Neurodiversidad y neurodivergencia en redes: ¿se puede divulgar con rigor?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ingrid Mosquera Gende, Profesora Titular de Universidad en la Facultad de Ciencias de la Educación y Humanidades. Investigadora Principal del Grupo TEKINDI, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

Gerd Altmann / Pixabay, CC BY-NC

Los términos neurodiversidad y neurodivergencia están adquiriendo un gran protagonismo en la actualidad. Aunque su origen no es clínico ni técnico, sino social, ya se emplean en revistas e investigaciones de carácter académico. Estamos viviendo un periodo de adaptación, quizás similar a cuando la Real Academia de la Lengua incorpora una palabra a su diccionario.

El término “neurodiversidad” se usa cada vez más, tanto entre la población en general, como en investigaciones.

Se trata de una palabra que pudo tener su origen en comunidades virtuales de personas con autismo, impulsadas por el discurso que defendía en los años 90 Jim Sinclair, un activista y escritor con autismo. Sinclair apelaba a los padres de niños y niñas con autismo para que no sintiesen pena por ellos, sino que abrazasen sus diferencias y luchasen por sus necesidades.

Esas voces sirvieron para sentar la base de una idea (los humanos somos todos diversos, pero no peores o mejores) a la que la socióloga australiana Judy Singer pondría nombre en 1998. Aunque otras personas consideran que la primera mención del término lo realizó el periodista Harvey Blume en 1997.

Paralelamente, otro término iba adquiriendo protagonismo. El concepto de “neurodivergencia”, incluyendo, entre otros, el autismo, el trastorno por déficit de atención e hiperactividad o la dislexia, surgió a comienzos de los años 2000 y se considera acuñado por la activista con autismo Kassiane Asasumasu.

Una nomenclatura difusa

Ambos vocablos no tienen su origen en el ámbito clínico, sino en el “modelo social de la discapacidad”: este enfoque se centra en las necesidades del entorno para la persona con discapacidad, en sus apoyos y habilidades. Desde esta perspectiva, se intenta subrayar que no solo la persona debe hacer cambios para adaptarse sino que, y sobre todo, es la sociedad la que necesita poner de su parte.

Por lo tanto, en la actualidad, no constituyen diagnósticos clínicos. Sin embargo, se trata de dos términos con una gran frecuencia de uso en redes sociales, a menudo con tintes reivindicativos. A través de frases como “nada sobre nosotros, sin nosotros”, las personas autodenominadas como neurodiversas o neurodivergentes reclaman que se cuente con ellas para hablar sobre estos asuntos, así como para promover medidas o políticas que les afecten.

A pesar de los puntos positivos que subyacen en estas reivindicaciones, desde el punto de vista clínico, algunas voces han empezado a señalar que esta perspectiva social de entender la neurodiversidad o la neurodivergencia puede tener consecuencias no deseadas para las personas implicadas, así como para sus familias.

Por ejemplo, al defender que la neurodiversidad supone una diversidad neurológica no patológica, es decir, que no hay un problema sino una diferencia, podemos limitar o dificultar el acceso a ayudas, subvenciones o atención médica o psicológica adecuadas.

Separar el grano de la paja

En este sentido, divulgar sobre neurodiversidad y neurodivergencia en redes sociales puede suponer un gran apoyo para personas que se sienten identificadas, así como para familias de niños y niñas que, empleando esta terminología, podríamos considerar como neurodiversas o neurodivergentes.

Sin embargo, como en otras áreas que se ponen de moda, se suman muchos perfiles no especializados, por lo que es preciso distinguir las voces rigurosas y autorizadas de las que no lo son. Por ello, además de las preguntas generales que podemos plantearnos para no dejarnos atrapar por perfiles vacíos, deberíamos reflexionar acerca de algunos puntos clave:

  • ¿Quién está detrás del perfil? Lo ideal es no guiarnos únicamente por una red social, sino salir de ella y poder buscar a la persona real que está detrás: en otras redes, webs, páginas institucionales, etc. Esto nos permitirá valorar la fiabilidad de la fuente y la solidez de su discurso. En este sentido, también es esencial revisar si la persona está habilitada para hablar de determinado tema.

  • ¿Se están ofreciendo soluciones fáciles a problemas complejos? Las neurodivergencias no entienden de recetas mágicas. Si un perfil promete curas, resultados inmediatos o plantea respuestas simples ante cuestiones educativas o de neurodiversidad, no se tratará una fuente recomendable.

  • ¿Qué tipo de publicaciones encontramos en el perfil? Si se trata de un perfil en el que se publica sobre temas dispares, no estaremos, sin duda, ante un perfil divulgativo especializado. Revisar el historial y bucear un poco en el timeline, nos ofrecerá muchas pistas al respecto.

Si se cumplen los criterios adecuados, estaremos ante un perfil que valdrá la pena no solo seguir, sino también compartirlo para que pueda llegar a más gente.

No perder el norte

Aunque ahora mismo no lo están, es posible que estas palabras acaben incorporándose al ámbito clínico. Sea como sea, hablar de neurodiversidad y de neurodivergencia desde la evidencia científica, la experiencia y la transparencia puede ayudar a mejorar calidad de vida de las personas implicadas y contribuir al diálogo entre los profesionales, las comunidades neurodiversas adultas y las familias. Este debe ser el objetivo que no podemos perder de vista.

Sin embargo, desde otra perspectiva, debemos recordar que los profesionales de la educación, la psicología o la salud deben disponer de marcos conceptuales precisos y operativos a través de los cuales poder identificar necesidades específicas, diseñar apoyos adecuados y evaluar sus resultados, evitando sobresimplificaciones y generalizaciones que no se corresponde con la realidad de los diagnósticos individuales.

Contar con ese punto de partida contribuirá a una mejor y más rápida atención personalizada. De ahí la importancia de la detección temprana. Tendremos que esperar para ver cómo evolucionan estos términos y su uso.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Neurodiversidad y neurodivergencia en redes: ¿se puede divulgar con rigor? – https://theconversation.com/neurodiversidad-y-neurodivergencia-en-redes-se-puede-divulgar-con-rigor-266918

Kenya’s ‘night running’: how a rural ritual with links to witchcraft became an urban staple

Source: The Conversation – Africa – By Maureen Amimo, Lecturer, Maasai Mara University

In parts of Kenya, Uganda and Tanzania, it is not uncommon to hear of individuals who run naked at night. They cause trouble and instil fear in the neighbourhood. They throw stones on rooftops, make animal noises, bang on windows and doors, and chase night travellers.

In Kenya, the practice is called night running, or night dancing in parts of Tanzania and Uganda. It is claimed to be a form of spiritual possession in the communities where it is rampant.

Night runners are largely left to their own devices, but there is a sense of stigma attached to the practice.

I am a cultural studies researcher and wanted to explore how night running is seen in popular culture through fictionalised print media narratives or other appropriations. I set out to study the concept of night running as practised in rural communities in western Kenya, as well as its adoption in cities.

I conducted interviews with informants from Kisumu and Vihiga counties in western Kenya to examine the ritual and its marginal taboo position. The ritual exists on the margins because it’s a practice deemed unacceptable in public. I also examined Kenyan newspaper archives between 1990 and 2020 to trace the transformation of public discourse around night running. These articles and letters to the editor acted as a repository of understanding by Kenyans from different regions about night running.

I found that in the 1990s, newspapers reporting on night running largely exposed the ritual and its perceived links to witchcraft. Most of the reports captured the violence meted out on suspected night runners, or reflected on cases of night runners causing havoc.

These references to either night running or witchcraft appeared as hard news and in letters to the editor. They illustrated heightened stigma. In one letter to the editor published on 20 February 1993 in Kenya’s oldest newspaper, The Standard, a reader observes

the decision to burn alive the wizards and witchcrafts as reported by the daily newspapers in Kisii district was an action long overdue … I find it difficult to condone their action and say that was a job well done. Wizards have done worse and have retarded developments.

In the post-2000 period, a column titled The Night Runner in The Standard offered a direct modification of the idea of night running. The columnist, Tony Mochama, assumed the persona of a night runner as an alter ego to document his night adventures in the capital, Nairobi. Each week, the column documented different activities, from watching soccer matches to attending parties and official events.

The column co-opted the public’s memory regarding the ritual figure of the night runner. Mochama invoked the night runner as his lens for seeing Nairobi by night. This column, therefore, offered a collective re-imagination. Readers were asked to re-imagine night running as a strategy of seeing, travelling and documenting the city of Nairobi by night.

I found that the inference in the column was that the night is a significant time-space that carries extensive activity and culture. The column presented the night runner as someone who disrupts the logical and accepted order of how to operate at night.

For instance, instead of taking the night as the time of rest, the contemporary night runner works, travels the city and explores its leisure zones.

By describing a night runner as someone who moves against the grain, Mochama turned night running into a metaphor for life in the city after dark. This view enabled his audience to look beyond the stigmatised ritual and imagine its usefulness as a signal for different forms of nightlife.

The contradictions

My study found that Mochama’s articles and others within the popular culture section of newspapers created space for forays into fictional and surreal tales of night running.

These narratives explored the ritual form of night running as defined by the veil of darkness – but also its contradictions in an over-illuminated city space.

The night runner, therefore, captures the anxieties of cityness embodied in the tensions of non-belonging, especially regarding social norms. This is in relation to subjects that exist outside acceptable social norms that dictate the night as a time of rest and sleep. The narratives also raised the complexities of taboo and family in the city, where boundaries are blurred because of the freedoms of urban life.

In Mochoma’s column, readers laugh at the antics of this night runner, who is an extrapolation of a rural ritual into the city. But they are also forced to recognise the uneasy kinship ties unveiled in urban living. The night runner, in this form, is seen to overcome the unknowability of the city and instead forces an introspective inquiry into human beings as creatures with secret and uncanny habits.

The popular night runner is thus a subject that has “four eyes”. This is defined by anthropologists Filip de Boeck and Marie-Francoise Plissart as a person with a heightened sense of sight to see beyond the obvious, to see the shadows, the supernatural that is part of the nocturnal city.

The urban night runner sees the underbelly of the city in the invisible networks that thrive in dingy bars and backstreets. Here, prostitutes, street families and the police create uneasy alliances. In this regard, to night run in the city is to run the night, to rule over the city and its moods.

This reimagination created space for alternative ideas of night running that are less taboo. Mochama’s column, which ran from 2006 to 2012, indicates a sustained national audience for these forms of night running narratives.

Why it matters

My study found that night running as understood in modern times is a duality: the ritual of persons running naked at night and causing havoc, and a symbol of navigating the nocturnal city against the grain.

The rise in popular imaginaries of night running has enabled a public re-contemplation that has perhaps removed stigma from the taboo act. This is seen in the way people playfully use the term to reference night time activities, such as working or leisure. And in the way columnists inject humour and imagination into its references in their narratives.

These competing narratives on night running operate side by side in the public milieu through the media: the earlier ritual practice, the fictionalised narratives, and the co-opted modern appropriations.

It is no wonder that a supposed group of night runners in Homa Bay, another county in western Kenya, publicly demanded that the government allow for the registration and recognition of their union in 2023. And earlier in 2019, the BBC ran a documentary, Meet the Night Runners.

The Conversation

Maureen Amimo is an Andrew Mellon African Urbanities postdoctoral fellow at Makerere University and teaches African literature at Maasai Mara University, Kenya.

ref. Kenya’s ‘night running’: how a rural ritual with links to witchcraft became an urban staple – https://theconversation.com/kenyas-night-running-how-a-rural-ritual-with-links-to-witchcraft-became-an-urban-staple-267333

Ciencia 2025: six seven o el estado digital de la cuestión

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laura G. de Rivera, Ciencia + Tecnología, The Conversation

N Universe/Shutterstock

Si no lo entiende, es normal. Es un título en clave que solo podrían descifrar los adolescentes de la casa, si no fuera porque aquí les traigo el spoiler. “6 7” (six seven) ha sido elegido el vocablo del año 2025 por Dyctionary.com, en encarnizada competencia con “rage bait” –ganadora según Diccionario Cambridge de inglés– y “parasocial” –la seleccionada por Diccionario Oxford–. Las tres nos interesan mucho, pero vayamos por partes.

6 7 es eso que no es nada y, a la vez, tiene el poderío suficiente para servir de respuesta para todo. Sirve como sustituto perfecto a “no sé”, “quizá”, “y a mí qué”, “quién sabe”, “me da igual”, “como quieras”, “paso de todo” o “vaya novedad”, por ejemplo. Pertenece, como escriben los autores de este interesante artículo, a la “jerga brainrot”, es decir, “términos intencionalmente absurdos y sin sentido diseñados para ser remezclados infinitamente y utilizados, incluso, como elemento de burla o incordio hacia adultos o profesores”. Por cierto, eso de “brainrot” significa “cerebro podrido” en inglés, que es como se nos queda la sesera cuando sucumbimos a los algoritmos adictivos de internet: dejamos de pensar, de ser, de saber… y nos convertimos en un pedazo de carne con un dedo que hace scroll.

¿Y qué tiene que ver con el resumen de 2025? 6 7 es la cara que ponemos cuando nos enteramos de que todos esos superpoderes que prometía tener la inteligencia artificial son, en lo que nos toca como ciudadanos de a pie, un jardín lleno de cacas de vaca. Porque, aparte de su papel estrella en la automatización de la industria y la investigación, en su uso doméstico está siendo algo que beneficia sobre todo a las plataformas digitales que usamos –o nos usan–.

Hora de analizar los efectos secundarios

Si 2024 destacó por ser el año en que todos, hasta el jurado de los Nobel, quedamos deslumbrados por la maravillosa promesa que el aprendizaje automático podía suponer para el avance de la humanidad, su hermano pequeño, 2025, es la revancha del sentido crítico.

Hemos sabido cómo, con analizar solo una foto nuestra, existen programas de inteligencia artificial que pueden hacer un retrato robot detallado de cómo somos, hasta de cuánto ganamos. No es que los algoritmos nos lean la mente, es que están diseñados para satisfacer los intereses económicos de las plataformas que hay detrás.

Hay quienes definen la tecnología mediática moderna como “técnicas que nos sumergen en una realidad constantemente retocada, filtrada y cada vez más distante de la experiencia directa”. A esa fabricación de lo real que sustituye lo vivido, Gunter Anders la llamó “fantasmas”“. Un riesgo que encaja con otra de las palabras del año, “parasocial”, entendida como aquello que finge el contacto entre personas, pero no es más que puro aislamiento: exactamente lo que hacen las redes sociales, cuando nos comunicamos con cientos de personas a base de corazoncitos… pero lo hacemos desde la inmensa soledad de nuestra pantalla rectangular. Y eso sin hablar de esos chatbots que se convierten en compañeros y confidentes, haciéndonos olvidar que son solo programas de ordenador.

Otra cosa que debemos recordar es que, al ser pura estadística, la IA se puede equivocar y no es fácil saber quién pagaría por esos errores, sean grandes o pequeños. Todo apunta a que es hora de adaptar las normas para prevenir los riesgos de la inteligencia artificial, de verdad y en la práctica.

Unos y ceros sin emociones

Por otra parte, cuando hablamos con ChatGPT como si fuera una persona y, peor aún, nos responde de la misma manera que lo haría una persona, podemos entrar un bucle pantanoso. Y es que otorgar cualidades humanas a la tecnología no nos ayuda a comprenderla, eso está claro. “El imaginario en torno a una tecnología determina el modo en que el público la entiende y, por lo tanto, guía su uso, su diseño y su impacto social”. Para empezar, la IA que tenemos hoy no siente ni padece: “no es una mente no biológica: es un proceso de optimización estadística”.

Somos nosotros, los usuarios humanos, los que sí tenemos emociones: descubrir cómo las plataformas digitales las explotan para engancharnos está detrás de otra de las palabras estrella de este año. “Rage bait” hace alusión a eso, a cómo hacemos clic, compartimos o comentamos un post o noticia solo porque ha encendido el botón de nuestra ira.

Pepitos Grillo imprescindibles

Los investigadores que firman nuestros artículos nos ayudan a aclarar confusiones. Hemos aprendido, por ejemplo, que Alphafold, el programa de IA para predecir la estructura de las proteínas por el que sus creadores recibieron el Nobel de Química, no es código abierto. No es ciencia abierta, como se nos dio a entender, sino un producto que la empresa privada DeepMind (Google-Alphabet) deja usar a los científicos, sin dejarles conocer sus entrañas ni modificarlo.

Otras voces denuncian que el lado oscuro de la tecnología está dando pie a una nueva especie de trabajadores, los neoesclavos digitales.

Científicos comprometidos

No es cuestión de ponernos sombríos, solo de ser conscientes de la realidad poliédrica. El avance tecnológico está bien, sí, de acuerdo. Pero también debemos exponer su lado no tan amable –o directamente oscuro–, esa otra cara de la moneda. Es necesario para avanzar de forma limpia y ética… y para que los tomadores de decisiones no tengan que sonrojarse a la hora de rendir cuentas a la ciudadanía.

Porque cada innovación debe ir acompañada de la evaluación de sus riesgos y de sus consecuencias no deseadas o no imaginadas. “La ciencia no puede desligarse de la sociedad, pues siempre está impregnada de valores, visiones del mundo y consecuencias prácticas”, tal y como señala otro de nuestros autores. Hoy, más que nunca, necesitamos científicos comprometidos, que hagan estudios independientes y ayuden a los gobernantes a emprender acciones mejor informadas, en beneficio de la gente.

La transición digital contamina

También hemos dado voz a interesantes estudios sobre los efectos secundarios del progreso informático: el impacto medioambiental de la inteligencia artificial. Por ejemplo, las consultas a ChatGPT consumen 1000 MWh cada día en el mundo, hasta el punto de que Microsoft, Alphabet (Google) y Amazon han firmado acuerdos para comprar energía de plantas nucleares, asegurando el flujo de vatios para sus centros de dato. En este contexto, varias investigaciones confían en la fotónica y en la nanotecnología para que la IA sostenible no quede en utopía.

Al mismo tiempo, hemos aprendido que solo una de cada díez baterías de litio (las que usan nuestros smartphones y portátiles) se recicla y que existen científicos devanándose los sesos para encontrar la manera en que el binomio “transición verde” e “impacto medioambiental de los minerales críticos” (como litio o silicio) no nos cree disonancia cognitiva.

Otra vertiente del progreso mal entendido son los tóxicos que llegan a la gente desde muy diversas fuentes, incluso juguetes con plomo, retardantes de llama y ftalatos, ropa con formaldehído y disruptores endocrinos o esos microplásticos persistentes que podrían invadir el perfecto y bello ecosistema que late en una gota del océano. Pero lo interesante no es quejarse, sino buscar soluciones: ya hay tecnologías que permiten descomponer plásticos usando bacterias o crear biomateriales de verdad biodegradables. Solo falta invertir en ellas e implementarlas.

La vida en cúbits

En el resumen de este año tampoco pueden faltar la mención al entrelazamiento entre luz y materia, con esos maravillosos artículos que nos ayudan a entender quién mató al pobre gato de Schrödinger o cómo la física cuántica entra de lleno en nuestras vidas. Este tema ha sido el protagonista del Nobel de Física 2025, otorgado a los experimentos pioneros que allanaron el camino para las computadoras cuánticas.

Forman parte de esos misterios apasionantes que nuestros autores se aventuran a explicarnos, como el origen de la primera superkilonova observada en el cosmos, las claves de la vida halladas en el asteroide Bennu o la materia oscura observada por primera vez. Porque el cielo siempre ha fascinado al ser humano y lo sigue haciendo. Si no que se lo digan a todos los amantes de contemplar eclipses, que el año que se avecina disfrutarán de lo lindo.

Nosotros seguiremos aquí, al pie del cañón, tratando de ofrecerles un fiel rompecabezas de la realidad científica y tecnológica para que puedan formarse una idea lo más completa e informada posible del lugar que quieren ocupar en el mundo.

The Conversation

ref. Ciencia 2025: six seven o el estado digital de la cuestión – https://theconversation.com/ciencia-2025-six-seven-o-el-estado-digital-de-la-cuestion-272619

Nous avons constitué une base de données regroupant 290 000 soldats médiévaux anglais. Voici ce qu’elle révèle…

Source: The Conversation – in French – By Adrian R Bell, Chair in the History of Finance and Associate Pro-Vice-Chancellor Research, Prosperity and Resilience, Henley Business School, University of Reading

La bataille de l’Écluse pendant la guerre de Cent Ans, telle que représentée par Jean Froissart au XV<sup>e</sup>&nbsp; siècle. Bibliothèque nationale de France

Une base de données en ligne permet de retracer les carrières des soldats anglais du Moyen Âge, depuis leurs campagnes et leurs garnisons en France jusqu’à leur participation à des révoltes, révélant des parcours souvent ignorés et offrant de nouvelles clés pour l’histoire militaire et la généalogie.


Quand on imagine la guerre médiévale, on pense généralement à des batailles épiques et à des monarques célèbres. Mais qu’en est-il des soldats ordinaires qui composaient réellement les rangs des armées du Moyen Âge ? Jusqu’à récemment, leur histoire était éparpillée dans des manuscrits en latin ou en français difficiles à déchiffrer. Aujourd’hui, notre base de données en ligne permet à quiconque de découvrir qui ils étaient et comment ils vivaient, combattaient et voyageaient.

En Angleterre, pour éclairer les fondations des forces armées – l’une des professions les plus anciennes du pays – nous avons lancé en 2009 la Medieval Soldier Database. Aujourd’hui, c’est la plus grande base de données en ligne consultable sur les noms de soldats médiévaux dans le monde. Elle contient des enregistrements de service militaire indiquant les noms des soldats rémunérés par la Couronne anglaise. Elle couvre la période de 1369 à 1453 et de nombreuses zones de guerre différentes.

Des lignes de recherche

Nous avons créé cette base de données pour remettre en question l’idée d’un manque de professionnalisme des soldats pendant la guerre de Cent Ans et pour montrer ce qu’étaient réellement leurs carrières. En réponse au fort intérêt des historiens et du grand public (la base reçoit 75.000 visiteurs par mois), cette ressource a récemment été révisée et augmentée. Elle est désormais hébergée de manière durable par GeoData, un institut de recherche de l’Université de Southampton. Nous avons récemment ajouté de nouveaux documents, remontant jusqu’à la fin des années 1350, ce qui porte le nombre d’entrées à près de 290 000.

Ces données proviennent principalement des montres (les listes des soldats composant les forces militaires) d’hommes d’armes (soldats en armure complète, équipés de diverses armes) et d’archers. On peut même observer les petits points utilisés par les officiers lors du contrôle pour confirmer que les soldats étaient présents et disposaient du bon équipement. Tous ces soldats étaient payés, et l’Exchequer [sorte de ministère des finances] souhaitait s’assurer qu’il obtenait un bon rapport qualité-prix.

Nous avons également inclus les nominations des représentants ainsi que les mécanismes juridiques visant à protéger les intérêts locaux des soldats pendant leur service à l’étranger. Ensemble, ces sources historiques offrent des comptes rendus détaillés des activités militaires, permettant de tirer des conclusions importantes. On y voit des carrières de 20 ans et plus. Mais aussi des hommes gravir les échelons sociaux grâce à leur bon service. Pour de nombreux soldats, en particulier les archers, ces informations constituent parfois le seul témoignage de leur existence.

Ces données enrichies nous permettent d’étudier la garnison de Calais de 1357 à 1459. On peut ainsi observer l’importance des effectifs nécessaires pour maintenir cette base anglaise clé dans le nord de la France. Calais constituait la porte d’entrée de nombreuses grandes expéditions, dont celle de 1359, lorsque Édouard III se lança pour assiéger Reims afin d’être couronné roi de France.

La base de données permet également des comparaisons avec d’autres projets émergents. Elle permet notamment de reconstituer le parcours militaire des participants à la révolte des paysans de 1381, un soulèvement anglais massif motivé par des difficultés économiques, des impôts élevés et des tensions sociales, finalement réprimé violemment par le roi Richard II et son gouvernement. Ces données montrent aussi que, contrairement à aujourd’hui où les forces armées sont spécialisées, le soldat médiéval servait à plusieurs reprises dans différents théâtres de guerre, le service naval inclus.

On peut ainsi observer des armées expéditionnaires envoyées pour envahir la France, et pour des campagnes navales dans la Manche. On retrouve la trace de certains soldats dans les garnisons d’Écosse, d’Irlande et de France. Ces données ont permis aux généalogistes familiaux de remonter leurs recherches plus loin qu’auparavant. On trouve aussi dans las base de données des soldats français et normands qui ont choisi des servir les Anglais après le traité de Troyes de 1420.

Quelques récits marquants

La base de données contient de nombreux sources éclairants sur des événements et des personnalités clés. L’une des figures les plus connues est Geoffrey Chaucer, auteur des Contes de Canterbury (Canterbury Tales), écrits entre 1387 et 1400. La base conserve plusieurs de ses registres de service: il fut homme d’armes dans la garnison de Calais en 1387.

L’écrivain Geoffrey Chaucer
L’écrivain Geoffrey Chaucer.
Wiki Commons

Il s’agissait probablement de la dernière aventure militaire de Chaucer, mais il possédait alors une expérience considérable, à la fois comme soldat et comme diplomate. Il avait été en France en 1372, 1377 et 1378. En 1386, il témoigna devant la Cour de chevalerie – une juridiction chargée de trancher les litiges liés aux armoiries – déclarant qu’il avait alors « 40 ans et plus » et « avait été armé pendant vingt-sept ans ». Il fournit également des détails sur sa participation à la campagne de Reims en 1359, où il fut capturé par les Français puis rançonné.

On trouve également dans les registres de quoi retracer la rébellion d’un soldat du Kent, nommé Thomas Crowe. Lors de la révolte des paysans de 1381, il fut accusé d’« avoir pris position et lancé de grosses pierres » pour démolir la maison de quelqu’un. La base de données suggère qu’il a peut-être servi en France en 1369. Il faisait certainement partie de la garnison de Calais en 1385 et participa à une campagne navale en 1387. Sa connaissance des trébuchets – puissants engins de siège médiévaux à contrepoids – ou des grandes catapultes peut expliquer l’ampleur des destructions qu’il provoqua lors de la révolte.

Le rôle d’armes de la garnison de Calais en 1357 révèle non seulement les noms des hommes d’armes et des archers, mais aussi ceux des métiers de soutien nécessaires: maçon, serrurier, fléchier (fabricant de flèches), arceau (fabricant d’arcs), plombier, forgeron, charron, tonnelier (fabricant de tonneaux), terrassier, batelier, charretier et apprenti charretier. Un registre concerne un couvreur
–  Walter Tyler. S’agirait-il du futur chef de la révolte de 1381, Wat Tyler ?

Nous espérons que la base de données continuera de s’enrichir et de répondre aux questions sur le patrimoine militaire. Nous sommes convaincus qu’elle permettra de révéler de nombreuses histoires jusque-là inédites concernant des ancêtres soldats.

The Conversation

Adrian R Bell a reçu des financements de UKRI via AHRC.

Anne Curry a reçu des financements du Leverhulme Trust ainsi que de UKRI via AHRC.

Jason Sadler a reçu des financements de UKRI via AHRC.

ref. Nous avons constitué une base de données regroupant 290 000 soldats médiévaux anglais. Voici ce qu’elle révèle… – https://theconversation.com/nous-avons-constitue-une-base-de-donnees-regroupant-290-000-soldats-medievaux-anglais-voici-ce-quelle-revele-271256

L’innovation ne roule jamais seule: le tramway, une infrastructure en construction permanente depuis 1900

Source: The Conversation – in French – By Lise Arena, Professeure des Universités, Université Côte d’Azur

Un siècle sépare les glissades des tramways niçois de 1907 et les incidents contemporains, mais les enjeux restent étonnamment proches : sécurité, maintenance, organisation et confiance des usagers.


Un jour d’hiver 1907, les voyageurs d’un tramway montant vers le quartier de Cimiez à Nice voient soudain la rame repartir… en arrière. « Les voitures ont glissé à la descente avec une rapidité vertigineuse », rapporte le journal local le Petit Niçois. Le conducteur intervient mais le sable utilisé pour empêcher les roues de glisser vient à manquer, et l’incident suscitera par la suite lettres, plaintes et demandes d’amélioration adressées aux autorités.
La scène pourrait surprendre : elle date d’un siècle, mais elle résonne avec des préoccupations très actuelles.

Réinstallés sur l’espace public en 2007, les tramways niçois transportent aujourd’hui des dizaines de milliers de voyageurs par jour et nourrissent des débats sur l’ensemble des supports médiatiques contemporains (réseaux sociaux, presse…). Les enjeux de sécurité, de maintenance, d’organisation ou encore de gestion des perturbations apparaissent comme autant de continuités historiques et d’enjeux d’innovation.

Les sciences sociales des infrastructures l’ont bien montré : une infrastructure n’est jamais simplement là ; elle « émerge dans la pratique » en s’intégrant aux activités routinières des gens qui n’y accordent plus d’attention particulière. Les situations de rupture – accidents, pannes, incidents – occupent une place centrale dans l’histoire de ces infrastructures, car ce sont des moments où elles deviennent des objets de préoccupation explicite.

Accidents d’hier, incidents d’aujourd’hui : des révélateurs d’infrastructure

Dans la première moitié du XXᵉ siècle, le tramway est une technologie émergente dont la presse locale raconte en détail les défaillances. Déraillements, collisions et glissades sur les pentes apparaissent régulièrement dans la rubrique des faits divers, révélant un réseau encore fragile, exposé à un environnement urbain complexe.

Comme pour d’autres « grands systèmes techniques », la presse joue un rôle essentiel en accordant une attention importante à des dimensions qui d’ordinaire passent à l’arrière-plan. Les récits médiatiques révèlent d’abord des tensions techniques: des dispositifs de freinage encore peu fiables sur les fortes pentes, l’usage de sablières destiné à améliorer l’adhérence mais parfois défaillant, ou encore une usure prématurée des rails liée à l’intensification rapide du trafic et à la qualité variable des matériaux.

Ensuite, ces mêmes récits soulignent des problèmes organisationnels, tels que des soucis de coordination entre acteurs du réseau (exploitants, mainteneurs et services municipaux) ou une formation insuffisante des conducteurs. L’ensemble de ces caractéristiques qui apparaissent au premier plan lors d’incidents correspondent à ce que Graham appelle « le moment de visibilité soudaine » des infrastructures.

Aujourd’hui encore, un tram immobilisé pour une panne de porte ou un malaise voyageur attire immédiatement l’attention. L’enjeu principal n’est toutefois plus l’accident spectaculaire, mais l’interruption du service, qui peut coûter cher à la collectivité (39,93 € par minute supplémentaire à partir de la 11ème d’après des chiffres de l’Union des transports publics et ferroviaires). Comme le relevait Jackson, les pannes ne sont pas seulement des interruptions accidentelles mais des moments où les infrastructures se dévoilent : « Elles ouvrent une fenêtre sur la manière dont elles sont maintenues, régulées et négociées par une multitude d’acteurs. »

La maintenance : un rôle central, hier comme aujourd’hui

Si la maintenance contemporaine — préventive, numérisée, systématisée — semble aller de soi, elle s’inscrit pourtant dans une histoire longue. Dès 1908, Le Petit Niçois souligne l’importance du travail invisible réalisé dans les ateliers du boulevard Saint-Agathe, où interviennent mécaniciens, graisseurs, laveurs et vérificateurs.

Ces métiers préfigurent ce que Denis et Pontille décriront plus tard comme les « soins aux infrastructures » : un ensemble de métiers et de gestes discrets, routinisés, qui rendent possible la stabilité d’un système pourtant fragile.

Les règlements de l’époque prescrivent déjà des interventions préventives : contrôle des injecteurs, vérification des coussinets, nettoyage des pompes (Article 20 dans ce livre de Chaillou daté de 1880). L’objectif est le même qu’aujourd’hui : éviter les arrêts forcés et garantir la fiabilité du réseau. Cette évolution confirme les observations de Strebel, Bovet et Sormani sur la manière dont les infrastructures tiennent grâce à une multitude d’interventions quotidiennes. Hier, on entretenait freins, sablières, rails et motrices. Aujourd’hui, on surveille bogies, batteries, systèmes informatisés et lignes aériennes.

En un siècle, les techniques ont changé, mais la logique reste identique : prévenir plutôt que réparer, stabiliser plutôt que subir.

Des usagers qui participent à l’innovation

La participation des publics à la construction des infrastructures est aujourd’hui bien documentée par la sociologie des usages et des publics. Pourtant, les archives montrent que ce phénomène est ancien.

Dès 1907, les habitants de Cimiez adressent une lettre collective au préfet pour dénoncer la dangerosité des glissades en descente et l’insuffisance des sablières. En 1910, d’autres lecteurs alertent sur les risques de recul des rames dans les pentes. Ces plaintes influencent directement les décisions techniques et organisationnelles.

Autrement dit, les voyageurs niçois participent déjà, au début du XXᵉ siècle, à ce que Star et Ruhleder appellent les « processus d’infrastructuration » : l’élaboration progressive d’un réseau à travers les interactions quotidiennes et les revendications publiques.

Aujourd’hui, cette participation prend d’autres formes – réseaux sociaux, interpellations de la Régie, débats sur les normes d’usage – mais le rôle du public reste comparable : il contribue à façonner l’infrastructure, à évaluer son fonctionnement et à orienter son évolution. Par exemple, à Montpellier, en 2024, des associations d’usagers ont contesté les règles concernant les objets pouvant être transportés avec soi, en particulier les vélos non pliés. Cette participation du public a conduit à modifier les règles et à instaurer une nouvelle signalétique sur les portes coulissantes du tramway.

Des défis qui traversent les époques

À première vue, tout semble opposer le tramway d’hier et celui d’aujourd’hui : matériaux, vitesse, confort, supervision informatisée. Mais une observation fine – fondée sur un travail d’archives mêlant des sources diverses telles que des rapports d’ingénieurs, des compte-rendus de conseils municipaux, des courriers de lecteurs, des corpus de presse de journaux locaux de l’époque – permet de mettre en évidence plusieurs lignes de continuité.

Sur plus d’un siècle, le développement du tramway est traversé par des enjeux récurrents, allant de la stabilisation d’infrastructures soumises à la topographie, aux aléas climatiques et à l’usure, de l’organisation de la maintenance pour limiter les interruptions de service, en passant par la gestion des incidents afin de préserver la confiance du public, l’intégration des attentes des voyageurs-clients et l’adaptation organisationnelle induite par l’extension du réseau. Ces enjeux, qui étaient déjà au cœur des préoccupations des ingénieurs et des voyageurs en 1900, sont analogues à celles qui mobilisent aujourd’hui les équipes de régulation, les agents de maintenance et les urbanistes.

Parmi ces enjeux, l’arrivée du tramway (ou l’extension de son réseau) modifie profondément l’espace urbain, les rythmes de circulation et les rapports au risque de ses différents types d’usagers (hier les attelages; aujourd’hui les trottinettes). Les divers modes de transports peuvent être perçus comme compatibles ou non avec le tramway jusqu’à susciter des sources de risque et générer des incidents. L’élaboration progressive d’ajustements entre usagers de l’espace public parvient éventuellement à instaurer la confiance dans la coexistence de ces différents modes de transport. De même, la confiance dans la technologie doit être construite à travers l’expérience et la communication avec les autorités régulatrices et les responsables de la sécurité des modes de transport; surtout quand les technologies ne sont pas encore stabilisées.

Aujourd’hui, la question n’est plus prioritairement celle de la dangerosité du tramway en tant que nouveau mode de transport – comme cela était le cas au début du siècle – mais davantage celle de la fiabilité du service, de sa ponctualité et surtout de la continuité de l’exploitation. La moindre panne, immobilisation ou perturbation devient un événement public, immédiatement visible et commenté, notamment sur les réseaux sociaux. La confiance dans l’infrastructure repose désormais sur sa capacité à « ne pas se faire remarquer », c’est-à-dire à fonctionner sans heurts.

L’histoire du tramway niçois montre qu’une infrastructure n’est jamais figée. Elle vit, se transforme, s’étend, s’adapte. Elle résulte de compromis, de conflits, d’ajustements techniques et sociaux. Cette histoire éclaire les défis contemporains de la mobilité urbaine, et permet ainsi d’envisager les infrastructures de demain comme des objets en tension, constamment réinventés par ceux qui les conçoivent, les maintiennent… et les utilisent (Arena et Relieu, 2026).

The Conversation

Arena Lise est Présidente de l’Association pour l’Histoire du Management et des Organisations https://ahmo.hypotheses.org

Marc Relieu ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. L’innovation ne roule jamais seule: le tramway, une infrastructure en construction permanente depuis 1900 – https://theconversation.com/linnovation-ne-roule-jamais-seule-le-tramway-une-infrastructure-en-construction-permanente-depuis-1900-272577

Comment les scientifiques ont percé les secrets du plus ancien bateau en planches du Danemark

Source: The Conversation – in French – By Mikael Fauvelle, Associate Professor and Researcher, Department of Archaeology and Ancient History, Lund University

Le bateau de Hjortspring (représenté ici dans _Vikings Heading for Land_, par Francis Bernard Dicksee, en 1873) a parcouru un long trajet dans la Baltique avant d’arriver sur l’île d’Als. Christie’s via Wikimédia

En réexaminant des matériaux prélevés lors de fouilles anciennes, des scientifiques ont pu déterminer que le plus ancien bateau en planches du Danemark provenait probablement d’une région éloignée de la tourbière où il a été retrouvé.


Il y a environ 2 400 ans, avant l’émergence de l’Empire romain, une petite armada de bateaux s’approcha de l’île d’Als, près de la côte du Jutland méridional, dans l’actuel Danemark. Cette armada transportait environ quatre-vingts guerriers armés de lances et de boucliers. Certains étaient des officiers, et ces hommes portaient des épées en fer.

Les navigateurs avaient traversé ce qui est aujourd’hui la mer Baltique à bord de longs bateaux en planches, élancés, d’environ 20 mètres de long. Les planches étaient cousues entre elles, car les bateaux de l’époque n’utilisaient pas de clous en métal, et les joints étaient calfatés, c’est-à-dire rendus étanches, à l’aide de goudron.

À un moment du voyage, ils se sont arrêtés pour réparer leurs embarcations. L’un d’eux a laissé une empreinte digitale partielle dans le matériau de calfatage encore tendre, fraîchement appliqué entre les jointures des planches. Ce guerrier de la mer – dont l’âge et le genre nous sont inconnus – laissait sans le savoir un message à destination de scientifiques (dont moi) qui, plus de deux millénaires plus tard, allaient enfin évaluer la portée de cette empreinte digitale grâce aux technologies les plus avancées.

Sauvé par la tourbière

La petite armée préparait une attaque amphibie éclair contre ses ennemis au Danemark – mais leurs plans échouèrent. Peu après avoir débarqué sur la plage, ces guerriers furent tués par les défenseurs locaux. Pour remercier les dieux de leur victoire sur ces envahisseurs, les habitants remplirent l’un des bateaux des armes des assaillants, puis l’immergèrent dans une tourbière locale en guise d’offrande. Le choix d’avoir coulé l’embarcation dans la tourbière a permis aux archéologues de reconstituer peu à peu les indices entourant cette attaque, ainsi que de mieux comprendre la technologie et la société de ces populations anciennes.

Aujourd’hui, cette tourbière insulaire du sud du Danemark est connue sous le nom de tourbière de Hjortspring. À la fin du XIXᵉ siècle, les vestiges du bateau antique y furent découverts, remarquablement bien conservés grâce à l’environnement pauvre en oxygène. Mais comme à l’époque, la région venait d’être conquise par la Prusse et faisait partie de l’Empire allemand, les Danois qui mirent au jour l’embarcation gardèrent leur découverte secrète jusqu’au retour de l’île d’Als dans le giron du Danemark, en 1920.

Le bateau fut finalement mis au jour en 1921 et est depuis lors exposé au Musée national du Danemark à Copenhague. La fouille des années 1920 avait mobilisé les meilleures méthodes archéologiques disponibles – mais les outils scientifiques de l’archéologie moderne n’existaient pas encore.

En 2023, des chercheurs de l’université de Lund et de l’université de Göteborg ont entamé une collaboration avec le musée national afin d’appliquer des méthodes scientifiques contemporaines à l’étude des matériaux extraits de la tourbière plus d’un siècle auparavant. Certains de ces échantillons n’avaient jamais été analysés depuis la fouille initiale – si bien qu’un grand mystère entourait le bateau de Hjortspring depuis toujours : d’où venaient ces guerriers envahisseurs du IVᵉ siècle avant notre ère ?

Mikael Fauvelle explique comment l’origine des assaillants a été déterminée (en anglais). Vidéo : Université de Lund.

Un résultat surprenant

Les armes – épées, lances et autres – découvertes à bord du bateau étaient largement utilisées dans toute l’Europe du Nord au début de l’âge du fer, et fournissaient donc peu d’indices sur l’origine de l’embarcation. La plupart des archéologues supposaient que le bateau venait d’un lieu proche, dans le Jutland, ou peut-être du nord de l’Allemagne.

En analysant le matériau de calfatage du bateau grâce à une technique de pointe, la chromatographie en phase gazeuse couplée à la spectrométrie de masse, nous avons pu identifier précisément la composition chimique des goudrons utilisés : un mélange de graisse animale et de poix de pin.

Ce résultat était surprenant, car la quasi-totalité des forêts de pins du Danemark et du nord de l’Allemagne avaient déjà été abattues dès le Néolithique pour faire place à l’agriculture. Nous le savons grâce aux travaux des géologues, qui ont analysé les pollens anciens présents dans les lacs et les tourbières afin d’identifier les espèces végétales ayant poussé dans différentes régions d’Europe et à différentes périodes.

Si les constructeurs du bateau de Hjortspring ont pu se procurer du goudron par le commerce, il existait à l’époque, dans le Jutland, des solutions locales pour imperméabiliser les embarcations, comme l’huile de lin ou le suif (graisse bovine). Ainsi, notre enquête suggère que le bateau de Hjortspring ne provenait probablement ni du Jutland ni du nord de l’Allemagne, mais plutôt d’une région plus éloignée disposant d’abondantes forêts de pins.

Le bateau de Hjortspring au musée national du Danemark.
Le bateau de Hjortspring au musée national du Danemark.
Boel Bengtsson, CC BY-NC-SA

Au IVᵉ siècle avant notre ère, les grandes forêts de pins les plus proches se situaient le long des côtes de la mer Baltique, à l’est du Danemark actuel. Cela signifie que l’équipage du bateau de Hjortspring, ainsi que leurs compagnons d’aventure, ont peut-être parcouru des centaines de kilomètres en pleine mer avant de lancer leur attaque sur l’île d’Als.

On savait déjà que de tels voyages au long cours existaient à l’âge du bronze, lorsque des Scandinaves s’éloignaient considérablement de leurs terres à la recherche de cuivre. Le fer, en revanche, était produit localement en Scandinavie, ce qui rendit le besoin économique de telles expéditions moins évident à l’âge du fer.

Néanmoins, nos résultats indiquent que les échanges commerciaux et les raids à longue distance se sont poursuivis bien après la fin de l’âge du bronze. Si l’on ne saura jamais exactement ce qui a poussé ces guerriers à lancer cette attaque précise, nos travaux suggèrent qu’à l’époque déjà – comme aujourd’hui – les conflits politiques dépassaient les frontières régionales et incitaient de jeunes combattants à s’aventurer loin de chez eux.

Nous avons également pu dater au carbone 14 certaines cordes en liber de tilleul utilisées sur le bateau, fournissant ainsi la première datation absolue issue du matériel de la fouille d’origine. Ces cordages ont été datés entre 381 et 161 avant notre ère, confirmant que l’embarcation appartenait à l’âge du fer préromain.

La piste de l’ADN

Au moment de choisir les échantillons de goudron pour nos analyses, une autre découverte spectaculaire s’est imposée : le « message secret » laissé par l’un des membres de l’équipage, une empreinte digitale partielle imprimée par un marin dans un petit amas de goudron.

Un essai en mer à bord d’une reconstitution du bateau de Hjortspring.
Knut Valbjørn/Boel Bengtsson, CC BY-NC-SA

Grâce à la tomographie aux rayons X, nous avons réalisé un modèle numérique tridimensionnel de cette empreinte digitale, avec une précision allant jusqu’à l’échelle du nanomètre. L’analyse de l’empreinte indique qu’elle a été laissée par un adulte, même si nous ne pouvons, pour l’instant, en dire beaucoup plus sur l’identité de cet individu. Cette découverte fascinante nous offre un lien direct avec ce guerrier antique qui a autrefois traversé la mer Baltique.

Au cours de l’année à venir, nous espérons pouvoir extraire de l’ADN ancien à partir du goudron de calfatage du bateau, ce qui pourrait nous fournir des informations plus détaillées sur les populations qui l’ont utilisé.

À ce stade, nos résultats montrent que les pratiques de commerce maritime et de raids à longue distance, qui caractériseront plus tard la célèbre époque viking, se sont inscrites dans près de 3 000 ans d’histoire nordique. L’étude de ce bateau ancien nous permet ainsi de plonger plus profondément dans les origines de la Scandinavie en tant que société maritime.

The Conversation

Mikael Fauvelle a reçu un soutien financier pour ces travaux de la Marcus and Amalia Wallenberg Foundation (projet Complex Canoes) ainsi que du Riksbankens Jubileumsfond (programme Maritime Encounters).

ref. Comment les scientifiques ont percé les secrets du plus ancien bateau en planches du Danemark – https://theconversation.com/comment-les-scientifiques-ont-perce-les-secrets-du-plus-ancien-bateau-en-planches-du-danemark-272355

« Le Tchékiste », un film culte en Russie sur la terreur léniniste, écrit par Jacques Baynac

Source: The Conversation – in French – By Cécile Vaissié, Professeure des universités en études russes et soviétiques, Université de Rennes 2, chercheuse au CERCLE (Université de Lorraine), Université Rennes 2

Scène du film montrant une exécution sommaire effectuée par la Tchéka.
film.ru

Jacques Baynac, romancier, historien et militant français de gauche, avait beaucoup travaillé sur la période soviétique. Il a notamment rédigé le scénario d’un film devenu culte en Russie : « Le Tchékiste » montre les crimes de la Tchéka, la police politique créée sous Lénine et largement remise à l’honneur dans la Russie d’aujourd’hui.


En Russie, le 20 décembre reste appelé dans la population la « journée du tchékiste », même si, depuis 1995, son nom officiel est la « journée des travailleurs des organes de sécurité de la Fédération de Russie ». Ce jour-là, les employés et les « anciens » du FSB et de son prédécesseur d’avant la chute de l’URSS – le KGB, qui a lui-même succédé au NKVD et à la Tchéka révolutionnaire – rendent hommage à cette police politique qui, depuis sa création le 20 décembre 1917, a assassiné et déporté des millions de leurs compatriotes. Vladimir Poutine a lui-même réactivé ces célébrations et réhabilité le terme de « tchékiste ».

À l’inverse, au moins jusqu’au tournant répressif très violent qui a été pris dans le pays en 2021, des Russes qui déplorent les crimes soviétiques postaient souvent sur les réseaux sociaux, le 20 décembre, un lien ou des photos renvoyant à un film de 1992, Le Tchékiste, dont le scénario, basé sur un roman soviétique, a été écrit par Jacques Baynac (1939-2024), fils d’instituteurs du Lot.

Affiche du film « Le Tchékiste » réalisé par Alexandre Rogojkine et adapté du roman de Jacques Baynac sorti en 1992.

Lorsque Jacques Baynac, historien, romancier et scénariste, est mort à quatre-vingt-quatre ans le 3 janvier 2024, plusieurs articles ont récapitulé diverses étapes de sa vie longue et riche. Ils évoquaient le plus souvent son œuvre d’historien, bien sûr, mais aussi son refus de faire son service militaire pendant la guerre d’Algérie ; sa proximité passagère avec le trotskisme ; sa participation à la librairie La Vieille Taupe ; son opposition absolue à la « gangrène » du négationnisme (il la dénonce dans un article paru dans Libération le 25 octobre 1980) ; son rapport à mai 1968 et son appartenance à la gauche radicale : Baynac s’est trouvé au croisement de plusieurs aventures collectives de sa génération.

En revanche, sa détermination à dénoncer, dès les années 1970, les violences politiques exercées en URSS dès Lénine n’a été que peu rappelée.

Le Tchékiste, un film de 1992 sur la base d’un roman de 1923

Le livre sur lequel repose ce film – un roman très autobiographique de Vladimir Zazoubrine (1895-1938) – est paru en français en 1990. Écrit en 1923, avant la mise au pas de la littérature soviétique par le Parti, il n’a été publié en URSS qu’en 1989. Il porte, en russe, le titre Le Copeau, « Щепка » (Chtchepka), qui renvoie à l’expression « Quand on coupe du bois, les copeaux volent », généralement traduite par « On ne fait pas d’omelette sans casser des œufs ».

Dans ce titre russe, l’accent est donc mis à la fois sur l’insignifiance des victimes et sur la question fondamentale du texte, celle du but et des moyens, déjà amplement traitée par Dostoïevski. En revanche, le titre français met en relief l’homme qui exerce les répressions sommaires : le « héros », Sroubov, un homme aux « yeux de verre », est le chef local de la Tchéka, alors qu’il est issu de l’intelligentsia. Le préfacier à l’édition française, l’écrivain né en URSS Dimitri Savitski (1944-2019), note les trois thèmes mêlés dans ce roman : « l’abattoir sanglant » – les répressions –, sa « justification par la révolution » et « la destruction du matériau humain, à savoir la folie […] du tchékiste Sroubov ». Sans doute un quatrième thème, assez courant dans la littérature soviétique des années 1920, pourrait-il être ajouté : l’attitude du membre de l’intelligentsia face à la révolution qui exige de lui une transformation abrupte et totale de ses valeurs.

Jacques Baynac a rédigé, à partir de ce roman, un scénario ensuite tourné par le cinéaste Alexandre Rogojkine (1949-2021) dans le cadre d’une coproduction franco-russe. Ce film daté de 1992 montre l’horreur des exactions commises par la Tchéka dès les toutes premières années du pouvoir bolchevique et se veut une réflexion sur le rapport entre violence, terreur et révolution.

Bande-annonce du film.

Pour l’essentiel, il consiste en une succession de scènes similaires : les séances d’une « troïka », cette commission de trois personnes, qui juge en quelques minutes et condamne systématiquement à mort ; les exécutions collectives des condamnés dans les sous-sols ; les évacuations de leurs corps morts, chargés comme des carcasses animales dans les bennes de camions. C’est une société que l’on extermine.

Une femme au physique de paysanne lave les sols et nettoie le sang versé : personne ne se soucie de ce peuple qu’elle incarne et qui ne participe pas aux massacres, même s’il en est le témoin. Finalement, Sroubov dont le père a été fusillé, perd la raison.

Des interrogations sur Lénine et un livre sur Kamo

Baynac, ayant « déjà lu des livres sur la terreur rouge », aurait compris dès les années 1963-1965 que, « le problème [du communisme], c’était le léninisme ». Ce qui était loin d’être le point de vue le plus répandu dans la gauche française de l’époque. (Sauf mention complémentaire, tous les commentaires de Jacques Baynac viennent d’une interview de lui, réalisée par l’autrice à Cahors, le 21 avril 2022. De nombreux éléments biographiques viennent également de cette interview.)

Parti volontairement en exil pour échapper à la conscription, le jeune homme revient en France en 1966 et commence à s’intéresser à la Russie : il suit notamment, à l’EHESS, les cours de George Haupt et d’Alexandre Benningsen.

C’est en découvrant l’histoire du bolchevik Kamo dans la biographie de Staline rédigée par Boris Souvarine, qu’il a l’idée de consacrer un livre à ce personnage peu ordinaire : Arménien élevé en Géorgie et passé comme Staline par le séminaire de Tbilissi, Kamo (1882-1922), Simon Ter-Petrossian de son vrai nom, ami de Lénine, a été chargé, à partir de 1906 au moins, des « expropriations », c’est-à-dire qu’il procurait au Parti argent et armes par tous les moyens, y compris par des attaques armées.

Déjà, Baynac s’intéresse donc aux pratiques du parti bolchévique du vivant de Lénine. Il s’appuie sur des sources disponibles en France, mais aussi en URSS : grâce à son contrat avec Fayard, il passe trois semaines à Moscou, Bakou et Tbilissi, pendant l’été 1970 ou 1971. Il voyage seul, ne parle pratiquement pas le russe, mais, racontera-t-il, une employée de l’Intourist l’attend à chaque étape pour lui organiser ce dont il a besoin, depuis les réservations d’hôtels jusqu’aux projections de films et aux rencontres éventuelles. Kamo, l’homme de main de Lénine, sort en 1972.

D’autres livres sur la révolution

« La Terreur sous Lénine », Livre de Poche, 2003 (première édition : Sagittaire, 1975).

Baynac publie, deux ans plus tard, une étude collective sur la révolution de 1905 (Sur 1905, Éditions Champ libre, 1974) puis, en 1975, La Terreur sous Lénine (1917-1924). Entre ces deux livres, un événement s’est produit : L’Archipel du Goulag a commencé à paraître à Paris et une partie de la gauche française prend, un tant soit peu, conscience de l’ampleur des crimes soviétiques.




À lire aussi :
« L’Archipel du Goulag » : trois tomes qui ont ébranlé le communisme


La Terreur sous Lénine, livre conçu par Baynac « en collaboration avec » Alexandre Skirda, spécialiste des anarchistes russes, et l’universitaire Charles Urjewicz, relance les débats. En effet, il inclut des textes qui, publiés dans les années 1920, en français pour la plupart, démontrent que l’usage de la terreur par Lénine pouvait être connu dès cette époque.

En outre, dans un article introductif, intitulé « Socialisme et barbarie », Baynac confirme que la terreur policière était utilisée sous Lénine déjà et qu’il n’y a donc pas de sens d’« accabler Staline pour mieux absoudre Lénine ».

Baynac est ici sur la même position que Soljenitsyne dans L’Archipel du Goulag, mais aussi que Vassili Grossman dans Vie et destin – un roman dont le KGB et le Comité central du PCUS ont empêché la parution au début des années 1960. En revanche, contrairement à Soljénitsyne, Baynac considère que Marx ne peut pas être rendu responsable de cette terreur : Lénine aurait créé « un capitalisme d’État policier. Qui n’a strictement rien à voir avec le projet de Marx ».

Le débat relancé porte donc sur le terrifiant bilan de la terreur soviétique, les origines de celle-ci, mais aussi les aveuglements occidentaux.

La perestroïka et le cinéma

La perestroïka offre à Baynac de nouvelles opportunités. En effet, Pierre-André Boutang, responsable des émissions culturelles sur FR3 et de la mythique émission Océaniques, puis, à partir de 1992, directeur délégué aux programmes de La Sept-Arte, s’intéresse beaucoup à ce qui se passe à l’Est et propose à l’auteur de Kamo de repérer, pour FR3, les films documentaires qui sont alors produits en URSS.

À partir de 1988, Baynac se rend donc, dira-t-il, à peu près tous les mois en Russie et organise des soirées thématiques sur Arte. Puis il propose à cette chaîne de produire sept films sur l’histoire soviétique en adaptant sept œuvres littéraires (en fait, il parlait de « six films », car il n’avait pas voulu que l’un des sept lui soit attribué). Ayant une vraie passion pour la littérature russe – « Comment, sans elle, comprendre la Russie ? », demandait-il –, il choisit lui-même les livres à adapter, selon « une logique historique, chronologique », et écrit les scénarios. « Ensuite, Arte a négocié avec Lenfilm, les studios de cinéma de Leningrad. Je n’ai pas suivi les tournages, il n’y a pas eu de réunions de travail. » Il n’a pas non plus choisi les réalisateurs et trouvait certains d’entre eux trop « nationalistes ».

Son choix d’auteurs témoigne d’une connaissance fine de la littérature russe et soviétique : Léonid Andreev pour 1905, Mark Aldanov sur février 1917, Vsevolod Ivanov pour 1920, Vladimir Zazoubrine sur la terreur rouge, Sergueï Zalyguine (Au bord de l’Irtych) sur la collectivisation des campagnes, Lidia Tchoukovskaïa (La Plongée) sur les purges d’après la Seconde Guerre mondiale, Andreï Bitov pour la Russie de la perestroïka. Tournés par des réalisateurs différents, ces sept films sont diffusés sur Arte à partir de janvier 1993, comme pour expliquer aux Français ce qui s’est passé en URSS pendant plus de sept décennies.

Six de ces films sont, aujourd’hui, à peu près oubliés. Pas Le Tchékiste, dont le scénariste répondait, en 2022, par un oui très net à la question suivante : « Peut-on considérer ce film comme la continuation de votre travail sur la terreur et Lénine, un travail commencé dans les années 1960 ? »

Mais Baynac a cessé, vers 1994, de s’intéresser à la Russie, « d’autant – disait-il – que les archives s’ouvraient et que c’était aux historiens russes de faire le travail historique », et il ignorait tout du statut culte qu’a, en Russie, Le Tchékiste, ce long-métrage devenu un symbole pour ceux qui refusent d’oublier, de justifier et de banaliser les crimes soviétiques.

Dimitri Savitski écrivait dans la préface française du Tchékiste : « Évoquer l’attitude du KGB envers son passé n’est pas un exercice gratuit, car le sort du pays dépend en grande partie de cette organisation. » Ni Savitski, ni Baynac, ni Rogojkine ne se doutaient sans doute à quel point.

The Conversation

Cécile Vaissié ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. « Le Tchékiste », un film culte en Russie sur la terreur léniniste, écrit par Jacques Baynac – https://theconversation.com/le-tchekiste-un-film-culte-en-russie-sur-la-terreur-leniniste-ecrit-par-jacques-baynac-271269

How to listen to a forest

Source: The Conversation – UK – By Lianganzi Wang, PhD Candidate, Sound and Music Computing, Queen Mary University of London

Alice Holt forest in Hampshire, UK. Gillian Pullinger/Shutterstock

I was walking in Alice Holt Forest on England’s Surrey-Hampshire border when I stopped to listen. Despite there being nobody nearby, a slow “breathing” sound filled my ears. This was not a trick. An artwork was turning live forest data into sound, making the air feel like it was gently rising and falling. In that moment, “climate change” stopped being abstract and became something I could hear.

The piece I could hear is called Dendrophone by composer Peter Batchelor. It maps sunlight, humidity and carbon dioxide readings into a multichannel sound field in real time. Wetter air sounds “stickier”, drier air “crisper”, bright light introduces a fine hiss. When CO₂ uptake is high, you can hear longer, steadier “breaths”.

This is part of a soundscape installation called Sensing the Forest that has been produced by a cross‑disciplinary team at Queen Mary University of London, De Montfort University and the public agencies, Forest Research and Forestry England. The aim is straightforward: to help people make sense of forests and climate through listening, not screens.

Dendrophone captures three easy‑to‑tell textures from live data. Humidity is heard as a “dry/wet” sound; sunlight energy as a subtle hiss (more juddery when activity is high, smoother when calm); and carbon dioxide uptake as “breathing” that becomes longer and steadier when uptake is higher, shorter and more uneven when uptake is lower.

Played over several speakers around the site in the woods, these sounds blend with birds, wind and visitors’ footsteps so people can hear the forest’s state as it unfolds in real time.

Dendrophone — Peter Batchelor.
Shuoyang Zheng, CC BY-NC

The team also installed two DIY, solar‑powered off‑grid audio streamers (essentially tiny radio stations) that broadcast the forest online and auto‑record at sunrise, midday, sunset and the midpoint between sunset and the next sunrise. Recordings are uploaded and stored online, building a long‑term installation soundscape dataset.

Crackles blended with light rain/wind at around 3pm (18 March 2025)

Sounds can also include species cues, the noises that various animals make. Tree Museum, by sound artist Ed Chivers, is another installation in the same exhibition that uses artificial woodpecker drumming to draw attention to the lesser-spotted woodpecker (an endangered species down in numbers by 91% since 1967 in the UK). If a sound disappears, what else do we lose?

The mix of the soundscape changes constantly. Listen at different times and you’ll notice the balance of natural sound, human sound and installation sound shifting. Weeks of rain make everything feel “wetter”; bright days bring out the hiss; busy weekends sound busier. Each is a clue to what the forest is experiencing at that moment.

Tubular bells blended with bird songs and a plane in the background at noon (28 May 2025)

In the forest, there’s a survey QR code to capture instant reactions, plus a guided walk to make “how to listen, what to notice” clear for everyone.

Sensing the Forest doesn’t claim to fix the climate crisis, but it offers something valuable – a sensory language for data and a not‑so‑distant threat. In a time of ecological strain, technology here is less about control and more about translation; a way to foster ecological empathy.

Next time you step into a forest, pause and listen. You might hear not just the present, but the future we share.


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The Conversation

Lianganzi Wang is pursuing a PhD at the Centre for Digital Music (C4DM), Queen Mary University of London, supported by the China Scholarship Council (CSC).

ref. How to listen to a forest – https://theconversation.com/how-to-listen-to-a-forest-268225

How my time-space synaesthesia affects how I experience and ‘feel’ the new year

Source: The Conversation – UK – By Mary Jane Spiller, Senior Lecturer in Cognitive Psychology, University of East London

vatolstikoff/Shutterstock

I have a form of time–space synaesthesia, so the new year arrives for me in a very physical way. I feel myself move around the year, almost like I’m travelling along a structure. December sits low and to my left; January lifts and slides forward. The transition has a weight to it, as though the calendar itself shifts in space.

Synaesthesia is a perceptual condition where one sense triggers an experience in another sense. For some people, sounds trigger colours and shapes, or words might have tastes.

For others, like me, sequences such as months of the year or days of the week have precise places in space around our bodies. It is most commonly a developmental condition, which means that “synaesthetes” have experienced the world this way for as long as they remember. These synaesthetic experiences happen automatically, and are generally consistent over time for the person. Today is in front of me, tomorrow is to my left, and yesterday is to my right. If I ever woke up to find time had moved somewhere else, I would feel confused and lost.

For me, this makes the start of the new year feel like a physical transition, a time for new beginnings, as we move around the bend of time, leaving the old year behind me.

Like most people, between Christmas and new year, I completely lose track of what day it is — the whole week feels like a strange, timeless blur. Because of my time-space synaesthesia, this disorientation is amplified for me. The usual mental map I rely on to anchor dates and days seems scrambled, leaving me feeling unmoored.

As a cognitive psychologist, I have spent the last 20 years researching synaesthesia. I am fascinated by the way our minds help us experience the world around us, and particularly in the way we all experience the world differently. As well as helping to understand and document the synaesthetic experience itself, I am also interested in understanding the impact synaesthesia might have on other aspects of our lives.

Time-space synaesthesia provides an excellent way to explore how the brain organises time. For example, one of the benefits of these mental time-space calendars is an association with a better memory for historical events or important life events such as anniversaries or birthdays.

People with time-space synaesthesia may have cognitive advantages because their spatial mapping of time can serve as a powerful mnemonic aid. Research shows we learn skills like calendar calculation – such as knowing that December 1 1937 fell on a Wednesday, while December 1 2037 will be a Monday – faster and more accurately than people without synaesthesia. So our unique mental representations may help to boost memory and pattern recognition. This helps us understand the benefit of time being represented spatially and visually, rather than simply linearly.

Time-space synaesthetes also tend to have enhanced memory and attention for ordered information, such as dates and sequences, which may contribute to our strong performance in tasks involving time organisation, such as planning.

These mental timelines are so ingrained that they can override external cues — a phenomenon called the spatial Stroop effect. These automatic mappings can subtly influence decision-making when speed and spatial judgement matter.

It seems that it is not simply the effect of synaesthesia that drives these cognitive advantages. Research has highlighted differences between the brains of synaesthetes and non-synaesthetes. These differences may also give rise to wider cognitive differences unrelated to the sensory experiences. For example, time-space synaesthetes not only have good memories for times and dates, but also other aspects of memory too such as word lists, pictures or colours. Additionally, a 2015 study suggested time-space synaesthesia may be linked with more vivid mental pictures.

Roman numerals swirling in spirals in purples and blues
How do you experience time?
Jackie Niam/Shutterstock

The question that has always fascinated me is, why doesn’t everyone have
synaesthesia? We now know that synaesthesia has a genetic basis, and around 4% of the population experience a form of it. If you experience it, mostly likely a few others in your family will too, although it may be a different combination of senses involved.

Our environment and learning also plays a part in its development. The influence of cultural norms can often be seen in the spatial layout of synaesthetes’ mental calendars. For synaesthetes with a language that is read from left to right for example, the passage of time will also often move from left to right, or vice versa for those who read right to left. My own shape for the year is a kind of oval shape, with January at one end and August at the other, and I can’t help but feel that my experience of growing up in the UK with the September starting school year influenced it.

All in your brain

Brain imaging research is also helping us understand what is happening in the brain during synaesthetic experiences. For example, people with synaesthesia have brains that are wired for extra connectivity. Brain regions that normally handle separate senses (like colour, sound and spatial processing) talk to each other more. Imaging studies show pathways in central nervous system tissue linking perception with higher-level thinking, which helps explain why synaesthesia feels so seamless. Brain imaging research published in 2020 adds another layer: synaesthetes use spatial-processing regions when working with numbers, showing that our brains literally integrate space and sequence.

Time is associated with space within many cultures, with people who grew up in the UK, Europe and US tending to think of the future in front of them and the past behind. Time-space synaesthesia helps us to remember that even within different cultures, there will be differences in the way we experience the “movement” of time, as scientists think synaesthesia exists in all cultures. The new year is a reminder that time is not only something we measure but also something we inhabit. And our personal journeys through time may have strikingly diverse landscapes.

The Conversation

Mary Jane Spiller does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. How my time-space synaesthesia affects how I experience and ‘feel’ the new year – https://theconversation.com/how-my-time-space-synaesthesia-affects-how-i-experience-and-feel-the-new-year-272465

New year, new gym injuries

Source: The Conversation – UK – By Adam Taylor, Professor of Anatomy, Lancaster University

Khosro/Shutterstock

As Christmas fades into memory, many of us turn our attention to the new year and the promise of a fresh start. For millions of people, that means joining a gym in the hope of exercising more and improving their health.

In the UK alone, more than ten million adults hold gym memberships, and January attendance is around 28% higher than in December as people act on new year resolutions.

And it is a good idea. In the depths of January, physical activity can give you an endorphin kick, caused by the release of natural brain chemicals that improve mood and reduce stress. Regular exercise is also linked to a lower risk of serious conditions including cancer, heart disease, stroke, type-2 diabetes and many more.

The problem is not exercise itself. It is how people start.

The body adapts to exercise gradually. When it is pushed beyond what it is ready for, the risk of injury rises sharply, and pain does not always appear straight away.

Delayed onset muscle soreness (Doms) is the stiffness and tenderness that typically shows up one to three days after unfamiliar or intense exercise. It occurs because exercise causes tiny microscopic damage to muscle fibres, especially when you are returning after a long break or trying a new type of movement.

Doms is common and usually harmless, but it is also a useful warning sign. It signals that your body needs time to adapt before you increase intensity, weight or volume.

Shoulder injuries

Some parts of the body are more prone to injury than others. Joints that move a lot or carry heavy loads are particularly vulnerable.

The shoulder is often top of the list for gym-related injuries. Its wide range of movement is ideal for daily tasks but risky under load. Anatomically, the shoulder connects the arm to the torso and is not designed to carry heavy weight.

When people suddenly start lifting weights or doing pull-ups, strain often falls on the rotator cuff, a group of tendons that stabilise the joint. These tendons are easily irritated, slow to heal and rarely get a rest, as most exercises for the arms, chest, back and even some leg exercises place load through the shoulder.

Knees and lower back

The knees are generally well adapted to everyday movement, but long periods of inactivity weaken the muscles that support the joint. When those muscles waste away, the knee can move in ways it should not. Starting intense exercise on top of this instability raises the risk of serious injury, including damage to the cruciate ligaments.

Going too heavy in weight, too early is a common trigger. Squats, lunges and leg extensions are frequent culprits.

The lower back is another major injury hotspot. Even before exercise begins, the spine already carries a high load from body weight and posture alone. The pelvis links the upper and lower body, so weakness or instability in the legs can transfer strain upwards to the back. Add heavy lifting or poor technique, and the spine can quickly become overloaded.




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Lower back pain from muscle strain is so common among weightlifters that it has its own label, “weightlifter’s back”. Exercises most often linked to back injuries include sit-ups, squats and deadlifts, burpees and movements that involve twisting while holding weight.

In gyms, free weights are more likely than machines to cause fractures, dislocations and soft tissue injuries. The group most likely to get hurt is not complete beginners, but young men under 41 who already have several months of training and exercise regularly. Confidence, it seems, can be as risky as inexperience.

Home discomforts

Injuries are not limited to gyms. In the US, more than 70,000 emergency department visits over a four-year period were linked to home exercise equipment. Treadmills accounted for 66% of these injuries. Older women were more likely to sustain serious head injuries and were 14 times more likely to require hospital admission.

Among adults over 25, the most common injuries were strains and sprains affecting the legs. For those over 65, stationary bikes were a more frequent source of harm.

Some equipment carries rarer but severe risks. Abdominal rollers have been linked to spinal cord injuries. For people over 40, especially those returning to exercise after years of inactivity, there is also a small but real risk of a heart attack. This is why gradual progression matters.

The good news is that safe options do exist. Many apps and online programmes are designed to build fitness gradually, including for people with existing health conditions. Any movement is better than none, as sedentary behaviour carries its own serious risks.

The Conversation

Adam Taylor does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. New year, new gym injuries – https://theconversation.com/new-year-new-gym-injuries-271412