La irrupción de la inteligencia artificial (IA) generativa está cambiando cómo nos relacionamos con la tecnología. Un sistema con IA puede devolvernos un resultado inadecuado sin estar rota o sin que la estemos empleando de manera inadecuada. Simplemente puede “equivocarse” y, como haríamos con un humano, tenemos la opción de corregirle.
Esta posibilidad hace que la confianza que depositamos en la inteligencia artificial y la forma de emplearla cambien sustancialmente respecto de cómo utilizamos otras herramientas tecnológicas donde suele estar mucho más claro si se ha producido algún error. Los sistemas con IA nos obligan a plantearnos si están funcionando mal y verificar los resultados que nos van ofreciendo.
Esta diferencia afecta muy directamente al sector educativo, tanto a profesores como a alumnos. En este ámbito, las posibilidades de la IA van desde usarla para aprender mejor hasta un uso contraproducente para el aprendizaje. Y la confianza que depositamos en ella está estrechamente relacionada con cada una de estas dos opciones.
Tecnología y confianza: una relación modificada
La confianza es un factor esencial en el uso de la tecnología. Mientras que el exceso de confianza puede generar dependencia y quedar expuesto cuando esa tecnología falla (o se “equivoca”), la falta de confianza puede llevar a un uso ineficiente o incluso a rechazar frontalmente su utilización. En el contexto educativo es menos problemático lo segundo que lo primero: la desconfianza impulsaría al alumno a comprobar que la información obtenida es correcta, lo que debería resultar positivo para su aprendizaje.
Para comprobar si esto es así, he investigado en qué medida los estudiantes universitarios confían en la información proporcionada por la inteligencia artificial y cómo la comprueban.
Los resultados del estudio muestran que casi el 80 % de los 132 estudiantes participantes la usan frecuente o muy frecuentemente. Ni uno solo de ellos afirmó no haber utilizado nunca esta herramienta con fines académicos.
Autopercepción frente a realidad
Más del 75 % de los estudiantes utilizan métodos considerados poco fiables para comprobar los resultados ofrecidos. En torno al 40 % ni siquiera realiza acciones básicas como solicitar las fuentes en las que se basa la respuesta. Algo particularmente preocupante teniendo en cuenta que más del 75 % admite que las herramientas de inteligencia artificial proporcionan respuestas inadecuadas algunas veces o muy frecuentemente.
Pero lo más interesante es que la inmensa mayoría (más del 90 % de los encuestados) se considera capaz de identificar respuestas inadecuadas al menos ocasionalmente, y ninguno informó ser incapaz de hacerlo. En cambio, perciben que los profesores no son capaces de detectar tales errores.
Subjetividad irracional
La mayor parte de las universidades están impulsando el uso de la IA con formaciones específicas tanto para docentes como para los estudiantes. Por ejemplo, la Universidad Camilo José Cela, donde enseño e investigo, está haciendo un notable esfuerzo que va desde formación continua hasta la organización de grandes eventos como el Global Education Forum o la financiación de investigaciones como la que nos ocupa.
Pero un elevado número de alumnos desconfía de las herramientas de inteligencia artificial de pago proporcionadas por la universidad porque les preocupa ver comprometida su privacidad. Creen que la universidad puede tener acceso a sus consultas y saber si han empleado la IA de manera inadecuada.
Nuestro estudio evidencia un grado de subjetividad irracional por parte de los alumnos, que nos indica que el uso que se hace de esta herramienta no es el adecuado. Esto es así en cuanto a la verificación de la información, pero también respecto de cuáles son las herramientas más adecuadas para el uso académico y cómo emplearlas. Muchos docentes observamos en el día a día cómo los alumnos ni siquiera son conscientes de estar empleándola mal en su proceso de aprendizaje.
A más confianza, peor aprendizaje
La inteligencia artificial es útil para completar las tareas académicas, pero esto no implica necesariamente que lo sean para aprender. Cuando los alumnos confían en las respuestas proporcionadas por la IA y no comprueban sus indicaciones, el aprendizaje no puede ser el mismo.
Este exceso de confianza en la IA dificulta su uso como herramienta de aprendizaje, pues no actúa el pensamiento crítico ni la metacognición: los procesos mentales en funcionamiento cuando necesitamos resolver un problema. Paradójicamente, gran parte del tiempo que los estudiantes se “ahorran” en estas tareas lo dedican a eliminar posibilidades de ser detectados en su uso de la IA.
Aunque la utilización de la IA pueda ser clave para su desempeño laboral, los estudiantes necesitan aprender a usarla como herramienta de aprendizaje, algo distinto de su hipotético uso en el ámbito profesional. Queda por tanto un largo camino para conseguir que la IA se integre de forma eficiente en el contexto educativo, y los estudios de este tipo son necesarios para ir tomando el pulso e ir adoptando las medidas necesarias.
David Martín Moncunill no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Luis Manuel Cerdá Suárez, Profesor e investigador en marketing e investigación de mercados, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja
Tras un periodo de precios altos, aunque la inflación se modere y los indicadores apunten a una cierta recuperación, muchas personas siguen sintiendo que “todo está caro”. Esta brecha entre los datos y lo que sentimos no es un simple malentendido: la investigación en comportamiento del consumidor muestra que la inflación puede reducirse en las estadísticas antes de que baje en nuestra cabeza.
Cuando pagar duele: el precio como experiencia emocional
La economía conductual lleva décadas documentando el “dolor de pagar” (pain of paying). Pagar no es solo una operación contable: activa en el cerebro circuitos vinculados al malestar y puede reducir el placer asociado al consumo. Si consumir genera placer, pagar genera dolor, y ambas experiencias se entrelazan en cada decisión de compra.
En contextos de precios elevados o de incertidumbre económica, este dolor se intensifica: no importa tanto cuánto pagamos sino la sensación de que cada compra confirma una pérdida de capacidad económica. Investigaciones en salud pública alertan de que, tras varios años de inflación elevada, los consumidores reaccionan con más sensibilidad, incluso ante subidas moderadas, asociando los precios con estrés y pérdida de control.
Además, la mente se ancla a una tabla de precios internos: recordamos cuánto costaban las cosas hace unos años y cualquier desviación se interpreta como una pérdida, aunque la renta haya mejorado. Ahí empieza la carga emocional del consumo: actividades cotidianas como ir al supermercado, pagar la luz o repostar gasolina se convierten en evidencias de que “todo cuesta más”.
La inflación emocional no baja al ritmo del IPC
Las personas prestamos más atención a los precios de los bienes que compramos con más frecuencia –alimentación, energía, vivienda–, y tendemos a recordar más las subidas que las bajadas. Es el sesgo de frecuencia: nuestra percepción se sesga hacia los precios que vemos más a menudo. Esto explica por qué, aunque la inflación se modere, la sensación de carestía permanece.
El Banco de España señala que la inflación no afecta por igual a todos: los hogares con rentas más bajas destinan una proporción mayor de ingresos a bienes básicos, por lo que perciben las subidas con mucha más intensidad. A escala europea, un informe concluye que el coste de la vida afecta especialmente a jóvenes, familias con alquiler elevado y hogares expuestos a gastos esenciales crecientes.
Todo ello configura una inflación emocional que persiste incluso cuando la inflación baja, se alimenta de la memoria de subidas acumuladas y se refuerza cada vez que interactuamos con precios sensibles (alimentos, energía, vivienda).
Fatiga del coste de la vida: cuando vigilar los precios agota
A la tensión puntual de pagar más se suma una carga menos visible: la fatiga del coste de la vida, asociada a la vigilancia constante del gasto, la comparación repetida de precios y la sensación de estar siempre renunciando a algo para llegar a fin de mes.
Esta fatiga se manifiesta en tres comportamientos cada vez más frecuentes:
La vigilancia de los precios: revisar ofertas, seguir aplicaciones de comparación, etc., actividades que consumen tiempo y energía mental.
La culpa provocada por el consumo: gastar en ocio o en pequeños placeres genera tensión moral, incluso cuando la situación económica sea razonablemente estable.
La sensación de pérdida continua: sentir que “antes se vivía mejor con lo mismo”, aunque los datos muestren una recuperación parcial de la renta familiar disponible.
En paralelo, las investigaciones en salud pública relacionan las tensiones económicas con mayores niveles de ansiedad, insomnio y síntomas depresivos. Parece que el estrés relacionado con la inflación tiene efectos negativos acumulativos sobre el bienestar. No es solo que “llegar a fin de mes” se haya vuelto más difícil: gestionar la inflación se ha convertido en una carga emocional añadida.
¿Podemos reducir la carga emocional del consumo?
Los precios no dependen de las decisiones individuales, pero sí puede mejorarse la forma de gestionarlos psicológicamente. La economía conductual sugiere varias estrategias útiles:
Fijar “anclas personales” de precios: decidir de antemano qué consideramos razonable pagar por ciertos bienes (por ejemplo, por un litro de aceite o salir a cenar), reduce la sensación de injusticia en cada compra y evita frustraciones repetidas.
Planificar, en lugar de improvisar: establecer presupuestos mensuales y limitar ciertas categorías de gasto disminuyen el dolor de pagar y convierten el gasto en algo esperado y no en una sorpresa desagradable.
Retrasar las decisiones de compra no esenciales: introducir una regla de “24 horas de espera” para adquisiciones compulsivas ayuda a desactivar decisiones tomadas bajo estrés o fatiga.
Al final, si la inflación se mide en porcentajes, su impacto emocional se manifiesta en preocupación, cansancio y renuncias cotidianas. Entender que los precios afectan tanto al bolsillo como al bienestar es clave para diseñar políticas económicas sensibles a la experiencia real de los hogares. Y para que, como consumidores, podamos cuidarnos mejor en medio de la incertidumbre.
Luis Manuel Cerdá Suárez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Face au recul de l’enneigement naturel, la neige de culture est l’outil privilégié par les stations de ski pour sécuriser leurs activités. Mais notre analyse de 56 exploitations de remontées mécaniques alpines sur quinze ans montre que ces investissements n’ont pas eu les effets escomptés. Le bien-fondé économique du soutien public à ces investissements mérite d’être interrogé.
La production de neige, également appelée neige de culture ou neige artificielle, s’est fortement développée ces dernières décennies dans les stations de sports d’hiver. Elle est désormais une pratique courante de gestion de la neige, qui a par le passé facilité l’exploitation des remontées mécaniques face à la variabilité de l’enneigement naturel.
Mais est-il pertinent, d’un point de vue économique, de poursuivre les investissements dans la production de neige pour adapter l’économie des stations de sports d’hiver à la raréfaction de l’enneigement naturel ?
Pour répondre à cette question, nous avons analysé la performance économique de 56 exploitations de remontées mécaniques dans les Alpes françaises entre 2004 et 2019. Nos résultats interrogent la poursuite des investissements dans la production de neige pour adapter l’économie des stations de sports d’hiver au changement climatique.
La production de neige désormais au cœur du modèle du ski
De fait, l’enneigement naturel varie fortement d’une saison à l’autre. Depuis leur création, les domaines skiables sont confrontés à des hivers d’enneigement variables, les plus difficiles étant qualifiés d’« hiver sans neige ». En raison du changement climatique, la fréquence des hivers bien enneigés diminue et celle des hivers mal enneigés augmente.
Les stations situées à moins de 2000 m d’altitude sont déjà affectées. Dans un scénario avec un réchauffement atteignant +4 °C, il est estimé que 98 % des stations européennes seront exposées à un risque très élevé de déficit d’enneigement naturel. Cette menace sur l’enneigement affecte l’économie des exploitants de domaines skiables, ainsi que plus largement l’avenir de l’économie des territoires qui en dépendent.
La production de neige s’est généralisée dans les domaines skiables à partir des années 1990 afin d’accompagner l’enneigement naturel, et a effectivement permis d’atténuer l’impact des hivers mal enneigés. Plus récemment, son recours s’est fortement intensifié afin de continuer à sécuriser l’enneigement – et de préserver la rentabilité de l’exploitation des remontées mécaniques – face à la raréfaction de l’enneigement naturel dans le contexte du changement climatique. Cela implique d’importants investissements, en partie financés avec de l’argent public.
En France, la proportion de pistes de ski équipées pour la production de neige est passée d’environ 14 % en 2004 à 39 % en 2018. Cette dynamique illustre le changement de rôle donné à la production de neige : d’un accompagnement de l’enneigement naturel, elle est devenue la principale stratégie d’adaptation du tourisme hivernal au changement climatique.
Poursuivre ces investissements permet-il aux remontées mécaniques de rester rentables ?
Est-il pertinent, pour l’adaptation de l’économie des stations de sports d’hiver, de poursuivre ces investissements ? Pour le savoir, notre étude de 2024 s’est intéressée aux effets des investissements réalisés dans les équipements de production de neige sur deux indicateurs financiers clés des exploitants de remontées mécaniques : le CA (chiffre d’affaires) et l’EBE (excédent brut d’exploitation).
L’EBE donne un aperçu de la rentabilité économique qu’a une entreprise de par son activité. L’analyse a porté sur un panel de 56 stations situées dans les Alpes françaises, couvrant 15 saisons consécutives de 2004/05 à 2018/19. Ces stations, de taille moyenne à très grande, sont gérées par des exploitants de droit privé, dans le cadre d’une délégation de service public.
Localisation des stations étudiées. Fourni par l’auteur
Pour mesurer l’effet des investissements dans la production de neige, nous avons utilisé des méthodes économétriques permettant d’analyser leur effet spécifique en isolant l’effet des investissements dans la production de neige des autres facteurs influençant l’économie des stations, par exemple l’altitude de la station, sa taille ou encore sa proximité vis-à-vis des agglomérations urbaines. Cela nous a permis d’établir des liens de causalité, plutôt que de simples corrélations.
Qu’en est-il ? Nos résultats montrent que les investissements réalisés durant la période d’observation n’ont pas eu d’effets significatifs sur les CA ou EBE des entreprises gestionnaires de domaines skiables. Cette absence de relation a été observée en particulier lors des saisons les moins bien enneigées, soit les 20 % des saisons avec le plus faible enneigement naturel.
Le meilleur atout des stations ? L’altitude
À l’inverse, au cours des saisons les plus déficitaires en neige naturelle de la période étudiée, les stations situées en altitude ont bénéficié d’un avantage comparatif, ce qui contraste avec les plus importants investissements réalisés dans la production de neige qui ne se sont pas traduits par une amélioration significative de leur performance économique.
Ces résultats peuvent sembler surprenants, compte tenu de la confiance accordée à ces investissements. Ils corroborent pourtant l’état des connaissances scientifiques sur le sujet.
En effet, dès 2003, une étude canadienne suggérait que la poursuite des investissements dans la production de neige pourrait devenir non-rentable au-delà d’un certain seuil où le surcoût dépasse les gains économiques. Des travaux réalisés en 2008, 2013 et 2016 ont démontré, en France comme en Suisse, que l’intérêt économique de ces investissements était positif mais diminuait progressivement. Plus récemment, une étude menée en Espagne en 2020 a démontré, tout comme notre étude, que les derniers investissements réalisés n’ont pas eu d’effets significatifs sur la profitabilité des exploitants de remontées mécaniques.
Ces conclusions n’invitent pas nécessairement à cesser de produire de la neige dans les stations de sports d’hiver.
Elles interrogent toutefois la pertinence de poursuivre les investissements dans ces équipements, dont l’efficacité comme stratégie de long terme pour maintenir la rentabilité des stations de ski apparaît insuffisante face aux évolutions climatiques.
Chapati can be made on the street and paired with meat and vegetables.Ssemmanda Will/Wikimedia Commons, CC BY-SA
As Kenya’s cities grew, more and more people left their rural homes and subsistence farming systems to go to urban settlements like Mombasa to find work. In the city, meals were paid for with cash, a major transformation in Kenya’s food systems.
A new book called Preparing the Modern Meal is an urban history that explores these processes. We asked historian Devin Smart about his study.
What’s the colonial history of Mombasa?
At the turn of the 20th century, the British were expanding their empire throughout sub-Saharan Africa, including the parts of east Africa that would become Kenya.
They built a railway that connected the port town of Mombasa on the Indian Ocean coast with the newly established Protectorate of Uganda in the interior. This created the foundations of the colonial economy and drove urbanisation.
While Nairobi grew in the Kenyan highlands, Mombasa became the most important port in east Africa. The city grew fast as people came to work at the railway, docks and in other parts of the urban economy.
After independence in 1963, cities like Mombasa carried on growing rapidly and more and more people started working in the informal sector, which included making and selling street food.
How did rural people get their food?
During the early 1900s, the cuisines of east Africa’s agrarian (farming) societies were mostly vegetarian. Much of the food people ate was grown in their own fields, though there were also regional markets.
These communities grew lots of staple crops like sorghum, millet, maize, bananas, cassava, and sweet potatoes. They also had legumes, greens, and dairy products as regular parts of their meals.
These ingredients were prepared into a variety of dishes, like the Kikuyu staple irio, a mash of bananas with maize kernels and legumes added to it. The Kamba often ate isio, a combination of beans and maize kernels, while the Luo who lived along the shores of Lake Victoria regularly included a dish called kuon as part of their cuisine. It’s a thick porridge of boiled milled grain (often millet), eaten with fish or vegetables to add contrasting flavours and textures.
In these communities, the daily meal was also defined by seasonal variety. Food changed depending on what was being harvested or what stores of ingredients were dwindling. These were also gendered food systems, with women doing much of the farming work and nearly all the cooking.
In my book, I consider the dramatic changes in how east Africans came by their food when they left these rural food systems for the city.
How was food organised in the city?
In Mombasa, they entered a food system organised around commercial exchange. My study is about Kenya, but the story it reflects is one that’s unfolded on a global scale. The shift from subsistence to commodified food systems, from growing your own to buying it from others, has been one of the central features of the modern world.
By the 1930s, most people in Mombasa bought nearly all their food with cash, visiting small dried-goods grocers, fresh-produce vendors, and working-class eateries. In this urban food system, the seasonal variety of rural cuisines was increasingly replaced by the regularity of commercial supply chains.
Pilau, beans and chapati. Teddykip/Wikimedia Commons, CC BY
This was especially the case with staple grains. In the countryside, people ate a variety of grains, but in Mombasa maize meal and wheat became daily staples eaten year-round, transforming east African foodways.
Migration also changed domestic labour in the kitchen. Many migrant men now lived in homes without women, which meant they had to prepare their own food, often for significant periods of their lives.
However, the idea that cooking was the work of women proved enduring. When women joined these households in the city, they again prepared the family’s meals.
How did street food emerge?
By the 1930s, Mombasa had a fast-growing working class. The majority of the town’s workers spent their days in the industrial district, around the railway and port. Many also had to commute a considerable distance to work.
With the long working day of urban capitalism, returning home for a filling lunch wasn’t practical, which created strong demand for affordable prepared food at midday. As this was happening, many in the city also struggled to find consistent jobs and turned to informal trades like street food to earn a living.
This convergence of supply and demand led to the rapid growth of the street food industry around the 1950s, with people opening eateries in makeshift structures outside the gates to the port and in nearby alleyways, parks, and other open spaces.
What kind of food was served?
At these working-class food spots, a popular dish was chapati, an east African version of the South Asian flatbread. People could complement it with beans, meat, or fried fish, along with githeri, a mixture of maize kernels and beans (similar to isio).
In later decades, ugali, the ubiquitous Kenyan staple made from maize meal, became more common at street food eateries, as did Swahili versions of Indian Ocean dishes like pilau (aromatic rice with meat) and biryani (rice with meat braised in a spice-infused tomato sauce).
How were street food vendors policed?
The business model that made street food work in Mombasa’s economy also brought these vendors into regular conflict with the city’s administration. Street food vendors kept overheads and thus prices low because they avoided rents and licensing fees by squatting on open land in makeshift structures.
But, in an era of urban development and modernisation, many officials desired a different kind of city, one without this kind of informal land use and architecture. Authorities began campaigns to remove these businesses from Mombasa’s landscape, arresting vendors and demolishing their structures.
This also created a tension, though, because the city’s workers, including those at the port and railway who ran the most important transportation choke point in east Africa’s regional economy, needed affordable meals at lunch.
Given that informal trade had become essential to Mombasa’s economy, there were limits on how far these campaigns could be pushed. However, arrests and demolitions did still occur, and sometimes on a dramatic, city-wide scale, which made street food a precarious way to earn a living in Kenya’s port town.
For example, in 2001, the Kenyan government launched a massive demolition campaign to clear informal business structures from city sidewalks, parks and open spaces.
After the demolitions, many rebuilt and reopened their street food businesses, but in less visible parts of town and on side streets rather than main roads. Today, these eateries remain an essential part of Mombasa’s economy and food system.
What do you hope readers will take away from the book?
I hope that readers will see how food history helps us understand the ways that capitalism transformed the modern world.
The regional focus of the book is east Africa, but it explores themes relevant to the history of capitalism more generally, including the gendered division of household labour, the commercialisation of everyday needs and wants, and the political and economic struggles of working-class communities to find space for themselves in modern cities.
The research for this book was supported with funding from the University of Illinois at Urbana-Champaign and West Virginia University.
Et si le confort thermique ne se résumait pas à chauffer plus, mais à chauffer mieux ? Des lits chauffants chinois aux kotatsu japonais, l’Asie a longtemps privilégié des solutions ciblées, sobres et durables face au froid.
Les matins d’hiver à Harbin, où l’air extérieur pouvait vous geler les cils, je me réveillais sur un lit de terre chaude. Harbin, où j’ai grandi, se situe dans le nord-est de la Chine. Les températures hivernales y descendent régulièrement jusqu’à −30 °C et, en janvier, même les journées les plus douces dépassent rarement −10 °C. Avec environ 6 millions d’habitants aujourd’hui, Harbin est de loin la plus grande ville du monde à connaître un froid aussi constant.
Rester au chaud sous de telles températures m’a occupé l’esprit toute ma vie. Bien avant la climatisation électrique et le chauffage urbain, les habitants de la région survivaient à des hivers rigoureux en utilisant des méthodes entièrement différentes des radiateurs et des chaudières à gaz qui dominent de nos jours les foyers européens.
Aujourd’hui, en tant que chercheur en architecture dans une université britannique, je suis frappé par tout ce que nous pourrions apprendre de ces systèmes traditionnels. Les factures d’énergie restent trop élevées et des millions de personnes peinent à chauffer leur logement, tandis que le changement climatique devrait rendre les hivers plus instables. Nous avons besoin de moyens efficaces et peu énergivores pour rester au chaud, sans dépendre du chauffage de l’ensemble d’un logement à l’aide de combustibles fossiles.
Certaines des réponses se trouvent peut-être dans les méthodes avec lesquelles j’ai grandi.
Un lit chaud fait de terre
Mes premiers souvenirs de l’hiver sont liés au fait de me réveiller sur un « kang » – une plateforme-lit chauffée faite de briques de terre, utilisée dans le nord de la Chine depuis au moins 2 000 ans. Le kang est moins un meuble qu’un élément du bâtiment lui-même : une dalle épaisse et surélevée, reliée au poêle familial situé dans la cuisine. Lorsque le poêle est allumé pour cuisiner, l’air chaud circule dans des conduits aménagés sous le kang, réchauffant l’ensemble de sa masse.
Un kang traditionnel chinois, combinant lit et poêle. Google Gemini, CC BY-SA
Pour un enfant, le kang avait quelque chose de magique : une surface chaude et rayonnante qui restait tiède toute la nuit. Mais à l’âge adulte – et aujourd’hui en tant que chercheur – je peux mesurer à quel point il s’agit d’une pièce d’ingénierie remarquablement efficace.
Contrairement au chauffage central, qui fonctionne en réchauffant l’air de chaque pièce, seul le kang (c’est-à-dire la surface du lit) est chauffé. La pièce elle-même peut être froide, mais les personnes se réchauffent en s’allongeant ou en s’asseyant sur la plateforme, sous d’épaisses couvertures. Une fois chauffée, sa masse de plusieurs centaines de kilogrammes de terre compactée restitue lentement la chaleur pendant de longues heures. Il n’y avait pas de radiateurs, pas besoin de pompes, et nous ne chauffions pas inutilement des pièces inoccupées. Comme une grande partie de la chaleur initiale était produite par des feux nécessaires de toute façon pour cuisiner, nous économisions du combustible.
L’entretien du kang était une affaire familiale. Mon père – professeur de littérature chinoise au collège, pas vraiment un ingénieur – est devenu un expert du kang. Empiler avec soin des couches de charbon autour du foyer afin de maintenir le feu toute la nuit relevait du travail de ma mère. Avec le recul, je mesure l’ampleur des compétences et du travail que cela exigeait, ainsi que la confiance que les familles accordaient à un système nécessitant une bonne ventilation pour éviter les risques d’intoxication au monoxyde de carbone.
Mais malgré tous ses inconvénients, le kang offrait quelque chose que les systèmes de chauffage modernes peinent encore à fournir : une chaleur durable avec très peu de combustible.
Des approches similaires en Asie de l’Est
Dans toute l’Asie de l’Est, les manières de se réchauffer par temps froid ont évolué autour de principes similaires : maintenir la chaleur près du corps et ne chauffer que les espaces qui comptent vraiment.
En Corée, l’ancien système ondol fait également circuler de l’air chaud sous des sols épais, transformant toute la surface du sol en plancher chauffant. Le Japon a développé le kotatsu, une table basse recouverte d’une lourde couverture, avec un petit dispositif chauffant placé en dessous pour garder les jambes au chaud. Ils peuvent être un peu coûteux, mais comptent parmi les objets les plus populaires dans les foyers japonais.
Les vêtements étaient eux aussi très importants. Chaque hiver, ma mère me confectionnait un tout nouveau manteau épais et matelassé, qu’elle garnissait de coton fraîchement cardé. C’est l’un de mes souvenirs les plus tendres.
L’Europe avait des idées similaires – puis les a oubliées
Des approches comparables se sont jadis développées en Europe. Les Romains de l’Antiquité, par exemple, chauffaient les bâtiments grâce à des hypocaustes, qui faisaient circuler l’air chaud sous les sols. Au Moyen Âge, les foyers suspendaient de lourdes tapisseries aux murs pour réduire les courants d’air, et de nombreuses cultures utilisaient des coussins moelleux, des tapis chauffés ou des espaces de couchage clos afin de conserver la chaleur.
La généralisation du chauffage central moderne au XXe siècle a remplacé ces pratiques par un modèle plus énergivore : chauffer des bâtiments entiers à une température uniforme, même lorsqu’une seule personne est présente au domicile. Tant que l’énergie était bon marché, ce modèle fonctionnait, malgré le fait que la plupart des logements européens (notamment en France, NDT) soient mal isolés au regard des standards internationaux.
Mais aujourd’hui, alors que l’énergie est redevenue chère, des dizaines de millions d’Européens ne parviennent pas à chauffer correctement leur logement. De nouvelles technologies comme les pompes à chaleur et les énergies renouvelables aideront – mais elles fonctionnent d’autant mieux que les bâtiments qu’elles chauffent sont déjà performants, ce qui permet de fixer des consignes de chauffage plus basses et des consignes de refroidissement plus élevées.
Les approches traditionnelles du chauffage domestique ont donc encore beaucoup à nous apprendre. Le kang et les systèmes similaires démontrent que le confort ne vient pas toujours d’une consommation accrue d’énergie, mais d’une conception plus intelligente de la chaleur.
Yangang Xing ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.
Why did this community burn one woman’s remains in such a visible, spectacular way?Patrick Fahey
Near the equator, the Sun hurries below the horizon in a matter of minutes. Darkness seeps from the surrounding forest. Nearly 10,000 years ago, at the base of a mountain in Africa, people’s shadows stretch up the wall of a natural overhang of stone.
They’re lit by a ferocious fire that’s been burning for hours, visible even to people miles away. The wind carries the smell of burning. This fire will linger in community memory for generations − and in the archaeological record for far longer.
We are a team of bioarchaeologists, archaeologists and forensic anthropologists who, with our colleagues, recently discovered the earliest evidence of cremation – the transformation of a body from flesh to burned bone fragments and ashes – in Africa and the earliest example of an adult pyre cremation in the world.
The pyre was found under a giant boulder near the base of Mount Hora. The site is in Malawi, which is outlined in black within the Zambezian forest (colored green) on the map of Africa. Jessica Thompson and Natural Earth
It’s no easy task to produce, create and maintain an open fire strong enough to completely burn a human body. While the earliest cremation in the world dates to about 40,000 years ago in Australia, that body was not fully burned.
It is far more effective to use a pyre: an intentionally built structure of combustible fuel. Pyres appear in the archaeological record only about 11,500 years ago, with the earliest known example containing a cremated child under a house floor in Alaska.
Many cultures have practiced cremation, and the bones, ash and other residues from these events help archaeologists piece together past funeral rituals. Our scientific paper, published in the journal Science Advances, describes a spectacular event that happened about 9,500 years ago in Malawi in south-central Africa, challenging long-held notions about how hunter-gatherers treat their dead.
Excavators standing at the depth of the pyre at the Hora 1 site in northern Malawi. Jessica Thompson
The discovery
At first it was just a hint of ash, then more. It expanded downward and outward, becoming thicker and harder. Pockets of dark earth briefly appeared and disappeared under trowels and brushes until one of the excavators stopped. They pointed to a small bone at the base of a 1½-foot (0.5-meter) wall of archaeological ash revealed under a natural stone overhang at the Hora 1 archaeological site in northern Malawi.
The bone was the broken end of a humerus, from the upper arm of a person. And clinging to the very end of it was the matching end of the lower arm, the radius. Here was a human elbow joint, burned and fractured, preserved in sediments full of debris from the daily lives of Stone Age hunter-gatherers.
We wondered whether this could be a funeral pyre, but such structures are extremely rare in the archaeological record.
Excavators began finding a thick ash deposit about 2 feet (0.6 meters) under the modern-day surface of the rock shelter. Jessica Thompson
Finding a cremated person from the Stone Age also seemed impossible because cremation is not generally practiced by African foragers, either living or ancient. The earliest evidence of burned human remains from Africa date to around 7,500 years ago, but that body was incompletely burned, and there was no evidence of a pyre.
The first clear cases of cremation date to around 3,300 years ago, carried out by early pastoralists in eastern Africa. But overall the practice remained rare and is associated with food-producing societies and not hunter-gatherers.
We found more charred human remains in a small cluster, while the ash layer itself was as large as a queen bed. The blaze must have been enormous.
When we returned from fieldwork and received our first radiocarbon dates, we were shocked again: The event had happened about 9,500 years ago.
Piecing together the events
We built a team of specialists to piece together what had happened. By applying forensic and bioarchaeological techniques, we confirmed that all the bones belonged to a single person who was cremated shortly after her death.
This was a small adult, probably a woman, just under 5 feet (1.5 meters) in height. In life, she was physically active, with a strong upper body, but had evidence of a partially healed bone infection on her arm. Bone development and the beginnings of arthritis suggested she was probably middle-aged when she died.
Marks incised on the shaft of the lower arm bone (radius) were inflicted by a stone tool. The bone then turned gray as it burned. The area in the box on the left is enlarged on the right of the image. Jessica Thompson
Patterns of warping, cracks and discoloration caused by fire damage showed her body was burned with some flesh still on it, in a fire reaching at least 1,000 degrees Fahrenheit (540 degrees Celsius). Under the microscope we could see tiny incisions along her arms and at muscle connections on her legs, revealing that people tending the pyre used stone tools to help the process along by removing flesh.
Tiny pointed tools made from local stone were found within the pyre. They were probably made at the same time that it burned. Justin Pargeter
Within the pyre ash, we found many small pointed chips of stone that suggested people had added tools to the fire as it burned.
And the way the bones were clustered inside such a large fire showed that this was not a case of cannibalism: It was some other kind of ritual.
Perhaps most surprisingly, we found no evidence of her head. Skull bones and teeth usually preserve well in cremations because they are very dense. While we can’t know for sure, the absence of these body parts suggest her head may have been removed before or during the cremation as part of the funeral ritual.
A communal spectacle
We determined that the pyre must have been built and maintained by multiple people who were actively engaged in the event. During new excavations the following year, we found even more bone fragments from the same ancient woman, displaced and colored differently from in the main pyre. These additional remains suggest that the body was manipulated, attended and moved during the cremation.
Microscopic analysis of ash samples from across the pyre included blackened fungus, reddened soil from termite structures, and microscopic plant remains. These helped us estimate that people collected at least 70 pounds (30 kg) of deadwood to do the task and stoked the fire for hours to days.
We also learned that this was not the first fire at the Hora 1 site – nor its last. To our astonishment, what had seemed during fieldwork to be a single massive pile of ash was in fact a layered series of burning events. Radiocarbon dating of the ash samples showed that people began lighting fires on that spot by about 10,240 years ago. The same location was used to construct the cremation pyre several hundred years later. As the pyre smoldered, new fires were kindled on top of it, resulting in fused ashes in microscopic layers.
Loose, sandy, burned soil was mixed on top of very thin layers of ash, showing that the pyre was lit over and over again. Flora Schilt
Within a few hundred years of the main event, another large fire was built again at the exact same place. While there is no evidence that anyone else was cremated in the subsequent fires, the fact that people repeatedly returned to the spot for this purpose suggests its significance lived on in community memory.
A new view of ancient cremation
What does all of this tell us about ancient hunter-gatherers in the region?
For one, it shows that entire communities were engaged in a mortuary spectacle of extraordinary scale. An open pyre can take more than a day of constant tending and an enormous amount of fuel to fully reduce a body, and during this time the sights and smells of burning wood and other remains are impossible to hide.
This scale of mortuary effort is unexpected for this time and place. In the African record, complex multigenerational mortuary rituals tied to specific places are generally not associated with a hunting-and-gathering way of life.
It also shows that different people were treated in different ways in death, raising the possibility of more complex social roles in life. Other men, women and children were buried at the Hora 1 site beginning as early as 16,000 years ago. In fact, those other burials have provided ancient DNA evidence showing they were part of a long-term local group. But those burials, and others that came a few hundred years after the pyre, were interred without this labor-intensive spectacle.
What about this person was different? Was she a beloved family member or an outsider? Was this treatment because of something she did in life or a specific hope for the afterlife? Additional excavation and data from across the region may help us better understand why this person was cremated and what cremation meant to this group.
Whoever she was, her death had important meaning not just to the people who made and tended the pyre, but also to the generations that came after.
Jessica C. Thompson has received funding for this research from the Wenner-Gren Foundation, National Geographic Society, and Hyde Family Foundations. She is affiliated with the Yale Peabody Museum and the Institute of Human Origins.
Elizabeth Sawchuk and Jessica Cerezo-Román do not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organization that would benefit from this article, and have disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
Source: The Conversation – France in French (3) – By Léo-Paul Barthélémy, Doctorant en sciences de l’information et de la communication, CREM, Université de Lorraine, Université de Lorraine
Certains parient sur l’issue de tel ou tel événement sportif. D’autres sur l’évolution à court terme d’un indicateur économique largement suivi. D’autres encore – parfois les mêmes – engagent des sommes importantes sur des questions nettement plus discutables d’un point de vue moral, comme la prise d’une ville en Ukraine par l’armée russe. Les sites permettant ce type de paris sont en plein essor.
Un marché prédictif n’est pas tout à fait un site de paris. C’est un dispositif de spéculation collective dans lequel des participants achètent et vendent des contrats indexés sur la réalisation d’un événement futur précisément défini (« X aura lieu avant telle date », « Y gagnera l’élection », etc.). Le prix de ces contrats fluctue en fonction de l’offre et de la demande : plus un événement est jugé probable par les participants, plus le contrat associé est recherché et plus son prix augmente.
À la date fixée – ou une fois l’événement tranché – le marché est résolu : si l’événement s’est bien produit, le contrat correspondant est payé à sa valeur maximale, tandis que les contrats perdants deviennent sans valeur. Les gains ou pertes des participants dépendent donc du prix auquel ils ont acheté ou vendu ces contrats avant la résolution.
Parce qu’ils incitent ceux qui disposent de bribes d’informations utiles à investir, et agrègent donc le savoir d’un maximum d’acteurs sur un événement, ces marchés se révèlent souvent étonnamment précis. Aux États-Unis, des marchés de paris très organisés consacrés à l’issue de l’élection présidentielle ont existé de la fin du XIXe siècle jusqu’à la Seconde Guerre mondiale, notamment à New York. Paul W. Rhode et Koleman S. Strumpf ont montré que ces marchés ont fait preuve d’une précision remarquable, à une époque pourtant dépourvue de sondages scientifiques. Dans quinze élections présidentielles entre 1884 et 1940, le candidat favori un mois avant le scrutin a presque toujours remporté l’élection, avec une seule véritable exception.
Les versions décentralisées, comme Polymarket et Kalshi, ajoutent un avantage, selon leurs promoteurs : elles fonctionnent sans intermédiaire central, reposent sur la blockchain et permettent des échanges mondialisés, en résistant aux réglementations nationales (ces sites sont par exemple interdits en France). Mais cette décentralisation a un revers fondamental : le système ne peut pas, à lui seul, savoir ce qui se passe dans le monde réel. Il doit donc s’appuyer sur des oracles, c’est-à-dire des sources externes (médias, bases de données, experts, indicateurs publics) chargées de confirmer si un événement s’est effectivement produit. Lorsque la réalité est ambiguë, ces oracles peuvent être contestés. D’où la nécessité de mécanismes d’arbitrage humains, censés trancher les litiges : votes communautaires, comités de résolution ou décisions manuelles. Ces moments, où l’interprétation humaine reprend le dessus, constituent précisément le point de fragilité des marchés prédictifs décentralisés, car ils ouvrent la porte aux erreurs, aux biais… et parfois aux manipulations.
Entre vulnérabilités et défis informationnels : parier sur la guerre en Ukraine
Ces marchés de prédiction en ligne, en pleine croissance depuis plusieurs années, donnent à leurs utilisateurs la possibilité d’ouvrir des paris sur n’importe quel thème, y compris sur les sujets géopolitiques les plus sensibles.
Dernièrement, on constate l’existence de très nombreux paris portant sur la guerre en Ukraine, particulièrement documentée et suivie, et donc propice à une multiplicité de paris variés : pertes territoriales, échéances de cessez-le-feu, escalade nucléaire ou rencontres entre dirigeants sont au cœur des questions les plus convoitées. Derrière chaque prévision publiée se joue le sort de milliers de personnes dans la vraie vie. Mais pour les joueurs, les drames vécus par des individus concrets sur le terrain relèvent d’un simple jeu de spéculation. Certains de ces paris brassent des dizaines de millions de dollars.
Ce succès s’explique aussi par un environnement propice au développement des cryptomonnaies, dont l’usage ne cesse de croître depuis quelques années.
Capture d’écran du site Polymarket montrant la variété des thèmes sur lesquels les parieurs sont invités à parier. Fourni par l’auteur
Plusieurs prédictions sur la guerre en Ukraine ont été fébrilement relayées durant la première moitié de 2025. Le premier exemple est celui de l’accord minier qui devait être signé par Donald Trump sur l’Ukraine au mois de mars. Malgré l’absence d’un tel accord, la plate-forme a été manipulée par une « baleine crypto » (quelqu’un qui détient une quantité massive d’une cryptomonnaie) qui a pu faire pencher la décision en sa faveur, avec en prime un remboursement impossible pour les parieurs lésés. À ce titre, Polymarket a répondu aux demandes des utilisateurs en précisant que le marché avait été résolu conformément au protocole.
Le second exemple porte sur la tenue du président ukrainien : il était question de parier sur le fait que Volodymyr Zelensky porterait un costume avant juillet 2025. Ce qui semble en apparence assez simple à prouver s’est en réalité avéré extrêmement compliqué, le critère de résolution et de validation du pari ayant été mal défini sur le site.
Derek Guy, spécialiste influent de la mode masculine, a indiqué que « la question était mal formulée » puisque la définition d’un costume peut varier, selon l’aspect technique du vêtement ou de l’attente sociale qu’on lui attribue. Alors que plus de 240 millions de dollars ont été échangés sur ce pari, le débat continue dans les commentaires, plusieurs mois après sa clôture. Courant novembre 2025, on dénombrait près de 100 paris possibles sur divers aspects relatifs à la guerre en Ukraine.
Un autre débat a émergé de la carte interactive Polyglobe, fondée par Le Pentagon Pizza Watch (PPW), un tracker qui surveille l’activité des restaurants autour de bâtiments gouvernementaux américains, en vue d’anticiper des actions stratégiques et militaires importantes. La visualisation des paris Polymarket sur une carte interactive est complétée par des données en sources ouvertes (OSINT), comme des tweets.
Capture d’écran d’une carte de Polyglobe (17/12/2025) représentant la ligne de front dans l’est de l’Ukraine. Fourni par l’auteur
Il s’agissait pour les parieurs de prédire si l’armée russe allait réussir à capturer la ville de Myrhorod d’ici le 15 novembre. Les pronostics se basaient sur une carte du think tank Institute for the Study of War (ISW). Juste avant la clôture du pari, cette carte a indiqué une avancée russe à l’intérieur de la ville. La zone est apparue en rouge, donc aux mains de la Russie ; les parieurs ont été payés ; puis la carte a été corrigée peu de temps après. L’ISW a confirmé par la suite que la modification n’avait pas été approuvée en interne, ajoutant un système d’annotation tout en dénonçant l’utilisation de ses cartes par des spéculateurs.
Polyglobe a rapidement choisi de changer d’outil cartographique, et de passer désormais cette fois-ci par la carte interactive et collaborative de DeepStateMap.Live, qui affiche l’évolution quotidienne de la ligne de front en Ukraine. Les représentants de ce dernier site ont à leur tour dénoncé le réemploi non souhaité de leurs données à des fins de spéculation, PPW finissant par s’excuser et par retirer la carte. Ces changements et rétractations rapides illustrent bien la zone grise réglementaire dans laquelle évoluent ces nouveaux outils spéculatifs.
Capture d’écran d’une carte de DeepStateMap.Live (17/12/2025) représentant la ligne de front dans l’est de l’Ukraine. Fourni par l’auteur
Une culture du jeu qui varie, une technologie qui s’en affranchit
La question morale est inévitable : comment est-il possible de parier sur la guerre, de surcroît dans un contexte où les combats s’intensifient et où les civils ukrainiens sont attaqués quotidiennement ?
Une première piste de réflexion est peut-être celle de la culture du jeu, qui varie considérablement d’un pays à un autre. Dans celle anglo-saxonne, dont est issu le fondateur de Polymarket, il n’existe aucun tabou en ce qui concerne les paris. Au Royaume-Uni, c’est même un « sport national », où il est possible, par exemple, de spéculer sur divers détails de la vie de la famille royale.
Cette conception de la prédiction est très différente de celle que nous avons en France, où l’Autorité nationale des jeux (ANJ) régule, entre autres, les sports sur lesquels il est possible de miser. Au niveau de l’Union européenne, il existe des socles juridiques communs et des initiatives de régulation, mais chaque membre fixe ses propres règles. Celles-ci sont d’autant plus disparates qu’elles sont désormais contournables par la décentralisation offerte par la blockchain, laquelle permet de se passer d’intermédiaires financiers soumis aux réglementations nationales. Le recours aux cryptomonnaies permet ainsi à ces plates-formes de contourner les interdictions bancaires, y compris dans les pays où Polymarket est interdit, comme en France, indépendamment des outils de contournement géographique tels que les VPN.
Au-delà des contraintes juridiques et des offres des bookmakers, ce sont aussi nos valeurs qui influencent nos limites philosophiques de ce qui est acceptable. Rappelons que les spéculations sur l’issue des conflits ne datent pas d’aujourd’hui. Entre autres exemples, en 1691, bien longtemps avant notre ère numérique, des paris avaient été pris en Angleterre sur l’issue de la bataille de Limerick en Irlande, qui opposa les partisans de Jacques II à ceux de Guillaume d’Orange.
Quelles limites pour le marché de la prédiction ?
Indéniablement, ces paris qui relèvent de vie et de mort, de guerre et de paix et d’enjeux géopolitiques lourds, posent des questions morales, mais ils nous interrogent aussi quant à toutes ces données du front rapidement diffusées et réinterprétées. Il est également établi que les jeux de hasard favorisent des problèmes psychologiques et émotionnels, sans occulter leur aspect addictif. Une étude de 2023 pointait les biais structurels qu’ils posent, notamment avec le phénomène de paris irrationnels.
Ce marché nous questionne aussi sur la vérification de l’information : les paris prédisent-ils seulement le cours des événements ou ont-ils un impact sur ces derniers ? Qui est légitime pour définir les contours d’un critère de résolution d’une issue ? La manipulation cartographique évoquée précédemment aurait pu poser des soucis de désinformation conséquents, surtout à un moment crucial de la guerre où chaque kilomètre carré capturé par des soldats est commenté en temps réel dans la presse.
L’instrumentalisation de ces données pour la spéculation menace l’intégrité de notre connaissance de la guerre, en mettant une pression supplémentaire sur les analystes qui traitent déjà de grands volumes d’informations, tout en sapant l’image des cartes militaires en ligne. Ceci est d’autant plus dangereux que des paris similaires existent sur à peu près tous les autres théâtres militaires en cours dans le monde.
Enfin, ces exemples nous rappellent les limites de ces plates-formes décentralisées qui font fi de toutes barrières éthiques et techniques. Miser sur le dresscode d’un président n’a évidemment pas la même signification morale que spéculer sur la capture d’un village de l’oblast de Donetsk. Est-il acceptable de parier sur la sécurité de civils et de mettre cela au même niveau que le résultat d’un match de football ? Il est sans doute temps de fixer une limite, a minima celle de l’empathie, pour éviter que la guerre ne soit reléguée à un divertissement, ce qu’elle n’est certainement pas.
Léo-Paul Barthélémy ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.
Lors de ses voeux pour 2026, le président de la République, Emmanuel Macron, a affirmé qu’il irait au bout de son mandat. Pourtant, de nombreuses personnalités appellent à sa démission, que souhaite d’ailleurs une large majorité de français. Qui sont les présidents de la République qui ont renoncé au pouvoir au cours de l’histoire française ? Avec quelles conséquences ?
Les demandes de destitution (LFI) ou de démission d’Emmanuel Macron (Edouard Philippe, le RN et certains élus LR) se sont multipliées depuis la dissolution de juin 2024. Dans l’histoire de notre République, aucun président n’a été destitué par le Parlement. En revanche, neuf présidents de la République ont démissionné : Adolphe Thiers en 1873, Mac-Mahon en 1879, Jules Grevy en 1887, Jean Casimir-Perier en 1895, Paul Deschanel en 1920, Alexandre Millerand en 1924, Albert Lebrun en 1940, René Coty en 1959 et Charles de Gaulle en 1969. Les crises politiques qui ont présidé à ces décisions irrémédiables posent la question de la stabilité du régime lorsque la tête de l’exécutif tombe : la Ve république survivrait-elle à la démission d’Emmanuel Macron ?
Thiers écarté par les monarchistes
Adolphe Thiers est élu président de la République par les parlementaires le 31 août 1871, comme le veulent les institutions de la IIIe République. Sans constitution, Thiers est chargé de négocier la paix avec l’ennemi allemand (la guerre franco-prussienne vient de se terminer) afin qu’il quitte le territoire. Mais l’Assemblée, élue en février 1871, est majoritairement monarchiste : elle veut tout faire pour éviter l’installation d’un régime républicain. C’est dans un climat tendu que les relations entre Thiers et l’Assemblée nationale se dégradent au printemps 1873. Une crise politique s’ouvre le 24 mai, lorsque le duc de Broglie prend la tête de la fronde monarchiste : Thiers, désavoué, renonce à présider. Même si la décision lui appartient, le président Thiers a donc été poussé vers la sortie et le vote parlementaire s’apparenterait à une destitution officieuse.
Cette crise de jeunesse du nouveau régime installe une vraie culture de régime parlementaire dans lequel le législatif a le dernier mot sur le pouvoir exécutif. La conséquence est l’affaiblissement de la fonction présidentielle, propre à « inaugurer les chrysanthèmes ».
Grevy et le scandale des médailles
Jules Grevy est le seul des présidents en fonction qui est contraint de démissionner, le 2 décembre 1887. Son gendre, Daniel Wilson est à la tête d’un trafic lucratif de médailles républicaines et notamment celle de la Légion d’honneur. La police et la presse d’opposition s’emparent du scandale qu’exploitent alors Georges Clemenceau et Jules Ferry contre Grevy.
Périer, Deschanel et Millerand : renoncer pour l’honneur
Deux chefs de l’État renoncent volontairement (démission) à leurs fonctions alors que rien, dans le contexte, ne l’exigeait.
En 1895, Jean-Casimir Périer rédige une lettre de renoncement pour des raisons politiques et personnelles : il évoque la faiblesse institutionnelle du chef de l’État, isolé dans son palais, sans réels pouvoirs de décisions. Il reproche au gouvernement de ne pas assez le consulter en matière de politique étrangère et de défense. Il critique surtout l’attitude de Charles Dupuy, son président du conseil avec qui la mésentente est bien réelle. Son malaise est aussi lié au contexte de l’Affaire Dreyfus avec un climat politique tendu et de profondes divisions de la société française. Il écrit dans sa lettre de démission : « Je refuse d’être une ombre, une potiche inutile ».
En 1920, Paul Deschanel est malade et ne peut continuer son mandat alors qu’il venait d’être élu président six mois plus tôt : sa dégringolade du train en pleine nuit marque sa faiblesse physique et donc institutionnelle. Ne pouvant plus être crédible, il démissionne.
Le troisième renoncement est celui d’Alexandre Millerrand, en juin 1924 : le président, jugé trop présent dans le jeu politique, reçoit des pressions importantes de la part des partis républicains modérés et ceux de la gauche. Le risque de dérive « présidentialiste » provoque la méfiance de la gauche qui gagne les législatives sous l’appellation du « Cartel des gauches ». Son refus de nommer le principal chef de cette alliance, Edouard Herriot à la présidence du conseil est perçu comme un déni de démocratie. La Chambre des députés, hostile à Millerand, demande sa démission, qui aura lieu le 11 juin 1924.
Lebrun et Coty : l’avènement d’un nouveau régime
Deux autres chefs de l’État quittent l’Elysée dans des circonstances exceptionnelles puisque leur départ marque un changement de régime.
Albert Lebrun est pris dans la tourmente de l’été 1940. Élu en 1932, il ne peut affronter la déflagration de l’invasion allemande et la défaite française reconnue lors de la signature de l’armistice par le Maréchal Pétain le 22 juin 1940. Alors qu’une petite partie de la classe politique ne veut perdre le régime républicain, beaucoup se rangent à l’avis d’offrir le pouvoir au vainqueur de Verdun le 10 juillet 1940. Le vote des pleins pouvoirs à Pétain par la représentation parlementaire met fin aux fonctions présidentielles d’Albert Lebrun, laissant Pétain devenir chef de l’État français.
René Coty connaît un sort similaire en 1958. Difficilement élu par le Parlement en 1953, il réussit à s’imposer comme un élément de stabilité dans la vie politique très tourmentée de la IVe République (23 gouvernements en douze ans). Mais la crise algérienne gangrène l’équilibre politique fragile, avec un point d’orgue en 1958 lorsque le Comité de salut public d’Alger appelle le général de Gaulle à la rescousse face aux nationalistes du FLN. Le 1er juin, le président Coty décide de nommer à la présidence du Conseil le « plus illustre des Français ». Alors que la nouvelle constitution s’écrit et que de Gaulle prépare la transition, Coty achève son mandat le 8 janvier 1959, laissant advenir le nouveau régime républicain et, à sa tête, le général, élu en décembre 1958.
De Gaulle et le renoncement pour l’honneur
La démission du général de Gaulle, en avril 1969, laisse l’image d’un homme capable d’abandonner le pouvoir avec dignité. Après l’épisode de mai 68, de Gaulle, âgé de 79 ans, est affaibli physiquement et politiquement. Les jeunes jugent la société trop conservatrice et beaucoup constatent que le président ne comprend plus son pays. Le non cinglant (52,4 %) au référendum d’avril 1969 le conduit à démissionner le 28 avril. On retient l’image du général et de son épouse se promenant sur les plages d’Irlande, laissant à penser la profonde tristesse qui étreint le général, divorcé de son cher « vieux pays ».
Le départ du Général ne remet pas cependant en cause le fonctionnement des institutions parce que sa succession était prévue, lui-même ayant accepté sa candidature à l’Elysée après sa démission en avril 1969 (même si les bons rapports entre les deux hommes avaient été brouillés par les évènements de mai 1968). Parmi de nombreux héritiers putatifs, plus près du Général (Michel Debré, Jacques Chaban-Delmas), Pompidou s’impose comme le meilleur. Pierre Messmer en 2006 en témoigne : « En avril 1969, il lui écrit qu’il approuve sa candidature à l’Elysée et qu’il espère son succès ; en juin, il le félicite pour son élection. Cela suffit à trancher le débat, il me semble ».
Un président qui dépasse (toujours) ses fonctions
La constitution de la Ve République fut conçue pour mettre un terme au « régime des partis », dénoncé par de Gaulle. Les pouvoirs étendus du président en font la clé de voûte d’institutions stables et son « corps politique » ne peut défaillir sans mettre en péril le régime selon les politistes Marcel Morabito et Marlène Coulomb-Gully. Pourtant, les démissions présidentielles qui ont jalonné notre histoire n’ont pas toujours été des moments de fragilisation du régime. Ce sont surtout les conditions dans lesquelles cette décision est prise qui dictent l’intensité d’une éventuelle crise politique ou institutionnelle, nourrissant l’inquiétude d’une opinion publique qui n’apprécie guère de voir le chef de l’Etat vaciller.
Thierry Truel ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.
Alors que les Alpes subissent de plein fouet le changement climatique, la transformation du modèle économique des stations reste compliquée, souvent entravée par des tensions et des intérêts divergents. Une nouvelle méthode participative propose de dépasser ces blocages grâce à une approche originale : l’utopie. De quoi stimuler l’imagination pour bâtir une vision partagée d’un futur plus désirable. Celle-ci a été expérimentée au cours d’ateliers où les différentes parties prenantes d’une station de montagne ont été invitées à créer leur propre carte postale de montagne à l’horizon 2050.
Les Alpes françaises comptent parmi les régions les plus exposées au changement climatique. Les stations de montagne y sont directement confrontées, notamment face à la raréfaction de la neige. En mars 2024, la Cour des Comptes constatait l’insuffisance des stratégies d’adaptation mises en place dans ces stations. Celles-ci doivent impérativement transformer leur business model, encore largement centré sur le « tout-ski ».
Cette transformation est nécessaire pour préserver leur performance dans une perspective soutenable. Mais transformer un territoire est plus complexe qu’un simple changement d’offre touristique. Comment amorcer cette transformation ? Avec quelles parties prenantes ? Comment construire une vision commune, quand chacun perçoit la montagne à travers son propre prisme et ses propres intérêts ? Dans quelle direction stratégique s’engager ?
Ces questions sont d’autant plus cruciales que plusieurs tentatives d’innovations en la matière ont déjà échoué, notamment du fait de résistances ou de conflits d’intérêts entre les différentes parties prenantes concernées par ces innovations : exploitants, commerçants, élus, touristes…
Un exemple emblématique de ce type de conflits d’intérêts est la question de l’eau. En effet, elle est utilisée à la fois pour garantir les conditions d’enneigement des domaines skiables (ce qui permet de maintenir l’attractivité touristique en hiver) et pour répondre aux besoins des populations locales et des milieux naturels en montagne.
L’une des principales difficultés tient à la capacité de construire un alignement partagé entre les différents acteurs de la montagne. Cette quête doit reposer sur une proposition de valeur commune. Pour ce faire, nous avons adopté avec des collègues, dans une étude récemment publiée, une méthode de prospective originale basée sur ce qu’on appelle des « scénarios utopistes ».
L’intérêt ? Stimuler l’imaginaire collectif en insistant davantage sur les représentations partagées. Nous avons expérimenté la démarche à l’échelle d’une station de montagne à travers des ateliers participatifs, où ces différents interlocuteurs ont été encouragés à concevoir leur propre « utopie », sous la forme d’une carte postale fictive à l’horizon 2050.
L’utopie, une méthode prospective qui favorise le dialogue
Pour surmonter les difficultés évoquées précédemment, il faut avoir recours à des méthodes capables de faire dialoguer toutes les parties prenantes pour créer ensemble une nouvelle proposition de valeur. La prospective stratégique répond précisément à cet enjeu. En élaborant des scénarios exploratoires, elle crée un espace de réflexion où chacun peut se projeter plus librement face aux enjeux du changement climatique.
Les scénarios utopistes, en particulier, permettent l’émergence d’imaginaires collectifs capables de dépasser les représentations individuelles et leurs blocages cognitifs, comme la peur du changement. L’utopie permet d’apporter un regard critique sur l’existant tout en ouvrant la voie à un futur commun plus désirable. Elle peut alors devenir un guide d’action et contribuer à reconfigurer les relations.
La méthode des scénarios utopistes que nous proposons, déployée dans le cadre d’ateliers participatifs, peut avoir un pouvoir transformateur sur les représentations individuelles et collectives de ce que peut être un modèle d’affaires soutenable pour les stations de montagne.
d’abord proposer une relecture de l’existant à partir des représentations individuelles,
puis faire émerger d’autres représentations collectives plus soutenables, à travers le dialogue et l’imagination.
à partir de celles-ci, plusieurs propositions de valeur sont élaborées par les participants pour favoriser l’alignement entre les acteurs. L’idée est de construire des propositions qui fédèrent davantage qu’elles divisent.
un enjeu clé est de renforcer la désidérabilité de ces orientations futures et de redonner du sens au processus de transformation.
Mais avant même d’envisager la création de scénarios utopistes, la priorité est d’ouvrir le dialogue. Cette première étape est décisive : elle permet de faire émerger des représentations individuelles fondées sur leurs intérêts, attentes, besoins et préoccupations respectives.
Cette étape permet d’identifier un enjeu véritablement partagé, capable de servir de point d’ancrage à la transformation du business model existant. Parmi les thématiques évoquées lors de nos ateliers, figurait notamment la quête d’un développement économique fondé sur la sobriété en ressources naturelles, tout en restant en harmonie avec l’environnement montagnard.
Une fois ces enjeux clarifiés, les parties prenantes ont été invitées à imaginer ensemble ce que pourrait être la proposition de valeur d’un futur business model pour la station. Pour nourrir cette réflexion, elles ont chacune conçue une utopie, sous la forme d’un parcours client situé en 2050, incarnée par une carte postale fictive. Cet exercice permet d’esquisser une nouvelle proposition de valeur et d’en explorer la désirabilité, en mobilisant l’imagination et les capacités de projection dans le futur.
Cet exercice a donné naissance à plusieurs directions possibles. Citons par exemple les propositions suivantes, qui ont émergé lors des ateliers :
un tourisme axé sur le bien-être et la reconnexion au vivant,
un écotourisme valorisant l’engagement actif du touriste dans la découverte du patrimoine territorial,
ou encore un tourisme expérientiel centré sur l’authenticité et l’immersion dans les savoir-faire locaux.
Toutes ces représentations collectives ont ensuite été discutées de manière critique afin d’anticiper leurs limites potentielles telles que la surcharge d’activités, les tensions autour des ressources ou encore les risques de surfréquentation.
Malgré cette prise de recul, ces idées ont été majoritairement perçues comme désirables et mobilisatrices. Le recours aux scénarios utopistes a permis aux participants de relâcher les contraintes du présent, de mobiliser leur imaginaire et de se projeter dans un futur vu comme moins anxiogène.
L’utopie pour briser la glace ?
Les scénarios utopistes apparaissent ainsi comme un levier stratégique intéressant pour penser de nouveaux business models soutenables :
D’abord parce qu’ils aident à prendre de la distance par rapport au modèle actuel. Ils offrent un espace de réflexion afin d’imaginer ceux du futurs, tout en restant ancré dans des enjeux réels et tangibles.
Ces visions ne relèvent pas nécessairement de fictions déconnectées : l’utopie permet de transposer ici un idéal déjà observé ailleurs, sur d’autres territoires, dans d’autres secteurs ou encore d’autres industries.
Enfin, en rapprochant les représentations individuelles, elle tend à réduire les risques d’échecs et de tensions liés aux divergences d’intérêts, souvent responsables de blocages dans des démarches de co-création de valeur.
Ainsi, nous constatons que les scénarios utopistes permettent de « briser la glace » entre les différentes parties prenantes. En effet, ils offrent un appui stratégique précieux pour initier un projet de transformation, parce qu’ils facilitent l’entrée en relation et le dialogue entre les acteurs du territoire. Ils favorisent ainsi l’émergence de représentations collectives partagées.
Néanmoins, pour que ces visions communes de business models soutenables puissent devenir opérationnelles, une phase d’ajustement intermédiaire reste nécessaire. Dans les premières phases d’un projet de transformation, le défi principal reste de mobiliser autour d’un enjeu commun et séduisant. Sous cet angle, les scénarios utopistes peuvent jouer un rôle mobilisateur et fédérateur en amont.
Angèle Richard est membre de l’Institut de Recherche en Gestion et Economie. Elle a reçu des financements de la Chaire Tourisme Durable de l’Université Savoie Mont Blanc.
Romain Gandia et Élodie Gardet ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur poste universitaire.
À travers ses peintures, Bilal Hamdad transforme l’ordinaire en mythique, en donnant à voir des scènes et des postures contemporaines nimbées d’une lumière intemporelle et mystérieuse.
Ces dernières années, à Paris, des fonds privés ont investi dans d’anciennes institutions parisiennes afin d’en transformer les espaces pour accueillir des œuvres contemporaines. Les foules affluent par exemple à la Bourse du Commerce-Pinault Collection : autrefois marché aux grains, puis marché du travail, elle a été transformée par l’architecte japonais Tadao Ando en un espace blanc et épuré. Il en va de même pour la nouvelle Fondation Cartier, récemment inaugurée, qui abritait auparavant un hôtel et le Louvre des antiquaires. L’architecte français Jean Nouvel l’a réaménagée en un vaste musée d’art contemporain. À l’intérieur, tout n’est que lignes épurées et verre.
Le Petit Palais, en revanche, a conservé ses courbes fin de siècle et ses ferronneries alambiquées. Il est calme, et l’entrée des collections permanentes y est gratuite, comme dans tous les musées de la Ville de Paris. Mais s’il fait exception dans le paysage artistique toujours plus riche de la capitale, c’est aussi pour l’originalité des expositions qu’il propose.
Dans ce majestueux bâtiment, j’ai découvert avec surprise « l’ivresse du moderne », telle que la définissait le poète Charles Baudelaire : « La modernité, c’est le transitoire, le fugitif, le contingent, la moitié de l’art, dont l’autre moitié est l’éternel et l’immuable. »
L’événement éphémère en question se nomme « Paname », une exposition du peintre émergent Bilal Hamdad. Elle illustre brillamment la combinaison magique exprimée par Baudelaire : une vision fraîche et vibrante de la vie urbaine installée au milieu des trésors de la collection permanente du musée. L’exposition présente 20 œuvres de Hamdad, dont deux spécialement créées et inspirées par la collection du musée.
Né en Algérie en 1987 et aujourd’hui installé à Paris, Hamdad est un habitué du Petit Palais, où il s’est imprégné des enseignements de grands maîtres tels que Claude Monet, Paul Gauguin et Edgar Degas. Son œuvre s’inspire de ces derniers dans des compositions représentant la vie quotidienne dans les villes contemporaines. La solitude y est un thème récurrent, comme elle l’était pour Baudelaire qui, à l’instar de Hamdad, accordait une attention particulière aux travailleurs de la ville qui arpentaient les quais de Seine, boîte à outils à la main (« Et le sombre Paris, en se frottant les yeux,/Empoignait ses outils – vieillard laborieux ! »)
Dans ses magnifiques peintures à l’huile grand format, on voit des femmes qui attendent sur le quai du métro, des sacs qui pèsent sur les épaules, et des jeunes hommes perchés sur des balustrades ou des rambardes qui attendent du travail ou une rencontre. On y voit des scènes de marché à la sortie du métro, avec des femmes vendant des épis de maïs dans des caddies, et des vendeurs à la sauvette qui croisent des hipsters ou des touristes avec leurs lunettes de soleil et leurs sacs à main.
Bien que Hamdad travaille à partir de photographies, qu’il décrit comme son carnet de croquis, ses œuvres ont une profondeur et une intensité qui transforment l’ordinaire en mythique, projetant les détails de la mode et des postures contemporaines dans une lumière intemporelle et mystérieuse. La peinture la plus énigmatique de cette exposition est sa subtile réinterprétation du tableau d’Édouard Manet de 1882, Un bar aux Folies Bergère, qui est exposé à la Courtauld Gallery de Londres.
Dans l’original, Manet joue avec les effets d’un grand miroir terni derrière le bar. Le miroir reflète le dos d’une serveuse qui fixe un point à l’extérieur du tableau, à côté des bouteilles et du bol de clémentines sur le bar. Avec ce jeu de reflets, Manet représente la serveuse à la fois comme l’objet de notre regard scrutateur et comme éloignée de nous, dans une forme de solitude et de vulnérabilité.
Dans Sérénité d’une ombre (2024), Hamdad développe l’intention de Manet, la poussant davantage dans l’ombre. Le premier plan, baigné de lumière, nous montre le bar, clin d’œil à celui de Manet, avec un magnifique bol d’oranges et une délicate composition florale. À l’arrière-plan, on distingue à peine un barman en chemise blanche, un peu voûté, manifestement fatigué par sa journée de travail.
Le moment est mélancolique, en retrait, mais il fait écho au brouhaha de la ville contemporaine. Ce tableau est accroché, comme toutes les toiles de Hamdad, au cœur des galeries éclectiques du Petit Palais, ouvrant une fenêtre sur un temps qui mêle passé et présent. Et dans ce dialogue entre l’ancien et le nouveau, le spectateur comprend immédiatement que cette œuvre est là pour durer.
Anna-Louise Milne ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.