En las alturas de Kirguistán buscamos descifrar y proteger los grabados rupestres del valle de Saimaluu Tash

Source: The Conversation – (in Spanish) – By David Martín Freire-Lista, Geólogo. Investigador Ramón y Cajal. Atracción de talento. Especialista en patrimonio cultural, Instituto Geológico y Minero de España (IGME – CSIC)

Vista general del valle glaciar de Saimaluu Tash (Kirguistán). D.M.F.L.

A más de 3 000 metros sobre el nivel del mar, en la cordillera kirgui de Ferganá, los grabados rupestres del valle de Saimaluu Tash cuentan la historia de una población que se resiste a perder sus tradiciones ancestrales. No lo hacen con palabras, sino con imágenes: mapas de situación y migración de ungulados, así como escenas de caza ilustran las piedras de este valle glaciar.

Son los petroglifos de Saimaluu Tash (piedra estampada en kirguís), uno de los conjuntos de arte rupestre más grandes y mejor conservados del mundo, con decenas de miles de grabados que abarcan desde la Edad del Bronce hasta el periodo túrquico.

Estos petroglifos no son solo arte: son vestigios de la memoria de una cultura nómada a punto de desaparecer. Reflejan escenas cinegéticas, mapas y lugares apropiados para la caza y el pastoreo, combinado influencias locales e indoeuropeas. Las representaciones más frecuentes son principalmente íbices y ciervos. También aparecen lobos, zorros, jabalíes, así como figuras antropomórficas, escenas de caza y agrícolas y animales domesticados como caballos, camellos, vacas, yaks y perros.

Vista general del río de piedras con grabados rupestres en el valle de Saimaluu Tash.
D.M.F.L.

Además, en ellos se pueden observar senderos en zigzag, indicando rutas de tránsito de animales cinegéticos. Estos grabados parecen tener una ubicación comunicativa. Por lo tanto, estas piedras ofrecen un registro excepcional de la evolución de la caza y sus útiles. Son testigos de un tiempo en que pastores y agricultores de altura dejaron su visión grabada en las piedras para quien supiera leerla, aportando un testimonio excepcional sobre la tradición nómada centro asiática.

Una misión científica para proteger

En este paisaje de glaciares, morrenas y praderas de altura, el equipo internacional multidisciplinar que dirijo desarrolla un estudio pionero: analizar las piedras que sirven de soporte a estos grabados. Los geólogos Ramón Jiménez y Javier Luengo, del Centro Nacional Instituto Geológico y Minero de España (IGME-CSIC), están analizando su petrografía y porosidad. Con los resultados se podrán explicar las características petrofísicas que han permitido el grabado de arte rupestre y su conservación.

Analizando el color y la rugosidad de los mismos grabados se podrá obtener información sobre las técnicas utilizadas y su edad relativa. Además, utilizando técnicas de termoluminiscencia en los restos de cazuelas cerámicas encontradas en la excavación arqueológica a 1,70 metros y espectroscopía de masas en los carbones encontrados al lado de estas cazuelas, se podrá conocer la edad de los petroglifos.

La geomorfóloga Julia García-Oteyza Ciria estudiará la formación de las morrenas y las datará para reconstruir la evolución glaciar del valle y relacionarla con los periodos de ocupación nómada en los que se realizaron los grabados. Esto permitirá determinar no solo cómo se acumularon las piedras, sino también cómo el relieve influyó en las que se elegían para ser grabadas, ya que se puede observar una gran concentración de petroglifos en la acumulación de piedras longitudinal al valle, pero también existen miles de bloques dispersos con grabados rupestres.

Estas piedras, acumuladas por procesos glaciares durante miles de años, presentan una brillante pátina de color oscuro. Al raspar esta pátina, resurge un color pardo, generando un contraste cromático que permitió la creación y conservación del arte rupestre. Los biólogos Sergio Pérez-Ortega, científico titular del Real Jardín Botánico (CSIC), y Asunción de los Ríos, investigadora científica del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC), especialistas en diversidad de líquenes y microorganismos asociados a sustratos líticos, analizarán mediante métodos moleculares la composición biológica y el desarrollo de estas pátinas para comprender los procesos que, sin proponérselo, han hecho más visibles los petroglifos.

Grabado de cabras montesas en una piedra el río de piedras de Saimaluu Tash.
D.M.F.L.

El proyecto cuenta con un pilar fundamental: la arqueóloga Aidai Sulaimanova, que actúa como enlace entre el IGME-CSIC y las instituciones kirguisas, aportando además el marco histórico y cultural necesario para interpretar los hallazgos. Su participación garantiza que el trabajo científico esté alineado con las necesidades de preservación y valorización del patrimonio local.

Este conocimiento será esencial para plantear estrategias de conservación frente a amenazas como la meteorización, el cambio climático o el creciente turismo. Después de todo, la investigación pretende sentar las bases científicas para proteger el lugar e incluirlo en la Lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO.

Mirar al pasado para proteger el futuro

El valle glaciar de Saimaluu Tash es un escenario singular: depósitos morrénicos, lagos en forma de corazón, laderas esculpidas por la erosión, y un microclima que, paradójicamente, ha ayudado a preservar los grabados. Al investigar en él no solo queremos conocer la historia geológica de las piedras, sino entender el contexto que permitió que estos grabados rupestres se hayan conservado casi intactos durante miles de años. Después de todo, la historia geológica del valle está entrelazada con la historia humana que estos representan.

Aunque su difícil acceso, a seis horas de camino por un sendero y nueve meses al año bajo nieve, ha protegido los grabados, las huellas del cambio climático y el vandalismo empiezan a ser visibles. La nieve, la altura y el aislamiento son aliados, pero no eternamente. De hecho, el glaciar que originó este espectacular paisaje está desapareciendo.

Grabado de cazador en una piedra del río de piedras de Saimaluu Tash.
Grabado de cazador en una piedra del río de piedras de Saimaluu Tash.
D.M.F.L.

Hoy en día, las comunidades nómadas de Kirguistán conservan un estilo de vida ancestral basado en el pastoreo y la convivencia en las montañas. Cada verano, las familias se desplazan a los pastos altos y levantan sus yurtas, hogares circulares tradicionalmente de fieltro. Allí crían caballos, vacas, yaks y ovejas que pastan en las praderas.

Los que viven en los alrededores de Saimaluu Tash mantienen hoy una relación más territorial que ritual con los antiguos grabados rupestres. Aunque continúan usando esos mismos pastos y montañas, ya no se instalan en Saimaluu Tash en verano, pues la zona está protegida. Más que como parte activa de sus prácticas tradicionales, su vínculo actual con los petroglifos es de respeto e identidad: reconocen el sitio como un legado de sus antepasados y un símbolo cultural de la región.

Ahora, más de siglo después de la primera visita del pintor, etnógrafo y topógrafo Nikolay Gavrilovich Khludov en 1902, la ciencia española, en colaboración con expertos kirguises, vuelve a escuchar el mensaje grabado en las piedras de Saimaluu Tash hace miles de años. El reto es doble: descifrarlas y, sobre todo, asegurarnos de que sigan hablando durante muchos más milenios.

The Conversation

David Martín Freire-Lista es un contratado Ramón y Cajal. Atracción de Talento del IGME-CSIC. Esta publicación es parte del contrato RYC2023-042760-I, financiada por MCIU/AEI/10.13039/501100011033 y por el ESF+

ref. En las alturas de Kirguistán buscamos descifrar y proteger los grabados rupestres del valle de Saimaluu Tash – https://theconversation.com/en-las-alturas-de-kirguistan-buscamos-descifrar-y-proteger-los-grabados-rupestres-del-valle-de-saimaluu-tash-265416

¿Por qué la IA no habla igual todos los idiomas? La brecha lingüística que esconden los algoritmos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Isabel Durán Muñoz, Profesora Titular de Universidad, Universidad de Córdoba

witsarut sakorn

Cuando usamos una inteligencia artificial para traducir un texto, responder una pregunta o escribir un correo, tendemos a imaginar que funciona igual en cualquier idioma. La idea resulta lógica: si es “inteligente”, debería manejar todas las lenguas con la misma soltura. Sin embargo, la realidad es bien distinta. Los modelos no rinden igual en inglés que en español, ni en español que en euskera. ¿Por qué? ¿Es una limitación tecnológica inevitable o el reflejo de desigualdades más profundas del mundo digital?

Para entenderlo, hay que mirar la base de estas tecnologías: los datos. Los modelos de lenguaje, como ChatGPT, se entrenan con cantidades inmensas de texto, tanto originales como creados por personas que los han entrenado. Pero aquí aparece la primera gran asimetría: la mayor parte del contenido escrito en la red está en inglés. No es una preferencia del modelo, simplemente es lo que hay.

Idiomas de entrenamiento

OpenAI, la empresa que hay detrás de ChatGPT, y otras compañías no publican porcentajes exactos del peso de cada idioma en el entrenamiento, y los modelos tampoco pueden calcularlos con los datos que manejan. Aun así, la tendencia es evidente: el inglés domina con diferencia este contexto, seguido por grandes idiomas globales como el español, el francés o el alemán. Con bastante distancia, encontramos lenguas con presencia digital limitada como son el catalán o el galés. Y a una distancia aún mayor, idiomas minoritarios cuyo rastro textual en internet es escaso o casi inexistente.

Con esta distribución, el resultado es previsible: los modelos funcionan mejor en los idiomas con más datos. No se trata de afinidad, sino de oportunidad de aprendizaje. Cuando un modelo ve millones de ejemplos en inglés, aprende mejor su gramática, su vocabulario, sus distintos registros y su trasfondo cultural. En cambio, cuando recibe pocos ejemplos en una lengua tiene menos material para deducir patrones fiables.




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Esto explica por qué, en algunos idiomas, sobre todo en inglés, la inteligencia artificial parece más precisa y natural, mientras que en otros comete errores: fallos de concordancia, expresiones que suenan “traducidas”, construcciones rígidas o un estilo demasiado neutro o poco familiar. La falta de datos afecta también al tipo de escritura: lenguas que usan el alfabeto latino suelen estar mejor cubiertas que aquellas con sistemas menos extendidos digitalmente, como la escritura árabe o alfabetos indígenas, donde la escasez de ejemplos genera más errores.

¿Se puede reducir esta brecha?

Afortunadamente, la IA moderna no se limita a reproducir pasivamente esta desigualdad. Existen numerosas estrategias diseñadas para mitigar de alguna manera la falta de datos en idiomas escasos. Una de las más importantes es el equilibrado del corpus, es decir, el número de textos que emplea para responder. Así pues, incluso si el inglés es miles de veces más abundante, durante el entrenamiento se puede aumentar la frecuencia con la que el modelo consulta idiomas minoritarios y reducir la exposición al inglés. Es una forma de evitar que los idiomas minoritarios queden sepultados.

Otra técnica clave es la transferencia multilingüe. Los modelos no aprenden cada idioma por separado: comparten representaciones internas. Si el modelo aprende español, parte de ese conocimiento se aprovecha para el portugués o el italiano. Del mismo modo, el alemán refuerza al neerlandés. Esta transferencia ayuda a los idiomas con pocos datos siempre que pertenezcan a una familia lingüística con parientes más abundantes. En cambio, lenguas más aisladas –como japonés o coreano– se benefician menos de este proceso.

Enseñar idiomas a la IA

También se generan datos sintéticos mediante traducción automática o se utilizan corpus paralelos multilingües, como documentos de organismos internacionales o versiones de Wikipedia, para aprender equivalencias entre idiomas. En etapas posteriores, intervienen instructores humanos nativos, que corrigen expresiones poco acertadas, refuerzan el tono adecuado y afinan detalles culturales que los datos masivos no capturan.

Por último, existen técnicas específicas para evitar lo que se llama “olvido catastrófico”: cuando el modelo sigue entrenándose con datos en un idioma dominante y, sin querer, empieza a degradar lo que sabía en idiomas minoritarios. De esta manera, los métodos de regularización y de aprendizaje continuo ayudan a mantener cierto equilibrio.




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¿Qué ocurre con la diversidad lingüística?

Aun así, ningún recurso técnico puede compensar completamente la falta de datos en una lengua y con poca renovación de su contenido, por lo que el inglés sigue siendo la lengua predominante y, por tanto, la brecha persiste.

Esto abre una pregunta importante: ¿puede la inteligencia artificial contribuir a la pérdida de diversidad lingüística? Es un riesgo real. Si funciona mejor en inglés, algunas personas pueden preferir usarla en ese idioma. Si los textos generados tienden a un estilo homogéneo, pueden influir en la escritura institucional, académica o mediática y desplazar, así, registros locales. Y si una lengua apenas aparece en internet, puede quedar fuera de las herramientas tecnológicas que moldean cada vez más nuestra comunicación.

Revitalizar lenguas minoritarias

También hay un potencial opuesto: la IA puede revitalizar lenguas minoritarias. Puede generar materiales educativos, ayudar a documentar vocabulario, servir como interlocutora en procesos de aprendizaje o apoyar proyectos de digitalización. Con voluntad política y cultural, la tecnología puede ser una aliada.

El rendimiento desigual de la IA entre lenguas no es solo una cuestión técnica: es un espejo de las desigualdades del mundo real. No se trata de preguntar si la IA habla mejor unos idiomas que otros, puesto que la respuesta resulta clara: sí, lo hace. La pregunta es cómo podemos construir un futuro en el que la tecnología no reproduzca, sino que reduzca, las brechas lingüísticas.

The Conversation

Isabel Durán Muñoz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Por qué la IA no habla igual todos los idiomas? La brecha lingüística que esconden los algoritmos – https://theconversation.com/por-que-la-ia-no-habla-igual-todos-los-idiomas-la-brecha-linguistica-que-esconden-los-algoritmos-270017

¿Por qué la lechuga se queda lacia y se estropea tan pronto?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Victoria Fernández, Researcher, Universidad Politécnica de Madrid (UPM)

siamionau pavel/Shutterstock

Tradicionalmente, hemos aprendido que la función de las hojas es realizar la fotosíntesis (convertir la luz solar en energía química) y evitar que la planta pierda agua. Y así es principalmente, también en el caso de las hojas de lechuga que nos comemos.

Sin embargo, la superficie de las hojas no es un simple escudo, sino un complejo entramado de compuestos químicos con diferentes propiedades en cada zona. Al saber dónde se concentra la debilidad de la lechuga (sus zonas hidrofílicas), podemos plantear buscar nuevos métodos para protegerla, prolongar su duración y mejorar su comercialización.

El impermeable no lo es tanto

Para protegerse, las hojas y otras partes aéreas de las plantas, como flores, tallos o frutos, están cubiertas por una especie de “capa más bien impermeable” hecha de grasa (lípidos), llamada cutícula. Es algo así como un chubasquero natural, pero de composición y estructura variable.

Pero ¿qué pasa si las hojas no son tan impermeables como esperábamos?

Esta idea explica uno de esos enigmas domésticos tan comunes: la lechuga se queda lacia y se estropea muy pronto.

Asomados al nanomundo

Si la cutícula es una capa de grasa impermeable como se ha creído durante siglos, ¿cómo es posible que el agua penetre y salga del interior de las hojas?

Para desvelar este misterio, un equipo multidisciplinar de científicos nos hemos “asomado” al nanomundo de la hoja de lechuga, un nivel de detalle mil veces más pequeño que un cabello humano. Gracias a la microscopía de fuerza atómica y a otras técnicas avanzadas , hemos descubierto que la superficie de las plantas no es un manto de grasa continuo y uniforme, sino que presenta “parches” o heterogeneidad química a micro y nano escala. Lo hemos observado en los pétalos de rosa, las hojas de olivo, y ahora también en las lechugas. Es como si el chubasquero tuviera zonas de tela que repelen el agua y otras zonas que la atraen.

Elegimos la hoja de lechuga para nuestro estudio, por ser un vegetal poco duradero y muy mojable por el agua.

Buscábamos responder a una pregunta: ¿Por qué es tan perecedera y susceptible a la contaminación microbiana esta hoja? Es decir, ¿por qué se estropea tan pronto? ¿Acaso su superficie tiene pocas propiedades de barrera para evitar la deshidratación y el ataque de patógenos?

La lechuga y sus células epidérmicas

En un estudio desarrollado entre la Universidad Politécnica de Madrid, la Universidad de Murcia y la Universidad de Valencia, hemos analizado en detalle la superficie del haz y envés de una variedad de lechuga.

Seleccionamos la lechuga variedad romana, una verdura que todos conocemos y que es muy perecedera. Se deshidrata y estropea rápidamente, y es muy susceptible a la contaminación microbiana. Esto sugiere que su “chubasquero” (la cutícula) no es tan efectivo como barrera de protección, comparado con el de otras plantas.

La superficie de la hoja está compuesta principalmente por dos tipos de células. Por un lado, las células “pavimento”, que actúan como “adoquines” cubriendo la mayor parte de la superficie. Por otro, las células “guarda”, dos células con forma de riñón que se unen para formar una abertura llamada estoma (del griego, stoma, que significa “boca”).

En el envés de las hojas, encontramos una densidad de estomas ligeramente superior. Pero, en general, ambos lados son similares en estructura y composición química.

La función principal de los estomas es abrirse para dejar entrar el dióxido de carbono para la fotosíntesis, aunque a su vez dejan escapar vapor de agua. La apertura estomática está bien regulada a nivel de planta y puede verse afectada por diversas condiciones de estrés.

El análisis de la lechuga reveló algo crucial. Mientras que las células pavimento tienen una superficie bastante homogénea y rica en grasa (repelente al agua), las células guarda que forman el estoma son diferentes. La superficie de los estomas es químicamente heterogénea, diversa. Concentra zonas hidrofílicas (amigas del agua) entre las zonas hidrófobas (repelentes al agua).

Importancia de la heterogeneidad química

Nuestro estudio muestra por primera vez que la superficie de los estomas, aparte de ser rugosa, presenta heterogeneidad química. Y esto, ¿qué significa?

La misión de los estomas es abrirse y permitir la entrada de dióxido de carbono al interior de las hojas para hacer la fotosíntesis, limitando la pérdida de agua. Sin embargo, suponemos que la heterogeneidad química concentrada en la superficie probablemente aporta algún tipo de funcionalidad adicional que aún tenemos que explorar más.

De momento, podemos anticipar posibles implicaciones, como que las zonas hidrofílicas probablemente se asocien a la susceptibilidad de este vegetal a la contaminación por bacterias o virus. También favorecen la pérdida de agua desde el interior de las hojas. Y al perder más agua, se estropean antes durante el proceso posterior a su recolección, incluyendo la comercialización.

Asimismo, es posible que esta composición heterogénea de los estomas limite la pérdida de dióxido de carbono y el transporte de sustancias hidrófobas, además de afectar a las propiedades mecánicas de la hoja.

Estomas de las hojas de lechuga Romana. (A) Imagen de la topografía de un estoma obtenida con un microscopio electrónico de barrido. (B) Sección trasversal de un estoma, observada mediante microscopía electrónica de transmisión. (C) Imagen de microscopía de fuerza atómica (AFM) de un estoma, que muestra una composición química heterogénea, con un diagrama de color que destaca zonas hidrofílicas (azuladas) e hidrófobas. (D) Distribución de los carotenoides en zonas cercanas a un estoma, observadas con microscopía confocal-Raman.

La lechuga es la primera especie hortícola en la que se ha llevado a cabo un estudio tan detallado. Sin embargo, creemos que la caracterización de la superficie de las frutas y hortalizas es un requisito fundamental para buscar métodos que prologuen y mejoren su duración tras la cosecha y alarguen su vida, lo que beneficiará la comercialización.

The Conversation

Victoria Fernández realizado este estudio, dentro de un proyecto financiado con fondos del MCINN/AEI y European Union NextGenerationEU/PRTR, que ha finalizado en Septiembre de 2025.

Ana Cros Stötter recibe fondos de MICINN. Los fondos ya se terminaron (final de septiembre de 2024)

Jaime Colchero recibe fondos de MCINN/AEI y European Union NextGenerationEU/PRTR a través de los proyectos TED2021-130830B, PID2022-139191OB y PDC2023-145906.

ref. ¿Por qué la lechuga se queda lacia y se estropea tan pronto? – https://theconversation.com/por-que-la-lechuga-se-queda-lacia-y-se-estropea-tan-pronto-270530

Heptacloro en aguas de lavado industriales: ¿existe en España un mercado negro de plaguicidas prohibidos?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Dr. Borja Garrido Arias, Profesor Dpto. Ingeniería Mecánica, Escuela ICAI, Universidad Pontificia Comillas

Funtay/Shutterstock

Desde hace más de una década, la prohibición de plaguicidas y biocidas con toxicidad elevada y comportamiento recalcitrante (difícil de eliminar) y persistente ha reducido su uso en España. Entre algunos de los ejemplos más representativos destacan los plaguicidas carbamatos, organoclorados, organofosforados y los arsenicales.

No obstante, el caso más llamativo es el del heptacloro, que se va acumulando de forma paulatina en suelo. Puede causar cáncer y actuar como disruptor endocrino, con la capacidad de provocar alteraciones hormonales en medios acuáticos y terrestres.

De entre todos sus impactos nocivos, éste último es el que más preocupa, ya que fomenta la toxicidad neurológica y cambios hormonales tanto en la fauna como en los humanos. Por otro lado, su paso al ciclo del agua y su posterior ingesta producen daños en la salud muchas veces insospechados, ya que la patología surge sin observarse una causa clara ni definida. Además, este tipo de sustancias pueden actuar de forma lenta pero acumulativa.




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¿No estaba este plaguicida prohibido?

Las políticas ambientales, tanto nacionales como europeas, implantan textos legales muy restrictivos en cuanto a vertidos al medio ambiente. La preocupación no se enfoca en el material de desecho en sí, sino en su composición y en la categoría de toxicidad de los compuestos que lo conforman.

Su caracterización, la determinación de la composición química, física y microbiológica y su análisis cuantitativo resultan procedimientos decisivos e imprescindibles no sólo para su posible reutilización, sino también para su propio vertido bajo el cumplimiento de los estándares establecidos.

El uso del heptacloro lleva tiempo regulado en la recolección y procesamiento de alimentos. La mayor parte de los países define los límites atendiendo a los Límites Máximos de Residuos (LMR), establecidos por organismos tan relevantes como la Organización Mundial de la Salud (OMS).

En España, la comercialización y el uso de heptacloro se prohibieron hace más de tres décadas. No obstante, trazas del pesticida encontradas recientemente en aguas de lavado indican que el uso de este compuesto, totalmente restringido por la normativa, se estaría volviendo a emplear en tratamientos plaguicidas de productos hortícolas.

Después de tantos años prohibido, el heptacloro debería haber desaparecido del medio ambiente, al menos a nivel de concentración de trazas en agua y suelos. Si bien se trata de un producto
muy persistente, el paso del tiempo y los agentes bióticos y abióticos del entorno deberían haber eliminado la mayor parte del mismo.

No obstante, diversos análisis de líquidos procedentes del lavado de productos hortícolas españoles han identificado su presencia, con valores que exceden los niveles mínimos y sospechosos de ser peligrosos. Este problema –que no ocurre en un contexto industrial concreto, sino en varios de forma aleatoria en diferentes muestras– podría revelar la existencia de un mercado negro de pesticidas.




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Los desafíos de una agricultura productiva que no contamine

Además de determinar y cuantificar la prevalencia del heptacloro, resulta prioritario analizar las causas de su posible posible uso fraudulento. El escenario actual que afronta la agricultura es desafiante. Mientras surgen plagas nuevas con propiedades más agresivas, resistentes e inesperadas, muchos compuestos biocidas o fitosanitarios presentan un bajo poder para reducirlas. Además, las políticas en torno al uso de ciertas sustancias para el sector agrícola son cada vez restrictivas. Se trata de un problema complejo que requiere de soluciones entre muchos agentes.

La importancia de la agricultura en nuestro país obliga a llevar a cabo un control coherente del uso de determinados plaguicidas y a ser conscientes de los riesgos y persistencia de productos como el heptacloro, con tantas repercusiones en el medio ambiente y en la salud.




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Por eso resulta urgente aunar entre todos el uso racional del agua y reducir su contaminación. Tóxicos como el heptacloro, entre otros tantos plaguicidas, son difíciles de eliminar y no deberían ser empleados bajo ninguna circunstancia.

Se necesita implementar procesos de depuración más complejos y actualizar la legislación ante procesos nuevos derivados de cambios como la reducción y mayor control de vertidos de determinados productos de higiene personal, tratamientos hormonales o la disminución de aditivos en la síntesis de polímeros de uso cotidiano con los que se elabora ropa, juguetes, envases o dispositivos médicos, entre otros.

También se requiere una mejora del ciclo del agua que permita optimizar recursos hídricos. Una forma de hacerlo es recuperar efluentes (líquidos procedentes de plantas industriales) y estudiarlos para analizar sus distintos orígenes. Todas estas medidas deben llevarse a cabo manteniendo, además, los principios deontológicos de un ingeniero químico: el respeto por el medio ambiente.

La sostenibilidad en el ámbito de la ingeniería química implica el diseño, la implementación y el análisis de modelos que fomenten el ahorro de recursos, la economía circular y el respeto por el medio ambiente, así como por los trabajadores y todos los ciudadanos. Los ingenieros químicos disponemos de medios y financiación que podríamos dirigir a la investigación con el fin de para aportar soluciones factibles, viables y escalables a nivel industrial.

The Conversation

Dr. Borja Garrido Arias no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Heptacloro en aguas de lavado industriales: ¿existe en España un mercado negro de plaguicidas prohibidos? – https://theconversation.com/heptacloro-en-aguas-de-lavado-industriales-existe-en-espana-un-mercado-negro-de-plaguicidas-prohibidos-265804

Joel Mokyr, premio Nobel 2025: cuando la economía trabaja con la historia

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mauro Hernández, Profesor Titular de Historia Económica, UNED – Universidad Nacional de Educación a Distancia

A propósito de las relaciones entre la historia y el análisis económico, el economista estadounidense Kenneth Arrow –laureado con el Nobel en 1972 por sus teorías del equilibrio económico general y de la elección social– escribió:

¿Qué clase de médico se atrevería a diagnosticar o prescribir sin conocer antes la historia clínica del paciente?

Con esta frase, Arrow reconocía que eran mayoría los economistas que diagnosticaban problemas y proponían políticas económicas sin prestar atención a la historia. Y así ha seguido siendo casi hasta ahora.

Otorgar el Nobel de Economía de 2025 al historiador económico Joel Mokyr parece indicar que esa disciplina vuelve a ser un socio relevante en el análisis económico. El propio Banco de Suecia arranca su comunicado con una reflexión en clave histórica:

En los dos últimos siglos, por primera vez en la historia, el mundo ha asistido a un crecimiento económico sostenido.

Economía e historia

Mokyr es un historiador a tiempo completo, cuyas contribuciones al estudio del cambio tecnológico le han merecido el galardón. Y, aunque lo comparte con dos economistas puros (Philippe Aghion y Peter Howitt), el orden en que se anunciaron los ganadores no es casual. Además, Mokyr se llevará la mitad –no un tercio– del premio: 6,5 millones de coronas suecas, unos 467 000 euros aproximadamente.

A este reconocimiento se suma que los dos últimos años también han sido galardonados profesores e investigadores que, aunque no son estrictamente historiadores económicos, sí son economistas que dan a la historia un peso muy relevante. Es el caso de Daron Acemoglu, James A. Robinson y Simon Johnson, (2024) así como el de Claudia Goldin (2023).

Los primeros basaron su explicación del desarrollo en la existencia de dos tipos de élites y marcos institucionales: las extractivas (cuyo fin era maximizar la renta de unos pocos a costa de una mayoría de súbditos) y las inclusivas (que buscaban integrar a todos los ciudadanos en el proceso y el reparto de beneficios del desarrollo). Su argumento se basa en el análisis de numerosos ejemplos históricos de ambos tipos de marco institucional.

Claudia Goldin, por su parte, obtuvo el Nobel –el primero otorgado en solitario a una mujer– por sus investigaciones sobre el papel económico de las mujeres y, en especial, sobre la brecha de género en los salarios.

¿Por qué ahora?

Hasta 1993 nunca se había concedido el premio a un historiador económico. Ese año lo recibieron Robert Fogel (director de la tesis de Goldin) y Douglass North por “haber renovado la investigación en historia económica mediante la aplicación de la teoría y los métodos cuantitativos a los cambios económicos e institucionales”. Tuvieron que pasar tres décadas para que los historiadores económicos volvieran a entrar en el Olimpo sueco.

La pregunta es por qué ahora. Los economistas, y en general los científicos sociales, no creen en las casualidades, y tres premios seguidos es una racha que desafía al mero azar. La clave, creo, se revela al hacer una lectura atenta de los comunicados de concesión del premio. Una acotación: si quieren profundizar más en el tema, el Banco de Suecia distribuye tanto una nota divulgativa como una nota académica, más completa y sesuda.

Nobel 2024: ¿por qué fracasan los países?

En el caso de Acemoglu, Robinson y Johnson, la nota de prensa comienza hablando de la colonización de buena parte del globo por los europeos, un proceso que arranca a finales del siglo XV y por el cual se produjeron grandes cambios en los territorios colonizados. Estos cambios afectarían también a sus instituciones, pero no siempre de la misma forma.

En algunos casos, los colonizadores se dedicaron a explotar a las poblaciones indígenas y los recursos naturales, conformando lo que los autores llamaron unas instituciones y unas élites extractivas. En otros, sin embargo, se produjo una ocupación donde eran más numerosos los colonos europeos, que se dotaron de marcos económicos y políticos inclusivos, abiertos a la participación más o menos libre e igualitaria de todos (no de todas).

La tesis de Acemoglu y Robinson es que sólo los segundos países fueron capaces de salir de la maldición de los recursos –que condena a la pobreza a los territorios donde éstos abundan– y desarrollar economías prósperas y capaces de estimular el crecimiento económico. Se trata, como resulta evidente, de un análisis histórico para un problema económico: por qué fracasan los países.

Nobel 2023: la mujer en el mercado laboral

Claudia Goldin, por su parte, fue premiada por sus investigaciones sobre la participación de la mujer en los mercados de trabajo “a lo largo de los siglos”, como destaca el comunicado de concesión. Este subrayaba cómo Goldin ha buceado en fuentes de archivo para estudiar los cambios en los roles de género en el ámbito laboral. Pero la galardonada también ha publicado estudios de historia económica pura, desde su tesis doctoral (sobre la economía de la esclavitud) hasta diversas publicaciones sobre el papel de las mujeres en los mercados de trabajo en los siglos XIX y XX.

Exactitud matemática versus comprensión histórica

Los tres premios Nobel de Economía de los últimos tres años coinciden en señalar que el análisis histórico es relevante para explicar procesos de largo alcance. Ya sea el crecimiento económico sostenido como resultado de la innovación técnica, el papel de las instituciones en el desarrollo económico o las brechas de género en el empleo y el ingreso.

Todos estos temas se resisten a ser modelizados matemáticamente. Aunque la otra mitad del Nobel 2025 ha recaído en dos economistas modelizadores –Philippe Aghion y Peter Howitt–, su aportación se ciñe a un problema concreto e importante: la destrucción creativa generada por los procesos de innovación, que alteran las estructuras económicas vigentes.

Frente a unas ciencias económicas que llevan décadas afilando unas herramientas metodológicas basadas en las matemáticas y los datos cuantitativos, los últimos premios Nobel nos recuerdan que la exactitud no es lo mismo que la verdad y que los procesos complejos no admiten modelos simples.

Dar respuesta a temas complejos

El mundo se está enfrentando en las últimas décadas a problemas enormemente complejos. ¿Por qué hemos sido incapaces de acabar con la pobreza de tantos países? ¿Cómo es que seguimos sujetos a fuertes ciclos económicos marcados por crisis generales, como la de 2008? ¿Qué tipo de soluciones debemos buscar para un cambio climático que exige cooperación, no competencia? ¿Cómo va a cambiar la inteligencia artificial nuestros modos de producir y consumir? La reflexión y el trabajo de los historiadores económicos, aun con series de datos menos fiables y herramientas econométricas menos sofisticadas, pueden ofrecer respuestas complejas –aunque no necesariamente precisas– a estas preguntas.

Por cierto, aunque se lo den a nuestros colegas historiadores económicos, les recuerdo que el Nobel de Economía no existe: lo que entregará este miércoles 10 de diciembre la Academia Sueca a Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt será el Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas, en memoria de Alfred Nobel.

The Conversation

Mauro Hernández recibe fondos de la Agencia Estatal de Investigación (Ministerio de Ciencia e Innovación) como investigador del proyecto “Transformaciones sociales en Madrid y la Monarquía hispánica en la edad moderna. Movimientos ascendentes y descendentes. Entre cambios y resistencias” (PID2022-142050NB-C22) coordinado por José Antolín Nieto (UAM).

ref. Joel Mokyr, premio Nobel 2025: cuando la economía trabaja con la historia – https://theconversation.com/joel-mokyr-premio-nobel-2025-cuando-la-economia-trabaja-con-la-historia-268704

PFAS in pregnant women’s drinking water puts their babies at higher risk, study finds

Source: The Conversation – USA (2) – By Derek Lemoine, Professor of Economics, University of Arizona

Studies show PFAS can be harmful to human health, including pregnant women and their fetuses. Olga Rolenko/Moment via Getty Images

When pregnant women drink water that comes from wells downstream of sites contaminated with PFAS, known as “forever chemicals,” the risks to their babies’ health substantially increase, a new study found. These risks include the chance of low birth weight, preterm birth and infant mortality.

Even more troubling, our team of economic researchers and hydrologists found that PFAS exposure increases the likelihood of extremely low-weight and extremely preterm births, which are strongly associated with lifelong health challenges.

What wells showed us about PFAS risks

PFAS, or perfluoroalkyl and polyfluoroalkyl substances, have captured the attention of the public and regulators in recent years for good reason. These man-made compounds persist in the environment, accumulate in human bodies and may cause harm even at extremely low concentrations.

Most current knowledge about the reproductive effects of PFAS comes from laboratory studies on animals such as rats, or from correlations between PFAS levels in human blood and health outcomes.

Both approaches have important limitations. Rats and humans have different bodies, exposures and living conditions. And independent factors, such as kidney functioning, may in some cases be the true drivers of health problems.

We wanted to learn about the effects of PFAS on real-world human lives in a way that comes as close as possible to a randomized experiment. Intentionally exposing people to PFAS would be unethical, but the environment gave us a natural experiment of its own.

We looked at the locations of wells that supply New Hampshire residents with drinking water and how those locations related to birth outcomes.

We collected data on all births in the state from 2010 to 2019 and zoomed in on the 11,539 births that occurred within 3.1 miles (5 kilometers) of a site known to be contaminated with PFAS and where the mothers were served by public water systems. Some contamination came from industries, other from landfills or firefighting activities.

A conceptual illustration shows how PFAS can enter the soil and eventually reach groundwater, which flows downhill. Industries and airports are common sources of PFAS. The homes show upstream (left) and downstream (right) wells.
Melina Lew

PFAS from contaminated sites slowly migrate down through soil into groundwater, where they move downstream with the groundwater’s flow. This created a simple but powerful contrast: pregnant women whose homes received water from wells that were downstream, in groundwater terms, from the PFAS source were likely to have been exposed to PFAS from the contaminated site, but those who received water from wells that were upstream of those sites should not have been exposed.

Using outside data on PFAS testing, we confirmed that PFAS levels were indeed greater in “downstream” wells than in “upstream” wells.

The locations of utilities’ drinking water wells are sensitive data that are not publicly available, so the women likely would not have known whether they were exposed. Prior to the state beginning to test for PFAS in 2016, they may not have even known the nearby site had PFAS.

PFAS connections to the riskiest births

We found what we believe is clear evidence of harm from PFAS exposure.

Women who received water from wells downstream of PFAS-contaminated sites had on average a 43% greater chance of having a low-weight baby, defined as under 5.5 pounds (2,500 grams) at birth, than those receiving water from upstream wells with no other PFAS sources nearby. Those downstream had a 20% greater chance of a preterm birth, defined as before 37 weeks, and a 191% greater chance of the infant not surviving its first year.

Per 100,000 births, this works out to 2,639 additional low-weight births, 1,475 additional preterm births and 611 additional deaths in the first year of life.

Looking at the cases with the lowest birth weights and earliest preterm births, we found that the women receiving water from wells downstream from PFAS sources had a 180% greater chance of a birth under 2.2 pounds (1,000 grams) and a 168% greater chance of a birth before 28 weeks than those with upstream wells. Per 100,000 births, that’s about 607 additional extremely low-weight births and 466 additional extremely preterm births.

PFAS contamination is costly

When considering regulations to control PFAS, it helps to express the benefits of PFAS cleanup in monetary terms to compare them to the costs of cleanup.

Researchers use various methods to put a dollar value on the cost of low-weight and preterm births based on their higher medical bills, lower subsequent health and decreased lifetime earnings.

We used the New Hampshire data and locations of PFAS-contaminated sites in 11 other states with detailed PFAS testing to estimate costs from PFAS exposure nationwide related to low birth weight, preterm births and infant mortality.

The results are eye-opening. We estimate that the effects of PFAS on each year’s low-weight births cost society about US$7.8 billion over the lifetimes of those babies, with more babies born every year.

We found the effects of PFAS on preterm births and infant mortality cost the U.S. about $5.6 billion over the lifetimes of those babies born each year, with some of these costs overlapping with the costs associated with low-weight births.

An analysis produced for the American Water Works Association estimated that removing PFAS from drinking water to meet the EPA’s PFAS limits would cost utilities alone $3.8 billion on an annual basis. These costs could ultimately fall on water customers, but the broader public also bears much of the cost of harm to fetuses.

We believe that just the reproductive health benefits of protecting water systems from PFAS contamination could justify the EPA’s rule.

Treating PFAS

There is still much to learn about the risks from PFAS and how to avoid harm.

We studied the health effects of PFOA and PFOS, two “long-chain” species of PFAS that were the most widely used types in the U.S. They are no longer produced in the U.S., but they are still present in soil and groundwater. Future work could focus on newer, “short-chain” PFAS, which may have different health impacts.

A woman holding a small child fills a glass with water.
If the water utility isn’t filtering for PFAS, or if that information isn’t known, people can purchase home water system filters to remove PFAS before it reaches the faucet.
Compassionate Eye Foundation/David Oxberry via Getty Images

PFAS are in many types of products, and there are many routes for exposure, including through food. Effective treatment to remove PFAS from water is an area of ongoing research, but the long-chain PFAS we studied can be removed from water with activated carbon filters, either at the utility level or inside one’s home.

Our results indicate that pregnant women have special reason to be concerned about exposure to long-chain PFAS through drinking water. If pregnant women suspect their drinking water may contain PFAS, we believe they should strongly consider installing water filters that can remove PFAS and then replacing those filters on a regular schedule.

The Conversation

Ashley Langer receives funding from the National Science Foundation.

Bo Guo and Derek Lemoine do not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organization that would benefit from this article, and have disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. PFAS in pregnant women’s drinking water puts their babies at higher risk, study finds – https://theconversation.com/pfas-in-pregnant-womens-drinking-water-puts-their-babies-at-higher-risk-study-finds-270051

Gen Z is burning out at work more than any other generation — here’s why and what can be done

Source: The Conversation – Canada – By Nitin Deckha, Lecturer in Justice Studies, Early Childhood Studies, Community and Social Services and Electives, University of Guelph-Humber

Gen Z workers are reporting some of the highest burnout levels ever recorded, with new research suggesting they are buckling under unprecedented levels of stress.

While people of all age levels report burnout, Gen Z and millennials are reporting “peak burnout” at earlier ages. In the United States, a poll of 2,000 adults found that a quarter of Americans are burnt out before they’re 30 years old.

Similarly, a British study measured burnout over an 18-month period after the COVID-19 pandemic and found Gen Z members were reporting burnout levels of 80 per cent. Higher levels of burnout among the Gen Z cohort were also reported by the BBC a few years ago.

Globally, a survey covering 11 countries and more than 13,000 front-line employees and managers reported that Gen Z workers were more likely to feel burnt out (83 per cent) than other employees (75 per cent).

Another international well-being study found that nearly one-quarter of 18- to 24-year-olds were experiencing “unmanageable stress,” with 98 per cent reporting at least one symptom of burnout.

And in Canada, a Canadian Business survey found that 51 per cent of Gen Z respondents felt burnt out — lower than millennials at 55 per cent, but higher than boomers at 29 per cent and Gen X, at 32 per cent.

As a longstanding university educator of Gen Z students, and a father of two of this generation, the levels of Gen Z burnout in today’s workplace are astounding. Rather than dismissing young workers as distracted or too demanding of work-life balance, we might consider that they’re sounding the alarm of what’s broken at work and how we can fix it.


No one’s 20s and 30s look the same. You might be saving for a mortgage or just struggling to pay rent. You could be swiping dating apps, or trying to understand childcare. No matter your current challenges, our Quarter Life series has articles to share in the group chat, or just to remind you that you’re not alone.

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What burnout really is

Burnout can vary from person to person and across occupations, but researchers generally agree on its core features. It occurs when there is conflict between what a worker expects from their job and what the job actually demands.

That mismatch can take many forms: ambiguous job tasks, an overload of tasks or not having enough resources or the skills needed to respond to a role’s demands.

In short, burnout is more likely to occur when there’s a growing mismatch between one’s expectations of work and its actual realities. Younger workers, women and employees with less seniority are consistently at higher risk of burnout.

Burnout typically progresses across three dimensions. While fatigue is often the first noticeable symptom of burnout, the second is cynicism or depersonalization, which leads to alienation and detachment to one’s work. This detachment leads to the third dimension of burnout: a declining sense of personal accomplishment or self-efficacy.

Why Gen Z is especially vulnerable to burnout

Several forces converge to make Gen Z particularly susceptible to burnout. First, many Gen Z entered the workforce during and after the COVID-19 pandemic.

It was a time of profound upheaval, social isolation and changing work protocols and demands. These conditions disrupted the informal learning that typically happens through everyday interactions with colleagues that were hard to replicate in a remote workforce.

Second, broader economic pressures have intensified. As American economist Pavlina Tcherneva argues, the “death of the social contract and the enshittification of jobs” — the expectation that a university education would result in a well-paying job — have left many young people navigating a far more precarious landscape.

The intensification of economic disruption, widening inequality, increasing costs of housing and living and the rise of precarious employment have put greater financial pressures on this generation.

A third factor is the restructuring of work that is taking place under artificial intelligence. As workplace strategist Ann Kowal Smith wrote in a recent Forbes article, Gen Z is the first generation to enter a labour market defined by a “new architecture of work: hybrid schedules that fragment connection, automation that strips away context and leaders too busy to model judgment.”

What can be done?

If you’re reading this and feeling burnt out, the first thing to know is that you’re not overreacting and you’re not alone. The good news is, there are ways to recover.

One of burnout’s most overlooked antidotes is combating the alienation and isolation it produces. The best way to do this is by building connection and relation to others, starting with work colleagues. This could be as simple as checking in with a teammate after a meeting or setting up a weekly coffee with a colleague.

In addition, it’s important to give up on the idea that excessive work is better work. Set boundaries at work by blocking out time in your calendar and clearly signalling your availability to colleagues.




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But individual coping strategies can only go so far. The more fundamental solutions must come from workplaces themselves. Employers need to offer more flexible work arrangements, including wellness and mental health supports. Leaders and managers should communicate job expectations clearly, and workplaces should have policies to proactively review and redistribute excessive workloads.

Kowal Smith has also suggested building a new “architecture of learning” in the workplace that includes mentorship, provides feedback loops and rewards curiosity and agility.

Taken together, these workplace transformation efforts could humanize the workplace, lessen burnout and improve engagement, even at a time of encroaching AI. A workplace that works better for Gen Z ultimately works better for all of us.

The Conversation

Nitin Deckha is a member of the Institute for Performance and Learning and the Canadian Community of Corporate Educators.

ref. Gen Z is burning out at work more than any other generation — here’s why and what can be done – https://theconversation.com/gen-z-is-burning-out-at-work-more-than-any-other-generation-heres-why-and-what-can-be-done-270237

Immigrant women care workers keep Ontario’s home care afloat under exploitative conditions

Source: The Conversation – Canada – By Naomi Lightman, Associate Professor of Sociology, Toronto Metropolitan University

Despite recent provincial investments, Ontario’s home-care system is still in crisis. Underfunding, rationed care and ideological preferences for privatization of services undermine dignified aging and care for those in need of support at home.

At the same time, home-care providers, who are disproportionately racialized immigrant women, experience precarious, exploitative and sometimes dangerous working conditions.

My newly released research report, entitled “Caring about Care Workers: Centring Immigrant Women Personal Support Workers in Toronto’s Home Care Sector,” is a collaboration with Social Planning Toronto(SPT), a non-profit, community-based agency. In it, we highlight the concerns and preferences of these undervalued workers.

Our report presents data from interviews with 25 immigrant women working as personal support workers (PSWs) in home care in the City of Toronto. Our conversations, conducted between 2023 and 2025, focused on employment conditions and workplace safety, the critical need for systems change and the possibilities for building PSW collective power.

A vital service held together by precarious labour

Home care provides crucial supports to seniors who want to live in their own homes longer, facilitates the autonomy of people with disabilities and aids in the recovery of individuals following a hospital stay.

Their work both supports widespread client preferences to “age in place” and reduces pressure on hospitals and emergency departments. Yet it is routinely neglected and chronically under-resourced.

PSWs provide the majority of home care services. In 2022, an estimated 28,854 individuals were employed as PSWs in the home-care sector in Ontario. Home-care PSWs collectively provided 36.7 million hours of care to Ontario residents in 2023-24 through the provincially funded system.

Immigrant and racialized women comprise the majority of home care PSWs in the Greater Toronto Area. Home-care PSW labour is characterized by low wages, lack of employment benefits, health and safety risks and unique challenges associated with working alone in private homes.

Among PSWs in Ontario, those working in the home and community care sector have the lowest average wage, making about 21 per cent less on average than PSWs working in hospitals and 17 per cent less than those in long-term care. Inadequate provincial funding and inequitable and restrictive funding arrangements are the primary drivers that create and exacerbate these unacceptable conditions.

PSWs are absorbing the real cost of care

Our research participants explained how the normal costs associated with providing home care are offloaded onto them in several ways.

First, most PSWs in home care provide personal care to multiple clients each day. Travel between client homes is a requirement of their work. Yet participants shared that they either receive low pay or no pay for travel time between client homes.

One of our participants, Kemi, explained how travel time works in her agency:

“The travel time that we are paid is one hour. If I’m working five hours, that’s six hours I’ll be paid. But the thing is that the travel time amount is not the same as your regular wage… travel time is paid some amount less.”

If it takes more than an hour a day to travel between client homes, Kemi does not receive any compensation for that additional time. Yet this is a reality for her on a regular basis.

Joy, another participant, noted that PSWs in her agency personally pay more than half of their transit costs:

“They give us $1.60 per travel, but the payment we give the TTC is $3.50. I requested the company to make it the same, or at least a free TTC pass for the month. But the employer said it wasn’t appropriate.”

At the same time, many PSWs have long gaps of unpaid time between client visits during their workday. These gaps in their workday result in a full-time shift but only part-time compensation, with many getting paid for only a few hours each day. The result is full time work for a part-time wage.

In addition, participants noted that PSWs can have their work hours and income reduced if their caseload is reduced. This occurs when a client dies, moves, enters hospital or long-term care, switches home care providers or no longer requires services.

Ann-Marie described the precariousness of working in home care:

“You know why the hours are not guaranteed? For instance, I have eight clients, and out of eight clients, I have three clients that passed away. That’s all my hours reduced until they able to find another client to fit into my schedule.”

Reform must start with fair working conditions

Our report provides detailed policy recommendations targeted to both levels of government, home-care service provider organizations, unions and the community sector.

In particular, we advocate for the creation of a comprehensive public non-profit home-care system where home care workers, Ontario residents receiving care and their families play a central role. Rather than continuing with a fee-for-service model, we recommend adopting a grant-based funding model to better support the full cost of care provision.

We also advocate for developing employment standards for home care PSWs and improvement of public transparency and accountability in home care through data collection and analysis, along with regular public reporting and independent research. And, finally, rather than continuing to allow large home-care companies to extract millions in profit, we want every public dollar to support high-quality care and good working conditions for home care workers.

For the good of everyone in Ontario, it’s essential that the provincial government take bold action to reform the home-care system. The very least we can do for these essential and valuable workers is to ensure fair compensation, guaranteed work hours and good working conditions.

The Conversation

Naomi Lightman receives funding from the Social Science and Humanities Research Counsel of Canada (Insight Grant number 435-2021-0486).

ref. Immigrant women care workers keep Ontario’s home care afloat under exploitative conditions – https://theconversation.com/immigrant-women-care-workers-keep-ontarios-home-care-afloat-under-exploitative-conditions-270007

Aging bridges are crumbling. Here’s how new technologies can help detect danger earlier

Source: The Conversation – Canada – By Amirreza Torabizadeh, PhD candidate, Civil Engineering, Concordia University

New signs of deterioration recently discovered on the Île-aux-Tourtes Bridge in Montréal have spurred the Québec government to reinforce beams and install shoring just to keep the structure open.

The bridge carries about 87,000 vehicles a day, yet requires constant monitoring and emergency repairs to ensure its safety.

This is a reminder of how aging concrete can deteriorate and cause safety problems.

Canada has thousands of concrete bridges like Île-aux-Tourtes that are reaching or exceeding their intended lifespans. As these structures age, they become more prone to deterioration, much of it happening slowly and out of sight.

Detecting danger earlier

Our research focuses on the modelling of concrete structures that might deteriorate due to environmental stresses and aging. Our goal is to determine how long a structure remains safe and, if necessary, what retrofitting strategies are applicable.

To fully understand these risks, researchers can make use of the most recent technological advances such as drone imaging, AI-assisted defect detection and non-destructive testing to collect regular and reliable data about a structure’s condition.

Combining these technologies with advanced computer modelling techniques could move Canada towards a system that detects danger earlier, prevents costly failures and supports smarter decisions about repair and retrofit strategies.

Across Canada, many of the concrete bridges built between the 1960s and 1980s are now nearing the end of their service life. The 2019 Canadian Infrastructure Report Card found that nearly 40 per cent of the country’s roads and bridges were in fair, poor or very poor condition, showing how widespread the problem has become.




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Due to environmental conditions in Canada, freeze-thaw cycles, road salt and moisture serve to accelerate cracking and surface deterioration. Research on concrete durability in cold climates has documented how these mechanisms gradually reduce structural performance.

Climate change is also intensifying heavy rainfall, temperature swings and loading conditions, all of which place additional stress on aging structures. In Western Canada, seismic vulnerability adds another layer of risk for older concrete bridges.

Together, these factors contribute to growing maintenance backlogs and a pattern where deterioration is often addressed only after it becomes visible or disruptive.

Old inspection models are inefficient

Traditional bridge inspections performed by rope access teams — trained professionals who use ropes and specialized gear to work at height on complex structures like bridges — often require lane closures, disrupt traffic and are expensive.

As a result, these inspections are infrequent, allowing damage to develop unnoticed between inspection cycles. The information collected during these inspections is often inconsistent, since different crews may use different ways of recording defects.

When problems are found late, repairs require more lane closures, detours and long work periods. These shutdowns also carry economic costs because downtime affects businesses, commuters and essential services. Earlier detection would let cities plan smaller repairs and use strengthening methods that cause less disruption.

Cost, time and accuracy are the three main factors engineers must balance when assessing aging infrastructure. Our research focuses on accurately predicting the structural risks by modelling how concrete deteriorates over time by considering the occurrence of cracks and environmental stresses.

But even the best model relies on the sufficiency of the collected field information and how much it represents the current state of the structure. To predict the behaviour of a bridge accurately, data must be precise, consistent and updated regularly, something that traditional inspections rarely provide.

How tech can help

New technological advancements on data science and observation techniques are now changing this landscape.

Drones can capture high-resolution images of cracks and surface damage in minutes, without lane closures or heavy equipment. AI systems can scan these images and highlight subtle patterns that might go unnoticed in a manual survey. Other non-destructive testing methods, like radar or ultrasonic scanning, can detect hidden problems beneath the surface.

When these technologies are combined with advanced computer modelling, civil engineers get a much clearer picture of the state of a structure. This early and accurate understanding helps them plan repairs that are faster and less disruptive. It also reduces downtime — the closures and delays that can create economic costs for businesses and commuters.




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With better information, communities can choose repair and retrofit solutions that are more efficient and better timed.

Canada cannot rely on infrequent inspections and emergency repairs to manage its aging bridges. By combining better models with more consistent and automated data collection, engineers can detect problems earlier and avoid the large disruptions that come with last-minute closures.

These tools will not replace engineers, but they will give decision-makers clearer information and more time to plan. Investing in these modern approaches now can help keep our bridges safer, our cities moving and our communities better protected in the years ahead.

The Conversation

Emre Erkmen receives funding from Natural Sciences and Engineering Research Council of Canada.

Amirreza Torabizadeh does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Aging bridges are crumbling. Here’s how new technologies can help detect danger earlier – https://theconversation.com/aging-bridges-are-crumbling-heres-how-new-technologies-can-help-detect-danger-earlier-270845

Concrete with a human touch: Can we make infrastructure that repairs itself?

Source: The Conversation – Canada – By Mouna Reda, Post doctorate fellow, Department of Civil Engineering, McMaster University

As winter approaches, Canada’s roads, bridges, sidewalks and buildings are facing a familiar problem: cracks caused by large temperature swings. These cracks weaken infrastructure and cost millions to repair every year.

But what if concrete could heal itself like human skin, keeping our structures, roads and bridges strong and saving millions of dollars?

Concrete is the most widely used construction material, known for its durability and low maintenance. Yet it’s still susceptible to cracking.




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Concrete is made by mixing cement, water, aggregate and other chemicals used to enhance its properties. As cement reacts with water, it forms a paste that binds everything together.

During this process, changes in volume, improper placement and finishing, and later environmental factors can create cracks. These cracks allow water, other liquids, gases and harmful chemicals to penetrate the concrete, compromising its strength over time.

This challenge has led researchers to eagerly explore what can be done to heal these cracks. In our research, we are researching how self-healing concrete can make infrastructure more durable.

Self-healing concrete

a cracked concrete slab on pillars below an elevated roadway
Cracked concrete under the Spadina Avenue exit ramp on Toronto’s Gardiner Expressway.
(Sylvia Mihaljevic)

When our skin is cut, it’s able to heal on its own. Inspired by this, researchers started re-imagining concrete with similar abilities.

Traditional concrete is able to mend small cracks when water triggers leftover cement in a process known as autogenous healing. This process, however, is very slow and limited to narrow cracks. Since concrete is man-made, it has limited ability to “self-heal” without a little extra help. This led researchers to develop what is called autonomous healing.

Autonomous healing mimics nature by adding special materials like minerals, polymers, micro-organisms or other healing agents into concrete. These materials react chemically or physically with concrete to fill the cracks.

The first modern concept of self-healing concrete was introduced by American researcher Carolyn M. Dry in the early 1990s. In 2006, Dutch microbiologist Hendrik M. Jonkers developed a special concrete that uses bacteria to heal cracks.

Later, Jonkers and civil engineer Erik Schlangen gained attention with “bio-concrete” that incorporates bacteria in spore form. When moisture enters a crack, the spores activate and produce calcium carbonate, one of the most suitable fillers for concrete.

This process, called microbiologically induced calcite precipitation, can heal cracks up to one millimetre wide. The process, however, is very slow and depends on the presence of calcium and moisture in concrete, which makes applying it on a large scale challenging.

Beyond bacteria

The limitations of bacteria-based self-healing led researchers to explore chemical-based mechanisms. These healing agents will react with water, air, cement or curing agent to fill in cracks quickly.

Healing agents can work in two ways: some use a single material, like sodium silicate. Others, like dicyclopentadiene, need two materials. For a two-component type, a substance must be added to start the reaction, and both materials must be released at the same time to repair cracks.

This chemical method can repair larger cracks and works faster than the bacteria-based approaches but comes with its own challenges. The biggest question is: How can we ensure the healing agent survives concrete mixing and is only released when a crack forms?

To address this, researchers store the healing agent in protective mediums — either a special network (called a vascular network) or tiny capsules. These storage mediums protect the healing material until a crack forms. When that happens, the capsules or network rupture to release the healing agent and fill the crack.

Vascular networks require an external reservoir to supply the healing agent, which makes them difficult to cast, vulnerable to damage during casting and susceptible to leaks. Because of this, encapsulation has emerged as a promising approach.




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Encapsulation as a potential solution

Encapsulation involves coating the active agent with polymeric shells to create micro-capsules. Despite its promise, this technique still faces hurdles. Researchers use different methods to make and test the capsules, and there is no standardized way to compare results or test efficacy. The bond between the capsule and the surrounding concrete poses additional challenges and needs more investigation.

In our lab at McMaster University, we are researching the optimum geometrical and mechanical properties of capsules that are compatible with the surrounding concrete. The capsules should survive concrete harsh mixing conditions, while still rupture upon cracking.

We’re also developing a standarized test method to evaluate the survival capsule rate during mixing, and another test to evaluate the efficiency of the self-healing concrete system. And we’re investigating the feasibility of incorporating both bacteria- and chemical-based capsules for short- and long-term self-healing.

More research is needed to determine which self-healing method works best —bio-concrete, chemical-based concrete or perhaps a combination of both.

Ultimately, finding ways to integrate these solutions into infrastructure will benefit communities around the world. Cracks in concrete don’t just look bad; they lead to deterioration over time and costly repairs. That is why developing concrete that resists cracking or heals itself is so important.

The Conversation

Mouna Reda receives funding from Natural Sciences and Engineering Research Council of Canada.

Samir Chidiac receives funding from Natural Sciences and Engineering Research Council of Canada.

ref. Concrete with a human touch: Can we make infrastructure that repairs itself? – https://theconversation.com/concrete-with-a-human-touch-can-we-make-infrastructure-that-repairs-itself-271462