Coexistencia con grandes carnívoros en Europa: cuando el sensacionalismo eclipsa la ciencia

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Martín Boer-Cueva, Ecologist and Environmental Consultant, Universidad Autónoma de Madrid

Dos ejemplares de lobo ibérico. LFRabanedo/Shutterstock

Los grandes carnívoros siempre han tenido un fuerte valor simbólico en las sociedades humanas. Desde los lobos, retratados como astutos o malvados en cuentos como Caperucita Roja, hasta los osos, que adornan los escudos de ciudades como Berlín, Berna o Madrid, estos animales han formado parte de nuestra cultura durante siglos. Hoy, en Europa, se han convertido además en piezas del tablero político, utilizadas como armas simbólicas y como chivos expiatorios en un contexto cada vez más polarizado.

Durante muchos siglos, los grandes carnívoros europeos estuvieron en declive debido a la persecución y destrucción de sus hábitats, sobreviviendo solo en refugios remotos. En las últimas décadas, especies como el lobo, el oso pardo y los linces –ibérico y euroasiático– están regresando gracias a la protección legal y el abandono rural, que favorece la recuperación de hábitats y de presas naturales.

Este resurgimiento ha despertado entusiasmo, pero también críticas, sobre todo relacionadas con la seguridad de las personas y las pérdidas económicas causadas por sus ataques en comunidades rurales.

Un debate que ignora las evidencias científicas

El debate público, sin embargo, cada vez más sensacionalista y más dominado por el miedo, se está radicalizando y dejando de lado la evidencia científica.

Algunos partidos y grupos de presión han utilizado la conservación de estas especies para impulsar agendas contrarias a las políticas ambientales, presentando el conflicto como un enfrentamiento entre “élites urbanas” y comunidades rurales. Una narrativa simplista que poco ayuda a encontrar soluciones reales.

La percepción de que los lobos se han multiplicado hasta convertirse en una plaga es otra idea errónea. Aunque sus poblaciones han aumentado en algunas regiones, la recuperación ha sido gradual y desigual. Por ejemplo, el censo español 2021–2024 identificó 333 manadas, solo 36 más que en 2014, lejos de las 500 necesarias para garantizar su viabilidad genética. Pese a esta evidencia, el Congreso español ha permitido nuevamente la caza de lobos al norte del río Duero.




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Los osos pardos también generan controversia. Un ejemplo emblemático es el de los Alpes italianos, donde los crecientes conflictos con los humanos amenazan la conservación a largo plazo de la población local de osos, aún pequeña y genéticamente aislada. En 2023, un ataque mortal en Italia protagonizado por una osa con crías volvió a encender el debate sobre la gestión y la coexistencia con los osos y, más en general, sobre los compromisos que conlleva la reintroducción de grandes carnívoros en zonas altamente frecuentadas por el ser humano.

Un tractor con una pancarta que dice en alemán 'el lobo está subvencionado, el granjero está arrunidao' es seguido por otros tractores por una carretera
Pancarta que dice ‘el lobo está subvencionado, el granjero está arruinado’ en una protesta de agricultores en Alemania.
Conceptphoto.info/Flickr, CC BY

Medidas no letales para evitar daños

No obstante, la ciencia es clara: la coexistencia entre humanos y grandes carnívoros es posible y necesaria. Así como las comunidades rurales tienen derecho a mantener su medio de vida, todos tenemos la responsabilidad de conservar los ecosistemas que nos sostienen. Ecosistemas que también dependen de los grandes carnívoros para mantenerse sanos y resilientes.




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Las estrategias no letales para controlar las posibles acciones negativas de estas especies son eficaces y, en muchos casos, más efectivas que las letales. Estudios sobre lobos muestran que las eliminaciones generalizadas o aleatorias, cuando no se dirigen a individuos conflictivos, no reducen la depredación y, a veces, incluso la aumentan.

Medidas como cercados eléctricos, presencia humana en los pastos, perros guardianes y resguardo nocturno del ganado han demostrado reducir los ataques y favorecer la convivencia. Su implementación puede ser costosa o poco conocida, por lo que los gobiernos deberían promoverla mediante ayudas económicas, apoyo técnico y participación comunitaria.

En casos específicos, la eliminación selectiva de individuos conflictivos puede ser necesaria y compatible con la conservación a largo plazo, restaurando la confianza de las comunidades locales.

Un oso observa sobre unas rocas
Oso pardo.
Vincenzo Penteriani, CC BY-SA

Los ataques son raros, pero hay que proteger a las personas

Otro mito común es que los grandes carnívoros representan una amenaza grave para los humanos. Los ataques son muy raros en Europa y suelen derivarse de conductas humanas de alto riesgo. Campañas de información dirigidas a turistas y a quienes viven en zonas con grandes carnívoros pueden enseñar conductas más seguras y ayudar a prevenir accidentes.

No obstante, en los casos de individuos que repetidamente generan conflictos que pueden poner en riesgo vidas humanas, las decisiones sobre gestión no pueden basarse prioritariamente en buscar compromisos con las opiniones de grupos o activistas que, sin conocimientos técnicos, tienden a priorizar al animal de manera estricta. Proteger a un oso que ha causado un ataque mortal sin considerar la seguridad de las personas puede generar rechazo en las comunidades locales y, a la larga, poner en riesgo a más osos si las autoridades no actúan de manera adecuada.

De cara al futuro, la conversación sobre grandes carnívoros debe guiarse por la ciencia y la empatía. La gestión basada en evidencia solo funciona si reconoce a quienes se ven más afectados. Construir confianza requiere políticas transparentes, compensaciones adecuadas y herramientas no letales accesibles.

También es necesario cambiar la narrativa mediática, que a menudo presentan la información sobre los grandes carnívoros de manera exagerada o sesgada, dificultando la convivencia.

Los grandes carnívoros no deberían ser tratados como marionetas políticas entre lo urbano y lo rural o entre la Europa de izquierdas y la de derechas. La verdadera amenaza al medio de vida rural suele encontrarse en la marginación económica y la presión de la agricultura industrial. Sin embargo, los grandes carnívoros se convierten en chivos expiatorios. Si basamos nuestras decisiones en ciencia, equidad y empatía, es posible imaginar una Europa donde humanos y grandes carnívoros coexistan de manera sostenible.

The Conversation

Vincenzo Penteriani es miembro de IBA (International Association for the Bear Conservation and Management, EEUU).

Giulia Bombieri, Marco Salvatori y Martín Boer-Cueva no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

ref. Coexistencia con grandes carnívoros en Europa: cuando el sensacionalismo eclipsa la ciencia – https://theconversation.com/coexistencia-con-grandes-carnivoros-en-europa-cuando-el-sensacionalismo-eclipsa-la-ciencia-268417

¿Tiene fundamentos científicos la resignificación del Valle de los Caídos?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Daniel Palacios González, Personal Docente e Investigador, Historia del Arte, UNED – Universidad Nacional de Educación a Distancia

Imagen del Valle de Cuelgamuros, antes conocido como el Valle de los Caídos. Ana Martinez de Mingo/Shutterstock

El 11 de noviembre se hizo público el resultado del concurso de proyectos convocado por el Ministerio de Vivienda y Agenda Urbana español el pasado mes de abril para la “resignificación” del Valle de los Caídos, antiguo mausoleo de Francisco Franco y José Antonio Primo de Rivera, que también acoge los cuerpos de otras 33 000 personas llevadas durante la dictadura y la Transición, hasta 1983.

Resultó ganadora la propuesta “La base y la cruz”, de los estudios Pereda Pérez Arquitectos y Lignum S. L., que recibirán 4 millones de euros como honorarios para realizar una intervención que costará otros 26 millones de euros.

Detalle del proyecto ‘La base y la cruz’ para el Valle de los Caídos.

Se propone así una “gran grieta” que, según el secretario general de Agenda Urbana, Iñaqui Carnicero, transformará el Valle y se enfrentará “a la monumentalidad del conjunto existente”. Se eliminará la escalinata vertical que da acceso a la basílica y en su lugar se construirá un nuevo soportal a los pies del templo. Se argumenta desde el Gobierno que dará “más protagonismo a la naturaleza”, así como que “invita al diálogo y a una visión más plural, más democrática, donde se incluyan muchas perspectivas”.

Normalmente las políticas públicas están respaldadas por evidencias científicas, ya sea para la planificación de un nuevo viaducto o la próxima campaña de vacunación antigripal. No obstante, esta decisión parece estar basada más en creencias que en datos empíricos.

Políticas públicas y convicciones

La socióloga Sarah Gensburger y la politóloga Sandrine Lefranc, ambas investigadoras del Instituto de Estudios Políticos de París (Sciences Po), han señalado en su trabajo que las políticas de memoria siguen siendo políticas.

Lo que entendemos como políticas de memoria han tendido a ser estrategias que pretenden debilitar la legitimidad de regímenes anteriores y buscan disuadir a quienes apoyan sus ideas. Se sustentan sobre la convicción de que conocer las violencias y tragedias del pasado permitirá construir en el presente sociedades pacíficas y tolerantes, evitando así que conflictos similares vuelvan a producirse.

Sin embargo, esas evocaciones de carácter pedagógico y reconciliador, basadas en la hipótesis de que “el que olvida, repite”, utilizan un argumento político que no es una evidencia psicológica. Los estudios de las últimas décadas han demostrado, de hecho, lo contrario.

Gensburger y Lefranc han trabajado sobre el caso francés y han resuelto que la multiplicación de políticas de memoria discurrió en paralelo al aumento de los votantes de extrema derecha. Ponen ejemplos anteriores que han determinado que las actividades pedagógicas en lugares como Auschwitz-Birkenau en lugar de favorecer el diálogo han dado pie a ideas chovinistas y de aislamiento, especialmente en el caso de jóvenes israelíes. O en Bélgica, donde algunos programas didácticos sobre la Primera Guerra Mundial generaron deseos de venganza y no de pacifismo.

El discurso autorizado del patrimonio

Al mismo tiempo que las decisiones sobre la resignificación del Valle se basan en creencias en lugar de hechos científicos, también se ven mediadas por lo que puede denominarse la ideología del patrimonio.

La historiadora francesa Françoise Choay, especialista en urbanismo y arquitectura, señalaba que la invención del monumento histórico está basada en la oportuna confusión que genera que tanto construcciones conmemorativas como restos antiguos se etiqueten como monumentos, aunque sean figuras opuestas.




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Esto tiene que ver con el hecho de que el origen de los monumentos modernos está en la Italia del siglo XV. En aquel momento se vio en los símbolos de la Roma imperial un medio para legitimar la dominación económica y política por parte de las élites económicas, militares y religiosas.

Estas ideas se extendieron durante la construcción de los estados-nación con lo que el historiador Eric Hobsbawm llamó “tradiciones inventadas”. Así se denominan los artefactos y prácticas que se presentan o perciben como históricos pero que son recientes y están conscientemente “disfrazados” de antiguos para parecer legítimos (como es el mismo Valle de los Caídos con su arquitectura historicista de los años 50).

Además, se adoptaron en marcos legales y protocolos internacionales como la Carta de Atenas (1931), la Carta de Venecia (1964), los convenios de La Haya (1954) y las cartas de ICOMOS y la UNESCO.

Todas iban a la zaga de Alois Riegl, historiador del arte al servicio del Imperio Austrohúngaro. Riegl teorizó los “hechos” y “valores objetivos” por los cuales se determina un monumento como “documento original” a conservar. Al definirlo como “antiguo”, “conmemorativo” o “histórico”, se ocultaba la agenda política detrás de la decisión de conservarlo.

La investigadora australiana Laurajane Smith advierte sin embargo de que la forma dominante y legitimada de pensar, escribir y hablar sobre las prácticas de gestión del patrimonio es solo una: el llamado “discurso autorizado”. Esto imposibilita un debate real que conduzca a cambios en las prácticas de gestión y planificación: puede discutirse la resignificación del monumento pero no el derecho mismo a la existencia.




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En este sentido vemos que la existencia del Valle de los Caídos no ha sido discutida. Al contrario, se le han añadido más capas de valor. Alfredo González-Ruibal, arqueólogo español, afirma que la decisión incluso trata con más “tacto” al monumento que a otro patrimonio de mayor valor. A él no le “apetece dialogar en el Valle de los Caídos”, porque “el Valle es la dictadura. No hay ambigüedad ni matiz. Es un monólogo en el que no cabe diálogo alguno”. En este sentido, lo que la resignificación demuestra es la continuidad en el culto al monumento pero con una nueva capa de aparente “dialogismo”.

La trampa de la resignificación

Monumentos como el dedicado a los “judíos asesinados de Europa” en Berlín, el Museo Sitio de la Memoria ESMA en Buenos Aires o el contra-monumentoFragmentos” en el Museo Nacional de Colombia comparten esa apuesta por hacer de memorias negativas espacios de diálogo y confrontación con el pasado. Al hacerlo asumen que estos monumentos tienen la cualidad dialógica per se, una creencia atribuida a artefactos que acumulan una larga historia cultural.

Monumento por la Memoria de los Judíos Asesinados en Europa en Berlín.
Monumento por la Memoria de los Judíos Asesinados en Europa en Berlín.
Marek Mróz/Wikimedia Commons, CC BY

Esa idea no solo reproduce una relación imaginaria con aquello que etiquetamos como “monumento”, sino que además, como demuestran mis trabajos junto a José María Durán Medraño, ignora que no todas las personas tienen el mismo derecho al espacio público ni lo ocupan de la misma manera. El espacio viene con unas condiciones materiales previas.

Las del Valle de los Caídos, por ejemplo, son las de una dictadura que impuso la desposesión y explotación de millones de personas. Estas personas no van a dialogar con una estructura de estas características porque su memoria –generalmente oral y precaria– no tiene unas dimensiones materiales equiparables a las del Valle para disputar el relato. Por tanto, pensar que un monumento construido por el franquismo puede tener un uso “dialógico” es una ilusión que va más allá de toda fundamentación empírica.

Solo hay que observar el agravio comparativo que surge al ver cómo la memoria de las mujeres que sobrevivieron a la represión estuvo basada en la precariedad. Durante décadas debieron esquivar a los agentes del Estado para poder dejar ofrendas florales clandestinas sobre las fosas comunes donde se habían abandonado los cadáveres de sus compañeros, hijos, maridos, padres. Solo la financiación fruto de la autoorganización familiar, vecinal, militante o la suscripción popular permitió que esos lugares contasen con humildes jardines, placas y monolitos que cambiaran su significado.

De hecho, esta precariedad continúa. Así lo demuestran experiencias como la vivida en Valencia, donde el memorial demandado por la Plataforma de Asociaciones de Familiares de Víctimas del Franquismo de las Fosas Comunes de Paterna para alojar los restos exhumados en uno de los conjuntos de fosas más grandes del estado sigue sin completarse por falta de financiación.

The Conversation

Daniel Palacios González es investigador en la Universidad Nacional de Educación a Distancia como parte del contrato JDC2023-052126-I, financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades / Agencia Estatal de Investigación y por el Fondo Social Europeo Plus.

ref. ¿Tiene fundamentos científicos la resignificación del Valle de los Caídos? – https://theconversation.com/tiene-fundamentos-cientificos-la-resignificacion-del-valle-de-los-caidos-269866

Cuando la resistencia antimicrobiana está en el aire que respiramos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Giulia Gionchetta, Postdoc Junior Leader Fellow La Caixa, Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA – CSIC)

La contaminación puede acelerar a evolución de bacterias resistentes a los antibióticos. Denis Kashentsov / Unsplash., CC BY

Cada respiración es una mezcla compleja de vida y química. En cada metro cúbico de aire, especialmente en las ciudades, flotan millones de partículas diminutas conocidas como material particulado (PM, por sus siglas en inglés).

El tamaño de estas partículas es esencial, ya que no todas afectan por igual a la salud humana. Aquellas que miden 2,5 μm (PM₂.₅) –es decir, 0,0025 mm– y las que miden 10 μm (PM₁₀) son las que más se han asociado con enfermedades cardiovasculares, cáncer de pulmón o asma. Pero una nueva línea de investigación sugiere un riesgo adicional y silencioso: su papel como vehículo de la resistencia antimicrobiana.

La resistencia a los antibióticos, una amenaza global reconocida por la OMS, causo más de 1,2 millones de muertes en 2019. Las proyecciones sugieren que podría convertirse en la primera causa de mortalidad a nivel global para 2050. Tradicionalmente, se ha estudiado en hospitales, aguas residuales o alimentos, pero la atmósfera empieza a considerarse como un “nuevo” escenario donde los microorganismos pueden intercambiar genes de resistencia y sobrevivir más tiempo gracias a las partículas que los transportan.

Filtrador de bioaerosol SASS3100 (Research International) utilizado para capturar la componente microbiologica presente en el aire durante el proyecto ARISE.

“Autobús” de resistencia genética

Estudios recientes demuestran que las partículas finas de PM₂.₅ pueden transportar bacterias vivas, fragmentos de ADN y genes de resistencia a través del aire urbano. Una investigación global publicada en The Lancet Planetary Health mostró una correlación directa entre los niveles de contaminación por PM₂.₅ y la prevalencia de infecciones resistentes en más de 100 países.

Pero la historia no acaba ahí. Investigadores del Tianjin Institute of Environmental and Operational Medicine demostraron en el laboratorio que el material particulado no solo transporta bacterias: también favorece la transferencia horizontal de genes, es decir, el intercambio de ADN resistente entre microorganismos.

Esto ocurre porque las partículas ricas en carbono orgánico, metales pesados y contaminantes generan estrés oxidativo, una condición que estimula los mecanismos bacterianos de defensa y mutación. En otras palabras, la contaminación del aire podría estar acelerando la evolución microbiana.

Hospitales, escuelas y residencias, más vulnerables

El hallazgo es particularmente preocupante en entornos cerrados donde la ventilación es limitada, como hospitales, escuelas o residencias. En estos espacios, las partículas finas pueden acumular microorganismos resistentes procedentes de pacientes, polvo, productos de limpieza o tráfico exterior.

Un estudio publicado en Microbiome analizó el aire de un hospital de Guangzhou (China) y detectó genes de resistencia de origen clínico flotando en el PM₂.₅, algunos asociados con infecciones graves.

Los autores advirtieron que el “resistoma aéreo” –genes de resistencia a los antibióticos que viajan por el aire, principalmente a través de aerosoles y partículas en la atmósfera– hospitalario podría representar un riesgo ocupacional para el personal sanitario y un vector subestimado para la comunidad.

En paralelo, una revisión reciente afirma que tanto el PM₂.₅ como el PM₁₀ actúan como reservorios de bacterias resistentes en entornos urbanos e industriales. Por ello, subraya la necesidad de incluir la calidad del aire en las estrategias de control de resistencia.

El tráfico y los compuestos orgánicos volátiles

Dentro de ese mismo aire contaminado, también encontramos los compuestos orgánicos volátiles (VOC, por sus siglas en inglés), emitidos por el tráfico, productos de limpieza o plásticos. Estos compuestos, además de irritar las vías respiratorias, pueden interactuar con los microorganismos del aire y alterar su comportamiento.

Investigaciones recientes sugieren que los VOC también afectan a la estructura de comunidades microbianas en aerosoles. Aunque todavía se estudia su papel exacto, parece claro que la combinación de partículas, química orgánica y microbiota aérea genera un escenario propicio para la persistencia y transmisión de genes resistentes a antibióticos.

La calidad del aire, protagonista

Reconocer el papel del aire supone un cambio de paradigma. Si los genes de resistencia a antibióticos pueden viajar con el polvo, combatir este problema ya no es solo cuestión restringida a los hospitales o la administración de antibióticos.

Es necesario revisar y actualizar las políticas de calidad del aire interior, urbanismo y energía. Asimismo, reducir la contaminación no solo salvaría vidas por enfermedades respiratorias: también podría frenar la expansión global de las bacterias resistentes.

The Conversation

Giulia Gionchetta recibe fondos de La Caixa Foundation (Postdoc la Caixa Junior Leader Fellow)

ref. Cuando la resistencia antimicrobiana está en el aire que respiramos – https://theconversation.com/cuando-la-resistencia-antimicrobiana-esta-en-el-aire-que-respiramos-269834

IA sostenible, ¿una utopía?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Cefe López Fernández, Profesor de Investigación (materiales fotónicos), Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)

A pesar de su huella, la IA es también una herramienta crucial para la sostenibilidad. mim.girl/Shutterstock

Mientras le pedimos a la inteligencia artificial (IA) que nos eche una mano para resolver el cambio climático, su propia huella de carbono se está disparando. Y es que, aunque nos ayuda a diseñar fármacos, optimizar las redes eléctricas y predecir desastres naturales, esta tecnología tiene un coste oculto y desmesurado.

El problema es su apetito. El entrenamiento de un modelo como GPT-3, hoy ya superado, requirió unos 1300 MWh, la energía equivalente al consumo de más de 120 hogares en un año. Y eso es solo el entrenamiento: su uso diario es aún más demandante. Se estima que las consultas a ChatGPT pueden requerir diez veces más energía que una simple búsqueda en Google y ascienden a 1 000 MWh cada día en el mundo.

Este consumo es tan colosal que los gigantes tecnológicos están tomando medidas drásticas. Microsoft, Alphabet (Google) y Amazon han firmado acuerdos para comprar energía de plantas nucleares, asegurando el flujo de vatios para sus centros de datos. La IA está sedienta de energía, y esto es solo el principio.

Atasco en la computación moderna

¿Por qué la IA consume tanto? La respuesta está en la arquitectura de nuestros ordenadores, diseñada hace décadas. El problema se conoce como el cuello de botella de von Neumann: el incesante tráfico de datos entre la memoria (donde esperan los datos) y el procesador (donde son procesados). Es como si un cocinero solo pudiera agarrar un ingrediente de la nevera cada vez: pasaría más tiempo yendo y viniendo que cocinando. Este “atasco” genera latencia y, sobre todo, un calor inmenso por la disipación de energía.

Durante décadas, la Ley de Moore nos salvó: la tecnología pudo duplicar el número de transistores en un chip cada dos años y, con ello, acercar los componentes –los ingredientes de esa cocina–. Pero estamos llegando al límite físico. Apilar más y más componentes en un chip 3D reduce la superficie disponible para refrigerarlo.

La computación electrónica se está “cociendo” en su propio éxito. La diferencia con el cerebro humano es abrumadora: con el consumo de energía equivalente a lo que gasta una bombilla pequeña puede superar a computadoras poderosas que derrochan ingentes cantidades de potencia.

Más agua y más residuos

Y no es solo energía. La refrigeración de estos centros de datos devora millones de litros de agua. Un centro de datos promedio puede usar 9 litros de agua limpia por cada kW h de energía.

A esto se suma el ciclo de vida del hardware: la rápida obsolescencia de los chips y servidores genera una montaña creciente de residuos electrónicos. Por si fuera poco, su fabricación depende de la extracción de minerales escasos, a menudo, en condiciones de dudoso respeto a los derechos humanos.

Entre el fin y los medios

Entonces, la IA ¿es el problema o solución? Aquí reside la gran paradoja. A pesar de su huella, la IA es también una herramienta crucial para la sostenibilidad.

La misma tecnología que consume energía de forma voraz es la que usamos para optimizar las redes eléctricas, gestionando la intermitencia de las renovables, y para crear una “agricultura de precisión” que reduce drásticamente el uso de agua y fertilizantes. Además, nos permite predecir desastres naturales con mayor antelación y diseñar medicinas o nuevos materiales sostenibles, al tiempo que optimiza las rutas de transporte para reducir emisiones.

La IA puede facilitar 134 de las 169 metas de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU, si bien puede inhibir 59. La pregunta no es si usarla o no, sino cómo podemos hacerla sostenible.

El futuro “verde”: fotones y nanotecnología

Aunque ya se avanza en modelos más “ligeros” (mediante técnicas como la “poda” o el “destilado”) la solución no vendrá solo de optimizar el software. La verdadera revolución debe ocurrir en el hardware.

Aquí es donde entran en juego la nanotecnología y nuevos paradigmas de computación, como la computación en memoria, que busca vencer el cuello de botella de von Neumann diseñando chips que unen procesamiento y memoria en el mismo dispositivo; los “memristores” son un ejemplo de esta tecnología.

Otra idea aún más radical es la revolución fotónica, que propone dejar de usar electrones y empezar a usar fotones (partículas de luz). Al no tener masa ni generar calor por fricción, un procesador fotónico podría ser miles de veces más eficiente.

Finalmente, se explora la computación analógica: a diferencia de los chips digitales (que operan con 0 y 1), estos sistemas se inspiran en la física de los sistemas naturales para procesar información de forma más fluida, similar a nuestro cerebro.

Retos por recorrer

El camino hacia una IA sostenible no es solo un desafío técnico: es una cuestión de gobernanza. Iniciativas como el Programa Nacional de Algoritmos Verdes en España son un primer paso. Necesitamos una visión holística que combine innovación tecnológica, regulación proactiva y una profunda conciencia social y política.

Hablamos de una tecnología que tiene el potencial de transformar nuestro mundo, pero solo si lo hace sin consumir el planeta en el proceso.

The Conversation

Cefe López Fernández recibe fondos de AEI.

ref. IA sostenible, ¿una utopía? – https://theconversation.com/ia-sostenible-una-utopia-269023

Cómo la autorregulación emocional ayuda a afrontar y reducir el acoso escolar

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Rocio González Suárez, Doctora en Psicología Educativa, Universidade da Coruña

Anton Vierietin/Shutterstock

Ridiculización, humillación, aislamiento, intimidación, insultos, burlas, acoso en redes, chantaje, amenazas, empujones, golpes, silencios deliberados, miradas cómplices, desprecio…

En España, el 6,5 % del alumnado sufre acoso con frecuencia y el 15,8 % lo padece varias veces al mes, un porcentaje que escala al 21 % si hablamos de estudiantes de origen migrante. Cuando el problema se cuenta en cifras, solemos percibirlo como una estadística más. Pero todo cambia si hablamos de las historias de Sandra Peña, Dani Quintana, Kira López, Lucía, Jesús Alejandro, Daniela… Entonces dejan de ser números y se convierten en una herida colectiva, en el reflejo de un fallo, en una decepción como sociedad.

Cada uno de estos nombres representa, desgraciadamente, el desenlace catastrófico de una experiencia de sufrimiento emocional ligada al acoso escolar. Aunque no todas terminan en tragedia, todas dejan una huella profunda. En cada caso aparecen las tres figuras clásicas del acoso –víctima, agresor y observador–, diferentes en su papel, pero unidas por una misma necesidad: aprender a regular lo que sienten.

La capacidad que marca la diferencia

La autorregulación emocional es una capacidad a menudo invisible que puede marcar la diferencia entre el daño y la resiliencia en la víctima, entre la impulsividad y la empatía en el agresor, y entre la pasividad y la implicación en el observador.

Entender las emociones que subyacen a ciertos comportamientos –como la ira, la inseguridad, el miedo o la culpa– no implica justificarlos. Sin embargo, identificarlas nos permite comprender que todos, sin excepción, necesitamos aprender a regular lo que sentimos. Solo desde esa conciencia es posible intervenir de manera preventiva y con un enfoque centrado en el cuidado.

¿Qué es la autorregulación emocional?

La autorregulación emocional es la capacidad de una persona para gestionar, modificar y controlar sus propias emociones con el fin de adaptarse a las demandas del entorno y alcanzar el bienestar personal. Implica identificar, vigilar y modificar el tipo, la intensidad, la duración y la expresión de dichas emociones. Esta habilidad constituye un pilar fundamental para el desarrollo personal, la salud mental y la convivencia social.

Una gestión emocional adecuada se asocia con un mayor bienestar, mejor rendimiento y relaciones más saludables; por el contrario, una deficiente
está vinculada con estrés, ansiedad y problemas de salud mental.




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Diversos estudios indican que los estudiantes que mejor gestionan sus emociones son menos propensos a tener conductas de acoso o a convertirse en víctimas recurrentes. Sin embargo, aquellos que presentan una baja autorregulación emocional tienen mayor riesgo de ser tanto víctimas como agresores.

Los compañeros que presencian una situación de acoso y presentan una buena autorregulación emocional –es decir, que emplean estrategias adaptativas para manejar sus propias emociones– tienden a intervenir de forma prosocial y a reducir la incidencia del acoso.

¿Cómo podemos fortalecer y desarrollarla?

La autorregulación emocional es una habilidad transversal que puede y debe ser entrenada y desarrollada a lo largo de la vida. Su fortalecimiento no depende únicamente del esfuerzo individual, sino del compromiso conjunto de la escuela, la familia y la sociedad.

La escuela debe convertirse en un espacio donde los estudiantes aprendan a reconocer, comprender y gestionar sus emociones en un entorno de apoyo y confianza. Para lograrlo, la evidencia sugiere fomentar la educación emocional explícita desde edades tempranas, integrando estrategias de regulación en las rutinas escolares y promoviendo espacios de práctica segura, con diarios emocionales o tutorías socioemocionales. Estos procesos se deben acompañar con apoyo social y relaciones de confianza.

En relación con las estrategias de gestión emocional adaptativas, estas se deben centrar en la identificación de las emociones propias y ajenas, su modificación (ajustar su intensidad o duración) y su expresión adecuada en contextos sociales.

¿Cómo se logra este ajuste? Entre las estrategias más efectivas destacan el despliegue atencional (distraerse o concentrarse deliberadamente), la reestructuración cognitiva (reinterpretar una situación buscando significados más constructivos) y la aceptación emocional.




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También resultan muy útiles prácticas como la respiración consciente, el escaneo corporal —una técnica de atención plena que invita al alumnado a recorrer mentalmente las sensaciones físicas para detectar tensiones o señales internas— y la autoobservación sin juicio —una forma de monitorización emocional que enseña a reconocer pensamientos y estados internos sin valorarlos como “buenos” o “malos”—. Estas estrategias ayudan a los estudiantes a identificar y regular sus estados internos, especialmente cuando se combinan con un entrenamiento temprano en afrontamiento positivo.

Apoyo familiar y autonomía

La familia y la sociedad también desempeñan un papel clave en el desarrollo emocional. La calidez parental, el apoyo afectivo y las relaciones de confianza ofrecen un marco donde niños y adolescentes aprenden a manejar lo que sienten. Los hogares que validan las emociones y modelan el autocontrol fomentan un mayor equilibrio y reducen la probabilidad de conductas agresivas o de victimización.

A su vez, la sociedad influye a través de sus mensajes culturales, el clima social y las redes de apoyo, que pueden actuar como factores protectores o de riesgo. Los entornos que promueven la empatía y la cooperación fortalecen la resiliencia y la capacidad de regular emociones.

Cambiar la manera de afrontar el acoso

Si bien regular las emociones no evita las situaciones de acoso, sí puede cambiar la forma en que los jóvenes las experimentan y afrontan, así como su capacidad para prevenirlas o resolverlas. Es necesario apelar a la corresponsabilidad de la escuela, la familia, la comunidad y demás estructuras políticas y sociales para la prevención, contención, control y resolución de estos casos.

Enseñar a regular las emociones no es un lujo pedagógico, es una forma de cuidado de los jóvenes. Cuando niños y niñas aprenden a reconocer su miedo o su tristeza, saben gestionarla, buscan ayuda y la reciben, dejan de estar solos frente a ese dolor. Y esa diferencia puede salvar más de una vida.

The Conversation

La Dra. Rocío González Suárez cuenta con financiación para su formación posdoctoral a través del Sistema Universitario Gallego, mediante una beca concedida por el Departamento de Economía, Industria e Innovación de la Xunta de Galicia (España), así como del programa posdoctoral Fulbright (Ref.: ED481B-2023-134).

ref. Cómo la autorregulación emocional ayuda a afrontar y reducir el acoso escolar – https://theconversation.com/como-la-autorregulacion-emocional-ayuda-a-afrontar-y-reducir-el-acoso-escolar-268112

Si la inteligencia artificial está sedienta de energía, ¿las nucleares ya no se apagan?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Carme Frau, Profesora Ayudante Doctora (UIB, Facultad de Economía y Empresa, Área de Finanzas), Universitat de les Illes Balears

Vista de la central de Cofrentes (Valencia). Oksana Klymenko_But/Shutterstock

Hace apenas una década, el futuro de la energía nuclear parecía escrito. Países como Alemania, Bélgica o España habían anunciado planes de cierre gradual de sus centrales. El argumento era claro: riesgo elevado, residuos complejos y un horizonte dominado por las energías renovables, que ya en 2024 representaban el 29,7 % de la producción eléctrica mundial.

Sin embargo, el guion ha cambiado. Hoy, varios gobiernos reconsideran esos cierres, y empresas tecnológicas observan con interés una fuente de energía que muchos daban por amortizada. ¿Qué ha pasado? La respuesta puede resumirse en dos letras: IA.




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Una nueva demanda eléctrica

El auge de la inteligencia artificial generativa ha multiplicado las necesidades de cómputo de los grandes centros de datos. Entrenar modelos de lenguaje o sistemas de visión artificial requiere cantidades ingentes de electricidad.

Según la Agencia Internacional de la Energía (IEA), el consumo eléctrico global de los centros de datos podría más que duplicarse hacia 2030, alcanzando unos 945 teravatios-hora (TWh) anuales cuando en 2024 la demanda fue de 415 TWh. Este aumento estaría justo por debajo del 3 % del consumo mundial de electricidad.

En Europa, la Comisión Europea (EC) estima que los centros de datos representarán el 3,2 % de la demanda eléctrica total en 2030, frente al 2,7 % actual.

Una explosión de consumo eléctrico

Esta explosión de consumo llega en un momento en que la disponibilidad continua y estable de electricidad es más crucial que nunca. Las renovables (solar y eólica, principalmente) son esenciales, pero su producción intermitente requiere sistemas de respaldo. Este hecho quedó en evidencia durante el gran apagón del 28 de abril de 2025 en la península ibérica, cuando una caída súbita del sistema eléctrico dejó sin suministro a millones de personas.




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Por ello, la energía nuclear ha encontrado una inesperada segunda oportunidad: ofrece estabilidad, cero emisiones directas y capacidad de operación continua. Pero recordemos también que no es una fuente renovable ni libre de impacto ambiental a largo plazo.

¿El retorno de la nuclear?

Francia y Reino Unido han anunciado programas de extensión de vida útil para sus reactores, y Estados Unidos ha aprobado ayudas para mantener en funcionamiento centrales que estaban al borde del cierre. Incluso países como Japón, donde el accidente de Fukushima marcó profundamente la opinión pública, reactivan sus reactores paralizados.

En España, el Congreso de los Diputados aprobó el 12 de febrero de 2025 una moción impulsada por el PP (con el apoyo de Vox y otros partidos) exigiendo al Gobierno prolongar la operación de las centrales nucleares y facilitar su sostenibilidad económica, censurando el cierre escalonado de centrales previsto entre 2027 y 2035.

El argumento central es el mismo: sin energía firme y baja en carbono la transición energética se tambalea. La energía nuclear, vista hasta ahora como parte del pasado, se presenta como un puente hacia un futuro descarbonizado, especialmente ante el aumento de demanda impulsado por la economía digital y la IA.




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Intereses en juego

Este cambio de rumbo no es solo técnico, sino también económico y político. La industria nuclear (con grandes empresas en Francia, Estados Unidos y Corea del Sur) ve una oportunidad para resurgir con nuevas tecnologías, como los reactores modulares pequeños (SMR), más flexibles y con menores costes iniciales. Por otro lado, las grandes tecnológicas (Microsoft, Google, Amazon) buscan asegurar su propio suministro eléctrico mediante acuerdos directos con operadores nucleares o incluso inversiones en proyectos de nueva generación. La fiabilidad energética se ha convertido en una ventaja competitiva clave en la carrera por la IA.

No faltan, sin embargo, sectores críticos. Organizaciones ecologistas alertan de que prolongar la vida de las centrales nucleares desvía recursos que podrían destinarse a priorizar las renovables y acelerar el almacenamiento energético o la eficiencia, manteniendo abierto un debate sobre los riesgos reales y la percepción pública. Además, continúan sin resolverse del todo los dos grandes desafíos de la energía nuclear:

  • La seguridad en su operación ante el riesgo de fallos humanos, ciberataques o el envejecimiento de los reactores, como ya evidenciaron las catástrofes de Chernóbil y Fukushima.

  • El tratamiento de residuos, que exigen repositorios geológicos seguros por milenios, con elevados costes y riesgos de filtración.




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¿Una vuelta al pasado o solo un ajuste pragmático?

Desde la economía de la energía, la respuesta puede ser intermedia. La IA no ha resucitado la energía nuclear, pero sí ha acelerado el reconocimiento de una realidad: la descarbonización total exige una combinación diversa de fuentes, donde la estabilidad del suministro importa tanto como la limpieza.

El reto, una vez más, no es tecnológico, sino político y social: cómo equilibrar los riesgos y los beneficios de una energía que nunca se fue del todo, pero que ahora regresa con nuevo impulso. La IA promete transformar la economía. Lo que pocos previeron es que, en el proceso, también podría transformar el mapa energético mundial.

The Conversation

Carme Frau no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Si la inteligencia artificial está sedienta de energía, ¿las nucleares ya no se apagan? – https://theconversation.com/si-la-inteligencia-artificial-esta-sedienta-de-energia-las-nucleares-ya-no-se-apagan-268832

¿Qué estrategias usan los mercados tradicionales para resistir ante sus competidores?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Almudena Recio Román, Miembro del grupo de investigación SEJ324 “Nuevas Tendencias en Marketing”, Universidad de Almería

Puesto de frutas y verduras en el Mercado Central de Valencia. Vitalii Biliak/Shutterstock

Los mercados municipales españoles atraviesan un momento decisivo: mientras los supermercados controlan dos tercios del comercio alimentario, se mantienen aproximadamente 1 000 mercados, con unos 40 000 puestos de venta. El contraste con el pasado es brutal: hace apenas dos décadas, el comercio tradicional y los mercados representaban el 50 % del gasto en alimentación fresca frente al 23,4 % de ahora, una hegemonía que se ha desplomado en favor de la gran distribución.

¿Cómo pueden sobrevivir estos espacios tradicionales en la era del comercio digital? La respuesta no está en la nostalgia, sino en su capacidad de reinventarse sin perder su esencia.

Mercados: un espacio comunitario

Los mercados, más que simples lugares de compra, son espacios donde la vida del barrio cobra sentido. Un mercado es un punto de encuentro comunitario, el corazón económico del vecindario.

Pero la realidad es implacable. Se estima que el comercio minorista en España ha perdido cerca de 50 000 establecimientos desde 2019. El Mercado de Torrijos, en Madrid, pasó de 70 negocios a apenas una docena antes de cerrar definitivamente en 2024. La inacción lo condenó.

En el caso del Mercado de la Plana, en Esplugues de Llobregat (Barcelona), en el mismo edificio del mercado se instaló un supermercado, que ocupa toda la planta baja de acceso desde la calle. El resultado fue devastador: solo 2 de los 16 puestos tradicionales sobrevivieron (una ocupación del 12 %).

Esto demuestra algo crucial: mezclar grandes superficies con comercio tradicional sin una estrategia clara no revitaliza, canibaliza. La lección es clara: en un entorno competitivo, la ausencia de un plan activo conduce a la desaparición. Pero algunos mercados han encontrado la fórmula del éxito.

Las cinco claves del renacimiento

Hemos estudiado cómo prosperan los mercados municipales en diferentes contextos. Los resultados revelan cinco pilares fundamentales:

  1. Pertenencia comunitaria: los mercados exitosos funcionan como espacios de encuentro donde persiste la relación personal. El vendedor conoce a sus clientes, da consejos gastronómicos, crea vínculos emocionales. Esto hace que ir al mercado apetezca. Barcelona gestiona 39 mercados desde 1991 con estrategia coordinada. Madrid mantiene 46 que fomentan el empleo territorial. Ambas ciudades han invertido de forma decidida en este formato comercial.

  2. Experiencia gastronómica complementaria: los mercados han añadido zonas de degustación sin abandonar la venta tradicional. Por ejemplo, el de la Ribera, en Bilbao, combina puestos tradicionales en la planta baja con gastrobares arriba. Sin desplazar a comerciantes históricos.

  3. Digitalización inteligente: no se trata de copiar a Amazon, sino de humanizar la teconología. Mercados como el Central de Valencia o el de La Paz, en Madrid, han desarrollado plataformas que permiten comprar en diferentes puestos y recibir todo en un solo pedido. Barcelona creó “Mercats a un clic”, que combina la compra online con la recogida presencial.

  4. Innovación regulatoria: Sevilla simplificó su ordenanza de gestión de mercados. Redujo barreras administrativas y facilitó las alianzas público-privadas. Estas reformas silenciosas aceleran la modernización.

  5. Sostenibilidad económica: los mercados no pueden sobrevivir indefinidamente con subvenciones públicas. Necesitan diversificar las fuentes de ingresos y aprovechar ventajas competitivas únicas. Por ejemplo, los productos de kilómetro cero generan mayores márgenes al eliminar intermediarios. Además, los mercados tradicionales producen menos desperdicios que los supermercados gracias a la venta directa.

Los cinco pilares de revitalización de los mercados municipales.

Modelos que funcionan

El Mercado de Vallehermoso, en Madrid, representa la “tercera vía”. No busca turismo masivo sino autenticidad local. Muchos puestos los gestionan directamente agricultores y artesanos. Su apuesta por productos ecológicos y de kilómetro cero ha creado una comunidad de clientes fieles.

El Mercado de Benalúa, en Alicante, ha optado por otra estrategia exitosa: la calidad de su oferta gastronómica ha hecho que conseguir mesa sin reserva sea casi imposible. Una buena experiencia culinaria convierte la compra en un plan familiar.

Lo que hace inteligente a un mercado es el uso que le da la gente: la creatividad, las capacidades adicionales, el poder estar en contacto permanente con productores locales.

El riesgo de la ‘parquetematización’

Pero la transformación excesiva puede ser peligrosa. El barcelonés Mercado de La Boquería es, según rankings internacionales, “el mejor mercado del mundo”. Pero su masificación turística lo ha llevado a un punto crítico. Ya en 2015 el Ayuntamiento reguló el acceso a los grupos turísticos durante los fines de semana para proteger su función de abasto local.

En el centro de Madrid y a pocos metros de la Plaza Mayor, el Mercado de San Miguel es 100 % gourmet. Su éxito turístico y comercial es abrumador pero a costa de perder su rol de mercado de barrio. Genera la mayor parte de ingresos a través de la restauración, no con venta tradicional.

Esta es la parquetematización del mercado: cuando se convierte en una especie de parque temático gastronómico y pierde su alma comunitaria. El equilibrio entre atracción turística y función local es delicado pero indispensable.

Lecciones internacionales

El Borough Market, en Londres, tiene sus orígenes en el siglo XI. Su estrategia no se basa en la diversificación gastronómica, sino en profundizar su esencia como mercado de productos frescos. Su programa “Meet-the-producer” (“Conoce al productor”) demuestra que reforzar y no sustituir la función tradicional del mercado puede ser también una estrategia de éxito.

Time Out Market, en Lisboa, adoptó otra estrategia. El Ayuntamiento cedió la gestión a una marca privada que actúa como director de selección de la oferta de servicios. Elige los mejores chefs y crea un destino gastronómico coherente.

En Róterdam, el Markthal, inaugurado en 2014, es la máxima expresión de integración urbana. Su arco arquitectónico alberga un mercado cubierto y 228 apartamentos. La gente vive, literalmente, sobre el mercado. Combina alimentación, ocio, vivienda y parking en una simbiosis perfecta.

El futuro que se construye ahora

Los mercados municipales españoles tienen una ventana de oportunidad histórica. Hay políticas públicas de financiación para modernizarlos y ciudades pioneras con marcos regulatorios más flexibles. Y hemos visto que hay modelos híbridos (venta de producto-restauración) que funcionan.

Lo que está en juego trasciende la economía comercial. Es el tipo de ciudad que queremos construir: una donde los barrios tengan vida propia, comprar sea un acto social y no solo una transacción, y el comercio de proximidad sea viable y deseable.

Que haya mercados municipales no es, en sí, ni bueno ni malo: todo depende del uso que se haga de ellos. Pero solo prosperarán si evitan dos trampas mortales: la inacción, que condenó al de Torrijos, y la canibalización, que destruyó el de Esplugues.

Más que demonizar los supermercados o el comercio electrónico, o idealizar el pasado, es necesario comprender cómo estos espacios pueden evolucionar manteniendo su función social. La pregunta no es si los mercados sobrevivirán, sino si sabremos convertirlos en protagonistas de la transformación urbana y económica del siglo XXI.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. ¿Qué estrategias usan los mercados tradicionales para resistir ante sus competidores? – https://theconversation.com/que-estrategias-usan-los-mercados-tradicionales-para-resistir-ante-sus-competidores-268905

SOS por el Observatorio de Cambio Global de Sierra Nevada, herramienta clave para estudiar ecosistemas de montaña

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Regino Jesús Zamora Rodríguez, Catedrático de Ecología, Universidad de Granada

Macho de cabra montés en las cumbres de Sierra Nevada (Granada, España). Miguel Perfectti/Shutterstock

Los estudios ecológicos a largo plazo son esenciales para comprender los efectos del cambio climático global sobre los ecosistemas: además de detectar las transformaciones que se producen lentamente o los desfases entre cambios ambientales y respuestas biológicas, sirven para evaluar el impacto de eventos extremos (sequías repentinas, olas de frío o de calor, decaimiento forestal, entradas de polvo sahariano, presencia de turismo masivo y ganadería en zonas sensibles…) que actúan como “experimentos naturales”.

Un buen exponente de este tipo de enfoques científicos es el que posibilita el Observatorio de Cambio Global de Sierra Nevada (OBSNEV), en Granada (España), cuyas actividades, si no se pone remedio, podrían tener los días contados.

La importancia del seguimiento ecológico

Como apuntábamos más arriba, las evaluaciones ambientales necesitan una memoria extensa para distinguir las tendencias reales del ruido o las meras fluctuaciones temporales. Conocer el pasado es clave para entender el presente y anticipar el futuro. Estos procesos exigen continuidad institucional y científica, así como la colaboración entre investigadores, técnicos y gestores para decidir qué monitorizar, especialmente en áreas protegidas.

En este marco de lo que se conoce como gestión adaptativa, el conocimiento científico –tanto el básico como el aplicado– proporciona herramientas que permiten diseñar, analizar e interpretar la información que deben cumplir los estándares internacionales FAIR (localizables, accesibles, interoperables y reutilizables). Eso garantiza su valor a largo plazo.

En definitiva, los programas de seguimiento ecológico no solo generan conocimiento, sino que conectan ciencia, gestión y sociedad, lo que facilita la toma de decisiones informadas frente a los retos del cambio global. Este tipo de investigaciones y los observatorios que las sostienen permiten:

  1. Realizar el seguimiento continuado de los ecosistemas, caracterizando su variabilidad natural y las tendencias frente al cambio ambiental.

  2. Identificar y estudiar perturbaciones de origen natural o humano que alteran su funcionamiento.

  3. Proporcionar una infraestructura duradera para la investigación científica, especialmente en el ámbito del cambio global.

  4. Generar y gestionar series temporales de datos para llevar a cabo la modelización de ecosistemas.

  5. Ofrecer herramientas que sustenten una gestión de los ecosistemas basada en evidencia científica.

  6. Fomentar redes de usuarios finales: administraciones, investigadores, empresas y agentes sociales.

  7. Promover acciones estratégicas de investigación sobre el funcionamiento de los ecosistemas en escenarios de cambio global.

  8. Integrarse con otras redes internacionales de observación y seguimiento ambiental a largo plazo.

  9. Fomentar la participación de la ciudadanía y de organizaciones ambientalistas.

  10. Desarrollar marcos integrados de gestión, y contribuir a establecer directrices y normativas más eficaces.

Diez principios para un seguimiento a largo plazo

Basándonos en nuestra experiencia, proponemos diez principios fundamentales donde se resume la esencia que todo seguimiento ecológico duradero debería considerar para cumplir su objetivo principal: generar conocimiento útil en la gestión del cambio global.

  1. Definir objetivos claros, basados en preguntas científicas sólidas.

  2. Mantener protocolos coherentes y comparables a lo largo del tiempo.

  3. Asegurar la calidad y continuidad de los datos, evitando que se vean afectados por la rotación de personal.

  4. Adaptarse a nuevas preguntas e imprevistos, incorporando protocolos que respondan a desafíos emergentes como especies invasoras o eventos extremos.

  5. Documentar rigurosamente los métodos de muestreo, calibración y validación para garantizar interpretaciones fiables.

  6. Desarrollar un sistema de gestión y difusión de datos robusto y flexible, que facilite el acceso y el uso de la información.

  7. Fomentar la participación inclusiva de la comunidad científica, los gestores y la ciudadanía.

  8. Implantar una gobernanza capaz de coordinar la investigación, la gestión y la transferencia de conocimiento.

  9. Asegurar financiación estable y a largo plazo, base indispensable de cualquier programa de seguimiento.

  10. Impulsar la educación ambiental, formando a las generaciones futuras en la comprensión y conservación de los ecosistemas.

La continuidad del Observatorio de Sierra Nevada, en peligro

Tales iniciativas de colaboración entre instituciones y ciudadanía requieren años de esfuerzo, pero pueden desmoronarse rápidamente si falta alguno de sus pilares. El Observatorio de Cambio Global de Sierra Nevada (OBSNEV), creado en 2008 por la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía y la Universidad de Granada, corre hoy el riesgo de desaparecer por falta de apoyo institucional y económico. Esto inclumpiría el principio 9 de nuestro decálogo, tras casi dos décadas de trabajo continuo.

Durante este tiempo, y gracias a proyectos como Smart EcoMountains, PRESINMED, Life Adaptamed o EVEREST, el Observatorio ha desarrollado seguimientos a largo plazo de numerosos aspectos de los ecosistemas nevadenses. Entre ellos, cabe mencionar la evolución de la nieve, la productividad de la vegetación, el polvo sahariano o el clima.

Pero, además, OBSNEV también ha creado un sistema de información ambiental integrado (mediante herramientas como Biblionevada, Climanevada, Histonevada o MonitorEO); ha implementado una gestión adaptativa susceptible de ser replicada Life Adaptamed; y ha promovido la participación ciudadana (por ejemplo, en lagunas y ríos de Sierra Nevada).

A pesar de su reconocimiento científico e internacional, la finalización del convenio deja al OBSNEV sin respaldo institucional en plena crisis climática, cuando evaluar la adaptación de los ecosistemas y aplicar el conocimiento científico a la gestión ambiental es más urgente que nunca. De nada han servido de momento las más de 600 firmas de apoyo enviadas por la comunidad científico-técnica, ni las más de una veintena de cartas de respaldo de instituciones científicas a nivel nacional e internacional.

Con su desaparición perderíamos una herramienta clave en la gestión de los ecosistemas de montaña frente al cambio global, un error histórico que supondría renunciar al conocimiento esencial para afrontar los desafíos ambientales del siglo XXI.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. SOS por el Observatorio de Cambio Global de Sierra Nevada, herramienta clave para estudiar ecosistemas de montaña – https://theconversation.com/sos-por-el-observatorio-de-cambio-global-de-sierra-nevada-herramienta-clave-para-estudiar-ecosistemas-de-montana-270538

Why Gen Z and millennial consumers feel disillusioned — and how they can drive real change

Source: The Conversation – Canada – By Eugene Y. Chan, Associate Professor of Marketing, Toronto Metropolitan University

Walk into any classroom, scroll through TikTok or sit in on a Gen Z focus group, and you’ll hear a familiar refrain: “We care, but nothing changes.”

Across climate action, racial justice and corporate ethics, many young people feel their values are out of sync with the systems around them and are skeptical that their voices, votes and dollars alone can address deep systemic problems.

If you feel this way, you’re not alone. But are young consumers truly powerless? Or are they simply navigating a new kind of influence that’s more diffuse, digital and demanding in ways previous generations did not experience?


No one’s 20s and 30s look the same. You might be saving for a mortgage or just struggling to pay rent. You could be swiping dating apps, or trying to understand childcare. No matter your current challenges, our Quarter Life series has articles to share in the group chat, or just to remind you that you’re not alone.

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The rise of political consumerism

Political consumerism — the act of buying or boycotting products for political or ethical reasons — is on the rise among younger generations.

A 2023 study found that 81 per cent of Gen Z consumers report changing purchasing decisions based on a brand’s reputation or actions, with 53 per cent having participated in economic boycotts.

A 2022 meta-analysis of 66 studies found that political consumerism is strongly associated with liberal ideology, political interest and media use. In other words, young people who are politically engaged are increasingly using their wallets to express their values.

For many young people, consumption is increasingly an expression of identity and belief. The rise of “lifestyle politics” involves a shift from traditional forms of participation like voting or protesting to everyday acts. For many Gen Z and millennial consumers, what you buy is who you are.

The limits of ethical consumption

Yet enthusiasm for ethical consumption often meets frustration. Consumers frequently encounter greenwashing, performative allyship and corporate backpedalling.

And if everyone’s “voting with their dollar,” why does so little seem to change? The answer lies in understanding the limits and leverage of consumer power.

Individual action alone isn’t enough. Buying ethically can feel good, but it rarely moves the needle on its own. Research suggests political polarization has made brand preferences more ideologically charged, but also more fragmented. A progressive boycott might spark headlines, but unless it’s sustained and widespread, it often fizzles out.

At the same time, enthusiasm for ethical consumption often runs into practical limits. Buying ethically usually requires extra money and the ability to research brands, so it tends to be most accessible to people with disposable income and good access to information. This means that while many young people strongly support ethical consumption, only those with sufficient financial resources are able to practice it consistently.

Where individual choices fall short, collective action can be more impactful. Co-ordinated campaigns like #GrabYourWallet, which targets companies linked to Donald Trump, or the youth-led push to divest university endowments from fossil fuels demonstrate the power of organized consumer advocacy.

Voting still matters

Consumer activism complements, but does not substitute, traditional civic engagement. Policy shapes markets, regulation sets boundaries for what companies can get away with and elected officials determine what corporations can and cannot do.

Yet voter turnout among young Canadians remains stubbornly low. In the 2021 federal election, only 46.7 per cent of eligible voters aged 18 to 24 cast a ballot, compared to 74.4 per cent of those aged 65 to 74.




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In the United States 2020 presidential election, turnout among 18- to 34-year-olds was 57 per cent compared to 74 per cent for those 65 and older.

Simiarly, in the United Kingdom’s 2019 general election, only 53.6 per cent of 18- to 34-year-olds voted versus 77 per cent of those 65 and older, showing the same generational gap seen in Canada where older voters consistently out-participate younger ones.

If young people want to influence climate policy, housing or student debt, the ballot box remains one of their most potent tools.




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What actually makes a difference?

So how can young consumers move from performative gestures to meaningful change? Evidence suggests several ways young consumers can translate values into tangible change:

1. Support worker-led movements.

Rather than just boycotting a brand, consider supporting the workers organizing within it. Whether it’s Starbucks baristas unionizing for better labour conditions or garment workers demanding fair wages, consumer solidarity can amplify their efforts. Share their stories and respect their asks so you don’t cross picket lines, including when to boycott and when to buy.

2. Push for policy, not just products.

Advocate for systemic change such as supply chain transparency laws, supporting living wage campaigns or demanding climate disclosures from corporations. When consumer sentiment aligns with regulatory pressure, companies are far more likely to act.

3. Invest in local and co-operative alternatives.

Not all change comes from pressuring big brands. Sometimes, it’s about supporting local businesses, worker co-ops and social enterprises that embed ethics into their structure. These alternatives demonstrate what’s possible and keep money circulating in communities.




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4. Educate, organize, repeat.

Change is slow. It requires patience, persistence and people power. It involves educating peers, organizing campaigns and staying engaged even after media cycles fade. Montréal teenager Fatih Amin exemplifies this approach, having built a climate movement through poster campaigns, recycling competitions and Gen Z-focused conferences.

From cynicism to agency

It’s easy to feel cynical. The problems are big, the systems are entrenched and the stakes are high. But young people aren’t powerless. They’re navigating a landscape in which influence is less about individualism and more about strategic, collective action.

Political consumerism is most effective when paired with civic engagement and organizational membership. That means joining movements, building coalitions and recognizing that real change rarely comes from the checkout line alone.

So while individual choices matter, they are most effective when combined with collective action and civic engagement. If you’re seeking meaningful change, you must combine purchasing choices with organized campaigns, policy advocacy and voting.

The Conversation

Eugene Y. Chan receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada.

ref. Why Gen Z and millennial consumers feel disillusioned — and how they can drive real change – https://theconversation.com/why-gen-z-and-millennial-consumers-feel-disillusioned-and-how-they-can-drive-real-change-270137

‘Quiet divorcing’ puts a new name to an old problem — the slow erosion of intimacy

Source: The Conversation – Canada – By Emily Impett, Professor of Psychology, University of Toronto

Some relationships end loudly, most end quietly. There is no dramatic fight or sudden revelation. Instead, partners gradually stop showing up for each other in small, everyday ways.

The legal divorce, if it comes at all, is simply the final step in a separation that happened long before. “Quiet divorcing,” the term given to this slow, mostly invisible retreat from a long-term relationship, has recently gone viral.

Borrowing from the term “quiet quitting,” it has caught fire because it names an experience many people recognize but rarely articulate.

When relationships unravel slowly, it can feel confusing or even invisible to the couple themselves. But while the label “quiet divorcing” is new, relationship science has been studying this slow-burn breakup process for decades.

The danger of emotionally disengaging

Relationships can unravel in different ways, as American psychologist John Gottman’s research shows. Some couples experience escalating conflict early on, but for many long-term partnerships, the earliest signs of trouble are subtle: moments of emotional withdrawal or small bids for connection that go unanswered.

Relationship bids can come in different forms: a funny message during the day or pointing out a bird on a walk. When partners turn toward them with interest or warmth, closeness is strengthened. When those bids are ignored or brushed aside, distance slowly grows.

Longitudinal studies — research that follows the same couples over time — reveal that declines in positive engagement are a powerful predictor of relationship distress and, for couples who eventually separate after many years together, they often precede visible conflict by a long time.

In these relationships, satisfaction frequently shows a two-phase pattern: a long period of quiet disengagement followed by a sharper drop as the relationship approaches its endpoint. By the time problems are confronted directly, the emotional infrastructure of the relationship may already be hollowed out.

Boredom makes reconnecting harder

Boredom — a sense of predictability, stagnation and diminished excitement — is another key driver of slow relational decline.

In a nine-year longitudinal study, research found that couples who reported more boredom were less satisfied, even after researchers accounted for how satisfied couples were at the beginning of the study, an effect explained by declines in emotional closeness over time.

Other research shows that on days when couples feel bored, they are also less likely to engage in exciting, shared activities, and when they do, those moments feel less enjoyable and connecting. Over time, reductions in shared growth opportunities predict meaningful drops in romantic passion.

This helps explain why many partners “feel done” long before they officially end their relationship.

Relationships rarely collapse in a single moment. They fade through the quiet loss of shared moments that once made the relationship feel alive.

Why the term resonates right now

If researchers have known about these patterns for decades, why does “quiet divorcing” strike such a chord now?

The phrase resonates with contemporary cultural pressures. As U.S. psychology professor Eli Finkel argues in his book The All-or-Nothing Marriage, today’s couples often expect a relationship to be not just secure and supportive, but personally fulfilling and exciting.

When passion fades — as it naturally does for many couples over time — the shift is interpreted not as normal, but as a sign that something is fundamentally broken. Add in social media comparisons and performative affection online, and even subtle disengagement can feel especially stark.

While anyone can experience quiet disengagement, gendered patterns do emerge. Across multiple studies, women are more likely to detect emotional disconnect early, to seek conversations about relationship issues and to ultimately initiate divorce. Men, on average, are more likely to withdraw or avoid emotional confrontation.

Cultural norms play a role too. In many societies, women are expected to manage the emotional maintenance of relationships — noticing when something feels “off” and initiating conversations, organizing social plans or being the one to plan date nights to keep the couple emotionally connected.

When that invisible emotional labour is met with silence or resistance, research suggests it can erode feelings of being loved, increase distress and fuel conflict — conditions that make emotional disengagement and, eventually, relationship dissolution more likely.

When the slow fade can be reversed

“Quiet divorcing” highlights that many breakups are not discrete events, they are processes.

Researchers have observed that couples often undergo months, even years, of slow decline before the final unraveling. The tragedy is that many partners only recognize the growing distance once it feels too wide to cross.

Yet the same quiet, incremental shifts that create distance can, when redirected, begin to rebuild connection.

Responding to everyday bids for attention, expressing appreciation and introducing even small sparks of novelty into familiar routines can rebuild closeness. Declines in emotional and sexual engagement don’t always mean a relationship is doomed, they can be signals that it’s time to tend to it.

But not every relationship should be saved. Sometimes the quiet fade reflects an honest reckoning with the fact that the relationship no longer meets both partners’ needs or has become chronically painful or imbalanced. Recognizing that is not a failure.

Choosing to leave can be an act of care, not just for oneself, but for the possibility of a healthier life beyond the relationship.

Paying attention to the subtle changes in a relationship — the missing laughter, the waning curiosity, the pauses that go unfilled — gives couples the chance to course-correct. But it also gives them the clarity to know when reconnection is possible and when it’s time to just let go.

The Conversation

Emily Impett receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada.

ref. ‘Quiet divorcing’ puts a new name to an old problem — the slow erosion of intimacy – https://theconversation.com/quiet-divorcing-puts-a-new-name-to-an-old-problem-the-slow-erosion-of-intimacy-270871