La guerra en Irán marca el precio de la factura energética global y muestra a Europa el camino hacia la transición energética

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mar Rubio Varas, Catedrática de Historia e Instituciones Económicas, (UPNA). Investigadora del Institute for Advanced Research in Business and Economics (INARBE), Universidad Pública de Navarra

Buques de carga en el estrecho de Ormuz. Simone Augstburger/Shutterstock

La actual escalada de tensión en Oriente Medio no es solo una crisis de seguridad. Es, ante todo, una crisis energética con consecuencias económicas directas para Europa, China y el resto del mundo. Para entender la lógica subyacente hay que mirar al mapa: concretamente, a los 54 kilómetros de anchura mínima del Estrecho de Ormuz.

Ormuz, un cuello de botella para la energía global

Por ese angosto paso marítimo fluye el 21 % del petróleo mundial. Pero la cifra más reveladora es otra: si descontamos el consumo interno de los países productores, Ormuz representa la mitad de todo el crudo que realmente circula por el planeta. El gráfico publicado por Visual Capitalist (con datos de la Agencia Internacional de Energía para el primer trimestre de 2025) sobre el comercio de petróleo a través del Estrecho, por países, ilustra con brutal claridad quién depende de ese cuello de botella y quién no.

En el lado de los productores de petróleo, cinco países del Golfo –Arabia Saudí, Irak, Emiratos, Irán y Kuwait– concentran el 93,6 % de todo el crudo que transita ese paso. En el de los compradores, la dependencia es aún más llamativa: el 89,2 % del petróleo que atraviesa Ormuz tiene como destino Asia. China, con el 37,7 % del total, encabeza la lista con diferencia. India (14,7 %), Corea del Sur (12 %) y Japón (10,9 %) completan un cuadro en el que cualquier perturbación del Estrecho golpea de forma directa y desproporcionada a las economías asiáticas.

Estados Unidos, en cambio, recibe apenas el 2,5 % de esos flujos, reflejo exacto de su autosuficiencia energética y de por qué Washington puede permitirse agitar la región sin pagar el mismo precio que sus rivales económicos.

No es la primera vez que vivimos un shock de oferta en el mundo de la energía, y las consecuencias históricas siempre han sido las mismas: los precios suben (todos, porque todo usa energía), se ajusta el consumo a la baja de la energía que escasea y las tecnologías alternativas consiguen abrirse hueco a marchas forzadas. Las grandes disrupciones geopolíticas han actuado históricamente como catalizadores de transformaciones energéticas que en tiempos de paz habrían tardado décadas.

Veámoslo.

La historia como argumento: las crisis aceleran las transiciones

La Primera Guerra Mundial es un ejemplo paradigmático: fue precisamente la presión de ese conflicto la que impulsó, entre otros procesos, la transición del carbón al petróleo en América Latina, un cambio que, en condiciones ordinarias, habría costado mucho más tiempo consolidar.

El carbón europeo no llegaba por el bloqueo atlántico y fue rápidamente sustituido por el petróleo americano. Como consecuencia, América Latina llegó a la era de dominancia del petróleo casi 30 años antes de que lo hiciera Occidente. Las crisis del petróleo de los años setenta tuvieron un efecto análogo en Europa y Japón: aceleraron la diversificación energética, el desarrollo de la energía nuclear civil y los primeros programas serios de eficiencia energética.

En todos esos casos, la amenaza sobre el suministro fue el argumento que desbloqueó inversiones y reformas que la lógica económica cotidiana no había conseguido movilizar. El programa nuclear francés no habría existido sin la crisis del petróleo.

La pregunta no es, por tanto, si la crisis actual acelerará la transición energética. La evidencia histórica sugiere que lo hará. La pregunta es quién estará mejor colocado para aprovecharla.

Europa en la encrucijada

Europa ocupa hoy una posición incómoda. Atrapada entre su dependencia de las importaciones energéticas, con el suministro del gas y el petróleo ruso en cuestión, la presión de sus aliados atlánticos para comprar más petróleo y gas estadounidense y la lentitud de su propia transición –parcialmente bloqueada por la defensa de industrias maduras de combustión–, el continente corre el riesgo de pagar la cuenta de una crisis que no ha diseñado y de la que no extrae beneficio estratégico alguno.




Leer más:
Triple ultimátum energético: cómo Rusia, China y Trump ponen a prueba a Europa


Como señalan Mikel Otero y Ander Goikoetxea, quien no tenga la llave de los pozos ni el control sobre las rutas de suministro solo tiene una salida: desengancharse de los fósiles. Tal vez no debería sorprendernos que África se haya puesto a ello: el primer país del mundo en prohibir la importación de vehículos de combustión fue Etiopía en 2024.

Desde una óptica económica, la aceleración de la transición no es solo una respuesta ecológica o moral. Es la única estrategia que reduce la exposición de Europa a shocks exógenos de precios, refuerza su autonomía industrial y convierte en activo propio lo que hoy es vulnerabilidad estructural. La historia lo avala. La pregunta es si la urgencia llegará antes o después de que el coste sea insoportable.

The Conversation

Mar Rubio Varas no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La guerra en Irán marca el precio de la factura energética global y muestra a Europa el camino hacia la transición energética – https://theconversation.com/la-guerra-en-iran-marca-el-precio-de-la-factura-energetica-global-y-muestra-a-europa-el-camino-hacia-la-transicion-energetica-278023

¿Qué le ocurrió al universo desde el Big Bang hasta que nació la luz?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Violeta González Pérez, Profesora permanente laboral, Departamento de Física Teórica., Universidad Autónoma de Madrid

¿Qué le ocurrió al universo entre su comienzo, con el Big Bang, y en el momento en que empezó a emitir luz, unos 380 000 años después? Contestar esta pregunta no es tarea fácil ya que, por ahora, no podemos tomar medidas directas de aquella época remota. Ante semejante limitación, la teoría de inflación es la mejor herramienta para describir los primeros instantes del universo.

Esta teoría propone que el universo pasó en una fracción de segundo de tener el tamaño de un protón a ser tan grande como el sistema solar. No está claro qué mecanismos son capaces de acelerar tanto la expansión del universo. Algunos de los propuestos habrían dejado una huella que puede medirse a partir de la distribución de galaxias en el universo observable.

Varias colaboraciones internacionales, como el Instrumento Espectroscópico para el Estudio de la Energía Oscura (DESI, por sus siglas en inglés) y el telescopio espacial Euclid, están realizando cartografiados cósmicos. Con ayuda de simulaciones numéricas, estos mapas nos van a permitir explorar qué teorías de inflación son viables.

En la actualidad están disponibles los universos computacionales UNIT. Hemos creado estas simulaciones numéricas para estudiar el cosmos primitivo a través de la distribución de materia. Nuestros estudios se centran en épocas posteriores a la mitad de la edad del universo, estimada en 13 800 millones de años.




Leer más:
¿Cómo pudo surgir de la nada el Big Bang?


La teoría de inflación y el crecimiento de estructuras cósmicas

Las medidas cosmológicas con las que contamos hoy muestran que el universo tiene una geometría prácticamente plana y que, a muy grandes escalas, es homogéneo e isótropo. Esto quiere decir que posee las mismas propiedades en todas las direcciones. Sólo es posible conseguir tal homogeneidad si zonas que hoy están muy alejadas consiguieron intercambiar información en el pasado.

Para resolver este problema, varias expertas y expertos, incluyendo el físico teórico estadounidense Alan Guth propusieron la teoría de inflación. Esta teoría postula que el universo habría experimentado una expansión acelerada durante una fracción de segundo justo después del Big Bang.

En los primeros instantes del universo la energía cambiaba rápidamente de un punto a otro. Estas fluctuaciones cuánticas iniciales se estiraron a escalas cosmológicas con la expansión acelerada. Esto dio lugar al universo homogéneo y con una geometría casi plana, que observamos hoy.

La inflación cósmica puede explicarse a través de distintos modelos teóricos. Los modelos asumen la existencia de uno o más campos cuánticos, como los que representan las partículas elementales.

Los modelos más simples, con un campo de inflación, predicen que las fluctuaciones iniciales siguen una distribución normal o gaussiana. La distribución gaussiana es un modelo de probabilidad continua en forma de campana simétrica donde la mayoría de los datos se agrupan en torno al promedio central.

Los modelos con varios campos de inflación predicen la presencia de “no gaussianidades” primordiales. Esto quiere decir que la distribución de la materia no se puede describir con la expresión matemática con la que explicamos la frecuencia típica de muchos eventos en la naturaleza, como la estatura de las personas.

Las estructuras a grandes escalas que vemos hoy en día surgen a partir de las fluctuaciones cuánticas del universo primitivo. Con el tiempo, las áreas que en el universo primitivo eran más densas se atrajeron más por el efecto de la gravedad, ganando masa. De esta forma, midiendo la distribución de galaxias a diferentes tiempos cósmicos podemos entender el universo primitivo.

Las características particulares de los cartografiados cosmológicos pueden introducir efectos observacionales en la distribución observada de galaxias. Necesitamos, pues, simulaciones numéricas para distinguir entre modelos teóricos que expliquen la inflación cósmica y los efectos observacionales.




Leer más:
¡Hágase la primera luz del universo! La explicación científica del fondo cósmico de microondas


Universos en supercomputadores

Los cartografiados cosmológicos actuales, tales como los citados DESI y Euclid, están realizando mapas de volúmenes enormes, del orden de 125 Gpc al cubo. La distancia de 125 Gpc equivale a 25 000 billones de veces la distancia entre la Tierra y el Sol, que es la Unidad Astronómica (UA).

Para poder hacer experimentos computacionales, necesitamos conseguir volúmenes comparables a los observados. Esto solo es posible gracias a la potencia de supercomputadoras de alto rendimiento, como las máquinas de la Red Española de Supercomputación.

Hemos generado los universos computacionales UNIT con condiciones iniciales gaussianas y no gaussianas. Para ello, hemos utilizando tiempo de computación en MareNostrum 4 y 5, del Centro Nacional de Supercomputación (Barcelona Supercomputing Center), y Finisterrae, del Centro de Supercomputación de Galicia (CESGA). Este proyecto ha requerido el equivalente en electricidad del gasto anual de 15 hogares españoles.

Supercomputador MareNostrum 5.
Steve Jurvetson/Wkimedia Commons, CC BY

Condiciones iniciales para estudiar el universo primitivo

La generación de universos en computadoras, siguiendo el proceso que denominamos simulaciones de N-cuerpos, requiere de varios pasos. Primero hay que decidir la cantidad de materia oscura, energía oscura y materia normal que va a tener nuestro universo.

Después, hay que decidir el volumen y la masa del elemento computacional más pequeño que vamos a poder utilizar. Idealmente, nos gustaría abarcar el mayor volumen posible con un elemento computacional pequeño. Esto nos permitirá abarcar un gran rango de escalas, por ejemplo desde una estrella hasta todo el universo observable.

Además, necesitamos calcular la interacción gravitatoria entre todos los elementos computacionales. A más elementos, más cálculos. Los elementos computacionales en nuestros universos UNIT son equivalentes a galaxias algo más pequeñas que la nuestra, la Vía Láctea. Este tamaño surge de equilibrar la necesidad de volúmenes colosales, con el tiempo finito del que podemos disponer en MareNostrum.




Leer más:
Detectives en el centro de la Vía Láctea: Hemos encontrado estrellas jóvenes desaparecidas


Cada elemento computacional se sitúa de tal forma que la distribución de materia siga una distribución normal o gaussiana. En nuestros universos UNIT, también hemos añadido desplazamientos siguiendo las distribuciones primordiales no gaussianas predichas por ciertos modelos inflacionarios. Estas variaciones hacen que cambie la evolución de nuestros universos computacionales.

No hay muchos estudios con simulaciones completas de N-cuerpos que incluyan condiciones iniciales con distribuciones primordiales no gaussianas. Por eso nuestro equipo ha propuesto cómo establecer las condiciones iniciales para no sesgar los resultados que contengan esas simulaciones no convencionales.

La simulación computacional más grande con efectos del universo primitivo

Durante 2023 nuestro equipo de investigación, integrado por científicas y científicos de la Universidad Autónoma de Madrid y del Institut de Física d’Altes Energies de Barcelona, produjo el mayor universo computacional con condiciones iniciales no gaussianas. Este es el efecto esperado para una gran familia de modelos de inflación que explican qué ocurrió en el universo primitivo. Con esta simulación, hemos comprobado que DESI seguramente será capaz de aceptar o rechazar la familia de modelos de inflación que necesita la existencia de múltiples campos cuánticos para la aceleración de la expansión en la primera infancia del cosmos.

Ahora nuestros universos UNIT están disponibles en el Port d’Informació Científica (PIC), que además aloja el espejo europeo de DESI. Hemos guardado 3,4 terabytes (TB) de información en el PIC, el equivalente a unas 1000 películas. En el PIC se puede encontrar información sobre los elementos de computación a distintos tiempos cósmicos y para distintas realizaciones.

Algunos de nuestros experimentos computacionales han sido confeccionados y utilizados por las colaboraciones internacionales DESI y Euclid. Los siguientes pasos de nuestro trabajo consisten en ampliar el volumen de nuestros universos computacionales e incluir galaxias. Esto nos permitirá validar las técnicas de medición que se van a utilizar en DESI.

En el futuro, también podremos medir un parámetro relacionado con la formación de galaxias en un universo no gaussiano. Este parámetro sólo puede medirse en simulaciones, y sin él DESI tendrá problemas para distinguir entre modelos de inflación.

Nuestros universos UNIT han sido diseñados con el objetivo de medir este parámetro y ayudarán a la colaboración DESI a lograr uno de sus principales objetivos: estar más cerca de conocer cómo fueron primeros instantes del universo.

The Conversation

Violeta González Pérez recibe fondos de la Comunidad de Madrid, el Ministerio de Ciencia e Innovación, y de la Agencia Estatal de Investigación de España. Ella trabaja para la Universidad Autónoma de Madrid.

Adrián Gutiérrez Adame trabaja para la Universidad de Viena.

Santiago Avila recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. Es un investigador del Centro de Investigaciones Energéticas Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT).

ref. ¿Qué le ocurrió al universo desde el Big Bang hasta que nació la luz? – https://theconversation.com/que-le-ocurrio-al-universo-desde-el-big-bang-hasta-que-nacio-la-luz-272452

México ante el brote de sarampión: pasado, presente y posibles futuros

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Yersain Ely Keller de la Rosa, Biólogo. Maestro en Ciencias Bioquímicas, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)

Natalya_Maisheva/Shutterstock

“¿Te sientes bien?” le pregunté. “Me siento con sueño”, contestó. En una hora, ella estaba inconsciente. Doce horas más tarde, estaba muerta.

Este fragmento pertenece a la carta “Sarampión: una enfermedad peligrosa”, escrita en 1988 por el escritor británico, Roald Dahl, autor de obras como Charlie y la fábrica de chocolate y Matilda. La misiva describe lo desgarrador e inesperado que fue perder a su hija Olivia a causa de esta enfermedad.

El sarampión es una infección viral altamente contagiosa que puede provocar complicaciones graves como neumonía, ceguera y encefalitis. Los síntomas más comunes son muy parecidos a los de una gripe: fiebre, tos seca, escurrimiento nasal, dolor de garganta y conjuntivitis. Sin embargo, los más característicos, y lo que los diferencian de una gripe común, son unas pequeñas manchas blancas en el interior de la boca (manchas de Koplik) y sarpullido caracterizado por ronchas grandes y planas.

Aunque generalmente se percibe como una dolencia leve, basta recordar que entre 1855 y 2005 se estima que 200 millones de personas fallecieron a causa del sarampión en el mundo.

El sarampión en México

Los primeros registros de esta infección en México se remontan al inicio del siglo XVI, con la llegada de los españoles. Junto con la viruela y el cocoliztli (salmonelosis), el sarampión contribuyó a diezmar la población de los aztecas.

Durante los 500 años posteriores, el sarampión se instaló en la población ocasionando brotes frecuentes. La primera descripción bien documentada de esta enfermedad fue realizada en 1825 por el médico Manuel Rodríguez Balda. Posteriormente, se produjeron al menos 7 brotes importantes hasta 1927. Se estima que dentro del periodo de 1922 a 1974 se registraron 468 638 muertes por sarampión en el país.

Habemus vacuna

El impacto del sarampión a nivel global era insostenible, por lo que era necesario desarrollar una vacuna. En 1954, durante un brote en Massachusetts, los científicos John F. Enders y Thomas C. Peebles aislaron el virus a partir de muestras de estudiantes infectados. La cepa obtenida, conocida como Edmonston-B, permitió que en 1963 Enders desarrollara la primera vacuna contra la infección basada en un virus atenuado. Es decir, lo suficientemente fuerte para inducir una respuesta por parte de nuestro sistema inmune, pero lo bastante débil para no causar la enfermedad.

En 1968, Maurice Hilleman y su equipo perfeccionaron esta vacuna utilizando la misma cepa, pero aún más atenuada. Esa es, esencialmente, la vacuna que se emplea hoy en todo el mundo.

Desde su introducción a nivel global, la inmunización ha sido altamente efectiva: las muertes anuales por sarampión, que antes de la vacunación alcanzaban cerca de 2 millones en el mundo, descendieron hasta 89 780 en 2016, el año con menor número de casos registrados.

En el caso específico de México, la vacuna se aplica en combinación con las de rubéola y parotiditis (paperas), en la llamada vacuna SRP. Se administra en dos dosis: la primera al cumplir 12 meses y la segunda, conocida como refuerzo, a los 6 años. Contar con ambas dosis es indispensable para lograr protección completa frente a la enfermedad.




Leer más:
¿Por qué aumentan los casos de sarampión?


Vacunación a la baja, casos a la alza

El último gran brote de sarampión en México ocurrió en 1989-1990, periodo en el que se registraron 89 163 casos y 5 899 defunciones. En 1990, la Encuesta Nacional de Cobertura de Vacunación mostró que sólo 46 % de los niños mexicanos tenían su esquema de vacunación, por lo que un año después se estableció el Programa de Vacunación Universal. El propósito de este plan era que para 1992 todos los niños menores de 5 años tuvieran 8 dosis de vacunas: 3 de Sabin (poliomielitis), 3 de DPT (difteria, tos ferina/pertussis y tétanos), una dosis de BCG (tuberculosis) y otra de sarampión.

Logros históricos y un retroceso

Gracias a este compromiso por parte de las autoridades y la ciudadanía, los casos de sarampión se abatieron, llevando a México a ser declarado por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) libre de sarampión.

No obstante, en 2025 México reportó 6 444 casos confirmados de la infección y, hasta el 2 de marzo del 2026, 5 437 casos confirmados y 5 defunciones. Datos que nos llevan a hacer una pregunta: si la vacuna es tan eficaz, ¿por qué los casos han aumentado recientemente, al punto de que México está en riesgo de perder su certificación como país libre de sarampión?

Para explicar esto, primero es necesario saber que el virus del sarampión es uno de los más contagiosos, por lo que es necesario alcanzar una protección del 95 % de la población para detener la transmisión del virus. Datos de la Organización Mundial de la Salud sugieren que durante y después de la pandemia de covid-19, la cobertura de vacunación contra el sarampión disminuyó a nivel global. México no fue la excepción: la cobertura con la primera dosis de la vacuna SRP presentó una drástica disminución al 86 % en 2022; 76 % en 2023; 80% en 2024 y 71% en 2025.

Esta bajada se puede explicar por diversos factores, entre los que se encuentran una injustificada disminución en la confianza hacia las vacunas, acceso limitado a los servicios de salud, particularmente de poblaciones vulnerables, y fallas en los mecanismos de adquisición.




Leer más:
Las enfermedades infecciosas y su control: entre la esperanza y el fracaso


México y el brote de hace 36 años

Como se mencionó previamente, el último gran brote de sarampión en México ocurrió entre 1989 y 1990. Este evento representó un punto de inflexión para la política nacional de inmunización. El control del brote se logró mediante campañas masivas de vacunación dirigidas a la población susceptible, lo que permitió interrumpir la transmisión del virus en un periodo relativamente corto.

A partir de esta experiencia, se evidenció la necesidad de fortalecer el esquema nacional de inmunización mediante la incorporación de una segunda dosis de la vacuna triple viral (SRP). Esta dosis se añadió formalmente al esquema y comenzó a administrarse a los 6 años, al ingreso a la educación primaria, con el objetivo de cerrar brechas de inmunidad y asegurar una protección sostenida a nivel poblacional.

La implementación de estas estrategias no fue sencilla. Requirió una coordinación robusta y una movilización operativa sin precedentes. Personal de enfermería visitó escuelas primarias públicas y privadas en todo el país para aplicar un total de 14 398 064 dosis contra el sarampión.

Además, se alcanzó una cobertura de vacunación del 79 % en niños de un año, una cifra sin precedentes hasta ese momento. Este incremento en la cobertura se tradujo en una disminución drástica del número de casos.

En la actualidad, el gobierno de México ha retomado esta experiencia histórica como referencia para enfrentar el nuevo brote de sarampión. Para 2026 se anunció la adquisición de 27,3 millones de dosis, y entre 2025 y 2026 se han aplicado más de 18 millones de vacunas. La estrategia está dirigida principalmente a niñas y niños de 6 meses a 12 años que no cuenten con ninguna dosis o requieran refuerzo, así como a personas de 13 a 49 años sin antecedente vacunal o con esquemas incompletos.

Estas acciones buscan restablecer coberturas óptimas y recuperar niveles de inmunidad colectiva suficientes para prevenir brotes futuros.




Leer más:
La importancia de las vacunas en la historia para luchar contra las enfermedades infecciosas


¿Podemos erradicar el sarampión?**

Uno de los mayores logros de la medicina moderna fue la erradicación de la viruela. Esta enfermedad, que durante siglos causó millones de muertes y dejó secuelas devastadoras como ceguera y desfiguración, fue declarada oficialmente erradicada el 8 de mayo de 1980. La pregunta es inevitable: ¿podríamos lograr lo mismo con el sarampión?

Desde el punto de vista biológico y epidemiológico, la respuesta es sí. Al igual que la viruela, el sarampión tiene al ser humano como único reservorio natural, lo que elimina la posibilidad de reintroducciones desde animales. Además, su cuadro clínico es característico, especialmente en contextos de alta incidencia, y actualmente contamos con métodos diagnósticos estandarizados y sistemas de vigilancia epidemiológica capaces de detectar casos con rapidez.

A esto se suma la disponibilidad de una vacuna altamente eficaz, cuya efectividad ha permitido eliminar la transmisión endémica en distintos países e incluso en regiones enteras durante ciertos periodos.

Sin embargo, la erradicación global implicaría un desafío logístico y político de enorme magnitud. Debido a la altísima transmisibilidad del virus, se requiere mantener de manera sostenida una cobertura vacunal mínima del 95 % con dos dosis en todas las comunidades, sin brechas geográficas ni poblacionales.

La reciente pérdida del estatus de eliminación en algunos países y el riesgo latente en otros, como México, demuestran que incluso pequeñas disminuciones en la cobertura pueden revertir décadas de avance.

La vacunación sigue siendo la herramienta más poderosa para prevenir el sarampión y muchas otras enfermedades infecciosas. Cada muerte causada por un patógeno prevenible mediante vacunación representa una falla colectiva en los sistemas de salud y en nuestra responsabilidad social. Mantener coberturas altas no es solo una meta técnica, sino un compromiso ético con la salud pública.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. México ante el brote de sarampión: pasado, presente y posibles futuros – https://theconversation.com/mexico-ante-el-brote-de-sarampion-pasado-presente-y-posibles-futuros-276016

¿Somos “así” para siempre? La neurociencia del cambio psicológico y por qué repetimos lo que nos hace daño

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Paloma López, Professor and researcher Cognition, Affect, and Resilience Research Group. Faculty of Health Sciences. International University of Valencia (VIU), Universidad Internacional de Valencia

Roman Samborskyi/Shutterstock

A veces basta un silencio. Un mensaje que no llega cuando esperamos en esta era de lo inmediato. Una respuesta corta, rápida, aparentemente más fría de lo habitual. De pronto aparece un nudo en el estómago. Pensamientos acelerados: “algo he hecho mal”, “ya no le importo”, “está molesto conmigo”.

Y, de pronto, el cuerpo reacciona antes que la razón: enfado, inquietud, pensamientos negativos que se disparan. Horas después, cuando todo se aclara, surge la misma pregunta: ¿por qué me afecta tanto?

¿Se reconoce en una situación parecida? Estas reacciones no suelen explicarse por simple inseguridad o porque seamos “demasiado sensibles”, sino por patrones emocionales aprendidos que el cerebro activa de forma automática.

El cerebro aprende a sentir y a relacionarse

Durante años se pensó que la personalidad era algo casi fijo. Los estudios clásicos mostraban que rasgos como la ansiedad o la sociabilidad se mantienen bastante estables con el paso de los años. Esta evidencia reforzó la creencia de que, en lo esencial, “somos como somos”.

Sin embargo, una gran revisión de investigaciones publicada en 2006 mostró por primera vez que estos rasgos pueden cambiar a lo largo de la vida, aunque lo hagan de manera gradual. La personalidad presenta continuidad, pero no está escrita en piedra.

La neurociencia aporta una clave importante: el cerebro posee neuroplasticidad, es decir, la capacidad de reorganizar sus conexiones en función de la experiencia. No solo aprendemos conocimientos: también aprendemos maneras de reaccionar emocionalmente y de interpretar a los demás. Como señaló el neurocientifico Eric Kandel, los cambios psicologicos duraderos implican cambios en los circuitos del cerebro.

Experiencias que marcan

Lo cierto es que las primeras relaciones de nuestra vida influyen de manera decisiva en el aprendizaje. Varios estudios han mostrado que las experiencias tempranas afectan al desarrollo y a la conexión entre la amígdala (implicada en la respuesta emocional) y la corteza prefrontal (que ayuda a regularla). Estas redes no solo almacenan recuerdos concretos, sino también expectativas: qué esperamos de los demás y cómo interpretamos sus gestos.

Si alguien ha crecido en un entorno donde la cercanía era impredecible o donde las emociones intensas no se regulaban bien, su sistema nervioso puede volverse especialmente sensible a señales ambiguas. Las investigaciones han relacionado esta mayor sensibilidad con diferencias en la comunicación entre regiones cerebrales emocionales y reguladoras. En la vida adulta, pequeños desencuentros pueden activar respuestas intensas que parecen surgir “de la nada”, pero que en realidad están conectadas con aprendizajes anteriores.

Por eso repetimos patrones. No porque queramos sufrir, sino porque el cerebro tiende a reaccionar según modelos que le resultan familiares. Aunque no es un destino ineludible, como veremos.

Vaivenes emocionales

La personalidad es la manera en que una persona vive, procesa y comprende la experiencia de sí misma y de los otros. No se reduce a etiquetas como “nervioso” o “impulsivo”: desde la psicología clínica se habla también de “organización de la personalidad”.

El psiquiatra y psicoanalista Otto Kernberg propuso que existen distintos niveles en dicha organización. Mientras que algunas personas presentan una identidad más coherente y estable, otras tienen mayor dificultad para integrar aspectos contradictorios de sí mismas y de los demás.

Cuando esta integración es menor, pueden aparecer oscilaciones intensas: idealizar a alguien y poco después sentirse profundamente decepcionado, interpretar una crítica leve como rechazo total o reaccionar con gran intensidad ante frustraciones pequeñas. No se trata de falta de carácter, sino de una forma concreta de funcionamiento psicológico.

La cuestión es si este funcionamiento puede modificarse.

Psicoterapia y cambio profundo

Algunos tratamientos psicológicos buscan algo más que aliviar síntomas. Trabajan sobre los patrones relacionales que organizan la experiencia emocional. Uno de ellos es la Terapia Focalizada en la Transferencia (TFP), desarrollada a partir del modelo del propio Kernberg. En esta terapia se analizan los patrones de relación que aparecen en la vida del paciente –y también en la relación con el terapeuta– para comprenderlos mejor y favorecer cambios más profundos.

En una investigación publicada en el American Journal of Psychiatry, se comparó la TFP con otros tratamientos para el trastorno límite de la personalidad y los investigadores observaron mejoras significativas en impulsividad, conductas autolesivas y funcionamiento global.

Otro estudio reveló que la TFP no solo reduce síntomas, sino que también modifica patrones de apego y mejora la capacidad reflexiva, es decir, la forma en que las personas comprenden sus propias emociones y las de los demás.

Estos resultados apuntan a algo más profundo que una simple mejoría superficial: sugieren cambios en la organización de la personalidad.

¿También cambia el cerebro?

Las investigaciones sugieren que una psicoterapia eficaz no solo puede cambiar cómo pensamos o sentimos, sino que también puede estar asociada a cambios en el funcionamiento del cerebro. Algunos estudios realizados con personas con trastorno límite de la personalidad han observado que, tras un tratamiento estructurado, disminuye la actividad de regiones implicadas en las emociones intensas —como la amígdala— y aumenta la actividad de otras áreas que ayudan a regularlas y a controlar los impulsos.

En otras palabras, comprender mejor nuestras reacciones, revisarlas en un entorno seguro y vivir experiencias relacionales más estables puede cambiar la forma en que interpretamos lo que nos ocurre. Algunas investigaciones sugieren que estos procesos también podrían estar relacionados con cambios en los circuitos cerebrales implicados en las emociones.

Hay margen de adaptación

La personalidad no es infinitamente flexible. Existen factores biológicos y temperamentales que influyen en nuestra forma de ser. Por lo tanto, el cambio profundo tampoco es inmediato ni sencillo.

Sin embargo, la evidencia actual no respalda la idea de que estamos condenados a repetir indefinidamente los mismos patrones. Más preciso sería decir que tenemos tendencias aprendidas que pueden reorganizarse.

Cambiar no significa dejar de ser uno mismo: supone ampliar la capacidad de regular emociones, mantener relaciones más estables y sostener una identidad más coherente. La neurociencia muestra que el cerebro conserva margen de adaptación a lo largo de la vida.

La pregunta, entonces, no es si somos “así” para siempre, sino en qué condiciones podemos dejar de repetir lo que nos hace daño. La ciencia sugiere que, dentro de ciertos límites, el cambio psicológico es posible.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. ¿Somos “así” para siempre? La neurociencia del cambio psicológico y por qué repetimos lo que nos hace daño – https://theconversation.com/somos-asi-para-siempre-la-neurociencia-del-cambio-psicologico-y-por-que-repetimos-lo-que-nos-hace-dano-276194

‘No se dice tete, se dice chupete’: ¿hay que corregir a los niños cuando están aprendiendo a hablar?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Clara Macarena Ponce Romero, Profesora del área de Didáctica de la Lengua y la Literatura, Universidade de Santiago de Compostela

Zhuravlev Andrey/Shutterstock

“No vocaliza”, “Habla mal”, “Habla raro”, “Habla poco”… ¿Quién no se ha preocupado alguna vez de si todo está yendo como debe cuando un niño o una niña pequeña empiezan a formar sus primeras frases?

A menudo, los adultos escuchamos con atención (y, en muchas ocasiones, con preocupación) cada una de sus palabras. No es raro que madres y padres busquen una segunda opinión, ya sea en las aulas de educación infantil o en gabinetes de logopedia. Sin embargo, lo que con frecuencia se interpreta como un problema es, en realidad, una parte normal y necesaria del aprendizaje del lenguaje.

Hablar diferente no es hablar peor

Cuando un niño dice “tete agua”, “perro grande ahí” o pronuncia una palabra de forma que a los adultos les suena extraña, es fácil fijarse solo en lo que le falta, en lo que consideramos “erróneo”. Sin embargo, desde el punto de vista del desarrollo del lenguaje, lo importante no es que esas formas se parezcan a las del habla adulta, sino que cumplan su función principal: comunicar.

La investigación en lenguaje infantil lleva tiempo mostrando que los niños pueden comunicarse con eficacia, porque el aprendizaje del lenguaje se construye primero sobre el uso y la interacción, y solo más tarde sobre las reglas.




Leer más:
La importancia de los gestos en el desarrollo del lenguaje


Pensemos, por ejemplo, en las interacciones entre madres, padres y bebés de apenas seis meses. A partir de gestos, miradas, sonidos o expresiones faciales, los adultos suelen identificar la causa del llanto y responder adecuadamente a sus necesidades. Incluso a edades muy tempranas, muchos niños muestran ya preferencias claras, formas propias de reaccionar y una personalidad incipiente.

Comunicación eficaz sin normas

A continuación presentamos el ejemplo de Nerea y César, dos hermanos de tres años. Esta grabación procede del corpus Koiné de habla infantil, un repositorio accesible en línea que reúne miles de interacciones espontáneas de niños de entre 18 y 53 meses, grabadas en escuelas infantiles de Galicia. Fragmentos como este permiten observar cómo la comunicación funciona incluso cuando el lenguaje aún no se ajusta a las formas adultas.

En esta breve interacción, Nerea y César apenas producen enunciados complejos. Sin embargo, la comunicación funciona perfectamente. Cuando César le ofrece el libro a su hermana para irse a jugar y Nerea se lo devuelve, ambos están expresando con claridad su intención: no quieren “jugar a los cuentos” en ese momento. El abandono de la escena por parte de César y el gesto de negación de Nerea refuerzan ese mensaje sin necesidad de palabras elaboradas. La interacción entre niños también es clave para el aprendizaje.

Qué ocurre en la mente de los niños

Desde los primeros meses de vida, los bebés son participantes activos en la comunicación, sensibles a las intenciones de quienes los rodean. Antes incluso de dominar el vocabulario o la gramática, aprenden a interpretar miradas, gestos y tonos de voz, y a usarlos para dirigir la atención, pedir algo, rechazar una propuesta o compartir una experiencia. En pocas palabras: transmiten lo que quieren a través de la interacción con el otro.

A medida que avanzan en el aprendizaje, los niños empiezan a detectar regularidades en lo que oyen. Generalizan patrones, los ponen a prueba y los ajustan poco a poco. Por eso es habitual que digan formas que no coinciden con las adultas. Cuando una forma no da resultado, la reformulan; cuando funciona, la mantienen.

Este proceso no es solo lingüístico, también es intrínsecamente cognitivo. Aprender a hablar implica coordinar memoria, atención, percepción y control de la acción. Por eso, muchas veces los niños saben perfectamente lo que quieren decir, pero todavía no disponen de los recursos formales para expresarlo como un adulto.




Leer más:
De la sonrisa a los gestos: así comienza un bebé a hablar


Menos correcciones, más comprensión

Los niños no aprenden a hablar porque alguien les diga una y otra vez lo que hacen mal. Aprender a hablar es, ante todo, una experiencia compartida. Por eso, cuando nos dirigimos a niños pequeños, los adultos tendemos a ajustar de forma natural nuestra manera de expresarnos, por ejemplo, usando frases más simples, repitiendo palabras importantes y cambiando la entonación para hacernos entender mejor.

Este modo de hablar no empobrece el lenguaje: al contrario, lo hace más accesible y facilita que los niños comprendan y participen en la conversación sin sentirse evaluados. Por ejemplo, cuando un bebé llama a su mantita “maca”, muchos padres empiezan a utilizar esa expresión: “¿Quieres la “maca”?

Tenemos que comprender que los niños están inmersos en un proceso de aprendizaje. Esta expresión (“maca”) no es un error, es un proceso que paulatinamente les ayudará a consolidar el lenguaje adulto (manta).

Una manera de fomentar el aprendizaje lingüístico es integrarse en el mundo comunicativo infantil: “Sí, tu manta, la ‘maca’, está en la cama”. De esta forma, el niño escucha la forma convencional sin sentirse corregido ni examinado.

Otro ejemplo muy habitual ocurre cuando el niño dice “ete” señalando un juguete. En vez de exigir (“Coche, coche, se llama coche”), el adulto puede responder: “Sí, es un coche rojo. El coche hace brum brum”. Está validando la intención comunicativa y, al mismo tiempo, ofreciendo un modelo más completo y rico.

Acompañar el aprendizaje del lenguaje implica escuchar qué quieren decir los niños y responder a ello, más que centrarse en cómo lo dicen. Entender este proceso ayuda a reducir preocupaciones innecesarias y a recordar que hablar diferente no es hablar peor, sino parte del camino para aprender a comunicarse.

The Conversation

Clara Macarena Ponce Romero forma parte del grupo Koiné de la Universidad de Santiago de Compostela. Actualmente, participa en el proyecto financiado por FEDER / Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades – Agencia Estatal de Investigación, Corpus y densidad de datos. Versión robusta del ‘corpus Koiné’ de habla infantil (PID2024-158897NB-100).

ref. ‘No se dice tete, se dice chupete’: ¿hay que corregir a los niños cuando están aprendiendo a hablar? – https://theconversation.com/no-se-dice-tete-se-dice-chupete-hay-que-corregir-a-los-ninos-cuando-estan-aprendiendo-a-hablar-273054

¿Enseñamos el valor de la democracia en la escuela?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Cruz Pérez Pérez, Catedrático del departamento de Teoría de la Educación, Universitat de València

Aunque sus orígenes están en la Atenas de Pericles (en el siglo V antes de nuestra era), la democracia como forma de vida y de gobierno ha tardado siglos en estar generalizada. En los países del ámbito occidental empezó a desarrollarse tras la Revolución francesa en 1789 y las posteriores revoluciones liberales del siglo XIX.

Este sistema de convivencia y gobierno se ha ido extendiendo por todo el mundo con constantes avances y retrocesos. Pero como todos los logros éticos de una sociedad, tal y como como plantea el filósofo alemán Jürgen Habermas, no permanece estable y requiere una tensión educativa constante.

En lo que afecta a los más jóvenes, en la Unión Europea se ha detectado durante los últimos años una pérdida de compromiso cívico de los jóvenes y una apuesta por modelos autoritarios. Tres aspectos que generan gran preocupación: indiferencia hacia la participación política, desinterés por los asuntos comunes y la participación social, e incremento de actitudes intolerantes.

En España, por ejemplo, uno de cada cuatro varones (25,9 %) de entre 18 y 26 años afirman que “en determinadas circunstancias” el autoritarismo puede ser preferible al sistema democrático.

El desafío: mayor educación

Teniendo en cuenta que la estabilidad del sistema democrático requiere de ciudadanos cívicos, comprometidos, que participen y que crean en estos valores, cabe plantearse si los datos mencionados son un fracaso de los sistemas educativos.

Tras muchos años de escolarización obligatoria, ¿hemos sabido o podido enseñar a las nuevas generaciones los contenidos históricos fundamentales, el sentido crítico para defenderse de las manipulaciones y la capacidad para analizar la realidad con profundidad, a actuar con criterio propio y fundado en el conocimiento científico y contrastado?




Leer más:
Cómo afrontar el discurso de odio en la escuela


Enseñar el valor de la democracia

En lo que respecta a la Unión Europea, la educación para la ciudadanía y los valores democráticos forma parte del currículo de todos los niveles escolares.

Adopta diferentes nombres en cada país: “educación para la ciudadanía”, “educación en valores sociales y cívicos” o “educación para la democracia, ética y democracia”. Y se plantea de tres formas combinadas: como tema transversal (que se trabaja en distintas asignaturas de manera intermitente); como materia propia, con horas lectivas dedicadas en exclusiva; y como contenido integrado en otras asignaturas como Geografía e Historia, con temas específicos dedicados a la materia.

En España, existe una asignatura de Educación en Valores Cívicos y Éticos en el último ciclo de educación primaria, y en un año de educación secundaria, enfocada en la autonomía moral, la democracia, la sostenibilidad y la igualdad de género. Esta materia persigue desarrollar el pensamiento crítico y la ciudadanía activa, no es alternativa a la religión y se basa en la inclusión, el respeto a los derechos humanos y la empatía.




Leer más:
¿Radicalizan a los jóvenes las redes sociales?


Participación e historia, las bases

Si consideramos que las propuestas educativas actuales son insuficientes, existen al menos tres estrategias fundamentales con las que se podría incidir en la educación para la ciudadanía democrática:

  • Fomentando la participación activa del alumnado en los centros escolares, especialmente en educación secundaria. La mejor manera de entender cómo funcionan los sistemas democráticos es tomando parte en los mecanismos de análisis y toma de decisiones. Hacerlo en el ámbito escolar abre el camino de la participación real en la vida pública, social y cultural en la edad adulta.

  • Potenciando la enseñanza de la historia de la humanidad, con especial énfasis en el origen de las continuas guerras y conflictos provocados por regímenes políticos autoritarios.

  • Enseñando en las aulas, tanto de un modo teórico como práctico, el valor de la democracia como forma de vida especialmente valiosa y de relación entre las personas: derechos y deberes de las personas establecidos en las constituciones de los países democráticos, valores éticos mínimos como el conjunto de los valores que todos podemos compartir independientemente de nuestras preferencias personales, condicionantes culturales o creencias religiosas, debates sobre temas fundamentales como la democracia, la vida o la sostenibilidad, dilemas morales de carácter ético, asambleas de aula y proyectos de aprendizaje-servicio, en los que los estudiantes aprenden ofreciendo algún servicio a su comunidad.




Leer más:
Aprender mirando a nuestro alrededor: universitarios en busca de soluciones


Además, convendría incrementar las horas de las asignaturas específicas dedicadas a la educación para la ciudadanía con contenidos relativos a los valores éticos universales, declaraciones de derechos humanos y organismos supranacionales.

Formación del profesorado

El profesorado debería estar específicamente formado para impartir estas asignaturas, en base a unos conocimientos tanto teóricos como prácticos. Para ello sería necesario introducir en el currículo de formación de los docentes de primaria asignaturas referidas a la educación en valores y actitudes, así como en los contenidos específicos del máster de formación del profesorado de educación secundaria. Además, los centros dedicados a la formación permanente de los docentes deberían ofrecer cursos y talleres para actualizar los conocimientos del profesorado en activo.

Para llevar a cabo estas propuestas es condición necesaria reequilibrar el peso de los contenidos conceptuales: es decir, reducir el peso que tradicionalmente ha tenido el aprendizaje de datos, hechos y conceptos en las diferentes materias. Entender cómo y por qué vivimos en una democracia no es tanto un asunto de teoría, como de práctica.

The Conversation

Cruz Pérez Pérez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Enseñamos el valor de la democracia en la escuela? – https://theconversation.com/ensenamos-el-valor-de-la-democracia-en-la-escuela-276291

Trabajan pero no cuentan: ¿por qué la inmigración es clave para el estado del bienestar en España?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alexis Cloquell Lozano, Profesor Sociología. Cátedra Caixa Popular para el estudio de los desafíos sociales y la vulnerabilidad., Universidad Católica de Valencia

El Gobierno de España ha anunciado su intención de avanzar en un nuevo proceso de regularización administrativa, apoyándose en las vías ya existentes de arraigo y en el despliegue del nuevo Reglamento de Extranjería, que entró en vigor el 20 de mayo de 2025. El objetivo declarado no es solo dar respuesta a una realidad social consolidada, sino incorporar plenamente a la economía formal a cientos de miles de personas que ya viven y trabajan en el país, reforzando así la cohesión social y la sostenibilidad del sistema de protección social.

En este contexto, el envejecimiento acelerado, el descenso de la población autóctona, la presión creciente sobre el sistema de pensiones y el aumento de las necesidades en sanidad y cuidados plantean una pregunta clave: ¿quién va a sostener el Estado del bienestar en las próximas décadas y mantener una parte considerable del sector productivo? Esta cuestión suele abordarse desde el lado del gasto, pero el último informe del Consejo Económico y Social (CES) de España invita a mirar en otra dirección: las aportaciones económicas y laborales de la inmigración.

La inmigración no es un fenómeno coyuntural ni marginal. Es ya un componente estructural de la economía española y de la financiación del bienestar colectivo. Sin embargo, su contribución está limitada por un factor decisivo: la persistencia de la irregularidad administrativa.

Cotizantes hoy para las pensiones de mañana

Según el balance del mercado laboral 2025 del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, desde diciembre de 2019 la afiliación de trabajadores extranjeros ha aumentado un 45 %, y en 2025 alcanzó el 14,1 % del total de las cotizaciones al sistema. De acuerdo con el informe del CES, esta afiliación se traduce en cerca del 10 % de los ingresos de la Seguridad Social, pese a que el gasto público asociado a la población extranjera representa en torno al 1 % del gasto público total.

Esta diferencia se explica por su perfil demográfico: se trata mayoritariamente de población en edad activa, con tasas de participación laboral elevadas y un uso reducido de las prestaciones asociadas al envejecimiento, como pensiones o dependencia.

En un país donde el crecimiento demográfico reciente depende casi exclusivamente de la inmigración y donde la población autóctona en edad de trabajar disminuye, esta aportación resulta clave para el equilibrio del sistema de pensiones. Sin nuevos cotizantes, la sostenibilidad del sistema se resiente. Y una parte relevante de esos cotizantes potenciales ya está en España, trabajando.

El trabajo existe, los ingresos públicos no

La irregularidad administrativa no implica inactividad económica. La inmigración en España es mayoritariamente de carácter laboral y las personas de origen migrante presentan altas tasas de participación en el mercado de trabajo. Se concentran sobre todo en sectores con déficit estructural de mano de obra como la construcción, la agricultura, la hostelería, el sector de los cuidados y atención a la dependencia.

El problema, por tanto, no es la inexistencia de empleo, sino que las restricciones y disfunciones del régimen de autorizaciones de residencia y trabajo desplazan una parte de esa actividad hacia situaciones precarias o informales. En la práctica, muchas personas migrantes trabajan sin poder hacerlo dentro de los cauces formales que permiten cotizar y tributar con normalidad.

Esto se traduce en que la regularidad administrativa debe ser una condición necesaria para una integración laboral digna y para la contribución plena al sistema de protección social. Cuando esa regularidad no existe, el trabajo realizado no se traduce en cotizaciones ni en ingresos fiscales acordes con la actividad económica generada, debilitando la base de financiación del estado del bienestar.

Una pérdida económica cuantificable

Un informe del Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia señala que la discriminación afecta a la población extranjera en los ámbitos laboral y educativo. Esto incluye dificultades para encontrar trabajo, salarios más bajos, empleos más precarios, problemas para que se reconozcan sus estudios o menos oportunidades educativas. En 2022 esta discriminación tuvo un coste económico estimado de 17 000 millones de euros, una cifra equivalente al 1,3 % del PIB.

No se trata solo de salarios más bajos o trayectorias laborales truncadas, sino de una ineficiencia económica y fiscal de gran magnitud. Cada trabajador que no puede cotizar plenamente es un ingreso menos para la Seguridad Social y un margen menor para financiar sanidad, educación y políticas sociales, trasladando la carga al resto de contribuyentes. Desde esta perspectiva, la irregularidad no es una anomalía administrativa menor sino una ineficiencia estructural.

El debate que falta

El debate público sobre la regularización administrativa es amplio y complejo desde el punto de vista político y social. Sin embargo, en la práctica suele quedar atrapado en una lectura parcial, centrada casi exclusivamente en los costes y en la presión sobre los servicios públicos. Con los datos en la mano toca reformular la pregunta de fondo: ¿Puede España permitirse no integrar plenamente –también en términos fiscales– a quienes ya están contribuyendo de manera decisiva al sostenimiento de su economía a través del trabajo?

Como ha señalado el sociólogo estadounidense Douglas Massey, premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2025, las sociedades receptoras necesitan de la inmigración, pero, al mismo tiempo, desarrollan una resistencia política y social alimentada por el miedo. Esa tensión se traduce en políticas contradictorias y disfuncionales: se acoge a solicitantes de asilo, se les proporciona alojamiento y asistencia básica, pero se les impide acceder al empleo durante largos periodos.

Conviene recordar que el estado del bienestar se financia con cotizaciones e impuestos y que una parte creciente de quienes pueden garantizarlos trabaja hoy en España sin poder hacerlo plenamente dentro del sistema. No hay pensiones, sanidad ni educación pública sin una base suficiente de cotizantes, y una parte decisiva de esa base ya está aquí. Desde esta perspectiva, regularizar no es el problema: es parte de la solución.

The Conversation

Alexis Cloquell Lozano recibe fondos de del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, a través de la convocatoria Proyectos de Generación de Conocimiento 2025.

ref. Trabajan pero no cuentan: ¿por qué la inmigración es clave para el estado del bienestar en España? – https://theconversation.com/trabajan-pero-no-cuentan-por-que-la-inmigracion-es-clave-para-el-estado-del-bienestar-en-espana-275755

Why shadow tankers are the only ships still moving through the Strait of Hormuz

Source: The Conversation – USA (2) – By Charles Edward Gehrke, Deputy Division Director of Wargame Design and Adjudication, US Naval War College

Many oil tankers aren’t moving in the Middle East. DedMityay/iStock / Getty Images Plus

The Strait of Hormuz is effectively closed. Since the beginning of the conflict involving the United States, Israel and Iran on Feb. 28, 2026, oil tanker traffic through the world’s most critical oil shipping choke point has collapsed, dropping by more than 90%.

Iran has threatened to destroy any ships, including oil tankers, that pass through the strait from the oil depots of the Persian Gulf to the Arabian Sea and the rest of the world. Companies that insure ships against the risks of traveling in war zones are deciding whether to issue coverage on an individual-ship basis. The international body that sets many shipping regulations has told ships’ crews that they have the right to refuse to sail into the area.

As of March 6, more than 400 tankers were stranded in the Persian Gulf, without permission from their owners to move.

But some vessels are still transiting the strait. Most of the ships still moving are those that operate outside the rules.

In maritime circles, these vessels are called the “shadow fleet.” They are vessels that ignore international restrictions on trade with certain countries, violate anti-pollution regulations, smuggle unauthorized goods or don’t want their cargo or activities too closely monitored.

They exist, even in a world filled with electronic tracking, because the world’s oceans aren’t governed the same way the land is. On land, armed personnel closely monitor carefully delineated borders, seeking to force everyone to follow clear rules. But at sea, regulation is almost the opposite. The system that governs international shipping is, at its foundation, voluntary.

The oceans run on trust

The tracking of ships is voluntary. The International Convention for the Safety of Life at Sea – signed by 167 countries – requires almost every commercial vessel to carry a radio transponder that broadcasts the ship’s identity, position, speed and heading to port authorities, coast guards and commercial tracking networks.

That international agreement, which is enforced by individual countries, requires ships to leave the transponders on and active. But there is no physical mechanism preventing a crew from switching it off or broadcasting a false position.

When a vessel turns off its transponder and goes dark, it doesn’t trigger an alarm at some global maritime headquarters. There is no such headquarters. The ship simply disappears from the map. Every map.

National jurisdiction is a matter of preference, not law. Every vessel sails under the flag of a nation, and that nation is theoretically responsible for regulating and inspecting it. But in practice, a ship’s registration in a particular country is a commercial transaction. Many law-abiding shipping companies make this business decision, but this system leaves an opening for those who seek to skirt the rules.

A ship owned by a shell company in the United Arab Emirates can register under the flag of Cameroon, Palau or Liberia, or any country that may lack the resources or the incentive to conduct real inspections. Even landlocked Mongolia has a registry of oceangoing ships flying its flag.

When a vessel comes under scrutiny from port inspectors or coast guards, it can simply reregister under a different flag. Some registries even offer online registration. If the new registration is fraudulent or the registry doesn’t actually exist, the vessel effectively becomes stateless.

Then there is insurance, which is the closest thing the maritime system has to a real enforcement mechanism. Mainstream insurers, mostly based in London, require vessels to meet safety standards, carry proper documentation and comply with international trade sanctions. A ship without insurance coverage cannot easily enter major ports or secure cargo contracts with reputable firms.
Those restrictions are precisely what froze so many law-abiding ships in the Persian Gulf when war broke out.

But companies can avoid those rules, too. Two-thirds of ships carrying Russian oil – the trade of which is restricted by the U.S. and other countries – reportedly have “unknown” insurance providers, meaning nobody knows whom to call to cover the cleanup costs after a spill or collision. The enforcement mechanism works until ship owners realize they can just opt out of it entirely, using less reputable ports or transferring oil from ship to ship out at sea.

A large tanker ship sits alongside a pier.
An oil tanker seized by Belgian and French forces for its alleged participation in Russia’s ‘shadow fleet’ sits at a pier in Belgium.
Nicolas Maeterlinck/Belga/AFP via Getty Images

What opting out looks like

The results of this voluntary system can be surreal. In December 2025, the United States seized a sanctioned tanker called the Skipper, which was flying the flag of Guyana – even though that country had never registered it. The vessel was, in legal terms, stateless, sailing under the authority of no nation on Earth.

Another vessel, the Arcusat, went further. Investigative reporting found that it had changed its International Maritime Organization identification number, a unique seven-digit code assigned permanently to every ship. It is the maritime equivalent of scraping the VIN off a car.

Now layer these techniques together. An entity purchases an aging tanker that would otherwise be scrapped. It registers the ship through a shell company, pays for a flag of convenience, carries opaque insurance and switches off its transponder when approaching sensitive waters.

It loads sanctioned oil through a ship-to-ship transfer on the open ocean and delivers its cargo to a buyer who asks no questions. If the vessel attracts attention, it changes its name, reregisters under a different flag and starts over.

According to maritime intelligence firm Windward, approximately 1,100 dark fleet vessels have been identified globally, representing roughly 17% to 18% of all tankers carrying liquid cargo, which is primarily oil.

Why it matters now

The dark fleet did not emerge because the maritime system is broken. It emerged because the system is built on voluntary participation, all theoretically ensured by market forces.

For decades, the system worked not because it forced compliance but rather because opting out was more costly than opting in.

What changed is that international sanctions made compliance ruinously expensive and politically disastrous for some countries. A system built on voluntary participation, it turned out, could be voluntarily left.

If your national economy depends on oil exports, and the compliance system is preventing those exports, you build a parallel system. Iran began doing so in 2018, after sanctions were reimposed as part of negotiations over its nuclear development. Russia dramatically expanded that system in 2022 as restrictions hit in the wake of its invasion of Ukraine.

Now, with the Strait of Hormuz effectively closed to aboveboard maritime trade, the only vessels still moving are the ones that ignore the rules.

But the existence of the dark fleet doesn’t mean that the rules of the sea have failed. Rather, it reveals what kind of rules they always were. Illegal oil is the only oil moving in a crisis. In my view, that sends a message to those still playing by the rules: Opting out might be a viable option.

The opinions and views expressed are those of the author alone and do not necessarily represent those of the Department of the Navy or the U.S. Naval War College.

The Conversation

Charles Edward Gehrke does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organization that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Why shadow tankers are the only ships still moving through the Strait of Hormuz – https://theconversation.com/why-shadow-tankers-are-the-only-ships-still-moving-through-the-strait-of-hormuz-277785

Derrière les invasions biologiques, un remodelage silencieux des écosystèmes

Source: The Conversation – France (in French) – By Franck Courchamp, Directeur de recherche CNRS, Université Paris-Saclay

Et si on pensait le problème des espèces invasives au-delà du cadre strict de l’espèce ? En effet, les invasions biologiques interagissent étroitement avec l’écosystème local : elles peuvent modifier durablement les sols, l’eau ou encore les interactions écologiques. Nous avons développé un nouvel outil de classification pour mieux tenir compte de ces effets, encore trop souvent ignorés.


Lorsque l’on évoque les invasions biologiques, l’imaginaire collectif convoque souvent une scène de duel dramatique : un prédateur qui débarque d’un autre continent pour éradiquer une proie native. Pourtant, cette focalisation sur le risque direct d’extinction occulte une réalité bien plus insidieuse. En effet, bon nombre des invasions les plus dévastatrices ne se contentent pas d’éliminer des espèces : elles remodèlent fondamentalement l’environnement. Elles altèrent les habitats, recâblent les interactions entre espèces et modifient des processus vitaux d’une façon que les listes d’espèces menacées ne sauraient révéler à elles seules.

Prenez la chèvre, le cheval sauvage ou le cerf, introduits sur des îles où ces espèces ne sont pas natives. Leur voracité peut conduire la flore locale à l’extinction, mais leur impact s’inscrit bien plus profondément, dans la chair même du paysage.

Ces herbivores envahissants compactent les sols, accélèrent l’érosion, ouvrent les sous-bois, ce qui modifie ensuite les régimes de feux de forêt. Leur action laisse des cicatrices sur les paysages bien après que les troupeaux aient disparu. Ces bouleversements systémiques menacent la biodiversité tout aussi profondément que la perte d’une espèce.




À lire aussi :
Retour à l’état sauvage : l’étonnante histoire des vaches de l’île Amsterdam perdue dans l’océan Indien


Pour naviguer dans cette complexité, les sciences des invasions biologiques s’appuient sur un outil de référence international : l’EICAT (Environmental Impact Classification for Alien Taxa, en français, classification de l’impact environnemental des taxons exotiques). Ce cadre pionnier a marqué une avancée majeure, offrant une méthode transparente et fondée sur des preuves pour classer les envahisseurs selon la sévérité de leurs effets sur les espèces natives.

Cependant, l’EICAT a un angle mort important : il place l’espèce au cœur de son raisonnement. Il attribue ainsi un score de sévérité global unique à un envahisseur donné, généralement basé sur le pire scénario enregistré pour toutes ses invasions connues. Intéressante pour permettre la priorisation des enjeux à l’échelle mondiale, cette approche gomme les subtilités des écosystèmes locaux, chacun possédant ses propres vulnérabilités. C’est pourquoi, dans une étude récemment publiée dans la revue PLOS Biology, nous proposons d’aller plus loin.

L’architecture invisible des invasions

De fait, les invasions biologiques génèrent un spectre d’impacts qui vont bien au-delà de la simple prédation ou compétition entre espèces considérées dans les évaluations classiques. Dans une synthèse publiée en 2025, nous avions catalogué 19 types distincts d’impacts environnementaux.

Lorsque nous avons examiné l’ensemble des impacts documentés, il est devenu évident que la plupart opèrent au niveau des communautés, des écosystèmes ou des processus physiques. 12 de ces catégories concernent des échelles plus larges que celle de l’espèce, par exemple le cycle des nutriments, la structure de l’habitat ou les propriétés physiques du sol et de l’eau, dont les impacts sont donc sous-estimés.

Sont ainsi considérés trois niveaux distincts :

  • celui des individus et populations (avec des impacts sur le comportement ou la santé des individus par exemple),

  • celui des communautés d’espèces (assemblages d’espèces et aires de distribution par exemple)

  • et enfin celui des écosystèmes et de leurs composantes abiotiques, c’est-à-dire physiques et chimiques non vivants de l’environnement, mais affectant les organismes vivants (la pollinisation ou le régime des feux par exemple).

Le castor est une espèce dite « ingénieur d’écosystèmes ».
Max Saeling

Tous ces impacts sont documentés, étendus et souvent sévères, mais restaient encore largement ignorés par les classifications actuelles, qui se concentrent avant tout sur la perte d’espèces natives.

Cette omission est critique, car de nombreuses espèces envahissantes agissent comme des « ingénieurs des écosystèmes – par exemple, le castor. Ces organismes ne se contentent pas d’habiter un environnement donné, mais le modifient activement, influençant le destin de communautés entières.

Pour capturer cette nuance, nous avons développé dans notre dernière étude un outil complémentaire d’évaluation, que nous avons baptisé EEICAT (Extended Environmental Impact Classification for Alien Taxa, en français, classification étendue des impacts environnementaux des invasions biologiques). Autrement dit, une version étendue de l’EICAT.




À lire aussi :
Les invasions biologiques, un fardeau économique pour la France


De l’envahisseur à l’invasion

L’EEICAT n’est pas un remplacement, mais une évolution de l’EICAT qui déplace le périmètre de l’espèce invasive à celle l’événement d’invasion. Il permet ainsi d’évaluer l’ensemble des 19 types d’impacts (et non seulement 12 comme précédemment).

Prenons par exemple les systèmes aquatiques envahis par les moules zébrées (Dreissena). Dans d’innombrables lacs, ces mollusques menacent les populations de moules natives par compétition et bio-incrustation (aussi appelé biofouling, qui correspond à la colonisation biologique des surfaces sous-marines, par exemple la surface immergée des navires).

Moules zébrées (Dreissena polymorpha) installées sur une moule endémique.

Cette compétition avec les moules natives est bien capturée par les évaluations standard. Mais celles-ci ignorent qu’elles transforment l’eau elle-même. En filtrant massivement les particules, ces moules invasives réduisent la turbidité, altèrent les cycles des nutriments et déclenchent des changements en cascade dans la végétation et les réseaux trophiques (c’est-à-dire, les chaînes alimentaires).

L’EEICAT permet alors de cartographier, avec un cadre unique, à la fois les effets directs portés à la biodiversité et la réingénierie écosystémique du lac.

Une logique similaire s’applique pour les espèces terrestres. La fourmi d’Argentine (Linepithema humile), par exemple, est connue pour complètement éliminer les nombreuses fourmis natives des régions envahies. Mais son influence est bien plus profonde. En perturbant les mutualismes anciens entre plantes et insectes, ces envahisseurs altèrent la dispersion des graines, la pollinisation, les assemblages d’invertébrés et même les processus du sol.

La fourmi d’Argentine, accidentellement propagée dans le monde du fait du commerce international, est une espèce invasive de fourmi particulièrement agressive envers les autres espèces de fourmis.
Alex Wilde (réutilisation interdite sans autorisation)

Ces effets indirects au niveau communautaire varient considérablement selon le climat et l’intégrité de l’écosystème récepteur, si bien que chaque invasion pourra manifester des effets différents. Avec l’EEICAT, on peut désormais les prendre en compte.




À lire aussi :
Ce que l’on sait de « Tapinoma magnum », la fourmi noire et brillante qui envahit l’Europe


Des invasions variables en fonction du contexte, même pour un même envahisseur

Ce sont probablement les invasions biologiques touchant le règne végétal qui plaident le plus pour une telle approche centrée sur l’invasion et non l’envahisseur. Les espèces d’Acacia, introduites mondialement, agissent comme des caméléons écologiques. En Afrique du Sud, elles saturent les sols en azote et assèchent les cours d’eau, supprimant agressivement la flore native du Fynbos.

En France méditerranéenne, l’impact se déplace : l’Acacia argenté (Acacia dealbata, appelé aussi Mimosa d’hiver), très inflammable, modifie radicalement le régime des feux. Par l’accumulation de litière, il crée une « échelle de feu », qui permet aux flammes de monter dans la canopée. Il rend de ce fait les incendies beaucoup plus difficiles à maîtriser.

De plus, le passage du feu lève la dormance de ses graines : une zone brûlée voit souvent une explosion de mimosas, rendant la zone encore plus inflammable pour l’avenir. Cet arbre invasif perturbe également l’hydrologie locale par une consommation d’eau excessive qui réduit le débit des nappes de surface en période estivale. L’EECIAT permet de documenter ces contrastes, où chaque preuve contextuelle redéfinit la sévérité de l’invasion.




À lire aussi :
Impact écologique des feux : et les insectes ?


Réinterpréter l’histoire écologique des invasions

Adopter l’EEICAT n’implique pas de réinventer la roue. Il est possible de l’appliquer aux études d’impact existantes déjà produites au cours des dernières décennies. Il est d’ailleurs organisé selon les cinq mêmes niveaux de sévérité que l’EICAT, avec une échelle allant de préoccupation minimale à impact massif, avec les mêmes règles. Cette rétrocompatibilité permet de réinterpréter de façon plus large et plus précise l’histoire écologique des invasions.

Parce que l’EEICAT est basé sur l’invasion, et non sur l’espèce, il permet de rendre compte des différentes façons dont une espèce invasive peut avoir des effets en fonction des écosystèmes, comme l’acacia, ou encore comment plusieurs envahisseurs peuvent cumuler les pressions sur un même écosystème. Ce sont des enjeux que des scores globaux ne savaient jusqu’à aujourd’hui pas articuler.

Les invasions biologiques ne se résument pas à la perte d’espèces : elles sont aussi une réécriture silencieuse des écosystèmes. De la chimie du sol au rythme des feux de forêt, leurs impacts résonnent dans l’environnement bien après leur arrivée. En embrassant le cadre EEICAT, nous pouvons enfin capturer toute l’ampleur de ce que les invasions biologiques font réellement aux écosystèmes, et adapter nos stratégies de gestion aux réalités complexes du monde vivant, invasion par invasion.


Créé, en 2007, pour aider à accélérer et à partager les recherches scientifiques sur des enjeux sociaux majeurs, le Fonds d’Axa pour la recherche soutient près de 700 projets dans le monde mené par des chercheurs issus de 38 pays, dont celui de Franck Courchamp. Pour en savoir plus, visiter le site ou bien sa page LinkedIn.

The Conversation

Franck Courchamp a reçu des financements du Fond AXA pour la Recherche.

Laís Carneiro a reçu des financements du Fond AXA pour la Recherche.

ref. Derrière les invasions biologiques, un remodelage silencieux des écosystèmes – https://theconversation.com/derriere-les-invasions-biologiques-un-remodelage-silencieux-des-ecosystemes-277411

Middle East conflict is pushing oil prices higher — and most Canadians will feel the costs

Source: The Conversation – Canada – By Subhadip Ghosh, Associate Professor, School of Business, MacEwan University

Since American and Israeli missiles began striking Iran, global oil prices have jumped sharply. The conflict has resulted in the disruption of tanker traffic through the Strait of Hormuz, which carries about one-fifth of the world’s oil shipments.

For Canadians, the effects have been immediate, with higher prices at the gas pump.

A familiar refrain has already surfaced in Canadian political commentary: higher oil prices are good for Canada. That intuition is understandable, given that Canada is the world’s fourth-largest oil producer, with oil and gas being Canada’s highest export earner.

But that claim misses two key points. First, while Canada as a whole might gain from higher oil prices as a net energy exporter, those gains are unevenly distributed across sectors and provinces. Second, the mechanism that softened that pain — a stronger Canadian dollar — has weakened.

Together, these two facts clarify why rising oil prices are hitting Canadians harder than they did in previous decades.

Not all Canadians benefit

Oil and gas are undeniably important to Canada. Oil and gas extraction alone has averaged about five per cent of national GDP since 2000, and the sector supported approximately 446,600 direct and indirect jobs in 2023.

The importance of oil also varies dramatically across provinces. In Alberta and Saskatchewan, for example, oil and gas production accounts for roughly 22 per cent and 16 per cent of provincial GDPs, respectively.

By contrast, in Ontario and Québec — home to about 60 per cent of Canadians — the sector contributes only a small fraction of provincial output.

When crude prices rise, Alberta and Saskatchewan collect more royalties, and energy company revenues climb. For that slice of Canada, conflict in the Persian Gulf can bring economic benefits.

Yet windfall gains are also constrained by infrastructure. Pipeline capacity and production limits mean Canadian producers cannot expand quickly when global prices surge.

The completion of the Trans Mountain Expansion Project in 2024 increased access to Pacific markets, but production cannot be scaled overnight and bottlenecks still blunt the swift supply response needed to realize a windfall gain.

For most Canadians, the picture is simpler and less pleasant. Higher oil prices means higher costs not only at the pump, but also gradually in grocery stores and heating bills, and reduced purchasing power.

A sustained $10 increase in oil typically raises Canadian inflation by roughly 0.3 to 0.4 percentage points over the following year.

How oil shocks spread

Economists typically analyze oil shocks through four transmission channels: terms of trade, income, costs and monetary policy.

The first is the terms-of-trade channel. Because Canada exports more energy than it imports, higher oil prices mean the country earns more for its exports relative to what it pays for imports. That improves Canada’s purchasing power in global markets.

The second is the income channel, which determines who receives those gains: higher oil prices raise producers’ revenues and governments’ royalties, concentrating much of the windfall in oil-producing regions and among shareholders.

The third is the cost channel: oil is a key input into transportation, manufacturing and agriculture, so higher energy prices ripple through supply chains and into household budgets.

The fourth is the monetary policy channel, which often shapes the broader economy. Central banks like the Bank of Canada aim to keep inflation near a stable target. If rising oil prices keep inflation elevated for long enough, policymakers may delay interest rate cuts or keep borrowing costs higher.

Higher interest rates help contain inflation but slow spending and investment across the economy. In short, the same oil shock that boosts Canada’s energy sector can, via inflation and interest rates, slow other parts of the economy.

A weaker currency cushion

Perhaps the most consequential shift over the past decade is the changing relationship between oil prices and the Canadian dollar.

As noted by the Bank of Canada, for most of the 2000s and early 2010s, the Canadian dollar behaved like a petrocurrency. When oil prices rose, the loonie often strengthened as well.

A stronger currency made imported goods cheaper and helped offset some of the inflationary pressure from higher gasoline and energy prices. The exchange rate acted as a natural shock absorber.

That cushion has weakened substantially. Research by Alberta Central, CIBC Capital Markets and several economists all point out that the relationship between oil prices and the Canadian dollar weakened in the mid-2010s and continues to remain weak.

A line graph illustrating how the cushion provided by the Canadian dollar has weakened over time
Rolling correlation between oil prices and the CAD-USD exchange rate from 2000 to 2025.
(Author provided), CC BY

One reason is that investment in Canada’s oil and gas extraction fell 55 per cent from 2014 to 2019, then dropped a further 36 per cent in 2020. This decline reduced the foreign investment flows that once pushed the Canadian dollar higher when oil prices rose.

Second, energy companies are now more likely to return profits to shareholders through dividends and buybacks than to launch new projects. However, many of those shareholders are foreign investors, and even domestic holders, such as pension funds, distribute returns across global portfolios.

As such, the reinvestment of oil windfalls back into the Canadian economy has declined significantly compared to the investment-led boom years of the 2000s. Other factors, like the rise of U.S. shale, have also weakened the oil-currency link.

The practical consequence is that when oil spikes today, Canadians absorb more of the inflationary impact and receive less of the offsetting currency benefit they did a decade ago. For Canada, war-driven oil price spikes are therefore less a national windfall than a redistribution across sectors, provinces and from consumers to energy producers.

With the Canadian dollar no longer rising alongside oil as it once did, price spikes now translate more directly into higher living costs for Canadians.

The author would like to thank Vinh Nguyen, a research assistant and undergraduate student at MacEwan University’s School of Business, for her contribution to this article.

The Conversation

Subhadip Ghosh does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Middle East conflict is pushing oil prices higher — and most Canadians will feel the costs – https://theconversation.com/middle-east-conflict-is-pushing-oil-prices-higher-and-most-canadians-will-feel-the-costs-277811