Puede que no consuma suficiente creatina, pero eso no significa que deba suplementarse

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alberto Pérez-López, Profesor Permanente Laboral. Ejercicio físico, Nutrición y Metabolismo., Universidad de Alcalá

Lazhko Svetlana/Shutterstock

La creatina está de moda. Al principio se asociaba con el deporte de alto rendimiento y los suplementos para aumentar la masa muscular, pero sus aplicaciones parecen ampliarse día a día. Cada vez surgen más estudios que plantean su utilidad en distintos contextos y poblaciones más allá del ámbito deportivo. No en vano esta molécula cumple funciones esenciales que van mucho más allá del gimnasio. Así, participa en la producción rápida de energía en músculos, cerebro y otros tejidos con alta demanda energética.

Como ocurre con casi todos los suplementos, la pregunta clave no debería ser cuánto tomar o cuándo hacerlo para obtener un beneficio. La cuestión inicial es algo mucho más básico: ¿estamos obteniendo suficiente creatina a través de la alimentación cotidiana?

La evidencia científica más reciente sugiere que, probablemente, una proporción significativa de la población no consume suficiente creatina. Esto es así especialmente en el caso de quienes consumen pocos alimentos de origen animal o siguen dietas basadas en plantas. ¿Significa eso que deberíamos tomar suplementos? Comencemos por el principio.

¿Qué es la creatina y por qué importa?

La creatina es un compuesto nitrogenado que el organismo sintetiza de manera natural. Lo hace en cantidades de alrededor de 1 gramo al día en adultos, principalmente en el hígado y los riñones. Se produce a partir de aminoácidos como arginina, glicina y metionina. También se obtiene a través de la dieta, a través del consumo de alimentos de origen animal, pues se almacena en el tejido muscular animal. Por el contrario, los alimentos vegetales (legumbres, cereales, frutas o verduras) no contienen prácticamente creatina.

En condiciones fisiológicas normales el organismo degrada alrededor 1-2% del total de creatina contenido en los músculos por día, unos 2-3 gramos dependiendo de la persona. Considerando que se recomienda ingerir entre 3-5 gramos al día de creatina,resulta necesario reponer entre 2 y 4 gramos diarios de creatina por medio de la alimentación.

En alimentos de origen animal, la creatina se encuentra en concentraciones moderadas:

  • Carne (ternera, cordero o pollo): entre 0,3 y 0,5 gramos por kilogramo de alimento.

  • Pescado (bacalao, atún o salmón): entre 0,3 y 0,5 gramos por kilogramo de alimento. Destacando el arenque con 0,6-0,8 gramos por kilogramo de alimento.

Traslademos estas cantidades a raciones reales. Para hacernos una idea, de manera general, un filete de ternera o salmón (200g) suele contener 0,8-1 g de creatina. Mientras que unos 200 gramos de arenques puede aportar hasta 1,8 gramos de creatina. Por tanto, en teoría, dos o tres raciones diarias de carne y/o pescado podrían cubrir el aporte dietético necesario para complementar la producción endógena (la que produce el organismo de manera natural).

Sin embargo, la realidad poblacional es más compleja.

A menos consumo de alimentos de origen animal, menos creatina

En las últimas décadas, muchas recomendaciones nutricionales han promovido dietas con mayor proporción de proteínas vegetales por razones de salud y sostenibilidad ambiental. Como consecuencia, el consumo de carne y pescado ha disminuido en los países occidentales.

Un análisis reciente de datos nacionales en Estados Unidos, tomados entre 1999 y 2018, incluyó a más de 89 000 participantes. Los resultados mostraron que la ingesta dietética de creatina ha descendido con el tiempo.

Además, aproximadamente dos tercios de la población consumían menos de 1 gramo diario, una cifra inferior a la cantidad estimada como necesaria para reponer las pérdidas diarias. El consumo medio de carne en algunos subgrupos resultó sorprendentemente bajo.

El impacto potencial de esta reducción es mayor en personas que siguen una alimentación vegetariana o vegana. Dado que la creatina se encuentra casi exclusivamente en tejidos animales, las dietas basadas en plantas aportan cantidades mínimas o nulas. Diversos estudios han mostrado que personas vegetarianas presentan menores concentraciones musculares de creatina y que incluso unas semanas sin consumo de carne o pescado pueden reducir las reservas intramusculares.

¿Importa realmente consumir poca creatina?

La creatina es ampliamente conocida por su papel en el rendimiento físico, pero su función en el cerebro está recibiendo creciente atención. El cerebro depende de sistemas de fosfocreatina para mantener la estabilidad energética durante periodos de alta demanda metabólica.

Algunos estudios observacionales han encontrado asociaciones entre menor ingesta dietética de creatina y peor rendimiento cognitivo en adultos mayores, incluyendo menor velocidad de procesamiento y memoria más débil.. Ensayos clínicos con suplementación también han mostrado beneficios modestos en determinadas tareas cognitivas, especialmente en situaciones de privación de sueño y en población vegetariana, aunque los resultados no son uniformes.

Estos hallazgos han llevado a proponer que la creatina podría considerarse un nutriente “condicionalmente esencial”. Esto significa que el organismo puede sintetizarla, pero no siempre en cantidades suficientes para optimizar funciones fisiológicas en todos los contextos o grupos poblacionales.

¿Deberíamos preocuparnos o suplementarnos?

No se trata de que toda la población necesite tomar suplementos. De hecho, en muchas ocasiones puede ser una pérdida de tiempo y dinero. Antes de hacerlo debemos analizar nuestra alimentación para determinar de forma objetiva si necesitamos ese suplemento o no.

Esta es una regla general para cualquier suplemento, y la creatina no es una excepción. Sin embargo, esta sustancia es una de las estudiadas en nutrición deportiva (junto con la cafeína) y su ingesta en dosis de entre 3 y 5 g/día se considera saludable.

Es más, la evidencia sugiere que una parte considerable de la población podría no estar alcanzando niveles óptimos únicamente a través de la dieta. En especial cuando hablamos de personas mayores e individuos con mayores demandas metabólicas por mayor actividad (deportistas, bomberos, militares, etc) o estar sometidos a diferentes tipos de estrés como alteraciones en sueño (trabajadores a turnos, personal sanitario o cuerpos de seguridad).

En estos grupos la suplementación podría ser una estrategia razonable para apoyar tanto la función muscular como, potencialmente, ciertos aspectos de la función cognitiva. No obstante, todavía se necesitan más estudios a largo plazo para establecer recomendaciones poblacionales formales.

Un nutriente poco visible en la transición alimentaria

También en personas que consumen una reducida cantidad de alimentos de origen animal la suplementación con creatina resulta interesante. La evidencia disponible indica que, especialmente en poblaciones que siguen dietas veganas y vegetarianas, las necesidades de creatina no terminan de cubrirse solo mediante la dieta.

Esto no invalida los beneficios demostrados de las dietas ricas en vegetales para la salud cardiovascular y metabólica. Sí invita a reflexionar sobre cómo asegurar el aporte adecuado de nutrientes menos visibles, como la creatina, en un contexto de transición hacia patrones alimentarios más sostenibles.

A medida que cambian nuestras recomendaciones dietéticas también conviene revisar qué micronutrientes pueden quedar en segundo plano. La creatina, a la luz de las evidencias disponibles, podría ser uno de ellos.

The Conversation

Alberto Pérez-López no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Puede que no consuma suficiente creatina, pero eso no significa que deba suplementarse – https://theconversation.com/puede-que-no-consuma-suficiente-creatina-pero-eso-no-significa-que-deba-suplementarse-275415

Lo que el caso de Madrid nos enseña sobre la gestión de residuos: tratarlos no es suficiente

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Nicolás Martínez Ramón, Investigador predoctoral en análisis de sistemas energéticos, IMDEA ENERGÍA

RomaMCS/Shutterstock

En 2035 solo el 10 % de los residuos municipales podrán acabar en vertedero, según el objetivo marcado por el Parlamento Europeo. Con menos de diez años por delante, España parte de una situación muy alejada de esta meta: cerca de la mitad de los residuos siguen recalando en en vertedero.

Abordar el tramo que falta hasta alcanzar el objetivo supone un gran esfuerzo, particularmente en aquellos municipios densamente poblados, donde las instalaciones de tratamiento de residuos se encuentran necesariamente cerca de las áreas residenciales.

Ejemplos de otros países europeos

En algunos lugares de Europa, este objetivo se ha alcanzado ya combinando distintos enfoques. Los Países Bajos son un ejemplo claro del uso intensivo de incineradoras. Tanto es así que en periodos puntuales han tenido que importar residuos de otros lugares para mantener la operación de las plantas.

Existen otros casos (por ejemplo, el modelo alemán) en los que se apuesta por sistemas de separación en origen altamente exigentes, acompañados de políticas públicas que reducen los impropios. Estos impropios son los materiales que se depositan en el contenedor equivocado y que dificultan el reciclaje. Aun así, tampoco en estos modelos se prescinde del tratamiento térmico del rechazo, es decir, de aquellos residuos que no pueden reciclarse ni aprovecharse en las primeras etapas de tratamiento. La diferencia no está tanto en las tecnologías disponibles como en dónde se sitúan los mayores esfuerzos en la gestión del sistema.

España presenta realidades muy diversas, desde pequeños municipios rurales hasta grandes áreas metropolitanas con combinaciones de distintas estrategias y tecnologías. En términos generales, la incineración es menos habitual que en los países del norte de Europa y se concentra sobre todo en las grandes ciudades.

El caso de Madrid

Madrid resulta interesante porque dispone de un sistema de tratamiento tecnológicamente complejo donde conviven plantas de reciclaje, compostaje, digestión anaerobia, vertedero e incineración.

Hoy en día, Madrid está todavía lejos del objetivo marcado por la Unión Europea: alrededor del 45 % de los residuos madrileños siguen terminando en vertedero. Buena parte de la reducción conseguida depende de que la incineradora de Valdemingómez opere prácticamente al límite de su capacidad.

Un paisaje verde con montículos y una infraestructura con chimeneas para la gestión de residuos
Parque de gestión de residuos de Valdemingómez.
IES MANUEL GARCÍA BARROS A ESTRADA – PONTEVEDRA/Flickr, CC BY-SA

Además, el cierre previsto de la incineradora en torno a 2035 obliga a plantear alternativas. Prescindir de ella sin una solución equivalente implicaría un aumento inmediato de la deposición en vertedero, mientras que su sustitución por tecnologías emergentes como la gasificación o la pirólisis –descomposición de los residuos a altas temperaturas en ausencia de oxígeno– abre un debate sobre hasta qué punto el problema puede resolverse únicamente desde el tratamiento.

Por todo ello, Madrid constituye un caso de estudio revelador a la hora de evaluar hasta qué punto un sistema apoyado en tecnologías de tratamiento avanzadas puede conseguir una reducción en el vertido sin cambios profundos en la generación de residuos y las políticas públicas que condicionan la aparición del rechazo.

¿Es más efectivo eliminar los residuos o evitarlos y reciclarlos?

Esta tensión entre tecnología y prevención supone un rasgo típico en la gestión de residuos, donde las respuestas se han apoyado principalmente en soluciones de tratamiento, frente a un avance menos ambicioso en las estrategias de prevención, reutilización y reciclaje de calidad.

En este sentido, un estudio que hemos liderado investigadores de la Unidad de Análisis de Sistemas de IMDEA Energía ha demostrado que, incluso sustituyendo la incineradora por tecnologías avanzadas de tratamiento como la gasificación y la pirólisis, un sistema de gestión de residuos como el de Madrid toparía con un límite estructural de alrededor del 40 % de tasa de vertido bajo escenarios optimistas de separación.

A pesar de ese límite, y aunque son necesarias otras soluciones, la incorporación de estas tecnologías resulta interesante dado que amplían la funcionalidad del sistema, contribuyendo a satisfacer la demanda de productos de alto valor como hidrógeno o combustibles circulares avanzados.

Los estudios identifican medidas eficaces para reducir estructuralmente la producción aguas arriba de residuos que no pueden reciclarse: fiscalidad que penalice envases complejos, una responsabilidad ampliada del productor más exigente o requisitos de ecodiseño, es decir, diseñar los productos desde el inicio para que generen menos impacto y sean más fáciles de desmontar y reciclar.




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Estas medidas requieren marcos regulatorios de ámbito nacional o europeo, ya que afectan directamente al diseño y comercialización de los productos. Otras, en cambio, pueden activarse a escala local, una vez establecidos esos marcos, mediante el diseño de instrumentos económicos, sistemas de recogida más exigentes o incentivos vinculados a la calidad del residuo.

En este contexto se sitúa la reintroducción de la tasa de residuos urbanos en Madrid en 2023, en aplicación del principio de “quien contamina paga”. Todos los municipios de más de 5 000 habitantes tenían de plazo hasta el 2025 para implantar una tasa de basuras.

Aunque la obligación de implantar esta tasa deriva de la legislación estatal, su configuración a nivel municipal determina en gran medida su capacidad para modificar comportamientos y reducir los impropios.

Buscar las causas para aplicar soluciones

En definitiva, reducir el vertido no es una cuestión solo de elegir la “mejor” tecnología, sino también de abogar por un enfoque integral que actúe sobre las causas del problema. La experiencia muestra que, sin políticas públicas ambiciosas que actúen sobre la prevención, el diseño de productos y la calidad de los residuos que generamos, incluso las soluciones más avanzadas acabarán topando con los mismos muros.

La buena noticia es que las herramientas de apoyo a la gestión existen y están bien documentadas. Tanto modelos matemáticos para dirigir los sistemas de gestión de residuos hacia un desempeño más sostenible, como estrategias para empujar políticas públicas que reduzcan la presencia de impropios y rechazos. Combinar estas herramientas con innovación tecnológica permite no solo cumplir objetivos, sino también avanzar hacia un modelo de gestión de residuos más justo, capaz de contribuir a la transición energética y alineado con los principios de la economía circular.

The Conversation

Nicolás Martínez Ramón recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación.

Diego Iribarren Lorenzo participa en proyectos financiados por entidades como el Ministerio de Ciencia e Innovación y la Unión Europea.

Javier Dufour Andía participa en proyectos financiados por entidades como el Ministerio de Ciencia e Innovación y la Unión Europea y es miembro del Executive Board de Hydrogen Europe Research

ref. Lo que el caso de Madrid nos enseña sobre la gestión de residuos: tratarlos no es suficiente – https://theconversation.com/lo-que-el-caso-de-madrid-nos-ensena-sobre-la-gestion-de-residuos-tratarlos-no-es-suficiente-273311

¿Y si lo dejásemos todo y nos fuésemos al desierto? ‘Sirāt’ y la tentación de desaparecer de sí

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sofía Esteban Moreno, Investigadora Predoctoral Teoría de la Literatura , Universidad de Valladolid

Dos de los _raveros_ de _Sirāt_ en pleno trance. BTEAM Pictures

Estamos solos en el desierto. Cielo sin fronteras, tierra sin agua. Todo es horizonte. ¿Cruzamos? Para no perderse, advertía María Zambrano en Los bienaventurados, hay que interiorizar el desierto, hacerlo carne en el alma y en los sentidos.

En la tradición islámica, el Sirāt es un puente escatológico, más fino que un cabello y más afilado que una espada, suspendido entre la condena y la salvación. No todos lo atraviesan. Con esta advertencia simbólica arranca la aclamada película homónima de Óliver Laxe. Lo que podría parecer una road movie se revela pronto como viaje iniciático hacia el límite interior.

Un padre, acompañado por su hijo, busca a su hija desaparecida entre jóvenes que cruzan el desierto marroquí de rave en rave. Pero aquí la desaparición no es necesariamente muerte ni tragedia. Es fuga. Es retirada. Es la tentación de desvincularse del mundo.

Un grupo de gente y dos camiones en el desierto.
Imagen promocional de Sirāt de Oliver Laxe, con los protagonistas en medio del desierto.
BTEAM Pictures

Desertar: una forma de exilio contemporáneo

Desertar es abandonar el campo de batalla. En Sirāt, esa palabra resuena literalmente cuando Tonin, con la pierna amputada, canta en tono lúdico “Le déserteur” de Boris Vian. La película muestra tres formas de exilio: la del ravero que se retira del mundo productivo en busca de comunión; la del desplazado por la guerra, expulsado sin elección; y la del peregrino que avanza hacia La Meca en busca de orientación. Tres deserciones distintas que convergen en el mismo desierto. Y quizás una cuarta, la deserción ontológica, la retirada del relato que nos sostiene para quedar expuestos, sin garantías, al misterio.

Sirāt convierte en imagen el nihilismo contemporáneo.

Mientras el ritmo techno propone suspensión, el mundo introduce guerra y controles militares. En la rave bailan también jóvenes con amputaciones. El rito los acoge. El trance actúa como un fármaco, remedio y veneno a la vez, amplificado por sustancias que prometen expansión. Los psicoactivos, escribe el sociólogo David Le Breton en Desaparecer de sí, son un filo de navaja: “el objetivo es vivir burlando la muerte, pero aceptando al mismo tiempo que algún día habrá que pagar un precio por ello”.

El trance no borra la violencia, pero abre un espacio precario donde incluso el cuerpo herido es integrado. Las heridas físicas y simbólicas, en lugar de fijarse como estigmas, se convierten en ritmo compartido, y por unos instantes dejan de doler.

La comunidad que surge ahí no se funda en identidades, sino en la necesidad de compartir cuando ya no se tiene nada. Lo que empieza como comunidad estética deviene comunidad de supervivencia. ¿Estamos ante una espiritualidad sin templo ni dogma, o ante su simulacro? ¿Puede surgir una forma de trascendencia en medio de la saturación y del exceso?

La rave como suspensión del yo

Le Breton llamó “desaparecer de sí” a ese deseo contemporáneo de suspender el peso de ser alguien. En sociedades donde debemos afirmarnos constantemente en nuestro personaje, surge la voluntad de ralentizar el pensamiento y dejar de representarnos ante los otros.

La rave en Sirāt ensaya esa ligereza. El techno no se escucha, se baila. La música de Kangding Ray es densa, industrial y casi mineral. La vibración es tectónica, como si el desierto marcara el pulso desde el subsuelo. En la estructura de los altavoces, plantados como monolitos tecnológicos en la arena, se dibuja una cruz; es un cruce de ejes donde la horizontalidad del ritmo roza una verticalidad simbólica. ¿No sostiene el DJ, como un oficiante, ese altar efímero?

La investigación continúa fuera del cine. En su instalación HU/هُوَ. Bailad como si nadie os viera en el Museo Reina Sofía, Laxe trabaja con el término árabe hu, asociado en la tradición sufí al aliento originario, a la vibración primera. Es una instalación audiovisual inmersiva que traslada las cuestiones espirituales y sensoriales planteadas en Sirāt al espacio museístico. El sonido, así entendido, dibuja una arquitectura invisible que ordena el mundo desde la vibración.

Un hombre con una mano amputada baila en el desierto.
Una de las imágenes de la instalación de Oliver Laxe en el Reina Sofía que recupera a uno de los personajes de Sirāt y su entorno.
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía

Cruzar después de haberlo perdido todo

El viaje se radicaliza (y a partir de ahora se dan datos clave del argumento de la película). Los personajes cruzan agua –umbral tradicional de tránsito y purificación– y atraviesan un desfiladero donde el protagonista pierde a su hijo. La noche oscura cae. Cae con ella la inocencia. Se anuncia la apoteosis del héroe.

El desierto, como recordaba Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de símbolos, es un paisaje que despoja al sujeto de todo refugio y lo reduce a lo esencial. No es casual que sea el lugar de la prueba en las tradiciones monoteístas; Moisés, Elías o Cristo atraviesan la intemperie antes de recibir la palabra o la misión. La revelación profética pasa por la pérdida del yo.

El campo de minas materializa el Sirāt. Cada paso puede ser el último. Jade, cubierta con una mortaja negra que recuerda a los derviches giróvagos –miembros de cofradías sufíes que buscan la unión con lo divino a través de la danza extática–, grita en trance y estalla. Como en el giro sufí, pensar implica caer.

Imagen de un hombre bailando mientras gira rodeado de otros hombres.
Los derviches giratorios (semazens) realizan la danza mística Sema, que simboliza el viaje espiritual del ser humano y su deseo de alcanzar a Alá.
Turpcan/Wikimedia Commons, CC BY-SA

Aquí la catarsis opera en sentido aristotélico: el espectador experimenta miedo y compasión sin distancia analítica. No se trata de comprender el límite, sino de sentirlo. La rave había anticipado esa forma de pensamiento encarnado, pues en la danza, el cuerpo precede al juicio. Se siente antes de pensar.

Luis, interpretado por Sergi López, consigue cruzar ese campo porque ya no tiene relato que proteger. El Sirāt exige ligereza. Y esa ligereza es desposesión del yo.

Ir con las imágenes hasta el final de las palabras

Con un cine de silencios, riesgo y gestos mínimos, Laxe devuelve a la pantalla algo infrecuente: el espacio para el misterio, lo sagrado y la fragilidad. En sus entrevistas ha insistido en que mirar hacia dentro es hoy un gesto radicalmente contracultural. En un mundo saturado de representaciones, habitar la herida sin dramatismo –bailarla en lugar de negarla– puede convertirse en una forma de regenerar el imaginario colectivo. En una entrevista reciente, el director afirmaba que Sirāt “visualiza el miedo a morir y te revivifica, porque cuando la muerte irrumpe nos conecta con la vida”.

La herida es la grieta existencial de una época que ya no sabe qué creer. Y creer es crear, como sostenía Unamuno. Crear, dice Laxe, es construir un edificio sabiendo que al final habrá que saltar. Esa es también la posición del espectador; aceptar la entrega, atravesar la vibración y asumir el vacío.

No ofrece respuestas ni paraísos visibles. Pero deja una pregunta abierta:
¿desaparecer de sí es una forma de libertad o el primer paso hacia la intemperie?


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Sofía Esteban Moreno recibe fondos de ayudas de Formación del Profesorado Universitario (FPU) financiadas por la Agencia Estatal de Investigación, el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. Asimismo, forma parte del proyecto TRANSFERRE. Referencia: PID2023-148361NB-I00), financiado por la Agencia Estatal de Investigación, el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades y cofinanciado por la Unión Europea.

ref. ¿Y si lo dejásemos todo y nos fuésemos al desierto? ‘Sirāt’ y la tentación de desaparecer de sí – https://theconversation.com/y-si-lo-dejasemos-todo-y-nos-fuesemos-al-desierto-sirat-y-la-tentacion-de-desaparecer-de-si-273552

Leer ‘Moby Dick’ para entender el futuro de los Estados Unidos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Luis Manfredi, Professor International Studies & Journalism, Universidad de Castilla-La Mancha

Actium/Shutterstock
Ilustración de la lucha final de Moby Dick en una edición de 1902.
Ilustración de la lucha final de Moby Dick en una edición de 1902.
Wikimedia Commons, CC BY

Cada dos o tres años, releo Moby Dick. No soy canónico: basta con ojear algún capítulo o pasearse por el soliloquio del Capitán Ahab para disfrutar de la “Biblia Americana”, en palabras del historiador Nathaniel Philbrick, y encontrar un matiz nuevo, un giro inesperado de la historia.

Moby Dick es la novela total del siglo americano, una tragedia griega con forma de literatura moderna. Leer hoy la caza de la ballena blanca en un Washington colapsado por la nevada es más oportuno que nunca.

Publicada en 1851, Herman Melville consiguió convertir el Pequod, la nave, en una alegoría de la joven república. En pleno proceso de expansión hacia el Oeste, con la llegada de los ferrocarriles, la exploración de ríos y montañas, la institución de la esclavitud y la Revolución Industrial en ciernes, Estados Unidos conectaba los dos océanos y se convertía en el aspirante a potencia hegemónica.

Exégetas idealistas frente a realistas

Es la esencia de un país que de verdad cree tener una misión y un destino manifiesto. La novela ha facilitado todo tipo interpretaciones.

Para los idealistas, la tripulación cosmopolita, el comercio global de aceite y la voz de Ismael representan valores innegociables del proyecto político, la democracia deliberativa.

En cambio, los realistas identifican otras ideas. El barco navega solo en el entorno hostil de la naturaleza. Hay que defender la soberanía del Pequod y atacar a la ballena, el enemigo absoluto. No hay aliados ni discusión posible sobre el rumbo que el capitán ha marcado.

En la polis flotante, Ahab es el único piloto. Su propia autocomplacencia, su ego, su fanatismo y su venganza arruinan la aventura.

Itinerarios del trumpismo 2.0

La novela proyecta los itinerarios de la segunda Administración Trump. El capitán, hoy en la orilla del Potomac, persigue su propia obsesión bajo el lema de Make America Great Again y reclama todos los instrumentos necesarios para ejecutar su proyecto.

No hay contrapesos legítimos ni legales, como él mismo recordaba en The New York Times. Los únicos límites son su mente y su moralidad. Esta sinceridad devastadora justifica la acumulación de órdenes ejecutivas, la política semántica o la militarización de la vida pública.

El poder expansivo del presidente, como en la novela, es una cruzada contra las instituciones y la globalización. Sometidas a estrés permanente, carecen de capacidad efectiva, como la tripulación que se somete al carácter y la voluntad del capitán.

¿Por qué no hay un motín? La sociedad civil estadounidense, junto a empresas, universidades y periódicos, concede un seguidismo imprudente. Cuando protesta, como en Minneapolis, el capitán apenas escucha. Esta suerte de capitulación, en la novela, acaba en desastre con el hundimiento del Pequod. El naufragio aún no ha sucedido, pero estas próximas elecciones y las primeras decisiones judiciales serán esenciales para el devenir del sistema político.

Venganza y agravio ante el mar electoral

Moby Dick es una historia de venganza y agravio. “Golpearía al sol, si este me insultara” grita Ahab, aunque podría estar en boca del mismo presidente que declaró “Si vienen a por mí, yo iré a por ellos”. La cita condensa la desconfianza ante el resultado electoral de 2020 y de las próximas de noviembre de 2026, los ataques a la independencia de la Reserva Federal, la conjura por la concesión del Premio Nobel de la Paz o el ataque a la política europea de competencia.

Las heridas –reales o figuradas– configuran una narrativa que pronostica una cruzada contra todo (normas, instituciones, ideas) y contra todos (Unión Europea, Canadá, México, Venezuela o China).

“Yo soy tu justicia (…) y tu venganza”, proclamó Trump en la Conferencia de Acción Política Conservadora de 2023. El discurso apela al votante blanco, desplazado por las políticas del partido demócrata, el afroamericano, el hispano conservador o los trabajadores empobrecidos por la inflación y el coste de vida.

Ni petróleo, ni aceite de ballena

La expedición trumpista no persevera en el aceite de ballena, que algunos comparan con el petróleo venezolano e iraní, o la expansión de los centros de datos y la economía digital. La captura de Nicolás Maduro revela el plan de Ahab: nada es suficiente para recuperar la hegemonía perdida. Hay que derribar el orden liberal internacional para sustituirlo por la geopolítica del siglo XIX. Poderes fuertes, fronteras, seguridad y geoeconomía, energía y materias primas, alianzas variables y un apetito depredador.

Sin principios o valores que aspiren a ser universales, el trumpismo establece una lógica de suma cero. El corto plazo es el nuevo estándar. Como en la novela, el aceite ya almacenado se desperdicia por la promesa de la captura de la “Ballena”. Esta obsesión vengativa del capitán anticipa el naufragio. Porque unos Estados Unidos decimonónicos vintage, cuyo poder reside en la fuerza, el poder vertical del hemisferio occidental y la superioridad militar, contará con menos aliados.

Ahí suena la voz de alerta, la misma que ha hecho sonar dieciséis exembajadores y exgenerales: la OTAN no es un acto generosidad, sino un pilar estratégico para multiplicar la fuerza efectiva y disuasoria en Europa, el Norte de África y el Cáucaso.

La retórica de la multipolaridad debilita a Estados Unidos. Si la seguridad es un servicio, habrá menos mecanismos de seguridad colectiva y más oferentes en el mercado de las políticas y las ideas de defensa. Y el mundo será más peligroso.

El futuro ha comenzado: el presidente Trump ha elevado el ancla y marcado el rumbo. Como los viajes oceánicos de la novela, olvidar las leyes del mar, convertir la decisión del capitán en una cuestión de soberanía y el deseo de conquistar la naturaleza no acaban en buen puerto.

The Conversation

Juan Luis Manfredi no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Leer ‘Moby Dick’ para entender el futuro de los Estados Unidos – https://theconversation.com/leer-moby-dick-para-entender-el-futuro-de-los-estados-unidos-276458

Cuando emprender quema: el desapego emocional como paso previo a ‘tirar la toalla’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mónica Pellejero, Profesor investigador en Organización de Empresas, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

Chay_Tee/Shutterstock

Las pymes son el motor silencioso de la economía: sostienen empleo, oferta y tejido económico a nivel local y regional. Pero hay una parte de la historia que se cuenta poco: qué ocurre cuando emprender deja de vivirse como un proyecto con sentido y empieza a sentirse como una carga.

En un estudio reciente con 231 emprendedores y emprendedoras de pymes del sector turismo ubicadas en los municipios más turísticos de Gran Canaria, se analizó un fenómeno muy concreto: la intención de abandonar el negocio. No hablamos de “quejarse” o de pasar una mala racha, sino de la idea –cada vez más presente en algunos perfiles– de que quizá la opción más viable sea cerrar y dejarlo.

Cansancio + retirada emocional

Cuando se habla de desgaste laboral, suele reducirse a estrés o “muchas horas de curro”. Sin embargo, el burnout se entiende mejor si distinguimos dos componentes que se parecen pero no son lo mismo:

  1. Agotamiento emocional: la sensación de estar sin energía, drenado, “sin gasolina”.

  2. Desapego emocional: lo que los investigadores llaman “cinismo” y que no equivale a sarcasmo o mala intención, sino a una retirada psicológica: me implico menos, me distancio, me cuesta conectar con el trabajo, con los clientes o incluso con mi propio proyecto.

En la práctica, el desapego emocional puede funcionar como un modo supervivencia. A corto plazo alivia (si me implico menos, duele menos), pero a medio plazo erosiona el vínculo con aquello que antes daba sentido: el servicio, el oficio, la experiencia del cliente y el orgullo por sacar adelante el negocio.




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El camino hacia el abandono pasa por el desapego emocional

Los datos muestran un patrón nítido:

  • El agotamiento emocional se asocia fuertemente con un aumento del desapego emocional.

  • El desapego emocional, a su vez, se relaciona con mayor intención de abandonar el negocio.

Lo interesante es que, cuando observamos el efecto directo del agotamiento sobre la intención de abandonar, no parece decisivo por sí solo. Es decir: estar agotado no implica automáticamente querer dejarlo. Lo que marca la diferencia es si ese agotamiento termina convirtiéndose en desapego emocional.

Dicho de forma simple: muchos emprendedores pueden estar exhaustos y aun así continuar, pero cuando la respuesta al cansancio es la desconexión (“ya me da igual”, “lo hago por inercia”), entonces la idea de abandonar gana terreno.




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La pieza protectora: la actitud hacia ‘ser emprendedor’

Aquí entra una variable psicológica muy potente y a la vez muy cotidiana: la actitud hacia el emprendimiento propio. No se trata de optimismo ingenuo sino de cómo se valora el propio rol: si la persona se identifica con lo que hace, si cree que merece la pena, si siente que el proyecto encaja con sus metas y valores.

En el estudio, esa actitud cumple dos funciones relevantes:

  1. Se asocia con menor intención de abandonar: quienes puntúan más alto en actitud hacia el emprendimiento tienden a reportar menos ganas de dejar el negocio.

  2. Amortigua el salto del agotamiento al desapego emocional: cuando la actitud hacia el propio emprendimiento es mejor, el vínculo entre agotamiento emocional y desapego emocional se debilita. En otras palabras, una actitud más positiva hacia el rol puede actuar como colchón para que el cansancio no termine traduciéndose en desconexión.

Este punto es clave porque sugiere que la prevención del abandono no pasa solo por “descansar más” (aunque también), sino por evitar que el desgaste rompa el sentido y la conexión con el propio proyecto.




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¿Qué implicaciones prácticas tiene esto?

Este tipo de resultados no deberían usarse para culpabilizar al emprendedor (“si abandonas es porque no tienes buena actitud”). Al contrario: ayudan a identificar en qué tramo del proceso se deteriora la relación con el trabajo y qué apoyos pueden ser más eficaces.

Algunas acciones prudentes serían:

  • Detectar señales tempranas de desapego emocional. No solo “estoy cansado”, sino “me estoy desconectando”: trato más frío, irritabilidad constante, pérdida de orgullo por el servicio, menor cuidado por la experiencia del cliente o sensación de estar “funcionando en automático”.

  • Intervenir sobre el sentido y el rol, no solo sobre la agenda. A veces, recuperar el “para qué” (sin autoexplotación) y redefinir prioridades frena el desapego emocional más que una recomendación genérica de “tomarse vacaciones”.

  • Reducir el aislamiento. Contar con redes profesionales, asociaciones y mentoría puede amortiguar el desgaste.

También es importante recordar que el desapego emocional no surge en el vacío. En muchas pymes la carga de responsabilidad, la exposición constante al cliente y los márgenes ajustados pueden crear un caldo de cultivo donde el agotamiento se cronifica. En ese contexto, la pregunta no es solo “cómo aguantar”, sino “cómo sostener el proyecto” sin perder la conexión con lo que lo hace valioso.




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Personalidad resistente: cómo hacer del estrés laboral un motor de crecimiento personal


Una nota final

El estudio se realizó en pymes turísticas de Gran Canaria y utiliza medidas consolidadas para evaluar agotamiento, desapego emocional, actitud hacia el emprendimiento e intención de abandono. Y como toda investigación, invita a replicar en otros destinos y sectores. Pero el mensaje es muy aplicable: si queremos entender por qué algunos negocios acaban abandonándose, miremos el tramo intermedio del proceso.

Porque el problema no siempre empieza cuando falta energía. A veces empieza cuando, para poder seguir, dejamos de sentirnos dentro del propio proyecto.

The Conversation

Mónica Pellejero no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Cuando emprender quema: el desapego emocional como paso previo a ‘tirar la toalla’ – https://theconversation.com/cuando-emprender-quema-el-desapego-emocional-como-paso-previo-a-tirar-la-toalla-263843

Lingüística: la ciencia que nos revela el código de la ‘matrix’ en que habitamos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lorena Pérez Hernández, Catedrática de Filología Inglesa. Lingüística cognitiva, Universidad de La Rioja

CalypsoArt/Shutterstock

Un día cualquiera nos levantamos. Quizás pedimos una taza de té y una tapa en el bar, escribimos la lista de lo que falta en nuestra nevera, hacemos la compra en el supermercado y también leemos en el periódico un titular que dice: “La IA nos va a robar el trabajo”. En todos estos casos, hemos recibido o intercambiado información. Pensamos que esto ocurre en un mundo objetivo, pero en realidad operamos en una realidad construida, una suerte de matrix como la de la película de Keanu Reeves dirigida por las hermanas Wachowski.

Solemos creer que el lenguaje es solo una herramienta de comunicación, pero en realidad es el código que construye nuestra percepción del mundo. La lingüística es la ciencia que nos permite ver y entender ese código. En mi reciente libro, 20 razones para amar la lingüística, explico cómo esta ciencia estudia y desentraña la naturaleza de una de las capacidades más especiales y definitorias del ser humano.

El algoritmo que hace posible entenderse

Cuando pedimos una taza de té, el camarero entiende fácilmente que no queremos la taza, sino un té; tampoco queremos una tapa para cerrar un bote, sino una pequeña porción de algún alimento que acompañe nuestra bebida. El camarero, como cualquier hablante, llega directamente a la interpretación final de esas expresiones.

El lingüista, en cambio, ve el algoritmo que las hace posibles: la metonimia “contenedor por contenido” (taza de té por té) y la metáfora conceptual que utiliza la analogía con las tapas de los botes para referirse al pequeño bocatita que según leyendas varias los taberneros colocaban sobre los vasos de vino o los bebedores usaban para tapar los efectos del alcohol.

Lenguaje y memoria

Si se nos olvida la lista de la compra y somos hablantes de español seguramente recordaremos peor los primeros elementos de la lista que un hablante de japonés o coreano. Los lingüistas saben que se debe a que estas lenguas tienen una estructura SOV (Sujeto-Objeto-Verbo) que acostumbra a poner los modificadores antes que el sustantivo (por ejemplo, en estos idiomas se dice: “el brillante y luminoso, de navidad árbol”).

Esta particularidad hace que los hablantes de estas lenguas retengan mejor la información inicial de un listado de palabras ya que su idioma les ha entrenado para desarrollar su memoria de trabajo a corto plazo, reteniendo los adjetivos en su mente hasta llegar al objeto.

Números y palabras

La lengua que hablamos también puede facilitar el razonamiento y la memoria de trabajo al aprender y realizar cálculos matemáticos.

Por ejemplo, cuando por fin nos acordamos de lo que queríamos comprar y vamos a pagar, puede que necesitemos contar las monedas de 20 céntimos que tenemos en la cartera. Si somos hablantes de euskera podremos sumarlas un poquito más rápidamente que si hablamos italiano o español.

De nuevo, la lingüística puede explicar esta curiosidad. El euskera es una lengua que tiene un sistema numérico en base 20. El español y el italiano son sistemas decimales (base 10). Otros idiomas, como el francés, mezclan estas dos bases.

El ekari de Papúa Nueva Guinea tiene un sistema en base 60, y otras lenguas ni siquiera tienen palabras para nombrar cantidades mayores de 3 unidades. El pirahã, una lengua amazónica, carece de números. Este agujero lingüístico parece estar ligado a la dificultad que tienen sus hablantes de reconocer cantidades exactas mayores de tres.

Narrativas y metáforas

Por cierto, el yogur que elegimos porque es un 80 % libre de grasa es exactamente igual que el que no hemos comprado porque en su etiqueta nutricional declaraba un 20 % de grasa. Los especialistas en marketing, entre los que suelen encontrarse lingüistas, manipulan así las narrativas publicitarias, mostrándonos el producto desde el marco lingüístico más atractivo para influir en nuestra decisión de compra.

Algo parecido hacen los políticos y los periodistas. Cuando leemos en el periódico que “la IA nos va a robar el trabajo”, se nos está presentando lingüísticamente la inteligencia artificial como un ser con capacidad de decisión y acción. Esta personificación metafórica oculta al verdadero agente (grandes tecnológicas) y diluye la responsabilidad de los efectos de la IA sobre el mercado laboral.




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Influencia en la salud física y mental

Como muestran estos ejemplos cotidianos, el lenguaje es el código con el que se construye la matrix en la que habitamos.

Pero además, tiene efectos beneficiosos sobre la salud, ordena y da sentido al mundo en el que vivimos, permite trascender la inmediatez del aquí y el ahora, nos ayuda a coordinarnos para defendernos de amenazas y evolucionar como especie; es un instrumento de opresión, pero también de liberación; es nuestra piel, nuestra tarjeta de presentación, nos protege y también nos delata, desenmascarando a tramposos, criminales y falsificadores.

Una ciencia fundamental

La lingüística, la disciplina que nos ayuda a entender el lenguaje, es como cualquier otra ciencia que estudia aspectos fundamentales del ser humano. Y sin embargo, a menudo su naturaleza científica se pone en duda.

Quizás esto es así porque su objeto de estudio no es observable ni medible. El lenguaje es una capacidad intangible e invisible. Sin embargo, físicos y matemáticos buscan descubrir la naturaleza de la materia oscura del universo, también invisible, y predijeron la existencia de los agujeros negros antes de poder verlos a través de un telescopio, y nadie cuestionaría el carácter científico de estos estudios.




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La materia oscura de nuestro universo comunicativo

Los lingüistas estudiamos el lenguaje, la materia oscura de nuestro universo comunicativo, invisible e inmaterial, observando su reflejo sobre lenguas concretas. Analizamos su uso en situaciones reales (habla) llevando a cabo estudios estadísticos basados en corpus informáticos de millones de palabras.

También realizamos complejos experimentos psicolingüísticos y neurolingüísticos mediante resonancias magnéticas funcionales y electroencefalogramas, sensores de sudoración, pupilometrías y oculometrías. Gracias a ello sabemos que el lenguaje influye en nuestra percepción de la realidad, en nuestra toma de decisiones, en nuestra creatividad, salud, memoria y capacidad de razonamiento y cálculo, entre otros muchos aspectos de nuestra vida diaria.

Parecen razones más que suficientes para amar la lingüística. Pero si aún no he logrado resultar convincente, hay muchas más.

The Conversation

Lorena Pérez Hernández es Investigadora Principal del proyecto OTRI “Research Project on Cognitive Models in Branding” (OTEM240725), investigadora en el proyecto “Partnership on University Plagiarism Prevention” (Social Sciences and Humanities Research Council of Canada #895-2021-1016) y miembro del Grupo GRISSU (Grupo Riojano de Investigación en Semántica, Sintaxis y Uso del Lenguaje; Universidad de La Rioja) y del Grupo de Acción ICON (Campus Iberus).

ref. Lingüística: la ciencia que nos revela el código de la ‘matrix’ en que habitamos – https://theconversation.com/linguistica-la-ciencia-que-nos-revela-el-codigo-de-la-matrix-en-que-habitamos-276657

Aranceles de ida y vuelta: el coste económico de la incertidumbre

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan de Lucio, Investigador – profesor. Economista, Universidad de Alcalá

Donald Trump pronuncia un discurso económico en Iowa el pasado 27 de enero. Robert V Schwemmer/Shutterstock

El Tribunal Supremo de Estados Unidos anuló por ilegales los mal llamados “aranceles recíprocos”, impuestos por el presidente Trump en abril de 2025 al amparo de poderes de emergencia nacional.

Los aranceles desaparecen y lo cobrado deberá ser reembolsado a las empresas, ¿o no? Sería tentador pensar que volvemos al punto de partida, al 2 de abril de 2024, cuando desde la Casa Blanca se anunció una política generalizada de gravámenes. Nada más lejos de la realidad. En economía no hay un botón de “deshacer”.

Seguimos en un contexto negativo

En primer lugar, la lejía económica en forma de aranceles que han tenido que ingerir empresas y consumidores ha causado heridas en decisiones, cadenas de suministro y expectativas. Y eso deja cicatrices. Empresas extranjeras han dejado de exportar o han tenido que renunciar a sus planes de expansión en EE. UU., mientras que compañías importadoras estadounidenses han visto aumentar sus costes y los riesgos regulatorios.

Pero las decisiones políticas no han conseguido corregir el déficit comercial de EE. UU., que mantiene niveles similares a los del año anterior. Además, cabe esperar que las arcas públicas tengan que devolver lo recaudado, que se calcula sea un 1 % del PIB aproximadamente.

Los precios internos crecen como consecuencia de los aranceles y las represalias internacionales, pero la pérdida de poder adquisitivo y de empleo no va a ser devuelta a los consumidores. Los estudios (Fed New York y Kiel Institute) indican que los consumidores americanos soportan casi todo el coste del incremento de los aranceles (entre el 94 y el 96 %), mientras que los exportadores extranjeros soportan apenas entre el 6 y el 4 % restante.

Tras el fallo, muchas compañías no prevén bajar precios: si llega el reembolso, lo usarán para cubrir pérdidas pasadas.

Se mantiene la incertidumbre

En segundo lugar, la administración Trump ya ha anunciado que adoptará nuevas medidas. Impondrá nuevos aranceles, que tendrán una duración de 150 días, aludiendo esta vez a una cláusula de la Ley de Comercio de 1974.

De esta forma, en cuestión de horas, Estados Unidos ha pasado, de tener aranceles del 16 % (los más elevados desde 1936), al 9 % tras la decisión del Tribunal Supremo, para nuevamente subirlos, hasta el 15 %, durante 150 días. Tras este plazo volverían al 9 %, o al nivel que determinasen nuevas medidas.

La administración Trump afirma que, antes de que expiren, encontrará nuevas maneras de reconstruir los aranceles utilizando otros resquicios legales.

Los cambios son constantes e impredecibles. El peor aliado del crecimiento y el bienestar es la incertidumbre. Así lo apunta el juez del Tribunal Supremo Neil Gorsuch en su voto particular, página 73 del documento, al señalar que los aranceles deben ser aprobados por el Congreso pues al obtener “un apoyo tan amplio para sobrevivir al proceso legislativo, tienden a perdurar, permitiendo a la gente común planificar sus vidas de maneras que no pueden cuando las reglas cambian día a día”_.

El actual gobierno estadounidense no parece entender este argumento, por lo que es probable que los cambios arbitrarios y repentinos sigan afectando negativamente a la economía y, con ella, a la vida de las personas.

Tensiones y volatilidad a escala global

Finalmente, el resto del mundo no sabe a qué atenerse. Los lazos comerciales y la confianza han desaparecido. Los acuerdos son tales por un tiempo incierto. China continua su avance estratégico y Europa mantiene su desconcierto. El resultado es un clima de inversión más volátil, cadenas de valor más caras y una economía mundial un poco menos eficiente y más tensa.

En resumen: el fallo judicial es una llamada de atención sobre la necesidad de certidumbre y respeto institucional. Aún así, la dirección política sigue siendo la misma. Mientras tanto, las empresas seguirán a la espera de certidumbre, las inversiones retenidas, los beneficios esperados reduciéndose, los riegos en la economía de EE. UU. al alza y el dólar perdiendo valor frente a otras monedas refugio. La política comercial puede ser dura, pero lo que no puede ser es volátil.

The Conversation

Juan de Lucio no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Aranceles de ida y vuelta: el coste económico de la incertidumbre – https://theconversation.com/aranceles-de-ida-y-vuelta-el-coste-economico-de-la-incertidumbre-276797

Cuando la IA ‘escucha’ lo que escribimos: detección temprana y ética en salud mental digital

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Javier Parapar, Director del Information Retrieval Lab, CITIC, UDC, Universidade da Coruña

DimaBerlin/Shutterstock

A las dos de la madrugada, alguien escribe: “Me siento sola”. No es un grito, no hay dramatismo. Es solo una frase más en el río de publicaciones que circula cada noche por las redes sociales. Recibe un par de “me gusta”, quizá incluso un emoji, y queda enterrada bajo el siguiente vídeo.

Al día siguiente, nada “pasa”. Pero, a veces, lo importante no ocurre en un día. Porque una frase aislada puede ser solo eso, una frase. Lo que determina la lectura es la trayectoria.

Hay motivos de preocupación cuando el tono se oscurece durante semanas, cuando se repiten temas de desesperanza, cuando las interacciones se diluyen, cuando el lenguaje se vuelve más autorreferencial o rumiativo. Y es ahí donde podemos echar mano del ‘oído digital’.

Un ‘oído’ que no ‘oye’ pero detecta patrones

Un modelo de lenguaje masivo (LLM), lo que comúnmente llamamos una IA, no “entiende” como un humano. Su habilidad es otra: identificar regularidades del lenguaje a escala.

Los LLMs se entrenan con enormes cantidades de texto. De este modo aprenden patrones del lenguaje, detectan qué expresiones suelen ir juntas, captan cómo se estructura un relato y reconocen cambios de estilo que se repiten en ciertos contextos.

Esa capacidad puede resultar muy útil para identificar tendencias en los mensajes que, en conjunto y en determinadas poblaciones, se asocian con malestar y problemas de salud mental.

Alerta temprana no es diagnóstico

Ya en 2018, antes del auge de ChatGPT, un estudio mostró algo llamativo: el lenguaje de los mensajes publicados en Facebook podía anticipar señales asociadas a depresión en registros clínicos. Y esas señales aparecían incluso meses antes de que existiera un diagnóstico documentado. Cuando, además, hay imágenes, el análisis puede ganar contexto. Texto e imagen aportan información distinta y, a veces, complementaria.




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Pero es importante que quede claro que la capacidad de la tecnología para detectar señales no es un diagnóstico. Lo primero permite alertar de manera probabilística para priorizar revisión, ofrecer recursos o activar apoyo humano. El diagnóstico clínico, en cambio, es una decisión sanitaria que debe estar basada en una historia clínica, en una entrevista personal con el especialista.

Al usar sistemas tecnológicos para detección temprana no se pretende reemplazar al clínico sino reducir el retraso y activar las alarmas antes de que el deterioro sea más evidente.

La investigación en sistemas digitales de detección

Un buen sistema de detección temprana no se activa por una frase triste. Se activa, si lo hace, por un patrón sostenido: semanas de empeoramiento del tono, más aislamiento, más actividad nocturna, menos señales sociales. E incluso en esos casos no sentencia. Solo sugiere: “revísalo”, como haría un triaje.

Evaluar en qué medida el sistema avisa a tiempo, cuántos falsos positivos genera o cómo cambia su comportamiento cuando llegan nuevas publicaciones es a lo que nos dedicamos en el marco del proyecto eRisk.

Escuchar donde nadie está escuchando, como propone el oído digital, suena esperanzador. Pero también abre un terreno frágil, porque en salud mental equivocarse tiene consecuencias serias.

Los falsos positivos, es decir, detectar un deterioro de la salud mental cuando no lo hay, puede provocar una intervención intrusiva, alarma familiar o estigma, con especial impacto en menores.

En cuanto a los falsos negativos, es decir, cuando no se detecta a tiempo este deterioro, pueden tener consecuencias graves, sobre todo si el sistema se presenta como red de seguridad y desplaza apoyo humano o acceso a servicios.

Aspectos culturales del lenguaje

El lenguaje del malestar no es universal. Cambia en función de la cultura, la comunidad, la edad y el contexto socioeconómico. Sin ir más lejos, un estudio encontró que modelos lingüísticos estándar predecían severidad de depresión en usuarios blancos, pero no en usuarios negros. Lo que parece señal en un grupo puede no transferirse a otro.

Por eso es preciso que el sistema cumpla un requisito más: la explicabilidad. No basta con que el modelo “acierte”, es preciso entender por qué señala una alerta. ¿Qué patrones han pesado más? Sin esa trazabilidad, es difícil auditar sesgos, corregir errores y, sobre todo, justificar una intervención. En contextos sensibles, una caja negra aumenta el riesgo de decisiones arbitrarias.

Volvamos al ejemplo inicial. Una frase como “me siento sola” no debería activar ninguna alarma. Pero si se mantuviera en el tiempo, un buen sistema debería alertar con incidcaciones del tipo: “En las últimas semanas se observa aislamiento creciente, aumento de publicaciones nocturnas y un cambio progresivo hacia expresiones de desesperanza”.

Es decir, la alerta se apoya en patrones concretos y comprensibles. Y aunque no sustituye al juicio humano, ayuda a ver y explicar lo que podría pasar desapercibido.

Plataformas y ley: cada vez menos zona gris

A menudo este debate se plantea como si fuera futurista. Pero en Europa ya existe un marco de obligaciones que empuja a las plataformas, sobre todo cuando hay menores, a gestionar riesgos para el bienestar.

Con el Digital Services Act, las plataformas grandes deben identificar y evaluar riesgos sistémicos ligados a su diseño y funcionamiento y aplicar medidas de mitigación. Además, la Comisión Europea ha publicado guías específicas sobre protección de menores, reforzando el deber de diligencia en seguridad, privacidad y diseño.

A este reto se suma el del tratamiento de datos personales. Para evitar que cada norma “viva en su isla”, el Consejo Europeo de Protección de Datos ha publicado guías sobre la interacción entre ambos marcos regulatorios.

Construir un oído digital que cuide

De la misma manera que un monitor continuo de glucosa no reemplaza al médico pero ayuda a anticipar problemas y a tomar decisiones más seguras, un oído digital responsable puede identificar señales de que alguien necesita apoyo sin extraer por ello un diagnóstico. La detección temprana debe ayudar a llegar antes sin reemplazar nunca lo esencial: el cuidado humano.

Para que funcione así, hacen falta cinco decisiones de diseño: debe tener una finalidad sanitaria nítida; contar con mecanismos de control y consentimiento real; priorizar la intervención y supervisión humana; estar sometido a evaluación y auditoría longitudinales y por subpoblaciones (no solo promedios); y, finalmente, las intervenciones deben ser proporcionales, no intrusivas, con recursos y acompañamiento.

Pero el mismo oído que puede cuidar puede convertirse en una infraestructura donde la vulnerabilidad se mide, se etiqueta y se monetiza. Por eso, el futuro de este oído digital no depende solo de lo potente que sea el modelo: depende de quién lo maneja, con qué incentivos y bajo qué garantías.

Si vamos a construir sistemas que escuchen lo que escribimos, que sea exclusivamente para cuidar.

The Conversation

Javier Parapar recibe fondos de Xunta de Galicia (ED431C 2025/49), Ministerio de Ciencia y Universidades (PID2022-137061OB-C21), Unión Europea (GA 101073351)

ref. Cuando la IA ‘escucha’ lo que escribimos: detección temprana y ética en salud mental digital – https://theconversation.com/cuando-la-ia-escucha-lo-que-escribimos-deteccion-temprana-y-etica-en-salud-mental-digital-275947

A new space race could turn our atmosphere into a ‘crematorium for satellites’

Source: The Conversation – Global Perspectives – By Laura Revell, Professor of Atmospheric Chemistry, University of Canterbury

Alan Dyer/Getty Images

When we look up at the night sky and see a satellite glide past, we might not consider climate change or the ozone layer.

Space may feel separate from the environmental systems that sustain life on Earth. But increasingly, the way we build, launch and dispose of satellites is starting to change that.

Over the past few years, the number of satellite launches has skyrocketed. There are now nearly 15,000 active satellites in orbit around the Earth, most of them part of “mega-constellations” in which each satellite has a service life of only a few years.

New satellites must be quickly launched as replacements. To avoid leaving old, dead satellites in Earth’s already-crowded low orbits, most satellite operators deliberately de-orbit them into Earth’s upper atmosphere.

Here, they burn up or break apart into smaller pieces: a process known as “demisability”. In effect, satellites have become part of throwaway culture.

That approach is now being taken to a vastly larger scale. We are concerned about the implications for Earth’s climate and atmosphere.

A sleeper risk for our climate and ozone layer

Last month, SpaceX applied to the US Federal Communications Commission (FCC) for permission to launch one million more satellites for untested “AI data centres”.

That sheer number isn’t the only issue. SpaceX’s Starlink V2 “mini” satellites happen to weigh about 800 kilograms (kg) – roughly the mass of a small car – with later versions expected to reach around 1,250 kg. The planned V3 satellites are larger still, comparable in scale to a Boeing 737 airliner.

Rocket launches already contribute to climate change and ozone depletion. Scaling them up to deploy a million aircraft-sized satellites would push upper-atmosphere heating and ozone loss far beyond previous estimates, with the steady burn-up of dead satellites compounding the impacts.

This comes as burnt satellite dust is already being found in the atmosphere. In 2023, scientists studying aerosols in the upper atmosphere found metals from re-entering spacecraft. Just recently, lithium has been detected from the uncontrolled re-entry of a Falcon 9 rocket.

This is just a fraction of what is to come if planned megaconstellations go ahead – and SpaceX is far from the only player. Other operators worldwide have already asked for a combined total of over one million satellites.

All the while, the full environmental consequences remain poorly understood because satellite builders rarely disclose what their spacecraft are made of.

Scientists assume a large fraction is aluminium, which burns up into alumina particles, but the exact mix of materials – and the size of the particles produced – remains poorly constrained.

But we know the very smallest particles, finer than a human hair, can stay suspended in the atmosphere for years, contributing to ozone depletion and climate change.

Following similar assumptions to a previous study, we estimate that a million satellites could mean that a teragram (one billion kgs) of alumina accumulates in the upper atmosphere – enough, alongside launch emissions, to significantly alter atmospheric chemistry and heating in dramatic ways we do not yet understand.

There is no public mandate for a single company in one country to make changes on that scale to the planet’s atmosphere.

The consequences are not confined to the atmosphere. Not all re-entering satellites burn up; debris is already hitting the ground and the chance of a casualty from megaconstellation re-entries is now about 40% per five-year cycle – rising for both people and aircraft as more satellites are added to orbit.

Five person-sized pieces of shredded space debris, leaning on a wall inside a metal-sided building.
These pieces of shredded debris, which came from an expendable trunk module attached to one of SpaceX’s Dragon spacecraft, fell on farmland in Saskatchewan, Canada, in April 2024.
Samantha Lawler, CC BY-NC

In space, the picture is no less stark: the Outer Space Institute’s CRASH Clock suggests a collision would occur within 3.8 days if satellites stopped avoiding each other.

Many experts agree we are in the early stages of the Kessler Syndrome: a cascading chain reaction of collisions that multiplies space debris.

Our skies are not a dumping ground

Our night sky, especially cherished in New Zealand, is one of the few things everyone on Earth still shares.

According to simulations built by astronomers, constellations on the scale proposed by SpaceX would fill the sky with many thousands of satellites visible to the naked eye anywhere on Earth. Eventually, there could be more visible satellites than visible stars.

For scientists, observing the deaths of stars and searching for new planets would become much harder. Stargazing, astrotourism and cultural astronomy would similarly be disrupted worldwide.

All of this means the FCC’s ruling on the SpaceX proposal, now open to public submissions, could affect everyone – whether through changes to the atmosphere, growing collision risks in orbit or the loss of an unspoilt night sky.

One solution being discussed is to dispose of dead satellites in orbits away from Earth. But this would require much more fuel per satellite to escape Earth’s gravity, increasing both payload and the environmental impact of rocket launches. Some debris would still return to Earth.

With SpaceX and others planning rapid expansion, global regulation is needed: in an uncapped system, regulating one firm just shifts the problem elsewhere. As the largest operator, SpaceX is best placed to lead on an environmentally sustainable solution, just as Du Pont did with phasing out CFCs in the 1980s.

A first step is to define a safe atmospheric carrying capacity for satellite launches and re-entries. Environmental assessments should cover the full lifecycle, including atmospheric effects, and address both orbital safety and impacts on cultural and research astronomy.

Whatever the regulatory outcome, using the atmosphere as a crematorium for satellites at this scale cannot be a solution.

The Conversation

Laura Revell receives funding from the Marsden Fund and Rutherford Discovery Fellowships, administered from New Zealand Government funding by the Royal Society Te Apārangi. She is a member of the International Ozone Commission, UN Environmental Effects Assessment Panel, UN Nuclear War Effects Panel, and a lead author on the IPCC’s 7th Assessment Report.

Michele Bannister receives funding from the Rutherford Discovery Fellowships, administered from New Zealand Government funding by the Royal Society Te Apārangi. She is a member of the International Astronomical Union’s Centre for Dark and Quiet Skies.

Samantha Lawler receives funding from the Natural Sciences and Engineering Research Council of Canada. She is a fellow of the Outer Space Institute, and a Visiting Erskine Fellow at the University of Canterbury.

ref. A new space race could turn our atmosphere into a ‘crematorium for satellites’ – https://theconversation.com/a-new-space-race-could-turn-our-atmosphere-into-a-crematorium-for-satellites-276366

20 billion galaxies: new survey of the sky will reveal the universe in unprecedented detail

Source: The Conversation – Global Perspectives – By Anais Möller, Senior Lecturer and ARC DECRA Fellow, School of Science, Computing and Emerging Technologies, Swinburne University of Technology

Trifid nebula (top) and the Lagoon nebula, which are several thousand light-years away from Earth. NSF–DOE Vera C. Rubin Observatory

When you look up at the night sky, it appears unchanging. But if you look deep enough you will find that the sky is in fact constantly shifting. Satellites, asteroids and interstellar objects pass by. Stars not only shine brightly, they can suddenly burst with energy or explode in bright supernovae.

There is a plethora of explosive and cataclysmic phenomena waiting to be witnessed. For physicists, this is an opportunity to study our universe and physics that we can’t reproduce on Earth.

A whole new era of discovery is opening with the NSF-DOE Vera C. Rubin Observatory. For the next ten years, Rubin will create a high-definition video of the southern sky, revealing our universe in an unprecedented way. Many of the objects it finds will have never before been seen by human eyes.

More than 20 years in the making

This moment has been more than 20 years in the making, from the concept to completion of the Rubin Observatory.

Located on a dark sky mountaintop in Chile, the observatory represents a generational leap in astronomy with its ultra-wide, deep and high-resolution imaging capabilities.

Rubin has the largest camera ever built, with 3,200 megapixels. Each image scans an area equivalent to 40 full moons. The resolution of the images is so high that if we pointed the camera toward a lime located 24 kilometres away, it would be able to resolve exactly what type of fruit it is.

Last year, Rubin amazed us with its first test images. These images revealed a swarm of new asteroids never before detected, stars varying in our Milky Way and beautiful deep images of galaxies. This is just a taster on what is to come; this week Rubin started publicly sharing hundreds of thousands changing sky objects per night.

The telescope will be uniquely used for the Legacy Survey of Space and Time. This ten-year-long survey aims to solve the biggest mysteries of the universe – and the nature of the physics out there.

Three separate squares, each with a blue background and a patch of bright white light.
Spot the cosmic difference! A new science observation (left) is compared against a reference template built from archival data (centre). Subtracting the two leaves only what has changed, a new source visible in the difference image (right). This is a supernova candidate found with the Fink broker using Vera C. Rubin data.
Rubin Observatory/Fink broker

20 billion galaxies

With its advanced imaging capabilities and its systematic scan of the sky, Rubin will image an incredible number of objects in our universe over the next decade.

Starting in our cosmic backyard, our Solar System, it will make 6 million detections of asteroids. Moving toward our galaxy, it will catalogue 17 billion stars. Farther away, it will gather colour images of 20 billion galaxies.

The same patch of the sky will be imaged up to 100 times each year. With an expected 10 terrabytes of image data per night, the amount of data Rubin will deliver in a single year will be greater than all optical observatories combined.

With this data, we aim to answer fundamental questions. These include the nature of the most mysterious components of our universe: dark matter and dark energy.

I am particularly interested in using the data to measure whether the universe expansion maintains a constant acceleration or changes with cosmic time. This accelerated cosmic expansion is attributed to dark energy, which comprises 70% of our universe. Yet we still don’t know what it is.

By itself, this measurement would be amazing, especially since recent observations have hinted the expansion rate may be changing. From the physics point of view, this will allow us to narrow down which potential theories can explain dark energy.

A firehose of cosmic treasures

To find changing sky objects, we compare a new image to an “old” or reference image. The difference between the two images can reveal a new object or a change of brightness.

So how do we find the most interesting exploding stars or asteroids within this mass of detections?

Rubin has selected seven “community brokers”. A broker is both the infrastructure and the team that receives this data firehose within minutes of detection, processes it to find the most exciting objects, and makes them publicly available.

One of these community brokers is Fink, which I have the privilege of co-leading.

Fink is made up of hundreds of scientists and engineers around the world working together to understand our universe. With the incredible Rubin data, comes a great opportunity but also a big challenge.

We need state-of-the-art technologies such as distributed computing (a network of computers, similar to commercial cloud services) and artificial intelligence tools to process the data very fast. We are talking about analysing thousands of detections from Rubin every minute or two, and up to 10 million every night for ten years.

Become a Rubin citizen scientist

You can also engage with Rubin right now.

Rubin’s first images are available online and you can use apps such as Orbitviewer to track asteroids, as well as look at deep images with SkyViewer.

You can also become a Rubin citizen scientist. For example, you can help to identify changing objects in our universe with Rubin Difference Detectives and find comets with Rubin Comet Catchers.

The data from community brokers is also publicly available. Through our Fink portal, you will be able to inspect the latest detections from Rubin just minutes after an image has been taken.

The data may not look like the stunning Rubin first light images. But they come directly from the telescope and are full of universe treasures.


Correction: this article originally stated the Legacy Survey of Space and Time has started. It has been amended to make clear the survey has not yet started but that the Rubin Observatory has started publicly sharing data.

The Conversation

Anais Möller receives funding from the Australian Research Council and the French National Centre for Scientific Research.

ref. 20 billion galaxies: new survey of the sky will reveal the universe in unprecedented detail – https://theconversation.com/20-billion-galaxies-new-survey-of-the-sky-will-reveal-the-universe-in-unprecedented-detail-273574