El precio oculto del cambio climático: los riesgos para el sector agrícola del sur de Europa

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Paula Castro Castro, Profesor Titular de Economía Financiera y Contabilidad, Universidad de León

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Cada vez que vemos imágenes de campos arrasados por el fuego o cultivos inundados, pensamos en las pérdidas inmediatas que supone. Pero hay un efecto menos visible y cada vez más preocupante: la quiebra de las empresas agrícolas que sostienen esos cultivos.

Los fenómenos meteorológicos extremos no solo afectan a la producción, sino que también comprometen la supervivencia económica de las explotaciones agrícolas en el sur de Europa.

Un sector en primera línea

El sur de Europa es una de las regiones más expuestas al cambio climático. Sequías prolongadas, lluvias torrenciales y olas de calor extremas se combinan con incendios forestales cada vez más frecuentes, sobre todo en zonas rurales. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) advierte de que estas tendencias se intensificarán en las próximas décadas.

Estos fenómenos no solo dañan cultivos, suelos o infraestructuras: también tienen un efecto directo en la viabilidad financiera de las empresas. Buscar agua y materias primas alternativas, reparar daños o reinvertir en maquinaria supone costes adicionales que muchas explotaciones no pueden asumir. En los casos más graves, esto desemboca en insolvencias y quiebras.

Lo que revelan los datos

Hay un patrón claro: las quiebras agrícolas están estrechamente vinculadas a fenómenos climáticos extremos. Eso incluye olas de calor, que reducen la productividad, secan los suelos y aumentan los costes operativos. Pero también lluvias extremas, inundaciones y sequías, ya que tanto la escasez como el exceso de agua afectan negativamente a las explotaciones agrícolas y pueden comprometer los ingresos.

El impacto de los incendios forestales es especialmente grave. Además, el índice de “clima propenso a incendios” –sequía, calor y viento– multiplica el riesgo de insolvencia.

En conjunto, la evidencia indica que el cambio climático no es una amenaza futura: ya está afectando a la resiliencia y supervivencia de miles de empresas agrícolas mediterráneas.

Más allá del campo

El cambio climático, por tanto, no es solo un desafío ambiental, sino que se trata también de un riesgo económico y social de primer orden, pues la quiebra de empresas agrícolas provoca efectos en cadena. Concretamente efectos económicos (pérdida de empleo y tejido empresarial en zonas rurales), alimentarios (menor producción local y posible encarecimiento de precios) y financieros (más riesgo para bancos y aseguradoras, lo que puede dificultar el acceso a crédito en el sector).

Según el Banco Europeo de Inversiones (EIB), los riesgos climáticos figuran entre los principales factores de vulnerabilidad financiera en Europa.

Una advertencia necesaria

La investigación sobre los riesgos financieros del cambio climático se había centrado fuera de Europa analizando, sobre todo, los efectos de huracanes y tormentas. Con nuestra investigación, aportamos evidencias de que fenómenos como incendios forestales o anomalías de temperatura en el Mediterráneo deben incorporarse en la gestión financiera y de políticas agrícolas.

Iniciativas como el Natural Capital Protocol –que permite a las empresas identificar, medir y valorar sus impactos directos e indirectos y sus dependencias del capital natural– o las estrategias impulsadas por Agencia Internacional de Energías Renovables, IRENA –aumentar la inversión en infraestructuras, fomentar la innovación tecnológica, incentivar la adopción de energías renovables y la eficiencia energética–, ya insisten en la necesidad de integrar el capital natural y la resiliencia climática en la toma de decisiones económicas. Esto exige que:

  • Los responsables políticos diseñen apoyos específicos frente a riesgos climáticos.

  • Las entidades financieras incluyan variables climáticas en la evaluación de crédito.

  • La sociedad reconozca que la sostenibilidad agrícola depende también de adaptaciones estructurales al nuevo clima.

Un futuro en juego

La agricultura mediterránea no es solo un motor económico: es parte de la cultura y la alimentación en Europa. Pero el cambio climático amenaza su viabilidad de forma tangible. Ignorar este vínculo entre clima y quiebra empresarial pondría en riesgo no solo a miles de agricultores, sino también la estabilidad económica y alimentaria de toda la región.

La pregunta ya no es si Europa debe adaptarse sino cómo hacerlo y con qué rapidez.

The Conversation

Paula Castro Castro recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación

María Teresa Tascón Fernández recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación.

Borja Amor Tapia y Iván Pastor Sanz no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

ref. El precio oculto del cambio climático: los riesgos para el sector agrícola del sur de Europa – https://theconversation.com/el-precio-oculto-del-cambio-climatico-los-riesgos-para-el-sector-agricola-del-sur-de-europa-266931

Nuestros ojos saben lo que hicimos el último verano

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sergio Recalde Maestre, Director científico del laboratorio de oftalmología experimental, Universidad de Navarra

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La miopía avanza de forma imparable en todo el mundo. Según la Organización Mundial de la Salud, para 2050 la mitad de la población mundial será miope. No se trata solo de llevar gafas: cuando esa afección visual progresa mucho, aumenta el riesgo de desprendimiento de retina, glaucoma o ceguera irreversible.

En España, por ejemplo, la ceguera miópica es la primera causa de afiliación a la ONCE. La pregunta es inevitable: ¿qué podemos hacer para frenar la epidemia?

Una “caja negra” de la exposición al sol

La respuesta podría estar, literalmente, en nuestros ojos. Más en concreto, en un curioso fenómeno llamado autofluorescencia ultravioleta conjuntival (CUVAF por su denominación en inglés), que funciona como una especie de “caja negra” de la exposición solar que ha recibido cada persona.

(A) Demostración ‘in vivo’ del enfoque corneal de la luz periférica proveniente del lado temporal del ojo hacia el limbo y la conjuntiva nasal, con una intensidad luminosa mayor en comparación con el lado temporal. (B) Representación óptica del efecto de enfoque de la luz periférica que provoca la concentración de los rayos incidentes, al atravesar la cámara anterior, sobre la superficie límbico-conjuntival contralateral del ojo. (C) Representación de un caso CUVAF negativo (sin área de hiperautofluorescencia conjuntival). (D–E) Fotografías CUVAF negativas tomadas bajo luz ultravioleta (D) (longitud de onda máxima de 365 nm) y (E) una fotografía tomada con el modo BAF del Heidelberg Spectralis HRA+OCT (longitud de onda máxima de 488 nm). (F) Representación de un caso CUVAF positivo (muestra un área de hiperautofluorescencia que absorbe a 360 nm y emite en el espectro visible). (G–H) Fotografías CUVAF positivas en una imagen a color tomada bajo luz ultravioleta (G) y (H) con el Heidelberg Spectralis HRA+OCT.

El CUVAF es un área de autofluorescencia en la conjuntiva (la parte blanca del ojo) que aparece cuando se ilumina con luz ultravioleta. Entonces, el ojo muestra manchas brillantes que delatan cuánto tiempo hemos pasado bajo la luz del sol.

Aunque esas manchas no son visibles a simple vista, quedan registradas de forma objetiva. Así, el CUVAF se ha convertido en un biomarcador fiable para saber cuántas horas al aire libre ha acumulado una persona a lo largo de su vida reciente.

Los científicos llevan años sospechando que la falta de luz natural es una de las grandes culpables del aumento de la miopía. Los niños que pasan más tiempo en interiores –ya sea frente al móvil, la tableta o los libros– tienen más riesgo de desarrollarla.

¿Por qué? La hipótesis más aceptada es que la luz solar estimula la liberación del neurotransmisor dopamina en la retina, y esa dopamina actúa como freno natural para que el ojo no crezca en exceso (además de controlar ciclos circadianos, hormonas, etc).

Otra posible causa es que cuando estamos en la calle miramos principalmente de lejos, de forma relajada y sin forzar los músculos de la acomodación (necesarios para ver de cerca), lo cual evita el crecimiento excesivo del ojo. Porque cuando esto último ocurre, la imagen no se enfoca nítidamente en la retina y aparece la miopía.

De los cuestionarios a la “memoria ocular”

Hasta hace poco, los investigadores solo podían medir el tiempo que pasan los niños al aire libre preguntando a los padres o a los propios menores. Pero esos cuestionarios tienen muchas limitaciones: ¿quién recuerda con exactitud cuántas horas estuvo en el parque hace un mes?




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El CUVAF resuelve este problema. Funciona como un registro objetivo de la exposición solar, independiente de la memoria o la percepción. Si un niño presenta poco CUVAF, significa que pasa poco tiempo en exteriores y, por tanto, que tiene más riesgo de ser miope.

Lo que dicen los estudios

Varios trabajos internacionales confirman su utilidad. Así, un metaanálisis con más de 3 600 personas de distintos países encontró que los miopes pasaban menos tiempo al aire libre y tenían áreas de CUVAF significativamente más pequeñas que los no miopes. Y en la Universidad de Navarra, un estudio con estudiantes de Medicina y de Ciencias Ambientales mostró que los segundos, que pasan más horas en el exterior por su carrera, tenían más CUVAF y la mitad de riesgo de desarrollar miopía.

Para conocer las repercusiones de este biomarcador en la edad infantil –la etapa más sensible para el crecimiento excesivo del ojo–, se llevó a cabo una investigación en más de 260 niños de entre 6 y 17 años. Los autores comprobaron que los miopes, efectivamente, pasaban menos tiempo al aire libre y presentaban menos CUVAF. Además, si el área de autofluorescencia de la conjuntiva era grande en relación a la edad, los menores estaban protegidos hasta 2,5 veces frente a la miopía y hasta 5 veces frente a la miopía alta.

Este hallazgo podría confirmarse en un estudio, actualmente en revisión, con más de 2 600 niños de la Comunidad de Madrid.

Imaginemos cómo podría usarse dicha información en la práctica clínica. En una revisión ocular, el oftalmólogo toma una imagen del CUVAF. Si el resultado muestra un área reducida, podría dar el siguiente consejo:
“Su hijo necesita al menos una o dos horas de juego al aire libre cada día. El mejor tratamiento ahora mismo es la luz natural, gratuita y sin efectos secundarios”.

En el futuro, las consultas de oftalmología podrían incorporar esa prueba rutinaria igual que hoy se mide la tensión ocular o el fondo de ojo.

No es solo cosa de niños

Aunque la prevención en la infancia es clave, el CUVAF también puede ser útil en adultos jóvenes. Durante la universidad o los primeros años laborales, la miopía puede seguir progresando. Medir el CUVAF en esta etapa permite detectar a quienes mantienen un estilo de vida demasiado “de puertas adentro” y orientar cambios sencillos: salir a pasear, practicar deporte al aire libre, exponerse a la luz natural cada día.

Hay una metáfora muy bonita que usan algunos investigadores: el verano se borra de nuestra piel, pero permanece en nuestros ojos. Aunque la piel pierda el bronceado, el ojo conserva la huella del sol a través del CUVAF. Y esa huella no es un simple recuerdo: es una pista directa sobre nuestra futura salud visual.

Porque la miopía no es inevitable: aunque los genes juegan un papel, el ambiente es decisivo. Y entre los factores ambientales, el tiempo al aire libre es el más importante y modificable.

The Conversation

Sergio Recalde Maestre recibe fondos del instituto de Salud Carlos III (PI20/0251 y PI24/01236) para la investigación en Miopía y de la Fundación Multiópticas. Esta investigando en colaboración con la asociación de altos miopes AMIRES y se encuentra desarrollando un sistema de medición y análisis del CUVAF (sin patentar ni crear ninguna empresa hasta el momento).

ref. Nuestros ojos saben lo que hicimos el último verano – https://theconversation.com/nuestros-ojos-saben-lo-que-hicimos-el-ultimo-verano-265789

¿A qué se debe la oleada de incidentes alimentarios en Estados Unidos?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Miguel Soriano del Castillo, Catedrático de Nutrición y Bromatología del Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universitat de València

En las últimas semanas, Estados Unidos ha experimentado una oleada de incidentes que han encendido las alarmas sobre el estado de la seguridad alimentaria en el país. Desde el retiro masivo de productos contaminados hasta brotes mortales de Listeria, los casos registrados en septiembre y octubre de 2025 revelan no solo fallos puntuales, sino también tensiones más profundas en las instituciones encargadas de proteger la salud pública.

Brotes y retiradas: un otoño de alertas

A continuación enumeramos algunos ejemplos recientes. La compañía Hillshire Brands retiró alrededor de 26 000 toneladas de corn dogs o perritos de maíz (una especie salchichas empanadas) tras descubrir fragmentos de madera en la masa de maíz, con al menos cinco personas lesionadas a nivel gástrico. El Servicio de Inspección y Seguridad Alimentaria (FSIS) emitió una alerta nacional por comidas congeladas que incluían pasta contaminada con Listeria monocytogenes, vinculadas, como mínimo, a cuatro muertes. La empresa Black Sheep Egg Company tuvo que sacar del mercado varios lotes de huevos tras detectar Salmonella.

A esto se suman las advertencias sobre snacks contaminados con fragmentos de metal o el retiro de melones procesados y de salmón y lubina ahumados por riesgo de contaminación con la citada especie de Listeria.

Cada uno de estos casos podría entenderse por separado como parte de la rutina de vigilancia. Sin embargo, su acumulación en un corto periodo de tiempo dibuja un escenario más inquietante: el sistema estadounidense de control alimentario muestra grietas crecientes.

Entrada a un recinto donde está indicado el nombre de la la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA).
Sede de la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) en Silver Spring, Maryland.
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La política detrás de la crisis

La administración Trump ha defendido una agenda de desregulación y recortes presupuestarios bajo la premisa de simplificar la burocracia. En la práctica, esto ha supuesto recortes de personal en la Administración de Alimentos y Medicamentos, (FDA por sus siglas en inglés) que llevaron, por ejemplo, a suspender pruebas de calidad de la leche. Además, el Departamento de Agricultura decidió disolver comités asesores científicos que guiaban la política de inocuidad, eliminando un contrapeso técnico clave.

La FDA inició además un proceso para revocar regulaciones que definen los estándares de identidad de más de 50 alimentos, flexibilizando las reglas de etiquetado. A ello hay que añadir la eliminación de la División de Protección al Consumidor del Departamento de Justicia, lo que limita la capacidad de sancionar penalmente a empresas infractoras, así como un proceso de descentralización que transfiere responsabilidades a estados y gobiernos locales, con capacidades muy desiguales.

Los defensores de estas políticas argumentan que reducen costos y fomentan la competitividad. Los críticos, en cambio, advierten que constituyen un debilitamiento estructural del sistema.

Voces críticas y dimisiones

La tensión también se ha manifestado en renuncias de alto perfil. Jim Jones, subcomisionado de alimentos humanos de la FDA, dimitió el pasado mes de febrero tras denunciar que los recortes habían dejado a su área sin capacidad para cumplir con sus funciones esenciales. Poco después, Michael Rogers, jefe de inspecciones de la agencia, se retiró tras 34 años de carrera, en medio de la frustración de inspectores que veían debilitadas sus funciones.

Además, organizaciones de consumidores, médicas y de salud pública han llegado a pedir la renuncia de Robert F. Kennedy Jr., secretario de Salud y Servicios Humanos, al que acusan de priorizar la desregulación por encima de la seguridad. Estas salidas no son meros cambios de personal: simbolizan la fractura interna de las instituciones encargadas de velar por la seguridad alimentaria.

Conviene subrayar que las retiradas de productos y brotes siempre han existido en Estados Unidos y en buena medida son prueba de que la vigilancia funciona. Lo que cambia ahora es la frecuencia y la magnitud. Muchos de los productos afectados en las últimas semanas son de consumo masivo, lo que multiplica el impacto potencial en la salud. Además, con menos inspecciones y menos recursos, la probabilidad de que los riesgos pasen desapercibidos aumenta.

Las estadísticas definitivas de 2025 tardarán en publicarse, pero los patrones recientes sugieren que los riesgos se están volviendo más visibles y peligrosos.

Las justificaciones oficiales

El Gobierno y algunos sectores de la industria se defienden con varios argumentos. Afirman que la eliminación de comités y estándares excesivos busca desburocratizar y acelerar la innovación. Aducen que descentralizar hacia los estados permite respuestas más adaptadas a cada realidad local. Y sostienen que los recursos deben centrarse en los riesgos más graves, en lugar de dispersarse en controles rutinarios.

Sin embargo, estas justificaciones pierden sentido cuando los incidentes se acumulan y los titulares hablan de intoxicaciones y muertes. La seguridad alimentaria es un bien público y, como recuerdan especialistas en salud pública, no puede depender solo de la autorregulación del mercado.

Los acontecimientos de este otoño no pueden atribuirse únicamente a la mala fortuna. Son la consecuencia visible de un sistema sometido a recortes, desregulación y pérdida de talento técnico. Todo esto lleva a pensar que la seguridad alimentaria en Estados Unidos atraviesa un momento crítico. Los brotes recientes no son meros accidentes aislados, sino el síntoma de un sistema debilitado.

La pregunta para los próximos meses será si la presión social y política logrará revertir la tendencia antes de que los costos humanos y económicos se multipliquen.

The Conversation

José Miguel Soriano del Castillo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿A qué se debe la oleada de incidentes alimentarios en Estados Unidos? – https://theconversation.com/a-que-se-debe-la-oleada-de-incidentes-alimentarios-en-estados-unidos-267338

Ni galletas “enriquecidas” ni zumos: las claves de un desayuno o una merienda saludable

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ana Belén Ropero Lara, Profesora Titular de Nutrición y Bromatología – Directora del proyecto BADALI, web de Nutrición. Instituto de Bioingeniería, Universidad Miguel Hernández

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Que las chucherías no son recomendables para los niños no es ninguna sorpresa. Pero la bollería, las galletas y la mayoría de los cereales, habituales en desayunos y meriendas, no son mejores.

¿Qué nos piden los niños? La respuesta es sencilla: si pueden, eligen alimentos que les atraen, ya sea por su sabor, la forma de presentación o la publicidad. Algunos de ellos son galletas en forma de animales, cereales con silueta de estrellitas, batidos con dibujos o los “pastelitos”, que resisten imperturbables el paso de las décadas.

Muchos de estos productos presumen incluso de llevar vitaminas y minerales añadidos. Pero no nos dejemos engañar, porque su objetivo no es otro que el de convencernos a los papás y las mamás de que son buenos para nuestros retoños.

La importancia de pararle los pies a la publicidad

Hace unos años, desde el equipo BADALI de la Universidad Miguel Hernández analizamos la calidad nutricional de más de 500 alimentos con publicidad dirigida a niños o adolescentes. La friolera del 97 % de todos ellos no eran saludables.

En ese estudio incluimos una gran variedad de productos que suelen gustar a los pequeños de la casa: galletas, cereales de desayuno, bollería, lácteos, barritas, zumos y bebidas de frutas, snacks y dulces. Encontrar el 3 % saludable puede ser como buscar una aguja en un pajar.

Esto hace imperativo poner coto a la publicidad de alimentos no saludables dirigidos a la población infantil y adolescente, como ya sucede en varios países desde hace más de una década. En este sentido, el Ministerio de Consumo elaboró un borrador de Real Decreto en 2022, que ha retomado recientemente. Esperemos que esta vez sí sea una realidad.

El engañoso reclamo de “con vitaminas añadidas”

En cuanto a lo de “tapar” que un alimento no es saludable añadiéndole vitaminas y minerales, también tenemos datos. Por resumir lo más importante, solo uno de cada siete de todos estos productos se puede considerar saludable.

Si miramos con detenimiento, vemos que la población infantil es la destinataria principal de, por ejemplo, las galletas. Dos de cada tres de las que se anuncian como “enriquecidas” llevan dibujos. Ni qué decir tiene que ninguna de estas galletas es saludable, pero tampoco lo es el resto.

En cuanto a los cereales de desayuno enriquecidos, sí los hay que son saludables; sin embargo, no están dirigidos a niños. Y en lo que respecta a las bebidas de frutas, por mucho que las anuncien con toda una colección de vitaminas, ninguna de ellas es recomendable.

Es preferible un desayuno breve que uno no saludable

Entonces, ¿cómo deben ser los desayunos, almuerzos y meriendas? Seguro que, en muchas familias, desayunar bien antes del ir al cole o al instituto es aún una asignatura pendiente. Además, es posible que el apetito de los niños sea muy peculiar y dependa mucho de lo que haya sobre la mesa.

Las madres y los padres nos preocupamos y tendemos a aferrarnos a un “da igual lo que coman, con tal de que coman”. Sin embargo, la mejor decisión que podemos tomar es adoptar esta otra máxima: es preferible un desayuno breve que uno no saludable.

No hay alimentos saludables que estén prohibidos en un desayuno, almuerzo o merienda. Sin embargo, la combinación ideal es un lácteo, un cereal y una fruta. Eso sí, deben cumplir el mismo requisito: que sean saludables.

No es necesario que la leche esté enriquecida, basta con una normal y mejor si es entera. No hay ninguna razón para desterrar la leche entera de la mesa de los niños. Para los adultos ya es otra historia, pero los niños deben tomar dos vasos de leche al día, dado que supone un aporte insustituible de calcio para su crecimiento.

Los batidos lácteos no son una buena alternativa porque llevan azúcar o edulcorantes añadidos y ninguno de los dos es saludable.

En cuanto a los yogures sin estos ingredientes, son muy buena elección, aunque solemos rechazar su sabor ácido. Podemos mezclarlos con trozos de fruta o añadirles apenas un poco de azúcar, lo justo para neutralizar esa acidez. Además, debemos tener en cuenta que un vaso de leche equivale a dos yogures.

Los cereales de desayuno sin otros ingredientes que los propios cereales son una opción con la que acompañar al lácteo. De la bollería y las galletas, ni hablamos: aunque sean de horno tradicional o caseras, es preferible evitarlas.

En España es habitual decantarse por el pan, que solemos acompañar con aceite de oliva virgen y tomate. Esta es una buena elección, aunque con dos matices: una es que el pan debería ser integral y la otra es no añadir más sal. La sal del propio pan ya supone el 20 % de toda la que tomamos al día y que deberíamos reducir a la mitad. La mantequilla, margarina o mermelada no son buenas opciones para acompañar el pan.

Esa rebanada de pan se suele convertir en bocadillo cuando se trata del almuerzo o la merienda. Aunque acusado injustamente de engordar, en un bocadillo, lo más importante es el pan. Debemos reducir el tamaño de las capas de embutido que suelen acompañarle, porque ponen en riesgo nuestra salud.

Mejor cambiar el zumo de naranja por fruta

El zumo de naranja exprimido en casa ha gozado de buena fama durante mucho tiempo. Es cierto que es preferible a cualquier otro zumo comercial, bebida de frutas o refresco. Sin embargo, solo aporta azúcares libres, que aumentan el riesgo de enfermedades, obesidad y, por supuesto, provocan caries. Así que ni siquiera esta bebida es un buen sustituto para la fruta.

El desayuno, el almuerzo y la merienda son oportunidades para tomar los nutrientes fundamentales que nuestros hijos necesitan para crecer sanos. Merece la pena el esfuerzo porque es la mejor inversión para su futuro que podemos hacer.

The Conversation

Ana Belén Ropero Lara no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Ni galletas “enriquecidas” ni zumos: las claves de un desayuno o una merienda saludable – https://theconversation.com/ni-galletas-enriquecidas-ni-zumos-las-claves-de-un-desayuno-o-una-merienda-saludable-267035

La sostenibilidad no se consigue en solitario: así se tejen las redes verdes

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Claudia García García, Profesora de Economía Aplicada, Universidad Complutense de Madrid

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En plena transición ecológica, las empresas saben que deben reducir emisiones, ahorrar materiales o usar energías limpias. Pero innovar de forma sostenible no es fácil. Requiere tiempo, dinero y asumir riesgos. No basta con la voluntad: hace falta aliados adecuados.

¿Cómo conseguir ser innovador y sostenible?

La pregunta es clara: ¿cómo pueden las empresas ser innovadoras y sostenibles a la vez? La respuesta está en las redes de colaboración.

En la práctica, las empresas no trabajan solas. Dependen de proveedores que suministran materias primas, de clientes que marcan tendencias, de universidades que generan conocimiento, de centros de investigación que aportan tecnología y de consultoras que aportan servicios especializados. Incluso los competidores, a veces, participan en ese ecosistema.

La clave está en tejer estas relaciones con inteligencia. No todos los socios aportan igual, ni en todo momento. Una buena colaboración acelera la innovación. Una mala elección la frena y aumenta costes.




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Colaborar para ‘ecoinnovar’: ¿con quién?

Nuestro estudio de 3 500 empresas españolas publicado en la revista Business Strategy and the Environment responde a esta pregunta. Muestra las colaboraciones que impulsan las innovaciones verdes diferenciando entre dos medidas clave: ahorrar materiales o reducir energía.

La mayoría de investigaciones se centraban en un solo socio. Por ejemplo, ¿qué pasa cuando una empresa colabora solo con universidades?. O ¿qué ocurre si la relación es solo con clientes? Pero la realidad es más compleja, ya que las empresas trabajan con varios socios a la vez.

Para estudiarlo, usamos una técnica que identifica combinaciones de éxito. Los datos de la Encuesta de Innovación del INE del 2020 nos dieron una visión clara: las redes no son iguales para todas las metas. Según el objetivo de la ecoinnovación, las alianzas cambian. No se sigue el mismo camino cuando se busca ahorrar materiales que cuando se quiere reducir energía.




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Imagine que debe cruzar un bosque lleno de obstáculos. ¿A quién escogería como compañero? No elegiría a cualquier persona. Si el reto es orientarse, buscaría a alguien con buen sentido de la dirección. Si se trata de sobrevivir sin comida, preferiría a quien conozca las plantas comestibles. Cada reto exige habilidades distintas. Lo mismo pasa en las empresas. No basta con tener la meta clara: lo que importa es escoger bien a los socios.

Materiales y energía: distintas rutas, distintas alianzas

En innovaciones para ahorrar materiales o sustituirlos por otros más sostenibles, la ciencia es esencial. Universidades y centros de investigación son los aliados más fiables. Sin su conocimiento, es difícil encontrar alternativas, rediseñar procesos o crear nuevos productos.

Clientes y proveedores ayudan en algunos casos, pero suelen tener menos peso. Los competidores, en este ámbito, no suelen ser buenos compañeros de viaje. Competir y compartir información suele ser más un riesgo que una oportunidad.

El ahorro energético es todavía más exigente. Reducir el consumo eléctrico o cambiar la fuente de energía obliga a rediseñar procesos, invertir y cumplir normas estrictas. En este contexto, colaborar con competidores directos casi nunca funciona. Cada empresa protege su conocimiento, defiende sus intereses y evita compartir información que pueda restarle ventaja en el mercado.

En este ámbito los aliados más útiles son los proveedores y los servicios especializados. Aportan soluciones técnicas avanzadas y facilitan la integración de nuevas tecnologías. También los clientes y las universidades pueden ayudar en casos concretos, pero no siempre son el centro de la red, sino un apoyo.

La clave del éxito

Hay un hallazgo de nuestro estudio que se repite en ambos campos. Intentar colaborar a la vez con clientes, universidades y competidores suele ser una mala estrategia. Demasiados intereses enfrentados generan ruido y frenan los resultados. Es como una orquesta desafinada: cada músico toca su propia partitura, pero nadie escucha al director.

Así que la lección es clara: más no siempre significa mejor. No conviene trabajar con todos al mismo tiempo, ni tampoco limitarse a un único socio. El secreto está en el equilibrio: elegir a los adecuados para cada objetivo.

O sea, ni todos, ni uno solo.




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Resultado: ciencia y colaboración para un futuro sostenible

La ciencia importa. Es la brújula que guía a las empresas hacia un futuro más verde. Universidades y centros de investigación son aliados estratégicos. Elegir bien a los socios y mantener redes equilibradas es la mejor forma de innovar y ser sostenibles.

La política pública también tiene un papel, que es el de reforzar la conexión cientifico-empresarial y apoyar a proveedores y consultoras verdes.

Para la ciudadanía, el mensaje es claro: cuando pedimos a las empresas que sean más sostenibles, no se trata solo de dinero o tecnología. Es una estrategia que trata de saber crear redes inteligentes que cambien los procesos desde dentro.

Conclusión: el poder de elegir bien a tus aliados

La ecoinnovación no depende solo de recursos sino de elegir bien a los compañeros de viaje. Las empresas españolas que mejor lo hacen confían en la ciencia y se apoyan en socios clave cuando lo necesitan. En la transición ecológica, como en la vida, rodearse de las personas adecuadas marca la diferencia entre quedarse atrás o abrir camino hacia un futuro más sostenible.

The Conversation

Celia Torrecillas Bautista recibe fondos de Proyecto PID2020-112984GB- C21.

Sara Fernández López recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación (Proyecto PID2020-112984GB-
C21)

Claudia García García no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La sostenibilidad no se consigue en solitario: así se tejen las redes verdes – https://theconversation.com/la-sostenibilidad-no-se-consigue-en-solitario-asi-se-tejen-las-redes-verdes-265358

La IA no mejora las notas y aumenta la brecha entre buenos y malos estudiantes

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María Luisa Fanjul Fernández, Profesora en el grado de Marketing y el Máster de Emprendimiento Digital, Universidad Europea

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La inteligencia artificial (IA) tiene el potencial, nos dicen sus defensores, de democratizar el conocimiento y personalizar el aprendizaje. Con itinerarios diseñados específicamente para cada estudiante en función de sus objetivos y necesidades, esta herramienta, bien utilizada, puede resultar revolucionaria.

Pero ¿cuál es su impacto actual? ¿Está ayudando a los estudiantes a mejorar en su rendimiento académico? Pues según nuestro reciente estudio entre más de 200 universitarios, la respuesta apunta a que, de momento, no es así. La inteligencia artificial ha transformado la forma en que los jóvenes se preparan y aprenden, pero su impacto en el rendimiento académico es limitado y no necesariamente positivo.

La IA como compañera de estudio

La mayoría de los universitarios utiliza herramientas de IA para resolver dudas, resumir textos o generar ideas. Pero lo hacen de maneras muy distintas.

El estudio detecta tres perfiles de uso:

  • Perfil estratégico y funcional. Utiliza la IA como herramienta para optimizar el estudio, gestionar mejor el tiempo, acceder a más información y mejorar su productividad, aunque no esperan necesariamente un impacto directo en las calificaciones. Supone el 41,18 % del total.

  • Perfil instrumental y resolutivo. Refleja un uso claramente utilitarista, centrado en reducir el esfuerzo. Quienes forman parte de este grupo valoran la rapidez y la comodidad que ofrece la IA, pero suelen mostrar una comprensión más superficial de su potencial educativo. Son el 23,53 %

  • Perfil cognitivo y explorador. Comprende a los estudiantes que emplean la IA con una orientación al aprendizaje. Usan estas herramientas para profundizar en los contenidos, mejorar su comprensión y desarrollar nuevas competencias. No buscan ahorrar tiempo, sino aprender mejor: son el 35,29 %.

Esta segmentación muestra que la IA amplifica diferencias entre los estudiantes: quienes ya tienen buenos hábitos de estudio la utilizan para aprender más, mientras que quienes no los tienen tienden a emplearla para reducir su carga de trabajo.

Aprender más rápido no es aprender mejor

El 70 % de los estudiantes encuestados afirman que la IA les ayuda a “estudiar más rápido”. Sin embargo, ese ahorro de tiempo no se traduce en una comprensión más profunda de los conceptos.

Las respuestas son inmediatas, pero también favorecen un aprendizaje mucho más superficial. Los estudiantes nos cuentan que su uso más habitual es “entender el tema sin leerlo todo” o “resumir lo importante en pocas líneas”. En otras palabras, las herramientas de inteligencia artificial acortan el camino, pero también el proceso que da sentido al aprendizaje.




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La brecha digital dentro del aula

De esta manera, lejos de igualar oportunidades, esta herramienta puede ampliar la brecha educativa. Por ejemplo, hemos visto que entre los estudiantes con mejor rendimiento, el 72 % asegura revisar o contrastar siempre la información generada por la IA. Entre los de peor rendimiento, solo el 28 % lo hace.

El resultado es un sistema de aprendizaje desigual: los más críticos convierten la IA en una aliada, mientras que los menos preparados la usan como un atajo.

Una nueva cultura del esfuerzo

La relación emocional con el aprendizaje también está cambiando. Algunos estudiantes afirman que “ya no merece la pena romperse la cabeza si la IA te lo explica mejor”.

A esta afirmación se suman respuestas como “te lo da hecho” o “ahorra pensar”. Esta percepción, especialmente presente en el grupo instrumental y resolutivo formado por el 23,53 % de los estudiantes encuestados, muestra que el esfuerzo ya no se identifica necesariamente como parte del proceso formativo. En este contexto, enfrentarse a la dificultad, equivocarse o intentarlo varias veces empieza a verse como un obstáculo prescindible en un entorno cada vez más automatizado.

Así, la inteligencia artificial reduce la frustración, pero también el valor del error en el aprendizaje. En este sentido, el desafío para la educación superior ya no es solo enseñar contenidos, sino preservar el sentido del esfuerzo frente al de la inmediatez.




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Se puede aprender mejor en la universidad con la inteligencia artificial


Qué puede hacer el profesorado

Prohibir la utilización de herramientas de inteligencia artificial no es una opción realista. El reto en el aula consiste en guiar a los estudiantes hacia un uso crítico, ético y responsable de estas herramientas. La alfabetización digital no consiste solo en manejar herramientas, sino en saber preguntar, contrastar y evaluar la fiabilidad de las respuestas.

También será necesario repensar la forma de evaluar. Si la IA puede redactar un texto o resolver un caso práctico, habrá que diseñar actividades que pongan en valor cuestiones como la reflexión, la creatividad y la aplicación del conocimiento más allá del contenido.

Un aprendizaje más humano

La inteligencia artificial ha llegado para quedarse, pero su integración en la educación superior debería ser pedagógica y consciente. Es recomendable plantear actividades que inviten a contrastar las respuestas generadas por la IA con otras fuentes de información y a detectar errores o inconsistencias en sus explicaciones.




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Esto no solo refuerza competencias clave como la capacidad de argumentar, sino que fomenta pensamiento crítico frente a la tecnología. Aprender a identificar sesgos o respuestas incorrectas y ser capaces de corregirlos será tan importante como saber formular una buena pregunta.

El valor de la inteligencia artificial dependerá, por tanto, de cómo se utilice: como sustituto del pensamiento o como acelerador de nuevas formas de aprendizaje. Puede facilitar el acceso al conocimiento, pero solo la inteligencia humana transforma la información en comprensión.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. La IA no mejora las notas y aumenta la brecha entre buenos y malos estudiantes – https://theconversation.com/la-ia-no-mejora-las-notas-y-aumenta-la-brecha-entre-buenos-y-malos-estudiantes-266074

How to ensure youth, parents, educators and tech companies are on the same page on AI

Source: The Conversation – Canada – By Ajay Kumar Shrestha, Professor, Computer Science, Vancouver Island University

Artificial intelligence is now part of everyday life. It’s in our phones, schools and homes. For young people, AI shapes how they learn, connect and express themselves. But it also raises real concerns about privacy, fairness and control.

AI systems often promise personalization and convenience. But behind the scenes, they collect vast amounts of personal data, make predictions and influence behaviour, without clear rules or consent.

This is especially troubling for youth, who are often left out of conversations about how AI systems are built and governed.

The author’s guide on how to protect youth privacy in an AI world.

Concerns about privacy

My research team conducted national research and heard from youth aged 16 to 19 who use AI daily – on social media, in classrooms and in online games.

They told us they want the benefits of AI, but not at the cost of their privacy. While they value tailored content and smart recommendations, they feel uneasy about what happens to their data.

Many expressed concern about who owns their information, how it is used and whether they can ever take it back. They are frustrated by long privacy policies, hidden settings and the sense that you need to be a tech expert just to protect yourself.

As one participant said:

“I am mainly concerned about what data is being taken and how it is used. We often aren’t informed clearly.”

Uncomfortable sharing their data

Young people were the most uncomfortable group when it came to sharing personal data with AI. Even when they got something in return, like convenience or customization, they didn’t trust what would happen next. Many worried about being watched, tracked or categorized in ways they can’t see.

This goes beyond technical risks. It’s about how it feels to be constantly analyzed and predicted by systems you can’t question or understand.

AI doesn’t just collect data, it draws conclusions, shapes online experiences, and influences choices. That can feel like manipulation.

Parents and teachers are concerned

Adults (educators and parents) in our study shared similar concerns. They want better safeguards and stronger rules.

But many admitted they struggle to keep up with how fast AI is moving. They often don’t feel confident helping youth make smart choices about data and privacy.

Some saw this as a gap in digital education. Others pointed to the need for plain-language explanations and more transparency from the tech companies that build and deploy AI systems.

Professionals focus on tools, not people

The study found AI professionals approach these challenges differently. They think about privacy in technical terms such as encryption, data minimization and compliance.

While these are important, they don’t always align with what youth and educators care about: trust, control and the right to understand what’s going on.

Companies often see privacy as a trade-off for innovation. They value efficiency and performance and tend to trust technical solutions over user input. That can leave out key concerns from the people most affected, especially young users.

Power and control lie elsewhere

AI professionals, parents and educators influence how AI is used. But the biggest decisions happen elsewhere. Powerful tech companies design most digital platforms and decide what data is collected, how systems work and what choices users see.

Even when professional push for safer practices, they work within systems they did not build. Weak privacy laws and limited enforcement mean that control over data and design stays with a few companies.

This makes transparency and holding platforms accountable even more difficult.

What’s missing? A shared understanding

Right now, youth, parents, educators and tech companies are not on the same page. Young people want control, parents want protection and professionals want scalability.

These goals often clash, and without a shared vision, privacy rules are inconsistent, hard to enforce or simply ignored.

Our research shows that ethical AI governance can’t be solved by one group alone. We need to bring youth, families, educators and experts together to shape the future of AI.

The PEA-AI model

To guide this process, we developed a framework called PEA-AI: Privacy–Ethics Alignment in Artificial Intelligence. It helps identify where values collide and how to move forward. The model highlights four key tensions:

1. Control versus trust: Youth want autonomy. Developers want reliability. We need systems that support both.

2. Transparency versus perception: What counts as “clear” to experts often feels confusing to users.

3. Parental oversight versus youth voice: Policies must balance protection with respect for youth agency.

4. Education versus awareness gaps: We can’t expect youth to make informed choices without better tools and support.

What can be done?

Our research points to six practical steps:

1. Simplify consent. Use short, visual, plain-language forms. Let youth update settings regularly.

2. Design for privacy. Minimize data collection. Make dashboards that show users what’s being stored.

3. Explain the systems. Provide clear, non-technical explanations of how AI works, especially when used in schools.

4. Hold systems accountable. Run audits, allow feedback and create ways for users to report harm.

5. Teach privacy. Bring AI literacy into classrooms. Train teachers and involve parents.

6. Share power. Include youth in tech policy decisions. Build systems with them, not just for them.

AI can be a powerful tool for learning and connection, but it must be built with care. Right now, our research suggests young people don’t feel in control of how AI sees them, uses their data or shapes their world.

Ethical AI starts with listening. If we want digital systems to be fair, safe and trusted, we must give youth a seat at the table and treat their voices as essential, not optional.

The Conversation

Ajay Shrestha receives funding from the Office of the Privacy Commissioner of Canada (OPC); the views expressed herein are those of the authors and do not necessarily reflect those of the OPC.

ref. How to ensure youth, parents, educators and tech companies are on the same page on AI – https://theconversation.com/how-to-ensure-youth-parents-educators-and-tech-companies-are-on-the-same-page-on-ai-248265

A flexible lens controlled by light-activated artificial muscles promises to let soft machines see

Source: The Conversation – USA – By Corey Zheng, PhD Student in Biomedical Engineering, Georgia Institute of Technology

This rubbery disc is an artificial eye that could give soft robots vision. Corey Zheng/Georgia Institute of Technology

Inspired by the human eye, our biomedical engineering lab at Georgia Tech has designed an adaptive lens made of soft, light-responsive, tissuelike materials.

Adjustable camera systems usually require a set of bulky, moving, solid lenses and a pupil in front of a camera chip to adjust focus and intensity. In contrast, human eyes perform these same functions using soft, flexible tissues in a highly compact form.

Our lens, called the photo-responsive hydrogel soft lens, or PHySL, replaces rigid components with soft polymers acting as artificial muscles. The polymers are composed of a hydrogel − a water-based polymer material. This hydrogel muscle changes the shape of a soft lens to alter the lens’s focal length, a mechanism analogous to the ciliary muscles in the human eye.

The hydrogel material contracts in response to light, allowing us to control the lens without touching it by projecting light onto its surface. This property also allows us to finely control the shape of the lens by selectively illuminating different parts of the hydrogel. By eliminating rigid optics and structures, our system is flexible and compliant, making it more durable and safer in contact with the body.

Why it matters

Artificial vision using cameras is commonplace in a variety of technological systems, including robots and medical tools. The optics needed to form a visual system are still typically restricted to rigid materials using electric power. This limitation presents a challenge for emerging fields, including soft robotics and biomedical tools that integrate soft materials into flexible, low-power and autonomous systems. Our soft lens is particularly suitable for this task.

Soft robots are machines made with compliant materials and structures, taking inspiration from animals. This additional flexibility makes them more durable and adaptive. Researchers are using the technology to develop surgical endoscopes, grippers for handling delicate objects and robots for navigating environments that are difficult for rigid robots.

The same principles apply to biomedical tools. Tissuelike materials can soften the interface between body and machine, making biomedical tools safer by making them move with the body. These include skinlike wearable sensors and hydrogel-coated implants.

three photos showing a rubbery disk held between two hands
This variable-focus soft lens, shown viewing a Rubik’s Cube, can flex and twist without being damaged.
Corey Zheng/Georgia Institute of Technology

What other research is being done in this field

This work merges concepts from tunable optics and soft “smart” materials. While these materials are often used to create soft actuators – parts of machines that move – such as grippers or propulsors, their application in optical systems has faced challenges.

Many existing soft lens designs depend on liquid-filled pouches or actuators requiring electronics. These factors can increase complexity or limit their use in delicate or untethered systems. Our light-activated design offers a simpler, electronics-free alternative.

What’s next

We aim to improve the performance of the system using advances in hydrogel materials. New research has yielded several types of stimuli-responsive hydrogels with faster and more powerful contraction abilities. We aim to incorporate the latest material developments to improve the physical capabilities of the photo-responsive hydrogel soft lens.

We also aim to show its practical use in new types of camera systems. In our current work, we developed a proof-of-concept, electronics-free camera using our soft lens and a custom light-activated, microfluidic chip. We plan to incorporate this system into a soft robot to give it electronics-free vision. This system would be a significant demonstration for the potential of our design to enable new types of soft visual sensing.

The Research Brief is a short take on interesting academic work.

The Conversation

Corey Zheng receives funding from the National Science Foundation.

Shu Jia receives funding from the National Science Foundation and the National Institutes of Health.

ref. A flexible lens controlled by light-activated artificial muscles promises to let soft machines see – https://theconversation.com/a-flexible-lens-controlled-by-light-activated-artificial-muscles-promises-to-let-soft-machines-see-268064

Through role-play learning, a neurodivergent student found work practicum success

Source: The Conversation – Canada – By Kealey Dube, Assistant Professor, The School of Social Work, MacEwan University

When students move from university course work to real-world applications like internships, practicums or clinical placements, it’s not just about what they know, but how they use what they know.

These experiences are often the first time students apply classroom learning in unpredictable, high-stakes environments.

For students with disabilities, that leap can be especially challenging. Structural barriers, inaccessible learning environments and past negative experiences can make these transitions harder.

Something that can help students overcome barriers is simulation-based learning — when, via role playing, students practise key skills, try out strategies and learn from mistakes without the real-world consequences. It’s an approach practised across fields like health care, business as well as social work education.

We decided to explore the use of simulations with students who experience disability-related barriers, drawing on research related to learning through simulations and students with disabilities in practicum learning.




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From participants to partners

We took a “students as partners” approach, which sees students as active collaborators in designing their own learning experiences.

In this case study, we sought to design simulations that were practical, empowering and suited to a neurodiverse, social work university student. We also wanted simulations that reflected his particular concerns and were grounded in his unique lived experiences.

The student had experienced barriers in a previous work-integrated learning placement. Before starting another, he needed a safer way to build confidence, practise communication and prepare for the professional environment.

A team approach

The project was collaborative. As faculty members, we worked with the social work student involved in the field education course and a theatre student hired as our partner to co-create the simulations. Other participants were from MacEwan’s access and disability resources and the Centre for Teaching and Learning.

Together, the group co-designed two tailored, realistic simulation experiences aimed at helping the social work student prepare for his upcoming practicum.

How it worked

The team met over a summer to co-design the personalized simulations:

  • A workplace conversation, where the student practised setting expectations with a supervisor.

  • A client-facing scenario, where he responded to a phone inquiry — something he was likely to encounter during his placement.

Each simulation followed a three-part process:

  • Briefing: The student reviewed the context and goals.

  • Role play: The theatre student played a realistic role based on the scenario.

  • Debrief: The student watched a video of the simulation, reflected on what worked, and received supportive feedback.

By repeating the simulations multiple times, the students could build skills gradually, adjust strategies and become more confident with each try.

The theatre student also gained valuable experience learning and practising how to respond authentically and adapt during unscripted moments — skills that carry over to his own performance training.

What changed

When determining learning goals for the simulation, we focused on aligning course learning outcomes with needs specific to the social work student, such as communication skills. With each role play rotation, we captured how long it took for the social work student to clearly communicate his question or reflection to the client (played by the theatre student).

The amount of time decreased each rotation. By the end, the social work student reported he felt more confident moving through the situations. He became quicker, more confident and more comfortable with professional communication.

Most importantly, he reported feeling included and respected throughout the process. He said:

“Being involved in everything helped me feel more prepared. I made mistakes in the simulation and learned from them — so I didn’t have to make those same mistakes in real life.”

The theatre student echoed this:

“I wasn’t just acting — I was helping someone grow. It made me realize how powerful theatre can be beyond performance.”

Beyond skill development, this was capacity-building, confidence-building and community-building — all made possible by student-centred design. A year later, the student with a disability has successfully completed two field practicums and has graduated.

Why it matters

When universities design learning experiences with students, not just for them — especially students who are often left out of the process, like students facing disability-related barriers — opportunties for student engagement and empowerment are strengthened.

Simulations give students a chance to:

  • Practise real-world scenarios without real-world risk.

  • Learn from feedback in a supportive environment.

  • Build self-advocacy and professional communication skills.

  • Develop strategies that work for their unique needs.

This kind of tailored preparation can be the difference between just getting through a placement and truly thriving in it.

Looking ahead

This project shows that personalized simulations, grounded in student experiences and supported by interdisciplinary collaboration, can pave the way for more equitable, empowering education.

It suggests how when students are treated as co-creators, not just consumers or recipients of education, the learning becomes deeper, more inclusive and more meaningful. It also points to the relevance of broader use of co-created simulations across disciplines. Future possibilities include:

  • Adapting simulations for group settings or online delivery.

  • Partnering across departments, like theatre and business or accessibility and STEM.

  • Designing for diverse learning needs from the start, using Universal Design for Learning principles.

The approach is flexible, scalable and most importantly, human-centred. Sometimes, the best way to prepare for real life is to practise it.

The Conversation

The authors do not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and have disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Through role-play learning, a neurodivergent student found work practicum success – https://theconversation.com/through-role-play-learning-a-neurodivergent-student-found-work-practicum-success-258329

Children should have a right to play in the streets, alleys, pavements and car parks of their neighbourhoods

Source: The Conversation – UK – By Alison Stenning, Professor of Social & Economic Geography, Newcastle University

Halfpoint/Shutterstock

In July 2025, a letter from an English city council neighbourhood services officer circulated on social media.

It read: “We have received complaints about young children playing ball games on the main road and streets. This can cause damage to vehicles and property. If your child is playing ball games on the road, please speak with them and prevent them from doing this. It’s unsafe for children to be playing in the roads. It is also causing a disturbance for other residents on the street. There are plenty of local parks where children can be taken to play safely … Please utilise these.”

This letter gets right to the heart of debates about children’s right to play and their right to the street. It ignores the fact that cars have encroached onto streets, which had previously been regarded as social spaces, not the other way round. It is really only in recent decades that drivers have been seen as the primary – or only – legitimate users of street space.

It assumes that children should be “taken” to designated play spaces, rather than allowing for the possibility that children should be able to access playable space without adults. And, finally, it fails to acknowledge that parks and other green spaces afford only certain kinds of play, and that children demand – and deserve – diverse spaces for diverse forms of play, not just ball games, swings and slides.

Complaints such as these, directed to local newspapers, councils, parents and others, have appeared for more than 100 years, since 19th-century and early 20th-century campaigners sought to remove children’s play from streets.

They reflect a recurring question in children’s play: whether children should only play in designated, often green, spaces, or if they should be able to play throughout their neighbourhoods, in “grey spaces” such as streets, car parks, back alleys and pavements.

The idea of grey spaces, developed in the context of skateboarding research, conveys both the colours of the urban environment and the ambivalence and liminality of urban space.




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My research into both play streets and the wider geographies of neighbourhood play seeks to highlight the particular value of grey space for children’s play. I argue for play in grey space, despite the insistent promotion of green space.

Two children on a scooter in a car park
Grey spaces include car parks and driveways.
K-FK/Shutterstock

Streets and other “grey” spaces, such as car parks, pavements and back alleys, have historically been the places where children predominantly played, both before and after the emergence of playgrounds. These are also the spaces in which children choose to play, when the conditions are right.

These are the spaces that remain most accessible for children in all sorts of diverse places across the world. This is especially the case for children living in neighbourhoods facing intersecting disadvantage, such as poverty, racism and environmental injustice.

My research has highlighted a number of particular and valuable features of play in grey space.

When playable grey spaces are located near to children’s homes, they can come and go more easily. They can bring indoor toys and other play equipment into their outdoor play. It allows for distanced supervision by adults, and gives opportunities to make the most of small bits of time – between chores, homework and scheduled commitments.

Play in grey spaces on streets and in neighbourhoods allows children to build friendships and other relationships with neighbours of all ages. Neighbourhood play can create spaces of care, offering children and their families a sense of belonging and familiarity on their doorsteps.

The form of grey spaces – slopes, kerbs, cambers, walls, potholes, lampposts, weeds, puddles, fences, plants, bumps and surfaces – offers hugely varied play environments. It often offers more than designated play spaces, indoor or outdoor.

Through playing in these urban grey spaces, children enact their right to play and their right to the city. This play has the potential to reinforce their connection to their neighbourhoods, their sense that they belong and have the right to use the spaces on their doorsteps.

Children’s play also animates grey spaces. It brings both literal colour, through toys, chalking and colourful bodies, but also life, emotion and engagement.

The possibility of – and challenges associated with – play in grey space can open up wider local conversations about inequalities of access to doorstep space, highlighting questions of social, spatial and environmental justice.




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If we fail to value and enable play in grey spaces, we are ignoring – and devaluing – spaces that afford not only diverse and accessible play opportunities, but also the potential for valuable spaces of connection and care. The singular valuing of green space for children’s play rests on particular ideas of children, childhood and play. It shifts political and financial attention away from the everyday spaces of urban play.

The Conversation

Alison Stenning currently sits on the board of directors of Playing Out and is a trustee of Shiremoor Adventure Playground Trust in North Tyneside.

ref. Children should have a right to play in the streets, alleys, pavements and car parks of their neighbourhoods – https://theconversation.com/children-should-have-a-right-to-play-in-the-streets-alleys-pavements-and-car-parks-of-their-neighbourhoods-262368