El alto el fuego acordado por Estados Unidos e Israel con Irán pone fin temporalmente a una guerra costosa, pero ¿podrá durar la paz?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Amin Saikal, Emeritus Professor of Middle Eastern Studies, Australian National University; The University of Western Australia; Victoria University

La aceptación por parte del presidente Donald Trump de una propuesta pakistaní para un alto el fuego de dos semanas en la guerra con Irán ha supuesto un suspiro de alivio para la comunidad internacional.

Apenas unas horas antes, muchos se habían alarmado ante las amenazas de Trump de bombardear a Irán hasta devolverlo a “la edad de piedra” y destruir su “civilización”.

El alto el fuego ofrece un respiro para negociar un “acuerdo definitivo sobre la paz a largo plazo con Irán y la paz en Oriente Medio”, según Trump. Sin embargo, el camino hacia un acuerdo definitivo será complejo y accidentado, aunque no insuperable.

Subestimar al enemigo

Tras seis semanas de escalada bélica y retórica, que comenzaron con los ataques conjuntos de EE. UU. e Israel contra Irán y la contundente respuesta de este último, los tres combatientes no solo se han infligido graves golpes mutuamente. La región y el mundo también han sufrido una crisis masiva del petróleo, el gas licuado y la inflación, ya que Teherán cerró el estrecho de Ormuz.

Esto no entraba en las previsiones de Trump. Inicialmente, anticipó que el poderío militar combinado de EE. UU. e Israel se impondría rápidamente. Esto obligaría a Teherán, que había reprimido las protestas públicas generalizadas a principios de año, a capitular y, de este modo, abriría el camino a un cambio de régimen favorable.

Pero el Gobierno iraní demostró ser más resistente y capaz de lo previsto. Actuó de forma estratégica al atacar activos estadounidenses en todo el golfo Pérsico e Israel, además de cerrar el estrecho.

Mientras tanto, Trump no pudo solicitar el apoyo activo de los aliados de EE. UU. para sus esfuerzos bélicos conjuntos con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Netanyahu está acusado por la Corte Penal Internacional de crímenes de guerra en Gaza.

No se consultó a los aliados, y estos no consideraron que participar en una guerra contraria al derecho internacional y a la Carta de las Naciones Unidas redundara en beneficio de sus intereses nacionales.

Un coste de miles de millones

Además, los adversarios globales de Estados Unidos, Rusia y China –ambos con acuerdos de cooperación estratégica con Irán–, se opusieron vehementemente a la guerra. Se unieron a decenas de otros países de todo el mundo para pedir una desescalada y medidas para evitar más repercusiones económicas.

El conflicto se amplió. Israel desató una campaña para ocupar el sur del Líbano en respuesta a los ataques del grupo paramilitar libanés Hezbolá, alineado con Irán.

Los costes de la guerra se dispararon entonces para todas las partes. Solo para EE.  UU., ascendió a al menos 1 000 millones de dólares cada día. Esto aumentó sustancialmente la deuda federal, que se acercaba a los 40 billones de dólares.

La situación se convirtió en una carrera entre misiles ofensivos y misiles interceptores; solo sería cuestión de quién se quedara sin munición primero.

Recientemente, los medios informaron de que a Israel se le estaban agotando los interceptores y que las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) se enfrentaban a una escasez de efectivos.

Impopular en EE. UU.

Por otro lado, a pesar de la decapitación de su liderazgo por parte de EE. UU. e Israel, la supremacía aérea y el bombardeo de miles de objetivos militares y no militares, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica mantuvo una capacidad de represalia sostenida. Consiguió lanzar docenas de misiles y drones a diario contra objetivos en el Golfo e Israel.

Y lo que es más importante, la guerra resultó cada vez más impopular en Estados Unidos. A medida que la población sentía sus efectos en el aumento del coste de la vida y en las gasolineras, alrededor del 61 % de los ciudadanos se opuso al conflicto. La popularidad de Trump se desplomó en las encuestas de opinión.

En vista de estas variables, Trump no podía cumplir su promesa de intensificar la Operación Furia Épica hasta el punto de borrar del mapa un país tan grande como Irán.

Las características culturales y patrióticas iraníes, así como la devoción de muchos ciudadanos del país por el rama chií del islam, actuaron como un freno frente a la agresión exterior, al igual que en ocasiones anteriores de su historia.

Un largo camino por delante

Esto no quiere decir que negociar y alcanzar un acuerdo integral para una paz duradera entre EE. UU. e Irán vaya a ser fácil.

Pero una parte crucial de la aceptación del alto el fuego por parte de Trump, que nos da una idea de su forma de pensar, es la siguiente:

Hemos recibido una propuesta de 10 puntos de Irán (en respuesta a la propuesta de 15 puntos de EE. UU.), y creemos que es una base viable sobre la que negociar. Casi todos los diversos puntos de desacuerdo del pasado han sido acordados entre Estados Unidos e Irán, pero un periodo de dos semanas permitirá que el acuerdo se finalice y se consuma.

Los diez puntos incluyen el cese de las hostilidades en todos los frentes, incluido el Líbano, si bien Israel ha afirmado desde entonces que el Líbano no está incluido en el alto el fuego.

Algunos de los otros elementos clave son:

  • Estados Unidos debe comprometerse fundamentalmente a garantizar la no agresión.

  • Irán seguirá controlando el estrecho de Ormuz.

  • Se retirarán las sanciones primarias y secundarias contra Irán.

  • Y se aceptará derecho de Irán a enriquecer uranio para su programa nuclear (con fines pacíficos).

Ahora le corresponde a Trump meter en vereda a Netanyahu, quien ha trabajado arduamente durante mucho tiempo no solo para destruir al Gobierno iraní, sino también para reducir el papel del Teherán como actor regional.

Si esto ocurre y todas las partes negocian de buena fe, hay motivos para el optimismo. Podríamos asistir al amanecer de un orden regional de posguerra basado más en un acuerdo de seguridad colectiva que en la supremacía regional de un actor sobre otro.

The Conversation

Amin Saikal no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El alto el fuego acordado por Estados Unidos e Israel con Irán pone fin temporalmente a una guerra costosa, pero ¿podrá durar la paz? – https://theconversation.com/el-alto-el-fuego-acordado-por-estados-unidos-e-israel-con-iran-pone-fin-temporalmente-a-una-guerra-costosa-pero-podra-durar-la-paz-280168

Pourquoi le prix de l’essence à la pompe ne baisse pas aussi vite qu’il monte

Source: The Conversation – in French – By Salomée Ruel, Professeur, Pôle Léonard de Vinci

Pour un litre d’essence à 2,03 euros, le droit d’accise (ex-TICPE) représente 40,4 %, le pétrole brut 28,6 %, la distribution 14,4 %, la TVA 8,6 %. Gautier Normand/Shutterstock

Les prix à la pompe montent comme une fusée, mais descendent comme une plume. Un paradoxe en apparence mystérieux. En réalité, un litre de carburant est la somme de trois paramètres : le produit, à savoir le pétrole brut qui est ensuite raffiné, le couple logistique et distribution, et surtout les taxes. Comprendre cette décomposition clarifie les éventuelles marges de manœuvre de l’État, des producteurs et des distributeurs.


Au début était le produit, l’« or noir ». Le carburant vient du pétrole brut, souvent indexé sur le prix du Brent, converti du dollar vers l’euro, puis transformé dans des raffineries. À l’ouverture de la bourse, le 15 février 2026, le prix d’un baril de Brent était de 68,54 dollars (59,77 euros), de 100,88 dollars (87,98 euros) le 24 mars 2026 et de 106,6 dollars (92,97 euros) le 30 mars 2026.

Décomposition du prix de SP95 en France en 2026.
Roole

Logiquement, lorsque le prix d’un baril de Brent augmente (ou quand l’euro baisse), le coût de matières premières dans le prix final du carburant augmente lui aussi. À l’inverse, si le prix du pétrole brut diminue, mécaniquement le coût de matière première baisse, mais pas toujours instantanément ! En effet, il existe des délais liés aux stocks ou aux circuits d’approvisionnement.

Un ordre de grandeur aide à se repérer : un baril de Brent contient 159 litres. Une variation de dix dollars supplémentaires par baril (8,69 euros) fait monter le prix d’un litre d’essence de 6 cents de dollars (0,052 euro) « avant taxes », auxquels s’ajoutent les effets du taux de change et du raffinage.

Prix d’un baril de Brent au 31 mars 2025, 73,76 dollars ; au 31 mars 2026, 115,04 dollars.
Boursorama

Du dépôt pétrolier vers la station-service

Une autre partie du prix concerne le transport, le stockage et la vente de carburant depuis les dépôts pétroliers vers les stations-service.

Ces coûts logistiques augmentent année après année du fait de l’inflation – 5,2 % en 2022 et 0,9 % en 2025. Des salaires plus hauts ou une mise aux normes auront des conséquences sur le prix du carburant. D’après l’Insee, depuis 2022, les coûts de transport-distribution ont augmenté « plus modérément » que le pétrole brut et le raffinage, mais tout de même d’environ + 9 centimes d’euros par litre sur la période étudiée.

Avant même la marge des stations-service, une part du prix reflète des marges en amont, notamment la marge de raffinage et les conditions du marché de gros. Elles peuvent varier rapidement, notamment en cas de tensions logistiques.

Autre point important : malgré les débats, la marge nette d’une station-service reste généralement faible. De 2 centimes d’euros par litre pour les stations en grande distribution à environ 8 centimes d’euros par litre pour des stations plus onéreuses du réseau des indépendants.

Les consommateurs peuvent suivre en temps réel les prix des carburants dans les stations-service de l’Hexagone.
Gouv.fr

Taxes de l’État

Les taxes, fixées par l’État et complétées par les régions, sont la part la plus visible du prix d’un litre de carburant. Elles représentent entre 50 % et 60 % du prix final, selon le type de carburant et le niveau du baril. Résultat : quand le prix du brut varie, seule une partie du prix à la pompe peut s’ajuster, le reste étant fiscal et donc relativement rigide.

Deux éléments sont à prendre en compte :

  • L’accise (ex-taxe intérieure de consommation sur les produits énergétiques, ou TICPE), qui représente 36 % du prix à la pompe du gazole et 39 % de celui du sans-plomb (SP95). Le montant fixe par litre (en 2026, hors majorations régionales, est de 68,29 centimes d’euros par litre pour l’essence et 59,40 centimesd’euros par litre pour le gazole. L’accise nationale est stable depuis 2018.

  • La taxe sur la valeur ajoutée (TVA), à 20 % depuis 2006, qui s’applique sur le prix hors taxe, mais aussi sur l’accise. Quand le prix du produit monte, la TVA augmente mécaniquement.

En 2025, toutes les régions, sauf la Corse, ont adopté la majoration maximale du taux de l’accise.

Effets contre-intuitifs d’une baisse de taxe

Du côté de l’État, le principale marge de manœuvre est fiscale. Par exemple, modifier l’accise temporairement ou durablement, et jouer sur des dispositifs de compensation comme les « remises » universelles ou ciblées.

En 2026, le gouvernement de Sébastien Lecornu privilégie un plan de soutien de 70 millions d’euros avec des « aides ciblées ».




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Toute baisse de taxe a un coût budgétaire très significatif, car l’accise sur les carburants reste une recette majeure. En 2022, les remises sur les prix à la pompe avaient coûté plus de huit milliards d’euros à l’État ; en 2023, les chèques carburants près d’un milliard.

À noter un élément essentiel contre-intuitif : quand les prix augmentent, les automobilistes finissent souvent par réduire leur consommation. Or, l’accise est perçue par litre. Par conséquent, si les volumes baissent, les recettes d’accise baissent aussi, ce qui peut annuler (voire inverser) le gain de TVA lié à un prix plus élevé.

Marges (faibles) des distributeurs

Affiche de l’« opération transparence » carburant.
40 millions d’automobilistes, CC BY-NC

Côté distributeurs, les stations-service, comme celles Shell, Avia, TotalEnergies, Carrefour, Leclerc ou Esso, peuvent ajuster leurs marges. Sur un produit très concurrentiel comme le carburant, il n’est question que de quelques centimes seulement.

C’est pourquoi la Fédération nationale de l’automobile et l’association 40 millions d’automobilistes (opposée aux radars urbains et aux pistes cyclables à Paris après le confinement) ont lancé le 19 mars 2026 « l’opération transparence ». L’enjeu : afficher à leur caisse le détail précis du prix d’un litre de carburant.

« Rockets and Feathers »

« Les prix montent comme une fusée, mais descendent comme une plume. » En économie, ce phénomène est connu sous le nom de Rockets and Feathers. Une étude sur le marché britannique souligne que les prix de détail s’ajustent plus rapidement quand les coûts augmentent que lorsqu’ils baissent. Une autre étude, aux États-Unis, confirme cette contradiction.

Évolution des prix des carburants en France de 2007 à 2026.
Roole, CC BY-NC

Cette asymétrie apparaît pour plusieurs raisons.

Délais et stocks

Une station vend « aujourd’hui » du carburant acheté « hier ». Si le brut baisse, le prix « théorique » baisse tout de suite, mais le carburant en cuve a été payé à l’ancien coût.

À l’inverse, quand les coûts montent, le risque de vendre à perte rend l’ajustement plus rapide. Car, la vente à perte est une pratique commerciale interdite.




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Coûts d’ajustement et de coordination

Dans beaucoup de réseaux de distribution, les prix sont modifiés « par salves » plutôt qu’en continu. Les stations ne révisent pas leur affichage à chaque microvariation du marché, mais à des moments précis (par exemple, une ou deux fois par jour), souvent en regardant les prix des stations voisines. Ce mode d’ajustement peut rendre les baisses plus lentes, parce que la station attend davantage d’informations (confirmation de la baisse) ou le « bon moment » pour s’aligner.

Comportement des automobilistes

Quand les prix flambent, les consommateurs comparent plus, changent de station, et la concurrence « s’active » : d’où les mises à jour de prix plus régulières. Quand les prix baissent, la pression concurrentielle est généralement moins intense. La baisse se diffuse alors plus lentement.

Taxes « rigides »

La présence d’une accise fixe, ou « rigidifie », le prix. Quand le produit baisse, la part fiscale reste la même. Logiquement, la baisse totale à la pompe est mécaniquement moins spectaculaire que la variation du pétrole (et donc, parfois moins visible).

Coûts à long-terme

Quand l’actualité géopolitique se tend, notamment dans le détroit d’Ormuz, c’est surtout le « paramètre produit » qui s’emballe, puis qui se transmet implacablement vers les pompes des stations-service. Par conséquent, les automobilistes voient leur facture en carburant augmenter inexorablement.

Pour pallier ces hausses tarifaires, l’État dispose d’un levier réel via les taxes (TVA et droit d’accise), mais il est politiquement sensible et coûteux pour les finances publiques.

Les producteurs de pétrole, comme le Canada, l’Arabie saoudite ou le Kazakhstan, influencent l’amont via le niveau de production et le prix d’un baril de pétrole brut (Brent). Les distributeurs jouent surtout sur la vitesse de répercussion des prix, avec des bénéfices limités.

Ces marges de manœuvre existent, mais elles sont rarement immédiates, et presque toujours assorties d’un coût à moyen terme et long terme.

The Conversation

Salomée Ruel ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Pourquoi le prix de l’essence à la pompe ne baisse pas aussi vite qu’il monte – https://theconversation.com/pourquoi-le-prix-de-lessence-a-la-pompe-ne-baisse-pas-aussi-vite-quil-monte-279632

Slopaganda wars: how (and why) the US and Iran are flooding the zone with viral AI-generated noise

Source: The Conversation – Global Perspectives – By Mark Alfano, Associate Professor of Philosophy, Macquarie University

Tasnim News Agency / YouTube

In early March, a week after the first US-Israeli strikes on Iran, the White House posted a video of real American attacks mixed with clips from popular movies, television series, video games and anime.

Iran and its sympathisers responded to the strikes by flooding social media with outdated war footage allegedly from the current conflict alongside AI-generated content depicting attacks on Tel Aviv and US bases in the Persian Gulf.

More recently, viral video clips reportedly created by a team of Iranians depict Donald Trump, Jeffrey Epstein, Satan, Benjamin Netanyahu, Pete Hegseth, Ayatollah Khamenei, and others as Lego figurines.

Welcome to the brave new world of slopaganda.

The rise of slopaganda

Late last year, in a paper published in Filisofiska Notiser, we coined the portmanteau “slopaganda” to refer to AI-generated slop that serves propagandistic purposes.

By propaganda we mean communication intended to manipulate beliefs, emotions, attention, memory and other cognitive and affective processes to achieve political ends. Add generative artificial intelligence and the result is slopaganda.

The slopaganda situation has since become far worse than we expected.

In October 2025, US President Donald Trump posted an AI-generated video depicting himself piloting a fighter jet while wearing a crown and dumping faeces on American protesters. More recently, he posted an AI-generated video envisaging his presidential library as an enormous gaudy skyscraper, complete with a golden elevator.

Lego-themed Iran-created slopaganda is just the latest example. The material isn’t just videos. It can also be images, text, or whatever else AI can generate.

How slopaganda slips through our defences

What is the point of all this slopaganda? We have several answers so far.

First, through repeated exposure in both legacy and social media, slopaganda can penetrate our usual mental defences. It works when it is attention-grabbing, emotionally arresting – typically in a negative way – and delivered to a distracted audience, such as people scrolling social media or switching between browser tabs.

Second, it is a very effective way of diluting the epistemic environment – the world of what we think we know – with falsehoods and half-truths. As philosophers have argued, ChatGPT and other generative AI tools can be machines for bullshit, in the sense of content that is indifferent to truth.

Slopaganda can be understood as a special kind of AI bullshit, but its unique features become clearer when we look at its use in campaigns such as the Iranian Lego videos.

This is not just bullshit. No one is misled into thinking Trump can pilot an F-16 and drop faeces out of it. No one (we hope) believes plastic Trump Lego figurines are in cahoots with a plastic Satan figurine.

Rather than aiming for accuracy, the slopaganda is expressive and emblematic of feelings and emotions, and meant to create an association. The intended linkages are something like Satan is associated with Trump while the United States is associated with evil, and so on.

What slopaganda means for shared truth

A third point is that some slopaganda is indeed misleading. This may be by design, or because a joke or trolling escapes its intended context and is misunderstood as serious – a phenomenon scholars call “context collapse”. Misleading slopaganda, including deepfakes, can be generated quickly during conflicts, crises and emergencies, when people want information but authoritative sources are scarce.

Once misleading information or a particular association enters someone’s mind, it can be hard to shake. Because slopaganda can reach huge audiences, even a small misleading effect in the general population may have significant consequences. State actors, corporations, and private individuals can potentially influence group beliefs and decisions, including election results, protest movements, or general sentiment about an unpopular war.

Fourth, the prevalence of slopaganda may make us doubt everything else. People will no doubt become better at spotting this kind of material, but they will also become more likely to misidentify authentic content as slop. As a result, public trust in genuinely trustworthy individuals and institutions may also fall.

When this occurs, the overall effect is likely to be a general lowering of public trust in genuinely trustworthy individuals and institutions, leading to a kind of nihilistic doubt in really knowing anything.

When it’s hard or impossible to identify trustworthy sources, you can choose to believe whatever you find comforting, invigorating or infuriating. In increasingly polarised societies struggling with interlocking economic, political, military and environmental crises, the breakdown of shared sources of truth will only make things worse.

3 ways to stave off slopagandapocalypse

What can be done about the slopaganda shitstorm? In our paper, we discuss interventions at three different levels.

First, individuals can become more digitally literate, for instance by looking for telltale signs of AI in text, images and video. They can also learn to check sources rather than merely glancing at headlines and other content, as well as to block sources that routinely spread slopaganda, rather than attempting to evaluate each piece of content in a vacuum. This will help them avoid falling for slopaganda while still trusting authentic sources of news and other information.

Second, industry and regulators can implement technological fixes to watermark AI-generated content. Some content may even need to be removed from platforms where people see news and other important information.

Third, large tech companies such as OpenAI, Google and X can be held accountable for what they have made. This could be done through taxation and other interventions to fund both regulatory efforts and education in digital literacy.

Slopaganda is probably here to stay. But with sufficient foresight and courage, we may still be able to adapt to it – and even control it.

The Conversation

Mark Alfano receives funding from the Australian Research Council.

Michał Klincewicz does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Slopaganda wars: how (and why) the US and Iran are flooding the zone with viral AI-generated noise – https://theconversation.com/slopaganda-wars-how-and-why-the-us-and-iran-are-flooding-the-zone-with-viral-ai-generated-noise-280024

Plagiarised research passed automated tests, and I detected it – but only because it copied my work

Source: The Conversation – Global Perspectives – By Carolyn Heward, Senior lecturer, Clinical Psychology, James Cook University

Earlier this year, I published a paper on the ethics of researching military populations.

The core argument was straightforward: the standard rules researchers follow to protect participants – for example, informed consent and voluntary participation – don’t work the same in an institution built on hierarchy and obedience.

A soldier can, as protected by ethics, say no to participating in research. But when their commanding officer has nominated them, the practical reality of saying no is very different from the legal right to do so. My paper explored the tension between ethical rights and lived reality.

A couple of weeks ago I was asked to peer-review a manuscript submitted to a psychology journal on the same topic. It didn’t take long for me to become suspicious. As I read on, I came to realise the safeguards in place to protect research integrity are not keeping pace with the tools that can be used to circumvent them.

From factual errors to reproduced memos

Within the first couple of pages of the manuscript, I recognised my own work.

The manuscript had the same argument as mine, a similar structure and conceptual framework. Most alarmingly though, it contained my reflexive memos, reproduced and paraphrased as though they belonged to someone else.

Reflexive memos are a kind of research diary, in which a researcher documents their personal reflections on their own research: the dilemmas they faced, the decisions they made, the things they noticed that shaped their thinking. Reflexive memos aren’t drawn from the literature; you can’t find them in another paper and reference them. They come from the researcher’s own life.

Mine documented what is was like navigating a 24-month institutional approval process that became an ordeal of lost paperwork, shifting requirements and bureaucratic dead ends. They documented the concept of being “voluntold” – that is, watching defence personnel be put forward for supposedly voluntary training programs, and recognising the unspoken pressure that made refusal practically impossible.

In the memos, I also documented the tension I felt as a clinical psychologist between my professional obligations around confidentiality and the reporting requirements imposed on me as a researcher working within the defence organisation.

These were reproduced as if they had happened to someone else.

The manuscript also got something factually wrong. It reproduced a scenario from my fieldwork on an Australian Defence Force base, describing the force’s values displayed on flags on the main thoroughfare.

It substituted the value of “bravery” instead of the correct value, “courage” – a synonym, yes, but any researcher working in this field would spot that immediately.

A lucky catch

I can’t say with any certainty how the manuscript was produced. Nor am I sure of what happened to the manuscript after I raised my concerns.

What I can say is that the systematic paraphrasing throughout, the basic factual error, and the reference list padded with loosely relevant citations, is consistent with the use of AI.

The editor-in-chief of the journal, after confirming the plagiarism, reached the same conclusion.

The journal ran the manuscript through iThenticate, an industry-standard plagiarism software used by many major academic publishers. It returned an 8% similarity match, below the threshold that would normally prompt editorial concern. The 8% corresponded to my published article. The rest had been paraphrased thoroughly enough to look like original work.

The incentive structures of academic publishing, where the number of papers you publish affects your career progression and your institution’s rankings, create conditions where the temptation to cut corners is real.

The editor-in-chief noted that the humanities and social sciences have so far been relatively unaffected by fake science flooding scientific literature. He told me he hopes the social sciences and humanities will remain relatively spared from this phenomenon, but I suspect this may be changing.

The peer review system worked in this case. But only because the manuscript happened to be sent to the person whose work had been reproduced. That’s luck, not a safeguard.

Plagiarism tools are designed to find matching text. They’re not designed to ask whether the experiences reported in a piece of writing could plausibly belong to the person claiming them. That’s a question only a human reader with a genuine knowledge of the field can answer.

A deeper concern

But there was a deeper concern that really got to me.

When someone plagiarises a literature review, they steal intellectual ideas. When someone plagiarises a methods section, they steal intellectual labour.

But when someone reproduces a reflexive memo and presents it as their own, that isn’t about claiming someone else’s ideas; they’re claiming someone else’s experiences.

They’re essentially saying: “I was there, I felt this, this happened to me”. They were not there, they did not feel it, it did not happen to them.

I’ve spent more than a decade working as a clinical psychologist within defence mental health services. That clinical experience is what drew me to this research in the first place. The ethical tensions I documented in my article came from my work as a researcher, from real moments, my lived experiences.

Reading them reproduced in someone else’s name was a particular kind of violation that I’m not sure our existing language around plagiarism quite captures.

The Conversation

Carolyn Heward does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Plagiarised research passed automated tests, and I detected it – but only because it copied my work – https://theconversation.com/plagiarised-research-passed-automated-tests-and-i-detected-it-but-only-because-it-copied-my-work-279553

When a president is unfit for office, here’s what the Constitution says can happen

Source: The Conversation – USA – By Kirsten Matoy Carlson, Professor of Law and Adjunct Professor of Political Science, Wayne State University

President Donald Trump mimics an Iranian protester being shot while holding a news conference in the White House on April 6, 2026. Tom Williams/CQ-Roll Call, Inc via Getty Images

Bipartisan calls for President Donald Trump’s removal from office increased on April 7, 2026, after he issued threats to destroy “a whole civilization” if Iran refuses to reopen the Strait of Hormuz.

These calls have come from across the political spectrum, from Democratic Reps. Alexandria Ocasio-Cortez of New York and Melanie Stansbury of New Mexico to former Rep. Marjorie Taylor Greene and right-wing pundit Alex Jones. Unlikely allies seem to agree that the president has gone too far and needs to be reined in.

Their concerns have emerged as Iran has walked away from talks to end the war and Trump’s language suggests that he plans to escalate it by destroying the country’s power plants and bridges.

Concerns over Trump’s fitness for office have grown in recent weeks as his commentary has become more erratic.

If lawmakers do attempt to remove Trump from office, here’s what would happen:

A scene of the Senate voting in Trump's impeachment trial in 2020
Donald Trump has been impeached twice, but has not convicted.
Senate Television via AP

25th Amendment

The Constitution’s 25th Amendment provides a way for high-level officials to remove a president from office. It was ratified in 1967 in the wake of the 1963 assassination of John F. Kennedy – who was succeeded by Lyndon Johnson, who had already had one heart attack – as well as delayed disclosure of health problems experienced by Kennedy’s predecessor, Dwight Eisenhower.

The 25th Amendment provides detailed procedures on what happens if a president resigns, dies in office, has a temporary disability or is no longer fit for office.

It has never been invoked against a president’s will, and has been used only to temporarily transfer power, such as when a president is undergoing a medical procedure requiring anesthesia.

Section 4 of the 25th Amendment authorizes high-level officials – either the vice president and a majority of the Cabinet or another body designated by Congress – to remove a president from office without his consent when he is “unable to discharge the powers and duties of his office.” Congress has yet to designate an alternative body, and scholars disagree over the role, if any, of acting Cabinet officials.

The high-level officials simply send a written declaration to the president pro tempore of the Senate – the longest-serving senator from the majority party – and the speaker of the House of Representatives, stating that the president is unable to discharge the powers and duties of his office. The vice president immediately assumes the powers and duties of the president.

The president, however, can fight back. He or she can seek to resume their powers by informing congressional leadership in writing that they are fit for office and no disability exists. But the president doesn’t get the presidency back just by saying this.

The high-level officials originally questioning the president’s fitness then have four days to decide whether they disagree with the president. If they notify congressional leadership that they disagree, the vice president retains control and Congress has 48 hours to convene to discuss the issue. Congress has 21 days to debate and vote on whether the president is unfit or unable to resume his powers.

The vice president remains the acting president until Congress votes or the 21-day period lapses. A two-thirds majority vote by members of both houses of Congress is required to remove the president from office. If that vote fails or does not happen within the 21-day period, the president resumes his powers immediately.

The 25th Amendment
The 25th Amendment to the U.S. Constitution.
National Archives via AP

The case for impeachment

Article II of the Constitution authorizes Congress to impeach and remove the president – and other federal officials – from office for “Treason, Bribery, or other high Crimes and Misdemeanors.” The founders included this provision as a tool to punish a president for misconduct and abuses of power. It’s one of the many ways that Congress could keep the president in check, if it chose to.

Impeachment proceedings begin in the House of Representatives. A member of the House files a resolution for impeachment. The resolution goes to the House Judiciary Committee, which usually holds a hearing to evaluate the resolution. If the House Judiciary Committee thinks impeachment is proper, its members draft and vote on articles of impeachment. Once the House Judiciary Committee approves articles of impeachment, they go to the full House for a vote.

If the House of Representatives impeaches a president or another official, the action then moves to the Senate. Under the Constitution’s Article I, the Senate has the responsibility for determining whether to remove the person from office. Normally, the Senate holds a trial, but it controls its procedures and can limit the process if it wants.

Ultimately, the Senate votes on whether to remove the president – which requires a two-thirds majority, or 67 senators. To date, the Senate has never voted to remove a president from office, although it almost did in 1868, when President Andrew Johnson escaped removal from office by one vote.

The Senate also has the power to disqualify a public official from holding public office in the future. If the person is convicted and removed from office, only then can senators vote on whether to permanently disqualify that person from ever again holding federal office. Members of Congress proposing the impeachment of Trump have promised to include a provision to do so. A simple majority vote is all that’s required then.

This is an updated version of an article originally published on Jan. 9, 2021.

The Conversation

Kirsten Matoy Carlson does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organization that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. When a president is unfit for office, here’s what the Constitution says can happen – https://theconversation.com/when-a-president-is-unfit-for-office-heres-what-the-constitution-says-can-happen-280120

Los olivares guardan el secreto para fabricar envases biodegradables activos que mantienen frescos los alimentos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lourdes Casas Cardoso, Catedrática de Universidad, Universidad de Cádiz

Nito/Shutterstock

¿Sabía que casi un tercio de la comida termina en la basura? Muchos productos se estropean antes de llegar a nuestras manos. Este desperdicio impacta gravemente al planeta y a la economía por la pérdida de recursos que conlleva.

No basta con cultivar más frutas y verduras cada año. Debemos aprender a utilizar mejor los recursos que ya tenemos. Una solución innovadora consiste en utilizar los desechos del campo para crear envases activos. Estos ayudan a que los alimentos duren más tiempo, reduciendo así el desperdicio de comida.

El gran reto de conservar los recursos

El plástico derivado del petróleo todavía domina el mercado del envasado. Entre sus ventajas destaca que es un material muy barato y fácil de fabricar en masa. Sin embargo, da lugar a gran cantidad de residuos que dañan la naturaleza.

Tirar comida también supone desperdiciar el agua usada en el riego, la energía empleada en el transporte y el esfuerzo de los agricultores. El coste ambiental de producir alimentos que nadie consume es altísimo y reducir estas pérdidas es ahora una prioridad mundial. Además, necesitamos alternativas al plástico que no contaminen los océanos ni los suelos. Ante este gran reto, los materiales naturales aparecen como la mejor respuesta.




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Ley de desperdicio alimentario: avanza por el buen camino, pero es poco concreta


De las hojas del olivo al hogar

Los restos de la poda del olivo suelen considerarse simples desechos. Tras la cosecha, miles de toneladas de hojas quedan sin reutilizar. En una investigación reciente hemos propuesto dar una segunda vida a este material vegetal.

Las hojas del olivo albergan sustancias antioxidantes y antimicrobianas que evitan que los alimentos se alteren. Es por ello que estos componentes son ideales para proteger la carne, las frutas y las verduras. Mediante técnicas específicas, es posible extraerlos e incluirlos en los materiales de envasado, dotando al nuevo material de sus beneficios.

Un escudo activo y natural

Una vez obtenidos, los extractos se incorporan a una película biodegradable hecha con fuentes naturales, como el almidón de maíz o ácido poliláctico, para dar lugar a un envase. La lámina libera gradualmente los compuestos activos, que retrasan los cambios que dañan los alimentos y prolongan su frescura.

Así, los envases activos no solo protegen físicamente los alimentos sino que, además, los mantienen en buen estado mientras permanecen envasados.

Al ser biodegradable, el material se descompone de forma natural una vez lo desechamos. Así se reduce el impacto ambiental y se aprovechan mejor los residuos agrícolas.

Un método seguro y sin necesidad de disolventes

Para introducir los extractos en el envase se usa una técnica limpia: dióxido de carbono sometido a una presión muy alta. En este estado especial, el fluido se comporta como si fuera un líquido y un gas a la vez.

Este fluido penetra en el material natural y lo impregna de los compuestos activos. No hace falta usar disolventes químicos que puedan ser peligrosos o tóxicos, por lo que es un método muy seguro para la salud de las personas.

Al terminar el proceso, el gas recupera su forma original sin dejar ningún tipo de residuo extraño en el envase final. Esta tecnología permite controlar con exactitud la calidad de cada pieza fabricada.

Una tecnología viable para producción industrial

Demostrar que el envase funciona en laboratorio no basta. Por eso utilizamos una planta piloto para fabricar láminas más grandes, similares a las que requiere la industria para producir envases a gran escala. Esto permite comprobar que la distribución del extracto es uniforme y que la calidad se mantiene.

El color verde del extracto sirve como indicador visual. Así, podemos detectar zonas con menor concentración y ajustamos el proceso, logrando una distribución homogénea de las sustancias activas. Esto asegura que cada parte del envase cumpla su función protectora.

De esta forma, la tecnología pasa de ser experimental a viable para producción industrial.

El camino hacia la economía circular

Este avance impulsa un modelo de economía circular donde nada se pierde y todo se transforma: los restos de una cosecha ayudan a proteger la cosecha siguiente. Así se cierra un ciclo que imita a la propia naturaleza.

De esta forma, se reduce la necesidad de utilizar nuevas materias primas y se genera menos basura en las ciudades y en los campos. Es un ejemplo claro de cómo la ciencia mejora nuestra vida diaria.

Las empresas que adopten estos envases serán mucho más competitivas y modernas. Estas generarán menos impactos negativos en el medio ambiente y responderán a clientes que valoran cada vez más los productos sostenibles. Es una inversión con beneficios para la sociedad y para el futuro.




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El envase alimentario ideal no es una utopía


Beneficios para todos

El consumidor final es el gran beneficiado de esta tecnología verde. Al comprar los productos en envases activos, los alimentos durarán mucho más tiempo frescos. Esto ayuda a organizar mejor las compras y a ahorrar dinero.

También ganamos en salud al consumir alimentos con menos aditivos químicos. La protección viene de la propia naturaleza, en este caso de las hojas de olivo.




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Sustancias contaminantes en los envases de alimentos: ¿cuáles son y cómo se controlan?


El futuro de la alimentación empieza con estos pequeños cambios en el campo. Cada envase biodegradable es un paso hacia un mundo mucho más limpio y que genera menos basura.

The Conversation

Lourdes Casas Cardoso recibe fondos de MCIN/AEI/10.13039/501100011033 and European Union NextGenerationEU/PRTR, Proyecto: “TED2021–131822B-I00”; Los resultados también forman parte del PROYEX CEL_00920 (Convocatoria 2021) financiado por el Programa de Ayudas a Proyectos de Investigación de Excelencia, en régimen de concurrencia competitiva, dirigido a Entidades Calificadas como Agentes del Sistema Andaluz del Conocimiento, en el ámbito del Plan Andaluz de Investigación, Desarrollo e Innovación (PAIDI, 2020).

Cristina Cejudo Bastante recibe fondos del Programa Operativo del FEDER para Andalucía 2021-2027 y la Consejería de Universidades, Investigación e Innovación de la Junta de Andalucía (FEDER-UCA-2024-A1-07).

Lidia Verano Naranjo y Noelia Daiana Machado no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

ref. Los olivares guardan el secreto para fabricar envases biodegradables activos que mantienen frescos los alimentos – https://theconversation.com/los-olivares-guardan-el-secreto-para-fabricar-envases-biodegradables-activos-que-mantienen-frescos-los-alimentos-278920

La ciencia de Artemis II: experimentos a bordo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ignacio López-Goñi, Catedrático de Microbiología. Miembro de la Sociedad Española de Microbiología (SEM), Universidad de Navarra

La astronauta de la NASA Christina Koch, fotografiada el pasado 3 de abril en la nave Orión. NASA

Durante el histórico viaje de Artemis II, que el pasado lunes sobrevoló la Luna y regresará a la Tierra el viernes 10 de abril, se están llevando a cabo varios experimentos científicos que tienen como protagonistas a los propios astronautas.

Monitorizados en el espacio

Uno de los más importantes, denominado ARCHeR (arquero), consiste en analizar cómo afecta el viaje espacial a los patrones de sueño, la actividad y el estrés. Para monitorizarlo, los tripulantes llevan una pulsera (actígrafo) que registrará los movimientos, actividad y patrones sueño-vigilia durante toda la travesía.

Además, se recopilarán datos y encuestas de desempeño conductual antes y después de la misión. Los resultados serán utilizados para comprender cómo afectan el aislamiento y el estrés de un viaje espacial en la mente, el sueño y la tensión emocional de los astronautas.

Otro tipo de experimentos tienen que ver con biomarcadores inmunitarios, es decir, el estudio de cómo el espacio puede afectar a nuestro sistema de defensa. Para ello, los tripulantes han tomado muestras de su saliva y sangre antes de subirse a la nave Orión y lo harán después. Durante el viaje, también recogerán saliva seca que se depositará en un papel especial en pequeños cuadernillos de bolsillo, ya que el equipo necesario para conservar muestras húmedas en el espacio –incluida la refrigeración– no estará disponible debido a las limitaciones de volumen.

El astronauta de la NASA Randy Bresnik se prepara para recoger una muestra de saliva seca a bordo de la Estación Espacial Internacional.
NASA

Con estos datos se espera comprender mejor cómo las hormonas del estrés, los virus y las células pueden verse afectados por las condiciones de vuelo. Se quiere estudiar, por ejemplo, cómo se reactivan los virus latentes en el cuerpo de los astronautas en el espacio (algo que ya se había comprobado en vuelos anteriores, pero aún no se conocen los detalles de este fenómeno).

Órganos en chips

También se quiere estudiar cómo afecta la radiación cósmica y la microgravedad a la salud de los astronautas. Para ello se realizará un experimento denominado AVATAR (A Virtual Astronaut Tissue Analog Response, “Respuesta de Tejidos Análogos de un Astronauta Virtual”), cuyos resultados podrían tener beneficios de gran alcance y contribuir al avance de la medicina personalizada del futuro.




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Cuando los astronautas regresen de Marte, probablemente se romperán la cadera


Para ello, se han recogido muestras de células de la médula ósea cada tripulante y se han cultivado en un chip del tamaño de una memoria USB (llamado organ-on-a-chip, “órgano en un chip”). Así ha podido obtrenerse una pequeña médula ósea artificial con las características de cada uno de ellos, a modo de réplicas o avatares. Estos dispositivos se expondrán a la radiación durante el vuelo y los resultados se compararán con réplicas similares una vez que vuelvan de la misión. Mediante técnicas de secuenciación de ARN compararán cómo ha influido el viaje espacial en la expresión de los genes de dichas células.

El chip que se está usando en el experimento AVATAR.
Emulate/NASA

Al ser la médula ósea responsable de producir glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas, constituye una muestra ideal para diagnosticar enfermedades y evaluar la respuesta del sistema inmunitario a los tratamientos. Esta es la primera vez que estos chips de órganos personalizados, adaptados a la tripulación de astronautas, viajan más allá de la órbita terrestre. Un objetivo clave de esta investigación es validar si dichos dispositivos pueden servir como herramientas precisas para medir y predecir las respuestas humanas al estrés de manera personalizada.

Adicionalmente, la tripulación ha proporcionado muestras biológicas, incluyendo sangre, orina y saliva, para evaluar su estado nutricional, salud cardiovascular y función inmunológica desde aproximadamente seis meses antes del viaje hasta un mes después de su regreso. También participarán en pruebas y estudios para evaluar el equilibrio, la función vestibular, el rendimiento muscular y los cambios en su microbioma, así como la salud ocular y cerebral.

Durante su estancia en el espacio, la recopilación de datos incluye una evaluación de los síntomas del mareo, y tras el aterrizaje, se realizarán pruebas adicionales de movimientos de cabeza, ojos y cuerpo, entre otras tareas de rendimiento funcional.

Experimentos del tamaño de una caja de zapatos

Además de todo esto, a bordo de Artemis II viajan al espacio cinco experimentos en forma de CubeSats de varias agencias internacionales (Alemania, Corea del Sur, Arabia Saudita y Argentina): demostraciones tecnológicas y experimentos científicos del tamaño de una caja de zapatos. Son los siguientes:

  • ATENEA recopila datos sobre las dosis de radiación en función de diversos métodos de blindaje, mide el espectro de radiación alrededor de la Tierra, obtiene datos GPS para ayudar a optimizar el diseño de futuras misiones y validará un enlace de comunicaciones de largo alcance.

  • TACHELES recoge mediciones sobre los efectos del entorno espacial en los componentes eléctricos de los vehículos lunares.

  • K-RadCube utiliza un dosímetro con material similar a un tejido humano, con el fin de medir la radiación espacial y evaluar los efectos biológicos a diversas altitudes.

  • SHMS mide aspectos del clima espacial a diversas distancias de la Tierra.

Todos estos experimentos servirán para proteger mucho mejor a los astronautas que viajen a la Luna en el futuro. Por ejemplo, se podrían buscar medidas para atajar sus problemas de sueño o trajes que protejan mejor de la radiación.

En definitiva, los resultados servirán para futuras intervenciones, tecnologías y estudios que ayuden a predecir la adaptabilidad de las tripulaciones en una misión a la Luna o incluso a Marte.


Una versión de este articulo ha sido publicada en el blog microBIO del autor.


The Conversation

Ignacio López-Goñi no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La ciencia de Artemis II: experimentos a bordo – https://theconversation.com/la-ciencia-de-artemis-ii-experimentos-a-bordo-280063

También la digitalización y la brecha digital influyen en el derecho a la vivienda

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Elisa Brey, Profesora en sociología y opinión pública, experta en migraciones y vida urbana, Universidad Complutense de Madrid

New Africa/Shutterstock

La brecha digital se une a las dinámicas excluyentes del mercado de la vivienda (proliferación de alquileres de corta estancia, retirada de viviendas del mercado alquiler) y a la escasez de iniciativas públicas. Como resultado, se refuerzan las dificultades de acceso a la vivienda, especialmente para las personas más vulnerables.

Así lo hemos comprobado en un estudio reciente, realizado en tres ciudades del sur de Europa: Madrid, Bolonia y Atenas.

Esta digitalización coloca a algunos grupos sociales en una situación de especial ventaja (nativos digitales, turistas o nómadas digitales) mientras otros (personas mayores o en situación de pobreza, por ejemplo) se ven especialmente excluidos.

Qué entendemos por digitalización en el sector vivienda

La digitalización se observa en tres niveles. El primero opera en el mercado inmobiliario en su conjunto, y está vinculado al auge del capitalismo digital. Un indicador es el aumento de los propietarios corporativos que gestionan el alquiler de sus propiedades anónimamente, con datos, y a través de intermediarios.

La lógica de datos rompe el vínculo entre propietarios e inquilinos, centrándose en maximizar beneficios y minimizar riesgos. Esto permite una gestión impersonal de los desahucios y discrimina a los inquilinos más vulnerables. Además, las plataformas digitales fomentan los aumentos en los precios de compra y alquiler.

El segundo nivel se refiere al uso de las redes por parte de movimientos sociales para dar visibilidad a las necesidades de vivienda. En España, ha sido relevante la acción en plataformas digitales de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca y, más recientemente, de los Sindicatos de inquilinas e inquilinos.

El tercer nivel se refiere a la promoción de plataformas digitales por las autoridades públicas. El objetivo es ampliar el acceso a la información y la transparencia de las iniciativas públicas.

La digitalización beneficia a unos, no a todos

Según las entrevistas hechas en Madrid, Bolonia y Atenas, la brecha digital modula el impacto de la digitalización en el derecho a la vivienda. Este impacto depende de los grupos de población y el tipo de plataforma digital.

Las personas mayores, los migrantes, las personas sin hogar, los refugiados y los inquilinos se encuentran en una situación más vulnerable en la era digital. Por el contrario, propietarios e inquilinos a corto plazo (como los turistas o los nómadas digitales) pueden estar más protegidos.

La situación de los jóvenes es ambigua. En general, se ven menos afectados por la brecha digital, pero se encuentran en una situación vulnerable para acceder a una vivienda asequible y digna.

La generación de alquiler (generation rent), menores de 40 años que no pueden permitirse comprar una vivienda, que emergió como consecuencia a largo plazo de la crisis de 2008, agravado por la pandemia de covid-19, se ha consolidado como una generación de inquilinos. Para ellos, el régimen de tenencia tiene consecuencias vitales más allá de la vivienda: se retrasa la salida del hogar familiar y se pospone la formación de una familia propia, lo que a su vez provoca un desplome de la natalidad.

En los tres países que estudiamos es clara la posición de fuerza de las personas con mayores conocimientos digitales en el acceso a la vivienda. Tienen más poder para acceder a la información y negociar las condiciones del alojamiento. Un posible factor de protección ante la brecha digital sería unirse a movimientos sociales y organizaciones de defensa a través de la participación digital y analógica, dadas las consecuencias reales que tiene la brecha digital en el derecho a la vivienda.

En cuanto al tipo de plataformas digitales utilizadas por los ciudadanos, las plataformas austeras –que funcionan como intermediarias entre quien ofrece y quien recibe el servicio (por ejemplo, Idealista o Airbnb)–, benefician a los propietarios, especialmente si se trata de fondos de inversión transnacionales. Las redes sociales pueden convertirse en plataformas digitales de networking, defensa y diálogo. Ofrecen así mayor visibilidad al derecho a una vivienda digna.

Familiaridad versus brecha digital

En España, la digitalización puede facilitar el acceso a la vivienda a determinados grupos de población. Por ejemplo, los jóvenes, gracias a su familiaridad con el mundo digital y los anuncios en línea pueden encontrar compañeros de piso más rápidamente.

Las redes sociales y las aplicaciones de mensajería (WhatsApp, Telegram y similares) son otros canales informales de acceso a la vivienda para jóvenes y otros grupos vulnerables. Allí pueden encontrar y compartir recursos de forma pública, o con un grupo limitado de personas de su confianza.

La brecha digital afecta al acceso a la vivienda de distintos modos. Interfiere al solicitar vivienda pública y ayudas económicas o al registrarse en el censo. Incide en otros procesos del ámbito privado, como el pago del alquiler y los servicios a través de oficinas electrónicas.

Más allá de la disponibilidad de dispositivos electrónicos, también el acceso a una conexión a internet adecuada es parte fundamental de la integración en la sociedad actual, junto con tener competencias digitales básicas.

Son notables los problemas que enfrentan las personas vulnerables cuando realizan tareas burocráticas complejas en los sitios web del gobierno. El acceso se ve agravado por la falta de conocimiento sobre dónde buscar la información. La brecha digital aumenta las dificultades para acceder a la información sobre la oferta de vivienda, ya que gran parte de ella se publica en listados en línea.

Retos de futuro

En materia de digitalización y vivienda, algunos temas merecen mayor atención. Es el caso de la gobernanza democrática (en el plano digital) de los sistemas de vivienda: la igualdad de acceso a la información digital sobre los programas de vivienda pública, el papel del Estado en la alfabetización digital, la política de vivienda asequible y la regulación de los mercados inmobiliarios, incluidos los alquileres a corto y medio plazo.

Estos nuevos conocimientos permitirán a las sociedades estar mejor preparadas para prevenir las crisis de vivienda y reconocer, proteger y cumplir el derecho a la vivienda para todos y por todos en la era digital.

The Conversation

Elisa Brey recibió fondos de UNA Europa, en 2022, como investigadora principal del proyecto “Digitalized exclusion, public opinion, and the right to housing in Europe” (Referencia: SF21D2). En el proyecto, liderado desde la Universidad Complutense de Madrid, colaboraron la Universidad de Bolonia (Giulia Ganugi & Sara Chinaglia) y KU Leuven (Angeliki Paidakaki & Maria Geldimi).

Ainhoa Ezquiaga Bravo recibió fondos de UNA Europa, en 2022, como colaboradora externa en el proyecto “Digitalized exclusion, public opinion, and the right to housing in Europe” (Referencia: SF21D2). En el proyecto, liderado desde la Universidad Complutense de Madrid, colaboraron la Universidad de Bolonia y KU Leuven.

ref. También la digitalización y la brecha digital influyen en el derecho a la vivienda – https://theconversation.com/tambien-la-digitalizacion-y-la-brecha-digital-influyen-en-el-derecho-a-la-vivienda-274488

Cómo conseguimos volar una cometa (y qué tiene eso que ver con los aviones)

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sergio Hoyas Calvo, Catedrático de Ingeniería Aeroespacial, Universitat Politècnica de València

PeopleImages.com/Shutterstock

Casi todos hemos visto alguna vez una cometa volar, ya sea en una playa, en un parque o en una tarde de viento. Parece un simple juguete, pero detrás de esa imagen familiar hay una historia mucho más larga de lo que podría parecer.

Las cometas surgieron en China hace más de dos mil años, donde se utilizaron con fines militares y científicos antes de convertirse también en una forma de entretenimiento. Siglos después, figuras como Benjamin Franklin las emplearon para estudiar la electricidad y los fenómenos atmosféricos, en uno de los experimentos más conocidos de la historia.

Cometas para generar electricidad, impulsar barcos… y jugar

Hoy, lejos de haber quedado como una curiosidad del pasado, están encontrando nuevas aplicaciones. Se investiga cómo utilizar grandes cometas que vuelan a cientos de metros de altura para generar electricidad, y también cómo pueden ayudar a impulsar barcos aprovechando vientos más intensos y constantes en capas altas de la atmósfera.

Y, por supuesto, seguimos utilizándolas para algo mucho más simple: jugar. Basta acercarse a una playa en un día de viento para ver esta evolución en acción: niños corriendo con pequeñas cometas, deportistas deslizándose sobre el agua en kitesurf y, en ocasiones, grandes estructuras de tela que parecen criaturas suspendidas en el cielo durante exhibiciones.

El equilibrio de las fuerzas

Pero, más allá de su historia, hay una pregunta que sigue despertando curiosidad: ¿por qué vuela una cometa?

Una cometa se suspende en el aire gracias a un equilibrio de fuerzas. Por un lado, su peso tira hacia abajo. Por otro, el aire, al chocar con su superficie, genera una fuerza que no actúa en una única dirección, sino que puede descomponerse en dos: una componente vertical, la sustentación, que empuja hacia arriba, y otra horizontal, que tiende a arrastrar la cometa en la dirección del viento.

La cuerda que sujetamos juega un papel fundamental, ya que compensa esa fuerza horizontal y transmite parte de las fuerzas hacia nosotros, fijando la posición de la cometa en el aire. Cuando todo está bien ajustado, estas fuerzas se equilibran y la cometa se mantiene volando. No está completamente quieta, pero tampoco cae: se encuentra en un equilibrio dinámico que depende del viento y de cómo la controlamos.

El verdadero reto: estabilizarla en el aire

Sin embargo, que una cometa suba no es lo más difícil. El verdadero reto es que sea estable.

Si alguna vez ha sacado la mano por la ventanilla de un coche, habrá notado algo curioso: según cómo la incline, el aire puede empujarla hacia arriba, hacia abajo o hacer que gire. Además, seguro que nota que esa corriente no es estable, sino que cambia: aparecen las temidas turbulencias. Con las cometas ocurre exactamente lo mismo. No es solo cuestión de que el viento empuje, sino de cómo lo hace.

Para que una cometa vuele bien, todas las fuerzas tienen que estar en equilibrio: el viento empuja, el peso tira hacia abajo y la cuerda mantiene todo “conectado” con nosotros. Cuando ese equilibrio es correcto, la cometa se queda tranquila en el cielo. Pero si algo se desajusta, empieza a girar, a perder estabilidad… o simplemente cae.

El papel de la cola de la cometa

Aquí entra en juego un elemento que todos hemos visto, pero pocas veces nos preguntamos para qué sirve: la cola. Esa tira de tela que cuelga por detrás no está ahí solo para decorar. Su función es ayudar a que la cometa se mantenga correctamente orientada frente al viento, actuando como un pequeño estabilizador.

También es clave el punto donde se ata la cuerda. Un pequeño cambio en esa posición modifica el ángulo con el que la cometa recibe el viento. Si el ángulo es el adecuado, sube con facilidad; si no lo es, puede volverse inestable o perder la capacidad de volar.

Los modelos con dos cuerdas permiten un grado de control mucho mayor. Al manejar cada lado por separado, es posible modificar las fuerzas que actúan en la cometa, haciendo que gire, se incline o cambie de dirección.

Este desequilibrio controlado entre ambos lados es lo que permite realizar acrobacias, desde giros suaves hasta maniobras rápidas, de forma similar a cómo un avión utiliza sus superficies de control.

La ciencia de las cometas gigantes

En el caso de las cometas de gran tamaño, el desafío es distinto. No se trata solo de generar fuerza, sino de hacerlo de manera estable y predecible. Para ello, su diseño requiere un estudio cuidadoso de la aerodinámica, buscando que el aire fluya de forma ordenada y que la cometa mantenga su forma y orientación incluso en condiciones de viento cambiantes.

Sin embargo, el aire rara vez es completamente dócil. La turbulencia, los remolinos y los pequeños vórtices que se forman a su alrededor hacen que la cometa vibre, se tense y se relaje en un movimiento continuo.

Hay algo casi hipnótico en observar estas grandes superficies ondular en el cielo, como si el viento dibujara sobre ellas. Detrás de esa belleza hay una interacción compleja que todavía no comprendemos del todo, y que sigue desafiando a la física y a la ingeniería.

Muy cerca de los aviones

Y aquí aparece una conexión fascinante. El problema que resuelve una cometa, cómo mantenerse en el aire de forma estable, es exactamente el mismo que tuvieron que afrontar los pioneros de la aviación. Los primeros planeadores de los hermanos Wright pueden entenderse, en cierto modo, como cometas sofisticadas que, en lugar de estar atadas al suelo, eran controladas directamente por el piloto. Añadir un motor fue solo el siguiente paso.

Quizá por eso las cometas siguen llamándonos la atención: por la forma en que se mueven y parecen cobrar vida en el aire, como si el viento se hiciera visible. Al fin y al cabo, es el mismo juego de fuerzas que, de forma menos evidente, mantiene en vuelo a un avión.

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Sergio Hoyas Calvo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Cómo conseguimos volar una cometa (y qué tiene eso que ver con los aviones) – https://theconversation.com/como-conseguimos-volar-una-cometa-y-que-tiene-eso-que-ver-con-los-aviones-279794

¿Vivimos en una sociedad más insegura o solo lo parece? Las estadísticas se alejan de lo que percibimos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Dolores Fernández Pérez, Profesora Ayudante Doctora. Departamento de Psicología, Universidad de Castilla-La Mancha

rafa jodar/Shutterstock

En los últimos años, la criminalidad ha mostrado una evolución desigual en España. Según el último balance del Ministerio del Interior, en 2025 se registraron más de 2,47 millones de infracciones penales con variaciones importantes según el territorio. Mientras algunas comunidades experimentaron aumentos –por ejemplo, Castilla y León, donde la criminalidad creció cerca de un 5,8 %– otras como Cataluña o Madrid mostraron descensos en torno al 2,9 % y al 1,7 %, respectivamente.

La evolución tampoco es homogénea entre tipos de delitos. Algunos, como los patrimoniales, se han estabilizado e incluso descendido en algunas zonas. Otros, como las agresiones sexuales o los intentos de homicidio, han aumentado. En otras palabras, la evolución de la delincuencia es compleja y difícil de resumir en una única tendencia.

Sin embargo, más allá de estas cifras hay un fenómeno que cada vez ocupa más espacio en el debate público: la preocupación por la inseguridad percibida por la ciudadanía. Y esta sensación no siempre evoluciona al mismo ritmo que la criminalidad registrada.

En la literatura científica especializada, esta percepción de inseguridad se conoce como “miedo al delito”. No se refiere únicamente a la reacción emocional ante un peligro inmediato (como un intento de robo), sino también a la percepción de riesgo que las personas construyen sobre la posibilidad de ser víctimas de un crimen.

¿Qué es el miedo anticipado?

En este sentido, hablamos de un miedo anticipado. Ese temor puede surgir ante señales cotidianas del entorno: caminar por una calle mal iluminada, atravesar un parque vacío por la noche o percibir signos de deterioro urbano en un barrio.

Desde el punto de vista psicológico, es un fenómeno que combina tres dimensiones: una emocional (sentir miedo), una cognitiva (evaluar el riesgo) y una conductual (modificar comportamientos, por ejemplo, evitando determinados lugares o situaciones). Las personas no evaluamos el riesgo de ser víctimas de un delito solo a partir de estadísticas oficiales. También influyen nuestras experiencias personales, los cambios que percibimos en el entorno y la información que recibimos sobre los hechos delictivos.

Los medios de comunicación han sido tradicionalmente uno de los principales canales a través de los cuales la ciudadanía conoce la criminalidad. Algunas investigaciones estiman que alrededor del 30 % de las noticias en los medios tratan sobre delitos.

Además, la cobertura mediática suele prestar mayor atención a los actos delictivos violentos que a los más comunes. Este sesgo puede generar una imagen distorsionada de la criminalidad, ya que los sucesos que más aparecen en las noticias no coinciden con los que ocurren con mayor frecuencia.

Los medios de comunicación no ayudan

La investigación en comunicación también muestra que la exposición prolongada a contenidos mediáticos puede influir en la forma en que las personas interpretan la realidad social. Según la teoría del cultivo de George Gerbner (1969), cuanto más tiempo pasa una persona consumiendo contenidos mediáticos, más probable es que interprete la realidad a través de esas representaciones.

La forma en que los medios presentan los delitos también puede reforzar determinados estereotipos sociales sobre quién los comete o dónde ocurren. Cuando ciertos grupos sociales o barrios aparecen de forma recurrente asociados a la criminalidad en las noticias, estas representaciones pueden influir en cómo el público percibe la inseguridad y en a quién identifica como una posible amenaza.

Según datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), el 72,1 % de los españoles asegura estar informado sobre la actualidad. La televisión sigue siendo el medio preferido (69,8 %), seguida de la radio (55 %), considerada además la fuente más fiable. Sin embargo, más de la mitad de la población (54,9 %) también utiliza habitualmente redes sociales para informarse.

En este contexto de exposición constante a contenidos informativos, los relatos sobre sucesos –detenciones, desapariciones, agresiones o juicios mediáticos– circulan con gran rapidez y pueden amplificar la percepción de inseguridad. No es que los delitos no existan, pero su presencia constante en el ecosistema mediático puede hacer que parezcan más frecuentes y cercanos de lo que indican las estadísticas oficiales.

Las redes sociales han transformado especialmente la forma en que circula la información sobre el crimen. Las plataformas digitales favorecen contenidos breves, visuales y emocionalmente intensos, lo que puede impulsar narrativas simplificadas o alarmistas. Investigaciones recientes sugieren que la lógica de viralidad propia de estas plataformas puede contribuir a nuevas formas de pánicos morales en torno al delito, en las que la percepción de amenaza se construye a partir de narrativas que circulan y se refuerzan digitalmente más que de la experiencia directa de la criminalidad.

La distancia entre criminalidad real y percepción de inseguridad se ha hecho visible en debates recientes sobre seguridad urbana. Un ejemplo es el caso de Bilbao. Durante la presentación del diagnóstico técnico del Plan Municipal de Seguridad, investigadores de la Universidad del País Vasco señalaron que los indicadores delictivos no mostraban un incremento estructural comparable con la percepción de inseguridad entre la ciudadanía.

La controversia que generó esta conclusión refleja una cuestión incómoda: ¿qué pesa más en la percepción ciudadana, las estadísticas sobre criminalidad o las narrativas que se construyen sobre ellas a través de los medios?

Criminalidad registrada vs percepción

Aunque no siempre coincida con la probabilidad objetiva de victimización, el miedo al delito tiene efectos en la vida cotidiana. Puede modificar rutinas, limitar actividades nocturnas y reducir el uso de determinados espacios públicos. En definitiva, puede alterar la forma en que las personas se relacionan con su entorno.

Además, este miedo no se distribuye de forma homogénea. Las investigaciones muestran que las mujeres suelen reportar niveles más elevados de temor al delito que los hombres, incluso cuando las tasas de victimización para algunos delitos violentos son menores.

Comprender estas diferencias entre criminalidad registrada y percepción de inseguridad es fundamental para diseñar políticas públicas eficaces. La seguridad de una sociedad no depende únicamente de reducir los delitos, sino también de entender cómo las personas perciben el riesgo y cómo se construyen socialmente esas percepciones.

En una sociedad hiperconectada, el miedo puede difundirse mucho más rápido que los propios delitos. Quizá la pregunta más importante no sea si vivimos en una sociedad cada vez más peligrosa, sino por qué cada vez resulta más fácil sentir que lo es.

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Dolores Fernández Pérez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Vivimos en una sociedad más insegura o solo lo parece? Las estadísticas se alejan de lo que percibimos – https://theconversation.com/vivimos-en-una-sociedad-mas-insegura-o-solo-lo-parece-las-estadisticas-se-alejan-de-lo-que-percibimos-277430