‘Una batalla tras otra’ ofrece un poderoso retrato del Estados Unidos actual en el cine

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ruth Barton, Professor in Film Studies, Trinity College Dublin

Imagen de Leonardo DiCaprio en _Una batalla tras otra_. FilmAffinity

La reciente muerte de Robert Redford nos recordó hasta qué punto la película Todos los hombres del presidente sacudió las viejas certezas que existían sobre la democracia estadounidense. Al revelar el escándalo Watergate de 1972 (cuando se descubrió que miembros de la campaña para la reelección de Richard Nixon habían colocado dispositivos de grabación secretos en el edificio Watergate del Comité Nacional Demócrata), el filme de Alan J. Pakula alimentó la creciente sensación de que las instituciones del gobierno estadounidense estaban plagadas de corrupción.

Quizás no todo el mundo estaba de acuerdo con la visión pesimista de Pakula. Pero tampoco estaba solo. A lo largo de los años, Oliver Stone también se ha caracterizado por hacer un cine que muestre la situación del país, al igual que Martin Scorsese, y antes que ellos, Frank Capra. Sus obras intentaban capturar, normalmente con ánimo de crítica, el estado de ánimo nacional en aquel momento.

La nueva película de Paul Thomas Anderson, Una batalla tras otra, sugiere que todavía hay lugar para el cine provocador en la cultura actual. Junto con la recientemente estrenada Eddington, del director Ari Aster, explora un Estados Unidos en crisis y nos lo muestra en narrativas épicas y sobrecogedoras.

Ambos filmes hablan del caos de un orden social que se desmorona. Ambos, pero especialmente Eddington, también corren el riesgo de verse tan abrumados por este caos que acaban cayendo en la incoherencia.

El término “incoherencia” no se ha elegido al azar. Uno de los textos fundamentales para los estudiosos del cine de la década de 1980 fue The Incoherent Text, Narrative in the 70s, de Robin Wood. Al repasar una serie de películas de esta década, Wood argumentaba que “aquí, la incoherencia ya no es oculta y esotérica: las películas parecen abrirse ante nuestros ojos”. Estas dos hacen lo mismo, exponiendo a través del caos algo incomprensible sobre nuestra época y siendo incoherentes en el proceso.

Ambientada durante la pandemia en un pueblo desértico, Eddington salta de un punto álgido a otro. El sheriff Joe Cross (Joaquin Phoenix) se niega a llevar mascarilla y esta infracción aparentemente menor pronto lo enfrenta a su viejo enemigo y rival en el amor, el alcalde Ted García (Pedro Pascal). Inspirándose en una campaña al estilo MAGA (el eslogan de Trump, “Make America Great Again”), Cross se presenta a las elecciones a la alcaldía para competir con él.

En casa, Cross vive con su suegra Dawn (Deirdre O’Connell), amante de las teorías conspirativas, mientras su esposa Louise (Emma Stone) se sumerge cada vez más en la enfermedad mental y el aislamiento.

Al margen de todo esto, un misterioso conglomerado está construyendo un centro de datos a las afueras de la ciudad. También estallan disturbios raciales tras el asesinato de George Floyd. Y mucho más…

El director Ari Aster difícilmente podría haber imaginado más problemas que los que plantea aquí. Con tanto peso acumulado en la narrativa, Eddington concluye con un prolongado tiroteo que lleva a una película ya de por sí excesivamente extensa a un caos terminal.

Una batalla tras otra, al igual que Eddington, es un filme verdaderamente estadounidense. Mientras que Aster rodó su neo-western en el clásico Panavision, Anderson va un paso más allá y, siguiendo los pasos de El brutalista, crea una copia en VistaVision, un formato que se disfruta mejor en una pantalla de 70 mm. Estos formatos se remontan a las grandiosas epopeyas de Hollywood de la década de 1950, lo que se suma a la evocación histórica de las películas, tanto cinematográfica como social.

Otra capa que añade más historia es el material original en el que Anderson se basa para relatar Una batalla…: la novela de Thomas Pynchon Vineland.

Anderson actualiza la exhumación caleidoscópica de Vineland de los movimientos revolucionarios de los años 60 al presentar a su envejecido héroe hippie, ahora llamado Bob (Leonardo di Caprio), como una reliquia de una brigada ficticia de los años 2000, la French 75. Liderados por su amante Perfidia Beverley Hills (Teyana Taylor), robaron bancos, bombardearon edificios y liberaron centros de detención en nombre de su ideología de “fronteras libres, elecciones libres, libres del miedo”.

Ahora Bob, que acaba criando solo a su hija, Willa (Chase Infiniti), pasa sus días sin afeitarse, fumando marihuana y viendo el clásico drama político La batalla de Argel. Todo va (más o menos) bien hasta que el coronel Lockjaw (Sean Penn), brutal veterano del ejército que se cree el verdadero padre de Willa, irrumpe en sus vidas en busca de su “hija”.

Cartel al estilo de los años 50 de One Battle after another con Bob Ferguson y su hija.
Una batalla tras otra es un melodrama familiar que se remonta al gran cine clásico de Hollywood, que exploraba la idea misma de Estados Unidos.
FilmAffinity

Al igual que Eddington, Una batalla tras otra es, en el fondo, un melodrama familiar. Se basa en los tropos clásicos del padre malo contra el padre bueno y la madre en conflicto, cuestionando la legitimidad de la unidad familiar. Sobre estos huesos narrativos, Anderson injerta una visión de un Estados Unidos post-Obama esclavo de oscuros intereses corporativos, un legado de redadas y deportaciones de inmigrantes, y un viejo orden masculino blanco empeñado en su propia agenda de venganza personal.

Robin Wood concluyó sus reflexiones sobre el cine estadounidense de los años 70 con el pronóstico de que, en su incoherencia, apuntaban a una solución ineludible: la necesidad lógica del radicalismo.

Aster y Anderson han mirado al radicalismo a los ojos y lo han descartado como otra ideología fallida más. Ninguno de los dos nombra las fuerzas que hay detrás de su visión del fin de la democracia estadounidense y, para ser justos, la crisis política actual es posterior al estreno de ambas películas a principios de 2024.

Mientras Aster solo ve derramamiento de sangre e impotencia, Anderson se aferra a un frágil utopismo que, en la actualidad, es tan improbable como consolador. Una vez se encienden las luces, es muy posible que lo que quede de su película sea la aterradora imagen de los centros de detención y el horror de las redadas de inmigrantes. Sin duda, esto es lo que llevó a Steven Spielberg a aclamar “esta película demencial” como más relevante de lo que Anderson jamás podría haber imaginado.

The Conversation

Ruth Barton no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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¿Por qué las víctimas de acoso digital se convierten en acosadores?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Joaquín Manuel González Cabrera, Docente e Investigador Principal del Grupo Ciberpsicología y del Área de Bienestar Emocional en el Instituto de Transferencia e Investigación (ITEI), UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

Farknot Architect/Shutterstock

Clara, 13 años, recibió un mensaje ofensivo en el grupo de clase de WhatsApp. Al principio pensó que sería algo puntual, pero pronto empezaron a llegar burlas, montajes y comentarios cada vez más crueles y frecuentes. Días después, cansada y enfadada, decidió desquitarse publicando memes sobre otro compañero. Algunos se rieron, otros pusieron emojis de risas y otros muchos guardaron silencio. De todos lo que lo vieron, nadie intervino para mejorar la situación. En cuestión de semanas, Clara había pasado de ser víctima a convertirse también en agresora y observadora pasiva de lo que sucedía a su alrededor.

Esta historia, basada en casos observados en nuestras investigaciones, demuestra que el ciberacoso es mucho más que un suceso aislado entre un agresor y una víctima. Se trata de una dinámica social compleja, sorprendentemente cíclica. A los roles que tradicionalmente asociamos al acoso en la red –cibervíctima y ciberagresor– se le suma un tercero en discordia: el ciberosbservador. Este enfoque triangulado capta mejor la realidad en la que una persona puede ser simultáneamente las tres cosas: cibervíctima–ciberagresor–ciberobservador (así como presentar solo uno de los roles o combinaciones de dos).




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De hecho, ser cibervíctima hoy aumenta significativamente las probabilidades de convertirse en un ciberagresor o en un ciberobservador en el futuro. Este hallazgo subraya una realidad preocupante: la violencia engendra violencia, y para romper el círculo vicioso del ciberacoso, necesitamos entender cómo y por qué estos roles se intercambian.

Un estudio a lo largo de 18 meses

Para comprender mejor estas dinámicas, llevamos a cabo un estudio longitudinal durante 18 meses en el que participaron más de mil adolescentes españoles, con edades comprendidas entre los 11 y los 17 años. A través de un seguimiento en tres fases, con unos seis meses de diferencia entre cada una, analizamos cómo evolucionaban los tres roles principales del ciberacoso: la cibervíctima, el ciberagresor y el ciberobservador.

El primer resultado relevante fue la marcada tendencia a la “cronificación” de los roles. Es decir, ser cibervíctima, ciberagresor o ciberobservador en un momento determinado predice que se continuará siéndolo en el futuro. Esto sugiere que el ciberacoso no es un evento esporádico, sino que puede arraigarse profundamente en las interacciones sociales de los adolescentes, perpetuándose como una forma estable de violencia.




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Las razones de esta estabilidad son diversas. Para el ciberagresor, el entorno digital ofrece un falso manto de anonimato y un acceso constante a la víctima, lo que puede empoderarle y reforzar su conducta si busca ganar visibilidad o estatus. Por su parte, el ciberobservador, la figura más numerosa en estas dinámicas, tiende a mantener su inacción por miedo a convertirse en la próxima víctima o por fenómenos psicológicos como la “desconexión moral” o la “difusión de la responsabilidad”, que diluyen la culpa en el grupo.

La víctima, en el centro del ciclo de la violencia

Sin embargo, el hallazgo más revelador de nuestro estudio fue descubrir que la cibervictimización es un predictor crucial de la ciberagresión y la ciberobservación posteriores. Los adolescentes que sufren ciberacoso tienen una mayor probabilidad de convertirse en ciberagresores o ciberobservadores seis meses después.

¿A qué se debe este cambio de rol? Una de las hipótesis es que la víctima, sintiéndose impotente y frustrada, puede ver en la agresión una forma de venganza o un intento de recuperar el poder y el estatus que le fue arrebatado. El estrés y el dolor derivados de la victimización pueden llevar a una interpretación hostil de otras interacciones sociales, lo que a su vez puede desencadenar una conducta agresiva, incluso si no se dirige hacia el acosador original.

Del mismo modo, haber sido víctima puede hacer que un adolescente sea más consciente de las dinámicas del ciberacoso, pero el miedo a volver a sufrir puede llevarle a adoptar un rol de observador pasivo como mecanismo de autoprotección.

Curiosamente, esta relación predictiva parece ser unidireccional. Nuestro análisis no encontró que ser ciberagresor o ciberobservador prediga una futura cibervictimización. La experiencia de ser víctima es, por tanto, el verdadero trampolín desde el que se salta a otros roles. Esto es lo que debemos prevenir.

¿Cómo romper el ciclo? Implicaciones prácticas

Comprender que el ciberacoso es un problema cíclico y que los roles se cronifican tiene importantes implicaciones para la prevención. No basta con actuar de forma puntual, se necesitan estrategias sostenidas en el tiempo que aborden el problema desde varias perspectivas donde haya un trabajo desde los responsables educativos y las familias, principalmente.

  1. Alfabetización digital y prevención de riesgos. Es fundamental enseñar a los menores, desde edades tempranas, a usar internet de forma segura y responsable. Esto incluye proteger su información personal y saber cómo y a quién pedir ayuda. Reducir la cibervictimización es clave, ya que es el principal motor del ciclo. Es importante que los centros escolares tengan dentro de su plan de acción tutorial programas de prevención basados en la evidencia. Por ejemplo, nuestro equipo ha desarrollado el programa Safety.net con herramientas para docentes y para familias.

  2. Empoderar al observador. Los programas de prevención deben centrarse en los observadores para que no se mantengan pasivos (adopten un enfoque centrado en la víctima actuando como defensores). Es crucial fomentar la empatía y darles herramientas para que se sientan capaces de intervenir, ya sea defendiendo a la víctima o denunciando el acoso. Un observador que se convierte en defensor rompe el refuerzo social que recibe el agresor y con ello modifica la relación de fuerzas en las dinámicas de poder en el aula.

  3. Apoyar a la víctima para evitar la represalia. Es vital ofrecer a las víctimas apoyo psicológico y herramientas para gestionar su frustración y su ira de manera constructiva, ofreciendo alternativas saludables a la agresión para romper el ciclo de la violencia.

  4. Trabajar con el agresor. Los agresores son víctimas de su propio proceso, por lo que también se hace necesario profundizar en los motivos que les llevan a hacer uso de la violencia y darles herramientas para canalizar sus emociones de manera menos dañina.

Poner el foco en la víctima y en el observador en los casos de ciberacoso no solo es un acto de justicia, sino la estrategia más inteligente para desactivar el motor de la violencia en la red.

The Conversation

Joaquín Manuel González Cabrera ha recibido fondos de Programa Estatal de I+D+I Orientada a los retos de la Sociedad. Actualmente los recibe para proyectos de investigación en la Universidad Internacional de La Rioja, La Agencia de Desarrollo Económico de La Rioja (ADER), del Ministerio de Consumo y del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades a través del Programa de Generación de Conocimiento. Además, ha prestado labores de consultoría para TICandBot, ISEI-IVEI, Confederación Don Bosco, entre otros.

Juan Manuel Machimbarrena ha recibido fondos de Programa Estatal de I+D+I Orientada a los retos de la Sociedad. Actualmente los recibe para proyectos de investigación del Gobierno Vasco y del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades a través del Programa de Generación de Conocimiento. Además, ha prestado labores de consultoría para TICandBot, ISEI-IVEI, Confederación Don Bosco, entre otros.

Raquel Escortell Sánchez y Vanessa Caba Machado no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

ref. ¿Por qué las víctimas de acoso digital se convierten en acosadores? – https://theconversation.com/por-que-las-victimas-de-acoso-digital-se-convierten-en-acosadores-260323

Colombia prohíbe los toros, pero la comunidad taurina se aferra al valor cultural de la lidia

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Francisco Cavanzo, Antropología, Universidad de los Andes

Padre e hijo viendo una corrida en Puente de Piedra (Colombia). Francisco Cavanzo

La Corte Constitucional colombiana ha ratificado la Ley 2385 de 2024 en la que se prohíben las corridas de toros. Dicho fallo, y las celebraciones de movimientos sociales, expresan transformaciones institucionales. Las moralidades contemporáneas inciden en la configuración de los marcos normativos sobre la cultura.

Como muestran diferentes encuestas, la mayoría de las personas jóvenes se opone a estas prácticas. La tradición taurina difícilmente se articula con las visiones actuales, en las que la protección de la vida no humana ocupa un lugar central. Algo que recogen corrientes políticas, académicas y jurídicas.

Pese a esa hegemonía antitaurina, subsiste una comunidad consolidada que valora, protege y lucha por la supervivencia de la tauromaquia. La pregunta es entonces: ¿cómo esa comunidad le da sentido a la tradición en el mundo contemporáneo?

Dimensión ritual y tradición cultural

En Culture: A Critical Review of Concepts and Definitions (1952), Alfred Kroeber y Clyde Kluckhohn definían tradición cultural como el patrón de significados transmitidos históricamente y encarnados en símbolos. A través de ellos, las personas comunican, perpetúan y desarrollan su conocimiento y actitudes hacia la vida. Desde esta perspectiva, la tauromaquia cumple cabalmente con la definición: es un entramado de símbolos, relatos y prácticas que atraviesan generaciones.

La tauromaquia, tal como hoy la conocemos, se consolida en el siglo XVIII. La obra de Goya representa la expresión de un tiempo en el que los toreros comienzan a ser retratados como héroes populares. Estos encarnaban la dualidad de la masculinidad hispana –fortaleza y sensualidad–, con un componente de tradición que se proyecta hacia un pasado más profundo.

El mundo del toreo ha tejido relatos que vinculan la práctica con cultos ibéricos del toro en Altamira, Osuna o Balazote. Estos enlazan también con la iconografía cretense y mediterránea, e incluso con interpretaciones sobre la violencia ritual, entendida como materialización del dominio humano sobre la naturaleza. Sea cierto o no este vínculo histórico, lo central es que la comunidad taurina reproduce un relato donde el toreo se significa como rito y representación del control sobre fuerzas naturales.

En este marco, la corrida de toros puede entenderse como un ritual que dramatiza el dominio del ser humano sobre la naturaleza, encarnada en la figura del toro bravo. Este enfrentamiento no es solo físico, sino profundamente simbólico: el matador representa una masculinidad hispánica forjada en la tensión entre el riesgo y el control, entre la violencia y la estética.

La lidia, en ese sentido, actualiza una narrativa donde el hombre se afirma frente a la fuerza indómita del animal. Al mismo tiempo, traduce esa confrontación en un espectáculo codificado que la comunidad reconoce como expresión de valor, honra y pertenencia cultural.

Perspectiva etnográfica

Más allá de estas narrativas históricas, un acercamiento etnográfico permite observar fracturas en las interpretaciones establecidas desde y hacia el toreo. En mi primera asistencia a una corrida esperaba encontrarme con una élite blanco-mestiza consumiendo este espectáculo como forma de capital simbólico y cultural.

Algo de ello estaba presente, pero el público revelaba una amplia diversidad social, etaria, cultural e incluso étnica.

El consumo taurino, entonces, no se explica de manera suficiente con un lente estrictamente bourdiano. En el libro La distinción (1979), Pierre Bourdieu mostró cómo los gustos y consumos culturales se organizan según jerarquías sociales y funcionan como capital simbólico para marcar distancias de clase. Sin embargo, al observar el público taurino y su variación, esa lógica resulta insuficiente: más que reproducir jerarquías sociales, la tauromaquia se sostiene en redes afectivas e intergeneracionales que exceden la explicación por capitales.

Aquí resulta pertinente la comparación con la obra El fanático de la ópera (2012), de Claudio Benzecry, quien muestra que limitar la comprensión del consumo cultural a los capitales invisibiliza otras dimensiones.

Los fanáticos de la ópera no actúan únicamente para marcar diferencias sociales, sino porque hay procesos de aprendizaje entre diferentes generaciones de consumidores que luego generan fuerzas afectivas.

En el caso taurino, la presencia de públicos heterogéneos y la participación activa de jóvenes en procesos de aprendizaje de códigos y prácticas sugieren una red socioafectiva intergeneracional. La tauromaquia se transmite y perdura no solo porque otorgue ventajas en jerarquías sociales, sino porque está articulada con afectos, aprendizajes y memorias compartidas.

Joven banderillero en corrida.
Francisco Cavanzo

Voces taurinas

El trabajo de campo también ha recogido testimonios de la comunidad taurina. Estas elecciones de voces cercanas al toreo responden al interés por comprender cómo los propios participantes otorgan sentido a la práctica en un contexto de creciente cuestionamiento social. No se trata entonces de legitimar sus posturas, sino de comprender cómo interpretan las transformaciones de la fiesta brava.

Dos ejemplos ilustran bien este punto:

— Entrevistador: ¿por qué cree que el toreo es tan perseguido hoy en día?

— Jaime (torero retirado): porque la gente no entiende el toreo, ven al matador como un bárbaro y no saben de nuestra preparación ni de lo que sabemos del toro. La gente se deja llevar por lo que dicen en las noticias, pero no saben, por ejemplo, que el toro bravo solo existe por las corridas, y si se acaban, el toro también desaparece.

— Esteban (joven aficionado): a la gente le molesta la libertad, quieren imponer su forma de ver sobre nuestra tradición. La cultura del toro bravo es cultura hispanoamericana.

Estos fragmentos revelan dos elementos clave. Por un lado, un marco cultural aprendido que estructura cómo se ordena el mundo: el toreo no es simple espectáculo, sino tradición que otorga sentido y continuidad. Por otro, muestran una subjetividad situada: Jaime interpreta la persecución como ignorancia sobre el toro y Esteban como atropello a la libertad. Ambos resignifican la tauromaquia como espacio de pertenencia, identidad y resistencia cultural.

La muerte de Teseo

La prohibición de la tauromaquia en Colombia cristaliza tensiones entre moralidades contemporáneas y tradiciones históricas. No obstante, los relatos históricos, las prácticas comunitarias y los testimonios etnográficos muestran que, para la comunidad taurina, el toreo sigue siendo más que un espectáculo: es un rito cultural donde se transmiten afectos, aprendizajes e identidades intergeneracionales.

Así, más allá de su aceptación o rechazo, la tauromaquia permite observar cómo las personas dotan de sentido a las prácticas culturales, cómo las defienden frente a discursos hegemónicos y cómo revelan, a través de sus testimonios, un orden simbólico que articula memoria, ritual y subjetividad.

The Conversation

Francisco Cavanzo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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Avoir un chat a des bienfaits sur votre cerveau… et le sien

Source: The Conversation – in French – By Laura Elin Pigott, Senior Lecturer in Neurosciences and Neurorehabilitation, Course Leader in the College of Health and Life Sciences, London South Bank University

Le cerveau des félins sécrète-t-il de l’ocytocine ? (Shutterstock)

Si les chats ont parfois la réputation d’être indépendants, des recherches récentes montrent que, grâce à la chimie du cerveau, nous avons une relation particulière avec eux.

La principale substance chimique impliquée est l’ocytocine, souvent appelée « hormone de l’amour ». C’est la même substance qui est libérée lorsque l’on berce son bébé ou que l’on enlace un ami, et qui alimente la confiance et l’affection. Des études ont révélé que l’ocytocine jouait également un rôle important dans les rapports entre chats et humains.

L’ocytocine assure un rôle central dans les liens sociaux, la confiance et la régulation du stress chez de nombreux animaux, y compris chez l’être humain. Une expérience menée en 2005 a permis de voir que l’administration d’ocytocine rendait les participants nettement plus enclins à faire confiance aux autres dans des jeux financiers.

Elle a également des effets calmants chez les humains et les animaux, car elle réprime la sécrétion de cortisol, l’hormone du stress, et active le système nerveux parasympathique (le système du repos et de la digestion) pour aider le corps à se détendre.

Les scientifiques savent depuis longtemps que les échanges amicaux déclenchent la libération d’ocytocine chez les chiens et leur maître, créant ainsi une boucle de rétroaction mutuelle qui renforce les liens affectifs. Jusqu’à récemment, cependant, on connaissait peu de choses sur son incidence sur les chats.




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Les chats sont plus subtils dans leur manière d’exprimer leur affection. Pourtant, leurs propriétaires éprouvent souvent les mêmes sentiments de camaraderie et de calme que les personnes qui ont des chiens, et ces observations sont de plus en plus confirmées par des études. En 2021, des chercheurs japonais ont rapporté qu’il suffisait de brefs moments passés à flatter leur chat pour augmenter le taux d’ocytocine de nombreuses personnes.

Dans le cadre de cette étude, les chercheurs ont mesuré le taux d’hormones de femmes qui interagissait avec leur chat. Les résultats ont révélé qu’un contact amical avec un félin (le caresser, lui parler d’une voix douce) était associé à un taux plus élevé d’ocytocine dans la salive que pendant une période de détente en silence sans la présence d’un chat.

De nombreuses personnes trouvent apaisant de flatter un animal qui ronronne, et des études ont montré que ce n’est pas seulement grâce à la douceur de son pelage. Le fait de caresser un chat, mais aussi d’entendre son ronronnement, peut déclencher la libération d’ocytocine dans notre cerveau. Une étude réalisée en 2002 a révélé que cette décharge d’ocytocine engendrée par le contact avec un chat causait une diminution du cortisol, l’hormone du stress, et pouvait ainsi abaisser la tension artérielle et soulager la douleur.

Un homme tient un chat gris sur ses genoux
Se blottir contre un chat peut aider à réduire le taux de cortisol, l’hormone du stress.
Vershinin89/Shutterstock

Comment les relations avec un chat permettent-elles de libérer de l’ocytocine ?

La recherche met en évidence des moments précis qui provoquent la libération de cette hormone dans une amitié interespèces. Un contact physique doux semble être un déclencheur chez les chats.

Une étude publiée en février 2025 a révélé que lorsque des gens flattaient, berçaient ou câlinaient leur chat de manière détendue, leur taux d’ocytocine augmentait, tout comme celui de l’animal, à condition que le contact ne soit pas imposé.

Les chercheurs ont mesuré le taux d’ocytocine des chats pendant 15 minutes de jeu et de câlins avec leur maître. Chez les chats qui entretenaient un lien affectif fort avec celui-ci et qui prenaient l’initiative du contact, en s’installant par exemple sur ses genoux ou en donnant de petits coups de tête, on a remarqué une hausse du taux d’ocytocine. Plus ils passaient de temps avec leur humain, plus cette hausse était importante.

Qu’en est-il des félins moins affectueux ? La même étude a permis d’observer des réponses différentes chez les chats ayant un style d’attachement plus anxieux ou distant. Les chats évitants, qui gardaient leurs distances, ne présentaient aucun changement significatif de leur taux d’ocytocine, tandis que les chats anxieux, qui recherchaient constamment leur propriétaire, mais étaient facilement déconcertés par les manipulations, avaient un taux d’ocytocine élevé dès le départ.




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On a constaté que le taux d’ocytocine de ces deux types de chats baissait après un câlin forcé. Lorsque les interactions respectent le bien-être du chat, celui-ci sécrète de l’hormone de l’attachement, mais ce n’est plus le cas s’il se sent piégé.

Les humains pourraient peut-être apprendre quelque chose de leurs amis félins en matière de réponse aux différents styles d’attachement. La clé pour développer un lien avec un chat est de comprendre comment il communique.

À la différence des chiens, les chats ne créent pas de liens par des contacts visuels prolongés. Ils utilisent des signaux plus subtils. Le plus connu est le lent clignement des yeux, qu’on interprète comme un sourire félin exprimant la sécurité et la confiance.

Le ronronnement joue également un rôle dans la création de liens avec les humains. Outre son potentiel guérisseur pour le chat, ce son à basse fréquence a un effet apaisant sur les humains. Écouter le ronron d’un chat peut réduire le rythme cardiaque et la pression artérielle ; c’est l’ocytocine qui est à l’origine de ces bienfaits.


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La présence d’un chat, renforcée par toutes ces petites doses d’ocytocine libérées lors des interactions quotidiennes, peut protéger contre l’anxiété et la dépression et, dans certains cas, apporter un réconfort comparable à celui du soutien social humain.

Les chats sont-ils moins aimants que les chiens ?

Il est vrai que les études montrent généralement des taux d’ocytocine plus élevés lors d’interactions entre chiens et humains. En 2016, des scientifiques ont mené une expérience qui a fait grand bruit dans laquelle ils ont mesuré les taux d’ocytocine chez des animaux de compagnie et leur propriétaire avant et après dix minutes de jeu. Les chiens ont présenté une augmentation moyenne de 57 % de leur taux d’ocytocine après avoir joué, tandis que les chats ont affiché une hausse d’environ 12 %.

Chez les êtres humains, le taux d’ocytocine augmente lors d’interactions sociales significatives. Des études ont montré que le contact avec un être cher provoquait une augmentation plus importante du taux d’ocytocine que le contact avec des étrangers. Et l’accueil joyeux d’un chien engendre une réaction semblable à celle créée par la vue de son enfant ou de son conjoint.




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On pourrait dire que les chiens, qui sont des animaux de meute domestiqués pour accompagner les humains, sont programmés pour rechercher le contact visuel, les caresses et l’approbation de ces derniers, un comportement qui stimule la libération d’ocytocine chez les deux parties. Les chats, en revanche, descendent de chasseurs solitaires qui n’avaient pas besoin de gestes sociaux pour survivre. Ainsi, ils peuvent ne pas afficher un comportement alimenté par l’ocytocine aussi facilement ou régulièrement. Ils réservent plutôt ce type de comportement pour les moments où ils se sentent vraiment en sécurité.

Le chat ne donne pas automatiquement sa confiance, il faut la gagner. Mais une fois accordée, elle est renforcée par la même substance chimique qui lie les parents, les conjoints et les amis humains.

Ainsi, la prochaine fois que votre chat clignera lentement des yeux depuis l’autre bout du canapé ou se lovera sur vos genoux pour un câlin ronronnant, sachez qu’il se produit également quelque chose d’invisible : l’ocytocine augmente dans vos deux cerveaux, renforçant la confiance et apaisant le stress du quotidien. À leur manière, les chats répondent à l’éternelle biologie de l’amour.

La Conversation Canada

Laura Elin Pigott ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Avoir un chat a des bienfaits sur votre cerveau… et le sien – https://theconversation.com/avoir-un-chat-a-des-bienfaits-sur-votre-cerveau-et-le-sien-265913

From selling cars to selling handbags: with the arrival of Luca de Meo at Kering (Gucci, Balenciaga), is luxury becoming a sector like any other?

Source: The Conversation – France – By Ben Voyer, Cartier Chaired Professor of Behavioural Sciences, Full Professor, Department of Entrepreneurship, ESCP Business School

What do the luxury sector and the automotive sector have in common? Until recently, even asking the question would have seemed incongruous, given the apparent dissimilarity between brands engaged in mass production in search of economies of scale and those based on lavish spending and limited editions. The arrival of Luca de Meo (formerly of Renault) at the head of Kering signals a change for the group founded by French entrepreneur François-Henri Pinault, but also for the entire sector. Is playtime officially over?

During Kering’s general meeting earlier this month, de Meo officially took his place as head of the luxury group, the second-largest in France. The choice of the former Renault executive as the new CEO raises questions. Can luxury survive the logic of financial optimisation, such as that found in industry and FMCG (fast-moving consumer goods)?

Luxury in transformation

Since the 1990s, the rise of conglomerates like LVMH and Kering has fundamentally changed the luxury sector, creating an industrial rather than brand-driven logic. These conglomerates took advantage of the high profit margins in luxury and used financial leverage to expand rapidly and acquire brands. They benefitted from economies of scale, ranging from real estate to marketing budgets (which allowed them to negotiate with major media), and from bargaining power with subcontractors on production costs.

Today, however, this strategy is being called into question. Luxury brands are struggling with saturation, declining perceived quality, and loss of exclusivity, even as they continue pursuing growth through volume. A widening gap exists between consumers’ perception of luxury prices and product quality. Many brands are perceived – rightly or wrongly – as having cut corners on craftsmanship and materials while significantly increasing prices, relying mainly on marketing to justify costs. The industry is at a turning point, with many brands stating they will focus on “value rather than volume” in the future. Yet, it remains to be seen whether they can truly return to the fundamentals of luxury, namely craftsmanship and genuine (not orchestrated) rarity.

The new role of the CEO in luxury

Traditionally, luxury brands were family businesses, with leadership passed down from generation to generation. This preserved the brand’s heritage and artisanal dimension. Decisions were made with a long-term vision, in contrast to the dictates of the stock market and financial logic, which require regular reporting. Hermès still follows this model, with its CEO Axel Dumas belonging to the sixth generation of the Hermès-Dumas family.

A second model later emerged: hiring CEOs from within the luxury industry, aligned with the unique aspects of managing luxury brands. This vision dominated during the massive expansion of luxury brands, which went from being regional champions of European excellence and craftsmanship to global leaders in high-value-added premium goods. Today, for example, Nicolas Bos, the new CEO of Richemont – the Swiss luxury conglomerate – previously led Van Cleef & Arpels.

More recently, a new model seems to be emerging, where luxury brands are recruiting CEOs from other industries, especially consumer goods (FMCG) or industries that produce on a large scale. Such was the case with Leena Nair at Chanel, poached from Unilever, and now with de Meo at Kering. This brings new management approaches but also creates tensions with the sector’s traditional values.

Industrial production

Indeed, the FMCG approach has introduced stricter financial management, optimised segmentation and marketing, a growth strategy based on brand extensions, and large-scale production in luxury. However, this also undermines the focus on creativity, craftsmanship and exclusivity in the sector.

These appointments can certainly provide a fresh perspective: Nair’s appointment at Chanel, for example, brings human resources expertise into a sector where talent is scarce. Still, questions remain, especially concerning how excellence in service and customer experience, where luxury practices are far beyond those of consumer goods, can be integrated.

Kering faces specific challenges

There are many challenges for Kering and its new CEO. Gucci – the group’s flagship brand – has seen a 25% drop in sales, while other brands in its portfolio are underperforming. De Meo will need to tackle these issues.

The company expanded rapidly by using financial leverage, but this strategy may have reached its limits given Kering’s current debt. Many concerns remain about the dilution of the group’s brands and the loss of exclusivity.

The traditional luxury group strategy of acquiring trendy or declining brands and reviving them through marketing – boosting desirability and perceived value – and retail (via customer experience) may no longer be as effective in today’s market.

The appointment of a former Renault executive – accustomed to working in a mature industry where platform creation and margin preservation are key – signals that the luxury industry itself is reaching maturity. This strategy focuses marketing efforts on high-value-added flagship products, such as leather goods, beauty and accessories (eg sunglasses). For these products, a platform logic can be applied, where synergies between brands allow cheaper production and distribution, even at the cost of sacrificing brand individuality.

‘Platformisation’ of luxury

The new CEO will need to balance financial performance with preserving the brand’s capital and exclusivity. This may require tough decisions, such as scaling back certain operations or selling underperforming brands. A strategy of returning to exclusivity – by reducing the number of boutiques and focusing on high-value-added items – was successfully implemented by Chanel in the 1980s.

The new leader of Gucci, Balenciaga, and Bottega Veneta will have much to prove to show that a CEO coming from outside the luxury industry can successfully take on these challenges and restore Kering’s growth trajectory while maintaining its luxury positioning.

These difficulties reflect the broader challenges of a business model that has adopted mass‑market tactics, treating emotional and creative products as commodities. This “FMCG for the wealthy” approach poses a real risk of eroding the very essence of luxury.

Conflicting pressures

Luxury brands face conflicting pressures – maintaining exclusivity and craftsmanship while delivering the growth and profits expected by financial markets and conglomerate owners. The industry may have reached the limits of its expansion strategy. This is evidenced by the opening of stores in second‑ and third‑tier cities around the world and the constant launch of new product categories, which dilute brand equity.

Moreover, there is a growing tension between creative, artistic leadership and financial, operational management within luxury houses. The traditional “magic duo” of the creative director and the business leader is being disrupted. The aura of a luxury brand is built above all around a charismatic figure – at once creative and visionary – who is also committed to a brand over the long term.

Finally, there are increasing concerns about the long‑term sustainability of today’s luxury business models, particularly their reliance on marketing rather than genuine quality and authentic exclusivity to justify high prices.


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The Conversation

Ben Voyer received funding from the ESCP HEC Paris Cartier Turning Points Research Chair.

Perrine Desmichel ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. From selling cars to selling handbags: with the arrival of Luca de Meo at Kering (Gucci, Balenciaga), is luxury becoming a sector like any other? – https://theconversation.com/from-selling-cars-to-selling-handbags-with-the-arrival-of-luca-de-meo-at-kering-gucci-balenciaga-is-luxury-becoming-a-sector-like-any-other-265911

États-Unis : les coupes envisagées dans la recherche médicale auraient des répercussions pendant des décennies

Source: The Conversation – in French – By Mohammad S. Jalali, Associate Professor, Systems Science and Policy, Harvard University

Aux États-Unis, les NIH sont l’un des nœuds du système interconnecté, qui produit des avancées dans les domaines de la santé et de la médecine. Anchalee Phanmaha/Moment/Getty Images

Aux États-Unis, les National Institutes of Health sont sous la menace d’une coupe drastique de leur budget. Les conséquences de ces économies de court terme voulues par l’administration Trump pourraient s’étendre bien au-delà du secteur public et, au final, coûter cher à l’ensemble du système de santé.


En mai 2025, la Maison Blanche a proposé de réduire d’environ 40 % le budget des National Institutes of Health (NIH) (les institutions gouvernementales chargées de la recherche médicale et biomédicale, ndlr). Concrètement, leur financement passerait de 48 milliards de dollars à environ 27 milliards, ce qui le ramènerait approximativement au niveau de l’année 2007.

L’étude des archives du budget des NIH nous apprend qu’une telle coupe à deux chiffres n’a été mise en œuvre qu’à une seule autre reprise depuis le début des enregistrements, en 1938. Une diminution de 12 % avait en effet été prononcée en 1952.

Le Congrès des États-Unis – composé de deux chambres, le Sénat et la Chambre des représentants – doit désormais finaliser le nouveau budget avant l’entrée en vigueur du prochain exercice fiscal, le 1er octobre. En juillet, le Sénat avait déjà rejeté les coupes budgétaires proposées par la Maison Blanche, proposant au contraire une modeste augmentation. Début septembre, la Chambre des représentants a également soutenu un budget prévoyant le maintien des financements actuels de l’agence.

L’idée de réduire les ressources des NIH n’est pas nouvelle, et de telles propositions refont régulièrement surface. Le débat actuel suscite cependant des incertitudes quant à la stabilité du secteur de la recherche dans son ensemble, et au sein des milieux scientifiques, les inquiétudes vont bon train.

Chercheurs nous-mêmes, nous étudions les complexes systèmes de politiques de santé mis en place. Nous nous intéressons plus précisément à la politique du financement de la recherche scientifique. À ce titre, nous considérons que les NIH sont l’un des maillons d’un système interconnecté destiné à favoriser la découverte de nouvelles connaissances, à former le personnel biomédical et à accomplir des avancées en matière de médecine et de santé publique, à l’échelle nationale.

Nos travaux démontrent que si la réduction des financements des NIH peut sembler générer des économies à court terme, elle déclenche une cascade d’effets qui, à long terme, augmentent les coûts des soins de santé et ralentissent le développement de nouveaux traitements et la mise en place de solutions aux problèmes de santé publique.

Privilégier la vision d’ensemble

Le financement des NIH ne permet pas seulement de soutenir les travaux de chercheurs ou de laboratoires. Il constitue aussi le socle sur lequel reposent le secteur de la recherche médicale et biomédicale des États-Unis, ainsi que le système de santé. En effet, c’est grâce à ce budget que sont formés les scientifiques, qu’est financée la recherche en prévention et que sont produites les connaissances qui seront ensuite utilisées par les entreprises pour mettre au point de nouveaux produits de santé.

Afin de comprendre comment de telles coupes budgétaires peuvent affecter ces différents domaines, nous avons entrepris de passer en revue les données existantes. Nous avons analysé les études (et les ensembles de données) qui ont porté sur les liens entre le financement des NIH (ou de la recherche biomédicale en général) et l’innovation, la main-d’œuvre et l’état de la santé publique.

Dans une étude publiée en juillet 2025, nous avons élaboré un cadre d’analyse simple, destiné à illustrer comment des changements effectués dans une partie du système – ici, les subventions à la recherche – peuvent produire des effets à d’autres niveaux, en grevant par exemple les opportunités de formation ou en ralentissant le développement de nouvelles thérapies.

Une fragilisation de la recherche fondamentale

Les NIH financent une recherche en amont qui n’a pas de valeur commerciale immédiate, mais qui fournit les éléments constitutifs des innovations futures. Cela inclut des projets destinés à cartographier les mécanismes à l’origine des maladies, à mettre au point de nouvelles techniques de laboratoire ou à constituer d’immenses bases de données, qui pourront être exploitées durant des décennies.

Ce sont par exemple les recherches financées par les NIH dans les années 1950 qui ont mené à l’identification du cholestérol et à établir son rôle dans les maladies cardiovasculaires, ce qui a ouvert la voie à la découverte ultérieure des statines. Ces molécules sont aujourd’hui prescrites à des millions de personnes dans le monde pour contrôler leur taux de cholestérol.

Dans les années 1960, les recherches en biologie du cancer ont conduit à la découverte du cisplatine. Utilisée en chimiothérapie, cette molécule est à l’heure actuelle administrée à 10 à 20 % des patients atteints de cancer.

Les recherches fondamentales menées dans les années 1980 pour comprendre le rôle joué par les reins dans le métabolisme du sucre ont de leur côté ouvert la voie à la découverte d’une nouvelle classe de médicaments contre le diabète de type 2. Certains d’entre eux sont également utilisés pour mieux prendre en charge les problèmes de poids. Le diabète touche près de 38 millions de personnes aux États-Unis, où plus de 40 % des adultes sont obèses.

Un patient atteint de cancer reçoit une chimiothérapie dans une clinique
Le cisplatine, largement utilisé en chimiothérapie, a été mis au point grâce aux recherches fondamentales menées pour comprendre la biologie du cancer, lesquelles ont été financées par les NIH.
FatCamera/E+ via Getty Images

Sans ce type d’investissement public financé par les contribuables, nombre de projets fondateurs ne verraient jamais le jour, les entreprises privées hésitant à s’engager dans des travaux aux horizons lointains ou aux profits incertains. Notre étude n’a pas chiffré ces effets, mais les données montrent que lorsque la recherche publique ralentit, l’innovation en aval et les bénéfices économiques sont également retardés. Cela peut se traduire par une diminution du nombre de nouveaux traitements, un déploiement plus lent de technologies permettant de réduire les coûts et une croissance moindre des industries qui dépendent des avancées scientifiques.

Une réduction de la main-d’œuvre scientifique

En octroyant des subventions pour financer les étudiants, les chercheurs postdoctoraux et les jeunes scientifiques, ainsi que les laboratoires et infrastructures où ils sont formés, les NIH jouent également un rôle central dans la préparation de la « relève » scientifique.

Lorsque les budgets diminuent, le nombre de postes disponibles se réduit et certains laboratoires sont contraints de fermer. Cette situation peut décourager les jeunes chercheurs d’entrer dans un domaine ou d’y rester. Ces conséquences dépassent le seul cadre académique. En effet, certains scientifiques formés par les NIH poursuivent ensuite leur carrière dans le secteur des biotechnologies, de l’industrie des dispositifs médicaux ou de la science des données. Un système de formation affaibli aujourd’hui signifie donc moins de professionnels hautement qualifiés dans l’ensemble de l’économie demain.

Les programmes des NIH ont, par exemple, permis de former non seulement des chercheurs universitaires, mais aussi des ingénieurs et analystes qui travaillent désormais sur les thérapies immunitaires, les interfaces cerveau-ordinateur, les outils de diagnostic ou encore les dispositifs pilotés par l’intelligence artificielle, ainsi que sur d’autres technologies utilisées tant par des start-up que par des entreprises biotechnologiques et pharmaceutiques établies.

Si ces opportunités de formation se raréfient, les industriels des biotechnologies et du médicament risquent de voir le vivier de talents dans lequel ils puisent se réduire. Un affaiblissement de la main-d’œuvre scientifique financée par les NIH pourrait également compromettre la compétitivité mondiale des États-Unis, y compris dans le secteur privé.

L’innovation se déplace vers des marchés plus limités

Les investissements publics et privés remplissent des fonctions différentes. Le financement des NIH réduit souvent le risque scientifique en menant les projets à un stade où les entreprises peuvent investir avec davantage de confiance. Des exemples passés incluent le soutien à la physique de l’imagerie ayant conduit à l’imagerie par résonance magnétique (IRM) et à la tomographie par émission de positons (TEP), ainsi que des recherches en science des matériaux qui ont permis la mise au point des prothèses modernes.

Nos recherches mettent en évidence le fait que lorsque l’investissement public recule, les entreprises tendent à se concentrer sur des produits présentant des retours financiers plus immédiats. L’innovation s’oriente alors vers des médicaments ou des technologies aux prix de lancement très élevés, délaissant des améliorations qui pouvant répondre à des besoins plus larges (optimisation de thérapies existantes ou développement de diagnostics largement accessibles). Or, lorsque le financement public se réduit et que les entreprises privilégient des produits onéreux plutôt que des améliorations accessibles à moindre coût, la dépense globale de santé peut croître.

Un chirurgien examine une IRM cérébrale
Les technologies d’imagerie, telles que l’IRM, ont été développées grâce au financement public de la recherche fondamentale par les NIH.
Tunvarat Pruksachat/Moment via Getty Images

Certains médicaments anticancéreux, par exemple, reposent fortement sur des découvertes fondamentales issues de la biologie cellulaire et de la méthodologie des essais cliniques, découlant de recherches financées par les NIH. Des études indépendantes révèlent que sans ce socle initial de recherche publique, les délais de développement s’allongent et les coûts augmentent – des effets qui se traduisent par des prix plus élevés pour les patients et les systèmes de santé.

Ce qui apparaît comme une économie budgétaire à court terme peut donc produire l’effet inverse, les programmes publics tels que Medicare (système d’assurance-santé destiné aux plus de 65 ans et aux personnes répondant à certains critères, ndlr) et Medicaid, qui procure une assurance maladie aux personnes à faibles ressources, devant finalement absorber des coûts supérieurs.

La prévention et la santé publique reléguées au second plan

Les NIH financent également une part importante de la recherche consacrée à la promotion de la santé et à la prévention des maladies. On peut par exemple citer les études sur la nutrition, les maladies chroniques, la santé maternelle ou encore les expositions environnementales telles que la pollution au plomb ou la pollution atmosphérique.

Ces projets contribuent souvent à améliorer la santé des individus avant que la maladie ne s’aggrave. Ils attirent cependant rarement des investissements privés, car leurs bénéfices, qui apparaissent progressivement, ne se traduisent pas en profits directs.

Repousser à plus tard ou annuler la recherche en prévention peut conduire à des coûts ultérieurs plus élevés, en raison de l’augmentation du nombre de patients dont l’état se sera dégradé et nécessitera des traitements lourds afin de soigner des affections qui auraient pu être évitées ou mieux prises en charge en amont.

Des décennies d’observation dans le cadre de la Framingham Heart Study (une étude épidémiologique au long cours, dont l’objet initial était l’étude des maladies cardiovasculaires, et qui se poursuit encore aujourd’hui) ont façonné les recommandations thérapeutiques sur des facteurs de risque tels que l’hypertension artérielle et les troubles du rythme cardiaque.

Aujourd’hui, les connaissances s’appuyant sur ce pilier de la prévention permettent de réduire les risques d’infarctus et les accidents vasculaires cérébraux (AVC), graves et coûteux à traiter lorsqu’ils surviennent.

Une réorientation plus large

Au-delà de ces domaines précis, la véritable question est de savoir comment les États-Unis choisiront à l’avenir de soutenir la recherche scientifique et médicale. Pendant des décennies, l’investissement public a permis aux chercheurs de s’attaquer à des problématiques difficiles et de mener des études s’étalant sur plusieurs décennies.

Ce soutien financier a contribué à produire des avancées allant des thérapies psychosociales pour lutter contre la dépression aux méthodes chirurgicales de transplantation hépatique. Autant de progrès qui ne s’intègrent pas aisément dans les logiques de marché, contrairement aux médicaments ou aux dispositifs médicaux.

Si le soutien du gouvernement s’affaiblit, la recherche médicale et la recherche en santé publique pourraient devenir plus dépendantes des marchés et de la philanthropie. Cette situation risquerait de réduire l’éventail des problématiques étudiées et de limiter la capacité de réaction face à des urgences telles que l’émergence de nouvelles infections ou la gestion des risques sanitaires liés au climat.

Les pays qui auront choisi de maintenir un investissement public soutenu dans la recherche pourraient aussi acquérir un avantage sur les États-Unis, en s’avérant capables d’attirer les meilleurs chercheurs, et en se trouvant en position d’établir les standards mondiaux sur lesquels se baseront les nouvelles technologies. Le corollaire étant qu’une fois que les opportunités auront été perdues et que les talents se seront dispersés, la reconstruction du système exigera bien plus de temps et de ressources que s’il avait été préservé.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

ref. États-Unis : les coupes envisagées dans la recherche médicale auraient des répercussions pendant des décennies – https://theconversation.com/etats-unis-les-coupes-envisagees-dans-la-recherche-medicale-auraient-des-repercussions-pendant-des-decennies-265455

Dans les polars des années 1950, des gifles pour réduire les personnages féminins au silence

Source: The Conversation – in French – By Camille Bouzereau, Chercheuse postdoctorale en linguistique, Université Paris Nanterre – Université Paris Lumières

Dans les romans policiers en français des années 1950-1970, écrits presqu’exclusivement par des hommes, les mots « gifle » et « gifler » ont souvent pour victimes des femmes qu’il s’agit de faire taire pour asseoir la domination masculine, comme le montre une étude linguistique.


Notre étude sur la gifle dans le polar s’inscrit au sein du projet POLARisation (2023-2026). Il regroupe des chercheuses et chercheurs en littératures, cultures populaires et médiatiques autour des récits criminels du XXe siècle et d’un grand corpus de fictions constitué avec Valentin Chabaux, ingénieur de Nanterre. Ce corpus numérique comprend 3015 romans écrits ou traduits en français, publiés entre 1945 et 1989 en France, chez plusieurs éditeurs et dans 8 collections de romans policiers.

L’intégralité des huit collections a été traitée de manière informatique (traitement automatique des langues ; linguistique de corpus) et nous avons d’abord cherché à extraire des patterns syntaxiques récurrents statistiquement, indiquant la spécificité du polar.

Des « patterns » autour de la gifle

Après avoir observé le vocabulaire récurrent qui entoure les termes de « bagarre », « coup de poing », « baffe », « gifle », nous avons constaté que les coups ont un genre : par exemple, la « baffe » (plus familier) est utilisée pour les conflits masculins et la « gifle » implique au moins un personnage féminin, alors qu’il s’agit de synonymes. Grâce à Adam Faci, postdoctorant en informatique, nous avons identifié un pattern qui a retenu notre attention. Il repose sur l’association récurrente d’un échange verbal et d’une gifle :

VERBE DE PAROLE + GIFLE + POUR + PRONOM + FAIRE TAIRE

Voici un extrait prototypique qui comprend cette séquence (nous développons ensuite) :

« C’était une scène terrible, où Mirabelle déversait un flot de grossièretés au point que Wessler, indigné, devait la gifler pour la faire taire. »

(Patrick Quentin, Puzzle pour acteurs, Presses de la Cité, « Mystère », 1971.)

L’analyse du texte confirme que dans ces occurrences les prises de parole féminines sont souvent suivies de gifles et que l’expression du but introduit par « pour » permet d’expliciter la finalité de la gifle : il s’agit presque toujours de « faire taire » le féminin. Plusieurs scénarios de la gifle sexiste sont repris en ce sens dans nos polars.

Parler au féminin dans les romans policiers

La gifle vient interrompre le discours féminin parce qu’il ne correspondrait pas au souci d’efficacité et d’action imposé par l’intrigue : elle doit mettre fin à l’inanité du personnage féminin (minoré, infantilisé, animalisé, jugé en crise) en même temps qu’elle signifie la domination et le sang-froid du détective ou de l’espion.

Avant la gifle, le discours féminin peut aussi se miner lui-même – stratégie de légitimation de la gifle masculine qui ne ferait que rendre service à un féminin arrivant au point de rupture :

« – Non, ça n’ira pas bien ! (Elle sanglotait dans son fauteuil, incapable de se retenir.) T… tu ne peux pas comprendre. T… tu ne sais pas comment ça se passe, ici. Elle va me mettre à la porte, et j… je ne peux vraiment pas… il faut que j… je…
Je la giflai, sèchement, deux gifles rapides en succession, de la paume et du dos de la main. »

(Jim Thompson, Nuit de fureur, Fleuve Noir, « Engrenage », 1983.)

Les points de suspension obligent à la répétition et, associés aux formes négatives, closent avant la fin de la phrase le discours d’un personnage ânonnant. La parenthèse renforce cet effet avec la négation « incapable de se retenir » : la narration vient interrompre elle-même le discours, pour commenter l’échec féminin à faire avancer l’intrigue. Dans un récit qui valorise la maîtrise de soi, cette incapacité est violemment sanctionnée – notons que l’homme qui gifle ici est maître de lui, et que la gifle semble un choix pragmatique, et non une réponse émotionnelle. La gifle devient même parfois un remède :

« – Non, il est mort, dit-elle, c’est le seul homme que j’ai aimé, le seul homme avec qui j’ai couché, nous étions amants, écoutez, nous étions amants et je ne le regrette pas parce que nous nous aimions, nous nous aimions, et à chaque fois c’était plus beau, oh mon Dieu, je voudrais être morte aussi…
Ses yeux étaient fixes, hagards ; des bulles de salive éclataient aux coins de sa bouche. Je la giflai, sans ménagement, assez fort pour lui retourner la tête et faire rougir sa joue. »

(Bill Pronzini, Où es-tu, militaire ?, Gallimard, « Série Noire », 1974.)

Le discours tenu par le personnage féminin est plein de répétitions signalant son incohérence, et il est marqué par une affectivité proche de l’hystérie, telle que définie par une médecine sexiste – l’interjection « Oh mon Dieu » suivie du vœu de mort. Les points de suspension révèlent aussi qu’il s’est définitivement enrayé. Les « bulles de salive », les yeux « hagards », peignent à grands traits un tableau clinique auquel la gifle vient remédier.

Le personnage féminin est ainsi minimisé, tant dans son discours que dans sa capacité à interagir à égalité avec le personnage masculin, et dans son érotisation : la femme fatale élégante et mystérieuse se transforme en hystérique dépenaillée (sans cesser parfois d’être sexualisée). La critique de cinéma et réalisatrice Laura Mulvey a d’ailleurs théorisé le « male gaze », ce « regard masculin » qui place le désir de domination de l’homme au centre du récit, à partir d’œuvres cinématographiques contemporaines de ces récits.




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Discours narrativisés, discours niés

Pour faire taire le personnage féminin, une autre possibilité est de réduire au maximum les propos rapportés en utilisant ce qu’on appelle en linguistique le discours narrativisé (DN), un discours qui laisse le lecteur imaginer ce que le personnage a dit à son destinataire.

Avec le DN, il est fait mention d’un discours qui a eu lieu, mais son contenu n’est pas précisé. Dans ce cadre, peu importe la teneur du propos rapporté. Soit le contenu du discours n’est qu’allusif (par exemple, ci-dessous, le terme « regrettables » rapportant le point de vue du narrateur et non celui du personnage féminin) :

« Par stupide gloriole, il lui avait raconté le déjeuner avec le diplomate. Elle avait très mal pris la chose et prononcé des mots regrettables. Il avait dû la gifler, encore une fois, pour la faire taire. »

(Jean Bruce, Noël pour un espion, Presses de la Cité, « Un mystère », 1956.)

Ou bien le contenu est porté par un cliché (ici, « glapir des injures ») :

« – Parce qu’elles m’emmerdent ! Aussitôt, les deux demoiselles se mirent à glapir des injures et Hernandez en gifla une pour lui imposer silence. »

(Charles Exbrayat, La haine est ma compagne, Librairie des Champs-Élysées, « Le Masque », 1981.)

Ce qui importe, c’est de dérouler le script de la gifle après la crise de nerfs. Dans ces contextes, la gifle est bien présentée comme un moyen de soumettre les personnages féminins – en état de sidération ou écrasés au sol :

« Ce spectacle redoubla l’hilarité d’Odile. Son rire devint un véritable hennissement. C’était la crise de nerf imminente. Mendoza le comprit et lui donna deux gifles droite, gauche, qui la firent vaciller. Soudain dégrisée, elle se mit à sangloter. »

(Jean-Pierre Conty, La Longue Nuit de Mr Suzuki, Fleuve Noir, « Espionnage », 1968.)

Des performativités brisées

Pour conclure, prenons un dernier exemple :

« – Vous n’avez pas le droit ! Margaret Boolitt, en larmes, retournant vers son mari, reçut, de la part de ce dernier, une autre gifle qui fit autant de bruit que la première. »

(Charles Exbrayat, Imogène et la veuve blanche, Librairie des Champs-Élysées, « Le Masque », 1975.)

Ici, Margaret Boolitt a la parole et s’exclame « Vous n’avez pas le droit ! ». Dans notre corpus, cet énoncé fréquent dans les défenses féminines échoue pragmatiquement : c’est une formule figée qui traduit l’impuissance féminine, un réflexe discursif consistant à vouloir s’abriter derrière une norme sociale, mais dans un contexte où cette norme est systématiquement violée.

Selon la philosophe Judith Butler reprenant John Langshaw Austin, la parole est performative (c’est-à-dire qu’elle a un impact sur le réel) quand elle est prononcée dans un cadre institutionnel légitime, par un locuteur habilité, et dont on reconnaît l’autorité. Or, dans les extraits étudiés, et bien souvent dans ces récits écrits par des hommes et pour les hommes, la performativité est brisée.

La parole féminine échoue précisément parce qu’elle ne remplit pas ces conditions de performativité. Comme le montre ce script de la gifle, la figure féminine dans le polar des années 1950-1970 est souvent dominée, contrôlée, et exclue des circuits de légitimation.

Cette représentation des femmes, giflées pour être réduites au silence, dans
des productions culturelles largement diffusées, est évidemment alimentée par les inégalités effectives entre les hommes et les femmes dans la société de cette époque, et a contribué en retour à alimenter le même imaginaire.

The Conversation

Camille Bouzereau a reçu des financements de l’ANR POLARisation & de l’Université Paris Nanterre.

Gonon Laetitia a reçu des financements de l’ANR pour le projet POLARisation auquel elle contribue.

ref. Dans les polars des années 1950, des gifles pour réduire les personnages féminins au silence – https://theconversation.com/dans-les-polars-des-annees-1950-des-gifles-pour-reduire-les-personnages-feminins-au-silence-265088

Et si un minuscule crustacé aidait à mieux comprendre les effets du plastique dans les estuaires ?

Source: The Conversation – France (in French) – By Céleste Mouth, Doctorante (PhD Student), Université Le Havre Normandie

Véritable sentinelle écologique, le copépode _Eurytemora affinis_ pourrait être le gardien de la santé des estuaires face à la pollution plastique. Sebio, Fourni par l’auteur

Des rivières aux océans, le plastique transite par les estuaires, des zones vitales pour la biodiversité, mais fragiles. Pour mesurer son impact, une recherche franco-canadienne s’appuie sur un minuscule crustacé, « Eurytemora affinis », véritable sentinelle écologique qui doit aider à mieux comprendre les effets de la pollution par les micro et nanoplastiques.


Le plastique est un polluant omniprésent. Dans les emballages, véhicules, textiles ou cosmétiques, il fait partie intégrante de notre quotidien. Sa production, qui a explosé depuis les années 1950, dépasse aujourd’hui 400 millions de tonnes par an.

Cette surproduction massive, combinée à une gestion insuffisante des déchets, entraîne une accumulation durable dans l’environnement. Faiblement biodégradable, le plastique persiste pendant des décennies et se retrouve désormais dans tous les milieux : air, sols, eaux douces, océans, jusqu’aux pôles et aux abysses.

Face à cette pollution mondiale, la recherche s’efforce de mieux quantifier les plastiques, d’en comprendre la dispersion et d’évaluer leurs effets sur les écosystèmes et les organismes. Dans un nouveau projet de recherche doctorale que nous menons, cette question est abordée en examinant deux estuaires : celui de la Seine, en France, et celui du Saint-Laurent au Québec.

L’enjeu : évaluer le niveau de contamination en micro et nanoplastiques de ces estuaires en s’intéressant notamment aux effets du plastique sur un petit crustacé méconnu, un minuscule copépode baptisé Eurytemora affinis qui constitue une espèce sentinelle précieuse.




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Les estuaires, des écosystèmes sensibles

La plupart des études se concentrent sur les océans : les milieux d’eau douce et notamment les fleuves et estuaires restent encore largement sous-explorés.

Pourtant, environ 80 % des plastiques marins proviennent de sources terrestres, transportés par les rivières et déversés en mer via les estuaires. Situés à proximité de zones densément peuplées ou industrialisées, les estuaires sont donc directement exposés aux débris plastiques issus des activités humaines.

Mais les réduire à leur seule vulnérabilité serait une erreur : les estuaires sont parmi les milieux les plus riches et productifs de la planète. Ils abritent une biodiversité remarquable, servent de nurseries pour de nombreuses espèces, filtrent naturellement l’eau et jouent un rôle essentiel dans les cycles biogéochimiques.

Ils offrent aussi de nombreux services écosystémiques aux sociétés humaines : alimentation à travers la pêche, régulation de la qualité de l’eau, atténuation des crues, protection contre l’érosion côtière, etc.

Leur position géographique, en revanche, à l’interface entre terre et mer, les rend particulièrement sensibles aux pressions anthropiques. Face à l’augmentation de la pollution plastique, il est urgent de mieux comprendre comment ces écosystèmes réagissent, et quels organismes sont en première ligne.

« Eurytemora affinis », minuscule gardien de l’équilibre

Parmi les nombreuses espèces vivant dans ces milieux sous pression, certaines occupent une place centrale dans leur équilibre écologique. C’est le cas d’un petit crustacé d’environ un millimètre : Eurytemora affinis.

Spécimen de copépode Eurytemora affinis
Caroline Lamontagne, Fourni par l’auteur

Très abondant dans les estuaires de l’hémisphère Nord, il constitue un maillon clé du réseau trophique, assurant le transfert d’énergie entre le phytoplancton et les organismes de niveaux supérieurs. Son atout majeur ? Une capacité d’adaptation exceptionnelle. Il tolère de très fortes variations environnementales, ce qui lui permet de coloniser de nombreux habitats.

Mais E. affinis est aussi un excellent bio-indicateur de l’état de santé des estuaires. En effet, certaines espèces, dites « sentinelles », réagissent rapidement aux perturbations, permettant d’anticiper les effets de la pollution : c’est le principe de la biosurveillance. Grâce à sa sensibilité aux polluants, son cycle de vie court, sa densité élevée et la possibilité de l’élever en laboratoire, E. affinis est un modèle idéal en écotoxicologie. Il permet d’étudier à la fois l’exposition, les effets biologiques et les mécanismes de réponse face aux contaminants.

Vue aérienne du Havre (Seine-Maritime) et de l’estuaire de la Seine.
Sentinel Hub, CC BY

Ce qui rend l’étude d’E. affinis particulièrement intéressante, c’est qu’il ne s’agit pas d’une seule espèce, mais d’un complexe d’espèces cryptiques (c’est-à-dire, dont il est impossible de distinguer les différentes espèces à l’œil nu sans analyse génétique).

Ces différences pourraient influencer la façon dont chaque population réagit aux polluants. Ces variations ont jusque-là été peu explorées. Et c’est justement tout l’enjeu : mieux les comprendre pourrait nous aider à identifier les espèces et leurs populations les plus vulnérables pour mieux protéger les écosystèmes qu’elles habitent.

Deux de ces lignées vivent dans les estuaires de la Seine (France) et du Saint-Laurent (Canada). Ce sont précisément ces deux populations transatlantiques qui sont au cœur de ce travail de recherche.

Microplastiques, mais maxi dangers

Une fois libérés dans l’environnement, les plastiques se dégradent progressivement sous l’effet de processus physiques, chimiques et biologiques. Ils se fragmentent alors en particules de plus petite taille, dites microplastiques (de 1 micromètre à 5 millimètres) et nanoplastiques (de 1 nanomètre à 1 micromètre) secondaires.

À cela s’ajoutent aussi les micro et nanoplastiques (MNPs) dits primaires, fabriqués directement à ces tailles et involontairement libérés dans l’environnement, par exemple via le lavage des vêtements en fibres synthétiques.




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Malgré leur petite taille, ces particules représentent une menace majeure. Leurs propriétés physiques les rendent extrêmement résistants aux processus naturels de décomposition, ce qui leur permet de persister longtemps dans l’environnement.

Leur taille les rend faciles à ingérer par une grande variété d’organismes, du zooplancton aux mammifères marins. Une fois ingérées, ces particules peuvent provoquer des obstructions physiques, réduire l’absorption des nutriments, ou – dans le cas des nanoplastiques – pénétrer dans la circulation sanguine, entraînant une cascade d’effets biologiques néfastes.

Leurs dangers tiennent également du « cheval de Troie » : leur surface adsorbe d’autres polluants hydrophobes, comme les hydrocarbures aromatiques polycycliques (HAP), les polychlorobiphényles (PCB) ou les métaux lourds. Une fois ingérés, ces contaminants peuvent alors être rejetées dans le tube digestif de l’organisme et avoir des effets toxiques.

Dans ce contexte, il est crucial d’étudier les effets des micro et nanoplastiques dans les estuaires à travers un modèle écologique clé comme E. affinis pour comprendre les effets de cette pollution émergente sur la biodiversité.




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Avec Plasticop, mieux comprendre la vulnérabilité des copépodes aux plastiques

Ce projet doctoral Plasticop, co-dirigé par le laboratoire Stress Environnementaux et BIOSurveillance des milieux aquatiques au Havre (France) et l’Institut des sciences de la mer au Québec (Canada), s’intéresse ainsi à deux lignées du copépode, dont deux populations d’E. affinis vivant dans les estuaires de la Seine et du Saint-Laurent.

Il se structure autour de trois grands axes :

  • Le premier consiste à évaluer l’état de contamination en MNPs dans ces deux estuaires, en analysant trois compartiments : l’eau, les sédiments et les copépodes eux-mêmes.

  • Le deuxième vise à exposer en laboratoire ces populations naturelles aux types de plastiques identifiés lors du premier volet et d’en observer les effets. L’objectif est d’évaluer non seulement les impacts à court terme (sur la survie, la croissance ou la reproduction), mais aussi les effets à long terme à travers une étude sur quatre générations successives.

  • Enfin, le troisième axe explore l’influence du réchauffement climatique sur la bioaccumulation de ces particules plastiques, c’est-à-dire leur capacité à s’accumuler progressivement dans les tissus des organismes.

En combinant ces approches, cette recherche vise à mieux comprendre la résilience de ce complexe d’espèces clés face à des pressions environnementales multiples, et à anticiper l’évolution de ces écosystèmes fragiles.

Ce n’est que le début de l’aventure : les premiers résultats sont attendus dans les trois prochaines années… et nous sommes impatients de les partager.


Cet article est publié dans le cadre du festival Sur les épaules des géants, qui se déroule du 25 au 27 septembre 2025 au Havre (Seine-Maritime), dont The Conversation est partenaire. Joëlle Forget-Leray et Céleste Mouth seront présentes pour un débat après la projection, le 26 septembre à 13 h 45, du film Plastic People.

The Conversation

Céleste Mouth a reçu des financements dans le cadre du projet PiA 4 ExcellencEs – Polycampus LH 2020 / France 2030 / ANR 23 EXES 0011

Gesche Winkler a reçu des financements du conseil de recherches en sciences naturelles et en génie du Canada (CRSNG), de l’APOGÉE Canada “Transforming Climate Change” et du regroupement stratégique “Québec-Océan”.

Joëlle Forget-Leray a reçu des financements dans le cadre du projet PiA 4 ExcellencEs – Polycampus LH 2020 / France 2030 / ANR 23 EXES 0011

ref. Et si un minuscule crustacé aidait à mieux comprendre les effets du plastique dans les estuaires ? – https://theconversation.com/et-si-un-minuscule-crustace-aidait-a-mieux-comprendre-les-effets-du-plastique-dans-les-estuaires-265111

Parler deux langues dès le plus jeune âge : un entraînement cérébral pour toute la vie

Source: The Conversation – France (in French) – By Alejandro Martínez, Personal de investigación en el grupo Neuro-colab, UDIT – Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología

Grandir avec deux langues, ce n’est pas une confusion mais une richesse : le cerveau bilingue se développe avec plus de souplesse et de force, offrant des bénéfices qui durent toute la vie. Tolikoff Photography/Shutterstock

Même s’ils commencent à parler un peu plus tard, les enfants bilingues traitent les informations avec plus de souplesse. Voici ce qui se passe dans leur cerveau et comment favoriser ce processus.


Lorsque les enfants grandissent en entendant deux langues, leur famille et leurs enseignants s’inquiètent parfois : vont-ils s’embrouiller ? Vont-ils mettre plus de temps à parler ? Cela va-t-il affecter leurs résultats scolaires ?

Ces doutes sont compréhensibles : en effet, les enfants bilingues peuvent mettre un peu plus de temps à prononcer leurs premiers mots ou mélanger les deux langues au début. Cependant, il ne s’agit pas d’un retard pathologique, mais d’une étape naturelle de leur apprentissage. En réalité, ils traitent deux fois plus d’informations linguistiques, ce qui constitue un entraînement supplémentaire pour leur cerveau, qui s’en trouve renforcé de manière très bénéfique pour toute leur vie.

Que signifie être bilingue ?

Être bilingue ne signifie pas simplement parler couramment deux langues : une personne bilingue est celle qui utilise régulièrement les deux langues dans sa vie. Cela inclut ceux qui apprennent une langue à la maison et une autre à l’école, les enfants qui parlent une langue avec un parent et une autre avec l’autre, ou ceux qui vivent dans des communautés où deux langues sont couramment utilisées.

Mais est-on bilingue pour toujours ? La réponse est nuancée. Une personne peut cesser d’utiliser l’une de ses langues et, avec le temps, la perdre : perte de vocabulaire, de fluidité ou de précision. Cependant, même si la compétence pratique diminue, le cerveau conserve les traces de cet apprentissage précoce. Des études récentes montrent que les avantages cognitifs, tels que la flexibilité mentale ou la réserve cognitive, persistent même chez ceux qui ont cessé d’utiliser activement leurs deux langues.

Le cerveau bilingue en développement

Pendant l’enfance, le cerveau est très plastique. L’hypothèse de la période critique suggère que l’apprentissage précoce des langues favorise une organisation cérébrale plus intégrée : les réseaux neuronaux des différentes langues se chevauchent et coopèrent, au lieu de fonctionner séparément comme c’est souvent le cas chez les adultes.

Par exemple, un enfant qui apprend l’anglais et l’espagnol dès son plus jeune âge peut passer d’une langue à l’autre rapidement et naturellement, tandis qu’un adulte aura besoin de plus d’efforts et d’énergie pour changer de langue. Il existe diverses études de neuro-imagerie montrent que plus une deuxième langue est acquise tôt, plus ses réseaux neuronaux se superposent à ceux de la première langue, ce qui réduit l’effort nécessaire pour changer de langue.

Un double apprentissage, sans ralentissement

Dans la pratique, même si les enfants bilingues semblent commencer à parler plus tard, ils répartissent en fait leur vocabulaire entre deux langues. Si un enfant monolingue connaît 60 mots en espagnol, un enfant bilingue peut en connaître 30 en anglais et 30 en espagnol : le total est le même. En d’autres termes, ils progressent plus lentement dans chaque langue séparément, mais pas dans leur développement linguistique global.

Au-delà du vocabulaire, la gestion de deux langues dès le plus jeune âge entraîne le contrôle exécutif, qui comprend la capacité à se concentrer, à alterner les tâches et à filtrer les distractions. Par exemple, un enfant bilingue peut passer rapidement des instructions en espagnol à celles en anglais en classe, ou choisir la langue appropriée en fonction de son interlocuteur. Ces situations renforcent la mémoire de travail et l’attention soutenue.

Le cerveau bilingue supprime également temporairement la langue dont il n’a pas besoin dans chaque contexte. Ce processus, connu sous le nom de « contrôle inhibiteur », ne signifie pas « effacer » une langue, mais la désactiver momentanément afin que l’autre puisse s’exprimer sans interférence. Cette gymnastique cérébrale renforce les réseaux liés à la prise de décision, à la planification et à la résolution de problèmes.

Des avantages tout au long de la vie

Le bilinguisme n’apporte pas seulement des avantages pendant l’enfance : ses effets positifs peuvent perdurer même si, avec les années, l’une des langues n’est plus utilisée régulièrement. Même si cette deuxième langue peut être perdue, l’entraînement cognitif précoce continue à agir.

Par exemple, les personnes âgées qui ont grandi en parlant deux langues présentent plus de matière grise dans des zones clés du cerveau et peuvent retarder l’apparition des symptômes de la maladie d’Alzheimer.

Flexibilité cognitive

De plus, la maîtrise de deux langues favorise la flexibilité cognitive, c’est-à-dire la capacité à s’adapter à des situations changeantes. Lorsqu’un enfant ou un adolescent change de langue en fonction de son interlocuteur, lit un texte dans une langue puis explique la même idée dans une autre, il exerce sa capacité de concentration et d’attention focalisée dans d’autres contextes : jeux, conversations dans des environnements bruyants, changements inattendus en classe ou activités extrascolaires. Cette flexibilité lui permet d’acquérir de nouvelles compétences plus facilement.

La conclusion n’est pas que les personnes bilingues soient « meilleures » que les autres, mais que leur cerveau apprend à gérer les informations différemment, ce qui leur permet de relever plus facilement des défis variés.

Ces expériences contribuent à ce que les scientifiques appellent la « réserve cognitive », une ressource mentale qui protège le cerveau et aide à maintenir les capacités cognitives pendant des décennies, même chez les personnes âgées.

Comment tirer parti des avantages du bilinguisme

Encourager le bilinguisme ne signifie pas faire pression ou forcer les résultats, mais créer des contextes naturels d’exposition aux deux langues. Lire des histoires dans deux langues, regarder des films en version originale sous-titrée, chanter des chansons, jouer à des jeux de rôle ou avoir des conversations dans une langue étrangère sont des moyens informels de pratiquer sans en faire une obligation.

C’est important car, même si les programmes scolaires, tels que la méthode EMILE (enseignement d’une matière intégré à une langue étrangère) ont un rôle à jouer, le bilinguisme quotidien s’enrichit dans des situations plus spontanées : cuisiner en suivant des recettes en français, jouer à des jeux vidéo en anglais ou partager des histoires familiales dans la langue maternelle. Ces expériences renforcent le lien émotionnel avec la langue et en font un outil vivant, au-delà de l’école.

Loin d’être un défi, l’exposition à deux langues est une opportunité pour les enfants de développer un cerveau flexible, bien connecté et capable d’organiser efficacement les connaissances. Grandir dans des contextes qui valorisent les deux langues permet de tirer parti de ces avantages cognitifs et culturels, en soutenant à la fois leur apprentissage scolaire et leur développement personnel.

The Conversation

Alejandro Martínez ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Parler deux langues dès le plus jeune âge : un entraînement cérébral pour toute la vie – https://theconversation.com/parler-deux-langues-des-le-plus-jeune-age-un-entrainement-cerebral-pour-toute-la-vie-265601

Délocalisations : L’effet « havre de pollution » n’est pas un mythe populaire

Source: The Conversation – France (in French) – By Raphaël Chiappini, Maître de conférences en économie, Université de Bordeaux

Le « havre de pollution » existe-t-il vraiment ? Face au durcissement des politiques climatiques, certaines entreprises déplacent-elles réellement leurs activités vers des pays aux normes plus souples ? Une nouvelle étude lève le doute : ce phénomène existe bel et bien.


Face à l’urgence climatique, de nombreux pays renforcent leurs réglementations environnementales afin de favoriser leur transition écologique. Cependant, dans un monde où tous les pays ne sont pas vertueux, cette démarche ne risque-t-elle pas de faire fuir les investisseurs étrangers vers des destinations disposant de règlementations environnementales moins contraignantes, créant une sorte de « havre de pollution », là où les activités polluantes échappent aux mesures les plus répressives ? Cette question divise les économistes et les décideurs publics depuis des décennies.

Notre récente étude empirique, publiée dans Macroeconomic Dynamics, apporte un éclairage nouveau sur cette question. En analysant les flux d’investissements directs étrangers (IDE) de 121 pays investisseurs vers 111 pays hôtes entre 2001 et 2018, et à partir de la construction d’un nouvel indicateur de sévérité des politiques environnementales, nous confirmons l’existence d’un effet de « havre de pollution ». Cependant, les dynamiques en jeu restent complexes.

Deux hypothèses en confrontation

La littérature économique reste divisée sur l’impact des réglementations environnementales sur les entreprises. Deux visions s’opposent. D’un côté, « l’hypothèse de Porter » (1991) suggère que des règles strictes peuvent stimuler l’innovation, améliorer la productivité et renforcer la compétitivité. De l’autre, l’« hypothèse du havre de pollution » développée notamment dans les années 1990, avance que les industries se déplacent vers les pays où les normes sont plus souples afin de réduire leurs coûts. Ce phénomène a été amplifié par la mondialisation des années 1990, marquée par la baisse des coûts de transport et l’essor des pays à bas salaires. Ainsi, une part de la réduction des émissions dans les pays développés pourrait s’expliquer par la délocalisation d’activités polluantes vers des pays moins stricts, accompagnée d’une hausse des importations plus intensives en gaz à effet de serre, selon une étude récente.

Un nouvel outil pour les politiques environnementales

Les études empiriques antérieures aboutissent souvent à des résultats contradictoires, en grande partie parce qu’il est difficile de comparer la rigueur des politiques environnementales d’un pays à l’autre. Pour dépasser cet obstacle, nous avons construit un nouvel indice de sévérité des politiques environnementales, l’Environmental Stringency Index (ESI), couvrant plus de 120 pays entre 2001 et 2020.

Cet indicateur repose sur deux dimensions :

  1. La mise en œuvre, mesurée par l’engagement formel d’un pays à travers le nombre de lois climatiques adoptées et sa participation aux grands accords internationaux (comme le Protocole de Montréal ou l’Accord de Paris) ;

  2. L’application effective, évaluée en comparant les émissions prédites d’un pays, en fonction de sa structure industrielle, à ses émissions réelles. Lorsqu’un pays émet moins que prévu, cela traduit des efforts concrets d’atténuation.

Les signaux politiques sont efficaces

Nos résultats empiriques confirment clairement l’existence d’un effet de « havre de pollution » : une hausse d’un écart-type de notre indice de rigueur environnementale dans un pays hôte entraîne en moyenne une baisse de 22 % des IDE entrants.

Plus encore, nous montrons que les investisseurs étrangers réagissent davantage à l’annonce des politiques plutôt qu’à leur application effective. Autrement dit, l’adoption de nouvelles lois climatiques ou la ratification d’accords internationaux envoie un signal crédible aux entreprises quant à l’évolution future des coûts réglementaires. À l’inverse, les performances environnementales réelles ne semblent pas influencer significativement les décisions d’investissement.

Cette observation suggère que les entreprises anticipent les contraintes futures plutôt que de se limiter à évaluer la situation actuelle.

Des effets asymétriques

Nos résultats montrent que l’impact des réglementations environnementales diffère fortement selon le niveau de développement et la qualité institutionnelle du pays hôte. Dans les économies émergentes et en développement, des règles plus strictes freinent nettement les IDE, confirmant leur statut de « havres de pollution » potentiels. L’effet est en revanche plus limité dans les pays à haut revenu, où des institutions solides et des cadres réglementaires établis atténuent ce phénomène. La corruption joue aussi un rôle clé. Pour évaluer cet aspect, nous avons utilisé l’indice de Contrôle de la corruption de la Banque mondiale : là où la gouvernance est faible, même des politiques ambitieuses peuvent être contournées, renforçant l’attractivité de ces pays pour les activités polluantes.

La réalité d’un arbitrage réglementaire

Au-delà de la rigueur absolue des réglementations, notre étude met également en évidence un phénomène d’arbitrage réglementaire : plus l’écart de sévérité des politiques environnementales entre le pays d’origine et le pays d’accueil des IDE est important, plus l’effet incitatif de délocalisation s’accroît. Les entreprises semblent ainsi comparer activement les cadres réglementaires internationaux afin d’optimiser leurs coûts de mise en conformité. Cette dynamique est particulièrement visible lorsque des investisseurs issus de pays aux normes strictes se tournent vers des destinations moins contraignantes, confirmant l’hypothèse d’une recherche délibérée de « havres de pollution ».

Une coopération internationale nécessaire dans un monde fragmenté

L’hypothèse du « havre de pollution » n’est donc pas un simple « mythe populaire », comme l’avait suggéré une étude des années 2000.

Face à ce constat, plusieurs pistes s’imposent. D’abord, renforcer la coopération internationale à travers des accords multilatéraux capables de réduire les écarts de normes et de limiter les possibilités d’arbitrage. Ensuite, améliorer l’application effective des règles, en particulier dans les pays à bas salaires, afin de préserver leur crédibilité sur le long terme. Le déploiement de mécanismes correcteurs, comme l’ajustement carbone aux frontières introduit par l’Union européenne (UE), constitue également une voie prometteuse puisqu’il permet de taxer les importations en fonction des émissions de gaz à effet de serre qu’elles incorporent. Enfin, le développement d’incitations fiscales et financières pour les technologies propres peut orienter les IDE vers des secteurs compatibles avec la transition écologique.

La lutte contre le changement climatique ne peut donc ignorer ces dynamiques économiques. Comprendre comment les entreprises réagissent aux réglementations environnementales est indispensable pour concevoir des politiques à la fois efficaces sur le plan écologique et équitables sur le plan économique. L’enjeu est de taille : réussir la transition verte sans creuser davantage les inégalités de développement entre le Nord et le Sud, dans un monde déjà marqué par des tensions importantes et une fragmentation croissante.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

ref. Délocalisations : L’effet « havre de pollution » n’est pas un mythe populaire – https://theconversation.com/delocalisations-leffet-havre-de-pollution-nest-pas-un-mythe-populaire-265035