Cuando el sistema inmune ataca por error al cerebro y siembra el caos en la mente

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sonia Villapol, Associate professor, Houston Methodist Research Institute

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En el libro Brain on Fire (que tiene adaptación cinematográfica), la joven periodista neoyorquina Susannah Cahalan contaba su odisea en busca de diagnóstico para sus aterradores y cada vez más intensos síntomas, como cambios de conducta, confusión, alteraciones del pensamiento y alucinaciones. Finalmente, Susannah supo que sufría encefalitis autoinmune –un grupo de patologías que cursan con inflamación del cerebro– y empezó el camino de recuperación.

Durante años se separó el ámbito psiquiátrico del inmunológico, pero la práctica clínica y las investigaciones hoy cuestionan esa división: en ciertos pacientes, los síntomas propios de un cuadro psicótico no nacen de un trastorno primario como esquizofrenia o trastorno bipolar, sino que surgen por un ataque del sistema inmune al sistema nervioso. Es el caso de la encefalitis autoinmune.

Receptor clave para la comunicación entre neuronas

Susannah sufría específicamente encefalitis por anticuerpos contra el receptor NMDA, una de las formas más frecuentes de la enfermedad. Dicho receptor ayuda a coordinar la señal entre neuronas, y cuando no funciona con normalidad, las redes neuronales pierden sincronía (dejan de coordinarse) y plasticidad en sus conexiones sinápticas.

En concreto, el ataque del sistema inmune daña una subunidad del receptor llamada NR1 presente en las neuronas. Al reducirse el número de receptores activos, disminuye la señal del glutamato, el principal neurotransmisor excitador del cerebro, esencial para la comunicación entre neuronas, el aprendizaje y la memoria. Esta alteración se parece a la que se observa en la psicosis.

Esta rara enfermedad autoinmune fue descrita por primera vez en 2007 por el equipo del neurólogo catalán Josep Dalmau. En aquellos casos iniciales, los pacientes eran mujeres con teratomas de ovario que presentaban síntomas psiquiátricos y neurológicos combinados.

Hoy sabemos que hasta el 77 % de las personas con anticuerpos anti-NMDAR fueron evaluadas primero en unidades de psiquiatría, lo cual retrasa el diagnóstico en una enfermedad tratable. Aquí existe una causa biológica y reconocer pronto ese origen inmune es clave para obtener mejores resultados clínicos.

Una evolución por etapas que confunde

La encefalitis por anticuerpos contra el receptor NMDA afecta normalmente a personas menores de 45 años y con mayor frecuencia a mujeres que hombres (4:1). Muchos casos siguen un patrón reconocible. Al inicio aparece un cuadro parecido a una infección común, con fiebre, dolor de cabeza y malestar general, aunque a veces también se suman síntomas respiratorios o digestivos. Esa primera fase rara vez dispara la alerta, porque todo parece transitorio y banal. Después llega la parte más desconcertante.

Como indican los análisis de “señales de alarma”, la conducta cambia bruscamente, a veces en horas. Pueden aparecer delirios, alucinaciones, agitación, paranoia, irritabilidad extrema, desorganización o un deterioro rápido del lenguaje y la memoria.

Días después se presentan señales más neurológicas: convulsiones, somnolencia profunda o catatonia; en los casos graves, el cuerpo pierde su regulación automática. También destacan movimientos involuntarios en la cara y la boca. Estos signos sugieren inflamación del cerebro y encajan mejor con una encefalitis que con un trastorno psiquiátrico primario. Puede haber sudoración intensa y problemas respiratorios y algunas personas necesitan cuidados intensivos.

El paciente puede entrar en el circuito de salud mental y ser etiquetado erróneamente como “psiquiátrico”, quedando la causa real oculta. Por eso, conviene ampliar el estudio clínico para dilucidar qué proceso orgánico está detrás.

Diagnóstico más allá de la resonancia

No toda psicosis tiene origen autoinmune, y detectar cambios en el sistema inmune no significa automáticamente que ahí esté el origen del problema. Por eso conviene seleccionar bien a quién estudiar. Además, la resonancia magnética, que puede ayudar a detectar signos de inflamación o de afectación cerebral, a veces no muestra anomalías, sobre todo al inicio de la enfermedad, por lo que un resultado normal no debería descartar el diagnóstico.

Algunos pacientes reciben el diagnóstico de “primer episodio psicótico”. La duda surge cuando el cuadro cambia rápido, cuando aparecen convulsiones y episodios de rigidez intensa. Las personas afectadas también pueden experimentar movimientos involuntarios llamativos o alternancia entre confusión y ausencia de respuesta, un patrón que apunta más a inflamación cerebral.

Ante estos síntomas, la prueba más útil suele ser el análisis del líquido cefalorraquídeo mediante punción lumbar, porque permite detectar mejor los anticuerpos anti-NMDAR y los signos de inflamación del sistema nervioso central. En ese líquido puede observarse un aumento de células defensivas, alteraciones en las proteínas y, en algunos casos, bandas de anticuerpos. El diagnóstico se confirma al detectar inmunoglobulina G (IgG), un tipo de anticuerpo que se une a la subunidad GluN1 del receptor NMDA, considerada la diana específica de esta enfermedad.

Si solo se analiza sangre, hay riesgo de obtener resultados falsos, por exceso o por defecto. Por eso se recomienda incluir el líquido cuando hay sospecha clara.

Reconocer las señales de alarma

La pregunta es sencilla y urgente: ¿cuántas personas con diagnóstico psiquiátrico tienen una causa inmune tratable? Esa cifra puede no ser grande, pero sí importante. A escala mundial, se estima que la esquizofrenia afecta a unos 23 millones de personas (1 de cada 345 personas) y el trastorno bipolar a unos 37 millones (1 de cada 200 personas). Aunque la encefalitis anti-NMDA sea poco frecuente, incluso un porcentaje pequeño dentro de grupos tan numerosos representa un número clínicamente relevante: puede significar muchas vidas con un diagnóstico distinto, un tratamiento que llega a tiempo y un desenlace mejor.

La encefalitis por anticuerpos contra el receptor NMDA deja un mensaje claro. Si una psicosis aparece de forma brusca, conviene valorar una inflamación del cerebro, sobre todo si hay convulsiones, fiebre, cambios de conciencia, movimientos anormales o catatonia. También importa si el pulso o la tensión se alteran sin causa clara.

No se trata de medicalizar cualquier crisis emocional, sino de reconocer señales de alarma en una enfermedad tratable.

The Conversation

Sonia Villapol no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Cuando el sistema inmune ataca por error al cerebro y siembra el caos en la mente – https://theconversation.com/cuando-el-sistema-inmune-ataca-por-error-al-cerebro-y-siembra-el-caos-en-la-mente-274262

El agua y la ilusión de la igualdad de oportunidades

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Gonzalo Delacámara, Director académico y profesor especializado en gestión económica de los recursos naturales, IE University

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Durante mucho tiempo, en las economías avanzadas, el agua ha sido víctima de un éxito social: la universalidad de los servicios de agua. Se da, de hecho, una disonancia cognitiva: advertimos de su escasez, al tiempo que garantizamos un suministro estable.

Se abre el grifo y se instala la ilusión de que el problema ha quedado resuelto y, con ella, la sospecha de que hablar de agua e igualdad de oportunidades pertenece a un repertorio retórico importado. Como si la cuestión hídrica fuera, en el mejor de los casos, parte de la agenda humanitaria y, en el peor, una sofisticación conceptual sin arraigo material.

Esa tranquilidad es engañosa. El agua no ha dejado de ser una condición necesaria para la igualdad. Simplemente, en algunos lugares, se ha invisibilizado.

2 100 millones de personas sin acceso a agua potable segura

Este año, el Informe Mundial de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos de la UNESCO, presentado por el Día Mundial del Agua, lleva un título revelador: “Agua para todas las personas: igualdad de derechos y oportunidades”. No es una elección estética. Se subraya que el acceso al agua limpia, segura y asequible, junto con la participación equitativa y significativa de las mujeres en la gestión del agua, es esencial para reducir la pobreza y construir sociedades más sanas y justas.

Los datos más recientes del programa conjunto Organización Mundial de la Salud/UNICEF son difíciles de relativizar: en 2024, 2 100 millones de personas seguían sin acceso a servicios de agua potable gestionados de forma segura; 3 400 millones carecían de saneamiento gestionado de forma segura y 1 700 millones no disponían siquiera de servicios básicos de higiene en el hogar.

Entre 2015 y 2024 ha habido avances inequívocos, pero Naciones Unidas advierte que el ritmo actual debería multiplicarse por ocho para alcanzar el acceso universal al agua potable segura en 2030.

Y el sesgo de género es nítido: globalmente, el 26 % de las mujeres y niñas (1 100 millones) carece de acceso a agua potable gestionada de forma segura. En 53 países con datos disponibles, las mujeres y niñas dedican 250 millones de horas al día a recoger agua, más de tres veces el tiempo que dedican los hombres y los niños.

Mapa que muestra por colores el porcentaje de población de los países con acceso a agua potable
Porcentaje de la población con acceso a servicios de agua potable.
OMS, CC BY

Un recurso que determina oportunidades

En una coyuntura marcada por la fractura del orden mundial, el encarecimiento de las infraestructuras críticas, la presión sobre las finanzas públicas y la creciente competencia por recursos estratégicos, el agua ya no distribuye sólo bienestar: distribuye riesgo, tiempo, productividad y horizonte vital.

El agua desborda los márgenes sectoriales y emerge en el centro de las discusiones sobre seguridad alimentaria, resiliencia climática, competitividad industrial y cohesión social. Lo que está en juego no es únicamente la disponibilidad física del recurso, sino su traducción en oportunidades reales.

Y sin embargo, incluso ahora deberíamos formular mejor la pregunta. No se trata sólo de cuánta agua hay, ni siquiera de quién accede a ella. La pregunta políticamente relevante es otra: cómo distribuye el agua las oportunidades en una sociedad. A quién libera tiempo, impone cargas, protege, expone; a quién permite estudiar, trabajar, descansar, cuidar o emprender.

En ese punto, conviene desconfiar de una expresión demasiado celebrada: la igualdad de oportunidades. El sociólogo César Rendueles ha explicado que, formulada de cierto modo, puede convertirse en una coartada elegante para aceptar desigualdades de partida cada vez más profundas.

El profesor de Derecho y filósofo político Michael Sandel, desde otra tradición, ha mostrado cómo la meritocracia, cuando se convierte en un axioma, termina por legitimar el éxito como si fuera una obra puramente individual, olvidando hasta qué punto depende de ventajas heredadas, bienes públicos, contextos institucionales y trabajos invisibles. Dicho de otro modo: una sociedad puede dar el pistoletazo de salida y seguir siendo profundamente injusta si algunos parten descansados y otros exhaustos.

El agua obliga a aterrizar esa crítica. No es posible la meritocracia cuando las condiciones materiales de partida son tan desiguales. No la hay cuando millones de niñas y mujeres siguen perdiendo horas de educación, de empleo o de descanso en la recogida de agua. Tampoco cuando la ausencia de saneamiento compromete la salud, la seguridad, la privacidad y la continuidad escolar. No la hay cuando la infraestructura doméstica del bienestar (beber, limpiar, cocinar, cuidar) descansa desproporcionadamente sobre quienes ya parten con menos tiempo, renta o reconocimiento. Los datos no invitan a la metáfora: invitan a revisar la gramática moral del mérito.




Leer más:
Un nuevo informe de Naciones Unidas alerta de que hemos entrado en “bancarrota hídrica”


Desigualdad hídrica en países ricos y en desarrollo

Aquí es donde las investigaciones de los economistas Esther Duflo, Abhijit Banerjee y Michael Kremer, ganadores del Premio Nobel de Economía en 2019, resultan especialmente valiosas. La desigualdad no se expresa sólo en grandes agregados macroeconómicos, sino también en pequeñas fricciones acumulativas, en costes aparentemente menores que acaban deformando trayectorias vitales. El agua está en el centro de este desafío. No como un detalle sectorial, sino como un factor esencial para que la educación, la salud o el trabajo dejen de ser promesas abstractas.

Quienes viven en países con prestación universal de los servicios de agua, podrían objetar que ese vínculo entre agua y género sólo tiene sentido en países de renta baja. Pero eso sería confundir la desaparición del problema con su transformación.

En las economías avanzadas, la desigualdad hídrica ya no siempre adopta la forma extrema de caminar para acarrear agua. Se presenta, más bien, como desigualdad en la capacidad de pago, en la resiliencia frente a sequías e inundaciones, en la exposición a viviendas precarias, en la capacidad de absorber interrupciones del servicio, en la carga cotidiana de los cuidados y también en la representación ante los órganos de decisión.

En los países de renta media y baja, en cambio, esa realidad sólida sigue siendo abrumadora. Allí, el agua no solo condiciona el bienestar, sino también el itinerario vital. Cuando el suministro no está en la vivienda, son sobre todo mujeres y niñas quienes asumen la recogida en siete de cada diez hogares. Cuando no hay saneamiento digno, aumentan los riesgos para la salud, la seguridad y la continuidad educativa.

El agua, en esos contextos, no es un servicio más. Es el lugar donde convergen la desigualdad social, la fragilidad institucional y la división sexual del trabajo.

El agua no resuelve por sí sola la desigualdad, pero sí funciona como una prueba moral y política de primer orden. Una sociedad puede repetir hasta el cansancio la letanía del mérito; pero no puede llamarse justa mientras siga distribuyendo de manera tan desigual lo indispensable.

Y ésa es, en el fondo, la lección más incómoda del informe de la UNESCO. El agua no es sólo una cuestión de infraestructura crítica, tarifas o tecnología. Es una pregunta sobre el tipo de sociedad que deseamos. Sobre si la igualdad será una ficción ilusoria o una realidad material capaz de liberar, de manera general, tiempo, salud, seguridad y dignidad. En un mundo atravesado por la incertidumbre geoeconómica y por una creciente competencia por recursos esenciales, la respuesta ya no puede ser retórica. El agua, como casi todo lo importante, desenmascara.

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Gonzalo Delacámara no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El agua y la ilusión de la igualdad de oportunidades – https://theconversation.com/el-agua-y-la-ilusion-de-la-igualdad-de-oportunidades-278825

Un índice científico para medir su felicidad social y calidad de vida

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Víctor Raúl López Ruiz, Catedrático de Universidad en Economía Aplicada (Econometría), Universidad de Castilla-La Mancha

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¿Alguna vez se ha preguntado por qué dos personas que viven en la misma ciudad, trabajan en el mismo sector y tienen ingresos similares sienten niveles de bienestar tan distintos? ¿Y si pudiera medir su felicidad social, del 1 al 10, con un índice diseñado con método científico?

El progreso de las sociedades se ha medido usualmente a través de indicadores económicos. Sin embargo, un país puede crecer económicamente y, al mismo tiempo, experimentar problemas de desigualdad, polarización, precariedad laboral o deterioro ambiental.

Por este motivo, las investigaciones en ciencias sociales intentan responder a una pregunta aparentemente sencilla pero metodológicamente compleja: ¿cómo medir realmente la calidad de vida?

A qué llamamos calidad de vida

El primer reto aparece al intentar definirla. Algunos piensan en los servicios sociales como salud o educación, otros en la economía familiar, otros en el trabajo y otros en el barrio donde fijan su residencia. Todos tienen razón, pero solo en parte.

Durante años hemos usado distintos indicadores con este fin. Uno de los más influyentes es el Better Life Index desarrollado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), que propone medir el bienestar a partir de once dimensiones, entre ellas empleo, educación, medioambiente, seguridad y satisfacción con la vida.

A partir de este enfoque multidimensional han surgido propuestas científicas que usan ponderaciones similares –en España, por ejemplo, el Indicador Multidimensional de Calidad de Vida del INE– o métodos que integran dimensiones con distintas técnicas. Todos ellos permiten medir la calidad de vida de los habitantes de un país o región.

En esta línea, y tras una revisión de los índices existentes y un proceso de reflexión y aprendizaje colectivo de Big Data, los expertos que formamos parte del Observatorio de Intangibles y Calidad de Vida (OICV) del Grupo de Investigación en Capital Intelectual (ICRG) hemos diseñado el Multidimensional Index of Social Quality of Life (MISQL).

Comience a medir su felicidad

La nueva herramienta se centra en la calidad de vida social. Es decir, en aquello que depende del entorno y de las relaciones: familia, empleo y clima laboral, confianza comunitaria, seguridad, ocio y cultura, movilidad, medio ambiente urbano, capacidades digitales, etc.

El índice MISQL invita a detenernos unos minutos para reflexionar sobre el día a día, identificar los factores que generan equilibrio personal y comprender cómo influyen las relaciones y el contexto en el bienestar cotidiano.

Para desarrollar este método comenzamos preguntándonos qué factores sociales influyen realmente en cómo una persona evalúa su propia vida. Para responder, analizamos miles de respuestas proporcionadas anualmente por ciudadanos españoles desde 2020.

Esperábamos que la economía personal ocupase el primer lugar, pero no ha sido así: la familia y la satisfacción laboral son dimensiones más influyentes que el dinero. También destaca la confianza en el vecindario y la integración social, o sea, esa clara sensación de que podemos caminar tranquilos en nuestro entorno o de que nuestros vecinos estarán ahí si los necesitamos.

El índice toma forma cuando aplicamos coeficientes estandarizados desde un modelo socioeconométrico, permitiendo obtener ponderaciones objetivas (pesos derivados de los propios datos, no de nuestras preferencias como investigadores). Ese paso ha sido crucial, dejando que hablasen las respuestas reales de la gente.

El peso de la ciudad, el barrio y el territorio

Al aplicar el modelo sobre más de 4 100 respuestas en España para 2025, la dimensión social explica el 64 % de la variación del bienestar percibido. El resto corresponde, en buena medida, a la esfera personal (salud física y psicológica, desarrollo personal, espiritualidad, estilo de vida) y a los límites propios de cualquier medición basada en encuestas.

Esas proporciones muestran el enorme peso que tienen nuestras ciudades, barrios y entornos en cómo nos sentimos.

En cuanto a las diferencias territoriales, el índice encuentra patrones que invitan a pensar. No se trata de comunidades ganadoras y perdedoras, sino de distintas formas de vivir y sentir el entorno. Comunidades autónomas como La Rioja, Navarra, Aragón o Castilla-La Mancha muestran un equilibrio interesante entre satisfacción residencial, felicidad declarada y calidad de vida social percibida. Estas regiones destacan no tanto por cuestiones de renta personal, sino por su cohesión y la satisfacción de sus habitantes con su entorno.

Además, la dimensión de la población está asociada al mercado de la vivienda. Así, aquellas poblaciones con servicios de calidad, fácil accesibilidad y baja densidad sacan una clara ventaja en la puntuaciones del índice.

Esta nueva herramienta no es un mero ejercicio académico o individual, sino una brújula para que los responsables públicos identifiquen prioridades reales agregadas. En un mundo complejo, necesitamos indicadores que no solo midan lo que producimos, sino cómo vivimos y lo qué realmente importa.

Cómo nos sentimos en comunidad

Una cuestión que muchas personas se plantean es qué hace que nuestra vida sea, en esencia, “buena”. Y eso es lo que permite resolver el índice MISQL.

No se trata solo de obtener una puntuación, sino de favorecer una mirada más consciente sobre cómo vivimos con otros, cómo nos sentimos en nuestra comunidad y qué elementos fortalecen –o debilitan– esa armonía.

Cualquier persona puede entender mejor por qué se siente como se siente, reconociendo qué aspectos clave de su entorno social pesan más en su calidad de vida. Ahora es posible evaluar y comparar nuestra felicidad con la de la población en general, lo que permite descubrir cuáles son los condicionantes que predominan para la mayoría y qué áreas personales debemos potenciar.

Por último, cuidado con la paradoja de la felicidad: preguntarse constantemente si uno es feliz puede llevar a dejar de serlo. A menudo se experimenta mejor cuando no se busca obsesivamente, sino cuando se vive el presente con un objetivo claro. Ahora podemos observar las tendencias de nuestras sociedades desde cada individuo, permitiendo definir mejor el propósito en nuestro presente.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Un índice científico para medir su felicidad social y calidad de vida – https://theconversation.com/un-indice-cientifico-para-medir-su-felicidad-social-y-calidad-de-vida-278270

‘Menowashing’: cuando la menopausia se convierte en un nicho de mercado

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Clara Selva Olid, Profesora Agregada en los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC – Universitat Oberta de Catalunya, UOC – Universitat Oberta de Catalunya

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En pocos años, la menopausia ha pasado de ser un tema apenas susurrado a ocupar un lugar visible en la conversación pública. Creadoras de contenido, memes y marcas de bienestar proliferan en redes sociales, rompiendo décadas de silencio, vergüenza y desinformación.

Este giro es, sin duda, un avance necesario. Sin embargo, hablar más no significa hablar mejor ni hacerlo desde marcos neutrales. La cuestión de fondo es otra: ¿qué ocurre cuando la visibilidad de la menopausia se convierte en un mercado? Pues que un problema colectivo empieza a abordarse como una elección individual.

En ese desplazamiento, surge el menowashing, es decir, el uso comercial del lenguaje del cuidado y el empoderamiento para vender productos no siempre respaldados por evidencia científica sólida.

Del bienestar al negocio

El desplazamiento del cuidado hacia el mercado no es casual. En los últimos años, el interés social por la menopausia ha impulsado lo que ya se denomina “menoeconomía”. Se trata de un ecosistema de productos, servicios y contenidos dirigidos, sobre todo, a mujeres a partir de los 45 años. Suplementos, cosmética específica, aplicaciones hormonales o programas de bienestar forman parte de una oferta diversificada que convierte esta etapa en un nicho de mercado.

Pero este fenómeno no es exclusivo de la menopausia. De hecho, la literatura científica sobre salud lleva décadas analizando la medicalización de procesos vitales, como la menstruación, el embarazo, el parto o la menopausia, y su conversión en oportunidades de negocio.

De este modo, las transiciones naturales pasan a presentarse como problemas a corregir o disfunciones a gestionar. Y, como resultado, se promueven productos, tecnologías o tratamientos que no siempre responden a una necesidad clínica real.

En el caso de la menopausia, la novedad no es el mercado, sino la rapidez de su crecimiento. La apertura de la conversación pública ha dado paso a una oferta creciente de soluciones comerciales para “transitar mejor” esta etapa.

En este contexto, el lenguaje del autocuidado y del empoderamiento cumple un papel clave. No solo acompaña la oferta comercial: también moldea la idea de lo que significa “estar bien” durante la menopausia.

De este modo, la responsabilidad del bienestar se desplaza hacia la esfera privada. Así, la conversación deja de centrarse en los apoyos sociales o sanitarios y pone el foco en soluciones individuales. Inevitablemente, el mensaje implícito es claro: estar mejor pasa por elegir correctamente. Y cuando el empoderamiento se desvincula de derechos e información rigurosa y se reduce al consumo, aparece el menowashing.

¿Cómo funciona?

El menowashing no se reconoce por un producto concreto, sino por la forma en que se presenta. Suele apoyarse en un lenguaje cercano, emocional y aparentemente liberador. Se habla de “volver a ser tú” o de “equilibrar tus hormonas”, a menudo sin aclarar qué evidencias respaldan esas promesas.

Esta estrategia resulta eficaz porque conecta con experiencias reales de malestar. Dificultades para dormir, concentrarse o regular las emociones forman parte de esta etapa. De hecho, la evidencia muestra que los síntomas del climaterio afectan tanto al trabajo como a la vida cotidiana.

En ese contexto, las soluciones rápidas y personalizadas se presentan como respuestas accesibles y atractivas, especialmente cuando otras vías de apoyo son poco visibles.

Sin embargo, no siempre existe un respaldo científico sólido detrás de estas ofertas. En ocasiones, los productos no difieren de otros genéricos. Simplemente se reempaquetan y se venden a un precio más elevado. Otras veces, se apoyan en estudios preliminares o en testimonios individuales presentados como prueba suficiente de eficacia.

Reenfocar la conversación

Cuestionar el menowashing no implica rechazar la visibilidad de la menopausia ni negar que algunos productos puedan ser útiles. Implica preguntarse quién define hoy los problemas y las soluciones en torno a esta etapa vital.

Cuando el bienestar se plantea casi solo como una elección individual, se refuerza una mirada medicalizada de la menopausia. Y, así, una etapa natural vuelve a presentarse como un problema a corregir o “normalizar”. Sin descuidar el sobrecoste económico de muchas de estas soluciones, no siempre accesibles ni justificadas desde la evidencia.

Con todo, el verdadero empoderamiento no pasa por comprar más: pasa por garantizar información rigurosa, atención especializada y entornos que reconozcan la menopausia como una cuestión de salud pública. El reto ya no es hablar de menopausia, sino que hacerlo sirva para cuidar mejor y de forma colectiva.

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Clara Selva Olid no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ‘Menowashing’: cuando la menopausia se convierte en un nicho de mercado – https://theconversation.com/menowashing-cuando-la-menopausia-se-convierte-en-un-nicho-de-mercado-273150

Guerra en Irán y fútbol, ¿silenciará la diplomacia deportiva a las armas durante el Mundial 2026?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Fernando Cvitanic, Docente de Relaciones Internacionales, Universidad de La Sabana

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La última vez que Irán se enfrentó a Estados Unidos en una cancha fue en el estadio Gerland de Lyon en 1998. Aquel partido del Mundial de Francia supuso un hito. Desde la Revolución iraní de 1979, los países no habían tenido un cara a cara deportivo y cualquier tipo de relación había sido anulada.

Los jugadores persas llegaron a la grama con flores blancas, que repartieron a los compañeros de juego como símbolo de paz. Se tomaron una fotografía histórica con sus contrincantes y arrancaron el juego. El partido traía consigo un fuerte mensaje político: la reconciliación. Después llegaron los goles de Hamid Estili y Mehdi Mahdavikia.

Gracias a esos tantos, Irán logró ganar el juego con un marcador de dos por uno. El gol estadounidense fue anotado por Brian McBride. La victoria de los persas trajo celebraciones masivas en las calles. El partido, que ha pasado a la historia del balompié del país de Oriente Medio, se convirtió también en una puesta en escena que llevó la diplomacia deportiva a sus más altas cotas.

Hoy, las relaciones entre ambos países son de nuevo más que tensas. Los recientes bombardeos de Estados Unidos e Israel sobre Irán no solo han desencadenado la cólera iraní, sino que a la vez han puesto en duda la presencia de su selección nacional en el evento deportivo más importante del año: el Mundial de Fútbol 2026, que se celebrará en Estados Unidos, México y Canadá.

Recientemente, el ministro de deportes de Irán anunció que el combinado iraní no se presentará en las canchas. Sin embargo, la Confederación Asiática de Fútbol (AFC), declaró que no ha habido comunicación oficial que sugiera que Irán podría estar por fuera del evento deportivo.

Esto genera mucha incertidumbre. Aunque el mismo Donald Trump fue explícito con Gianni Infantino, presidente de la FIFA, al comentarle, hace unas semanas, que recibiría a la selección persa competir en el torneo, la invitación expresa no despierta ni un ápice de confianza entre el régimen iraní, que considera al gobierno estadounidense como su mayor enemigo.

Lo que la política puede hacerle al juego

El deporte, a lo largo de la historia, ha sido más que entretenimiento: también es una expresión política. Esta influye en el balompié por medio de rivalidades, propaganda, sanciones, diplomacia, protestas y decisiones organizativas.

El Mundial de 2026 tendrá como sedes principales México, Canadá y Estados Unidos (país en donde se disputarán la mayoría de partidos) y esto ya determina intereses económicos, diplomáticos y de imagen internacional.

No es menor que algunos funcionarios iraníes declaren públicamente que no hay garantía de seguridad para sus jugadores. Pero la situación tampoco es más segura para la contraparte: Irán ha demostrado en esta guerra que no se va a rendir y su poder tiene tentáculos. Los hutíes de Yemen, un movimiento chiita afín a Irán, no solo mantienen una relación estrecha y comparten sus intereses, sino que también reciben entrenamiento de Hezbolá, el grupo paramilitar guerrillero del Líbano.

Hamás tampoco se queda fuera de la ecuación, pues forma parte del Eje de la Resistencia. Al-Qaeda también puede unirse a la lista de enemigos de Estados Unidos, como ya lo ha hecho en el pasado.

A lo largo de la historia, Irán ha sido cercano a grupos terroristas que podrían atentar contra cualquier evento masivo. Se trata de enemigos no tan poderosos como un Estado, pero ejercen como actores peligrosos. Un hecho que Estados Unidos ya pondera, incluso más que México, que tampoco queda al margen de la violencia tras el asesinato de Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho.

Se trata entonces de un Mundial de Fútbol marcado por la situación geopolítica. Parecería que la guerra busca esconderse bajo la grama, usando el deporte como propaganda. Algo que ya sucedió en Argentina, con motivo del Mundial de 1978.

En ese entonces, Argentina estaba regida por la dictadura militar de Jorge Rafael Videla. El régimen argentino utilizó el torneo como una cortina de humo de cara a las violaciones a los derechos humanos que ocurrían a pocos metros del estadio.

En respuesta a los hechos, algunos deportistas protestaron. Johan Cruyff, jugador holandés, se negó inicialmente a participar en el evento, aunque posteriormente matizó sus razones.

El anfitrión busca maquillar su reputación

A menos de cien días de que ruede el balón, el Mundial 2026 deja traslucir un mensaje político. Parece muy posible que Estados Unidos pueda recurrir a la estrategia de “anfitrionar” para mejorar su reputación ante el mundo. No en vano, ha estado involucrado en varias acciones militares en territorio foráneo, incluyendo la captura de Nicolás Maduro, el asesinato del ayatolá de Irán y de “El Mencho” en México. Un intervencionismo que por momentos colisiona con la soberanía y el derecho internacional.

A su vez, las decisiones organizativas y las sanciones que tendría que asumir la selección iraní en caso de no asistir también ejercen presión. Por todo ello, no cabe descartar que se repita un escenario conciliador, como el que vivieron la selección de Irán y Estados Unidos en 1998.

Un duelo de Estados Unidos contra Irán es posible

Si la selección iraní asistiera, podría tener oportunidad de verse sobre la grama con su rival. Irán fue uno de los primeros equipos en asegurar su clasificación en el Grupo G, junto a Bélgica, Egipto y Nueva Zelanda. Estados Unidos, en el Grupo D, jugará con Paraguay, Australia y un equipo que calificará desde el repechaje.

Existe la posibilidad de que ambos conjuntos se enfrenten en dieciseisavos de final, ya que el cuadro del torneo prevé un cruce entre el segundo del Grupo D con el segundo del Grupo G. Solo así seríamos testigos de una histórica repetición de aquel mítico partido de 1998.

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Fernando Cvitanic no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Guerra en Irán y fútbol, ¿silenciará la diplomacia deportiva a las armas durante el Mundial 2026? – https://theconversation.com/guerra-en-iran-y-futbol-silenciara-la-diplomacia-deportiva-a-las-armas-durante-el-mundial-2026-277539

You probably agree with the animals on which bird calls, frog noises and cricket chirps are most attractive – new research

Source: The Conversation – USA – By Logan S. James, Research Associate in Animal Behavior, The University of Texas at Austin; McGill University

Male zebra finch calls attract mates – and maybe, coincidentally, you? Raina Fan

Animals do all sorts of things to attract each other as potential mates. Many birds, for example, produce feathers with elaborate color patterns – from the iridescent plumage of many hummingbirds to the famously brilliant tail of a peacock. Charles Darwin, an early pioneer in the theory of evolution, saw these colors and concluded that they exist because other birds find them attractive.

But this raised a peculiar question: Why did Darwin himself find these colors beautiful too?

Indeed, he noted that some animals have “nearly the same taste for the beautiful as we have,” a simple observation with radical implications. Our sense of beauty might be something we humans share with other animals, rooted in biology.

Over a century after Darwin made his observations, my colleagues and I decided to actually test this idea.

I am an expert in animal communication, with a focus on sound production and perception. I have worked with species such as zebra finches, fringe-lipped bats and túngara frogs. For example, late at night in Panama, I have watched remote video feeds of female túngara frogs as they listened to calls that I played from different speakers. Eventually a female will hop toward one speaker, revealing which of the calls she preferred.

frog with its vocal sac inflated like a balloon
Túngara frog calls are a distinct part of the nocturnal jungle soundscape in Panama.
Kim Hunter

Could it really be possible that this tiny frog and I are attracted to some of the same sounds? What might shared preferences say about what animals and people have in common? We needed data to find out.

A global experiment

To test Darwin’s idea properly, we needed two things: a large collection of animal sounds that had already been tested on animals, and a large number of human listeners willing to give their opinions.

For the sounds, we drew on decades of published research, including some of our own as well as studies from generous colleagues who let us use their recordings. We ended up with 110 pairs of sounds from 16 different species, including frogs, insects, birds and mammals. In each pair, the sounds are used to attract potential mates; scientists had already found which of the two versions that animals tended to prefer.

screenshot of a mobile phone with text 'which call do you like more?' and a 'left' and 'right' button to click
Human volunteers played a game that asked them which animal sound they preferred.
Logan S. James

For the human listeners, we built a gamified online experiment played by over 4,000 participants from around the world. The task was quite simple: We played each pair of sounds in random order, and then asked which one the human participant liked more.

What we found

The results were striking. Across our dataset, including animals separated from human beings by hundreds of millions of years of evolution, people tended to agree with the animals about which sound was more pleasant.

Amazingly, the stronger the animal’s preference, the more likely humans were to agree. We also found that people were measurably faster to click or tap on the sound that animals found more attractive, suggesting a subconscious aspect of these preferences.

Song sparrows and humans tend to prefer this song.
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Song sparrows and humans tend not to prefer this song.
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People particularly agreed with animals when it came to what researchers call “adornments”: the extra trills, chucks, clicks and flourishes that animals can add to their calls. These sounds were more appealing to both animal and human listeners alike.

Why do we share these preferences?

This is a key question, and it will take many more studies to piece together. Our current work suggests that the architecture of the nervous system may help drive shared preferences. Despite the enormous diversity of life on Earth, many basic structures of sensory systems are similar across species. Shared mechanisms of sound perception may lead to shared biases in sound preference.

We also found a lot of factors that didn’t predict agreement. Participants with expertise in animal sounds or highly trained musicians were no different than other human judges. Intriguingly, those who reported spending more time listening to music on a daily basis agreed with animals more, a surprising finding worth investigating.

Hourglass treefrogs and humans tend to prefer this call.
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Hourglass treefrogs and humans tend not to prefer this call.
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More to investigate

We focused on sound, while Darwin’s original observation was about color and visual beauty. Do humans share visual preferences with animals too? What about smell? And what’s happening in our brains when we make these snap aesthetic judgments? Are the same neural circuits at work when a human and a frog both choose the same call?

Preferences in animals are often subtle and variable across individuals and populations. I would love to ask birds what they think of different frog calls and vice versa, but it’s only humans that we can directly ask such questions.

We also found cases where humans disagreed with animals. Our results show a tendency, not a rule, and understanding where this variation comes from will be fascinating to discover.

blue, black and white butterfly alights on pink and yellow flower
What you may find beautiful about a butterfly or flower evolved to attract a nonhuman species.
Through the beauty of Kerala/Moment via Getty Images

My favorite takeaway from this research is a simple reminder.

People find so much beauty in nature, from the dazzling colors of butterflies to the melodious songs of birds and the aromas of flowers. Yet all of these evolved to attract other species, not us. Perhaps it’s because we humans share something fundamental with other animals that we too find these to be beautiful.

The Conversation

Logan S. James is affiliated with Earth Species Project.

ref. You probably agree with the animals on which bird calls, frog noises and cricket chirps are most attractive – new research – https://theconversation.com/you-probably-agree-with-the-animals-on-which-bird-calls-frog-noises-and-cricket-chirps-are-most-attractive-new-research-276958

Why endometriosis should be classified as a whole-body inflammatory disorder

Source: The Conversation – UK – By April Rees, Lecturer, Biochemistry & Immunology, Swansea University

Endometriosis can be extremely painful. Wasana Kunpol/ Shutterstock

Endometriosis is a painful, debilitating condition affecting 10% of women worldwide. It occurs when tissue similar to the lining of the uterus (known as lesions) grows elsewhere in the body – usually within the pelvis.

Treating endometriosis can be difficult. Usually, treatment involves either preventing the growth of these lesions in the first place or removing lesions surgically. But even when lesions have been surgically removed, symptoms often don’t go away.

Traditionally, endometriosis has been thought of as a gynaecological condition. But mounting evidence suggests this characterisation downplays the disease’s complexity. Endometriosis appears to affect far more than just the reproductive system. According to a growing body of research, it influences immune function throughout the whole body.

Recognising it as a whole-body, immune-driven disease could help explain why symptoms range far beyond pelvic pain. It would also explain why treatment is so challenging and often does little to reduce symptoms.

A disease of the whole immune system

Inflammation – the body’s natural response to injury or illness – is a normal part of immune response. It also plays a key role in the menstrual cycle.

But if inflammation becomes chronic or uncontrolled, it can cause problems. This is seen in autoimmune conditions such as rheumatoid arthritis, where the immune system overreacts even when there is no threat.

Chronic inflammation is also known to play a central role in endometriosis. But the effects of this uncontrolled immune response may be far more widespread than previously thought. According to recent research, the immune response appears to extend into the bloodstream and other body systems. This may explain why endometriosis causes such far-reaching, whole-body symptoms.




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Endometriosis: how the condition may be linked to the immune system


In people with endometriosis, immune cells appear to be less able to clear lesions. Yet, at the same time, people with endometriosis have higher levels of immune proteins such as IL-6 and IL-1β in their blood. These immune proteins, known as cytokines, are a type of messenger released by cells to promote inflammation.

Together, these dysfunctional cells make it possible for lesions to grow and persist. This immune dysregulation also has ripple effects across the body, contributing to the wide range of symptoms sufferers experience.

For instance, many people with endometriosis experience debilitating fatigue, cognitive difficulties (such as “brain fog”) and widespread pain. These symptoms are rarely emphasised in clinical guidelines, yet they’re often as disruptive as pelvic pain itself.

A woman sitting using her laptop holds her head in pain or confusion.
Brain fog can be a common but under-recognised symptom of endometriosis.
Smutgirl/ Shutterstock

Systemic inflammation offers a compelling explanation for these symptoms. Circulating cytokines, such as those mentioned earlier, are known to influence brain function and energy regulation. Higher levels of cytokines (including IL-6) have also been linked to poorer concentration, disrupted sleep and fatigue in some autoimmune and chronic pain disorders.

These same processes may be occurring in endometriosis. This suggests that invisible symptoms could be biological consequences of ongoing inflammation – not secondary effects of pain.

A dysfunctional immune system may also help to explain why emerging research hints at an overlap between endometriosis and autoimmune diseases.

In 2025, a large scale study looked at 330,000 patients with endometriosis and 1.2 million controls (people who didn’t have the condition). The study found that compared to the controls, people with endometriosis had roughly twice the odds of being diagnosed with an autoimmune condition – such as rheumatoid arthritis, lupus, multiple sclerosis or Hashimoto’s disease – within two years of their endometriosis diagnosis.

This doesn’t mean endometriosis is itself an autoimmune disease. But it does suggest shared mechanisms – including chronic inflammation, dysregulated immune cell activity, and problems with the immune system recognising the body’s own tissue properly.

These overlapping features strengthen the case for understanding endometriosis as a systemic immune disorder.

Reframing endometriosis

Viewing endometriosis in this way could transform how it’s diagnosed, treated and understood. It could also help us get closer to finding a solution for the condition.




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Endometriosis takes almost a decade to be diagnosed in the UK — our research has revealed some of the reasons why


Current treatments primarily target the reproductive system. But if endometriosis involves widespread immune dysfunction, then therapies that modulate immune pathways may offer more effective long-term relief.

Seeing endometriosis as a systemic condition can empower patients, as well. This reframing may help them understand that symptoms such as fatigue, joint pain, cognitive difficulties and immune sensitivity are not imagined or unrelated. Rather, they’re part of the condition’s broader biology.

Seeing it this way may support patients in advocating for themselves in healthcare settings, where systemic symptoms are often dismissed or deprioritised.

A systemic framing also opens space for patients to explore complementary management strategies aimed at reducing inflammation or improving overall wellbeing. While not curative, some people find gentle movement, stress regulation techniques and heat–cold contrast therapy helpful for managing pain or inflammatory flares.

A growing body of research shows that endometriosis is not solely a reproductive condition or a “bad period”. It’s a multi-system, inflammatory disorder with far-reaching health effects throughout the body.

Understanding endometriosis as a systemic immune disease is a crucial step toward better treatments, better support and, ultimately, better health outcomes.

The Conversation

April Rees receives funding from The Royal Society, Saint David’s Medical Foundation, and the Iraqi Government.

Laura Cowley receives funding from Health and Care Research Wales, Welsh Crucible, and the Learned Society of Wales.

ref. Why endometriosis should be classified as a whole-body inflammatory disorder – https://theconversation.com/why-endometriosis-should-be-classified-as-a-whole-body-inflammatory-disorder-277994

Could a gut microbe influence muscle strength?

Source: The Conversation – UK – By Rachel Woods, Associate Professor, University of Nottingham; University of Lincoln

The millions of microbes living in your gut have far-reaching effects on health. New Africa/ Shutterstock

The trillions of microbes living in the human gut are increasingly recognised as important partners in human health. Scientists have linked the gut microbiome to several aspects of health, from metabolism and immunity to mental health.

A recent study suggests that these microbes may also influence an important aspect of fitness – muscle strength.

Muscle strength is a crucial feature of health for many reasons. It supports our joints and keeps our bones healthy, boosts athletic performance and even plays a role in metabolic health.

Muscle strength also helps us maintain independence later in life. As muscles gradually weaken as we get older, everyday tasks become harder and the risk of falls increases. Understanding what influences muscle strength is therefore an important part of healthy ageing research.




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A recent study explored whether specific gut bacteria might be linked to muscle strength. Researchers analysed the gut microbiomes of two groups of adults: 90 young adults aged 18 to 25 and 33 older adults aged 65 to 75.

Participants provided stool samples so researchers could identify the microbes living in their gut. The researchers used DNA sequencing to read genetic material from the microbes in each sample. By comparing these sequences with large reference databases, they could determine which bacterial species were present and how abundant they were.

Participants also completed several tests designed to measure muscle strength, including a handgrip test. This involves squeezing a handheld device as hard as possible. Grip strength is widely used in health research because it provides a snapshot of overall muscle strength. Lower grip strength has also been linked to a higher risk of premature death.

When the researchers compared participants’ muscle strength with the microbes in their gut, one species stood out. Higher levels of a bacterium called Roseburia inulinivorans were linked to stronger performance across muscle strength measures.

Finding a link like this is interesting, but it does not necessarily mean the microbe is responsible. Many things can be associated without one directly causing the other. Ice-cream sales and shark attacks both increase during summer, for example – but eating ice cream does not cause shark attacks.

So to investigate whether the bacterium might actually influence muscle strength, the researchers carried out additional experiments in mice. After reducing the animals’ existing gut microbes, they introduced Roseburia inulinivorans into the mice’s digestive systems.

Mice that received the bacterium developed noticeably stronger grip strength in their arms than those that did not. Their muscle fibres also became larger and shifted toward a type of fibre associated with more powerful movements (called type II muscle fibres).

Further analysis suggested Roseburia inulinivorans may influence how muscles use energy. In mice given R inulinivorans, several energy‑related pathways inside muscle cells became more active. At the same time, levels of certain amino acids (molecules used by all living things to make proteins) decreased in the gut and bloodstream.

An older many sitting on a couch flexes his biceps.
Older participants had lower levels of R inulinivorans.
Krakenimages.com/ Shutterstock

The human data revealed another interesting pattern. Older adults in the study tended to have lower levels of Roseburia inulinivorans in their gut microbiome than the younger participants. This fits with the broader pattern of declining muscle strength that commonly occurs with age.

In humans, it’s still unclear whether gut bacteria influence muscle strength or whether stronger, more active people simply have different microbes in their gut. But the mouse experiments hint that this microbe can directly enhance muscle strength, so larger human studies will be needed to work out the direction of the relationship.

Muscle microbes

One possibility raised by this research is the future use of probiotics. These products contain live microbes intended to benefit health. If further studies confirm that Roseburia inulinivorans supports muscle strength in humans, it could be developed into a probiotic designed to help maintain muscle function as people age.

However, supplements are not the only way to encourage beneficial microbes in the gut. Diet plays a major role in shaping the microbiome.

Prebiotic fibres, which serve as food for gut bacteria, can also support their growth. This is because feeding these microbes allows them to become more established and active in the gut.

The name inulinivorans provides a clue about this bacterium’s preferred food source. It refers to inulin, a type of dietary fibre found naturally in foods such as onions, garlic, leeks, asparagus and chicory root. These fibres are known to support the growth of other beneficial gut bacteria, including members of the Roseburia group.

High‑fibre diets have long been associated with a range of health benefits. A large amount of research has linked higher fibre intake with lower risks of heart disease, type 2 diabetes and some cancers. These effects are probably driven by the complex activity of many different microbes rather than a single species. So at the moment, supplementation of any one individual bacterium is not a replacement for a diet high in fibre.

The study does have some limitations to note, however. The human groups were relatively small, and the experiments demonstrating cause and effect were conducted in mice rather than people. The older adults included in the study were also all male. Even so, the findings add to growing evidence that the gut microbiome may influence far more aspects of health than previously thought.

For now, the advice for supporting both muscle strength and a healthy microbiome remains reassuringly familiar: regular strength‑building exercise and a diet rich in fibre.

The Conversation

Rachel Woods does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Could a gut microbe influence muscle strength? – https://theconversation.com/could-a-gut-microbe-influence-muscle-strength-278346

Winnie-the-Pooh at 100: this much-loved classic illustrates how books can boost our wellbeing

Source: The Conversation – UK – By Lucy Stone, Assistant Professor of Children’s Literature, Dublin City University

When Winnie-the-Pooh gets stuck in Rabbit’s doorway after eating too much for elevenses, he is anxious and gloomy at the thought of having to forgo food for a whole week to get out. He asks Christopher Robin to read him “a Sustaining Book, such as would help and comfort a Wedged Bear in Great Tightness”.

A.A. Milne’s first children’s novel, Winnie-the-Pooh, does not exactly explain what a “Sustaining Book” is. But E.H. Shepard’s illustration provides some clue. Christopher Robin is shown reading an alphabet book with the word JAM for J visible on the page.

Jam is not Pooh’s favourite food, of course, but the word is more than apt. Pooh is in a jam, but being read to sustains him in his difficult situation by bringing him comfort. The book acts as “an aid in the crisis”, as former teacher Ethel Newell noted in a study of bibliotherapy for children in 1957.

Dating back to the early 19th century, bibliotherapy is a therapeutic approach that fosters reading books and other forms of literature to support mental wellbeing and healing.

This year marks the centenary of the first Winnie-the-Pooh book. Milne based the timeless tales on the nursery toys and games of his son, Christopher Robin – the boy who lives in the fictional world of the Hundred Acre Wood. His adventures with his bear, Winnie-the-Pooh, and friends (Piglet, Eeyore, Kanga and Roo, Rabbit and Owl), are equally gentle, clever and funny – and above all, comforting.

The book was an overnight success when it was first published (as was its sequel, The House at Pooh Corner, in 1928), and continues to cheer readers world over.

Although a Pooh story first appeared in the London Evening News on Christmas Eve 1925, the first book of his adventures was published in 1926.

Literary caregiving

When Winnie-the-Pooh was published, books had been used in hospital libraries to alleviate the suffering of ill and wounded soldiers from the first world war. This idea of books as a source of comfort was not new, but there had been an increasing need in this period for what authors Sara Halsam and Edmund G.C. King term “literary caregiving”.

It was at this time that American journalist Samuel McChord Crothers coined the term bibliotherapy, and reading for wellbeing began to be recognised in the medical sphere.

Milne had himself fought in the war and experienced the suffering and trauma firsthand. Winnie-the-Pooh has long been considered a response to war, particularly in terms of the book’s nostalgia and depiction of psychological damage. But as an example of bibliotherapy – and how this too is tied to the war – Winnie-the-Pooh has received scant critical attention.

It is, of course, not just soldiers – nor bears in rabbit burrows – who need good books. Children stuck in hospital need them too. Undergoing medical treatment, especially for serious illness, can be one of the greatest challenges a child can face, as highlighted by the Read for Good initiative.

This hospital reading programme has run in 31 hospitals across the UK over the past 15 years, and has found that books and storytelling can “have a significant impact on children’s health, wellbeing and education” – at a time when children are facing illness or injury, missing out on schooling, and feeling isolated.

While Winnie-the-Pooh is not currently among the books in the Read for Good hospitals programme in the UK, the benefits of this children’s novel in hospitals have long been evident in initiatives in the US.

In 1999, the University of Florida launched a reading programme for the waiting room at the University’s Pediatric Continuity Care Clinic. One report describes a four-year-old girl who, nervously awaiting treatment, was calmed when Winnie-the-Pooh was read to her. And, just like Pooh being taught his ABCs, the child also learned new vocabulary from the story.

This programme is part of the Reach Out and Read campaign, endorsed by the American Academy of Pediatrics, which serves 4.8 million children across the US each year. Continued research efforts evaluate and maximise the impact of this initiative, and have found that there are positive results for children, families and clinicians.

More recently, in 2024 there was study of the parent-led Little Bookworms bedside reading programme in a neonatal intensive care unit (NICU) in Nashville.

Winnie-the-Pooh was selected as a book from childhood recommended by study participants to read with their infants, to “reduce anxiety and improve attachment for parents and caregivers who have infants in the NICU”. Supporting the wellbeing and engagement of carers in this way can help reduce some of the risks NICU infants face, including interruptions to language development which can affect subsequent literacy development.

Books to grow up with

More broadly, the potential of rereading a childhood book cannot be underestimated. Books read in childhood do not disappear, but “continue to unfold and inform the way in which we interpret the world” in our minds, as children’s literature expert Kimberley Reynolds of Newcastle University has established.

Paula Byrne, founder of the ReLit Foundation – which promotes reading as a way to combat stress and anxiety through “the slow reading of great literature” – has described the rereading of Winnie-the-Pooh in adulthood as therapeutic. Byrne believes the book has the capacity to grow with the reader from childhood to adulthood, offering new insights that can be appreciated in later life.

It is this ability of a book to grow with the reader that is of most help to children in distress, Newell suggested, providing “real armour” to children over a sustained period, and not just “a shot of penicillin for a particular infection”.

Over the past 100 years, Winnie-the-Pooh has grown from a book containing an example of bibliotherapy to a book for bibliotherapy in hospitals. As we celebrate the centenary of its publication, these ties to books as therapy for children and adults are well worth remembering.

The Conversation

Lucy Stone does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Winnie-the-Pooh at 100: this much-loved classic illustrates how books can boost our wellbeing – https://theconversation.com/winnie-the-pooh-at-100-this-much-loved-classic-illustrates-how-books-can-boost-our-wellbeing-277528

El departamento financiero: de ‘llevar la contabilidad’ de la empresa a gestionar un ecosistema complejo y diverso

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Rodrigo Martín García, Profesor de Finanzas, UNED – Universidad Nacional de Educación a Distancia

Natali _ Mis/Shutterstock

Durante décadas, la imagen del departamento financiero fue relativamente estable: contabilidad, facturación, fiscalidad, tesorería. Esa visión, de hecho, se mantiene en muchas pymes donde, a veces, la contabilidad y las obligaciones fiscales se externalizan. Por el contrario, en las empresas medianas y grandes, el departamento financiero agrupa diversidad de funciones: tesorería y gestión de liquidez, informes de gestión, fiscalidad, planificación y análisis financiero, control de gestión, financiación bancaria y del mercado de capitales, relaciones con los inversores, auditoría interna y cumplimiento normativo. Y, en muchas compañías, además, coordina los informes de sostenibilidad.

Por tanto, se ha pasado de registrar lo que ocurre en la empresa a gestionar un sistema complejo de riesgos: de liquidez, solvencia, regulatorios, reputacionales y, más recientemente, los riesgos ESG (medioambientales, sociales y de gobernanza). Para responder a estos retos, en muchas empresas las funciones del departamento financiero se han convertido en una sucesión de juegos malabares.




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Los mimbres de un departamento financiero

La contabilidad constituye el núcleo de las funciones del departamento financiero. De ella, se nutren las áreas de fiscalidad y tesorería. Alrededor se encuentran las funciones transversales:

  • Operaciones, que genera las funciones básicas (contabilidad, tesorería) de un departamento financiero.

  • Control de gestión y elaboración de informes (reporting), para poder tomar decisiones informadas.

  • Auditoría interna y cumplimiento normativo (compliance), para que todo se haga conforme a las normas y a las políticas internas.

Sobre estos cimientos se apoyan la planificación financiera y fiscal y la relación con los inversores. El objetivo: tomar las mejores decisiones de inversión y financiación.




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Liquidez y financiación en un entorno complejo

Entre julio de 2022 y septiembre de 2023, el Banco Central Europeo elevó los tipos de interés desde 0 hasta el 4 %. Aunque posteriormente han ido bajando, recordemos que a partir de 2012 estuvieron por debajo del 1 % y al 0 % de 2016 a 2022.

Aquí se presenta el primer malabar: asegurar que la empresa cumpla a tiempo sus compromisos financieros. Sin embargo, cuando los costes financieros suben (lo que se produce con las variaciones al alza en los tipos de interés) entran en juego medidas como refinanciar préstamos, renegociar condiciones, ajustar plazos de cobro a clientes y de pago a proveedores, emitir deuda, reducir dividendos para reforzar fondos propios o solicitar nuevas aportaciones a los socios.

Este tipo de decisiones no pueden tomarse sin un análisis suficiente o apoyándose en la intuición y no en los datos financieros de la empresa. De ahí la necesidad de construir un sistema de previsión por escenarios, estableciendo límites y alertas tempranas y aplicando una disciplina de decisiones basada en un cuadro de mando financiero (una herramienta de gestión que reúne los indicadores clave de rendimiento, ingresos, beneficios, etc., y permite medir la salud financiera de la empresa) y el permanente diálogo con los bancos.




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Navegar la inflación regulatoria de la sostenibilidad

El segundo malabar es la adaptación al despliegue regulatorio que se ha venido produciendo en el ámbito de la sostenibilidad. La Directiva de Información Corporativa sobre Sostenibilidad (CSRD) amplió el perímetro de información de sostenibilidad de 11 000 a más de 50 000 empresas en la UE. No obstante, la Directiva stop-the-clock, de abril de 2025, ha retrasado dos años su aplicación en muchas compañías, y podría hacer que el 80 % de las inicialmente previstas quedaran exentas.

Para los departamentos financieros, el cumplimiento de normativas nacionales y supranacionales implica interpretar normas (que a veces se revisan sobre la marcha), coordinar información repartida por toda la empresa y garantizar su fiabilidad, juntando las piezas de un rompecabezas en movimiento.

En este caso, la solución está en tratar la sostenibilidad como un cierre contable más y asignar responsables claros, criterios homogéneos, controles internos y trazabilidad. Así, podrá proporcionar reportes consistentes, incluso en caso de ajustes normativos.




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Tecnología y ciberriesgos

La digitalización y la inteligencia artificial están automatizando tareas financieras rutinarias: asientos contables, clasificación de gastos y modelos de previsión de tesorería.

Esto permite enfocarse en actividades de mayor valor. Pero, como contrapartida, incorpora nuevos riesgos: dependencia de sistemas opacos, ciberseguridad, posibles sesgos difícilmente trazables en modelos de previsión, y la necesidad de apostar por perfiles que conjuguen competencias financieras, tecnológicas y de análisis de datos.

La coordinación entre el departamento financiero y el de tecnologías de la información (IT) es clave en la prevención y detección de fraudes (internos y externos). El tercer malabar es, pues, triple: automatizar sin renunciar a la toma de decisiones, reforzar el control sin obstaculizar y mantener a raya la burocracia.

La solución, en este caso, pasa por la segregación de funciones, la monitorización continua, la formación y la integración de finanzas e IT en un marco único de gestión del riesgo, priorizando trazabilidad y respuesta ante incidentes. Algunos llaman a esto un ecosistema transversal de datos.




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Más allá del organigrama

La estructura y el peso del área financiera indican qué metas u objetivos persigue la empresa y con qué herramientas cuenta para lograrlo. En el contexto actual, desde el departamento financiero se toman decisiones que van más allá del organigrama y afectan a distintas cuestiones. Por ejemplo, cómo afronta la empresa el riesgo climático, respeta los derechos laborales en su cadena de suministro o aprovecha las oportunidades de la transición verde y digital.

Por eso, son claves los controles internos, una adecuada formación y actualización de habilidades, saber atraer y retener talento, y contar con una cultura corporativa ética y responsable. Y, por supuesto, invertir en análisis de datos y en plataformas de business intelligence para el análisis de datos en el entorno empresarial, y de planificación de recursos empresariales (ERP).

Con esas herramientas es posible, por una parte, centralizar y automatizar la gestión de los procesos clave, y por la otra, detectar errores, anomalías o malas prácticas. De ello dependen la estabilidad del empleo, los plazos de pago a proveedores, la calidad de información a inversores y la credibilidad de los compromisos de sostenibilidad.




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Recursos ‘todoterreno’

Los malabares del departamento financiero no son un número de circo que pueda contemplarse desde la grada. Además de la liquidez y los impuestos, hay varias bolas que no pueden caer, como la capacidad para combinar finanzas, sostenibilidad, gestión de riesgos y tecnología. Para ello, es clave contar con recursos todoterreno, establecer alianzas con otros departamentos de la empresa y disponer de expertos externos.

Decidir cómo manejar todos los malabares simultáneamente, y sin que ninguno caiga, es la misión principal del departamento financiero. Un auténtico ejercicio de funambulismo.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. El departamento financiero: de ‘llevar la contabilidad’ de la empresa a gestionar un ecosistema complejo y diverso – https://theconversation.com/el-departamento-financiero-de-llevar-la-contabilidad-de-la-empresa-a-gestionar-un-ecosistema-complejo-y-diverso-272631