¿Estamos perdiendo el color?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Rafael Povo Grande de Castilla, Director del Grado en Publicidad y Creación de Marca, UDIT – Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología

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Es un tema recurrente en estudios más o menos sesudos, e incluso en reels de redes sociales: el color está desapareciendo de nuestras vidas. Desde los coches a las casas, pasando por la moda y las marcas.

Del análisis realizado por el Science Museum Group con más de 7 000 objetos cotidianos de sus colecciones desde 1800 se desprende que los colores grises y desaturados se han hecho más habituales a medida que avanzaba el siglo XX.

Esta afirmación coincide con la percepción de muchos observadores anónimos que aseguran que cada día hay menos cosas de colores en sus vidas, que los coches son tristes, que la gente viste masivamente de negro y que el interiorismo está dominado por las paletas más desaturadas de la historia.

Colores y sentimientos

Los expertos en psicología del color atribuyen a los colores diferentes efectos: levantar el ánimo, excitar, relajar… Dice Eva Heller en su obra Psicología del color, una verdadera biblia para diseñadores, que “los colores y los sentimientos no se combinan de manera accidental; sus asociaciones no son meras cuestiones de gusto, sino experiencias universales profundamente enraizadas en nuestro lenguaje y nuestro pensamiento”.

Con esto en mente, es lógico que los diseñadores de espacios u objetos que tienen que funcionar para todos y hacerlo en cualquier momento intenten minimizar el impacto de utilizar colores no neutros. Tener un coche naranja significa ir siempre en una cápsula optimista y enérgica, algo habitual en los años 70, por ejemplo.

Ya explicaba la experta en color Leatrice Eisman que la paleta de tonos de la posguerra de la Segunda Guerra Mundial buscaba el “optimismo terapéutico. Tras años de uniformes caqui y vehículos grises, en los 50 los colores saturados significaron progreso y modernidad, nuevos tiempos, adiós al sufrimiento”.

También Jean-Philippe Lencos, investigador del “geocromatismo”, documentó cómo las paletas de color resurgieron tras la guerra para devolver la identidad perdida con los bombardeos.

Esto tuvo su evolución y los años 80 redescubrieron, de algún modo, el color cemento, el blanco y negro y lo neutro, combinado con tonos saturados, dentro del movimiento pendular habitual en las tendencias.

Ya lo adelantaban en el 78 el libro High-tech: The industrial style and source book for the home, con una visión del color como funcional o señalético sobre el gris tecnológico o brutalista.

Librería de colores y formas variadas.
Separador de ambientes Carlton de Ettore Sottsass para Memphis, 1981, en el Milwaukee Art Museum.
Saliko/Wikimedia Commons, CC BY

En plenos 80, tendríamos que hablar del estilo Memphis, colorista donde los haya, y con saturaciones nunca vistas en moda, mobiliario e interiorismo. Para algunos expertos, el estilo Memphis de Ettore Sottsass era un gran grito de color antes de la monocromía de hoy, una reacción al racionalismo gris que empezaba a imponerse en arquitectura e interiorismo de alto standing.

¿No es posible que esta cromofobia de la que creemos ser víctimas en el primer cuarto del siglo XXI sea un simple espejismo? Pensemos que el color dominó durante unas décadas muy concretas el panorama de la moda, la automoción y la decoración. Una isla de color en medio de un mar de grises.

Siempre ha habido colores en arquitectura, moda y mobiliario. Incluso hoy. Del mismo modo, siempre ha habido tonos neutros, grises, blancos y negros.

Del Ford T a los supermercados

Pensemos en los siglos anteriores, en los edificios de piedra y mármol del siglo XIX (no en sus policromados ancestros grecorromanos), en las ropas decimonónicas. El negro fue el único color en los Ford T: “Cualquier cliente puede pintar su coche del color que desee, siempre y cuando sea negro”, decía Henry Ford, fundador de Ford Motor Company. Aquí mandaba la velocidad de secado de la pintura, esencial para el fordismo. Las razones técnicas y económicas son parecidas a las que se utilizan hoy para el resurgimiento de una paleta tan neutra y limitada.

¿Y los juguetes de los niños? ¿Han sucumbido a la dictadura monocromática? Hemos visto algunas habitaciones infantiles llenas de osos de trapo tristes y grises, pero que haya padres “desalmados” no quiere decir que sea la norma.

¿Y los productos de venta en supermercado? ¿No son una explosión de color, incluso por encima de los de los años dorados de la saturación? El psicólogo ambiental Paco Underhill explica que el ojo humano escanea colores en movimiento, identificando en los lineales la falta de color como “producto genérico o de bajo costo”.

Cuando hablamos de vender galletas, nos olvidamos de los tonos neutros. Para algunos autores el color comunica el sabor, la frescura y la categoría del producto. Aquí las tendencias tienen poco o nada que decir: manda la biología, no la moda o el gusto del diseñador.

Si hablamos de moda, hablamos de péndulo una vez más. Cada año van y vienen tendencias, y es falso que vivamos en una constante de grises y arenas. Siempre hay colores vivos, pastel, neón o matizados que van y vienen.

Existe una tendencia entre los creativos más jóvenes de empezar a detestar el minimalismo cromático (y de diseño en general) de sus padres y mentores y apuestan por un maximalismo cromático. El maximalismo es una forma de autorregulación emocional. En un mundo incierto, rodearse de colores produce una sensación de seguridad que el gris no ofrece.

El rojo sobre fondo gris

No quiero dejar de citar al maestro Jean Baudrillard, que escribió sobre la “semiología de los objetos” y cómo en esta época los objetos dejan de ser útiles para ser signos. El rojo en un entorno gris no es un color, es un signo de estatus y diseño. El color no es todo practicidad y tendencia.

¿Y si el espejismo se produce sencillamente cuando, arrastrados por nuestro sesgo cognitivo, comparamos hitos estéticos aislados? No estamos ante una muerte del color, sino ante su especialización funcional.

Hemos delegado el croma al estímulo inmediato del consumo (el supermercado) y a la rebeldía identitaria de los más jóvenes, mientras protegemos nuestros espacios de inversión con la neutralidad.

El color no ha desaparecido; ha dejado de ser un ornamento para convertirse en un recurso estratégico que dosificamos según el mercado o nuestra propia salud mental.

Quizás, al final, el gris no es tristeza, sino el silencio visual que necesitamos para procesar un mundo saturado. El color no ha muerto, solo se está tomando un respiro para ayudarnos con nuestra vida.

The Conversation

Rafael Povo Grande de Castilla no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Estamos perdiendo el color? – https://theconversation.com/estamos-perdiendo-el-color-273727

Cómo aprovechar el poder antioxidante de nuestros músculos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marcos Martín Rincón, Profesor Contratado Doctor en Departamento de Educación Física e Instituto de Investigaciones Biomédicas y Sanitarias (iUIBS), Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

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Uno de los principales enemigos de nuestra salud y nuestra lozanía es el estrés oxidativo, causado por unas moléculas muy inestables llamadas especies reactivas del oxígeno y nitrógeno (RONS). Aunque surgen de forma natural en nuestras células durante los procesos de obtención de energía, situaciones como la inflamación, la radiación solar, la exposición a contaminantes o el ejercicio físico extenuante hacen que se incremente su producción.

Cuando su generación supera la “capacidad antioxidante” de la célula, nos enfrentamos al temido daño oxidativo (o estrés oxidativo), que produce alteraciones en lípidos, proteínas o el ADN. Si la situación se mantiene en el tiempo aumentan las probabilidades de que suframos enfermedades cardiovasculares, cáncer, envejecimiento, obesidad o sarcopenia.

Un escuadrón de defensa química

En cantidades controladas, las RONS son valiosas aliadas: [cumplen funciones esenciales] en la señalización celular, el metabolismo energético, la función inmune o la vasodilatación link text. El equilibrio redox (balance entre la producción y la neutralización de las RONS) se mantiene gracias a un sistema integrado por enzimas y otras moléculas que actúan como un “escuadrón de defensa química” para neutralizar compuestos oxidantes antes de que dañen las células. El control de este sistema antioxidante recae en la proteína Nrf2.

En condiciones de reposo, Keap1 (otra proteína) se une a Nrf2 y conecta a esta con una maquinaria que la degrada con rapidez y mantiene bajos sus niveles. Pero cuando aumenta la producción de RONS, Keap1 deja de ejercer transitoriamente ese papel y, además, puede reducirse su disponibilidad. Entonces, Nrf2 se sigue sintetizando, se acumula y pasa al núcleo celular, donde activa los genes que codifican enzimas antioxidantes y proteínas de desintoxicación.

Aunque este mecanismo se ha estudiado en el hígado o el cerebro, el papel del músculo esquelético ha recibido menos atención.

En condiciones basales, la proteína Nrf2 permanece unida a Keap1, que la dirige hacia su degradación y mantiene inactivo el programa antioxidante. Cuando aumentan las RONS, este ‘freno’ se libera, Nrf2 se acumula y activa en el núcleo los genes responsables de la defensa antioxidante.

El ejercicio “desoxida”

En modelos animales, el ejercicio regular reduce el estrés oxidativo y aumenta la actividad de enzimas antioxidantes en el cerebro, el hígado, el corazón y el músculo. Además, estudios en humanos muestran que, desde la niñez hasta edades avanzadas, las personas más activas presentan menor daño oxidativo y mayor capacidad antioxidante que las sedentarias incluso en edades avanzadas. Este efecto se explica por el fenómeno de “hormesis”: pequeñas cantidades repetidas de una sustancia potencialmente dañina (RONS, en este caso) promueven adaptaciones que permiten resistir dosis más altas sin que se produzcan efectos nocivos.

Las actividades de resistencia y de fuerza, los esfuerzos muy intensos y breves (lo que en entrenamiento se conoce como “esprints”) o el ejercicio que produce dolor muscular tardío (“agujetas”) se asocian a una mayor producción de RONS, que actúan como señales para activar las defensas y la reparación celular.

En un estudio reciente de nuestro grupo de investigación, revelamos que el ejercicio intenso activa en cuestión de segundos una potente respuesta antioxidante a través de la dupla Nrf2/Keap1, en un mecanismo regulado por la disponibilidad de oxígeno. De forma igualmente rápida, esa respuesta se atenúa una vez cesa el ejercicio.

Estos hallazgos muestran por primera vez en seres humanos la rápida dinámica de “encendido y apagado” de la respuesta antioxidante del músculo esquelético. Además, durante la contracción muscular también se liberan proteínas mensajeras (mioquinas) y señales químicas que contribuyen a la mejora de la capacidad antioxidante en otros órganos y tejidos. Tales procesos consolidan al músculo como un órgano clave en la defensa antioxidante del organismo.

Sesiones antioxidantes

Entonces, ¿podemos mejorar la capacidad antioxidante mediante el entrenamiento? ¿Y cómo funcionan los diferentes tipos de ejercicio en este empeño? Veamos qué dicen las evidencias.

  • Resistencia. El entrenamiento de resistencia, habitualmente en bicicleta a intensidad moderada (2–3 sesiones por semana), ha sido el más estudiado. En personas con insuficiencia cardiaca, diabetes mellitus tipo 2 u obesidad, programas de entre 8 y 24 semanas incrementan la cantidad de enzimas antioxidantes –como la superóxido dismutasa (SOD), la catalasa (CAT) o la glutatión peroxidasa (GPx)– y reducen la presencia de marcadores de oxidación. En jóvenes sanos, las mejoras son menores, lo que sugiere que el nivel inicial de forma física condiciona la adaptación.

    En el único estudio que evaluó el entrenamiento con pequeños picos de esfuerzo a máxima intensidad (esprints),la actividad muscular de GPx aumentó un 37 % y la de glutatión reductasa (GR) un 56 %, mientras que la SOD no mostró cambios. En modelos animales, según intensidad y duración, el entrenamiento de esprint puede elevar GPx o glutatión reductasa (GR).

  • Fuerza. En adultos mayores([https://doi.org/10.3390/antiox10030350]) y en hombres con diabetes mellitus tipo 2, programas de 6-13 semanas (2-3 días por semana, con cargas progresivas) aumentan los niveles de SOD, CAT, GPx o GR y reducen el daño oxidativo en músculo, aunque no todas esas enzimas antioxidantes responden igual.

  • Entrenamiento concurrente (combinación de resistencia y fuerza). Ninguna investigación ha evalúado adaptaciones antioxidantes en el músculo. En sangre, un único estudio observó que entrenar resistencia, fuerza y ambas de manera conjunto aumentan SOD y reducen MDA (un marcador de estrés oxidativo), con mejoras adicionales en la capacidad antioxidante total del plasma (TAC) y GPx.

Por qué importa la defensa antioxidante muscular

Los estudios con animales, que aportan información útil para orientar la investigación en humanos, han demostrado que aumentar enzimas antioxidantes musculares protege frente al estrés oxidativo generado por la actividad de los músculos, el humo de tabaco, la ventilación mecánica o fármacos prooxidantes como la doxorrubicina, previniendo la atrofia, la disfunción y la fatiga de los músculos.

En humanos, aunque hay menos datos, varios ensayos muestran que programas que elevan la capacidad antioxidante muscular reducen el estrés oxidativo agudo tras el ejercicio y mejoran la tolerancia al esfuerzo en adultos mayores y personas con obesidad. Estas mejoras podrían estar relacionadas con los efectos beneficiosos que produce el acondicionamiento físico antes de procesos quirúrgicos.

Recientemente, hemos demostrado en jóvenes sanos que un perfil antioxidante muscular más favorable está estrechamente ligado a la resistencia física: la capacidad de seguir rindiendo incluso en condiciones de fatiga extrema se asocia con más Nrf2 activado y menos Keap1. Así, esta capacidad no solo protege frente al estrés oxidativo, sino que también favorece la tolerancia a esfuerzos de alta intensidad.

El ejercicio físico regular incrementa transitoriamente las RONS en el músculo, lo que activa la vía Nrf2/Keap1 y estimula la producción de enzimas antioxidantes. Con el entrenamiento, esta adaptación mejora la capacidad antioxidante muscular, reduce el estrés oxidativo y se asocia con mayor tolerancia al esfuerzo y mejor capacidad cardiorrespiratoria (VO₂max).

La capacidad cardiorrespiratoria, evaluada como VO₂max, es un indicador clave de rendimiento y capacidad funcional, además de un fuerte predictor de la mortalidad por cualquier causa. Por tanto, no debe sorprender que el VO₂max se relacione también con la capacidad antioxidante muscular medida en una muestra amplia de personas.

En suma, una buena forma aeróbica y las adaptaciones inducidas por el entrenamiento se asocian con una mayor capacidad antioxidante del músculo. Esto puede ayudar a reducir el estrés oxidativo en situaciones patológicas o de alta demanda física, contribuyendo a proteger la función muscular y mantener el rendimiento.

Los estudios futuros deberán integrar información molecular, funcional y clínica para confirmar estos efectos y profundizar en mecanismos aún poco explorados, así como en las dosis y modalidades de ejercicio que optimizan los beneficios.


Víctor Galván Álvarez, profesor del Departamento de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte de la Universidad Fernando Pessoa Canarias, es el autor principal de este artículo.


The Conversation

Marcos Martín Rincón recibe financiación para investigación del Ministerio de Ciencia e Innovación y organismos públicos de investigación, incluyendo los proyectos PID2021-125354OB-C21, PID2024-156206OA-I00 y PDC2025-165723-I00. Declara no tener vínculos económicos ni conflictos de interés relacionados con el contenido de este artículo más allá de su actividad académica.

Ángel Gallego Sellés es beneficiario de la ayuda postdoctoral Catalina Ruiz (APCR2023010007), financiada por el Gobierno de Canarias y el Fondo Social Europeo, y recibe financiación pública para investigación de organismos nacionales y autonómicos. Declara no tener conflictos de interés relacionados con el contenido de este artículo.

Elisabetta de Nigris recibe financiación pública para investigación de organismos nacionales y autonómicos. Declara no tener conflictos de interés relacionados con el contenido de este artículo.

ref. Cómo aprovechar el poder antioxidante de nuestros músculos – https://theconversation.com/como-aprovechar-el-poder-antioxidante-de-nuestros-musculos-239785

Los argumentos económicos de Donald Trump no son nuevos y no justifican la eliminación de las políticas climáticas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pedro Linares, Profesor de Organización Industrial de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería ICAI, Universidad Pontificia Comillas

Robert V Schwemmer/Shutterstock

Donald Trump sigue empeñado en desmontar las políticas climáticas de sus predecesores en la presidencia de Estados Unidos. Se basa en argumentos que también se escuchan cada vez más en Europa: costes, competitividad, seguridad energética… ¿Tienen peso esos argumentos? Y, sobre todo, ¿justifican abandonar la lucha contra el cambio climático?

Sí, las políticas climáticas tienen un coste

La respuesta a la primera pregunta es que, a veces, sí, las políticas climáticas aumentan los costes a corto plazo para los consumidores. No en todos los casos, por supuesto: las energías renovables como la solar fotovoltaica o la eólica terrestre ya son más baratas que las basadas en fósiles a la hora de producir electricidad. Eso explica de hecho que ya en muchos países (como España, China o también en EE. UU.) ya dominen las nuevas inversiones o supongan una cuota elevada de la producción eléctrica.

Pero cuando queremos reducir las emisiones en sectores como el transporte o la industria, o incluso los edificios, las tecnologías que permiten descarbonizar (como los vehículos eléctricos, las bombas de calor o tecnologías aún más complejas para la industria) no son necesariamente más baratas que las actuales en términos puramente monetarios, o no tenemos acceso a la financiación necesaria para adquirirlas.

En estas ocasiones, para lograr que las tecnologías bajas en carbono ganen cuota de mercado, hace falta incorporar a las tecnologías fósiles un cargo que refleje el coste social de las emisiones de CO₂.

También podríamos subvencionar las tecnologías descarbonizadas, o el ahorro energético, pero eso no cambia su coste real para la sociedad. Y eso supone que el consumidor pague más que antes, bien directamente o bien mediante impuestos para pagar las subvenciones. Y también supone que, a la hora de competir en un mercado internacional en el que otros países no aplican este cargo por las emisiones, los productos vendidos puedan ser más caros, y por tanto perder cuota de mercado.

Pero mitigar el cambio climático supone beneficios

Ahora bien, esto no debería ser un argumento suficiente para cargarse las políticas climáticas. Porque esto es algo que conocemos desde el principio y que de hecho explica la dificultad de llegar a acuerdos internacionales que sean efectivos en materia de clima.




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Solucionar el cambio climático, algo que ofrece más beneficios que costes, requiere incurrir en costes ahora (con el fin de desincentivar emisiones o desarrollar nuevas tecnologías descarbonizadas) para lograr beneficios futuros en forma de un clima menos extremo o de unas tecnologías más eficientes y respetuosas con el medio ambiente. Unos beneficios que no conocemos con certidumbre –y eso es parte del problema–, y que además disfrutarán las futuras generaciones, pero no las que pagan ahora la factura.

Una factura, además, mal distribuida: pagarán más generalmente los sectores más vulnerables de la sociedad, los que menos capacidad tienen de invertir en las nuevas tecnologías descarbonizadas.




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Gráfico que muestra que los hogares con más renta tienen más vehículos eléctricos e híbridos
Hogares con vehículos híbridos o eléctricos según nivel de renta en España.
Jorge Galindo, Álvaro Fernández, Esade EcPol/Datos del INE, CC BY-SA

La dificultad de valorar las ventajas futuras

Pero esto no es nuevo. Y tenemos una respuesta racional para ello, basada en que, como he dicho antes, sabemos que los beneficios de actuar contra el cambio climático superan sus costes, aunque cueste a veces ver estos beneficios o sean inciertos.

En esa línea, igual que estamos dispuestos a comprar un seguro para nuestro coche o nuestra vivienda, deberíamos estar dispuestos a pagar algo más ahora para asegurarnos de reducir los daños que podamos sufrir en el futuro (o ya estamos sufriendo).

Además, los que nos hemos beneficiado de los combustibles fósiles para desarrollar nuestras economías deberíamos ayudar a los países potencialmente más afectados por el cambio climático (que además son generalmente los más pobres) para adaptarse y minimizar los daños que puedan sufrir. Y, si realmente queremos avanzar en la transición climática sin dejar a nadie atrás (y, por tanto, sin generar rechazo social), debemos disponer de mecanismos de solidaridad.

Alguien sostiene una pancarta que dice:
Pancarta en una manifestación por la justicia climática en Londres.
Valentino Bosa/Shutterstock

Los beneficios a corto plazo son más populares

El problema es que, en el contexto político actual, plagado de populismo, jugar la baza del corto plazo –o de los perdedores de la transición o del nacionalismo– en lugar de preocuparse por las generaciones futuras o por aquellos países a los que hemos creado un problema, tiene mucho rédito en término de votos.

Esto se observa en las distintas encuestas de opinión, tanto en EE. UU. como en España: los ciudadanos siguen apoyando la lucha contra el cambio climático, pero, al darse cuenta del coste de las políticas climáticas, el apoyo social se reduce.

De hecho, la narrativa buenista que nos decía que luchar contra el cambio climático no costaba dinero, sino que iba a traer beneficios inmediatos, también puede haber contribuido a esa desafección social y a ese rechazo actual a las políticas climáticas cuando esos beneficios no se materializan. Como decía hace poco un político español, “el populismo surge de los decepcionados. Por eso hay que combatir al populismo con resultados, con acción política y democracia. Y eso requiere pactos y acuerdos”.




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Medidas políticas necesarias

Entonces, desde el punto de vista político, ¿qué acción, qué pactos, qué acuerdos necesitamos? Estos son algunos de ellos:

  • Primero, debemos proporcionar información sin endulzar: la verdad por delante en cuanto a los costes (y no sólo a los beneficios) de las políticas climáticas. Eso evidentemente requiere consenso para que la información veraz no se utilice como arma arrojadiza.

  • Segundo, también necesitamos consenso político sobre las actuaciones fundamentales: políticas de innovación y competitividad para hacer realidad los beneficios de la transición en términos de renta y empleo y una política fiscal justa que incentive la descarbonización, pero también proteja a los perdedores o a los más vulnerables.

  • Tercero, debemos utilizar la diplomacia y política comercial climática para lograr un terreno de juego internacional equilibrado, tanto dentro como fuera de Europa.

Una respuesta populista, es decir, destruir las políticas climáticas, la terminaremos pagando con creces, y más pronto que tarde, como ya estamos viendo con los desastres naturales recientes.

The Conversation

Aunque gran parte de mi investigación está financiada por empresas, ONGs e instituciones públicas relacionadas con el sector energético y medioambiental, declaro que los resultados, conclusiones y opiniones de mis publicaciones no representan ni han sido influidas por estas entidades

ref. Los argumentos económicos de Donald Trump no son nuevos y no justifican la eliminación de las políticas climáticas – https://theconversation.com/los-argumentos-economicos-de-donald-trump-no-son-nuevos-y-no-justifican-la-eliminacion-de-las-politicas-climaticas-276129

Biometría de la conducta: cuando nuestros últimos diez “me gusta” nos delatan

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marcos Rodríguez Vega, Investigador en inteligencia artificial, Universidad de La Laguna

La forma en que usamos las aplicaciones digitales hace que pueda obtenerse un retrato robot muy exacto de quiénes somos. Emily Rand & LOTI / https://betterimagesofai.org , CC BY-SA

En la escena de un crimen, un pelo puede situar en el lugar a una persona. En la red, sus diez últimos “me gusta” no solo dejan constancia de dónde estuvo y a qué hora, permiten perfilarle, anticiparle y empujarle a tomar decisiones. El ADN sirve para identificarle en un sentido biométrico y administrativo; la huella digital sirve para reconstruir su vida cotidiana: hábitos, relaciones, rutinas.

Lo decisivo no es el dato aislado, sino la combinación de varios rastros pequeños. Es un juego de identificación automático, que no pregunta “¿quién es usted?”, sino “¿a qué hora se conecta?”, “¿desde dónde?”, “¿qué mira después?”, “¿cuánto tiempo pasa en esa publicación?”. No hace falta acertar al cien por cien en las respuestas: con una probabilidad alta ya, es suficiente para tratarle como “la misma persona”.

Es precisamente en esa certidumbre estadística donde reside el verdadero poder. Es tentador pensar que nuestra identidad solo se limita a lo que pensamos o, en el caso administrativo, a un expediente. Sin embargo, para la maquinaria productiva y extractivista de datos, somos estrictamente lo que hacemos.

Y, cuando una empresa u organismo puede predecir nuestra próxima acción, también puede insistir con un estímulo, un anuncio con una determinada frase que apela a un sentimiento que nos empuja a un “es por aquí”. Esa presión es la antesala de una biometría algo más volátil: la de la conducta.

Biometría invisible: la conducta

Por esto es importante expandir el concepto de biometría: ya no es solo un pelo, la huella dactilar o el iris. La conducta forma parte de lo que somos y, bajo la lógica del mercado, se ha convertido en la materia prima más codiciada.

Para entender la magnitud de esta intrusión, primero debemos saber cómo funciona la biometría convencional a nivel matemático. Un lector de huellas o un escáner de iris no almacena una fotografía literal de esa parte del cuerpo. Lo que hace es convertir la anatomía en un problema geométrico y probabilístico. El algoritmo identifica puntos claves o patrones en la textura y, luego, los traduce a un modelo matemático que crea unas características numéricas.

La identificación, entonces, se reduce a comparar esas características con las almacenadas ya en una base de datos, calculando las similitudes entre ambas. Si las diferencias son pocas, el sistema asume que ha habido una coincidencia en la base de datos.

Como dicta la norma fundamental del mercado, donde hay un recurso cuantificable surge inmediatamente una industria dispuesta a privatizarlo. La biometría anatómica abrió una veta inmensa de especulación y mercantilización del cuerpo. Lo presenciamos con esas empresas que desplegaron escáneres en metros, centros comerciales y barrios obreros ofreciendo dinero por escanear el iris de los transeúntes o, incluso peor, ofreciendo un servicio de fotografía del ojo en el que se pagaba por obtener un retrato de tu iris.

Aprovechándose del desconocimiento y la ingenuidad de las personas, estas empresas compraron identidades inmutables a precio de saldo.

‘Brokers’ de intimidades

Este tipo de negocios siguen en nuestras calles y ahora se ha intensificado, ampliándose a la mercantilización de nuestra conducta. El engranaje técnico de este nuevo mercado lo operan los brokers de datos, empresas apenas legales que comercializan nuestro perfil conductual. Se escudan afirmando que sus bases de datos están desprovistas de nombres propios, pero la anonimización es un mito matemático en la era del big data. Gracias a las reglas de asociatividad y a la combinatoria, basta con cruzar un código postal, una fecha de nacimiento, el género y cómo mueve el ratón para aislar un perfil inequívoco.

Para mantener este mercado en perpetuo movimiento, instituciones y empresas imponen campañas invasivas. Nos obligan a usar códigos QR en la hostelería o descargar aplicaciones específicas para aparcar o acceder a un descuento, incluso usar códigos QR para acceder a horarios del transporte público, embudos diseñados para generar dependencia y succionar datos (qué servicio usamos, cuándo, dónde, etc) en tiempo real, que luego se venden al mejor postor.

La solución no es resignarse ni caer en la moralina del “deberíamos leer mejor los términos de uso”. Es necesaria una política estructural que desactive esa infraestructura que vive de rastrearnos y, en última instancia, nos polariza y nos aísla para la manipulación.

La neutralidad de la red debe entenderse en su sentido más amplio: significa garantizar que ninguna empresa pueda usar nuestros datos de navegación o ni pueda alterar, filtrar o manipular nuestra experiencia online.

La neutralidad como trinchera

Frente a esta vigilancia, la exigencia política pasa por prohibir la existencia de brokers digitales para que no especulen con nuestra conducta y para exigir la máxima transparencia en el funcionamiento de los algoritmos, que ahora son opacos pero dictan nuestras decisiones y acabar con la recopilación masiva de datos.

En caso contrario, el ecosistema digital se vuelve precario para el proletariado digital –que somos todos sus usuarios– y extrae valor de su atención. Recuperar el control no es una utopía inalcanzable, sino una alternativa real.

Salvaguardar nuestra identidad y nuestra privacidad hoy es tecnológicamente viable, las herramientas existen. La verdadera cuestión reside en el dilema político al que nos enfrentamos: ¿exigiremos a nuestros órganos estatales y corporativos que prioricen nuestra integridad o se permitirá por omisión que las plataformas digitales sigan ejerciendo un control invisible e impune sobre nuestras vidas?

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Marcos Rodríguez Vega no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Biometría de la conducta: cuando nuestros últimos diez “me gusta” nos delatan – https://theconversation.com/biometria-de-la-conducta-cuando-nuestros-ultimos-diez-me-gusta-nos-delatan-276017

‘Employee delight’, un nuevo concepto que va más allá de la satisfacción en el trabajo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alba Manresa, Profesora e investigadora de la Facultat de Ciències Econòmiques i Socials, Universitat Internacional de Catalunya

we.bond.creations/Shutterstock

Durante años, cuando se hablaba de bienestar en el trabajo el objetivo era claro: tener empleados satisfechos. Un buen salario, un ambiente correcto y unas condiciones estables parecían suficientes.

Sin embargo, las investigaciones recientes indica que la satisfacción ya no es el techo del bienestar laboral, sino su punto de partida. El nuevo concepto clave es el employee delight, que puede traducirse como deleite o entusiasmo laboral. Un estudio coliderado por la profesora Alba Manresa, de la Universitat Internacional de Catalunya, junto con Dalilis Escobar y Eva Rimbau, profesoras de la Universitat Oberta de Catalunya, pone el foco en esta idea.

Cuando las personas se sienten ilusionadas, valoradas y cuidadas en su lugar de trabajo, los beneficios se multiplican para ellas y para las empresas. Pero ¿qué significa exactamente employee delight? ¿Se diferencia en algo de la satisfacción laboral de siempre?

Más allá de las expectativas

Durante décadas, la satisfacción laboral ha sido el principal indicador de bienestar en las organizaciones. Una persona satisfecha considera aceptables sus condiciones de trabajo y no tiene grandes quejas, pero eso no implica que esté motivada o conectada con lo que hace.

En cambio, el employee delight puede definirse como un estado emocional intenso que aparece cuando las expectativas laborales no solo se cumplen, sino que se superan. Es una experiencia que combina reconocimiento, respeto y sentido de pertenencia. Para que pueda surgir este estado deben confluir tres factores:

  1. Relaciones humanas de calidad.

  2. Reconocimiento auténtico.

  3. Experiencias que muestran un cuidado real por las personas.




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Si la satisfacción laboral describe una situación estable, pero emocionalmente neutra, el employee delight implica emociones positivas intensas: entusiasmo, orgullo, gratitud o sentido de pertenencia. Es la diferencia entre cumplir con el trabajo o vivirlo como algo que aporta significado.

La comparación con la vida cotidiana ayuda a entenderlo. Un cliente satisfecho en un restaurante considera que todo ha estado correcto. Un cliente encantado sale con ganas de recomendar el lugar, quiere volver y contar su experiencia. En el trabajo ocurre algo parecido: la persona satisfecha cumple con su tarea, mientras que la que siente entusiasmo se implica, cuida los detalles y transmite energía positiva.




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Emoción, conocimiento y motivación

El estado de entusiasmo laboral tiene tres componentes esenciales: el emocional, las emociones positivas intensas; el cognitivo, pues se deriva de acontecimientos específicos relacionados con el trabajo; y el motivacional, que contempla la relación entre el trabajo y los valores individuales del trabajador.

El entusiasmo de los trabajadores puede ejercer efectos poderosos y duraderos en las organizaciones. Las emociones positivas amplían la atención, fomentan la creatividad, la conexión social y la resiliencia. A largo plazo, contribuyen al desarrollo de recursos personales y sociales. En el lugar de trabajo, esto podría traducirse en comportamientos orientados a la innovación, la colaboración y el compromiso organizacional.




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Cuando el trabajo afecta a cómo vivimos

Este enfoque es especialmente relevante en un momento en el que el trabajo ocupa una parte central de la vida de las personas. Lo que ocurre en él no se queda en el puesto de trabajo. Influye en el estado de ánimo, en la vida familiar y en la salud mental.

La Organización Mundial de la Salud advierte de que los riesgos psicosociales en el trabajo se relacionan con la ansiedad, la depresión y el burnout, o agotamiento emocional. Cuando las condiciones laborales fallan, no solo se resiente la productividad, sino que también se deteriora la calidad de vida de las personas.

Por el contrario, un entorno laboral que fomenta emociones positivas actúa como factor protector. Cuando las personas se sienten valoradas y respetadas el estrés disminuye y el bienestar general aumenta. Por eso, hablar de employee delight es pensar en el trabajo como un espacio de bienestar social.

En este sentido, la relación entre emociones positivas y rendimiento está bien documentada. Un estudio de la Universidad de Warwick (Inglaterra) mostró que los trabajadores felices pueden ser hasta un 12 % más productivos que los que no lo son. Esto sugiere que el bienestar no es un lujo sino un motor de eficiencia.

En esta misma linea, otros informes internacionales señalan que los equipos con mayor implicación emocional presentan menos absentismo, logran mejores resultados y alcanzan mayor estabilidad. El employee delight va un paso más allá del compromiso. No solo implica esfuerzo; implica una experiencia emocional de trabajo positiva y sostenida.




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¿Es caro apostar por el ‘employee delight’?

El employee delight no requiere de grandes inversiones. En muchos casos, nace de acciones sencillas que, cuando se repiten en el tiempo, construyen un clima emocional positivo.

Un agradecimiento sincero por una tarea bien hecha puede marcar la diferencia. También una conversación atenta sobre cómo se siente una persona o un reconocimiento público cuando se logra un objetivo. Incluso mostrar interés por el bienestar personal tiene un gran impacto.




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¿Es usted feliz en el trabajo? Estos son los requisitos que su empresa debería cumplir


Esos gestos envían un mensaje claro: “Tu trabajo importa y tú importas”. Ese mensaje es una base esencial del bienestar emocional. El reconocimiento auténtico es uno de los factores más potentes para la motivación. Sin embargo, sigue siendo uno de los más olvidados en la vida laboral.

Tampoco depende del tipo de trabajo, sino del significado que las personas dan a lo que hacen. Incluso en tareas rutinarias puede existir orgullo y satisfacción. Basta con percibir que el trabajo tiene utilidad y valor para otros. Que el trabajador sienta “mi trabajo sirve para algo” es una fuente poderosa de bienestar.




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Una cierta mirada

En el fondo, el employee delight implica un cambio de mirada. Durante mucho tiempo, se entendió el trabajo como una obligación necesaria, un intercambio entre esfuerzo y salario. El employee delight propone verlo como un espacio donde puede haber reconocimiento y sentido. No se trata de idealizar el trabajo ni negar sus dificultades, sino de reconocer que los entornos laborales generan emociones que influyen en la vida, dentro y fuera del trabajo.

The Conversation

Alba Manresa Trabaja para la Universidad Internacional de Catalunya como profesora

ref. ‘Employee delight’, un nuevo concepto que va más allá de la satisfacción en el trabajo – https://theconversation.com/employee-delight-un-nuevo-concepto-que-va-mas-alla-de-la-satisfaccion-en-el-trabajo-273560

El silencio de la UNESCO ante la destrucción del patrimonio en Gaza sienta un peligroso precedente

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Benjamin Isakhan, Professor of International Politics, Deakin University

La Gran Mezquita Omari en la ciudad de Gaza tras sufrir daños por un ataque israelí. Ali Jadallah/Anadolu/Getty Images

Desde octubre de 2023, la guerra de Israel en Gaza ha causado un sufrimiento humano masivo. Pero también ha devastado el patrimonio cultural del pueblo palestino.

En nuestro reciente artículo publicado en la revista International Journal of Heritage Studies, documentamos el alcance de la destrucción del patrimonio en Gaza y analizamos la respuesta sorprendentemente limitada de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

Sostenemos que los fallos de la UNESCO tienen consecuencias más allá de Gaza, ya que debilitan la disuasión de los ataques contra los sitios patrimoniales a nivel mundial y corren el riesgo de normalizar la impunidad de este tipo de delitos en los conflictos.

Destrucción del patrimonio en Gaza

Gaza cuenta con un patrimonio rico y variado, con vestigios arqueológicos que se remontan al menos al año 1300 a. e. c. Durante mucho tiempo ha sido un cruce de culturas y ha estado bajo el control de los antiguos egipcios, griegos y romanos.

Gaza también alberga lugares históricos importantes para las tres religiones principales de la región: el judaísmo, el cristianismo y el islam.

Gran parte de este patrimonio cultural yace ahora en ruinas. La lista de evaluación de daños de la UNESCO en Gaza incluye 150 sitios que han sido dañados o destruidos desde que comenzó la guerra.

Algunos de ellos son lugares de importancia mundial. Dos figuran en la llamada Lista Indicativa, que incluye aquellos bienes susceptibles de ser declarados Patrimonio Mundial en un futuro:

Otros lugares dañados o destruidos incluyen:

  • La iglesia ortodoxa griega de San Porfirio, que data del año 425 y a veces se conoce como la tercera iglesia más antigua del mundo.

  • La Gran Mezquita Omari, del siglo VII, considerada la primera mezquita de Gaza, junto con su biblioteca del siglo XIII, que contiene manuscritos islámicos poco comunes.

  • El Qasr al-Basha, una fortaleza también conocida como Palacio Pasha, que fue construida a mediados del siglo XIII por el sultanato mameluco y se había convertido en un museo arqueológico.

  • Un cementerio romano (Ard-al-Moharbeen), que se cree que cuenta con al menos 134 tumbas que datan del año 200 a. e. c.

Los fracasos de la UNESCO

Aparte de crear esta lista, la UNESCO ha sido relativamente discreta en su respuesta, en comparación con el papel que ha desempeñado en otros conflictos.

Esto no significa que haya guardado silencio por completo. Ha emitido varias declaraciones condenando la destrucción en Gaza y pidiendo a “todas las partes implicadas que respeten estrictamente el derecho internacional”.

También ha elevado un sitio patrimonial a su Lista del Patrimonio Mundial en Peligro: el monasterio de San Hilarión. Esta medida refuerza la protección del sitio, con posibles sanciones por daños intencionados.

Sin embargo, a pesar de estos esfuerzos, nos preguntamos si la UNESCO realmente ha estado a la altura de las circunstancias. Nuestro análisis identifica un patrón de omisión y subestimación que es difícil de conciliar con el propio mandato de la UNESCO y la arquitectura jurídica que existe para proteger los bienes culturales en los conflictos armados.

Por ejemplo, la UNESCO no ha invocado públicamente la Convención de La Haya de 1954 en relación con Gaza, cuyo objetivo es proteger los sitios culturales durante los conflictos. La agencia la ha citado en prácticamente todos los conflictos importantes desde su ratificación.

Tampoco solicitó medidas urgentes al Consejo de Seguridad de la ONU ni a la Asamblea General de la ONU para proteger los sitios culturales. La agencia lo hizo en respuesta a los actos del Estado Islámico en Siria e Irak (incluida la profanación del sitio del Patrimonio Mundial de Palmira). En 2017, por ejemplo, el Consejo de Seguridad aprobó una resolución respaldada por la UNESCO que establecía una serie de medidas para ayudar a proteger el patrimonio cultural en situaciones de conflicto.

Del mismo modo, la UNESCO no ha colaborado con la Corte Penal Internacional ni con la Corte Internacional de Justicia para iniciar procedimientos contra Israel o funcionarios israelíes por la destrucción del patrimonio en Gaza. La agencia sí lo hizo tras los conflictos en los Balcanes y Malí. Estos juicios establecieron que la destrucción intencionada de bienes culturales durante un conflicto constituye un crimen de guerra.

Por último, la UNESCO no ha adoptado su enfoque habitual de nombrar explícitamente a Israel como responsable de la destrucción cultural en Gaza, paso que sí ha dado en muchos conflictos recientes. Esto incluye Ucrania, donde con frecuencia ha nombrado y condenado a Rusia como responsable.

¿Por qué la UNESCO ha sido tan cautelosa?

Una explicación ofrecida por los críticos es la restricción geopolítica. La UNESCO ha sido cada vez más criticada por su excesiva dependencia de las contribuciones voluntarias de los Estados. Esto puede hacer que la agencia se muestre reacia a enfrentarse a países poderosos por temor a alienar a sus partidarios.

Esta dinámica es evidente en la larga y tensa relación de la UNESCO con Israel y Estados Unidos. Ambos países se retiraron formalmente de la UNESCO en 2019 porque la agencia había descrito a Israel como una potencia ocupante en Gaza y Cisjordania, y había condenado su destrucción del patrimonio palestino.

Pero nosotros sostenemos que está ocurriendo algo más preocupante: la erosión de la voluntad y la capacidad de la UNESCO para activar las herramientas legales y normativas que ayudó a crear.

La UNESCO, que en su día fue una poderosa defensora de la protección de la cultura en todo el mundo, se ha ido convirtiendo poco a poco en una agencia tecnocrática y en gran medida ineficaz, que elude las cuestiones complejas y se ve paralizada por las divisiones internas.

Respuesta de la UNESCO

En respuesta a los argumentos aquí expuestos, la UNESCO envió un correo electrónico detallado en el que explicaba sus medidas para la protección del patrimonio en Gaza. Estos son algunos de los puntos planteados por un portavoz de la organización:

Sobre la cita de la Convención de La Haya de 1954:

En diferentes conflictos, la UNESCO a veces cita explícitamente la Convención de La Haya de 1954 […] y en otros casos utiliza la formulación más amplia “derecho internacional”.

La UNESCO también se comunica bilateralmente con los Estados Miembros interesados […] Esto se ha hecho en varias ocasiones mediante correspondencia dirigida a las autoridades de Israel, por ejemplo, para recordar a Israel sus obligaciones en virtud de la Convención de La Haya de 1954.

Sobre nombrar explícitamente a Israel como responsable:

La UNESCO no es un órgano judicial, por lo que su función no es asignar responsabilidades. En el caso concreto de Ucrania, hay varias decisiones del Consejo de Seguridad y/o de los órganos rectores de la UNESCO que pueden explicar determinadas declaraciones.

Sobre la falta de voluntad para utilizar sus herramientas y recursos en Gaza:

La UNESCO activa sus herramientas jurídicas, normativas y programáticas dentro de los límites de su mandato y de los fondos disponibles. Las necesidades son enormes, y aprovechamos esta oportunidad para renovar el llamamiento de la UNESCO en apoyo del pueblo de Gaza.


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Por qué Gaza es importante

La respuesta limitada de la UNESCO a la destrucción en Gaza es importante. La protección del patrimonio no consiste solo en salvar los sitios dañados e intentar reconstruirlos: también es fundamental para definir las conductas inaceptables y disuadir de futuras violaciones.

Cuando el organismo más importante del mundo en materia de protección del patrimonio cultural se limita a cautelosas generalidades, fomenta un entorno permisivo. Permite que esta destrucción se trate como un daño colateral lamentable de la guerra, en lugar de como un delito punible. Esto socava la credibilidad de la UNESCO.

También puede sentar un peligroso precedente. Si la destrucción a gran escala del patrimonio se produce a la vista de todo el mundo, sin repercusiones, los futuros beligerantes pueden creer que los costes de los delitos contra el patrimonio serán tolerados.

The Conversation

Benjamin Isakhan ha recibido financiación del Consejo Australiano de Investigación, el Fondo de Investigación e Innovación del Reino Unido y el Departamento de Defensa de Australia.

Eleanor Childs no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El silencio de la UNESCO ante la destrucción del patrimonio en Gaza sienta un peligroso precedente – https://theconversation.com/el-silencio-de-la-unesco-ante-la-destruccion-del-patrimonio-en-gaza-sienta-un-peligroso-precedente-276791

Amanda Seyfried nails bits of the 1700s Manchester accent in The Testament of Ann Lee – a linguist explains how we know

Source: The Conversation – UK – By Danielle Turton, Senior Lecturer in Sociolinguistics, Lancaster University

Imagine time-travelling to Manchester, England in the late 1700s. What do you think people would sound like?

That’s the challenge facing Amanda Seyfried in The Testament of Ann Lee: portraying a working-class Mancunian accent from three centuries ago.

When historical linguists reconstruct past speech, it is an interpretative process. It relies on written evidence, including spelling, poetic rhymes, criticisms in old pronouncing dictionaries about how people ought to speak, and dialect descriptions. From these fragments, we can piece together a historically informed reconstruction.

In the late 18th century, English certainly sounded different, but not unrecognisable. Manchester would have been variably rhotic at this time. This is the pronunciation of the strong “r” sound in words like “star” or “bird”. Rhoticity is a feature shared with present-day American English.

In terms of vowels, the northern pattern in which words like “good” and “blood” are exact rhymes was present then as it is today. Both of these features are present in Seyfried’s portrayal.

Another feature Seyfried exhibits, but which is no longer typical of 21st-century Manchester accents, is her lack of what linguists call diphthongs, or gliding vowels. You can hear this in words she says like “great” and “clothed” where she uses vowel sounds that viewers might recognise from traditionally Lancashire or Yorkshire speech. These sounds were entirely consistent with 18th-century Mancunian accents but not today’s.

Seyfried has said she based her accent on actor Maxine Peake’s – although Peake is from Bolton, and not Manchester proper, this is not a bad decision. Bolton has its own distinct accent, but smaller towns often retain older features for longer while urban centres tend to experience accent changes more quickly.

In that sense, Peake’s accent may reflect features that Manchester has since moved away from, making her a more suitable reference point than a present-day speaker from the city.

Historic accents on screen

Seyfried’s performance sits within a broadly plausible northern English frame. Viewers online are divided: some praise the accent, others find it distracting. The difficulty is that without recordings we cannot know exactly how a Manchester accent sounded in the 18th century. It is though, entirely possible that her pronunciation is closer to historical reality than modern ears expect.

To this end, dialect coaches on historical films face a dilemma: do they recreate the speech of the time as faithfully as possible and risk losing the audience, or use something more contemporary? How far back could we go and still understand English?

We would manage 18th-century English reasonably well. For instance, it’s easier to understand Robinson Crusoe in 1719 than the 1500s English in Shakespeare or even the late 1300s and early 1400s middle English in Chaucer’s Canterbury Tales. But recognisable does not mean identical, and reproducing it, accent and all, too strictly could alienate viewers.

Most historical films don’t try to recreate how people actually sounded in the past. In Hamnet, which is set in the 1580s, the characters speak in modern received pronunciation instead of the kind of English spoken in Shakespeare’s time.

Even in stories set closer to the 18th century, such as The Favourite, Olivia Coleman’s Queen Anne still sounds distinctly modern – arguably, even more so than her Queen Elizabeth II in The Crown. Actors playing Tudor courtiers, medieval knights and even Shakespeare himself are routinely given modern accents on screen. Audiences rarely question it – or even notice.

Sociolinguistic research has long shown that southern and “prestige” accents, like that of royalty or the upper classes, are often treated as neutral and timeless while regional varieties are more readily linked to place and class. It is perhaps not surprising, then, that when Manchester appears on screen – especially in a historical setting – audiences listen more closely.

Part of that scrutiny might stem from its rarity. Working-class accents are under-represented in major films, and are even less often heard in leading roles. When they do appear, they carry the weight of representation. That scrutiny is understandable. Accent carries belonging, and carelessness can feel dismissive.

Amanda Seyfried seems aware of this sensitivity, noting in interviews that she originally suggested Olivia Cooke, who is from Oldham in Greater Manchester, for the role of Ann Lee. That comment, I think, shows that she recognises something important: these accents signal place, history and belonging and they matter to people.

So how authentic is the accent in The Testament of Ann Lee? In the absence of recordings from that time, certainty is impossible. But perhaps the more interesting question is not whether Seyfried’s accent is perfect, but what it means to hear a northern voice carry a feature film. It shifts our assumptions about what the past sounded like, and about who we imagine at its centre.

The Conversation

Danielle Turton has received funding from The Leverhulme Trust.

ref. Amanda Seyfried nails bits of the 1700s Manchester accent in The Testament of Ann Lee – a linguist explains how we know – https://theconversation.com/amanda-seyfried-nails-bits-of-the-1700s-manchester-accent-in-the-testament-of-ann-lee-a-linguist-explains-how-we-know-276917

Ayatollah Ali Khamenei’s killing plays into Shiite Islam’s reverence for martyrs, but not for all Iranians

Source: The Conversation – USA (3) – By Eric Lob, Associate Professor of Politics and International Relations, Florida International University

A banner with the image of Ali Khamenei during a memorial vigil in Tehran, Iran. Majid Saeedi/Getty Images

The day Ayatollah Ali Khamenei was killed, the Iranian government called for 40 days of public mourning in line with Shiite tradition. It also praised the supreme leader for his martyrdom – a concept considered sacred and significant in the Islamic Republic and Shiite Islam.

While some Iranians came out to commemorate Khamenei, others celebrated his demise. The scenes reflected the contradictions in how Khamenei was perceived: by some as a martyr, and by others as an oppressor.

Women in headscarves hold portraits of Ayatollah Ali Khamenei.
Demonstrators mourn the death of Ayatollah Ali Khamenei outside the Israeli consulate in Istanbul, on March 1, 2026.
AP Photo/Khalil Hamra

The theology of martyrdom

The roots of Shiite reverence for martyrdom date back centuries. After the death of the Prophet Muhammad in 632, a dispute emerged over who would inherit the leadership of the Muslim community. On one side was the prophet’s senior companion and father-in-law, Abu Bakr. On the other was his cousin and son-in-law, Ali ibn Abi Talib, who became the first Shiite imam.

In 680, the Battle of Karbala took place in present-day Iraq between Hussain ibn Ali – the grandson of the Prophet Muhammad and the third Shiite imam – and Yazid ibn Mu’awiya. Yazid was the second Umayyad caliph, which means deputy of God, and the ruler of the early Islamic empire.

Before the battle, negotiations had failed between Hussain and Yazid’s governor. Hussain refused to swear allegiance to Yazid, believing him to be unjust and not the rightful successor. In a 10-day battle that followed, most of Hussain’s army, including some of his closest companions and relatives, was slain. Hussain’s followers, who believed him to be the third Imam – after his father Ali and older brother Hasan ibn Ali – came to be called Shiites. Since then, martyrdom has held a central place among Shiites. They comprise the smaller of the two main branches of Islam, with Sunni being the larger one.

Iran has become the epicenter of Shiite Islam, which is the official state religion. Ninety to 95% of the population identify accordingly.

Every year on the 10th of Muharram, the first month of the Islamic calendar and the same day as the Battle of Karbala, Shiite Muslims inside and outside of Iran observe Ashura and commemorate the slaying of Hussain by reenacting his death and performing self-flagellation, among other rituals.

Iranian political rhetoric

In Iran and other parts of the Muslim world, contemporary politics is often framed in this seventh-century language of moral resistance.

After the Islamic Republic of Iran was established under Ayatollah Ruhollah Khomeini in 1979, martyrdom appeared as a central theme. This was particularly the case during and after the Iran-Iraq War, which lasted eight years in the 1980s and was perceived and portrayed as a holy war.

During the war, the Islamic Republic suffered hundreds of thousands of casualties. After Khomeini reluctantly accepted a United Nations-brokered ceasefire, he compared the decision to drinking a “poisoned chalice.” In other words, he considered the compromise a crushing defeat that contradicted his goal of overthrowing Iraqi President Saddam Hussein, even if it enabled the Iranian regime to survive.

After the war, public space in Iran was increasingly filled with revolutionary and religious symbols related to wartime sacrifice and martyrdom. They included street signs named after prominent people who died in the war, murals and posters of the fallen, and media programs and publications dedicated to the conflict – symbols which were still prominent when I visited Iran between 2009-2011.

The Islamic Republic’s Foundation of Martyrs and Veterans Affairs – Bonyad-e Shahid va Omur-e Ithargaran – provided services for veterans and families of the fallen in the war and other conflicts. Like other foundations under the purview of Khamenei, who succeeded Khomeini after his death in 1989, it also participated in profit-seeking activities.

It is against this backdrop that Khamenei’s actions leading up to the American and Israeli strikes on Feb. 28 that cost him his life must be seen.

During the three rounds of U.S.-Iran negotiations in Oman and Geneva before the current conflict, Khamenei refused to capitulate to President Donald Trump’s demands. They comprised curbing not only Iran’s nuclear enrichment, but also its missile program and support for its regional proxies. Khamenei directed his negotiators not to yield ground, particularly on those last two points, seen as red lines in Tehran – even as Trump amassed the most military assets in the region since the U.S. invasion of Iraq in 2003.

Authoritarianism, protests, polarization

Demonstrators carry Iranian flags and chant slogans during a rally.
Iranian demonstrators living in Cyprus attend a protest outside the presidential palace in Nicosia on Feb. 14, 2026.
AP Photo/Petros Karadjias

For over three decades, Khamenei subjected Iranians to severe authoritarianism and repression, culminating in him ordering the security forces to shoot and kill thousands of Iranians during the protests in January 2026, not to mention those in previous years.

He deprived the families of deceased protesters from holding funerals for their loved ones. His regime also reportedly required them to pay for the ammunition that had been used to kill their relatives before receiving the body for burial.

And despite recurrent waves of protests – the January unrest followed similar waves in 2017-18, 2019-20 and 2022-23 – Khamenei refused to listen to the demands of demonstrators for political, economic and social change. The furthest he was willing to go was to make cosmetic concessions while ruthlessly repressing citizens.

He also refused to reform the system from within and placed the political elites who pushed him in that direction under house arrest or in prison.

During his almost 37-year rule, Khamenei accumulated massive power and wealth. As supreme leader, he commanded the armed forces, appointed the head of the judiciary, supervised the state media, and possessed a parallel body that vetted electoral candidates and vetoed parliamentary legislation.

Although Khamenei appeared austere in public, he held sizeable assets. Setad, a quasi-state organization under his direct control, was estimated to be worth US$95 billion as of 2013.

He continued support for regional proxies, such as Hamas and Hezbollah, while maintaining a confrontational rhetoric toward the U.S. and Israel. Since 2024, these actions led to Israeli and American intervention in Iran that brought death and destruction to the country, and ultimately the strikes that killed him. The strikes also killed some of his closest relatives, including his daughter, son-in-law, grandchild and daughter-in-law.

In the end, some Iranians will remember Khamenei as a martyr – someone who stood firmly by his principles and faced a more powerful enemy, even if it meant losing his life.

But others, now rejoicing in the streets, will remember him as an oppressor who put personal power and profit above the public interest.

The Conversation

Eric Lob is affiliated with the Carnegie Endowment for International Peace.

ref. Ayatollah Ali Khamenei’s killing plays into Shiite Islam’s reverence for martyrs, but not for all Iranians – https://theconversation.com/ayatollah-ali-khameneis-killing-plays-into-shiite-islams-reverence-for-martyrs-but-not-for-all-iranians-277207

How male rape myths stop some victims of sexual assault from getting justice – new study

Source: The Conversation – UK – By Lee John Curley, Lecturer in Psychology, Glasgow Caledonian University

Brian A Jackson/Shutterstock

Are juries really impartial? Or is it the beliefs and attitudes they bring to trial that leads them to vote guilty or not? These questions are particularly important when it comes to the influence that rape myths may have on juror and judicial decision-making in sexual offence trials.

Rape myths are widely held but misleading ideas about sexual violence: who commits it, who experiences it and what it’s supposed to look like. Common rape myths include beliefs about what “real rape” looks like (that people are only raped by strangers), or blaming the victim for their rape based on their behaviour or what they were wearing. In England and Wales, the government recently announced reforms to counter these myths in court.

Most research on rape myths has focused on cases where the complainant is female. Rightly so, as women and girls are disproportionately affected in rape and sexual assault crimes.




Read more:
How rape myths and unconscious biases prejudice the judicial system against women – and rape survivors in particular


However, men and boys are also victims of sexual offences. The Crime Survey for England and Wales reported in 2022 that 275,000 men experienced sexual assault in that one-year period alone. This is likely to be an underestimate, because men often don’t report these crimes for a variety of reasons.

This is why our new study explores how rape myths influence verdicts in male-on-male rape trials.

Previous research has suggested that rape myths relating to male survivors often blame victims, minimise the harm or exonerate the accused. One example is the belief that “real men” are able to stop unwanted sexual assaults from happening. Or jurors might believe that there would be some sign of physical resistance in “real” rape trials.

A key difference between rape myths about men and women relates to masculine archetypes and men’s perceived ability to “fight off” sexual advances. These attitudes can mean that jurors might not believe survivors who have alleged they have been raped, for example, if they had previously consented to sex with the same man.

We presented 463 mock jurors with a mock trial, in which one man accused another of rape. There were six versions of this experiment, involving men of different ethnicities, and both straight and gay men. The same evidence was presented in each of these versions, however, and the ethnicity or sexual orientation of the men involved did not appear to influence the jurors’ decision.

Jurors first completed the male rape myth acceptance scale, a tool developed by researchers to measure how strongly someone believes in male rape myths. They then evaluated the evidence presented in our mock trial and reached a verdict of guilty or not guilty.

Our findings suggested that those more likely to believe male rape myths were more likely to believe the accused, less likely to believe the complainant, and thus more likely to reach a not guilty verdict.

The opposite pattern was true for those with low belief in rape myths, with guilty verdicts being more likely. Essentially, male rape myths influenced how jurors constructed stories surrounding the evidence and ultimately influenced verdict preferences. These findings align with what other research has found in male-on-female rape trials.

Juror decisions and implications

We also asked jurors to tell us how they made their decisions. This qualitative data helped to explore the findings in more detail.

People who strongly believed common myths about male rape were much more likely to doubt the evidence. Jurors in this group had doubts about the reliability, clarity or sufficiency of the evidence presented in the mock trial.

They also frequently drew upon rape myths to explain their not guilty verdict decisions. One juror said: “He didn’t at any point say no or stop him touching his penis. Removed his own clothes, rolled over. There’s not enough evidence to prove guilt.”

In comparison, those who had low acceptance of male rape myths were more likely to perceive that the intoxication mentioned in the same trial was a clear barrier to consent. They rejected victim-blaming narratives. For instance, one mock juror said: “The complainant was too drunk to consent, drunk enough to cause sickness and need support in moving to his bedroom, if he can’t move around by himself he cannot consent to sex.”

A young man covering his face
Men are less likely than women to report sexual assault, due to stigma and fear of not being believed.
Bricolage/Shutterstock

Other recent research has found that male rape myths were frequently discussed by jurors in their deliberations. The justice system therefore clearly needs to use different tools to counter male rape myths – similar to what has been suggested to combat female rape myths.

These could be in the form of judicial instructions, educational videos or expert witnesses who can direct jurors away from the myths and nudge them towards the facts. Similar recommendations have been made by the UK government to counter rape myths in trials where the complainant is female.

Another solution could be more scientific juror selection. In the US, attorneys and judges use a process called voir dire to deselect biased jurors.

This process varies widely by length, whether questionnaires (such as scales that measure biases, like the rape myths scale) are allowed and who conducts it (judge only or attorneys and judge). Nevertheless, measures such as the male rape myths scale could be used to move those with high belief in rape myths from male-on-male rape trials, to other trial types where this bias is unlikely to influence decision-making (such as white collar crime).

Whatever the method, tackling rape myths is necessary to ensure justice for those who suffer sexual violence, regardless of their gender.

The Conversation

Lee John Curley receives funding from Leverhulme/British Academy.

Dominic Willmott received funding from The British Academy (SRG2223231748) to carry out the research project to which this article relates.

Kennath Widanaralalage does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. How male rape myths stop some victims of sexual assault from getting justice – new study – https://theconversation.com/how-male-rape-myths-stop-some-victims-of-sexual-assault-from-getting-justice-new-study-274247

Why the UK’s trade deficit makes household bills so vulnerable to global shocks

Source: The Conversation – UK – By Erhan Kilincarslan, Reader in Accounting and Finance, University of Huddersfield

Anderson Leung/Shutterstock

The UK’s trade deficit of goods is the widest it has ever been. In 2025, the country spent £248.3 billion more on things than it sold to the rest of the world.

This is not just some abstract number, of interest only to markets and economists. The UK’s trade deficit has practical consequences which help to explain why global events show up so quickly in people’s food and energy bills.

Nor is this a new situation. While the UK runs a strong surplus in services such as finance and professional consulting, it consistently imports more goods than it exports.

On its own, that is not necessarily a problem. Many advanced economies run trade deficits of goods. The more important issue is what a country imports, and how essential those imports are to daily life.

For example, the UK relies heavily on imports for many things that households cannot easily live without, such as 40% of the food they consume.

It imports much of its energy too – and although the UK produces some domestic oil and gas, wholesale energy prices are strongly influenced by international markets.

Food and energy are not optional purchases. Households cannot simply stop eating or heating their homes when prices rise. Economists describe these goods as “inelastic”, meaning that demand does not tend to fall even when the price increases.

And this creates a direct link between global volatility and household vulnerability. When global supply chains are disrupted, whether it’s because of geopolitical tensions, extreme weather or commodity price spikes, any country which is dependent on imported essentials (Germany, Italy and Japan are other examples) feels the impact quickly.

The Bank of England has highlighted how global energy and food price shocks played a major role in the recent surge in UK inflation. International adjustments feed quickly into domestic cost-of-living pressures.

Currency changes

The UK’s trade deficits also mean it needs plenty of foreign currency to pay for all of the things it imports. When financial markets become volatile, the pound can weaken, increasing the cost of these imported goods – which leads to rising inflation.

For an economy that depends heavily on imported food, fuel and manufactured goods, currency movements can amplify inflationary pressure. Households may not follow exchange rate fluctuations, but they do notice higher supermarket prices and energy bills.

Not everything is in deficit, though. The UK runs a significant surplus in services, particularly in finance.

But this creates a disconnect between the UK’s overall national economic performance and household experience. While the export of services supports national income and employment, it does not directly reduce the prices people pay for imported food or energy.

This is why everyday price vulnerability can remain high even when overall trade figures appear manageable.

Also, import-driven price shocks do not affect all households equally. Lower-income households spend a larger share of their income on essentials such as food and energy. When prices rise, they have less flexibility to absorb the increase. Higher-income households may cut back elsewhere, but lower-income households often cannot.

When import costs rise, the financial strain is therefore more intense for those people with the least. The same global shock can be manageable for some households but seriously disruptive for others.

Shipping container with overlay of UK flag.
The UK is reliant on many imported goods.
Sunshine Seeds

Part of the reason for this general situation is that since the early 1990s, global trade policy has prioritised efficiency through trade liberalisation and manufacturing processes being spread across multiple countries.

Importing goods from the most competitive global suppliers reduced prices in stable periods. But efficiency often comes at the expense of resilience. When supply chains are disrupted, countries that rely heavily on imports for essential goods have fewer domestic buffers. Politicians may then struggle to stabilise prices because the source of volatility lies abroad.

Trade off

The result is something many households recognise. Events far away can rapidly translate into higher bills at home.

But the issue is not trade itself. International trade brings clear benefits, including lower prices, greater choice and access to global goods and services.

The question is whether the UK’s balance between efficiency and resilience leaves households overly exposed to volatility. Recent cost of living pressures have demonstrated how quickly global shocks can reach household budgets.

Trade policy is therefore not just about competitiveness or GDP growth. It is also about economic resilience – how well households are protected from forces beyond their control. But this does not mean reversing global trade or pursuing full self-sufficiency, which would be likely to increase costs.

Instead, the government should be working on the UK’s resilience through things like diversified supply chains and stronger strategic reserves. Clearer contingency planning for essential goods would reduce the UK’s vulnerability to global shocks.

While the UK’s trade deficit is often treated as an abstract macroeconomic statistic, for many households its consequences are felt in something far more tangible – grocery and energy bills.

The Conversation

Erhan Kilincarslan does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Why the UK’s trade deficit makes household bills so vulnerable to global shocks – https://theconversation.com/why-the-uks-trade-deficit-makes-household-bills-so-vulnerable-to-global-shocks-276991