¿Por qué recordamos las cosas cada vez de un modo diferente? De Rosalía a la neurociencia cognitiva

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marta Reyes Sánchez, Profesora de Psicología de la Memoria y de Aprendizaje y Condicionamiento. Área de especialización: estrategias de metamemoria en contextos bilingües., Universidad Loyola Andalucía

ra2 studio/Shutterstock

“Siempre que me acuerdo de algo, siempre lo recuerdo un poco diferente”. Así canta Rosalía en Memória, uno de los temas de su último disco, Lux (2025). La letra de este fado, escrito, compuesto e interpretado junto a la portuguesa Carminho, muestra un acertado análisis de una característica de la memoria humana que la psicología y la neurociencia cognitiva llevan años estudiando.

Nuestra memoria no accede a los recuerdos como a un archivo que se abre intacto cada vez que lo consultamos. Recordar es un proceso activo y dinámico, que implica reconstruir y transformar los recuerdos.

Recordar no es reproducir, es reconstruir

Cada vez que evocamos un recuerdo, este entra en un estado temporalmente inestable, durante el que es susceptible de modificarse antes de “guardarse” de nuevo. Este proceso se conoce como “reconsolidación”. Cuando recordamos, el recuerdo se vuelve vulnerable: puede incorporar nueva información, cambiar algunos detalles o reinterpretarse emocionalmente.

Por ejemplo, no es raro que, cuando reproducimos una conversación que tuvimos con otra persona, con el tiempo incluyamos palabras o gestos que realmente nadie dijo. O que algo que en su momento nos pareció, vergonzoso, luego lo recordemos como divertido.

De este modo, el acto de recordar no supone acceder a una copia exacta del pasado, sino a una versión ligeramente actualizada, que seguirá modificándose en futuras evocaciones.




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Este proceso no ocurre siempre, ni de la misma manera. Los recuerdos más antiguos o más fuertes suelen ser más resistentes a esta inestabilidad y requieren períodos de recuperación más largos para entrar en reconsolidación. Por ejemplo, en un estudio se observó que, mientras que los recuerdos recientes o débiles solo necesitaban evocarse durante 3 minutos para volverse vulnerables, los más robustos requerían 10 minutos para llegar al estado de reconsolidación. Eso sí, una vez que alcanzaban este estado, podían igualmente debilitarse, fortalecerse o modificarse.

Proteger a través del cambio

Desde el punto de vista neurobiológico, cada vez que evocamos un recuerdo, el cerebro vuelve a activar las redes de neuronas que lo almacenan. Durante un breve intervalo, las conexiones entre esas neuronas (sinapsis) se vuelven más flexibles, lo que permite que el recuerdo pueda modificarse antes de estabilizarse otra vez. Así, la reconsolidación implica cambios sinápticos específicos, es decir, este proceso implica un fortalecimiento pero también un reajuste de las conexiones entre las neuronas, que son la base física de nuestros recuerdos.

Esto explica por qué nuestro propio recuerdo de un evento cambia a medida que lo recordamos de forma repetida. No es que nuestra memoria falle ni se deteriore; es que cada vez que rememoramos algo, evitamos que caiga en el olvido pero, a la vez, ese acto hace el recuerdo vulnerable. Es decir, el acto de recordar mantiene los recuerdos a costa de permitir cierta distorsión.

Ventajas de la reconsolidación

Que los recuerdos no se mantengan intactos toda la vida también tiene ventajas. Por ejemplo, en el ámbito psicoterapéutico puede aprovecharse el proceso de reconsolidación para intervenir en trastornos en los que aparecen recuerdos dolorosos o intrusivos, como el estrés postraumático, la ansiedad o la depresión.

Cuando un recuerdo se evoca en un entorno terapéutico seguro, la persona puede reinterpretarlo, reducir su carga emocional y aprender a gestionarlo de forma más adaptativa. Así que, aunque las distorsiones de la memoria a veces resulten molestas también ofrecen la oportunidad de aliviar el malestar asociado a experiencias pasadas.

¿Sigue siendo un recuerdo real?

En Memória, Rosalía continúa cantando “…y sea como sea ese recuerdo, siempre es verdad en mi mente”. Este verso coincide con una idea muy interesante que también revela la investigación: la confianza que sentimos en nuestros recuerdos no siempre refleja su precisión real.

En un estudio se analizaron los “recuerdos destello”, que son recuerdos muy vívidos y emocionalmente intensos, como saber dónde estábamos el fin de semana del 13-14 de marzo de 2020 cuando se decretó el estado de alarma por la covid-19. Estas memorias suelen sentirse especialmente nítidas y seguras.




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Los autores del trabajo compararon lo que las personas decían recordar inmediatamente después de un acontecimiento impactante con lo que rememoraban meses o años más tarde. Observaron que, con el paso del tiempo, la consistencia de estos recuerdos disminuía: los detalles cambiaban, se perdían o se reorganizaban. Sin embargo, la confianza subjetiva de las personas en sus recuerdos permanecía alta. Creían recordar con la misma precisión, aunque objetivamente el recuerdo ya no fuera el mismo. Es decir, aunque lo que evocamos se haya transformado varias veces respecto al evento original, puede sentirse real.

Estudios como este demuestran que sentir un recuerdo como “muy real” o “muy nítido” no garantiza su veracidad.

Pero, si nuestros recuerdos cambian, ¿por qué no lo notamos? En parte, porque el propio proceso de reconsolidación refuerza la sensación de autenticidad. Tras recordar, el cerebro vuelve a estabilizar el recuerdo, y esa versión actualizada se siente tan sólida como la anterior. Además, con el tiempo, lo que evocamos es la última versión reconsolidada, no la experiencia inicial. Esto hace que el cambio sea gradual, acumulativo, y difícil de detectar.

La memoria y la identidad

Entendida así, la memoria no es solo un sistema para registrar el pasado, sino una herramienta para reconstruirlo y, con ello, construir nuestra identidad. Recordamos quiénes fuimos en función de quiénes somos ahora: nuestros objetivos, emociones y necesidades actuales. Por eso la memoria es flexible y adaptativa.

Cada recuperación de un recuerdo abre una oportunidad para integrar el pasado con el presente. Gracias a este proceso, mantenemos una sensación de coherencia personal, aunque se pierda exactitud en los detalles. La reconsolidación no solo estabiliza los recuerdos, sino que contribuye activamente a su mantenimiento a largo plazo, reforzándolos y actualizándolos con el paso del tiempo.

En una reciente entrevista, Carminho contaba que esta era precisamente su motivación al escribir el tema Memória. La importancia de “tener conciencia de mí misma, acordarme de quién soy, de donde vengo y cómo voy decidiendo el futuro”. En la canción, la protagonista le pregunta a su propio corazón (“recordar” viene del latín “recordāri”, “re-” de nuevo, “cordis”, corazón, que significa literalmente volver a pasar por el corazón) si aún sigue siendo la misma después de todo lo vivido:

“¿Será que tú me conoces / Que el tiempo pasa y no olvidas / Quién fui y quién soy al fin? / Oh, mi dulce corazón / Dime si sabes o no / ¿aún te acuerdas de mí?”

(En el portugués original: “Será que tu me conheces? /Que o tempo passa e não esqueces/ Quem eu fui e sou em fim? / Ó, meu doce coração / Diz-me se sabes ou não / Ainda te lembras de mim?”)

La memoria como proceso vivo

Lejos de ser un defecto, esta naturaleza cambiante de la memoria es una de sus mayores fortalezas. Nos permite aprender, adaptarnos y resignificar experiencias pasadas. Recordar es transformar.

Así que la próxima vez que un recuerdo vuelva a nuestra mente, sabremos que probablemente estemos accediendo a la última versión de un recuerdo vivo, moldeado cada vez que lo traemos al presente y que, aun siendo ligeramente distinto, se sentirá igual de convincente. Lo dicen la neurociencia cognitiva… y también Rosalía.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. ¿Por qué recordamos las cosas cada vez de un modo diferente? De Rosalía a la neurociencia cognitiva – https://theconversation.com/por-que-recordamos-las-cosas-cada-vez-de-un-modo-diferente-de-rosalia-a-la-neurociencia-cognitiva-273851

La place méconnue des ingénieurs dans l’histoire du management

Source: The Conversation – France (in French) – By Matthieu Mandard, Maître de conférences en sciences de gestion, Université de Rennes 1 – Université de Rennes

Le Français Henri Fayol (1841-1925), ingénieur des mines, occupe une place importante dans l’histoire du management. Il est pourtant peu connu du grand public. Wikimedia commons, CC BY

On sait que les ingénieurs sont tous formés au management, et que nombre d’entre eux en seront des praticiens au cours de leur carrière. Ce qui est nettement moins connu, en revanche, c’est que le management est né au dix-neuvième siècle de l’activité même des ingénieurs, et que des ingénieurs ont systématiquement été au nombre de ses principaux théoriciens.


Les ingénieurs, dont le diplôme est réglementé en France par la Commission des titres d’ingénieurs (CTI), mais dont l’usage du titre au plan professionnel est libre, sont des spécialistes de la conception et de la mise en œuvre de projets techniques. Ils se doivent donc par définition de maîtriser les principes de base du management. Mais à quel point le métier d’ingénieur est-il lié à cette discipline, consacrée à l’élaboration de théories et de pratiques relatives au pilotage des organisations ?

À rebours d’une idée saugrenue, mais pourtant actuellement populaire, selon laquelle le management devrait son origine au nazisme, il s’avère que c’est plutôt du côté des ingénieurs qu’il faut regarder. Car leur activité est en effet historiquement liée à l’essor du management, comme nous l’écrivions dans un article récent dont nous retraçons les conclusions ici.

Révolutions technologiques et management

Le management a de toute évidence toujours existé, puisque de la construction des pyramides aux débuts de la première révolution industrielle en Angleterre au milieu du XVIIIᵉ siècle, en passant par l’édification des cathédrales, la conduite de grands projets a de tout temps nécessité le pilotage de collectifs importants. Mais il s’agissait alors d’initiatives locales, répondant à des contextes techniques et sociaux particuliers, qui ne faisaient pas encore système. Il faut en fait attendre le milieu du XIXᵉ siècle, et la deuxième révolution industrielle, pour voir le management constitué en tant que corpus de réflexion de portée générale relatif aux modalités de conduite des organisations.

Si le management apparaît à cette époque aux États-Unis, c’est en raison de l’essor du chemin de fer entamé au tournant du XIXᵉ siècle, qui implique la mise en place de grandes entreprises destinées à en assurer le pilotage de manière efficace et dans des conditions de sécurité satisfaisantes. Ce modèle de la grande entreprise se diffusera par la suite dans d’autres industries, telles que celle de l’acier, et se substituera progressivement aux petites entreprises artisanales jusqu’alors majoritaires.




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À cette première révolution technologique en succède une seconde, amorcée au milieu du XIXᵉ siècle, qui résulte du développement du machinisme et de la hausse des rythmes de production associés. Elle donne elle aussi lieu à des changements dans les modes d’organisation des entreprises, puisque l’on assiste, à partir de 1890, à la naissance d’usines performantes dont le fonctionnement doit être rationalisé et planifié de manière à en tirer parti au maximum.

Vient ensuite la révolution des transports, soutenue par l’essor de l’automobile et par le déploiement d’infrastructures routières. Celle-ci entraîne, au milieu du XXᵉ siècle, l’extension géographique des opérations des entreprises et l’élargissement de leurs périmètres d’activité afin de satisfaire de nouveaux marchés, et l’apparition de l’entreprise qualifiée de multi-divisionnelle.

Enfin, la quatrième révolution technologique habituellement retenue apparaît après la Seconde guerre mondiale, avec l’essor de l’informatique et des télécommunications. Celle-ci renforce la tendance à la dispersion géographique des entreprises déjà amorcée précédemment, et donne lieu à partir des années 1990 à un modèle de management de référence qualifié d’organisation en réseau.

Au total, ce que montrent les observations, et notamment les travaux récents de Bodrožić et d’Adler, c’est que les révolutions dans les modes et les méthodes de gestion des organisations ont systématiquement été la résultante de révolutions technologiques, qui furent elles-mêmes le fruit des activités d’ingénieurs.

Ingénieurs et théorisation du management

Les changements dans le fonctionnement des entreprises induits par ces révolutions technologiques ont nécessité l’élaboration de nouveaux modèles de management, entendus comme des préceptes quant à la meilleure manière de piloter les activités des organisations. Et ici encore, il s’avère que des ingénieurs ont toujours fait partie des principaux théoriciens de ces modèles.

L’essor des grandes entreprises du secteur des chemins de fer au XIXᵉ siècle est ainsi accompagné par les réflexions d’ingénieurs de ce secteur, Benjamin H. Latrobe, Daniel C. McCallum, et J. Edgar Thomson, qui mettent au point ce qui est alors appelé les structures hiérarchico-fonctionnelles. Face aux conditions de travail particulièrement rudes induites par ce modèle, des programmes de réformes sociales sont ensuite développés par des auteurs tels que l’ingénieur George Pullman, fondateur de la compagnie de wagons-lits du même nom.

Le fonctionnement des usines performantes qui apparaissent ensuite est quant à lui rationalisé par des auteurs bien connus, dont on oublie parfois qu’ils étaient tous trois des ingénieurs : le Français Henri Fayol, et les États-Uniens Henry Ford et Frederick Taylor. Ici encore, la rudesse des conditions de travail engendrées par la mise en place d’un management scientifique, ou du travail à la chaîne, amène à des réflexions, quant à la manière de restaurer un climat social dégradé, en partie conduites par un ingénieur du nom de George Pennock, tombé dans l’oubli.

Et les pratiques managériales induites par les deux révolutions technologiques les plus récentes sont à l’avenant. L’entreprise multidécisionnelle fut en bonne partie théorisée par un ancien président de General Motors, l’ingénieur Alfred Sloan, et les problématiques de qualité qu’elle engendra furent largement examinées par un ingénieur de Toyota du nom de Taiichi Ohno. Quant au modèle de l’organisation en réseau, il fut notamment pensé et amendé par des ingénieurs spécialistes des systèmes d’information, tels que Michael Hammer et James Champy, ou par un ingénieur de Hewlett-Packard, Charles Sieloff.

Comment expliquer cette importance historique des ingénieurs en matière de théorisation du management ? Ceci tient à deux raisons pratiques. Leur proximité avec les évolutions technologiques de leur époque les amène à identifier précocement les problèmes managériaux que ces changements soulèvent, et les rend aussi mieux à même de résoudre.

Arts et métiers, Alumni 2020.

Ingénieur et management, un lien à cultiver

Ainsi, le métier d’ingénieur a toujours eu partie liée au management. On ne sera donc pas surpris d’apprendre que, en Europe, l’enseignement du management a d’abord été dispensé en école d’ingénieurs au milieu du XIXe siècle, avant d’être confié aux écoles de commerce au tournant du XXe siècle. Et c’est ce qui explique également que deux des plus prestigieuses écoles d’ingénieurs françaises, l’École des mines de Paris et l’École polytechnique, disposent chacune d’un laboratoire de recherche dédié aux sciences de gestion et du management (respectivement, le Centre de gestion scientifique et le Centre de recherche en gestion), ou que des spécialistes du management interviennent plus généralement dans toutes les écoles d’ingénieurs.

En raison des défis technologiques qui s’annoncent (robotisation, essor de l’IA, sobriété énergétique), il s’avère que ce lien ingénieurs/management doit être affirmé et cultivé. Car ces évolutions s’accompagneront nécessairement de changements organisationnels qu’il sera nécessaire de penser si nous ne voulons pas les subir.

The Conversation

Matthieu Mandard ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. La place méconnue des ingénieurs dans l’histoire du management – https://theconversation.com/la-place-meconnue-des-ingenieurs-dans-lhistoire-du-management-272951

What is ‘Edge AI’? What does it do and what can be gained from this alternative to cloud computing?

Source: The Conversation – France in French (2) – By Georgios Bouloukakis, Assistant Professor, University of Patras; Institut Mines-Télécom (IMT)

“Edge computing”, which was initially developed to make big data processing faster and more secure, has now been combined with AI to offer a cloud-free solution. Everyday connected appliances from dishwashers to cars or smartphones are examples of how this real-time data processing technology operates by letting machine learning models run directly on built-in sensors, cameras, or embedded systems.

Homes, offices, farms, hospitals and transportation systems are increasingly embedded with sensors, creating significant opportunities to enhance public safety and quality of life.

Indeed, connected devices, also called the Internet of Things (IoT), include temperature and air quality sensors to improve indoor comfort, wearable sensors to monitor patient health, LiDAR and radar to support traffic management, and cameras or smoke detectors to enable rapid-fire detection and emergency response.

These devices generate vast volumes of data that can be used to ‘learn’ patterns from their operating environment and improve application performance through AI-driven insights.

For example, connectivity data from wi-fi access points or Bluetooth beacons deployed in large buildings can be analysed using AI algorithms to identify occupancy and movement patterns across different periods of the year and event types, depending on the building type (e.g. office, hospital, or university). These patterns can then be leveraged for multiple purposes such as HVAC optimisation, evacuation planning, and more.

Combining the Internet of things and artificial intelligence comes with technical challenges

Artificial Intelligence of Things (AIoT) combines AI with IoT infrastructure to enable intelligent decision-making, automation, and optimisation across interconnected systems. AIoT systems rely on large-scale, real-world data to enhance accuracy and robustness of their predictions.

To support inference (that is, insights from collected IoT data) and decision-making, IoT data must be effectively collected, processed, and managed. For example, occupancy data can be processed to infer peak usage times in a building or predict future energy needs. This is typically achieved by leveraging cloud-based platforms like Amazon Web Services, Google Cloud Platform, etc. which host computationally intensive AI models – including the recently introduced Foundation Models.

What are Foundation Models?

  • Foundation Models are a type of Machine Learning model trained on broad data and designed to be adaptable to various downstream tasks. They encompass, but are not limited to, Large Language Models (LLMs), which primarily process textual data, but can also operate on other modalities, such as images, audio, video, and time series data.
  • In generative AI, Foundation Models serve as the base for generating content such as text, images, audio, or code.
  • Unlike conventional AI systems that rely heavily on task-specific datasets and extensive preprocessing, FMs introduce zero-shot and few-shot capabilities, allowing them to adapt to new tasks and domains with minimal customisation.
  • Although FMs are still in the early stages, they have the potential to unlock immense value for businesses across sectors. Therefore, the rise of FMs marks a paradigm shift in applied artificial intelligence.

The limits of cloud computing on IoT data

While hosting heavyweight AI or FM-based systems on cloud platforms offers the advantage of abundant computational resources, it also introduces several limitations. In particular, transmitting large volumes of IoT data to the cloud can significantly increase response times for AIoT applications, often with delays ranging from hundreds of milliseconds to several seconds, depending on network conditions and data volume.

Moreover, offloading data – particularly sensitive or confidential information – to the cloud raises privacy concerns and limits opportunities for local processing near data sources and end users.

For example, in a smart home, data from smart meters or lighting controls can reveal occupancy patterns or enable indoor localisation (for example, detecting that Helen is usually in the kitchen at 8:30 a.m. preparing breakfast). Such insights are best derived close to the data source to minimise delays from edge-to-cloud communication and reduce exposure of private information on third-party cloud platforms.




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What is edge computing and edge AI?

To reduce latency and enhance data privacy, Edge computing is a good option as it provides computational resources (i.e. devices with memory and processing capabilities) closer to IoT devices and end users, typically within the same building, on local gateways, or at nearby micro data centres.

However, these edge resources are significantly more limited in processing power, memory, and storage compared to centralised cloud platforms, which pose challenges for deploying complex AI models.

To address this, the emerging field of Edge AI – particularly active in Europe – investigates methods for efficiently running AI workloads at the edge.

One such method is Split Computing, which partitions deep learning models across multiple edge nodes within the same space (a building, for instance), or even across different neighbourhoods or cities. Deploying these models in distributed environments is non-trivial and requires sophisticated techniques. The complexity increases further with the integration of Foundation Models, making the design and execution of split computing strategies even more challenging.

What does it change in terms of energy consumption, privacy, and speed?

Edge computing significantly improves response times by processing data closer to end users, eliminating the need to transmit information to distant cloud data centres. Beyond performance, edge computing also enhances privacy, especially with the advent of Edge AI techniques.

For instance, Federated Learning enables Machine Learning model training directly on local Edge (or possibly novel IoT) devices with processing capabilities, ensuring that raw data remain on-device while only model updates are transmitted to Edge or cloud platforms for aggregation and final training.

Privacy is further preserved during inference: once trained, AI models can be deployed at the Edge, allowing data to be processed locally without exposure to cloud infrastructure.

This is particularly valuable for industries and SMEs aiming to leverage Large Language Models within their own infrastructure. Large Language Models can be used to answer queries related to system capabilities, monitoring, or task prediction where data confidentiality is essential. For example, queries can be related to the operational status of industrial machinery such as predicting maintenance needs based on sensor data where protecting sensitive or usage data is essential.

In such cases, keeping both queries and responses internal to the organisation safeguards sensitive information and aligns with privacy and compliance requirements.

How does it work?

Unlike mature cloud platforms, such as Amazon Web Services and Google Cloud, there are currently no well-established platforms to support large-scale deployment of applications and services at the Edge.

However, telecom providers are beginning to leverage existing local resources at antenna sites to offer compute capabilities closer to end users. Managing these Edge resources remains challenging due to their variability and heterogeneity – often involving many low-capacity servers and devices.

In my view, maintenance complexity is a key barrier to deploying Edge AI services. At the same time, advances in Edge AI present promising opportunities to enhance the utilisation and management of these distributed resources.

Allocating resources across the IoT-Edge-Cloud continuum for safe and efficient AIoT applications

To enable trustworthy and efficient deployment of AIoT systems in smart spaces such as homes, offices, industries, and hospitals; our research group, in collaboration with partners across Europe, is developing an AI-driven framework within the Horizon Europe project PANDORA.

PANDORA provides AI models as a Service (AIaaS) tailored to end-user requirements (e.g. latency, accuracy, energy consumption). These models can be trained either at design time or at runtime using data collected from IoT devices deployed in smart spaces. In addition, PANDORA offers Computing resources as a Service (CaaS) across the IoT–Edge–Cloud continuum to support AI model deployment. The framework manages the complete AI model lifecycle, ensuring continuous, robust, and intent-driven operation of AIoT applications for end users.

At runtime, AIoT applications are dynamically deployed across the IoT–Edge–Cloud continuum, guided by performance metrics such as energy efficiency, latency, and computational capacity. CaaS intelligently allocates workloads to resources at the most suitable layer (IoT-Edge-Cloud), maximising resource utilisation. Models are selected based on domain-specific intent requirements (e.g. minimising energy consumption or reducing inference time) and continuously monitored and updated to maintain optimal performance.


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The Conversation

This work has received funding from the European Union’s Horizon Europe research and innovation actions under grant agreement No. 101135775 (PANDORA) with a total budget of approximately €9 million and brings together 25 partners from multiple European countries, including IISC and UOFT from India and Canada.

ref. What is ‘Edge AI’? What does it do and what can be gained from this alternative to cloud computing? – https://theconversation.com/what-is-edge-ai-what-does-it-do-and-what-can-be-gained-from-this-alternative-to-cloud-computing-262357

Invasive mesquite plants do more than deplete water reserves – new research in South Africa shows they damage soil too

Source: The Conversation – Africa – By Siviwe Malongweni, Research Scientist, Sol Plaatje University

Mesquite (Neltuma juliflora), a woody plant native to parts of South America, was introduced into South Africa’s drylands in the 1880s with good intentions.

Bringing it to South Africa was meant to stabilise soils, provide shade, and offer a source of fuelwood in some of the country’s most water-limited landscapes. But today, particularly in the Northern Cape province, it’s a clear example of how an introduced species can quietly transform ecosystems, livelihoods and local climates in ways that are difficult and costly to reverse.

Across the Northern Cape’s arid and semi-arid rangelands, mesquite has spread extensively along riverbanks, floodplains and grazing areas. Unlike many indigenous plants that lie dormant during dry periods, mesquite remains active year-round. Its deep root system allows it to extract water from far below the surface, steadily depleting soil moisture and groundwater reserves.

I am an environmental and climate scientist in the Northern Cape, where agriculture contributes about 8% of the provincial GDP and employs roughly 16% of the workforce. My work focuses on addressing invasive species, land degradation and climate impacts to protect ecosystems, support rural livelihoods and strengthen the regional economy.

My team and I conducted research into the effect that invasive mesquite has had on the soils in this dry area of South Africa.

We found that mesquite drains moisture and nutrients from the soil, making it hard for other plants to grow. The dense roots and thick canopy also reduce water availability for livestock and people, while the soil becomes compacted and less fertile. All of this together makes farming much more difficult and threatens local livelihoods.

What the science shows

Our study compared soils from mesquite-invaded areas with those from nearby uninvaded rangelands. Our findings show striking differences.

In mesquite-dominated landscapes, soils tended to hold less moisture, had altered nutrient balances and displayed changes in physical structure compared with soils under native vegetation.

This may not sound dramatic at first, but soil moisture and nutrient balance are foundational to how ecosystems function. Soil that stays moist supports grass growth. Grass protects soil from erosion, feeds livestock, and keeps water in the landscape. When mesquite replaces grass with dense thickets, that entire cascade of benefits begins to unravel.

Mesquite roots dig deep and draw water year-round. Where native plants go dormant in dry seasons, mesquite continues to transpire (release water from its leaves), reducing soil moisture. Over time, this leads to drier soils that struggle to support the plants crucial for grazing and wildlife.

The outcome is a quieter, slower form of ecosystem change; one that doesn’t always show up in dramatic headlines but that steadily degrades land and undermines livelihoods dependent on healthy soil.




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Why this matters for climate and livelihoods

Soil and climate are intimately connected. Dryland systems like the Northern Cape are already vulnerable to climate change due to hotter temperatures, more erratic rainfall and longer droughts. In this context, invasive species with high drought tolerance gain an edge. Mesquite, which is native to Central and South America, thrives where native vegetation falters. But that advantage comes at a cost of reduced water availability for human consumption, agricultural use and wildlife, altered carbon cycles and increased land degradation.

For pastoralist communities and smallholder farmers, the effects are tangible. Our team carried out a skills assessment and facilitated workshops in collaboration with the Northern Cape provincial government and the International Union for Conservation of Nature, and documented evidence of these impacts (it is not yet online).

Livestock grazing depends on grass cover. Our direct observations and assessments in the Northern Cape show that as mesquite thickets grow, grazing land shrinks. Farmers find themselves forced to reduce herd sizes or travel longer distances for forage. Over time, income declines, pressure on household food security increases, and people become more vulnerable to climatic and economic shocks.

The human dimension

The invasion of mesquite isn’t just an ecological problem; it’s a social one. Reduced grazing and degraded land translate into fewer resources for families that depend on livestock. In regions where economic opportunities are already limited, this can exacerbate inequality, increase rural poverty and push people towards unsustainable coping strategies.




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In our ongoing research, communities across the Northern Cape have told us similar stories: land that used to support healthy herds now supports thorny thickets that livestock avoid; water points dry faster; and the rhythm of life shifts as people adapt to a changed landscape. These are not abstract scientific outcomes; they are lived experiences.

Yet, amid these challenges, there are also opportunities.

Repurposing pathways for mesquite

The same biological traits that make mesquite a problem can also be harnessed for benefit, if approached thoughtfully. Mesquite pods are rich in sugars and have been used as supplementary livestock feed in dry seasons. They could also potentially be used for flour and baking, natural sweeteners, coffee substitutes, snacks, and traditional medicine for regulating blood sugar. The wood is dense and burns hot, making it valuable for charcoal and energy. Craft industries can use mesquite timber for artisanal products, creating potential income streams for rural communities. Mesquite biomass can be processed into low-carbon, climate-adaptive building materials with a net negative carbon footprint, and into biochar that can be used to restore degraded soils after invasive species removal.

The key is to repurpose eradicated mesquite in support of ecological restoration. Overharvesting without a plan can worsen the situation if it encourages regrowth or fails to address underlying ecosystem changes. But when combined with targeted clearing and rehabilitation, utilisation can be part of a broader, sustainable strategy.




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What needs to happen next

Clearing mesquite is possible, but expensive. Mechanical removal requires labour, machinery and follow-up work to prevent regrowth. If land is cleared but not rehabilitated, grasses and native vegetation may struggle to return because the soil has already changed. That means investment must be long-term, not just a one-off effort.

South Africa needs an integrated approach that includes:

  • early detection and mapping

  • community-led clearing and rehabilitation, so that efforts are sustained and rooted in local knowledge

  • soil restoration efforts, reintroducing native grasses and shrubs

  • economic integration, developing value chains for mesquite products

  • climate-responsive planning and land management that improves water retention and soil health.

Mesquite invasion in the Northern Cape is more than a botanical curiosity. It is a transformation of land that affects soil, water, climate resilience and human wellbeing. The research on soil properties makes it clear that the impacts are real and measurable, but it also points to pathways for action.

The Conversation

Siviwe Malongweni works for the Centre for Global Change. This research is implemented by the IUCN in partnership with the DFFE and funded by the Global Environment Facility (GEF-7).

ref. Invasive mesquite plants do more than deplete water reserves – new research in South Africa shows they damage soil too – https://theconversation.com/invasive-mesquite-plants-do-more-than-deplete-water-reserves-new-research-in-south-africa-shows-they-damage-soil-too-274126

Killer beetles in the baobabs: researcher warns of risk to African trees

Source: The Conversation – Africa – By Sarah Venter, Baobab Ecologist, University of the Witwatersrand

Baobabs aren’t supposed to fall. They can live for up to 2,500 years. Famous for their resilience, these huge trees have stood tall across Africa, weathering droughts and winds that flatten everything else.

A small population of 102 baobabs is also found in Oman on the south-eastern tip of the Arabian Peninsula, where baobabs were introduced over 1,500 years ago by traders from Africa.

However, several baobabs have recently collapsed and died in Oman, not from disease, drought or old age, but from infestation by a beetle that has suddenly proven deadly to baobab trees – the mango stem-borer (Batocera rufomaculata).

I’m a baobab ecologist who worked with two environmental scientists from Oman, Ali Salem Musallm Akaak and Mohammed Mubarak Suhail Akaak, to investigate how many trees had been infected by the beetle, how the infestation had affected the trees and how many had died as a result.

We surveyed 91 baobab trees in Oman and found that six had been killed by the beetle. A further 12 baobab trees were infested by the beetle’s larvae.

This is the first time that an insect has been found to kill adult baobab trees. The same beetle is known to damage and kill other species of trees.

Our findings have important implications for the conservation and management of baobabs throughout Africa. The mango-borer beetle has not been found in mainland Africa yet but it may become a new threat to baobabs if it disperses.

Our findings allow for early detection as well as research into effective ways to control the beetle before it spreads to Africa.

If the mango stem-borer were to reach mainland Africa, where the baobab is considered a keystone species, it could devastate both ecosystems and livelihoods. Baobabs have over 300 uses for people, including fibre made from the bark, food from the leaves and the fruit, which is harvested for its nutritious pulp and sold in local and global markets.

Meet the killer

The mango stem-borer is native to south-east Asia. Adults live for only two to three months, feeding on shoots and bark. During that time females can lay up to 200 eggs, cutting small slits in tree bark and sealing each egg inside.

The grubs or larvae spend almost a year hidden within the wood, tunnelling through the living tissue that carries water and nutrients. As they feed, they weaken the tree and eventually kill it.

This beetle has long been one of Asia’s most damaging fruit-tree pests. It attacks mango, jackfruit, mulberry and fig trees, often killing mature hosts. It spread to the Middle East, where it was first recorded in 1950 and has damaged fig plantations.

In 2021, an adult baobab in Wadi Hinna, a semi-arid valley in Oman’s Dhofar Mountains, collapsed and died. When researchers examined the fallen trunk, they discovered it was infested by mango stem-borer larvae.

By 2025, seven baobabs had died, and many more were infected, confirming that a seemingly innocuous fruit-tree pest had found a new host.




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The very qualities that make baobabs extraordinary survivors in dry climates also make them ideal nurseries for borer beetle larvae. Their stored water, soft trunks and nutrient rich tissue feed and protect larvae for nearly a year until they mature.

As the larvae feed, they hollow out the interior of the baobab, leaving the outer bark intact and the infestation hidden, until the stem suddenly collapses.

Battling the beetle

When the first deaths were recorded, Oman’s Environment Authority launched an emergency control programme with help from local communities and researchers.

Infested trees were treated with systemic insecticides, larvae were manually removed from trunks, and light traps were set to attract and kill adult beetles at night. Tree stems were also coated with agricultural lime and fungicide to deter further egg-laying.

These actions seem to have slowed the outbreak, but they are labour-intensive and feasible only for a small area. Across a continent, such methods would be impossible to maintain.




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In Asia, scientists have identified natural enemies of the mango stem-borer, including parasitic mites and nematodes. These could be used as the base of a long-term biological control strategy.

My research argues that using biological control to stop the beetle reproducing must be developed as a priority before infestations cross into Africa.

Preventing a spread to Africa

Adult beetles can fly up to 14 kilometres in a single night, and global trade makes it easy for insects to cross borders unnoticed, hidden in plants and ornamentals destined for the agriculture and garden sector.




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The beetle already occurs on islands such as Madagascar, Réunion and Mauritius. Baobab researchers do not know if the mango stem-borer has attacked the local baobab populations of Madagascar, where the trees are an indigenous plant.

Early detection and prevention are far cheaper, and far more effective, than trying to stop an outbreak once it begins. Stronger biosecurity inspections and other measures are needed at African ports and borders to stop the beetle crossing borders, particularly in shipments of wood and live plants.

Collaboration between research institutions, agricultural departments and the baobab industry will also help: sharing data, testing biological controls and setting up monitoring systems before further outbreaks occur.

A warning – and an opportunity

The death of baobabs in Oman is more than a localised problem. It’s a warning of what could happen elsewhere if the beetle spreads unchecked.

But it also offers a chance to prepare. If African countries act now, tightening biosecurity, supporting research and raising awareness, they can protect one of the continent’s most iconic and life-sustaining trees before this threat ever reaches African shores.

The Conversation

Sarah Venter receives funding from the Baobab Foundation.
Sarah Venter is an advisory member of the African Baobab Alliance

ref. Killer beetles in the baobabs: researcher warns of risk to African trees – https://theconversation.com/killer-beetles-in-the-baobabs-researcher-warns-of-risk-to-african-trees-275715

Africa’s public finances are in a mess: a new book explains why and what to do

Source: The Conversation – Africa – By Lyla Latif, Co-Founder & Research Lead, Committee on Fiscal Studies, University of Nairobi

Public finance, or how governments at all levels raise and allocate money, is in evidence everywhere you look. That pothole destroying your car. The health clinic without medicine. The dilapidated school. Public money is not government money. It is yours, writes Kenyan finance scholar Lyla Latif in her new book Governing Public Money. Drawing on a decade of experience across 32 countries, the author sets out what ails Africa’s public finances and what could change. The Conversation Africa asked her about the book’s main themes.

What prompted you to write this book?

Most books on public finance are written by men, from institutions in the global north, about systems designed in the global north. There is not a single comprehensive treatment of public finance law focused on Kenya or, for that matter, on any African country. I wanted to change that.

But the deeper motivation was a question that had been forming across more than a decade of working inside fiscal systems. As an international tax expert and scholar, I have spent years watching how public money actually moves: through revenue authorities and treasury departments, through regional customs unions and international treaty negotiations, through county governments and sovereign debt markets.

What struck me is that everyone assumes they know what public finance is. Fewer people understand how it is governed, and fewer still appreciate how profoundly interconnected its parts are. That interconnectedness is what the book’s 11 chapters try to capture. Revenue policy shapes debt sustainability. Debt sustainability constrains budgeting. Budgeting determines what devolution can deliver. Regional integration reshapes revenue options. International treaty regimes limit domestic policy space. Technology transforms administration. Corruption corrodes everything.

No single chapter can be understood in isolation, just as no fiscal challenge can be solved in isolation.

The final chapter examines Islamic public finance. Here, I discuss:

  • zakat, a mandatory wealth based contribution used to support social welfare

  • waqf, an endowment dedicated to public benefit such as education or health

  • sukuk, asset backed Islamic financial certificates often compared to bonds but structured without interest.

I argue that these are fiscal institutions within a legal tradition that colonial administration suppressed but never displaced. Writing that chapter felt like an act of intellectual justice.

What are the key messages on public finance?

The book opens with a memory. During the frequent power cuts of my childhood in Nairobi, my father would gather us around candles and draw. One evening he sketched a woman carrying water on her head and a child on her back, walking toward a distant horizon.

I did not then understand that the darkness itself was fiscal: the consequence of under-investment, deferred maintenance, and policy choices that left entire communities without reliable electricity. That image captures the book’s central argument. Public finance is not a technical subject confined to treasury officials and economists. It is the means through which societies either raise living standards or entrench dependence.

Every unbuilt school, every underfunded clinic, every collapsed road is a fiscal failure before it is anything else. And every act of governance, from defending a nation’s borders to delivering clean water, ultimately resolves into a fiscal question.

The book argues that law does not merely regulate public finance; it constitutes it. The authority to tax, to borrow, to spend, and to hold officials accountable derives from legal instruments. Kenya’s 2010 constitution devotes an entire chapter to public finance, establishing principles of equity, transparency and public participation. These are not decorative provisions. They are the architecture through which fiscal power is authorised, constrained and contested.

Yet the book is equally insistent that legal frameworks do not determine outcomes. The gap between what constitutions promise and what citizens experience is shaped by political economy: by who holds power, whose interests prevail, and what international forces constrain domestic choices.

How is Africa disadvantaged in the international fiscal system?

Africa’s disadvantage is not accidental or temporary. It reflects a continuing structure shaped by history and reproduced through modern international rules. Colonial fiscal systems were designed for extraction, not development.

In Kenya, the Native Hut and Poll Tax Ordinance of 1910 compelled African populations into wage labour to meet obligations denominated in colonial currency. Revenue was directed towards the Uganda Railway and export corridors serving London rather than towards African education or health.

As Kenyan scholars George Ndege, Ahmed Mohiddin and I have documented, colonial administrations relied on indirect taxes that fell hardest on African populations. They directed expenditure towards export infrastructure serving metropolitan markets and concentrated authority in executive hands with minimal accountability.

Independence brought formal sovereignty but did not dismantle the international architecture within which African fiscal governance operates. Tax treaties, negotiated primarily among developed countries, allocate taxing rights in ways that systematically favour capital exporters. The status quo allows multinational enterprises to derive substantial income from African markets without triggering source country taxation.

Investment treaties expose African governments to billion dollar arbitration claims when they adjust fiscal policy. Trade agreements constrain tariff choices that might support industrial development. African countries have been positioned as passive recipients of rules rather than their authors. The frameworks that govern cross border taxation, sovereign debt restructuring and investment protection were designed in forums where African states had little or no voice.

For over 60 years, the rules governing cross border taxation have been written principally within the OECD, a body of wealthy capital-exporting states where African countries had no seat.

Thanks to African advocacy, a new UN Framework Convention on International Tax Cooperation adopted in 2023 is changing that. The convention creates space for binding obligations on cross border services, digital economy taxation and illicit financial flows. These are areas where voluntary frameworks have consistently failed the continent.

This represents the most significant shift in international tax governance in decades.

African states are beginning to write rules rather than merely absorb them.

What could countries and citizens change?

The most consequential shift would be for African countries to look inward. That means confronting the revenue gap that defines African fiscal governance. The continent’s average tax-to-GDP ratio remains below 16%, well beneath what is needed to fund basic public goods without chronic dependence on external financing.

This requires building professionally independent revenue authorities, transparent public financial management, and the political will to tax wealth and rents that elite capture has long shielded. It also means developing indigenous fiscal scholarship rather than importing policy knowledge from Washington, Paris and Geneva.

Looking inward is not autarky, meaning a withdrawal into economic self sufficiency and disengagement from global exchange. Rather, it is about consolidating internal clarity and capacity so that engagement outward happens on African terms. My colleague Daniel Nuer, a senior official at the Ghana Revenue Authority, once said to me:

If Africa starts looking inward, every non-African state will be forced to comply with African approaches.

There is a quiet but powerful logic in that observation. When African countries strengthen domestic revenue mobilisation, they reduce dependence on aid and on borrowing from international markets on terms set by creditors. When they build effective tax administrations, they create the institutional capacity that underpins state legitimacy.

When they coordinate regionally, such as through the East African Community or the African Continental Free Trade Area, they create the scale that individual economies cannot achieve alone. As African revenue systems become more effective, the current international architecture, built on the assumption that developing countries will remain rule takers, becomes unsustainable.

A continent that mobilises its own resources, governs its own debt, and taxes its own digital economy does not need to accept frameworks designed elsewhere for the benefit of others. That is not merely a hope. In 2024, African states voted for a multilateral tax convention over the opposition of the world’s wealthiest countries. The African Continental Free Trade Area is building the coordinated market that no single African economy can sustain alone.

But fiscal sovereignty does not emerge in ideal conditions. It must contend with structural pressures that continue to narrow policy space. Sovereign debt repayments are absorbing resources that should be financing development, while illicit financial flows drain more from the continent each year than it receives in aid. What is shaping Africa’s fiscal future, then, is not the abstract market logics often associated with Adam Smith, but deliberate political choices about how public money is governed and how power over it is exercised.

Consequently, citizens have a role that extends beyond compliance. The fiscal contract between state and citizen depends on both sides. Governments must mobilise resources equitably and deploy them transparently. Citizens must demand accountability and participate in the budget processes that constitutions – such as Kenya’s – now require.

Civil society organisations and investigative journalists have proven essential in exposing fiscal failures that formal institutions missed. The work ahead is neither simple nor quick. But the direction is clear. African fiscal governance must be built from African foundations, informed by African needs, and accountable to African citizens. That is what governing public money should mean.

The Conversation

Lyla Latif does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Africa’s public finances are in a mess: a new book explains why and what to do – https://theconversation.com/africas-public-finances-are-in-a-mess-a-new-book-explains-why-and-what-to-do-275761

Salon de l’agriculture : les Amap redonnent le pouvoir aux agriculteurs et agricultrices

Source: The Conversation – in French – By Pascale Bueno Merino, Directrice de la Recherche, Enseignant-Chercheur en Management Stratégique, Pôle Léonard de Vinci

Des bénévoles de l’Amap Goutte d’Or-La Chapelle (Paris, XVIII<sup>e</sup>) travaillent au champ, avant de consommer les fruits (et surtout les légumes) de leur labeur. Wikimedia commons

À l’occasion du Salon international de l’agriculture de Paris, une étude met en lumière le double bénéfice des associations pour le maintien d’une agriculture paysanne, dites Amap : renforcer l’autonomie des agriculteurs et permettre aux bénévoles d’être des entrepreneurs… collectivement.


L’importance des échanges citoyens pour mettre en œuvre une agriculture durable est au cœur du programme de conférences du Salon international de l’agriculture. Les interrogations sur le « comment mieux manger ? » ou sur le « comment produire autrement ? » continuent de retenir l’attention.

Une des solutions à ces questionnements : l’entrepreneuriat collectif à travers les associations pour le maintien d’une agriculture paysanne (Amap). La finalité de l’Amap est la distribution hebdomadaire de paniers de produits agricoles frais, sous réserve d’un pré-paiement de la production par les membres adhérents. La coopération amapienne se matérialise par un engagement contractualisé de consommateurs bénévoles dans l’activité de production et de vente directe de produits alimentaires locaux. Elle repose sur le désir des membres d’interagir et de servir leur collectif.

En 2022, 375 Amap sont recensées rien qu’en Île-de-France, soit plus de 21 000 familles de bénévoles en partenariat avec environ 400 fermes.

Nos derniers résultats de recherche, issus d’entretiens, soulignent que cette collaboration augmente la capacité d’action et d’autonomisation de l’entrepreneur agricole. Elle confère au producteur agricole une aptitude à être maître de ses choix telle que définie dans la Charte initiale des Amap instaurée en 2003, puis révisée en 2024. Les Amap font émerger un environnement « capacitant » – qui permet la création ou le développement de capacités –, fondé sur la mise en place d’une communauté et l’apport de ressources et compétences externes.

Quatre principes de l’Amap

  • Les modalités de distribution, ainsi que les prix, sont fixés conjointement entre l’entrepreneur agricole et les adhérents ;

  • Le pré-paiement des paniers par les adhérents permet à l’entrepreneur agricole d’anticiper les quantités à distribuer et de sécuriser son revenu, notamment en cas d’insuffisance de la production ;

  • Les consommateurs amapiens participent à la vie de l’exploitation (distribution des paniers, centralisation de l’information, aide apportée à l’agriculteur sur son exploitation, etc.) ;

  • En contrepartie, l’agriculteur s’engage à produire des aliments selon des méthodes respectueuses de l’agro-écologie et à participer à la gestion de l’Amap.

Ces principes sont rédigés dans la charte des Amap.

Carte des Amap en France.
Réseau Amap

Co-production, co-gestion et réciprocité apprenante

La participation bénévole des consommateurs amapiens aux activités des agriculteurs, entrepreneurs, engendre une relation de travail atypique. Celle-ci repose non pas sur une relation salariée avec lien de subordination, mais sur une relation horizontale basée sur un système de co-production, de co-gestion et de réciprocité apprenante.

Ces principes sont illustrés par des témoignages de membres adhérents d’Amap :

  • Sur le principe de co-production :

« Avec Marianne (la productrice), il y avait le chantier patates en septembre et puis elle avait demandé aussi pour planter des haies », témoigne une présidente d’Amap interviewée.

  • Sur le principe de co-gestion de l’Amap :

« On a une assemblée générale par an de l’Amap […] pour remettre à plat, voir si on change les prix des paniers, voir s’il y a des gens qui ont des choses à dire, qui ont des choses à mettre au point », rappelle un consommateur adhérent interrogé.

  • Sur le principe de réciprocité apprenante :

Ce dernier se matérialise par l’identification pour l’entrepreneur agricole des besoins des consommateurs d’une part, et la sensibilisation des consommateurs aux pratiques et difficultés de l’exploitant agricole d’autre part.

« Il y a Alain, le maraîcher, il est toujours là. Il nous présente son activité, il fait un retour sur ce qui s’est bien passé, ce qui s’est moins bien passé l’année passée, ce qu’il prévoit des fois comme nouvelle culture et répond aux questions. » (Président d’Amap.)




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En résumé, les consommateurs bénévoles deviennent acteurs du fonctionnement de l’Amap en tant que membres volontaires indépendants. Rappelons que les actes de volontariat s’exercent, selon le chercheur Léon Lemercier :

  • en toute liberté (c’est un choix personnel) ;
  • dans une structure ;
  • pour autrui ou la collectivité ;
  • gratuitement ;
  • sans contrainte ;
  • pour exécuter des tâches.

Militantisme et entrepreneuriat

La coopération amapienne permet d’entreprendre ensemble en partageant les risques financiers liés aux aléas de la production agricole. Elle fait émerger des liens de solidarité au sein d’un territoire et co-crée de la valeur sociale, comme l’explicite précisément un président d’Amap :

« Au-delà de la distribution des paniers, c’est aussi un engagement citoyen. C’est-à-dire qu’on veut aussi développer le mouvement des Amap. On est militant. »

Cette approche entrepreneuriale et altruiste de la relation de travail atypique renouvelle la littérature académique dédiée à son analyse, comme celle de la situation de vulnérabilité du travailleur – emploi temporaire, travail à temps partiel, relation de travail déguisée, etc.

Cette relation de travail non salarié s’inscrit dans le cadre d’un projet entrepreneurial collectif, caractérisé par l’union de compétences complémentaires au sein de l’Amap. Dans ce cas précis, l’agrégation de multiples contributions bénévoles, bien que temporaires et à temps partiel, peut concourir au développement d’une exploitation agricole.

Les bénévoles apportent des ressources spécifiques liées à leur propre parcours de vie : compétences professionnelles, disponibilité temporelle, ou encore expérience organisationnelle qui structurent les Amap.

« Je dirais que le problème de la gestion, on l’a résolu avec nos outils, c’est-à-dire qu’on a eu la chance pendant quelques années d’avoir pas mal de développeurs informatiques dans nos adhérents », déclare un président d’Amap interrogé.

La relation de travail amapienne se situe par conséquent entre bénévolat et professionnalisation puisque les consommateurs vont soutenir l’entrepreneur agricole de l’amont à l’aval de la chaîne de valeur de son activité : de fonctions principales (production, marketing, logistique et distribution) à des fonctions support (ressources humaines, système d’information et administration).

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

ref. Salon de l’agriculture : les Amap redonnent le pouvoir aux agriculteurs et agricultrices – https://theconversation.com/salon-de-lagriculture-les-amap-redonnent-le-pouvoir-aux-agriculteurs-et-agricultrices-275756

La Stratégie de sécurité nationale des États-Unis : 2002 contre 2025, continuités et ruptures

Source: The Conversation – France in French (3) – By Olivier Sueur, Enseigne la compétition stratégique mondiale et les enjeux transatlantiques, Sciences Po

Aux États-Unis, chaque président a l’obligation de publier une Stratégie de sécurité nationale (National Security Strategy, NSS). Celle que l’administration Trump a rendue publique en novembre 2025 – un texte ouvertement partisan et centré sur les intérêts de Washington conformément à la doctrine « America First » – a heurté de front de nombreux responsables européens, qui se remémorent avec une certaine nostalgie l’époque de Joe Biden. Or, la comparaison de la NSS « Made in Trump » avec celle de l’administration Biden montre qu’il existe entre les deux documents plus de continuité qu’on le croit, même si une distinction majeure apparaît sur la question de l’idéologie sous-jacente.


La Stratégie de sécurité nationale des États-Unis publiée en novembre 2025 par l’administration Trump a déjà fait couler beaucoup d’encre, allant jusqu’à parler à propos de la relation à l’Europe d’un « divorce consommé, en attendant la séparation des biens ». Or, sa version précédente, publiée en octobre 2022 par l’administration Biden, constituait déjà une rupture sur bien des points : l’article que j’y avais consacré en janvier 2023 s’intitulait « Prendre acte de la fin d’un monde ».

Naturellement, le ton joue beaucoup : le document de l’administration de Joe Biden – « le bon » – était bien plus lissé et, soyons francs, plus aimable que celui de l’administration de Donald Trump – « la brute ». Néanmoins, si l’on cherche à dépasser la forme et à analyser le fond, ruptures et continuités s’affichent sous des couleurs nettement plus nuancées.

Des visions géopolitiques en réalité très proches

Les deux présidents démocrate et républicain, avec leurs administrations, font preuve d’une très grande continuité quant à, d’une part, la fin de la mondialisation économique et du libre-échange et, d’autre part, la priorisation des intérêts états-uniens à l’échelle mondiale.

La NSS 2022 était porteuse d’une virulente charge à l’encontre du bilan de la mondialisation des échanges économiques des trente dernières années et en tirait les conséquences : selon Jake Sullivan, conseiller à la Sécurité nationale de Joe Biden tout au long du mandat de celui-ci, « l’accès au marché a été pendant trente ans l’orthodoxie de toute politique commerciale : cela ne correspond plus aux enjeux actuels ».

L’enjeu clé est à présent la sécurité des chaînes d’approvisionnement, qui implique pour un certain nombre de produits stratégiques un découplage entre la Chine et les États-Unis : la sécurité économique redevient partie intégrante de la sécurité nationale.

Sur le plan domestique, le message était le grand retour de l’État dans l’économie avec la promotion d’« une stratégie industrielle et d’innovation moderne », la valorisation des investissements publics stratégiques et l’utilisation de la commande publique sur les marchés critiques afin de préserver la primauté technologique. La NSS 2025 ne dit pas autre chose en soulignant que « la sécurité économique est fondamentale pour la sécurité nationale » et reprend chaque sous-thème. La continuité est ici parfaite.

La priorisation géographique entre les deux NSS est également remarquable de continuité : 1) affirmation de la primauté de l’Indopacifique sur l’Europe ; 2) importance accordée aux Amériques, passées de la dernière place d’intérêt en 2015, derrière l’Afrique, à la troisième en 2022 et à la première en 2025.

Le premier point implique une concentration des efforts de Washington sur la Chine, et donc que le continent européen fasse enfin l’effort de prendre en charge sa propre sécurité afin de rétablir un équilibre stratégique vis-à-vis de la Russie. Le deuxième point se manifeste dans la NSS 2022 par la remontée des Amériques à la troisième place, devant le Moyen-Orient, et dans la NSS 2025 l’affirmation d’un « corollaire Trump à la doctrine Monroe », consistant à dénier à des compétiteurs extérieurs aux Amériques la possibilité d’y positionner des forces ou des capacités ou bien d’y contrôler des actifs critiques (tels que des ports sur le canal de Panama).

Dissensions idéologiques

Les deux présidents divergent sur deux points de clivage idéologique, à savoir la conception de la démocratie et le système international, y compris les questions climatiques.

La NSS 2022 avait réaffirmé le soutien sans ambiguïté des États-Unis à la démocratie et aux droits humains de par le monde, en introduisant néanmoins une nuance dans leurs relations internationales : sur le fondement du vote par 141 États de la résolution de l’ONU condamnant l’agression russe de l’Ukraine en mars 2022, l’administration Biden se montrait ouverte au partenariat avec tout État soutenant un ordre international fondé sur des règles telles que définies dans la Charte des Nations unies, sans préjuger de son régime politique.

La NSS 2025, au contraire, ne revendique rien de semblable : elle affirme avec force qu’elle se concentre sur les seuls intérêts nationaux essentiels des États-Unis (« America First »), proclame une « prédisposition au non-interventionnisme » et revendique un « réalisme adaptatif » (« Flexible Realism ») fondé sur l’absence de changement de régime politique, preuve en étant donnée avec le Venezuela, où le système chaviste n’a pas été renversé après l’enlèvement par les États-Unis de Nicolas Maduro.

De plus, la NSS 2025 redéfinit la compréhension même de la notion de démocratie autour d’une conception civilisationnelle aux contours très américains (liberté d’expression à la « sauce US », liberté religieuse et de conscience).

Second point de divergence : la NSS 2022 avait réaffirmé l’attachement de Washington au système des Nations unies, citées à huit reprises, et faisait de l’Union européenne (UE) un partenaire de choix dans un cadre bilatéral UE-États-Unis. C’est l’exact inverse dans la NSS 2025 : non seulement les Nations unies ne sont pas mentionnées une seule fois, mais les organisations internationales sont dénoncées comme érodant la souveraineté américaine.

En revanche, la primauté des nations est mise en exergue, et présentée comme antagoniste aux organisations transnationales. De plus, la notion d’allié est redéfinie à l’aune de l’adhésion aux principes démocratiques tels qu’exposés plsu haut. Cette évolution s’exprime plus particulièrement à l’égard de l’Europe.

La NSS 2025 et l’Europe

La partie de la NSS 2025 consacrée à l’Europe a été vivement critiquée dans les médias du Vieux Continent pour sa tonalité méprisante ; or le sujet n’est pas là. En effet, l’administration Trump opère une distinction fondamentale entre, d’une part, des nations qu’il convient de discriminer selon leur alignement avec la vision américaine de la démocratie et, d’autre part, l’UE, qu’il convient de détruire car elle constitue un contre-pouvoir nuisible. En d’autres termes, elle ne s’en prend pas à l’Europe en tant qu’entité géographique, mais à l’Union européenne en tant qu’organisation supranationale, les États-Unis se réservant ensuite le droit de juger de la qualité de la relation à établir avec chaque gouvernement européen en fonction de sa trajectoire idéologique propre.

La NSS 2025 exprime donc un solide consensus bipartisan sur les enjeux stratégiques auxquels sont confrontés les États-Unis et les réponses opérationnelles à y apporter, s’inscrivant ainsi dans la continuité du texte publié par l’administration Biden en 2022. Mais elle souligne aussi une divergence fondamentale sur les valeurs à mobiliser pour y faire face. C’est précisément ce que le secrétaire d’État Marco Rubio a rappelé dans son intervention lors de la conférence de Munich du 14 février 2026.

The Conversation

Olivier Sueur est chercheur associé au sein de l’Institut d’études de géopolitique appliquée (IEGA).

ref. La Stratégie de sécurité nationale des États-Unis : 2002 contre 2025, continuités et ruptures – https://theconversation.com/la-strategie-de-securite-nationale-des-etats-unis-2002-contre-2025-continuites-et-ruptures-276223

As war in Ukraine enters a 5th year, will the ‘Putin consensus’ among Russians hold?

Source: The Conversation – Global Perspectives – By Peter Rutland, Professor of Government, Wesleyan University

Does the nation stand behind him? Vyacheslav Prokofyev/AFP via Getty Images

Perceived wisdom has it that the longer a war goes on, the less enthusiastic a public becomes for continuing the conflict. After all, it is ordinary citizens who tend to bear the economic and human costs.

And yet, as the war following Russia’s full-scale invasion of Ukraine in February 2022 enters its fifth year, the attitude of the Russian public remains difficult to gauge: Just over half of Russians, according to one recent poll, expect the war to end in 2026; yet a majority say that should negotiations fail, Moscow needs to “escalate” with greater use of force.

As observers of Russian society, we believe this ambiguity in Russian public opinion gives President Vladimir Putin the cover to continue pushing hard for his goals in Ukraine. Yet at the same time, a deeper dive into the Russian public’s apparent support for the war suggests that it is more fragile than the Russian president would like to believe.

Putin’s social contract

From Day 1 of the conflict, Western strategy has been predicated on the belief that economic sanctions would eventually cause either the Russian elite or its society to persuade Putin to abandon the war.

This, in turn, is based on the assumption that the legitimacy of Putinism rests on a social contract of sorts: The Russian people will be loyal to the Kremlin if they enjoy a stable standard of living and are allowed to pursue their private lives without interference from the state.

The Russian economy has been struggling since 2014, so many analysts believed that this social contract was coming under strain even before the full-scale invasion of Ukraine. However, after four years of war, the combination of exclusion from European markets and a tripling of military spending has led to economic stagnation and mounting pressure on living standards.

One problem with the social contract approach is that it tends to downplay the role of ideology.

It is possible that Putin’s “Make Russia Great Again” propaganda resonates with a significant part of the Russian public. Polling has consistently placed Putin’s approval rating above 80% since the beginning of the Ukraine conflict.

Of course, the validity of the results of polls in an authoritarian society at war cannot be taken at face value. Yet, one shouldn’t rule out that some of that support is genuine and rests not just on a stable economy but also on popular endorsement of Putin’s pledge to restore Russia’s power and influence on the world stage.

A group of people walk down some steps
Is Putin leading Muscovites down a dark alley?
Hector Teramal/AFP via Getty Images

Rallying Russians

Some scholars point to a “rally around the flag” effect. There was an apparent surge in Putin’s approval rating after the use of military force against Ukraine in 2014 and 2022.

It is hard to tell whether the surge in support for Putin reflects a genuine shift in opinion or just a response to media coverage and what people perceive as the acceptable response.

The Kremlin has tried to hide the costs of the war from the public: concealing the true death toll and avoiding full-scale mobilization of conscripts by recruiting highly paid volunteers. It is also trying to keep the economy stable by drawing down the country’s reserve funds.

That leaves open the question of whether the “Putin consensus” will break down at some point in the future if the costs of the war start to hit home for a majority of Russians.

The problem with polls

The consensus view among observers is that a small minority of Russians oppose the war, a slightly larger minority enthusiastically support the war, and the majority passively go along with what the state is doing.

There are still some independent pollsters conducting surveys in Russia that report a high level of support among respondents for the “special military operation” against Ukraine, with figures ranging between 60% and 70%.

A number of researchers have pointed out the difficulty in getting an accurate snapshot of Russian public opinion, given that the polling questions might make the respondent fearful of being accused of breaking laws that penalize “spreading fake news” and “discrediting the army” with a lengthy prison sentence.

The Levada Center, which is still regarded as an independent and relatively reliable pollster, conducts its interviews face to face in people’s homes but has a very low response rate. Polls conducted online, in return for monetary rewards, can try to find demographically balanced respondents, but the problem of wariness about giving answers that are critical of the regime remains. In Russia’s current political environment, refusing to answer or giving a socially acceptable response is a rational strategy.

Some scholars, such as those associated with the Public Sociology Laboratory, which looks at public sentiment in post-Soviet states, still conduct fieldwork inside Russia, sending researchers to live incognito in provincial towns and observe social practices involving support for the war.

Their ethnographic research finds little evidence for a “rally around the flag” effect in provincial Russian society. Other analysts have turned to digital ethnography of social media as an alternative source of insight. But analysts unfamiliar with the local and digital context risk mistaking performative loyalty for genuine belief.

‘Internal emigration’

Most Russian citizens try to avoid political discussion altogether and retreat into what is often described as “internal emigration” – living their own lives while keeping interactions with the authorities to a minimum.

This practice dates back to the Soviet period but resurfaced as political repression increased after Putin’s return to the presidency in 2012.

There is no doubt that there are many fervent war supporters in Russia. They are quite vocal and visible because the state allows them to be – such as the military bloggers reporting from the front lines.

Apart from looking at opinion polls and social media, one can also probe the level of genuine support for the war by looking at everyday practices. If popular support for the war were enthusiastic, recruitment offices would be overwhelmed. They are not.

Instead, Russia has relied heavily on financial incentives, aggressive advertising, prison recruitment and coercive mobilization. At the same time, hundreds of thousands of men have sought to avoid conscription by leaving the country, hiding from authorities or exploiting legal exemptions.

Symbolic participation follows a similar pattern. State-sponsored Z symbols continue to dominate public space – the letter Z is used as a symbol of support for the war, in slogans such as “Za pobedu,” which translates to “for victory.” But privately displayed signs of support have largely disappeared.

A giant star with a letter Z on it is in front of a building.
A Kremlin star, bearing a Z letter, on display in front of the U.S. Embassy in Moscow on Dec. 15, 2025.
Alexander Nemenov/AFP via Getty Images

Humanitarian aid to be sent to soldiers on the front lines or occupied Ukraine is often collected through schools and churches, where participation is shaped by social or administrative pressure. But many participants frame their involvement as helping individuals rather than supporting the war itself.

Reality vs. lived experience

High-profile propaganda products frequently fail to resonate. Music charts and streaming platforms in Russia are dominated not by patriotic anthems but by an eclectic mix of songs about personal relationships, such as Jakone’s moody ballad “Eyes As Wet As Asphalt,” songs in praise of “Hoodies” and even a catchy Bashkir folk song.

Book sales show strong demand for works such as George Orwell’s “1984” and Viktor Frankl’s Holocaust memoir “Man’s Search for Meaning,” suggesting that readers are searching for ways to understand authoritarianism, trauma and moral responsibility rather than celebrating militarism.

And instead of watching the state-backed film “Tolerance,” a dystopian tale of moral decay in the West, Russians are streaming the “Heated Rivalry” gay hockey romance.

Putin’s campaign to promote what he sees as traditional values appears not to be cutting through. Divorce rates are among the highest in the world – and birth rates continue to fall.

Heading into the Ukraine war’s fifth year, the gulf between the Kremlin version of reality and the lived experience of ordinary Russians remains. It echoes a pattern we have seen before: In the final decade of the Soviet Union the Kremlin became increasingly out of touch with the views of its people.

History will not necessarily repeat itself – but the masters of the Kremlin should be conscious of the parallels.

The Conversation

Elizaveta Gaufman receives funding from European Union’s Horizon Research and Innovative Programme under Grant Agreement No. 101132671.

Peter Rutland does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organization that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. As war in Ukraine enters a 5th year, will the ‘Putin consensus’ among Russians hold? – https://theconversation.com/as-war-in-ukraine-enters-a-5th-year-will-the-putin-consensus-among-russians-hold-275666

Élevage d’insectes : s’inspirer des autres filières animales pour produire à grande échelle de façon durable

Source: The Conversation – in French – By Caroline Wybraniec, Chercheuse post-doctorale, Université de Tours

L’entomoculture est souvent présentée comme une alternative prometteuse face aux défis et aux limites des modes de production agricoles et alimentaires traditionnels. Quels enjeux cette filière émergente va-t-elle devoir relever pour continuer à se développer ? Il paraît crucial de s’inspirer de l’élevage traditionnel – qui s’appuie notamment sur des normes précises.


La start-up Ÿnsect a fait les gros titres de la presse ces dernières semaines suite à sa faillite. Certains dénoncent un « fiasco » ou interrogent sur la durabilité de l’élevage d’insectes à large échelle.

La critique est aisée, l’art est difficile. L’échec d’une initiative ne doit pas conduire à abandonner cette nouvelle façon de produire, en France, des ressources de grande qualité. Innovafeed, par exemple, redonne espoir à toute la filière grâce à ses récents succès commerciaux. Des entreprises comme Koppert et Biobest commercialisent également depuis des années des insectes auxiliaires pour la protection des cultures et la pollinisation.

Pour rappel, l’entomoculture consiste à élever des insectes en milieu contrôlé pour produire des protéines (alimentation animale ou humaine), des sous-produits (soie, colorants naturels, engrais) ou des insectes vivants (pour le biocontrôle en agriculture). Sur le plan environnemental, certains insectes peuvent également participer à l’économie circulaire. En effet, ils permettent de valoriser des coproduits de l’industrie agroalimentaire ou des déchets organiques. En agriculture, la protection des cultures par les insectes auxiliaires permet dans certains cas de remplacer les pesticides chimiques. En cela, elle s’inscrit dans les stratégies de lutte biologique encouragées par les politiques publiques.

Soutenue par la FAO depuis 2013 pour répondre aux enjeux de sécurité alimentaire et de résilience climatique, la filière est présentée comme une alternative à des modes de production alimentaires qui atteignent leurs limites face aux changements climatiques et à l’épuisement des ressources. Dans les faits toutefois, son développement fait encore face à des défis majeurs.

Des protéines pour l’alimentation animale

La consommation directe d’insectes par les Occidentaux reste limitée en raison de préjugés. En revanche, selon l’ADEME, plus de 70 % des Français accepteraient les protéines d’insectes dans l’alimentation animale, en remplacement des farines de poisson ou des tourteaux de soja massivement importés.

Bien que 2 000 espèces d’insectes soient comestibles dans le monde, l’UE n’en autorise qu’un nombre restreint : huit pour l’alimentation animale (ténébrion meunier, mouche soldat noire, grillons) et quatre pour l’alimentation humaine (criquet migrateur, ténébrion meunier, ténébrion de la litière, grillon domestique).

La France, qui figure parmi les leaders européens de ce secteur, mise sur les débouchés de production de protéines et de lutte biologique. Malgré des difficultés financières récentes, la filière conserve un fort potentiel.

gros plan sur une larve d’insecte
La larve de la mouche soldat noire, insecte utilisé pour l’alimentation animale.
Matthis Gouin, Fourni par l’auteur

Dans le cadre d’un atelier sur le sujet mené à Orléans en septembre 2025, nous avons identifié trois défis techniques majeurs. Structurer cette filière émergente nécessite :

  • la maîtrise des cycles biologiques,

  • la garantie de la sécurité sanitaire

  • et le contrôle de la qualité nutritionnelle.

Maîtriser les cycles biologiques

Un élevage à large échelle exige une connaissance fine de la biologie des insectes (physiologie, comportements, pathologies) et un contrôle strict des paramètres environnementaux (humidité, température, etc.). Par exemple, l’humidité influence la masse des larves de vers de farine. Les professionnels doivent donc instaurer des seuils d’alerte pour détecter les dysfonctionnements, tout en adaptant l’automatisation des procédés d’élevage aux spécificités de chaque espèce.

Comme pour tous les animaux de rente, la maîtrise du cycle biologique des insectes est essentielle pour la durabilité des élevages. Or, dans le cas de l’entomoculture, les professionnels ne maîtrisent pas encore bien leur production : la diversité des espèces, la sélection génétique débutante et la variabilité des substrats d’élevage compliquent à ce stade l’optimisation des paramètres d’élevage.

Pour l’instant, l’objectif n’est pas d’accélérer la croissance (comme cela peut l’être pour d’autres types d’élevage), mais au contraire de pouvoir la freiner en agissant sur des facteurs biologiques et environnementaux. L’enjeu est de mieux piloter les étapes suivantes de la production, comme la transformation, le stockage et le transport. C’est d’autant plus important pour ceux qui vendent des insectes vivants, comme les auxiliaires de lutte biologique contre les parasites et prédateurs.

gros plan sur un insecte vert posé sur des fleurs blanches
La chrysope, un insecte utilisé comme auxiliaire de culture.
Matthis Gouin, Fourni par l’auteur

Le contexte local (température, humidité, ressources) ajoute une couche de complexité, qui rend l’expertise humaine indispensable. Il faut combiner observation directe, expérience de terrain et adaptabilité. Afin de comparer les pratiques et identifier les facteurs de réussite, le recours à des indicateurs standardisés est nécessaire. Pour les mettre en place, la filière peut s’inspirer des référentiels techniques des élevages traditionnels, comme ceux de la filière porcine (GTTT, GTE), ou des bases de données collaboratives, comme le SYSAAF pour les filières avicoles et aquacoles.

Biosécurité : des enjeux sanitaires spécifiques

Comme pour les élevages traditionnels, l’entomoculture exige par ailleurs un haut niveau de sécurité sanitaire, adapté à la destination des produits : alimentation animale et humaine, ou auxiliaires de culture.

Pour garantir ces exigences, les entreprises doivent compartimenter leurs unités, prévoir des vides sanitaires et des protocoles stricts (gestion des contaminations, éradication des nuisibles, nettoyage). La surveillance des substrats et des supports d’élevage est cruciale, surtout s’ils sont stockés longtemps.

Les producteurs utilisent à cette fin des indicateurs (taux de mortalité, rendement en biomasse, durée des cycles) pour détecter les anomalies. Leurs causes peuvent être multiples : insectes compétiteurs, vecteurs de pathogènes, ou pathogènes cryptiques (c’est-à-dire, dont les signes d’infection ne sont pas immédiatement visibles).

À ce stade toutefois, la connaissance de ces menaces reste limitée : les données sur les virus infectant la mouche soldat noire, par exemple, sont récentes. Pour accompagner l’essor de cette filière, il serait judicieux qu’une nouvelle branche de médecine vétérinaire spécialisée dans les insectes voie le jour. La collaboration avec les laboratoires de recherche en biologie des insectes reste également indispensable pour développer protocoles et procédures de biosécurité sans tomber dans une asepsie totale, qui serait contre-productive : le microbiote des insectes est essentiel à leur croissance et leur fertilité), en d’autres termes à leur santé.

gros plan sur un insecte noir
Mouche soldat noire au stade adulte.
Matthis Gouin, Fourni par l’auteur

La stimulation du système immunitaire des insectes, principalement innée, peut passer par une « vaccination naturelle », à travers l’exposition à de faibles doses de pathogènes. Cette approche, testée chez l’abeille contre la loque américaine, pourrait être étendue. Une autre piste est la récolte précoce en cas d’infection naissante, pour limiter les pertes.

Cette stratégie nécessite toutefois un arbitrage entre rendement optimal et gestion du risque sanitaire. Le cadre réglementaire actuel est inadapté : les élevages d’insectes ne sont pas couverts par la législation européenne sur la santé animale, et aucune obligation ne contraint à déclarer les pathogènes aux autorités sanitaires. Intégrer l’entomoculture au cadre réglementaire européen existant, tout en adaptant les normes à l’échelle et au budget des producteurs, semble donc indispensable.

Des normes de contrôle qualité à adapter

Se pose enfin la question de la composition nutritionnelle des produits, qui dépend directement de l’alimentation des insectes.

Un substrat riche en acides gras insaturés, par exemple, enrichira les produits finaux en ces mêmes nutriments. Toutefois, cette donnée reste à nuancer selon les espèces et les autres paramètres de production. Les substrats sélectionnés doivent donc correspondre aux critères et aux marchés visés mais également aux comportements alimentaires des espèces élevées et être optimisés pour fournir un rendement optimal. Pour les auxiliaires, un insecte de bonne qualité montre des signes visibles de vitalité et d’adaptabilité aux conditions d’application (culture, serre, verger…).

D’autres paramètres influencent la qualité : le stade et l’âge des insectes, la méthode de mise à mort, le processus de transformation (risque de dégradation nutritionnelle) et le choix de l’espèce. Les professionnels doivent maîtriser les besoins nutritionnels de leurs insectes, la variabilité, la digestibilité des substrats d’élevage et les rendements des processus de transformation. La qualité des produits issus de l’entomoculture doit, enfin, être contrôlée tout au long de la chaîne de production, avec des exigences renforcées pour les marchés de l’alimentation.

Face à ces enjeux, la filière se trouve confrontée à un dilemme réglementaire. Faut-il appliquer directement les normes d’autres productions animales (filières aquacoles ou avicoles par exemple), au risque d’imposer des contraintes inadaptées et potentiellement contre-productives pour une filière aux spécificités biologiques et techniques très différentes ?

Ou bien attendre l’élaboration de réglementations spécifiques aux insectes, au risque de ralentir le développement du secteur et de créer une incertitude juridique ? Une approche pragmatique serait d’adapter progressivement les normes existantes aux réalités de l’entomoculture.

Structurer une filière d’avenir

L’entomoculture représente une piste sérieuse pour relever les défis alimentaires et climatiques du XXIe siècle. Mais son succès dépendra de notre capacité collective à structurer cette filière naissante tout en préservant son potentiel innovant.

Pour qu’elle puisse répondre aux attentes futures, plusieurs défis doivent être relevés. D’abord, créer des référentiels et standardiser les pratiques : guides de bonnes pratiques partagés, protocoles cadrés par espèce, formations pour les opérateurs et décideurs. L’équilibre entre automatisation et expertise humaine reste crucial, notamment pour évaluer des paramètres non mesurables par des capteurs.

Ensuite, améliorer la gestion des risques en instaurant des seuils d’alerte et en hiérarchisant les causes possibles de dysfonctionnement pour les anticiper. Les élevages devront aussi s’adapter aux contextes locaux, particulièrement en matière d’énergie et de ressources disponibles.

Enfin, faire évoluer la législation pour inclure pleinement l’entomoculture, y compris dans les certifications, comme le bio, et les lois sur l’éthique animale dont les insectes restent aujourd’hui exclus. Cet angle mort réglementaire peut convenir provisoirement à certains opérateurs, mais constitue un frein à la crédibilité et à l’acceptabilité sociale de la filière dans son ensemble.

The Conversation

Caroline Wybraniec a reçu des financements de l’ANR FLYPATH (ANR-24-CE20-6083).

Bertrand Méda a reçu des financements de l’Institut Carnot France Futur Elevage (projet PINHS, 2020-2023).

Christophe Bressac a reçu des financements de la région centre val de Loire (projet BioSexFly) et de la BPI (i-Démo FrenchFly)

Elisabeth Herniou a reçu des financements de l’ANR FLYPATH (ANR-24-CE20-6083) et EU Marie Sklodowska-Curie grant agreement 859850 INSECT DOCTORS).

Matthis Gouin a reçu des financements de l’ANR FLYPATH (ANR-24-CE20-6083) et Région Centre Val de Loire

ref. Élevage d’insectes : s’inspirer des autres filières animales pour produire à grande échelle de façon durable – https://theconversation.com/elevage-dinsectes-sinspirer-des-autres-filieres-animales-pour-produire-a-grande-echelle-de-facon-durable-275053