¿Cuál es el futuro del poder en Venezuela?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Tulio Alberto Álvarez-Ramos, Profesor/Investigador Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Católica Andrés Bello. Jefe de Cátedra de Derecho Constitucional de la Universidad Central de Venezuela, Universidad Católica Andrés Bello

La vicepresidenta Delcy Rodríguez encabeza una “reunión de urgencia” tras el ataque estadounidense el 3 de enero de 2026. Prensa Presidencia de Venezuela

La captura de Nicolás Maduro por Estados Unidos marca un punto de inflexión en la historia contemporánea de Venezuela. El guion del ataque parte de los cargos que el Departamento de Justicia presentó por narcoterrorismo, conspiración para importar cocaína, posesión de armas de guerra y conspiración para poseer dispositivos destructivos, bajo la justificación de una orden judicial del Southern District of New York (SDNY), tribunal que adelanta la investigación desde 2020.

La acusación describe un entramado de corrupción que, durante más de dos décadas, vinculó a altos funcionarios venezolanos con las FARC, el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y carteles como Sinaloa y Los Zetas. La captura no surge de la nada: es la culminación de un proceso judicial que ya había delineado la responsabilidad penal de Maduro y su círculo más cercano.

Además, la narrativa opositora se centra en que la detención abre una oportunidad inédita para la transición política, por lo que María Corina Machado añadió que “Maduro desde hoy enfrenta la justicia internacional por los crímenes atroces cometidos”.

Intervención ilegítima y responsabilidad internacional

La operación militar estadounidense plantea interrogantes fundamentales en el derecho internacional. Bajo la óptica del régimen venezolano, el ataque a sus instalaciones militares constituye un acto de guerra y una violación de la soberanía nacional. Desde la perspectiva de Washington, se trató de la ejecución de una orden judicial vinculada a delitos transnacionales y el uso de la fuerza fue presentado como una acción legítima para proteger a los funcionarios federales. Sin embargo, las declaraciones inmediatas de Donald Trump y del secretario de Estado Marco Rubio sugieren un objetivo político más amplio.

Rueda de prensa del gobierno estadounidense tras la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026. Fuente: The White House, YouTube.

Al principio de no intervención, consagrado en la Carta de la ONU, se contrapone la responsabilidad por narcoterrorismo. Estados Unidos justifica la operación bajo la necesidad de combatir amenazas directas a su seguridad nacional. En paralelo, instrumentos como la Convención de Viena sobre Relaciones Consulares y el Convenio de las Naciones Unidas contra el Tráfico Ilícito de Estupefacientes refuerzan la idea de que los Estados tienen deberes de cooperación en la persecución de delitos transnacionales. Esa cooperación se vuelve imposible cuando uno de los Estados es considerado “forajido”.

La tensión entre soberanía y seguridad internacional se convierte en el eje jurídico de la crisis: ¿puede un Estado intervenir militarmente para capturar al jefe de otro Estado acusado de narcoterrorismo? La respuesta no está escrita en tratados, pero sí en la práctica política y en la fuerza de los hechos.

¿Quién gobernará Venezuela?

La complejidad del escenario es máxima. Por un lado, el alegato sustantivo es que Nicolás Maduro cometió un fraude que revirtió el resultado del proceso electoral del 28 de julio de 2024, en el cual resultó electo Edmundo González con el apoyo de María Corina Machado y Corina Yoris, inhabilitadas por maniobras del Consejo Nacional Electoral. Esto implicaría la ilegitimidad de origen del Gobierno de Maduro.

Por otro lado, al juramentarse Maduro el 10 de enero de 2025, su captura genera una situación inédita que tratará de ser subsumida en el artículo 233 de la Constitución venezolana. La norma establece que la falta absoluta del presidente debe ser suplida por el vicepresidente ejecutivo –en este caso, Delcy Rodríguez–, lo que implicaría la continuidad política del régimen.

En paralelo, el ministro de Defensa venezolano, Vladimir Padrino, denuncia una agresión contra la soberanía nacional, aunque sin la compañía del alto mando militar como suele ser su costumbre. Por su parte, el ministro de Relaciones Interiores, Diosdado Cabello, apareció acompañado de cuerpos paramilitares, lo que constituye el mayor riesgo de violencia interna.

Un escrito apócrifo anunció el estado de excepción por conmoción externa, con el objetivo de centralizar el poder y proyectar la imagen de “control total de la situación”. Así, la gobernanza de Venezuela queda atrapada entre la legalidad constitucional y la lógica de facto de un régimen que intenta sobrevivir sin su líder principal.

El impacto regional

La connotación internacional del ataque contra instalaciones militares venezolanas y la captura de Maduro es indudable. En su rueda de prensa, Trump afirmó que Estados Unidos “gobernará Venezuela hasta que pueda llevarse a cabo una transición pacífica, adecuada y juiciosa”, y advirtió que una segunda oleada de ataques “mucho mayor” está lista, por si fuese necesaria. Además, señaló que la transición será liderada por un equipo integrado por su secretario de Estado, Marco Rubio, y el jefe del Pentágono, Peter Hegseth, en colaboración con la oposición venezolana.

Las declaraciones se extendieron hacia Colombia y Cuba. Trump advirtió que el presidente Gustavo Petro debía “cuidarse el trasero”, acusándolo de producir la cocaína que llega a Estados Unidos. Petro respondió a esta declaración calificando la operación como un “ataque a la soberanía” de América Latina y alertó sobre una crisis humanitaria aun mayor en Venezuela.

La captura de Maduro, por tanto, no solo redefine la política venezolana, sino que reconfigura la geopolítica regional, con tensiones directas entre Washington y Bogotá, y dejando en el aire la suerte de Cuba y Nicaragua.

Transición o violencia: el dilema de 2026

Los días inmediatamente siguientes a la captura serán críticos. Según la narrativa oficial estadounidense, la apertura hacia una transición democrática, forzada por la Administración Trump, no admite negociación, pero las formas pueden desencadenar un ciclo de violencia permanente. La neutralización de los grupos paramilitares y la posible fractura de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana determinarán el desenlace.

La presión internacional es ambivalente: la mayoría de los gobiernos democráticos del mundo apoyan el resultado del 28-J y reconocen como presidente a González. Mientras, regímenes autoritarios como Cuba y Nicaragua, potencias globales como Rusia y China, y fundamentalismos como Irán y Corea del Norte, respaldan al régimen de Maduro.

Los factores democráticos insisten en que ésta es la oportunidad para la restauración democrática de Venezuela. Sin embargo, el riesgo de enfrentamientos internos y de una crisis humanitaria aún mayor es real. La gobernanza de Venezuela se encuentra en un terreno incierto, donde la legalidad constitucional se diluye y la fuerza de los hechos se entrelaza con la anarquía.

El desenlace aún no escrito

Venezuela entra en 2026 en la más absoluta incertidumbre. El tiempo del chavismo se agotó. No hay desenlace escrito, pero sí una certeza: el sistema autoritario no puede sostenerse y está bajo la amenaza de un segundo y definitivo ataque por parte de Estados Unidos. El desenlace ya implica una ruptura, aunque existen dos elementos indefinidos: el nivel de violencia y el grado del protectorado anunciado por Trump.

El problema no es si habrá cambio, sino cómo sucederá y a qué costo. La captura de Maduro abre una ventana inédita para la justicia internacional y la transición política, pero también expone al país a riesgos de violencia y fragmentación. La historia de Venezuela se redefine en tiempo real. Una tragedia que comenzó con el desmontaje institucional ejecutado por Hugo Chávez Frías, que utilizó contra la democracia los propios mecanismos democráticos.

The Conversation

Tulio Alberto Álvarez-Ramos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Cuál es el futuro del poder en Venezuela? – https://theconversation.com/cual-es-el-futuro-del-poder-en-venezuela-272674

Political policing in Museveni’s Uganda: what it means for the 2026 elections

Source: The Conversation – Africa (2) – By Jude Kagoro, Postdoctoral Fellow, Institute for Intercultural and International Studies, Universität Bremen

Uganda’s police have long faced criticism for politically charged interventions. These include episodes in which lethal force has been used in ways that observers describe as excessive or indiscriminate. The main targets of restrictive or coercive tactics are supporters of the political opposition.

For example, in November 2020, weeks before the 2021 elections, protests at the arrest of the main opposition candidate escalated into nationwide unrest. More than 100 people died.

Under President Yoweri Museveni – in power since 1986 – the police have become a central pillar of the ruling party, the National Resistance Movement. In the campaigns for the January 2026 general election, police are critical in containing demonstrations, mobilising political support and enforcing loyalty. They can be seen ferrying ruling-party supporters and guarding their processions.

They are also active against the opposition. Party activities of Museveni’s main rival Robert Kyagulanyi, alias Bobi Wine, face routine obstruction, teargas and street confrontations. In November and early December 2025, police violently dispersed or blocked Bobi Wine’s caravans. The UN Human Rights chief condemned this.

I have published widely on themes of militarisation, security and policing, including the relationship between the Uganda police and the ruling party. It’s my conclusion that the role of the police in Uganda cannot be meaningfully analysed through a western-centric expectation of institutional neutrality.

Rather, policing has developed together with Uganda’s broader political direction of personalised authority and an ideology of cadreship that continues to shape expectations within the ruling NRM party. This has fostered, in my view, an ethos in which officers see themselves as active custodians of the existing political order. I’ve concluded that they don’t see themselves as being a neutral institution. They believe their job is to maintain the status quo.

My previous research challenges the common assumption that the police act only on direct orders to protect the regime or target the opposition. In reality, many officers believe that being visibly pro-ruling party defines them as “good officers”.

Based on my research, it’s clear that elections due in 2026 are likely to repeat these old patterns.

History of partisan policing

My extensive engagement with officers over more than 15 years, as both a researcher and a consultant, has given me a nuanced understanding of the attitudes and shared mentalities that shape policing culture. These beliefs are reflected not only in what officers say but also in their everyday behaviour.

For example, several commanders prominently display ruling party symbols or images of the president as their WhatsApp profile photos – clear signs of how pro-NRM attitudes influence officers’ conduct and become woven into police identity.

As a result, officers often take actions that favour the incumbent even without being told to. They want to signal allegiance and do what they think is expected of them as police.

This behaviour is rooted in a long relationship between political power and control of the security forces. Society expects the police to serve ruling elites rather than operate as an impartial institution. Consequently, the force today functions less as a neutral body and more as an extension of the ruling party.

Police in formation

Uganda’s police force played active roles in political policing and in supporting Britain’s colonial administration when it was established in 1906.

It continued to play the same role under the post-independence governments of Milton Obote, Idi Amin, the Tito Okello junta, Obote II, and now under the National Resistance Movement since 1986.

There have been changes in nuance and emphasis. For example, the force was initially sidelined in favour of military and intelligence agencies in the early years of Museveni’s reign. The turning point came in the early 2000s, with the appointment of senior military officers as police chiefs. This signalled a strategic fusion of military command culture with domestic policing.




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Under General Kale Kayihura, appointed in 2005, the police expanded rapidly in size, budget and operational authority. He aligned the force with the ruling party by reshaping recruitment, sidelining older officers and elevating young and highly educated cadres loyal to the party.

By the mid-2010s, the police were firmly embedded within the political machinery and sustaining Museveni’s rule.

Going beyond the use of force and coercion is also credited to Kayihura’s legacy. Under the guise of community policing, he drafted millions of largely unemployed youth into a nationwide network of so-called crime preventers. Their presence at 2016 election rallies, in villages and on urban streets was decisive in boosting National Resistance Movement turnout.

Their presence also undercut opposition mobilisations.

By 2021, however, Kayihura’s apparatus had largely collapsed. Without his centralised coordination – and confronted by the rapid rise of Bobi Wine’s youth-driven movement – the state increasingly relied on coercion alone. The result was violent campaign scenes in the 2021 elections.

Heading into the 2026 elections, the National Resistance Movement appears to have rebuilt soft-power apparatus to go with strong-arm tactics. The police’s head of the Crime Intelligence department, Christopher Ddamulira, is now central to youth mobilisation. He is using outreach programmes and targeted incentives reminiscent of Kayihura’s tactics.




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They include the temporary integration of ghetto youth into the police intelligence networks, and funding small-scale business ventures. While these have been effective in diluting opposition support, it is the open use of force that dominates public debate.

Equipped with armoured carriers, high-capacity tear-gas launchers, water cannons and fast-response vehicles, security forces use their mobility and intelligence networks to disrupt opposition mobilisation.

It’s part of police strategy to restrict the mobility of opposition candidates. The candidates are especially restricted from densely populated urban areas where they could draw large crowds. Opposition candidates are often pushed onto back roads or sparsely populated routes. There they are less visible and less able to engage voters.

Police are also frequently deployed to bar candidates from being hosted by radio stations.

These police operations are reinforced by the Resident District Commissioners representing the presidency and backed by the military, which intervenes whenever political stakes rise. Together, they form a tightly coordinated apparatus of political control nationwide.

The constitution of Uganda establishes the police force under Article 211, requiring it to be national, patriotic, professional, disciplined, and composed of citizens of good character – standards that are incompatible with partisanship or the oppression of political opponents. Under Article 212, the police are mandated to protect life and property, preserve law and order, prevent and detect crime, and work cooperatively with civilian authorities, other security organs, and the public.

A familiar contradiction

Uganda’s 2026 elections will not simply test the popularity of competing political actors. They will again expose the fusion of policing and politics that has shaped the country for more than a century.

Police have consistently served as instruments of political order rather than neutral guardians of public security. Today’s officers operate within this inherited logic, in a political culture that has never experienced a peaceful transfer of power.




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The campaign trail reveals a familiar contradiction: a security force constitutionally mandated to protect all citizens, yet increasingly functioning as a political arbiter – shaping who is heard in the public sphere.

The Conversation

Jude Kagoro does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Political policing in Museveni’s Uganda: what it means for the 2026 elections – https://theconversation.com/political-policing-in-musevenis-uganda-what-it-means-for-the-2026-elections-271316

En quoi pourraient consister des sanctions économiques de l’UE contre Israël, et quels effets auraient-elles ?

Source: The Conversation – in French – By Mohamed Bahlali, Post-doctorant en économie, Aix-Marseille Université (AMU)

Un cessez-le-feu a été proclamé à Gaza, mais l’armée israélienne continue d’y mener des opérations meurtrières. En outre, la reconstruction de Gaza coûtera des dizaines de milliards de dollars, et Israël ne compte pas y contribuer. Adopter des sanctions à son encontre pourrait changer les choses, dans ces deux domaines.


Plus de 69 000 morts et 170 000 blessés, une famine généralisée, 90 % des habitations endommagées ou détruites : tel était le bilan, au moment de l’entrée en vigueur du cessez-le-feu à Gaza, le 10 octobre 2025, de plus de deux ans de massacres et de destructions. Gaza est dévastée.

« Le mérite premier de l’arrêt de la guerre d’extermination revient à la détermination de notre peuple à Gaza », avait alors déclaré Mustafa Barghouti, secrétaire général du mouvement de l’Initiative nationale palestinienne, un parti palestinien indépendant du Fatah et du Hamas. Si ces propos visaient d’abord à rendre hommage à la population palestinienne, ils résonnent néanmoins dans un contexte marqué par l’impunité générale des auteurs de ce que plusieurs organisations internationales de défense des droits humains, de même que la Commission chargée d’enquêter dans le Territoire palestinien occupé, qualifient de génocide, et par la complaisance des principaux partenaires militaires et commerciaux d’Israël, qui n’ont pris aucune sanction significative à son égard.

Un cessez-le-feu qui n’est pas respecté

Le chemin vers la liberté et l’autodétermination du peuple palestinien reste encore long. Le plan de cessez-le-feu proposé par Donald Trump, largement favorable à Israël, offre peu de garanties à long terme. Aucun représentant palestinien n’a été associé à sa rédaction, et le texte ne mentionne même pas la Cisjordanie, pourtant sous occupation israélienne depuis cinquante-huit ans. De plus, au moins 266 Palestiniens ont été tués et 634 blessés depuis l’instauration du cessez-le-feu. Dans un texte publié le 8 décembre, Amnesty International affirme ainsi qu’« Israël continue d’imposer sciemment des conditions de vie amenant à la destruction du peuple palestinien à Gaza, sans aucun signe que cette pratique ou l’intention sous-jacente ait changé. C’est cela, un génocide. »

Cet accord de cessez-le-feu ne saurait donc écarter la perspective de sanctions économiques. Le 10 septembre dernier, la Commission européenne avait proposé la suspension de l’accord d’association UE-Israël sur les questions liées au commerce. Cette proposition reste pourtant, à l’heure actuelle – et plus encore depuis la proclamation du cessez-le-feu – au stade de simple déclaration d’intention.

Dans une analyse publiée sur Yaani le 29 septembre dernier, nous examinions les effets potentiels de telles sanctions, selon les pays qui les appliqueraient et les secteurs économiques ciblés. Nous en avions tiré trois conclusions.

L’UE peut agir de façon ciblée

Tout d’abord, l’Union européenne a les moyens d’agir. Elle est le premier partenaire commercial d’Israël. Nous avions calculé qu’une simple hausse tarifaire de 20 % à l’import et à l’export pouvait réduire le PIB israélien de 1,1 %. Pour une hausse tarifaire de 50 %, la diminution serait de 1,6 %. Ces chiffres sont des estimations basses car le modèle utilisé pour les obtenir ne tient pas compte des effets à long terme des sanctions. D’un autre côté, l’effet sur l’UE de telles sanctions serait quasi nul. Israël est certes un pays développé, mais son influence sur la chaîne de valeur mondiale n’est pas importante. L’UE peut aisément réorienter ses échanges vers d’autres partenaires commerciaux sans subir de conséquences économiques perceptibles.

Deuxièmement, une coalition élargie de pays sanctionneurs aurait un impact plus élevé. Si, en plus de l’UE, tous les États ayant voté pour l’adhésion de la Palestine à l’ONU (143 pays dont les « BRICS » : Brésil, Russie, Inde, Chine, Afrique du Sud) décidaient également de sanctionner Israël, une hausse tarifaire de 20 % ferait chuter le PIB israélien de 3,1 %, et une hausse de 50 % engendrerait une diminution de 4,4 %.

Enfin, nous avions examiné les secteurs pour lesquels les sanctions seraient les plus efficaces. Pour des sanctions à l’export vers Israël, nous avions montré qu’il s’agissait de l’automobile, des minéraux et du commerce de gros, qui inclut tous les biens exportés via des intermédiaires. Pour des sanctions à l’import en provenance d’Israël, le secteur de la tech est sans surprise le plus déterminant. Le secteur technologique représente près de 20 % du PIB israélien, et quasiment la moitié des exportations israéliennes. C’est donc un secteur à forte valeur ajoutée et très intégré au commerce international. C’est donc logiquement celui pour lequel des sanctions à l’import seraient les plus efficaces.

Sunrise ou Phoenix ?

Plus de deux ans de bombardements incessants sur Gaza ont engendré des destructions considérables. Des experts de l’ONU estiment le coût de la reconstruction à plus de 70 milliards de dollars, dont 20 milliards pour les seules trois prochaines années.

Ce chiffre ne correspond qu’au montant minimal requis pour rétablir des conditions basiques d’existence : d’après le rapport, « accès à l’eau potable, emplois d’urgence, fournitures médicales, sécurisation des habitations et des espaces publics en déblayant les gravats pouvant cacher des munitions non explosées ou les milliers de Palestiniens disparus ».

L’indécent projet « Sunrise » proposé par l’administration Trump, visant à transformer Gaza en une destination touristique de luxe pour 112 milliards de dollars, ignore complètement la participation des Palestiniens en remodelant leur territoire selon des intérêts externes, au détriment de leur histoire et de leur identité. À l’inverse, le plan Phoenix, élaboré par un collectif pluridisciplinaire (architectes, ingénieurs, juristes, sociologues, médecins, entre autres) de Palestiniens, est actuellement le seul à considérer la population locale avec décence.

De plus, le projet de l’administration Trump n’envisage pas de faire contribuer Israël au financement de la reconstruction. Or, les responsables de la destruction de Gaza, en premier lieu l’État d’Israël, doivent être financièrement tenus pour compte.

Avec la possibilité d’instaurer des droits de douane sur les échanges avec Israël, l’UE dispose précisément d’un levier concret pour faire supporter à l’économie israélienne, et aux entreprises européennes qui commercent avec elle, une part de ce coût. D’une part, cette taxe permettrait de prélever directement sur l’économie israélienne et ses partenaires une manne financière substantielle, qui pourrait ensuite être redistribuée aux institutions palestiniennes. Un calcul simple permet d’en avoir une idée.

Les échanges annuels entre l’UE et Israël s’élèvent à environ 70 milliards d’euros. Avec une taxe de 20 % et en tenant compte de la réduction des quantités échangées dues à la taxe avec une élasticité de -5, les échanges bilatéraux UE-Israël tomberaient à environ 28 milliards, générant un revenu tarifaire de l’ordre de 5 milliards d’euros chaque année. Rappelons qu’Israël retient en ce moment même 4 milliards de dollars de recettes fiscales palestiniennes, fonds essentiels au fonctionnement de l’Autorité palestinienne et à la fourniture des services de base à la population.

D’autre part, ces sanctions constituent également un instrument de pression pour contraindre l’État d’Israël à respecter le droit international et à assumer sa responsabilité morale, politique et matérielle dans l’oppression des Palestiniens.

Renoncer aujourd’hui au levier que constituerait l’adoption de sanctions vis-à-vis d’Israël reviendrait à abandonner une fois de plus la population palestinienne. L’Union européenne va-t-elle rester spectatrice d’un drame humain qu’elle a les moyens d’infléchir ?

The Conversation

Mohamed Bahlali ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. En quoi pourraient consister des sanctions économiques de l’UE contre Israël, et quels effets auraient-elles ? – https://theconversation.com/en-quoi-pourraient-consister-des-sanctions-economiques-de-lue-contre-israel-et-quels-effets-auraient-elles-272535

Lo que era una operación contra el narcotráfico en el Caribe acaba con la captura de Maduro

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Diego Molina Méndez, Investigador del Instituto Cultura y Sociedad, Universidad de las Hespérides

Imagen del ataque estadounidense a Caracas esta madrugada. RTVE

Desde que a finales del mes de octubre pasado el Gobierno estadounidense anunciara la Operación Lanza del Sur había gran expectativa sobre su resultado final. En teoría, el objetivo era detectar y acabar con las redes de tráfico de drogas por vía marítima; en la práctica, esto se traducía en la intervención contra lo que se conoce como el Cártel de los Soles en Venezuela.

Esto significaba tomar acciones directas contra líderes políticos y militares del régimen venezolano, quienes desde las instituciones han colaborado activamente en el tráfico de estupefacientes desde Venezuela y en colaboración con grupos criminales colombianos como el Ejército de Liberación Nacional (ELN).

Un Nobel a la oposición

A lo largo de estos dos últimos meses se movieron de manera simultánea diversas piezas que hacían presagiar un movimiento cuidadosamente orquestado. Uno de los eventos más llamativos fue el otorgamiento a María Corina Machado del Premio Nobel de la Paz, luego de su lucha por la recuperación de la democracia en Venezuela.




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La historia de la líder opositora llegó a su culmen el 10 de diciembre pasado, cuando gracias a una cuidadosa extracción, consiguió escapar de la persecución y presentarse en Oslo para recoger el galardón. Esta jugada contribuyó a demostrar ante el mundo que la oposición estaba viva y contaba con numerosos apoyos internacionales, alejando los fantasmas de intentos pasados de liberación, como el dirigido por Juan Guaidó (2019-2023).

Acusado de narcoterrorismo

Ante la creciente presión internacional, Nicolás Maduro buscó comprar tiempo ofreciendo una salida pactada. Sin embargo, esta opción fue desechada por la diplomacia estadounidense ante la posibilidad de que el dictador violara el acuerdo, como ya ocurrió con los Acuerdos de Barbados de 2023. Después de que fallara la vía diplomática, el Gobierno estadounidense debió diseñar una operación que no recordara a las invasiones de Irak y Afganistán en 2003 y que derivaron en guerras interminables y de gran costo humano y económico.




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El ataque lanzado en la madrugada del 3 de enero de 2026 por Estados Unidos contra los principales centros de poder del ejército venezolano se caracterizó por realizarse con la participación de funcionarios policiales estadounidenses, además de las fuerzas especiales, con el objetivo de hacer cumplir una orden de captura que pesaba sobre Nicolás Maduro desde 2020 por conspiración narcoterrorista. De esta manera, el gobierno de Estados Unidos evitó tener que hacer una declaración de guerra formal, para la que habría necesitado la aprobación del Congreso. Además, así pudo justificar la operación como la forma de hacer cumplir el mandato de las instituciones federales y no como un acto de guerra.

También hay que tener en cuenta la declaración lanzada por el secretario de Estado, Marco Rubio, quien, tras la operación, señaló que Maduro no es el presidente legítimo de Venezuela, subrayando así la acusación de narcotráfico y buscando aplacar las reacciones de la comunidad internacional.

Fotografía de Nicolás Maduro capturado, a bordo del buque estadounidense USS Iwo Jima.

Ahora que el dictador venezolano ha sido trasladado a Estados Unidos deberá hacer frente a un juicio en donde uno de los testigos más importantes puede ser Hugo el Pollo Carvajal, antiguo director de la inteligencia militar del régimen y quien desde su deserción ha venido colaborando con las investigaciones de la justicia estadounidense sobre el régimen bolivariano.

Las implicaciones de la caída de Maduro van más allá de las fronteras venezolanas. Venezuela era un socio clave para el sostenimiento de Cuba, Nicaragua e Irán (a cuyo régimen el régimen chavista ha financiado con casi 8 000 millones de dólares, contribuyendo al financiamiento de su controvertido programa nuclear), y una profusa red de aliados a lo largo y ancho de Europa y América Latina.




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Aunque Maduro haya sido arrestado, la transición democrática de Venezuela no está asegurada. Ahora llega el momento crítico en el que se debe pacificar un país en shock. A estas alturas es innegable que Edmundo González y María Corina Machado tienen los apoyos internacionales necesarios para reconstruir la democracia venezolana, y gozan también el apoyo de los ciudadanos que votaron mayoritariamente por su plataforma en las elecciones del 28 de julio de 2024.

No obstante, ahora deberán resolver rápidamente el vacío de poder que hay en el país, y llegar a consensos con los funcionarios, militares y ciudadanos que habían aprendido a vivir bajo la protección del régimen chavista.

De vuelta el patio trasero

En lo que a Estados Unidos se refiere, esta operación significa la aplicación sin paliativos de esa Doctrina Monroe que parecía una cosa del pasado y que, en la recién publicada Estrategia de Seguridad Nacional, el Gobierno de Trump prometió fortalecer. Washington retoma así su viejo interés en mantener su área vital fuera de la influencia de otras potencias y fomentar la colaboración estrecha con aquellos gobiernos que se alineen con las políticas estadounidenses, tal como ha dejado claro con el Gobierno de Javier Milei, en Argentina. De esta manera, Washington busca asegurar su supervivencia en términos políticos y de recursos naturales y energéticos.

Son muchas las piezas que quedan por encajar, y de momento no está claro el resultado del rompecabezas geopolítico y son más preguntas que respuestas las que hay sobre el tablero. Lo que sí está claro es que la caída de Maduro y el eclipse del Cártel de Los Soles traerá una nueva era en la geopolítica en donde Estados Unidos busca de nuevo un rol protagónico que garantice su estabilidad en un mundo cada vez más inestable

The Conversation

Juan Diego Molina Méndez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Lo que era una operación contra el narcotráfico en el Caribe acaba con la captura de Maduro – https://theconversation.com/lo-que-era-una-operacion-contra-el-narcotrafico-en-el-caribe-acaba-con-la-captura-de-maduro-272665

I wrote a book on the politics of war powers, and Trump’s attack on Venezuela reflects Congress surrendering its decision-making powers

Source: The Conversation – USA – By Sarah Burns, Associate Professor of Political Science, Rochester Institute of Technology

Explosions were seen across Caracas after the U.S. launched large-scale attacks on Venezuela and captured its leader and his wife.
AFP via Getty Images

Americans woke up on Jan. 3, 2025, to blaring headlines: “US CAPTURES MADURO, TRUMP SAYS,” declared The New York Times, using all capital letters. The U.S. had mounted an overnight military raid in Venezuela that immediately raised questions of procedure and legality. Prime among them was what role Congress had – or should have had – in the operation.

Politics editor Naomi Schalit interviewed political scientist Sarah Burns, author of the book “The Politics of War Powers” and an expert at Rochester Institute of Technology on the historical struggle between Congress and U.S. presidents over who has the power to authorize military action.

Is this a war?

I wouldn’t call it a war. This is regime change, and whether or not it has a positive impact on the United States, whether or not it has a positive impact on Venezuela, I think the likelihood is very low for both of those things being true.

How does Congress see its role in terms of military action initiated by the United States?

Congress has been, in my view, incredibly supine. But that’s not just my word. Having said that, it is true that Congress – in the House, predominantly – tried to pass a war powers act recently, saying that President Donald Trump was not allowed to do any action against Venezuela, and that failed on very close votes.

So you see some effort on the part of Congress to assert itself in the realm of war. But it failed predominantly on party lines, with Democrats saying we really don’t want to go into Venezuela. We really don’t want to have this action. Republicans predominantly were supporting the president and whatever it happens to be that he would like to do. Moderate Republicans and Republicans who are in less safe districts were and are more likely to at least stand up a little bit to the president, but there’s a very small number of them.

The Congress building in mid-December
Congress has been largely absent as President Donald Trump has escalated his verbal and military attacks on Venezuela.
AP Photo/J. Scott Applewhite

So there may be an institutional role for Congress, a constitutional role, a role that has been confirmed by legal opinion, but politics takes over in Congress when it comes to asserting its power in this realm?

That’s a perfect way of putting it. They have a legal, constitutional, one might even say moral, responsibility to assert themselves as a branch, right? This is from Federalist 51 where James Madison says “Ambition must be made to counteract ambition.” So it should be that as a branch, they assert themselves against the president and say, “We have a role here.”

In the 1940s, presidential scholar Edward Corwin said that in the realm of foreign policy, it is an invitation for Congress and the president to struggle. So it should be that Congress and the president are struggling against each other to assert, “I’m in charge.” “No, I’m in charge.” “No, I’m in charge,” in an effort to create a balance between the two branches and between the two things that each of the branches does well. What you want from Congress is slow deliberation and a variety of opinions. What you want from the president is energy and dispatch.

So certainly, if we have an attack like 9/11, you would want the president to be able to act quickly. And you know, conversely, in situations like the questions around what the U.S. is doing in Venezuela, you want slow deliberation because there is no emergency that requires energy and dispatch and speed. So the president shouldn’t be entirely in the driver’s seat here, and Congress should very much be trying very hard to restrain him.

What power does Congress have to restrain him?

They have to pass legislation. They aren’t particularly well suited right now to passing legislation, so effectively there is not a very clear way for them to restrain the president.

One of the things that members of Congress have attempted to do several times, with very little positive impact, is go to the courts and say, “Can you restrain the president?” And political scientist Jasmine Farrier has written that the courts have regularly said to members of Congress: “You have the power to stop the president, and you are ineffective at that. And so if you want to stop the president, you shouldn’t turn to us. You should work together to create legislation that would restrain the president.”

What would such legislation do? Cut off money for troops? Is it finger-wagging, or is it something really concrete?

There are a few different tiers. Joint resolutions are finger-wagging. They just say, “Bad, Mr. President, don’t do that.” But they have no effect in law.

The War Powers Resolution, first passed in 1973, is a legitimate way of trying to restrain the president. Congress intended to say to presidents, “You cannot start a war and continue a war without our authorization.” But what they said instead was “You could have a small war or a short war – of 60 to 90 days – without our authorization, and then you have to tell us about it.” That just sort of said to presidents the opposite of what they intended. So President Barack Obama took advantage of that with the military engagement in Libya, as well as Trump in his first administration.

This is not a partisan issue. It’s not Republican presidents who do it. It’s not Democratic presidents who do it. It’s every president since the War Powers Resolution was passed, and the only time that Congress has drawn down troops or drawn down money was the Vietnam War.

Other than that disastrous war, we have not seen Congress willing to put themselves on the politically negative side, which is taking money away from the troops. Because if you take away money right now, they’re going to be harmed.

a white man in a suit stands at a podium with the presidential seal, while several other men stand behind him
President Donald Trump and his national security team discuss the U.S. strikes on Venezuela at his Mar-a-Lago club in Palm Beach, Fla., on Jan. 3, 2026.
AP Photo/Alex Brandon)

What is the War Powers Resolution?

The War Powers Resolution from 1973, also known as the War Powers Act, was Congress – during the Vietnam War – saying definitively to President Richard Nixon, “You have overstepped your bounds.” They had explicitly said in law, you cannot go into Cambodia. And Nixon went into Cambodia.

So that was their way of trying to reassert themselves very aggressively; as I mentioned before, it didn’t work effectively. It worked insofar as presidents don’t unilaterally start wars that are large scale, the way that World War II was large scale. But they do have these smaller actions at varying levels.

Then we get to 9/11 and we see the 2001 authorization for the use of military force, and the 2002 authorization for the use of military force. The 2001 law authorized going after anyone in al-Qaida and associated with 9/11. The 2002 authorization was directly related to Iraq, saying “There is a problem with Iraq, we have to do something.” Both of them were extremely vague and broad, and that’s why we’ve seen four presidents, including Trump, using the 2001 and 2002 authorizations to carry out all sorts of operations that had very little to do with Saddam Hussein or al-Qaida.

In 2021, senators Mike Lee, Bernie Sanders and Chris Murphy collectively got together and tried to create a national security document that would restrain presidential unilateralism. It was a good effort on the part of members of Congress from a variety of different ideological views to attempt to restrain the president. It did not even sort-of pass – it barely got out on the floor.

Since that time, we haven’t seen a lot of efforts from members of Congress. They haven’t really reasserted themselves since the war in Korea, which began in 1950. It’s very clear that ambition is no longer checking ambition the way that it was meant to by the founders.

When you woke up this morning and saw the news, what was your first thought?

Here we go again. This is not a Republican or a Democratic issue. Lots of presidents have made this error, which is that they think if you do this smaller-scale action, you are going to get a positive result for the nation, for the region, for international stability. And very rarely is that the case.

The Conversation

Sarah Burns does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organization that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. I wrote a book on the politics of war powers, and Trump’s attack on Venezuela reflects Congress surrendering its decision-making powers – https://theconversation.com/i-wrote-a-book-on-the-politics-of-war-powers-and-trumps-attack-on-venezuela-reflects-congress-surrendering-its-decision-making-powers-272668

El nuevo orden mundial trumpista comienza a tomar forma en Venezuela

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Luis Manfredi, Prince of Asturias Distinguished Professor @Georgetown, Universidad de Castilla-La Mancha

En el reverso del billete de dólar, la frase Novus Ordo Seclorum (nuevo orden secular) anticipa la clave de la nueva doctrina de seguridad estadounidense. El ataque contra Venezuela y la incierta captura del presidente Nicolás Maduro confirman el final del orden liberal, si es que alguna vez existió, y el desanclaje de los Estados Unidos de Trump del orden internacional basado en las normas.

El amanecer del nuevo orden internacional se construye hoy sobre el uso de la fuerza, el revisionismo y la seguridad en el continente. Apunto cinco consecuencias de la intervención militar, cinco dimensiones de análisis del nuevo orden.

1. Un poder presidencial expansivo

El ataque corona la nueva doctrina de un presidente imperial, que ejecuta órdenes sin esperar la aprobación del Congreso, la validación jurídica o la opinión de los medios. El double-check se diluye por el expansionismo del poder presidencial. La segunda administración Trump entiende el nuevo orden bajo una óptica de seguridad: una nación en guerra contra el narco (o las migraciones) y amenazada por las nuevas potencias, eufemismo de China, que no respeta los procedimientos ni los tiempos.

Trump se autoidentifica con presidentes estadounidenses históricos y fundacionales: George Washington (1789), Abraham Lincoln (1861) y Franklin Delano Roosevelt (1940). Los tres fueron presidentes carismáticos y el 250 aniversario de la república cuadra con esta narrativa cesarista.

La erosión del sistema político y jurídico es un hecho. El presidente ha aprobado un paquete extenso y variado de normas que abonan las ideas de poder de emergencia, estado de crisis permanente y ahogo de la oposición y el sistema judicial. El ataque a Venezuela es otro hito más en la reconfiguración de las relaciones de la presidencia con los brazos legislativo y judicial del poder, en línea con la tradición hamiltoniana de un poder ejecutivo fuerte y unificador.

2. ¿América para los estadounidenses?

En la esfera internacional, el ataque a Venezuela avanza un modo diplomático basado en la defensa del interés nacional en el hemisferio. Ha vuelto con fuerza la concepción de “América para los americanos(estadounidenses)”: Panamá, México o Canadá empujados a plegarse al mandato trumpista. Y EE. UU. reclamando la soberanía sobre Groenlandia.

En la región, mientras que Brasil y Colombia lideran la oposición regional, el nuevo Chile de Kast y la Argentina de Milei son aliados ideológicos. En el continente se anuncia un viraje hacia las derechas nacionalistas, identitarias y contrarias a la migración.

En Caracas, si la transición se alinea con estos valores, desaparecerá cualquier esperanza de unidad nacional y transición pacífica hacia una democracia plena.




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3. Dominar los recursos

El petróleo. Otra vez, pero por distintas causas. Las infraestructuras, los puertos o los minerales reflejan el cambio de la globalización hacia la geoeconomía. Estados Unidos quiere proyectar su poder en los mercados y la regulación de la energía.

El control del petróleo venezolano, más que suministrar recursos al mercado doméstico, tiene como objetivo imponer precios y dominar la oferta. Los nuevos Estados Unidos alinean soberanía energética, desarrollo tecnológico, comercio y seguridad.

El modelo de Pax Silica, la alianza internacional firmada a finales de 2025 y liderada por Estados Unidos para asegurar las cadenas de suministro de tecnologías críticas como los semiconductores y la IA, inaugura la era de la diplomacia transaccional, chips a cambio de minerales. A la nueva Venezuela, utilizar sus reservas de hidrocarburos le permitirá participar en el nuevo juego de poder.

4. Reacomodo geopolítico

La mirada estadounidense sobre los territorios alimenta una política exterior soberanista y revisionista como la de China, Israel o Rusia. Se impone el nomos schmittiano, propuesto a mediados del siglo pasado por el filósofo alemán Carl Schmitt y basado en la distinción país amigo-país enemigo y no en el pensamiento liberal, en el que prevalecen la cooperación, el derecho internacional, la democracia y el libre mercado.

Así, aparecen zonas de influencia, se reparten los recursos y se equilibran los bloques de poder. Sin oposición, China dominaría el escenario en el Sudeste asiático; Rusia enfriaría la guerra para ocupar el 20 % de Ucrania y controlar los recursos materiales y la energía; e Israel rediseñaría Oriente Medio y, más pronto que tarde, llegaría a acuerdos comerciales con los países vecinos.

5. Europa, democracia y Hobbes

Los valores democráticos, el Estado de derecho o el libre comercio se desvanecen. Sin capacidad efectiva, la Unión Europea sufre en este escenario. Como antes en Gaza, el proyecto europeo tiene un fuerte desacuerdo ideológico con las grandes potencias, pero no consigue hacerse respetar. El efecto de la intervención militar recupera a los hobbesianos y su realismo político, por el que se cede la libertad a un soberano absoluto a cambio de paz y seguridad. En el orden trumpista es la autoridad presidencial, no la verdad, la ley o los valores democráticos, la que hace la ley.

¿Qué dirán las urnas?

Una nota final en clave interna estadounidense. 2026 es año electoral. Desde marzo a noviembre, habrá 39 elecciones a gobernador y renovación de las cámaras. El trumpismo debate en Venezuela su modelo sucesorio. El capitaneado por J. D. Vance no quiere problemas en el exterior y quiere renovar el modelo económico industrial, mientras que el secretario de Estado Marco Rubio apuesta por la recomposición del orden internacional con unos EE. UU. fuertes y dominadores. El resultado de la operación venezolana puede ayudar a decantar la balanza y definir al favorito para suceder a Trump en las presidenciales de 2028.

En síntesis, el ataque a Venezuela no es solo una intervención en la región: también representa el cambio de era en el que vivimos. La narrativa trumpista, antes dislocada en lemas y eslóganes vacíos, parece haber encontrado el primer paso de su estrategia. Atrás quedan el poder blando, las relaciones transatlánticas o la zona de paz de la comunidad iberoamericana. Comienza el nuevo orden.

The Conversation

Juan Luis Manfredi no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El nuevo orden mundial trumpista comienza a tomar forma en Venezuela – https://theconversation.com/el-nuevo-orden-mundial-trumpista-comienza-a-tomar-forma-en-venezuela-272663

Un score pour noter les produits ménagers en fonction de leur impact sur la santé et l’environnement

Source: The Conversation – France in French (3) – By Pauline Guillou, Chargée de projet scientifique, Agence nationale de sécurité sanitaire de l’alimentation, de l’environnement et du travail (Anses)

À la maison, les nettoyants en tout genre nous exposent à des substances potentiellement toxiques. Dans la lignée notamment du Nutri-Score -cette échelle qui évalue les aliments en fonction de leur valeur nutritionnelle-, l’Agence nationale de sécurité sanitaire (Anses), propose de noter les produits ménagers en fonction des dangers qu’ils font courir sur la santé humaine et sur l’environnement et de l’afficher sur les emballages. Les ministères concernés doivent désormais se prononcer sur la mise en place d’un tel score, la méthode à retenir et le type d’affichage à apposer.


Les produits ménagers que nous utilisons au quotidien peuvent contenir des substances toxiques pour la santé et l’environnement. Les consommateurs sont d’ailleurs en demande d’informations toujours plus précises sur les impacts des produits qui les entourent, afin d’acheter en toute conscience les produits les moins toxiques.

Pour autant, l’ensemble des substances qui entrent dans la composition de ces produits n’est pas systématiquement affiché sur les emballages. Les obligations en matière d’étiquetage varient en fonction des types de produits et de leurs usages.

(Les emballages des détergents – c’est-à-dire les produits chimiques destinés au lavage et au nettoyage des surfaces, du linge, de la vaisselle, etc.- doivent par exemple indiquer les substances parfumantes et les agents conservateurs qu’ils contiennent, conformément à la réglementation, ndlr).

Enfin, les informations sur les étiquettes sont souvent peu compréhensibles pour les consommateurs. Comment savoir alors quels produits acheter pour limiter les effets nocifs sur sa santé ou l’environnement ?

L’exemple du Nutri-Score appliqué aux produits ménagers

De nombreux scores relatifs aux propriétés de nos produits du quotidien ont vu le jour ces dernières années, le plus connu d’entre eux étant probablement le Nutri-Score, le système d’étiquetage nutritionnel développé pour faciliter la compréhension des informations nutritionnelles par les consommateurs et ainsi les aider à faire des choix éclairés.

Dans ce contexte, un des objectifs du Plan national santé environnement (PNSE 4) était de renforcer la lisibilité de l’étiquetage des produits ménagers, afin de mieux informer les consommateurs de leurs dangers sur la santé et l’environnement.

L’Agence nationale de sécurité sanitaire de l’alimentation, de l’environnement et du travail (Anses) a donc proposé un référentiel d’étiquetage pour les produits ménagers afin de guider les consommateurs dans leur acte d’achat.

Différents types de produits ont été considérés dans ces travaux : ceux destinés à l’entretien du linge, des surfaces, des sanitaires et de la vaisselle, ainsi que les insecticides, les répulsifs, les rodenticides (produits biocides utilisés contre les souris, les rats et autres rongeurs, ndlr) et les désodorisants d’atmosphère.

Molécules cancérogènes, reprotoxiques, persistantes dans l’environnement et autres substances nocives

Deux méthodes différentes ont été élaborées afin de catégoriser ces produits selon leur niveau de danger pour la santé et l’environnement. À l’instar du Nutri-Score, un objectif était l’élaboration d’un score facilement calculable par les acteurs industriels afin de leur permettre une meilleure appropriation de l’outil et les encourager à améliorer la composition de leurs produits.

La première méthode se fonde principalement sur les dangers sanitaires et environnementaux de l’ensemble des substances entrant dans la composition des produits. La seconde sur la classification des produits eux-mêmes, selon le règlement européen relatif à la classification, à l’étiquetage et à l’emballage (CLP).

Ces méthodes s’appuient principalement sur des bases de données d’organismes reconnus, par exemple les classifications établies dans le cadre du règlement européen CLP ou la classification du Centre international de recherche sur le cancer (Circ).

L’accent a été mis sur la présence de substances ayant des propriétés particulièrement préoccupantes : cancérogènes, mutagènes, reprotoxiques (CMR), allergisantes respiratoires, perturbation endocrinienne (PE), persistantes, bioaccumulables, mobiles et toxiques. Parmi les molécules qui peuvent être citées, on peut nommer le butylhydroxytoluène (BHT), potentiel perturbateur endocrinien, la famille des salicylates, susceptibles d’effets sur la reproduction ou certains détergents à base d’enzymes qui sont des allergisants respiratoires.

Il est important de savoir que les substances classées comme cancérogènes, mutagènes, reprotoxiques (CMR) selon le règlement européen relatif à la classification, à l’étiquetage et à l’emballage (CLP) sont interdites dans les produits ménagers. Cependant, cette interdiction ne s’applique qu’au-delà d’une certaine concentration, ce qui signifie qu’il est donc malgré tout possible de les retrouver en faible quantité dans ces produits.

Sprays, « effet cocktail »… ces usages et compositions qui augmentent le danger

En plus de ces critères de danger, l’Anses propose de tenir compte dans le calcul du score d’autres critères en lien avec le mode d’utilisation et la composition du produit. Par exemple, un produit sous forme de spray, ou qui génère des aérosols, expose davantage son utilisateur qu’un produit sous forme de gel. En effet, du fait de la mise en suspension de particules dans l’air intérieur, ces produits peuvent exposer l’utilisateur par voies respiratoire, cutanée ou oculaire et sont incriminés dans la survenue de pathologies respiratoires notamment l’asthme chez les jeunes enfants.

La présence d’un grand nombre de substances dans un produit peut également constituer un risque supplémentaire puisqu’il augmente la probabilité d’un « effet cocktail » dû à l’interaction des substances. En effet, l’augmentation du nombre de substances accroît la probabilité d’interactions entre celles-ci, et donc l’apparition de nouveaux dangers au-delà même de ceux relevant des substances présentes dans la composition considérée individuellement.

Ceci est également vrai lorsque le produit contient des mélanges inclus, c’est-à-dire préfabriqués. Les responsables de la mise sur le marché du produit final ne connaissent pas nécessairement la composition exhaustive de ces mélanges.

Enfin, la présence de substances considérées comme d’intérêt limité pour l’efficacité du produit, comme les parfums ou les colorants, peut également augmenter la toxicité de certains produits.

Deux scores – environnement et santé – pour des notes de « A » à « E »

À partir de ces différents critères, chaque méthode propose donc le calcul d’un score de « A » à « E » permettant de catégoriser les produits selon leur niveau de danger. Le score « E » correspond au plus haut niveau de préoccupation. Le score « A », associé au plus faible niveau de préoccupation, ne correspond pas pour autant à une absence de danger. Un produit de score « A » se révélera toujours une meilleure option pour le consommateur qu’un produit moins bien classé présentant un danger plus important.

Pour une information claire du consommateur, l’Anses a recommandé que chaque méthode conserve deux scores distincts pour chaque produit, l’un reflétant son impact sur la santé humaine et l’autre celui sur l’environnement. Le choix de maintenir deux scores distincts permet de rendre l’information au consommateur plus transparente. De plus, le choix de ne pas « moyenner » ces deux scores évite une possible compensation, par exemple d’un score défavorable pour la santé par un score favorable pour l’environnement.

Ces méthodes pourront également permettre aux fabricants d’améliorer la composition de leurs produits ménagers. Plusieurs leviers peuvent être envisagés tels que : limiter voire supprimer les substances les plus préoccupantes, diminuer le nombre de substances dans le produit ou encore retirer les substances considérées comme d’intérêt limité.

Une première phase de test sur un panel de produits

L’Agence a testé ces méthodes sur un panel de produits, sélectionnés afin de présenter des caractéristiques différentes les unes des autres : formes (poudres, liquides, sprays…), fonction (désodorisant d’ambiance, nettoyant spécifique ou multi-usage), etc.

Les deux méthodes présentent entre elles des résultats très comparables. Environ 80 % des produits obtiennent un score « E » pour le volet sanitaire contre 15 % pour le volet environnement.

Cette forte disparité entre le volet sanitaire et le volet environnement est frappante mais a une explication : il y a encore trop peu d’évaluations des effets des substances sur l’environnement, jugés moins prioritaires par rapport aux effets sur la santé humaine. Ainsi, de nombreuses substances ne sont pas présentes dans les sources de données consultées, faute d’avoir été évaluées.

À quand un score sur les produits ménagers vendus en magasins ?

Pour rester pertinentes, les méthodes devront évoluer avec les connaissances scientifiques et ainsi améliorer la connaissance du danger réel des produits. Au même titre que les données écotoxicologiques doivent être renforcées, d’autres paramètres pourraient être inclus dans ces méthodes si les sources de données le permettent, par exemple la présence de substances à l’état de nanoparticules ou ayant d’autres effets sur la santé (par exemple une neurotoxicité, c’est-à-dire une toxicité qui affecte le système nerveux).

Les ministères doivent désormais se prononcer sur la mise en place d’un tel score, la méthode à retenir et le type d’affichage à apposer.

En attendant de voir de tels scores sur les étiquettes de nos produits, quelques conseils peuvent d’ores et déjà être suivis par les consommateurs.

Comment limiter son exposition aux substances potentiellement toxiques des produits ménagers

  • Adoptez une attitude raisonnée. Par exemple, l’utilisation d’un désinfectant pour nettoyer une surface n’est pas toujours nécessaire, un détergent peut être suffisant;
  • Lisez bien les étiquettes des produits et respectez les conditions d’emploi: quantités à appliquer, dilution nécessaire, port de gants ou de lunettes, rinçage, etc. qui limiteront l’impact possible sur votre santé mais aussi sur l’environnement;.
  • Favorisez des produits sans parfums et sans colorants: cela garantit un nombre de composants plus réduit dans le produit et, notamment, moins de substances irritantes ou allergisantes;
  • Évitez le recours aux produits ménagers sous forme de sprays ou générateurs d’aérosols;
  • Aérez votre logement après nettoyage ou après utilisation d’un désodorisant d’intérieur, afin de disperser les substances émises par les produits appliqués;
  • Ne mélangez jamais plusieurs produits et ne déconditionnez jamais de produit dans un emballage alimentaire;
  • Enfin, gardez toujours tous ces produits hors de portée des enfants.

Cet article s’appuie sur un rapport d’expertise de l’Anses publié en 2025 auquel ont contribué des agents de l’Anses et les experts suivants : Luc Belzunces (INRAE), Alain Aymard (retraité DGCCRF), Nathalie Bonvallot (EHESP), George De Sousa (INRAE), Guillaume Karr (INERIS), Jean-Pierre Lepoittevin (Université de Strasbourg), Christophe Minier (Université Le Havre), Mélanie Nicolas (CSTB), Emmanuel Puskarczyk (CAP Nancy).

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

ref. Un score pour noter les produits ménagers en fonction de leur impact sur la santé et l’environnement – https://theconversation.com/un-score-pour-noter-les-produits-menagers-en-fonction-de-leur-impact-sur-la-sante-et-lenvironnement-271650

Erasmus + et le retour du Royaume-Uni : choix politique ou décision pragmatique ?

Source: The Conversation – in French – By Alessia Lefébure, Sociologue, membre de l’UMR Arènes (CNRS, EHESP), École des hautes études en santé publique (EHESP)

Cinq ans après avoir quitté Erasmus +, le Royaume-Uni s’apprête à réintégrer le programme d’échanges européen, à l’horizon 2027. Au-delà du signal politique, cette décision résulte de réajustements pragmatiques qui éclairent les conditions de possibilité de coopérations universitaires stable à l’échelle internationale.


Depuis sa création en 1987, le programme d’échanges Erasmus s’est imposé comme l’un des piliers de la mobilité étudiante européenne. Plus de 16 millions de personnes – étudiants, apprentis, enseignants et personnels – ont effectué un séjour dans un autre pays européen, contribuant à structurer des coopérations durables entre universités.

Annoncée en décembre 2025, la réintégration par le Royaume-Uni d’Erasmus + à l’horizon 2027 « ne mettra pas fin au repli nationaliste – mais il constitue un pas dans la bonne direction », écrivait récemment dans The Guardian Julian Baggini, philosophe et chroniqueur.

Dans la presse européenne, ce retour a été lu comme un signal politique, modeste mais lisible, dans une relation entre le Royaume-Uni et l’Union européenne encore marquée par les séquelles du Brexit. Mais au-delà de cette lecture symbolique, il faut replacer la décision dans une séquence plus longue de choix éducatifs et institutionnels.

Quitter Eramus +, une décision coûteuse pour les universités britanniques ?

Après la sortie effective du Royaume-Uni de l’Union européenne, le retrait d’Erasmus+ en 2021 avait été perçu par la presse britannique et internationale comme une rupture nette dans les échanges éducatifs et culturels. Le gouvernement britannique avait alors justifié cette décision par une lecture principalement économique du programme, fondée sur une évaluation du rapport coûts-bénéfices, le Royaume-Uni étant présenté comme contributeur net à Erasmus+, c’est-à-dire recevant plus d’étudiants qu’il n’en envoie.




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Pour compenser cette rupture, le gouvernement britannique a lancé le Turing Scheme. Doté d’environ £100 millions par an à son lancement, réduits à £78 millions pour 2025-2026, le programme finance la mobilité sortante d’environ 40 000 étudiants par an, un chiffre fréquemment invoqué pour attester du maintien de l’internationalisation des parcours.

Alors que la mobilité sortante a été globalement maintenue, la mobilité entrante en provenance de l’Union européenne s’est considérablement contractée. Rappelons qu’avant le Brexit, le Royaume-Uni figurait parmi les destinations les plus attractives d’Eramus, accueillant environ 22 000 étudiants du programme par an et en envoyant près de 16 400 vers d’autres pays européens. Selon l’Oxford Migration Observatory, la part des étudiants européens parmi les nouveaux inscrits internationaux est passée de 27 % en 2016-2017 à 7 % en 2023-2024.

Cette baisse n’a pas été compensée par l’augmentation des étudiants hors Union européenne, plus volatile et moins compatible avec l’exigence de planification académique de long terme (ouverture de diplômes conjoints, développement de collaborations scientifiques internationales, anticipation des recrutements enseignants dans la durée…).

Un rapport de 2024 souligne que ces évolutions se sont ajoutées à un contexte économique déjà dégradé – inflation des coûts, stagnation des frais d’inscription nationaux, dépendance accrue aux recettes internationales – accentuant les tensions structurelles pesant sur les universités britanniques. Si la baisse du nombre d’étudiants européens n’a pas affecté directement les recettes de frais d’inscription, elle a en revanche fragilisé l’accès à des financements européens pluriannuels, récurrents et prévisibles, contribuant à la mise sous tension des universités.

Les cadres multilatéraux, facteurs de stabilité pour la coopération universitaire

Le retour dans Erasmus+ répond à un décalage désormais manifeste entre les instruments mis en place depuis 2021 et leurs effets. Le maintien de la mobilité sortante n’a pas empêché l’affaiblissement des échanges avec les universités européennes. Et la hausse des étudiants hors UE – passés de 23 % à 38 % des entrants en 4 ans – repose sur des flux plus incertains, tributaires des politiques de visa et des capacités de financement individuelles.

Dans ce contexte, le retour à Erasmus+ apparaît moins comme un symbole politique que comme une réponse fonctionnelle à des déséquilibres désormais identifiés : réintroduire des échanges stabilisés là où les dispositifs unilatéraux ont montré leurs limites. Il contribue également à rétablir la perspective de la participation britannique aux coopérations universitaires européennes de long terme, notamment aux alliances universitaires européennes lancées par la Commission européenne en 2019.

Le Royaume-Uni va réintégrer Erasmus en 2027 (Euronews, décembre 2025).

Ce déplacement du cadrage politique est perceptible dans la presse britannique, qui souligne que la valeur d’Erasmus ne se réduit pas à un solde financier, mais tient à la circulation des savoirs, aux compétences acquises et au maintien de liens durables avec l’espace universitaire européen.

Dans une perspective comparative, le cas britannique n’est pas isolé. Aux États-Unis, la mobilité étudiante internationale est elle aussi liée à la politique d’immigration, rendant l’internationalisation universitaire vulnérable aux cycles politiques. Les données de l’Institute of International Education (IIE) montrent que les flux d’étudiants internationaux ont significativement varié au gré des restrictions et assouplissements de visas, renforçant l’intérêt de cadres multilatéraux plus stables.

Réintégrer Erasmus +, une décision pragmatique

Enfin, les évaluations européennes rappellent que la mobilité étudiante repose moins sur le seul niveau des financements que sur l’existence de cadres juridiques communs, de procédures bien établies et de partenariats durables. Lorsque ces cadres sont interrompus, les coopérations se délitent rapidement et se reconstituent lentement.

Dans un contexte de tensions économiques et d’incertitudes prolongées pour l’enseignement supérieur, le retour du Royaume-Uni dans Erasmus+ relève moins d’un choix idéologique que d’un réajustement pragmatique. Il ne résout ni les inégalités d’accès à la mobilité ni les fragilités financières d’un secteur déjà éprouvé. Mais il réintroduit des éléments essentiels au fonctionnement des universités : des règles communes, des procédures partagées et une prévisibilité minimale, sans lesquelles la gestion académique et budgétaire devient fragile.

Au-delà du cas britannique, cet épisode rappelle une évidence souvent négligée. Plus l’enseignement supérieur est exposé aux décisions politiques nationales, y compris lorsqu’elles touchent aux conditions d’exercice de l’autonomie académique, moins les cadres multilatéraux apparaissent comme des contraintes. Ils deviennent, au contraire, des conditions de possibilité.




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Erasmus+ n’est ni une solution universelle ni un héritage à préserver par nostalgie ; son retour indique simplement le prix à payer lorsque des systèmes universitaires ouverts rompent avec les règles et la confiance qui rendent la coopération possible.

The Conversation

Alessia Lefébure ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Erasmus + et le retour du Royaume-Uni : choix politique ou décision pragmatique ? – https://theconversation.com/erasmus-et-le-retour-du-royaume-uni-choix-politique-ou-decision-pragmatique-272515

En France, presque tout le monde est fonctionnaire sans le savoir

Source: The Conversation – in French – By Jérôme Baray, Professeur des universités en sciences de gestion, Le Mans Université

Les professionnels de santé, y compris les professions libérales, sont prestataires d’un service public puisqu’ils fournissent une mission reconnue comme d’intérêt général, financée et régulée par l’État. DBrownPhotos/Shutterstock

Une grande partie des activités économiques dépendent de financements publics en France. La frontière entre public et privé s’efface. 25 et 30 millions de personnes ont un revenu qui dépend directement de l’État. Alors, les Français et Françaises seraient-ils tous fonctionnaires ?


On continue volontiers d’opposer les fonctionnaires, censés vivre de l’impôt, et les salariés du privé, qui relèveraient de l’économie réelle.

Pourtant, si l’on parle non plus des statuts, mais des flux d’argent public, le paysage change nettement. Une proportion importante des revenus considérés comme privés dépend en réalité de décisions publiques : remboursements d’assurance maladie, aides agricoles, marchés publics, subventions culturelles, crédits d’impôt, garanties accordées au secteur financier, contrats financés par l’État ou par les collectivités.

Selon définition classique retenue par les administrations, 30,9 millions d’actifs travaillent pour le privé.

La fonction publique, au sens strict, rassemble environ 5,8 millions d’agents en 2023, soit près d’un emploi sur cinq. Si l’on ajoute les salariés du monde associatif, les professions libérales de santé, certains salariés du bâtiment et des travaux publics (BTP), les agriculteurs financés par la Politique agricole commune (PAC), les secteurs régulés comme l’énergie ou encore les services financiers adossés à la dette publique, on arrive rapidement à plusieurs dizaines de millions de personnes dont les revenus dépendent, directement ou plus indirectement, de financements publics.

L’objectif ici n’est pas d’être exhaustif. Presque tous les secteurs, à des degrés divers, s’appuient sur des mécanismes publics. Mais certains offrent des exemples particulièrement documentés. Cet article se concentre sur quelques cas emblématiques.

Secteurs dépendants de l’État

Il est utile de visualiser l’ensemble du paysage économique français à travers un tableau synthétique. Celui-ci montre comment se répartissent, secteur par secteur, les personnes vivant (directement ou indirectement) de fonds publics – et celles dont l’activité relève réellement d’un marché privé pur.

Nous avons utilisé les données de l’Insee – Fonction publique et emploi, l’Insee – Population active, l’INJEP – Emploi associatif, du ministère de la Culture – Chiffres clés culture, de la direction de l’Animation de la recherche, des Études et des Statistiques (DARES) – Chômage indemnisé, de France Travail, du ministère de l’Économie – Commande publique, MSA, du ministère de l’Agriculture et de la PAC, de la Fédération bancaire française, de France Assureurs, de l’UNÉDIC – Assurance chômage, de la Direction de la recherche, des études, de l’évaluation et des statistiques (DREES) – Retraites et France Digitale.

Le tableau ci-dessus n’inclut pas les 6 à 7 millions d’adultes inactifs non répertoriés dans ces catégories (personnes vivant du revenu du ménage, du patrimoine, ou en inactivité hors dispositifs sociaux). Cela explique l’écart avec la population adulte totale.

L’État structure le marché privé

L’idée d’un secteur autonome, évoluant hors de l’État, ne résiste pas longtemps à l’analyse. Dans de nombreux métiers, les revenus dépendent de tarifs publics, de mécanismes de remboursement, de subventions, de régulations ou encore de commandes publiques.

Plusieurs travaux d’économie publique de Mariana Mazzucato, de Michel Aglietta ou encore de Pierre-Noël Giraud ont montré combien les États structurent les marchés, souvent davantage qu’on ne le reconnaît dans le débat public.

Cette question de l’imbrication entre décisions publiques et activités privées traverse également mes propres travaux sur la figure de l’entrepreneur, qu’il s’agisse d’analyser comment les politiques publiques structurent les comportements de marché ou d’examiner l’effet des cadres réglementaires sur l’allocation des ressources.

L’État, premier client du pays

Une façon d’être dépendant de l’État, c’est tout simplement la commande publique. Autrement dit, tous les contrats payés par l’État, les mairies, les départements, les hôpitaux, les boîtes publiques comme la SNCF ou la RATP, et même par l’Union européenne.

Selon les données officielles du ministère de l’Économie, ces marchés pèsent presque 8 % du PIB. Ce poids est significatif à l’échelle de l’économie nationale. Concrètement, les marchés publics pèsent 80 milliards d’euros par an, les concessions, comme celle des autoroutes, représentent 120 milliards d’euros par an.

Historiquement, cette dépendance s’explique par le rôle central de l’État, depuis les années 1960, dans le financement et la planification des grands équipements collectifs comme les autoroutes, les chemins de fer, les hôpitaux ou les infrastructures énergétiques.

Ces projets nécessitent des investissements lourds et peu compatibles avec un financement purement privé. Dans les travaux publics, la dépendance à la commande publique est bien documentée. Selon la Fédération nationale des Travaux publics, les maîtres d’ouvrage privés ne représentent qu’un peu plus de 14 milliards d’euros, soit environ un tiers du chiffre d’affaires du secteur. Le reste provenant principalement de clients publics.

Les professionnels de santé, prestataires de service public

Plusieurs professions libérales exercent dans des cadres où l’État intervient fortement : tarifs, remboursements, implantation… Le cœur de leur activité est façonné par des décisions publiques. Ces professionnels sont prestataires d’un service public puisqu’ils fournissent une mission reconnue comme d’intérêt général, financée et régulée par l’État.

C’est particulièrement visible dans le domaine de la santé. Les médecins, infirmiers, masseurs-kinésithérapeutes ou pharmaciens, tirent l’essentiel de leurs revenus de l’assurance maladie obligatoire. Les tarifs sont fixés ou négociés au niveau national et les revalorisations dépendent de décisions gouvernementales.

Certaines rémunérations supplémentaires sont liées à des objectifs de santé publique. Par exemple, le dispositif Rémunération sur objectifs de santé publique (ROSP) valorise la prévention, le suivi des pathologies chroniques ou la vaccination.

La justice, une mission de service public

Les acteurs de justice, comme les notaires, les huissiers, les avocats ou les greffiers, travaillent eux aussi dans un cadre largement défini par la puissance publique.

Les tarifs qu’ils appliquent sont fixés par arrêté ministériel. Par exemple, l’acte authentique des notaires leur donne un monopole prévu par la loi. L’installation n’est pas totalement libre non plus. L’État encadre l’ouverture des offices, après l’avis de l’Autorité de la concurrence, ce qui crée une forme de numerus clausus sans le nommer.




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Ces professions libérales exercent une mission de service public régulé, plutôt qu’un métier purement concurrentiel.

La start-up nation n’existe pas sans l’État

Même les start-up, qu’on présente souvent comme très indépendantes, bénéficient de nombreux dispositifs publics. Le crédit d’impôt recherche (CIR) réduit le coût des dépenses de recherche et développement (R&D). Il constitue l’un des leviers fiscaux les plus utilisés par les jeunes entreprises technologiques.

De son côté, Bpifrance intervient sous plusieurs formes, comme les garanties de prêts, les co-financements ou les avances remboursables. Elles permettent aux entreprises de lever des fonds ou d’amorcer leur activité dans des conditions qu’elles n’auraient pas obtenues seules.

Les programmes comme France 2030 ou les appels à projets sectoriels complètent cet ensemble, en orientant des financements vers des secteurs jugés stratégiques : petits réacteurs modulaires (SMR), hydrogène vert, véhicules électriques, etc.

Ces soutiens jouent un rôle stabilisateur évident.

Les exploitations agricoles subventionnées

Dans beaucoup d’exploitations agricoles, les aides publiques, qu’elles viennent de la politique agricole commune (PAC) ou de dispositifs nationaux, pèsent lourd dans l’équilibre économique. Les chiffres de l’Insee l’attestent : en 2021, les subventions d’exploitation représentaient en moyenne 38 % de l’excédent brut d’exploitation des fermes qui en bénéficient.

De 2010 à 2022, les aides directes ont couvert jusqu’à 74 % du revenu moyen des exploitations, toutes spécialités confondues.

Certaines filières, comme les grandes cultures ou l’élevage bovin, sont encore plus sensibles à ces soutiens. Sans cet argent, elles seraient dans une situation économique très fragile, comme le confirment plusieurs analyses de l’Insee. L’agriculture française avance donc, selon les années et les filières, quelque part entre marché et subvention, avec des équilibres qui ne reposent jamais entièrement sur les prix de vente.

La culture cofinancée par la puissance publique

D’après le ministère de la Culture, on parle d’environ 739 800 emplois dans le secteur. Une bonne partie de ces emplois existe grâce aux financements publics : théâtres, opéras, musées, festivals, institutions patrimoniales, écoles d’art, associations subventionnées, etc.

Par exemple, le cinéma français fonctionne en grande partie dans un cadre financé ou cofinancé par la puissance publique. Le Centre national du cinéma et de l’image animée (CNC) publie chaque année le montant des aides versées. En 2023, elles atteindraient 715 millions d’euros pour l’ensemble du secteur – production, distribution, exploitation. À cela s’ajoutent les crédits d’impôt cinéma, les financements des régions, et les obligations imposées aux diffuseurs (chaînes, plates-formes), devant consacrer une part de leur chiffre d’affaires à la création.

Dans les métiers du spectacle – un ensemble qui inclut le spectacle vivant mais aussi le cinéma et l’audiovisuel –, le mécanisme central est celui de l’intermittence. Il s’agit d’un régime d’assurance-chômage adapté aux artistes et techniciens qui alternent périodes d’emploi et de non-emploi. Ce système permet de lisser les revenus et, en pratique, mutualise le risque financier lié à l’irrégularité des projets artistiques – ce que rappelle régulièrement l’Unédic dans ses rapports.

La presse aidée

La presse écrite bénéficie elle aussi d’un ensemble d’aides publiques : subventions directes, TVA réduite à 2,1 %, et dispositifs spécifiques pour soutenir la diffusion. Depuis la loi Bichet de 1947, l’État veille à ce que la diffusion de la presse reste pluraliste et accessible sur tout le territoire. L’objectif est simple : éviter qu’un marché trop étroit ou trop concentré ne fragilise l’indépendance des titres. Les rapports publics consacrés aux aides à la presse rappellent régulièrement ce rôle structurant.

Selon le ministère de la Culture, ces aides à la presse représentent 21,4 % du chiffre d’affaires du secteur en 2021. Les rapports publics sur ces aides soulignent que, sans ce soutien, la situation financière de ces journaux serait encore plus dégradée, avec un risque accru de disparition de certains titres.

25 millions de Français et Françaises ont un revenu dépendant de l’État

Si on regarde uniquement les actifs et qu’on additionne tous les métiers qui dépendent peu ou beaucoup de décisions publiques – fonctionnaires, professions conventionnées, agriculture aidée, secteurs régulés, marchés publics, culture subventionnée, associations, start-up soutenues –, 25 et 30 millions de personnes ont un revenu qui dépend directement de l’État, d’une façon ou d’une autre.

The Conversation

Jérôme Baray ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. En France, presque tout le monde est fonctionnaire sans le savoir – https://theconversation.com/en-france-presque-tout-le-monde-est-fonctionnaire-sans-le-savoir-270231

Requalifier ou réguler ? Les controverses du dialogue social des travailleurs des plates-formes

Source: The Conversation – in French – By Maxime Cornet, Post doctorant, CY Cergy Paris Université

Livreur travaillant pour une plateforme sortant du métro Châtelet, Paris (2021). Cynthia Srnec Cynthia Srnec, CC BY-NC-ND

Les travailleurs des plates-formes numériques sont réputés être des travailleurs indépendants. Dès lors, à quel dialogue social peuvent-ils prétendre, celui-ci étant l’apanage du salariat ? Pour dépasser la contradiction, le gouvernement français a créé un organisme adhoc, l’Arpe. Pour quels résultats ? La requalification en contrat de travail du contrat de prestation reste-t-elle un horizon au vu des résultats obtenus par la négociation ?


Trois ans après les Uber files, la requalification d’un livreur en salarié de Deliveroo et de 5 livreurs de Frichti a ravivé l’espoir des travailleurs dont leurs dossiers ont été déposés auprès du Conseil des prud’hommes dans Paris, Bordeaux, Lyon et Toulouse, au sein d’un secteur où le statut des travailleurs est toujours l’objet d’intenses débats.

Si les plates-formes numériques de livraison de repas – telles qu’Uber Eats ou Deliveroo – et de mise en relation avec des chauffeurs – comme Uber ou Bolt – ont profondément transformé le marché des services en France et à l’échelle mondiale, elles n’ont pas échappé à l’attention des instances de régulation du travail, des services et du transport.




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Après plusieurs années de luttes et de résistances de la part des travailleurs, des militants et d’élus, l’établissement d’une présomption de salariat par la directive européenne du 23 octobre 2024 devrait permettre de clarifier les incertitudes liées au statut des travailleurs et de renforcer leur protection. Entre-temps, plusieurs travailleurs ont poursuivi les entreprises en justice pour salariat déguisé.

Des indépendants avec des protections supplémentaires

Le gouvernement d’Emmanuel Macron avait en 2021 adopté une approche singulière en modifiant le droit du travail afin de maintenir le statut d’indépendant des livreurs et chauffeurs, tout en leur octroyant certains droits et protections supplémentaires. L’expérience française à travers la création de l’Autorité des Relations Sociales des Plateformes d’Emploi (Arpe) a illustré de fortes ambitions politiques, en instituant un espace de dialogue social entre des représentants élus des travailleurs et les associations représentatives des plates-formes.

Cette position s’est accompagnée d’un ensemble de polémiques. En premier lieu, l’organisation des premières élections des représentants des livreurs et VTC a été contestée par plusieurs syndicats et organisations collectives associatives et suscité un débat autour du faible taux de participation, en 2022 et 2024.

En deuxième lieu, cette mise en place d’une négociation entre les travailleurs indépendants en reproduisant les normes de la négociation collective classique a suscité des interrogations auprès des syndicats traditionnels qui ont pu y voir une promotion de ces nouvelles formes d’emploi, plus précaire, et en dehors du Code du travail.

Quelles procédures de désactivation ?

Malgré le débat, les rencontres entre acteurs ont permis, en deux ans, la signature de plusieurs accords sectoriels concernant notamment la rémunération des courses, la discrimination, ou encore les procédures de désactivation de comptes. Néanmoins, depuis les dernières élections en 2024, aucun nouvel accord n’a été signé, montrant la difficulté à négocier des accords porteurs de véritables droits sans évoluer dans le cadre protecteur du droit du travail classique.

De plus, le manque de données disponibles rend l’évaluation de l’efficacité des accords difficile, pour le régulateur comme pour les représentants des travailleurs. Dans le cadre du projet de recherche européen GDPoweR, nous avons examiné le potentiel des droits relatifs aux données personnelles (RGPD) comme levier pour renforcer le dialogue social et la protection des travailleurs de plates-formes.

Notre enquête de terrain a visé à évaluer la mise en œuvre et le respect des accords signés dans le cadre de l’ARPE, ainsi que leur portée effective. Nous avons mené des entretiens individuels et collectifs avec des syndicats, des travailleurs, des associations de travailleurs, des entreprises de plates-formes et des fonctionnaires publics. Nous avons également analysé les fichiers de données personnelles retraçant l’activité de 61 chauffeurs opérant sur Uber, 6 chauffeurs opérant sur Bolt, 4 livreurs opérant sur Uber Eat et 2 livreurs opérant sur Deliveroo. Les données collectées totalisent plus de 5 millions de courses pour les chauffeurs, et 17 000 courses pour les livreurs. Ces datas couvrent la période allant de 2016 à la fin de 2024, permettant d’évaluer l’effet des accords sur la rémunération des travailleurs.

Des engagements imprécis

Nos résultats montrent que les accords n’ont pas significativement amélioré les conditions de travail des travailleurs. Cette situation s’explique notamment par un manque de précision dans les engagements pris, ainsi que par les limites des ambitions politiques et des compromis économiques consentis par les plates-formes. D’ailleurs, des thèmes jugés cruciaux par les syndicats ne sont pas abordés dans les accords signés, comme la santé et la sécurité au travail, fortement dégradées – plus de la moitié des livreurs a souffert un accident de travail – ou le fonctionnement de l’algorithme.

Chez les VTCs, les accords signés instituent un minimum de rémunération d’un euro par kilomètre, de 7,65 euros par course (puis 9 euros à partir du 2 avril 2024), et de 30 euros par heure de conduite avec un client. Or les données montrent qu’en 2023 (soit un an avant l’entrée en vigueur des accords), pour Uber, le tarif moyen versé par course est de 18,51 euros, le tarif par kilomètre est en moyenne de 1,83 euros, et le tarif moyen par heure en course est de 52,8 euros.

Kombini 2024.

En réalité, les versements compensatoires liés à l’application des accords n’entrent en jeu que pour très peu de courses, et ne représentent que 0,10 % des revenus des chauffeurs. Chez les livreurs, on peut faire le même constat. Un accord fixe la rémunération minimale par heure en activité (entre l’acceptation de la commande et la livraison) à 11,75 euros à partir du 28 novembre 2023. Or, la rémunération moyenne de l’heure d’activité était pour les livreurs Uber Eats de 14,33 euros en 2022 (soit un an avant l’entrée en vigueur de l’accord). Comme pour les chauffeurs, la compensation liée à l’accord concerne un nombre très restreint de courses.

Stagnation des rémunérations

Si on observe l’évolution globale de la rémunération sur l’ensemble de la période, on note une stagnation, voire une diminution des revenus horaires moyens pour les chauffeurs comme pour les livreurs, malgré une légère augmentation du tarif par heure en course, due à l’augmentation significative du temps d’attente entre deux courses ou livraison.

Par ailleurs, les accords relatifs aux désactivations s’inspirent du droit disciplinaire en reprenant une gradation des différents types de « fautes ». Ces accords, signés dans les deux secteurs, consistent surtout en des lignes directrices, laissant une grande marge de manœuvre aux plates-formes pour établir la procédure de désactivation. Bien que l’Arpe ait été conçue pour améliorer les conditions de travail des livreurs et des chauffeurs VTC, il semble que les accords signés ne soient pas capables d’enrayer la dégradation des conditions de travail des travailleurs des plates-formes.

BFM Buiness 2021.

Certains représentants des travailleurs soupçonnent un usage politique de cette dernière, visant à éviter une régulation descendante plus contraignante portée par des partis politiques d’opposition. Malgré l’élection de représentants des travailleurs affiliés à des syndicats et les efforts déployés par l’ARPE, aucun acteur institutionnel (à l’image de l’inspection du travail pour les travailleurs salariés) ne dispose du pouvoir d’imposer une mise en œuvre équitable et cohérente des accords collectifs.

Une forte concurrence entre les plates-formes

En pratique, l’application de ces accords dépend largement de la volonté, de la capacité et de la réactivité des entreprises de plate-forme. Celles-ci, en forte concurrence entre-elles en France et dans le marché international, n’hésitent pas à proposer de bonus temporaires, de petits tarifs de manière unilatérale et sans concertation collective ou à tester une tarification encore plus basse.

Notre étude met ainsi en lumière les limites structurelles de la régulation du travail numérique par le biais d’une gouvernance souple qui ne reprend que partiellement le Code du travail, et démontre la nécessité d’une transposition forte de la directive européenne, pour assurer une meilleure protection aux travailleurs.

The Conversation

Maxime Cornet a reçu des financements de la DG Emploi de la Commission Européenne, dans le cadre du projet de recherche GDPOWER.

Cynthia Srnec a reçu des financements de la DG Emploi de la Commission européenne, dans le cadre du projet de recherche GDPoweR.

Pauline Moreau Avila a reçu des financements de la DG Emploi de la Commission européenne, dans le cadre du projet de recherche GDPoweR

ref. Requalifier ou réguler ? Les controverses du dialogue social des travailleurs des plates-formes – https://theconversation.com/requalifier-ou-reguler-les-controverses-du-dialogue-social-des-travailleurs-des-plates-formes-271327