‘Tecnoestrés’ en la universidad: ser hábil con la tecnología no lo es todo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Luis Serrano, Profesor Titular de Tecnología Educativa, Universidad de Murcia

BongkarnGraphic/Shutterstock

Imaginemos a un universitario cualquiera: abre el portátil para revisar una tarea, pero antes debe atender mensajes del grupo de clase, tres correos de la plataforma institucional y una notificación de cambio en la fecha de entrega. Nada de esto requiere gran habilidad digital, pero sí una atención que se fragmenta a cada paso. Al final del día, la sensación no es de incompetencia, sino de saturación.

Lo que está detrás de este fenómeno es el llamado tecnoestrés, que describe el malestar que surge cuando la tecnología supera nuestra capacidad de gestionarla. Tiene que ver con la sensación de que la tecnología pide más de lo que uno puede sostener.

Cinco grandes estresores

¿Qué está produciendo este desajuste? Conviene detenerse en los grandes estresores. La tecnoinvasión aparece cuando lo académico se cuela en los espacios personales, y la tecnosobrecarga, cuando las demandas digitales llegan más rápido de lo que puede procesarse.

También influye la tecnocomplejidad –cuando las herramientas resultan más confusas de lo esperado– y la tecnoincertidumbre, fruto de cambios constantes, a lo que se suma la tecnoinseguridad, el temor a que la tecnología falle. El conjunto explica buena parte del tecnoestrés universitario.




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Tecnoestrés y competencias digitales

El tecnoestrés no depende de cuánto sabe usar alguien la tecnología. Algunas investigaciones cuestionan esta relación.

En nuestra reciente tesis publicada encontramos altos niveles de competencia digital según el marco europeo DigComp 2.2 y también altos niveles de autoeficacia, una variable tradicionalmente vista como protectora frente al estrés. Aun así, vimos que el tecnoestrés se mantenía en niveles moderados, sin ningún efecto amortiguador por parte de las competencias adquiridas.

Dicho tecnoestrés puede darse incluso en personas con dominio técnico. El problema no está tanto en “saber usar” la tecnología, sino en la relación emocional, cognitiva y organizativa que establecemos con ella.

Saber parar

En nuestro proyecto de ayuno digital, la mayoría del alumnado no logró completar el reto, sobre todo al intentar romper hábitos de comunicación muy arraigados.

Un uso automático y omnipresente de la tecnología (es decir, no deliberado y esporádico) hace que dejar de usar móviles u ordenadores, estar sin conexión, produzca incomodidad. El ayuno digital funciona, en este sentido, como un espejo: hace visible lo que en la rutina pasa desapercibido y muestra hasta qué punto la relación con la tecnología no depende de la habilidad, sino de la dificultad para detenerse, cambiar el ritmo y recuperar margen de control.




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Responsabilidad de todos

Quizá estemos atribuyendo en exceso la responsabilidad al estudiante y olvidando el papel de la universidad. No es solo un problema individual, sino también de contexto. Incluso los estudiantes más hábiles sufren desgaste cuando el ecosistema digital multiplica plataformas, fragmenta la atención y exige disponibilidad constante.

La dispersión de recursos y la necesidad de consultar varias aplicaciones para no perder información elevan la carga cognitiva, mientras que la sensación de estar siempre localizable alimenta el conocido como FOMO académico.

La multitarea permanente dificulta la concentración y acelera la fatiga mental : quienes más dominan la tecnología suelen asumir más tareas digitales y, paradójicamente, se exponen más al desgaste.

A esto se suma un uso intensivo de herramientas que no siempre se traduce en aprendizaje significativo, por lo que puede aumentar el riesgo de tecnoestrés.

Aprender a gestionar, no solo a usar

Otro aspecto clave para entender por qué incluso los estudiantes más competentes lo sufren es el desfase entre la “competencia digital” oficial y el uso real que hacen de la tecnología. Los marcos institucionales suelen medir habilidades técnicas: navegar, seleccionar información… Sin embargo, estas categorías no capturan la complejidad emocional, temporal y organizativa del trabajo digital cotidiano.

Como señalamos en nuestro estudio, la competencia digital se evalúa como un conjunto de destrezas, pero no como capacidad de sostener prácticas tecnológicas en contextos exigentes, saturados y altamente interdependientes.

Este desfase hace que muchos estudiantes, pese a sentirse competentes, se vean desbordados por la gestión simultánea de recursos, la presión académica, las decisiones continuas y la dificultad para sostener el ritmo de trabajo. El tecnoestrés se explica, pues, por una evaluación incompleta del papel de la tecnología en la vida académica.

Del individuo al ecosistema

Los resultados de las diferentes investigaciones comentadas coinciden en un punto clave: el foco no debe ponerse únicamente en las habilidades individuales, sino en cómo está configurado el ecosistema digital de la universidad. Pedir autorregulación al alumnado es insuficiente cuando las plataformas se multiplican, los mensajes se solapan y la comunicación carece de límites claros.

Por eso proponemos pasar de una mirada centrada en las competencias técnicas a una perspectiva centrada en el bienestar digital. Esto implica cuestionar prácticas institucionales y revisar protocolos de comunicación, por ejemplo.

La respuesta, pues, debe combinar cambios institucionales y prácticas personales. Las universidades pueden diseñar entornos digitales más simples, coordinados y respetuosos con la atención humana.

No se trata de usar menos tecnología, sino de usarla sin que nos desborde. Cuando el entorno ayuda y los hábitos acompañan, el tecnoestrés pierde espacio.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. ‘Tecnoestrés’ en la universidad: ser hábil con la tecnología no lo es todo – https://theconversation.com/tecnoestres-en-la-universidad-ser-habil-con-la-tecnologia-no-lo-es-todo-270326

Ronald se abre una cuenta en Vinted y hace de su armario una microempresa

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Elisa Baraibar Diez, Profesora de Organización de Empresas, Universidad de Cantabria

Kamil Zajaczkowski/Shutterstock

Empieza a hacer frío en Londres y Ronald planea dedicar el fin de semana al cambio de armario. Aprovechará para sacar lo que ya no usa y pensará en qué necesita para la nueva temporada. ¿A que se reconoce en esta situación? Seguro que puede visualizar varias prendas que ya no le valen, ya no le gustan o que simplemente quiere retirar.

Marion, la mujer de Ronald, le recomienda descargarse una app de compra-venta de segunda mano. Un rato después, Ronald ya tiene una cuenta y está subiendo una foto y las características de un abrigo que ya no le vale. Enseguida recibe mensajes y responde a posibles compradores sobre el largo del abrigo y de las mangas, sobre el estado de la prenda. Al día siguiente encuentra a un comprador, negocia el precio, concreta un envío, imprime la etiqueta y envuelve el abrigo cuidadosamente. ¡Ha conseguido su primera venta!

Londres, 1931

Viajemos ahora en el tiempo. En 1931, los habitantes de Londres no se planteaban hacer un cambio de armario (si acaso, recuperar y cepillar el abrigo del año anterior), no tenían impresora y no existían las plataformas digitales. Ronald, de apellido Coase, era profesor de la London School of Economics y estaba sentando las bases de la teoría que, en 1991, le serviría para ser galardonado con el Premio Nobel de Economía “por su descubrimiento y aclaración de la importancia de los costes de transacción y los derechos de propiedad para la estructura institucional y el funcionamiento de la economía”.

Coase, uno de los economistas más influyentes del siglo XX, provocó una pequeña revolución al preguntarse por la existencia de las empresas. Esta pregunta la materializó en su obra The Nature of the Firm (1937), donde explicaba que una empresa se crea cuando consigue reducir los costes de funcionamiento que existen en el mercado. ¿Y qué tiene que ver todo esto con vender un abrigo a través de una app?

Segunda mano: sostenibilidad y segundas oportunidades

Según establecía Coase en otro libro posterior, The Problem of Social Cost (1960):

“Para llevar a cabo una transacción de mercado es necesario descubrir con quiénes se desea negociar, informar a las personas de que se desea negociar (y en qué condiciones), llevar a cabo negociaciones que conduzcan a un acuerdo, redactar el contrato, realizar la inspección necesaria para asegurarse de que se cumplen las condiciones del contrato, etcétera”.

No hay que tener muchos abrigos vendibles en el armario para intuir lo tremendamente complicado (o poco rentable) que resultaba vender una sola de esas prendas (en el mercado) antes de la existencia de plataformas de compra-venta de ropa de segunda mano.

Si antes uno se planteaba: ¿dónde podría encontrar a alguien que quiera justo el modelo, la talla, el estilo y el color de mi prenda? Ahora, estas apps reducen el coste de búsqueda de información con filtros como talla, marca, precio, e incluso estilo o ubicación. Gracias a la tecnología, los potenciales compradores han llegado al abrigo en un par de clics.

Negociar con conocimiento

Casi por arte de magia, también se ha reducido otro problema clásico en la economía: el de la información asimétrica (el comprador o el vendedor cuenta con más información que el otro al momento de negociar). Esa diferencia informativa ahora es bastante menor.

Al tener que subir fotografías desde varios ángulos y tener que realizar descripciones de todas las prendas, marcando también cuál es su estado actual, la información existente se acerca al equilibrio. Además, las valoraciones previas de compradores y vendedores (las estrellas que aparecen junto al perfil), así como los comentarios y reseñas en el historial, también ayudan a conocer cómo son los usuarios en la aplicación.

Aunque en la app hay grandes perfiles negociadores (y regateadores), los costes de negociación también se ven reducidos con las opciones de realizar ofertas automáticas al comprar varias prendas, dar precios cerrados y aceptar o rechazar directamente una nueva oferta. Negociar es mucho más rápido y eficiente. Finalmente, la transacción se materializa en unos clics aunque el comprador esté a kilómetros de distancia.

Antes, vender una prenda a una persona desconocida podría ser arriesgado por una cuestión de confianza. Aunque en las plataformas de compra-venta puede haber transacciones que acaban en estafa, es la empresa la que absorbe esos costes relacionados con el contrato y el cumplimiento al integrar los pagos, gestionar el envío y tener la posibilidad de reclamar ante cualquier eventualidad.

Así, un armario se convierte en una microempresa y, a través de estas plataformas, se concretan muchas transacciones que antes eran demasiado costosas de realizar para un particular.

La prenda perfecta para el aula

Para estudiantes de economía, de empresas o de relaciones laborales, aplicaciones como Vinted no solo son magníficos paradigmas emprendedores sino también ejemplos perfectos para hablar de los costes de transacción.

Solo hay que preguntar: ¿por qué usáis una aplicación para vender lo que no queréis y no vais a un mercadillo o ponéis mensajes en el tablón de la facultad, o en los postes de la ciudad? La respuesta suele tener que ver con la comodidad, la facilidad, la rapidez. Es decir, con reducir los costes de transacción. Y entonces, sin darse cuenta, están comprendiendo a Coase.

Cuando suba su siguiente prenda o busque una bufanda de un determinado color o unas zapatillas de una determinada marca, o negocie el precio de un bolso o deje una valoración a su comprador o vendedor, recuerde que no está solo haciendo hueco en sus armarios: está siendo el protagonista de una lección de economía.

The Conversation

Elisa Baraibar Diez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Ronald se abre una cuenta en Vinted y hace de su armario una microempresa – https://theconversation.com/ronald-se-abre-una-cuenta-en-vinted-y-hace-de-su-armario-una-microempresa-273285

Leer ‘Hamlet’ con los ojos con los que se escribió ‘Hamnet’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Patricia García Santos, Doctoranda en Literaturas en Lengua Inglesa, Universidad de Córdoba

Un fotograma de la adaptación cinematográfica de _Hamnet_. Universal Pictures

¿Qué ocurre cuando una novela contemporánea mira hacia atrás para imaginar el dolor que dio origen a una de las tragedias más famosas de la historia de la literatura?

Maggie O’Farrell, autora de Hamnet (2020), abre su obra con la siguiente nota histórica:

“En la década de 1580, una pareja que vivía en Henley Street, Statford-upon-Avon, tuvo tres hijos: Susanna, y más tarde, los gemelos Hamnet y Judith.

El niño, Hamnet, murió en 1596, a la edad de once años.

Alrededor de cuatro años después, su padre escribió una obra llamada Hamlet”.

A partir de ahí, la escritora reimagina la vida familiar de ese niño, de sus hermanos y de su madre, Agnes, mientras William Shakespeare aparece de fondo, dedicado a la escritura en Londres.

Un hombre se ríe charlando con unos niños alrededor de una mesa.
Fotograma de Hamnet, la adaptación cinematográfica de Chloé Zhao.
Universal Pictures

De un niño a una obra eterna

Para Italo Calvino, autor de Por qué leer los clásicos (1991), los clásicos son aquellos libros a los que nunca se llega por primera vez: no se leen, se releen. Pero tampoco se trata solo de volver a ellos y releerlos, sino de reinterpretarlos. Así ocurre en el caso de Hamnet.

Hamlet, una de las obras más conocidas de William Shakespeare, narra la historia del príncipe homónimo a quien el fantasma de su padre le encomienda que vengue su muerte, porque ha sido asesinado por su tío.

La novela de O’Farrell relee esta tragedia como una poderosa transformación del dolor por la pérdida de un ser querido en una obra de arte capaz de trascender los límites de la mortalidad. Hamnet propone que lo que Shakespeare consiguió con Hamlet, de forma consciente o inconsciente, fue otorgarle a su hijo la vida que no pudo tener: el niño no llegó a habitar como hombre el mundo que sí conocería la obra literaria que heredó su nombre.

La propia novela recuerda en sus primeras páginas, citando a Stephen Greenblatt, uno de los grandes biógrafos de Shakespeare, que “Hamnet y Hamlet son en realidad el mismo nombre, completamente intercambiables en los registros de Stratford en los siglos dieciséis y diecisiete”. Mismo nombre, misma pérdida, misma herida, pero distintas miradas ante un único acontecimiento.

Una nueva forma de ver el dolor

Hamnet no reescribe Hamlet: lo relee y lo desplaza. Ambas obras parten de una pena idéntica: la pérdida de un hijo a la corta edad de once años. Pero la forma en que esa herida se articula narrativamente es radicalmente distinta.

En Hamlet, el dolor se convierte en discurso y en conflicto político, y su representación es pública, ya que el duelo del príncipe Hamlet se despliega en la corte de su padre, ante el reino, y ante el espectador. En Hamnet, en cambio, el dolor no se verbaliza de manera explícita ni se exhibe, sino que vive en los silencios y en los gestos cotidianos, en la persistencia de la vida familiar a pesar de su ausencia. Esta experiencia de duelo se focaliza principalmente en la novela a través de la figura de la madre. Donde Shakespeare convierte la pérdida en tragedia pública, O’Farrell la transforma en una elegía narrativa situada en el ámbito íntimo y doméstico.

Un hombre sentado delante de unos papeles con una mujer de pie a su lado.
Fotograma de Hamnet con Jessie Buckley y Paul Mescal como Agnes y William Shakespeare.
Universal Pictures

En Hamlet encontramos el dolor convertido en mito, mientras que Hamnet reimagina la vida del autor para devolver el mito a su origen, a la herida vivida en el espacio de lo cotidiano. En ambas obras, el dolor actúa como motor creativo y nace de un mismo punto de partida: una tragedia familiar en la Inglaterra de finales del siglo XVI, cuando un joven dramaturgo en ciernes afronta la muerte de un hijo mientras persigue el éxito profesional y artístico que permita sostener a la familia que ha dejado atrás para conseguirlo.

Como sugiere Stephen Greenblatt, para comprender cómo Shakespeare utilizó su imaginación para transformar la vida en arte es necesario que nosotros también usemos la nuestra. Hamnet es precisamente ese ejercicio de imaginación contemporánea que sugiere Greenblatt: no explica lo que pasa en Hamlet, sino que imagina el dolor que dio origen a su escritura. Allí donde el teatro convirtió una pérdida íntima en un mito central del canon literario, la novela devuelve ese mito a la experiencia humana que hizo posible su existencia.

Esta forma de imaginar la vida de Shakespeare para comprender su obra ya había sido explorada previamente en otras creaciones culturales como Shakespeare in Love (1998), cuyo guion, firmado por Tom Stoppard, proponía una ficción biográfica para explorar el trasfondo emocional de Noche de reyes, ligándola a la experiencia vital del joven dramaturgo.

Adaptación cinematográfica

Este diálogo entre Hamnet y Hamlet cobra aún más actualidad con el estreno de la adaptación cinematográfica de la primera de ellas. La transformación de la novela en imagen invita a las audiencias contemporáneas no solo a revivir la narrativa de O’Farrell, sino también a reconsiderar cómo el dolor y la imaginación siguen siendo potentes fuerzas culturales.

Así, la película dirigida por Chloé Zhao no solo es un hito cinematográfico del que ya se están haciendo eco los grandes medios y premios de la industria, sino también una oportunidad para reflexionar sobre cómo recontextualizamos los clásicos y cómo estos siguen informando las artes hoy.

Tal vez por eso Hamlet sigue siendo un clásico en el sentido que definía Italo Calvino: una obra que nunca se agota, que siempre se relee y que genera nuevos discursos cada vez que alguien se atreve a mirarla con ojos nuevos.

The Conversation

Patricia García Santos recibe fondos de la ayuda predoctoral PRE2023/PID2023-148878NB-C21 del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. Esta ayuda está asociada al proyecto de investigación Transparencia, Opacidad y Resistencia en la Literatura Contemporánea en Lengua Inglesa de la Universidad de Córdoba.

Paula Martín-Salván no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Leer ‘Hamlet’ con los ojos con los que se escribió ‘Hamnet’ – https://theconversation.com/leer-hamlet-con-los-ojos-con-los-que-se-escribio-hamnet-274136

Matusalén y la inmortalidad en el mundo vegetal

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Luis F. García del Moral Garrido, Profesor Emérito-Fisiología Vegetal, Universidad de Granada

Alcornocal (_Quercus suber_) en flor. Wikimedia Commons., CC BY

“El leñador no sabe cuándo expiran / los clamorosos árboles que corta”, escribía Federico García Lorca en Los negros. Y es que determinar cuánto puede vivir un vegetal no es tan fácil como hacemos con los animales.

En la naturaleza, el tiempo de vida que alcanza un ser vivo depende de su aptitud biológica y de las circunstancias de su hábitat que, en el mejor de los casos, pueden extender su vida hasta el límite característico de su especie. Entre los animales, los más longevos son las tortugas de las islas Galápagos, que viven hasta 150 años. Es decir, hoy no queda ninguna tortuga viva que hubiera visto a un joven Charles Darwin desembarcar en las islas en 1835.

¿Pero cuánto puede vivir una planta? En 1957, se descubrió en las White Mountains, al este de California, un árbol de la especie Pinus longaeva cuya edad, medida con gran precisión mediante dendrocronología –contando el número de sus anillos anuales de crecimiento–, resultó ser de 4 850 años. Para hacernos una idea, ya tenía más de 300 años cuando se construyeron las pirámides de Egipto y casi 4 400 cuando Colón descubrió América.

Arboleda donde vive Matusalén, en las White Mountains californianas.
Wikimedia Commons., CC BY

5 000 años de historia ante sus ojos

Este venerable ejemplar recibió el nombre de Matusalén, en alusión al patriarca bíblico que, según el Génesis, vivió 969 años. Con una edad actual de 4 918 años, sigue siendo el organismo vivo no clonal (es decir, procedente de una semilla) más antiguo del planeta. Tiene un competidor, el alerce –género Larix– de Chile conocido como “El gran abuelo”. Este también es milenario, pero se ha datado mediante una técnica que incluye métodos indirectos y no es aceptada unánimemente por la comunidad científica.

Receta de la longevidad

La larga vida de los árboles tiene que ver con el suministro limitado de nutrientes y una lenta tasa de crecimiento. Esto implica también un bajo metabolismo, una menor probabilidad de aparición de mutaciones genéticas y errores bioquímicos peligrosos, y un menor coste fisiológico de mantenimiento.

En el mundo vegetal, como probablemente ocurre también en el mundo animal, la longevidad no parece compatible con llevar una vida intensa. Para un árbol, vivir más tiempo significa un crecimiento muy lento y una vida bastante monótona.

Es este escenario, aunque es cierto que finalmente las plantas mueren y desaparecen como los demás seres vivos, nos referimos a un concepto de muerte por completo diferente.

Árbol casi seco derribado por el viento, pero todavía con algunas hojas vivas.
Luis F. García del Moral

Dejando a un lado consideraciones filosóficas o teológicas, en biología, la muerte se define como un suceso irreversible que resulta de la incapacidad de utilizar energía para mantener las funciones vitales, proceso que en los animales suele completarse más o menos rápidamente una vez iniciado. En un vegetal, por el contrario, la muerte se produce gradualmente en sus distintas células y tejidos: es un proceso lento que, a menudo, dura semanas o meses. Por ello, no es fácilmente definible en términos absolutos.

Verdaderos bosques inmortales

Por otra parte, mientras una gran parte del organismo puede morir, otros órganos y tejidos pueden seguir viviendo y regenerar, incluso, una nueva planta completa.

Así, en el estado de Utah, en Estados Unidos, existe una colonia de álamos –especie Populus tremuloides– de varias hectáreas de extensión, con cientos de troncos que mueren y brotan continuamente de un enorme sistema de raíces interconectadas bajo tierra.

Pando es una colonia clonal surgida a partir de un único álamo temblón masculino (Populus tremuloides) localizada en el estado de Utah, en Estados Unidos.
Wikimedia Commons., CC BY

En realidad, este bosque, llamado Pando, es un único organismo clonal que se multiplica continuamente de forma vegetativa. Su asombrosa edad, estimada mediante diversos métodos, es de 80 000 años, cuando los neandertales vagaban por el continente europeo durante la última glaciación.

El secreto de los organismos clonales

Esta capacidad de supervivencia de los vegetales se debe a la existencia de múltiples meristemos, tejidos constituidos por células indiferenciadas que retienen la capacidad de dividirse y crecer para dar lugar a nuevos tejidos y órganos durante toda la vida del organismo.

Precisamente, esta propiedad de los tejidos vegetales es la que permite el cultivo y propagación vegetativa o clonal de plantas in vitro mediante la biotecnología.

Clonación vegetal mediante cultivo in vitro.
Luis F. García del Moral.

En los animales, también existe un número limitado de órganos con pequeños grupos de células, llamadas células madre no embrionarias, que realizan trabajos de reparación a pequeña escala. Es el caso de las células sanguíneas, las células de la piel o de las mucosas gastrointestinal y respiratoria. Sin embargo, no hay posibilidad en el cuerpo animal de un reemplazo continuo y masivo de células en todos los tejidos y órganos, como el que llevan a cabo las células meristemáticas de los vegetales.

Es un detalle clave, ya que, desafortunadamente, las pérdidas sufridas por los cuerpos de los animales no pueden ser reemplazadas. Nuestros órganos solo se producen una vez durante la vida, sin posibilidad de recambio. Al contrario, las plantas son capaces de regenerar tejidos y órganos continuamente, incluso a partir de una sola célula.

Neoformación de una rama en un tronco adulto.
Luis F. García del Moral.

Desde este punto de vista y mientras conserven algunas células vivas, podemos considerar a los vegetales como funcionalmente inmortales o, mejor aún, como amortales. No en vano, para varias culturas, el árbol es el símbolo de la regeneración perpetua y de la vida en su sentido dinámico.

Respondiendo a Lorca, no cabe duda de que los vegetales son organismos con una forma particular de vida. Y una forma particular de vida requiere también una forma particular de muerte.

The Conversation

Luis F. García del Moral Garrido no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Matusalén y la inmortalidad en el mundo vegetal – https://theconversation.com/matusalen-y-la-inmortalidad-en-el-mundo-vegetal-272459

‘Pluribus’: qué hace humano al ser humano

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Ángel Agejas Esteban, Catedrático de Ética y Deontología, Universidad Francisco de Vitoria

Rhea Seehorn en el centro de una escena en _Pluribus_. Apple TV

Una de las series televisivas más aclamadas de los últimos meses, Pluribus, tiene la virtud de hacernos reflexionar a través de su narración. Como sucede con la obra de los grandes artistas, la ficción plasma de forma intuitiva cuestiones de hondo calado antropológico: ¿qué valor tiene el individuo?, ¿cómo logramos nuestra identidad?, ¿en qué consiste la felicidad?

El arranque del primer capítulo nos sumerge de lleno en una distopía: un virus extraterrestre ha infectado a toda la humanidad. Bueno, no a toda: una serie de personas dispersas por el globo resultan ser inmunes. El virus, como el soma de la novela Un mundo feliz de Huxley, anula a los individuos y los convierte en una amalgama de seres indiferenciados, una mente colmena en la que todos sienten y piensan lo mismo, y en la que todos son, supuestamente, felices. ¿Qué harán las excepciones a la regla?

Tráiler de la primera temporada de Pluribus.

La genialidad del creador de la serie, Vince Gilligan (también responsable de Breaking Bad y Better Call Saul) sitúa a la protagonista ante un dilema: unirse a los felices o resistir. A diferencia de lo que sucedía con el personaje principal de Breaking Bad (cuya decisión inicial de fabricar droga le ataba a una espiral de decadencia), la escritora Carol Sturka quiere plantar cara, pero a veces duda, se rebela, se siente tentada a ceder… Nos caiga bien o mal por su modo de ser, serán sus constantes decisiones, tomadas en total libertad, las que nos provoquen atracción o repulsa.

Al hilo de esto podemos apuntar algunas ideas que nos ayuden a pensar qué nos constituye como individuos y qué nos destruye.

‘De muchos, uno’

Anverso del Gran Sello de los Estados Unidos en el que se ve escrito 'e pluribus unum'.
Anverso del Gran Sello de los Estados Unidos.
U.S. Government

El título de la serie alude a la máxima latina que aparece en el escudo de los Estados Unidos, “E pluribus unum”: “de muchos, uno”. Recogía la experiencia de las primeras trece colonias que se unieron para formar un solo estado.

Pero si le damos una vuelta, todo grupo social implica pluralidad de miembros. Somos individuos, sí, pero no aislados. Y somos individuos porque vivimos en sociedad. A la hora de querer explicar cómo se da esa relación entre individuo y grupo sin privilegiar a uno sobre el otro, no cualquier teoría pasa la prueba del algodón

Particularmente valiosa en este sentido es la filosofía de Julián Marías. A partir de la sentencia de Ortega y Gasset “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”, Marías, su discípulo, desarrolló su propia reflexión. Según él, la circunstancia contribuye a nuestra identidad porque ésta se descubre en el encuentro con el entorno (los “qués”, las cosas) pero, sobre todo, con el otro (el “quién”, las personas).

Libertad y creatividad

¿Es casual que la protagonista sea una escritora de novelas románticas? No parece que la aportación de Sturka vaya a pasar a la historia de la literatura universal. Sin embargo, tenía miles de seguidores que encontraban en sus libros claves para entenderse a sí mismos y para pensarse en una relación valiosa.

Marías nos dice que la persona se encarna en una realidad concreta, en una estructura empírica por la que nos instalamos en el mundo. Su filosofía no entiende la identidad personal como una idea abstracta y desvinculada de lo real, sino como una instalación en el mundo. La identidad es un relato. Cada individuo tiene que escribir el suyo y no seguir una pauta externa impuesta.

Una mujer se graba hablándole a una cámara de vídeo.
Carol busca dejar constancia de todo lo que pasa.
Apple TV

Ya en Aristóteles encontramos tres claves que hoy siguen mostrando su potencial teórico. La primera es que el ser humano es un animal político. La segunda, que todos los seres aprendemos de los demás por mímesis, por imitación. Y la tercera, que lo que nos eleva a la plenitud no es la imitación de los otros, sino aquellas acciones que se encaminan a la felicidad.

El verdadero manual de ética de este filósofo griego lo encontramos en su Poética, no en el tratado que escribió a su hijo Nicómaco. ¿Por qué? Porque cada individuo cimenta su individualidad en la narración de su propia vida, en el diálogo de encuentros y desencuentros con los demás. Por eso no hay una felicidad definitiva, ni igual para todos, ni homogénea… Si suprimimos el espacio de la creatividad personal, anulamos a la persona.

Individuos en sociedad

Marías construye en La estructura social uno de los intentos más lúcidos por articular la antropología con la sociología. La sociedad es el ámbito natural en el que cada individuo expresa lo que es y cómo lo desarrolla en relación con los demás.

Hay un dato de esa estructura social que ayuda a describir lo que sucede en la serie. Igual que todo ser humano tiene unos órganos que nos permiten vivir, la sociedad tiene unas vigencias. Lo que está vigente (creencias, usos y costumbres) no lo elegimos, lo encontramos (lengua, leyes…), pero cada individuo se configura a sí mismo dialogando o luchando con ellos. Por el contrario, los humanos contagiados en la serie no dialogan con nada ni con nadie. Siempre dan la razón, como un algoritmo de la complaciente IA.

Una mujer de pie entre mucha gente tumbada.
Una entre todos.
Apple TV

Felices ¿para siempre?

Aspiramos a ser felices, sí. Pero, definitivamente, no como en la serie: ser feliz no es ser anodino. Carol Sturka es perfecta como protagonista porque no lo es como persona. Ninguno lo somos, aunque busquemos configurar nuestro modo de ser de la mejor manera posible. Ella añora los momentos de felicidad vividos antes de que ese virus alienígena absorbiera todas las mentes y anulara todos los corazones. Y busca otros nuevos.

Como expresa el escritor griego Cavafis en su poema Ítaca , la felicidad primigenia se reencuentra en un viaje rico en experiencias y conocimientos. Por eso Marías habla de la identidad personal de cada uno como “innovación radical”, porque es el resultado de la trayectoria recorrida por cada uno, de la vida entendida como biografía.

En el mundo de Pluribus, un mundo en el que todos son iguales, no hay innovación radical, no hay identidad individual, solo fotocopias.

The Conversation

José Ángel Agejas Esteban no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ‘Pluribus’: qué hace humano al ser humano – https://theconversation.com/pluribus-que-hace-humano-al-ser-humano-273719

¿Está justificado el control de las urracas mediante su caza o captura?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Gabriel Martínez, Catedrático de Zoología, Universidad de Granada

Una pareja de urracas. Kike.garcia.85/Shutterstock

En diciembre de 2025, la Junta de Andalucía aprobó una orden que establecía nuevos métodos de captura de depredadores cinegéticos, aquellos que son controlados mediante la caza, como zorros, jabalíes y urracas.

Estas especies ya se consideraban antes cinegéticas y se podían cazar mediante armas de fuego, cetrería o perros de madriguera. Pero, con la nueva normativa,
se homologan otros métodos de control en el marco de los planes técnicos de caza, e incluso en terrenos no cinegéticos dentro de contextos justificados.

Entre las nuevas técnicas de captura admitidas están los lazos para zorros, los capturaderos para jabalíes y las jaulas metálicas para urracas. Sin entrar en la discusión de si esta ampliación de métodos es apropiada, si son más o menos selectivos o qué criterios deberían usarse para autorizarlos –cuestiones todas que merecen sin duda una reflexión–, resulta necesario hablar de la necesidad de controlar las urracas y otros córvidos.

La urraca: una sospechosa habitual

Debido a su costumbre de alimentarse de huevos y pollos de otras especies de aves, como las perdices, las urracas tienen mala fama, fundamentalmente entre agricultores y cazadores.

Consideradas como depredadores generalistas, están incluidas en la lista de especies cinegéticas, y en ocasiones se plantea la necesidad de controlarlas. Sin embargo, estudios sobre la dieta de las urracas muestran que estas aves se alimentan principalmente de invertebrados, especialmente insectos, semillas y frutas. Con cierta frecuencia se alimentan de carroña y solo en ocasiones capturan pequeños vertebrados, como topillos, o depredan sobre huevos y pollos de otras aves.

Las urracas no son, pues, depredadores en el sentido más popular del término, que deja fuera a los consumidores de insectos e invertebrados, sino que hablamos de aves omnívoras que a veces comen vertebrados. Y aunque se las considere el principal sospechoso de la depredación de nidos, esta es practicada más frecuentemente por otras especies.

Dos estudios diferentes llevados a cabo con cámaras con el fin de identificar diversos depredadores –uno realizado en Francia y otro en Portugal– mostraron que las cornejas, otro tipo de córvidos, depredaban entre 3 y 20 veces más nidos que las urracas.

Otro trabajo de Reino Unido desveló que especies como los erizos, los tejones o los arrendajos –este último también de la familia de los córvidos– son más a menudo responsables de la depredación de nidos que las urracas. Los autores destacaron el papel casi inofensivo de nuestras protagonistas.




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Sin conclusiones claras

Para que los planes de control tengan sentido, se debe tener claro que las especies de depredadores producen perjuicios en las especies presa. Y en el caso de la urraca no hay evidencias claras. Algunos estudios experimentales que eliminaron a esta especie y a otros animales depredadores potenciales de lugares concretos y luego midieron el éxito de los nidos (la productividad) y la abundancia de sus poblaciones en años posteriores, solo encontraron pruebas de un efecto positivo a corto plazo. La retirada de los depredadores potenciales mejoró el éxito de los nidos, y solo para algunas especies presa.

Sin embargo, no hubo efectos sobre la abundancia de las especies a largo plazo.
Como en la mayoría de estos trabajos se retiraron varios depredadores al mismo tiempo, el impacto de las urracas en el éxito de los nidos no queda claro. Un estudio en el que se retiraron solamente las urracas mostró que esta medida solo fue positiva para una de las 10 especies estudiadas.

Y una revisión que incluyó todas las investigaciones en la línea de la anterior concluyó que, si bien el impacto negativo de los córvidos sobre otras especies es pequeño, se trata de un efecto sobre la productividad (corto plazo) más que sobre la abundancia (largo plazo). Y que son más responsables las cornejas que las urracas.

De hecho, la evidencia científica apunta a que, aunque las urracas pueden tener un impacto sobre la productividad en áreas y especies particulares, no tienen un efecto global en las tendencias poblacionales de las especies de pájaros que potencialmente pueden depredar.




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Los beneficios de una especie clave para los ecosistemas

Sabemos que la regulación de depredadores puede tener efectos beneficiosos a corto plazo para algunas presas, y que el control cinegético de urracas, así como el de zorros, disminuye el tamaño de sus poblaciones. Sin embargo, muchos gestores de cotos también saben que, a veces, la matanza de decenas de urracas no se traduce en una medida tan efectiva, ya sea porque se eliminan solo ejemplares juveniles o bien por la llegada de nuevos individuos desde otras zonas.

Para ser efectivo, el control debe ser sostenido en el tiempo, lo que lo convierte en una estrategia difícil y cara. Además, los estudios hechos con otros depredadores generalistas, como cuervos, cornejas o zorros, sugieren que controlar las poblaciones no tiene efecto a largo plazo. Si no hay evidencias de un impacto negativo de las urracas sobre la abundancia de otras especies, ¿por qué controlarlas?

Por otro lado, las urracas traen grandes beneficios a nuestros hábitats gracias a
que cumplen un papel ecológico en el control de algunas especies que pueden resultar perjudiciales para nuestros intereses, como roedores o insectos.
Además de constituir presas habituales de muchos depredadores en peligro de extinción, como algunas rapaces y mamíferos carnívoros, pueden llegar a funcionar como ingenieros de ecosistemas, dispersando semillas de árboles como las encinas, los quejigos o los nogales.

Aún asumiendo que en algunos casos concretos sus poblaciones llegan a ser grandes, sería deseable que los gobiernos sopesasen bien la necesidad de controlar el número de individuos, considerando que sus efectos negativos a largo plazo sobre otras especies no están suficientemente documentados.

The Conversation

Juan Gabriel Martínez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado

ref. ¿Está justificado el control de las urracas mediante su caza o captura? – https://theconversation.com/esta-justificado-el-control-de-las-urracas-mediante-su-caza-o-captura-273662

Matar de hambre al cáncer con grasa: una nueva terapia celular basada en los adipocitos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Enrico Castroflorio, Neurocientífico especializado en función sináptica y lípidos, Universitat de les Illes Balears

Durante décadas, la palabra “grasa” ha tenido mala prensa en biomedicina. Sin embargo, un trabajo reciente propone algo contraintuitivo: usar sus células para frenar el crecimiento de los tumores.

Lejos de alimentar al cáncer, ciertos adipocitos, las células especializadas en almacenar energía en forma de grasa, pueden convertirse en competidores metabólicos tan eficaces que dejan a las tumorales sin los recursos que necesitan para proliferar.

El talón de Aquiles metabólico del cáncer

Las células cancerosas crecen y se dividen rápidamente, y para ello requieren grandes cantidades de energía y bloques de construcción moleculares. Por eso, muchos tumores “reprograman” su metabolismo para captar más glucosa, lípidos y otros nutrientes del entorno.

Estudios previos ya habían mostrado que la activación de la grasa parda, un tipo de tejido adiposo especializado en quemar energía para producir calor, puede ralentizar el crecimiento tumoral. El problema es que activar este tejido mediante exposición prolongada al frío no es práctico ni eficaz en todos los pacientes (especialmente en personas mayores, ya que la grasa parda es mucho menos activa en edades avanzadas).

Reprogramar adipocitos para competir con el tumor

La nueva estrategia parte de una observación sencilla: los adipocitos no son solo almacenes pasivos de grasa, sino células metabólicamente activas y fácilmente manipulables. Pueden aislarse mediante liposucción, modificarse genéticamente en el laboratorio y reimplantarse en el organismo, una práctica ya habitual en cirugía plástica y reconstructiva.

Aprovechando estas características, investigadores de la Universidad de California en San Francisco diseñaron adipocitos capaces de “quemar” grandes cantidades de nutrientes. Para ello, forzaron la expresión de una proteína clave, UCP1, que normalmente se encuentra en la grasa parda y permite disipar energía en forma de calor en la mitocondria.

El resultado son adipocitos blancos reprogramados que consumen glucosa y ácidos grasos a un ritmo muy elevado, como si fueran adipocitos pardos. Cuando estas células modificadas se cultivan junto a células tumorales, el crecimiento del cáncer se reduce de forma notable. Lo más llamativo es que este efecto se observa incluso sin contacto directo entre ambos tipos celulares, lo que indica que la competencia por los nutrientes del medio es suficiente para frenar al tumor.




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Resultados prometedores en modelos animales

Este enfoque se ha probado también en modelos de cáncer de mama y páncreas en ratones. Como demostró otro estudio, al implantar adipocitos modificados cerca del tumor, la progresión del cáncer se ralentizó de manera significativa en comparación con animales que recibieron adipocitos no modificados.

Además, esta terapia puede encenderse o apagarse usando fármacos o implantes celulares que se pueden colocar y retirar fácilmente. Así es posible activar o desactivar el “modo consumidor” de los adipocitos según convenga, lo que añade una capa importante de seguridad y flexibilidad terapéutica.

Un aspecto especialmente interesante es que la estrategia no se limita a un solo tipo de metabolismo tumoral. Los autores del trabajo demostraron que los adipocitos pueden programarse para consumir no solo glucosa o ácidos grasos, sino también otros metabolitos. Esa opción permitiría adaptar la terapia al perfil metabólico específico de cada cáncer.

Una terapia celular con potencial clínico aunque con limitaciones

El nuevo enfoque, denominado por sus autores como “trasplante de manipulación adiposa” (AMT por sus siglas en inglés), recuerda a terapias celulares ya consolidadas, como las CAR-T, que consiste en extraer células inmunitarias del propio paciente, modificarlas y reintroducirlas con un fin terapéutico.

La ventaja de AMT es que los procedimientos necesarios, la extracción y trasplante de grasa, ya se utilizan de forma rutinaria en la práctica clínica. Además, los adipocitos son células robustas, fáciles de mantener y con una potente capacidad endocrina, lo que abre la puerta a combinarlos con otras estrategias, como la secreción controlada de factores antitumorales.

No obstante, como toda investigación preclínica, el estudio tiene sus limitaciones. Los resultados se han obtenido en cultivos celulares y en modelos animales. Aún no sabemos qué cantidad de adipocitos serían necesarios para obtener un beneficio terapéutico en humanos, ni cuál sería el perfil completo de seguridad a largo plazo. También será fundamental entender mejor cómo interactúan estas células de grasa con el microambiente tumoral y con el resto del organismo.

Cambiar nuestra concepción de la grasa

Más allá de su aplicación directa, este trabajo invita a replantear el papel del tejido adiposo en la enfermedad. La grasa deja de ser un actor secundario para convertirse en una herramienta terapéutica activa, capaz de explotar una de las mayores debilidades del cáncer: su adicción a los nutrientes.

Si futuros estudios confirman su eficacia y seguridad en humanos, “matar de hambre” al tumor usando grasa podría convertirse en una nueva arma en el arsenal contra el cáncer, lo cual nos brinda otro ejemplo de cómo entender la biología fundamental puede abrir caminos terapéuticos inesperados.

The Conversation

Enrico Castroflorio recibe fondos de Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidad, y Agencia Estadal de Investigación. Trabaja como investigador senior para Laminar Pharmaceuticals y es Profesor y Colaborador de Universidad de las Islas Baleares (UIB).

ref. Matar de hambre al cáncer con grasa: una nueva terapia celular basada en los adipocitos – https://theconversation.com/matar-de-hambre-al-cancer-con-grasa-una-nueva-terapia-celular-basada-en-los-adipocitos-272388

Secadores de manos o toallitas desechables: ¿quién gana la batalla contra los microbios en los baños públicos?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Raúl Rivas González, Catedrático de Microbiología. Miembro de la Sociedad Española de Microbiología., Universidad de Salamanca

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Un adulto promedio orina más de 2 000 veces al año y la mayoría de las personas sanas van al baño entre 8 y 10 veces al día. Justo después, si siguen las recomendaciones de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC), deberían lavarse las manos. No hay que olvidar que un solo gramo de heces humanas –aproximadamente el peso de un clip– puede contener un billón de gérmenes.

Mientras que los microorganismos residentes de las manos forman parte de la microbiota cutánea habitual y desempeñan un papel protector en la salud, los transitorios se adquieren mediante actividades cotidianas, como el uso de los sanitarios o la manipulación de alimentos crudos. Aunque muchos de estos colonizadores temporales son inocuos, otros poseen un potencial patógeno capaz de propagar enfermedades.

Mantener las manos limpias es una de las mejores maneras de eliminar microorganismos nocivos, evitar enfermedades y prevenir la propagación de patógenos a otras personas. Las cifras indican que el correcto lavado de manos reduce la cantidad de personas que contraen diarrea entre un 23 % y un 40 %; disminuye las enfermedades respiratorias, como los resfriados, en la población general entre un 16 % y un 21 % y evita el absentismo escolar por enfermedades gastrointestinales entre un 29 % y un 57 %.

Pero ojo, porque para mantener las manos limpias no basta con un lavado de manos eficaz: también hay que secarlas. Al fin y al cabo, las manos húmedas tienen mayor probabilidad de transmitir microorganismos que las completamente secas.

¿Aire caliente, aire rápido o toallas de papel?

Los baños públicos disponen de diversas alternativas para el secado de manos, principalmente toallas de tela o papel y dispositivos eléctricos. Las toallas de tela y de papel secan las manos absorbiendo agua, mientras que los secadores eléctricos retiran la humedad de las manos con chorros de aire. Para ello recurren a un flujo de aire caliente (secadores de aire caliente) que evapora el agua o un flujo potente de aire a alta velocidad (secadores de aire a chorro) que la elimina.

Pues bien, aunque varios estudios han demostrado que el uso apropiado de toallas de papel o secadores de aire a chorro disminuye la cantidad de bacterias en las manos lavadas, se ha sugerido que los secadores de aire a chorro, debido a su método de eliminación de agua, pueden crear pequeños aerosoles que dispersan microorganismos en el aire del baño. De hecho, el proceso de secado de manos puede generar tanto los citados aerosoles –es decir, pequeñas partículas sólidas o líquidas suspendidas en el aire– como gotas “balísticas”, más grandes.

Los secadores de aire a chorro suelen generar más gotas balísticas que las toallas de papel. No obstante, debido a su mayor tamaño, estas se depositan rápidamente en el suelo o las paredes alrededor del dispositivo, lo que supone un riesgo relativamente bajo de transmisión de infecciones.

En términos de dispersión de microorganismos en el aire interior, la literatura es inconsistente. Varios estudios han demostrado concentraciones comparables de bacterias en el aire para secadores de aire a chorro y toallas de papel. Sin embargo, otros trabajos han identificado una mayor dispersión de bacterias y de virus en el aire al usar secadores eléctricos.

La industria ha respondido implementando filtros HEPA –del inglés High Efficiency Particulate Air, filtro de partículas de alta eficiencia– en los aparatos. Estos filtros están diseñados para atrapar al menos el 99,97 % de las partículas suspendidas en el aire con un diámetro igual o superior a 0,3 micras. Esto incluye polvo, polen, esporas de hongos y bacterias. En los secadores de manos equipados con filtro HEPA, normalmente modelos de alta gama, el aire entra en la unidad y pasa a través del filtro antes de llegar a las manos, lo que mitiga significativamente el riesgo de contaminación. Sin embargo, los filtros pierden eficacia con el tiempo y la carga de trabajo, por lo que es necesario realizar un mantenimiento correcto.

Si bien varias investigaciones han encontrado cierta relación entre los secadores de manos y la propagación de gérmenes a través de gotitas y aerosoles, la extensión y el alcance de la contaminación siguen sin estar claros y son necesarios más datos para inferir una conclusión correcta.

The Conversation

Raúl Rivas González no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Secadores de manos o toallitas desechables: ¿quién gana la batalla contra los microbios en los baños públicos? – https://theconversation.com/secadores-de-manos-o-toallitas-desechables-quien-gana-la-batalla-contra-los-microbios-en-los-banos-publicos-273128

¿Un mercado laboral diseñado para la obsolescencia?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ángel José Olaz Capitán, Profesor Titular de Sociología, Métodos y Técnicas de Investigación Social, Universidad de Murcia

Marina Demidiuk/Shutterstock

La sociedad occidental y sus hábitos de consumo invitan a practicar, casi de forma compulsiva, el comprar-usar-tirar. El ritmo es tan vertiginoso que reparar o sustituir un producto se convierte en algo complejo. ¿Las razones?: es difícil localizar la pieza averiada, el coste de reparación (coste de oportunidad) es mayor que si se compra uno nuevo, faltan personas cualificadas para hacer el trabajo y puede, incluso, que ya no se fabrique el componente necesario.

Acortar la vida útil

El concepto de lo desechable o eliminable está asociado a su reposición y, sin duda, guarda relación con la vida útil del producto. Cuando ya han cumplido su ciclo de vida, las cosas dejan de servir. Entonces, deben reponerse en su integridad por otras que cumplan las mismas funciones. Generalmente versiones mejoradas pero que aportan nuevas utilidades (no especialmente necesarias) y que, en su mayoría, se venden como una necesidad real. Recuerden lo que sucede con los móviles, los ordenadores, los televisores, los coches, etc.

Hace poco más de 100 años, el 23 de diciembre de 1924, nueve representantes de los principales fabricantes de bombillas acordaron estandarizar la duración de sus productos para que no existiera una sola bombilla que durara más de 1 000 horas. Así nació la obsolescencia programada. La idea era acortar su vida útil para poder vender más lámparas incandescentes. Hay una que se salvó y todavía puede verse encendida en el parque de bomberos de Livermore (California, EE. UU.).

¿Trabajadores obsolescentes?

A principios del siglo XX surgieron nuevos modelos productivos. Con el taylorismo y su organización científica del trabajo se estableció el control de los tiempos de realización de las tareas, y se dividieron y especializaron al máximo las funciones de los trabajadores para una mayor eficiencia.

En esa misma época, el fabricante de automóviles estadounidense Henry Ford cambiaría el diseño del trabajo al introducir en sus fábricas las cadenas de montaje para mejorar la productividad.

A medida en que la automatización del mercado laboral ha ido cosificando a las personas ha ido reduciendo su vida útil a un tiempo cada vez menor. En Europa, este periodo representa, en el mejor de los casos, [37,2 años].

¿Hasta qué punto los trabajadores pueden estar siendo sometidos a un proceso de obsolescencia programada?

Menos experiencia, mejor formación

Cumplir años genera efectos también en el mercado de trabajo. Aunque posible, es improbable ver a personas mayores de 55 años trabajando de dependientes en una franquicia de comida rápida o en una tienda de las grandes marcas globales de moda.

Las jubilaciones (sobre todo las anticipadas) marcan el fin de la vida laboral, la llegada de la obsolescencia laboral, y motivan la contratación de profesionales de nueva generación: trabajadores versión 2.0 con menos experiencia pero con una mejor formación, más adaptados a las innovaciones. A menudo, este reemplazo está peor pagado en aras de la reducción de costes y la mejora de la productividad.

Ganancia por trabajador (media anual, en euros)
FUENTE: INE, Jóvenes y mercado de trabajo (2025, T1).

Desde una perspectiva quizás más subjetiva, en determinados oficios de cara al público también puede observarse una cierta obsolescencia en el empleo juvenil: hostelería, tiendas de ropa low cost o de cosmética, gimnasios, entre otros.

Recambios laborales

La triada comprar-usar-tirar genera tensiones en el mercado de trabajo. Cuando se cosifica a las personas pueden acabar convertidas en excedentes y ser gestionadas como tales hasta quedar obsoletas al final de su ciclo de vida laboral. Hay serios indicios.

Un ejemplo: los contratos realizados a personas mayores de 55 años no alcanzan el 17 % del total. Además, este colectivo es el que más personas desempleadas tiene, con cifras cercanas al 60 %.


Fuente: INE, Informe del mercado de trabajo de las personas mayores de 45 años (2025).

Queda preguntarse si habrá empleo para todos y por siempre tal y como está concebido el sistema. Lógicamente, esto comporta que solo los individuos competencialmente mejor formados se afiancen, asegurando la mejor rentabilidad en los procesos de trabajo, mientras que quienes no lo estén quedarán más expuestos a los vaivenes del mercado de trabajo.

The Conversation

Ángel José Olaz Capitán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Un mercado laboral diseñado para la obsolescencia? – https://theconversation.com/un-mercado-laboral-disenado-para-la-obsolescencia-263838

Redes sociales reales frente a las virtuales: cómo la participación protege el bienestar juvenil

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mª Pilar Rodrigo Moriche, Prof. Ayudante Doctor del departamento de Pedagogía – Directora Escuela UAM de Animación, Universidad Autónoma de Madrid

Dos estudiantes de arte participan en un evento de The Conversation con el Parque de las Ciencias de Granada sobre bienestar digital. Elena Sanz.

Las redes sociales virtuales han cambiado la forma en que las personas nos relacionamos y participamos en causas sociales: facilitan, por un lado, el acceso y la comunicación, pero por otro acaban frecuentemente llevando al cansancio emocional, al exceso de exposición y a la sensación de soledad. Así lo cuenta Marina, una joven activista que participó en nuestra investigación: “Son un arma de doble filo: muy útiles para algunas cosas pero también te quitan mucho tiempo y energía”.

En nuestro proyecto de investigación HEBE, centrado en el empoderamiento y la participación social, exploramos cómo las personas jóvenes encuentran sentido, crean vínculos y se sienten bien en espacios fuera de internet. Los resultados indican que participar en la comunidad en persona y de forma voluntaria no solo fortalece su bienestar, sino que también los protege. Por ejemplo, Marina hace años que participa en una entidad cultural y social de su municipio. Junto a otros jóvenes organizan actividades de ocio, en defensa del territorio o en respuesta a emergencias sociales.

Individualismo y desafección colectiva

Los jóvenes que participan en asociaciones, grupos culturales, deportivos o de ocio educativo desarrollan un fuerte sentido de pertenencia. Este sentimiento surge en la interacción cara a cara y en la acción compartida. Además, actúa como factor de protección frente al malestar psicológico.




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Otros estudios confirman la diferencia entre la participación real y la que se realiza en línea: las plataformas de internet facilitan las interacciones sociales, pero que estas interacciones sean realmente valiosas depende de cómo sean de significativas, cuánto nos importen y con quiénes las mantengamos.

“Estar en el grupo me ayuda a desconectar del ruido de las redes”, nos han dicho algunos de los jóvenes que han participado en nuestro estudio. “Aquí puedo ser yo sin filtros” o “Me siento útil” son observaciones frecuentes, que muestran cómo los espacios de interacción física, cara a cara, no solo sirven para socializar, también ayudan a organizarse y afrontar retos personales y colectivos.

Aprendizajes fuera de internet

La investigación también muestra que estos espacios de participación permiten desarrollar capacidades muy valiosas para la vida. Entre ellas encontramos el saber comunicarse, controlar emociones, resolver conflictos, pensar de forma crítica y organizarse. Son aprendizajes esenciales para vivir mejor y para que la sociedad funcione. Por ejemplo, ayudan a identificar y expresar sentimientos y motivaciones, reflexionar y cuestionar prejuicios y estereotipos; o bien a desarrollar capacidad de agencia individual o colectiva, es decir, la convicción de poder efectuar cambios en sus contextos.




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Adquirir estas habilidades hace que los jóvenes se sientan empoderados, porque ellos y ellas son quienes deciden y actúan sobre lo que afecta a sus propias vidas. Y también, participan en decisiones y colaboran de forma responsable en lo que afecta al grupo del que forman parte.

Ciberactivismo frente a participación real

Las redes sociales han creado nuevas formas de activismo juvenil. Son rápidas, visibles y llegan a todo el mundo, pero también son inestables.

El ciberactivismo usa las redes para organizarse y difundir ideas. Esto plantea debates interesantes entre los jóvenes, que observan cómo participar en espacios comunitarios ofrece una dimensión más profunda y sostenida del compromiso social. No se trata de recibir me gusta, sino de crear vínculos. No de viralidad, sino de transformación.

Los jóvenes que hemos entrevistado consideran que el activismo digital es un complemento al activismo tradicional, no un sustituto. Marina lo pregunta claramente: “¿Entonces compartes una publicación y ya no te organizas ni te movilizas?”.

El proyecto HEBE muestra que muchos jóvenes combinan ambas formas. Sin embargo, valoran más las que les permiten “poner el cuerpo”, “sentirse parte” y “ver el impacto directo” de sus acciones.

Aunque hoy cuesta imaginar la participación sin internet, ellos y ellas se preguntan si estas prácticas son efectivas. Especialmente cuando no se conectan con acciones reales en el mundo físico.

Ocio educativo y bienestar

Hoy existe una gran preocupación por la salud mental juvenil. Por eso, es importante mirar más allá de las pantallas.

Fomentar el voluntariado –como colaborar en actividades solidarias–, el ocio educativo –vivir experiencias de ocio que enseñan, como un taller de teatro–, la educación en el tiempo libre –aprovechar ese espacio para formarse, por ejemplo, en un curso de monitor de tiempo libre– y la participación comunitaria —implicarse en proyectos comunitarios— no solo es una estrategia educativa, sino que también mejora el bienestar personal y colectivo.

Un ejemplo es la Escuela UAM de Animación, que ofrece formación en ocio y tiempo libre. La escuela crea un escenario donde descubren las oportunidades del campus y las redes que les conectan con la comunidad desde este ámbito. A través de acciones de formación, dinamización y participación se visibilizan posibilidades y se activa la implicación de los jóvenes en proyectos de la comunidad universitaria. De este modo, no solo se adquieren competencias, sino que también conectamos y nos transformamos.

Los estudios muestran que cuando participan, estos chicos y chicas se sienten mejor y más conectados. No obstante, cabe recordar que no debemos aspirar a que la participación “surja” siempre de manera espontánea de los jóvenes: el entorno familiar y personal, así como el contexto social, político e institucional, influyen y pueden favorecerlo u obstaculizarlo.

Las políticas públicas, los profesionales de juventud y las comunidades tienen la capacidad de abrir espacios y valorar estas prácticas. Deben facilitar que todos los jóvenes que lo deseen puedan acceder a estos espacios y oportunidades, con la garantía de condiciones equitativas y sin barreras.

Porque participar no es solo opinar o compartir una publicación digital. Es construir, convivir, transformar. Y también, cuidar(se).

The Conversation

Mª Pilar Rodrigo Moriche recibe fondos del Proyecto HEBE (Proyecto Ref.: PID2023-147368OB-I0 financiado por MICIU/AEI /10.13039/501100011033 y por FEDER, UE.)

Lara Morcillo Sanchez recibe fondos del Proyecto HEBE (Proyecto Ref.: PID2023-147368OB-I0 financiado por MICIU/AEI /10.13039/501100011033 y por FEDER, UE.)

ref. Redes sociales reales frente a las virtuales: cómo la participación protege el bienestar juvenil – https://theconversation.com/redes-sociales-reales-frente-a-las-virtuales-como-la-participacion-protege-el-bienestar-juvenil-269566