Neurocosas: por qué el prefijo ‘neuro’ no convierte cualquier idea en ciencia

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ingrid Mosquera Gende, Profesora Titular de Universidad en la Facultad de Ciencias de la Educación y Humanidades. Investigadora Principal del Grupo TEKINDI, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

En las últimas décadas, el prefijo neuro- se ha convertido en una suerte de sello de calidad intelectual y científico. Solo hay que darse una vuelta por las redes sociales, canales de divulgación, y lo que es peor, por artículos académicos, para encontrarse con términos como neuromarketing, neuroderecho, neuroliderazgo o neurocoaching. Basta con añadir cinco letras a una palabra para que parezca mas profunda, innovadora y, sobre todo, más científica.

El prefijo neuro- proviene del griego neûron (νεῦρον) y significa “nervio” o, por extensión, “sistema nervioso”. Se comenzó empleando para la formación de términos científicos y médicos relacionados con este órgano pero se ha extendido a otros ámbitos, no siempre con acierto. Y es que no es neuro todo lo que reluce.

Uso legítimo frente a abuso terminológico

El prefijo neuro- debería reservarse para aquello que tiene una relación demostrable con el sistema nervioso; no basta con mencionar el cerebro. Hablar con propiedad de neurociencia implica apoyarse en datos obtenidos mediante técnicas propias de esta disciplina, como la neuroimagen, la electrofisiología o el estudio molecular, celular y tisular del tejido nervioso.

Sin embargo, en los últimos años el término se ha popularizado en ámbitos como el marketing, la gestión empresarial o el coaching, a menudo sin que exista una conexión real con mecanismos cerebrales medibles. Esta expansión no es irrelevante desde el punto de vista cognitivo: numerosos estudios muestran que las explicaciones que incluyen referencias al cerebro resultan más persuasivas, incluso cuando esa información es irrelevante o superficial.

Este fenómeno, conocido como neurohype o “neuroesencialismo”, ha sido ampliamente criticado por inflar el valor explicativo de lo “neural” y por contribuir a una comprensión simplificada –y a veces errónea– de cómo funciona realmente el sistema nervioso. Desde esta perspectiva, el problema no es que otras disciplinas estudien el comportamiento humano –algo perfectamente legítimo–, sino que adopten el prefijo neuro- sin aportar evidencia neurobiológica directa.

Esto no significa que el diálogo entre neurociencia y otras áreas del conocimiento sea ilegítimo. Al contrario: es deseable y necesario. Pero la conversación interdisciplinar no se logra añadiendo un prefijo, sino integrando datos, teorías y métodos de forma rigurosa. Cuando términos como neuromarketing, neurocoaching o neuroliderazgo, entre otros muchos, se aplican a intervenciones que no generan ni utilizan datos neurobiológicos, el prefijo neuro- funciona, principalmente, como un reclamo publicitario.

Como advierten Sally Satel y Scott Lilienfeld, este uso indebido del lenguaje neurocientífico puede desplazar la atención desde preguntas realmente importantes –qué funciona, para quién y en qué contexto– hacia una explicación reduccionista centrada en el cerebro. No todo estudio sobre la mente necesita ser neuro para ser riguroso, y forzar ese lenguaje puede crear más confusión que conocimiento.

Neurosíntomas que nos pueden hacer desconfiar

En redes sociales, tanto influencers como empresas se apoyan en este prefijo para captar la atención y dotar de una aparente rigurosidad científica a un producto, un curso o una idea.

Acciones como acudir al perfil de la red social de la persona que publica, revisar qué formación tiene, observar si tiene aportaciones del mismo tema o si comenta temáticas muy diversas y sin relación aparente, nos pueden ayudar a averiguar con qué nivel de especialización cuenta.

En este mismo sentido, aunque ponga “experto” en su perfil o tenga una foto con una bata blanca, investiguemos un poco más. Si es necesario, puede resultar conveniente salir de la red social y buscar en otras fuentes.

Por otro lado, la mayoría de perfiles científicos y académicos que se dedican a la divulgación lo intentan hacer de un modo cercano y con un lenguaje que pueda resultar mínimamente comprensible para el público no especializado. Así que, si nos encontramos un reel o una publicación con un lenguaje excesivamente técnico, no demos por hecho que estamos ante una persona experta.

Y, si no lo tenemos claro, no compartamos, ni comentemos, ni citemos. No demos protagonismo a este tipo de cuentas porque, sin darnos cuenta, estaremos contribuyendo a su viralización, que no deja de ser lo que buscan.

Ser conscientes de estas técnicas podrá hacernos usuarios y usuarias de redes sociales más neurocríticos y menos neuroinfluenciables, sin caer en el clickbait que busca que pinchemos en determinadas publicaciones con títulos y neuropalabras sin sentido, como las que estamos empleando en este párrafo.

Propuestas para mejorar el rigor en la comunicación científica

Desde la perspectiva de la práctica investigadora, distintos trabajos en comunicación científica y neuroética sugieren que una forma eficaz de mejorar el rigor –y evitar el abuso del término neuro– es aplicar criterios más estrictos de precisión conceptual. El prefijo debería usarse únicamente cuando el estudio incorpora datos, métodos o medidas directamente relacionadas con la actividad del sistema nervioso, y no como un recurso retórico destinado a reforzar explicaciones psicológicas o conductuales ya bien establecidas por otras vías.

En el ámbito editorial, diversos análisis recomiendan evaluar de forma crítica si la referencia al sistema nervioso aporta un valor explicativo real o si, por el contrario, introduce ambigüedad conceptual (el citado neuroesencialismo) sin mejorar la inferencia científica.

Finalmente, los estudios experimentales en psicología cognitiva muestran que el uso de lenguaje neurocientífico puede aumentar la percepción de credibilidad de una explicación sin mejorar su calidad ni su comprensión. Este efecto refuerza la necesidad de que divulgadores y comunicadores científicos prioricen la claridad, el contexto y los límites interpretativos por encima del atractivo del discurso “neuro”.

En conjunto, estas prácticas reducen el riesgo de neurohype y favorecen una comunicación científica más precisa y honesta. Como recordaba Santiago Ramón y Cajal, “todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro”; pero ninguna palabra, por muy neuro que suene, puede esculpir por sí sola conocimiento donde no hay rigor.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

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Plantas amantes del yeso: una posible clave para la agricultura en Marte

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Miguel de Luis López, Honorary Research Professor. Department of Life Sciences, Universidad de Alcalá

Alones/Shutterstock

Marte ha despertado la curiosidad humana desde hace siglos. Esa fascinación creció cuando descubrimos que es un mundo que guarda cierto parecido con el nuestro. Desde la década de 1960 lo exploramos mediante sondas automáticas y robots; ya hemos cartografiado su superficie y analizado su atmósfera. Y ahora, las principales agencias espaciales se preparan para dar el siguiente gran paso: enviar misiones tripuladas al planeta rojo.

Sin embargo, Marte es extremadamente hostil. Las temperaturas medias rondan los –60 °C, la atmósfera es irrespirable —muy enrarecida y formada mayoritariamente por dióxido de carbono—, la radiación, intensa y el agua líquida, casi inexistente. No es un Edén a la espera de ser habitado. Si se decide enviar astronautas, habrá que valorar los costes y los beneficios de esta empresa. Y deberemos considerar seriamente si merece la pena asumir ese riesgo.

Producir alimentos y oxígeno en el propio planeta mejoraría significativamente la vida y la autonomía de las tripulaciones. Las plantas pueden hacer ambas cosas, por lo que diversas líneas de investigación se centran en el desarrollo de sistemas agrícolas adaptados a Marte. Si lo lográramos, contaríamos con comida, oxígeno, compuestos útiles —incluso fármacos— y beneficios psicológicos para quienes pasarían meses lejos de la Tierra. La idea es sencilla; llevarla a la práctica, no tanto.




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El problema de los percloratos

Novelas y películas han imaginado la agricultura en Marte como algo trivial: basta con mezclar suelo marciano con materia orgánica —no entraremos en detalles— y sembrar en ese sustrato las hortalizas que deseemos. La realidad es más complicada. El suelo del planeta es, a escala global, químicamente hostil tanto para las plantas como para los humanos.

Diversas misiones espaciales —desde Viking hasta Phoenix, Curiosity o Perseverance— han detectado percloratos en gran parte del regolito, material que recubre el lecho rocoso sólido de planetas, satélites y asteroides

Los percloratos son sales incoloras y altamente solubles en agua cuya presencia parece ser global y su dispersión está favorecida por las inmensas tempestades de polvo de Marte. Y tienen diversos efectos: dificultan la germinación, alteran el metabolismo vegetal y pueden afectar seriamente la salud humana.

En experimentos con suelos simulados que contienen percloratos, muchas plantas ni siquiera brotan. Eliminar estas sales sería posible, pero costoso: probablemente requeriría agua, tratamientos químicos o microorganismos, recursos limitados en otro planeta. Aun así, la geología de Marte podría ser nuestro as en la manga y ofrecer una alternativa inesperada.

Un misterioso campo de dunas

La superficie marciana es rica en sulfatos, especialmente en yeso (sulfato de calcio dihidratado), identificado por sondas orbitales y rovers, vehículos robóticos diseñados para la exploración espacial.

El mayor afloramiento de yesos en territorio marciano, las dunas de Olympia Undae, se encuentra cerca del Polo Norte. Los vientos polares podrían haberlo mantenido relativamente aislado del transporte global de polvo. Las crestas de estas dunas presentan un alto contenido de yeso, posiblemente porque el viento selecciona los granos según su tamaño y densidad. Esto abre la posibilidad de que, localmente, existan áreas de terreno con yeso y con pocas o ninguna traza de percloratos. Si se confirmara, esos materiales podrían proporcionar un sustrato más seguro para ensayar cultivos. Pero surge una pregunta: ¿qué tienen que ver las plantas con el yeso?

Plantas especialistas en sobrevivir

En la Tierra existen especies que no solo toleran estos suelos, sino que dependen de ellos. Son las plantas gipsófilas, adaptadas a terrenos ricos en sulfato cálcico, pobres en nutrientes y con escasez de agua.

Para sobrevivir, almacenan iones tóxicos en compartimentos celulares, optimizan el uso del agua y resisten altas concentraciones salinas y el estrés térmico. Algunas incluso aprovechan el agua contenida en los cristales de yeso. En cierto modo, están preadaptadas a suelos como los marcianos, aunque no al clima extremo.

Su historia evolutiva podría haber constituido una especie de “entrenamiento” que las preparara para sobrevivir en otro planeta; en un invernadero con temperatura y atmósfera controladas podrían cultivarse con éxito.




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Gipsófilas intrépidas

La flora de los yesos presenta un notable interés ecológico y evolutivo. Entre estas plantas destaca Gypsophila struthium, la auténtica campeona de los yesos de la península ibérica. Tolera sequías prolongadas, germina rápidamente con humedad y coloniza suelos desnudos con facilidad. Además, sus semillas mantienen su viabilidad durante el tiempo suficiente para soportar el viaje a Marte. Otra planta de interés es Ononis tridentata, una leguminosa capaz de fijar nitrógeno atmosférico gracias a su simbiosis con bacterias, lo que podría enriquecer nuestro sustrato.

Ejemplar florecido de Gypsophila struthium.
Ejemplar florecido de Gypsophila struthium.
Wikimedia Commons, CC BY

Estas plantas no serían cultivos alimentarios directos, pero sí producen algunas sustancias de interés farmacológico como las saponinas y los flavonoides. Además, podrían actuar como pioneras y preparar el camino para las especies comestibles. Sus adaptaciones podrían transferirse a cultivos mediante herramientas de edición genética como CRISPR, incorporando tolerancia a sales o mayor eficiencia hídrica en tomates, cereales u hortalizas.

¿Un huerto en el planeta rojo?

Aún quedan incógnitas sobre cuán posible es hacer crecer plantas en Marte. Será necesario analizar muestras reales de yeso marciano para confirmar la ausencia de percloratos y conocer sus propiedades físicas y químicas. También habrá que estudiar cómo influyen la menor gravedad y la radiación en la germinación, el crecimiento y la floración.

En un estudio reciente publicado en Life Sciences in Space Research proponemos esta estrategia: evaluar depósitos de yeso marciano como sustrato y usar plantas gipsófilas terrestres como modelo para diseñar sistemas agrícolas adaptados al planeta rojo. Además, consideramos que lograr un sistema agrícola en Marte debería ser un paso previo a la exploración humana. Esto reduciría los riesgos y mejoraría la calidad de vida de los primeros exploradores de aquel planeta.

Los primeros terrícolas en Marte podríamos no ser nosotros, sino estas intrépidas plantas que sobreviven donde casi nada más podría hacerlo.

The Conversation

Miguel de Luis López no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Plantas amantes del yeso: una posible clave para la agricultura en Marte – https://theconversation.com/plantas-amantes-del-yeso-una-posible-clave-para-la-agricultura-en-marte-274822

No es amor, es emprendimiento

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pau Sendra Pons, Profesor de Contabilidad, Universitat de València

Emprender despierta a menudo emociones intensas, similares a las del enamoramiento: ilusión desbordante, futuro idealizado y sensación de que todo es posible. Pero, como en el amor, dejarse llevar solo por la pasión puede nublar la visión: no todos los proyectos están destinados a despegar y no todo éxito depende únicamente del entusiasmo.

En ocasiones, el proyecto fracasa y, sin serlo, asociamos ese fracaso profesional a un fracaso personal, del mismo modo que interpretamos una ruptura amorosa como algo que pone en duda nuestra valía personal. Ni el amor todo lo puede ni, por mucho que uno se esfuerce, un proyecto emprendedor tiene garantizado su éxito.

A medida que la sociedad reconoce la importancia de la inteligencia emocional y de la construcción de relaciones verdaderamente sanas, nuestra relación con el emprendimiento también debería serlo.




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La ‘química’ importa, pero no lo es todo

En el emprendimiento, la química importa, pero no es un flechazo instantáneo. Aunque en ocasiones existan factores difícilmente explicables que hacen que un proyecto funcione mejor que otros, la preparación previa sigue siendo la mejor garantía de éxito.

Tomar la iniciativa, hacer frente a la incertidumbre, detectar oportunidades, emplear la creatividad, perseverar o movilizar recursos son competencias necesarias para emprender.

También lo son el autoconocimiento y la autoeficacia, que implican detenerse a analizar qué se quiere lograr con el proyecto y hasta dónde se pretende llegar, identificar con claridad sus fortalezas y debilidades y mantener la convicción de que, incluso en contextos inciertos, es posible influir en el rumbo de los acontecimientos. Por ejemplo, aprendiendo de los errores.




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Ni amar ni emprender entienden de edad

Si bien el emprendimiento entre los jóvenes de 18 a 24 años registró un notable crecimiento en 2024, pasando del 4 % al 9 %, en España, el perfil es de mayor edad que en otros países de referencia: el 40 % de los emprendedores emergentes tiene 45 años o más. Esta proporción se eleva al 63 % en el caso de los proyectos de emprendimiento ya consolidados (aquellos que han pagado salarios durante un periodo superior a los 3,5 años). Así lo constata el informe Global Entrepreneurship Monitor España de 2024-2025.

En cuanto a la relación entre edad y abandono de iniciativas emprendedoras, el mayor número de cierres y traspasos –casi 4 de cada 10– se produce entre los 45 y 54 años. Esta cifra contrasta con el abandono entre los emprendedores de 18 a 24, que apenas alcanza a 1 de cada 10.

Personas emprendedoras por edad y abandono del emprendimiento.
Fuente: Global Entrepreneurship Monitor (GEM) España 2024-2025.



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¿Qué nos enamora de emprender?

Existen diversas motivaciones que impulsan a las personas a emprender. En España, la principal sigue siendo la necesidad de ganarse la vida ante la inestabilidad en el empleo, aunque ha descendido notablemente: pasó de ser la opción elegida por el 72 % de los emprendedores emergentes en 2021 al 52 % en 2024.

La motivación de contribuir a un cambio positivo en el mundo se mantiene en torno al 40 % entre los emprendedores emergentes y al 32 % entre los consolidados. Mantener una tradición familiar impulsa al 18 % de los primeros y al 26 % de los segundos, mientras que generar riqueza o una renta elevada motiva al 39 % de los emergentes y al 32 % de los consolidados.

Motivaciones para los emprendedores emergentes (2021-2024).
Fuente: Global Entrepreneurship Monitor (GEM) España 2024-2025.

A escala mundial, las motivaciones más frecuentes son de carácter material: ganarse la vida cuando el trabajo escasea y generar riqueza o rentas elevadas. Esto es especialmente visible en países como Tailandia o Jordania, donde los ingresos son más bajos y el nivel de desarrollo más limitado.

No obstante, los emprendedores rara vez se mueven por una sola motivación. A pesar de que la intención de generar un impacto positivo en el mundo cuenta con menos consenso y varía mucho entre países, en lugares como Guatemala o India constituye una de las principales motivaciones para cerca del 80 % de los emprendedores emergentes.




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Emprender, ¿para qué?


El duelo ante el fracaso emprendedor

Alejarse de un proyecto al que se han dedicado tantos recursos, tal como hacemos al romper una relación amorosa, exige elaborar un duelo que no siempre se reconoce ni se acompaña socialmente. Surgen pensamientos como “sin este proyecto no soy nadie”, “no me esforcé lo suficiente” o “nadie me apoyó”, y emociones como la tristeza, el miedo, la vergüenza, la culpa o la ira.

No sorprende que el miedo al fracaso sea uno de los grandes obstáculos para los emprendedores. En 2022, este temor afectaba al 43 % de ellos. Dos años después, en 2024, solo un 33 % afirmaba que el miedo a fracasar le impedía lanzarse a emprender, un porcentaje notablemente mayor que entre las personas no emprendedoras, donde alcanzaba el 55 %.

Entre hombres y mujeres, estas últimas percibían el miedo al fracaso con algo más de intensidad (un 4 % más que los hombres). Ahora bien, aunque cada vez menos personas perciben ese temor como un obstáculo, sigue siendo necesario un cambio social capaz de abrazar el error como una oportunidad de aprendizaje.




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No es amor, es emprendimiento

Poner en marcha una idea de negocio tiene algunas similitudes con iniciar una relación sentimental. Pero no se trata de amor, es emprendimiento. Reconocerlo nos ayuda a mantener cierta distancia emocional respecto a la idea, gestionar el miedo al fracaso y conservar la perspectiva necesaria para aprender de los errores sin perder la motivación ni poner en riesgo nuestro bienestar.

The Conversation

Pau Sendra Pons no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. No es amor, es emprendimiento – https://theconversation.com/no-es-amor-es-emprendimiento-275466

Pensar en la tecnología para que no nos domine en la calle… ni en la oficina

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ismael Sánchez-Herrera Bautista-Cámara, Profesor de Universidad Nebrija, Consultor de Cultura Preventiva en Vítaly, Universidad Nebrija

Pasajeros en el metro de Barcelona. Yevheniia Kozhenkova/Shutterstock

El sol de verano en Viena iluminaba el reloj Anker mientras una multitud, absorta, levantaba sus móviles. La obsesión no era vivir el instante, sino fotografiarlo, capturarlo en un gesto digital que prometía inmortalizar un presente fugaz.

Un reloj y muchas personas con los móviles en alto mirando para él.
Los turistas a punto de grabar el reloj Anker.
Alexey Smyshlyaev

Aquella escena, repetida en cada rincón de mi viaje por Austria, fue el inicio de una reflexión. Los veranos, como decía el antropólogo francés Claude Lévi-Strauss, despiertan al etnólogo que todos llevamos dentro. Pero en un mundo atravesado por la digitalización, el etnólogo ya no solo observa tribus lejanas: observa la nuestra, en la calle y, por extensión, en la oficina.

Aquel viaje se convirtió en un laboratorio social a cielo abierto. Empecé a ver las dinámicas que moldean nuestras organizaciones en los gestos más cotidianos: en la forma en que consultamos el móvil, en las modas que seguimos, en nuestros rituales urbanos. Comprendí que para entender la cultura de una empresa hoy, primero hay que entender la cultura de la calle.

El mapa roto de Geertz

Nuestra primera brújula en este viaje es el también antropólogo estadounidense Clifford Geertz. En su obra magna, La interpretación de las culturas, nos enseñó que la cultura es el mapa colectivo que nos permite orientarnos en el mundo. Pero ¿qué ocurre cuando el territorio cambia más rápido que el mapa? La tecnología digital ha creado un nuevo continente para el que nuestras viejas cartas de navegación cultural no siempre sirven.

Las plataformas digitales, con sus diseños persuasivos, explotan nuestro sistema de recompensas cerebrales. Cada notificación es un estímulo dopaminérgico; cada scroll infinito, un hábito compulsivo. Nuestra capacidad de concentración se deteriora. La cultura, ese gran mecanismo de adaptación colectiva, parece desbordada por artefactos diseñados para capturar nuestra atención. Lo vemos en la calle, con gente absorta en sus pantallas, y lo vemos en la oficina, con profesionales incapaces de realizar una tarea profunda sin ser interrumpidos por un torrente de alertas.

El ‘habitus’ digital de Bourdieu en el metro

El viaje termina, pero la reflexión no. De vuelta a casa, un email me invita a un focus group sobre cómo la digitalización laboral afecta a nuestra salud. Mientras viajo en el metro hacia la reunión, la imagen de la multitud de Viena se superpone a la de los pasajeros a mi alrededor, cada uno en su propia burbuja digital. Es aquí donde la figura del sociólogo francés Pierre Bourdieu se me aparece con una claridad meridiana.

Bourdieu nos habló del habitus: ese sistema de disposiciones, gestos y hábitos aprendidos, que moldea nuestra forma de actuar sin que seamos conscientes de ello. La digitalización ha creado un nuevo habitus organizacional. Contestar un email al instante, reaccionar con un emoji no son solo acciones; son gestos que configuran nuestra identidad profesional. Quien domina este nuevo lenguaje corporal digital acumula capital simbólico e influencia.

Este habitus reconfigura el poder. En empresas digitales, un ingeniero joven que documenta su trabajo con precisión en un repositorio público puede ganar más prestigio que un directivo veterano menos hábil en la comunicación asíncrona. La autoridad ya no emana solo del cargo, sino de la capacidad de generar valor en los nuevos “campos” digitales.

Las nuevas tribus de Lévi-Strauss

Si Bourdieu nos ayuda a entender los gestos, Lévi-Strauss nos permite descifrar la gramática subyacente. Él nos recordó que las culturas se estructuran en oposiciones binarias. La era digital ha creado las suyas propias: síncrono frente a asíncrono, canal público frente a mensaje privado, cámara encendida frente a apagada.

De estas tensiones nacen los nuevos rituales que dan cohesión a las tribus organizacionales. Revisión matutina de redes, y sus correspondientes me gusta, rondas virtuales de estado de ánimo o las celebraciones con GIFs son los tótems y ceremonias de nuestro tiempo. Son gestos mínimos que, en un entorno de trabajo distribuido, refuerzan la pertenencia colectiva y nos recuerdan que, a pesar de la distancia, formamos parte de algo compartido.

La disonancia de Schein y el fantasma de Han

El relato podría terminar aquí, en una visión optimista de la adaptación cultural. Pero entonces al escribir el artículo se me aparece el psicólogo estadounidense Edgar Schein, quien nos advierte que la cultura opera en tres niveles: los artefactos (lo que vemos), los valores (lo que decimos) y los supuestos básicos (lo que realmente creemos). Y es aquí donde surge el conflicto.

Nuestros artefactos son las plataformas colaborativas y las métricas de rendimiento. Nuestros valores declarados hablan de agilidad, bienestar y desconexión digital. Sin embargo, el supuesto básico no ha cambiado: seguimos premiando la disponibilidad constante y la hiperconexión. Esta disonancia es la receta para el cinismo y el agotamiento.

Y es entonces cuando el fantasma de Byung-Chul Han, reciente Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, recorre las oficinas. En La sociedad del cansancio, el filósofo coreano-alemán lanza una advertencia brutal: el sujeto de rendimiento del siglo XXI ya no necesita un jefe que lo explote; se explota a sí mismo. La digitalización es el amplificador perfecto de esta dinámica. Cada notificación nos recuerda que siempre podríamos –y deberíamos– estar haciendo más. Lo que se nos vende como autonomía se convierte en una jaula de autoexigencia que conduce a la fatiga, la ansiedad y la pérdida de sentido.

Liderar es diseñar la cultura

El viaje que empezó en Austria termina con una revelación. La transformación digital no es un proyecto tecnológico; es un profundo desafío cultural. La ansiedad de los turistas por capturar un instante es la misma que la del empleado por responder un email fuera de horario.

Liderar hoy ya no consiste solo en gestionar recursos o implantar herramientas. La verdadera tarea del liderazgo es convertirse en un diseñador de cultura. Significa leer los símbolos que emergen, cuidar los rituales que unen y, sobre todo, proteger el tiempo y la salud de las personas. Implica alinear los artefactos, los valores y los supuestos para que la tecnología se convierta en un lenguaje de confianza y pertenencia, y no en un dispositivo de cansancio permanente. Porque, como nos recuerdan los filósofos, solo tenemos salud y tiempo. Olvidarlo es el verdadero riesgo en la actualidad.


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The Conversation

Ismael Sánchez-Herrera Bautista-Cámara no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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Un estudio halla un nuevo sistema inmune vegetal ‘parecido’ al humano

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jorge Poveda Arias, Profesor Titular de Universidad. Departamento de Producción Vegetal y Recursos Forestales. Escuela Técnica Superior de Ingenierías Agrarias de Palencia, Universidad de Valladolid

_Sclerotinia sclerotiorum_, un hongo que causa un gran número de enfermedades en los cultivos, fue el elegido para demostrar en un experimento el poder protector de otro hongo, _Trichoderma hamatum_. Rupinder singh 0071/Shutterstock

Cuando un patógeno nos “ataca”, nuestro sistema inmune actúa y nos protege de la enfermedad “matando” a ese invasor dañino. Aunque de forma muy diferente, las plantas también tienen su propio sistema inmune, que las defiende de diferentes infecciones.

Cuando un patógeno entra en el cuerpo humano, hay dos tipos de células que entran en acción: los macrófagos y las células dendríticas (o de Langerhans). La forma en que estas células de defensa actúan es mediante la ingestión directa del intruso, para digerirlo y matarlo, o la ingestión de células que estén siendo atacadas por el patógeno, eliminándolas de igual forma. Tanto los macrófagos como las células dendríticas actúan contra todos los invasores que entren en el cuerpo –sin saber previamente “quién” está atacando– mediante la respuesta inmunitaria denominada innata.

Una vez el patógeno ha sido digerido, estas células defensivas cogen pequeñas moléculas de éste (denominadas antígenos) y las sitúan en su exterior. Posteriormente, se acercan a otras células de defensa, denominadas linfocitos T, y les “enseñan” estos antígenos. De esta forma, los linfocitos T aprenden a reconocer al patógeno y, cuando éste ataque de nuevo, lo destruirán de forma más rápida y efectiva.

Macrófago que ha ingerido un patógeno fúngico.
Wikimedia Commons, CC BY

Señales hormonales defensivas

En el caso de las plantas, su sistema inmune funciona de forma muy diferente, porque no dispone de células de defensa que se muevan por todos sus órganos. Actúa mediante señales hormonales y respuestas defensivas. Cuando un patógeno ataca una planta –por ejemplo, una hoja–, el vegetal reconoce al patógeno mediante sus células y desarrolla dos tipos de respuesta.

Por un lado, una respuesta local, en la hoja atacada, donde se sintetizan compuestos antimicrobianos u otras moléculas que “maten” al invasor. Por otro lado, se activa una respuesta defensiva por toda la planta (o sistémica): envía hormonas (como el ácido salicílico y el ácido jasmónico) que activan respuestas de defensa en otros órganos vegetales, como otra hoja o las raíces.

Estas señales hormonales provocan la acumulación en estos otros órganos vegetales de las mismas moléculas defensivas que actuaron en la primera hoja infectada, preparando a toda la planta contra el posible futuro ataque del patógeno.

“Vacunas” vegetales

Sin embargo, no es siempre necesario el ataque de un patógeno para que la planta active sus defensas. Cuando microorganismos beneficiosos, como bacterias u hongos, entran en contacto con las raíces, el vegetal activa esas mismas respuestas defensivas en sus hojas. Por lo tanto, estos microorganismos actúan como “vacunas” que preparan a las plantas para defenderse mejor contra posibles patógenos que puedan infectarlas.

Uno de estos microorganismos beneficiosos es el hongo Trichoderma, ampliamente utilizado como biofungicida en agricultura para combatir a otros hongos patógenos que atacan a los cultivos.

Además de colonizar las raíces e inducir las defensas de las plantas, Trichoderma actúa mediante otras estrategias antifúngicas. Por ejemplo, produce compuestos químicos tóxicos para los hongos patógenos. Pero también es capaz de atacarlos directamente, atrapándolos y digiriéndolos internamente hasta matarlos.

Trichoderma hamatum.
Jorge Poveda.

Experimento con brócoli

Por otro lado, dentro del grupo de los hongos nocivos encontramos a una amplia diversidad de microorganismos muy diferentes, como Sclerotinia sclerotiorum. Este patógeno ataca a las raíces, tallo, hojas y frutos de diferentes cultivos, provocando lesiones negras que van creciendo hasta provocar la pudrición completa del vegetal, que queda cubierto de un moho blanco.

Uno de los grupos de cultivos que puede ser atacado por Sclerotinia sclerotiorum son las brásicas, que incluyen a verduras (brócoli, berza, repollo, coliflor, etc.), ampliamente consumidas por sus características nutraceúticas (antioxidantes, anticancerígenas, etc.).

Pudrición blanca por Sclerotinia sclerotiorum en fruto de tomate.
Wikimedia Commons., CC BY

Utilizando el brócoli como cultivo, a Sclerotinia sclerotiorum como patógeno y a Trichoderma hamatum como hongo beneficioso, investigadores de la Universidad de Valladolid y de la Misión Biológica de Galicia (CSIC) hemos descubierto un nuevo mecanismo de inmunidad en plantas muy similar al ya conocido en humanos.

Sistema inmune parecido al humano

Nuestra pregunta inicial fue ¿podría Trichoderma actuar como los macrófagos o las células dendríticas? La respuesta es sí. En el suelo cercano a las raíces, espacio denominado rizosfera, Trichoderma y los hongos patógenos entran en contacto. En nuestro estudio, este contacto hongo-hongo lo llevamos a cabo con Trichoderma hamatum y Sclerotinia sclerotiorum.

Brócoli.
Wikimedia Commons, CC BY

Al detectar al hongo patógeno, Trichoderma produce unas enzimas digestivas denominadas quitinasas y glucanasas. Éstas rompen la pared celular del patógeno y liberan unas moléculas denominadas oligómeros, de quitina y glucanos. Cuando las raíces reconocen estos oligómeros, activan sus defensas por toda la planta. Como consecuencia, cuando el patógeno ataca las hojas no es capaz de infectarlas.

Por lo tanto, Trichoderma actuaría como un macrófago o una célula dendrítica humana, pero para las plantas. Liberaría antígenos (en forma de oligómeros) de la pared celular del patógeno (Sclerotinia), poniéndolos a disposición de las raíces del vegetal, para que ésta pueda activar sus defensas y defenderse del patógeno cuando ataque.

Este estudio nos enseña que las plantas pueden desarrollar mecanismos de inmunidad sorprendentemente similares a los de los animales, gracias a la interacción con microorganismos beneficiosos del suelo. Hemos aprendido que hongos como Trichoderma no solo actúan como agentes de control biológico directo, sino que también desempeñan un papel clave como “mediadores inmunes”, al ayudar a la planta a reconocer anticipadamente a sus patógenos y a activar defensas sistémicas eficaces.

Esta novedad amplía nuestro conocimiento sobre la complejidad del sistema inmune vegetal y abre interesantes aplicaciones en agricultura sostenible, como el diseño de estrategias de protección de cultivos basadas en microorganismos beneficiosos que funcionen de forma similar a una vacunación. Ello reduciría el uso de productos químicos y mejoraría la salud y productividad de las plantas.

The Conversation

Jorge Poveda Arias no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Un estudio halla un nuevo sistema inmune vegetal ‘parecido’ al humano – https://theconversation.com/un-estudio-halla-un-nuevo-sistema-inmune-vegetal-parecido-al-humano-273247

El ‘body shaming’ se contagia: así se aprende a ridiculizar el cuerpo de otros en redes sociales

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Beatriz Feijoo, Profesora Titular de Publicidad, Universidad Villanueva

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En los últimos años, la sociedad ha desarrollado una mayor sensibilidad hacia el uso de un lenguaje inclusivo, especialmente en cuestiones relacionadas con la imagen corporal. Sin embargo, informes recientes sobre acoso escolar siguen planteando una paradoja: en el 54,9 % de los casos, el aspecto físico continúa siendo uno de los motivos principales de discriminación y agresión entre menores. Entonces, ¿qué ocurre en un escenario de aparente libertad de expresión como las redes sociales? ¿Cómo hablan y se relacionan con el cuerpo? ¿Hay más respeto o más crueldad?

El body shaming, frase en inglés que define la acción de burlarse, criticar o ridiculizar el cuerpo de otras personas de manera directa o indirecta, es un fenómeno aprendido que se interioriza y se reproduce, en parte, a través de la imitación. En el entorno digital, los adolescentes hacen también lo que ven hacer a otros, al igual que en el hogar o en clase.

Sin embargo, nuestra reciente investigación apunta en otra dirección. En el contexto digital, los menores no solo “copian” conductas por lo que escuchan o ven. Ver este tipo de contenidos no implica automáticamente comportarse igual. Lo que sí les empuja a reproducir el body shaming son factores emocionales como haber tenido experiencias negativas previas o vivir con miedo a ser criticados o ridiculizados.

Es el propio clima de inseguridad y vulnerabilidad de las redes sociales el que facilita que estas dinámicas se mantengan, contagiándose de un usuario a otro.

Cuando la burla se vuelve rutina

A partir de una muestra de más de mil adolescentes españoles, no encontramos una relación directa entre ver (a otros hacer estas burlas o críticas) y participar. En cambio, sí identificamos dos factores que influyen con notoriedad en la práctica: haber vivido experiencias de humillación anteriores y sentir un miedo y ansiedad constantes a que les juzguen por su apariencia física. En ambos casos, la implicación en burlas a terceros es mayor, incluso cuando adoptan formas aparentemente inofensivas, como reaccionar o compartir ese contenido.




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En el estudio comprobamos que la mayoría de adolescentes no insulta directamente ni crea contenidos para ridiculizar per se. Sí participa muchas veces sin ser plenamente consciente en pequeñas formas de burla: un “me gusta”, un meme reenviado a un grupo privado o perfil público, una reacción cómplice. Interacciones mínimas, casi invisibles, que no suelen percibirse como problemáticas, pero que, con el tiempo, contribuyen a que la burla corporal se perciba como algo natural y aceptable.

Este tipo de participación “de baja intensidad” cumple una función importante en la difusión del body shaming. Al no percibirse como agresión explícita, rara vez genera rechazo social, reflexión o autocrítica. Al contrario, suele integrarse en las dinámicas cotidianas de interacción en redes sociales: comentar, reaccionar, compartir. Así, la burla se convierte progresivamente en una forma “más” de estar en redes, diluyendo la responsabilidad individual y reforzando la idea de que “no pasa nada”.

¿Están más expuestas las chicas?

Nuestros resultados muestran adicionalmente diferencias relevantes si atendemos al género de los menores. Las chicas tienden a manifestar niveles más altos de temor a la exposición corporal y mayor preocupación por cómo será percibido su cuerpo en redes sociales. Es decir, viven con más intensidad la presión de mostrarse “adecuadamente” en espacios marcados por ese juicio y comparación permanentes.

Por el contrario, son los chicos quienes presentan una mayor implicación en determinadas prácticas de burla, fundamentalmente en aquellas que son más visibles, como comentar, reenviar y compartir contenidos que han creado otros usuarios para ridiculizar el aspecto físico de otra persona. Esta combinación genera una dinámica desigual, ya que mientras ellas soportan una mayor carga emocional asociada a la (auto)vigilancia y la inseguridad corporal, ellos alientan esta práctica ofensiva.

Las redes sociales contagian de manera inadvertida

Estos patrones de género no suceden al margen del contexto. Se desarrollan en entornos digitales que amplifican las inseguridades y convierten la comparación corporal en una experiencia de constante escrutinio.

Imaginemos una situación cotidiana. Alguien hace un comentario sobre nuestro cuerpo. Tal vez menciona nuestros abdominales o su falta de definición. Por curiosidad (o por inseguridad) buscamos ese rasgo en redes sociales y comenzamos a consumir contenidos similares. A partir de ahí, el algoritmo hace su trabajo: aparecen más vídeos, más imágenes, más cuerpos normativos. La pantalla se llena de referencias y reacciones. Todo el mundo parece encajar. Menos nosotros.




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Lo que comienza como una búsqueda ingenua puede convertirse en un bucle difícil de romper que contagia con sigilo y en mayor medida a los usuarios más jóvenes. Conviene considerar que los sistemas de personalización de estas plataformas, en apariencia diseñados para organizar el contenido, refuerzan esa comparación y alimentan la sensación de que el propio cuerpo (o el ajeno) está fuera de lugar, ya sea por su idealización o filtrado, como por su estigmatización.

El desafío de no juzgarse

Esto plantea un desafío verdaderamente complejo para familias, gobiernos, docentes y las propias plataformas. Si el problema no es solo lo que se ve, sino cómo se experimenta en redes, no basta con prohibir, vigilar o censurar. Es necesario enseñar a los adolescentes a reconocer sus inseguridades, a cuestionar las comparaciones y a entender el impacto de sus gestos, aunque sean pequeños, en el entorno digital.

La educación de las nuevas generaciones no puede limitarse a normas y recomendaciones técnicas: debe también integrar la empatía, el pensamiento crítico y la responsabilidad colectiva. Solo así será posible romper un clima contagioso en el que el body shaming se ha vuelto rutina para sustituirlo por formas más respetuosas de convivir en línea.


La versión original de este artículo se ha publicado en la Revista Telos, de Fundación Telefónica.


The Conversation

Este artículo nace de los resultados al amparo del proyecto de investigación “Odios juveniles. La alfabetización digital de los adolescentes ante la incidencia de la gordofobia en redes sociales”, financiado por la Universidad Villanueva.

Este artículo se enmarca en los proyectos “La incidencia del marketing de influencers en la construcción de la identidad digital de los adolescentes (INFLUIDENTITY)” del Vicerrectorado de Investigación de UNIR, e “Influencers: Difusión y prevención de conductas autolesivas en los adolescentes (INFLUSUIX)”, financiado por el ITEI de la Universidad Internacional de la Rioja, así como en los estudios desarrollados en el seno del Grupo de Investigación COYSODI de UNIR.

Este artículo nace de los resultados al amparo del proyecto de investigación “Odios juveniles. La alfabetización digital de los adolescentes ante la incidencia de la gordofobia en redes sociales”, financiado por la Universidad Villanueva.

ref. El ‘body shaming’ se contagia: así se aprende a ridiculizar el cuerpo de otros en redes sociales – https://theconversation.com/el-body-shaming-se-contagia-asi-se-aprende-a-ridiculizar-el-cuerpo-de-otros-en-redes-sociales-274367

Vulvodinia: cuando el dolor íntimo no se ve y lo invade todo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marina Gómez de Quero Córdoba, Profesora Lectora en Grado en Enfermería, Universitat Rovira i Virgili

¿Qué ocurre cuando un dolor constante aparece en una de las zonas más íntimas del cuerpo y nadie sabe decirnos por qué? ¿Qué pasa cuando la causa de ese dolor no aparece en las pruebas, pero condiciona las decisiones del día a día?

Esto es lo que viven miles de mujeres con vulvodinia, un trastorno todavía poco conocido, infradiagnosticado y, con frecuencia, minimizado.

Un problema frecuente e invisible

Aunque durante años se ha considerado una enfermedad rara, hoy sabemos que afecta a entre un 10 % y un 28 % de las mujeres en edad fértil, especialmente a mujeres jóvenes. Aun así, sigue siendo un problema de salud invisible.

La vulvodinia se define como un dolor vulvar crónico, que se prolonga más de tres meses, y sin una causa orgánica claramente identificable. Puede manifestarse como ardor, escozor, pinchazos o una hipersensibilidad extrema al tacto. En muchos casos, aparece o se intensifica durante las relaciones sexuales, convirtiendo algo cotidiano en una fuente constante de miedo y sufrimiento.

En realidad, no tiene un único desencadenante. En su aparición influyen factores musculares (como la hipertonía del suelo pélvico), neuropáticos (debido a una lesión en el sistema nervioso), inflamatorios, hormonales, genéticos y psicológicos. Por ello, ningún tratamiento aislado suele ser suficiente.

Los mejores resultados se obtienen con un abordaje interdisciplinar que combine educación sanitaria, fisioterapia del suelo pélvico, tratamiento farmacológico individualizada, estrategias de autocuidado y apoyo psicológico. Dicho enfoque mejora de forma clara la funcionalidad, el bienestar emocional y la calidad de vida.

Cuando el diagnóstico llega tarde… o no llega

Sin embargo, los beneficios de esa estrategia acostumbran a llegar tarde, si es que llegan. Uno de los mayores problemas de la vulvodinia es que no existe una prueba específica que la confirme: el diagnóstico se realiza descartando otras patologías. Esto provoca que muchas mujeres pasen años entrando y saliendo de consultas sin una respuesta clara.

Durante ese tiempo, las pacientes reciben reiteradamente tratamientos para candidiasis, infecciones urinarias o vaginismo, sin que el dolor desaparezca. Cada intento fallido refuerza una idea peligrosa: “no hay nada”, “todo está bien”, “quizá sea psicológico”.

Pero además, dichos tratamientos incluso pueden aumentar los síntomas: el ciclo de dolor se identifica con la acción de medicamentos como antifúngicos, administrados por vía oral y vía tópica, que repercuten en la flora y sensibilidad de la vagina.

Cuanto más tiempo pasa sin una explicación, más se alarga el dolor y mayor es el impacto emocional. Además, puede existir sesgo de género: el dolor femenino tiende a banalizarse o atribuirse a causas menstruales o emocionales, lo que contribuye a agravar el problema.

Una de las recomendaciones más clásicas es usar lubricante antes o durante las relaciones sexuales, lo cual asocia el dolor a la sequedad o a las propias relaciones.

Un dolor que condiciona la vida cotidiana

La evidencia científica es clara: la vulvodinia reduce de forma significativa la calidad de vida. Una revisión reciente realizada por nuestro equipo de investigación y publicada en Journal of Clinical Medicine mostró que las mujeres con vulvodinia presentan perores resultados a nivel físico, psicológico y social.

En el plano físico, el dolor constante interfiere con actividades tan básicas como sentarse durante mucho tiempo, caminar, hacer ejercicio o vestir ropa ajustada. Muchas afectadas modifican su postura o evitan determinadas situaciones por miedo a que el dolor empeore. Vivir en “modo alerta” acaba agotando el cuerpo.

A esto se suma la dispareunia (el dolor durante las relaciones sexuales), uno de los síntomas más frecuentes y que lleva a que muchas mujeres eviten practicar el sexo. No se trata solo del dolor en sí, sino de la anticipación: el miedo a que vuelva a aparecer condiciona la intimidad y la relación con el propio cuerpo. Esto puede generar incomprensión, distancia emocional y conflictos en la pareja.

También es interesante comprobar que otras mujeres –tras años (una media de cuatro) sin un diagnóstico claro– llegan a normalizarlo y siguen manteniendo relaciones sexuales a pesar de las molestias.

Ansiedad, frustración y una autoestima que se resiente

En general, el impacto psicológico de la vulvodinia es profundo. Los estudios muestran altas tasas de ansiedad, depresión y estrés crónico. El dolor persistente desgasta, agota y genera una sensación constante de pérdida de control sobre el propio cuerpo.

Muchas mujeres describen sentimientos de culpa, vergüenza o frustración. La falta de respuestas claras y de tratamientos eficaces favorece la aparición de ansiedad anticipatoria: el miedo al dolor puede crear un círculo difícil de romper. Es importante tener este sufrimiento emocional en cuenta, pues sería una consecuencia directa del infradiagnóstico y de la falta de reconocimiento del problema.

Por otro lado, quienes no han cumplido su deseo de tener hijos muestran un estado de ansiedad y frustración todavía más alto. Llegan a dejar de lado lo que supone el placer de las relaciones con su pareja, poniendo el foco en cómo lograr un embarazo. Sería interesante conocer qué porcentaje de mujeres recurren a técnicas de reproducción asistida por imposibilidad de concebir una relación sexual placentera. Y todo ello como consecuencia de un diagnóstico tardío.

Hacer visible lo que durante años se ha silenciado

La vulvodinia existe y duele. Condiciona la vida de miles de mujeres. Reconocerla es el primer paso para reducir un sufrimiento innecesario y prolongado. Formar a los profesionales sanitarios, escuchar a las pacientes y dejar de normalizar el dolor femenino no es opcional: es una responsabilidad colectiva por parte de los equipos sanitarios.

Visibilizar la vulvodinia no solo mejoraría el diagnóstico: también ayudaría a las mujeres a legitimar su dolor y afrontar la posibilidad real de recuperar su bienestar físico, emocional y afectivo.

The Conversation

Marina Gómez de Quero Córdoba no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Vulvodinia: cuando el dolor íntimo no se ve y lo invade todo – https://theconversation.com/vulvodinia-cuando-el-dolor-intimo-no-se-ve-y-lo-invade-todo-273035

Cuando la geopolítica entra en la farmacia: el caso de los medicamentos GLP-1

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marta Trapero Bertran, Profesora agregada Serra Hunter e investigadora en Economia de la Salud., Universitat de Lleida

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Durante décadas, el acceso a los medicamentos se entendió como una cuestión principalmente clínica y económica. Hoy, sin embargo, se ha convertido también en un asunto geopolítico. Las tensiones internacionales, la concentración industrial y las estrategias de poder de los Estados influyen cada vez más en qué tratamientos llegan antes, a qué precio y para quién. Los fármacos agonistas del receptor GLP-1, utilizados en la diabetes y la obesidad (y cuya marca más conocida es Ozempic), ilustran con claridad esta transformación.

La pandemia de covid-19 marcó un punto de inflexión. Las vacunas evidenciaron hasta qué punto la salud depende de decisiones tomadas fuera del ámbito sanitario: control de patentes, capacidad industrial, diplomacia internacional y política comercial. Desde entonces, conceptos como “soberanía sanitaria”, “autonomía estratégica” o “seguridad del suministro” han entrado de lleno en la agenda pública. Ya no se trata solo de innovar, sino de garantizar el acceso en un mundo más fragmentado e incierto.

Tecnologías sanitarias en clave geopolítica

Este cambio de contexto afecta a todas las tecnologías sanitarias, pero es especialmente visible en los medicamentos. La innovación farmacéutica se concentra en pocos países y empresas, generando una asimetría estructural: quienes controlan la investigación, la producción y la propiedad intelectual tienen también mayor capacidad para fijar las condiciones de acceso.

En este escenario, los sistemas sanitarios se ven obligados a negociar no solo precios, sino también volúmenes, calendarios de suministro y prioridades terapéuticas. Incluso la evaluación de tecnologías sanitarias –tradicionalmente centrada en eficacia y eficiencia– se enfrenta hoy a nuevas dimensiones, como la capacidad de respuesta de las cadenas de suministro o la equidad territorial.

El fenómeno GLP-1: innovación bajo presión

Los medicamentos GLP-1, que imitan el funcionamiento de una hormona natural para controlar el azúcar en sangre, nacieron como tratamiento para la diabetes tipo 2, pero su eficacia en la pérdida de peso los ha convertido en un fenómeno global.

La demanda se ha disparado en pocos años, impulsada por la evidencia clínica, la cobertura mediática y las redes sociales. Este rápido crecimiento también ha generado riesgos de sobreutilización y expectativas poco realistas, mientras los sistemas sanitarios tratan de equilibrar innovación, seguridad y sostenibilidad.

Esta situación ha puesto de relieve un problema estructural: la innovación avanza más rápido que la capacidad de garantizar el acceso al producto. La fabricación de estos fármacos es compleja, está concentrada en pocas plantas de producción y protegida por patentes que limitan la competencia. Cuando la demanda crece de forma abrupta, el mercado no responde con la rapidez necesaria.

Las consecuencias son visibles: escasez, retrasos en el suministro y priorización de determinados mercados. Pacientes con diabetes han visto interrumpidos tratamientos, mientras que personas con obesidad encuentran barreras económicas y administrativas para acceder a esta terapia.

La geopolítica del acceso

Aquí es donde la geopolítica se vuelve decisiva. Los países con mayor poder económico y capacidad de negociación aseguran contratos preferentes; otros quedan relegados a la espera. Se reproduce así un patrón ya observado con las vacunas: el acceso depende tanto de la necesidad clínica como de la posición en el sistema internacional.

En Europa, el debate sobre la autonomía estratégica en medicamentos esenciales ha ganado fuerza. Sin embargo, gran parte de la producción y del control tecnológico sigue concentrada fuera del ámbito de decisión de muchos Estados, lo que limita la capacidad para garantizar suministros estables.

Al mismo tiempo, los medicamentos innovadores se han convertido en instrumentos de política industrial. Donde se instalan plantas de producción o centros de investigación, se generan empleo, ingresos fiscales y poder de negociación. La frontera entre política sanitaria y política económica es cada vez más difusa.

Un dilema social: innovación y desigualdad

El caso de los GLP-1 plantea una cuestión de fondo: ¿qué ocurre cuando una innovación con alto potencial en salud pública se distribuye de forma desigual y se utiliza sin una adecuada priorización clínica? Si estos fármacos consolidan su papel en la lucha contra la obesidad –uno de los grandes desafíos sanitarios del siglo XXI–, pero solo son accesibles para quienes pueden pagarlos o viven en países con mayor capacidad de negociación, el resultado puede ser un aumento de las desigualdades en salud. A ello se suma un riesgo adicional: cuando el acceso se amplía sin criterios claros, la eficacia poblacional puede verse limitada por problemas de adherencia (el seguimiento del tratamiento prescrito por parte del paciente), efectos secundarios o usos inapropiados.

Este dilema adquiere una dimensión aún mayor en un contexto de fragmentación geopolítica. Conflictos, sanciones económicas y tensiones comerciales afectan directamente a las cadenas de suministro farmacéutico, con impactos especialmente graves en los países de ingresos bajos y medios.

Más allá del mercado

La experiencia reciente muestra que confiar exclusivamente en la lógica del mercado no garantiza ni eficiencia ni equidad (recordemos los precios de las mascarillas al principio de la pandemia). La pregunta clave ya no es solo cómo financiar la innovación, sino cómo gobernarla. Esto implica explorar mecanismos de compra conjunta, acuerdos de precios basados en valor, incentivos a la producción local y una visión más amplia de la evaluación de tecnologías sanitarias, que incorpore dimensiones sociales y geopolíticas.

Los GLP-1 son, en este sentido, un caso paradigmático. Anticipan los retos que traerán otras terapias avanzadas: medicamentos personalizados, terapias génicas o soluciones digitales basadas en datos. Todas ellas dependerán de infraestructuras globales y de decisiones que se toman más allá del ámbito clínico.

Mirar al futuro

La gran lección es clara: el acceso a la innovación sanitaria ya no puede pensarse al margen de la geopolítica. Si no se incorporan estas dinámicas a la planificación sanitaria, corremos el riesgo de construir sistemas cada vez más sofisticados, pero también más desiguales.

En última instancia, el debate sobre los GLP-1 no es solo farmacológico. Es un debate sobre qué modelo de salud queremos en un mundo interdependiente pero fragmentado, y sobre si los avances científicos llegarán realmente a toda la población.

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Marta Trapero Bertran no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Cuando la geopolítica entra en la farmacia: el caso de los medicamentos GLP-1 – https://theconversation.com/cuando-la-geopolitica-entra-en-la-farmacia-el-caso-de-los-medicamentos-glp-1-274789

Negociar, forzar y resistir: así operan las élites políticas y digitales de EE.UU.

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José-Francisco Jiménez-Díaz, Profesor Titular de Ciencia Política y de la Administración, Universidad Pablo de Olavide

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El poder político no se tiene, más bien se ejerce. Pero ejercerlo implica negociar y gestionar las resistencias que provoca. Desde este ángulo se entiende mejor cómo ejercen o han ejercido el poder los actuales líderes de Estados Unidos: Donald Trump, Elon Musk, James D. Vance y Marco Rubio. Todos ellos, por sus posiciones y relaciones, disponen de un potencial transformador inédito.

Foucault y las relaciones de dominación

Michel Foucault (1926-1984), el pensador político más citado de la historia según Google Académico, nació, vivió y murió en el siglo XX. Todavía, en muchos sentidos, las élites políticas y las ciudadanías nacionales no han superado el contexto del siglo pasado. Sin embargo, los dirigentes de los estados digitales (Bezos, Musk, Zuckerberg, etc.) alardean de su poder ubicuo.

Foucault nos legó un concepto innovador de poder político. Para él, el poder no se tiene, se ejerce. Tener un cargo de poder no es lo mismo que ejercerlo.

El poder no es tangible, sino que se desenvuelve por medio de un entramado relacional. Quienes luchan por el poder se implican en relaciones de dominación. Estas relaciones se presentan mediante tres elementos: negociación, fuerza y resistencia en cierto campo. Comprender cómo funcionan dichos elementos requiere concebir el poder como un dispositivo relacional y simbólico.

El poder en el pensamiento político

Uno de los objetivos principales de la historia de las ideas es definir y comprender el fenómeno del poder político. La tradición de pensamiento occidental debatió cuestiones centrales al respecto: ¿qué es? (Sócrates, Platón), ¿quién debe ser el titular? (Platón, Aristóteles y Cicerón), ¿con qué finalidad utilizarlo? (Agustín de Hipona, Tomás de Aquino), ¿cómo ejercerlo? (Maquiavelo), ¿con qué limitaciones practicarlo? (Locke, Montesquieu), ¿sobre qué bases se fundamenta su legitimidad? (Weber).

Foucault, lector de Max Weber, reveló que el ejercicio del poder moderno muda de formas visibles y discontinuas (castigo físico) hacia formas sutiles y continuas (vigilancia y vida modulada por las tecnologías del poder). Su obra Vigilar y castigar expone esta mudanza. En el presente, los algoritmos vigilan, normalizan y disciplinan a un ser humano superado por los avances informáticos. Simone Weil y Hannah Arendt anticiparon varias ideas foucaultianas.

Donald Trump y el ejercicio del poder

La perspectiva de Foucault es útil para comprender el despliegue del poder presidencial en Estados Unidos. Asombra cómo lo ejerce Donald Trump (nacido en 1946). El magnate inmobiliario fue frenado durante su primer mandato (2017-2021) por su equipo para tomar algunas decisiones. Ahora, Trump dispone de colaboradores más fieles al movimiento MAGA (Make America Great Again), controla instituciones centrales y gobierna concentrando mucho poder.

En su segundo mandato, Trump encarna el superpoder de la persona con más margen de negociación en el marco de la presidencia estadounidense. El desarrollo de las estrategias de presión arancelaria han puesto a prueba dicho margen negociador, desde una perspectiva personal.

Pero los equipos que lideran esas conversaciones revelan otras muchas de las pretensiones presidenciales. En este caso, se trata de personas que negocian los asuntos diarios, como el vicepresidente James D. Vance, que, con 41 años (comparados con los 79 del presidente), ocupa un papel más relevante del habitualmente ostentado por este cargo.

Por su parte, Marco Rubio, Secretario de Estado y encargado de representar a Estados Unidos en el extranjero, negocia asuntos cruciales de la política mundial.

Prueba de esta presencia negociadora es el papel que Vance y Rubio jugaron en la reunión con el presidente Zelenski, el 28 de febrero de 2025.

Musk, la tecnología y el biopoder

Por su parte, el hombre más rico del planeta, Elon Musk, fue nombrado Consejero Superior del presidente de los Estados Unidos y administrador del Departamento de Eficiencia Gubernamental. Pero presidente y consejero deshicieron su alianza a finales de mayo de 2025 por diferencias relacionadas con la Big Beautiful Bill, una ley fiscal federal promovida por Trump y criticada por Musk, y otras cuestiones.

No obstante, los líderes tecnológicos siguen influyendo sobre el presidente. Este sabe que los primeros ejercen poder continuado sobre las vidas de muchos sujetos (biopoder). El biopoder promueve una vida conforme al poder.

El liderazgo de Trump y su impacto en Europa

El liderazgo político requiere la habilidad negociadora de quienes lo ejercen. Para los presidentes de Estados Unidos del último siglo, liderar casi siempre consistió en negociar con los fuertes e imponerse por la fuerza a los débiles. Pero el poder es relacional y los débiles pueden fortalecerse.

La Administración Trump, según la Estrategia Nacional de Seguridad (NSS, por sus siglas en inglés) de 2025, sustituye el lenguaje liberal democrático por otro soberanista e identitario. Ello implica la “ruptura doctrinal con la tradición del orden liberal” y el regreso a la política del poder duro (fuerza). En la NSS se considera a la Unión Europea un actor débil, y se apoya a partidos nacionalistas conservadores que cuestionan la integración europea.

Negociar, forzar y resistir

Trump conoce la negociación y el manejo de la fuerza. Pero saber gobernar una gran empresa no capacita para gobernar un país tan complejo como Estados Unidos. Los agentes fuertes de las esferas económicas, políticas y tecnológicas estadounidenses están aliados, pero esto podría cambiar. Y desentenderse de los actores en declive tiene consecuencias inesperadas. El giro de la NSS sacude las debilitadas instituciones liberales democráticas de Estados Unidos.

La oligarquía tecnológica ostenta un poder efectivo para definir los marcos y relatos políticos. Y Trump sabe utilizarlos en su beneficio. Musk, quien dirige un estado digital (Tesla, Red social X, SpaceX, Neuralink, entre otras empresas), ejerció el poder político y se tornó en elemento clave del equipo trumpista. Se atribuyó el soporte tecnológico (TECH support) al gobierno estadounidense. Otros líderes tecnológicos han dicho lo mismo a su modo (Bezos, Gates, Pichai, Zuckerberg, etc.). Los avances chinos en Inteligencia Artificial (IA) justifican el valor de dicho soporte.

El equipo presidencial de Estados Unidos habrá advertido que todo poder genera resistencias, como destacó Foucault. El poder ejercido por los fuertes provoca la reacción de los débiles. Muestra de ello son las recientes protestas contra el Gobierno estadounidense, así como la elección del joven treintañero de origen inmigrante para la alcaldía de Nueva York, Zohran Mamdani.

Las escenas de poder que protagonizan Trump y su equipo crean variadas resistencias en el mundo (China, Unión Europea, Ucrania, etcétera). Muchas críticas al poder de Trump radican en Estados Unidos: la sociedad civil estadounidense opone resistencias al poder constituido del presidente. Un hecho que se constata también a través de la reacción política y ciudadana que han desatado las violentas intervenciones del ICE (Inmigration and Customs Enforcement) en Minneapolis.

En su segundo mandato Trump muestra el espectáculo diario de su poder. Pero la exhibición del poder trumpista revela también las debilidades de los fuertes.

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José-Francisco Jiménez-Díaz es miembro de Asociación Española de Ciencia Política y de la Administración (AECPA). También ha recibido financiación para el proyecto titulado “Análisis generacional del liderazgo político presidencial en España: estudio del Gobierno central y del Gobierno andaluz”. Proyecto de investigación en el marco de Ayudas al Desarrollo de Líneas de Investigación Propias, VI Plan Propio de Investigación y Transferencia (2023-2026), Universidad Pablo de Olavide. Referencia: PPI2404.

ref. Negociar, forzar y resistir: así operan las élites políticas y digitales de EE.UU. – https://theconversation.com/negociar-forzar-y-resistir-asi-operan-las-elites-politicas-y-digitales-de-ee-uu-251334

Por qué nos cuesta escuchar opiniones contrarias y cómo entrenar a nuestro cerebro para hacerlo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Francisco Manuel Ocaña Campos, Investigador Principal Grupo Neurociencia del Bienestar. Área de Psicobiología, Universidad de Sevilla

Escuchar una opinión contraria a la nuestra rara vez es una experiencia neutra. Aunque solemos atribuir esta dificultad a factores culturales o personales, la ciencia muestra que tiene raíces profundas en el funcionamiento del cerebro.

Desde la neurociencia sabemos por qué nos cuesta tanto escuchar opiniones diferentes. El desacuerdo activa sistemas diseñados para detectar conflicto y mantener la coherencia interna. Esto explica por qué solemos reaccionar con rapidez y, a menudo, con rigidez ante ideas que desafían lo que creemos.

El cerebro detecta conflicto antes de razonar

Cuando escuchamos una idea que contradice nuestra forma de pensar, el cerebro no empieza evaluando argumentos. Primero detecta que hay un conflicto. Una de las regiones implicadas en este proceso es la llamada corteza cingulada anterior o CCA.

Esta estructura actúa como un radar encargado de identificar inconsistencias entre nuestras expectativas y la realidad, así como conflictos entre respuestas o entre creencias. Por lo tanto, la CCA funciona como un “radar de incongruencias”.

La evidencia neurocientífica muestra que la CCA forma parte de circuitos implicados tanto en el control cognitivo como en el procesamiento del dolor físico y del dolor social.

Por eso, una opinión contraria puede ser experimentada como algo incómodo o amenazante, incluso cuando no hay confrontación directa.

Junto a la corteza cingulada anterior se activan otras regiones. Una de ellas, la amígdala, está implicada en la respuesta de amenaza. Otra área importante, la ínsula, está relacionada con la percepción del malestar corporal.

El resultado de este proceso es familiar para todos: nudo en el estómago, tensión corporal y una tendencia a defenderse o cerrar la conversación.

Finalmente entra en juego la corteza prefrontal dorsolateral, responsable de funciones como la planificación, la inhibición de impulsos y la toma de decisiones.

El coste cognitivo y emocional de integrar otra perspectiva

Aceptar una visión opuesta exige un esfuerzo considerable. El cerebro debe mantener al mismo tiempo dos modelos mentales incompatibles: “lo que yo creo” y “lo que tú dices”. Además, debe compararlos y decidir si alguno debe modificarse. Desde el punto de vista energético, es una operación exigente.

A este esfuerzo se suma la disonancia cognitiva: el malestar que aparece cuando una información amenaza la coherencia de nuestra visión del mundo o de nuestra identidad. En muchos casos, este malestar no se resuelve escuchando al otro, sino justificando lo que ya pensábamos. Es lo que se conoce como “razonamiento motivado”.

Por otra parte, muchas creencias están ligadas a la pertenencia a un grupo. Cambiar de perspectiva puede ser experimentado, aunque sea de forma inconsciente, como un riesgo social: quedar mal, perder estatus o sentirse excluido. El cerebro social está especialmente orientado a evitar ese tipo de amenazas.

El estrés dificulta escuchar y pensar con calma

Un factor clave en todo este proceso es el estrés. Cuando este es elevado o sostenido, el sistema nervioso funciona en modo de alerta, lo que reduce la capacidad de la corteza prefrontal para regular emociones y sostener el desacuerdo con calma. En ese estado, escuchar se vuelve especialmente difícil.

La buena noticia es que estos sistemas son plásticos. Las regiones cerebrales implicadas en el conflicto, la emoción y el control cambian con la experiencia y la práctica.

Escuchar desde la calma se puede entrenar

La dificultad para escuchar opiniones contrarias ha ido ganando presencia en el debate social y cultural. Especialmente en contextos donde las decisiones tienen consecuencias compartidas como en equipos de trabajo, instituciones o espacios de liderazgo.

El desacuerdo mal gestionado suele escalar hacia conflictos interpersonales, bloqueos comunicativos y deterioro del clima emocional. Se trata de algo muy común en entornos laborales de alta demanda.

Afortunamente podemos entrenar la escucha desde la calma, circunstancia que mejora de forma clara el liderazgo y la toma de decisiones. Prácticas como el mindfulness o el biofeedback reducen la reactividad automática y aumentan la capacidad de observar el desacuerdo sin responder de forma impulsiva.

Por ejemplo, estudios sobre redes cerebrales en reposo muestran que la práctica sostenida de mindfulness modula redes cerebrales implicadas en regulación emocional y flexibilidad cognitiva. De este modo se favorecen respuestas más adaptativas ante la discrepancia.

Por otra parte, nuestros proyectos de investigación del grupo Neurociencia del Bienestar de la Universidad de Sevilla han mostrado que entrenar la regulación fisiológica y emocional se asocia con una mayor capacidad para pausar antes de responder, escuchar con menos reactividad y gestionar conversaciones difíciles con mayor claridad.

La clave no está en eliminar la incomodidad, sino en aprender a regularla para que no derive en rechazo automático. Escuchar no significa ceder ni renunciar a los propios valores. Significa sostener la incomodidad el tiempo suficiente para ampliar el marco desde el que decidimos.

En un mundo cada vez más polarizado, la capacidad de escuchar opiniones contrarias es una habilidad neurocognitiva entrenable. Comprender cómo responde el cerebro al desacuerdo es el primer paso para dejar de reaccionar automáticamente y empezar a responder con mayor calma, claridad y humanidad.

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Francisco Manuel Ocaña Campos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Por qué nos cuesta escuchar opiniones contrarias y cómo entrenar a nuestro cerebro para hacerlo – https://theconversation.com/por-que-nos-cuesta-escuchar-opiniones-contrarias-y-como-entrenar-a-nuestro-cerebro-para-hacerlo-273047