno’ se libera, Nrf2 se acumula y activa en el núcleo los genes responsables de la defensa antioxidante.

El ejercicio “desoxida”

En modelos animales, el ejercicio regular reduce el estrés oxidativo y aumenta la actividad de enzimas antioxidantes en el cerebro, el hígado, el corazón y el músculo. Además, estudios en humanos muestran que, desde la niñez hasta edades avanzadas, las personas más activas presentan menor daño oxidativo y mayor capacidad antioxidante que las sedentarias incluso en edades avanzadas. Este efecto se explica por el fenómeno de “hormesis”: pequeñas cantidades repetidas de una sustancia potencialmente dañina (RONS, en este caso) promueven adaptaciones que permiten resistir dosis más altas sin que se produzcan efectos nocivos.

Las actividades de resistencia y de fuerza, los esfuerzos muy intensos y breves (lo que en entrenamiento se conoce como “esprints”) o el ejercicio que produce dolor muscular tardío (“agujetas”) se asocian a una mayor producción de RONS, que actúan como señales para activar las defensas y la reparación celular.

En un estudio reciente de nuestro grupo de investigación, revelamos que el ejercicio intenso activa en cuestión de segundos una potente respuesta antioxidante a través de la dupla Nrf2/Keap1, en un mecanismo regulado por la disponibilidad de oxígeno. De forma igualmente rápida, esa respuesta se atenúa una vez cesa el ejercicio.

Estos hallazgos muestran por primera vez en seres humanos la rápida dinámica de “encendido y apagado” de la respuesta antioxidante del músculo esquelético. Además, durante la contracción muscular también se liberan proteínas mensajeras (mioquinas) y señales químicas que contribuyen a la mejora de la capacidad antioxidante en otros órganos y tejidos. Tales procesos consolidan al músculo como un órgano clave en la defensa antioxidante del organismo.

Sesiones antioxidantes

Entonces, ¿podemos mejorar la capacidad antioxidante mediante el entrenamiento? ¿Y cómo funcionan los diferentes tipos de ejercicio en este empeño? Veamos qué dicen las evidencias.

  • Resistencia. El entrenamiento de resistencia, habitualmente en bicicleta a intensidad moderada (2–3 sesiones por semana), ha sido el más estudiado. En personas con insuficiencia cardiaca, diabetes mellitus tipo 2 u obesidad, programas de entre 8 y 24 semanas incrementan la cantidad de enzimas antioxidantes –como la superóxido dismutasa (SOD), la catalasa (CAT) o la glutatión peroxidasa (GPx)– y reducen la presencia de marcadores de oxidación. En jóvenes sanos, las mejoras son menores, lo que sugiere que el nivel inicial de forma física condiciona la adaptación.

    En el único estudio que evaluó el entrenamiento con pequeños picos de esfuerzo a máxima intensidad (esprints),la actividad muscular de GPx aumentó un 37 % y la de glutatión reductasa (GR) un 56 %, mientras que la SOD no mostró cambios. En modelos animales, según intensidad y duración, el entrenamiento de esprint puede elevar GPx o glutatión reductasa (GR).

  • Fuerza. En adultos mayores([https://doi.org/10.3390/antiox10030350]) y en hombres con diabetes mellitus tipo 2, programas de 6-13 semanas (2-3 días por semana, con cargas progresivas) aumentan los niveles de SOD, CAT, GPx o GR y reducen el daño oxidativo en músculo, aunque no todas esas enzimas antioxidantes responden igual.

  • Entrenamiento concurrente (combinación de resistencia y fuerza). Ninguna investigación ha evalúado adaptaciones antioxidantes en el músculo. En sangre, un único estudio observó que entrenar resistencia, fuerza y ambas de manera conjunto aumentan SOD y reducen MDA (un marcador de estrés oxidativo), con mejoras adicionales en la capacidad antioxidante total del plasma (TAC) y GPx.

Por qué importa la defensa antioxidante muscular

Los estudios con animales, que aportan información útil para orientar la investigación en humanos, han demostrado que aumentar enzimas antioxidantes musculares protege frente al estrés oxidativo generado por la actividad de los músculos, el humo de tabaco, la ventilación mecánica o fármacos prooxidantes como la doxorrubicina, previniendo la atrofia, la disfunción y la fatiga de los músculos.

En humanos, aunque hay menos datos, varios ensayos muestran que programas que elevan la capacidad antioxidante muscular reducen el estrés oxidativo agudo tras el ejercicio y mejoran la tolerancia al esfuerzo en adultos mayores y personas con obesidad. Estas mejoras podrían estar relacionadas con los efectos beneficiosos que produce el acondicionamiento físico antes de procesos quirúrgicos.

Recientemente, hemos demostrado en jóvenes sanos que un perfil antioxidante muscular más favorable está estrechamente ligado a la resistencia física: la capacidad de seguir rindiendo incluso en condiciones de fatiga extrema se asocia con más Nrf2 activado y menos Keap1. Así, esta capacidad no solo protege frente al estrés oxidativo, sino que también favorece la tolerancia a esfuerzos de alta intensidad.

El ejercicio físico regular incrementa transitoriamente las RONS en el músculo, lo que activa la vía Nrf2/Keap1 y estimula la producción de enzimas antioxidantes. Con el entrenamiento, esta adaptación mejora la capacidad antioxidante muscular, reduce el estrés oxidativo y se asocia con mayor tolerancia al esfuerzo y mejor capacidad cardiorrespiratoria (VO₂max).

La capacidad cardiorrespiratoria, evaluada como VO₂max, es un indicador clave de rendimiento y capacidad funcional, además de un fuerte predictor de la mortalidad por cualquier causa. Por tanto, no debe sorprender que el VO₂max se relacione también con la capacidad antioxidante muscular medida en una muestra amplia de personas.

En suma, una buena forma aeróbica y las adaptaciones inducidas por el entrenamiento se asocian con una mayor capacidad antioxidante del músculo. Esto puede ayudar a reducir el estrés oxidativo en situaciones patológicas o de alta demanda física, contribuyendo a proteger la función muscular y mantener el rendimiento.

Los estudios futuros deberán integrar información molecular, funcional y clínica para confirmar estos efectos y profundizar en mecanismos aún poco explorados, así como en las dosis y modalidades de ejercicio que optimizan los beneficios.


Víctor Galván Álvarez, profesor del Departamento de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte de la Universidad Fernando Pessoa Canarias, es el autor principal de este artículo.


The Conversation

Marcos Martín Rincón recibe financiación para investigación del Ministerio de Ciencia e Innovación y organismos públicos de investigación, incluyendo los proyectos PID2021-125354OB-C21, PID2024-156206OA-I00 y PDC2025-165723-I00. Declara no tener vínculos económicos ni conflictos de interés relacionados con el contenido de este artículo más allá de su actividad académica.

Ángel Gallego Sellés es beneficiario de la ayuda postdoctoral Catalina Ruiz (APCR2023010007), financiada por el Gobierno de Canarias y el Fondo Social Europeo, y recibe financiación pública para investigación de organismos nacionales y autonómicos. Declara no tener conflictos de interés relacionados con el contenido de este artículo.

Elisabetta de Nigris recibe financiación pública para investigación de organismos nacionales y autonómicos. Declara no tener conflictos de interés relacionados con el contenido de este artículo.

ref. Cómo aprovechar el poder antioxidante de nuestros músculos – https://theconversation.com/como-aprovechar-el-poder-antioxidante-de-nuestros-musculos-239785

Los argumentos económicos de Donald Trump no son nuevos y no justifican la eliminación de las políticas climáticas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pedro Linares, Profesor de Organización Industrial de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería ICAI, Universidad Pontificia Comillas

Robert V Schwemmer/Shutterstock

Donald Trump sigue empeñado en desmontar las políticas climáticas de sus predecesores en la presidencia de Estados Unidos. Se basa en argumentos que también se escuchan cada vez más en Europa: costes, competitividad, seguridad energética… ¿Tienen peso esos argumentos? Y, sobre todo, ¿justifican abandonar la lucha contra el cambio climático?

Sí, las políticas climáticas tienen un coste

La respuesta a la primera pregunta es que, a veces, sí, las políticas climáticas aumentan los costes a corto plazo para los consumidores. No en todos los casos, por supuesto: las energías renovables como la solar fotovoltaica o la eólica terrestre ya son más baratas que las basadas en fósiles a la hora de producir electricidad. Eso explica de hecho que ya en muchos países (como España, China o también en EE. UU.) ya dominen las nuevas inversiones o supongan una cuota elevada de la producción eléctrica.

Pero cuando queremos reducir las emisiones en sectores como el transporte o la industria, o incluso los edificios, las tecnologías que permiten descarbonizar (como los vehículos eléctricos, las bombas de calor o tecnologías aún más complejas para la industria) no son necesariamente más baratas que las actuales en términos puramente monetarios, o no tenemos acceso a la financiación necesaria para adquirirlas.

En estas ocasiones, para lograr que las tecnologías bajas en carbono ganen cuota de mercado, hace falta incorporar a las tecnologías fósiles un cargo que refleje el coste social de las emisiones de CO₂.

También podríamos subvencionar las tecnologías descarbonizadas, o el ahorro energético, pero eso no cambia su coste real para la sociedad. Y eso supone que el consumidor pague más que antes, bien directamente o bien mediante impuestos para pagar las subvenciones. Y también supone que, a la hora de competir en un mercado internacional en el que otros países no aplican este cargo por las emisiones, los productos vendidos puedan ser más caros, y por tanto perder cuota de mercado.

Pero mitigar el cambio climático supone beneficios

Ahora bien, esto no debería ser un argumento suficiente para cargarse las políticas climáticas. Porque esto es algo que conocemos desde el principio y que de hecho explica la dificultad de llegar a acuerdos internacionales que sean efectivos en materia de clima.




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Solucionar el cambio climático, algo que ofrece más beneficios que costes, requiere incurrir en costes ahora (con el fin de desincentivar emisiones o desarrollar nuevas tecnologías descarbonizadas) para lograr beneficios futuros en forma de un clima menos extremo o de unas tecnologías más eficientes y respetuosas con el medio ambiente. Unos beneficios que no conocemos con certidumbre –y eso es parte del problema–, y que además disfrutarán las futuras generaciones, pero no las que pagan ahora la factura.

Una factura, además, mal distribuida: pagarán más generalmente los sectores más vulnerables de la sociedad, los que menos capacidad tienen de invertir en las nuevas tecnologías descarbonizadas.




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La dificultad de valorar las ventajas futuras

Pero esto no es nuevo. Y tenemos una respuesta racional para ello, basada en que, como he dicho antes, sabemos que los beneficios de actuar contra el cambio climático superan sus costes, aunque cueste a veces ver estos beneficios o sean inciertos.

En esa línea, igual que estamos dispuestos a comprar un seguro para nuestro coche o nuestra vivienda, deberíamos estar dispuestos a pagar algo más ahora para asegurarnos de reducir los daños que podamos sufrir en el futuro (o ya estamos sufriendo).

Además, los que nos hemos beneficiado de los combustibles fósiles para desarrollar nuestras economías deberíamos ayudar a los países potencialmente más afectados por el cambio climático (que además son generalmente los más pobres) para adaptarse y minimizar los daños que puedan sufrir. Y, si realmente queremos avanzar en la transición climática sin dejar a nadie atrás (y, por tanto, sin generar rechazo social), debemos disponer de mecanismos de solidaridad.

Alguien sostiene una pancarta que dice:
Pancarta en una manifestación por la justicia climática en Londres.
Valentino Bosa/Shutterstock

Los beneficios a corto plazo son más populares

El problema es que, en el contexto político actual, plagado de populismo, jugar la baza del corto plazo –o de los perdedores de la transición o del nacionalismo– en lugar de preocuparse por las generaciones futuras o por aquellos países a los que hemos creado un problema, tiene mucho rédito en término de votos.

Esto se observa en las distintas encuestas de opinión, tanto en EE. UU. como en España: los ciudadanos siguen apoyando la lucha contra el cambio climático, pero, al darse cuenta del coste de las políticas climáticas, el apoyo social se reduce.

De hecho, la narrativa buenista que nos decía que luchar contra el cambio climático no costaba dinero, sino que iba a traer beneficios inmediatos, también puede haber contribuido a esa desafección social y a ese rechazo actual a las políticas climáticas cuando esos beneficios no se materializan. Como decía hace poco un político español, “el populismo surge de los decepcionados. Por eso hay que combatir al populismo con resultados, con acción política y democracia. Y eso requiere pactos y acuerdos”.




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Medidas políticas necesarias

Entonces, desde el punto de vista político, ¿qué acción, qué pactos, qué acuerdos necesitamos? Estos son algunos de ellos:

  • Primero, debemos proporcionar información sin endulzar: la verdad por delante en cuanto a los costes (y no sólo a los beneficios) de las políticas climáticas. Eso evidentemente requiere consenso para que la información veraz no se utilice como arma arrojadiza.

  • Segundo, también necesitamos consenso político sobre las actuaciones fundamentales: políticas de innovación y competitividad para hacer realidad los beneficios de la transición en términos de renta y empleo y una política fiscal justa que incentive la descarbonización, pero también proteja a los perdedores o a los más vulnerables.

  • Tercero, debemos utilizar la diplomacia y política comercial climática para lograr un terreno de juego internacional equilibrado, tanto dentro como fuera de Europa.

Una respuesta populista, es decir, destruir las políticas climáticas, la terminaremos pagando con creces, y más pronto que tarde, como ya estamos viendo con los desastres naturales recientes.

The Conversation

Aunque gran parte de mi investigación está financiada por empresas, ONGs e instituciones públicas relacionadas con el sector energético y medioambiental, declaro que los resultados, conclusiones y opiniones de mis publicaciones no representan ni han sido influidas por estas entidades

ref. Los argumentos económicos de Donald Trump no son nuevos y no justifican la eliminación de las políticas climáticas – https://theconversation.com/los-argumentos-economicos-de-donald-trump-no-son-nuevos-y-no-justifican-la-eliminacion-de-las-politicas-climaticas-276129