El Aleph de Borges y el universo cuántico anterior al Big Bang

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Gómez Cadenas, Profesor de Física, Donostia International Physics Center

Una célebre canción de Joaquín Sabina aconseja no volver jamás al lugar en el que se ha sido feliz. Confieso que mientras abría el volumen I de las obras completas de Borges (Emecé editores, 1989) y buscaba el texto de El Aleph temía que la frase se aplicara también a los relatos que más nos han marcado. No había vuelto a visitar El Aleph desde hace décadas y temía que, al hacerlo, la realidad del texto no estuviera a la altura de mis exaltados recuerdos. No fue así.

Una historia de amor trágico

El Aleph es, en último término, una historia de amor trágico:

La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita.

Era el propio Borges quien recomendaba empezar una buena historia con un nacimiento, una muerte o un forastero que llega a una ciudad sin nombre. Y la muerte de Beatriz, en la primera línea, no sólo fija el tono sombrío del relato sino que refiere al lector a esa otra Beatriz, que Dante exaltó en su Comedia. Pero hay más. El siguiente párrafo nos informa de un imperceptible cambio que contribuye a alejar el universo de la difunta. ¿Sólo de ella?

Borges invoca sutilmente la realidad del cambio constante del cosmos, que a su vez refleja el aumento incesante de la entropía. Desde la muerte de Beatriz Viterbo, en 1929, esa entropía que crece empecinadamente ha ido cambiando el universo —con un anuncio de cigarrillos, con una guerra mundial, con la llegada del hombre a la Luna, con la irrupción reciente de la IA—, pero, sobre todo, lo ha ido desordenando.

Ha transcurrido casi un siglo de los hechos que se relatan en el cuento. Solo en la Vía Láctea se habrán apagado alrededor de cien estrellas, más de un billón si contamos todo el universo. Desde la muerte de Beatriz, cerca de mil galaxias han emitido el último fotón que jamás nos alcanzará. Borges intuye —y plasma, con un detalle trivial— una tragedia cósmica. Nuestro universo se expande, empujado por la energía oscura, acelerando cada vez más, enfriándose poco a poco, hacia una muerte térmica ineludible.

Sigue, tras el párrafo inicial, lo que podríamos llamar la parte burlesca del relato, protagonizada por el primo de Beatriz, el pedante Carlos Argentino Daneri, empeñado en escribir un poema universal. Su actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante. Desde la muerte de Beatriz hasta la época en que se desarrolla el relato (1941), han pasado doce años, en los que Borges repite regularmente sus visitas al pariente que no soporta, a cambio de aferrarse a lo poco que le queda de la amada:

Beatriz Viterbo, de perfil, en colores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales de 1921; la primera comunión de Beatriz; Beatriz, el día de su boda con Roberto Alessandri; Beatriz, de frente y de tres cuartos, sonriendo, la mano en el mentón…

Como caído del cielo, aparece el Aleph

Borges (y el lector) soportan a Carlo Argentino a duras penas y todo el relato parece abocarse a un melancólico sin sentido… Hasta que de repente, como caído del cielo, aparece un Aleph. Carlos Argentino le informa de que en un ángulo del sótano se oculta un Aleph. Y explica, de paso, que el Aleph es uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos.

Aquí el relato se torna onírico. Un Borges incrédulo relata la rabieta de Carlos Argentino, el niño malcriado, convencido de que el Aleph en cuestión, además de ser de su propiedad, existe con el único propósito de ayudarle a componer su poema universal. La situación se resuelve cuando Borges baja a comprobar la patraña por sí mismo… y se encuentra con el prodigio, que nos describe con su prosa exuberante:

Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino.

La enumeración de las maravillas que muestra el Aleph es el polo opuesto a las mamarrachadas que ha escrito el primo hermano y, ¡ay!, objeto de los desvaríos eróticos de una Beatriz a la que el punto que contiene todos los puntos despoja, de un zarpazo, del lugar en el Paraíso donde Borges y Dante la habían colocado para transformarla en una mujer de carne y hueso, cuya ausencia, por esa precisa (obscena) carnalidad, duele todavía más. La parodia ha terminado y el recorrido a través del espejo está tintado de dolor.

El instante que precede al Big Bang

El prodigio que Borges nombra con la primera letra del alfabeto hebreo — la letra que contiene todas las demás — admite una lectura que el propio escritor, hijo de su tiempo, no podía formular del todo, pero quizás intuyó: un punto que contiene todos los puntos describe exactamente el instante infinitesimal que precede al Big Bang, la gran explosión que creó el universo hace unos trece mil ochocientos millones de años.

De ahí, de ese punto, ese cero, ese lugar del orbe que contiene todos los lugares del orbe, emanan materia y antimateria (esta última desaparece enseguida, por culpa de un traidor, el neutrino, cuya pista yo he seguido durante toda mi carrera científica), leptones y quarks que se confinan en protones que forman núcleos de hidrógeno y después de helio y después de litio y más tarde berilio….

Luego, estrellas que explotan en supernovas, que crean sistemas solares donde aparece (inexplicablemente) la vida (o al menos eso ocurre en uno de ellos). Con la vida, bacterias que, casi por arte de magia engendran células eucariotas, eucariotas que engendran algas, algas que engendran nautilus y ciempiés, medusas y tiburones, helechos y plantas carnívoras, tiranosaurios y cocodrilos, tigres de dientes de sable, caballos, unicornios y mariposas. Y en algún momento, ciegamente, aparece también una especie de monos locos, capaces de inventar la literatura para acallar el ruido en el interior de su cabeza, la poesía para mitigar su miedo a la muerte, la ciencia para tratar de entender el mundo.

Pero todo eso ocurre después. El Big Bang crea el universo pero el Aleph lo contiene en el tiempo infinitesimal que lo precede. Y ese instante infinitesimal, dicen los físicos, es una fluctuación del vacío cuántico.

Dos tremendas palabras. Vacío. Cuántico.

En el vacío clásico no hay nada. La teoría de la relatividad nos informa de que la materia teje la estructura misma del espacio-tiempo, así que el vacío, que prohíbe la materia, tampoco puede contener espacio ni tiempo. Es una ausencia absoluta.

Pero las leyes de la mecánica cuántica nos aseguran que tal vacío no existe. Aseguran que en el tejido del cosmos, incluso en la ausencia de toda materia, se forman y se destruyen, incesantemente, pares de partículas y antipartículas, en un baile invisible, oculto al observador por el implacable principio de incertidumbre. Y ese fenómeno puede fluctuar, generar una burbuja, provocar un Big Bang, quizás con una probabilidad tan pequeña que sería imposible que ocurriera, a no ser que se disponga de toda la eternidad para ello.

Y así, eventualmente, quizás en un inconcebible multiverso, aparecen burbujas iniciadas por esa rebeldía del vacío cuántico que forman un Aleph, que a su vez engendra el orbe.

El falso Aleph

Hacia el final de su magistral relato, Borges nos informa que el Aleph que existía en el sótano del poetastro Carlos Argentino era, posiblemente, un falso Aleph. Es fácil creer que esté en lo cierto y aventurar que el auténtico Aleph desapareció hace miles de millones de años, dando lugar a todas las cosas.

O quizás no es así. Quizás el vacío cuántico sigue fluctuando y continuamente se forman otros universos que se desprenden del nuestro como burbujas de jabón sopladas por el lapicero hueco de un Dios travieso. Quizás todos hemos visto un Aleph sin saberlo, porque esa visión, demasiado sobrecogedora, se ha borrado de nuestra mente, como se han borrado ya, para siempre, los rasgos de Beatriz Viterbo.


Este artículo se publicó originalmente en la revista Telos, de la Fundación Telefónica.

The Conversation

Juan Gómez Cadenas no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El Aleph de Borges y el universo cuántico anterior al Big Bang – https://theconversation.com/el-aleph-de-borges-y-el-universo-cuantico-anterior-al-big-bang-282607

Veranos interminables e inviernos menguantes: ¿cómo definimos ahora las estaciones?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Enrique Sánchez Sánchez, Catedrático Física de la Tierra, Facultad CC Ambientales y Bioquímica, Universidad de Castilla-La Mancha

Sebastian_Photography/Shutterstock

Uno de los elementos más visibles del cambio climático antropogénico (causado por el ser humano) es el aumento de la temperatura, que a su vez modifica la forma y extensión de las cuatro estaciones. ¿Las consecuencias? Veranos más largos, que se desplazan hacia la primavera y el otoño, inviernos más cortos, primaveras adelantadas y otoños retrasados.

Estudiar de manera precisa cómo, cuánto, a qué ritmo y con qué intensidad se están produciendo esos cambios y se proyecta que sucedan en el futuro tiene un interés enorme debido a sus numerosas consecuencias. No sólo para los ecosistemas naturales, sino en el consumo y gestión de la energía, el confort de la población o la alteración del ciclo anual y sus efectos.

El concepto o definición de verano o invierno es intuitivo y aparentemente sencillo. Sin embargo, definir y calcular de manera rigurosa y objetiva las estaciones resulta muy complejo; hay muchas sutilezas y matices a tener en cuenta. De hecho, no existe un consenso en la comunidad científica ni en los centros de estudio climático a la hora de determinarlo.




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¿Cómo definimos un día de verano?

Existen múltiples formas de aproximarse a la definición de las estaciones, según el enfoque que se utilice. Por un lado está el astronómico o climático: desde la astronomía, se determina con los solsticios y equinocios, o desde la climatología, con periodos fijos de tres meses.

Estas definiciones son, por tanto, invariables. Así, el verano dura astronómicamente desde el 21 de junio al 21 de septiembre (con ligeras variaciones entre años). Y desde el punto de vista climático, corresponde a los meses de junio, julio y agosto.

Por otro lado, está la definición meteorológica o térmica. Determinar si un día concreto, más allá del calendario fijo, corresponde a condiciones de verano, otoño, invierno o primavera podría conseguirse a partir del comportamiento de su temperatura (media, máxima o mínima) diaria.

Así, una definición extendida entre la comunidad científica determina como día de verano aquel en el que la temperatura máxima supera los 25ºC. Este valor es un promedio muy global a nivel planetario. No obstante, resulta lógico que quienes viven en una zona de montaña, desértica o cerca de los polos o del ecuador no estén totalmente de acuerdo con que esa temperatura sea la que defina sus días de estío. Entre otros ejemplos, el servicio meteorológico sueco establece el comienzo de la estación a partir de 10ºC de temperatura media diaria.

Algunos trabajos proponen obtener el valor numérico en cada región a través de su promedio climatológico de temperatura (30-40 años más recientes), aunque no existe una propuesta general para la extensión de la zona y el periodo a emplear. En España, se ha estudiado tanto mediante medias de tres meses como a partir de la media entre junio y septiembre.

Además, está la posibilidad de emplear el percentil 75 de temperatura máxima o mínima o media. Suponiendo que las temperaturas evolucionan como una oscilación suave y homogénea a lo largo del año, dividiéndose en cuatro partes iguales el ciclo anual, ese percentil 75 correspondería al 25 % de los días más cálidos, es decir, los días de verano.

Existe otra propuesta interesante: analizar las estaciones a través de la distribución de frecuencias de la temperatura diaria en el año. Su forma es más o menos simétrica, con un máximo central (suma de días de primavera y otoño) y dos colas (verano e invierno). Los cambios proyectados por el calentamiento global tanto en el valor medio como en el ancho de esa distribución, que se muestran en los informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), pueden ser útiles para estudiar cambios en las estaciones.

También existen trabajos que estudian las estaciones desde otras perspectivas muy distintas, como la fenológica: según el crecimiento de la vegetación y la floración. Como ejemplo ilustrativo, el cerezo japonés, con más de 1 000 años de datos, permite analizar la evolución estacional de la temperatura en escalas temporales enormes.

Si bien estos estudios son limitados en cuanto a su representatividad para grandes regiones, muestran de manera muy clara la conexión de los ecosistemas naturales y calentamiento global.




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¿Cómo están cambiando las estaciones debido al calentamiento global?

Determinar el inicio y fin de una estación se vuelve una tarea más complicada si se tiene en cuenta que el cambio climático antropogénico está transformando los patrones. Múltiples estudios indican cambios muy significativos en la duración y extensión de las estaciones, y en particular del verano: más de un día por año de aumento en las últimas tres décadas en múltiples megaciudades (Sidney, Minneapolis, Tokio); incremento de al menos una semana en la mayor parte del hemisferio norte en las décadas recientes; o en torno a 2,5 días por década en Europa en los últimos 70 años.

Si ponemos el foco en España, los veranos de Castilla-La Mancha, por ejemplo, se han alargado 7 días por década de media en los últimos 40 años.

Estudiando las proyecciones futuras, los inviernos, definidos a partir de los valores del siglo XX, prácticamente habrán desaparecido en la Península Ibérica a finales del siglo XXI. A nivel global, cualquiera de las proyecciones de emisiones de gases de efecto invernadero obtienen veranos que duran en torno a 6 meses e inviernos de menos de 2.

El calentamiento global, por tanto, ya ha alterado de manera significativa las estaciones, en particular las más extremas (verano y el invierno). Entre las diferentes líneas de investigación, los expertos se están centrando en varios aspectos:

  • Estudiar de forma más detallada los ritmos de cambio a escala más local.

  • Analizar la sensibilidad de los cambios a los diferentes escenarios de emisiones de gases de efecto invernadero.

  • Hacer más precisas las diferentes metodologías para estimar las estaciones, su variabilidad y consistencia.

  • Analizar mejor las estaciones como primavera y otoño, para conocer hasta qué punto se van a ver alteradas, acortadas, desplazadas o el paso de condiciones invernales a veraniegas y viceversa pueda ser más brusco.

Sólo profundizando en estos patrones se podrán precisar sus impactos y mejorar las medidas de adaptación en el contexto del cambio climático.

The Conversation

Enrique Sánchez Sánchez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Veranos interminables e inviernos menguantes: ¿cómo definimos ahora las estaciones? – https://theconversation.com/veranos-interminables-e-inviernos-menguantes-como-definimos-ahora-las-estaciones-278844

¿Qué es realmente un régimen político? Más allá de la democracia y el autoritarismo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Zarina Kulaeva, Postdoctoral research fellow, UOC – Universitat Oberta de Catalunya

Fachada del Congreso de los Diputados de España. joserpizarro/Shutterstock

Desde la década de 1970, los estudios sobre regímenes políticos se han enfrentado a una pregunta que Aristóteles ya planteaba hace más de 2 000 años: ¿cómo comprender y clasificar las formas de gobierno? En 1975, la Comisión Trilateral encargó a los científicos Michael J. Crozier, Samuel P. Huntington y Joji Watanuki la elaboración de uno de los informes más controvertidos de la década, La crisis de la democracia. Informe sobre la gobernabilidad de las democracias.

En este reporte, los autores se preguntaban si la democracia atravesaba una crisis estructural, articulando su diagnóstico en torno al problema de la sobrecarga de demandas sobre el gobierno.

La noción de sobrecarga señalaba que la expansión del activismo, la creciente movilización social y la ampliación de derechos y expectativas ciudadanas estaba llevando a las democracias y a su capacidad para procesar todas las demandas de participación y redistribución hacia una crisis de gobernabilidad. Esto reflejaría la controvertida idea de que la democracia había llegado a ser, en cierta medida, ingobernable.

Esta preocupación práctica reveló un problema conceptual más profundo: ¿qué entendemos por régimen político y cómo lo definimos? Desde los años 1970, emergieron dos enfoques principales para clasificar a los regímenes políticos.

  • El primero, categórico, los concibe desde una lógica binaria: democracia versus autoritarismo.

  • El segundo enfoque, de naturaleza continua, parte de la premisa de que estos polos no son absolutos y que los regímenes políticos se distribuyen a lo largo de un espectro amplio de matices intermedios.

Las diferentes categorías de la democracia

A partir de esta concepción continua proliferaron innumerables categorías intermedias. Las democracias podían ser iliberales, electorales o delegativas; mientras que los autoritarismos adquirían las propiedades sultanísticas, competitivas o no competitivas. Algunos expertos denominaron a este fenómeno de expansión de calificativos cada vez más descriptivos como una auténtica “Babel terminológica” de los régimenes políticos, aludiendo a la creciente dispersión conceptual.

La evolución de estos tipos puede observarse en ejemplos contemporáneos. Según la clasificación Regimes of the World, España, en 2024, aparece como una “democracia liberal”, categoría que comparte con Australia, Japón o Sudáfrica. Sin embargo, si recurrimos al The Economist Democracy Index (EIU Report 2024, 2025), España figura como “democracia plena”, con una puntuación superior a 8 en 2023. La diferencia entre la democracia “plena” y la democracia “liberal” no constituye categorías equivalentes, pues responde a parámetros normativamente diferenciados.

Este entramado conceptual introduce un sesgo difícil de advertir: al clasificar los regímenes políticos, tendemos a evaluarlos según estándares normativos de democracia o autoritarismo, antes que atender a la lógica interna del propio concepto. Incluso las categorías más recientes, como “regímenes híbridos” repiten este patrón.

De allí surgen preguntas cruciales: ¿significa “democracia liberal” lo mismo en España que en Sudáfrica, pese a sus diferencias sociohistóricas y constitucionales? ¿Es comparable la autocracia de Chad con la de Indonesia, aun cuando sus estructuras de autoridad, bases culturales y prácticas estatales presentan profundas divergencias? La respuesta depende, en última instancia, del filtro conceptual utilizado. El problema se agudiza si consideramos que pocos estudios definen explícitamente qué es un régimen político.

Varios autores revisaron 196 trabajos publicados desde 1996 y hallaron que solo 18 ofrecían una definición clara, aun cuando este concepto debería preceder a cualquier taxonomía de democracia o autoritarismo. Sin un marco conceptual sólido se corre el riesgo de analizar democracias y autoritarismos sin comprender adecuadamente la categoría más amplia que los contiene.

Además, las variables históricamente privilegiadas para medir democracia y autoritarismo –la existencia de elecciones y su nivel de competitividad– han tendido a universalizarse como criterios evaluativos. Ello borra particularidades sociohistóricas de regímenes cuya lógica política se articula en torno a otros factores no captados por estas métricas.

¿Es Ruanda una autocracia electoral?

Por ejemplo, Singapur es clasificado como “democracia iliberal” o “autoritarismo competitivo”, según la tipología empleada. Ruanda, por su parte, aparece como “autocracia electoral” en la clasificación de Regimes of the World. Cabe preguntarse si dicha etiqueta refleja de manera adecuada la persistencia de la violencia estructural, el peso político del legado del genocidio de 1994 o su conocido enfoque “securitario” (securocratic approach), o sea, que prioriza la seguridad sobre la libertad y la igualdad.

De forma similar, Japón es categorizado como “democracia plena”, a pesar de que el Partido Liberal Democrático ha gobernado desde 1955 hasta 1993, casi siempre en un gobierno de mayoría absoluta con alternancias breves en décadas recientes. Estas dinámicas hegemónicas se captan solo parcialmente mediante indicadores centrados en la competitividad electoral.

No es de extrañar que esta “ineluctable modalidad de lo visible” subraye que nuestra percepción del mundo está inevitablemente condicionada por los sentidos, como ya anticiparon Aristóteles, Tomás de Aquino y David Hume.

De modo análogo, en la clasificación de los regímenes políticos, las categorías conceptuales que empleamos –lo que clasificamos como democracia o autoritarismo– funcionan como filtros que determinan qué aspectos consideramos relevantes y cuáles quedan fuera de nuestro campo analítico. Así, la ciencia política corre el riesgo de proyectar sobre la realidad categorías que, en ocasiones, más que describirla con precisión, la simplifican o incluso la distorsionan.

Necesitamos una definición más clara

En un contexto de crisis democrática global y creciente heterogeneidad entre las formas de gobierno, las limitaciones de nuestras categorías analíticas se vuelven aún más evidentes.

Se requiere, por tanto, un marco conceptual más matizado y multidimensional, capaz de captar la complejidad interna de los sistemas políticos, su historicidad y las lógicas que estructuran su funcionamiento.

Definir con claridad qué entendemos por “régimen político” constituye el primer paso para construir clasificaciones conceptualmente consistentes y empíricamente rigurosas.

La historia de los regímenes políticos desde 1970 no se reduce a una secuencia de transiciones entre democracia y autoritarismo; es, ante todo, la historia de una transformación conceptual: el esfuerzo de la ciencia política por elaborar categorías capaces de capturar la complejidad de la gobernanza contemporánea.

Reconocer el carácter histórico, normativo y contingente de estas categorías es indispensable para comprender con mayor precisión analítica y rigor teórico la política del mundo actual.

The Conversation

Zarina Kulaeva no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Qué es realmente un régimen político? Más allá de la democracia y el autoritarismo – https://theconversation.com/que-es-realmente-un-regimen-politico-mas-alla-de-la-democracia-y-el-autoritarismo-270544

El océano está lleno de oyentes… y la mayoría escucha mejor que nosotros

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Antonio Figueras Huerta, Profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto de Investigaciones Marinas (IIM-CSIC)

El rorcual común puede emitir vocalizaciones que viajan más de 1.000 kilómetros en el océano. Diego Delso. , CC BY-SA

Al océano se le llamó alguna vez el “mundo silencioso”, una expresión que Jacques Cousteau popularizó en su célebre documental de 1956. Hoy sabemos que nada podría estar más lejos de la realidad. El mar es un alboroto de sonidos biológicos: camarones chasqueadores, ballenas cantoras, peces que gruñen y el rumor grave de las corrientes atravesando arrecifes. Pero, quizá, más notable que los propios sonidos sea la extraordinaria diversidad de mecanismos con que los animales marinos los detectan.

Documental El mundo silencioso, de Jacques Costeau.

Los seres humanos oímos razonablemente bien en el aire. Nuestra cóclea discrimina frecuencias con precisión notable y nuestro cerebro ensambla esas señales en habla, música y conciencia espacial. Pero, bajo el agua, nuestros oídos son casi inútiles.

El sonido viaja aproximadamente 4,5 veces más rápido en agua de mar que en el aire y, como la densidad del agua es similar a la de nuestros tejidos, nos atraviesa el cráneo sin generar las diferencias interaurales que necesitamos para la localización. Somos, en el sentido más literal, sordos en el océano.

Los invertebrados marinos y los peces, en cambio, llevan cientos de millones de años evolucionando sistemas sensoriales exquisitamente afinados a este entorno acústico. Sus soluciones son, a menudo, más sensibles, de mayor ancho de banda o físicamente más elegantes que cualquier cosa que el oído de los mamíferos consiga bajo el agua.

Peces: un oído del tamaño del cuerpo

Los peces detectan el sonido mediante dos sistemas complementarios. Su oído interno, que contiene densas estructuras de carbonato cálcico llamadas otolitos, responde al componente de movimiento de partículas del sonido: el desplazamiento oscilatorio de las moléculas de agua. Cuando una onda sonora atraviesa al pez, su cuerpo se mueve con ella, pero los otolitos, más densos, se quedan atrás por inercia. La diferencia de movimiento entre el otolito y el tejido que lo rodea dobla las células ciliadas sensoriales y genera una señal neural. Este mecanismo es eficaz desde frecuencias inferiores a 1 Hz hasta varios kilohercios, dependiendo de la especie.

Otolito del pez Argyrosomus regius.
Wikimedia Commons., CC BY

Por otro lado, el sistema de la línea lateral, un órgano sensorial de algunos animales marinos para detectar el movimiento y las vibraciones del agua circundante, extiende esta capacidad a toda la superficie corporal. Conjuntos de neuromastos –grupos de células ciliadas embebidas en una cúpula gelatinosa– detectan el flujo de agua local y las vibraciones de baja frecuencia con sensibilidad de desplazamiento en la escala del nanómetro (la milmillonésima parte de un metro).

Los peces utilizan la línea lateral para formar un cardumen, detectar depredadores, evitar obstáculos y crear imágenes hidrodinámicas de objetos cercanos en completa oscuridad. Ningún vertebrado terrestre posee un órgano equivalente.

La piraña, un pez otofísico, posee una cadena de pequeños huesos denominados osículos de Weber que transmite las fluctuaciones de presión. En la imagen, distintas especies de piraña.
Francis de Laporte de Castelnau.

Además, algunos peces han mejorado aún más su audición acoplando la vejiga natatoria al oído interno. En los peces otofísicos (bagres, carpas, pirañas), una cadena de pequeños huesos denominados osículos de Weber transmite las fluctuaciones de presión desde la vejiga natatoria llena de gas hasta el oído interno, ampliando drásticamente tanto la sensibilidad como el rango de frecuencias –análogo en función, aunque no en origen evolutivo, al oído medio de los mamíferos–.

Invertebrados marinos: sin oídos, sin problema

Los invertebrados marinos carecen de cualquier cosa semejante a un oído vertebrado, pero muchos son agudamente sensibles al sonido y la vibración. Crustáceos como langostas y cangrejos detectan el movimiento de partículas mediante estatocistos, sacos llenos de líquido revestidos de células ciliadas y lastrados por una pequeña masa mineralizada (el estatolito). Estos órganos sirven principalmente para el equilibrio, pero también responden a estímulos acústicos de baja frecuencia por debajo de aproximadamente 1 000 Hz.

Doryteuthis pealeii o calamar de aleta larga del Atlántico noroccidental.
Wikimedia Commons., CC BY

Mientras, los cefalópodos –pulpos, calamares y sepias– utilizan sus estatocistos para detectar sonidos entre aproximadamente 30 y 500 Hz, con máxima sensibilidad alrededor de 100–200 Hz. Algunos experimentos han demostrado que el calamar de aleta larga del Atlántico noroccidentalDoryteuthis pealeii– responde al componente de movimiento de partículas del campo sonoro, y que estas respuestas se eliminan cuando los estatocistos son extirpados.

Pero, quizá, los mecanorreceptores –receptores sensoriales especializados que detectan estímulos mecánicos como presión, tacto, vibración y estiramiento, convirtiéndolos en impulsos nerviosos– marinos más extraordinarios pertenezcan a los cnidarios. Medusas, anémonas y corales poseen estructuras sensoriales similares a células ciliadas que responden al movimiento del agua y la vibración del sustrato.

Las larvas de coral de arrecife utilizan señales acústicas para localizar hábitats adecuados. Por eso, el asentamiento larvario es significativamente mayor en sitios con paisajes sonoros de baja frecuencia, característicos de arrecifes sanos. Son animales sin sistema nervioso centralizado, que navegan por el sonido.

Medusa Chrysaora colorata en el Acuario de la Bahía de Monterrey.
Fred Hsu., CC BY-SA

Mamíferos marinos: los verdaderos especialistas

Los odontocetos (ballenas dentadas, delfines y marsopas) son los campeones indiscutibles de la audición marina. Así, los delfines perciben frecuencias de hasta 150 kHz –aproximadamente ocho veces nuestro límite superior– y utilizan la ecolocalización para construir imágenes acústicas tridimensionales de su entorno con resolución centimétrica. Reciben el sonido no a través de un conducto auditivo, sino a través de un canal lleno de grasa en la mandíbula inferior que conduce las vibraciones directamente a la bulla auditiva, evitando el problema que inutiliza nuestros oídos bajo el agua.

Por su parte, las ballenas operan en el extremo opuesto del espectro. Las ballenas azules producen vocalizaciones a aproximadamente 10–40 Hz que pueden propagarse a través de cuencas oceánicas enteras. La morfología de su oído interno sugiere sensibilidad a frecuencias infrasónicas que los humanos no pueden percibir en absoluto. Una sola vocalización de un rorcual común puede viajar más de 1 000 kilómetros: ¡un alcance de comunicación sin igual entre ningún animal terrestre!

¿Es el oído humano el pináculo de la evolución?

La respuesta corta es no. La respuesta larga es que la pregunta misma malinterpreta cómo funciona la evolución. La selección natural no construye sistemas sensoriales “perfectos”, sino sistemas adecuados: la audición de cada especie es un compromiso moldeado por su nicho ecológico, la física de su medio, su tamaño corporal y los depredadores y presas con los que debe lidiar.

En el aire, la cóclea humana es un órgano notable. Nuestra discriminación de frecuencias es aguda (~0,2 % de umbral diferencial en las mejores frecuencias) y nuestro córtex auditivo realiza hazañas asombrosas de reconocimiento de patrones –extraer habla del ruido, analizar armonía musical compleja y localizar sonidos con unos pocos grados de precisión–. Pero, en el instante en que entramos al agua, esas ventajas desaparecen.

Un delfín puede ecolocalizar un objeto del tamaño de una pelota de golf a 100 metros; un pez puede sentir la firma hidrodinámica de la aproximación de un depredador en total oscuridad; una larva de coral no mayor que un grano de arena puede nadar hacia el sonido de un arrecife que nunca ha visitado… No son logros sensoriales menores por provenir de animales no humanos: se trata de soluciones diferentes a problemas diferentes. Y, en sus respectivos dominios, funcionan espectacularmente bien.

Por qué esto importa ahora

Comprender la mecanosensación marina no es meramente un ejercicio académico. El ruido oceánico antropogénico –procedente del tráfico marítimo, los estudios sísmicos, el sonar y la construcción en alta mar– ha incrementado los niveles de sonido ambiental en algunas regiones del océano en 30 dB durante los últimos 50 años. Eso es un aumento de mil veces en energía acústica.

Esta contaminación sonora altera la ecología acústica de la que dependen los animales marinos. Enmascara la comunicación de las ballenas, desencadena respuestas de estrés en cefalópodos, deteriora el comportamiento de cardumen en peces y puede impedir que las larvas de coral encuentren arrecifes adecuados. Estamos, en efecto, ensordeciendo al océano.

La ironía es punzante. La especie con posiblemente la peor audición submarina del planeta es la que genera todo el ruido.

The Conversation

Antonio Figueras Huerta no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El océano está lleno de oyentes… y la mayoría escucha mejor que nosotros – https://theconversation.com/el-oceano-esta-lleno-de-oyentes-y-la-mayoria-escucha-mejor-que-nosotros-281382

¿Talento oculto en la empresa? La IA puede ayudar a descubrirlo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Manuel de Haro García, Profesor titular, Organización de Empresas (RR.HH. y Comportamiento Organizacional), Universidad Miguel Hernández

khunkornStudio/Shutterstock

Las organizaciones llevan años obsesionadas con identificar talento. Sin embargo, siguen tropezando con una pregunta incómoda: ¿qué entienden exactamente por “talento”? En la práctica, muchas veces se confunde lo que una persona ya demuestra hoy con lo que podría llegar a hacer mañana, si se le dieran las condiciones adecuadas. Una cosa es el rendimiento ya observable y otra el potencial todavía no desplegado.

El caso de las 30 personas invisibles

Para ilustrar esta diferencia analizamos los datos de 98 empleados de una multinacional, recabados durante un trabajo de consultoría. Se evaluaban desempeño, movilidad funcional, movilidad internacional, nivel de inglés y varias competencias clave.

Primero se aplicó una lógica habitual: predecir la movilidad internacional con un modelo estadístico clásico. El resultado fue revelador. El nivel de inglés era el único predictor estadísticamente significativo. Si uno se quedara solo con esa lectura, podría concluir que el talento internacional depende, sobre todo, del inglés. Es una conclusión cómoda, rápida y, precisamente por eso, peligrosa.

Cuando pasamos de esa lectura unidimensional a un análisis de conglomerados multidimensionales (a grandes rasgos, una técnica estadística de clasificación basada en características similares), la foto cambió radicalmente y aparecieron cuatro perfiles distintos:

  1. Grupo en desarrollo (contribución local, competencias en construcción).

  2. Talento internacional consolidado (alta movilidad, inglés fluido, experiencia global).

  3. Movilidad observada sin base sólida (han viajado, pero tienen competencias medias).

  4. Talento oculto de alto potencial. Es el hallazgo clave.

Este cuarto grupo sumaba 30 personas con un desempeño medio de 4,12 sobre 5 y competencias de 4,04, pero con movilidad internacional baja y nivel de inglés insuficiente. Con la lectura simplista del modelo lineal habrían pasado completamente desapercibidas. Con una lectura más rica, se muestran como una de las mejores apuestas de desarrollo de la organización.

Visibilidad no es preparación.

Esta es una de las lecciones más útiles para las empresas, que a veces no promocionan a quienes tienen más capacidad de aportar en el futuro, sino a quienes hoy resultan más visibles. La visibilidad no siempre equivale a preparación estratégica.

Un empleado puede parecer “internacional” porque ha tenido más exposición, más oportunidades o, simplemente, más escaparate. Otro puede estar rindiendo muy bien, mostrar competencias sólidas y, sin embargo, quedar fuera del radar porque todavía no domina el idioma o no ha tenido ocasión de participar en proyectos globales.

La IA, bien usada, puede ayudar a detectar esa diferencia. Mal usada, puede convertirla en una nueva forma de ceguera automática.

Tres niveles de uso inteligente

La propuesta es aplicar la inteligencia artificial en el área de recursos humanos en tres niveles de mejora:

  1. Detectar mejor: encontrar señales que antes se escapaban. No solo clasificar personas en categorías obvias, sino identificar patrones ocultos que revelan potencial no desplegado.

  2. Decidir mejor: no solo clasificar, sino recomendar intervenciones adaptadas al perfil. En el caso anterior, el grupo con alto potencial bloqueado por el desconocimiento del idioma o la falta de exposición no debería ser descartado del proceso de internacionalización. Más bien debería entrar en itinerarios acelerados de inglés y mentoría global, o integrarse en proyectos transversales que involucran a diferentes áreas (marketing, finanzas, operaciones, recursos humanos).

  3. Rediseñar el sistema: esta es la intención más ambiciosa. Si una organización descubre que está premiando sobre todo la movilidad visible y no la capacidad real de aportar en contextos complejos, entonces el problema ya no es individual. Es del sistema. La IA puede ayudar a detectar estos sesgos sistémicos y rediseñar los criterios de talento.

No se trata de física cuántica (aunque en algo se parece)

Los empleados son, a la vez, “partícula” y “onda”. Partícula porque ocupan un puesto concreto y dejan un rastro observable de resultados. Onda porque también contienen un espacio de posibilidades futuras que depende del contexto, de las oportunidades y de cómo los lee la organización.

No estamos haciendo física cuántica en recursos humanos, pero esta imagen ayuda a entender algo importante: reducir una persona únicamente a los indicadores visibles es una forma muy sofisticada de simplificarla, para mal. El potencial no es un rasgo fijo e inmutable, sino un espacio contextual de posibilidades.

Explicabilidad o legitimidad perdida

Ahora bien, también existe el riesgo de que una IA opaca, injusta o mal explicada deteriore la confianza y neutralice buena parte de sus ventajas.

Si los empleados perciben que el sistema decide sobre ellos como una caja negra, la herramienta deja de ser una ayuda y pasa a convertirse en un problema de legitimidad. Por eso hace falta supervisión humana, auditorías de sesgo, criterios transparentes que hagan explicable el modelo de IA (o sea, que sus decisiones y resultados sean entendibles, transparentes y justificables). La cuestión no es solo si el algoritmo acierta, sino también si la organización puede defender razonablemente por qué decide como decide.

De calculadora vistosa a capacidad estratégica

El reto no es usar más la IA en la gestión de recursos humanos: es dejar de usarla como una calculadora vistosa y empezar a integrarla como una capacidad estratégica para detectar, desarrollar y transformar talento con más inteligencia humana y artificial, en ese orden.

La inteligencia artificial puede hacer que las empresas sean más rápidas, pero su valor más interesante es que ayuda a ver mejor el talento oculto, las trayectorias bloqueadas, las falsas señales de preparación y los errores sistemáticos de clasificación.

The Conversation

José Manuel de Haro García no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Talento oculto en la empresa? La IA puede ayudar a descubrirlo – https://theconversation.com/talento-oculto-en-la-empresa-la-ia-puede-ayudar-a-descubrirlo-279639

Por qué el hantavirus Andes puede transmitirse entre personas (y otros no)

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Isidoro Martínez González, Científico Titular de OPIs, Instituto de Salud Carlos III

Pereslavtseva Katerina/Shutterstock

Imagínese limpiando una casa de campo cerrada durante meses. Barre el polvo, respira profundamente y, sin saberlo, inhala partículas virales microscópicas provenientes de excrementos de ratón (heces, orina, saliva). Semanas después, desarrolla una fiebre elevada y sus pulmones comienzan a llenarse de líquido.

Este es el escenario clásico del síndrome pulmonar por hantavirus (SPH), una enfermedad grave y a menudo letal. La regla de oro en virología durante décadas fue que el ser humano era un “hospedador terminal” (un callejón sin salida) para los hantavirus: el ratón infecta al humano, pero este no puede transmitir el virus a otro humano.

Pero hay una excepción capaz de transmitirse entre personas: el hantavirus Andes, presente en Chile y Argentina, y recientemente responsable del brote detectado en el crucero MV Hondius. Aunque esta transmisión es poco frecuente y requiere un contacto estrecho, su existencia plantea una pregunta clave: ¿qué hace diferente al virus Andes?

La historia de un descubrimiento inquietante

El virus Andes es endémico de la Patagonia, una región repartida entre Argentina y Chile. Su portador natural es el ratón colilargo (Oligoryzomys longicaudatus).

La comunidad científica descubrió la inusual capacidad de este virus en 1996 durante un brote en Epuyén, Argentina. Los epidemiólogos notaron algo preocupante: los médicos que atendían a los pacientes y los familiares que los cuidaban estaban enfermando. No habían estado en contacto con ratones ni limpiando cobertizos. El virus estaba pasando de persona a persona. Esto se confirmó de manera trágica en otro gran brote en la misma localidad entre 2018 y 2019, que dejó decenas de contagiados y una alta tasa de mortalidad (cercana al 30 %).

Investigaciones publicadas en el New England Journal of Medicine demostraron que varios pacientes estaban infectados con virus genéticamente idénticos, lo que solo se explica por transmisión directa entre humanos. Incluso se identificaron “supercontagiadores”: personas que infectaron a varios contactos cercanos, un fenómeno muy inusual en los hantavirus.

Tras años de investigación en laboratorios de alta bioseguridad, por fin estamos empezando a comprender los mecanismos biológicos que hacen al virus Andes tan excepcionalmente peligroso.




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¿Qué son los hantavirus y qué peligro representan?


Un virus que circula por la sangre… y más allá

La mayoría de los hantavirus apenas alcanzan niveles detectables de virus en la sangre (viremia). En cambio, estudios clínicos recientes han demostrado que el virus Andes provoca una viremia intensa y prolongada durante la fase aguda de la enfermedad.

Esto significa que el virus está presente en grandes cantidades en la sangre del paciente, lo que facilita que llegue a otros fluidos corporales.

Un estudio publicado en The Lancet Infectious Diseases analizó muestras de pacientes infectados y encontró ARN viral y partículas infecciosas en la saliva, las secreciones respiratorias y el fluido gingival. En algunos casos, estas muestras fueron capaces de infectar células en el laboratorio.

Andes, además, tiene la capacidad de infectar células del tracto respiratorio. Esto significa que las nuevas partículas virales que se producen se liberan directamente hacia el interior de los pulmones y la garganta del paciente, listas para viajar en microgotas a través de la tos, los estornudos o la saliva hacia un nuevo huésped.




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Qué se sabe del hantavirus Andes en seis preguntas


Retraso de la respuesta inmunitaria inicial

El hantavirus Andes es especialmente eficaz bloqueando la respuesta antiviral temprana, en particular el sistema del interferón tipo I, que normalmente frena la replicación viral.

Este “silencio inmunológico” permite que el virus se replique más tiempo sin ser detectado.

Un tiempo prolongado de incubación

El periodo entre la infección y la aparición de los síntomas (incubación) suele ser de dos a tres semanas, aunque puede superar incluso los 40 días. Esto permite que una persona infectada alcance picos muy altos de carga viral en sus vías respiratorias antes de que comiencen los síntomas respiratorios graves. En esta fase, la persona solo siente un malestar similar a una gripe leve.

Dado que el paciente aún no se siente gravemente enfermo, sigue haciendo su vida normal: besa a su pareja, abraza a sus hijos o, en el contexto cultural sudamericano, comparte el mate. Es en estos momentos de intimidad y contacto estrecho donde el virus Andes aprovecha para transmitirse a nuevos individuos.

Esquema sobre las particularidades del hantavirus Andes.
Esquema sobre las particularidades del hantavirus Andes.
Isidoro Martínez

¿Debemos preocuparnos?

La respuesta corta es que no, pero con matices.

El virus Andes no se transmite por aerosoles a larga distancia con la facilidad de la gripe o el SARS‑CoV‑2. Para que ocurra el contagio suele ser necesario un contacto estrecho y prolongado, exposición a saliva o secreciones respiratorias, convivencia en espacios cerrados o cuidados directos a un paciente en fase aguda.

Por eso, aunque la transmisión entre personas es real, el riesgo para la población general sigue siendo bajo.

Las medidas de salud pública (aislamiento de casos, rastreo de contactos y protección del personal sanitario) han demostrado ser muy eficaces para cortar las cadenas de transmisión.




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Brote de hantavirus en un crucero: impacto y reflexión desde la salud pública


La importancia de vigilar los virus emergentes

El virus Andes ofrece una oportunidad única para entender cómo un virus transmitido por roedores puede adaptarse parcialmente a la transmisión humana. Comprender sus mecanismos podría ayudar a anticipar riesgos futuros, mejorar la vigilancia epidemiológica y desarrollar mejores herramientas diagnósticas y terapéuticas.

En un mundo donde los virus zoonóticos emergentes son cada vez más frecuentes, el hantavirus Andes es un recordatorio de que la frontera entre animales y humanos es más permeable de lo que parece.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Por qué el hantavirus Andes puede transmitirse entre personas (y otros no) – https://theconversation.com/por-que-el-hantavirus-andes-puede-transmitirse-entre-personas-y-otros-no-282596

¿Está TikTok empeorando la ortografía de los adolescentes?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By África Presol Herrero, Director del Grado en Publicidad Creativa, Universidad Camilo José Cela

Juan Alejandro Bernal/Shutterstock

TikTok es la red social social preferida por los adolescentes, por delante de Instagram o YouTube. La generación Alfa (entre los 12 y los 17 años) la usan para informarse, entretenerse y seguir a sus creadores de referencia. La influencia que los contenidos consumidos tiene en sus creencias, gustos y costumbres es en ocasiones tan intensa que hasta puede cambiar la forma en la que algunos de ellos comen.

Tiene sentido que nos planteemos, por tanto, en qué medida el uso del lenguaje y la ortografía en esta red social puede también estar influyendo en cómo los chicos y chicas de estas edades escriben. Es lo que hemos querido investigar en nuestro reciente estudio.

Tras analizar los 700 vídeos más vistos en TikTok España durante cinco meses desde el punto de vista gramatical, hemos descubierto uno de cada cuatro tiene faltas de ortografía o gramaticales en sus textos superpuestos (subtítulos o rótulos sobre la imagen) o en sus textos descriptivos (el equivalente al pie de foto).

Los errores más comunes

En los 167 vídeos con faltas encontramos un total de 312 errores, la mayor parte de ellos de tipo ortográfico (tildes) en el texto descriptivo. También se detectaron faltas en los rótulos en el 19,2 % de los casos.

Las faltas ortográficas repetidas con más frecuencia fueron “mas” o “que” sin tildes, mientras que los errores gramaticales respondieron más a fallos de concordancia como “tú quiere”, “es para tu” o “me gustan mucho”.

En cuanto al lenguaje urbano digital (expresiones o términos no reconocidos por la RAE), destacó el uso de “tkm” en lugar de “te quiero mucho” o “darle mg” (en lugar de “dadle me gusta”).




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¿Es buena idea penalizar las faltas de ortografía en las pruebas de acceso a la universidad?


También observamos que algunos usuarios modifican de manera intencionada las palabras relacionadas con violencia o sexo para evitar que los vídeos sean penalizados por la normativa de la red social (como, por ejemplo, el uso de “s3xo” por “sexo”, “p3dof1lo” en lugar de “pedófilo” o “c4chetadas” por “cachetadas”).

Sin corrector automático y en pantalla

TikTok es una aplicación nacida para ser usada a través de dispositivos móviles, por lo que los usuarios escriben con el teclado táctil (esto puede invitar a relajar el rigor del uso de la lengua o confiar en exceso del autocorrector). Además, no ofrece la posibilidad, por el momento, de generar o supervisar el texto escrito con inteligencia artificial (algo que sí hace X con su IA Grok para mejorar la calidad de los posts).

Además, una de las características de TikTok es que su algoritmo viraliza contenidos sin que sea determinante el número de seguidores de la persona que los publica. Esta democratización supone que, al contrario que en los medios de comunicación, los contenidos de personas sin una formación especial y sin filtros de calidad puedan ser vistos por miles de usuarios.

La relajación del uso en redes sociales

¿Qué importancia tiene esto? Mucha si tenemos en cuenta que la corrección ortográfica y gramatical es importante para un desempeño eficaz en la vida, especialmente en el ámbito profesional. Además, las normas gramaticales y ortográficas quedan fijadas en nuestros cerebros a través de la reproducción de lo que estamos acostumbrados a ver escrito, ya que cuanto más vemos una palabra escrita de una determinada forma, más probabilidades hay de que la interioricemos y la reproduzcamos, aunque sea incorrecta.

Las redes sociales, y especialmente TikTok, son hoy uno de los principales canales de comunicación entre jóvenes. Si se relaja el uso de la lengua en entornos en los que cada vez pasan más tiempo, estos errores se trasladan al rendimiento y ámbito académico.




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¿Por qué los dictados tradicionales no enseñan ortografía?


Pese a los datos optimistas sobre el hábito lector entre los jóvenes (el 75,3 % de la población entre 14 y 24 años lee libros en su tiempo libre), cabe preguntarse si en cuestión de tiempo de exposición las redes sociales superan con mucho a los libros.

El reto, además, no pasa únicamente por fomentar la lectura, sino por integrar en la educación formal una formación lingüística adaptada al ecosistema digital en el que se comunican los jóvenes. Por ejemplo, integrando el uso de redes sociales y de internet en el aula con las mismas exigencias ortográficas y gramaticales de cualquier trabajo académico.

The Conversation

Jorge Gallardo-Camacho trabaja en Atresmedia

África Presol Herrero no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Está TikTok empeorando la ortografía de los adolescentes? – https://theconversation.com/esta-tiktok-empeorando-la-ortografia-de-los-adolescentes-281068

‘Poverty porn’: the moral dilemma behind MrBeast’s billion-dollar empire

Source: The Conversation – Global Perspectives – By Paul Formosa, Professor and Head of the Department of Philosophy, and Co-Director of the Macquire University Ethics & Agency Research Centre, Macquarie University

YouTube/MrBeast

Jimmy Donaldson, better known as MrBeast, runs the most subscribed-to YouTube channel in the world (with 484 million subscribers) and has an estimated net worth of US$2.6 billion.

He is also a prominent philanthropist. Beyond his involvement in fundraising initiatives such as #TeamTrees, which claims to have planted more than 24 million trees worldwide, Donaldson runs a dedicated Beast Philanthropy YouTube channel.

He claims 100% of profits from this channel’s ad revenue, merch sales and sponsorships go towards helping others. This has included paying for 1,000 cataract surgeries, constructing a medical clinic for children rescued from slavery, and building 100 wells to provide clean water in Africa.

These impressive philanthropic endeavours have dramatically improved the lives of their recipients. How could any of this be controversial?

The murky ethics of ‘stunt philanthropy’

Many of Donaldson’s videos involve subjecting people to what might be seen as degrading or exploitative situations, in exchange for money.

In Donaldson’s “Ages 1 – 100 Decide Who Wins $250,000” video, contestants (including young children) are put in an intense competitive structure and forced to eliminate one another. We see a grown man help to intentionally eliminate an 11-year-old girl, which leads to her sobbing on camera.

In another video, he tells a random group of shoppers they will win US$250,000 if they are the last to leave the store. Under pressure to stay, they are kept from their families and forced to endure poor living conditions, with some experiencing emotional breakdowns.

These videos have been labelled by various critics as “poverty porn”, as they could be seen as exploiting the desperation of vulnerable people to generate clicks and ad revenue.

The Beast Games reality series, which airs on Prime Video, is also built around challenges designed to provoke contestants into backstabbing one another, experiencing emotional distress, and revealing depressing stories about how badly they need the money.

Allegations against Donaldson also extend to behind the scenes, particularly in regards to the culture of work in his companies.

In 2024, several contestants who took part in Beast Games filed a lawsuit against Donaldson’s MrB2024 and other companies involved in the production. They allege they were subject to “chronic mistreatment”, including the infliction of emotional distress, inadequate food and rest breaks, delays in receiving medication, exposure to dangerous conditions, and a failure to prevent sexual harassment.

More recently, a former Beast Industries employee sued two of Donaldson’s production companies after suffering alleged sexual harassment and gender bias at work.

You can’t morally offset exploitation of people

When it comes to assessing the ethics of Donaldson’s work, one option is to take a simple “consequentialist” perspective. Act consequentialism is the view that the right action is the one which leads to the most amount of good.

If a few people suffer exploitative conditions so many more people can enjoy life-saving surgery, then the moral calculus is likely to come out in favour of this situation. Of course, there are longstanding philosophical worries with such a view.

The 18th century philosopher Immanuel Kant argued it is wrong to use others as tools to achieve our own ends, even if our ends are morally admirable. Treating some people as mere means right now can’t be morally justified by promising to help others later on.

According to Kant, one’s motives for helping others are also important, and the moral worth of an action is determined by these motives. So helping others out of a sense of duty has a moral worth that doing the same act out of self-interest does not.

Is Donaldson’s philanthropy motivated by duty and care for others, or by clicks, esteem and ad-revenue? Or perhaps both?

We can’t know the answer. Although, Kant himself did believe all humans are likely to be morally corrupt at the very root of their character.

Consent and power

Irrespective of Donaldson’s motives, a broader point remains: his philanthropic videos are an integral part of his overall brand. The philanthropy helps to make the other, more exploitative videos (and the significant revenues they generate) more “morally palatable”.

After all, Donaldson could simply give his money away. He doesn’t need to make people compete, scheme and suffer for it.

One might counter that the participants have consented to being involved. But when you offer people in economically vulnerable situations potentially life-changing amounts of money to endure degrading conditions, the “voluntariness” becomes contestable.

This is not what ethicists consider “informed consent”. The offer can be so large that it clouds judgement. And for people without genuine alternatives, saying “no” may not be a realistic option.

The fact that Donaldson sometimes subjects himself to similar treatment, such as when he buried himself alive for seven days, deepens rather than lessens the worry, given the power asymmetries at play. He owns the production company, controls the conditions, and profits from the content in ways other participants do not.

The underlying structural concerns

When political problems, such as poverty, or a lack of access to healthcare or clean water, are reduced to entertainment, they undergo a form of what scholars call “depoliticisation”. Political failures that demand collective action, institutional reform and democratic deliberation instead become fodder for entertainment.

If we think we can help solve these problems just by watching viral videos, then we can avoid facing the structural issues that underpin them.

The Conversation

Paul Formosa has received funding from the Australian Research Council, and Meta (Facebook)

ref. ‘Poverty porn’: the moral dilemma behind MrBeast’s billion-dollar empire – https://theconversation.com/poverty-porn-the-moral-dilemma-behind-mrbeasts-billion-dollar-empire-282050

370 billion crickets are farmed for food every year. Scientists have discovered they may feel pain

Source: The Conversation – Global Perspectives – By Thomas White, Associate Professor, School of Life and Environmental Sciences, University of Sydney

House Cricket (_Acheta domesticus_). mani_raab/iNaturalist, CC BY-NC

You’re cooking dinner, distracted, and your hand brushes a hot pan. Nerve signals race to your spinal cord and back to yank your arm away in a fraction of a second, with no thought required.

Then comes the pain. A sharp, spreading sting gives way to a pulsing ache, and you cradle your hand and run it under cold water until it subsides. That felt experience is distinct from the reflex that preceded it. While the reflex moved your body out of danger, pain drives you to protect the wound, recover, and learn to avoid similar mistakes in the future.

We readily accept that other people feel pain by reading cues in their behaviour, like the inspection and nursing of an injury. We extend this to some animals too – a dog licking its paw or a cat favouring a limb rightly stir our sympathies. But what happens when we turn that lens on animals far less like us?

In our new study, published in Proceedings of the Royal Society B, we searched for behavioural signs of pain in house crickets, one of the most widely farmed insects. After applying heat to an antenna, we found that crickets didn’t just reflexively flinch and recover. They nursed the harm, returning again and again to groom the affected site, much as we rub a burned hand.

The frontiers of feeling

French philosopher René Descartes considered animals unfeeling biological machines, and for centuries the circle of moral concern barely extended beyond our own species.

But the boundaries have steadily crept outward. Recognition that mammals experience pain came first, followed by birds. Fish too, once assumed to lack the necessary brain structures, are now widely accepted as capable of pain-like states.

The leap into invertebrates has been greater and more contentious. Their nervous systems bear little resemblance to our own, so arguments from brain anatomy alone don’t carry us far. Instead, we look to behaviour. Does the animal respond to harm in ways that go beyond reflex, ways that are flexible, persistent, and sensitive to context?

Over the past decade, testable indicators for pain in non-humans have been developed and are increasingly accepted. These include learning from unpleasant events, trading off harms against rewards, and actively protecting the site of injury. Evidence meeting these criteria helped crabs and lobsters gain legal recognition as sentient under United Kingdom law in 2022.

Among insects, the evidence has been accumulating fast. Yet most of this evidence comes from bees. Bumblebees weigh the risk of harm against the richness of a food reward, and groom the site of an injury. Honeybees learn to associate particular smells with harmful stimuli and avoid them.

Far less attention has been paid to Orthoptera, the group that includes grasshoppers, locusts and crickets. That gap matters, because the house cricket (Acheta domesticus) is the world’s most widely farmed insect, with more than 370 billion reared annually.

A large warehouse, divided into separate pens, each filled with thousands of crickets.
A cricket farm in Thailand.
Afton Halloran

Do crickets feel pain?

We tested 40 male and 40 female crickets, each experiencing three conditions in random order: a hot probe to a single antenna (65°C, to activate damage receptors but not cause lasting injury), the same probe unheated, or no contact at all.

We filmed their behaviour for ten minutes. Observers scoring the footage did not know which treatment any animal had received.

The results were clear. After the hot probe, crickets were more than twice as likely to groom the affected antenna compared to controls, and spent roughly four times longer doing so.

Could this simply reflect general disturbance rather than targeted care? Unlikely: grooming was directed specifically at the heated side, not spread evenly across both antennae as it was after gentle touch or no contact.

And the behaviour wasn’t a brief, reflexive reaction. It was elevated from the outset and tapered gradually over minutes, much like rubbing a burned hand as the felt sting slowly fades.

Small minds, big feelings

Subjective experience cannot be directly observed in any animal, not even humans.

But we have shown crickets respond to harm in a way that satisfies a key criterion many scientists and philosophers use to infer pain: flexible, directed self-protection. Combined with the knowledge that crickets possess damage receptors, can learn to avoid harms, and respond less to injury under morphine, the weight of evidence for an inner life is growing.

The practical stakes are real. Hundreds of billions of farmed insects are slaughtered each year by freezing, boiling and baking. Pesticides kill trillions more, optimised for lethality with no consideration of potential suffering.

If we take a precautionary approach, credible evidence of suffering should motivate proportionate protections well before we are certain.

Insects have been around for more than 400 million years and are far more behaviourally and cognitively sophisticated than once assumed. The question, then, may not be whether some insects feel, but why we ever assumed they couldn’t.

The Conversation

Thomas White receives funding from The Australian Research Council, the Arthropoda Foundation, and The Australia and Pacific Science Foundation. He is a scientific advisor for the registered charity Invertebrates Australia.

Kate Lynch receives funding from the Australian Research Council, the Arthropoda Foundation, and the Australia & Pacific Science Foundatio. She has previously received funding fromand the John Templeton Foundation.

ref. 370 billion crickets are farmed for food every year. Scientists have discovered they may feel pain – https://theconversation.com/370-billion-crickets-are-farmed-for-food-every-year-scientists-have-discovered-they-may-feel-pain-279855

Your local storm forecast is likely based on weather miles away – mesonets can help bridge that gap

Source: The Conversation – USA (2) – By Chris Vagasky, Meteorologist and Research Program Manager, University of Wisconsin-Madison

Weather apps might see that a storm is coming, but mesonets capture what’s happening as it arrives with local real-time data. Patrick Emerson/Flickr, CC BY-SA

Whether you’re planning a weekend hike, deciding what to wear to work or preparing your home for severe storms, the weather forecast is essential. You might instinctively grab your smartphone and check an app for an instant weather update.

But how many times have you looked at your app, only to step outside and see the sky painting a different picture than what’s on your screen?

As a meteorologist who operates a weather station network in Wisconsin, I’ve heard many of the same cliches time and again: “The weatherman is always wrong!” “Just wait five minutes and the weather will be different!”

Before you blame the local forecasters, let’s talk about where the data in your weather app comes from, and why it might not always show what you expect. It’s why my colleagues and I are working to bring forecast data closer to home.

The nuts and bolts of weather forecasting

Earth is huge. It has a diameter of 7,926 miles (12,756 kilometers) at the equator and has 62 miles (100 kilometers) of atmosphere overhead.

If you want a perfect weather forecast, you will have to precisely measure every molecule of the atmosphere, land and water, and perfectly predict how they will interact with each other for the next minute, day or week. This is, of course, physically impossible.

Instead, scientists run computer models. These models take the observations we do have and simulate the weather on a large scale to a remarkable degree of accuracy. In fact, storm track forecasts from the National Hurricane Center were among its best ever in 2025, and forecasts using machine learning are starting to improve those forecasts even further.

These models are hungry for data. Supercomputers ingest measurements from satellites, weather balloons, Doppler radar, lightning detection networks, buoys, surface weather stations and other measurement platforms to solve the equations that provide weather predictions.

When you open your phone, your weather app isn’t doing the meteorology – it’s just showing the output of the model’s calculations. Even though they generally aren’t tailored by a local meteorologist, these short-term forecasts are usually pretty good. But they could be better.

All weather is local

You’ve probably seen it before: It’s raining on one side of the street and not on the other. You flip on the news to see the nearest airport received an inch of rain, but your garden is dry.

There are more than 2,500 airports in the United States with weather stations, which is where much of the weather data shared on TV and online is collected. But for many people, the closest airport is more than 20 miles (32 kilometers) away. This is especially true in rural areas.

A map shows large gaps in many states, particularly across the West but also in large parts of Mississippi, Alabama, Missouri and Arkansas, as well as regions of the Northeast.
All of the areas in green are more than 20 miles from an airport weather station. In many cases, that means they’re 20 miles or farther from the weather observations feeding their local forecasts.
Chris Vagasky

Because of the chaotic nature of weather, the only way to truly know what’s happening in your yard is to measure the weather in your yard. But not everyone is interested in installing a rain gauge or personal weather station.

Filling the gaps

To bridge this gap, many states and universities have established local weather station networks called mesonets – short for mesoscale networks, meaning intermediate scale. These weather stations are installed in locations to ensure everyone in the state is within 20 miles of the nearest station.

Nationally, there are nearly 3,000 mesonet stations installed in 38 states, with more networks planned.

Like the weather stations at airports, mesonets measure things like air temperature and relative humidity, air pressure, rainfall or melted snow, and wind speed and direction – often every five minutes.

Many mesonets collect additional data such as soil moisture levels to help farmers. Some even have camera images updated every five minutes to show current weather conditions. Mesonet data is then shared through websites or direct data transmission so that the public, weather forecasters and researchers can easily access it.

I lead the team at Wisconet, a new mesonet that just finished installing 78 weather stations across Wisconsin. Our stations are installed on 10-foot-tall (3-meter) tripods in open areas near orchards and cranberry marshes, farms and airfields, schools and other educational centers, and on city, state and federally owned lands.

A tall tripod with various weather equipment and a solar panel for power.
Wisconet weather stations, like this one in Amery, Wisc., provide local weather data for areas where forecasts used to be based on what was happening many miles away.
Caitlin Wienkes, Wisconet

These added weather stations are already proving useful. On Aug. 18, 2025, slow-moving thunderstorms moved over a Wisconet station, with more than 3 inches of rain falling in just a couple of hours. The National Weather Service was able to issue a flash flood warning for the area because of the data provided by that station.

In addition to providing a near-real-time snapshot of the local weather, mesonets help farmers decide when to run irrigation systems, spray pesticides or plant crops. They also help provide better weather warnings, particularly when tornadoes and other storms intensify over small areas that farther-away weather stations would miss.

A nationwide network of networks

Because of the immense value of high-frequency weather and soil measurements, the National Oceanic and Atmospheric Administration leads a National Mesonet Program. The program collects weather data from public, private and academic sources, validates the quality of the data, and ensures it flows to users, including the National Weather Service. National Weather Service forecasters use that data to make more timely and accurate severe weather warnings.

Congress is considering expanding that program, with legislation proposed in the House and the Senate. The bills aim to authorize $50 million to $70 million annually to the National Mesonet Program between 2026 and 2030 to improve and expand mesonets across the country. An expansion would mean more weather stations and new capabilities, like real-time snowfall, fire weather and air quality measurements, closer to the people who rely on them.

So the next time you check your smartphone and grumble because the app doesn’t match the weather in your backyard, remember that all weather is local. If you don’t have a nearby mesonet station, the nearest measurements may be many miles away.

The Conversation

This work is supported by the Institute for Rural Partnerships, project award no. 2023-70500-38915, from the U.S. Department of Agriculture’s National Institute of Food and Agriculture. Any opinions, findings, conclusions, or recommendations expressed in this publication are those of the author and should not be construed to represent any official USDA or U.S. Government determination or policy.

Wisconet receives monthly payments for their data from the National Mesonet Program.

ref. Your local storm forecast is likely based on weather miles away – mesonets can help bridge that gap – https://theconversation.com/your-local-storm-forecast-is-likely-based-on-weather-miles-away-mesonets-can-help-bridge-that-gap-280985