En 2005, España ratificó el Convenio Marco de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para el Control del Tabaco, dando inicio a una etapa de desarrollo normativo orientada a reducir el consumo y a proteger a la población frente al humo ambiental de tabaco (HAT). Desde entonces, se han implementado medidas clave, como la regulación de espacios sin humo o las restricciones a la publicidad, que han tenido un impacto claro en la salud pública.
Tras la aprobación de las leyes de 2005 y 2010, uno de los cambios más evidentes ha sido la reducción de la exposición al HAT, especialmente en espacios públicos cerrados. Estas leyes han contribuido a modificar normas sociales en torno al consumo de tabaco y a disminuir la exposición involuntaria de la población, con un impacto directo en la reducción de la carga de patologías asociadas. Así, estudios realizados en España observaron un descenso en la tasa de ingresos hospitalarios por dolencias cardiovasculares y enfermedad pulmonar obstructiva crónica tras la implementación de las citadas leyes.
En paralelo, el descenso de la prevalencia de consumo de tabaco ha sido más lento de lo esperado. Aunque ha disminuido respecto a décadas anteriores, continúa siendo elevada. En 2020, el 22,1 % de la población adulta en España fumaba y en 2023, el porcentaje se situaba en el 19,3 %. Además, tampoco se ha producido una aceleración clara en el abandono del consumo tras la implementación de las principales medidas regulatorias.
Desigualdades persistentes y nuevos retos
El impacto del tabaco en la salud sigue siendo muy elevado. En España, se estiman entre 50 000 y 60 000 muertes anuales atribuibles a su consumo, lo que lo sitúa como una de las principales causas evitables de mortalidad. Asimismo, esta carga presenta diferencias importantes por sexo: mientras que en hombres la mortalidad atribuida está disminuyendo, en mujeres continúa en ascenso, reflejando la evolución más tardía de la epidemia de tabaquismo en ellas.
Al mismo tiempo, se continúan observando desigualdades en el consumo de tabaco, ya que sigue siendo más frecuente en personas con menor nivel educativo, especialmente en hombres. Además, el abandono del hábito es menos probable en ese grupo, sin distinción de sexos. Esto contribuye a consolidar un patrón de inequidad en salud que plantea importantes desafíos para las políticas de prevención.
Adicionalmente, el contexto actual es más complejo que hace dos décadas. La aparición de nuevos productos, como los cigarrillos electrónicos, el tabaco calentado o las bolsas de nicotina, ha modificado los patrones de consumo, sobre todo entre población joven. Esto plantea nuevos retos regulatorios.
A ello se suma que algunas medidas recomendadas a nivel internacional, como el empaquetado neutro o una mayor fiscalidad, no se han implantado plenamente en España. También persisten formas de promoción indirecta de los productos del tabaco, especialmente en entornos digitales como las redes sociales, que siguen siendo difíciles de controlar.
Del control al “endgame”: el reto de las próximas décadas
A pesar de las limitaciones, los avances logrados en estas dos décadas han sido posibles gracias a la acción coordinada de instituciones públicas, sociedades científicas, organizaciones sociales y una ciudadanía cada vez más implicada. Este esfuerzo conjunto ha permitido generar evidencia, impulsar medidas regulatorias y consolidar el control del tabaquismo como una prioridad en salud pública.
En la actualidad, el enfoque está evolucionando hacia estrategias más ambiciosas, conocidas como endgame, que plantean reducir la prevalencia de fumadores por debajo del 5 %. Algunos países europeos ya han incorporado estos objetivos en sus políticas públicas y España ha iniciado el camino con el Plan Integral de Prevención y Control del Tabaquismo 2024-2027, que plantea avanzar hacia una generación libre de tabaco para 2040.
Sin embargo, la situación actual muestra que el objetivo está aún lejos de alcanzarse. Avanzar en esa dirección requerirá reforzar las medidas existentes, poner en marcha nuevas medidas de control del tabaquismo, abordar de forma específica las desigualdades sociales, mejorar la regulación de nuevos productos y reforzar el apoyo social y político.
Veinte años después de la ratificación del Convenio Marco, la evidencia es clara: las políticas de control del tabaquismo funcionan. El reto ahora es aplicarlas con mayor intensidad y adaptarlas a un contexto cambiante para seguir reduciendo el impacto del tabaco en la salud de la población.
Miembro del grupo de trabajo de tabaco de la Sociedad Española de Epidemiología
Miembro del grupo de trabajo de tabaco de la Sociedad Española de Epidemiología.
Mónica Pérez Ríos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Eso de “ríos secos” igual parece un contrasentido (siempre nos han enseñado que son corrientes continuas de agua), pero lo cierto es que hay ríos que nunca –o casi nunca– transportan agua. En la región del levante español, los conocemos bien: los llamamos “ramblas”.
En el mundo de la limnología –rama de la ecología que estudia los ecosistemas acuáticos continentales–, lo que existe es un gradiente que va desde los cauces que llevan agua durante todo el año (ríos permanentes), pasando por aquellos que se secan en verano (ríos temporales), hasta los más extremos, que no llevan agua casi nunca (ríos secos). En una definición más formal, podemos describirlos como aquellos que solo transportan agua durante poco tiempo tras las fuertes lluvias y no están conectados con las aguas subterráneas, por lo que, en ellos, no pueden vivir organismos acuáticos.
Rambla Chirivel (Vélez Rubio). M.L. Suárez
No solo se encuentran en nuestra región. Aparecen en todo el mundo y reciben distintos nombres: wadis o oueds en el norte de África, creeks, en la región mediterránea de Australia, o ramblas, en el levante español, donde su presencia marca el paisaje.
En realidad, los ríos secos son sistemas híbridos cuya dinámica se parece más a la de los ecosistemas terrestres que a la de los ríos permanentes. Sin embargo, su morfología y procesos ecológicos están fuertemente condicionados por las lluvias torrenciales episódicas que remueven y transportan los sedimentos y la materia orgánica de la cubeta y que, de alguna manera, los conecta con toda la red de ríos de su cuenca.
Rambla de La Azohía (Murcia. España). M.R. Vidal-Abarca
¿Cómo son estos ríos?
Los ríos secos incluyen muchos tipos de cauces: desde aquellos estrechos, con una pendiente elevada y un sustrato compuesto por grandes bloques y rocas, hasta los más anchos, con pendientes suaves, cuyo sustrato es de sedimentos finos tipo arenas o limos. En general, todos presentan una elevada capacidad para acumular sedimentos procedentes de la erosión de las laderas, que suelen tener una vegetación muy limitada.
Las lluvias torrenciales actúan removiendo los sedimentos y recolocándolos en la cubeta. Por eso, en muchos de ellos, aparecen islas o barras de arena que constituyen nuevos ambientes para muchos organismos vegetales y animales.
Los ríos secos son los grandes olvidados dentro de los ecosistemas mediterráneos. En la imagen, rambla de Zarzadilla (Totana). M.L. Suárez.
La acumulación de materia orgánica, que proviene del medio terrestre, arrastrada por las lluvias, es una característica interesante de estos ríos. Son materiales que pueden permanecer durante mucho tiempo en los cauces y actúan como un reservorio de carbono y nutrientes.
¿Quién vive en ellos?
A pesar de la ausencia de agua durante la mayor parte del año, los habitan comunidades biológicas diversas, compuestas principalmente por organismos terrestres. Las condiciones microclimáticas del lecho, caracterizadas por una mayor humedad respecto a las zonas circundantes, favorecen el establecimiento de ecosistemas vegetales formados por helófitos (plantas que, a pesar de estar enraizadas en el suelo, viven principalmente con raíces y brotes cubiertos por agua), arbustos y especies arbóreas.
Debido a que las condiciones de humedad en los ríos secos pueden ser mayores que en los alrededores, es posible encontrar una abundante y rica comunidad vegetal de helófitos, arbustos e, incluso, árboles. Rambla Los Valientes (Murcia. España). R. Gómez.
Estas formaciones vegetales desempeñan un papel clave en la retención de sedimentos, la estabilización del sustrato y la generación de microhábitats que facilitan el asentamiento de otras especies. Además, contribuyen a la acumulación de materia orgánica, que constituye el principal recurso para los organismos descomponedores, como hongos y bacterias.
Los invertebrados terrestres son muy abundantes en estos cauces secos. En la foto, escarabajo longicornio (familia Cerambycidae). M.R. Vidal-Abarca.
En los ríos secos también se encuentra una fauna diversa con una amplia variedad de invertebrados –hormigas, arañas, escarabajos, etc.–, que utilizan estos hábitats para su alimentación, como refugio y para su reproducción. Asimismo, diversos vertebrados terrestres –reptiles, aves y mamíferos– emplean estos cauces como corredores ecológicos (para moverse de un lugar a otro), como áreas de descanso o para hacer allí sus nidos, y desempeñan funciones ecológicas relevantes, como la dispersión de semillas o el reciclado de nutrientes.
La tortuga mora del Mediterráneo (Testudo graeca) selecciona lechos arenosos en los ríos secos como lugares de anidación en el sureste de España. M.R. Vidal-Abarca.
Cuna de procesos biogeoquímicos
En los ríos secos también se producen procesos más complejos, como la descomposición de la materia orgánica acumulada en los cauces. Esta se desarrolla, sobre todo, en condiciones aeróbicas (con oxígeno) debido a la exposición directa de los sedimentos a la atmósfera. Las comunidades microbianas, especialmente hongos, se ocupan de degradar los compuestos complejos presentes en los tejidos vegetales.
Por otra parte, en regiones caracterizadas por elevados niveles de radiación solar, como es la nuestra, la fotodegradación (mecanismo por el cual se descomponen distintos materiales por la radiación ultravioleta de la luz) transforma compuestos difíciles de degradar, lo que facilita su total descomposición por los hongos y las bacterias. Asimismo, la oxidación del nitrógeno favorece la acumulación de nitratos en el sedimento, que pueden ser utilizados posteriormente por la vegetación terrestre y contribuir al reciclaje de nutrientes dentro del sistema.
Además, la vegetación presente en sus cauces puede ralentizar el flujo de agua durante episodios de avenidas (crecidas del ríos o riadas), al favorecer la infiltración y contribuir a la recarga de acuíferos. Pero, sobre todo, son las vías de evacuación del agua en grandes crecidas y disminuyen, así, el peligro de desbordamiento y los daños a las personas.
Poco apreciados por la población humana, estos ecosistemas se encuentran entre los más maltratados del mundo; entre otras razones, porque las personas los consideran sistemas improductivos y sin vida, al no transportar agua de forma permanente.
Esta consideración ha favorecido su ocupación por infraestructuras como las canalizaciones, explotaciones agrícolas intensivas o actividades extractivas, que alteran su morfología natural y reducen su capacidad para infiltrar agua durante las avenidas.
Las rodaduras de los vehículos como motos o quads alteran profundamente la morfología del cauce y muchas funciones ecológicas. M.R. Vidal-Abarca.
Así, el desarrollo urbanístico en los lechos de estos cauces ha aumentado su vulnerabilidad frente a los episodios de lluvias torrenciales, con importantes riesgos para las poblaciones humanas. Por otro lado, la modificación de sus condiciones ambientales facilita la colonización por especies invasoras, muy difíciles de eliminar.
El desarrollo urbanístico, ocupando total o parcialmente el lecho de estos cauces, provoca pérdidas materiales e incluso de vidas humanas durante las fuertes avenidas de agua. M.L. Suárez.
Ante este panorama, la conservación y gestión de los ríos secos no es fácil. Choca con el desconocimiento por parte de la población humana y de los tomadores de decisiones. Conocer y divulgar sus valores naturales es un primer paso para abordar una mejor convivencia con ellos, porque pueden desempeñar un papel clave para reducir los impactos asociados al cambio climático global. Ojalá seamos capaces de hacerlo para no perder estos valiosos ecosistemas.
María Luisa Suárez Alonso recibe fondos de: Ministerios de Economía, Industria y Competitividad (Ref:
CGL2017-84625-C2-2-R), y de Ciencia, Innovación y Universidades (Ref: RTI2018-097950-B-C22).
María Rosario Vidal-Abarca Gutiérrez recibe fondos de los Ministerios de Economía, Industria y Competitividad (Ref: CGL2017-84625-C2-2-R), y de Ciencia, Innovación y Universidades (Ref: RTI2018-097950-B-C22).
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alicia Presencio Herrero, Doctora en Comunicación Audiovisual, Publicidad y RRPP. Profesora en la Facultad de Ciencias Sociales de la UEMC, Universidad Europea Miguel de Cervantes
Un meme, una frase irónica, un vídeo que “solo busca hacer gracia”: muchas veces, el discurso de odio no entra en la vida de los adolescentes con la forma de un insulto evidente o de una amenaza directa. Circula envuelto en humor, en provocación y en contenidos virales que parecen inofensivos. Cuando un mensaje discriminatorio se presenta como una broma, cuesta más reconocerlo, resulta más fácil compartirlo y termina encontrando menos resistencia.
Gráfico basado en nuestra investigación. Elaboración propia.
En redes sociales, buena parte de la comunicación juvenil se mueve con rapidez y utiliza códigos compartidos que mezclan exageración e ironía. Dentro de ese marco, ciertos mensajes pueden pasar desapercibidos o parecer menos graves. Un contenido que ridiculiza a mujeres, personas migrantes, personas LGTBIQ+ o minorías religiosas puede difundirse como un simple chiste. Sin embargo, el formato no borra el efecto: el mensaje sigue transmitiendo desprecio, refuerza prejuicios y ayuda a que ciertas formas de exclusión parezcan normales.
¿Cómo se normaliza un insulto?
Nuestra investigación muestra que esa normalización rara vez se produce de golpe. Suele avanzar a través de formas cotidianas y repetidas de exposición: el meme, la broma, la ironía o el comentario viral. Son formatos fáciles de compartir, rápidos de consumir y menos cuestionados socialmente que una agresión abierta. Precisamente por eso pueden resultar eficaces para banalizar el daño y reducir la percepción de gravedad. Esa fue una de las ideas que más se repitió en los grupos de discusión: el odio no siempre se reconoce cuando adopta una forma ligera o humorística.
Para entender cómo se produce esa normalización, conviene fijarse en tres elementos que se refuerzan entre sí: los algoritmos, la presión del grupo y la repetición. Cada uno cumple una función distinta, pero juntos crean un entorno en el que el discurso de odio puede circular con más facilidad y asentarse en la vida cotidiana de los adolescentes.
Gráfico realizado con los resultados de nuestro estudio. Elaboración propia.
Algoritmos: árbitros de la visibilidad
Los algoritmos son una parte central del problema porque organizan lo que vemos y determinan qué contenidos ganan visibilidad. Las plataformas suelen mostrar aquello que genera reacción, y los mensajes provocadores funcionan bien en esa lógica. No hace falta que una plataforma promueva un contenido de odio para que este se difunda. Basta con que premie la interacción.
Si un vídeo ofensivo provoca comentarios, risas, enfado o reenvíos, tendrá más posibilidades de seguir apareciendo. Según la UNESCO, en la actual economía de la atención, los discursos de odio encuentran un terreno favorable porque generan respuestas rápidas y ofrecen una sensación de pertenencia.
Ese mecanismo pesa especialmente en la adolescencia, una etapa en la que las redes forman parte de la construcción de la identidad y del reconocimiento entre iguales. Lo que aparece en el feed deja de percibirse como algo excepcional y empieza a integrarse en el paisaje cotidiano. Por eso, cuando mensajes discriminatorios se mezclan con memes y bromas compartidas, su presencia constante puede hacer que dejen de parecer problemáticos y empiecen a asumirse como una forma habitual de hablar y relacionarse en internet.
A esa dinámica se suma la presión del grupo, que en esta etapa tiene un peso enorme. Compartir lo que todos comparten, reír lo que todos ríen o repetir una frase que circula en el grupo puede ser una manera de encajar. En nuestros grupos, esa lógica apareció con claridad: muchas veces no había una adhesión abierta al contenido, pero sí una aceptación práctica que facilitaba su circulación. El problema es que ese gesto contribuye a dar visibilidad y legitimidad al mensaje, aunque la presión del grupo no siempre se manifieste de forma abierta.
La repetición completa ese proceso. Lo que se repite mucho acaba perdiendo capacidad de sorprender, y aquello que ya no sorprende se percibe como menos grave. Un mensaje aislado puede generar rechazo, pero un mensaje que aparece una y otra vez termina desgastando la sensibilidad. Y una mayor exposición a contenidos online de riesgo se relaciona con una mayor aceptación de la ciberagresión.
Gráfico realizado con los datos del estudio. Elaboración propia.
Avance del discurso de odio
Viendo cómo muchas formas de violencia en línea se trivializan entre adolescentes cuando aparecen envueltas en humor o en códigos compartidos en redes, podemos entender por qué el discurso de odio avanza sin presentarse de manera abierta. A veces no llega con amenazas, sino con memes, ironías y bromas que parecen ligeras, pero que repiten una misma idea: hay grupos que merecen ser ridiculizados o colocados en una posición inferior.
Pero las consecuencias de esta normalización son reales. UNICEF España recuerda que las formas de violencia en línea, como el ciberacoso, pueden tener efectos psicológicos profundos y duraderos y generar ansiedad y depresión. En la misma línea, el Ministerio de Igualdad ha advertido de que la violencia digital afecta especialmente a mujeres y menores y exige una respuesta integral, educativa y tecnológica.
La respuesta no puede limitarse a prohibir o castigar. Hace falta educación mediática y digital para que los adolescentes entiendan por qué les aparece un contenido, qué emociones intenta activar y qué visión del mundo transmite.
Si los algoritmos amplifican, el grupo valida y la repetición normaliza, la mejor defensa pasa por aprender a mirar con sentido crítico y a poner nombre a lo que ocurre.
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Raúl Rivas González, Catedrático de Microbiología. Miembro de la Sociedad Española de Microbiología, Universidad de Salamanca
El auge de las hamburguesas poco cocinadas, impulsado por la tendencia gourmet de los establecimientos especializados, supone un riesgo significativo de seguridad alimentaria, ya que su carne puede contener bacterias patógenas como Salmonella, Escherichia coli, Listeria monocytogenes o Staphylococcus aureus. Pero ¿por qué es mayor el riesgo de la carne picada que el de un entrecot “al punto”?
La explicación es muy sencilla. Las bacterias mencionadas pueden proliferar en cualquier pieza de carne y, al menos al principio, son invisibles e inodoras. En concreto, Escherichia coli suele provenir del tracto digestivo del ganado. Durante el sacrificio, es posible que la superficie exterior de la pieza se contamine. Pero mientras que en una pieza cárnica entera las bacterias suelen quedar en la superficie y es más difícil que penetren hacia el interior, durante el picado y la manipulación de una carne procesada los patógenos pueden distribuirse por todo el alimento.
Esta es la razón por la cual un chuletón al punto es menos peligroso que una hamburguesa poco hecha. Al sellar el chuletón en la plancha, la temperatura alcanza niveles letales para las bacterias que están en la superficie, aunque el centro quede rojo y frío. Sin embargo, para matar la Escherichia coli en una hamburguesa, es necesario que el calor llegue al centro, ya que las bacterias están repartidas por toda la carne. Si el centro está crudo, los microorganismos allí alojados seguirán vivos. Si está muy hecho, nos puede resultar “reseca”.
Durante el picado y la manipulación de una carne procesada los patógenos pueden distribuirse por todo el alimento. Springlane/Shutterstock
La toxina Shiga
De hecho, la carne picada es considerada uno de los alimentos con mayor riesgo de contaminación por Escherichia coli, productora de toxina Shiga. Los casos de infección pueden presentarse como casos esporádicos o como brotes, y pueden ser tanto sintomáticos como asintomáticos.
En caso de desarrollar síntomas, éstos pueden variar desde diarrea leve hasta calambres abdominales, vómitos y diarrea sanguinolenta grave.
Escherichia coli enterohemorrágica (ECEH) incluye más de 100 serotipos que producen toxina Shiga y otras similares, pero solo un pequeño número de serotipos está relacionado con la enfermedad humana. De ellos, Escherichia coli O157:H7 es uno de los que con más frecuencia causa casos en humanos.
Entre diciembre de 1992 y febrero de 1993, Estados Unidos sufrió un brote de Escherichia coli O157:H7, resultante de hamburguesas poco cocinadas servidas en la cadena de comida rápida Jack in the Box. El brote involucró a 73 restaurantes de la cadena en California, Idaho, Washington y Nevada, y es considerado uno de los eventos más traumáticos en la historia de la seguridad alimentaria de Estados Unidos. La mayoría de los afectados eran menores de 10 años.
En total hubo más de 700 personas afectadas. Cuatro niños murieron y otros 178 quedaron con lesiones permanentes, incluyendo daño renal y cerebral. El abogado William Marler representó a cientos de otras víctimas del brote en una demanda colectiva contra Jack in the Box, llegando a un acuerdo por más de 50 millones de dólares.
El grosor de la “Monster Burger”
En aquel entonces, el estándar federal de cocción para la carne de res era de 60 °C. Sin embargo, el estado de Washington había elevado su estándar a 68 °C. Jack in the Box no cumplió con la norma estatal más estricta, lo que permitió que la bacteria sobreviviera en las carnes medianamente crudas.
Además, en el momento del brote, Jack in the Box estaba promocionando con fuerza su “Monster Burger”. El problema no era solo la carne contaminada que recibieron de sus proveedores, sino la forma en que se preparaba esta hamburguesa en concreto, mucho más grande y gruesa que las estándar, por lo que necesitaba más tiempo de cocinado. Los empleados, bajo presión por despachar pedidos rápidos, siguieron los tiempos de cocción habituales.
Debido al grosor de la carne, el centro de la “Monster Burger” a menudo no alcanzaba la temperatura necesaria y quedaba semicrudo, el ambiente perfecto para que Escherichia coli sobreviviera.
E. coli es una bacteria termosensible, de manera que el cocinado completo y homogéneo del alimento, a una temperatura mayor o igual a 70 ºC durante al menos 2 minutos, la destruye. Por eso es tan importante seguir esta recomendación para cocinar alimentos que presentan un mayor riesgo, como hamburguesas u otros productos elaborados con carne picada.
Hamburguesas, pero también productos lácteos
El 26 de marzo de 2026, la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) emitió una alerta por presencia de Escherichia coli productora de toxinas Shiga en queso Camembert procedente de Francia. ¿Por qué el queso?
El tracto gastrointestinal de los rumiantes es uno de los nichos ecológicos esenciales de Escherichia coli productora de toxina Shiga, siendo el ganado vacuno y ovino los principales reservorios animales. La transmisión de animales a humanos puede ocurrir por contacto directo con animales colonizados o su entorno, o por el consumo de alimentos o agua contaminados con el patógeno.
Los alimentos frecuentemente asociados con brotes de Escherichia coli O157:H7 incluyen productos lácteos sin pasteurizar y productos frescos expuestos a la escorrentía de agua de lluvia o de riego que contenga heces de animales, así como productos cárnicos de vacuno o cordero crudos o poco cocinados.
En octubre de 2024, se registró un brote de Escherichia coli O157:H7 en España, con al menos 23 personas afectadas y 2 hospitalizados en Pamplona, vinculado al consumo de hamburguesas en el evento itinerante “The Champions Burger”. Ese mismo año, a finales de diciembre, la Red de Alerta Rápida para Alimentos y Piensos (RASFF) de la Unión Europea emitió una notificación urgente sobre la retirada inmediata de carne picada congelada comercializada en España con niveles de Escherichia coli productora de toxinas Shiga inadecuados para su consumo.
A la vista de la vinculación de Escherichia coli patógena, y en particular del serotipo O157:H7, con brotes de enfermedades transmitidas por los alimentos, debemos insistir en las prácticas de higiene rigurosas y asegurar un control efectivo de los alimentos de origen animal. Y, antes de llevar las hamburguesas a la mesa, cocinarlas adecuadamente para mitigar los riesgos para la salud pública.
Raúl Rivas González no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laura Andreu, Profesora Titular de Universidad (acreditada para Catedratica). Area de Economía Financiera y Contabilidad, Universidad de Zaragoza
En las últimas décadas, la inversión sostenible pasó de ser una tendencia minorista a ocupar un lugar central en los mercados financieros. En 2024, uno de cada ocho dólares gestionados profesionalmente en Estados Unidos se invertía siguiendo criterios de sostenibilidad. Los activos gestionados bajo estos criterios han crecido un 20 % desde 2020 fuera de EE. UU.
Este cambio no es solo una cuestión financiera. Al dirigir el capital hacia determinados sectores y empresas, los inversores influyen en los resultados medioambientales de las compañías. Además, este proceso se ve reforzado por una regulación cada vez más exigente en materia de información no financiera, riesgos climáticos y finanzas sostenibles, así como por la presión de otros grupos de interés.
Esta expansión de la inversión sostenible también ha atraído el interés de los académicos, que intentan entender cómo se integran los principios de sostenibilidad en las carteras de inversión y cuál es su impacto en términos de rentabilidad financiera, impacto social, etc.
A pesar de ello, sabemos relativamente poco sobre cómo reaccionan los inversores ante los riesgos asociados al cambio climático. Resulta clave entender si la cobertura mediática de estos riesgos influye en las decisiones de inversión. En un estudio reciente aportamos nuevas evidencias al respecto.
¿Qué nos dice la evidencia?
El estudio muestra que la exposición de los fondos de inversión al riesgo de carbono es persistente en el tiempo. Así, los inversores pueden anticipar qué fondos estarán más expuestos al poseer activos de empresas emisoras de gases de efecto invernadero o que dependen altamente de combustibles fósiles, lo que las hace muy vulnerables a pérdidas derivadas de la transición hacia una economía baja en carbono.
Los resultados también indican que la atención mediática al cambio climático tiene un efecto claro sobre los flujos de inversión. Cuando aumenta el número de noticias relacionadas con ese asunto, los fondos de inversión con alta exposición al riesgo de carbono experimentan menores flujos de capital. Por el contrario, los fondos con menor exposición a este riesgo atraen más dinero. Dicho efecto es especialmente intenso en los años más recientes del periodo analizado (2000-2023).
Estos resultados se mantienen cuando se tiene en cuenta la rentabilidad financiera de los fondos o sus características principales. Por tanto, las decisiones de inversión no responden únicamente a motivos financieros. Las preferencias por una inversión más sostenible y la preocupación por los riesgos climáticos también desempeñan un papel en este sentido.
Estos datos financieros los combinamos con información sobre la atención mediática al cambio climático en los cinco principales periódicos de Estados Unidos: Los Angeles Times, The New York Times, USA Today, The Wall Street Journal y The Washington Post.
Además, contrastamos los resultados utilizando otras medidas alternativas de atención mediática, como la cobertura en televisión o el índice de incertidumbre y política climática (Climate Policy and Uncertainty Index) propuesto en 2021 por el profesor Konstantinos Gavriilidis.
¿Hacia una inversión más sostenible?
Los resultados apuntan a una conclusión clara. La cobertura mediática del cambio climático influye de forma significativa en el comportamiento de los inversores. En periodos de mayor atención pública, los fondos con menor riesgo de carbono aumentan su patrimonio gestionado, mientras que los más expuestos a sectores intensivos en carbono pierden capital, independientemente de su rentabilidad financiera.
Esto tiene implicaciones importantes:
Para los gestores de fondos de inversión, subraya la necesidad de evaluar adecuadamente los riesgos climáticos y de adaptar sus carteras si quieren evitar salidas de capital.
Para los reguladores, refuerza la importancia de exigir a las empresas información clara y comparable sobre los riesgos climáticos y sobre como los gestionan.
Para los inversores, el estudio muestra que los ratings de riesgo de carbono pueden ser útiles para tomar decisiones más informadas.
A medida que el cambio climático ha ido ocupando un lugar cada vez más destacado en la agenda pública y mediática, los mercados financieros parecen haber respondido alineando las inversiones con una transición hacia una economía baja en carbono.
No obstante, hay un factor geopolítico a tomar en cuenta: las medidas que ha venido tomando el presidente Trump en lo que va de su segundo mandato para abandonar los criterios de sostenibilidad ambiental, social y de gobernanza (ESG), dando prioridad al rendimiento financiero de las empresas.
Laura Andreu recibe fondos de la Agencia Estatal de Investigación (MCIN/AEI/10.13039/501100011033) Grant PID2022-136818NB- I00 y del Gobierno de Aragón (code S38_23R).
Diego Víctor de Mingo López recibe fondos de la Agencia Estatal de Investigación (MCIN/AEI/10.13039/501100011033) PID2020-115450GB-I00 y PID2024-159788NB-I00 y de la Universitat Jaume I (UJI-B2020-48, GACUJI/2021/09 y E-2022-42).
José Luis Sarto recibe fondos de la Agencia Estatal de Investigación (MCIN/AEI/10.13039/501100011033) Grant PID2022-136818NB- I00 y del Gobierno de Aragón (code S38_23R).
Juan Carlos Matallín-Sáez recibe fondos de la Agencia Estatal de Investigación – Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades MCIN/AEI/10.13039/501100011033, MICIU/AEI/10.13039/501100011033 y FEDER/EU en los proyectos PID2020-115450GB-I00 y PID2024-159788NB-I00 y de la Universitat Jaume I en el proyecto GACUJI/2021/09.
Quien ha escrito un artículo científico sabe bien lo complejo que es. La ardua (y en ocasiones tediosa) revisión de la literatura va acompañada de una investigación propia, y no vale con decir cualquier cosa, sino que se deben aportar resultados novedosos. A esto se suma una cuidadosa gestión de las citas y referencias, y todo ello debe expresarse con orden y precisión.
La guinda del pastel es que nos toque escribir en inglés, el idioma dominante de la ciencia; quienes no somos hablantes nativos estamos en clara desventaja.
Hasta hace poco, las herramientas disponibles se limitaban a corregir la gramática y el estilo. Hoy, la inteligencia artificial generativa (abreviada como GenAI en inglés) puede reescribir párrafos completos, sintetizar resultados e interpretarlos, o sugerir párrafos que aumenten el contenido de alguna de las secciones de un manuscrito, todo en un inglés correcto y adecuado al registro académico.
Pero no es oro todo lo que reluce. Varios estudios recientes muestran que, cuando las personas saben que un texto se ha producido con ayuda de IA, tienden a confiar menos en su autor. Podría parecer que la solución es ocultar su uso, pero esto tampoco resuelve el problema: si el lector sospecha que los autores han usado IA sin declararlo abiertamente, la desconfianza puede ser igual o, incluso, mayor.
Así surge un auténtico dilema ético: ¿declarar o no declarar su uso?
Es algo que relacionamos con el lenguaje demasiado formal o complejo o con los textos impersonales o de tonos fríos. Al contrario, asumimos que los textos que incluyen experiencias personales provienen de autores humanos.
El problema radica en que muchas de estas señales son engañosas. De hecho, los grandes modelos de lenguaje (LLM por sus siglas en inglés) son perfectamente capaces de adaptar la formalidad del lenguaje que usan, imitar un tono cercano o incluir ejemplos y anécdotas en primera persona.
El resultado es sorprendente: si nos guiamos únicamente por nuestra intuición, los textos generados por IA nos pueden parecer más propios de autores humanos que aquellos realmente redactados por una persona. Peor aún: nuestra capacidad de detección está disminuyendo a medida que los modelos mejoran.
La intuición engaña
Un estudio publicado en Teaching English With Technology lo confirma: la tasa de detección de acierto cayó del 57,7 % con versiones anteriores de ChatGPT a prácticamente el 50 % con versiones más recientes. Eso equivale a lanzar una moneda al aire.
Representación esquemática de una red neuronal profunda: desde un único punto de entrada (izquierda), la información se procesa a través de capas sucesivas de nodos hasta producir una salida compleja (derecha). Es la arquitectura que subyace a modelos como ChatGPT o Gemini, diseñados para predecir, en cada paso, el fragmento de texto estadísticamente más probable. Google DeepMind/Pexels
Rastros que indican el uso de GenAI
Aunque la detección perfecta no es posible, existe un conjunto de patrones lingüísticos que pueden delatar su uso:
El exceso de construcciones antitéticas en el uso repetitivo de frases como “No solo X, sino también Y” o “X en lugar de Y” para enfatizar un argumento sin aportar información nueva.
La reformulación sucesiva de una misma idea con pequeñas variaciones. Este tinte de aparente profundidad se limita a alargar el texto sin añadir contenido sustancial. En los textos científicos, esta redundancia puede resultar contraproducente.
Las listas de tres elementos, como “La técnica mejora la precisión, reduce el error y optimiza el rendimiento”. La estructura tripartita es un recurso clásico de la retórica que sirve para reforzar ciertas ideas, pero su uso reiterado genera un ritmo uniforme, casi mecánico.
Expresiones innecesarias como “A continuación se resume…” o “La cuestión es…” son una especie de tic habitual de los sistemas de IA, que hablan sobre el texto en lugar de ir al grano.
Los textos generados por IA suelen contener más sustantivos abstractos y menos pronombres, resultando en una prosa innecesariamente densa. Por ejemplo, en lugar de escribir: “El modelo analiza los datos y luego los compara”, la GenAI podría decir: “El modelo realiza el análisis de los datos y la comparación de los resultados”.
Mientras los humanos solemos alternar frases cortas y largas de forma natural, la GenAI tiende a producir oraciones de longitud similar, generando un ritmo monótono.
La mezcla de fragmentos generados por IA con otros escritos por humanos tiende a producir incoherencias en el uso de mayúsculas, negritas o listas que revelan la autoría mixta y proyectan una imagen de descuido.
Recomendaciones prácticas
¿Qué podemos hacer para que nuestros textos no parezcan escritos por una máquina? Algunos consejos son:
Limitar o eliminar las construcciones antitéticas innecesarias.
Reducir las repeticiones que no aporten información nueva.
Variar la longitud de frases y párrafos.
Sustituir los sustantivos repetidos por pronombres cuando no haya ambigüedad.
Eliminar el metalenguaje superfluo y evitar las listas con títulos en negrita.
Unificar el formato y revisar cuidadosamente la coherencia final, evitando que el texto sea un puzle de estilos por la mezcla de fragmentos generados por GenAI y otros por humanos.
La inteligencia artificial puede ahorrar tiempo en tareas de inteligencia mecánica y facilitar la escritura en una lengua extranjera, ayudar a estructurar ideas o mejorar la claridad gramatical. Pero no podemos usarla como sustituta de la experiencia humana para eximir la responsabilidad del investigador firmante. En la ciencia, la confianza es tan importante como la precisión.
Y esa confianza no la podemos delegar en un algoritmo, cuyo output consiste en generar el texto más probable posible. La IA no puede sustituir a los investigadores, pero sí puede servirles de apoyo valioso. Nuestro reto, pues, es aprender a aprovechar ese apoyo de una manera ética y profesional.
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
El 25 de septiembre de 1668, de madrugada, Cosme III de Médici y su séquito alcanzaron la costa catalana. Su llegada se produjo tras haberse hecho a la mar en la ciudad italiana de Livorno, recorrer la costa tirrena, el mar de Liguria y el golfo de León. El príncipe heredero de Toscana emprendía de este modo un viaje –como parte de un periplo europeo más amplio– por la península ibérica. Su intención era visitar las principales ciudades españolas y portuguesas y, sobre todo, la tumba del apóstol Santiago en Compostela.
Hoy podemos recorrer el itinerario del príncipe toscano gracias, principalmente, a la crónica oficial del viaje que escribió el conde Lorenzo Magalotti y a los 86 dibujos que realizó el arquitecto florentino Pier Maria Baldi sobre las poblaciones visitadas. Texto y vistas conforman el volumen titulado Relazione ufficiale del viaggio di Cosimo III dei Medici, custodiado en la Biblioteca Medicea Laurenziana de Florencia.
Recorrido de Cosme III de Médici desde Livorno hasta Cadaqués. Google Maps
Una costa militarizada
Cadaqués, en el extremo oriental del cabo de Creus, constituyó la primera parada peninsular de las dos galeras del cortejo toscano. A ella le siguieron los puertos de Roses y Palamós antes de desembarcar definitivamente en Barcelona para continuar el viaje por tierra. De la crónica de Magalotti se deduce que la decisión de fondear en la bahía de Cadaqués vino dada por la falta de viento, que aconsejaba hacer parada en este enclave, ubicado a los pies del monte Pení y a resguardo de las corrientes del norte.
Su geografía abrupta y el difícil acceso terrestre habían condicionado tanto su desarrollo económico como su exposición constante a los ataques piratas, en particular por parte de corsarios berberiscos. Estos seguían representando una amenaza significativa para las poblaciones costeras catalanas a lo largo del siglo XVII.
Tras la guerra franco-española llamada “de los Segadores”, un tratado de paz obligó a ambas naciones a ceder territorios, lo que convirtió a Cadaqués en una población casi fronteriza y con una guarnición militar permanente. Según Magalotti, esto consistía en un batallón “de cien hombres que dependen del rey”.
La llegada a puerto de Cosme de Médici fue saludada con cuatro disparos y contestada con tres. En la visita al castillo, el príncipe reparó en que los soldados iban “medio desnudos” y muchos de ellos no tenían ni la vaina de su espada, en “una clara señal de su extrema mendicidad”. Por ello, Cosme acabó regalándoles doce piezas de paño.
El dibujo de Baldi
La vista de Cadaqués realizada por Pier Maria Baldi está tomada desde el mar, aunque adopta un punto de vista más elevado. Al tratarse de la primera población en la que se detienen en terreno hispánico, el dibujo presenta la singularidad de contener dos emblemas heráldicos. Así se pueden ver el de la monarquía de los Habsburgo en la parte superior izquierda, y el del Principado de Cataluña en la parte superior derecha.
El dibujo sitúa en primer término a una de las galeras con los remos desplegados y el islote denominado “Es Cucurucut”. En los extremos aparecen, de modo fragmentario, la proa de otro barco y otro islote correspondiente al de S’Arenella. La población resulta fácilmente reconocible, especialmente por el sector denominado “Es baluart” (el baluarte). Su perfil ligeramente saliente lo distingue y también los edificios que se levantan directamente sobre la muralla, aún perfectamente reconocible y donde se observan algunas de sus torres en pie.
Por su parte, la iglesia parroquial, aunque identificable, aparece algo desdibujada debido a la ausencia del campanario, que aún no se había construido y que hoy constituye uno de los elementos más característicos del perfil de la población. Asimismo, todavía faltaban cerca de cuarenta años para la ejecución de su retablo mayor, considerado actualmente uno de los ejemplos más notables del barroco catalán conservado in situ.
Ante el mencionado contexto de inseguridad por los ataques corsarios, Cadaqués desarrolló un sistema defensivo acorde con sus recursos. Aunque en el dibujo se distinga la torre del castillo (hoy desaparecido) en lo alto del núcleo urbano, carecía de una fortaleza monumental. Sin embargo, contaba con varias torres de vigilancia costera, alguna de las cuales se distinguen en distintos puntos del horizonte.
A ambos lados del conjunto amurallado y más compacto, se extienden sendos arrabales. Las pocas casas a mano izquierda se corresponderían hoy con las de Port Doguer, mientras que las situadas a mano derecha, donde se distinguen incluso algunas empalizadas en la playa, hoy serían las del paseo marítimo que conduce a las playas de Es Poal y Es Pianc.
De un lugar ‘miserable’ a icono de la Costa Brava
En su libro sobre Cadaqués, el gran prosista Josep Pla señala de modo elegíaco que los pescadores solían pintar sus embarcaciones de negro, en consonancia con la pobreza del lugar.
Esta peculiar situación de aislamiento no fue incompatible con el comercio marítimo con ciudades como Génova, Nápoles o La Habana, o incluso con el origen griego de algunos pescadores y coraleros locales. La salida por mar era más fácil y natural que por tierra, por lo que antes del siglo XIX, Cadaqués llegó a ser el segundo puerto de la provincia de Girona en volumen de mercancías, solo por detrás de Sant Feliu de Guíxols y por delante de Roses y Palamós.
A finales del siglo XIX, la llegada de familias acomodadas y cultas, como los Pitxot, favoreció la creación de un ambiente intelectual al que también contribuyeron notables locales como los Rahola. Este contexto actuó como un poderoso foco de atracción para artistas. Uno de los primeros en llegar fue Eliseu Meifrén, cuya pintura captó numerosos rincones de la entonces solitaria belleza de esta villa marinera.
Con el paso del tiempo, la población dejó de ser aquel lugar “miserable” descrito por Magalotti para convertirse, durante la primera mitad del siglo XX, en una imagen icónica del paisaje catalán y en un núcleo destacado de la vanguardia artística. Sucedió especialmente en torno a la figura de Salvador Dalí quien, aunque no nació en Cadaqués, pasó allí los veranos de su infancia y la huella del paisaje definió su imaginario pictórico. Más adelante, el artista adquirió y transformó varias barracas de pescadores en la bahía cercana de Portlligat en su célebre casa-taller, hoy convertida en museo y visitada anualmente por miles de personas.
La presencia de Dalí actuó como un auténtico imán para otros artistas, intelectuales y creadores internacionales. A lo largo del siglo XX, figuras como Pablo Picasso, Richard Hamilton, Marcel Duchamp, Federico García Lorca y Man Ray, entre otros, pasaron temporadas en Cadaqués o encontraron allí inspiración, consolidando su reputación como enclave artístico.
En definitiva, aunque esta villa marinera es de las más representadas en todo el paisajismo catalán, fue un arquitecto florentino del siglo XVII el primero en plasmar la belleza y singularidad de su paisaje.
Maria Garganté Llanes no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Les personnes qui participent à UK Biobank, un vaste projet de recherche à long terme sur la santé mené auprès de centaines de milliers d’adultes britanniques, sont généralement en meilleure santé que la population moyenne.CandyRetriever/Shutterstock
Une étude qui a porté sur une importante cohorte britannique suggère que de légers changements dans les habitudes de sommeil, d’activité physique et d’alimentation sont associés à un vieillissement en meilleure santé. On fait le point sur ses principaux enseignements, mais aussi sur les limites des résultats qu’elle met en avant.
Selon une vaste étude menée au Royaume-Uni, il ne serait pas nécessaire de bouleverser complètement notre mode de vie pour vivre plus longtemps en meilleure santé. C’est une bonne nouvelle, d’autant plus que beaucoup de gens abandonnent vite les bonnes résolutions qu’ils prennent concernant leurs habitudes de vie.
Dans cette étude récente, ont été suivies environ 59 000 personnes au Royaume-Uni, dont l’âge moyen était de 64 ans, sur une période de huit ans. Les chercheurs ont confirmé ce qu’avaient montré des travaux antérieurs selon lesquels des modes de vie plus sains sont associés à un risque moindre de maladies, notamment de démence, ainsi qu’à une vie plus longue en bonne santé et plus autonome.
Les auteurs de l’étude rapportent que des changements même très modestes étaient associés à de tels bienfaits. Cela incluait notamment le fait de dormir environ cinq minutes de plus par nuit, de pratiquer deux minutes supplémentaires par jour d’activité physique d’intensité modérée à vigoureuse, et d’améliorer modestement son alimentation. L’ensemble de ces changements étaient associés à environ une année supplémentaire de vie en bonne santé. Le terme « vie en bonne santé » désigne ici les années vécues sans maladie grave ni handicap qui limitent les activités quotidiennes.
Des changements plus importants sont associés à des gains plus significatifs. Près d’une demi-heure de sommeil supplémentaire par nuit, combinée à quatre minutes d’exercice supplémentaires par jour (ce qui représente près d’une demi-heure d’activité physique en plus par semaine), et à d’autres améliorations en matière d’alimentation, permettent de gagner jusqu’à quatre années de vie en bonne santé.
Cela est important à noter car, bien que les femmes vivent en moyenne plus longtemps que les hommes, ces années supplémentaires sont souvent marquées chez elles par une moins bonne santé, ce qui entraîne des coûts personnels et économiques significatifs. Les femmes sont exposées à un risque plus élevé de démence, d’accident vasculaire cérébral et de maladies cardiaques à un âge avancé, ainsi qu’à des affections entraînant une perte de la vue et à des fractures osseuses. Ces maladies peuvent réduire la qualité de vie et menacer l’autonomie.
Changer son mode de vie peut également réduire le risque de décès prématuré. L’année dernière, les mêmes facteurs liés au mode de vie examinés dans cette cohorte ont fait l’objet d’une analyse dans une autre étude qui portait sur la mortalité (le risque de décès).
D’après cette analyse, les personnes ayant adopté un mode de vie plus sain sur une période de huit ans présentaient un risque de décès inférieur de 10 % au cours de cette période. La combinaison de 15 minutes de sommeil supplémentaires par nuit, de deux minutes supplémentaires d’activité physique modérée à intense par jour et d’une alimentation saine était associée à une légère réduction du risque de décès. Une réduction bien plus importante, de 64 %, a été observée chez les personnes qui dormaient entre sept et huit heures par nuit, suivaient une alimentation saine et pratiquaient entre 42 et 103 minutes supplémentaires d’activité physique modérée à intense par semaine.
Soulignons que cet effet bénéfique n’a été observé que lorsque ces comportements étaient combinés. L’alimentation seule n’avait par exemple aucun effet mesurable.
Atouts et limites de ces études
L’un des principaux atouts de ces études vient du fait qu’elles mettent en évidence des bienfaits pour la santé dès les premiers signes d’un changement de comportement. Cela réduit le risque que les résultats soient uniquement influencés par le fait qu’elles inclueraient des personnes déjà en meilleure santé ou plus motivées. Ces conclusions apparaissent ainsi plus pertinentes pour les personnes âgées et pour celles qui ont des capacités limitées pour modifier leurs habitudes.
Un autre de leurs points forts réside dans le recours à des mesures objectives plutôt qu’à des données déclarées par les personnes participantes elles-mêmes. L’activité physique et le sommeil ont été mesurés à l’aide d’appareils portables, plutôt qu’en se fiant aux estimations des participants concernant leur propre comportement. Les déclarations des participants peuvent en effet se révéler peu fiables, en particulier chez les personnes qui souffrent de troubles de la mémoire, comme chez celles qui se trouvent aux premiers stades de la démence.
Il existe toutefois des limites importantes à ces études. Les mesures objectives n’ont été recueillies que pendant trois à sept jours, ce qui ne reflète peut-être pas les habitudes à long terme des personnes concernées. Selon mon expérience, le fait de porter un bracelet connecté peut inciter les gens à faire davantage d’exercice pendant la période de suivi, mais ces changements sont souvent de courte durée.
De plus, les accéléromètres portés au poignet évaluent le sommeil et l’activité physique en se basant sur les mouvements. Pendant le sommeil profond, les personnes bougent très peu, mais l’absence de mouvement ne signifie pas toujours qu’une personne dort. Ces appareils peuvent donc ne pas refléter pleinement les véritables habitudes de sommeil ou les niveaux activité physique. D’autres méthodes, telles que les capteurs fixés sur la cuisse ou les capteurs intégrés au matelas qui détectent les mouvements pendant le sommeil, peuvent fournir des évaluations plus précises.
Malgré ces problèmes, les mesures objectives sont généralement plus fiables que les déclarations des personnes concernées. Toutefois, comme le comportement n’a été mesuré qu’une seule fois, il est difficile de déterminer si les changements de comportement observés au fil du temps ont influencé les résultats en matière de santé. Il est également difficile de savoir si l’activité enregistrée correspondait à de l’exercice pratiquée pendant les loisirs ou à une activité physique au travail, sachant que ces deux types d’activité peuvent avoir des effets différents sur la santé.
Les informations sur l’alimentation posent un autre défi. Les habitudes alimentaires ont été rapportées par les participants eux-mêmes et recueillies trois à neuf ans avant la collecte des données sur le sommeil et l’activité physique. Les habitudes alimentaires changent souvent avec le temps, en particulier après un diagnostic tel qu’une maladie cardiovasculaire, où il peut être conseillé aux personnes concernées de baisser leur cholestérol, ou dans des cas de démence, quand les personnes peuvent oublier de manger. Il est donc difficile de savoir si l’alimentation a influencé le risque de maladie, ou si c’est l’apparition de la maladie qui a modifié l’alimentation et contribué finalement à une mauvaise santé puis à un décès prématuré.
Il faut également tenir compte de facteurs sociaux plus généraux. Les comportements sains ont tendance à se regrouper ensemble et sont étroitement liés au niveau d’éducation et à la sécurité financière. Par exemple, le tabagisme et le fait d’être en surpoids ou obèse sont étroitement associés à la précarité et à la pauvreté.
Les participants à l’UK Biobank, un vaste projet de recherche à long terme sur la santé qui recueille des données génétiques, sur le mode de vie et sur la santé auprès de centaines de milliers d’adultes britanniques, sont généralement en meilleure santé que la population britannique moyenne.
La recherche en santé attire souvent des personnes en meilleure santé, plus instruites et jouissant d’une plus grande sécurité financière. Cela peut refléter à la fois un intérêt pour la recherche et le fait de disposer du temps et des ressources nécessaires pour participer à de telles études.
La richesse a également un impact sur l’exposition au risque. Les personnes qui disposent de revenus plus élevés sont moins susceptibles de vivre dans des zones où les niveaux de pollution sont élevés et ont davantage de chances de contrôler leurs conditions de travail et leurs finances. Le stress financier peut affecter la qualité du sommeil, entraîner de la fatigue et réduire la probabilité de faire de l’activité physique, d’acheter des aliments frais ou de préparer des repas sains. Au cours d’une vie, ces facteurs contribuent à une santé plus fragile et à un décès prématuré.
Bien que les chercheurs aient tenté de prendre en compte ces influences à l’aide de méthodes statistiques, celles-ci sont étroitement liées et difficiles à distinguer. Pour de nombreuses personnes qui vivent désormais dans une extrême pauvreté, l’aggravation du fossé entre problèmes de santé et richesse met en évidence les limites de la responsabilité individuelle. Ces problèmes structurels exigent une action de la part des décideurs politiques, plutôt que de faire porter le fardeau uniquement aux personnes qui n’ont peut-être que très peu de contrôle sur les conditions qui déterminent leur santé.
Eef Hogervorst a reçu des financements de plusieurs fondations gouvernementales et caritatives pour ses recherches sur le mode de vie et la santé, notamment, actuellement, de l’ISPF et d’Alzheimer’s Research UK. Elle est rattachée à l’université de Loughborough et a récemment intervenu en tant qu’experte en démence pour le NICE et la BBC. Par le passé, elle a été consultante en matière d’alimentation et de risques de démence pour Proctor.
Si, intuitivement, nous pensons les cérémonies funéraires comme des moments qui ne concernent que le cercle des proches et relèvent de l’intimité, le droit considère que la diffusion de musique dans ce cadre doit donner lieu à la rétribution des droits d’auteur. Une question juridique complexe qui s’impose dans un moment de grande vulnérabilité et qui mérite d’être mieux comprise.
Entre hommage personnalisé et cadre réglementaire une décision rendue le 31 janvier 2024 par le tribunal judiciaire de Paris invite à reconsidérer les pratiques du secteur funéraire en jugeant que la diffusion de musique lors des cérémonies funéraires constitue un acte de communication au public au sens du Code de la propriété intellectuelle, ce qui entraîne la rémunération des auteurs par l’intermédiaire de la Societé des auteurs, compositeurs et éditeurs de musique (Sacem).
Cette évolution soulève toutefois plusieurs questions quant à la conciliation entre le respect des droits d’auteur et le caractère sensible et intime des funérailles.
C’est l’occasion de revenir sur les fondements juridiques du droit d’auteur, du cas particulier des cérémonies funéraires et sur les questions que tout cela pose pour l’avenir juridique de ce secteur.
Fondements juridiques du droit d’auteur
Le droit d’auteur regroupe les droits dont dispose un auteur sur ses œuvres de l’esprit, c’est-à-dire des créations originales, telles que les œuvres littéraires, plastiques, photographiques, logicielles ou musicales. En matière musicale, les droits d’auteur protègent à la fois le compositeur et le parolier, c’est-à-dire l’auteur du texte.
Afin d’être protégées, toutefois, ces œuvres de l’esprit doivent présenter un caractère « original ». Autrement dit, l’œuvre doit porter l’empreinte de la personnalité de son auteur ou refléter un apport intellectuel ou un effort créatif. La jurisprudence a progressivement permis de définir plus clairement cet élément de l’originalité. En particulier, dans l’arrêt Painer du 1ᵉʳ décembre 2011, la Cour de justice de l’Union européenne renforce la reconnaissance de la personnalité créative de l’auteur, en affirmant que l’originalité d’une œuvre est définie comme le reflet de sa personnalité qui se manifeste à travers des choix libres et créatifs.
De manière plus générale, le droit d’auteur repose sur un ensemble de principes, clairement énoncés dans le Code de la propriété intellectuelle, qui définissent le cadre de protection des œuvres artistiques et littéraires, dont les œuvres musicales, les enregistrements et les reproductions Notamment, l’article L. 111-1 consacre le droit exclusif de l’auteur du seul fait de la création, la protection de l’œuvre ne nécessite aucune formalité. Par conséquent, aucun dépôt constitutif n’est, en théorie, nécessaire afin d’acquérir ce droit exclusif sur sa musique.
Malgré ce principe, en cas de litige sur la paternité, l’auteur devra être en mesure de donner la preuve de la date de création de l’œuvre. À cette fin, il pourra déposer une enveloppe Soleau auprès de l’Institut national de la propriété industrielle (Inpi) afin d’horodater la création ou déposer l’œuvre chez un notaire, un huissier de justice ou faire appel à une société d’auteurs.
Ce droit exclusif de l’auteur, qui est en théorie opposable à tous, compte des attributs d’ordre patrimonial, à savoir les droits sur l’exploitation de l’œuvre, mais aussi des droits moraux, notamment le droit à la paternité de l’œuvre, à sa divulgation et son respect.
Si le droit moral est perpétuel et incessible, les droits patrimoniaux ont une durée limitée à la vie de l’auteur et durent soixante-dix ans après sa mort. Parmi ces droits patrimoniaux figure le droit de représentation et de communication au public des œuvres musicales, défini aux articles L. 122-1 et L. 122-2 du Code de la propriété intellectuelle.
Ces dispositions imposent notamment que toute diffusion d’une œuvre en dehors du cercle strictement privé, entendu comme un groupe composé d’un nombre restreint de proches, fasse l’objet d’une autorisation préalable et surtout d’une rémunération de l’auteur. C’est là que le bât blesse en ce qui concerne les cérémonies funéraires. Ne sont-elles pas organisées dans le cadre privé, avec un groupe restreint de proches ?
Le cas particulier des cérémonies funéraires
C’est ici que le sujet devient délicat. En apparence, les funérailles relèvent de l’intime : elles réunissent famille, proches et quelques connaissances dans un moment de recueillement. Beaucoup seraient donc tentés de voir dans la diffusion d’une chanson un acte relevant naturellement du cadre privé. Pourtant, en droit d’auteur, cette intuition ne suffit pas. Le Code de la propriété intellectuelle cité ci-dessus ne vise pas toute situation simplement « privée » au sens courant, mais uniquement les représentations privées et gratuites effectuées exclusivement dans un cercle de famille. Cette exception est d’interprétation stricte.
C’est précisément sur ce point qu’est intervenue la décision rendue par le tribunal judiciaire de Paris, le 31 janvier 2024. Saisi d’un litige opposant notamment la Sacem à des fédérations du secteur funéraire, le tribunal a jugé que la diffusion de musique lors des cérémonies d’obsèques constituait bien « une communication au public ». Il a donc écarté l’argument selon lequel ces diffusions relèveraient automatiquement du cercle de famille. Autrement dit, le caractère solennel, émotionnel ou même familial d’une cérémonie funéraire ne suffit pas, à lui seul, à la faire échapper au droit d’auteur.
Cela peut sembler assez logique : la qualification de « communication au public » repose sur des critères objectifs, tenant notamment à la nature de la diffusion et au cercle des personnes qui y ont accès. Or, le caractère solennel, émotionnel ou même familial d’une cérémonie funéraire n’a pas, en lui-même, pour effet de soustraire cette diffusion au droit d’auteur.
D’un point de vue très pragmatique, la solution peut toutefois sembler contre-intuitive. Dans le langage courant, les obsèques sont souvent perçues comme un événement privé. Mais le droit raisonne autrement. Ce qui compte, ce n’est pas seulement l’intimité ressentie par les participants, mais aussi le cadre dans lequel la musique est diffusée. Lorsqu’une œuvre musicale est intégrée à une cérémonie organisée par un opérateur funéraire, dans le cadre d’une prestation de services, avec des moyens techniques de diffusion mis à disposition de plusieurs personnes, les juges peuvent y voir un acte de communication au public. La cérémonie demeure un moment personnel pour les proches, sans pour autant relever nécessairement, au sens juridique, du cercle de famille.
Il faut d’ailleurs souligner un point important : la question ne revient pas à demander si une famille endeuillée devra elle-même régler des droits d’auteur pour chaque morceau choisi. En pratique, le débat concerne surtout les opérateurs funéraires, c’est-à-dire les professionnels qui organisent la cérémonie et assurent la diffusion de musique dans le cadre de leur activité. C’est à ce niveau que s’organise la relation avec la Sacem et que se pose la question de la rémunération des auteurs. Cette précision compte, car elle montre que la controverse vise moins les familles que l’encadrement juridique d’une prestation professionnelle intégrant des œuvres protégées. Dernier élément rassurant : cela ne change quasiment rien sur la facture. En effet, la redevance coûte entre 1,6 et 3 euros par cérémonie aux opérateurs.
Reste que la solution suscite un malaise compréhensible. Les funérailles ne sont ni un spectacle ni un simple service marchand comme un autre. La musique y joue souvent un rôle symbolique fort : elle accompagne le deuil, rappelle la personnalité du défunt et participe à la singularité de l’hommage. C’est pourquoi la soumission de ces diffusions au droit d’auteur peut apparaître, pour certains, comme une intrusion de la logique patrimoniale dans un moment de grande vulnérabilité humaine.
À l’inverse, on peut aussi soutenir qu’il n’existe pas, en principe, de raison de priver les auteurs de rémunération au seul motif que leurs œuvres sont utilisées dans un contexte funéraire. Le véritable enjeu est donc moins d’opposer brutalement les familles aux titulaires de droits que de trouver un équilibre entre la dignité des cérémonies et le respect des règles de propriété intellectuelle.
Quoi qu’il en soit, tout cela a donné naissance à la signature d’un compromis sectoriel en 2025 entre la Sacem et les opérateurs du funéraires. Cet accord a permis d’abaisser les coûts et de simplifier les modalités déclaratives pour les professionnels. Sur le plan pratique, il constitue donc une réponse utile. Il ne tranche toutefois pas, à lui seul, la question de fond. La réduction des tarifs et l’organisation administrative du dispositif n’effacent ni le débat sur la qualification juridique des cérémonies, ni l’inconfort symbolique que suscite l’application du droit d’auteur à un moment de deuil.
Le compromis apaise la pratique, sans nécessairement clore la réflexion, laquelle peut d’ailleurs s’étendre au-delà du seul secteur funéraire.
Repenser les rapports entre pratiques funéraires et catégories juridiques établies
Dès lors, plusieurs questions peuvent être posées pour mieux envisager l’avenir et anticiper les litiges.
D’abord, la notion de « cercle de famille » est-elle encore adaptée aux rituels contemporains du deuil ? Le contentieux relatif à la musique diffusée lors des obsèques révèle peut-être les limites de cette notion juridique ancienne. En refusant d’assimiler automatiquement les cérémonies funéraires à cette exception, le tribunal judiciaire de Paris a rappelé que le droit d’auteur retient une conception étroite de la représentation privée. Mais cette rigueur interroge : les formes contemporaines du deuil, souvent plus ouvertes, plus personnalisées et parfois organisées par des opérateurs funéraires, entrent-elles encore dans les catégories classiques du droit de la propriété intellectuelle ?
Plus largement, cela revient à se demander jusqu’où la cérémonie funéraire peut être assimilée à une prestation de services comme une autre. Le raisonnement des juges repose en partie sur le fait que la diffusion musicale s’insère dans une prestation organisée par un professionnel. Cette logique est juridiquement cohérente, mais elle soulève une question plus large : la cérémonie funéraire doit-elle être analysée comme une simple prestation de services comportant un fond musical ou comme un rituel social et humain si particulier qu’il appelle un traitement distinct ? En d’autres termes, la qualification juridique actuelle rend peut-être compte du fonctionnement économique du secteur, sans épouser pleinement la singularité sociale des obsèques. Le compromis sectoriel de 2025 précité, par exemple, ne permet pas de répondre à cette question.
Pour finir, cette affaire montre combien certaines catégories du droit peuvent paraître contre-intuitives au grand public. Dans le langage courant, les funérailles sont perçues comme un moment intime ; en droit d’auteur, cela ne suffit pas à relever du cercle de famille. L’écart entre ces deux perceptions explique une grande part de l’émotion suscitée par le sujet. Peut-être faut-il donc, au-delà du débat de fond, mieux expliquer la logique du droit positif : non pour éteindre la critique, mais pour permettre qu’elle se formule sur des bases plus précises et mieux comprises.
Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.
« La curiosité est l’opposé du fanatisme ; elle nous conduit à nous interroger : “Existe-t-il d’autres vérités ?” », écrit le psychanalyste Mannie Sher.Triff/Shutterstock
Face à un monde instable et violent, il est tentant de se raccrocher à des certitudes et à des logiques d’opposition binaires et partisanes. L’essayiste Nicola Redhouse s’inspire du psychanalyste Wilfred Bion (1897-1979), selon qui être en prise avec la réalité implique de supporter l’incertitude. En un sens positif, cette incertitude permet de déployer une ouverture d’esprit et une curiosité salutaire.
Lorsque j’enseignais l’écriture de nouvelles, je citais souvent Meg Wolitzer : « Vous vous retrouverez dans un endroit que vous ne connaissiez pas. Un endroit où vous ne pensiez pas aller. »
Le principe, disais-je à mes étudiants, c’est de rendre le lecteur curieux. C’était il y a dix ans. Depuis, la curiosité semble passée de mode.
L’IA encourage des réponses rapides, souvent fragiles, plutôt que des enquêtes patientes et nuancées (alors qu’en ce moment, une culture du mensonge à la Maison Blanche – comme lorsque Donald Trump a affirmé qu’un changement de régime avait eu lieu en Iran – exigerait un travail de vérification rigoureux). L’IA favorise aussi des formes de divertissement brèves et superficielles, dans un monde où 36 % des 18–24 ans s’informent via TikTok.
Aujourd’hui, le monde paraît particulièrement instable. De nouveaux conflits en Iran et au Liban s’ajoutent à ceux d’Ukraine et de Gaza – où un cessez-le-feu tient, pour l’instant. Trump se dispute avec le pape. Le seul point lumineux : la défaite de l’autocrate Viktor Orban en Hongrie. Tout cela sur fond d’accélération de la catastrophe climatique.
Dans ces conditions, il n’est pas étonnant que nous cherchions de la certitude. Mais c’est peut-être son contraire – la curiosité – dont nous avons besoin. Elle pourrait rouvrir un peu les possibles, nous permettre de nous intéresser à ce que ressent l’autre, à la manière dont il souffre, ou même à ce qui pourrait nous faire rire ensemble.
Ma vision du monde a été profondément marquée par le psychanalyste du XXe siècle Wilfred Bion et par ce que l’on appelle « l’attitude psychanalytique » : une curiosité ouverte, disponible, dépourvue de précipitation. Les idées de Bion offrent, me semble-t-il, une manière de rencontrer le monde – et peut-être d’en atténuer les formes actuelles de fondamentalisme.
L’attitude psychanalytique
Avec le temps, je me suis moins intéressée aux réponses qu’à comprendre ce qui nous amène à nous questionner – à tâtonner à l’aveugle. À essayer d’imaginer ce que cela ferait d’être hors de mon propre corps, ou dans la tête de quelqu’un d’autre. « La curiosité est l’opposé du fanatisme ; elle nous conduit à nous interroger : “Existe-t-il d’autres vérités ?” », écrit le psychothérapeute Mannie Sher.
Pour Wilfred Bion, la possibilité même de penser – et d’être en prise avec la réalité – dépend de notre capacité à supporter l’incertitude. Sans cela, la pensée bascule facilement dans la peur, la colère, ou des fantasmes d’anéantissement.
Wilfred Bion. Facebook
Bion comprenait qu’adopter une posture de savoir préalable empêchait la possibilité d’une compréhension véritable. Son travail s’appuyait sur ce que le poète John Keats considérait comme essentielle à toute grande pensée – la « capacité négative » qu’il définit comme « la faculté chez un homme de savoir exister au sein des incertitudes, des mystères, des doutes, sans vouloir d’irritante façon rejoindre à tout prix le terrain des faits et de la raison ».
La théorie de Bion prend sa source dans la relation mère-bébé. La mère ou la personne qui s’occupe de l’enfant adopte une forme d’écoute et d’attention et supporte de ne pas comprendre ce que veut le bébé. Elle peut contenir la rage ou la déception du nourrisson par le langage et par des gestes apaisants – comme gazouiller ou bercer – jusqu’à comprendre ce qu’il exprime en répondant à ses besoins.
« L’attitude psychanalytique » est devenue la pierre angulaire d’un travail fécond pour ceux qui s’inspirent de la pensée de Bion. Le psychothérapeute Robert Snell la décrit comme « une orientation émotionnelle… un engagement, fondé sur le respect, à maintenir une posture radicalement ouverte d’esprit ».
Confronter des vérités complexes
Le partisanisme, l’indignation et les divisions profondes caractérisent de plus en plus notre culture politique et idéologique.
Le conflit à Gaza est devenu un point de cristallisation. Prendre position – ou être perçu comme appartenant à un camp – comporte désormais des risques réels.
Sur les réseaux sociaux, la vitesse de circulation des informations fausses ou incendiaires, combinée à la brièveté imposée, renforce cette polarisation. Il en résulte une forme de certitude assénée qui empêche d’entendre d’autres vérités – celles, vécues et émotionnelles, d’individus ou de communautés qui ne sont pas les nôtres.
Ces vérités, souvent hors de nos algorithmes, demandent que nous baissions un peu nos défenses et que nous écoutions vraiment – pour être touchés.
Ces dernières années, cela m’est arrivé. Je suis juive, et j’ai été bouleversée de voir combien, après le 7 octobre, certains ont nié ou minimisé les attaques du Hamas. Mais j’ai aussi commencé à me demander ce que je ne savais pas – ou ce que j’avais évité de comprendre. Je n’avais été formée qu’à certaines parties de l’histoire d’Israël. Je suis devenue curieuse.
Cela a ouvert ma pensée à des expériences auxquelles je ne m’étais pas assez confrontée : j’ai écouté des témoignages palestiniens, lu des récits historiques palestiniens, regardé des images de Gaza – en m’efforçant de le faire sans le poids de ce que je croyais déjà savoir. J’en ai été profondément bouleversée.
Je conservais le sentiment d’horreur et de chagrin face aux événements du 7-Octobre ainsi que le souvenir de mes propres expériences récentes d’antisémitisme.
La compréhension à laquelle je suis parvenue était d’ordre émotionnel. Elle est contenue dans les mots d’un survivant de la Shoah manifestant en Israël : « Je ne pense pas que nous puissions nous souvenir de notre souffrance sans reconnaître celle de Gaza… Elle occupe la même place dans mon cœur. »
Nous ne pouvons parvenir à ce type de connaissance que si nous pouvons, comme l’écrit Sher, « faire notre deuil sans accusation […] rester liés sans sombrer dans l’idéologie […] préserver la capacité de penser au milieu du bruit de la certitude ».
Ces vérités peuvent être désordonnées : des récits où les coupables sont aussi des victimes, ou l’inverse ; où des individus ordinaires commettent des actes terribles au nom de la bureaucratie ; où des sociétés entières, sous l’emprise d’un pouvoir ou d’un système brutal, agissent mal – ou n’agissent pas du tout. Elles peuvent même impliquer notre responsabilité.
Se détourner de ces vérités ne fait que renforcer les oppositions simples – ce « nous » contre « eux » – dans lesquelles peuvent s’enraciner des horreurs comme les génocides, les pogroms ou les nettoyages ethniques.
Attention, algorithmes et « faits alternatifs »
« Les intérêts qui sont les nôtres, l’attention que nous développons à certaines choses semblent être les meilleurs moyens d’accéder aux vies que nous désirons », écrit le psychanalyste Adam Phillips.
Toute forme d’attention autre que fragmentée est devenue un luxe. Tout semble accéléré, y compris le processus de recueil des informations et de formation de nos opinions.
Une analyse de 35 millions de publications Facebook a montré que 75 % des liens partagés n’avaient même pas été lus par ceux qui les publiaient. Une étude de grande échelle sur Twitter (désormais X) a montré que la position idéologique d’un utilisateur dans un débat prédit ses positions dans d’autres. Nous tirons des vérités de discours de ceux avec qui nous sommes déjà d’accord.
L’« autre camp » propose souvent une autre vérité. L’écart se creuse.
Qu’est-ce qui est encore réel, pourraient demander les plus jeunes, à une époque où l’on peine à distinguer une chanson humaine d’une chanson générée par une IA ; où les arnaques se multiplient ; où les sites satiriques désorientent plus qu’ils ne font rire.
Sur les réseaux sociaux, où nous passons plus de temps que jamais, les contraintes d’espace et d’immédiateté façonnent la manière dont nous formulons nos pensées, en favorisant des conclusions tranchées.
Nous savons déjà – et nous pensons en savoir assez. Des histoires entières sont réduites à des slogans. Des traumas personnels réduits à 30 caractères. J’aime, je ris, j’adore, je compatis, je m’indigne. Un seul clic.
Ce type de savoir ne peut pas accueillir le réel.
Une incertitude féconde
Cela laisse aussi peu de place à une position de non-savoir – ce que j’appelle une « incertitude générative ». Une position qui peut ouvrir à un déplacement, à un changement. Un point de départ plutôt qu’une fin.
Il y a des années, après une table ronde, une femme s’est approchée de moi pour me dire qu’elle n’achèterait pas mon livre. « Il a l’air de poser beaucoup de questions, et moi je veux des réponses. » À l’époque, cela m’avait amusée. Aujourd’hui, beaucoup moins.
Avec sa logique de repérage de motifs, l’IA propose précisément ce type de savoir fermé – sans place pour l’incertitude. Elle peut être utile pour traiter certaines données, par exemple en identifiant des maladies rares. Mais elle commet des erreurs dès qu’il s’agit de contexte, donnant parfois des conseils dangereux, notamment sur les troubles alimentaires ou la dépression.
Les réponses automatisées répondent à notre désir de savoir sans passer par le travail de recherche – un processus qui demande du temps, de la réflexion, parfois une lecture étendue. C’est pour cette raison que la philosophe Gillian Rose a critiqué la tendance à écrire « en tant que » – « en tant que femme », « en tant que juive » – comme si l’identité pouvait tenir lieu de savoir.
« Ma trajectoire ne suit aucune logique de ce type », écrit-elle. « Si je savais qui ou ce que je suis, je n’écrirais pas. » Comme tant d’autres, elle écrit pour le découvrir.
Accueillir la confusion
En dehors du cabinet de psychanalyse, nous pourrions mobiliser cette « attitude psychanalytique » pour transformer l’indignation brutale qui domine tant de prises de parole en ligne en une curiosité tournée vers nous-mêmes – afin de mieux comprendre nos propres désirs et préjugés. « Nous devrions accueillir la confusion comme un état d’esprit souhaitable », écrit le psychanalyste Stephen Seligman.
Il ne s’agit pas de renoncer à la vérité. Nous devons nous baser sur les témoignages, les archives, les faits afin de poser un jugement « discipliné et sobre » selon les mots de Raimond Gaita.
Le savoir auquel j’aspire naît de cette double exigence : une ouverture réelle et une fidélité aux faits.
Nous devons aussi être capables de supporter l’ambivalence du réel, sans céder à ce que le philosophe Paul Katsafanas appelle une « politique du ressentiment ».
La peur ou la haine qui nous rendent si sûrs de la faute de l’autre doivent être tempérées par une capacité à s’intéresser à l’autre.
La curiosité, alliée à la colère, peut produire ce que la philosophe Martha Nussbaum appelle une « colère de transition » – une colère tournée vers la réparation plutôt que la vengeance.
Les leçons de la littérature
L’une de mes nouvelles préférées est « The Lottery », de Shirley Jackson, récit troublant d’un village où l’on procède à une lapidation rituelle. Le choc – comprendre que le tirage au sort désigne celui qui sera mis à mort – est vertigineux.
Lors de sa publication dans le New Yorker en 1948, le texte a suscité incompréhension et protestations. Beaucoup de lecteurs pensaient qu’un tel village existait réellement.
Aujourd’hui, cette histoire de violence collective ressemble presque à un reportage. Mais la forme littéraire qui me semble la plus à même de nous aider aujourd’hui est le poème.
Le psychanalyste et poète David Shaddock écrit que l’imagination poétique, comme le travail analytique, ouvre un espace de vérité psychique : Un « champ qui s’ouvre lorsque le réel est reconnu ». Nous sommes touchés – et cette capacité à être touchés nous ancre dans le réel.
La poésie peut désarmer nos certitudes et créer un espace où quelque chose de nouveau peut advenir. Un espace d’imagination où nous cessons d’être sûrs – pour redevenir curieux.