Source: The Conversation – (in Spanish) – By Katia Hueso-Kortekaas, Profesor asociado en Ingeniería Ambiental y Sostenibilidad, Universidad Pontificia Comillas
Un grupo de niños y niñas pequeños juega en el bosque bajo la mirada de un par de adultos. Mientras unos amontonan palos sentados en el suelo, otros trepan a un árbol y otros juegan al escondite en unos arbustos. Parecería una salida familiar, si no fuera porque hay bastantes niños y son todos de edad similar. Van vestidos con monos de colores, para protegerse de la humedad y el frío, que no parece afectarles en lo más mínimo. Esta peculiar escena, sin embargo, se repite en bosques y montes de muchos países del mundo. Es un día más en una escuela en la naturaleza.
Este modelo de escuelas se basa en las escuelas al aire libre, que nacieron en Alemania en 1904 con la Waldschule de Charlottenburg, en Berlín. En aquella época, perseguían ofrecer un entorno saludable a menores con problemas de salud respiratoria. Pese a su temprana expansión, las dos Guerras Mundiales (y la Guerra Civil en España) acabaron con este enfoque. Resurgen recientemente debido al interés por reconectar con la naturaleza de muchas familias.
La conexión con la naturaleza a través de la experiencia directa es uno de los pilares de este modelo educativo. Katia Hueso Kortekaas.
Aunque reciben muchas denominaciones diferentes (escuelas-bosque, guarderías al aire libre, grupo de juego en la naturaleza…), las escuelas en la naturaleza típicamente son proyectos pedagógicos en los que los niños y niñas, usualmente de entre 2 y 6 años, permanecen de forma habitual en el medio natural. Están allí a diario, la naturaleza es su espacio de referencia.
Los aprendizajes se producen al ritmo e interés de cada cual, por lo que la principal herramienta didáctica es el juego libre y el juego de riesgo. Los escenarios y los materiales son los que proporciona la naturaleza. Los acompañantes adultos están para ofrecer un ambiente de cuidados, respeto y afecto, sin interferir en la actividad e interviniendo sólo cuando está en juego la seguridad o el bienestar de algún participante.
El acompañante adulto actúa como facilitador de los procesos de aprendizaje y provee los cuidados necesarios sin interferir en la autonomía de los niños. Katia Hueso Kortekaas.
Auge en el norte de Europa
Las escuelas modernas en la naturaleza existen desde el último tercio del siglo XX, aunque experimentan un auge significativo en las primeras dos décadas del presente siglo. Aunque no hay estadísticas oficiales, en Europa se cuentan hoy por miles y en otras regiones del mundo, por decenas o centenares.
No existen datos ni estadísticas oficiales, pero a partir del número de escuelas en la naturaleza que he podido identificar, del número de niños que suelen acoger (también variable) y de la población infantil en la franja de 3-6 años en esos países, mis propios cálculos extraoficiales son que en países como Alemania, Noruega o Dinamarca, una cuarta parte de los niños en la etapa de educación infantil se escolarizan en escuelas en la naturaleza.
En el ámbito del desarrollo físico, las escuelas en la naturaleza son también beneficiosas. Hay estudios que demuestran que los niños tienen una mejor motricidad, mejor inmunidad y capacidad visual.
La naturaleza provee de entornos y oportunidades para la intimidad, la serenidad y la conexión entre personas. Katia Hueso Kortekaas.
Además, y a largo plazo, la conexión temprana y habitual con la naturaleza promueve actitudes y comportamientos proambientales, llegando incluso a contagiar a personas que no han disfrutado de esa conexión en la infancia. Y esto conlleva un efecto multiplicador.
Espacios inclusivos
Dado que el juego libre y el juego de riesgo son las principales herramientas didácticas, las escuelas en la naturaleza se convierten en espacios inclusivos y coeducativos. No hay “una forma correcta” de jugar, cada cual lo hace a la medida de sus inquietudes, necesidades y posibilidades.
El acompañamiento del personal educador asegura que los aprendizajes quedan observados y documentados, para su posterior análisis e interpretación, y eventual detección de cualquier problema que pueda surgir.
El juego libre y el riesgo son fuentes de aprendizaje y placer significativos, que perdurarán en la memoria y fomentarán el cuidado de la naturaleza en la edad adulta. Katia Hueso Kortekaas.
Por esta razón, la educación en la naturaleza se presta especialmente para colectivos vulnerables, como los niños y niñas con discapacidad. La accesibilidad física es fácil de resolver, y dignificar su juego permitiéndoles la libre exploración y la exposición controlada al riesgo, se convierte en una herramienta de empoderamiento muy necesaria para ellos.
Reconocimiento oficial en España
Mientras que en otros países existe normativa, mecanismos de financiación y criterios de calidad específicos para ellas –Alemania, Chequia o Italia ofrecen buenos ejemplos–, las escuelas en la naturaleza no cuentan en España con el reconocimiento y el apoyo que tienen otros modelos educativos innovadores o activos. Por esa misma razón, tampoco hay una formación reglada y adecuada para el personal acompañante, que resulta al final muy heterogéneo en origen y capacidades.
Se practican rudimentos de lectoescritura mediante la provisión de materiales significativos, como guías de naturaleza. Katia Hueso Kortekaas.
Además, existe aún una percepción negativa sobre los riesgos y la supuesta falta de comodidad de permanecer al aire libre, así como el prejuicio de que el juego libre no proporciona aprendizajes significativos.
Como consecuencia de ello, estamos perdiendo la oportunidad de que los niños y niñas, y la sociedad en su conjunto, disfruten de todos los beneficios que comportan este tipo de escuelas.
La educación en la naturaleza puede ser un enfoque seguro, saludable, sostenible y solidario. Si los responsables políticos aprenden a entenderlas y aceptarlas, podrían convertirse en una alternativa positiva para el futuro de la sociedad en general, y de la infancia en particular.
Katia Hueso-Kortekaas es cofundadora del Grupo de Juego en la Naturaleza Saltamontes, proyecto pedagógico infantil permanente al aire libre de 3 a 6 años.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Elisenda Jové Llopis, Profesora investigadora en el Departamento de Gestión de Empresas, Universitat Rovira i Virgili
La economía circular es clave para afrontar los retos ambientales y económicos de hoy. Reutilizar materiales, reducir residuos o diseñar productos duraderos son pasos esenciales. Sin embargo, su implementación avanza a distintos ritmos en Europa.
Mientras algunas regiones ya avanzan hacia modelos más circulares, otras se quedan atrás. Lo que plantea una pregunta clave: ¿por qué la transición no progresa al mismo ritmo en todos los territorios?
En un estudio reciente, con datos de pequeñas y medianas empresas en más de 200 regiones europeas, hemos analizado qué factores impulsan o frenan la aplicación de prácticas circulares.
Los resultados del trabajo dejan algo claro: la iniciativa empresarial no basta por sí sola. El entorno regional en el que operan las empresas influye de forma decisiva en su capacidad para avanzar hacia la economía circular.
Más allá de reciclar
Cuando se habla de economía circular, muchos piensan solo en reciclar. Pero el concepto va mucho más allá. Incluye reducir el uso de materiales y energía, reutilizar residuos, rediseñar productos para que duren más o se puedan reparar y repensar los procesos desde el inicio.
Aunque el reciclaje está bastante extendido en muchas regiones europeas, estrategias más ambiciosas como el rediseño de productos siguen en segundo plano. El estudio muestra que no todas las acciones circulares avanzan igual. Reducir y reciclar siguen patrones parecidos, pero rediseñar exige otros motores y un apoyo mucho más específico.
¿Qué impulsa realmente la economía circular?
La economía circular no depende de un solo factor. Es el resultado de varias condiciones que cambian según el lugar y la estrategia. Aun así, hay elementos clave que se repiten.
En primer lugar, la inversión en investigación y desarrollo, tanto pública como privada, desempeña un papel importante. Las regiones que apuestan por este tipo de inversión adoptan más prácticas circulares. Este efecto es especialmente visible en estrategias orientadas a la reducción del uso de materiales y al reciclaje.
Las habilidades digitales de la población también cuentan, pero no influyen igual en todos los casos. Ayudan sobre todo a hacer los procesos más eficientes, aunque son menos clave cuando se busca transformar productos o modelos desde cero.
Otro factor clave es la colaboración entre empresas. La existencia de redes de cooperación favorece el intercambio de conocimiento y recursos, lo que puede facilitar la adopción de prácticas circulares.
Tan importante como identificar los impulsores es entender qué frena la transición circular. El estudio señala obstáculos que no siempre son visibles.
Una paradoja llama la atención. Las regiones con más innovación en procesos no siempre lideran la economía circular. A veces, estas mejoras solo hacen más eficiente el modelo tradicional: producir, usar y tirar. Esto puede generar un bloqueo que retrasa los cambios profundos que necesita la circularidad.
El capital humano también supone un reto. Tener muchos sectores tecnológicos no garantiza liderar la economía circular. Actividades como reparar, reciclar o mantener dependen más del saber hacer técnico que de títulos avanzados. Si faltan estas habilidades, la circularidad se frena, incluso en regiones innovadoras.
Mapa de una transición asíncrona: múltiples velocidades hacia un fin común
No todas las regiones de Europa avanzan al mismo ritmo. El análisis de la especialización regional muestra que algunas regiones están más adelantadas que otras. Otras todavía tienen camino por recorrer.
En el grupo de los líderes, España destaca con fuerza. La mayoría de sus regiones, junto con Suecia y algunas zonas del Benelux –Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo–, aplican más modelos circulares.
En España, los buenos resultados reflejan los cambios recientes en las políticas públicas. Tras la aprobación de la Estrategia Española de Economía Circular en 2020, varias medidas han ayudado a mejorar la implantación de prácticas circulares, especialmente entre las pequeñas y medianas empresas.
Además de establecer objetivos claros y señalar sectores prioritarios, esta estrategia ofrece apoyo financiero, se alinea con las políticas europeas y proporciona una visión a largo plazo. Todo esto hace que la transición hacia una economía circular sea más efectiva, visible y medible.
En el otro extremo, se observan diferencias notables que muestran una Europa a dos velocidades. Países como Portugal e Irlanda, así como algunas regiones de Francia, se quedan atrás. Todavía tienen poca actividad en economía circular.
Estas diferencias no solo responden a un ritmo desigual: también reflejan enfoques distintos. En el núcleo occidental de Europa –los países de la UE-15–, los líderes apuestan fuerte por recuperar materiales y usar energías limpias. En cambio, en la Europa del Este, la estrategia principal es la eficiencia: gastar menos agua, consumir menos energía y generar menos residuos. Aunque el este europeo aún no aprovecha todo el potencial de la reutilización, ambos caminos son piezas clave del mismo rompecabezas: la economía circular.
Implicaciones y retos de futuro
La lección es clara: la economía circular no avanza con recetas únicas. Cada región necesita su propia estrategia según sus capacidades, límites y actividades económicas.
Si Europa quiere cumplir sus objetivos climáticos y de sostenibilidad, en sus políticas deberá tener en cuenta la dimensión regional de la economía circular y fortalecer las instituciones y ecosistemas de sus regiones.
Lo más prioritario es entender qué ayuda y qué frena esta transición en cada territorio. Solo así se pueden crear políticas más eficaces, justas y duraderas.
Este trabajo ha recibido financiación de la Cátedra de Sostenibilidad Energética (IEB, Universitat de Barcelona)
Josep-Maria Arauzo-Carod recibe fondos de la Generalitat de Catalunya (SGR2021-00729), el Ministerio de Ciencia e Innovación del Gobierno de España, y Next Generation EU (TED2021-131840B-I00), y la Universitat Rovira i Virgili (PFR2023).
Eva Coll-Martínez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Dylan en una estantería en la que destacan libros de los premios Nobel de Literatura a lo largo de los años.hamdi bendali/Shutterstock
Aún recordamos hoy las reacciones desmesuradas que provocó que el premio Nobel de Literatura recayese en el cantautor norteamericano Bob Dylan. Para los más conservadores esta decisión suponía una ruptura de los lindes tradicionales de la literatura. Para otros, no obstante, el reconocimiento era otra manifestación más de una realidad evidente.
El Nobel a Dylan empujó al replanteamiento del significado de la literatura y de cómo, y con quiénes, se constituye el canon. El artista, autor pero también músico y fenómeno cultural, ya ocupaba un lugar estable en universidades de gran prestigio. No sin dificultades, algunos docentes universitarios habían logrado proponer un estudio de su obra como un corpus complejo, a la altura de los grandes autores de la tradición occidental. La pregunta, por tanto, no debería centrarse en si Dylan es o no literatura, sino en de qué modo su obra puede considerarse canónica.
En el origen del canon
Una de las claves fundamentales para entenderlo como autor literario es su conciencia intertextual. Según las teorías formuladas por los filósofos y críticos Mikhail Bakhtin y Julia Kristeva, la escritura solo es posible a partir de una conversación continua con textos contemporáneos y pasados. Las referencias intertextuales no se tratan de acertijos culturales, sino de una práctica creativa que asume que la literatura existe únicamente como reescritura. Así, Dylan suscribe una de las ideas centrales del pensamiento literario del siglo XX: ningún texto puede percibirse de forma aislada.
Todo esto queda representado en el título “Open the Door, Homer” (“Abre la puerta, Homero”). El gesto de invocar a un Homero ficticio funciona como una reflexión poética, donde abrir la puerta al autor original del canon permite que éste se mezcle y se transforme. De esta manera, Dylan se sitúa dentro de ese canon y conversa con sus figuras fundacionales.
Thomas señala cómo en “Lonesome Day Blues” Dylan alude a versos de Virgilio; en “Ain’t Talkin”, destaca la voz exiliada del poeta que reflexiona sobre la pérdida de la juventud y duda de su prestigio con expresiones ovidianas. También relaciona protagonistas de canciones y voces poéticas con el ingenio, la capacidad de oratoria y el carácter tan contradictorio de Ulises.
De Shakespeare a Milton
Dylan reescribe las experiencias de estos autores clásicos, construyendo un mosaico (pos)moderno que permite que textos milenarios resuenen en un contexto cultural distinto. Las alusiones a William Shakespeare son numerosas. No solo reaparecen personajes dramáticos, sino también temas, diálogos reinterpretados e innovaciones lingüísticas. Así, en “Floater (Too Much to Ask)”, da voz a unos Romeo y Julieta totalmente desmitificados y recontextualizados mediante estrategias de ironía verbal en un paisaje americano de finales de siglo ensombrecido por la desilusión.
En “Po Boy” modifica cuestiones centrales del argumento en Otelo, revisitando el personaje de Desdémona, claramente influenciado por la tercera ola de feminismo de los noventa. Al igual que en el teatro isabelino, la identidad se presenta como algo mutable y fragmentado, y la voz poética se desplaza entre máscaras, transformándose en cada escenario.
La influencia del poeta inglés John Milton se hace visible en la creación de personajes antagonistas de moral ambigua, como un Satanás presentado como el antihéroe seductor con retórica poderosa. En “Trouble in Mind”, la voz poética se presenta invidente, evocando así a Milton y a la larga tradición del profeta de visión únicamente espiritual: “keep my blind side covered” (“cubre mi ceguera”).
Al igual que en El paraíso perdido, la canción concibe el infierno como una turbulencia interior –los “problemas de la mente”– de la que no es posible escapar: “You think you can hide but you’re never alone” (“crees que puedes esconderte pero nunca estás solo”).
Héroe político pero también deprimido
El británico William Blake, como tantos antes de él, concebía la poesía fundamentalmente como acto de revelación, capaz de desenmascarar las hipocresías de su tiempo, lo que Dylan adapta en sus canciones más políticas. En una elegía dedicada a John Lennon, “Roll on John”, el beatle es descrito metafóricamente con versos de Blake, “Tyger, tyger, burning bright / in the forests of the night” (“tigre, tigre, que ardes con fervor / en los bosques de la noche”), alternados con otros de Dylan, “I pray the Lord my soul to keep / cover ‘em over and let him sleep” (“pido a Dios me tenga en su gloria / cúbre(se)los y déjalo dormir”). El músico como poeta se convierte en el tigre blakeano, que ilumina y destruye a su paso.
Especialmente reveladoras resultan las alusiones a T. S. Eliot para entender la posición de Dylan entre el modernismo y el posmodernismo. “Desolation Row” puede leerse como su versión del poema La tierra baldía, y no sin fundamento. Ambos textos contienen paisajes culturalmente fragmentados donde conviven personajes históricos, literario-ficticios y culturales sin jerarquía aparente: “I had to rearrange their faces and give them all another name” (“tuve que reorganizar sus caras y dar a cada uno otro nombre”).
A diferencia de Eliot, cuyo rey pescador encontraba una síntesis armónica al final de esa tierra baldía, Dylan representa a su héroe deprimido, en un mundo saturado de signos que marcha hacia su autodestrucción. De la escuela modernista hereda la densidad simbólica, la influencia trágica del canon y la concepción fragmentada de la figura del poeta, incorporando ironía y mestizaje cultural, lo que lo acerca al posmodernismo.
Sin duda, la afirmación de Eliot de que “los poetas inmaduros imitan y los maduros roban” se puede rastrear en la obra artística y literaria del Nobel de literatura. El título de su álbum Love and Theft, “amor y robo”, plasma este principio a la perfección.
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Una conversación continua
Parte de su inmensa originalidad se basa en la capacidad de reconocer elementos del pasado que siguen siendo fértiles y de cómo resignificarlos. Todo esto nos remite a la idea de que la literatura es acumulativa. Los textos no se cancelan entre sí, sino que permanecen en una conversación continua. Dylan como autor dialoga con los poetas ya mencionados, pero también lo hace con el blues, la Biblia o la tradición de la canción americana.
Por estas razones, y tantas otras, muchos insistimos en que Bob Dylan sea leído como uno de los grandes poetas posmodernos. Su grandeza reside en concebir el canon como un espacio abierto y expuesto a la transformación constante. “If there’s an original thought out there, I could use it right now” (“si existiese un pensamiento original, me vendría bien ahora”), canta en “Brownsville Girl”, una narración poética-teatral de más de un centenar de versos. No rompe con la tradición pretendiendo establecer una nueva, sino que la asume plenamente y la expone a nuevas formas de expresión.
Leer, o escuchar, a Dylan desde esta perspectiva implica aceptar que el canon no es un museo cerrado y que cada nueva voz vuelve a abrir la puerta. Como escribe en “Visions of Johanna”, “inside the museums, infinity goes up on trial” (“en los museos, el infinito está en juicio”). Y es que la cultura, la literatura, “lo infinito”, nunca debe encerrarse.
Nadia López-Peláez Akalay recibe financiación pública del Ministerio de Universidades (Gobierno de España) mediante un contrato FPU (Formación de Profesorado Universitario).
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Nieves Fernández Rodríguez, Profesora y coordinadora de la Cátedra de Migraciones y Derechos Humanos, Universidad Nebrija
Ciudadanos venezolanos residentes en España celebran la captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero en la Puerta del Sol (Madrid). OSCAR GONZALEZ FUENTES/Shutterstock
La respuesta se encuentra en el colapso económico y la deriva autoritaria del régimen, que han empujado a Venezuela a una profunda crisis humanitaria y forzado a cerca de ocho millones de personas a emigrar. Ello, sumado a la prolongada ausencia de vías reales de cambio político.
Sin embargo, en algunos sectores de la izquierda, esas reacciones han derivado en una descalificación generalizada de la comunidad venezolana, a la que se ha llegado a etiquetar de fascista e incluso a presentar como una amenaza para la democracia española.
Más allá de la condena que merecen este tipo de declaraciones, ¿tienen alguna base?
Los migrantes
Tras esas afirmaciones subyace un notable desconocimiento de la naturaleza de la migración venezolana que, desde hace ya años, no procede de las capas sociales más favorecidas, sino que abarca al conjunto del espectro social del país.
En todo caso, resulta pertinente preguntarse cómo se posicionan políticamente los más de 692 000 venezolanos que viven en España. Aunque estas posiciones remiten, en parte, al rechazo de lo que representa el chavismo y el régimen de Nicolás Maduro, la comunidad venezolana es diversa y no puede reducirse a una única orientación ideológica.
Lo que dicen los datos
Para aproximarnos a las posiciones políticas de los venezolanos residentes en España, utilizamos datos procedentes de 11 barómetros del CIS de 2025. El análisis se centra exclusivamente en personas nacidas en Venezuela con nacionalidad española, ya que son las únicas para las que existen datos comparables en los barómetros.
Utilizamos dos indicadores: la autoubicación ideológica en una escala de 0 a 10 (donde 0 representa a la extrema izquierda y 10 a la extrema derecha) y la afinidad hacia distintos partidos políticos en España. Estos resultados se comparan con los de la población española, los de otros inmigrantes latinoamericanos y otros migrantes.
Dado el tamaño reducido de la muestra, los resultados deben interpretarse con cautela. Aunque se han aplicado herramientas estadísticas para mejorar la precisión de las estimaciones, estas no eliminan las limitaciones inherentes al tamaño muestral. Salvo indicación contraria, los gráficos y porcentajes están ponderados por comunidad autónoma.
Los venezolanos en España
En la autoubicación ideológica, los venezolanos nacionalizados se sitúan más a la derecha (5,8/10), con una diferencia cercana a un punto respecto al electorado español (4,7/10). Aunque relevante, esta diferencia no supone una ruptura total y refleja posturas moderadas, más cercanas al centro que al extremo.
En cuanto a las afinidades partidistas, tienden a preferir los partidos de derechas, especialmente al Partido Popular (38 %). No obstante, tras el PP, el partido que recibe mayor apoyo es el PSOE (25 %), seguido por Vox (23 %), lo que indica que el orden de preferencias no difiere sustancialmente del de la población española. Asimismo, el respaldo a partidos situados más a la izquierda del espectro ideológico, como Podemos o Sumar, es comparativamente menor entre los venezolanos.
Una muestra reducida
Estos resultados deben interpretarse con cautela y tienen una utilidad fundamentalmente descriptiva por dos limitaciones principales:
Lo reducido del tamaño de la muestra (301 casos).
La muestra excluye a muchos venezolanos residentes en España que aún no están nacionalizados.
Una primera explicación remite a la experiencia política previa. Tras años de crisis económica y deriva autoritaria, parte de la diáspora venezolana desarrolla un rechazo profundo a todo aquello que identifica con el socialismo, combinando una reacción emocional con una toma de posición política más ideológica. Como explica Ignacio, venezolano residente en España, “cuando te quitan todo, te llevan hasta un extremo de miseria y desesperación, y todo se hace bajo el símbolo de la izquierda… es una reacción casi natural pelear contra eso”.
Esta experiencia favorece la búsqueda de proyectos políticos antagónicos al socialismo. Así lo expresa Carolina, venezolana con nacionalidad española y votante del Partido Popular en las últimas elecciones: “Siento que el PP defiende la economía de mercado y la empresa privada. Comparto algunas ideas de Vox, sobre todo su rechazo al socialismo y al comunismo, pero me parece demasiado extremista”.
Una segunda clave es transnacional: ciertos sectores de la izquierda española generan rechazo por su ambigüedad o cercanía retórica con el régimen venezolano. Como señala María, residente venezolana en España que se identifica ideológicamente con la izquierda: “Me cuesta; no sé, ¿dónde queda el reconocimiento de la vulneración de derechos en Venezuela por parte de los partidos de izquierda de aquí?”. Desde esta perspectiva –aunque no sea la suya propia–, el apoyo a partidos de derechas se podría interpretar menos como una adhesión a su agenda doméstica que como la expectativa de una presión internacional más firme contra el régimen venezolano.
Las posiciones en materia migratoria introducen matices relevantes. El PSOE mantiene niveles de apoyo significativos entre los venezolanos, en parte debido a las políticas de acogida del Gobierno –como la concesión de permisos de residencia por razones humanitarias– y a un discurso generalmente favorable a la inmigración. Como relata Ignacio, que llegó a España en 2023 “sin nada” y con urgentes necesidades médicas familiares: “gracias a esa empujadita pude conseguir trabajo e integrarme en la sociedad: me salvó la vida y me cambió para siempre”.
El acceso a ayudas a migrantes retornados, al ingreso mínimo vital y al sistema público de salud aparecen así como factores clave de integración y como base de una identificación política pragmática con el PSOE, “aunque no sea perfecto”. Al mismo tiempo, ser migrante no implica necesariamente rechazar toda forma de control migratorio, como manifiesta Carolina: “Aunque soy migrante, creo que la migración debe ser controlada y legal. Por eso me incliné por el PP”.
Los datos indican, por tanto, que los venezolanos residentes en España se sitúan, en promedio, más a la derecha que la población española, aunque su posicionamiento se mantiene próximo al centro y no responde a una ideología cerrada.
La integración y la convivencia exigen abandonar lecturas estigmatizantes y atender a los mecanismos específicos –históricos, políticos y contextuales– que estructuran esas posiciones políticas, muy lejanas sin duda del rechazo de la democracia.
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
Durante años, las redes sociales han funcionado bajo una premisa clara: participar es mostrarse. Publicar fotos, opiniones, logros o fragmentos de la vida cotidiana se ha convertido en una norma implícita de presencia digital. En muchos contextos, no hacerlo puede interpretarse incluso como ausencia, desinterés o desconexión social.
Sin embargo, cada vez resulta más frecuente un comportamiento que rompe con esa lógica: personas con perfiles activos en redes que consumen contenido, interactúan en privado y permanecen conectadas, pero no publican nada. Este fenómeno, conocido como zero posting, invita a repensar cómo nos relacionamos con la visibilidad digital y qué costes psicológicos estamos dispuestos –o no– a asumir.
Estar en redes sin exponerse
El zero posting no equivale a desaparecer ni a desconectarse por completo. Las cuentas siguen activas y el usuario responde a mensajes, participa en conversaciones privadas y consume contenido ajeno, pero evita deliberadamente la publicación pública. En muchos casos, esta decisión está relacionada con la saturación emocional y cognitiva generada por el consumo digital intenso, un fenómeno ampliamente estudiado bajo el concepto de social media fatigue (“fatiga de las redes sociales”).
El exceso de estímulos, notificaciones, demandas de atención y expectativas sociales puede acabar sobrepasando la capacidad de autorregulación de muchos usuarios. Sin embargo, este cansancio o hastío de las plataformas digitales no siempre conduce a la desconexión total.
Para algunas personas, la solución no pasa por abandonar las redes, sino por redefinir su forma de estar en ellas, reduciendo aquellas prácticas que generan mayor desgaste. Uno de los mecanismos centrales que explican este desgaste es la constante comparación social.
Ansiedad por la evaluación social
Las redes sociales tienden a mostrar versiones cuidadosamente seleccionadas y optimizadas de la vida ajena, lo que favorece percepciones distorsionadas sobre el éxito, la felicidad o el bienestar de los demás.
A ello se suma la presión por presentar una versión idealizada de uno mismo. Publicar deja de ser un acto espontáneo para convertirse en una tarea de gestión de la identidad: decidir qué mostrar, cómo hacerlo y qué imagen proyectar. Para muchas personas, este esfuerzo constante termina erosionando la sensación de autenticidad y control sobre la propia experiencia digital.
Publicar implica, además, exponerse al juicio de los demás. Cada like, comentario o visualización actúa como una forma de evaluación social. No es extraño, por tanto, que aparezca la ansiedad anticipatoria asociada a la llegada de reacciones.
La expectativa de respuesta –o su ausencia– puede generar inquietud, rumiación y una atención excesiva al propio desempeño social. Desde esta perspectiva, dejar de publicar no es indiferencia ni retraimiento, sino una forma directa de eliminar una fuente concreta de presión psicológica.
Autocuidado digital y regulación emocional
Conviene evitar lecturas alarmistas. La literatura científica vincula el uso intenso de redes con estrés y ansiedad, pero también señala que los efectos dependen del tipo de uso, del contexto vital y de las características individuales. No todas las personas reaccionan igual ni todas las prácticas digitales tienen el mismo impacto sobre la salud mental.
En este marco, el zero posting puede entenderse como una forma de autorregulación emocional: una estrategia mediante la cual el individuo ajusta su conducta para reducir estímulos percibidos como excesivos, sin renunciar por completo a los beneficios de la conexión social y el acceso a la información. Esta forma de ajuste conecta con el auge de estrategias activas para proteger la salud mental, como los descansos digitales, la reducción de notificaciones o la limitación voluntaria de la exposición pública.
En esta línea se inscribe también el concepto del Joy of Missing Out (JOMO): la alegría de desconectarse en la era digital. Renunciar a estar en todo o a mostrarlo todo no se vive necesariamente como una pérdida, sino como una forma de recuperar control, tranquilidad y bienestar. El zero posting encaja bien en esta lógica: no implica desconexión total, sino una manera de estar sin la obligación permanente de mostrarse.
Entre la sobreexposición y el silencio
Desde un enfoque sociocultural, este fenómeno puede interpretarse como una reacción a la cultura de la exposición y a la lógica de la identidad performativa en redes sociales, donde la visibilidad se convierte en valor en sí mismo. Las plataformas no solo facilitan la comunicación, sino que incentivan activamente la producción constante de contenido y la monetización de la atención.
En este contexto, no publicar puede ser una forma de recuperar espacios de intimidad y de afirmar que la experiencia personal no depende de la mirada ajena para validarse. Esta idea cobra aún más sentido si se sitúa el zero posting en el extremo opuesto de la sobreexposición.
Quizá este silencio visible no sea una anomalía, sino una señal de que cada vez más personas están aprendiendo a regular su presencia en las redes sociales, sin permitir que estas definan por completo su bienestar ni su identidad.
Oliver Serrano León no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Óscar Pindado Jiménez, Doctor en Química Analítica, Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT)
No hay nada tan maravilloso, sobre todo para los que vivimos en las grandes ciudades, como pararse a respirar el aire del campo, tan limpio y tan libre de contaminación. Esa sensación es la que tenía la primera vez que salí a muestrear una zona rural, hace ya más de 20 años. Era mi primer contacto con la investigación y estaba ansioso por descubrir el mundo, por entenderlo. Sin embargo, lo que mi carrera científica me descubrió a partir de ese día cambió por completo mi idea original. Allí, en el puro campo, estaba rodeado de enemigos invisibles.
Aquel día en mi paseo descubrí tóxicos que están en el aire que respiramos y son cancerígenos: los hidrocarburos aromáticos policíclicos (PAH, por sus siglas en inglés). Esperaba encontrármelos en la ciudad, pero ¿por qué los veía en el campo? ¿El aire “puro” no es tan puro?
La respuesta es que ese tóxico propio de la polución urbana estaba en el humo de las chimeneas del pueblo, y sus niveles eran similares a los de la ciudad.
Residuos de antibióticos en los suelos agrícolas
Este solo fue el primer enemigo que encontré. A partir de entonces, la lista ha ido aumentando considerablemente con más sospechosos y, por desgracia, los he encontrado en los lugares más inverosímiles. Ahora trabajamos en encontrar residuos de antibióticos en los suelos agrícolas. Llegan a la tierra fresca desde las granjas que nutren las ciudades.
La lista incluye productos farmacéuticos, productos de cuidado personal, pesticidas, plastificantes y aditivos industriales que se detectan cada vez más en alimentos y el agua, lo que plantea riesgos tanto para el medio ambiente como para la salud humana. Por ejemplo, los residuos de antibióticos en productos lácteos y entornos de acuicultura se han relacionado con la resistencia a los antimicrobianos, y se ha demostrado que los plastificantes persistentes como el bisfenol A y los ftalatos alteran el sistema endocrino en la vida silvestre y también en los humanos.
El origen de estas sustancias son acciones cotidianas que realizamos todos los días. Los productos de nuestra higiene personal, los medicamentos que tomamos (incluso sin que los tiremos a la basura), los materiales que usamos o nuestra forma de alimentarnos también son responsables de la polución invisible.
Pensemos a lo grande. Una ciudad. Millones de personas. La montaña de fármacos que se consumen y se desechan es inmensa. Aproximadamente 8 500 toneladas de antibióticos consumidos por humanos terminan anualmente en los ríos de todo el mundo tras pasar por sistemas de tratamiento, lo que representa cerca de un tercio del consumo global. Estos residuos, provenientes de aguas residuales urbanas, hospitalarias e industriales, contribuyen a la resistencia antimicrobiana –es decir, que los antibióticos dejen de curar las infecciones que sufrimos– y dañan la vida acuática.
Muchas sustancias que usamos no se degradan y se mantienen en el medio ambiente por mucho tiempo, más del que desearíamos. Lamentablemente, no lo tenemos controlado. Su acumulación constante en la naturaleza genera un caldo de cultivo que favorece las reacciones entre ellos y se pueden formar nuevos compuestos. Hay miles y miles de sustancias que deberíamos controlar. Pero ¿qué podemos hacer para detectar estos contaminantes orgánicos?
El primer paso es saber dónde están estas sustancias. Esta es la labor de los químicos analíticos. Nosotros nos encargamos de desarrollar herramientas y dispositivos para medir estos compuestos y, si es necesario, dar la voz de alarma. Sin embargo, a pesar de tener los equipamientos más avanzados, no siempre somos capaces de detectarlos. El motivo es que hay miles y miles de sustancias diferentes. Todas juntas, a concentraciones muy bajas, y cada día tenemos que buscar más y en más sitios.
Analizar contaminantes es similar a hacer un análisis de sangre. La diferencia es que tenemos que desarrollar un método específico y sensible para medir cada contaminante en el medio ambiente. Es lo que llamamos análisis dirigidos. No es tan rápido como medir nuestro nivel de colesterol. Es como buscar una aguja en un pajar, solo que en nuestro caso son miles de agujas (o compuestos) en cientos de pajares.
Columna de cromatografía de gases. Análisis no dirigidos de contamiantes orgánicos mediante un GC-QTOF.
Por ejemplo, con esta forma de trabajar detectamos los PAH en el aire y somos capaces de encontrar restos de medicinas en las aguas. Pero no es suficiente.
Una forma de entender las limitaciones de los análisis dirigidos es entenderlos como si estuviésemos dando un paseo nocturno, equipados solo con una linterna. Somos capaces de ver lo que alumbra el haz. Si movemos la linterna, veremos otras cosas, pero dejamos de ver lo primero que hemos alumbrado. Estamos condenados a ver solo una pequeña parte.
En el laboratorio nos pasa lo mismo: podemos ver residuos de medicinas en el agua, pero no otros contaminantes que estén en el agua. Incluso si este compuesto es más abundante o peligroso. Son invisibles para nosotros si no los buscamos.
El análisis no dirigido sería como lanzar una red gigante a todo el lago y recogerla. Aquí sacaríamos todos los peces del lago. Sin embargo, ahora tendríamos un problema: el tiempo que tardaríamos en sacar todos los peces y clasificarlos.
En el laboratorio, los nuevos equipamientos que tenemos generan mucha información. Disponemos de muchos datos y necesitamos tiempo para procesarlos. Nos lleva semanas y meses tener una idea de los diferentes contaminantes que hemos encontrado. Pero somos capaces de ver muchos más residuos de medicamentos, pesticidas o las sustancias perfluoralquiladas o PFAS.
Así, podemos detectar cientos de contaminantes en los lugares más insospechados. Hemos dejado de buscar en la oscuridad pero, lo que vemos, es una inmensidad de enemigos invisibles a los que, en algún momento, tendremos que poner límite.
Óscar Pindado Jiménez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – Canada – By Nick Turner, Professor and Future Fund Chair in Leadership, Haskayne School of Business, University of Calgary
What does it mean to love your job?
The language of love has become increasingly common in contemporary discussions of work. People say they want to love their jobs, organizations promise roles candidates will love, and recruitment ads frame employment as an emotional commitment rather than an economic transaction.
Yet despite its ubiquity, the idea of “loving your job” is rarely defined with precision. What does it actually mean to love your job? And is that kind of love always good for employees and organizations?
These questions matter for both employees and organizations. Our recent research set out to understand what employees are describing when they say they love their work, and whether that experience is always advantageous.
Across multiple studies involving thousands of employees, we found that loving your job is not the same as being satisfied with your work or feeling engaged. Instead, it reflects three experiences coming together.
The first is enthusiasm for the work itself. People who love their jobs genuinely enjoy what they do and feel energized by their work. This goes beyond momentary satisfaction and reflects a deeper emotional connection to the work.
The second is commitment to the organization. Loving your job involves feeling attached to the organization you work for, believing that its problems are your problems and finding meaning in your role within it.
The third is connection with others at work. This does not mean oversharing or blurring professional boundaries. Rather, it reflects feeling emotionally connected to the people or community at work. This sense of trust and belonging makes work feel personally significant.
Love of the job is different. It reflects a rare alignment, where enthusiasm, commitment and connection come together at once.
Why love of the job can be powerful
When these elements converge, love of the job can function as a powerful psychological resource.
In our research, love of the job was associated with outcomes above and beyond job satisfaction and work engagement. Employees who loved their jobs reported higher psychological well-being and remained more involved in their work.
For organizations, this distinction is important. Love of the job is not another label for motivation or engagement, but reflects a deeper form of attachment that helps explain why some employees remain invested even when work becomes demanding.
Under supportive conditions, loving one’s job can contribute to both individual well-being and sustained performance.
When love becomes a vulnerability
There are some possible drawbacks. While we didn’t find evidence that love of the job directly causes burnout, overwork or exploitation, past research suggests that having a deep attachment to work can create vulnerability when organizational conditions are poor.
Employees who love their jobs often feel a strong sense of responsibility for their work and their organization. In supportive environments, this can be a strength; in unsupportive ones, it may make it harder to step back, set limits or recognize when demands have become unreasonable.
This is especially relevant in organizations that encourage employees to bring their “whole selves” to work or frame work as a calling. When strong emotional attachment is celebrated without realistic workloads, fair compensation or respect for boundaries, devotion can turn into obligation.
A paradox for organizations
These findings from our research point to a paradox. In our studies, employees who reported a higher love of their job were more likely to go above and beyond their formal roles. More broadly, organizations tend to value employees who care deeply about their work, seeing them as more invested and willing to contribute.
But encouraging love of the job without protecting those who experience it can undermine the very outcomes organizations value. Love cannot be manufactured, demanded or treated as a performance metric. It also cannot be substituted for sound management practices.
Loving your job can be fulfilling when that love is freely experienced under healthy conditions. But when love is expected or leveraged in place of good management, it can become a source of strain rather than strength.
Nick Turner receives research funding from Cenovus Energy Inc., Haskayne School of Business’s Future Fund, and the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada (SSHRC).
Julian Barling receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada and the Borden Chair of Leadership.
Kaylee Somerville receives funding from the Social Sciences and Humanities Council of Canada (SSHRC).
Zhanna Lyubykh receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada (SSHRC).
Source: The Conversation – France – By Sharda S. Nandram, Full Professor Business & Spirituality & Hindu Spirituality & Society, Vrije Universiteit Amsterdam
Bureaucracy once swallowed Dutch home care. Buurtzorg flipped the script by trusting nurses and focusing on purpose.
Europe’s aging population is calling for home care services that deliver care and support to individuals within their homes.
“By the 1990s, home care in the Netherlands had been reorganised. The provision of home nursing and home help were integrated and most nursing home organisations merged into large, regional home care organisations.”
Research shows that traditional home care restructuring in the Netherlands narrowed community nurses’ roles to technical tasks, replaced many care activities with cheaper helpers, and created managerial layers unfamiliar with frontline work, undermining continuity and quality of care.
In a talk at Erasmus University, Jos de Blok, a nurse and home care innovation manager who co-founded Buurtzorg Nederland in 2006, explained that before Buurtzorg, Dutch home care had become highly fragmented and product-driven. Care was divided into standardised “products” or packages, each linked to a specific task and time allocation.
Jos de Blok’s Buurtzorg model: Organisation of care – Erasmus University.
Buurtzorg was explicitly designed as a response to this fragmentation, replacing product-based care and centralised coordination with small, autonomous neighbourhood teams that take responsibility for the whole person rather than for isolated tasks.
“Many community nurses were frustrated with the efficiency-driven, bureaucratic way care was delivered, leading to new models such as Buurtzorg being founded by former community nurses.”
Humanity above bureaucracy
De Blok’s radical idea: prioritise patient needs over administrative efficiency. His approach raises a crucial question for all organizations: What enables organisations to remain human-centred in systems designed for control and efficiency?
Buurtzorg Nederland and its different entities currently employs around 14,000 professionals, the vast majority of whom are nurses working in self-managing teams. These teams, numbering over 900, provide home care in neighbourhoods and villages nationwide. The organisation operates with very low overhead, supported by a small central back-office of only a few dozen staff, while most employees work directly with clients.
Internationally the Buurtzorg model has attracted significant interest and is being implemented or piloted in more than 24 countries, including Sweden, Japan, and the United Kingdom. Its outreach suggests that the Buurtzorg approach, with its emphasis on continuity of care, professional autonomy, and neighbourhood-based relationships, is increasingly seen as a viable alternative to traditional, highly bureaucratic home care systems. Further financial details on Buurtzorg’s operations can be found in the 2024 annual report.
“Buurtdiensten” are neighbourhood support services developed in line with the Buurtzorg model’s principles. Unlike traditional home nursing, these services focus on practical, everyday assistance – such as household help and independent living support – delivered by a consistent caregiver who works with the client and their informal network to promote autonomy and well-being. The concept is part of Buurtzorg’s broader suite of community-based services alongside initiatives like Buurtzorg T (psychiatric care) and Buurtzorg Jong (youth services).
Buurtzorg’s 6 core company values
Our new study “Crafting the Virtuous Corporation Through Spiritual Discernment” published in the Journal of Business Ethics explores how Buurtzorg answers this question by following six principles of “spiritual discernment”. We understand spiritual discernment in the sense of a “practice” that enables organisations to navigate the complex interplay between internal goods (excellence in “practices”) and external goods (financial success) in creating their virtuous corporate character.
This is not about religion or mysticism; it’s about systematically asking what truly matters and what should guide choices to maintain moral clarity while pursuing legitimate business goals.
1. Serving: does this truly help our purpose?
The first principle asks whether activities genuinely help clients, teams, or the organization’s purpose. If something serves mainly to satisfy bureaucratic requirements, it gets eliminated. At Buurtzorg this principle is applied very pragmatically. Instead of accepting all standardised administrative requirements inherited from traditional home care organisations, The company redesigned its care processes and information systems around what genuinely helps clients and teams. For example, documentation and intake procedures were simplified and embedded in Buurtzorg’s own digital platform – BuurtzorgWeb, which focuses on information that supports care delivery, continuity, and professional judgement.
Administrative activities that existed mainly to satisfy managerial control or reporting layers were reduced or eliminated. As founder Jos de Blok has repeatedly emphasised, teams record what is meaningful for the client and the team, rather than filling in forms “because the system demands it.” This approach has significantly reduced administrative burden and allowed nurses to spend more time on care rather than paperwork. Buurtzorg applies this ruthlessly.
Most home care organisations use assessment systems that catalogue what patients cannot do. These systems generate data for billing and compliance purposes, but they offer little guidance for actual patient care. Buurtzorg rejected this entirely.
Instead, nurses assess what patients actually need. This shift may sound simple, but it proves radical. One nurse described approaching an elderly client who had family members willing to help but was uncertain about how to proceed. Rather than following a standardised checklist, the nurse took the time to understand the family dynamics and coach relatives on providing appropriate support. It means some visits take longer. Some require no formal medical intervention at all. The serving principle requires asking whether each activity truly benefits rather than whether it merely satisfies administrative requirements.
2. Attuning: match the method to the work
The second principle acknowledges that different activities require varying levels of engagement. Some tasks can be automated or standardised efficiently. Others demand deep attention to individual circumstances.
Buurtzorg nurses distinguish between what they call mindless and mindful activities.
Mindless activities (routine scheduling, standard documentation, supply re-ordering, and time registration), follow predetermined expectations, scheduling, basic documentation, and supply ordering. These can be systematised without losing value. Technology handles them efficiently.
Mindful activities, by contrast, require professional attention, contextual judgement, and relational engagement. These include assessing a client’s changing health or social situation, interpreting subtle signals such as increased anxiety or decline in self-care, adapting care plans in dialogue with clients and families, coordinating with informal caregivers or other professionals, and making ethical decisions when standard protocols do not fit individual circumstances. Such activities cannot be reduced to checklists or time slots without undermining care quality. Should this patient’s informal support network be more involved? Is the current care plan still appropriate given changes in the patient’s condition?
Healthcare systems often attempt to standardise mindful activities by translating complex human situations into detailed protocols and decision trees. A common example is care planning for frail older adults with multiple conditions: organisations prescribe fixed assessment tools, predefined risk scores, and mandatory intervention pathways that determine when family members should be involved, how frequently care should be delivered, and which professional is responsible, regardless of local context or personal relationships. While designed to ensure consistency and control, such protocols can reduce professional judgement to box-ticking and overlook subtle but crucial contextual factors, such as trust, family dynamics, or gradual changes in a patient’s coping ability. Buurtzorg structures its workforce into small, self-governing teams of approximately 10–12 nurses responsible for the holistic care of 50–60 patients in a neighbourhood. This team size facilitates close coordination, shared accountability, and continuity of care, and is central to Buurtzorg’s integrated, person-centred model of community nursing.
Buurtzorg deliberately takes the opposite approach. It automates what is genuinely routine, such as scheduling regular visits, registering standard care actions, or ordering supplies, while protecting space for professional judgement precisely where uncertainty, interpretation, and human values are involved. Decisions about mobilising informal support, adjusting care intensity, or responding to changes in a client’s wellbeing remain with the nursing team. In doing so, Buurtzorg foregrounds human virtues such as attentiveness, practical wisdom (phronesis),
responsibility, and relational sensitivity as core elements of high-quality, client-centred care, rather than attempting to standardise them away.
The organisational logic of Buurtzorg Nederland can be understood as a deliberate response to VUCA conditions in healthcare. In “Integrating Simplification at Buurtzorg Nederland,” Sharda Nandram argues that Buurtzorg addresses complexity not by adding rules and control, but by radically simplifying structures and decentralising authority to self-managing teams, while using technology to reduce administrative load. This perspective aligns with the analysis by Frank Martela and Sharda Nandram who show how the company scales self-management without middle managers by automating routine tasks and deliberately preserving professional judgement in complex, human situations.
Buurtzorg’s 1,400 nurses and domestic caregivers in the Netherlands work in self-managing teams with minimal hierarchical oversight. Just 20 regional coaches and a small back office support them. Teams decide on care, schedules, and hiring.
This creates natural accountability. Teams answer to each other and to patients, not to distant managers. When problems arise, the team addresses them collectively in meetings.
“Because that is, of course, one of the great things about this profession: you can organize your own work. You can schedule your own appointments and decide when to come. So, you have a lot of freedom and they trust you.”
The trust principle doesn’t mean abandoning all oversight. It means distinguishing between activities where professional judgement should prevail and situations requiring standardised procedures. For routine compliance tasks, some structure makes sense. For complex care decisions, professional autonomy proves essential.
4. to 6. Needing, rethinking, and common sense principles – Continuous reassessment
The final three principles (needing, rethinking and common-sense) provide ongoing checks and embody the virtues of practical wisdom, discernment, and pragmatism, forming a cornerstone of Buurtzorg’s operational philosophy. They prevent the organisation from becoming rigid or bureaucratic over time.
The needing principle at Buurtzorg is a “fundamental law” that defines the company vision of placing the client at the centre of its activities. It insists that patients’ needs, not prescribed care packages, drive decisions. A comparative study by KPMG (published in 2015), commissioned by the Dutch Ministry of Health examining Buurtzorg’s added value found that its self-managing nursing teams deliver substantially fewer hours of care per client than other home care organisations when adjusted for case mix; suggesting a stronger alignment between actual need and delivered care rather than simply billing all allocated hours. Dutch healthcare funding allocates specific hours for different patient categories.
In 2013, Buurtzorg clients received, on average, 108 hours of home care per year compared with 168 hours for other providers, yet reported high satisfaction and quality of care. This suggests Buurtzorg nurses refuse to provide unnecessary care simply because funding allows it, focusing instead on what genuinely supports the patient.
The rethinking principle requires constant evaluation of whether current approaches still serve their purpose. Buurtzorg’s founder regularly challenges teams through blog posts on the company’s intranet and discussions like, “Is this still the best way to work? Are we adding unnecessary complexity? What would happen if we simplified further?”
The common-sensing principle acts as a reality check. One team needed to adjust their approach for crisis situations. Rather than creating elaborate procedures, they simply agreed to contact each other and their regional coach for complicated questions.
Putting Buurtzorg’s holistic principles into practice
The Buurtzorg model provides a framework for healthcare organisations to integrate ethical decision-making while maintaining operational efficiency. It encourages organisations to define and serve an ultimate purpose or end toward which activity is directed that resonates with employees, fostering a sense of meaning and client centredness. This approach can enhance the quality of care and patient satisfaction by developing coherence between organisational goals and employees’ moral values and motivations.
For businesses seeking to apply this framework, implementation entails several key shifts.
Develop explicit criteria for evaluating activities beyond efficiency or profitability. Ask whether each activity serves your core purpose.
Distinguish activities that require a human touch in client interactions from those that benefit from standardisation. Protect professional judgement where it matters, while automating tasks that don’t require human practical wisdom.
Cultivate a broader rationality, one that lets moral and human values shape action alongside financial reasoning. This isn’t about rejecting structure or accountability but about ensuring that systems serve a purpose rather than replace it.
Across contexts what transfers is the commitment to discernment that keeps means and ends distinct. The goal is to build systems that support the greater good. In metric-driven workplaces, this framework offers a structured alternative that acknowledges business realities while insisting some things matter more than the bottom line.
The European Academy of Management (EURAM) is a learned society founded in 2001. With over 2,000 members from 60 countries in Europe and beyond, EURAM aims at advancing the academic discipline of management in Europe.
A weekly e-mail in English featuring expertise from scholars and researchers. It provides an introduction to the diversity of research coming out of the continent and considers some of the key issues facing European countries. Get the newsletter!
Sharda Nandram in the past advised Buurtzorg with Self Management research.
Puneet K. Bindlish et Raysa Geaquinto Rocha ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur poste universitaire.
The value of wetlands on the landscape cannot be overstated — they store and filter water, provide wildlife habitat, cool the atmosphere and sequester carbon. Yet, in the farmland area of Canada’s Prairies, wetlands are being drained to increase crop production and expand urban development.
While wetlands sequester carbon, they also naturally release greenhouse gases (GHG) into the atmosphere. That means the impact of wetland drainage on net GHG emissions was previously difficult to determine.
Our new study, however, has found that widespread wetland drainage on Prairie farmland releases 2.1 million tonnes of carbon dioxide equivalent (CO₂-eq) per year. That’s equal to more than five per cent of Prairie agricultural emissions from the industry as a whole. CO₂-eq is a metric used to to compare emissions from different greenhouse gases by converting amounts of those gases to the equivalent amount of carbon dioxide.
Our research team included Darrin Qualman from the National Farmers Union, Sydney Jensen, a then-graduate student at the University of Regina, as well as Murray Hidlebaugh and Scott Beaton, independent farmers in the Canadian Prairies.
Some tout wetland drainage as providing numerous benefits to agriculture. In addition to increasing arable land area, proponents argue that “proper drainage management … reduces the carbon footprint by cutting down equipment operation time, fuel and emissions, reduces the impacts of extreme weather events, and decreases overland flooding and nutrient washouts.”
An explainer on the important role wetlands play in the environment. (Ducks Unlimited Canada)
To quantify the net greenhouse gas (GHG) emissions associated with wetland drainage, our approach was to quantify GHG sources when wetlands are intact, and compare them with sources after drainage takes place to understand the net effect of wetland removal on emissions. The annual rate of wetland loss from existing data (10,820 hectares per year) was used to quantify associated carbon emissions for the region.
Intact wetlands emit GHGs such as carbon dioxide, methane and nitrous oxide, so their removal eliminates these natural emissions from the landscape. The presence of wetlands in fields can also require repeated machinery passes and lead to double fertilization around wetland margins, both of which contribute to GHG emissions.
When wetlands are drained, carbon-rich sediments are exposed to the air, allowing rapid decomposition and the release of carbon dioxide. Drainage also expands cropland area, leading to additional GHG emissions from farming activities on the newly cultivated land. It often requires the removal of rings of willow trees surrounding wetlands, with the resulting debris typically burned or composted, producing further emissions.
Our results show that the amount of carbon dioxide released from exposed soil from drained wetlands far exceeded any other source. This was much larger than emissions when wetlands were intact, including natural wetland emissions and emissions from multiple passes with machinery. Additional emissions from farming the former wetland and the removal of vegetation also made a small contribution to the overall balance.
Overall, we estimate that wetland drainage contributes to an annual increase in emissions of at least 2.1 million tonnes CO₂-eq (recognizing that stored carbon will be released over a multi-year period). It is worth noting that this includes natural emissions from intact wetlands, but emissions that are not human-caused are not typically targeted in an effort to achieve GHG reductions.
For example, reducing methane emissions from livestock is a strategy to reduce agricultural GHG emissions, but emissions from wild animals are not considered or incorporated in the same way. Our estimate swells to 3.4 million tonnes of CO₂-eq per year when we exclude natural wetland GHG emissions; this represents an increase of approximately eight per cent above currently quantified GHG emissions from the agricultural industry in the Prairie provinces.
Canada’s GHG Inventory
Canada uses a National Inventory Report to quantify GHG emissions from different jurisdictions and industries, but emissions associated with wetland drainage are not currently included. Emissions of 3.4 million tonnes of CO₂-eq from a single year of wetland drainage are substantial and exceed several emission sources currently described in the report.
For example, emissions from wetland destruction are greater than agricultural emissions from gasoline combustion in trucks or from poultry and swine manure in the Prairie provinces. Including emissions from wetland drainage in the National Inventory Report would provide a more accurate accounting of total agricultural emissions and better position the country to meet its climate commitments.
Prairie farmers play a key stewardship role in this landscape — preserving wetlands on their land provides a public good. Retaining wetlands would create many additional benefits: maintaining wildlife habitats, groundwater recharge, nutrient retention, as well as drought and flood mitigation. These wetland services help address global and regional crises related to biodiversity loss, climate change, lake eutrophication and flooding.
Research shows there is public willingness to pay to restore wetlands in the Prairie provinces. There is additionally a need to reduce conflict and increase collaboration in conversations on agricultural water management in the Canadian Prairies and develop policies that incentivize and enable landowners to consider the environmental benefits of wetlands in their decision making. By better understanding the costs of GHG emissions resulting from wetland drainage, we can better preserve wetlands in the Canadian Prairies.
Kerri Finlay receives funding from the Natural Sciences and Engineering Research Council (NSERC) of Canada, Canada Research Chair (CRC) program, Canada Foundation for Innovation (CFI), the Saskatchewan Ministry of Agriculture (Agricultural Development Fund), Saskatchewan Cattlemen’s Association (SCA). The research reported here was funded by the National Farmers’ Union.
Colin Whitfield receives funding from Canada’s Federal Tri-Agencies, Canada Foundation for Innovation, Environment and Climate Change Canada, Agriculture and Agri-Food Canada (Bridge to Land Water Sky Living Lab, Central Prairies Living Lab).
Lauren Bortolotti receives funding from Environment and Climate Change Canada, Alberta North American Waterfowl Management Plan Partnership, and the Prairie Habitat Joint Venture. She is an employee of Ducks Unlimited Canada.
We are now approaching six years since COVID-19 was declared a pandemic by the World Health Organization, yet talk of vaccines and our immune systems persists in our cultural conversations — from political arenas to the dinner table.
These changes coincide with reports of rising outbreaks of infectious diseases like measles in Canada and other countries that have historically been measles-free.
Scientific evidence points to vaccines helping, rather than hindering, our immune systems. Each of us possesses a team of immune cells dedicated to protecting us against outside enemies or “pathogens” — harmful bacteria or viruses that can make us sick, like the viruses that cause COVID-19 or the common cold.
Front-line defenders
There are two kinds of players on our team of immune cells with distinct roles. The first are “front-line defenders” that stand guard and can respond immediately to intruding pathogens that enter our home turf.
These kinds of immune cells, called “innate” immune cells, are found in peripheral tissues around our bodies, including our respiratory tract, digestive tract and even on the surface of our skin. Their job is to rapidly clear pathogens by eating them in a process called “phagocytosis” (derived from an ancient Greek word meaning “to eat”) or releasing toxic compounds into their surrounding environment to target the pathogen indirectly.
Usually, innate immune cells can fight off intruding pathogens on their own. However, sometimes the enemy team is so formidable that front-line defenders are overwhelmed and call for backup.
Advanced responders
Another play that innate immune cells can make when things get tough is to pass the immune response on to the second kind of immune player, the “advanced responders.”
These immune cells, known as “adaptive” immune cells, must be activated by innate immune cells that have encountered the pathogen in order to respond.
Innate immune cells instruct adaptive immune cells on how to recognize the enemy based on unique molecular components of the bacteria or virus on the enemy team — and once adaptive immune cells acquire their target, they mount a powerful and highly specific response to the target pathogen.
Adaptive immune cell players include B cells, which secrete antibodies — small molecular agents that bind to the target pathogens and clear them from the body — as well as T cells, which can directly kill cells infected by the pathogen or provide extra support to B cells.
Importantly, a portion of adaptive immune cell populations can retain memory of the specific virus or bacteria they learned to fight off in an infection — so if you were to encounter that same pathogen again in the future, your adaptive immune cells would be able to clear the infection much faster, without needing activation from innate immune cells.
A scanning electron micrograph of a healthy human T cell (also called a T lymphocyte). (National Institute of Allergy and Infectious Diseases)
Training the team
While our team of immune cells can develop protection against a pathogen after fighting an infection, vaccines train it in advance — without requiring us to get sick.
For example, the COVID-19 vaccine contains a molecule called “mRNA” that encodes a small component of the virus that causes COVID-19, but not the virus itself.
This allows our immune cells to learn how to recognize and respond to the COVID-19 virus in advance of a potential infection. Specifically, the adaptive immune cells that will retain memory of the response can provide long-term protection if we encounter the real COVID-19 virus in the future.
Put simply, vaccines train our home immune players to prepare for the big game, before they face the enemy team — which is what any good coach would encourage.
Colorized scanning electron micrograph of a cell (red) from a patient sample, heavily infected with SARS-COV-2 virus particles (yellow). Image captured at the NIAID Integrated Research Facility in Fort Detrick, Md. (National Institute of Allergy and Infectious Diseases)
Moving forward
Vaccines, including mRNA vaccines used for COVID-19, are not a new strategy of disease prevention — they have been safely and effectively used for decades to protect us from various infectious diseases.
Here in Canada, new vaccine technology is currently being developed by leading researchers for COVID-19 and other diseases. These continued efforts will equip current and future generations with immune protection against old and new foes — and allow vaccines to continue to provide our team with a home advantage.
Immunity and Society is a new series from The Conversation Canada that presents new vaccine discoveries and immune-based innovations that are changing how we understand and protect human health. Through a partnership with the Bridge Research Consortium, these articles — written by experts in Canada at the forefront of immunology, biomanufacturing, social science and humanities — explore the latest developments and their impacts.
Anthony Wong is a Post-Doctoral Fellow at the University of British Columbia that receives funding from Canadian Institutes of Health Research (CIHR), Health Research BC, and Canadian Biomedical Research Fund and Biosciences Research Infrastructure Fund (CBRF-BRIF) on behalf of the AVENGER project grant. Anthony Wong is affiliated with the Bridge Research Consortium (BRC).