Universidades y empresas necesitan más coherencia interna para que el mercado laboral funcione

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Manuel de Haro García, Profesor titular, Organización de Empresas (RR.HH. y Comportamiento Organizacional), Universidad Miguel Hernández

Matej Kastelic/Shutterstock

Imaginemos a Marta: su expediente, de notable alto, está lleno de “pensamiento crítico” e “innovación”. Tres meses después, sigue sin empleo cualificado. Le falta “algo”, pero nadie sabe decir qué. ¿Y si el problema no era de Marta, sino del sistema?

Según el Informe CYD 2024, España lidera la sobrecualificación en la UE: el 35,8 % de los graduados superiores trabaja en puestos de baja cualificación, frente al 21,9 % de media europea.

Por su parte, el informe Infoempleo-Adecco 2024 refleja un malestar laboral evidente: muchos buscan otro empleo porque las condiciones no son las deseadas. Esta paradoja tiene nombre: el “say-do gap”, la brecha entre lo que decimos valorar y lo que realmente medimos y premiamos.

La explicación habitual culpa a la desconexión entre universidad y empresa. Pero si la universidad no alinea lo que promete con lo que evalúa y la empresa no sintoniza lo que declara con lo que incentiva, dicha desconexión es solo el síntoma final.

La Fundación CYD advierte que, aunque el porcentaje de graduados es alto, la proporción de ocupaciones de alta cualificación es baja. Esto sugiere límites en la estructura productiva y un desajuste entre lo que certifica el sistema formativo y las evidencias que piden los empleadores.

Evaluación en competencias

Una forma de detectar este desfase interno es revisar las guías docentes universitarias. La investigación académica sobre competencias transversales en España revela que, aunque prácticamente todas las guías docentes declaran formar en pensamiento crítico, trabajo en equipo o comunicación, la evaluación de las mismas sigue siendo “un tema pendiente” en las universidades españolas. Esto a pesar de los compromisos del plan de Bolonia y a la implantación de un Espacio Europeo de Educación superior.

El mercado lo confirma. Según U-Ranking, la sobrecualificación persiste entre los jóvenes, aunque su porcentaje mejora un poco en relación con el indicador general. Los datos más recientes de la Encuesta de Población Activa (EPA) del INE muestran que el 22,4 % de las personas de entre 22 y 29 años con formación universitaria trabaja en empleos que no requieren su nivel de formación.

La falsa competencia del trabajo en equipo

El caso del “trabajo en equipo” es especialmente ilustrativo. Aparece como competencia transversal en numerosas titulaciones universitarias. La formación por competencias la ha reforzado en la educación superior. Pero la evidencia indica que, con frecuencia, el trabajo grupal no se diseña como colaboración estructurada.

Para que funcione, la literatura científica recomienda establecer roles, contratos de equipo, mecanismos de reflexión y evaluación entre iguales. Sin embargo, la propia investigación sobre coevaluación en educación superior recuerda que su adopción no está generalizada y que, en el contexto universitario español, hasta fechas recientes ni siquiera se disponía de instrumentos validados específicos para medirla con solidez.

El resultado es bastante predecible: muchos estudiantes terminan repartiendo tareas y reuniéndose al final para ensamblar el producto, más que aprendiendo a coordinarse como equipo. Ese patrón ha sido descrito por los expertos como una reducción de la interacción entre pares al mínimo necesario, y sigue apareciendo cuando no se diseñan apoyos explícitos para la colaboración, la responsabilidad individual y la gestión de conflictos.

Enseñar cuenta menos que investigar

En España, la evaluación de la carrera académica ha estado históricamente muy marcada por los incentivos de investigación, mientras que los de docencia han tenido menor capacidad discriminante. De hecho, un análisis reciente sobre el sistema español concluye que el sexenio de investigación ha sido el incentivo individual más relevante, mientras que el quinquenio docente apenas ha desempeñado un papel efectivo.

Es verdad que los criterios de la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA) han dado una visibilidad mayor a la calidad e innovación docente, pero ese reequilibrio es reciente.

Las empresas también hablan de una cosa y miden otra

El problema no es exclusivo del ámbito académico. El Informe Infoempleo-Adecco 2024 muestra que una parte significativa de las personas ocupadas declara estar satisfecha con su puesto y, aun así, busca otro empleo porque las condiciones no son las deseadas.

El caso de la innovación también conviene formularlo con precisión. Muchas organizaciones la declaran prioridad estratégica, pero la evidencia sobre innovación organizativa muestra que esta necesita cierto margen de holgura para experimentar y un clima de seguridad psicológica que permita hablar de errores, aprender de ellos y sostener la iniciativa. Cuando faltan esas condiciones, la innovación corre el riesgo de quedarse en discurso, no en práctica.

En cambio, si se dan estas condiciones, las decisiones sobre desarrollo, reconocimiento y promoción dejan de depender tanto de impresiones opacas y ganan legitimidad organizativa.

Frustración, productividad perdida y talento en modo ahorro

Cuando la universidad acredita competencias sin entrenarlas de forma consistente y las empresas proclaman criterios que luego no operan bien, aparecen señales ambiguas para graduados y empleadores.

Para los primeros, eso se traduce en frustración; para las organizaciones, en infrautilización del capital humano y en decisiones de evaluación menos fiables. Las investigaciones sobre retroalimentación y evaluación del desempeño sugieren precisamente que los sistemas percibidos como más justos son los que incorporan conversaciones de feedback, mecanismos de calibración y criterios procedimentales claros.

La solución no pasa por más comités universidad-empresa, sino por coherencia interna en cada sistema.

Buenas prácticas evaluadoras

En la universidad, el cambio más urgente es la evaluación. La Universitat Politècnica de València ha implantado un sistema en el que las competencias transversales se evalúan en las asignaturas como “satisfactorio” o “en proceso”, sin nota numérica, y esa evaluación debe quedar descrita en la guía docente. Es un ejemplo relevante de institucionalización explícita de las competencias más allá del simple enunciado retórico.

Para el trabajo en equipo, la clave está en diseñarlo como aprendizaje estructurado. En España ya existen desarrollos institucionales en esa dirección: la Universidad de Zaragoza ha elaborado una guía específica para estructurar la competencia por niveles, roles, normas y evaluación. La Universidad de Girona ha desarrollado guías y herramientas con autoevaluación, coevaluación y retroalimentación individual y grupal. Y la Universidad de Barcelona ha documentado experiencias en las que la coevaluación se integra formalmente en la evaluación del trabajo en equipo.

Marta encontró trabajo

La desconexión entre universidad y empresa seguirá reapareciendo mientras resulte más cómodo señalar el puente que revisar los cimientos. El “say-do gap” no nace de un déficit de comunicación: es un problema de diseño de incentivos y coherencia sistémica.

Finalmente, Marta encontró trabajo. Pero lo hizo aprendiendo por ensayo y error las señales reales del mercado, no gracias a lo que su título certificaba. Con más de una tercera parte de los graduados trabajando por debajo de su cualificación, el problema individual queda descartado. Estamos ante un problema de sistemas. Y los sistemas se pueden cambiar cuando hay voluntad institucional para hacerlo.

The Conversation

José Manuel de Haro García no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Universidades y empresas necesitan más coherencia interna para que el mercado laboral funcione – https://theconversation.com/universidades-y-empresas-necesitan-mas-coherencia-interna-para-que-el-mercado-laboral-funcione-274593

¿Colonias humanas en la Luna? Qué dice el derecho internacional sobre instalarse a vivir en el satélite

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Christian Domínguez Expósito, Profesor Ayudante Doctor de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales, Universidad de Alicante

La NASA acaba de cambiar de planes. En el marco del evento “Ignition”, celebrado en Washington D. C., se anunció que el ambicioso “Gateway” –la estación espacial en órbita lunar que pretendía actuar como punto intermedio– queda suspendido temporalmente.

La prioridad es establecer una colonia permanente en la superficie de la Luna, cuya construcción debería comenzar antes de que acabe esta década, con una ocupación semipermanente prevista para 2032.

No están solos en esta carrera y lo saben. China y Rusia avanzan en paralelo con la Estación Internacional de Investigación Lunar (ILRS), una iniciativa conjunta que contempla una instalación científica inicial cerca del polo sur lunar hacia 2035 y la construcción de una instalación más grande y mejor equipada para 2050.

Estos planes no solo se enfrentan a obvias dificultades técnicas, sino también jurídicas. Toda actividad realizada en el espacio ultraterrestre se encuentra sujeta al derecho internacional espacial, articulada fundamentalmente en torno a cinco tratados internacionales, que juntos forman el llamado Corpus Iuris Spatialis.

La “Constitución” del Espacio

En concreto, la piedra angular de toda actividad espacial es el Tratado del Espacio de 1967 (OST).

Este tratado internacional reconoce la libertad de explorar y utilizar el espacio ultraterrestre y sus cuerpos celestes (Art. I) –incluyendo la construcción de estaciones e instalaciones en la Luna y otros cuerpos celestes (Art. XII)–. Hasta ahí, el establecimiento de una colonia humana en la Luna sería perfectamente legal.

Pero ese mismo tratado contiene una prohibición tajante: ningún Estado puede apropiarse del espacio ultraterrestre y sus cuerpos celestes mediante soberanía, uso, ocupación o de ninguna otra manera (Art. II).

¿En qué momento el “uso” legítimo del suelo lunar por una colonia se convierte en una “ocupación” que viola el tratado? Una capa de complejidad adicional se añade cuando dichas colonias adquieren un carácter permanente, como el pretendido, pues en la práctica acabaría generando una forma de propiedad o soberanía encubierta sobre el suelo lunar.

Recursos para una colonia autónoma

Para que una colonia sea sostenible, sus habitantes no pueden depender indefinidamente de suministros enviados desde la Tierra. La solución pasa por usar los recursos que ya se encuentran allí.

El agua es el recurso más codiciado: se ha detectado en forma de hielo en las regiones polares de la Luna. Pero también está el polvo lunar –el regolito–, que puede servir para fabricar infraestructuras in situ mediante impresoras 3D. Estos recursos son limitados, de manera que el primero en acceder a ellos tendrá una ventaja estratégica considerable.

Aquí el derecho internacional vuelve a quedarse corto. El Tratado del Espacio de 1967 no dice nada sobre si extraer recursos de un cuerpo celeste constituye o no una forma de apropiación prohibida. El único instrumento que abordó el tema de forma explícita, el Acuerdo de la Luna de 1979, declaró que los recursos lunares son “patrimonio común de la humanidad” y exigió un régimen internacional común para su explotación (Art. 11). El problema es que ese tratado solo cuenta con 17 Estados Parte, entre los que no figura ninguna gran potencia espacial. En la práctica es papel mojado, al menos hasta el momento.

El resultado es una división en la comunidad internacional. EE. UU. y sus socios optan por una postura más liberal, donde la extracción y posterior utilización de los recursos espaciales constituye una parte legítima de la libertad de exploración y utilización. China y Rusia sostienen posturas más comunitarias.

El debate se libra hoy en el principal foro de Naciones Unidas sobre derecho espacial, la COPUOS, que en 2025 elaboró un primer anteproyecto de principios sobre recursos espaciales, todavía sin un consenso claro.

Un marco del siglo XX para el siglo XXI

La ocupación del suelo lunar y la explotación de los recursos no son los únicos desafíos que plantea la instalación permanente de seres humanos en nuestro satélite natural. Cuestiones como la jurisdicción sobre las personas que vivan en esas bases y las normas aplicables en caso de conflicto son igualmente urgentes.

El actual marco jurídico internacional fue concebido en un escenario completamente distinto al actual. La cuestión es si podrá adaptarse a los nuevos desafíos a tiempo.

Los plazos son ya concretos y las grandes potencias espaciales avanzan en paralelo y sin una coordinación clara.

Ante la ausencia de un marco de gobernanza definido, los conflictos no tardarán en aparecer. Queda por ver si la comunidad internacional estará a la altura de una de las empresas más complejas y trascendentes que jamás haya afrontado.

The Conversation

Christian Domínguez Expósito recibe fondos de Universidad de Alicante.

ref. ¿Colonias humanas en la Luna? Qué dice el derecho internacional sobre instalarse a vivir en el satélite – https://theconversation.com/colonias-humanas-en-la-luna-que-dice-el-derecho-internacional-sobre-instalarse-a-vivir-en-el-satelite-279580

Esto es lo que cuentan las obras finalistas del premio Aena de Narrativa

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Natalia Álvarez Méndez, Profesora de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, Universidad de León

Laia Balart/Shutterstock

El 8 de abril se fallará la primera edición del premio Aena Narrativa, en el que se premiará el mejor libro publicado en 2025 escrito en español (o en lenguas cooficiales en España). En esta primera edición, los finalistas son: “Ahora y en la hora”, de Héctor Abad Faciolince; “Marciano”, de Nona Fernández; “Los ilusionistas”, de Marcos Giralt Torrente; “El buen mal”, de Samanta Schweblin; y “Canon de cámara oscura”, de Enrique Vila-Matas.

Con este evento como excusa, le hemos pedido a cinco autores expertos en literatura que valoren cada una de las obras.


Ahora y en la hora, de Héctor Abad Faciolince

La guerra no solo deja a su paso horror. Deja también un lenguaje herido que ya no basta para contar.

Portada de Ahora y en la hora

Penguin Libros

En Ahora y en la hora, Héctor Abad reconstruye su vivencia del ataque ruso a una pizzería de Kramatorsk que acabó con la vida de su guía y compañera de viaje, la escritora ucraniana Victoria Amélina, junto a otros doce civiles, instantes después de haber intercambiado sus asientos.

Lo hace a través de un testimonio desgarrador y valiente que, tras el espanto, deambula entre los géneros en busca de una forma de decir lo indecible, mientras reflexiona sobre el azar, la culpa, la vida y la muerte, y el vínculo entre padres e hijos ante la pérdida violenta.

Fiel a su poética previa, el texto teje una constelación de voces –propias y, en ocasiones, ajenas– para articular una memoria coral de vidas truncadas por la invasión rusa. Entre ellas, la de Volodímir Vakulenco, el “Lorca ucraniano”, las gemelas adolescentes del restaurante y, sobre todo, la de Victoria Amélina: el relato se construye como homenaje y se sostiene en su recuerdo.

Por Virginia Capote, de la Universidad de Granada.


Marciano, de Nona Fernández

Portada de Marciano, de Nona Fernández.

Penguin Libros

En Marciano, Nona Fernández vuelve a escenificar una estética y política de la memoria de Chile. Allí, la autora oye con sutileza los ecos de la biografía terrorista y revolucionaria de Mauricio Hernández Noranbuena, alias M, Ramiro o Marciano, protagonista del atentado a Pinochet y otros sucesos posteriores en los años noventa.

N es una narradora fantasmal que despliega una no ficción biográfica cargada de hechos, entrevistas, cartas, fichas y lecturas literarias, anáforas y aliteraciones, y silencios de páginas en blanco. Fantasea y estructura ideas sobre contar e imaginar escenas y vacíos de una revolución fallida. Muestra el dolor y el horror de una historia no inocente.

La novela disloca con destreza los puentes de la no ficción y la ficción. Nos recuerda la pregunta sobre cómo narrar lo acontecido. Nona Fernández sabe mirar la historia y contar desde el detalle marciano de otro mundo, o desde el vuelo mínimo de una alondra, para esbozar la figura de un personaje, sin duda, paradojal.

Por Luis Valenzuela Prado, de la Universidad Andrés Bello


Los ilusionistas, de Marcos Giralt Torrente

La familia como sustancia literaria se enriquece en Marcos Giralt Torrente bajo las definidas direcciones que adquieren sus elementos constitutivos.

Portada de Los ilusionistas.

Anagrama Editorial

En Los ilusionistas se adentra en la memoria personal, en el retrato del entorno familiar materno que comienza con sus abuelos (el escritor Gonzalo Torrente Ballester y su primera mujer, Josefina Malvido) y se cierra con un hermoso tributo a su madre. Sin embargo, lo íntimo no excluye un tangencial bosquejo de épocas, hechos históricos y mentalidades.

El ritmo sostenido entreteje lo epistolar, lo biográfico, obituarios periodísticos y un relato introspectivo honesto de las herencias que constituyen al ser, que modelan su vida y sus formas de habitar la realidad.

Con conciencia de la significación de la escritura y con notorias alusiones literarias, lo humano memorable aflora en experiencias universales, conductas, sentimientos e ideas, en los porqués que marcan cada destino y que construyen lo que somos, así como en la ambivalencia de las identidades, de los deseos y de los afectos.

Por Natalia Álvarez Méndez, de la Universidad de León.


El buen mal, de Samanta Schweblin

Portada de El buen mal.

Planeta de Libros

El paradójico título de El buen mal, de Samanta Schweblin, descubre que el bien y el mal se necesitan mutuamente para existir. Los seis cuentos integrados en el volumen, tan precisos como minimalistas, en los que poco importa el acontecimiento narrado y mucho la atmósfera que los vincula, lo descubren como una obra maestra del cuento contemporáneo, signada por la estética de la indeterminación y la desestabilización de lo real en contextos cotidianos.

En la obra, los silencios y los gestos resultan más significativos que las palabras para retratar la condición humana contemporánea, en la que el aislamiento y el deseo de vínculo se dan la mano. La distancia y la dificultad de conectar con los otros –parejas, hijos, padres, comunidad– a pesar de nuestro común deseo de apego se descubre clave en unos relatos plagados de llamadas telefónicas y viajes por carretera, entre los que destacan verdaderas joyas como “Bienvenida a la comunidad” y “El ojo en la garganta”.

Por Francisca Noguerol, de la Universidad de Salamanca.


Canon de cámara oscura, de Enrique Vila-Matas

Canon de cámara oscura es el título de la última novela de Enrique Vila-Matas, autor de una brillantísima trayectoria a la que esta se suma contribuyendo una vez más a ensanchar un personalísimo mundo estético muy reconocible.

portada de Canon de cámara oscura.
portada canon de camara oscura enrique vila matas.
Planeta de Libros

En este caso lo hace a través de la voluntad del protagonista de construir un canon literario que, por supuesto, se sitúa al margen de todos los cánones oficiales, algo así como “una atmósfera de canon” capaz de trasportar a los personajes y a nosotros, los lectores, “fuera de aquí, a las afueras de todo y sin retorno posible”. Es, como todas las suyas, una obra literaria que ante todo habla de la gran literatura y de lo que esta es capaz de hacer por nosotros y nuestras vidas.

Pero, además, se acentúa en esta obra otra faceta del escritor, que ya venía asomando en sus últimas novelas: un extraordinario sentido del humor que, en este caso, nos hará enfrentarnos de forma menos solemne a ese debate social, ya un tanto tedioso, sobre las posibilidades y límites de la inteligencia artificial. Y ello porque, para sorpresa de los fieles lectores de Vila-Matas, en esta ocasión el personaje y narrador de la obra parece ser un androide o replicante que vive infiltrado entre los seres humanos.

Por Mª Teresa Gómez Trueba, de la Universidad de Valladolid.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Esto es lo que cuentan las obras finalistas del premio Aena de Narrativa – https://theconversation.com/esto-es-lo-que-cuentan-las-obras-finalistas-del-premio-aena-de-narrativa-278853

A New York Times critic used AI to write his review – but criticism is deeply human

Source: The Conversation – Global Perspectives – By Bec Kavanagh, Senior Tutor in Publishing & Creative Writing, The University of Melbourne

Alex Preston, and the book he reviewed, with the help of AI. Hachette/Allen & Unwin

An author and freelance journalist has admitted to using AI to help him write a book review for the New York Times.

Alex Preston’s review of Jean-Baptiste Andrea’s novel Watching Over Her, published by the New York Times in January 2026, draws phrases and full paragraphs from Christobel Kent’s Guardian review. The “error” was brought to light by a reader, who alerted the New York Times to the similarities.

Preston told the Guardian he is “hugely embarassed” and “made a huge mistake”.

a man in a buttoned long sleeved t-shirt
Alex Preston has admitted to using AI to help write a book review.
Hachette

The Times promptly dropped Preston, calling his “reliance on A.I. and his use of unattributed work by another writer” a “clear violation of the Times’s standards”. An editor’s note now precedes the review online, advising readers of the issue and providing a link to the Guardian review.

Preston’s apology to the Guardian raises more questions than it resolves. The portion quoted online seems to speak more to the issue of unattributed work than his use of AI. It reads: “I made a serious mistake in using an AI tool on a draft review I had written, and I failed to identify and remove overlapping language from another review that the AI dropped in.” This implies that if he had removed the “overlapping” language, the issue would have been avoided.

As a literary critic and scholar, I believe the deeper question isn’t whether or not critics should do more to hide their use of AI – but the ethics of using it at all.

Why AI can’t do criticism

The role of the critic isn’t to summarise or repackage art, but to actively participate in a conversation about it. “Good criticism thrives in the complexity of its environment,” writes critic Jane Howard, who is also The Conversation’s Arts + Culture editor. “Each review sits in conversation with every other review of a piece of art, with every other review the critic has written.”

In other words, the critic is in conversation with both the artist and the audience. The critic’s emotional and intellectual engagement with art – and their translation and communication of meaning – is intrinsic to their role as mediator. That role is deeply human.

Perhaps information can be outsourced, but emotional engagement can’t. Nor can an individual perspective, filtered through one human’s reading, viewing, listening and experiences.

Art and AI controversies

There are valid arguments outlining the functional uses of AI, and warning against significant climate repercussions. But there is also an escalating concern around the intrusion of AI into creative expression.

book cover - Shy Girl - with sad dog
Shy Girl was cancelled due to AI accusations against its author.

Last month, author Mia Ballard was accused of using AI to write her horror novel, Shy Girl. It was withdrawn from publication in the UK and cancelled from scheduled publication in the US, after “readers on platforms such as Goodreads and Reddit had questioned whether sections of the text bore hallmarks of AI-generated prose”, according to the Guardian.

In 2023, German artist Boris Eldagsen sparked controversy when he revealed that his prize-winning photograph The Electrician was AI generated. In 2025, Tilly Norwood, the first fully AI-generated “actress” ignited debate around whether so-called synthetic actors were a tool for creative expression, or a threat to human creators.

In 2025, writers were “horrified” to discover that their work had been pirated by Meta to train AI systems.

If the question that underlies these examples is “what is the role of art”, this latest debacle adds “and what is the responsibility of the critic”?

Breaking a pact

Art criticism in Australia is what Howard describes as a “niche within a niche”. The sector is unbearably small, so most critics have an additional day job and are in close professional and personal proximity to the artists whose work they review.

Some critics of the critics, such as writer Gideon Haigh, have suggested this has led to a culture of what literary academic Emmett Stinson called “too-nice” criticism.

But I would argue generosity is fundamental to public-facing criticism – and that the critic reviewing in the public sphere has a responsibility to writers and readers.

The writer might safely assume that when we’re publishing a review that surmises their book’s successes and failings against its ambition, we have, at the very least, taken the time to read and carefully consider their work, and our own response to it.

This unspoken pact is broken when the writer begins to use AI – particularly when a professional reviewer like Preston seems to outsource his assessment to it.

Such fiascos point to a disturbing future where readers’ opportunities to build community and develop empathy through engagement with literature is outsourced entirely to AI.

Australian literature academic Julieanne Lamond has said “when we write reviews we have to do it ‘naked’ – as individual readers, with a public to judge our judgements”. In other words, we sit at the middle of a pact between the writer of a book and their potential readers.

Criticism can be literature

Done well, criticism is literature. As Australian author, playwright and critic Leslie Rees argued in 1946, good literary criticism is a “real and creative service to literature”.

book cover: Watching Over Her
Watching Over Her is at the centre of a controversy over the use of AI in writing a New York Times book review.

Popular criticism, written for the general public and published as journalism, might sit on a different playing field from scholarly criticism. But its obligation to readers – to convey real and honest opinions about books and bring readers into a conversation about literature – is no less significant. There is a shared obligation to be honest, and surely this honesty extends to a transparency about AI use.

French professor and essayist Phillipe Lejeune, best known for his work on autobiography, used the term the “autobiographical pact” to describe the relationship between the writer of a memoir and the reader. That is, the reader accepts what the memoirist says as truth, based on the writer’s acknowledgements of their own biases and subjectivity.

We might transfer a similar pact to the reviewer and their reader. Should the reader not be able to trust that the review they’re reading is the critic’s own?

Hannah Bowman, a literary agent from Liza Dawson Associates, recently described mistrust as the book industry’s greatest peril: “it’s essential for all parties in the publishing process to have transparency and clarity in conversations about how AI tools are being used by any party, especially in the creative process”.

In failing to disclose his use of AI, Preston has not only embarrassed himself, but broken the trust of his readers.

The Conversation

Bec Kavanagh is a freelance critic for The Guardian.

ref. A New York Times critic used AI to write his review – but criticism is deeply human – https://theconversation.com/a-new-york-times-critic-used-ai-to-write-his-review-but-criticism-is-deeply-human-279742

Trump risks falling in to the ‘asymmetric resolve’ trap in Iran − just as presidents before him did elsewhere

Source: The Conversation – Global Perspectives – By Charles Walldorf, Professor of Politics and International Affairs, Wake Forest University

Little has seemingly gone as Washington planned in the war against Iran.

The Iranian people have not risen up, one hard-line leader has been replaced by another, Iranian missiles and drones keep hitting targets across the Middle East, Iran closed the Strait of Hormuz, driving oil and gas prices up worldwide, and in sharp contrast to Trump’s demand for “unconditional surrender,” Tehran has rejected a 15-point U.S. plan for a ceasefire.

So how did things go so wrong?

As a scholar who researches U.S. forever wars, I believe the answer is simple: Trump, like other U.S. presidents before him, has fallen into what I call the trap of asymmetric resolve. In short, this occurs when a stronger power with less determination to fight starts a military conflict with a far weaker state that has near boundless determination to prevail. Victory for the strong becomes tough, even close to impossible.

When it comes to Iran, the Islamic Republic wants – and needs – victory more than the United States. Unlike the U.S., the Iranian government’s very existence is on the line. And that gives Tehran many more incentives – and in many cases very effective countermeasures – through which to fight on.

The trap of asymmetric resolve

Typically, in asymmetric wars the stronger side does not face the same potential for regime death as the weaker side. In short, it has less on the line. And this can lead to lesser resolve, making it hard to sustain the costs of war required to defeat the weaker, more determined rival.

Such dynamics have played out in conflicts dating back to at least the sixth century B.C., when a massive Persian army under Darius I was checked by a much smaller, determined Scythian military, leading in the end to a humiliating Persian retreat.

For the U.S. in the modern era, wars of asymmetric resolve have likewise not been kind.

In the Vietnam War, an estimated 1.1 million North Vietnamese civilians and Viet Cong fighters died compared to 58,000 U.S. troops. Yet, the U.S. proved no match for the North’s resolve. After eight years of brutal war, the U.S. gave up, cut a deal, withdrew and watched North Vietnam roll to victory over the South.

In 2001, the U.S. unseated the Taliban in Afghanistan, set up a new government and built a large Afghan army supported by U.S. firepower. Over the next 20 years, the remnants of the Taliban lost about 84,000 fighters compared to around 2,400 U.S. troops, yet the U.S. ultimately sued for peace, cut a deal and left. The Taliban immediately returned to power.

Many other great powers have fallen into this same trap – and at times in the same countries. Despite far fewer casualties than the Afghan resistance, the mighty Soviet Union suffered a humiliating defeat in its nine-year war in Afghanistan during the 1980s. The same happened to the French in Vietnam and Algeria after World War II.

Asymmetric resolve in the Iran war

A similar asymmetry is now playing out in Iran.

Unlike 2025’s 12-day war that largely targeted Iranian military installations, including its nuclear sites, Trump and the Israelis are now directly threatening the survival of the Iranian government. Killing the supreme leader, a slew of other powerful figures, and encouraging a popular uprising made this crystal clear.

Tehran is responding as it said it would were its survival to be at stake. Prior to the current war, Iran warned it would retaliate against Israel, Arab Gulf nations and U.S. bases across the region, as well as largely close the Straight of Hormuz to commercial traffic.

In short, it is going all-in to cause as much pain as it can to the U.S. and its interests.

Iran has suffered the disproportionate number of loses in the current war, both in terms of human casualties and depleted weaponry. As of mid-March, there have been upward of 5,000 Iranian military casualties and more than 1,500 Iranian civilian deaths, compared to 13 dead U.S. service members.

Yet, Tehran isn’t backing down, saying on March 10, “We will determine when the war ends.”

Such Iranian resolve seemingly confounds Trump. Before the war, he wondered why Iran wouldn’t cave to his demands, and he has since conceded that regime change – seemingly a major U.S. goal at the war’s onset – is now a “very big hurdle.”

This conflicts with how Iran was being presented to the American public prior to the war. Secretary of State Marco Rubio said in January that “Iran is probably weaker than it’s ever been.” It has no ballistic missiles capable of hitting the U.S. homeland, a decimated nuclear program and fewer allies than ever across the Middle East.

No wonder a Marist poll from March 6 found that 55% of Americans viewed Iran as a minor threat or no threat at all.

With Iran proving resilient, American public opinion on the war has been definitively negative. This aspect of war resolve can be especially challenging for democracies, where a disgruntled public can vote leaders out of power.

Fading or low U.S. public support for war was likewise a primary driver in past U.S. asymmetric quagmires.

Indeed, the Iran war is more unpopular than just about any other U.S. war since World War II, with polling consistently finding around 60% of Americans in opposition.

For Iran, as a nondemocracy there are far less reliable figures to compare this to on its side. Before the war, the government faced a major public crisis with widespread protests, but for many reasons – including its brutal crackdown and a potential “rally around the flag” effect – Iranian public opinion has proved far less salient.

What’s next?

The Trump administration is attempting to mitigate the impact that asymmetrical resolve has by saying the length and scope of the operation will remain limited.

To reassure the public and calm financial markets, Trump keeps promising a short war and delaying bigger strikes to give space for negotiations that he, not the Iranians, says are ongoing.

History suggests that once faced with a smaller military power showing greater resolve, the larger power has two trajectories. It can succumb to the hubris of power and escalate, such as was the case in Vietnam, Iraq and Afghanistan. Or it can wind down the conflict in an attempt to save face.

Often in the past, leaders of a stronger side opt for the first option of escalation. They just can’t escape thinking that a little more force here or there wins the conflict. President Barack Obama wrongly thought a surge of 30,000 additional U.S. troops into Afghanistan would bring the Taliban to their knees.

Despite signs that he wants out of the Iran war, Trump could still fall to the hubris of power. More U.S. troops are on the way to the Gulf, and B-52 bombers have been flying over Iran for the first time.

As Korea, Vietnam, Iraq and Afghanistan show, following hubris into escalation against a determined foe like Iran will probably come at great cost to the U.S.

The other option – that of winding down the war – is still available to Trump.

And Trump has gone down this route before. He signed a deal in 2020 with the Taliban to end the war in Afghanistan rather than surge more troops in. And just last year, Trump declared victory and walked away from an air war in Yemen when he realized ground forces would be required to overcome the resolve of the Houthis.

The U.S. president could try the same with Iran – saying the job is done then walking away, or entering real, sustained negotiations to end the war. Either way, he’ll need to give something up, such as unfettered access through Hormuz or sanctions relief.

Trump likely won’t like that. But polling suggests Americans will take it. After all, who wants another Vietnam?

The Conversation

Charles Walldorf is a Senior Fellow at Defense Priorities.

ref. Trump risks falling in to the ‘asymmetric resolve’ trap in Iran − just as presidents before him did elsewhere – https://theconversation.com/trump-risks-falling-in-to-the-asymmetric-resolve-trap-in-iran-just-as-presidents-before-him-did-elsewhere-279374

How Taiwan is viewing the Iran war – and what it reveals about US credibility

Source: The Conversation – Global Perspectives – By Bonnie Yushih Liao, Assistant Professor of Diplomacy & International Relations, Tamkang University

The United States and Israeli strikes on Iran have become increasingly concerning for the world due to the risks of further escalation and the impact on energy markets.

In Taiwan, however, the focus has shifted in a different direction.

Rather than treating the war as geographically distant, Taiwanese political leaders and analysts are viewing it as a real-time indicator of how the United States operates under strategic pressure.

The key question is less about whether the United States would act if a conflict with China were to break out in the Indo-Pacific region, and more about how it would manage competing pressures if multiple crises unfolded at once.

A test of limits, not intentions

There is growing recognition in Taiwan that US resources are not unlimited.

The Middle East war has caused energy prices to fluctuate and stoked fears of rising inflation in the United States, demonstrating the domestic costs of military operations.

US President Donald Trump’s approval ratings have also taken a hit, with some in his own party now questioning his rationale for going to war.

Some reports have indicated US supplies of interceptor missiles are running low. The US military has, for example, had to move some THAAD missile interceptors from South Korea to the Middle East. The US has also struggled to defend against Iran’s use of asymmetrical fighting tactics.

This has direct implications for the deterrence Washington has long maintained in the Indo-Pacific. This deterrence depends not only on US war-fighting capability, but on the expectation this capability will remain intact under strain.

Conflicts elsewhere may not weaken the US resolve to intervene if China were to invade or pressure Taiwan in some fashion. But they can drain American resources and influence where these items are prioritised.

Shifting thresholds for the use of force

The US has also framed its strikes on Iran as a “preventive” action aimed at mitigating a future threat rather than responding to an imminent attack. This raises broader questions about the changing threshold for the use of force in the Indo-Pacific.

For Taiwan, this is not an abstract notion. If the threshold for military action is lowered from imminent threat to potential risk, the strategic environment becomes less predictable in the Indo-Pacific.

This broadens the range of circumstances under which force by the United States may be justified.

The speed with which the Trump administration has acted in Iran has also increased uncertainty for regional partners like Japan and South Korea in assessing when and how the United States would act against China.

The US’ NATO partners weren’t told about the Iran strikes before they happened. This could make Japan and South Korea similarly worried about a lack of communication on potential US actions over Taiwan.

Wars rarely follow anticipated pathways

The Iran war has also raised broader questions about how the United States adapts as crises evolve.

Much of the discussion around Taiwan has traditionally centred on the possibility of a large-scale Chinese invasion. However, recent developments suggest escalation may be less linear than this.

Rather than following a single, predictable pathway, conflicts can develop through a sequence of smaller decisions, the ambiguity over signals sent by an adversary, or rapidly changing political conditions.

This has contributed to a shift in strategic discussion in Taiwan. Recent defence policy debates and security forums have increasingly examined scenarios in which China pressured Taiwan with grey-zone tactics, blockades and incremental escalatory moves, rather than focusing solely on full-scale invasion.

As a result, attention is shifting to how such pressure might build over time – through cyber operations, maritime restrictions or limited military actions – and possibly spiral out of control.

The current crisis in the Strait of Hormuz has been watched closely in Taiwan as an example of how disruption of a strategic chokepoint can quickly impact the world. This raises questions about whether similar dynamics could emerge in the Taiwan Strait, and how prepared external actors – including the US – would be to respond.

The US has also been unable to prevent the Iran war from spilling over into the Persian Gulf states. This raises questions about whether a war over Taiwan could be contained or produce wider regional effects.

The risk of misinterpretation

For Taiwan, the most immediate challenge comes from how China interprets US actions in Iran. If Beijing concludes that diminishing military resources or domestic pressures would limit the US’ ability to wage a sustained conflict in the Indo-Pacific, it may reassess the risks of applying coercive pressure on Taiwan.

This does not imply immediate conflict is likely over Taiwan. However, it increases the likelihood that China would try to pressure or coerce Taiwan just below the threshold of full-scale war.

History suggests that escalation is often shaped by how situations are interpreted by adversaries, rather than by clear shifts in power. When states believe conditions are more favourable than they actually are, the risk of misjudgement increases.

For Taiwan, the challenge is therefore not only to assess developments in the Middle East, but to ensure that its own position is not misunderstood. This involves:

  • maintaining credible defensive capabilities
  • reinforcing internal cohesion against possible threats
  • signalling clearly that any attempt at coercion would face robust resistance.

Deterrence depends not only on what a country can do, but what others believe it will do — and whether those beliefs discourage risk-taking.

The Conversation

Bonnie Yushih Liao does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. How Taiwan is viewing the Iran war – and what it reveals about US credibility – https://theconversation.com/how-taiwan-is-viewing-the-iran-war-and-what-it-reveals-about-us-credibility-279102

A popular horror novel was pulled over AI concerns – here’s what it means for publishing

Source: The Conversation – UK – By Natalie Wall, PhD in English Literature, University of Liverpool

One of the largest book publishers in the US has pulled an upcoming horror novel from its scheduled release later this year following accusations that the author used artificial intelligence to write it.

Hachette Book Group was approached with what The New York Times claimed was evidence that Shy Girl by Mia Ballard was allegedly AI-generated. Following this, the publisher said its imprint Orbit was removing the book from publication in the US and UK.

The novel follows Gia, a young woman who is “lonely, broke and depressed with a serious case of OCD”. She encounters a mysterious and rich man who, in exchange for her living as his devoted pet, promises to erase all her debts. The novel follows her time in captivity as she becomes increasingly animalistic in nature.

In an email to The New York Times, Ballard said the controversy “has changed my life in many ways and my mental health is at an all time low”. Ballard has denied personally using AI to write the novel. But she has said that an acquaintance she hired to work on an earlier self-published version incorporated AI tools.

Many people disagree with the use of AI for a host of reasons, from environmental to ethical concerns. But cultivating a climate of distrust around writing and authors is also not necessarily productive, and further pushes AI use into secrecy.

The author now faces a challenging situation, as Hachette withdrawing the book will appear to some to validate the accusations, even if it simply reflects uncertainty.

What happened?

The book was initially self-published in February 2025 before it was bought by Orbit Books, following a growing industry trend to traditionally publish successful self-published or fan-fiction works.

Issues started to arise regarding the novel’s provenance in mid-2025 on Reddit when one user, who claimed they were a book editor, made a post which pointed out several issues with the novel that suggested it was AI generated.

Their main claim was based on the novel’s repetitive style, something also pointed out by other critical readers. Specifically, they highlighted that almost every noun is preceded by an adjective, actions are frequently described with similes, descriptions came in lists of three and certain words are overused.

The discussion spread to other platforms such as the BookTok community (TikTok users dedicated to discussing books and publishing), Instagram and YouTube.

There is still no final consensus about how Shy Girl was written and Ballard has removed herself from the public eye and taken her social media accounts offline following the scandal. Hachette told The Independent that they “remain committed to protecting original creative expression and storytelling”. They have made no definitive statement on the claims but did tell the NYT that they conducted a thorough and lengthy review of the text.

How should readers and publishers respond?

Readers and publishers have spent years debating the impact of AI in the abstract but 2026 is the year these debates have become reality.

Stories like Shy Girl and The New York Times’ profile of AI romance author Coral Hart, who boasted of using AI to write and self-publish 200 hundred books across 21 pen names in a recent profile by The New York Times, demonstrate that theoretical disputes did not prepare us to be confronted with the reality of AI.

It’s clear that even the suggestion of AI writing inspires immense disgust in many readers. This means that regardless of the truth (if we ever find it out) Shy Girl and Ballard will likely be tainted by this scandal. Therefore, we must ask whether it is possible for publishing and reading to survive not just AI’s increasing normalisation but also the hostile and suspicious environment its use is creating for writers.

As a researcher of contemporary and digital reading culture, I believe we should cultivate an openness around the use of AI in writing by lobbying publishers to provide this information openly and clearly. This is already starting to happen. The Society of Authors, which is the UK’s largest writers’ trade union, has launched a logo to be used to identify “human authored” books – a step toward empowering consumers to know what they are choosing to support with their money.

Copyright law also needs to reflect AI’s reshaping of the creative field. A work requires a human author to be covered under copyright law in the US and any doubts about this are potentially a big part of Hachette pulling Shy Girl from publication due to the publisher’s inability to copyright.

This creates a difficult position for the novel and author. The book’s cancellation looks like confirmation of guilt whereas it may just be doubt. However, UK copyright law does offer protection for computer-generated works. This creates a murky area where AI-generated or assisted works can receive certain legal protections, but not necessarily the same rights as human-authored works.

Under UK law, computer-generated works can qualify for copyright, with authorship attributed to the person who made the necessary arrangements for the work’s creation. However, these works do not benefit from the full range of protections afforded to human authors, particularly moral rights, such as the right to be identified as the author or to object to derogatory treatment of the work.

This framework may change following a recent consultation led by the UK government on copyright and artificial intelligence. The consultation has now closed and the government has not yet implemented definitive legislative changes. However, its stated priorities suggest any reforms will aim to balance protecting creators’ rights with supporting innovation, investment and growth in the AI sector.

It’s an undeniably fraught situation, which is continually developing. In the near future we may unfortunately see more authors like Ballard made examples of while, behind the scenes, many more may be using AI undetected.

The Conversation

Natalie Wall does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. A popular horror novel was pulled over AI concerns – here’s what it means for publishing – https://theconversation.com/a-popular-horror-novel-was-pulled-over-ai-concerns-heres-what-it-means-for-publishing-279714

How to build a digital ‘twin’ of the human brain – what existing models overlook

Source: The Conversation – UK – By Andrea Luppi, Senior Research Associate, Department of Psychiatry, University of Oxford

The potential to create personalised digital “twins” of your brain and body is a hot topic in neuroscience and medicine today. These computer models are designed to simulate how parts of your brain interact, and how the brain may respond to stimulation, disease or medication.

The extraordinary complexity of the brain’s billions of neurons makes this a very difficult task, of course, even in the era of AI and big data. Until now, whole-brain models have struggled to capture what makes each brain unique.

People’s brains are all wired slightly differently, so everyone has a unique network of neural connections that represents a kind of “brain fingerprint”.

However, most so-called brain twins are currently more like distant cousins. Their performance is barely any closer to the real thing than if the model were using the wiring diagram of a random stranger.

This matters because digital twins are increasingly proposed as tools for testing treatments by computer simulation, before applying them to real people. If these models fail to capture fundamental principles of each patient’s unique brain organisation, their predictions won’t be personalised – and in worst cases could be misleading.

In our latest study, published in Nature Neuroscience, we show that realistic digital brain twins require something that many existing models overlook: competition between the brain’s different systems.

Our findings suggest that without competition, digital twins risk being overly generic, missing out on what makes you “you”.

Excess of cooperation

The human brain is never static. The ebb and flow of its activity can be mapped non-invasively using neuroimaging methods such as functional MRI. A computer model can be built from this, specific to that person and simulating how the regions of their brain interact. This is the idea of the digital twin.

The brain is often described as a highly cooperative system. Yet everyday experiences such as focusing attention or switching between tasks tells us intuitively that brain systems compete for limited resources. Our brains cannot do everything at once, and not all regions can be active together all the time.

Despite this, the vast majority of brain simulations over the past 20 years have not taken these competitive interactions between regions into account. Rather, they have “forced” neighbouring regions to cooperate. This can push the simulated brain into overly synchronised states that are rarely seen in real brains.

In a large comparative study of humans, macaque monkeys and mice, our international team of researchers used non-invasive brain activity recordings to show that the most realistic whole-brain models not only require cooperative interactions within specialised brain circuits, but long-range competitive interactions between different circuits.

To achieve this, we compared two types of brain model: one in which all interactions between brain regions were cooperative, and another in which regions could either excite or suppress each other’s activity. In humans, monkeys and mice, the models that included competitive interactions consistently outperformed cooperative-only models.

Using a large-scale analysis of over 14,000 neuroimaging studies, we found that spontaneous activity in the competitive models more faithfully reflected known cognitive circuits, such as those involved in attention or memory. This suggests competition is crucial for enabling the brain to flexibly activate appropriate combinations of regions – a hallmark of intelligent behaviour.

Visual summary of our study:

When whole-brain models of humans, macaques and mice are allowed to treat interactions between some brain regions as competitive, they consistently do so.
When whole-brain models of humans, macaques and mice are allowed to treat interactions between some brain regions as competitive, they consistently do so – generating activity patterns that closely resemble those associated with real cognitive processes.
Luppi et al/Nature Neuroscience, CC BY

We concluded that competitive interactions act as a stabilising force, allowing different brain systems to take turns in shaping the direction of the brain’s ebbs and flows without interference or distraction. This ability to avoid runaway activity may also contribute to the remarkable energy-efficiency of the mammalian brain, which is many orders of magnitude more efficient than modern AI systems.

Crucially, models with competitive interactions were not only more accurate but also more individual-specific. This means they were better at capturing the unique brain fingerprint that distinguishes one person’s brain from another’s.

No longer lost in translation?

The fact that our findings hold across humans and other mammals suggests they reflect fundamental principles of how intelligent systems work. In each case, we found models with competitive interactions generated brain activity patterns that closely resembled those associated with real cognitive processes.

This could have major implications for translational neuroscience. Animal models are routinely used to test treatments before human trials, yet differences between species often limit how well these results translate. Around 90% of treatments for neuropsychiatric disorders are “lost in translation”, failing in human clinical trials after showing promise in animal trials.

Combining brain imaging data from human patients with whole-brain modelling could radically change this. A framework that works across species would provide a powerful bridge between basic research and clinical application.

If someone needs intervention in the brain, for example due to epilepsy or a tumour, their digital twin could be used to explore how the patient’s brain activity would change when stimulated with different levels of drugs or electrical impulses. This might significantly improve on existing trial-and-error approaches with real patients, and thus provide better treatments.

The general principles of brain organisation across species also offer a path for understanding how to shape the next generation of artificial intelligence. In the not-too-distant future, we may be able to construct digital twins that are more faithful in reproducing the salient features of the human brain – and potentially, AI models that are more faithful to the human mind.

The Conversation

Andrea Luppi receives funding from the Wellcome Trust, St John’s College, Cambridge, and the Canadian Institutes of Health Research.

Gustavo Deco receives funding from the European Regional Development Fund, EU ERC Synergy Horizon Europe, and the Department of Research and Universities of the Generalitat of Catalunya.

Morten L. Kringelbach has received research funding from Pettit, Carlsberg and Cillo Foundations as well the ERC. Deco and Kringelbach are the authors of Whole-brain Modelling: Cartography of the Dynamics of Mind. This open-access title is available at https://hedonia.kringelbach.org/whole-brain-modelling/

ref. How to build a digital ‘twin’ of the human brain – what existing models overlook – https://theconversation.com/how-to-build-a-digital-twin-of-the-human-brain-what-existing-models-overlook-279681

Livreurs des plateformes : une enquête inédite lève le voile sur leur extrême précarité

Source: The Conversation – in French – By Marwân-al-Qays Bousmah, Chargé de Recherche, Ined (Institut national d’études démographiques)

Une étude inédite menée auprès de plus de 1 000 livreurs de plateformes décrit les conditions de travail indignes de cette population sur laquelle les données manquaient. Ces travailleurs sont sur le pont plus de 63 heures par semaine, de six à sept jours sur sept, pour un revenu très inférieur au seuil de pauvreté. Une enquête éclairante à l’heure où la directive européenne sur les travailleurs des plateformes numériques, qui vise à leur apporter davantage de protection, doit être transposée dans le droit français.


Si la silhouette des livreurs à vélo ou en scooter est devenue familière du paysage urbain et si beaucoup de citadins font appel à eux pour déposer leurs repas à domicile, ces travailleurs précaires demeurent en grande partie invisibles dans les enquêtes et les statistiques publiques.

Pourtant, la disponibilité de données de qualité sur les livreurs des plateformes numériques de travail constitue un enjeu majeur. Sur le plan juridique, la transposition en droit français de la directive européenne (UE) 2024/2831 sur l’encadrement juridique du travail de plateforme (qui vise à mieux protéger les travailleurs des plateformes), attendue avant le 2 décembre 2026, rend indispensable une meilleure connaissance de cette population pour éclairer les choix de régulation.

Sur le plan sanitaire, un rapport de l’Anses de mars 2025 faisait état d’une situation alarmante, mais soulignait aussi le manque de données permettant d’appréhender l’état de santé de ces travailleurs et de mettre en place des politiques publiques adaptées.

C’est dans ce contexte qu’a été lancé le projet Santé-Course. Mené par une équipe de recherche interdisciplinaire de l’Institut de recherche pour le développement (IRD) et de l’Institut national d’études démographiques (Ined), des acteurs associatifs travaillant auprès des livreurs (Association de mobilisation et d’accompagnement des livreurs, AMAL ; Collectif pour l’insertion et l’émancipation des livreurs, Ciel ; Maison des livreurs de Bordeaux ; Maison des coursiers de Paris ; Médecins du monde) et un groupe de pairs constitué de livreurs ou d’anciens livreurs, ce projet s’est attaché à documenter les conditions de travail ainsi que l’état de santé physique et mentale des livreurs à partir d’une enquête menée auprès de plus de 1 000 d’entre eux à Paris et à Bordeaux.

L’étude se penche également sur l’exposition aux risques professionnels, les contrôles policiers et les discriminations subies. Dans ce qui suit, nous mettons l’accent sur leur profil et leurs conditions de travail, mais l’intégralité des résultats est consultable ici.

Le travail de plateforme, de quoi parle-t-on ?

L’essor des plateformes numériques de travail en France remonte à une quinzaine d’années et résulte de la conjonction de deux séries de facteurs : l’adoption de nouvelles normes juridiques (notamment la loi Novelli de 2008 instaurant le statut d’auto-entrepreneur), d’une part, et la généralisation des technologies de l’information et de la communication ainsi que la démocratisation de leur usage, d’autre part. La première a progressivement flexibilisé le marché du travail et ouvert la voie à l’emploi massif de travailleurs indépendants par les plateformes tandis que la seconde a fourni à ces dernières les conditions de leur déploiement à grande échelle.




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Dans le secteur de la livraison de repas, les plateformes numériques jouent un rôle d’intermédiaires entre restaurateurs et clients, et entre restaurateurs et livreurs. Leur fonctionnement repose sur des algorithmes de mise en relation, de tarification et de déconnexion qui leur permettent de piloter une vaste main-d’œuvre statutairement indépendante, sans avoir à recourir aux modes de gestion traditionnels des entreprises.

Quant aux livreurs, leur statut d’auto-entrepreneur les place en dehors du cadre réglementaire de la santé et de la sécurité au travail applicable aux salariés. Leur situation s’apparente à un retour du travail à la tâche, entendu comme une contractualisation mission par mission entre des donneurs d’ordre et des exécutants.

De ce fait, l’ensemble des cotisations ouvrant droit à la protection sociale ainsi que les obligations légales liées à la protection des travailleurs sont transférées du donneur d’ordre vers le travailleur indépendant lui-même. Cette organisation place les livreurs dans une situation de forte précarité et de dépendance économique vis-à-vis des plateformes, lesquelles contrôlent l’accès aux courses ainsi que les modalités de rémunération.

Une population difficile à saisir dans les enquêtes

Enquêter auprès des livreurs de plateforme se heurte à plusieurs obstacles méthodologiques, dont le principal est d’ordre administratif : aucun des répertoires recensant les entreprises et leurs établissements implantés en France (Sirene, Sirus ou Sine), habituellement utilisés comme bases de sondage pour tirer les échantillons des enquêtes annuelles d’entreprises, ne permet d’identifier de façon fiable et exhaustive les livreurs de plateforme. Il est donc difficile de connaître avec précision leur nombre total et leur répartition géographique en France, ce qui rend impossible toute approche par échantillonnage traditionnel.

Une autre difficulté est posée par le phénomène de location de compte qui permet à des livreurs d’exercer leur activité sous le compte d’un tiers. Ce phénomène compromet également le recours aux données des plateformes elles-mêmes, lesquelles manquent de transparence (voir le rapport de l’Anses de mars 2025)

Il en résulte que seul un protocole de démarchage direct dans l’espace public ou dans des lieux associatifs est à même de produire des données fiables. C’est le choix fait par l’équipe du projet Santé-Course : aller à la rencontre des livreurs, sur leurs lieux d’attente, à Paris et à Bordeaux.

Ces deux villes ont été retenues parce qu’elles concentrent une part significative de ces travailleurs en France et abritent les structures associatives partenaires du projet. Afin de garantir une bonne représentation de la diversité des situations vécues par les livreurs et, ainsi, d’obtenir des résultats qui reflètent au mieux la réalité de l’ensemble de la population étudiée, un travail préalable de cartographie précise des lieux d’attente et du nombre de livreurs les fréquentant à différents moments de la journée a été effectué par arpentage, qui a ensuite servi de base au déploiement des enquêteurs.

L’enquête a été réalisée au cours du premier semestre 2025, auprès de livreurs de plus de 18 ans, ayant réalisé au moins une livraison via une plateforme numérique au cours du mois précédant l’enquête et en capacité de donner un consentement éclairé. Au total, respectivement 519 et 485 livreurs ont été interrogés à Paris et à Bordeaux.

Près d’un livreur sur deux a passé une journée entière sans manger, au cours des douze derniers mois

Les résultats dressent un portrait sociodémographique remarquablement homogène sur plusieurs dimensions. Les livreurs sont quasi exclusivement des hommes (98,9 %), immigrés (97,8 %) et relativement jeunes – leur âge médian est de 30 ans. Leur niveau de diplôme est en revanche hétérogène : si un quart d’entre eux n’a pas dépassé le niveau primaire, près d’un sur cinq a suivi des études supérieures, avec des écarts sensibles entre Paris (28,3 %) et Bordeaux (9,6 %).

La plupart sont arrivés récemment en France (depuis 2020 en médiane) et sont principalement originaires d’Afrique de l’Ouest et d’Asie du Sud à Paris, d’Afrique de l’Ouest et d’Afrique du Nord à Bordeaux. Leur situation administrative est extrêmement fragile : près des deux tiers sont sans titre de séjour.

Cette précarité administrative se double d’un dénuement matériel. La majorité ne dispose pas d’un logement personnel : la colocation et l’hébergement chez des connaissances dominent à Paris, tandis que les foyers et logements collectifs sont plus fréquents à Bordeaux.

Plus préoccupant encore, près de 18 % déclarent vivre dans des conditions de logement instables (hébergement d’urgence, squat ou hôtel social). La précarité alimentaire est tout aussi marquée : près d’un livreur sur deux à Paris (48 %) et plus d’un sur trois à Bordeaux (36,7 %) déclarent avoir passé au moins une journée entière sans manger, par manque d’argent, au cours des douze derniers mois.

Près de 73,5 % travaillent sous le compte d’un tiers

Les enquêtés exercent leur activité depuis peu : les trois quarts n’avaient jamais travaillé pour une plateforme de livraison avant 2021, et plus d’un tiers des livreurs parisiens ont démarré en 2024 ou en 2025. Deux plateformes, Uber Eats et Deliveroo, dominent très largement le marché, mais le recours simultané des livreurs à plusieurs applications (ou « multi-apping ») demeure très minoritaire, concernant moins de 2 % d’entre eux.

La dépendance économique vis-à-vis de cette activité est massive : 91 % déclarent que la livraison constitue l’essentiel de leurs revenus, et environ 95 % n’exercent d’autre activité rémunérée ni ne suivent une formation en parallèle. La dépendance au travail de livraison apparaît d’ailleurs largement contrainte : neuf livreurs sans titre de séjour sur dix déclarent qu’ils cesseraient ou réduiraient drastiquement cette activité en cas de régularisation.

Enfin, le phénomène de location de compte est massif : les trois quarts des livreurs travaillent sous le compte d’une tierce personne, une proportion atteignant 81 % à Paris. Ce phénomène, qui découle de la précarité administrative des livreurs dont beaucoup sont sans papiers, brouille considérablement la lecture des statistiques produites par les plateformes et souligne la nécessité d’enquêtes menées directement auprès des travailleurs sur le terrain.

En moyenne, 63 heures de travail par semaine à 5,83 euros bruts de l’heure

Les livreurs perçoivent en moyenne 1 480 euros bruts par mois, soit 880 euros nets une fois déduits l’ensemble des frais liés à l’activité (incluant les dépenses d’équipement et de carburant, les frais d’assurance, les impôts et, pour les trois quarts d’entre eux, le coût de location du compte qui s’élève en moyenne à 528 euros mensuels et absorbe à lui seul plus d’un tiers du revenu brut).

Le taux horaire brut moyen s’établit à 5,83 euros, soit bien en deçà du smic horaire (11,88 euros, au moment de l’enquête), pour des volumes de travail considérables : en moyenne 63 heures par semaine, six à sept jours sur sept, dix mois par an, et plus encore pour ceux qui louent un compte. À ce rythme, ils parcourent en moyenne plus de 800 kilomètres par mois, un kilométrage vraisemblablement sous-estimé en raison de l’omission de certains trajets dans les données des plateformes.

Ce tableau d’ensemble dessine le portrait d’une population de « working poor », contrainte à une intensité de travail extrême pour dégager un revenu net qui reste très inférieur au seuil de pauvreté (fixé à 1 288 euros nets par mois pour une personne seule).

Les analyses qui seront conduites par notre équipe dans les prochains mois visent à éclairer dans quelle mesure cette situation se répercute sur l’état de santé des livreurs. Plus de la moitié des livreurs interrogés ont déjà eu au moins un accident dans le cadre de leur travail, et 44,8 % d’entre eux estiment que leur état de santé s’est dégradé par rapport au moment où ils ont débuté leur activité de livraison.


Ce projet a bénéficié de financements de l’Agence nationale de la recherche, de l’Institut Convergences Migrations, de la Ville de Paris, de l’Inserm et de l’Institut Paris Public Health de l’Université Paris Cité.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

ref. Livreurs des plateformes : une enquête inédite lève le voile sur leur extrême précarité – https://theconversation.com/livreurs-des-plateformes-une-enquete-inedite-leve-le-voile-sur-leur-extreme-precarite-279699

Livreurs à domicile : comment le « management algorithmique » dégrade la santé des travailleurs

Source: The Conversation – France (in French) – By Dina Attia, Scientifique, chef de projet senior, Agence nationale de sécurité sanitaire de l’alimentation, de l’environnement et du travail (Anses)

Si le statut professionnel des livreurs fait l’objet d’une surveillance accrue, les effets sur leur santé du management algorithmique mis en place par les plateformes restent encore trop peu considérés. Ils sont pourtant délétères, comme le souligne l’Agence nationale de sécurité sanitaire dans son expertise consacrée à la question.


Qu’il s’agisse de réserver une location pour le week-end, de trouver un moyen de transport au milieu de la nuit ou de passer une commande en ligne, ces dernières années les plateformes numériques ont profondément transformé notre quotidien.

Les services de livraison de repas, notamment, ont connu un essor fulgurant depuis leur apparition au début des années 2010. Les plateformes qui les proposent ont attiré des milliers de travailleurs et modifié la manière dont les consommateurs accèdent aux services de restauration.

Pendant longtemps, les débats à propos de ces transformations ont surtout porté sur la concurrence générée par ces nouveaux entrants sur le marché ou sur le statut professionnel des livreurs. Les conditions de travail de ces derniers et leurs effets sur leur santé ont jusqu’à récemment été relégués au second plan.

Les conclusions de l’enquête Santé-Course, rendues publique fin mars 2026, jettent une lumière crue sur les conditions de travail indignes des livreurs (63 heures hebdomadaires, six à sept jours sur sept, pour un revenu très inférieur au seuil de pauvreté). Pour compléter ces données quantitatives, il n’est pas inutile de revenir sur les conclusions de l’expertise que l’Agence nationale de sécurité sanitaire (Anses) avait consacré à cette question en mars 2025.

L’agence avait en effet décrit les effets sanitaires de ces difficiles conditions de travail, et en avait décrypté les mécanismes sous-jacents. Pierre angulaire de l’activité de ces plateformes, le management algorithmique (autrement dit, dans ce contexte, l’emploi d’algorithmes informatiques pour gérer l’activité des livreurs) était en particulier pointé du doigt en raison de son impact sur la santé.

Ce système génère non seulement des risques psychosociaux, mais il exacerbe aussi d’autres atteintes aux travailleurs, concernant leur santé physique et leurs relations sociales.

Le management algorithmique : une source de stress chronique

Selon l’agence de l’Union européenne en matière de sécurité et de santé au travail (EU-OSHA), le management algorithmique peut être défini comme « l’utilisation d’algorithmes pour attribuer, surveiller et évaluer les tâches de travail ainsi que pour surveiller et évaluer le comportement et les performances des travailleurs […] ».

Cette organisation, mise en place par l’ensemble des plateformes de livraison, crée une asymétrie d’information entre les plateformes et les livreurs. Le fonctionnement de l’algorithme étant régi par des règles opaques et changeantes, les livreurs n’ont que peu, voire pas, de possibilité de recours ou de dialogue humain.

Les travaux de l’Anses révèlent que, dans les faits, cette modalité de management soumet les travailleurs à une pression permanente.

Les notifications incessantes, les évaluations automatisées basées notamment sur les retours clients, qui ne tiennent pas compte des réalités de terrain, et la peur de la désactivation du compte créent un état d’hypervigilance.

À titre d’illustration, le livreur ne peut pas vérifier les conditions de conditionnement des marchandises empaquetées dans un sac fermé par le restaurateur. Or, celui-ci peut se déverser durant le transport, causant le mécontentement du client. À cela s’ajoute le fait que les livreurs n’ont pas d’informations claires sur la façon dont les notes et commentaires laissés par les clients après chaque livraison (ou possiblement d’autres aspects de leur prestation) vont influer sur d’éventuelles sanctions.

L’impossibilité d’anticiper les revenus ou lesdites sanctions engendre des sentiments permanents d’impuissance et d’insécurité économique. Pour maximiser leurs gains, les livreurs adoptent de ce fait des stratégies risquées basées sur l’« auto-accélération ».

En d’autres termes, ils choisissent de réduire leurs temps de pause ou d’augmenter leurs cadences de travail, espérant ainsi être mieux évalués par les algorithmes. Une situation qui favorise l’épuisement professionnel et l’émergence d’effets sur la santé mentale (états anxieux chroniques, risque de burn out).

Autres effets sur la santé : un tableau alarmant

Au-delà de la santé mentale, l’expertise de l’Anses met en lumière d’autres risques sanitaires liés à l’activité de livraison. Ainsi, cette expertise a identifié que 26,4 % des livreurs en Île-de-France ont subi un accident de la route.

Leur activité de livraison est par ailleurs à l’origine de troubles musculo-squelettiques, tels que des douleurs lombaires et des tendinopathies.

Elle perturbe aussi leurs rythmes circadiensLes rythmes circadiens sont des cycles d’une durée proche de 24 heures qui rythment de nombreux processus biologiques : alternance veille/sommeil, variations de la température corporelle, de la pression artérielle, production d’hormones, fréquence cardiaque, et influent sur la mémoire, l’humeur, les capacités cognitives, etc., ce qui peut avoir pour conséquences une fatigue chronique et, à plus long terme, des effets métaboliques délétères)

Enfin, les livreurs sont particulièrement exposés aux pollutions urbaines, ce qui se traduit par des risques respiratoires et cardiovasculaires accrus.

Ces effets sanitaires sont encore aggravés par le statut sociojuridique des livreurs : en leur imposant le statut d’« indépendants », les plateformes leur transfèrent la quasi-totalité des responsabilités liées au travail.

Les déterminants sociojuridiques du risque

Les plateformes ont une implication limitée concernant la prévention et la réparation en lien avec des accidents du travail. Plus généralement, il n’y a pas de suivi de la santé des livreurs.

En outre, cette structuration du travail limite la possibilité de construire des collectifs ou des stratégies d’entraide, ce qui accroît encore l’isolement professionnel des travailleurs.

De telles conditions ont des répercussions sur la santé physique, mentale ainsi que sur la vie personnelle et familiale des livreurs.

La situation est encore plus critique pour une partie des livreurs, à savoir ceux qui travaillent « sous compte loué ». Ces personnes, qui ne peuvent créer leur propre compte, louent l’identité et le compte d’un livreur officiellement inscrit sur la plateforme, moyennant une commission, car ils ne peuvent pas créer leur propre compte. Selon les chiffres de l’enquête Santé-Course, cette situation, qui concernerait les trois quarts des livreurs, leur coûterait mensuellement 528 euros en moyenne, sur un revenu brut de 1 480 euros.

Souvent sans papiers, ces travailleurs cumulent une absence totale de protection sociale, une surdépendance économique vis-à-vis du loueur du compte, une invisibilité statistique (aucune donnée les concernant), des prises de risques accrues (plus d’heures, moins d’arrêts), et une impossibilité de faire valoir des droits ou de déclarer un accident. Cette situation représente un enjeu de santé publique majeur, et une zone aveugle des dispositifs de prévention actuels.

Pour améliorer la situation des livreurs, l’Anses insiste sur la nécessité d’une affiliation obligatoire à un régime de sécurité sociale professionnelle, quel que soit le statut (salarié ou indépendant). Elle préconise également une couverture des accidents du travail pour les travailleurs indépendants et la mise à disposition de lieux de repos et de rencontre pour faciliter l’entraide.

Les experts soulignent également le risque que font courir les outils d’IA sur le monde du travail.

Quel encadrement pour l’IA en milieu professionnel ?

Les outils d’IA utilisés par les plateformes numériques permettent désormais de mesurer en temps réel une certaine forme de productivité.

Dans la logistique, par exemple, des algorithmes analysent chaque mouvement des préparateurs de commandes dans les entrepôts ; dans les centres d’appels, l’IA évalue le ton de voix, le débit de parole et le taux de conversion des téléopérateurs ; dans certains bureaux, des logiciels mesurent les frappes au clavier, les clics de souris ou le temps passé sur chaque application..

Cette quantification pose question, car elle réduit le travail à des métriques mesurables, mais ignore les dimensions relationnelles, créatives ou réflexives de l’activité professionnelle. Un bon service client ne se résume pas à un temps d’appel court, et la qualité d’un travail intellectuel ne se mesure pas à l’aide d’indicateurs parfois simplistes…

Face à ces dérives, le cadre juridique européen évolue. L’AI Act (règlement UE 2024/1689), entré en vigueur progressivement depuis 2024, classe les systèmes d’IA utilisés pour évaluer les performances des salariés parmi les « systèmes à haut risque » nécessitant un encadrement strict.

En France, à partir du 2 août 2026, tout travailleur soumis à une évaluation par intelligence artificielle devra obligatoirement en être informé. L’IA ne pourra plus fonctionner en autonomie totale : une supervision humaine active sera obligatoire, et aucune décision impactant un salarié (promotion, sanction, licenciement) ne pourra reposer exclusivement sur un algorithme.

Des risques qui concernent tous les travailleurs

La pression de la performance constante, sans possibilité de déconnexion, crée un climat d’anxiété permanente et expose les travailleurs à un stress chronique. Comme le montrent les études sur le management algorithmique, les décisions automatisées (affectation des tâches, évaluations) réduisent la marge de manœuvre des travailleurs et entraînent une perte d’autonomie.

Le recours à l’intelligence artificielle facilite également la fragmentation des contrats (microtâches, statuts hybrides), limitant l’accès aux protections sociales et menant à une précarisation des statuts des travailleurs.

Enfin, l’absence d’interactions humaines et de collectifs de travail aggrave la solitude et le sentiment d’insécurité, aboutissant à leur isolement et à une déshumanisation du milieu professionnel.

Si, actuellement, les travailleurs des plateformes sont les principaux concernés par cette situation, ces pratiques pourraient bientôt s’étendre à de nombreux secteurs d’activité et types d’emploi.

Quel avenir pour le travail ?

Au-delà des enjeux économiques ou technologiques, le management algorithmique et les conditions de travail mises en place par les plateformes de livraison traduisent un enjeu sociétal. On l’a vu, le modèle des plateformes, fondé sur la flexibilité et l’hyperoptimisation, externalise les risques sur les livreurs. Une question se pose aujourd’hui avec acuité : comment concilier innovation et protection des travailleurs dans un monde de plus en plus numérisé ?

Alors que la directive européenne 2024/2831 relative à l’amélioration des conditions de travail dans le cadre du travail via une plateforme doit être transposée en droit national d’ici novembre 2026, les acteurs publics disposent d’une fenêtre d’opportunité pour intégrer ces enjeux de santé dans les textes nationaux et inciter à la responsabilisation des plateformes.

Sans cadre réglementaire, l’implémentation de l’IA au travail risque d’étendre ces dérives à d’autres travailleurs, dans tous les secteurs. Avec l’introduction croissante de l’IA dans les entreprises, les salariés sont de plus en plus exposés à des mécanismes de surveillance algorithmique, de notation automatisée et de précarisation des statuts (contrats courts, indépendants). Surveillance intrusive, pression constante, et absence de recours pourraient se généraliser.

L’enjeu n’est donc pas seulement de protéger les travailleurs des plateformes, mais bien de repenser le travail à l’ère numérique pour éviter l’émergence d’une société où la surveillance, la précarité et le stress deviendront la norme. C’est l’avenir du travail qui est en jeu.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

ref. Livreurs à domicile : comment le « management algorithmique » dégrade la santé des travailleurs – https://theconversation.com/livreurs-a-domicile-comment-le-management-algorithmique-degrade-la-sante-des-travailleurs-279469