Programar jugando: cómo un robot educativo potencia el pensamiento computacional desde edades tempranas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Horacio Gómez Rodríguez, Investigador en tecnologías aplicadas a la educación y Sistemas de comunicación y Redes de computadora, Universidad de Guadalajara

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En mis años como maestro en el nivel superior y la experiencia de participar en algunas escuelas rurales, he sido testigo de cómo la curiosidad de los niños puede encenderse con las herramientas adecuadas.

Hace algunos años, un grupo de compañeros tuvimos la oportunidad de comprar y compartir 14 robots educativos y 14 tabletas con niños y niñas de educación básica. Desde ese momento, mi manera de ver la enseñanza cambió para siempre. La robótica educativa no solo permite aprender programación, sino que también abre puertas al pensamiento computacional, lógico y creativo.

Descubriendo al robot en el aula

Existen varias opciones de robots, con diferentes precios según el país y la marca: mBot, Bee Bot y Thymio II, que pueden ser ensamblados por los propios niños. Lo que los hace más fáciles de usar es su sistema de programación visual basado en bloques. Esto significa que incluso los niños que apenas comienzan a familiarizarse con la tecnología pueden darle instrucciones y ver cómo el robot las ejecuta.

Recuerdo la primera vez que un alumno de sexto grado de primaria logró programar el robot para seguir una línea en el suelo; sus ojos brillaban como si hubiera descubierto un truco de magia.

En algunas escuelas primarias del área metropolitana, y también en aulas multigrado rurales, el estado de Jalisco en México regaló mBots, como parte del programa de tecnologías. Bastó un solo mBot para transformar la dinámica de aprendizaje. Los niños se reunían alrededor del robot, compartían ideas y discutían cómo resolver problemas que surgían al programarlo. Se volvió un catalizador de colaboración y diálogo.

Aprender haciendo: la fuerza de la experiencia

Una de las mayores virtudes de estos robots es que permiten a los niños aprender mientras experimentan. Por ejemplo, en una ocasión planteé el reto de diseñar un cruce de semáforo para que el robot esquivara a los mBot de sus compañeros. Los estudiantes, divididos en equipos, comenzaron a proponer soluciones. Algunos programas no funcionaron al primer intento, pero eso no desanimó a nadie. Al contrario, reían, debatían y modificaban las instrucciones hasta lograr que el robot evitara chocar con sus compañeros.




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A través de estas actividades, los niños desarrollan lo que ahora conocemos como pensamiento computacional: la capacidad de descomponer un problema en partes pequeñas, detectar patrones y crear soluciones paso a paso. Pero, más allá de la lógica, también cultivan la paciencia, la creatividad, la imaginación y la capacidad de trabajar juntos.

Forma de trabajo

Es importante considerar que para aprovechar al máximo el potencial del robot, se recomienda contar con al menos 12 sesiones de trabajo con los niños, bajo la supervisión del docente. Esto permite planificar actividades que combinen las prácticas con los temas de cada sesión, logrando reforzar y ampliar el aprendizaje de los contenidos curriculares al integrarlos con el uso de robots. Este enfoque favorece una comprensión más profunda y significativa de las materias vistas en clase.

Además, se sugiere implementar estas actividades principalmente con estudiantes de cuarto, quinto y sexto de primaria, con edades entre los 9 y los 12 años, quienes ya cuentan con las bases necesarias para aprovechar las posibilidades que ofrece la robótica educativa y están en una etapa ideal para desarrollar habilidades de pensamiento crítico y resolución de problemas.

Historias de éxito y aprendizajes

Recuerdo a José, un alumno de sexto grado que al principio se mostraba tímido y con poco interés por las matemáticas. Cuando comenzamos a usar el mBot, se convirtió en uno de los más entusiastas. Ideó un programa para que el robot se moviera en zigzag mientras encendía sus luces LED en distintos colores. Su proyecto fue tan creativo que se lo mostró a la directora, quien quedó impresionada. Meses después, José me dijo que quería ser ingeniero. En ese momento supe que el esfuerzo había valido la pena.




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Estos pequeños logros demuestran que la robótica educativa no es un lujo, sino una necesidad para preparar a los estudiantes a enfrentar los retos del siglo XXI.

Consejos para docentes que desean implementar el robot

Para los maestros que estén pensando en introducir robots en sus clases, recomiendo empezar con actividades sencillas. Por ejemplo, programar al robot para avanzar, retroceder y girar. A medida que los estudiantes ganen confianza, pueden plantearse retos más complejos como simular un semáforo o diseñar un recorrido con obstáculos.

Es fundamental adoptar una actitud de guía y facilitador. En lugar de dar respuestas, formule preguntas que inviten a los niños a pensar y buscar soluciones. En mis clases siempre recordamos que equivocarse no es fracasar, sino un paso necesario para aprender.

Además, integre el robot en otras materias. En ciencias, los niños pueden explorar conceptos como sensores de luz o sonido. En matemáticas, pueden calcular distancias y ángulos para que el robot siga un trayecto específico. De esta manera, el aprendizaje se vuelve interdisciplinario y más significativo.

Curiosidad, equipo y emoción

Traer la robótica a las aulas rurales ha sido una de las experiencias más enriquecedoras de mi carrera. Los robots no solo enseñan a programar; también despiertan la curiosidad, fortalecen el trabajo en equipo y demuestran que aprender puede ser divertido y emocionante.

En contextos donde la tecnología a menudo parece lejana, herramientas como los robots mencionados tienen el poder de cerrar brechas tecnológicas y ofrecer a los niños nuevas posibilidades para imaginar su futuro. Como docentes, tenemos la responsabilidad de buscar estrategias que conecten a nuestros estudiantes con el mundo y los preparen para ser protagonistas activos de la sociedad.

The Conversation

Horacio Gómez Rodríguez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Programar jugando: cómo un robot educativo potencia el pensamiento computacional desde edades tempranas – https://theconversation.com/programar-jugando-como-un-robot-educativo-potencia-el-pensamiento-computacional-desde-edades-tempranas-259917

‘Aprender a vivir y a ser virtuosos entre lo ridículo’: el verano de Margaret Fuller

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Antonio Fernández Vicente, Profesor de Teoría de la Comunicación, Universidad de Castilla-La Mancha

Dibujo de Clifton House y Niágara, de Michael Symour, 1846. Library of Congress

El título de este artículo hace referencia a una frase que aparece en Verano en los lagos. Se trata de una especie de diario de viaje que escribió la periodista y activista estadounidense Margaret Fuller, quien decidió aventurarse hacia los grandes lagos del noroeste de su país en mayo de 1843. Quería vivir más allá de los libros y las bibliotecas.

Portada de _Verano en los lagos_, de Margaret Fuller.
Portada de Verano en los lagos, de Margaret Fuller.
La línea del horizonte

Era aún el tiempo de lo que la mitología contemporánea da en llamar Conquista del Oeste, aunque nuestra heroína no se adentró tan lejos. Dormía en ocasiones a la intemperie, viajaba a veces en tren, otras a pie, en canoa o en carromato. Y mantenía bien abiertos los ojos para observar con detalle lo que a su paso encontraba. Desde el este de EE. UU. llegó hasta las cataratas del Niágara, los frondosos bosques de Wisconsin e Illinois y los ríos Fox y Rock.

Era una especie de viaje de descubrimiento, que tan propicio es en la época estival. Sabemos que el verano es una suerte de interludio. A veces, marca un antes y un después, como puede hacer lo propio un viaje, un buen viaje en el que dejamos atrás nuestros prejuicios, claro está.

Insisto: era hora de vivir, no de leer ni de escribir. De hecho, Fuller dejó para su regreso la redacción de Verano en los lagos. Tuvo que pedir permiso a la Universidad de Harvard para entrar en la biblioteca a documentarse, ya que a ninguna mujer le era posible, y acabó siendo la primera en hacerlo. Así estaban las cosas en esa medianía del siglo XIX en EE. UU.

Como decía, el verano es un buen momento para replantearnos nuestro lugar en el mundo e, incluso, para cuestionarnos dicho mundo. Aunque hay que dar la razón a quienes aducen que la gente nunca, o casi nunca, cambia y que este será el mismo lugar inhóspito que siempre ha sido: habrá que teñir con un manto de esperanza tal constatación. Es lo que nos queda.

Y es lo que leemos en este fabuloso libro: las peripecias de Fuller desde lo que se llamaba “civilización” hacia las tierras de promisión donde se agolpaban colonos en busca de fortuna y una vida mejor. Un periplo a lo salvaje, para tomar conciencia de que siempre tachamos de salvaje lo que no conocemos, lo que no nos es familiar. Cómo cuesta salir del propio punto de vista y del ombliguismo de creer que la nuestra es la cultura ejemplar… y las demás, meros errores de la evolución humana. En fin.

Fuller frente al sueño americano

Eran tiempos de colonización de unas tierras vírgenes y paradisíacas. Se extendía por doquier el gran sueño americano, que atraía a cientos de miles de menesterosos y advenedizos.

Retrato de una mujer sentada que se sujeta la cabeza con la mano.
Retrato de Margaret Fuller por John Plumbe Jr en 1846.
National Portrait Gallery

Pero las impresiones de Fuller no ensalzaban este sueño. Antes al contrario, lo que encontraba era una devastación moral que asolaba los parajes naturales y sometía a la indigencia y al más abyecto menosprecio a la población india autóctona. Los que emigraban a la tierra prometida deseaban regeneración material, monetaria, pero no dejar a un lado las miserias morales.

Los colonos que encontraba no seguían más que el móvil del afán de lucro, el triunfo económico. El culto al dinero era su divisa. Despreciaban los paisajes naturales, a los que Fuller comparaba con un auténtico Edén. Si los miraban, era para adivinar cómo podrían explotarlos y obtener ganancias, aunque fuese al precio de destruirlos –ya saben, los resorts en lugares inapropiados… no digo más–. Y también despreciaban a los indígenas y sus ancestrales costumbres, sus modos de vivir pausados y genuinos, tan extraños para el ajetreado hombre moderno.

La vida era otra cosa

Retorno al título del artículo: ¿por qué aprender a vivir, a ser virtuosos?, y a la postre y para más inri, en una época ridícula.

Aprender a vivir porque nadie nos da un libro de instrucciones, por muchos manuales de autoayuda que parasiten las librerías. Porque cuando sólo nos preocupa ganarnos la vida, nos olvidamos de vivirla. La vida, como el amor, es un arte en el que hay alumnos aventajados y principiantes que nunca pasarán de la mediocridad. Y esto es lo que descubrió Fuller al integrarse en tribus indias, entre pieles rojas que no precisaban de ninguna medalla para ser felices. O entre vendedores ambulantes que pasaban el tiempo sentados en cualquier parte, a la espera de que alguien les comprase algo tras un bonito cambalache.

Ilustración de una roca con forma de arco.
Ilustración de Arch Rock (en Mackinac Island, Michigan) para la primera edición de Verano en los lagos.
Online Computer Library Center

Aprender a vivir es reconocer que no somos instrumentos canjeables ni cosas que explotar, y que la misma dignidad del águila que vuela majestuosa tendría que guiar cada uno de nuestros pasos por el mundo. Fuller admiraba la sencillez de las gentes sencillas con sus sencillas existencias, sin tanta codicia ni sed de reconocimientos, sin aspavientos ni frivolidades. Admiraba la virtud sincera que no tiene más recompensa que la de saber que hace lo correcto, que no es indiferente a lo que a otros les suceda.

La suya era una época ridícula, como la nuestra, además de despiadada. Su crítica a los convencionalismos del sueño americano hacía notar que el afán de lucro y la soberbia de los “civilizados” expolian el planeta y los pueblos vulnerables. No hace falta imaginar demasiado para hacerse una idea de lo que Fuller pensaría de los tiempos actuales, que me permito no nombrar para no manchar estas líneas de improperios.

Quizás la vida sea así y sea inútil calificarla de ridícula. Pero al menos, con Fuller, deberíamos intentar conocer mejor cuáles son las reglas del juego. Y no seguirlas si son injustas e inhumanas. La vida era otra cosa, imagino que pensó mientras escuchaba las conversaciones de gentes que nunca leyeron un libro, pero sabían apreciar la belleza de un paisaje, la belleza de un rostro, la belleza de una mirada.

The Conversation

Antonio Fernández Vicente no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ‘Aprender a vivir y a ser virtuosos entre lo ridículo’: el verano de Margaret Fuller – https://theconversation.com/aprender-a-vivir-y-a-ser-virtuosos-entre-lo-ridiculo-el-verano-de-margaret-fuller-259205

Frío imposible: intentamos abrazar el cero absoluto de temperatura (y fallamos)

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Ygnacio Pastor Caño, Catedrático de Universidad en Ciencia e Ingeniería de los Materiales, Universidad Politécnica de Madrid (UPM)

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En las noches sofocantes del verano, mientras giramos en la cama y la almohada parece un trozo de lava volcánica, ¿quién no quisiera escapar a un gélido laboratorio criogénico, enfundarse en un abrigo digno de la remota Antártida y conquistar la frontera definitiva del frío: el cero absoluto?

Sin embargo, despertaríamos antes de lograrlo, porque esta frontera no solo es difícil de cruzar, sino literalmente imposible. Por más que nuestros termómetros digan otra cosa. Y eso nos lleva al fascinante sueño de William Thomsom Kelvin, más conocido en el “barrio científico” como Lord Kelvin.

El primer intento de llegar al 0 absoluto

Allá por 1848, este físico escocés, amante de los barcos a vapor y con una peculiar afición por medir absolutamente todo, decidió inventarse una nueva escala de temperatura. Hasta entonces, los físicos Anders Celsius y Daniel Gabriel Fahrenheit manejaban cifras caprichosas para definir el cero de temperatura. Sus respectivos ceros arbitrarios se definían según la temperatura de congelación de una solución de salmuera, hecha de una mezcla de agua, hielo y cloruro de amonio (una sal).

Pero William Thomson Kelvin perseguía algo más riguroso, más absoluto. Su cero sería la temperatura más baja posible, aquella en la que las partículas que componen la materia que vemos se detienen por completo. O casi, porque en física siempre hay trampas.

Un fenómeno de equilibrio

Durante décadas, la escala Kelvin de temperatura se definió tomando como referencia un fenómeno curioso llamado el punto triple del agua .

Para entender de qué se trata, imaginemos un espectáculo de equilibrio circense a escala molecular del H₂0 en tres estados distintos (el hielo sólido, el agua líquida y el vapor) logrando coexistir pacíficamente a exactamente a 273,16 kelvin (K, en su formato abreviado), es decir 0,01 °C, que se consigue a una presión de 657 Pascales (Pa), aproximadamente 0,0060366 veces la presión atmosférica habitual. Bonito número, ¿verdad?

Este escenario, digno de un tratado diplomático, sirvió de referencia universal hasta que los físicos nos cansamos de depender del agua para establecer la frontera del 0.

El valor de la K

En 2019, la física cambió de tercio. Se decidió fijar el kelvin a partir de una constante fundamental, algo así como el ADN térmico del universo: la constante de Boltzmann (otro científico increíble, padre de la Física Estadística y de otras muchas cosas).

Desde aquel momento, un kelvin quedó definido oficialmente por una energía microscópica de exactamente 1,380649 × 10⁻²³ julios por partícula. Es una cifra extraña y ridículamente pequeña, pero a la física le encantan los decimales interminables, así que no había mucho remedio.

Ahora bien, ¿por qué tanto empeño en esta escala tan peculiar? ¿Acaso no basta para entendernos cuando hace frío o calor con los grados Celsius o Centígrados? (que, por cierto, no son lo mismo y deberían reemplazar a los Fahrenheit en algún acuerdo internacional que nos facilitase la vida cuando salimos de viaje).

No todos los 0 son 0

La respuesta es sencilla pero profunda. Celsius fija el cero donde se congela el agua, algo práctico, admitámoslo, pero impreciso, porque el hielo puede estar a temperaturas bajo cero.

Por el contrario, el kelvin se conecta directamente con el corazón íntimo de la materia. Es una escala absoluta porque este cero de temperatura corresponde al mínimo movimiento posible de cualquier partícula. A eso lo llamamos “cero absoluto”, aunque aquí viene el chiste sideral: jamás podremos alcanzarlo.

Como diría Walther Nernst, autor de la tercera ley de la termodinámica –y probablemente aguafiestas profesional–, el cero absoluto es un límite al que podemos acercarnos infinitamente, pero jamás tocar.

Y no es que nos falten ganas: científicos de todo el mundo llevan décadas tratando de reducir en sus laboratorios la temperatura de la materia, de milikelvin en milikelvin, acercándose aventuradamente a ese frío cero perfecto. Pero siempre queda una fracción imposible de superar, un último peldaño que parece burlarse de nosotros desde el fondo del congelador cósmico.

El experimento más frío conocido

Esa tensión fértil entre límite teórico e innovación experimental es, justamente, lo que mantiene viva y pujante esta área de la Física.

Los físicos experimentales no cesan en la búsqueda del “santo grial” termodinámico, pero el cero absoluto –exactamente 0 K, donde toda actividad térmica cesa– sigue resistiendo con obstinación cualquier intento de alcanzarlo, aunque cada vez está más cerca.

En experimentos recientes se han logrado temperaturas extraordinariamente bajas. Por ejemplo, en 2021, científicos alemanes enfriaron átomos de rubidio hasta unos impresionantes 38 picokelvin (38 billonésimas de kelvin), aprovechando la microgravedad en la torre de caída de Bremen (Alemania). Este experimento es uno de los más fríos jamás realizados en nuestro planeta y muestra la increíble capacidad técnica actual para rozar los límites del 0 K.

A esa línea se suma la investigación en órbita espacial a bordo de la Estación Espacial Internacional, con el Laboratorio de Átomos Fríos (Cold Atom Lab) de la NASA, donde también se han producido y manipulado condensados con energías en el régimen de picokelvin y en escalas de duración temporal inalcanzables en la Tierra.

El Laboratorio de Átomos Fríos de la NASA se sometió a una importante actualización de hardware a bordo de la Estación Espacial Internacional en enero de 2020.

Pero ni siquiera estas impresionantes hazañas han logrado –ni lograrán– romper la barrera final: la teoría termodinámica actual indica claramente que el cero absoluto es inalcanzable en la práctica, ya que requiere energía y tiempo infinitos (Masanes & Oppenheim, 2017).

El frío cósmico

¿Y si miramos a la nada, al vacío cósmico? Por más que lo parezca, el universo no está muerto de frío. El espacio interestelar, ese páramo desolado entre galaxias, conserva un leve susurro térmico: 2,725 kelvin, la temperatura del fondo cósmico de microondas, ese eco sordo del Big Bang que aún vibra por los pasillos del tiempo. Ni siquiera los rincones más solitarios del cosmos consiguen librarse de él.

El cero absoluto, ese ideal de congelación total donde los átomos deberían rendirse y quedarse quietos de una vez, sigue siendo tan inalcanzable como la imparcialidad en un debate político. Siempre hay algo molestando, una radiación rezagada, una fluctuación cuántica inoportuna, la omnipresente gravedad metiendo baza.

Así que no, el universo no puede apagar del todo su calefacción. El 0 K es como el horizonte: lo ves, lo sueñas en una noche de verano shakesperiana, pero nunca lo pisas.

The Conversation

José Ygnacio Pastor Caño no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Frío imposible: intentamos abrazar el cero absoluto de temperatura (y fallamos) – https://theconversation.com/frio-imposible-intentamos-abrazar-el-cero-absoluto-de-temperatura-y-fallamos-261869

Cómo la gripe y la covid-19 pueden despertar un cáncer dormido

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Isidoro Martínez González, Científico Titular de OPIs, Instituto de Salud Carlos III

Representación 3D de una célula tumoral 3dMediSphere

Muchas veces pensamos que superar un cáncer es el final de la historia. Sin embargo, en algunos casos, la enfermedad deja una sombra silenciosa: células tumorales que viajan a otros órganos y permanecen inactivas durante años o incluso décadas. Ahora, un nuevo estudio publicado en la prestigiosa revista Nature revela que infecciones respiratorias como la gripe o la covid-19 pueden “despertar” a esas células dormidas, favoreciendo su proliferación y aumentando el riesgo de recaída.

Más allá del titular que ya ha circulado en diferentes medios de comunicación, la investigación abre preguntas profundas para la oncología, la inmunología y la salud pública: ¿qué mecanismos biológicos están detrás? ¿Podemos prevenir este “despertar” sin comprometer la defensa contra infecciones? ¿Deberíamos repensar las estrategias de seguimiento y vacunación para personas con cánceres en remisión?

El interruptor biológico: de la inflamación a la metástasis

Durante una infección viral en las vías respiratorias, nuestro organismo responde liberando unas pequeñas proteínas llamadas citocinas que actúan como mensajeros que activan nuestras defensas. Entre ellas destaca la interleucina-6 (IL-6), clave para coordinar la defensa, pero que también tiene un lado oscuro: puede favorecer la proliferación de células cancerígenas. De hecho, IL-6 actúa como un “termómetro” de la inflamación en infecciones respiratorias como la covid-19, en las que niveles más elevados de esta molécula se asocian con una peor evolución y mayor gravedad de la enfermedad.

El estudio encontró que, en modelos animales con cáncer de mama que ha formado metástasis en los pulmones, la infección por virus de la gripe o la covid-19 aumentó rápidamente los niveles de IL-6, y con ello, el número de células tumorales activas.

Estas no solo “despertaron” de su estado latente, sino que continuaron dividiéndose durante meses. Lo más sorprendente es que, incluso cuando la IL-6 volvió a niveles normales, las células siguieron activas, lo que sugiere que hay otros factores que toman el relevo para mantener este estado proliferativo.

Mecanismo propuesto para la alianza entre virus respiratorios y células tumorales.
Autores

El papel inesperado de las células T

El trabajo identificó además otro actor clave: las células T CD4+, que normalmente ayudan a regular la respuesta inmunitaria. En este contexto, lejos de eliminar las células cancerígenas, parecen protegerlas de ser atacadas por las células T CD8+, las verdaderas “asesinas” del sistema inmune. Cuando los investigadores eliminaron las CD4+, los tumores proliferantes disminuyeron, indicando que estas células pueden mantener encendido el “interruptor” del cáncer tras la infección.

Este hallazgo plantea una paradoja inquietante: componentes esenciales de nuestra defensa frente a virus pueden, en ciertas circunstancias, favorecer la reactivación tumoral.

Aunque la mayor parte de los resultados descritos proviene de modelos animales, análisis de grandes bases de datos humanas (como UK Biobank) sugieren un patrón similar. En personas en remisión que se infectaron por SARS-CoV-2 (el virus de la covid-19), el riesgo de muerte por cáncer se duplicó en los meses posteriores a la infección.

¿Solo gripe y covid-19? Una puerta abierta a nuevas preguntas

Aunque el trabajo se centró en gripe y covid-19, es probable que otros virus respiratorios capaces de inducir inflamación intensa tengan efectos similares. Esto abre un campo de investigación sobre cómo patógenos comunes podrían influir en la progresión de enfermedades crónicas.

También queda por aclarar si este fenómeno ocurre en otros tipos de cáncer, en órganos distintos de los pulmones, o con infecciones no virales.

De la ciencia básica a la prevención clínica

El impacto de este hallazgo no es inmediato en términos de cambiar protocolos médicos, pero plantea varios escenarios posibles:

  • Uso de fármacos que bloquean la IL-6 durante infecciones graves en personas con alto riesgo oncológico. La buena noticia es que estos fármacos ya existen.

  • Recomendaciones más estrictas de vacunación contra gripe y covid-19 para supervivientes de cáncer.

  • Mantener un seguimiento oncológico regular, especialmente en los meses posteriores a una enfermedad respiratoria.

En resumen, este hallazgo conecta dos mundos que rara vez se cruzan en la mente del público: las infecciones virales y el cáncer metastásico. No significa que una gripe cause cáncer, sino que, en personas con células tumorales latentes, la inflamación generada por el virus puede ser el empujón que esas células necesitan para volver a crecer.

La ciencia apenas empieza a descifrar este proceso, pero entenderlo podría salvar vidas en un futuro no muy lejano.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Cómo la gripe y la covid-19 pueden despertar un cáncer dormido – https://theconversation.com/como-la-gripe-y-la-covid-19-pueden-despertar-un-cancer-dormido-262646

Wildfire season is starting weeks earlier in California – a new study shows how climate change is driving the expansion

Source: The Conversation – USA (2) – By Gavin D. Madakumbura, Postdoctoral Researcher, University of California, Los Angeles

Firefighters battle in Pacific Palisades, Calif., on Jan. 7, 2025 David Swanson/AFP via Getty Images

Fire season is expanding in California, with an earlier start to wildfire activity in most of the state. In parts of the northern mountains, the season is now starting more than 10 weeks earlier than it did in the 1990s, a new study shows.

Atmospheric scientists Gavin Madakumbura and Alex Hall, two authors of the study, explain how climate warming has been driving this trend and why the trend is likely to continue.

What did your study find about how wildfire season is changing?

Over the past three decades, California has seen a trend toward more destructive wildfire seasons, with more land burned, but also an earlier start to fire season. We wanted to find out how much of a role climate change was playing in that shift to an earlier start.

We looked at hundreds of thousands of fire records from 1992 to 2020 and documented when fire season started in each region of the state as temperatures rose and vegetation dried out.

While other research has observed changes in the timing of fire season in the western U.S., we identified the drivers of this trend and quantified their effects.

The typical onset of summer fire season, which is in May or June in many regions, has shifted earlier by at least one month in most of the state since the 1990s, and by about 2½ months in some regions, including the northern mountains. Of that, we found that human-caused climate change was responsible for advancing the season between six and 46 days earlier across most of the state from 1992 to 2020.

Our results suggest that as climate warming trends continue, this pattern will likely persist, with earlier starts to fire season in the coming years. This means longer fire seasons, increasing the potential for more of the state to burn.

California typically leads the nation in the number of wildfires, as well as the cost of wildfire damage. But the results also provide some insight into the risks ahead for other fire-prone parts of North America.

What’s driving the earlier start to fire season?

There are a few big contributors to long-term changes in wildfire activity. One is how much fuel is available to burn, such as grasses and trees. Another is the increase in ignition sources, including power lines, as more people move into wildland areas. A third is how dry the fuel is, or fuel aridity.

We found that fuel aridity, which is controlled by climate conditions, had the strongest influence on year-to-year shifts in the timing of the onset of fire season. The amount of potential fuel and increase in ignition sources, while contributing to fires overall, didn’t drive the trend in earlier fires.

Year-to-year, there will always be some natural fluctuations. Some years are wet, others dry. Some years are hotter than others. In our study, we separated the natural climate variations from changes driven by human-caused climate warming.

We found that increased temperatures and vapor pressure deficit – a measure of how dry the air is – are the primary ways climate warming is shifting the timing of the onset of fire season.

Just as a warmer, drier year can lead to an earlier fire season in a single year, gradual warming and drying caused by climate change are systematically advancing the start of fire seasons. This is happening because it is increasing fuel flammability.

Why has the start to fire season shifted more in some regions than others?

The biggest shifts we’ve seen in fire season timing in California have been in the northern mountains.

In the mountains, the winter snowpack typically keeps the ground and forests wet into summer, making it harder for fires to burn. But in warmer years, when the snowpack melts earlier, the fire potential rises earlier too.

A map of California shows where fires season is starting earlier. Most of the state is starting at least 1 days per year earlier now.

Gavin Madakumbura, et al., Science Advances, 2025

Those warmer years are becoming more common. The reason climate change has a stronger impact in mountain regions is that snowpack is highly sensitive to warming. And when it melts sooner, vegetation dries out sooner.

In contrast, drier regions, such as desert ecoregions, are more sensitive to precipitation changes than to temperature changes. When assessing the influence of climate change in these areas, we mainly look at whether precipitation patterns have shifted due to climate warming. However, there is a lot of natural year-to-year variability in precipitation, and that makes it harder to identify the influence of climate change.

It’s possible that when precipitation changes driven by climate warming become strong enough, we may detect a stronger effect in these regions as well.

The Conversation

Gavin D. Madakumbura receives funding from the Gordon and Betty Moore Foundation.

Alex Hall receives funding from the NSF, DOE, NOAA, LADWP, and State of California, among other sources.

ref. Wildfire season is starting weeks earlier in California – a new study shows how climate change is driving the expansion – https://theconversation.com/wildfire-season-is-starting-weeks-earlier-in-california-a-new-study-shows-how-climate-change-is-driving-the-expansion-262666

Why bolstering post-secondary education for former youth in care is a wise investment

Source: The Conversation – Canada – By Jacquie Gahagan, Full Professor and Associate Vice-President, Research, Mount Saint Vincent University

Providing access to post-secondary education costs an average of $85,000 to $100,000 over four years, while incarcerating a single youth can cost $300,000 to $500,000 per year.
(Joshua Hoehne/Unsplash)

As we move closer to the start of the fall term, returning to school is often a source of conversation and excitement.

Thinking about post-secondary education, and discussing what attending a new institution will be like or what program one will major in, is related to building a future that often hinges on educational attainment and income.

However, what is often missing from back-to-school conversations is the reality that approximately 50 per cent of youth who have experienced living in care in Canada do not complete high school, and even fewer attend post-secondary institutions.

The implications of a lower level of educational attainment can include a higher likelihood of poverty — including homelessness, food insecurity, worse health outcomes and fewer employment opportunities — and an increased interaction with criminal justice systems.

Barriers for youth aging out of care

In Canada, youth who age out of the child welfare system are among the most vulnerable members of society and require specialized, integrated government system planning.

Despite their resilience, many of these young people face overwhelming barriers and systemic discrimination. Without sustained support, many fall through the cracks. This is not a reflection of individual failure, but of a system that criminalizes vulnerability instead of fostering opportunity.

To address the needs of this population, Canada must shift from punitive responses toward meaningful investments in education and equity-focused policy change and supports for youth from care, prioritizing learning from those with lived experience.

Supports must be of a “wraparound” nature — meaning they are uniquely tailored and intensive, designed for people with complex needs and taking an approach that draws on and affirms young people’s identities, cultural contexts and strengths.

Systemic neglect has consequences

Research shows youth with care experience are drastically over-represented in Canada’s justice system and are 20 times more likely to be involved with it compared to their peers.

This is not coincidental — it is the result of systemic neglect, the school-to-prison pipeline and the absence of support at critical transition points.

When youth age out of care, often as young as 18, they are expected to navigate adulthood with no family network, limited life skills and inadequate financial supports. The result is a predictable cycle of poverty, homelessness and criminalization.

The cost of this approach is staggering. Incarcerating a single youth can cost $300,000 to $500,000 per year, with total public expenditures exceeding $1 million per youth over the course of a justice-involved life.

Seeking better outcomes

These resources are spent on reacting to crisis, not preventing it. In contrast, providing access to post-secondary education — including tuition waivers, housing supports and mentoring — costs an average of $85,000 to $100,000 over four years.
The difference is not just financial. Youth who access education are far more likely to achieve stable employment, experience better health outcomes and contribute positively to their communities.




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Education is not a luxury, it is a fundamental right and a powerful tool for interrupting intergenerational cycles of trauma. Yet fewer than 10 per cent of former youth in care in Canada complete a post-secondary credential.

This low rate is not due to lack of ability or ambition, but rather reflects the lack of targeted, consistent supports. Provinces that have implemented tuition waiver programs are beginning to see the transformative potential of this approach. Despite this, access remains uneven and supports are still insufficient.

Just and fiscally responsible approach

The criminalization of youth from care is a policy failure and reflects a societal willingness to spend more on punishment than prevention. Canada, like many other OECD countries, has a practical incentive to reverse this trend. Making early and data-driven investments in education, mental health services and housing for youth aging out of care is not only more humane, it is also a fiscally responsible and socially just approach.

By shifting public investment from incarceration to education, Canada can reimagine the future for thousands of young people. These youth deserve the same chances we would want for any child: a fair start, a quality education and the opportunity to thrive. It is time to stop criminalizing care-experienced youth and start investing in their potential.




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Health of former youth in care could be bolstered by stronger tuition waiver programs


Strong economic returns

Investment in education, housing and mental health for youth leaving care has been shown to reduce justice involvement and lead to strong economic returns. A review by Ontario’s Advocate for Children and Youth found that extending support for youth aging out of care leads to long-term economic and social benefits.

In Ontario, every dollar invested in extended care from ages 21 to 25 could yield $1.36 million in savings or earnings over a lifetime through improved educational attainment, reduced reliance on social benefits, lower rates of criminal justice involvement and increased contributions through taxes.

Similarly, a more recent Québec study estimated that raising the age of care from 18 to 21 would cost $146 million but generate up to $254 million in benefits.

Investing in education for youth from care is a cost-effective, humane and socially responsible alternative to allowing justice involvement to become their default path.

How we can all benefit

The current punitive system invests heavily in the costliest outcomes — justice involvement — while underfunding pathways that foster resilience, success and societal connection and contribution.

A national commitment to educational equity for youth from care is a sound fiscal strategy and a transformational approach to ensure all youth in Canada can benefit from post-secondary education.

As a society, we all benefit from this approach.

Susan McWilliam, PhD, Outcomes & Evaluation Consultant, Mental Health & Addictions, IWK Health Centre, Halifax, co-authored this story.

The Conversation

Jacquie Gahagan receives funding from CIHR, SSHRC, RNS.

Dale Kirby receives funding from SSHRC.

El Jones receives funding from North Pine Foundation.

Kristyn Anderson does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Why bolstering post-secondary education for former youth in care is a wise investment – https://theconversation.com/why-bolstering-post-secondary-education-for-former-youth-in-care-is-a-wise-investment-261926

The world’s longest marine heat wave upended ocean life across the Pacific

Source: The Conversation – Canada – By Samuel Starko, Forrest Research Fellow, School of Biological Sciences, The University of Western Australia

View of the Pacific Ocean from Botanical Beach on Vancouver Island, B.C., in August 2020. (Unsplash/Amanda Batchelor)

More than a decade since the start of the longest ocean warming event ever recorded, scientists are still working to understand the extent of its impacts. This unprecedented heat wave, nicknamed “The Blob,” stretched thousands of kilometres over North America’s western coastal waters, affecting everything from the smallest plankton to the largest marine mammals.

Between 2014 and 2016, when this heat wave occurred, water temperatures soared between two to six degrees C above average.

One would be forgiven for thinking this is no big deal. After all, temperatures fluctuate more than this on land most days. But not so in the ocean, where temperatures are normally much more stable because of the enormous amount of energy it takes to change them.

Although the duration of this multi-year warming event made it the first of its kind, it offers a glimpse into a future with climate change, where heat waves like this will be more frequent.

In our newly published systematic review, we synthesized the findings from 331 scientific studies documenting the ecological impacts of this marine heat wave across ecosystems, all the way from Alaska to Baja California.

Our results offer a stark warning for how profoundly ocean life can be upended by heat waves that are now a dominant signature of climate change.

six maps of the west coast of north america showing the intensity of the ocean heat wave using colours from yellow to red. The heat-wave areas grow larger before dissipating in the last map
Maps demonstrating the formation and progression of the 2014-16 marine heat wave. The colours indicates marine heat wave intensity, which measures how many degrees the water is above average conditions at any point in time.
(Jennifer McHenry)

Species on the move

One of the most common responses to this extreme event was that marine species moved into places where they are not normally found as they searched for cooler water. Most headed north.

In total, we identified 240 species that were found outside of their normal ranges. More than 100 of these were found further north than they had ever been recorded before, with some moving up to 1,000 kilometres.

These species on the move included everything from fish and invertebrates to seabirds and marine mammals. But species don’t all have the same discomfort level with warm water, and some species are more mobile than others. So, marine communities didn’t simply pick up and move together to avoid the heat.

Instead, marine heat waves like this one are causing a massive reorganization of ocean life, as new predators, prey and competitors intermingle for the first time. The newcomers have the potential to alter food webs and displace local species with far-reaching consequences.

crabs seen washed up on a beach
Pelagic red crabs washed up on a California beach in June 2015.
(Dirk Dallas), CC BY-NC

Heatwave effects on linked species and fisheries

One of the key lessons from this heat wave is that impacts on one species can have effects that ripple throughout entire ecosystems. For example, the shifting availability of key forage fish like anchovies and sardines contributed to mass die-offs of starving seabirds and whales.

Warm, nutrient-poor waters also triggered unprecedented blooms of toxic algae. This led to the closure of Dungeness crab fisheries on the West Coast that cost local economies tens of millions of dollars.

Widespread ecological disruption

The marine heat wave also transformed coastal habitats, including kelp forests and seagrass beds. Kelp forests, sometimes called rainforests of the sea, were impacted along several thousand kilometres of coastline.

In some cases, local extinctions of these habitats have persisted for years following the event, with sustained impacts on the critters that rely on them. We still don’t know whether these changes represent permanent losses or whether any of these ecosystems will be able to recover.

two images of the same beach area, one with kelp in the water, one without
Aerial imagery showing the disappearance of a kelp forest on Vancouver Island, B.C., following the 2014-16 marine heat wave.
(Shorezone/Samuel Starko)



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Why some of British Columbia’s kelp forests are in more danger than others


Diseases flourished in the warmer waters. The previously abundant sunflower sea star was hit particularly hard. Warmer waters likely increased the susceptibility of this species to an ongoing epidemic. This led to losses severe enough to have it listed as a critically endangered species.

Similarly, increases in seagrass disease contributed to declines in the health and abundance of the habitats these plants create.

the body of a large starfish on a rock underwater with some of its arms detached.
A sunflower sea star showing signs of sea star wasting disease, which is likely made more prevalent by warmer water.
(NOAA Fisheries West Coast/Janna Nicols), CC BY-NC-ND

Preparing for warmer water

Our review highlights how we are unprepared to respond to these challenges in real time.

With marine heat waves becoming more prevalent, we need to prepare for what is coming. Climate models indicate that these events will only get stronger as greenhouse gas emissions continue to warm our planet.

Global ocean temperatures have continued to rise over the decade since The Blob, with several years since being declared the hottest on record in the ocean, only to be surpassed the following year.

Actions such as restoring lost habitat or reducing additional stressors, like overfishing, may help ecosystems cope with some of these shocks. However, these benefits may be limited and offer only a temporary solution to a problem that is worsening.

Our review demonstrates how unpredictably these heat waves can unfold across marine ecosystems and how widespread their impacts can be. In the face of such drastic change, climate adaptation measures will only get us so far.

To stave off the worst impacts of heat waves driven by climate change, governments and industry must urgently reduce greenhouse gas emissions. The 2014-16 marine heat wave was a warning. The question now is whether we will listen.

The Conversation

Samuel Starko receives funding from the Forrest Research Foundation, the Australian Research Council and Revive & Restore. During this research project, he also received funding from the Natural Sciences and Engineering Research Council of Canada and Mitacs.

Julia K. Baum receives funding from the Natural Sciences and Engineering Research Council of Canada and Fisheries and Oceans Canada. A Professor at the University of Victoria, she is affiliated with the Bamfield Marine Sciences Centre’s Kelp Rescue Initiative.

ref. The world’s longest marine heat wave upended ocean life across the Pacific – https://theconversation.com/the-worlds-longest-marine-heat-wave-upended-ocean-life-across-the-pacific-260792

Teenagers no longer answer the phone: is it a lack of manners or a new trend?

Source: The Conversation – France – By Anne Cordier, Professeure des Universités en Sciences de l’Information et de la Communication, Université de Lorraine

Teenagers can seem to have their phones glued to their hands – yet they won’t answer them when they ring. This scenario, which is all too familiar to many parents, can seem absurd and frustrating, or even alarming to some. Yet it also speaks volumes about the way 13-to-18-year-olds now connect (or fail to connect) with others. If smartphones are ever-present in the daily lives of adolescents, this does not mean they are using their devices in the same way adults do.

This reluctance to “pick up the phone” isn’t just a generational trait: it signals a deeper transformation in communication practices, social norms and digital etiquette.

There is actually much more to this muted approach to communication than the cliché of the “unreachable” teen. The social, affective and emotional dynamics at play among this age group are all worth deciphering.

Controlling the conversation

“I never answer calls unless it’s my mum, or an emergency, like a surprise test at school, or a friend who freaks out about something,” says 15-year-old Léa with a laugh. Behind this seemingly trivial comment lies a deeper change than meets the eye. Phones, long considered the quintessential voice tools designed for live conversation, are now used less and less to actually make calls.

For teenagers, voice calls are no longer the default mode of communication. Instead, they are becoming the exception, used in very specific contexts, like emergency situations, moments of distress or when immediate comfort is required. In all other cases, texting is the preferred option. The reason isn’t laziness: written communication – text messages, voice notes, or DMs on Snapchat and Instagram – offers a completely different relationship to time, emotions and self-control.

Picking up the phone means being available here and now, with no safety net, and no delay. For many teenagers, this immediacy is perceived as stressful, a loss of control. There is no time to think about what you want to say. You might stammer, say too much or too little, express yourself poorly, or get caught off guard.

Written communication, by contrast, allows for greater control, offering options like drafting, deleting and rewriting, postponing, and smoothing things over. It is easier to communicate effectively when you can first remain silent.

The desire for control over time, words and emotions is not just a teenage whim. It reflects a broader way of navigating social relationships through screens, one in which every individual grants themselves the right to choose when, how, and how intensely to connect.

In this context, phones become a flexible interface that connects and protects. It provides connections with possible escape routes.

“When I see ‘Dad mobile’ pop up on my screen, I will let it ring. I don’t have the energy to answer a barrage of questions. I’d rather just text him after he hangs up,” says 16-year-old Mehdi.

This type of reaction doesn’t necessarily imply rejection or indifference: it is more about the need for space, deferring the exchange, managing it according to one’s own emotional resources in the moment.

Ironically, phones have become tools to avoid talking. Or more precisely, tools to decide when and how to let the voice in – all in the name of maintaining balance in relationships.

A weekly e-mail in English featuring expertise from scholars and researchers. It provides an introduction to the diversity of research coming out of the continent and considers some of the key issues facing European countries. Get the newsletter!

The right to remain silent

Not picking up is no longer deemed rude and has become a choice: a deliberate way to set boundaries in a hyperconnected world where everyone is expected to be reachable – at any time, and through all sorts of channels.

For many teenagers, not answering, either immediately or at all, is part of a deliberate strategy to disconnect, which is seen as a right worth defending.

“Sometimes I leave my phone on silent mode on purpose. That way, I can have some peace,” says Elsa, 17.

This strategy speaks to a desire to regain control of one’s time and attention. Where previous generations may have seen the phone as a promise of connection and closeness, today’s teenagers sometimes experience it as a source of pressure.

In this new way of managing one’s availability, silence is a form of communication in itself. It does not necessarily signal rejection: rather, it seems like an implicit norm where availability is no longer assumed. It must be requested, negotiated and constructed.

As Lucas, 16, explains: “My friends know I won’t answer right away. They send a Snap first, like, ‘you up for a call?’ If not, forget it.”

This ritual highlights a change in attitude. Calling someone out of the blue can feel like a breach of digital etiquette. By contrast, waiting for the right moment and checking in first before calling turn out to be signs of respect.

This means that the phone is no longer just a communication tool. It’s becoming a space for relationship building where silence, far from being a void, is seen as a necessary breath of fresh air, a pause in the flow, and a right to privacy.

Politeness 2.0: time for an update

“Is voice calling considered rude now?” a father wonders. For many adults, the absence of a voice reply is viewed as an affront and a breach of basic communication rules. From a teenager’s point of view, though, not picking up does not mean rejection: it just highlights the emergence of new codes of conduct.

These codes redefine the contours of what could be called “digital politeness”. Where a phone call was once seen as a gesture of care, it may now be perceived as intrusive. Meanwhile, responding via message offers structure, time to think and a chance for clearer expression, and also the option to defer or sidestep without causing open conflict.

It is not that teenagers lack empathy. They simply express it differently, in more subtle, asynchronous ways. With peers, they share unspoken rituals, like texting before calling, sending emojis to articulate mood or availability, and implicit rules on when is a good time to talk. What some adults interpret as coldness or distance is, in fact, another form of attention.

As long as we are willing to accept these new perspectives and discuss them without judgment, it is possible to view this transformation not in terms of a breakdown of social ties, but as a subtle reinvention of the ways we relate to one another.

Reinventing connections

Rather than viewing this silence on the phone as a crisis in communication, perhaps we should see it as an opportunity to reinvent the way we talk to each other. Tensions can be defused, and a calmer form of communication can be built with teenagers, if adults acknowledge that the rules have changed and that this is no big deal.

It might start with a simple, honest conversation about preferences: some teens prefer texts for practical info, voice messages for sharing emotions (to say, for example, you are thinking of them) and a call only in emergency situations. Putting these preferences and habits into words and agreeing on them is already a way of connecting, and building trust.

Before calling, one might want to send a quick message asking if the person is free to talk, moving away from a logic of command and control and into that of shared availability.

It’s equally important to learn to embrace silence. Not replying immediately (or at all) isn’t necessarily a sign of rejection or disinterest. Sometimes it is just a way to breathe, refocus, and protect one’s mental space. It is a form of self-respect.

Finally, it is also worth reflecting on our own habits: what if we, as adults, explored new ways to show we care – ways that don’t necessarily involve making a phone call? An emoji, photo, or a short or delayed message can be just as meaningful. Attention does not always have to come in the form of a ringtone.

Bridging the generation gap does not mean returning to landline phones, but rather learning to understand each other’s codes, desires and routines. After all, what teenagers are asking us is not to communicate less, but to communicate better.

The Conversation

Anne Cordier ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Teenagers no longer answer the phone: is it a lack of manners or a new trend? – https://theconversation.com/teenagers-no-longer-answer-the-phone-is-it-a-lack-of-manners-or-a-new-trend-262718

Quand les femmes prenaient déjà la vague : l’histoire oubliée du surf californien

Source: The Conversation – in French – By Jeffrey Swartwood, Maître de conférences, Civilisation américaine, Université Bordeaux Montaigne

Mary-Ann Hawkins, championne de surf féminin de la côte Pacifique en 1938, en 1939 et en 1940. Wikimedias Commons, CC BY

Le surf se développe sur les côtes californiennes à partir des années 1920 pendant la période des « hommes de fer et planches en bois ». Dans ce milieu contre-culturel, un premier mouvement de femmes part alors à la recherche de la vague parfaite, malgré les injonctions et les stéréotypes de la période.


Le surf connaît aujourd’hui une nouvelle vague de popularité avec quelque 3,8 millions de pratiquants. Comme à chaque phase d’expansion de ce sport, l’équilibre se redessine entre son image de pratique contre-culturelle –  associée à la liberté, au sport dans les grands espaces – et sa place dans la culture dominante.

Malgré une augmentation considérable du surf féminin (entre 35 % et 40 % des pratiquants), l’imaginaire public entourant le surf reste (très) majoritairement masculin.

À l’heure actuelle, des surfeuses de shortboard comme celles de longboard voyagent en solo à travers le monde, surfent des grosses vagues, créent des modes de vie alternatifs et défient la vision traditionnelle de ce sport si longtemps orienté vers les hommes. Ces femmes suscitent à la fois l’intérêt du public et l’attention des chercheurs, comme en témoignent des ouvrages tels que Surfer Girls in the New World Order de Krista Comer.

Pourtant, le monde de la publicité, jusque dans la presse spécialisée, continue de présenter un déséquilibre : les photos d’action sont largement consacrées aux surfeurs masculins, tandis que les images de femmes, même de surfeuses professionnelles, sont encore souvent prises sur la plage ou sur un parking

L’icône contre-culturelle du surf semble être encore fortement genrée et, en ce sens, pas si contre-culturelle que ça. Et ce n’est pas un phénomène nouveau.

Une liberté d’homme ?

Dans les années 1960, à l’apogée de la révolution contre-culturelle aux États-Unis, la liberté du surf était représentée comme quasi exclusivement masculine.

Dans les premiers magazines tels que Surfer ou Surfing, malgré certaines exceptions, les photos d’action montrant des femmes surfant étaient rares, même quand il s’agissait de traiter la performance des surfeuses lors des compétitions, par exemple.

Pourtant, selon les récits traditionnels hawaiens, depuis ses débuts vers le XIIᵉ siècle, le surf était pratiqué autant par les femmes que les hommes. Avant l’arrivée des missionnaires occidentaux, les femmes étaient étroitement associées à l’histoire du surf hawaïen. Mais ces derniers, animés d’un zèle socioreligieux marqué par des normes strictes de séparation des sexes et une vision productiviste de la société, ont œuvré à l’éradication de l’activité. La pratique du surf a donc progressivement décliné – surtout chez les femmes – jusqu’à quasiment disparaitre pour tous à la fin du XIXe siècle.

Surf aux îles Sandwich, illustration datant de 1897 issue de l'un des journaux de voyage James Cook.
Surf aux îles Sandwich, illustration datant de 1897 issue de l’un des journaux de voyage James Cook.
British Library, CC BY

Le sport renaît au début du XXe siècle à Hawaii et en Californie, sous l’effet d’une curiosité presque ethnologique et d’une prise de conscience de son potentiel touristique. L’activité est alors devenue presque exclusivement masculine, au point que, dans son livre The History of Surfing, le champion de surf Nat Young ne mentionne les surfeuses californiennes que dans une petite parenthèse, vers la fin.

Des planches trop lourdes pour les femmes pour surfer ?

L’historien Scott Laderman explique que cela est dû non seulement au sexisme dominant mais aussi au fait que les surfeuses étaient rares car, avant la Deuxième Guerre mondiale, les planches étaient très lourdes et difficiles à manier. Surfeur reconnu, Mickey Munoz va plus loin en racontant qu’il n’y avait pas de femmes qui surfaient dans la Californie avant la fin des années 40 car les planches étaient trop lourdes.

Pourtant, confronté aux archives historiques et à une analyse approfondie, l’argument selon lequel les femmes ne pratiquaient pas, ou peu, le surf avant la fin des années 1950 ne tient pas la route. Des photosle prouvent, tout comme des articles de journaux et d’autres documents.

Le manque de maniabilité des planches de surf de l’époque est insatisfaisant pour expliquer la quasi-invisibilité des surfeuses de la période. Les planches étaient effectivement en bois et non en mousse, comme le montre la collection du musée Surfing Heritage and Culture Center de San Clemente. Mais leur poids variait énormément, allant de planches en balsa verni d’environ 10 kg à des mastodontes en séquoia pesant jusqu’à 45 kg (un longboard moderne en mousse et résine pèse entre 4 kg et 7 kg.

Et si les planches de trois mètres abondaient, des photographies et des références historiques à des planches plus courtes et plus légères évoquent une diversité plus grande que ne le laisse entendre le stéréotype.

Moins nombreuses que les hommes, mais bien présentes

Les surfeuses étaient vraisemblablement minoritaires sur la côte californienne, mais certaines femmes se consacraient malgré tout à ce sport et menaient une vie alternative. À ce jour, il est difficile de dire combien. Dans toute la Californie d’avant-guerre, il y avait probablement moins de 200 surfeurs et nous pourrions actuellement identifier une trentaine de surfeuses. À San Diego, dès 1925, Fay Baird Fraser, une jeune femme de 16 ans apprenait à surfer en tandem avec le sauveteur Charles Wright. Elle a ensuite continué à surfer seule dans la région, équipée de sa planche longue de 8 pieds (2,42 m).

Plus au nord, à Newport Beach, durant l’entre-deux-guerres, Duke Kahanamoku, hawaïen, champion olympique de natation et surfeur expert fut une figure clé de l’introduction du surf en Californie. Il rapporte avoir enseigné le surf à autant de femmes que d’hommes, et que parmi l’ensemble de ses élèves, tous sexes confondus, une jeune femme dénommée Bebe Daniels, de Corona Del Mar, était la meilleure.

Il y avait même quelques compétitions de surf avec une division féminine à la fin des années 1930. Mary Anne Hawkins, de Costa Mesa, a remporté ces championnats féminins de surf de la côte Pacifique en 1938, en 1939 et en 1940, à l’apogée de l’ère des planches en bois. Nous pourrions également mentionner les californiennes Vicki Flaxman ou Aggie Bane, parmi tant d’autres qui surfaient avant les années 50. Chacune de ces surfeuses talentueuses occupe une place bien documentée dans l’histoire des débuts du surf en Californie.

D’après l’historien Matt Warshaw, leur place était même telle, qu’à la fin des années 1940, alors que le surf évoluait à un rythme rapide et que le mode de vie des surfeurs s’ancrait dans la culture régionale, ces pionnières ont servi de modèle à toute la génération suivante de surfeurs californiens, hommes et femmes.

Selon Joe Quigg, fabriquant respecté de planches et figure iconique du surf, les femmes ont joué un rôle de premier plan dans la scène surf de Malibu dans les années 1940/50. Or, cette scène est devenue l’incarnation de la culture surf californienne, contribuant elle-même à façonner la contre-culture américaine des années 1950 et 1960. Dans un entretien, il va jusqu’à dire que la scène surf à Malibu était composé « de tous les âges et tous les sexes ».

À un moment où les récits traditionnels sont souvent remis en question, la construction de l’imaginaire du surf ne fait pas exception. Il est difficile d’imaginer que nous acceptions collectivement que dans les années 30, des garçons de 10 ans puissent traîner de lourdes planches jusqu’aux vagues pour apprendre, mais que les femmes, même adultes et nageuses accomplies passionnées de sports nautiques, ne le pouvaient pas. Elles le pouvaient, et elles le faisaient. T

out comme aujourd’hui, les femmes se lançaient dans les vagues, loin du rôle traditionnellement attribué à la petite amie qui attend avec patience sur la plage ou à la femme au foyer qui prépare soigneusement un pique-nique pour que son homme passe la journée à surfer. Face au sexisme de l’époque, elles ne représentaient qu’un faible pourcentage de la population des surfeurs. Cela souligne la nature hautement contre culturelle de leur pratique.

The Conversation

Jeffrey Swartwood est membre de l’International Association of Surfing Researchers, le Surf & Nature Alliance, l’Institut des Amériques et CLIMAS (EA4196) et l’Université Bordeaux Montaigne.

ref. Quand les femmes prenaient déjà la vague : l’histoire oubliée du surf californien – https://theconversation.com/quand-les-femmes-prenaient-deja-la-vague-lhistoire-oubliee-du-surf-californien-261868

Le « brain freeze » : d’où vient cette impression de gel du cerveau quand on consomme une glace ou une boisson très froide ?

Source: The Conversation – in French – By José Miguel Soriano del Castillo, Catedrático de Nutrición y Bromatología del Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universitat de València

Le « brain freeze », ou « céphalée due à un stimulus froid », se ressent quand on mange une glace ou quand on consomme une boisson très froide. Les études menées sur ce phénomène, généralement sans gravité mais soutenu par des mécanismes neurologiques plus complexes qu’il n’y paraît, aident à approfondir les connaissances sur les réactions du cerveau soumis au froid, mais aussi sur les facteurs de risque de migraine.


Vous êtes en train de prendre un granité, cette boisson à base de glace pilée ou de mordre trop rapidement dans une crème glacée. Et soudain, vous ressentez une douleur aiguë, glaciale et lancinante, aussi brève qu’intense, qui vous traverse le front. Selon la classification internationale des céphalées, il s’agit d’une « céphalée due à un stimulus froid », également connue sous le nom de « mal de tête dû à la glace », en anglais brain freeze. Et bien que cela puisse paraître trivial, ce phénomène révèle une complexité neurologique et médicale surprenante.

Ces dernières années, plusieurs recherches ont révélé que ce petit « mal de l’été » pourrait nous en apprendre davantage sur le traitement des migraines, les réactions cérébrales au froid et, de manière surprenante, sur la manière de protéger le cerveau dans des situations critiques.

Un signal envoyé au cerveau

Le brain freeze est une douleur frontale ou temporale de courte durée, qui peut être intense. Chez les personnes sensibles, elle est provoquée par le passage d’un élément froid (solide, liquide ou gazeux) au niveau du palais et/ou de la paroi postérieure du pharynx.

Ce changement brusque de température provoque une vasoconstriction, suivie d’une vasodilatation des vaisseaux sanguins dans cette zone. Le nerf trijumeau, qui relie le visage au cerveau, interprète ce changement comme une menace thermique et envoie un « signal de douleur » au cerveau.

Ce qui est curieux, c’est que cette douleur n’est pas ressentie dans la bouche, mais au niveau du front ou des tempes. C’est ce qu’on appelle « une douleur référée » (On parle aussi de douleur projetée, ndlr) : le cerveau interprète mal la source du stimulus, ce qui est très courant dans d’autres types de douleurs viscérales.

Un article publié dans Critical Care Medicine, en 2010, sous le titre provocateur « Can an ice cream headache save your life? » (en français « Un mal de tête causé par une glace peut-il vous sauver la vie ? »), suggérait que les mécanismes à l’origine du brain freeze pourraient inspirer des stratégies cliniques visant à protéger le cerveau après un arrêt cardiaque, en ayant recours à l’hypothermie thérapeutique. Ce type de réactions neurovasculaires rapides aiderait à réguler la pression intracrânienne, le flux sanguin cérébral et les réflexes autonomes.

En d’autres termes, une glace peut activer des mécanismes que les médecins tentent de reproduire de manière contrôlée en soins intensifs.

Une douleur qui en dit plus long qu’il n’y paraît

Un article publié en 2023, qui faisait la synthèse sur la bibliographie disponible sur ce sujet, a examiné comment des structures profondes du crâne telles que le nerf trijumeau et le ganglion sphénopalatin – tous deux connus pour être impliqués dans les migraines, les céphalées en grappe et les névralgies faciales – peuvent jouer un rôle dans ce phénomène.

De plus, de nombreux travaux de recherche ont montré que la réponse douloureuse au froid pourrait révéler une hypersensibilité du système trigéminal, en particulier chez des personnes prédisposées. La prévalence de ce phénomène varie entre 15 et 37 % dans la population générale. Mais elle est nettement plus élevée chez les enfants et les adolescents, chez qui elle atteint des chiffres compris entre 40,6 % et 79 %, selon les données recueillies dans la littérature scientifique.

Une étude clé, menée en Allemagne auprès d’élèves âgés de 10 à 14 ans, de leurs parents et de leurs enseignants, a montré une prévalence de 62 % chez les enfants et de 31 % chez les adultes. Cette différence pourrait s’expliquer par une combinaison de facteurs : l’apprentissage comportemental visant à éviter les déclencheurs de la douleur, une plus grande stabilité neuronale face au froid avec l’âge et des différences anatomiques qui rendent les enfants plus sensibles à une stimulation rapide des récepteurs du froid.

D’autre part, la douleur provoquée par le froid est étroitement liée aux antécédents de migraine. Les personnes souffrant de ce type de douleur présentent une prévalence comprise entre 55,2 % et 73,7 %, bien supérieure à celle des personnes souffrant de céphalées de tension (23-45,5 %). Une étude a même révélé une prévalence surprenante de 94 % chez les personnes ayant des antécédents de céphalées en coup de poignard. Cela suggère que le brain freeze pourrait servir de marqueur clinique indirect d’une sensibilité trigéminale accrue commune à d’autres céphalées plus invalidantes.

D’autres facteurs de risque ont été identifiés, notamment des antécédents de traumatisme crânien et, en particulier, des antécédents familiaux : les enfants dont les parents souffrent de céphalées induites par le froid présentent un risque significativement plus élevé de développer cette affection. Si la mère en a souffert, le risque pourrait être multiplié par 10,7 et, si c’est le père, par 8,4.

Toutes ces données révèlent que ce qui est souvent perçu comme une simple « douleur due à la glace » est en réalité l’expression de processus neurologiques complexes. Loin d’être banale, cette sensation pourrait aider à mieux comprendre les seuils de douleur et la prédisposition à des troubles neurosensoriels plus larges.

Est-ce dangereux ?

En général, non. Il s’agit d’un phénomène bénin, qui disparaît spontanément et sans conséquences médicales. Cependant, il existe un cas clinique extraordinaire, publié en 1999 dans l’American Journal of Forensic Medicine and Pathology, où un jeune homme s’est effondré après avoir bu de l’eau très froide. Les médecins légistes ont soupçonné un réflexe vagal extrême comme cause du décès, non pas un brain freeze classique, mais une réponse autonome incontrôlée dans un contexte de chaleur extrême et de prédisposition physiologique.

Cet événement, qui reste isolé, sert davantage à montrer la capacité du corps à réagir de manière drastique à des stimuli extrêmes qu’à susciter une inquiétude concernant les glaces ou les boissons froides.

Comment l’éviter ?

La bonne nouvelle, c’est que cette céphalée particulière peut être évitée grâce à quelques stratégies simples.

La stratégie la plus efficace consiste à manger ou à boire lentement. Lorsque nous ingérons des aliments froids à grande vitesse, le stimulus thermique au niveau du palais est trop brusque pour que le corps puisse le compenser à temps, ce qui déclenche la réponse douloureuse.

Il est également important d’éviter que les aliments dont la température est basse entrent en contact direct avec le palais supérieur, car cette zone est très vascularisée et proche du trajet du nerf trijumeau. Utiliser une paille, garder le liquide sur la langue avant d’avaler ou ne pas laisser la glace fondre trop rapidement dans la bouche peut aider.

Et si la douleur s’est déjà manifestée, il existe une astuce simple : appuyez votre langue contre le palais. Ce contact aide à rétablir la température et à soulager la gêne en quelques secondes.

Donc la prochaine fois qu’une cuillère de glace vous gèle le front, rappelez-vous : ce que vous ressentez n’est pas exagéré. Votre système nerveux est juste en train de tester une réaction que les scientifiques tentent encore de comprendre… et peut-être d’exploiter.

The Conversation

José Miguel Soriano del Castillo ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Le « brain freeze » : d’où vient cette impression de gel du cerveau quand on consomme une glace ou une boisson très froide ? – https://theconversation.com/le-brain-freeze-dou-vient-cette-impression-de-gel-du-cerveau-quand-on-consomme-une-glace-ou-une-boisson-tres-froide-262544