El móvil en el aula: estrategias que funcionan más allá de la prohibición

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Gustavo Herrera Urízar, Profesor del Departamento de Didáctica y Organización Educativa, Universitat de Barcelona

Dragon Images/Shutterstock

El debate sobre el móvil en la escuela ha dejado de ser una conversación de claustro para convertirse en política pública. En España, tras las recomendaciones del Consejo Escolar del Estado, el Ministerio de Educación y las comunidades autónomas han aprobado instrucciones que convergen en una misma dirección: el móvil personal debe estar apagado y guardado durante la jornada lectiva, salvo autorización expresa del profesorado. A eso se suma la tramitación de una ley para la protección de los menores en los entornos digitales, actualmente en las Cortes Generales.

La dirección regulatoria está clara. Lo que no está tan claro es si funciona sola.

Lo que dice la investigación

En nuestro libro Jóvenes y teléfonos móviles en las aulas (Octaedro, 2025) ofrecemos una respuesta incómoda: prohibir el móvil no mejora por sí solo el rendimiento académico. Lo que sí marca diferencia es la formación del profesorado para gestionar su presencia (o su ausencia) con criterio pedagógico.

Algunos estudiantes reconocen que, tras la prohibición, atienden más en clase. Pero atender más no equivale a aprender a regular. El móvil no desaparece de la vida adolescente: cambia de escenario. Y cuando la norma no va acompañada de formación, solo funciona mientras hay vigilancia.

El otro problema es la incoherencia. Una madre del estudio lo resumía con precisión: “Se supone que el uso de móviles está prohibido, pero los profesores los piden para actividades como Kahoot… Así, la norma pierde coherencia”. Sin criterios acordados, la gestión queda en manos de cada docente, y el alumnado aprende que la norma depende del humor del día, no del centro.

La clave no es solo qué se decide sobre el móvil, sino cómo se decide, quién lo decide y con qué acompañamiento.




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Qué hacer y cómo hacerlo

A continuación, ofrecemos pautas para gestionar el móvil en los centros de manera eficaz y sostenible:

  • Formar al profesorado en gestión pedagógica, no solo en restricción: la formación docente es el factor que más consistentemente aparece vinculado a mejoras reales. No se trata de saber instalar una aplicación, sino de tener criterios claros: ¿en qué tipo de tarea el móvil añade valor y en cuál distrae sin compensación? ¿Cómo se comunica esa decisión al grupo?

    Esta formación debería incluir estrategias de gestión de la atención en entornos digitales, diseño de usos acotados con sentido pedagógico, y alfabetización digital integrada en las asignaturas, no como tema aparte, sino como parte del trabajo cotidiano.

  • Construir normas de centro acordadas, no solo transmitidas. Las normas que funcionan no son necesariamente las más estrictas, sino las más compartidas. Cuando el alumnado entiende el “porqué” de una restricción (y ha participado en su definición), la norma gana legitimidad sin necesidad de vigilancia constante.

    Esto requiere un proceso deliberado: acuerdos de claustro con criterios comunes, espacios de participación real del alumnado y comunicación clara a las familias. Sin ese trabajo previo, cada docente improvisa y la norma se convierte en ficción.

  • Enseñar autorregulación como contenido educativo. Las familias del estudio identifican con precisión el núcleo del problema: “No es utilizar el teléfono, el problema es todo lo que ven a través de él”. Si el problema es el hábito, la solución no puede ser solo retirar el objeto.

    Enseñar autorregulación digital no requiere una asignatura nueva: puede integrarse en Tutoría, analizando los propios datos de uso del alumnado; en Lengua o Ciencias Sociales, discutiendo cómo están diseñadas las plataformas para captar la atención; o en cualquier materia, practicando el cierre consciente del dispositivo cuando la actividad ha terminado.

  • Resolver la función logística del dispositivo. El móvil entra al aula, en muchos casos, por necesidad material: cuando no hay ordenadores disponibles o el aula de Informática está ocupada, es la única alternativa. Ignorar esto genera normas que se incumplen desde el primer día. Los centros que gestionan bien esta tensión son los que han separado dos preguntas distintas: ¿queremos reducir el uso distractivo del móvil personal? y ¿queremos integrar herramientas digitales en el aprendizaje? La respuesta puede ser sí a ambas, pero requieren estrategias diferentes. La segunda exige inversión en infraestructura, no solo en regulación.




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La pregunta útil

La pregunta útil no es “¿Prohibimos o permitimos?”, sino: “¿Cómo lograr que una decisión sobre el móvil tenga efecto real?” Prohibir puede ser una herramienta legítima y puntualmente eficaz. Pero prohibir sin formar, sin acordar y sin acompañar deja intacto el núcleo del problema.

Ese núcleo no está en el texto de la ley. Está en el aula del lunes por la mañana, donde el docente decide qué hace con veintitantos adolescentes y sus dispositivos. Con decreto o sin él, esa decisión sigue siendo suya. Y la diferencia entre una decisión informada y una improvisada no la hace la norma: la hace la formación.

The Conversation

Cristina Alonso Cano recibe fondos de Proyecto Jóvenes y móviles en el aula. Discursos y dinámicas de prohibición, promoción e indeterminación / US’MOV Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, Agencia Estatal de Investigación (PID2019-108041RB-I00), 2020-2022.

Gustavo Herrera Urízar no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El móvil en el aula: estrategias que funcionan más allá de la prohibición – https://theconversation.com/el-movil-en-el-aula-estrategias-que-funcionan-mas-alla-de-la-prohibicion-277414

El móvil nos hace peores estudiantes, lo que nos lleva a refugiarnos más en él

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Vicente Villalba Palacin, Adicción a Internet, Adicción al móvil, salud mental, desinformación, Universitat de Barcelona

PeopleImages/Shutterstock

Imaginemos a un universitario cualquiera: se sienta frente a los apuntes para empezar a estudiar, pero a los cinco minutos vibra el dispositivo. Este sencillo aviso actúa como una invitación a desviar su atención, activando un ciclo de gratificación instantánea que fragmenta su capacidad de concentración. Lo que comienza como una revisión de una notificación termina convirtiéndose en un largo periodo de consumo digital que desplaza la tarea académica.

Esta dinámica no es casual; responde a un diseño persuasivo que transforma el uso del smartphone en un patrón de conducta a menudo compulsivo. En un reciente estudio hemos analizado cómo el uso problemático de internet y el fenómeno del phubbing, acto de ignorar a otras personas para consultar el móvil, impactan en la capacidad cognitiva y emocional y en el rendimiento académico de los universitarios.

El perfil de la distracción

Nuestra investigación revela que el uso problemático de internet y el phubbing son fenómenos transversales a todos los universitarios, aunque existen ciertos matices. Al analizar la muestra de 875 estudiantes de 5 facultades de la Universitat de Barcelona, no hallamos diferencias por sexo o edad, algo que difiere de otros estudios donde tradicionalmente han señalado una mayor vulnerabilidad en las mujeres, por su uso de redes sociales, o en los alumnos más jóvenes.

Sin embargo, la titulación sí importa. Los alumnos que estudian grados con una mayor carga o estimulación digital, como por ejemplo Comunicación Audiovisual o ESCAC, muestran niveles de uso problemático más elevados en comparación con los de Educación.

En cuanto al rendimiento académico, los datos confirman una relación inversa preocupante que ya había sido detectada anteriormente: los estudiantes con un desempeño “excelente” muestran los niveles más bajos de uso problemático de internet o phubbing. Por el contrario, aquellos con calificaciones de “aprobado” o “notable” presentan una mayor dependencia digital y puntuaciones más altas en phubbing, lo que indica que el empleo desadaptativo del móvil está directamente asociado con un menor éxito en las aulas.




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‘Smartphone’ como analgésico emocional

El uso del móvil no es solo un hábito, sino un bucle alimentado por variables psicológicas. Por ejemplo, nuestros datos apuntan a que cuando una persona es impulsiva –le falta autocontrol– y se siente mal psicológicamente tiene mayor tendencia a usar internet de manera problemática e incurrir en el phubbing, es decir, en distraerse mirando el móvil cuando habla con otras personas.

Los estudiantes con niveles más altos de ansiedad y depresión tienen una probabilidad significativamente mayor de refugiarse en el dispositivo para aliviar estados emocionales negativos. Cuando este fenómeno se da en el aula, se distraen.


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Este círculo vicioso se retroalimenta. El malestar psicológico impulsa al estudiante hacia el móvil buscando alivio momentáneo, pero ese uso problemático genera una mayor fragmentación atencional y sentimientos de culpa, lo que a su vez incrementa el malestar y dificulta retomar el estudio con eficacia.

En nuestra muestra, el 49 % de los alumnos presenta niveles altos de phubbing, una conducta que se vincula directamente con una menor capacidad de autorregulación. Cuanto mayor puntúan en la escala de ansiedad, mayor es su probabilidad de incurrir en este tipo de comportamiento. Si tenemos en cuenta que la media de revisión del teléfono es de 150 veces al día, en los casos con un peor autocontrol esta frecuencia puede dispararse, consolidando dinámicas de uso compulsivas.

¿Qué ocurre en nuestro cerebro?

Para entender qué ocurre realmente en el cerebro del estudiante, realizamos un experimento con 46 alumnos del grado en Comunicación Audiovisual midiendo su actividad electrodérmica (las respuestas físicas de la piel que indican activación emocional y atencional). Los resultados muestran un patrón claro: una mayor propensión a usar demasiado internet provoca un desajuste entre el nivel de atención y la activación emocional durante el desempeño de tareas académicas.

En concreto, al realizar actividades que requieren una alta demanda cognitiva, como es un examen, los estudiantes con mayor uso problemático muestran una disminución progresiva de la atención. Sin embargo, presentan una respuesta emocional elevada ante las exigencias de la tarea, lo que sugiere que su cerebro está reaccionando emocionalmente ante la dificultad de concentrarse para realizar la labor.




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Curiosamente, su atención solo parece estabilizarse ante estímulos digitales, como el consumo de contenido en pantalla. Esto demuestra que su sistema nervioso se ha habituado a procesar información bajo una estimulación constante, perdiendo eficacia en los procesos de estudio tradicionales que requieren calma y reflexión.

No es falta de ganas, es un conflicto de diseño

A la luz de estos datos, queda patente que el uso excesivo del smartphone impacta en el rendimiento académico más allá de provocar falta de interés o de disciplina. Las plataformas digitales entorpecen los procesos necesarios para sostener el esfuerzo cognitivo que una persona necesita para estudiar.

Los malos hábitos digitales (uso excesivo, falta de control en el tiempo de uso, consultar el móvil demasiado a menudo o interrumpiendo otras tareas) pueden surgir, además, precisamente como respuesta ante el malestar psicológico que produce esta falta de concentración. Es decir, al comenzar una tarea exigente cognitivamente, el esfuerzo nos empuja a “evadirnos” hacia tareas fragmentadas y sencillas como consultar las redes sociales.

En definitiva, el éxito académico no depende solo de la capacidad intelectual, sino también de nuestra habilidad para recuperar la voluntad y el autocontrol en un entorno diseñado, precisamente, para disminuirlos.


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ref. El móvil nos hace peores estudiantes, lo que nos lleva a refugiarnos más en él – https://theconversation.com/el-movil-nos-hace-peores-estudiantes-lo-que-nos-lleva-a-refugiarnos-mas-en-el-274600

La ugandesa Jennifer Nansubuga Makumbi defiende el feminismo indígena en su novela ‘La primera mujer’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lara Tortosa-Signes, Doctoranda en Lenguas, Culturas y Literaturas, Universitat de València

Mujeres embarazadas esperan para hacerse una ecografía en el hospital de Kolonyi, en Uganda. Dennis Wegewijs/Shutterstock

Jennifer Nansubuga Makumbi es una escritora ugandesa que ofrece una visión distinta del feminismo más allá de los eslóganes hegemónicos. Su libro The First Woman (2021) acaba de ser traducido al castellano con el nombre de La primera mujer.

La novela propone una revisión de los parámetros patriarcales para demostrar que la desigualdad de género se ha encontrado siempre con formas de resistencia, incluso mucho antes de que el feminismo occidental tuviese presencia en África.

La autora presentó el libro junto a Marta Sofía López, su traductora, en varias ciudades españolas durante el mes de marzo. Ambas consideran que, pese a ser una historia contextualizada en la Uganda de finales del siglo XX que visibiliza las mujeres rurales, trata temas que pueden apelar al público universal.

La importancia de las historias ancestrales

Las autoras africanas han subrayado siempre la influencia de las antepasadas en su visión del mundo. Muchas de ellas, como la nigeriana Buchi Emecheta o la ghanesa Ama Ata Aidoo, contaban cómo las historias que escucharon de sus abuelas y tías les ayudaron a entender su realidad y construir sus propias narrativas.

En La primera mujer, la joven protagonista, Kirabo, experimenta incomodidad al tener que obedecer los mandatos patriarcales. Kirabo se siente atrapada en su cuerpo y cada vez que es obligada a arrodillarse delante de un hombre –una práctica tradicional–, se tensa y siente dolor. Esta situación la lleva a desdoblarse: mientras su cuerpo sigue las normas, su “otra yo” vuela hacia el exterior para escapar de la realidad.

Como consecuencia, Kirabo decide hablar con la bruja de la aldea, Nsuuta, para entender qué le ocurre. Nsuuta, una anciana ciega que ha vivido una vida fuera de los rígidos estándares de la sociedad, le revela el mito de “la primera mujer”. Este afirma que las mujeres eran en realidad tan poderosas que los hombres tuvieron que encontrar la forma de minimizarlas y anularlas. Para poder hacerlo, inventaron que ellas eran seres acuáticos que no pertenecían a la tierra (y, por tanto, no podían poseerla). De esta manera, ellos se adueñaron de los espacios físicos, relegándolas a un segundo plano y considerándolas inestables, como el agua.

Aunque la novela describe mayoritariamente la situación de las habitantes de una región de Uganda, se pueden encontrar muchas similitudes con la vida de una mujer en cualquier parte del planeta. Se tratan cuestiones como el alargamiento de los labios menores, la disparidad social y económica, el abandono y la idealización de las figuras masculinas.

Al hacerlo la autora muestra cómo las historias y los conocimientos ancestrales pueden explicar nuestra condición y enseñarnos a combatir las desigualdades.

‘Mwenkanonkano’ o el feminismo indígena

A pesar de que la lucha contra la violencia patriarcal forma parte de la vida de las africanas desde tiempos inmemoriales, el término “feminismo” no ha sido muy popular. En Uganda especialmente, la palabra sonaba demasiado extranjera y no acababa de ser aceptada por las escritoras.

Portada de La primera mujer de Jennifer N Makumbi.

Deleste

En el caso de la novela, su feminismo se asemeja al propuesto por la académica Obioma Nnameka, quien defendía que la teoría feminista debía edificarse sobre lo indígena y ser lo suficientemente flexible como para adaptarse a diferentes cosmovisiones.

En La primera mujer, Makumbi utiliza la palabra “mwenkanonkano”, una forma de resistencia indígena encabezada por Nsuuta. De hecho, Nsuuta rechaza los discursos occidentales porque siente que no representan a todas las mujeres. La autora ofrece la perspectiva de estas mujeres criadas en el entorno rural de una nación poscolonial. También hace referencia a las luchas diarias y las formas en las que éstas tienen que resistir a la opresión masculina en su propio contexto. La elección del término “mwenkanonkano” no es casual; Makumbi ha afirmado que ninguna de sus antepasadas se hubiese llamado a sí misma “feminista”.

Además, La primera mujer denuncia marcados casos de violencia simbólica cuando otros personajes de la novela se oponen a la rigidez patriarcal. Este es el caso de la tía paterna de Kirabo, quien le habla de la sexualidad y la anima a encontrar un hombre que le proporcione placer. Otra de sus tías se ve obligada a dejar el hogar porque la gente del pueblo la acosa y su abuelo la relega a las habitaciones de los sirvientes tras enterarse de que está viéndose con un chico.

Una mujer habla con un micrófono.
Jennifer Nansubuga Makumbi en el Festival Atlantide 2021 en Nantes (Francia).
DeuxPlusQuatre/Wikimedia Commons, CC BY-SA

Por otro lado, cuando Kirabo asiste a una escuela privada, se da cuenta de que los chicos no sufren repercusiones si tienen relaciones sexuales, mientras que las chicas son expulsadas sin posibilidad de volver si quedan embarazadas. De esta manera, Makumbi subraya las desigualdades y la falta de autonomía de las adolescentes.

Aunque Nsuuta no ha recibido una educación feminista, recurre a los cuentos orales para demostrar la importancia de la sororidad, la resilencia y la independencia. A través de ese personaje, Makumbi refleja cómo el conocimiento puede venir de las madres y abuelas y reivindica la importancia de las voces femeninas. Así, la narración se convierte no solo en una forma de arte y belleza sino en un ejercicio de supervivencia.


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The Conversation

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ref. La ugandesa Jennifer Nansubuga Makumbi defiende el feminismo indígena en su novela ‘La primera mujer’ – https://theconversation.com/la-ugandesa-jennifer-nansubuga-makumbi-defiende-el-feminismo-indigena-en-su-novela-la-primera-mujer-277111

El sector editorial se transforma para que los libros se sigan publicando, comprando y leyendo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marta Magadán-Díaz, Profesora Titular de Universidad de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

Caseta del día de Sant Jordi (23 de abril) en Barcelona. Edugrafo/Shutterstock

Aparentemente, el mercado del libro en España vive un momento dulce: nunca ha habido tantos lectores por ocio –más de dos tercios de la población–, con especial intensidad entre los jóvenes. Al mismo tiempo, la facturación del sector supera los 1 200 millones de euros anuales, mientras que el libro en papel sigue concentrando más del 90 % de las ventas.

No obstante, estas cifras no reflejan toda la realidad. Bajo esta aparente estabilidad se está produciendo una transformación profunda que afecta a toda la cadena de valor. Más que una crisis, el sector atraviesa un cambio de modelo.
La solidez económica convive con alteraciones estructurales que obligan a replantear el negocio. El verdadero desafío ya no es solo crecer, sino adaptarse a un entorno en el que la tecnología, la sobreoferta y los nuevos hábitos de consumo están redefiniendo qué significa leer, comprar y publicar libros.

Más libros, menos visibilidad

Uno de los rasgos más característicos del momento actual es el exceso de oferta. En España se publican cada año más de 89 000 novedades editoriales, lo que refleja un sector con una gran capacidad de producción y una amplia variedad de propuestas disponibles para el lector.

Sin embargo, esta abundancia plantea un desafío creciente: la visibilidad. En un mercado saturado, publicar ya no basta. El verdadero reto es lograr que los libros sean descubiertos y lleguen a sus lectores.

Como consecuencia, una gran parte de los títulos apenas encuentra público. El éxito tiende a concentrarse en unos pocos, mientras muchos otros pasan desapercibidos. Así, la competencia ha dejado de centrarse en la producción y se ha desplazado hacia la capacidad de destacar en medio del exceso de oferta.

La redistribución del mercado

El cambio también se percibe con claridad en los canales de venta. Históricamente fundamentales para la difusión cultural, las librerías independientes, al operar ahora en un entorno con márgenes ajustados y una fuerte dependencia de un volumen de ventas difícil de sostener, retroceden en número: si en 2022 había 2 977, en 2024 la cifra había bajado hasta las 2 754.

En paralelo, la venta online se ha consolidado como un canal clave. Impulsada durante la pandemia –cuando en algunos momentos llegó a concentrar cerca del 40 % de las ventas–, hoy sigue siendo un pilar del sector y ha reducido la dependencia de la distribución física.

Al mismo tiempo, las grandes cadenas y las plataformas digitales han reforzado su posición. Este contexto no supone la desaparición de las librerías, pero sí una redefinición de su papel: más que simples puntos de venta, tienden a consolidarse como espacios de recomendación, experiencia y mediación cultural.

Nuevos formatos, nuevos hábitos

El libro en papel sigue siendo el formato dominante, aunque su centralidad ya no es absoluta. Paralelamente está creciendo la producción en otros formatos, como el libro digital y el audiolibro, que amplían las formas de acceso y consumo de contenidos editoriales.

Además, el sector ha incorporado otros modelos de negocio –suscripción digital, venta directa al lector, autopublicación– que conviven con el sistema tradicional y configuran un ecosistema híbrido en plena transición.

El libro digital representa en torno al 5 %–6 % de la facturación total en España, según la Federación de Gremios de Editores. Pese a su crecimiento sostenido, su peso se mantiene limitado y relativamente estable.
En paralelo, el audiolibro duplicó sus ingresos entre 2023 y 2024 pero todavía no representa ni un 1 % de la facturación total.

Esta expansión viene impulsada por cambios en los hábitos de consumo: el audiolibro permite leer mientras se realizan otras actividades y se adapta a un uso más flexible del tiempo. A esto se suman los modelos de suscripción, que sustituyen la compra de un número limitado de títulos por el acceso a amplios catálogos e introducen una lógica distinta, donde el valor se mide más por el uso que por la propiedad.

Tecnología e industria editorial

La digitalización está transformando profundamente la forma en que se producen los libros. Las herramientas de inteligencia artificial permiten automatizar tareas como la redacción, la corrección o la narración en audio, lo que reduce costes y facilita los procesos de publicación. Esto, a su vez, amplía el número de actores capaces de participar en el mercado.

El resultado es un incremento aún mayor de la oferta. En este contexto, los mecanismos de selección adquieren una relevancia creciente: los algoritmos de recomendación, presentes en las plataformas digitales, influyen cada vez más en qué libros se descubren y cuáles permanecen fuera del radar.

A esta transformación se suma el papel cada vez más relevante de las grandes plataformas digitales como intermediarios en la distribución del libro. Sus sistemas de recomendación condicionan en gran medida qué se compra y qué se lee, desplazando parcialmente la función tradicional de libreros y otros prescriptores culturales.

Elegir en la era de la abundancia

Para los lectores, este escenario tiene implicaciones ambivalentes. El acceso a los libros nunca ha sido tan amplio: es posible leer o escuchar contenidos en múltiples formatos, en cualquier momento y desde prácticamente cualquier lugar.
Sin embargo, esta abundancia también complica la elección.

Nunca ha sido tan difícil decidir entre tantas opciones disponibles. En este contexto, la recomendación se vuelve un elemento central de la experiencia de lectura, ya provenga de libreros, medios especializados, bookfluencers o sistemas algorítmicos.

El reto, en definitiva, ya no es encontrar libros, sino discernir cuáles merecen realmente atención.

Un cambio de modelo

El libro no está desapareciendo ni perdiendo relevancia como objeto cultural, lo que está cambiando es el sistema que lo sostiene.

El negocio del libro en España no atraviesa una crisis, sino una transformación. La estabilidad de las cifras económicas convive con cambios estructurales que afectan a toda la cadena de valor. El reto del sector no reside únicamente en crecer, sino en ajustarse a un contexto donde la tecnología, la abundancia de títulos y los cambios en los hábitos de consumo están transformando la forma de entender la lectura, la compra y la publicación.

El sector editorial se desenvuelve hoy en un contexto más complejo, marcado por la diversificación de formatos y la evolución de los canales de distribución. En este proceso, la clave no es únicamente crecer, sino adaptarse a nuevas dinámicas.
Como en otros ámbitos culturales, la transición combina continuidad y cambio: el libro en papel mantiene su centralidad, pero convive con nuevas formas de acceso y consumo.

Más que una crisis, el sector vive una reconfiguración profunda. Su futuro dependerá de la capacidad para integrar la innovación tecnológica sin renunciar a su función esencial: ofrecer conocimiento, ideas e historias significativas en un entorno cada vez más saturado de información.

The Conversation

Marta Magadán-Díaz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El sector editorial se transforma para que los libros se sigan publicando, comprando y leyendo – https://theconversation.com/el-sector-editorial-se-transforma-para-que-los-libros-se-sigan-publicando-comprando-y-leyendo-280498

Regeneración, metamorfosis, diversidad y adaptación: el secreto de los equinodermos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Antonio Figueras Huerta, Profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto de Investigaciones Marinas (IIM-CSIC)

Pepino de mar de la especie _Stichopus herrmanni_. Frederic Ducarme. , CC BY-SA
Dos erizos de arrecife: Tripneustes ventricosus y Echinometra viridis (abajo).
Nick Hobgood / Wikimedia Commons., CC BY-SA

Los erizos parecen alfileteros vivientes con armadura de carbonato cálcico; los pepinos de mar se asemejan a gusanos gigantes; las estrellas extienden sus brazos como flores marinas; las ofiuras se mueven con gracia serpentina, y los crinoideos, conocidos como lirios o estrellas pluma, despliegan brazos finos y ramificados que recuerdan a delicados abanicos vegetales.

A primera vista, clasificar juntos a estos animales parece un error taxonómico. Sin embargo, bajo esa diversidad de formas se esconde una de las historias evolutivas más sorprendentes de la naturaleza: la de los equinodermos, un filo que ha sobrevivido durante más de 500 millones de años en casi todos los rincones del océano.

Pepino de mar listo para la reproducción.
Noah Photo Library., CC BY-SA

El material secreto

Todos los equinodermos poseen un esqueleto interno, un armazón calcáreo con una microestructura única llamada estereoma.

Un conjunto de genes controlan el desarrollo de ese esqueleto, que consiste en osículos –huesecillos pequeños– de carbonato cálcico que pueden estar libres o fusionados, formando una estructura tridimensional porosa exclusiva de este filo.

En los erizos, los osículos se sueldan creando caparazones rígidos; en las estrellas se articulan, permitiendo flexibilidad; y en los pepinos se reducen a espículas dispersas en el tejido blando. El resultado es una enorme variedad de soluciones constructivas que parten siempre del mismo “ladrillo” básico.

Esa versatilidad es lo que ha permitido a los equinodermos conquistar desde arrecifes tropicales hasta fondos fangosos a miles de metros de profundidad.

Sorprendente ingeniería hidráulica

Otra innovación compartida es el sistema vascular acuífero, un mecanismo hidráulico único en el reino animal. Sus pies ambulacrales funcionan como pistones microscópicos que pueden extenderse, retraerse y adherirse con gran precisión.

Las estrellas de mar los utilizan para sujetarse firmemente y abrir bivalvos, un proceso lento pero eficaz que puede durar horas hasta que la concha cede. Los erizos emplean sus pies para caminar, anclarse en el sustrato e, incluso, ventilar el cuerpo, mientras que los crinoideos los convierten en abanicos vivientes capaces de filtrar diminutas partículas de plancton.

Estos pies se adhieren gracias a sustancias pegajosas secretadas por glándulas especiales, que les permiten fijarse y soltarse de forma controlada. El mecanismo combina presión hidráulica y adhesión bioquímica, lo que les confiere una fuerza y flexibilidad notables.

Este sistema descentralizado, sin un cerebro que lo coordine, logra mover miles de estructuras al unísono con gran precisión.

Estrella de mar de la especie Protoreaster linckii, nativa del océano Índico.
Adrian Pingstone / Wikimedia Commons., CC BY-SA

Un truco de metamorfosis

Todos los equinodermos comienzan su vida como larvas bilateralmente simétricas que nadan libremente en la columna de agua. Estas diminutas formas planctónicas se alimentan de microalgas y constituyen un eslabón importante en las redes tróficas marinas.

Pero, durante la metamorfosis, sucede algo único: el lado izquierdo del cuerpo origina el rudimento juvenil y reorganiza la simetría en un plan pentarradial –cinco partes iguales alrededor de la boca–, mientras que partes del lado derecho se reducen o desaparecen. Es como si la arquitectura del cuerpo se derrumbara y se reconstruyera desde cero, cambiando de plano de simetría en pleno desarrollo.

Ningún otro filo animal realiza semejante proeza de transformación.

¿”Todo cabeza”?

Los estudios genómicos más recientes han añadido otra capa de asombro. Según un estudio de 2023, los genes que en otros animales forman la cabeza se expresan en casi todo el cuerpo de los equinodermos, como si fueran en gran parte “cabeza”.

Esta reorganización de los programas genéticos explica por qué su anatomía parece tan extraña comparada con otros deuteróstomos –filo de animales en cuyo desarrollo se forma primero el ano y luego la boca–, el grupo que incluye también a vertebrados como nosotros.

No es que los equinodermos carezcan de “tronco”, sino que la evolución ha reutilizado de forma insólita los planos de desarrollo que en otros animales definen la parte anterior del cuerpo.

Superpoderes regenerativos

A estas rarezas se suma un don que roza la ciencia ficción: la regeneración. Las estrellas de mar pueden reconstruir brazos completos y, en algunas especies, un solo brazo puede regenerar un cuerpo entero. Los pepinos de mar expulsan parte de sus órganos internos como estrategia defensiva y luego los regeneran por completo. Los erizos reemplazan sus espinas continuamente y reparan estructuras dañadas.

Estos procesos implican tanto células madre como desdiferenciación de tejidos adultos, lo que convierte a los equinodermos en verdaderos laboratorios vivientes de biología regenerativa. Para los científicos, estudiar estos mecanismos es una ventana hacia posibles aplicaciones en medicina regenerativa humana.

Ofiura de la especie Ophiopteris antipodum.
Wikimedia Commons., CC BY

Su papel en el ciclo del carbono

Además de su importancia ecológica, los equinodermos desempeñan un papel relevante en la química del océano. Al formar carbonato cálcico en su esqueleto, contribuyen al ciclo global del carbono.

Se estima que generan alrededor de 0,1 petagramos –100 millones de toneladas– de carbono inorgánico al año, una cantidad suficiente para influir en los balances de carbonatos en los fondos oceánicos. Sin embargo, esto no implica necesariamente un secuestro neto de CO₂, ya que parte del material puede disolverse antes de enterrarse en los sedimentos.

Crinoideos o lirios de mar.
Wikimedia Commons., CC BY-SA

Una lección evolutiva

Los equinodermos representan una de las lecciones más profundas sobre la evolución: tener un ancestro común no limita la diversidad, sino que proporciona las herramientas para una capacidad adaptativa extraordinaria. El estereoma, el sistema hidráulico y el desarrollo asimétrico funcionaron como un kit de construcción evolutivo tan versátil que permitió colonizar desde pozas intermareales hasta las profundidades abisales.

Cada grupo tomó estas innovaciones fundamentales y las moldeó según sus necesidades: los erizos perfeccionaron la defensa y el ramoneo; las estrellas dominaron la depredación activa; los pepinos se especializaron en el procesamiento de sedimentos; las ofiuras desarrollaron locomoción rápida, y los crinoideos regresaron al filtrado suspensivo con elegancia renovada.

La próxima vez que observen un erizo espinoso en una poza de marea, recuerden que están contemplando el resultado de 500 millones de años de experimentación evolutiva. Su vinculación con la grácil estrella pluma reside en los secretos moleculares, genéticos y de desarrollo que la ciencia moderna ha desvelado: un lenguaje común que une a las criaturas más extraordinarias del océano.

Los equinodermos nos enseñan que, en biología, lo imposible es solo cuestión de tiempo evolutivo, y que la verdadera belleza de la vida reside no en las similitudes superficiales, sino en la capacidad infinita de transformación, manteniendo siempre la firma de un origen compartido.

The Conversation

Antonio Figueras Huerta no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Regeneración, metamorfosis, diversidad y adaptación: el secreto de los equinodermos – https://theconversation.com/regeneracion-metamorfosis-diversidad-y-adaptacion-el-secreto-de-los-equinodermos-263099

Cuando la IA hace ciencia, ¿quién formula las grandes preguntas?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sergio Hoyas Calvo, Catedrático de Ingeniería Aeroespacial, Universitat Politècnica de València

SergeiShimanovich/Shutterstock

No solo responden preguntas o redactan textos. Modelos de lenguaje como GPT, Claude o Gemini ejecutan código, analizan datos e, incluso, llevan a cabo experimentos en laboratorios robotizados. Google ha bautizado esta idea como co-scientist: un asistente virtual capaz de diseñar, planificar y ejecutar experimentos completos a partir de simples instrucciones en lenguaje natural.

Esta tecnología ya empieza a dar resultados. En colaboración con universidades como Stanford o Imperial College, el co-scientist ha planteado mecanismos biológicos desconocidos, ha sugerido tratamientos potenciales para enfermedades como la fibrosis hepática y ha automatizado parte del proceso de descubrimiento científico. Otros proyectos como Future House siguen una línea similar, llevando la automatización de la ciencia a un nivel que hace solo cinco años habría parecido ciencia ficción.

A esta revolución se suma un cambio en los hábitos de los propios investigadores. Una encuesta reciente en Nature reveló que el 81 % de los científicos ya utiliza herramientas como ChatGPT en alguna fase de su trabajo: desde escribir artículos hasta generar hipótesis o redactar propuestas de financiación. La integración de la inteligencia artificial (IA) en la ciencia avanza a una velocidad sin precedentes, pero nuestra reflexión crítica sobre su impacto no lo está haciendo al mismo ritmo.

Ventajas evidentes, riesgos claros

La IA puede ayudarnos a escribir mejor, superar barreras idiomáticas y explorar datos complejos. Pero también introduce riesgos importantes.

En primer lugar, está el problema de la creatividad perdida. Un análisis de más de 45 millones de artículos y casi 4 millones de patentes mostró que, desde mediados del siglo XX, la proporción de trabajos realmente disruptivos ha caído de manera sostenida.

La ciencia avanza, sí, pero cada vez lo hace más por pasos pequeños que por saltos transformadores. Si empezamos a usar modelos de lenguaje para redactar propuestas o generar ideas, es probable que reforcemos esta tendencia: al estar entrenados en investigaciones pasadas, tienden a reproducir los enfoques dominantes y a evitar lo radicalmente nuevo.

Un modelo de IA puede llevar las leyes de Newton hasta sus límites, pero no inventaría la teoría de la relatividad. Puede escribir miles de variantes de un artículo sobre mecánica clásica, pero no preguntaría si el gato de Schrödinger está vivo o muerto porque nunca habría inventado la mecánica cuántica.

Una máquina no puede imaginar nuevas ideas

La innovación profunda requiere intuición, imaginación y la capacidad de desafiar paradigmas, atributos que hoy siguen siendo profundamente humanos.

Existen también riesgos éticos. La IA puede fabricar datos, exagerar resultados, o proponer experimentos basados en premisas falsas, sin que el usuario lo detecte.

Incluso, puede influir en la opinión pública y en la producción científica de forma masiva, como ya ocurrió con la industria del azúcar en los años 1960, cuando promovió investigaciones que desviaban la atención de sus efectos sobre la salud para culpar a las grasas.

Con herramientas capaces de generar texto persuasivo a escala industrial, la manipulación podría ser mucho más efectiva. Además, si las plataformas avanzadas quedan concentradas en pocas empresas o países, la capacidad de descubrimiento científico podría quedar monopolizada y generar nuevas formas de desigualdad científica y tecnológica.

¿Y si una máquina es el autor y el revisor a la vez?

Un escenario aún más inquietante es la delegación simultánea de la escritura y la evaluación de propuestas a modelos de lenguaje. No es ciencia ficción: un estudio reciente muestra que uno de cada cinco investigadores ya utiliza IA en la revisión por pares, y entre el 7 % y el 17 % de las revisiones en congresos científicos sobre IA han sido modificadas significativamente con estas herramientas.

Si una IA genera una propuesta y otra IA la evalúa, entramos en un sistema autorreferencial donde los modelos reproducen sus propios sesgos y donde la creatividad humana queda relegada. Esto podría atrapar a la ciencia en una espiral, anulando el tipo de descubrimiento transformador que ha caracterizado los grandes saltos de la historia científica.

Un marco ético para proteger la ciencia

Para evitar estos riesgos, proponemos una serie de principios éticos que permitan integrar los grandes modelos de lenguaje sin comprometer la integridad científica:

  • Abordar los sesgos de manera sistemática. La IA no es neutral. Necesita auditorías continuas, equipos interdisciplinares y mecanismos externos que detecten sesgos invisibles para los propios expertos.

  • Exigir transparencia total. Los investigadores deben documentar datos, parámetros y decisiones tomadas por los modelos, además de usar técnicas de explicabilidad que permitan entender cómo se llegó a una conclusión.

  • Aclarar la atribución y la propiedad intelectual. La frontera entre ayuda y autoría se difumina. Necesitamos normas claras sobre qué parte del contenido es humana y cuál generada por IA.

  • Garantizar responsabilidad humana. Todo lo producido por IA debe ser verificado por científicos. No puede haber decisiones automáticas sin supervisión.

  • Proteger la investigación transformadora. Hay que evitar que la IA empuje a la ciencia hacia lo cómodo. Las agencias deben apoyar proyectos arriesgados, interdisciplinarios y radicales.

  • Redefinir el papel del científico. Debemos reforzar la intuición, el pensamiento crítico, la ética y la visión a largo plazo.

  • Crear sistemas de gobernanza adaptativos. La tecnología evoluciona demasiado rápido para regulaciones estáticas. Necesitamos supervisión continua y flexible.

  • Reducir la dependencia de modelos privativos. La ciencia no puede depender de unas pocas plataformas comerciales. Debemos promover ecosistemas abiertos, diversos y resilientes.

La IA puede acelerar la ciencia de forma extraordinaria. Pero, si no actuamos con cuidado, podría también empobrecerla, hacerla menos creativa, más desigual y menos confiable. En un momento en el que el planeta enfrenta desafíos urgentes, necesitamos herramientas poderosas, sí, pero también rigurosas, transparentes y profundamente humanas.

The Conversation

Sergio Hoyas Calvo es evaluador de proyectos de investigación del Ministerio de Ciencia e Innovación y miembro de las comisiones para acreditación de profesores funcionarios de ANECA

Ricardo Vinuesa recibe fondos del European Research Council

Javier Garcia Martinez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Cuando la IA hace ciencia, ¿quién formula las grandes preguntas? – https://theconversation.com/cuando-la-ia-hace-ciencia-quien-formula-las-grandes-preguntas-270907

The old adage that people leave managers, not companies is true – but only up to a point

Source: The Conversation – UK – By Asrif Yusoff, Senior Lecturer and Employability Lead, University of Greenwich

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It has been said that “people leave managers, not companies”. It’s easy to believe that this is true, either from personal experience or observation. Many workers can easily point to a line manager who dismissed their concerns or treated them unfairly.

But is it really fair to suggest that managers alone are the dominant cause of staff turnover? Our recent study indicates that in most cases, it’s a combination of both leadership and the organisation. We reviewed 39 papers from the past ten years – and the findings suggest something more nuanced.

People might leave a job if what is demanded of them significantly exceeds the resources they’re given. Managers do matter here because they can shape both sides of that equation. But leadership style alone can be overpowered when workload remains high and resources are consistently below par. In these conditions, even good managers struggle to retain people.




Read more:
Revenge quitting: is it ever a good idea to leave your job in anger?


Across the literature, leadership was shown to influence employee turnover in two ways. First, leaders set the tone for how their employees operate. Good relationships between managers and employees tend to clarify to workers what is expected from them, as well as a sense of autonomy and an ability to express oneself without fear (what we call psychological safety).

Within management theory, there are different types of positive leadership. These include “transformational” (real impact is felt), “servant” (leaders maximise team potential) and “ethical” (grounded on strong principles). Studies consistently link these favourable approaches to staff being less inclined to leave, due to stronger levels of trust and engagement.

Second, leaders intensify demands. Naturally, micromanagement or abusive supervision will strain relationships. When employees feel they are under constant pressure, they are more likely to disengage and plan their exit. In this respect, people do leave managers – because their boss’s behaviour creates conditions that make work feel unmanageable.

These conditions explain how leadership can influence workers’ intentions to leave. They also explain why organisations keep returning to manager coaching or training as an intervention to help them hold on to talented staff. But this could be a waste of time – leadership is just one part of the story.

When good management is not enough

In many of the reviewed studies, factors such as workload, scheduling and pay played a big role in someone’s decision to leave. A supportive manager may buffer strain to protect team members, but when workload is chronically heavy or people aren’t clear on how they can progress in the organisation, the manager’s positive influence will fade away.

This explains some common patterns. Organisations sometimes attribute turnover to bad managers when the deeper cause is an overly stretched workforce. Also, managers are frequently expected to compensate for problems they cannot control – things like understaffing, pay structures or working hours. A manager can only do so much to appease unhappy workers.

Evidence from the literature suggests the demands of work must be balanced with the resources provided (time, staff, money or equipment, for example). This can be a two-track approach.

Track 1: Structural improvement

One way that work structures can be improved is by reducing overload. This is of course easier said than done – it involves diagnosing what is pushing demands too far. Someone’s decision to leave begins with unclear priorities or unpredictable demands. Even small improvements such as a clearer allocation of work and strategies for prioritising tasks can reduce pressure.

Another angle is clarity on what employees have to do to progress within the organisation. Employees are more likely to leave when progression appears arbitrary or – even worse – political. Clarifying pathways and criteria for promotion (and following through) can reduce uncertainty and strengthen employees’ commitment.

This kind of change takes time, however. It may require some extra budget and stronger collaborations across teams. What’s key is addressing what can be changed across the organisation rather than placing the entire burden of retaining staff on leaders.

Track 2: Strengthening leadership

When change is slow, leadership becomes a more immediate lever. The goal is for leaders to not only be inspiring, but to “walk the talk”. Change must be felt, and it becomes tangible when leaders actually increase resources and reduce avoidable demands.

Coaching (continuous nurturing and support) is increasingly cited as a prerequisite for leaders. This is not only because it promotes empathy. Coaching is useful because it can offer better clarity for employees. It also helps to uncover workload challenges early.

Related to this is how work is distributed. When duties are allocated transparently, it reduces people’s perceptions of unfairness and prevents avoidable overload. This is actually a more feasible action compared to changing the behaviour of managers.

But where managers are abusive or authoritarian, attempts to hold on to staff will fail unless the managerial behaviour is addressed. Toxic leadership can easily accelerate staff losses beyond the level that structural changes can repair in the short term.

a make worker snaps a pencil over his laptop
Quitting can have a domino effect within workplaces.
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Staff turnover is not always a purely individual decision. Some studies indicate that when people start to leave a workplace, it can start a trend. Employees can also begin to make comparisons within teams, particularly when opportunities appear uneven.

For organisations, this makes monitoring staff turnover a form of early warning system. An exodus should trigger an investigation, targeted support and action where necessary. Unfortunately, there’s no one-size-fits-all solution.

In summary, people do leave managers, but they also leave organisations. Both leadership behaviour and the design of workplaces shape this decision. Retention improves when organisations see leadership and structural change as complementary levers in the same system.

The Conversation

The authors do not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and have disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. The old adage that people leave managers, not companies is true – but only up to a point – https://theconversation.com/the-old-adage-that-people-leave-managers-not-companies-is-true-but-only-up-to-a-point-280879

The fake disease that fooled the internet — and what it says about all of us

Source: The Conversation – UK – By Jonathan R. Goodman, Assistant Research Professor, Psychiatry, University of Cambridge

Damn! It looks like I’ve got bixonimania! monshtein/Shutterstock.com

Until a few years ago, no one had heard of bixonimania. Then, in 2024, a group of scientists posted findings online announcing the condition, which they claimed affected the eyes after computer use. However, the scientists had made it up – not just the work, but the authors’ names, affiliations, locations and funding, which was the University of Fellowship of the Ring and the Galactic Triad.

Large language models like ChatGPT and Gemini treated it as real anyway, and in doing so, helped turn a fictional disease into a legitimate-sounding health concern.

Bixonimania is not an isolated case. Being deceived – whether you are a person or an AI model – is concerningly common, in science and beyond. Whether we’re talking about AI hallucinations, state-backed disinformation or just everyday lies, humans have a remarkable knack for naivety, owing to our biases and increasing need to outsource learning to others. These are problems we – individually and collectively – urgently need to better understand and overcome.

Our shared fascination with deception may help explain the popularity of The Traitors, a TV programme built around the tension between trust and suspicion, where contestants must decide who among them is deceiving the group.

The show captures something intrinsic to being human: the persistent threat of being unsure about whether we’re placing trust effectively. Yet in the modern era of mass digital communication and AI, we’re now almost constantly faced with a similar threat, often without realising it.

At a recent event at the Cambridge Festival, we aimed to highlight this risk through a Traitors-themed science event. Four panellists presented work, all of which could have been a lie. The audience was asked to vote on which of the presenters was deceiving them and why.

We deliberately made the presenters and their work outlandish. From their varying backgrounds and with varying accents, the panellists presented their work in global health, climate, media and astrophysics. Some dressed formally, while one – a Nigerian researcher presenting her work on immigration in a healthcare context – wore clothes linked to her ethnic identity.

We were interested in exploring which of these signals – accent, gender, ethnicity, and dress and presentation style – influenced the audience’s decisions. Both content and presentation styles influenced them, but the signals they relied on led them to the wrong conclusions, rating the traitors as more credible than honest researchers.

The ones who received the most votes were the two “faithful” researchers (to use the language of The Traitors) – Ada, from the non-profit Development Media Initiative, and Sarah, an astrophysicist working in galactic archaeology.

Ada’s team had saved lives by sharing health information with communities in the global south through running ten radio broadcasts daily. The audience thought the results were implausibly impressive.

“Ada’s data is too good to be true,” one person reported in our questionnaire. She was also presenting work she hadn’t personally contributed to. Even though this is common in large collaborations, this distance led to perceptions of a lack of confidence, undermining her credibility.

Sarah, an astrophysicist, had presented her subfield of galactic archaeology – the study of the Milky Way’s formation history through the chemical signatures of ancient stars. Yet with only four minutes to speak, she was unable to convey significant depth. The audience read that as a lack of understanding.

The outlandishness of her field’s name also harmed perceptions of her legitimacy. “Galaxy [sic] archaeology is too cool a name to exist,” one audience member wrote.

By contrast, the two traitors, Jack and Joyce, received the fewest votes. Jack was an actor who created the persona of a climate researcher specialising in rain. Joyce presented her own work but falsified the results.

Interestingly, Joyce’s personal connection to her work – she is a Nigerian woman conducting research into Nigerian communities – helped to convince the audience of her authenticity. “Joyce’s presentation sounded very considered and genuine – the process of her research and recounts of her personal experiences sounded like she had lots of interest in the area,” one person wrote.

A chart showing how the voting went.
The traitors, as the audience saw them.
University of Cambridge, CC BY-SA

The event was meant to be fun and engaging. Yet we also wanted to illustrate the many ways people can misrepresent themselves, whether in science or beyond. Our traitors showed that lies don’t just have to be about who you are (Jack is an actor, not a researcher) but about what you say (Joyce is a researcher but falsified her results).

Misinformation has always existed. What’s new is the speed at which it spreads, the tools that generate it, and how convincingly it mimics the real thing.

Why maths isn’t enough

Our collective capacity to recognise false information is also at risk. This is because, as a society, we continue to promote the importance of hard science subjects at the expense of the critical thinking skills derived from studies of the arts, humanities and social sciences.

This can be seen, for example, in the 2023 UK governmental push to require all school students to take maths until age 18. No such push exists to promote and develop the critical thinking skills of young people. It’s easy to see how increasingly convincing falsehoods like bixonimania’s existence can be accepted as truth, especially when touted by AI models.

Tools are helpful. AI is a tool, the internet is a tool, the media is a tool. But it’s up to us to ensure that we are using them and not being manipulated by them.

In The Traitors, we have little to go on to determine what is true. Yet in the real world, we have the ability to check the truth of claims. With effective caution and critical thinking, it is entirely possible to determine what is trustworthy, but it requires thinking for ourselves. Trust is ours to give, and we need to learn to give it wisely.

The Conversation

Jonathan R. Goodman receives funding from the National Institute of Health Research, the Wellcome Sanger Institute, and the Wellcome Trust.

Mariam Rashid receives funding from the Isaac Newton Trust and the Kavli Foundation.

ref. The fake disease that fooled the internet — and what it says about all of us – https://theconversation.com/the-fake-disease-that-fooled-the-internet-and-what-it-says-about-all-of-us-280615

The 10 pence pill that underpins diabetes care – and may do much more besides

Source: The Conversation – UK – By Dipa Kamdar, Senior Lecturer in Pharmacy Practice, Kingston University

pimpampix/Shutterstock

Metformin has a strong claim to being one of the most influential medicines of the past century. For decades, it has underpinned the treatment of type 2 diabetes, helped millions of people control their blood sugar, and inspired a second life in research on everything from ageing and cancer to heart health and fertility.

Its story begins not in a laboratory but in a plant, galega officinalis, also known as French lilac or goat’s rue. For centuries, the plant was used in folk remedies for symptoms we now recognise as associated with diabetes, including excessive thirst and frequent urination. In the early 20th century, scientists isolated blood sugar-lowering compounds from it. After years of refinement and testing, metformin emerged as a relatively safe and effective medicine, and was introduced in the UK in the late 1950s.

Large clinical trials, which are carefully designed studies in people to test how well treatments work, confirmed what many doctors already suspected. Metformin was not only effective at lowering glucose, the body’s main form of sugar, but also at reducing diabetes-related complications. It became the main treatment for type 2 diabetes across much of the world.

Metformin is a biguanide drug, a class of medicines that lowers blood sugar, and it works by helping the body use insulin more effectively. Insulin is the hormone that helps move glucose from the bloodstream into cells for energy. Metformin reduces the amount of glucose released by the liver, improves the way muscles take up glucose from the blood, and reduces how much glucose is absorbed from food in the gut.

Metformin also activates an enzyme called AMPK, often described as the cell’s energy sensor. Enzymes are proteins that help chemical reactions happen in the body.

When AMPK is switched on, it reduces the liver’s production of new glucose, a process called gluconeogenesis, and encourages tissues such as muscle to take up and use more glucose. Unlike some other diabetes medicines, metformin does not usually cause weight gain, and on its own it rarely causes low blood sugar.

Beyond diabetes: promise and limits

Metformin’s strong reputation has also led researchers to explore possible uses beyond diabetes, although the evidence is mixed. One common off-label use, meaning a medicine is prescribed for a condition it has not officially been approved to treat, is polycystic ovary syndrome (PCOS).

Many people with PCOS have insulin resistance, which means their bodies do not respond properly to insulin and need to produce more of it to keep blood glucose stable. High insulin levels can stimulate the ovaries to produce more androgens, a group of hormones that includes testosterone.

Raised androgen levels can disrupt ovulation and contribute to irregular or absent periods. By improving insulin sensitivity, metformin can help reduce these effects and may help regulate the menstrual cycle.

Metformin has also been studied for its possible effects on ageing and longevity. Although early findings are intriguing, there is still no conclusive evidence that it slows ageing in humans, and it is not approved for that purpose.

Some research has suggested that metformin may have neuroprotective effects, meaning it could help protect the brain and nervous system, particularly with long-term use. But the evidence is inconsistent, and large, long-term clinical trials are still needed to determine whether metformin really can protect against dementia and other neurodegenerative diseases.

These possible uses highlight metformin’s versatility, but they also underline the importance of medical oversight. Metformin is generally well tolerated, but like all medicines, it can cause side-effects. The most common are nausea, stomach discomfort, diarrhoea, changes in taste, and loss of appetite. These often improve over time or when people switch to slow-release formulations, which release the drug more gradually. Taking metformin with food can also help.

Another recognised issue is vitamin B12 deficiency, which has repeatedly been observed in people with type 2 diabetes who take metformin. This may happen because the drug reduces how well vitamin B12 is absorbed in the gut.

Over time, low vitamin B12 can lead to anaemia or peripheral neuropathy. Anaemia means the body does not have enough healthy red blood cells to carry oxygen properly, while peripheral neuropathy refers to nerve damage, usually in the hands or feet, that can cause tingling, numbness, pain or weakness.

A rare but serious side-effect is lactic acidosis, a dangerous build-up of lactic acid in the blood. If too much builds up, it can make the blood dangerously acidic and, if untreated, may lead to organ failure. This is more likely in people with severe kidney or liver problems, which is why regular monitoring is important. Healthcare professionals may also advise temporarily stopping metformin before certain medical procedures or if someone becomes severely unwell.

For decades, the advice was simple: start with metformin. In 2026, however, the National Institute for Health and Care Excellence (Nice) updated its guidelines for type 2 diabetes, signalling a move towards earlier and more intensive treatment. The new guidance recommends that most people should be offered an SGLT-2 inhibitor, such as dapagliflozin, alongside metformin from the start.

SGLT-2 inhibitors are drugs that help the kidneys remove excess glucose from the body in urine. This approach aims not only to control blood sugar, but also to protect the heart and kidneys earlier in the course of disease, reflecting a broader shift towards more personalised treatment.

That does not mean metformin has been pushed aside. It remains a cornerstone of diabetes care and is still widely prescribed. But the landscape is changing, and treatment is becoming more tailored to the individual.

Metformin may be old, but it continues to adapt to modern medicine. As diabetes care becomes more personalised and new treatment options emerge, metformin remains a reliable, affordable and effective foundation. Its story is far from over. Sometimes the most transformative medicines are not the newest or the flashiest, but the ones that stand the test of time.

The Conversation

Dipa Kamdar does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. The 10 pence pill that underpins diabetes care – and may do much more besides – https://theconversation.com/the-10-pence-pill-that-underpins-diabetes-care-and-may-do-much-more-besides-276136

Five books about the lives of musicians that are stonking good reads

Source: The Conversation – UK – By Glenn Fosbraey, Associate Dean of Humanities and Social Sciences, University of Winchester

This year is the national year of reading, and if you’re a music lover, I urge you to pick one up about your favourite musician. The lives of musicians are often full of highs and lows, which makes for compelling reading. Here are five of my favourites.

1. Fight The Power by Chuck D

I suppose I shouldn’t really include Fight The Power in my list, given that Chuck D himself says in its prologue that it “damn sure ain’t an autobiography”. He positions himself as a tour guide rather than a protagonist, chaperoning us through the fascinating landscape of 80s and 90s hip-hop. Such guiding means it’s different from your average autobiography. But, intertwined with observations on racial oppression, media bias, politics, violence and religion, we find Chuck D’s life story. And it’s quite the story indeed.

The book moves from a childhood lived against a backdrop of assassinations, chaos and race riots, through his days as the leader of Public Enemy (one of the most revolutionary groups in music history), up to his latest challenge as a father encouraging his daughters to think as independently as possible. An engrossing, page-turning peek behind the curtain of a fascinating character living in a fascinating (albeit often troubling) world.

2. Under the Ivy: The Life and Music of Kate Bush (2024 Omnibus Remastered Edition) by Graeme Thomson

At 432 pages, this is a slim volume compared with the likes of Ray Davies: A Complicated Life (800 pages), Madonna: A Rebel Life (880 pages), or The Life and Times of Malcolm McLaren (892 pages). But what it lacks in physical heft, Under the Ivy more than makes up with the weight of research that has gone into it.

Thomson is forensic in his detail, both in terms of researching Bush’s life (he conducted more than 70 interviews with school friends, band mates, studio collaborators, former managers, producers, musicians, video directors, dance instructors and record company executives), and in analysing her songs, which he does with the keen eye of a music critic. Trying to form a single picture of an artist as enigmatic and complex as Bush is, in Thomson’s words, “like trying to complete a jigsaw when some of the pieces are missing”. And making a coherent, entertaining and informative read from that is an even bigger challenge. Luckily for us, Thomson is up to it.

3. Things The Grandchildren Should Know by Mark Oliver Everett

By page four of his autobiography, Eels singer and songwriter Mark Everett (known professionally as “E”) has been attacked with a butcher’s knife, found his 51-year-old father dead in the family home, and told us about how, at 19, he fantasised about driving his car off a bridge. As if this weren’t enough tragedy for one lifetime, E then tells us about his sister’s suicide, the months of nursing his bedridden mother before she eventually succumbed to breast cancer, his flight attendant cousin dying during the Pentagon plane crash on 9/11, the deaths of several close friends, and the numerous rejections of his music.

In other hands, Things The Grandchildren Should Know might have been one of the saddest, most harrowing autobiographies ever written. And it certainly had every right to be. That it somehow succeeds in being one of the most uplifting, positive, and inspirational autobiographies is a testament to both E’s skilful writing, bone-dry sense of humour, and infectious optimism in the face of adversity. I’ve read it at least once a year since its release in 2008, usually in one sitting. It’s one of those books that never fails to raise my spirits. Even if you haven’t heard a single note of Eels’ music, or you don’t normally bother with books about rock or pop stars, this story is so good; it’s a must-read.

4. The Beatles by Hunter Davies

That it is the only authorised biography of The Beatles ever to be produced is reason enough to read this 1968 classic. But knowing that, for 18 months, Hunter Davies partied with the band, went to work with them and was introduced to all their friends makes it an essential. And the 18 months were those between 1967 and 1968, when the band were changing not only music, but pop culture at large.

Strangely, for all the magic of the now well-known story of the band’s rise to global domination, the real highlight comes toward the end of the book, where Davies details the time he spent at each Beatle’s house. Here we get to see the world’s most celebrated icons behind closed doors, unguarded and relaxed. And the mundanity of it is delicious. There’s Lennon playing with a loose filling before swigging milk straight from the bottle; Ringo pottering around his garden; Paul eating fried eggs, bacon and buttered bread; and George answering the phone pretending to be “Esher Wine Store”.

5. The Story of The Streets by Mike Skinner

Mike Skinner burst onto the British garage scene with his project the Streets in the early 2000s, with songs about sitting around on the sofa, working at JB Sports and getting pissed on the plane back from holiday. After five hit albums, Skinner took a hiatus from The Streets in 2011, releasing this book the following year.

Skinner makes it clear from the outset that he’s “going to be as honest as the publisher’s lawyers will allow”, but the book is so much more than a warts-and-all account. Much of it focuses on musical inspirations, the craft of songwriting, and his production techniques.

It may come as a surprise to some that The Story of The Streets is written with such intelligence and insight, especially given that Skinner’s lyrics brim with colloquialisms, profanity and ineloquence. But as those of us who’ve followed his career closely will know, this is a man who is able to build character as well as he builds story, and the “everyman” we see portrayed in the Streets’ songs is only the tiniest part of a much more complex person.

This article features references to books that have been included for editorial reasons, and may contain links to bookshop.org. If you click on one of the links and go on to buy something from bookshop.org The Conversation UK may earn a commission.

The Conversation

Glenn Fosbraey does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Five books about the lives of musicians that are stonking good reads – https://theconversation.com/five-books-about-the-lives-of-musicians-that-are-stonking-good-reads-280216