Neuroanatomía de la resiliencia: qué ocurre en el cerebro cuando logramos sobreponernos a la adversidad

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María J. García-Rubio, Profesora de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Internacional de Valencia – Codirectora de la Cátedra VIU-NED de Neurociencia global y cambio social – Miembro del Grupo de Investigación Psicología y Calidad de vida (PsiCal), Universidad Internacional de Valencia

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Ante una pérdida inesperada, un conflicto familiar persistente o una etapa prolongada de incertidumbre, algunas personas logran adaptarse y recuperar el equilibrio emocional con relativa rapidez, mientras que otras quedan atrapadas durante meses o años en el malestar. Estas diferencias suelen atribuirse al carácter, a la fortaleza psicológica o a la capacidad individual para “afrontar” las dificultades.

Sin embargo, las investigaciones neurocientíficas de las últimas décadas sugieren que la resiliencia no es solo una cuestión de actitud: tiene una base biológica identificable en el cerebro y depende de cómo distintos sistemas neuronales regulan el estrés, la emoción y la adaptación a lo largo del tiempo.

No reside en un único lugar del cerebro

A diferencia de funciones relativamente localizadas, como el procesamiento visual o el lenguaje, la resiliencia no puede atribuirse a una sola estructura cerebral. Se trata de una propiedad emergente de una red de regiones interconectadas que participan en la regulación emocional, la toma de decisiones y la respuesta al estrés.

Entre las áreas más relevantes se encuentra la corteza prefrontal, especialmente sus regiones dorsolateral y ventromedial. Estas zonas permiten evaluar una situación adversa, inhibir respuestas impulsivas y reinterpretar cognitivamente los eventos negativos. Diversos estudios de neuroimagen muestran que las personas con mayor resiliencia presentan más capacidad de la corteza prefrontal para modular la actividad de estructuras subcorticales, algo decisivo en el mantenimiento del control emocional.




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Otra estructura clave es la amígdala, fundamental para detectar amenazas y generar respuestas de miedo. La resiliencia no implica una amígdala “apagada”, sino una bien regulada; es decir, capaz de activarse ante el peligro real, pero también de desactivarse cuando la amenaza ha pasado. Este equilibrio resulta esencial para evitar estados prolongados de ansiedad o hipervigilancia.

El hipocampo, por su parte, desempeña un papel central en la memoria y en la contextualización de las experiencias estresantes. Esta estructura ayuda a distinguir entre situaciones verdaderamente peligrosas y aquellas que solo evocan recuerdos de experiencias negativas previas. Además, es especialmente sensible al estrés crónico, lo que explica por qué la exposición prolongada a la adversidad puede deteriorar la capacidad de adaptación.

Flexibilidad ante el estrés

Desde el punto de vista biológico, la resiliencia no equivale a “no sentir estrés”. Al contrario, las personas resilientes activan los mismos sistemas de respuesta al estrés que cualquier otra, incluido el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, responsable de la liberación de la hormona cortisol.

La diferencia clave reside en la rapidez y eficacia con la que el cerebro y el cuerpo regresan al equilibrio una vez que el desafío ha pasado. Estudios en neuroimagen y psicofisiología muestran que los individuos más resilientes presentan una mejor coordinación funcional entre la corteza prefrontal y la amígdala, así como una recuperación fisiológica más rápida tras situaciones estresantes.

En este sentido, la resiliencia puede entenderse como una forma de flexibilidad neural: la capacidad del cerebro para adaptarse a demandas cambiantes sin quedar atrapado en estados persistentes de alerta o amenaza.

Plasticidad cerebral: la resiliencia se construye

Una de las aportaciones más relevantes de la neurociencia contemporánea es que la resiliencia no es un rasgo fijo. El cerebro es plástico a lo largo de toda la vida, y las redes implicadas en la adaptación al estrés pueden fortalecerse o debilitarse en función de la experiencia.

Intervenciones como el entrenamiento en regulación emocional, la terapia psicológica, la práctica de mindfulness o el ejercicio físico regular se asocian a cambios estructurales y funcionales en regiones como la corteza prefrontal y el hipocampo. Del mismo modo, el apoyo social y la existencia de entornos seguros tienen efectos medibles sobre los sistemas neurobiológicos del estrés, reforzando la capacidad de adaptación.

Implicaciones para la salud y la sociedad

Comprender la neuroanatomía de la resiliencia tiene implicaciones directas para la prevención en salud mental, la educación y las políticas públicas. Promover entornos que favorezcan la regulación emocional, el aprendizaje y el apoyo social no es solo una cuestión ética o social, sino también neurobiológica.

Al mismo tiempo, esta visión invita a ser cautos con los discursos que exaltan la resiliencia como responsabilidad exclusiva del individuo. El cerebro puede adaptarse, pero lo hace dentro de límites impuestos por las condiciones de vida. Reconocer la base neural de la resistencia a la adversidad no significa culpabilizar a quien no logra sobreponerse, sino entender mejor qué apoyos son necesarios para que esa capacidad pueda desarrollarse.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

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Una infancia rota aumenta el riesgo de que la violencia se repita

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Dolores Fernández Pérez, Profesora Ayudante Doctora. Departamento de Psicología, Universidad de Castilla-La Mancha

Sony Herdiana/Shutterstock

La violencia no surge de la nada. Se gesta lentamente, muchas veces en silencio, en hogares donde el miedo y la indiferencia reemplazan al afecto. Comprender cómo nace esa violencia es uno de los grandes dilemas de la humanidad: ¿somos violentos por naturaleza o es el entorno el que nos vuelve letales? La ciencia apunta a que ambas fuerzas se combinan.

Un estudio realizado en Nueva Zelanda hace ya algunos años, conocido como Proyecto Dunedin, siguió a más de mil personas desde 1972. Los investigadores observaron cómo la salud, la personalidad y las experiencias familiares marcan el desarrollo de cada individuo. Sus resultados fueron claros: cuando una personalidad impulsiva o agresiva crece en un ambiente dañino, el riesgo de comportamientos violentos y antisociales aumenta.

Algunos niños nacen con temperamentos difíciles, es decir, se frustran rápido, reaccionan con rabia o les cuesta reflexionar antes de actuar. Otros, en cambio, muestran más empatía y autocontrol. El entorno puede marcar la diferencia. Si un niño con carácter complicado crece en un hogar violento o negligente, la probabilidad de reproducir esa violencia se multiplica. Los expertos llaman a esto la “ecuación victimal”: una mezcla entre vulnerabilidad y trauma que puede transformarse en violencia si no se trata a tiempo.

Qué ocurre si hay adultos fríos e impredecibles

La teoría del apego también ayuda a entender esta relación. Cuando los cuidadores actúan de forma estable, sensible y afectuosa, el/la niño/a puede desarrollar un apego seguro. Esa base emocional facilita la empatía, la autorregulación y la confianza en los demás. Por el contrario, cuando los adultos son impredecibles, fríos o tratan mal al niño/a, es más probable que se forme un apego inseguro o incluso desorganizado. En estas situaciones aumentan la impulsividad, la agresividad, las dificultades para conectar emocionalmente con los demás y la probabilidad de conductas antisociales.

No todos los niños que sufren violencia se convierten en agresores. El famoso asesino en serie y agresor sexual estadounidense Jeffrey Dahmer, por ejemplo, creció en un hogar negligente y solitario, pero su hermano no desarrolló conductas violentas. El también asesino en serie Ted Bundy vivió una infancia llena de secretos y confusión, pero sus hermanos siguieron caminos distintos. Estos casos muestran que el entorno no determina el destino por sí solo. La clave está en cómo se combinan la vulnerabilidad individual y las experiencias adversas tempranas.

Aun así, muchos de los criminales más violentos de la historia tienen algo en común: una infancia marcada por el abuso y la desprotección. En muchos casos, el trauma no tratado se convierte con el tiempo en patrones de control, agresión y deshumanización. Gracias a los avances en análisis de conducta, hoy es posible comprender cómo ciertos factores biográficos predicen la escalada hacia comportamientos violentos.

Asesinos en serie y maltrato infantil

Si bien no existe un único perfil de asesino serial, la mayoría de ellos sufrió algún tipo de maltrato infantil. Se estima que la mitad vivió abuso psicológico, más de un tercio físico y uno de cada cuatro, abuso sexual. Estas heridas no solo dejan cicatrices emocionales: también alteran la forma en que la persona piensa, siente el dolor y reacciona ante los demás. Con el tiempo, pueden generar visiones hostiles del mundo y respuestas agresivas aprendidas.

El análisis secuencial de conducta, una técnica usada para estudiar patrones criminales, ha mostrado relaciones llamativas. El tipo de abuso sufrido en la infancia tiende a influir en el tipo de crimen cometido en la adultez. Por ejemplo, quienes fueron víctimas de abuso sexual suelen reproducir crímenes con carga sexual o de mutilación. El abuso psicológico se asocia a asesinatos marcados por el exceso de violencia. El físico, con escenas dominadas por la ira. Cuando una persona sufrió varios tipos de abuso, la motivación sexual o de control aparece con más fuerza.

El caso del asesino Edward Gein, revivido recientemente por una serie documental, muestra de forma extrema esa conexión entre trauma y crimen. Gein creció con un padre violento y una madre fanática religiosa que lo convenció de que el mundo era pecado. Vivió aislado, sin afecto, y desarrolló un lazo enfermizo con ella: la temía y la adoraba al mismo tiempo. Cuando su madre murió, su obsesión se transformó en violencia. Mataba mujeres para intentar “reconstruirla” con la piel de sus víctimas, en un intento retorcido por recuperar el único vínculo emocional que conoció.

Vulnerabilidad y trauma

Otros casos de asesinos en serie muestran historias similares. Aileen Wuornos, prostituta desde la adolescencia, sufrió abusos desde niña. Andrei Chikatilo, en la Unión Soviética, fue víctima de violencia sexual y hambre. Pedro Alonso López, conocido como el “Monstruo de los Andes”, creció entre golpes y abandono. En todos ellos se repite una fórmula: vulnerabilidad, trauma y ausencia de tratamiento que dan lugar a formas de violencia extrema.

La evidencia es clara. El abuso infantil no condena a nadie a la criminalidad, pero aumenta el riesgo de que la violencia se repita. Cuando el dolor no se trata, se transmite. Es lo que los investigadores llaman el “ciclo de la violencia”, un fenómeno donde las heridas de la infancia pueden reencarnarse en nuevas víctimas.

Comprender esta ecuación, donde la vulnerabilidad se une al trauma y al apego dañado, no busca justificar los crímenes. Busca prevenirlos. Porque detrás de muchos actos violentos hay una historia de dolor no atendido. Y romper ese ciclo empieza mucho antes del delito, empieza en la infancia.

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Robots que escuchan, miran y responden: la nueva frontera de la colaboración

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ainhoa Apraiz Iriarte, Docente e investigadora en Innovación en Diseño Industrial, con especialización en Diseño de Interacción y Aceptación Tecnológica en Robótica., Mondragon Unibertsitatea, Mondragon Unibertsitatea

La colaboración entre el robot y el humano es esencial en entornos industriales. Tara Winstead / Pexels., CC BY

La forma en que nos comunicamos con las máquinas puede hacer que el trabajo resulte más ágil o más agotador. En las fábricas de hoy, la clave está en que la tecnología aprenda a entendernos para que la colaboración entre personas y robots sea real. El verdadero desafío no es solo producir más rápido, sino hacerlo de un modo más humano.

Aunque el sector industrial vive una auténtica carrera hacia la automatización, la International Federation of Robotics (IFR) alerta de que esta cayó un 8 % en Europa en 2024. Quizá el siguiente paso no sea tener más robots, sino mejorar la forma en la que nos entendemos con ellos.

Puentes que nos unen

Las interfaces son el punto de encuentro más importante entre las personas y los robots: un lenguaje compartido que traduce nuestras órdenes y las respuestas de las máquinas. Cuando ese lenguaje no es claro, la colaboración se vuelve más exigente y mentalmente agotadora, y el trabajo pierde fluidez.

Durante décadas, esta comunicación con los sistemas industriales se ha dado principalmente a través de interfaces visuales: instrucciones que aparecen en una pantalla y que el operario interpreta para actuar. Hoy, sin embargo, contamos con opciones mucho más ricas: las interfaces multimodales, que combinan voz, vista o incluso tacto para crear una interacción más natural y fluida.

Esa evolución no es casual. Responde a la necesidad de que la tecnología se adapte mejor a las personas y sea más intuitiva.

Una mirada más humana

Mientras empresas como KUKA, ABB o Fanuc perfeccionan la automatización, nuestras investigaciones en Mondragon Unibertsitatea intentan recordar algo esencial: no basta con fabricar robots más rápidos, sino diseñar robots que entiendan mejor a las personas. Y esa comprensión se traduce, finalmente, en mayor eficiencia.

Para comprobar cómo influye la forma de comunicarse con los robots, realizamos un experimento en el laboratorio de Mondragon Unibertsitatea con veinte participantes que debían completar una tarea de desensamblado industrial junto a un robot colaborativo, el KUKA LBR iiwa.

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En una de las condiciones, el robot se comunicaba únicamente a través de una interfaz visual. En la otra, le añadimos voz, creando una interfaz multimodal que combinaba información visual y auditiva.

Durante el proceso, medimos tanto el rendimiento como la experiencia subjetiva de los participantes, mediante el cuestionario HUROX. También registramos su actividad cerebral mediante electroencefalografía (EEG) para analizar la carga mental y el estado emocional.

Participantes colaborando con el robot durante una tarea de desensamblado en el laboratorio de Mondragon Unibertsitatea mientras se registra su actividad cerebral.
Ainhoa Apraiz et al.

¿Cuáles fueron los resultados?

Cuando las personas interactuaban con una interfaz multimodal, su carga de trabajo disminuía de forma significativa y su estado emocional era más positivo. Dicho de otro modo: trabajar con un robot que combina voz e imagen resultaba más cómodo, más fluido y menos agotador.

Las mediciones cerebrales confirmaron lo que los participantes expresaban en sus valoraciones: esta forma de interacción ayuda a mantener la atención sin saturar la mente. Las personas describieron la comunicación como más natural, más segura y más satisfactoria, lo que apunta a una mejora global de la experiencia humano-robot.

Uno de los hallazgos más esperanzadores fue comprobar que no se observaron diferencias significativas entre hombres y mujeres en la forma de adaptarse a las interfaces. (Sin embargo, en el ámbito tecnológico e industrial, las desigualdades persisten: las mujeres siguen estando infrarrepresentadas en carreras STEM, en puestos de diseño y en la toma de decisiones sobre la tecnología. Incorporar sus voces –y las de personas de identidades diversas– no solo evitará sesgos: mejorará el diseño para toda la sociedad).

Los resultados más allá del laboratorio

En un contexto industrial donde la automatización avanza rápido, entender cómo se sienten las personas al trabajar con robots es tan importante como medir la productividad. Se trata de apostar por una tecnología centrada en el bienestar humano, donde la eficiencia no se consiga a costa del agotamiento o la desconexión emocional.

Diseñar interfaces que reduzcan la carga mental no solo mejora el rendimiento, sino que también mejora la calidad del trabajo y la seguridad. Cuando un operario no tiene que memorizar cada paso o interpretar señales ambiguas, trabaja con más confianza y comete menos errores. Asimismo, cuando la comunicación con el robot es más natural –escuchando su voz o viendo señales claras–, la interacción se vuelve menos fría y más colaborativa.

En definitiva, la tecnología más avanzada no será la que trabaje más rápido, sino la que mejor entienda a las personas que lo utilizan. Este enfoque, más humano e inclusivo, invita a repensar el futuro de la industria desde la ergonomía cognitiva, la igualdad de oportunidades y el bienestar social.

Tecnología accesible para todas las personas

La multimodalidad puede ser una herramienta poderosa para mejorar la accesibilidad. Al combinar voz, visión o, incluso, tacto, facilita que personas con diferentes capacidades sensoriales o cognitivas puedan interactuar con los robots de manera más equitativa.

Una interfaz que habla y muestra información visual, por ejemplo, puede ayudar tanto a quien tiene dificultades auditivas como a quien necesita apoyos visuales o verbales para comprender mejor una instrucción.

Así, diseñar sistemas multimodales no solo mejora la eficiencia: amplía las oportunidades de participación en los entornos industriales y hace que la tecnología se adapte a la diversidad humana en lugar de exigir lo contrario.

Y es que la tecnología inclusiva no es solo una cuestión técnica, sino un imperativo ético y social. Implica reconocer que la igualdad real aún está en construcción y que la robótica del futuro debe contribuir a cerrarla, no a ampliarla.

La nueva industria nos invita a trabajar por un nuevo equilibrio: uno en el que los robots aporten precisión y fuerza y las personas sigan siendo el centro, con su creatividad, su criterio y su humanidad.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

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¿Qué nos está diciendo un escolar que ‘se porta mal’?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sandra María del Carmen Fonz Bujalance, profesor en educación, Universidad Camilo José Cela

Imaginemos un aula de primaria, con niños de entre 6 y 7 años. Un alumno se queda dormido, otro se balancea en la silla, aquel se levanta y deambula, alguno parece “estar en otro mundo”, surge una explosión de frustración acompañada de un grito…

Son situaciones o comportamientos que, en muchos casos, se catalogan como interferencias en el aula o incluso como disruptivas o socialmente inaceptables en el contexto educativo. Pero estos comportamientos nos están dando información. Escuchando lo que dicen, entendiendo lo que tienen detrás, se pueden adoptar estrategias que en lugar de castigar o corregir busquen ayudar en el camino a la autorregulación y la participación efectiva.

Conductas inadecuadas

Habitualmente, ante estas conductas “inadecuadas” asumimos que el origen del problema está en el escolar.

Y aunque en algunos casos la causa puede encontrarse en factores internos –sensoriales, fisiológicos o emocionales–, en la mayoría de las ocasiones es la interacción con el entorno la que genera o mantiene esa necesidad o incluso la hace insostenible. Si adoptamos una mirada de conjunto, más allá de lo obvio, podremos dejar de culpabilizar y empezar a comprender y ayudar.

Por ejemplo, registrar patrones para detectar posibles causas: ¿el sueño a primera hora es habitual por madrugar, o a última hora indica saturación o cansancio cognitivo? También se puede ajustar el entorno para reducir estímulos conflictivos, como la cercanía a ventanas que distraigan por luces o sonidos externos.




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Fisiología, cuerpo y aprendizaje

El aprendizaje no es solo proceso cognitivo. El cuerpo también juega un papel fundamental. Necesidades básicas como la alimentación, el descanso, la hidratación y la posibilidad de moverse influyen directamente en la capacidad de atención, la memoria, las funciones ejecutivas y la autorregulación emocional de los niños.

Cuando estas necesidades no se satisfacen, los niños pueden mostrar cansancio, irritabilidad o dificultades para concentrarse. Por esta razón, una mala conducta o un comportamiento no adecuado pueden estar ocultando una petición de ayuda, de homeostasis –el equilibrio interno que el cuerpo mantiene para funcionar correctamente (temperatura corporal, niveles de glucosa, sueño, hambre)– y de atención.

Ante algunas de estas peticiones corporales se debe permitir, por ejemplo, descansos cortos y programados, la posibilidad de moverse entre actividades o incluso ciertos apoyos que ayuden al sistema propioceptivo y vestibular a no estar en alerta constante.

Hemos normalizado beber durante las clases de una universidad o en el entorno laboral, pero los niños en las aulas también deben hidratarse. Todas estas estrategias mejoran significativamente la atención y autorregulación.




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Enseñar no es solo seguir el currículum

Los procesos de enseñanza y aprendizaje no se limitan a contenidos curriculares. Cuando se observa a un niño o una niña que atraviesa un periodo difícil o vulnerable también es el momento de fomentar aprendizajes prácticos y significativos.

Si los detectamos, y en lugar de exigir disciplina, escuchamos y acompañamos, permiten desarrollar la resiliencia, la solidaridad y la capacidad de ayudar desde edades tempranas. Reconocer estos contextos y adaptarse a ellos es fundamental para garantizar un aprendizaje inclusivo y humano.

¿Cómo podemos lograrlo?

Como vivimos en sociedad, es fundamental enseñar habilidades sociales mediante, por ejemplo, juegos de rol, dinámicas de cooperación grupal…

En el día a día nos enfrentamos a problemas. Por tanto, otro aprendizaje transversal puede partir de juegos y tareas de resolución de conflictos, guiados inicialmente por el docente. Durante estas actividades pueden surgir momentos de ayuda, frustración o abandono, que permiten desarrollar conductas más adaptativas y nuevos aprendizajes.

Necesidades sensoriales en el aula

Cada niño o niña procesa la información del entorno a través de sus sistemas sensoriales: vista, oído, tacto, olfato, gusto, propiocepción y sistema vestibular; estos dos últimos, a menudo olvidados o incluso desconocidos. Cuando existe hipersensibilidad o hiposensibilidad, el alumno puede reaccionar de manera inesperada ante estímulos cotidianos del aula que pueden pasar desapercibidos para el resto del grupo o incluso para el docente.

Factores como el ruido constante, la iluminación intensa, el roce de la ropa (a menudo imperceptible desde el exterior), el movimiento de los compañeros o la propia posición corporal –en un contexto que exige estar sentado de manera prolongada y en muchos casos sin respetar la ergonomía ni la necesidad de movimiento– pueden generar malestar, distracción o incluso una búsqueda activa de estimulación.

Desde las aulas es necesario promover espacios de trabajo con menor ruido para alumnos con hipersensibilidad auditiva, opciones de diferentes tipos de asiento (pueden incluirse pelotas de yoga, hamacas ¡o incluso columpios!). Puede ser necesario el uso de auriculares como medio de desconexión auditiva o como canal de transmisión de los contenidos o diferentes tipos de material; digamos sí a los materiales táctiles y manipulativos.

Estas conductas no siempre responden a desinterés o falta de autocontrol, explicaciones que la sociedad suele atribuir automáticamente; muchas veces reflejan una necesidad sensorial no atendida que el niño intenta autorregular y expresar.

Necesidades emocionales, sociales y de seguridad

Además de las necesidades físicas y sensoriales, los niños tienen requerimientos emocionales y sociales fundamentales para aprender y desarrollarse plenamente. Sentirse seguros, aceptados y valorados; y algo tan simple como la participación e inclusión es clave para la enseñanza.

Situaciones de vulnerabilidad –como conflictos familiares, procesos de duelo, familias itinerantes– pueden generar emociones consideradas negativas que suelen ser detonantes de conductas llamativas como agresiones, gritos, insultos, maltrato del mobiliario…

El acoso de otros compañeros, la exclusión social o la falta de vínculos positivos con compañeros y docentes son ejemplos de cómo el entorno social puede interferir en el aprendizaje.

Fomentemos la identificación de señales de estrés (como morderse las uñas, chuparse el pelo, piernas inquietas) y ofrezcamos pausas de regulación: rincones de calma con diferentes materiales, un libro visual, una pelota antiestrés o una botella sensorial. Además, nuestro cerebro necesita planificación y anticipación; establecer rutinas claras y visibles aporta seguridad y sensación de control.




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No solo lo visible importa

Ante toda esta evidencia de factores internos y externos que, en muchos casos, no son “vistos” desde las aulas, se detectan de forma tardía o son infravalorados, resulta imprescindible adoptar una mirada amplia: no centrarse solo en la conducta puntual, sino comprender el conjunto de circunstancias. No solo lo visible en causa y consecuencia.

Como docentes, no somos control ni sanción, sino facilitadores que, en la medida de lo posible, ofrecen las condiciones óptimas para que cada alumno aprenda según sus necesidades. Vínculo, seguridad, respeto y escucha de necesidades –a veces imposibles de expresar o silenciadas– son la base de un aprendizaje inclusivo y humano.

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Sandra María del Carmen Fonz Bujalance no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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No estamos cumpliendo el Objetivo de Desarrollo Sostenible 17, y es imprescindible para lograr el resto

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Gumersindo Feijoo Costa, Catedrático de Ingeniería Química. Centro de Excelencia CRETUS de la Red CiGUS, Universidade de Santiago de Compostela

Bayhu19/Shutterstock

La magnífica trilogía de la novela fantástica de El Señor de los Anillos de J. R. R. Tolkien pivota sobre la lucha entre el bien y el mal entre los pueblos de la Tierra Media, cuyo devenir depende de los anillos de poder: tres para los Elfos, siete para los enanos, nueve para los hombres, uno para el señor oscuro… pero solo un anillo puede gobernarlos a todos.

El símil nos sirve para explicar el papel central del Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) número 17, uno sin el que no pueden cumplirse el resto: el establecimiento de “alianzas para lograr los objetivos”. Los ODS, definidos en el 2015 en la Agenda 2030, solo se pueden conseguir con asociaciones mundiales sólidas y cooperación para garantizar que nadie se quede atrás en nuestro camino hacia el desarrollo.




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Metas del ODS17
Metas del ODS17.
Gumersindo Feijoo, CC BY-NC-SA

Ayuda Oficial al Desarrollo

Uno de los mecanismos claves para conseguir con equidad las metas de la Agenda 2030 es el compromiso global de los países miembros de la OCDE de destinar el 0,7 % de su PIB bruto a la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD). Para que sea considerada como AOD, una ayuda debe beneficiar a un país elegible, ofrecer condiciones favorables al país beneficiario y tener por objetivo el desarrollo económico y la mejora de las condiciones de vida.

Durante el año 2024, último año con datos, se ha producido un descenso significativo de la Ayuda Oficial al Desarrollo. De hecho, los únicos países de la OCDE que cumplieron el umbral del 0,7 % fueron Noruega, Luxemburgo, Suecia y Dinamarca.

Gráfico en el que se observa un descenso en el último año de la Ayuda Oficial al Desarrollo en algunos países de la OCDE.
Evolución de la Ayuda Oficial al Desarrollo (% PIB) en algunos países de la OCDE para el período 2018-2024.
Gumersindo Feijoo de la OCDE, CC BY-SA

La capacidad de recaudación de recursos financieros debe ir pareja con la máxima transparencia con el uso y destino final de los mismos. La lucha contra la corrupción en los diferentes países para garantizar el destino efectivo de los recursos movilizados es un elemento determinante, puesto que mina de forma inexorable la confianza en el sistema y afecta de forma fundamental a la consecución de los ODS.

Existen diversos indicadores que miden este aspecto: nivel de transparencia, índice de democracia, control de la corrupción, etc. Este último indicador que evalúa el Banco Mundial mide la percepción del uso indebido del poder público para beneficio privado (incluye sobornos, malversación, nepotismo y otras formas de corrupción). La puntuación se presenta en una escala que va de -2.5 (corrupción muy alta) a +2.5 (corrupción muy baja). Justamente, los países con mayor porcentaje de Ayuda Oficial al Desarrollo son los que tiene un mayor valor en el control de la corrupción: Dinamarca (2,376; mayor valor mundial), Noruega (2,114) y Suecia (2,028).

Mapa del mundo marcando los países con mayor control de la corrupción en verde oscuro
Control de la corrupción a nivel mundial en el año 2023.
Gumersindo Feijoo, con datos del Banco Mundial, CC BY-SA

Acceso a internet

La digitalización y aplicación de la inteligencia artificial (IA) es una de las revoluciones tecnológicas con un desarrollo exponencial que supondrá grandes desafíos a corto y medio plazo para la competitividad y equidad de los países. El acceso a internet es la base de la pirámide en esta nueva revolución tecnológica de la transformación digital.

El último dato disponible para el año 2024 indicaba que un 71,2 % de la población mundial era usuaria de internet, con un gran impacto en todos los continentes con excepción del África Subsahariana. La pandemia de la covid-19 supuso una aceleración en la tendencia ascendente que se observaba desde comienzos de siglo, destacando el gran impulso conseguido por América Latina.

Gráfica que muestra el aumento de la población con acceso a internet entre 2004 y 2024
Evolución del acceso a internet a nivel mundial. También se detalla la distribución geográfica con datos del año 2023 y 2024.
Gumersindo Feijoo, con datos del Banco Mundial, CC BY-SA

Compromiso con las tecnologías verdes

Otro aspecto importante que marca el ODS 17 es conseguir que se promueva un comercio total de tecnologías ecológicamente racionales, que incluye tecnologías limpias y verdes que reduzcan la contaminación y permita un uso eficiente de los recursos. El Centro de Investigación EJRC (siglas en inglés del European Joint Research Center) de la Unión Europea se ocupa de publicar en acceso abierto los documentos de referencia con las mejores técnicas disponibles para diversos sectores:

  • “Mejor” se refiere a las técnicas más eficaces para alcanzar un alto nivel de protección del medio ambiente

  • “Técnica”: la tecnología debe estar diseñada, construida y explotada.

  • “Disponible”: las técnicas están desarrolladas a una escala que permita su aplicación en el contexto del sector productivo.

El informe publicado por Naciones Unidas en noviembre de 2025 para el seguimiento de los ODS en América Latina y el Caribe recoge que en la década de 2010-2020 la cantidad de tecnologías ambientalmente racionales exportadas supuso un volumen de negocio anual constante de 40 000 millones de dólares, mientras que las importadas se mantuvo en un valor superior a los 80 000 millones de dólares.

Los sectores con mayor dinamismo son las energías renovables (eólica y solar, fundamentalmente), la movilidad verde (vehículos eléctricos y transporte público electrificado) y la agricultura sostenible (reducir uso de agua y pesticidas).

Las alianzas entre todos los países (sin excepciones) es clave para el éxito de la Agenda 2030. El exitoso precedente del Protocolo de Montreal para la protección de la capa de ozono debe ser el modelo a seguir. Así, desde su entrada en vigor en el año 1989, la decisión común internacional para controlar la concentración de los contaminantes atmosféricos causantes de la destrucción de la capa de ozono, como los clorofluorocarburos y los hidrocarburos clorados, ha dado sus frutos con la estabilización o reducción de estos compuestos.

La consecución de los ODS solo será efectiva si existe un compromiso común y equitativo de todos los agentes en los diferentes países.

The Conversation

Gumersindo Feijoo Costa no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. No estamos cumpliendo el Objetivo de Desarrollo Sostenible 17, y es imprescindible para lograr el resto – https://theconversation.com/no-estamos-cumpliendo-el-objetivo-de-desarrollo-sostenible-17-y-es-imprescindible-para-lograr-el-resto-275576

¿Cómo hacerse el autor? Uclés, Pérez-Reverte y la batalla por la firma pública

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Ángel Baños Saldaña, Profesor de Literatura Española, Universidad de Castilla-La Mancha

David Uclés en una imagen en Casa de América. Casa de América/Flickr, CC BY-NC-ND

“Todo ese odio que han mostrado hacia mí lo pueden hacer hacia el libro. No me viene bien”. Estas declaraciones de David Uclés para un periódico, en referencia a la reciente publicación de su nuevo libro La ciudad de las luces muertas, confirman que la literatura no existe sin su desarrollo en los espacios de sociabilidad.

En las últimas semanas, Uclés ha sido el centro del debate cultural español. Ello se debe a su negativa a participar en unas jornadas coordinadas por Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra: “1936: la guerra que todos perdimos”. El escritor argumenta dos razones: el lema del ciclo (para él “La guerra sí la sufrimos todos, pero no la perdimos todos”) y la asistencia de dos políticos, José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros.

Pérez-Reverte reaccionó con un repertorio que sus lectores ya conocen: dureza, ironía y descalificación personal. Valoró la renuncia como “imperdonable descortesía”. También dijo que Uclés se estaba “construyendo un personaje” y criticó el tono del vídeo como “lastimero” e “infantil”.

La polémica contiene todos los ingredientes del éxito: los cruces de declaraciones entre bestsellers, el ruido mediático, la polarización política y la lógica binaria –y testosterónica– que estructura el mundo cultural.

Sin esperarlo, el patrimonio histórico y el literario conquistan la conversación social. ¿Qué nos ayuda a explicar el origen del conflicto? Se han publicado muchos textos sobre el asunto, pero estos mayormente expresan su simpatía o crítica hacia uno de los autores. Tampoco hace falta mencionar aquí los incontables comentarios incendiarios en redes sociales.

No se trata de dirimir quién tiene razón, sino de comprender qué está en juego cuando un escritor decide aparecer –o desaparecer– en la escena. La autoría es un dispositivo afectivo, político y dialógico.

La era de la visibilidad

Si lo pensamos bien, no necesitamos conocer a los autores para entender sus obras literarias. Podríamos leer La península de las casas vacías sin tener noticia de David Uclés. Sin embargo, la industria cultural y sus mecanismos de difusión han fomentado la ilusión biográfica.

De este modo, un libro no se concluye con la lectura. Lo que hay tras él también se convierte en obra. La autoría se entiende como performatividad y circulación. ¿Quién no ha pedido que su autor favorito le firme su libro? ¿Quiénes no han buscado entrevistas o diarios de los artistas que más les gustan?

La celebridad no es solo fama, sino un bien consumible: se produce, circula y se monetiza. Para el público, su combustible es el deseo de ver. Para algunos autores, el principal aliciente es el deseo de ser vistos.

En esta polémica, el objeto de consumo no fue únicamente la idea sobre qué memoria de la guerra civil española es legítima, sino la escena pública del enfrentamiento. David Uclés lamenta que se haya escrito mucho sobre su decisión. A la vez, celebra que ahora, tras el conflicto, lo hayan invitado a La Revuelta, pues llevaba dos años comunicando su deseo de ir al programa.

En no pocos casos el reconocimiento público debe pasar por operaciones de visibilidad. David Uclés lo sabe: en la entrevista sacó su libro de una bolsa para mostrarlo a la cámara justo cuando expuso el origen de la polémica.

El desplante al ciclo de conferencias funciona como tramoya para la legitimación del propio proyecto autorial: “Yo he estado escribiendo una novela quince años sobre la Guerra Civil”.

Uclés contrapone escenarios para lograr esta visibilidad. Él activa un contexto moral (“conciencia tranquila”, “no firmo ese lema”, “no quiero compartir cartel con ciertos nombres”), mientras que Pérez-Reverte acude a la etiqueta social y a la profesionalización (“descortesía”, “tono infantil”, “personaje”).

El debate se desplaza así de qué significa “perdimos todos” en el título a quién se comporta como escritor decente. En definitiva, el choque ideológico se traduce en una tensión por ocupar el centro de la escenografía cultural a propósito del conflicto bélico y la escritura literaria.

Boom, ya está aquí la guerra (autorial)

En una sociedad en la que reina la visibilidad, los escritores ya no solo producen textos: se celebran a sí mismos. Algunos lo practican con entusiasmo; otros lo negocian con cautela. Y cada una de estas opciones compite por el capital simbólico (el prestigio, la autoridad, la legitimidad) que la figura autorial se dibuja para sí misma.

Pero el caso de David Uclés nos recuerda que la autoría no es un atributo fijo, sino una práctica situada, atravesada por decisiones compartidas en el campo cultural. Precisamente hace un mes dialogaba, en una presentación, sobre que fuesen del color que fuesen, las víctimas eran inocentes que cayeron, algo que parece contradecir sus declaraciones posteriores.

Uclés ahora se presenta como un intelectual mediático, como un polemista confeso. Esa figura pública se construye, precisamente, en asociación con otros. Además, cuenta con la confianza explícita hacia los rituales de consagración y camaradería.

Lo constata el apoyo recibido por agentes culturales con necesidades afines como Luis García Montero. Desde una posición central como director del Instituto Cervantes, el poeta defiende a Uclés con los mismos términos que, tiempo atrás, necesitaba la defensa de su propia obra: “Celebro que venda muchos libros, pero que no venda sus principios”. Las tensiones en el campo cultural reflejan unos intereses ideológicos y afectivos que afectan al capital (simbólico y económico).

Igualmente, la invitación de Pérez-Reverte, también con una posición consolidada en el campo, no es un acto literario. Es una escenografía concreta, un reparto de roles ya codificado, una expectativa de comunión simbólica y una fuerte carga mediática.

La polémica en torno al evento no puede leerse como un desacuerdo ideológico, sino como una lucha por la definición legítima del lugar del escritor. La visibilidad, lejos de ser un efecto colateral del éxito, es una forma de capital que obliga a elegir escenario. ¿Autor independiente o intelectual con boina?, ¿figura transversal o voz situada? La coherencia entre discurso, imagen pública y rituales de consagración se convierte en un bien escaso y vigilado.

Dar la nota: atuendos autoriales

Leamos estos dos titulares: “David Uclés y la envidia de la boina” o “Pérez-Reverte aplaza las jornadas sobre la Guerra Civil después de que David Uclés amenazase con presentarse tocando el acordeón”. El primero defiende al escritor y niega que vaya disfrazado. El segundo es una parodia situacional de El Mundo Today. Pero ¿cómo llega un escritor a esta circulación social?

Para configurar su imagen, los autores se sirven de “atuendos”. El concepto de atuendo autorial engloba factores de control de la visibilidad: el uso de objetos, la elección de acciones y la exhibición de actitudes.

Los titulares mencionados reflejan la imagen configurada por Uclés: la reiteración de la boina –incluso se la regaló a David Broncano en La Revuelta–, cantar inesperadamente en eventos protocolarios (Premio Esquire) o masivos (el programa Futuro Imperfecto), escribir sobre acontecimientos históricos (la Guerra Civil), manifestar su ideología abiertamente (la vivienda y Ayuso, la intolerancia de la ultraderecha, etc.) y confesar ciertas intimidades impactantes (arritmias, problemas de erección o consumo de antidepresivos).

En la industria cultural la autoría es la obra, la firma deviene huella corporal y las polémicas pueden contribuir a conquistar el sector. Justo cuando pensábamos que Uclés y Pérez-Reverte discutían sobre la memoria de la Guerra Civil, salta a la vista que también estaban compitiendo por la celebridad, la narrativa del éxito y el rol de intelectual que analiza la historia reciente.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. ¿Cómo hacerse el autor? Uclés, Pérez-Reverte y la batalla por la firma pública – https://theconversation.com/como-hacerse-el-autor-ucles-perez-reverte-y-la-batalla-por-la-firma-publica-275026

L’espace au service du climat : comment exploiter l’extraordinaire masse de données fournies par les satellites ?

Source: The Conversation – France in French (2) – By Carine Saüt, Chercheuse en sciences de l’atmosphère, Centre national d’études spatiales (CNES)

En scrutant pour nous la Terre depuis le ciel, les satellites nous permettent de suivre ses évolutions et de guider l’action environnementale. Ici, l’Everest vu depuis le ciel par un satellite Pléiades. Cnes/Distribution Airbus DS, Fourni par l’auteur

La somme d’informations que nous transmettent les satellites sur notre planète est colossale. Aujourd’hui, le défi est d’obtenir des données de meilleure qualité encore, et surtout de les faire parvenir jusqu’aux décideurs sous une forme utile et exploitable.


Depuis quarante ans, les données d’observation de la Terre se sont imposées comme l’un des outils les plus puissants pour mieux comprendre notre planète et suivre les effets de nos actions pour la préserver. Longtemps réservée aux chercheurs et aux agences spatiales, elle irrigue désormais l’action publique, l’économie et les aspects de politique de défense nationale. Mais cette richesse de données exceptionnelles reste largement sous-exploitée, notamment du côté des décideurs publics. Nous disposons d’un trésor dont nous ne tirons pas encore tout le potentiel pour éclairer les décisions ou accélérer la transition écologique.

Chaque jour, les satellites d’agences nationales, dont ceux opérés par le Centre national d’études spatiales (Cnes), ceux du programme européen Copernicus ou encore ceux des constellations commerciales observent la Terre. Ils produisent une somme gigantesque d’informations : températures de surface, concentrations de gaz, humidité des sols, couverture par la végétation, hauteur des vagues, courants marins… La liste est longue, il pleut littéralement de la donnée. La force de ces données ne réside pas seulement dans la quantité, mais surtout dans leur capacité à couvrir de façon homogène l’ensemble de la planète, y compris les zones les plus difficiles d’accès. L’espace se met donc au service de l’adaptation au changement climatique et les données d’observation de la terre deviennent un outil de décision pour mieux comprendre, agir et anticiper.

Représentation d’artiste de deux satellites en orbite autour de la Terre
Les satellites de la mission CO3D ont pour ambition de cartographier la surface de la Terre en 3D au mètre près. Une quantité de données impressionnantes pour guider la prise de décision.
Cnes/Reactive Prod, Fourni par l’auteur

Les satellites offrent un niveau d’objectivité rare : ils observent tout, partout, sans être influencés par les frontières administratives ou les intérêts locaux. Alors que les données terrestres peuvent être fragmentées ou hétérogènes, les satellites offrent une mesure fiable, continue, homogène et donc comparable d’un pays à l’autre. Ensuite, les progrès technologiques ont permis des évolutions rapides : une résolution améliorée, une fréquence d’observation accrue, des capteurs de différentes natures. Autrefois on était seulement capable de prendre une photographie par mois, alors qu’aujourd’hui, la surveillance est quasi permanente. Depuis l’espace, nous obtenons une vision factuelle, indépendante et systématique du monde.

De nombreuses applications pour les données satellitaires

La donnée d’observation de la Terre soutient les politiques publiques en irriguant déjà une multitude de domaines. Concernant la sécurité alimentaire et la gestion des ressources en eaux, les satellites apportent des informations sur le stress hydrique pour anticiper des épisodes de sécheresse et ainsi mieux gérer les pratiques d’irrigation, mais également quant au suivi de la croissance des cultures ou pour estimer les rendements agricoles.

Ils aident également à gérer les risques naturels en fournissant une surveillance des zones à risque pour le suivi des incendies, notamment des mégafeux, ou des inondations. Ils permettent de dresser des cartographies entre avant et après les catastrophes naturelles pour aider l’intervention des secours et soutenir la reconstruction de l’écosystème endommagé. Le suivi par satellite permet également le suivi de la santé des arbres et de la déforestation, des zones côtières et de l’état des zones humides.

Vue aérienne de Venise et de la lagune environnante
Les données satellitaires permettent de suivre les événements climatiques extrêmes, notamment pour des zones à risque, comme Venise, ici photographiée par un des satellites Pléiades.
Cnes/Distribution Airbus DS, Fourni par l’auteur

Enfin, l’observation depuis l’espace permet de mesurer les émissions de gaz à effet de serre. À l’heure actuelle, les inventaires nationaux, basés sur des modèles statistiques ou des estimations, sont trop lents pour réagir face à la rapidité de la crise climatique, puisqu’on constate un décalage de plusieurs années (entre deux à quatre ans) entre l’émission réelle et la donnée officielle. Dans un contexte où les décisions doivent être rapides, ce délai est problématique. En observant la composition de l’atmosphère, les satellites peuvent détecter les panaches de méthane et de CO2 quasiment en temps réel. Ils identifient ainsi des fuites ou des anomalies localisées qui échappent parfois totalement aux inventaires classiques.

D’autres acteurs peuvent bénéficier des informations issues des satellites, pour orienter les politiques publiques en termes d’aménagement du territoire, notamment par l’observation des îlots de chaleur urbains, la mesure de la qualité de l’air ou bien la planification d’actions de verdissements des zones et espaces urbains.

Après avoir produit de la donnée, réussir à la valoriser

Les données d’observation de la terre s’inscrivent donc dans plusieurs domaines en dotant les décideurs publics d’un outil transversal diagnostiquant notre planète de manière continue, précise et à des échelles locales, régionales ou mondiales. C’est là que se joue l’un des défis majeurs : rendre ces outils accessibles aux acteurs publics, aux élus, et aussi aux entreprises et aux citoyens. Les plates-formes de visualisation et les services d’analyse qui émergent aujourd’hui répondent à ce besoin en traduisant la complexité scientifique en informations compréhensibles, opérationnelles, et donc à terme en actions.

Cependant, malgré leur potentiel considérable ainsi que leur qualité et leur performance opérationnelle déjà démontrée, les données spatiales peinent à trouver leur place au sein des administrations et des entreprises. En effet, il s’agit d’un univers technique complexe. Les données brutes sont massives, spécialisées, souvent difficiles à interpréter. Leur analyse requiert des expertises précises : traitement d’images satellitaires, science des données, modélisation atmosphérique…

Nous observons donc un gouffre entre l’accès de plus en plus facilité aux données d’observation de la Terre et la capacité à les utiliser en toute confiance en l’intégrant dans les chaînes de prise de décisions. Même si la majorité des données est ouverte et gratuite, cela ne suffit pas. Il faut des plates-formes, des services, des outils visuels pour les rendre intelligibles, avec des interfaces pensées pour le suivi d’une application de politique publique. Les élus, à titre d’exemple, n’ont pas vocation à manipuler des gigaoctets de données, ils ont besoin de visualisations simples, d’indicateurs synthétiques, de cartographies claires. L’expertise doit précéder pour interpréter les données et les rendre véritablement utiles pour les décideurs.

Combiner les données dans des outils clairs et pratiques

Pour déverrouiller ces usages, plusieurs leviers se développent. Il s’agit, entre autres, de croiser des données de natures différentes. Cette combinaison permet de fournir des informations fondées sur les données d’observation de la Terre directement exploitables, plus fiables, plus interprétables et mieux contextualisées au besoin de l’utilisateur.

Les données d’observation de la Terre changent la donne en offrant la capacité de voir notre planète autrement. L’observation spatiale ne résoudra pas d’elle-même la crise climatique mais, combinée à d’autres sources de données, elle apporte quelque chose d’essentiel : une vision objective, continue, indépendante et globale de l’état de la planète. Ces informations sont devenues indispensables aux collectivités qui doivent désormais anticiper, et non seulement réagir.

Les données d’observation de la Terre permettent de mesurer plus vite, comprendre plus finement et décider plus efficacement, dès lors que l’information qui en découle est accessible, lisible et traduite en indicateurs exploitables. Notre rôle au Cnes est de valoriser ces données pour leur donner du sens et en faire un levier d’action. Parmi les applications les plus prometteuses et stratégiques liées à l’adaptation au changement climatique dans les politiques publiques, il ressort que l’enjeu n’est pas seulement de mesurer, mais de mesurer plus vite et plus précisément, pour mieux anticiper.

The Conversation

Carine Saüt ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. L’espace au service du climat : comment exploiter l’extraordinaire masse de données fournies par les satellites ? – https://theconversation.com/lespace-au-service-du-climat-comment-exploiter-lextraordinaire-masse-de-donnees-fournies-par-les-satellites-273162

Quelles perspectives pour les budgets des collectivités territoriales ?

Source: The Conversation – France (in French) – By Sébastien Bourdin, Professeur de géographie économique, IÉSEG School of Management

En vue des élections municipales, l’équation du budget des collectivités locales semble insoluble : l’État souhaite réduire son financement, les candidats proposent de renforcer les services publics. En parallèle, les dépenses des administrations publiques locales (APUL) explosent et la suppression de la taxe d’habitation se fait ressentir dans les communes. Alors, comment rétablir un équilibre ?


Les collectivités territoriales sont appelées à la sobriété… mais doivent être toujours plus attractives pour faire venir sur leur territoire des entreprises, des cadres et des touristes tout en maintenant les résidents sur place et éviter les délocalisations. À l’approche des élections municipales des 15 et 22 mars 2026, la tension est d’autant plus forte que les attentes locales – services publics, transition écologique, sécurité du quotidien – montent, tandis que l’État cherche à contenir la dépense publique.

Dix ans après les débats de la « réforme territoriale », l’enjeu central n’est plus seulement institutionnel, il est budgétaire et macroéconomique. En 2024, les dépenses des administrations publiques locales (APUL) atteignent 329,7 milliards d’euros, dont une augmentation de 7 % rien qu’en 2023. Structurellement, le fonctionnement pèse lourd : environ 76 % des dépenses des APUL relèvent du fonctionnement, contre 24 % pour l’investissement.

Les interrogations sur les économies budgétaires possibles sont nombreuses et les solutions ne coulent pas toujours de source. Si la nécessité d’un redressement des finances publiques ne fait plus aucun doute, il convient de s’interroger sur la manière dont il est réalisé et les conséquences qu’il a sur les collectivités.

Dépenses peu compressibles à court terme

À l’approche des municipales de mars 2026, la question budgétaire devient un sujet de campagne à part entière. Les équipes sortantes doivent montrer des résultats, tout en démontrant qu’elles savent tenir une trajectoire financière crédible.

L’enjeu est de piloter finement les charges et les priorités. En pratique, les marges se jouent moins sur des « grands soirs » institutionnels que sur quatre postes très concrets : la masse salariale, l’énergie, les achats/contrats, et le coût de la dette. Or, le cœur des budgets locaux est composé de dépenses peu compressibles à court terme – écoles, crèches, propreté, eau-déchets, action sociale, mobilités ou entretien du patrimoine –, ce qui limite les coupes rapides sans effet sur la qualité du service rendu.

Dans les communes de 3 500 habitants et plus, près de 35 € sur 100 de fonctionnement financent les services généraux, 19 € la culture/sport/jeunesse, et 17 € l’école et le périscolaire. À l’intérieur de ce dernier poste, la restauration scolaire avec 2,9 milliards d’euros, et les écoles maternelles avec deux milliards d’euros pèsent lourd, dont la dépense reste très majoritairement liée au financement du personnel.

La séquence 2022–2024 (inflation, énergie, revalorisations) a déplacé le problème. La question n’est plus seulement « où couper ? », mais « comment arbitrer » entre fonctionnement et investissement ? Ce sans dégrader les services du quotidien, tout en finançant les transitions comme la rénovation énergétique ou l’adaptation aux canicules/inondations ?

D’où un déplacement du débat municipal vers des choix de gestion très opérationnels : mutualisation ciblée, réduction des dépenses « subies » (énergie/achats), priorisation de l’investissement à impact, et transparence sur les coûts complets – maintenance, fonctionnement futur des équipements – avant de lancer de nouveaux projets.

Fonctionnement vs investissement

Trois quarts du budget correspondent au fonctionnement et le dernier quart à l’investissement. La principale difficulté : les collectivités semblent prioriser des baisses sur l’investissement plutôt que sur le fonctionnement – ce qui ne semble pas des plus stratégique si l’on pense à l’intérêt pour elles d’être toujours plus attractives.

Paradoxalement, le cycle électoral pousse aussi à « accélérer » avant le scrutin. La Cour des comptes note une forte hausse de l’investissement en 2024 à + 13,1 % entre janvier-août 2024 et janvier-août 2023, portée notamment par les communes et les intercommunalités qui cherchent à livrer des projets avant les élections.

Le risque est double : un pic d’investissement prémunicipal, puis un « trou d’air » après 2026, au moment même où les besoins de transition écologique et les besoins en services publics deviennent structurels. C’est exactement le type d’arbitrage qui, à moyen terme, affaiblit l’attractivité – mobilités, écoles, équipements, qualité urbaine – et renchérit les coûts futurs – entretien différé, vulnérabilité climatique.

Dépendance accrue à l’État central

Au cœur de l’ajustement se trouve toujours la question des ressources, et notamment des transferts de l’État. La dotation globale de fonctionnement (DGF) reste la principale dotation de fonctionnement : 27,4 milliards d’euros en 2025 en moyenne. Elle représente environ 15 % du budget des communes, 18 % de celui des établissements publics de coopération intercommunale (EPCI) et 11 % du budget des départements.

Depuis dix ans, la vraie bascule est ailleurs, avec la montée de la fiscalité « transférée » (par l’État) et de la TVA dans le panier de recettes des collectivités. Cette nouvelle donne change la nature de l’autonomie locale. En clair, une partie croissante des ressources locales ne dépend plus d’un « impôt dont on vote le taux », mais de recettes nationales « affectées », notamment des fractions de TVA. Elles sont souvent plus stables, mais beaucoup moins pilotables par les élus.

Deux réformes ont tout particulièrement reconfiguré les budgets locaux. En premier lieu, la suppression de la taxe d’habitation sur les résidences principales (effective pour tous depuis le 1er janvier 2023), qui a fait disparaître un levier fiscal très visible politiquement. En deuxième lieu, la trajectoire de suppression de la cotisation sur la valeur ajoutée des entreprises (CVAE). Son taux a été divisé par deux en 2023. Son calendrier a été de nouveau révisé ; la loi de finances pour 2025 a reporté sa suppression totale à 2030, avec une baisse progressive des taux.




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Conséquence : une partie décisive des recettes locales dépend désormais de la conjoncture nationale… et des arbitrages budgétaires de l’État.

Financer la transition écologique

La contrainte 2026 n’est pas seulement comptable, elle est aussi climatique. Les collectivités portent une grande partie de l’investissement public civil et des politiques concrètes liées à la transition écologique – bâtiments, mobilités, aménagement, friches, renaturation. Or leur capacité d’autofinancement est fragilisée quand le fonctionnement dérive.

De ce point de vue, la montée en puissance des subventions est devenue centrale. Le « Fonds vert » illustre cette logique. Reconduit en 2025 avec une enveloppe annoncée de 1,15 milliard d’euros, il a financé plus de 19 000 projets en 2023-2024 pour 3,6 milliards d’euros de subventions. Son niveau futur est débattu. Un rapport budgétaire du Sénat sur le projet de loi de finances (PLF) 2026 évoque une forte baisse des autorisations d’engagement à 650 millions d’euros, tout en maintenant des crédits de paiement élevés.

Les dépenses de personnel, une vraie ligne de crête

Une critique revient systématiquement : l’augmentation du personnel au sein des communes et des intercommunalités au cours des dix dernières années. Cette hausse des effectifs est la conséquence d’une décentralisation accélérée (davantage de compétences déléguées aux collectivités) et de réformes qui ont transféré des charges. En 2026, le sujet se durcit, car la masse salariale est devenue l’un des moteurs principaux du fonctionnement, tout en conditionnant la qualité du service rendu.

Les collectivités territoriales comptent deux millions d’agents et le bloc communal concentre plus d’un million de postes. L’école et la petite enfance représentent à elles seules des dizaines de milliers d’agents – près de 40 000 agents territoriaux spécialisés des écoles maternelles (Atsem), plus de 70 000 adjoints techniques des établissements d’enseignement, plus de 29 000 auxiliaires de puériculture, etc.

La hausse récente des effectifs se concentre surtout du côté des intercommunalités et de quelques filières en croissance rapide (police municipale, animation), sur fond de progression marquée des contractuels.

Couper dans les dépenses de fonctionnement n’est pas si simple si l’on veut assurer un service public de qualité… auquel les résidents sont aussi très sensibles. Trouver l’équilibre entre recettes et dépenses n’est pas chose aisée. C’est ici que des stratégies peuvent être mises en place :

  • Mutualiser ce qui est mutualisable : fonctions support, achats, informatique, etc.

  • Ajuster les effectifs en fonction des priorités de service, plutôt que de recruter poste par poste, au gré des urgences et des remplacements.

  • Sécuriser les contrats et les consommations : énergie, prestations, etc.

  • Partager l’ingénierie à l’échelle intercommunale, et généraliser une logique d’évaluation (quels dispositifs coûtent cher pour peu d’impact) avant d’ajouter de nouvelles dépenses récurrentes.

Dans le contexte de grande incertitude dans lequel le personnel est plongé actuellement, la communication et la concertation sont essentielles pour assurer une transition.

The Conversation

Sébastien Bourdin ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Quelles perspectives pour les budgets des collectivités territoriales ? – https://theconversation.com/quelles-perspectives-pour-les-budgets-des-collectivites-territoriales-273275

Pourquoi la mise en œuvre de la durabilité échoue souvent, même quand tout le monde est d’accord

Source: The Conversation – France (in French) – By Lucas Amaral, Associate Professor, IÉSEG School of Management

Si la durabilité est si difficile à mettre en œuvre dans les entreprises, ce n’est pas seulement une question de volonté individuelle ou de structures inadaptées. Le problème se joue dans la manière dont les pratiques de durabilité prennent forme, se déploient et se transforment au quotidien.


Aujourd’hui, la durabilité est à la fois largement reconnue et de plus en plus contestée. D’un côté, les effets du changement climatique sont visibles, et de nombreux acteurs économiques et sociaux reconnaissent la nécessité d’agir. De l’autre, certaines décisions politiques, comme le retrait des États-Unis de plusieurs accords climatiques sous l’administration Trump, illustrent une remise en cause explicite de ces engagements.

Réduire les difficultés de la durabilité à ces oppositions visibles serait trompeur. Le problème se pose aussi, et peut-être surtout, là où la durabilité est officiellement soutenue : dans de nombreuses entreprises, des équipes spécialisées existent, des objectifs sont fixés et la direction affiche son engagement.

Problématiques silos

Les explications avancées pour comprendre cet écart entre intentions et résultats reviennent le plus souvent à deux facteurs. D’une part, l’organisation du travail en silos – structurée par fonctions ou départements relativement autonomes, chacun poursuivant ses propres objectifs, indicateurs et priorités – difficilement conciliable avec les exigences transversales de la durabilité. D’autre part, la résistance des individus : manque d’adhésion, inertie, priorités concurrentes, habitudes difficiles à changer.




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Ces deux lectures ne sont pas infondées. Mais elles restent partielles lorsqu’elles sont mobilisées séparément. Elles reposent sur l’idée que l’on pourrait corriger les difficultés de la durabilité en ajustant soit les comportements individuels, soit les structures organisationnelles. Or, les organisations sont des systèmes de relations interdépendantes, dans lesquels des dynamiques émergent de l’interaction entre acteurs, structures et pratiques.

Notre recherche récente montre justement que lorsque la durabilité entre dans l’organisation, elle se heurte à des obstacles qui passent souvent inaperçus, non pas parce qu’ils relèvent de décisions explicites, mais parce qu’ils émergent des pratiques de durabilité et des interactions qu’elles imposent au quotidien.

Quand les pratiques deviennent le cœur du problème

Ce que l’on sous-estime souvent, au-delà des individus et des structures, ce sont les caractéristiques mêmes des pratiques de durabilité. Contrairement à d’autres initiatives managériales, elles sont rarement simples ou facilement standardisables. Elles mobilisent plusieurs expertises, traversent les frontières organisationnelles et reposent sur de fortes interdépendances entre différents acteurs.

Réduire les émissions, transformer une chaîne d’approvisionnement ou intégrer des critères sociaux dans les décisions quotidiennes ne relève pas d’une procédure isolée. Cela suppose un travail continu d’ajustement, de négociation et d’arbitrage dans le temps, qui se joue dans les interactions quotidiennes entre métiers, équipes et niveaux hiérarchiques, par exemple lorsque des objectifs de coûts, de délais et de performance entrent en tension avec des exigences environnementales ou sociales.

C’est dans ce contexte que cette organisation du travail devient problématique. Elle est efficace pour gérer la spécialisation et la performance locale, mais elle entre en tension avec des pratiques qui exigent coordination, arbitrage et continuité dans le temps.

Quand les solutions transversales atteignent leurs limites

Plus les pratiques de durabilité sont complexes et interdépendantes, plus elles deviennent vulnérables à la fragmentation du travail. C’est alors une série d’ajustements locaux, souvent invisibles mais parfaitement rationnels, qui finissent par éroder la portée des engagements affichés.

Le cœur du problème ne tient donc ni uniquement aux structures organisationnelles, ni aux comportements individuels, mais au décalage entre la complexité des pratiques de durabilité et les dispositifs mobilisés pour les mettre en œuvre. Les organisations répondent fréquemment par des projets transversaux, des groupes de travail ou des équipes dédiées – par exemple pour piloter une trajectoire carbone ou intégrer des critères ESG – sans toujours mesurer ce que ces pratiques exigent concrètement au quotidien.

Dans la pratique, cela signifie que la durabilité repose sur une multitude d’interactions ordinaires : un acheteur arbitrant entre un fournisseur moins cher et un fournisseur plus vert, un manager priorisant un délai de production face à un objectif environnemental, ou une équipe tentant d’intégrer des critères sociaux dans des décisions déjà fortement contraintes. Comprendre pourquoi la durabilité échoue souvent suppose donc de s’intéresser moins à ce qui « résiste » ou à ce qui serait « mal structuré », qu’aux défis relationnels que les pratiques génèrent in situ, au cœur du travail quotidien.

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Lucas Amaral ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Pourquoi la mise en œuvre de la durabilité échoue souvent, même quand tout le monde est d’accord – https://theconversation.com/pourquoi-la-mise-en-oeuvre-de-la-durabilite-echoue-souvent-meme-quand-tout-le-monde-est-daccord-274209

Peut-on faire du vin en combinaison de surf ?

Source: The Conversation – France (in French) – By Magalie Dubois, Docteur en Economie du vin, Burgundy School of Business

Pendant que la France défend ses traditions, l’Afrique du Sud réinvente tout : vignerons surfeurs, domaines ouverts aux familles, safaris dans les vignobles. Un autre monde viticole.


Tous les ans à Stilbaai, sur la côte sud du Cap (Afrique du Sud), une compétition de surf unique au monde, la Vintners Surf Classic, réunit les vignerons sud-africains. La condition pour participer ? Apporter cinq litres de son meilleur vin rouge. Les vins collectés sont ensuite assemblés pour créer « The Big Red », édition collector vendue aux enchères au profit de Surf4Life, association qui initie les jeunes défavorisés au surf. Cette compétition incarne bien l’esprit de la viticulture sud-africaine moderne : libre, engagée et inclusive.

Trois siècles d’évolution viticole

L’industrie viticole sud-africaine est plus ancienne qu’on ne pourrait le croire. L’histoire débute le 2 février 1659, lorsque Jan van Riebeeck note dans son journal : « Aujourd’hui, grâce à Dieu, du vin a été fait pour la première fois à partir de raisins du Cap. » Mais c’est véritablement l’arrivée des huguenots français à partir de 1685, fuyant la persécution après la révocation de l’édit de Nantes par Louis XIV, qui transforme la viticulture locale. Cette même année, Simon van der Stel, commandeur puis gouverneur du Cap pour le compte de la Compagnie néerlandaise des Indes orientales (VOC), fonde Groot Constantia (Western Cape), aujourd’hui le plus ancien domaine encore en activité du pays.

Les vignerons expérimentés de la vallée de la Loire apportent avec eux les boutures de leurs vignes, notamment le Chenin blanc. Productif, polyvalent et résistant à la chaleur, ce cépage se révèle parfaitement adapté au climat sud-africain. Aujourd’hui la production sud-africaine de chenin blanc représente plus de 50 % de la production mondiale. En 2016, la viticultrice Rosa Kruger lance Old Vine Project, premier programme au monde à certifier l’âge des vignes avec leur date de plantation.

Cette initiative visant à identifier et préserver les vignobles de plus de trente-cinq ans a joué un rôle clef dans le changement de perception internationale du vin sud-africain, repositionnant le pays comme gardien d’un patrimoine viticole précieux. Ironie de l’histoire : certains clones de Chenin blanc, descendants des boutures apportées par les huguenots, sont aujourd’hui éteints en France. Ces clones sud-africains sont désormais préservés dans un jardin clonal français et étudiés comme solution d’adaptation au changement climatique.

De ces racines du XVIIᵉ siècle, l’Afrique du Sud s’est hissée au rang de 8ᵉ producteur mondial de vin. Mais contrairement à l’image romantique des petits domaines familiaux français, l’industrie sud-africaine est beaucoup moins atomisée : quatre acteurs principaux (dont KWV et Heineken Beverages) représentent 65 % de la production totale. Héritage d’une industrie historiquement axée sur le vrac, cette concentration a toutefois évolué depuis la fin du boycott au début des années 1990.

La reconnaissance internationale est aujourd’hui au rendez-vous. Plusieurs domaines sud-africains figurent désormais parmi les meilleurs au monde, acclamés par la critique internationale. Certains producteurs, comme Eben Sadie (The Sadie Family), ne parviennent plus à satisfaire la demande et fonctionnent désormais sur le système d’allocations utilisé en France dans les propriétés les plus recherchées.

La montée en puissance du pays sur la scène viticole mondiale culmine en octobre 2024 avec l’élection d’Yvette van der Merwe à la présidence de l’Organisation internationale de la vigne et du vin (OIV). Elle est la première femme africaine à diriger l’OIV depuis sa création il y a un siècle.

Toutefois, l’accès à la terre demeure un obstacle majeur pour de nombreux producteurs indépendants. Les lois locales limitant le morcellement des grandes exploitations, ces derniers doivent soit acheter des raisins, soit louer des parcelles sans la sécurité qu’offre la propriété foncière, ce qui limite leurs investissements à long terme.

Un autre monde viticole

Quand les vignerons français taillent leurs vignes dans le froid de janvier, leurs homologues sud-africains vendangent en plein été austral. L’orientation des vignobles s’inverse également : dans l’hémisphère Sud, ce sont les versants nord qui reçoivent le plus de rayonnement solaire. Résultat ? Les versants sud, recherchés en France pour leur ensoleillement privilégié, sont en Afrique du Sud mis à profit pour leur fraîcheur.

Autre différence de taille avec la France : Le Wine of Origin Scheme (système d’indication géographique sud-africain) certifie l’origine, le millésime et le cépage, mais n’impose pas les variétés cultivées ni leur mode de culture. Les vignerons peuvent donc planter les cépages de leur choix où bon leur semble et irriguer librement.

Ce qui constituerait une hérésie dans la plupart des appellations françaises est ici une nécessité face aux sécheresses récurrentes du Cap et aux températures qui peuvent atteindre 40 °C en plein été. Fort heureusement, les vignobles sud-africains comptent de nombreux microclimats, et les vignerons peuvent trouver de la fraîcheur en altitude ou à proximité des côtes. Le Cape Doctor, ce vent du sud-est, refroidi par le courant froid du Benguela est également un allié de taille pour modérer la chaleur intense des étés sud-africains.

Des raisins pour les babouins

Les vignerons français sont aux prises avec les sangliers, en Afrique du Sud ce sont les babouins qui viennent se servir dans les vignes. À Klein Constantia, en période de vendange les équipes affrontaient des dizaines de primates par jour. Et s’en protéger coûte cher : clôtures électriques, surveillance à plein temps, systèmes GPS. Mais malgré les investissements les babouins sont extrêmement habiles à développer des stratégies de contournement. En désespoir de cause quelques rangs ont finalement été plantés de l’autre côté des clôtures pour assouvir l’appétit des primates et éviter les dégâts.

Cette cohabitation forcée avec la faune sauvage reflète une réalité unique au monde : les vignerons sud-africains produisent leurs vins au cœur du fynbos, écosystème inscrit sur la liste du patrimoine mondial de l’Unesco.

Fynbos
Fynbos.
Matt Halls sur Unsplash, CC BY-NC

Le royaume floral du Cap est le plus petit des six royaumes floraux au monde. Il ne faut donc pas s’étonner que l’offre des wine farms sud-africaines intègre non seulement des restaurants, hôtels boutique, spas, jardins botaniques et galeries d’art, mais aussi, plus surprenant pour nous, des safaris dans les vignobles pour observer babouins, antilopes, léopards et plantes endémiques. Mais l’intégration du vin dans le paysage touristique sud-africain va encore plus loin : le vin s’invite dans les lodges de safari des réserves animalières où les caves rivalisent avec celles des grands domaines. Les animaux attirent les touristes internationaux qui, une fois sur place, découvrent l’excellence des vins et des domaines sud-africains. Si l’on en croit le site « The World’s 50 best vineyards », deux des des dix plus beaux vignobles du monde (Klein Constantia and Creation) se trouvent en Afrique du Sud.

Construire un modèle inclusif

Contrairement à de nombreux domaines français qui ont dû s’adapter tardivement au tourisme, les producteurs sud-africains ont d’emblée conçu leurs domaines comme des destinations touristiques. Tous les week-ends, les wine farms des routes des vins sud-africaines se transforment en véritables espaces de vie où les familles entières viennent petit-déjeuner, déjeuner et passer l’après-midi, voire la soirée. Mais à la différence de la France, l’offre œnotouristique est également pensée pour les visiteurs ne consommant pas d’alcool. Nombreux sont les domaines qui proposent des aires de jeux pour les enfants, et il n’est pas rare d’y célébrer également leurs anniversaires. L’offre gastronomique se veut également inclusive. Pour déjeuner, les visiteurs de Benguela Cove ont par exemple le choix entre un restaurant gastronomique, un fast-food ou une sélection de pique-niques. La gastronomie sud-africaine s’est développée conjointement à l’œnotourisme et certains des meilleurs restaurants d’Afrique du Sud sont aujourd’hui hébergés par des domaines viticoles.

Cette adaptation aux besoins des consommateurs reflète la nécessité de multiplier les revenus dans un marché domestique encore limité. Les domaines sud-africains ont fait de l’œnotourisme un pilier de leur modèle économique. Celui-ci génère 16 % de leur chiffre d’affaires et plus de 40 000 emplois. Pour maximiser les ventes directes au domaine certains producteurs ont développé une collaboration inédite. Elle permet aux touristes européens de passer commande lors de leur visite dans plus de cinquante domaines du Cap, d’effectuer un paiement unique sur une plateforme en ligne à l’issue de leur séjour et de recevoir chez eux à leur retour les bouteilles expédiées depuis une plateforme logistique commune basée en Allemagne.

La filière se mobilise également afin de former la nouvelle génération et de combattre les inégalités héritées de l’apartheid. Nombreux sont les producteurs qui investissent dans l’éducation des enfants de leurs employés en accueillant des écoles sur les domaines. La formation et l’inclusion de professionnels du vin est une priorité pour la pérennité de la filière, les initiatives visant à offrir à des jeunes la possibilité d’étudier gratuitement ou de développer leurs talents de vignerons portent aujourd’hui leurs fruits et permettent de prédire à la filière vin sud-africaine un brillant avenir.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

ref. Peut-on faire du vin en combinaison de surf ? – https://theconversation.com/peut-on-faire-du-vin-en-combinaison-de-surf-272745