En defensa de las clases ‘incómodas’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan-Antonio Moreno-Murcia, Catedrático de Universidad, Universidad Miguel Hernández

Lucas, universitario de segundo curso, entra al aula con el gesto tranquilo de quien espera una clase sin sobresaltos. Se sienta, abre el portátil y aguarda a que la profesora inicie la presentación. Las diapositivas avanzan, la explicación fluye, él toma apuntes, mira el móvil de vez en cuando, mientras alterna la mirada entre el móvil y una pestaña del navegador que no tiene nada que ver con la asignatura. Sale con la sensación de que “así da gusto estudiar”: todo claro, ordenado, sin preguntas incómodas ni necesidad de debatir o resolver problemas.

Días después, en otra asignatura, el escenario cambia. La profesora reparte un caso real, pero esta vez sin solución incluida. “Trabajad en grupos, analizad el problema y proponed una estrategia”, les dice. Lucas frunce el ceño. No hay una única respuesta correcta, hay que leer, discutir, tomar decisiones. El ritmo es más lento y más incómodo. “Esto debería explicarlo la profesora”, piensa. Le cuesta arrancar porque no está acostumbrado a ser quien construye el camino.

Esa incomodidad es, justamente, el punto de partida del verdadero aprendizaje. Aprender no es recibir, es transformar, no es consumir respuestas, sino formular preguntas y justificar decisiones. Las investigaciones en educación superior muestran que, aunque el alumnado siente que aprende más con clases magistrales fluidas, obtiene mejores resultados y retiene mejor cuando participa en actividades dinámicas y exigentes.

Comodidad no es aprendizaje

Como director de un máster de formación del profesorado, año tras año observo que muchos futuros docentes siguen prefiriendo la clase transmisiva de toda la vida. Suelen decir que se sienten “más seguros” cuando el profesor explica y ellos escuchan en silencio, aun cuando reconocen que olvidan gran parte de lo visto poco después del examen. Esa preferencia no es casual: es el reflejo de su propia biografía académica, construida durante años en aulas donde casi nunca se les pidió decidir, debatir o equivocarse en público.

Aquí aparece una confusión peligrosa: se confunde sentirse cómodo con estar aprendiendo. Si la explicación fluye, parece que el conocimiento entra sin esfuerzo; si la dinámica exige pensar, discutir o defender argumentos, aparece la sensación de “no me entero”.

Sin embargo, los estudios que comparan clases tradicionales y metodologías activas muestran que esa sensación engaña: los estudiantes suelen creer que aprenden más con la lección clásica, pero rinden mejor y recuerdan durante más tiempo cuando se les hace trabajar de forma activa con los contenidos.

Es decir, la sensación subjetiva de aprender no siempre coincide con el aprendizaje real. Y si como docentes nos guiamos únicamente por la comodidad del aula, podemos estar reforzando prácticas que tranquilizan, pero no transforman.

Superar la inmediatez

A la resistencia al esfuerzo se suma un factor cultural y tecnológico. Vivimos rodeados de pantallas que ofrecen respuestas inmediatas, contenidos resumidos en segundos y soluciones preelaboradas para casi cualquier duda. El uso cotidiano del móvil, de buscadores o de redes como TikTok ha modelado el hábito de obtener información rápida, fragmentada y sin fricción.

Cuando ese hábito entra en el aula, algunos estudiantes esperan que la experiencia educativa funcione igual: una explicación clara, breve, fácilmente consumible y, a ser posible, sin incertidumbre. Si se les propone leer un caso largo, analizar datos ambiguos o sostener un debate sin una respuesta única, aparece la frustración. Sin embargo, el aprendizaje profundo es, por naturaleza, más lento, más activo y más incómodo que deslizar el dedo por una pantalla. Enseñar hoy también implica ayudar a desaprender esa urgencia por la gratificación inmediata y recuperar el valor de la paciencia intelectual: dedicar tiempo a comprender, no solo a pasar de actividad en actividad.




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Mayor exigencia docente

A veces, cuando se introduce una dinámica participativa, se escucha en los pasillos frases como “la clase la damos nosotros” o “el profesor ya no explica”. Se da a entender que, si el alumnado trabaja más, el docente trabaja menos. Ocurre justo lo contrario.

Diseñar actividades retadoras, acompañar procesos, ofrecer retroalimentación útil y evaluar con criterios competenciales requiere más preparación, más pensamiento estratégico y más implicación profesional que repetir una lección ya conocida.

Metodologías como el aprendizaje basado en proyectos, las simulaciones, las prácticas guiadas o la clase invertida no son atajos ni juegos para “entretener” al alumnado. Son formas de que el estudiante se vea obligado a aplicar, argumentar, decidir y revisar lo que hace. La evidencia disponible indica que, cuando estas estrategias se implementan con rigor, aumentan la motivación, el compromiso y el rendimiento académico, precisamente porque devuelven al estudiante un papel activo en su propio aprendizaje.

Un reto compartido

Nada de esto significa que la exposición clara deje de ser necesaria. Una buena explicación sigue siendo una herramienta valiosa, pero no puede ser la única. Si se quiere formar profesionales capaces de actuar en contextos reales y complejos, no basta con que “se lo sepan”, hace falta que sean capaces de analizar, decidir, cooperar y aprender de sus errores.

El reto es compartido. El profesorado ha de asumir que su tarea es provocar pensamiento con sentido pedagógico. El alumnado, por su parte, ha de aceptar que aprender implica esfuerzo, asumir incertidumbre y tolerar la incomodidad de no tener la respuesta desde el primer minuto. Cuando ambos lo entienden, se abre espacio para una relación educativa más honesta y para resultados más profundos: mayor autonomía, pensamiento crítico y una preparación más realista para el mundo profesional.




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Pequeños cambios

Para el profesorado, esto puede empezar con cambios pequeños: pedir al estudiantado que explique un concepto con sus propias palabras, que resuelva un problema en grupo antes de ver la solución o que conecte la teoría con un caso real antes de presentarles el “modelo correcto”. Para el alumnado, el cambio pasa por interpretar la incomodidad no como un fallo del docente, sino como una señal de que se le está sacando de la zona de confort.

Intentar que existan menos brazos cruzados y más cerebros en marcha es asumir que comprender de verdad casi nunca es algo pasivo. Y que el oficio docente, lejos de buscar la comodidad constante, tiene como misión acompañar ese esfuerzo y darle sentido.

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Juan-Antonio Moreno-Murcia no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. En defensa de las clases ‘incómodas’ – https://theconversation.com/en-defensa-de-las-clases-incomodas-271862

¿Puede ser injusta la salud digital?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Oriol Yuguero, Médico de Urgencias e Investigador del IRBLLEIDA en el área de Urgencias y Emergencias. Profesor Asociado UOC y ULL, Universitat de Lleida

khunkornStudio/Shutterstock

Imagínese que usted vive en un pueblo del Pirineo de Lleida. La única forma que tiene de conectar con el médico más cercano que pasa visita diariamente en la capital de la comarca es por teléfono o mediante una consulta online. Sin embargo, la centralita del centro de salud está colapsada. Dispone de un móvil que le permite hacer videollamadas con sus familiares pero desconoce cómo conectar con su médico. No le queda otra que coger el coche y desplazarse.

Ahora imagine que usted es una médica especialista en Endocrinología con más de 35 años de experiencia, una excelente profesional que ha mejorado la vida de muchas personas. La digitalización de la historia clínica se ha convertido para ella en un arma de doble filo. Entiende las ventajas de disponer en un momento todo el historial del paciente, pero está tan pendiente de registrar los datos y de revisarlo todo, que ha dejado de atender debidamente a los pacientes.

Siente que se está deshumanizando, lo que la lleva al agotamiento emocional y a sufrir el síndrome de estar quemada (burnout) en las últimas etapas de su vida laboral. Eso le genera ansiedad.

Estos dos ejemplos sirven para ilustrar cómo la digitalización del sistema sanitario tiene elementos que a veces no se muestran de forma clara y transparente. Son innegables sus ventajas: han surgido herramientas de telemonitorización, asistentes diagnósticos, consultas virtuales, acercamiento de profesionales expertos a regiones recónditas…. Pero como todos los desarrollos tecnológicos y científicos del último siglo, siempre hay que prestar atención a sus efectos colaterales. No se trata de frenar este desarrollo, sino de humanizarlo e intentar pensar en sus posibles consecuencias.

¿Y quién se queda atrás en esa carrera digital? Es fácil responder a esa pregunta: los colectivos vulnerables habituales con las nuevas tecnologías se vuelven aún más vulnerables en la mayoría de los casos.

De brechas y sesgos

La brecha digital ha sido descrita en múltiples ocasiones. Por ejemplo, el equipo de salud digital de la Sociedad Catalana de Medicina Familiar (CAMFIC) ha reivindicado la importancia abordar los determinantes digitales de la salud para garantizar que todas las personas tengan acceso a los beneficios de la tecnología.

Más allá del sedentarismo tecnológico o el miedo al uso de los miles de datos que se generan en el ámbito de salud, la poca capacidad técnica y de conocimientos digitales sigue siendo, hoy por hoy, uno de de los determinantes digitales de salud más prevalentes, como muestra un estudio reciente de la Organización Mundial de la Salud.

Cabe añadir que también nos enfrentamos a una brecha de género, un problema estructural en la medicina tradicional que tiene su equivalente en el ámbito digital. El problema va más allá del acceso a los servicios de salud: los sesgos algorítmicos, derivados de conjuntos de datos de entrenamiento desequilibrados pueden no solo replicar, sino incluso amplificar las desigualdades existentes, tal y como demuestra informe de la UNESCO I’d Blush if I Could.

Si los sistemas de inteligencia artificial se entrenan principalmente con datos de hombres –debido a la infrarrepresentación histórica de las mujeres en la investigación–, sus diagnósticos y recomendaciones de tratamiento pueden ser menos precisos para ellas. Por ejemplo, los síntomas de un infarto o de una enfermedad cerebrovascular pueden ser diferentes en las pacientes femeninas, y un algoritmo no entrenado para reconocerlos podría pasarlos por alto. Así, herramientas diseñadas para ser objetivas podrían acabar perpetuando el “síndrome de Yentl”, según el cual las mujeres reciben menos pruebas diagnósticas y tratamientos oportunos.

Alfabetización digital para pacientes y profesionales

Frente a estos desafíos, la alfabetización digital es una herramienta básica. Dicha alfabetización se define como las habilidades y conocimientos que son fundamentales para el uso de las tecnologías, entendiendo como tales la utilización de internet, aplicaciones informáticas y móviles.

Pero este concepto no es aplicable solo a los ciudadanos, sino también a los profesionales sanitarios. El fenómeno del tecnoestrés está descrito y afecta a aquellos profesionales que a pesar de reconocer la importancia de las nuevas tecnologías en la práctica asistencial, ven cómo se quedan atrás. Y esa sensación de impotencia y de falta de control de la consulta acaba generando estrés, ansiedad y burnout profesional.

Por eso es fundamental promover la formación. La transformación digital no será completa si todos los profesionales no consiguen sentirse cómodos con ella. Hay que tener en cuenta que el cambio de la historia clínica en papel al formato electrónico ha sido rápida e imparable.

Qué es justicia digital

Hablar de justicia en el ámbito de la salud digital consiste en intentar tener esa visión realista y que va más allá de políticas igualitarias o de equidad. No podemos limitarnos a facilitar móviles a todos los ciudadanos para que puedan conectarse. O facilitar dispositivos con teclas grandes. Hay que realizar tareas educativas para que las personas ciudadanos puedan ejercer su autonomía digital con calidad y dignidad.

No es es una cuestión de edadismo. El grupo poblacional de 65 a 75 años ya domina muchas herramientas digitales. Pero en 10 años se prevé una evolución tal que deberemos aprender a marchas forzadas, porque las generaciones más jóvenes también habrán quedado obsoletas. La digitalización debe facilitar un empoderamiento del paciente que le permita gestionar mejor su salud y sus datos relativos con la misma.

En esta evolución constante debe implicarse a los ciudadanos en el diseño de nuevas aplicaciones y plataformas, desde el punto de vista de la bioética. De hecho, hemos propuesto el término ciberbioética para afrontar todos los dilemas éticos vinculados con la salud digital y la inteligencia artificial.

En definitiva, debemos tener claro que la pregunta fundamental no és el qué, el cómo o el porqué, sino el para qué y el para quién.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. ¿Puede ser injusta la salud digital? – https://theconversation.com/puede-ser-injusta-la-salud-digital-266094

Vivir rodeado de caras desconocidas: qué es la prosopagnosia

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Oliver Serrano León, Director y profesor del Máster de Psicología General Sanitaria, Universidad Europea

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Reconocer un rostro es una de las habilidades más automáticas y socialmente relevantes del ser humano. Lo hacemos sin esfuerzo consciente: identificamos a familiares, amistades y colegas incluso cuando cambian la iluminación, la edad o la expresión emocional. Sin embargo, para algunas personas este proceso falla de forma sistemática. Ven perfectamente una cara, distinguen ojos, nariz y boca, pero no saben a quién pertenece. Este trastorno se conoce como “prosopagnosia”.

La prosopagnosia (“incapacidad para reconocer rostros”) es un tipo específico de agnosia visual en la que el problema no está en la visión ni en la memoria general, sino en el reconocimiento facial. Las personas que la presentan no han olvidado a quienes les rodean ni tienen dificultades intelectuales. Lo que falla es el acceso automático a la identidad a partir del rostro.

Esta disociación ha convertido a la prosopagnosia en un modelo clave para estudiar cómo el cerebro construye el reconocimiento social.

Ver una cara no es reconocer a una persona

Desde la neurociencia cognitiva sabemos que el reconocimiento facial no es una extensión del reconocimiento de objetos. Existen sistemas cerebrales especializados en procesar rostros, distintos de los que se activan al identificar otros estímulos visuales.

Uno de los hallazgos más influyentes en este campo fue la identificación en el cerebro, a finales de los años 90 del siglo pasado, de la llamada “área fusiforme de las caras”. Se trata de una región que responde de forma selectiva a los rostros humanos.

Investigaciones posteriores demostraron que el reconocimiento de caras no depende de un único centro, sino de una red distribuida que integra información perceptiva, emocional y biográfica. Este modelo explica por qué una lesión en puntos concretos de esa red puede afectar de manera muy específica al reconocimiento facial sin alterar otras capacidades visuales.

En la prosopagnosia el rostro se percibe correctamente, pero no activa la sensación de familiaridad ni la identidad personal. La cara está ahí, pero la persona no aparece.

¿Adquirida tras una lesión o presente desde el nacimiento?

Desde el punto de vista clínico se distinguen dos grandes formas de prosopagnosia.

  • La modalidad adquirida aparece tras una lesión cerebral, como un ictus, un traumatismo craneoencefálico o una infección del sistema nervioso central. En estos casos, la persona pierde una habilidad previamente intacta. Los estudios clínicos sobre este tipo de prosopagnosia muestran que las lesiones en regiones occipitotemporales, especialmente del hemisferio derecho, son críticas para este déficit.

  • La prosopagnosia del desarrollo, en cambio, está presente desde la infancia y no se asocia a una lesión cerebral identificable. Se ha descrito este trastorno como un déficit específico y estable del procesamiento facial, que puede aparecer en personas con inteligencia normal y visión intacta. Las estimaciones muestran que se trata de un trastorno bastante raro. Estudios sobre la prevalencia de la prosopagnosia hereditaria no sindrómica han sugerido que alrededor del 2 % de la población podría presentar formas del trastorno, pero que muchas personas viven con esta dificultad sin un diagnóstico formal.

Consecuencias sociales y emocionales

El impacto de la prosopagnosia va más allá de la percepción visual. El reconocimiento facial cumple una función central en la interacción social. Su alteración puede generar malentendidos y ansiedad social hasta el punto de evitar situaciones interpersonales.

Estudios centrados en la experiencia subjetiva de las personas con prosopagnosia documentan consecuencias emocionales y sociales significativas. Estas no se explican por problemas de personalidad ni por falta de habilidades sociales, sino por la imposibilidad de reconocer a los demás de forma automática.

Para adaptarse, muchas personas desarrollan estrategias compensatorias. Por ejemplo, apoyarse en la voz, el contexto, la ropa y la forma de moverse.

Estas estrategias han sido analizadas en estudios sobre cómo se vive cotidianamente con prosopagnosia. Gracias a ellas es posible funcionar socialmente, aunque con un coste cognitivo y emocional añadido.

Lecciones sobre el cerebro

Desde un punto de vista teórico, la prosopagnosia ha sido fundamental para comprender cómo el cerebro organiza el reconocimiento de las caras.

Este trastorno demuestra que reconocer a una persona no es una función unitaria, sino el resultado de la interacción entre sistemas perceptivos especializados y mecanismos de acceso al significado.

Esa idea se enmarca en el conocimiento más amplio sobre las agnosias visuales, que muestra cómo el cerebro puede perder el acceso al significado sin que la percepción básica esté dañada.

La prosopagnosia es uno de los ejemplos más claros y mejor documentados de esta disociación.

Comprender para no juzgar

No existe un tratamiento curativo específico para la prosopagnosia, pero la psicoeducación y el reconocimiento del trastorno reducen significativamente su impacto. Comprender qué es evita interpretaciones erróneas, como atribuir el problema al desinterés o a la falta de atención. Además, favorece entornos más comprensivos en el ámbito educativo, laboral y social.

En última instancia, la prosopagnosia nos recuerda algo esencial: ver no es reconocer. Reconocer a los demás depende de una compleja arquitectura cerebral que solemos dar por sentada. Cuando falla, no desaparecen las personas, pero sí el acceso inmediato a quienes son. Entenderlo nos ayuda a comprender mejor no solo este trastorno, sino cómo el cerebro construye la vida social.

The Conversation

Oliver Serrano León no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Vivir rodeado de caras desconocidas: qué es la prosopagnosia – https://theconversation.com/vivir-rodeado-de-caras-desconocidas-que-es-la-prosopagnosia-275183

Guía práctica de ahorro e inversión para jóvenes profesionales

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Gustavo Porporato Daher, Profesor de Economía Financiera y Contabilidad, Universidad Autónoma de Madrid

MaxZolotukhin/Shutterstock

Tradicionalmente, las familias han optado por depósitos a plazo fijo y la compra de vivienda como métodos principales de ahorro. Sin embargo, la combinación de bajos intereses y los elevados precios de la vivienda dificulta hoy día la creación de patrimonio, especialmente para los jóvenes profesionales, quienes deben reconsiderar sus planes financieros. Este artículo brinda una guía práctica para comprender los conceptos clave sobre inversión y comportamiento financiero, establecer estrategias de ahorro sostenibles y elegir alternativas accesibles para invertir con montos reducidos.

Ahorro frente a inversión y el ciclo vital

Para un joven profesional la primera decisión no es qué activo comprar, sino para qué y cuándo va a necesitar el dinero ahorrado. El ahorro busca estabilidad y disponibilidad del dinero, mientras que la inversión pretende alcanzar crecimiento, lo cual implica asumir riesgos y soportar volatilidades. Definir el horizonte temporal (corto, medio o largo plazo) y la tolerancia al riesgo reducen las decisiones impulsivas y los errores típicos de principiante.

La teoría del ciclo vital, enunciada en 1963 por los economistas italianos Albert Ando y Franco Modigliani, sostiene que las personas tienden a distribuir consumo y ahorro a lo largo de su vida: se ahorra más cuando aumenta la renta laboral y se consume en etapas posteriores.

El pensamiento práctico que los jóvenes pueden aplicar es que, siempre que la liquidez de corto plazo esté cubierta, un horizonte largo permite asumir más riesgo diversificado. Así, podrán beneficiarse del crecimiento acumulado de las inversiones realizadas, teniendo en cuenta el concepto de interés compuesto.

Un error común es creer que invertir equivale a encontrar la oportunidad que nadie más ve. La evidencia académica sobre la eficiencia de los mercados sugiere que, incluso para los profesionales, es difícil ganarle consistentemente al mercado. Por ello, la estrategia del inversor joven debe centrarse sobre todo en los costes.

Estrategias de ahorro: primero estabilidad, luego rentabilidad

El ahorro de las familias y de los jóvenes presentan rasgos de fragilidad financiera: una parte relevante de los hogares no puede cubrir un shock o una crisis moderada de liquidez a corto plazo. Para los jóvenes, esto se traduce en una regla operativa: antes de invertir agresivamente es recomendable construir un colchón de liquidez que reduzca la probabilidad de endeudamiento con altos costes o la venta forzada de activos durante las caídas de mercado.

La decisión de ahorrar está definida por los objetivos establecidos y está sujeta a la fuerza de voluntad de los jóvenes. Las prácticas de ahorro suelen fallar por sesgos de conducta (presente frente a futuro, procrastinación, exceso de confianza…). Los enfoques conductuales proponen mecanismos de compromiso que aumentan las tasas de ahorro sin demandar una motivación constante. Por ejemplo, aumentar la cantidad ahorrada cuando sube el salario o se reciben ingresos extras, o automatizar las aportaciones mensuales.




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Más allá de la automatización, existen otras herramientas que ayudan a cumplir los objetivos de ahorro autoimpuestos: tener cuentas diferenciadas, fijar penalizaciones personales, hacer públicos los objetivos de ahorro, etc. La idea para los jóvenes es diseñar un sistema que reduzca la tentación de no ahorrar cada mes en lugar de diseñar un sistema perfecto.

Invertir sin adivinar

Muchos jóvenes suelen optar por gestionar personalmente sus inversiones para intentar identificar las alternativas más rentables, a pesar de su limitada capacidad financiera para asumir errores. Además, la gestión activa tiene su coste: los inversores afrontan elevados gastos en comisiones y transacciones al intentar superar el rendimiento del mercado. Por ello, la gestión pasiva, mediante el uso de productos de inversión indexados de bajo coste, que replican el comportamiento de un índice bursátil determinado, es una alternativa adecuada para quienes se inician en el ámbito de la inversión.

En cualquier caso, se debe invertir de forma disciplinada y diversificada, más como una carrera de fondo que como un sprint, evitando la rotación constante de los valores en cartera.

Para concluir

En resumen, es factible iniciar inversiones con un capital limitado si se otorga prioridad a la liquidez, la disciplina, la diversificación y la gestión eficiente de los costes. Para los jóvenes, el enfoque debe centrarse en la construcción de un sistema sólido que les permita:

  • Comprender conceptos clave como horizonte temporal, gestión del riesgo y establecimiento de expectativas.

  • Garantizar la estabilidad financiera a través del ahorro constante y la constitución de un fondo de emergencia.

  • Invertir sistemáticamente en alternativas diversificadas y de bajo coste, evitando cambios impulsivos en la cartera.

Con recursos iniciales reducidos, los principales factores diferenciadores son el aprovechamiento del tiempo, la optimización de los costes y la adecuada gestión del comportamiento financiero.

The Conversation

Gustavo Porporato Daher no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Guía práctica de ahorro e inversión para jóvenes profesionales – https://theconversation.com/guia-practica-de-ahorro-e-inversion-para-jovenes-profesionales-274232

Ni estudian ni trabajan: por qué este fenómeno es más complejo de lo que pensamos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Gabriel Lozano Reina, Profesor del Departamento de Organización de Empresas y Finanzas, Universidad de Murcia

Durante la última década, el término nini (jóvenes que ni estudian, ni trabajan) se ha instalado en el debate público para describir una de las situaciones más preocupantes de las sociedades actuales. En 2023, más de 280 millones de jóvenes en el mundo se encontraban en esta situación, según la Organización Internacional del Trabajo.

En Europa, aunque las cifras varían mucho entre países y regiones, el fenómeno afecta a millones de jóvenes, con especial intensidad en aquellos territorios que combinan mercados laborales frágiles y sistemas educativos poco conectados con el empleo.

A menudo, el debate público presenta a estos jóvenes como desmotivados, poco esforzados o responsables de su propia exclusión. Sin embargo, la evidencia a la que llega nuestro estudio muestra una realidad mucho más compleja. Lejos de tratarse de una decisión puramente individual, el fenómeno nini es el resultado de una combinación de factores estructurales, familiares e individuales, profundamente condicionados por el territorio en el que se vive. Esta mirada permite entender por qué políticas centradas únicamente en “activar” a los jóvenes, sin atender a su contexto, suelen fracasar.

Un fenómeno diverso, no un grupo homogéneo

Uno de los principales errores que cometemos al hablar de jóvenes ninis es asumir que forman un grupo homogéneo. Los resultados a los que llegamos muestran que bajo esta etiqueta conviven realidades muy distintas. Algunos jóvenes están desempleados y buscan activamente trabajo. Otros están fuera del mercado laboral porque cuidan de familiares, han perdido la esperanza de encontrar empleo o atraviesan problemas de salud. Y existe también un grupo minoritario que se encuentra fuera del sistema de forma voluntaria y temporal.

Esta heterogeneidad es clave porque implica necesidades, trayectorias y riesgos muy diferentes. No es lo mismo un joven que busca empleo sin éxito durante meses que una joven que abandona el mercado laboral por responsabilidades de cuidado, o que alguien que se retira temporalmente del sistema educativo por falta de recursos.

Esta diversidad es clave para entender por qué muchas políticas públicas no logran los resultados esperados. Tratar a todos los ninis como si compartieran los mismos problemas conduce a intervenciones poco eficaces y, en algunos casos, injustas, al invisibilizar situaciones de vulnerabilidad muy distintas bajo una misma etiqueta estadística.

Factores estructurales: cuando el mercado laboral expulsa

El primer nivel de explicación se encuentra en los factores estructurales (o de nivel macro). Los países y regiones con altas tasas de desempleo juvenil, mercados laborales precarios y transiciones de la educación al empleo más débiles presentan mayores tasas de jóvenes ninis.

Las crisis económicas agravan esta situación. Tras la crisis financiera de 2008 y, más recientemente, durante la pandemia de covid-19, muchos jóvenes quedaron atrapados en trayectorias laborales inestables, encadenando contratos temporales o directamente excluidos del empleo. En este contexto, el problema no es solo la falta de trabajo sino la precariedad: empleos mal pagados, inseguros y con escasas oportunidades de aprendizaje que no facilitan una integración duradera.

Además, el lugar importa. Las regiones rurales o periféricas, con economías poco diversificadas y menor acceso a servicios públicos, concentran mayores riesgos de exclusión juvenil que las áreas metropolitanas, con mercados laborales más dinámicos. Las diferencias territoriales no solo afectan a la disponibilidad de empleo, también a la calidad de las instituciones, al acceso al transporte, a la oferta educativa y a los servicios de apoyo a la juventud.




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El papel de la familia, el sistema educativo y el entorno cercano

Un segundo nivel de factores tiene que ver con el entorno familiar, social y educativo. El nivel educativo de los padres, la estabilidad económica del hogar y el acceso a redes de apoyo influyen de manera decisiva en las trayectorias juveniles.

El sistema educativo también desempeña un papel central. El abandono escolar temprano, la escasa conexión entre formación y mercado laboral, o la debilidad de la formación profesional aumentan significativamente el riesgo de convertirse en nini. Por el contrario, los países y regiones con sistemas de formación profesional sólidos y buenas políticas de transición al empleo logran reducir este riesgo. Destaca especialmente la importancia de los programas que combinan formación y experiencia laboral, facilitando una transición menos abrupta entre estudiar y trabajar.

La conciliación es otro elemento clave. Muchas jóvenes, especialmente mujeres, abandonan el empleo o la formación por responsabilidades de cuidado. Allí donde existen servicios de atención infantil accesibles y políticas de apoyo a las familias, la probabilidad de que estas jóvenes queden atrapadas en la inactividad es mucho menor. Esto explica, buena parte de las diferencias de género observadas en las tasas de inactividad entre jóvenes.

Factores individuales: edad, género y educación

A nivel individual existen características que influyen en la probabilidad de convertirse en nini. La probabilidad de quedar atrapado en esta situación aumenta cuando la salida del sistema educativo no va acompañada de mecanismos eficaces de inserción laboral y los jóvenes se enfrentan a mercados caracterizados por la inestabilidad y la precariedad. El género también importa: en muchos países, las mujeres presentan tasas más altas de inactividad debido a los roles tradicionales de cuidado.

Aunque generalmente el nivel educativo de cada persona protege frente a la exclusión, no actúa de forma automática. Los jóvenes con baja cualificación tienen más dificultades para acceder al empleo, pero también existen jóvenes con estudios superiores que permanecen como ninis debido a la sobrecualificación y a la falta de oportunidades acordes a su formación. Este fenómeno cuestiona la idea de que más educación, por sí sola, garantice una integración laboral exitosa.

Por qué el territorio es clave para entender el fenómeno

Uno de los elementos menos visibles en el debate público es el papel del territorio. Nuestro estudio muestra que los factores que explican el fenómeno nini no actúan igual en todos los lugares. Las oportunidades educativas, el tipo de empleo disponible, la calidad de las instituciones y el acceso a servicios públicos varían enormemente entre regiones.

Esto explica por qué dos jóvenes con perfiles similares pueden tener trayectorias muy distintas según vivan en una gran ciudad o en una región periférica. Entender esta dimensión territorial es esencial para diseñar políticas eficaces y evitar soluciones uniformes que ignoran las desigualdades locales. La evidencia sugiere que las políticas más exitosas son aquellas que se adaptan a las condiciones económicas y sociales de cada territorio.

Soluciones poliédricas

La investigación acumulada apunta a una conclusión clara: no existen soluciones simples. Las políticas más eficaces son aquellas que combinan medidas económicas, educativas y sociales, adaptadas al contexto territorial.

Los programas que integran formación, experiencia laboral remunerada, acompañamiento personalizado y apoyo social muestran mejores resultados que las intervenciones aisladas. También resulta clave distinguir entre jóvenes desempleados y jóvenes inactivos, ya que sus necesidades son distintas. Ignorar esta distinción reduce la eficacia de las políticas y refuerza estigmas injustificados.

En definitiva, lejos de ser un problema de actitud individual, el fenómeno nini refleja fallos estructurales en los sistemas educativos, los mercados laborales y las políticas sociales. Comprender esta complejidad es el primer paso para abandonar los estigmas y avanzar hacia respuestas más justas y eficaces.


Una versión de este articulo se publicó en la revista Telos, de la Fundación Telefónica.

The Conversation

Gabriel Lozano Reina recibe fondos de la Agencia Estatal de Investigación (proyecto PID2024-159036NA-I00) y de la Fundación Cajamurcia.

Gregorio Sánchez Marín recibe fondos de la Agencia Estatal de Investigación (proyecto PID2024-159036NA-I00).

ref. Ni estudian ni trabajan: por qué este fenómeno es más complejo de lo que pensamos – https://theconversation.com/ni-estudian-ni-trabajan-por-que-este-fenomeno-es-mas-complejo-de-lo-que-pensamos-274487

Why it’s funnier when you’re not allowed to laugh

Source: The Conversation – UK – By Michelle Spear, Professor of Anatomy, University of Bristol

michaelheim/Shutterstock.com

I don’t think I’ve ever laughed harder than during a church service, when something faintly ridiculous caught my eye. My friend saw it too, and once she started laughing, it became impossible to stop. Years later I’ve tried to explain what was so hilarious, but it seems you had to be there. What was it about the combination of the situation – sometimes referred to as “church giggles” – and shared laughter that made it so funny?

Most people recognise the experience. A solemn setting. Absolute silence. A fleeting visual detail that is, in any other context, only mildly amusing at best. Yet the harder you try to suppress the laugh, the more uncontrollable it becomes. When someone else notices it too, restraint becomes next to impossible.

This kind of laughter that comes from trying not to laugh isn’t confined to religious spaces. It happens in any setting where silence, seriousness and self-control are tightly enforced and uncontrolled laughter is frowned upon.

Rather than being bad manners or a lack of emotional maturity, it tells us something about how the brain behaves under pressure. The science behind it is surprisingly complex.

In highly formal settings – churches, courtrooms, funerals – the brain operates in a state of active inhibition. This is the process by which your brain deliberately suppresses brain activity.

The region most involved is the prefrontal cortex, the thinking and decision-making part at the front of your brain, particularly its medial and lateral areas. These areas handle social judgment, behavioural restraint and emotional regulation.

This part of the brain doesn’t stop emotions from arising. Instead, it works by suppressing their outward expression.

Laughter comes from a distributed network in the brain rather than a single “laughter centre”. The impulse begins in the outer regions of the brain, but the emotional drive comes from deeper structures in the limbic system, the emotional processing centre of the brain.

The limbic system includes the amygdala, an almond-shaped structure that processes emotions and assigns emotional importance to things, and the hypothalamus, which controls automatic body functions like heart rate and breathing. Once laughter gets released, circuits in the brainstem – the base of the brain that connects to the spinal cord – take over and coordinate facial expression, breathing and vocalisation.

This makes laughter difficult to stop voluntarily. The prefrontal cortex normally keeps this response in check, suppressing laughter when it’s socially inappropriate.

When that control weakens – through heightened arousal or shared social cues – laughter emerges as an automatic, reflex-like behaviour. It’s no longer a deliberate act.

In other words, the impulse to laugh and the effort to stop yourself come from different parts of the brain. They’re competing with each other.

When something unexpected or odd catches your eye, your emotional response fires rapidly and automatically. The process to control it takes effort, burns energy, and is prone to failure, especially when you have to maintain it for long periods.

The more firmly you try to exert control, the more the trigger stays active in your attention. Suppression doesn’t erase the thought – it actually rehearses and sustains it.

Laughter isn’t just a response to humour. Neurologically, it also functions as a regulatory reflex – a way of releasing emotional and physical tension.

In constrained environments, your nervous system has few outlets. You can’t move, you can’t speak, you can’t shift position much or signal discomfort.

At the same time, your automatic nervous system becomes slightly activated. Your heart rate increases, your breathing becomes shallower and your muscle tone rises.

This combination lowers the threshold for emotional release. Your body becomes primed to let something out.

Once laughter begins, it recruits automatic motor pathways in the brainstem that you can’t easily interrupt. This is why laughter, once triggered, often feels physically unstoppable.

You’re no longer “deciding” to laugh. The system has taken over and you’re helpless.

The contagion takes hold

For many people, the tipping point isn’t the original trigger. It’s the instant someone else notices it as well.

This is where social neurobiology comes into play. Humans are highly sensitive to subtle social cues: facial tension, changes in breathing, suppressed smiles.

We process these cues rapidly through networks involving the superior temporal sulcus, a groove along the side of the brain that plays a key role in reading other people. Mirror neurons – brain cells that fire both when we act and when we watch others act – also help us pick up on these signals.

Laughing together represents a shared emotional alignment. That shared recognition does two things at once.

It validates your own response (I’m not imagining this). And it removes the sense of solitary transgression (you’re no longer suppressing alone).

The prefrontal control system weakens further. Laughter spreads through emotional contagion.

By this point, the original trigger hardly matters. What you’re laughing at is each other, and the absurdity of trying to regain control.

These moments are often triggered by something visual, but they don’t have to be. A mispronounced word or an unexpected phrase can provoke the same response.

However, visual triggers are especially potent in silent settings. They can’t be interrupted or talked away, and your brain can replay them repeatedly while suppression is in place.

Spoken triggers, by contrast, tend to be shared instantly. Whether laughter erupts depends on how quickly social inhibition can be re-established.

“Inappropriate” laughter is often framed as rudeness or childishness. But from a neurological perspective, it’s a predictable consequence of prolonged emotional suppression in a social species.

The brain is not designed for sustained inhibition without release. When restraint is tight enough – and when someone else is there with you – laughter becomes the escape route. That is why it feels impossible to stop.

The Conversation

Michelle Spear does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Why it’s funnier when you’re not allowed to laugh – https://theconversation.com/why-its-funnier-when-youre-not-allowed-to-laugh-275003

A rethink is needed on zero-tolerance school behaviour policies

Source: The Conversation – UK – By Sarah Bell, Senior Research Associate in Qualitative Research, University of Bristol

gpointstudio/Shutterstock

Persistent concerns about poor behaviour in UK secondary schools have led to the widespread implementation of disciplinary behaviour management strategies. These include the use of isolation rooms, where children are sent to work alone.

In some schools, it may also include zero-tolerance sanction systems such as “Ready to Learn”. This is an approach in which a graduated sanction system is applied for non-compliance: any minor rule-breaking gets a warning, and any further infractions mean going to isolation.

However, a new wave of research is challenging the long-standing dominance of punitive strategies. My ongoing research with colleagues has shed light on the perspectives of young people, school staff and behaviour experts, revealing the need for a critical reassessment of school behaviour management policies and practices.

Our study on behaviour in schools was initiated by members of our Young People’s Advisory Group, which provides a way for young people aged between ten and 18 to contribute to health and care research. The young people raised deep concerns about the impact of disciplinary behaviour management strategies being used in secondary schools.

We systematically reviewed the evidence to investigate the impact of disciplinary strategies on students, and found they may have a negative impact on mental health and wellbeing and behaviour. We then interviewed 15 young people and 17 secondary school staff and experts in behaviour to understand their views and experiences.

The young people we worked with felt that disciplinary behaviour management strategies, particularly isolation use, were ineffective at addressing poor behaviour. They also believed that it had a negative effect on their mental health and wellbeing, as well as their academic and social lives. They described the Ready to Learn approach as harsh, confusing, and inconsistent. One said:

If you had the wrong-coloured socks on or something like that you’d get a warning or a detention. Then that would lead to you getting angry and you’d get an isolation.

Another commented that: “They don’t try to find out why you’ve done it or anything like that. They just put you in isolation. They don’t really care.”

Addressing causes

The young people voiced a preference for disciplinary approaches rooted in relationships and understanding. Approaches that seek to address the causes of behavioural issues, rather than those that rely on sanctions and exclusionary practices. One suggested:

People would go to a room and sit down on a table with everybody, work together to work out what they did wrong in the lesson, how they could be better next time. And not only what and how, but why. Why is this occurring and then that would also create a platform for anyone to seek help and support of any needs that they had as well.

We also talked to school staff. Some described Ready to Learn as beneficial due to its clarity, consistency, and ability to reduce classroom disruption. Its centralised structure, affordability, and simplicity were seen as advantages. However most expressed the desire for a more therapeutic approach alongside Ready to Learn.

One teacher said:

What we’re missing, is a complementary or alternative narrative at whole-school level to RTL [Ready to Learn]. So, the idea of RTL sitting as a structure but alongside therapeutic or trauma-informed, more relational approaches to dealing with behaviour.

Interestingly, both school staff and experts in behaviour agreed on what encourages positive behaviour. They mentioned clarity, consistency, fairness, and – crucially – positive communication and relationships. They described what works: a supportive school culture that is warm and structured with predictable routines and boundaries, and high expectations delivered with empathy and support.

Here, the use of relational practices is key. This approach recognises behaviour as a form of communication, and aims to build relationships with students to help them understand their emotions and behaviour rather than punishing them.

One student described how this could work:

Talking to the student, trying to help them. Even if they’ve got anger issues and they’re being rude all the time, they could have something that’s causing them to be like that. I think that would be more beneficial.

But relational practices are rarely used. “We aren’t trained, we don’t have that expertise,” a deputy headteacher explained. “So even if we had time for it, we can’t necessarily implement it because we don’t know what we’re doing if I’m honest.”

Girl looking sad at school
‘Zero-tolerance’ behaviour policies have become widely used.
MAYA LAB/Shutterstock

Schools face significant structural and cultural barriers. Government and most school policies encourage disciplinary behaviour management strategies and a focus on academic outcomes. They are embedded in schools and staff fear change and loss of control. Some school staff see their role as to impart knowledge, not provide pastoral care. Most lack training and expertise in relational approaches and schools face resource constraints.

Disciplinary behaviour management strategies offer an illusion of control but are failing to improve behaviour in meaningful and lasting ways. With growing evidence, especially from those directly affected, suggesting that they may be doing more harm than good, a rethink is needed.

This isn’t about going soft on behaviour. It’s about creating compassionate, inclusive schools that are smart about how they view and respond to poor behaviour.

The Conversation

Sarah Bell works for National Institute for Health and Care Research, Applied Research Collaboration West (NIHR ARC West) at the University of Bristol.

ref. A rethink is needed on zero-tolerance school behaviour policies – https://theconversation.com/a-rethink-is-needed-on-zero-tolerance-school-behaviour-policies-266021

Dementia: how brain resilience, immune health and the menopause play a role in women’s risk

Source: The Conversation – UK – By Eleftheria Kodosaki, Research Fellow in Neuroimmunology, UCL

Biological sex has a major influence on brain health. VPLAB/ Shutterstock

Women are more likely than men to be diagnosed with dementia. While researchers have some idea of the factors that elevate risk, it’s still not entirely clear why this happens. But a recent study suggests that the menopause could play a key role in increased vulnerability to Alzheimer’s disease.

Researchers at the University of Cambridge analysed brain scans from nearly nearly 125,000 women. They found the menopause is associated with measurable reductions in grey matter (brain areas where information is processed and analysed). They also identified volume reductions in brain regions involved in memory, emotion, attention and decision-making.

These changes were also linked to poorer sleep, increased anxiety and depression and slower reaction times. Importantly, the affected regions overlap with those most vulnerable in Alzheimer’s disease (the most common form of dementia).

This does not mean, however, that menopause causes dementia. But it does suggest that menopause may represent a critical neurological transition – one that can influence brain health trajectories for years or even decades afterwards.

These findings have brought the influence of biological sex on brain health into sharper focus. These findings may also bring us closer to understanding why women are not only at greater risk of Alzheimer’s disease, but a range of other neurological conditions – including multiple sclerosis and depression.

Factors affecting women’s dementia risk

Although women face a higher risk of dementia, their brains often show remarkable resilience.

Throughout much of life, women tend to outperform men on certain verbal memory tasks, and often show greater resistance to early cognitive decline.

But this resilience could be a double-edged sword, masking underlying brain changes for longer.

In Alzheimer’s disease, women often show fewer symptoms early on, despite accumulating signs of the disease in the brain. When symptoms do emerge, decline can appear faster and more dramatic – partly because the brain has already been compensating for damage for years.

There are many other crucial social and biological differences between men and women that may explain why brain health outcomes can vary so broadly, as well.

Cognitive reserve, for instance. This is the brain’s ability to adapt and maintain a certain level of function, even when faced with damage (including that caused by dementia and Alzheimer’s). Education, intellectually demanding work, being socially and physically active and lifelong learning all help build cognitive reserve.

Not only is cognitive reserve shaped by biology, it’s also shaped by social realities. For instance, many women have experienced interrupted education, chronic stress or limited access to healthcare. These factors can quietly erode cognitive reserve over time – even while women continue to function at a high level.

At the same time, strong social networks, emotional intelligence and adaptability, qualities often reinforced in women, may enhance resilience and delay the appearance of symptoms.

Another key factor in dementia risk lies in immune function differences between sexes.

Women generally have stronger immune responses than men. While this protects against infections, it can also increase vulnerability to autoimmune conditions (where the immune system becomes overactive). The immune response can particularly become overactive as women age or during periods of hormonal change.

This heightened immune activity extends to the brain. Chronic neuroinflammation, often caused by a dysregulated immune system, is increasingly recognised as a contributor to Alzheimer’s disease, as well as multiple sclerosis and mood disorders. Women’s stronger immune activation may therefore raise risk for certain brain conditions, especially during periods of hormonal instability – such as menopause.

Chromosomes also matter.

A digital drawing of the X chromosome.
The X chromosome contains many immune-related genes.
Phonlamai Photo/ Shutterstock

Women have two X chromosomes, while men have one X and one Y in most cases. Many immune-related genes are located on the X chromosome. But some of these genes are able to escape the usual process that switches off their activity in women.

This can lead to higher expression of immune system and inflammatory genes – potentially increasing susceptibility to autoimmune and neuroinflammatory disorders.

The menopause link

One of the most important insights from the recent Cambridge study concerns brain metabolism.

The brain is an energy-hungry organ. It primarily uses glucose (sugar) as it’s main source of energy.

Oestrogen plays a significant role in how brain cells use glucose. Oestrogen helps brain cells use glucose efficiently, supporting the energy needed for thinking and memory.

But when oestrogen levels fall during the menopause, the brain may become less efficient at generating energy from glucose. This can create a mild, chronic energy shortfall in vulnerable brain regions. Over time, this metabolic stress may increase susceptibility to processes linked to Alzheimer’s.

This metabolic aspect could also help explain why symptoms such as brain fog, fatigue, mood changes and sleep disruption are common during the menopause.

It also offers a possible biological bridge between menopause and later-life neurological conditions, including Alzheimer’s.

Alzheimer’s and other brain disorders develop under different biological conditions in women and men. Studies on brain health, as well as tests, treatments and prevention strategies, must reflect that reality.

Factors such as hormones, metabolism, lifestyle and immune function not only affect how Alzheimer’s and other brain disorders develop, but also how they interact with and affect each other.

But for decades, research has ignored women, with studies investigating women’s issues being underfunded. Clinical trials on brain health have also failed to acknowledge sex as a potential modifying factor.

Some studies have completely excluded women – with peri- and post-menopausal women particularly overlooked. As a result, many of the treatments available (including those which slow dementia) are developed and prescribed without considering how hormonal changes may alter drug metabolism.

The result is a healthcare system poorly equipped to recognise early brain changes in women or to intervene at the most effective time.

Everything we currently know is pointing towards an important message: women’s brains are complex, adaptive and shaped by forces (such as hormonal transitions throughout the lifespan) that medicine is only beginning to acknowledge. Recognising both the risks women face and the resilience they carry is the first step toward more equitable, effective brain care.

The Conversation

The authors do not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and have disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Dementia: how brain resilience, immune health and the menopause play a role in women’s risk – https://theconversation.com/dementia-how-brain-resilience-immune-health-and-the-menopause-play-a-role-in-womens-risk-274700

Trump’s diplomatic blitz exposes a misunderstanding of peacemaking

Source: The Conversation – UK – By Stefan Wolff, Professor of International Security, University of Birmingham

The inaugural meeting of Donald Trump’s board of peace in Washington on February 19 caps a busy week for US diplomacy – though, not necessarily for the country’s professional diplomats. These people have been largely sidelined in the close-knit circle of the US president’s personal envoys, his former real-estate business partner Steve Witkoff and son-in-law Jared Kushner.

Earlier in the week, Witkoff and Kushner attended two separate sets of negotiations in the Swiss city of Geneva. They first sat down for indirect talks with Iran before then leading negotiations between Russia and Ukraine. They then dashed back to Washington to attend the board of peace meeting.

At best, Witkoff and Kushner have a mixed track record of diplomatic success. Kushner was a key mediator in the Abraham accords during Trump’s first term in office. Designed to normalise relations between Israel and other states across the Middle East, the accords have failed to create sustainable momentum for regional peace and stability.

So far, only the United Arab Emirates, Bahrain, Morocco and Sudan have established full diplomatic relations with Israel. Saudi Arabia, an influential player in the Middle East, has not followed suit.

Witkoff has been credited with playing a key role in mediating the January 2025 ceasefire between Israel and Hamas and the Gaza peace plan later that year. This latter plan, with endorsement from the UN security council, gave rise to Trump’s board of peace.

Both men have also been at the centre of efforts to end Russia’s war against Ukraine. Witkoff has been involved from the start of Trump’s second term, with Kushner joining more recently at the end of 2025.

Yet, neither Kushner’s addition or a greater focus on a parallel track of negotiations between Washington and Moscow focused on the mutual economic opportunities that peace between Russia and Ukraine would create have brought the warring sides closer to a deal.

Taken together, the outsized roles that Witkoff and Kushner are playing in US diplomacy despite their limited success expose a fundamental misunderstanding of peacemaking at the heart of Trump’s approach to international affairs.

Peace deals are generally complex. To get one across the line usually requires mediators and support teams that are deeply knowledgeable of the conflict in which they are mediating and have broad knowledge of how a plethora of issues can be resolved in a technical sense.

Above all, they need to understand what has driven the parties to conflict and what might induce them to cooperate. While material incentives such as the promise of economic development in exchange for peace are important, warring parties often also have symbolic and psychological needs. These also need to be addressed to ensure the parties sign on the dotted line.

Having just two people with little prior experience of diplomacy and almost no expertise on either of the two conflicts they are currently mediating simultaneously is a recipe for failure. It is likely to lead to a deal being pushed that is simply unattainable in the short term because at least one party will not sign.

And if a deal is, against the odds, agreed because of high pressure on one or both sides, it is likely to be unsustainable in the long term as at least one of the parties will probably defect and violence will resume. This is particularly likely if a deal lacks sufficient guarantees, which lowers the threshold for defection for parties who are not negotiating in good faith.

Ukraine peace negotiations

It is easy to see how such calculations apply in the context of the war against Ukraine. The Ukrainian president, Volodymyr Zelensky, has repeatedly made it clear that the Kremlin’s demands – especially Ukrainian withdrawal from the territory in the east it has successfully defended against Russia’s aggression – are not something he will agree to.

Even if he did, such a deal would almost certainly be rejected in a referendum. It will be psychologically close to impossible for Ukraine and Ukrainians to accept the humiliation of giving up something they have not lost, to reward Putin’s aggression and to be sold down the river by Trump in his pursuit of an economic side-deal with his Russian counterpart.

Similarly, it is easy to see that Russia is not negotiating in good faith. Moscow is presenting Kyiv with an ultimatum while destroying as much as possible of the country, both to weaken Ukraine’s will to resist and to undermine its future recovery. Add to that Russian resistance to credible security guarantees and the true intent of Russia’s negotiation strategy is not to achieve sustainable peace but to prepare for the next war.

If and when negotiations on Iran or Ukraine break down or the agreements they might achieve collapse, there will also need to be supporting frameworks in place that can manage the consequences. Trump’s board of peace, which looks like a privatised version of the UN, is unsuitable for such a task.

Not only does it lack the legitimacy the UN has. There is also no indication that its members – be they the countries attending the inaugural meeting or the people serving at Trump’s pleasure in its executive structures – have the intent or capacity to take any actual peace-making role.

The board’s membership is, numerically at least, far below Trump’s aspirations. Only 24 of the 60 or so invitations sent out have been accepted, with traditional US allies in Europe and the G7 absent from the group. Among the attendees at the Washington meeting are the likes of Azerbaijan, Pakistan, Egypt and even Belarus, a country sanctioned by the US and Europe for its support of Russia’s campaign in Ukraine.

Trump’s board of peace may be able to establish a free economic zone here or there and generate some real-estate development. But much of that will be done to benefit its members’ wallets or egos – or both.

The Conversation

Stefan Wolff is a past recipient of grant funding from the Natural Environment Research Council of the UK, the United States Institute of Peace, the Economic and Social Research Council of the UK, the British Academy, the NATO Science for Peace Programme, the EU Framework Programmes 6 and 7 and Horizon 2020, as well as the EU’s Jean Monnet Programme. He is a Trustee and Honorary Treasurer of the Political Studies Association of the UK and a Senior Research Fellow at the Foreign Policy Centre in London.

ref. Trump’s diplomatic blitz exposes a misunderstanding of peacemaking – https://theconversation.com/trumps-diplomatic-blitz-exposes-a-misunderstanding-of-peacemaking-276357

The Secret Agent: gripping thriller reminds us why academic freedom needs protecting

Source: The Conversation – UK – By Stephanie Dennison, Professor in Brazilian Studies, University of Leeds

Kleber Mendonça Filho’s The Secret Agent (O Agente Secreto, 2025) marks a moment of consolidation in one of contemporary Brazilian cinema’s most consistent careers.

Since his early short films such as Cold Tropics (Recife Frio, 2009), the filmmaker has developed a unique style packed with movie references that tantalisingly falls somewhere between arthouse and genre film. These traits reach new heights of self-awareness and formal freedom in The Secret Agent, which has been nominated for four Academy Awards, including best picture, and best actor for Wagner Moura.

The film belongs to a recent wave of Brazilian productions revisiting the military dictatorship (1964-1985), including Walter Salles’s Oscar-winning I’m Still Here (Ainda Estou Aqui, 2024), and actor/director Wagner Moura’s Marighella (2019). Yet these films do more than reconstruct historical episodes: they process, through cinema, an unresolved trauma whose reverberations continue to shape Brazil’s political present.

One of the features that makes The Secret Agent, set predominantly in 1977, particularly compelling in this regard is its treatment of universities, as battlegrounds where memory, power and democracy collide.

The film’s main character Armando, played by Oscar-nominated Moura, is not, in fact, a secret agent and has no obvious links to opposition movements. He is an academic forced into hiding after clashing with big business interests aligned with the authoritarian regime who want to get their hands on his research.

Brazilian philosopher Marilena Chauí has spoken of her personal experience of these dark days in Brazil portrayed in Mendonça Filho’s film. Chauí returned from France in 1969 with her PhD in hand, just after the Brazilian military suspended most civil rights in the country, leading to a state hunt for “communists” and the intensification of torture and censorship.

Chauí describes the presence on campus of mysterious military figures with the power to hire and fire and “disappear” staff and students who were hostile to the regime. The presence of secret agents disguised as students to monitor professors and students in classrooms in public universities was commonplace.

In The Secret Agent, Armando has recently returned from the University of Leeds in Britain. He and the international research team he has set up at the Federal University of Pernambuco in Brazil’s north-east fall under the scrutiny of Henrique Ghirotti, an industrialist from Sao Paulo.

Armando openly questions Ghirotti’s ethics and points to a conflict of interest: how can a wealthy industrialist justify taking government funding destined for universities for his own private interests? Armando’s bitter reaction to such an open show of corruption is enough for him to become a marked man. Much of the film portrays Armando’s attempt to hide from Ghirotti and the corrupt law enforcement and paid assassins he has at his disposal.

This dramatic situation illuminates not only the surveillance and repression universities endured under the dictatorship, but also broader patterns of corruption. The spider’s web connecting military interests with big business that drained Brazil’s economic momentum throughout the 1970s, is a history that is only now fully coming to light.

The film’s focus on academic freedom carries contemporary resonance. Mendonça Filho wrote The Secret Agent during the presidency of far-right Jair Bolsonaro (2019-2022), whose long list of hostile measures included attacks on public education. Between 2019 and 2022, federal universities lost 14.4% of their budget, and by 2022 funding had fallen below 2013 levels.

Universities reported severe difficulties maintaining basic operations and scholarship programmes, with accumulated cuts exceeding R$100 billion (£14 billion) over four years. Bolsonaro and his followers encouraged the reporting (and “outing” on social media) of teaching staff deemed to be “ideological”. Following Lula’s victory in the 2022 elections, modest relief arrived and, with the renewal of funding lines, the reconstruction of this ravaged terrain is slowly getting underway.

Walter Salles’ I’m Still Here explores similar territory about Brazil’s military dictatorship.

Archives of repression

The Secret Agent also speaks to renewed global debates around the privatisation of research, intellectual property, and the political vulnerability of universities, increasingly viewed as hotbeds of leftist sedition. Mendonça Filho’s film suggests that authoritarianism attacks society not only through violence but through the destruction, privatisation, or silencing of knowledge production itself.

The industrialist Ghirotti takes delight in informing Armando that he’ll be recommending that his research team is shut down and the work transferred to the University of São Paulo, with whom Ghirotti has dubious links. Ghirotti questions the usefulness of any research being carried out in the north-east that speaks to national interests, particularly when Canadians are working on the same tech and Brazil can pay for foreign science and technology.

Mendonça Filho, who is from Recife, the capital of Pernambuco, has been very vocal about the ingrained prejudice of many from the wealthier and whiter southern states in relation to the north, which is dismissed as backward. It is telling that in The Secret Agent Armando’s international research team first took shape in Leeds, given similar prejudices are often held about the north of England.

In a subplot set in the present day, a group of students work on an oral history project involving tape recordings made by dissidents during the dictatorship, including Armando. One of them, Flávia, travels to Pernambuco to visit Armando’s now middle-aged son.

A young black mother with family in the north-east, living in the periphery of São Paulo, Flávia, typifies the new, more diverse university student body, made possible by hard-won affirmative action initiatives and the expansion of the public university network.

In The Secret Agent, it is Flávia and students like her who have inherited not only the archives of repression, but also the possibility of transforming knowledge into a form of democratic repair.

Anchored by Wagner Moura’s compelling performance, Mendonça Filho’s film connects the struggles of the past to the curiosity and courage of a new generation. In so doing, The Secret Agent powerfully underscores cinema’s ability not only to entertain, but also to illuminate, question and inspire.

The Conversation

Alfredo Luiz Paes de Oliveira Suppia receives funding from CNPq (Conselho Nacional de Desenvolvimento Científico e Tecnológico) as a researcher level 1C.

Stephanie Dennison does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. The Secret Agent: gripping thriller reminds us why academic freedom needs protecting – https://theconversation.com/the-secret-agent-gripping-thriller-reminds-us-why-academic-freedom-needs-protecting-275598