Vivir en entornos ricos en estímulos aumenta la plasticidad del cerebro

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Federico Miozzo, Investigador postdoctoral en neurociencias, Universidad Miguel Hernández

Un experimento con ratones explica el mecanismo por el que los ambientes enriquecidos ayudan a aprender mejor. Andy Luo / Unsplash., CC BY

Desde hace décadas, sabemos que crecer en un entorno rico en estímulos sensoriales, sociales y físicos favorece el desarrollo cognitivo y la capacidad de aprendizaje. Aunque estos beneficios son especialmente importantes durante la infancia y la adolescencia, no se limitan a las primeras etapas de la vida. También en la vejez, un entorno estimulante contribuye a retrasar el deterioro cognitivo y a mantener la mente activa.

A pesar de esta evidencia conductual, todavía conocemos muy poco sobre los mecanismos neuronales y moleculares subyacentes. ¿Cómo convierte el cerebro la experiencia ambiental en cambios duraderos en las habilidades de aprendizaje y en la memoria?

Ratones jugando con un modelo de ADN. Los roedores son modelos clave para entender cómo el ambiente dialoga con los genes y moldea la memoria.
Laboratorio de Neurociencias, Universidad Miguel Hernández.

Desde el Instituto de Neurociencias, centro mixto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universidad Miguel Hernández (UMH) de Elche, hemos publicado recientemente en Nature Communications un estudio hecho en ratones que aporta nuevas claves fundamentales sobre este proceso.

En concreto, muestra que el impacto del entorno no es igual en todas las poblaciones neuronales del cerebro. Además, identifica uno de sus componentes, el complejo proteico AP-1, como un mediador central entre el ambiente y la cognición.

Tres entornos, tres cerebros distintos

Para estudiar cómo el entorno modula la cognición, nuestro equipo, liderado por el doctor Ángel Barco, crió ratones hembra jóvenes durante tres meses en tres condiciones ambientales bien definidas.

El primer grupo vivió en un entorno enriquecido. Los animales compartían grandes cajas que facilitaban la exploración e interactuaban en grupos de 15 a 20 individuos. Además, disponían de ruedas para hacer ejercicio y de juguetes que se cambiaban regularmente para mantener la novedad. Un segundo grupo vivió en un entorno estándar, en grupos pequeños de 4-5 ratones, con material básico para la nidificación como único recurso. El tercer grupo fue criado en un entorno empobrecido, caracterizado por el aislamiento social y la ausencia total de estímulos.

Tras este periodo, los animales fueron sometidos a pruebas de aprendizaje y memoria. Los ratones del entorno enriquecido mostraron un rendimiento cognitivo claramente superior. Esta mejora se observó, por ejemplo, en el test de condicionamiento del miedo, una versión en roedores del clásico condicionamiento de Pavlov.

En cambio, los ratones criados en condiciones empobrecidas presentaron dificultades de memoria. Los déficits de detectaron en pruebas de reconocimiento de objetos, que evalúan la capacidad del animal para distinguir entre un objeto previamente explorado y uno nuevo.

Desentrañar la complejidad celular del cerebro

Comprender qué ocurre a nivel molecular en el cerebro es especialmente complejo, porque hay decenas de tipos neuronales y no neuronales que conviven e interactúan. Los análisis globales tienden a mezclar señales de distintas células, dificultando la interpretación de los resultados. Para superar esta limitación, decidimos centrar nuestro estudio en dos poblaciones neuronales del hipocampo esenciales para la memoria: las neuronas piramidales y las neuronas granulares.

Neurona piramidal humana observada mediante el método de Golgi. Nótese que la dendrita apical se extiende verticalmente por encima del soma y que hay numerosas dendritas basales que surgen de forma lateral desde su base.
Wikimedia Commons., CC BY

Por un lado, separamos cuidadosamente subregiones específicas del hipocampo mediante una disección fina. Por otro, aplicamos una técnica genética para marcar con fluorescencia las neuronas de interés. La combinación de ambos métodos nos permitió aislar las neuronas piramidales y granulares de manera muy precisa. Así, pudimos aplicar técnicas avanzadas de genómica para ver cómo se activan o apagan los genes en cada tipo de neurona.

Uno de los hallazgos más llamativos del estudio fue que los distintos entornos no actuaban de la misma manera en ambas poblaciones neuronales. El entorno enriquecido produjo cambios moleculares más pronunciados en las neuronas granulares, mientras que el entorno empobrecido afectó más a las neuronas piramidales.

AP-1 como pieza clave de la plasticidad inducida por el entorno

Además, los autores identificamos un patrón molecular que conectaba estos cambios en las neuronas con el comportamiento: las dos condiciones ambientales inducían efectos opuestos sobre el complejo proteico AP-1, encargado de regular genes claves para la plasticidad sináptica, es decir, la capacidad de las neuronas de modificar sus conexiones en respuesta a la experiencia. Mientras que el entorno enriquecido activaba AP-1, el entorno empobrecido lo reprimía. Esta correlación estrecha entre la actividad de AP-1 y el rendimiento cognitivo sugería que el complejo actúa como traductor molecular de la experiencia ambiental.

A continuación, nos propusimos comprobar si AP-1 era necesario para los cambios en la memoria inducidos por el entorno. Para ello, inactivamos el gen Fos, que codifica una subunidad esencial del complejo AP-1. Al hacerlo, los beneficios cognitivos del entorno enriquecido se atenuaron significativamente. Este experimento demostró que, sin la activación de AP-1, incluso un entorno rico en estímulos pierde gran parte de su capacidad para potenciar la cognición.

AP-1 funciona, así, como un traductor molecular clave de los efectos del entorno en el cerebro. Activa genes que modifican las sinapsis y remodelan los circuitos, procesos fundamentales para el aprendizaje y la memoria.

Convertir la experiencia en una herramienta clínica

Estos resultados refuerzan la idea de que la estimulación física, social e intelectual durante la infancia y la adolescencia es crucial para el desarrollo cognitivo. Más allá de confirmar una intuición ampliamente aceptada, este estudio identifica un mecanismo molecular concreto que conecta el entorno con la plasticidad cerebral.

Reconocer a AP-1 como un regulador central de este proceso abre la puerta a terapias que imiten o potencien los beneficios de un entorno enriquecido. Modular farmacológicamente esta vía de señalización tiene el potencial de abrir nuevas oportunidades terapéuticas en el futuro. Su aplicación podría ayudar a tratar trastornos de desarrollo del cerebro, la pérdida de memoria relacionada con la edad o situaciones con acceso limitado a entornos estimulantes.

Comprender cómo el entorno “habla” con nuestros genes es un paso esencial para para mejorar la salud del cerebro.

The Conversation

Federico Miozzo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Vivir en entornos ricos en estímulos aumenta la plasticidad del cerebro – https://theconversation.com/vivir-en-entornos-ricos-en-estimulos-aumenta-la-plasticidad-del-cerebro-273142

El juego como herramienta de socialización de niños y niñas con autismo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Raquel González Hernández, Profesora sustituta en el área de Didáctica y Organización Escolar. Departamento de Didáctica e Investigación educativa ULL, Universidad de La Laguna

Zoteva/Shutterstock

Lucía, de dos años, suele preferir estar sola en la escuela infantil. Cuando se organizan actividades (canciones, bailes o rodar una pelota en grupo), se queda al margen, sentada en un rincón mirando fijamente al suelo o un objeto propio, o se tapa los oídos y gira sobre sí misma repetidamente.

Sus maestras la animan a unirse al círculo diciendo “¡Vamos, Lucía, tienes que participar con todas!”, insistiendo hasta que consiguen convencerla; a veces incluso la toman en brazos para colocarla en medio del grupo. Pero esto aumenta la irritabilidad de la niña, provocando mayor retraimiento.

Los niños y niñas con autismo presentan un funcionamiento neurológico diverso que influye en cómo perciben el entorno, procesan la información sensorial, regulan sus emociones y se relacionan con los demás.

Esto, en la etapa infantil (entre los 0 y los 6 años) afecta a cómo conectan sus emociones con su expresión corporal, y se traduce a menudo en una mayor tendencia al juego solitario, en dificultades para compartir intereses con otras personas y en formas atípicas de mostrar afecto o malestar, como evitar la mirada, buscar los mismos objetos o recurrir a movimientos repetitivos para autorregularse.

Emoción, expresión, cuerpo y juego

En estas edades tan tempranas, es el cuerpo la principal vía de relación con el entorno, y el juego su principal vía de expresión. A través del juego se desarrolla el pensamiento, la creatividad, la autonomía y la socialización.

Una de las metodologías que utilizan el juego como principal herramienta de acompañamiento a niños y niñas con autismo es la psicomotricidad relacional. A continuación explicaremos en qué consiste y cómo se puede aplicar.

Escuchar, comprender y conectar

Las manifestaciones corporales, tanto en la dimensión motriz, como en la cognitiva y la afectivo‑social, proporcionan información valiosa sobre el desarrollo del niño, su bienestar emocional y posibles alteraciones.

En la dimensión motriz se observan, por ejemplo, la coordinación de los movimientos, el equilibrio o la presencia de torpeza y rigidez corporal; en la dimensión cognitiva, la forma en que explora el espacio, mantiene la atención en una actividad o planifica una acción; y en la dimensión afectivo‑social, gestos como acercarse o evitar el contacto, buscar el abrazo del adulto, compartir o no el juego con otros niños y niñas, así como posturas que transmiten seguridad, timidez o malestar.




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Los y las docentes y cuidadoras pueden aprender mucho simplemente observando estos comportamientos: les permite identificar signos de alarma, comprender y acompañar en el desarrollo infantil desde una perspectiva integral.

La psicomotricidad relacional y autismo

La psicomotricidad relacional busca, a través del análisis de la expresividad de cada niño y niña, conectar con sus emociones, ajustando la intervención a sus vivencias corporales. Toma como punto de partida sus competencias y trata de acompañar en la manifestación y transformación de sus necesidades, ayudándole a evolucionar.

A diferencia de enfoques directivos que usan objetivos fijos y muchas palabras e indicaciones para guiar al niño, aquí el psicomotricista se acerca jugando, usa su propio cuerpo para mediar, se fija en lo que hace sin invadirle, y le ofrece opciones que le ayuden a relacionarse mejor con lo que le rodea.

Un entorno que estimule

Así, le da herramientas útiles y con sentido para que su cuerpo sirva para conectar con otros, expresarse y entender el mundo, todo partiendo de su interés y de su propia actividad.

A partir de la observación de cómo el niño usa el espacio, juega con los materiales y se relaciona con otros/as, el psicomotricista crea un entorno que estimula el deseo de comunicarse, compartir y explorar, ampliando las posibilidades de juego y expresión. Esto implica respetar su ritmo, ofrecer materiales que se ajusten a sus intereses sensoriales, participar en el juego de manera respetuosa y ayudarle a tomar conciencia de sí mismo y de las demás personas.

Cuando existe menos integración corporal

Algunos niños y niñas tienen muchas dificultades para relacionarse porque les cuesta sentir y organizar su propio cuerpo. Es decir, no logran percibir bien cómo es su cuerpo ni cómo se mueve. En el caso de niños y niñas con autismo, esto dificulta que puedan iniciar o mantener relaciones, ya que su cuerpo no acompaña su deseo de comunicarse ni les permite percibir o comprender la respuesta de la otra persona.

En estas situaciones, el psicomotricista puede ayudarles a construir una mejor conciencia de su cuerpo. Lo hace acompañándolos en la acción y proponiendo juegos que representen experiencias corporales. Estos juegos les permiten organizarse, reconocer sus límites corporales y, poco a poco, lograr momentos de encuentro con el otro que faciliten la relación y la comunicación.




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Por ejemplo, en un juego de cucú–tras–tras, el psicomotricista acompaña al niño o la niña en la acción, ayudándole a anticipar lo que va a pasar y a reconocer dónde empieza su propio cuerpo y el del otro.

Aislados en sus propias fantasías

Otros niños con autismo, aunque acceden al simbolismo, pueden mostrar una fantasía desbordante que les aísla. El desafío consiste en ofrecer un espacio seguro que les permita organizar y compartir su mundo, conectándolo con la realidad social y emocional que les rodea.

Esto se puede lograr ofreciendo materiales y juegos que vinculen la imaginación con la acción concreta, acompañando sus propuestas sin imponerlas, nombrando y reflejando sus emociones, y favoreciendo interacciones graduales con otros niños y niñas para que la fantasía se conecte con experiencias compartidas.

Por ejemplo, el caso de un niño con autismo que juega solo dentro de una fantasía repetitiva del superhéroe, el psicomotricista le invita a utilizar una tela a modo de capa y, poco a poco, introduce pequeñas interacciones con otros niños y niñas, como pedir ayuda al superhéroe para rescatar a un muñeco o invitar a otro/a niño/a a participar en una misión sencilla, de modo que la fantasía se transforme en una experiencia compartida.

Comenzar por grupos pequeños

La psicomotricidad relacional no solo favorece el desarrollo individual, sino que también proporciona un espacio social rico y significativo donde se promueve la interacción, la cooperación y la empatía.

Las actividades se pueden organizar en parejas o tríos donde resulte posible para el niño con autismo desarrollar un juego compartido y la construcción conjunta de significados, adquiriendo herramientas básicas para la relación. En ocasiones, es posible la ampliación de sus relaciones, accediendo al contexto social que supone jugar en un grupo diverso más numeroso.

Se genera un entorno inclusivo, donde se acoge a la persona tal como es, reconociendo y validando sus características, capacidades y estilos expresivos propios. En definitiva, se crean contextos vivos donde cada niño y niña puede participar, convivir y sentirse parte activa del grupo, construyendo una experiencia de pertenencia, identificación, colaboración y crecimiento mutuo.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. El juego como herramienta de socialización de niños y niñas con autismo – https://theconversation.com/el-juego-como-herramienta-de-socializacion-de-ninos-y-ninas-con-autismo-269570

¿A qué llamamos evidencia científica?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Luis Felipe Reyes, Profesor de muy alto prestigio en Enfermedades Infecciosas, Universidad de La Sabana

Roman Samborskyi/Shutterstock

En tiempos de desinformación viral y certezas instantáneas, pocas expresiones se usan con tanta autoridad y, a menudo, con tan poca precisión, como “evidencia científica”. Se invoca en debates políticos, campañas de salud pública, discusiones familiares y hasta anuncios comerciales, como si fuera un sello de verdad absoluta. Pero ¿qué significa realmente este concepto que parece tan evidente y, al mismo tiempo, tan escurridizo?

A simple vista, podríamos decir que la evidencia científica es aquello que “demuestra” algo con base en la ciencia. Sin embargo, basta examinarla para descubrir que no es un objeto estable, sino un proceso complejo, lleno de matices, incertidumbres y revisiones constantes.

Lejos de ser un bloque monolítico, la evidencia científica se construye, se cuestiona y, a veces, se contradice. Comprender su naturaleza es fundamental para navegar debates sobre temas tan diversos como vacunas, inteligencia artificial, cambio climático o nutrición.

¿Quién puede generar evidencia científica?

Existe la creencia de que la ciencia es un territorio exclusivo de profesionales en laboratorios. Pero, en esencia, la ciencia no es un título; es un método. Si una persona formula una pregunta clara, plantea una hipótesis, recoge datos con rigor, controla sesgos y expone sus conclusiones al escrutinio público, está utilizando el método científico, y por ende, está haciendo ciencia.

Lo que determina la validez de un resultado no es quién lo produce, sino cómo se generan y evalúan los datos. Aun así, la ciencia moderna se ha vuelto tan técnica que algunos experimentos requieren equipamiento, financiación o conocimientos especializados. Esta barrera es práctica, no filosófica.

¿Cuánta evidencia es suficiente? La evidencia como gradiente

Una de las ideas más importantes y más difíciles de comunicar es que no toda evidencia pesa igual. Ningún estudio aislado, por sólido que sea, puede cargar por sí solo con el peso de la verdad. La evidencia se acumula y se evalúa como un gradiente.

La jerarquía clásica de evidencia científica –ensayos clínicos aleatorizados, estudios observacionales, series de casos– es una guía útil, pero imperfecta. En la vida real, la “mejor evidencia disponible” depende de la pregunta, del contexto y de la factibilidad de los estudios.

Por ejemplo, no sería ético aleatorizar a personas a fumar o no fumar para estudiar el cáncer de pulmón; por eso, los estudios observacionales cuidadosamente diseñados se convierten en la forma más robusta de evidencia posible para ese tipo de problemas.

Además, la reproducibilidad es clave. Un resultado aislado puede ser interesante; un resultado reproducido por distintos equipos, en distintos lugares y con distintos métodos se vuelve convincente.

Cuando las evidencias se contradicen

Las contradicciones entre estudios pueden parecer desconcertantes para el público, pero son una parte esencial del progreso científico. Diferentes grupos pueden estudiar poblaciones distintas, usar métodos con niveles de precisión variables o analizar los datos con supuestos estadísticos divergentes.

En ocasiones, lo que parece contradicción es simplemente evidencia incompleta. Si cinco estudios pequeños sugieren un efecto y un gran ensayo clínico lo contradice, el peso de la evidencia recae en el estudio más riguroso, no en la suma aritmética de publicaciones.

¿Existe un protocolo único para producir evidencia científica?

Aunque solemos hablar del “método científico” como si fuera una receta única, la realidad es mucho más diversa. La biología, la física, la sociología, la medicina o la astronomía utilizan aproximaciones metodológicas distintas, adaptadas a sus objetos de estudio.

En medicina, los ensayos clínicos aleatorizados son la herramienta más robusta para evaluar intervenciones. En cambio, el estudio del clima depende de modelos matemáticos de enorme complejidad. En ciencias sociales, los métodos cualitativos (entrevistas, etnografías, análisis de discurso) generan evidencia distinta, pero complementaria a la cuantitativa.

Lo que todas estas aproximaciones comparten es la transparencia: describir qué se hizo, cómo se hizo, con qué datos, bajo qué supuestos y con qué limitaciones. La evidencia científica se legitima, en buena medida, por su capacidad de ser revisada y puesta a prueba.

La evidencia científica: provisional por diseño

Sin embargo, quizá la característica más fascinante de la evidencia científica es su carácter provisional. Una afirmación científica es fuerte no porque sea eterna, sino porque está sujeta a revisión, cuando aparezcan datos o métodos mejores. Esta flexibilidad, a veces percibida como debilidad, es, en realidad, uno de los pilares de la ciencia moderna.

Aceptar la incertidumbre no significa renunciar a la acción. Significa actuar con la mejor evidencia disponible, mientras se sigue investigando.

En salud pública, durante pandemias o ante avances tecnológicos disruptivos, la evidencia es necesariamente imperfecta y evoluciona rápidamente. Entender esto ayuda a evitar frustraciones, conspiraciones y falsas dicotomías.

La clave: evidencia como punto de partida

Por tanto, la evidencia científica no es un veredicto final, sino un proceso continuo, colectivo y perfectible. Su fuerza radica en su capacidad de autocorregirse, reconocer sus limitaciones y mejorar con el tiempo.

En un mundo saturado de datos, opiniones y pseudocertezas, comprender su naturaleza dinámica resulta esencial. La evidencia científica no cierra debates: los abre. Es, más que una respuesta, una invitación permanente a seguir preguntando.

The Conversation

Luis Felipe Reyes no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿A qué llamamos evidencia científica? – https://theconversation.com/a-que-llamamos-evidencia-cientifica-269831

How Jesse Jackson set the stage for Bernie Sanders and today’s progressives

Source: The Conversation – USA – By Bert Johnson, Professor of Political Science, Middlebury College

Bernie Sanders, then the mayor of Burlington, greets Jesse Jackson backstage at a 1988 Vermont rally where he endorsed Jackson’s presidential bid. AP Photo/Toby Talbot

Jesse Jackson’s two campaigns for president, in 1984 and 1988, were unsuccessful but historic. The civil rights activist and organizer, who died on Feb. 17, 2026, helped pave the way for Barack Obama’s election a generation later as the nation’s first – and so far only – African American president.

Jackson’s campaigns energized a multiracial coalition that not only provided support for other late-20th-century Democratic politicians, including President Bill Clinton, but helped create an organizing template – a so-called Rainbow Coalition combining Black, Latino, working-class white and young voters – that continues to resonate in progressive politics today.

Vermont, where I teach political science, did not look like fertile ground for Jackson when he first ran for president. Then, as now, Vermont was one of the most homogeneous, predominantly white states in the country. But if Jackson seemed like an awkward fit for a mostly rural, lily-white state, he nonetheless saw possibilities there.

He campaigned in Vermont twice in 1984, buoyantly declaring in Montpelier, the state capital, “If I win Vermont, the nation will never be the same again.”

He did not win Vermont, taking just 8% of the Democratic primary vote in 1984 but tripling his share to 26% in 1988. Appealing to voters in small, rural New England precincts was a remarkable achievement for a candidate identified with Chicago and civil rights campaigns in the South.

Jackson’s presidential ambitions coincided with a pivotal moment in Vermont politics: The state’s voting patterns were shifting left, with new residents arriving and changing the state’s culture and economy. In 1970, nearly 70% of Vermonters had been born there. By 1990, that figure had dropped by 10 percentage points.

The Vermont Rainbow Coalition, which was formed to support Jackson’s first campaign, organized a crucial constituency in a fluid time, establishing patterns that would persist for decades.

Setting the standard in Vermont

Jackson created a “People’s Platform” that would sound familiar to today’s progressives, calling for higher taxes on businesses, higher minimum wages and single-payer, universal health care.

In light of Jackson’s efforts, Vermont activists saw the potential for a durable statewide organization. Rather than disband the Vermont Rainbow Coalition after the 1984 primary, they kept the group going, endorsing candidates in campaigns for the legislature and statewide office in each of the next three election cycles. The coalition also endorsed Bernie Sanders’ failed bid for Congress in 1988.

Sanders served eight years as mayor of Burlington as an “independent socialist,” cultivating a core collection of local allies known as the Progressive Coalition who sought to wrest power away from establishment members of the city’s Board of Aldermen.

In 1992, the Vermont Rainbow Coalition merged with Burlington’s Progressive Coalition to form the statewide Progressive Coalition.

The Jackson-Sanders lineage

Sanders eventually went on to win election to the House as an independent in 1990, serving in the chamber until winning his Senate seat, also as an independent, in 2006. His presidential runs in 2016 and 2020 made him a prominent national figure and a leader among progressives.

Alexandria Ocasio-Cortez, who unseated a member of the House Democratic leadership in a stunning 2018 primary upset in New York, had been a Sanders campaign organizer and remains his close ally. On Jan. 1, 2026, Sanders swore in Zohran Mamdani – like Ocasio-Cortez, a Democratic socialist – as mayor of New York City.

Sanders had endorsed Jackson for president in 1988. Years later, Jackson returned the favor.

Sanders paid tribute to Jackson at the 2024 Democratic National Convention. “Jesse Jackson is one of the very most significant political leaders in this country in the last 100 years,” Sanders said. “Jesse’s contribution to modern history is not just bringing us together – it is bringing us together around a progressive agenda.”

Not just Vermont

In Vermont, Jackson performed surprisingly well in unlikely places – taking nearly 20% of the 1984 primary vote in working-class Bakersfield and Belvidere, for example.

Today’s Vermont Progressive Party, which emerged out of the old Vermont Progressive Coalition, is one of the most successful third parties in the nation, winning official “major party” status in the state shortly after its official founding in 2000. The party has elected candidates to the state legislature, city councils and even a few statewide offices, including that of lieutenant governor.

Congresswoman Alexandria Ocasio-Cortez stands at a lectern and appears to shout to a campaign rally crowd.
New York Democratic Rep. Alexandria Ocasio-Cortez exhorts the crowd at a 2019 Bernie Sanders presidential campaign rally in Long Island City, N.Y.
Invision/Greg Allen via AP

Vermont was not alone in experiencing the catalyzing effect of Jackson’s presidential runs. Jackson had a significant mobilizing impact on Black voters nationwide. In Washington state, the Washington Rainbow Coalition started in Seattle and spread across the state between 1984 and 1996. New Jersey and Pennsylvania had their own successful and independent Rainbow Coalitions. In 2003, the Rainbow Coalition Party of Massachusetts joined the Green Party to become the Green Rainbow Party.

In my own research, I’ve investigated the durability of the “Jackson effect” in Vermont. There is no better test of what differentiates the Vermont Progressive Party from the state’s Democratic Party than the 2016 Democratic primary race for lieutenant governor, which pitted progressive David Zuckerman against two prominent, mainstream Democrats.

Zuckerman beat the Democrats most handily in towns that had voted the most heavily for Jesse Jackson in 1984, an effect that persisted even when controlling for population, partisanship and liberalism.

Many people would point to Sanders as the catalyst for Vermont’s continuing progressive movement. But Sanders and the progressives owe much to Jackson.

The Conversation

Bert Johnson does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organization that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. How Jesse Jackson set the stage for Bernie Sanders and today’s progressives – https://theconversation.com/how-jesse-jackson-set-the-stage-for-bernie-sanders-and-todays-progressives-276249

How sports betting is changing the way people watch sports

Source: The Conversation – Canada – By Liam Cole Young, Associate Professor of Communication and Media Studies and Co-Director of the School of Journalism and Communication, Carleton University

The Seattle Seahawks may have easily dispatched the New England Patriots on Super Bowl Sunday, but a more consequential battle unfolded off the field.

Sports betting companies vied with each other for fan attention, engagement and market share by flooding the broadcast with ads and promotions.

These will continue to crowd our social feeds and commercial breaks throughout the Winter Olympics. Want to wager on a curling match between Italy and Switzerland? Think someone will score in the first 10 minutes of a hockey game? In most parts of Canada, you can tap a wager into your phone from your couch in seconds.

Gamblers have already set their sights on the Olympics, but for many fans, the sudden proliferation of betting has felt disorienting. How did something once considered taboo become commonplace so quickly?

As a researcher working on a long-term project on sports gambling, I see these shifts as part of a broader transformation. Much like the forces shaping professional sport franchise sales and ownership battles, the proliferation of sports betting reflects deeper changes in the business, culture and technology of contemporary sport.

Fanatics Sportsbook’s 2026 Super Bowl ad.

Sports betting in Canada

The sports betting floodgates opened in Canada with Parliament’s passing of Bill C-218 in 2021. This legislation allowed provinces to introduce wagering on single events, including in-game live bets. Previously, only multi-game wagers, tightly controlled by public gaming and lottery corporations through Sports Select, were legal.

Parliament was reacting to pressure from industry and consumers that had ratcheted up after the United States Supreme Court struck down the Professional and Amateur Sports Protection Act in 2018, which opened the door to legalized gambling outside of Nevada.

Today, the landscape varies across Canada. Ontario has a regulated iGaming market that allows private operators like FanDuel and DraftKings. Alberta is set to adopt a similar approach in 2026.

Other provinces maintain tighter controls, offering online gambling through provincially run platforms such as PlayNow in British Columbia, Manitoba and Saskatchewan. Québec operates its own platform through Loto-Québec’s EspaceJeux.

The COVID-19 moment

The timing of legalization also coincided with another seismic disruption: the COVID-19 pandemic. In 2020, COVID-19 shut down stadiums and arenas.

Professional sports leagues suddenly found themselves without ticket revenue, concessions or live event income. Games played in empty arenas upended our assumptions about the resilience of professional sport business models. As financial losses mounted, leagues and teams needed cash.

Sports betting companies, buoyed by private investment, were waiting with open arms and open wallets. Companies like FanDuel and DraftKings were eager to push further into mainstream sports markets and willing to spend heavily to do it.

Partnerships were signed in rapid succession that once would have been ethically unthinkable due to potential conflicts of interest. Leagues aligned themselves with betting platforms, franchises inked sponsorship deals and star athletes fronted ad campaigns.

This reflected a longer economic trajectory. Franchise valuations have soared over the last 25 years. The US$10 billion sale of the Los Angeles Lakers in fall 2025 is the latest signal that global finance, private equity and non-traditional ownership groups have transformed sports into highly financialized assets.

The new stakeholders expect steady and substantial returns. With broadcast landscapes and consumer media habits changing, owners are increasingly hedging their bets. Partnerships with gambling companies are central to that diversification strategy.

Changing fandom, changing technology

Technology has fundamentally transformed how we observe, measure, track and analyze sport. Much has been written on the analytics revolution in sports management, sometimes called the “Moneyball” effect, which has seen teams increasingly apply quantitative methods borrowed from finance in their approach to franchise operations and roster construction.

Fantasy sports and video game “franchise mode” — gameplay formats that allow users to manage teams over multiple seasons — invite people to think in terms of analytics, probability and predictive modelling.

These platforms train users to break traditional “units” such as games and teams into ever smaller, quantifiable components that can be studied, compared and reconfigured. In fantasy sports, for instance, the performance of an individual athlete may matter more than the outcome of a game.

These behaviours align neatly with sports betting, and gambling apps are designed to capture and monetize them. They transform matches into a series of discrete events and outcomes that can be wagered upon, mirroring the logic of “derivatives” in the financial sector. Users are prompted to interact, analyze, predict and react to events in real time.

As TV increasingly becomes a “second screen,” betting apps keep people tethered to broadcasts through their phones, benefiting leagues, broadcasters and gambling companies alike.

Promises and perils of datafication

Modern sports generate enormous volumes of data. Tracking technologies measure ball trajectories, player movement, speed, force and spatial positioning with extraordinary granularity. Originally developed for performance analysis and officiating, this data now fuels an ever-expanding menu of betting options.

Betting platforms analyze data provided to them through league partnerships or via third-party data brokers in real time. These data operations are proprietary and not accessible to bettors.

Fans can now wager on everything from the outcome of the next pitch to the number of yards gained on a single drive or even the length of a national anthem. This real-time micro-wagering keeps fans engaged, but it also heightens the ethical stakes. As data flows expand, so do opportunities for misuse.

In recent years, several athletes and coaches have been disciplined for violating gambling rules — betting on games, sharing inside information or associating with third-party bettors.

These cases highlight larger systemic issues: that the rules governing these partnerships were assembled reactively, often hastily, and without a clear sense of how such relationships would affect competitive integrity.

The landscape is defined by uncertainty: unclear rules, inconsistent enforcement and ongoing debates about whether all of this is healthy — not just for the culture of sport, but society as a whole.

What kind of sports culture lies ahead?

The proliferation of sports betting ads signals a deeper realignment in how sports are financed, experienced and governed.

The forces driving this shift — changes in policy, economics and fan practices; technological innovation; data and financialization; emerging ethical considerations — are the same forces reshaping professional sport more broadly.

Leagues and teams are now more directly tied to gambling revenues than ever before, raising questions about their responsibility to protect players, preserve competitive integrity and support fans vulnerable to harm.

Governments and regulators, meanwhile, face mounting pressure to balance economic opportunity with meaningful consumer protections, including limits on advertising and stronger responsible gambling frameworks.

Sports betting isn’t going anywhere anytime soon. Understanding how we got here, who the players are and what’s at stake are necessary steps toward ensuring a future of sport that’s about more than the next wager.

The Conversation

Liam Cole Young does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. How sports betting is changing the way people watch sports – https://theconversation.com/how-sports-betting-is-changing-the-way-people-watch-sports-275303

Critical mineral mining faces risks if local communities aren’t consulted enough: the case of lithium in Ghana

Source: The Conversation – Africa – By Clement Sefa-Nyarko, Lecturer in Security, Development and Leadership in Africa, King’s College London

Clean technologies depend on critical minerals such as lithium and cobalt. Over 65% of the world’s cobalt is mined in the Democratic Republic of Congo. Nearly 40% of the world’s manganese is mined in South Africa. Substantial deposits of lithium are found in Zimbabwe. Ghana is emerging as a miner of that mineral of lithium too.

What’s less well understood is how the supply chains of these minerals are assessed and managed. The dominant view is that only three players matter: the mineral-mining industry, the host state where the minerals are found, and the wider geopolitical equation.

But there’s a fourth piece of the puzzle: the role of communities.

I am an academic researching justice and equity in critical minerals governance and energy transitions. In a recent paper, I examined the role of communities and the presence or absence of a social licence to operate. In other words, community “approval” that allows a project to proceed.

I focused on Ghana’s emerging lithium sector. Communities here are already feeling livelihood and social pressures following the commercial discovery. My research shows that weak and opaque governance around critical-mineral projects create early friction between communities, companies and the state. I found that delays in legal and regulatory processes, exclusion from decision making, and inadequate compensation routinely disrupt livelihoods in lithium rich communities.

These governance failures heighten local tensions. When communities feel sidelined or harmed, the risk of social conflict rises sharply. It can result in project delays, shutdowns and higher costs for both states and companies. These pressures are not incidental. They directly affect the stability of global supply chains.

I argue that effective risk governance must move beyond geopolitics. It must embed the fundamentals of social legitimacy. These include:

  • free, prior and informed consent

  • fair and transparent benefit-sharing

  • sustained, meaningful engagement with affected communities.

Without these basics, no amount of technological innovation or diplomatic negotiation can secure the minerals needed for the energy transition.

As global competition intensifies over access to strategic minerals, the governance of mining sites in the global south becomes important for supply chain assurance.

Why local participation matters

My argument is that local participation is one of the strongest predictors of whether mining projects gain or lose legitimacy, and therefore whether supply chains remain stable or face disruption.

When communities are involved early and meaningfully in decisions about land access, water use, environmental safeguards and compensation, they are more likely to see mining not as an imposed threat but as a negotiated partnership. This reduces uncertainty, builds trust and lowers the likelihood of conflict. Those conditions are essential for predictable mineral flows.

Research in sustainable mining consistently shows that communities are not passive recipients of mining impacts. They are active agents whose consent, cooperation or resistance can determine the lifespan of entire supply chains. Participation creates the space for communities to articulate their needs. It shapes benefit‑sharing mechanisms and ensures that mining does not undermine local livelihoods. When people have no voice in decisions that affect their land, water or social well-being, grievances accumulate and protests, legal challenges or operational blockages become far more likely.

Findings from my research further demonstrate that participation is a practical risk-management tool. It is not a symbolic gesture. In mining communities, weak engagement and unclear communication about land restrictions and compensation create perceptions of dispossession. They intensify tensions that threaten project timelines. Conversely, when engagement is consistent and meaningful, concerns are addressed early. This reduces the likelihood of costly shutdowns and strengthens the long‑term security of mineral supply chains.

Participation anchors mining projects in social legitimacy. It shifts extraction from something done to communities towards something negotiated with them. It turns potential flashpoints into points of cooperation. In a world where a single protest can disrupt global supply chains, community participation is no longer optional. It is a fundamental safeguard for the energy transition.

Way forward

Reducing the risk of supply-chain disruptions is not easy, but there is a clear path to it.

First, future global meetings like the COP climate summits and UN processes should explicitly include critical minerals, sustainable mining and community protections as formal agenda items. This will close the long-standing governance gap that leaves mineral supply chains exposed.

Second, international bodies should develop shared indicators for meaningful participation, benefit-sharing and community legitimacy. Social licence must be treated as a material risk factor that can halt mines and disrupt global markets.

Instead of resisting regulation, mineral-producing countries should help shape global environmental, social and governance expectations. They should reflect local priorities, environmental conditions and value-addition goals, while ensuring stable, responsible mineral flows.

Governments and companies should establish shared governance arrangements covering water use, land access, benefit-sharing and grievance processes. This will build trust early and prevent local conflict.

Also, mineral-rich countries should align on minimum social and environmental standards, free, prior and informed consent requirements, and value-addition policies. These will ensure diversification does not encourage weak oversight or exploitation.

The Conversation

Clement Sefa-Nyarko receives funding from UK Research and Innovation (UKRI) through a Future Leaders Fellowship for a project on justice in critical minerals governance and energy transitions. He also occasionally consults for Participatory Development Associates on international development in Africa, but this work is not related to mining.

ref. Critical mineral mining faces risks if local communities aren’t consulted enough: the case of lithium in Ghana – https://theconversation.com/critical-mineral-mining-faces-risks-if-local-communities-arent-consulted-enough-the-case-of-lithium-in-ghana-275723

Pourquoi Tesla est davantage valorisée en bourse que BYD

Source: The Conversation – in French – By Chafik Massane, Enseignant-Chercheur en Finance, INSEEC Grande École

La finance a d’autres logiques que la rationalité. Et s’il fallait chercher du côté des croyances ? Gguy/shutterstock

Malgré son retard industriel sur le leader mondial BYD, l’action Tesla ne cesse de grimper. Depuis le mois d’avril 2025, le constructeur phare des voitures électriques aux États-Unis est passé derrière son concurrent chinois en termes de ventes. Comment expliquer cet écart entre valorisation boursière et chiffre d’affaires ?


Pendant longtemps, Tesla a incarné l’avant-garde industrielle du véhicule électrique. Pourtant, le paysage concurrentiel a profondément changé. Les constructeurs chinois, BYD en tête, mais aussi NIO et XPeng, ont pris une avance désormais mesurable en volumes, en parts de marché et en maîtrise des coûts. Depuis avril 2025, BYD est devenue le leader mondial des ventes de véhicules électriques.

Paradoxalement, cette montée en puissance industrielle ne s’est pas traduite par un rééquilibrage équivalent en Bourse : Tesla conserve une valorisation exceptionnellement élevée, BYD est en chute.

Cours de l’action de Tesla depuis 2016.
Boursorama

Ce décalage soulève une question centrale de finance de marché : que valorisent réellement les investisseurs chez Tesla ?

Cours de l’action BYD depuis 2016.
Boursorama

Retard industriel sur BYD

La Chine est aujourd’hui le premier marché mondial du véhicule électrique. En 2024, 10,9 millions de véhicules électrifiés y ont été vendus, soit 47,6 % des ventes totales de voitures. C’est énorme. Des constructeurs comme BYD écrasent la concurrence avec 4,3 millions de véhicules vendus en 2024.

Selon les données de la China Association of Automobile Manufacturers (CAAM) et de l’Agence internationale de l’énergie (IEA), BYD domine largement ce marché, avec des volumes de ventes très supérieurs à ceux de Tesla. À titre de comparaison, BYD a vendu environ 1,7 million de véhicules électriques à batterie (BEV) en 2024 et environ 2,25 millions en 2025.

Véhicules livrés par Tesla et BYD.
Morningstar

Au-delà des volumes, l’avantage des constructeurs chinois repose sur une intégration verticale poussée : BYD produit ses propres batteries, moteurs et logiciels embarqués, ce qui lui permet de réduire ses coûts de production et de mieux contrôler la qualité. Cette maîtrise interne lui confère des marges plus élevées et une plus grande flexibilité face à la concurrence. Sur ces dimensions clés, Tesla n’est plus le leader incontesté qu’il était il y a dix ans. Ces avantages de coûts faibles ont permis à BYD une marge brute nettement supérieure à celle de Tesla.

Valorisation boursière toujours hors norme

Malgré ce décrochage industriel relatif, Tesla continue d’afficher une valorisation boursière très supérieure à celle de ses concurrents chinois. Cette survalorisation apparaît clairement lorsqu’on compare Tesla à BYD.

Le multiple de valorisation sur le graphique confirme ce paradoxe. Le ratio « valeur de l’entreprise/résultat d’exploitation » indique combien les investisseurs paient pour chaque euro de profit généré par l’entreprise avant impôts et intérêts. Un ratio élevé, comme pour Tesla, montre que le marché valorise l’entreprise beaucoup plus que ce que ses profits actuels justifieraient, en misant sur sa croissance et ses projets futurs. Ce ratio reste nettement supérieur à celui de BYD, sauf pour l’année 2022 où BYD paraît « plus chère » que Tesla.

En réalité, ce résultat est dû à l’écrasement temporaire du résultat d’exploitation suite aux investissements massifs de BYD. En effet, en 2022, BYD a massivement investi dans ses capacités industrielles : la valeur de ses immobilisations corporelles a atteint 131,88 milliards de yuans (environ 16,13 milliards d’euros), soit une hausse de plus de 115 % par rapport à début 2022, ce qui s’est traduit par plus de 95 milliards de yuans (11,6 milliards d’euros) d’investissements dans les lignes de production et les usines sur une seule année.

Anticipations de domination future

Ce décalage entre performances industrielles et valorisation boursière s’explique en grande partie par le rôle des anticipations.

Nos travaux de recherche en finance de marché, montrent que la valeur d’une entreprise cotée en bourse peut se détacher de ses résultats financiers immédiats. La bourse ne valorise pas seulement les bénéfices actuels, mais aussi les anticipations des investisseurs sur l’évolution future des flux de trésorerie et des profits.

Tant que le récit stratégique reste crédible, les investisseurs sont prêts à payer un prix d’action élevé, ce qui peut maintenir une valorisation totale durablement élevée. Tesla illustre ce mécanisme : sa valorisation reflète surtout les attentes du marché quant à son potentiel futur, plutôt que ses résultats du moment.

Bénéfice de Tesla et de BYD.
Morningstar

Tesla est valorisée non seulement comme un constructeur automobile, mais comme un acteur technologique aux options stratégiques multiples – intelligence artificielle, conduite autonome, robotique, etc. Cette perception nourrit une prime boursière persistante.

L’évolution de long terme du cours de l’action Tesla permet d’illustrer ce phénomène. Malgré des phases de pression sur les marges, de concurrence accrue et de ralentissement industriel, la trajectoire boursière reste exceptionnellement élevée comparée aux standards du secteur automobile. En février 2025, une action d’échange à 428,60 dollars états-uniens, soit 360,59 euros.

Un mirage boursier ?

Tesla n’est pas un cas isolé dans l’histoire financière.

Les marchés ont souvent accordé des primes élevées aux entreprises perçues comme porteuses d’une rupture majeure, comme Amazon, dont la valorisation a longtemps dépassé ses profits immédiats en pariant sur sa domination future dans la logistique et le cloud.

Ce phénomène n’est pas nouveau : depuis leurs débuts, les marchés financiers ont connu des épisodes similaires, comme la tulipomanie aux Pays-Bas au XVIIᵉ siècle, où le prix d’un bulbe de tulipe pouvait atteindre celui d’un petit château, ou la bulle de la Compagnie des mers du Sud en 1720, lorsque le prix de ses actions a été multiplié par huit en quelques mois sans justification économique réelle.

Ces situations peuvent durer longtemps, tant que le récit stratégique reste crédible. Le risque est clair. Plus l’écart entre la promesse et la réalité industrielle se creuse, notamment face à des concurrents chinois de plus en plus performants, plus la valorisation devient fragile. Si les anticipations venaient à être révisées, l’ajustement pourrait être brutal.

Le défi de Tesla est alors double : rattraper son retard industriel face aux constructeurs chinois, tout en continuant à convaincre les marchés que son avenir justifie encore une prime boursière exceptionnelle.

The Conversation

Chafik Massane ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Pourquoi Tesla est davantage valorisée en bourse que BYD – https://theconversation.com/pourquoi-tesla-est-davantage-valorisee-en-bourse-que-byd-275851

Meurtre de Quentin Deranque : quels mécanismes conduisent à la violence politique ?

Source: The Conversation – in French – By Antoine Marie, Chercheur post-doctorant, École normale supérieure (ENS) – PSL

Capture d’écran de la vidéo montrant les affrontements ayant causé le décès de Quentin Deranque, le 12 février 2026, à Lyon (Rhône).
Fourni par l’auteur

La mort de Quentin Deranque, 23 ans, militant d’extrême droite battu à mort dans les rues de Lyon le jeudi 12 février, a donné lieu à l’interpellation de 11 militants « antifa », dont un collaborateur parlementaire de La France insoumise. Cet événement, qui suscite de houleux débats sur la responsabilité politique de LFI, interroge également les processus individuels et collectifs qui peuvent conduire à la radicalisation et à la violence politique.


Comment des gens a priori ordinaires en viennent-ils à commettre des violences en réunion politiquement motivées ? Le psychologue Fathali Moghaddam a proposé un modèle devenu classique, « l’escalier vers le terrorisme », qui s’applique assez bien à la violence politique en général. Selon son analyse, l’action politique violente est l’étape finale d’un long escalier qui s’élève et se rétrécit très progressivement.

Première marche : l’exposition sélective. On ne consulte plus que des sources d’information politiques qui renforcent ses perceptions négatives et des analyses partisanes d’enjeux politiques complexes. On cesse progressivement le contact avec des interlocuteurs nuancés, capables de défendre le point de vue adverse.

Deuxième marche : l’acquisition de visions hautement sélectives, aux accents parfois conspirationnistes, des questions politiques et sociétales. À l’extrême droite, la peur du « grand remplacement » exagère considérablement l’ampleur des changements démographiques et leurs conséquences culturelles. À l’extrême gauche, l’analyse du capitalisme se focalise sur ses dysfonctionnements éventuels et sa contribution aux inégalités, négligeant la production de richesses, contre l’avis d’analyses plus nuancées.

Troisième marche : la déshumanisation du camp adverse. Notamment via ce que Waytz, Young et Ginges appellent la « motive attribution asymmetry » : chaque camp est convaincu d’agir par amour des siens, mais attribue au camp d’en face une motivation de pure haine. Ce biais, observé par les auteurs au sein de populations israélienne, palestinienne et états-unienne (républicains et démocrates), rend le compromis beaucoup plus difficile. En fait, Moore-Berg et ses collègues ont montré au moyen d’études expérimentales que ces perceptions d’hostilité sont massivement exagérées : démocrates et républicains surestiment le degré auquel l’autre camp les déteste, et sous-estime l’authenticité de leurs motivations morales – des erreurs de perception qui alimentent en retour l’hostilité réciproque.

Chaque marche de l’escalier de la radicalisation est gravie d’une manière qui est subjectivement insensible. On ne se réveille pas un matin radical : l’embrigadement est progressif. Par ailleurs, les études ethnographiques suggèrent que les militants restent convaincus, à chaque étape, d’avoir la morale et la vérité de leur côté.

La radicalisation n’est ainsi pas la plupart du temps le reflet d’une pathologie psychiatrique. Elle est plutôt une version poussée à l’extrême de traits moraux et cognitifs ordinaires : l’indignation face à l’injustice, la pensée tribale « nous » contre « eux », la solidarité envers son groupe, l’hypersensibilité à la menace sociale, le désir de protéger un mode de vie qui nous est cher, la délégitimation de ceux qui sont en désaccord avec soi politiquement, etc.

Soulignons également l’importance des motivations sociales satisfaites par le groupe : le groupe radical offre appartenance, fierté identitaire, impressions d’utilité.

Et le jour J du passage à l’action violente, la dynamique de groupe fait le reste. Il y a un enjeu de statut auprès des camarades à montrer qu’on est prêt à passer à l’acte, et le fait de recevoir des coups active des instincts fondamentaux de défense par la violence.

L’extrême droite commet plus de violences que l’extrême gauche

La recherche montre que de nombreux mécanismes sont communs à la radicalité violente de gauche et de droite, même si les contenus de croyances diffèrent considérablement.

Il est également important de rappeler une importante asymétrie. La base de données de Sommier, Crettiez et Audigier (2021) recense environ 6 000 épisodes de violence politique sur la période 1986-2021 et établit que parmi les morts des violences idéologiques, neuf sur dix sont victimes de l’extrême droite. La violence d’extrême droite est aussi plutôt dirigée contre des personnes, celle d’extrême gauche plutôt contre des biens.

Ces chiffres rappellent que la violence politique tue des deux côtés, mais pas dans les mêmes proportions.

Déradicaliser : le contact comme antidote ?

Comment déradicaliser les militants les plus extrêmes ? Une difficulté tient à ce que chaque camp refuse de concéder que des membres de son propre camp sont allés trop loin (le faire apparaît comme une « trahison »). Chaque camp est convaincu que sa propre violence n’est que la réaction légitime à celle de l’autre.

Une autre barrière réside dans la difficulté de l’accès aux militants radicaux : eux ne voient généralement pas leur vision du monde et leur engagement comme antisociaux, antidémocratiques ou assis sur des certitudes excessives.

Pourtant, la recherche offre des pistes, testées en général sur des partisans ordinaires, non violents. La méta-analyse de Pettigrew et Tropp (2006), portant sur plus de 500 études, montre que le contact intergroupe – passer un moment en face-à-face avec un membre de l’exogroupe, s’engager dans des activités communes – réduit les préjugés haineux de manière robuste. Landry et ses collègues (2021) ont montré que simplement informer les gens que l’autre camp ne les déteste pas autant qu’ils le croient par de courts messages réduit la déshumanisation.

Les maîtres-mots sont la rencontre et la reprise de contact avec la réalité : corriger les perceptions déformées sur ce que pensent vraiment les adversaires, pour les réhumaniser et réduire la défiance.

Mais les individus les plus radicalisés sont typiquement très difficiles à atteindre : confiance très basse dans les institutions publiques, dans les chercheurs, déshumanisation totale des « ennemis ». Ils sont souvent convaincus que « sur eux, ça ne marchera pas », ou se montrent rétifs à toute remise en question de leur vision du monde.

En amont, à un niveau sociétal, il importe de refuser toute glorification de la violence politique afin de réduire les incitations statutaires à la commettre – comme on recommande de limiter la publicisation des auteurs d’attentats pour diminuer l’effet de prestige.

En aval, il faut enseigner systématiquement les techniques de la désescalade, comme le refus de répondre aux provocations par la violence. L’histoire du mouvement des droits civiques américains montre que la non-violence est non seulement moralement supérieure, mais aussi stratégiquement plus efficace. Notamment parce qu’elle donne un plus grand « crédit moral » aux mouvements sociaux auprès de ceux qui n’en sont pas déjà les partisans (voire les travaux de Shinoweth et al.. sur les bienfaits de la non-violence sur le long cours).

À la limite, puisque c’est chez les jeunes (hommes) qu’ils sont les moins rares, les mécanismes de la radicalisation pourraient être enseignés dès le lycée et le collège, comme on commence à le faire avec la désinformation.


_Cet article a été écrit en collaboration avec Peter Barrett, expert de la polarisation politique, intervenant à l’Essec et à l’Université de Cergy. _

The Conversation

Antoine Marie ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Meurtre de Quentin Deranque : quels mécanismes conduisent à la violence politique ? – https://theconversation.com/meurtre-de-quentin-deranque-quels-mecanismes-conduisent-a-la-violence-politique-276190

Municipales 2026 : pourquoi parle-t-on autant de propreté ?

Source: The Conversation – in French – By Maxence Mautray, Doctorant en sociologie de l’environnement, Université de Bordeaux

Sur les réseaux comme dans les débats, la propreté s’impose dans les débats des municipales. (En photo, de gauche à droite, Rachida Dati, candidate à Paris, Thomas Cazenave, candidat à Bordeaux, et Benoît Payan, maire sortant candidat à Marseille.) Captures d’écran des comptes Instagram

En cette période d’élections municipales, tous les candidats ou presque s’en revendiquent et assurent connaître la solution pour y parvenir : la propreté des villes est dans toutes les bouches et la saleté semble être le mal du siècle. Pourtant, les données montrent que les quantités de déchets et d’encombrants collectés n’ont pas connu d’augmentation spectaculaire au cours des dernières années. Alors pourquoi ce décalage entre volumes réels et sentiment de saleté des villes ?


C’est une vidéo vue plus de 4 millions de fois. Postée sur les réseaux sociaux le 21 novembre, par Rachida Dati (Les Républicains, Modem et UDI), on y voit la candidate aux côtés des éboueurs, en tenue de travail. Face caméra, la candidate affirme qu’avec elle « la ville sera propre, elle sera tranquille. Et c’est justement ce qu’attendent les Parisiens », associant explicitement la propreté et la gestion des déchets à l’ordre urbain et à l’efficacité de l’action municipale. Cette mise en scène a immédiatement suscité des réactions de ses adversaires politiques qui, comme Emmanuel Grégoire (Union de la gauche), dénoncent une opération de communication jugée démagogique.

La propreté, un sujet de controverses électorales

Cette focalisation sur les déchets n’est pas propre à la capitale. À Bordeaux, la question de la « saleté » de la ville est aussi un des axes principaux de la campagne de Thomas Cazenave (Renaissance, Parti radical, Modem, Horizons, UDI) contre le maire sortant, Pierre Hurmic (Les Écologistes, PS, PCF, Génération·s). Dans son programme, Thomas Cazenave formule même une proposition emblématique : la création d’une « force d’intervention rapide » vouée à la propreté, aux encombrants et à l’entretien de l’espace public.

À Marseille, le candidat et maire sortant Benoît Payan (Printemps marseillais) se veut quant à lui le « patron de la propreté » alors qu’aujourd’hui une grande partie de celle-ci est la charge de la Métropole Aix-Marseille-Provence. Lors de la présentation de son programme le 4 février 2025, Benoît Payan admettait pourtant : « La ville est sale, elle est pourrie et je suis interpellé tous les jours là-dessus, alors que ce n’est pas une compétence de la mairie. » Cette phrase a d’ailleurs provoqué une réaction de la part de son adversaire Franck Allisio (RN), ce dernier lui répliquant « Si vous n’êtes responsable de rien, restez chez vous » lors d’un débat, le 10 février matin, sur France Inter.

Ces exemples montrent que la propreté n’est pas abordée comme un simple enjeu de gestion technique, mais comme un symbole de pragmatisme et de proximité avec les préoccupations quotidiennes des habitants. Surtout, elle suscite des réactions rapides, tant de la part des adversaires que des citoyens, preuve qu’elle touche à des attentes largement partagées.

La propreté, un bon critère pour juger un maire ?

De fait, si la propreté occupe une place aussi centrale dans les campagnes municipales, c’est notamment parce qu’elle semble être le support idéal pour juger l’action politique des équipes sortantes. Dire qu’une ville est « propre » ou « sale », c’est souvent porter une appréciation globale sur la capacité du maire à gouverner, à faire respecter des règles et à garantir un cadre de vie jugé acceptable, sans nécessairement distinguer les compétences institutionnelles ni les causes précises des dysfonctionnements observés.

La mairie est effectivement bien responsable de la propreté de l’espace public, comme le nettoyage des rues, l’enlèvement des dépôts sur la voirie, ou la gestion des poubelles publiques en ville. Cependant, la collecte et le traitement des déchets ménagers relèvent, dans la majorité des cas, comme à Marseille et à Bordeaux, des intercommunalités et des métropoles. Les dysfonctionnements pouvant être observés viennent bien souvent d’un souci de coordination entre ces deux échelons ou avec les prestataires privés engagés pour réaliser le ramassage des ordures, ou plus simplement d’un souci logistique et ponctuel lors de la collecte.

Les maires se trouvent ainsi jugés sur la propreté et les déchets, alors qu’ils n’en maîtrisent directement que la dimension la plus visible, tandis que l’envers de leur production et de leur traitement échappent largement à l’échelon municipal.

Nos villes sont-elles de plus en plus sales et encombrées ?

Pour autant, les villes françaises sont-elles confrontées à une augmentation des déchets et à une dégradation de leur propreté ? Les données disponibles ne confirment pas vraiment ce diagnostic.

Les flux les plus visibles dans l’espace public ne suivent pas une trajectoire de hausse continue. En Île-de-France par exemple, les déchets occasionnels collectés hors déchetteries, dont les encombrants qui sont particulièrement remarqués dans les rues, sont restés relativement stables entre 2016 et 2021, avant de connaître une baisse marquée en 2023, selon un rapport de l’Observatoire régional des déchets d’Île-de-France.

À l’échelle nationale et concernant l’ensemble des déchets produits par les foyers, près de 41 millions de tonnes de déchets ménagers et assimilés ont été collectés par le service public en 2021, soit 615 kg par habitant et par an en moyenne, selon l’Insee. Ce chiffre inclut les ordures collectées chez les habitants, les encombrants et les déchets en déchetterie. Les volumes collectés ont augmenté d’environ 4 % en dix ans, selon ce même rapport. Cette croissance est donc loin de l’explosion parfois suggérée par les discours politiques.

Ces chiffres invitent ainsi à distinguer le sentiment de saleté, largement fondé sur l’expérience quotidienne de la vie, de l’évolution globale des volumes de déchets produits et collectés. La propreté urbaine renvoie moins à une augmentation généralisée nette des déchets qu’à la visibilité accrue de certains flux spécifiques et aux transformations des modalités de collecte et d’usage de l’espace public.

Une écologie consensuelle… au prix d’angles morts persistants

Cependant, la relative stabilité de la production des déchets des ménages ne représente pas l’absence d’un problème. Si les déchets stagnent, ils ne diminuent pas réellement, et c’est bien là que se situe le principal enjeu environnemental. C’est même précisément parce que la réduction effective des déchets reste difficile à atteindre que la propreté occupe une place si centrale dans les débats municipaux.

Car la propreté permet de parler d’écologie à l’échelle locale de manière consensuelle, sans ouvrir un débat plus profond sur les modes de consommation, la production industrielle ou les responsabilités économiques. L’objectif d’une « ville propre » fait largement accord et les différences entre les programmes politiques portent moins sur la finalité que sur les moyens pour y parvenir : renforcement ou externalisation des services, prévention ou sanction des comportements jugés inciviques, organisation du nettoyage et de la collecte.

Mais cette focalisation a un coût. Elle tend à reléguer au second plan la question centrale de la réduction à la source des déchets, pourtant au cœur des politiques environnementales nationales et européennes. La hiérarchie dite des « 3R » (réduire, réemployer, recycler) est connue, mais sa mise en œuvre reste limitée et inégale. Lorsqu’elle est poussée plus loin, notamment à travers des politiques de type « zéro déchet », elle peut même susciter des contestations locales. Celles-ci visent souvent moins l’objectif de réduction en lui-même que les modalités de sa mise en œuvre : responsabilisation individuelle accrue, tarification incitative, suppression du porte-à-porte ou réorganisation du service public. L’écologie des déchets devient alors un sujet de débat sur la répartition des efforts et sur la définition même d’une politique environnementale considérée comme juste par les citoyens.

En somme, l’omniprésence de la propreté dans les campagnes municipales ne dit pas seulement ce que les candidats promettent de faire, mais aussi ce qu’il est politiquement plus coûteux de mettre en débat. À défaut de parvenir à réduire durablement nos déchets par des mesures justes et efficaces, l’écologie locale se construit d’abord autour de ce qui se voit, se nettoie et se mesure.

The Conversation

Maxence Mautray ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Municipales 2026 : pourquoi parle-t-on autant de propreté ? – https://theconversation.com/municipales-2026-pourquoi-parle-t-on-autant-de-proprete-275711

Habiter pleinement sa ville : trois mythes à déconstruire sur la mobilité des aînés

Source: The Conversation – in French – By Sébastien Lord, Professeur titulaire, Université de Montréal

Dans les discours publics comme dans les représentations sociales du vieillir, on associe fréquemment le grand âge à la dépendance à autrui, à la perte d’autonomie et à l’inactivité. Ces images simplistes masquent la diversité des expériences vécues par les personnes qui vieillissent et peuvent conduire à l’élaboration de politiques et d’interventions inadaptées, voire à des formes d’âgisme plus ou moins explicites.


Comme professeur d’urbanisme à l’École d’urbanisme et d’architecture de paysage de l’Université de Montréal, j’estime important de remettre en question les mythes autour des personnes aînées dans la ville. La recherche en aménagement et en études urbaines montre que la mobilité ne s’arrête pas avec la vieillesse : elle se transforme, elle s’adapte, elle reflète l’inventivité et la résilience des parcours de vie des personnes et de leurs réseaux.


Cet article fait partie de notre série La Révolution grise. La Conversation vous propose d’analyser sous toutes ses facettes l’impact du vieillissement de l’imposante cohorte des boomers sur notre société, qu’ils transforment depuis leur venue au monde. Manières de se loger, de travailler, de consommer la culture, de s’alimenter, de voyager, de se soigner, de vivre… découvrez avec nous les bouleversements en cours, et à venir.


Mythe 1 : « Avec la retraite, la vie devient tranquille »

L’idée que la retraite signe l’entrée dans une vie immobile et ralentie est trompeuse. Certes, l’arrêt du travail peut marquer un retrait de la vie sociale, avec moins d’obligations et de contacts. Mais dans plusieurs cas, être à la retraite c’est investir des activités davantage choisies et valorisées. Le concept de « dé-prise » illustre bien cette nuance : la retraite n’est pas un désengagement, c’est une réorganisation des priorités et des activités selon des intérêts et des contacts sociaux qui évoluent avec le passage des jours.

Plus concrètement, libérés des contraintes professionnelles, de nombreux retraités redéploient leur temps vers des loisirs, des engagements bénévoles, des voyages, ou simplement des activités quotidiennes plus ou moins diversifiées. Cette libération temporelle permet à certains d’augmenter leurs mobilités, qu’il s’agisse de marcher davantage, de faire du vélo, de fréquenter plus souvent les lieux publics, ou d’aller faire les courses seul ou accompagné.

Les sorties peuvent devenir moins nombreuses ou moins éloignées avec l’âge et la disparition des déplacements liés au travail, mais elles prennent une valeur accrue. La proximité des commerces, des services de santé ou des espaces verts devient alors centrale pour maintenir un mode de vie actif.

Ainsi, sans interrompre la mobilité, la vieillesse la transforme. Même si les études notent une tendance globale à la baisse sur certains indicateurs, elles montrent surtout qu’il y a une mutation des manières de se déplacer.

Les personnes réaménagent leurs déplacements selon leur état de santé, leurs préférences et les ressources sur le territoire. À ce titre, un territoire qui perd en vitalité économique, ou qui voit ses commerces se relocaliser en bordure d’autoroute plutôt que dans les quartiers amène aussi les aînés à devoir se déplacer davantage. On observe ainsi une adaptation créative des modes de vie plutôt qu’une « mise à l’arrêt ». La mobilité quotidienne plus ou moins intense reste un pilier de l’autonomie, du bien-être et du lien social.




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Mythe 2 : « Après la voiture vient le transport en commun »

Cette idée repose sur une vision souvent trop linéaire des parcours de mobilité des personnes aînées. Pour une majorité d’entre elles dans les sociétés occidentales, la voiture individuelle n’est pas qu’un simple mode de transport. Elle incarne une identité, un mode de vie, une liberté. Pendant des décennies, le quotidien est rythmé et structuré autour de l’automobile.

Imaginer que l’abandon de la conduite s’accompagnera naturellement d’un passage au transport collectif est une erreur. Autour de 75 à 80 ans, beaucoup envisagent de réduire ou d’arrêter la conduite, souvent sous l’influence de problèmes de santé, de perte de réflexes, ou de la pression des proches.

Mais c’est précisément à ce seuil de fragilité que les transports collectifs deviennent les plus difficiles à utiliser : marcher jusqu’à un arrêt, attendre dans des conditions météorologiques parfois rudes, monter dans les véhicules, maîtriser des systèmes de billetterie numériques, ou affronter des correspondances complexes sont autant de difficultés à considérer. Lorsque marcher devient plus difficile, ces obstacles peuvent transformer l’usage du transport en commun, de tous types (autobus, train, métro, etc.), en une épreuve, voire en une impossibilité.

Dès lors, le délaissement de la voiture pour d’autres modes de transport est loin d’être automatique. Penser la mobilité des personnes aînées implique probablement de garder la voiture au centre de l’équation, mais autrement : covoiturage, chauffeur, accompagnement par les proches, systèmes de transport à la demande ou taxi, navettes communautaires. Cela suggère de développer des ateliers, des formations et une transition douce qui familiarisent les générations avec le transport collectif, pour éviter que la rupture entre un « âge automobile » et un « âge sans voiture » ne devienne un piège d’immobilité ou de dépendance.




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Mythe 3 : « Vieillir, c’est déménager vers un milieu plus adapté »

La plupart des personnes âgées vivent dans des logements ordinaires (maison ou appartement), au sein de leur communauté, et non dans des résidences spécialisées ou adaptées. En théorie, les parcours de vieillissement pourraient encourager les déménagements vers des environnements mieux adaptés : logements plus accessibles, quartiers plus centraux, proximité accrue des services, entre autres.

Pourtant, dans la pratique, la majorité des aînés choisissent de vieillir chez eux, plus de 80 % selon les enquêtes, et cela même si leur domicile n’est pas parfaitement fonctionnel. Ce choix n’a rien d’irrationnel. Le logement incarne le « chez-soi », avec ses significations d’attachements, de souvenirs, de sécurité et de familiarité. Quitter ce milieu pour un espace qui se voudrait mieux adapté peut signifier perdre ses repères ainsi que ses ancrages affectifs et sociaux.

De plus, l’adaptation des logements et des quartiers est souvent pensée selon une vision réductrice, soit celle de la vieillesse immobile et dépendante. Or, beaucoup d’aînés veulent continuer à habiter pleinement la ville, et non être assignés à des espaces stigmatisés.


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Vieillir chez soi, c’est donc souvent choisir d’ajuster ses mobilités plutôt que de déménager. C’est faire preuve d’une résilience et d’une inventivité remarquables, en adaptant ses habitudes de déplacement et en conservant la maîtrise de son mode de vie, ce que l’on désigne comme la « normalité résidentielle ».

Notons que cela ne signifie pas que les déménagements n’existent pas. Au contraire, à partir du seuil des 75-80 ans, au moment où la mobilité devient plus difficile, les déménagements représentent justement des stratégies d’adaptation, notamment vers des formules privées ou communautaires conçues pour les personnes aînées. Mais encore faut-il qu’il existe une réelle diversité d’options résidentielles attractives, inclusives et accessibles financièrement dans les milieux de vie pour que de véritables choix puissent être faits.

Penser les mobilités pour des vieillissements pluriels

Ces trois mythes révèlent un biais persistant : on continue de concevoir la mobilité des aînés comme une série de besoins à combler, plutôt que comme des projets riches et complets à reconnaître. Dépasser la notion de besoin permet de mettre en lumière les ressources, les préférences et les aspirations qui animent les parcours de vieillissement.

Les approches doivent-elles évoluer ? S’intéresser à l’accessibilité, c’est utile, mais peu relever d’une autre époque. Cette perspective est surtout insuffisante si elle se réduit à programmer l’espace pour des profils de personnes ou de besoins. Il faut probablement aller davantage vers les notions de convivialité et d’appropriabilité des environnements, c’est-à-dire la capacité de chacun à mobiliser des ressources et à se sentir acteur et maître de ses déplacements et espaces, en fonction de ses propres repères et intérêts.

La « ville des 15 minutes » ou les « Cités piétonnes », en préparation à Laval ou à Montréal, sont des pistes intéressantes. Elles permettent en outre de considérer que la mobilité des aînés n’est pas seulement une question de transport ou de logement : elle touche à la justice sociale, à la citoyenneté, à la participation sociale et à la qualité de l’environnement bâti, de la ville jusqu’aux campagnes.

Or, plusieurs concepts mobilisés en recherche ou dans le monde professionnel pour analyser ces questions datent de plusieurs décennies, la « dé-prise » ou la « normalité résidentielle » n’y font pas exception. Ils doivent être révisés à l’aune des transformations contemporaines, notamment avec l’intégration du numérique, des espaces virtuels de socialisation, des applications de mobilité, de l’intelligence artificielle dans la gestion des transports et de l’habitat.

Penser les mobilités de demain, c’est aussi anticiper l’allongement de la vie, de nouvelles aspirations et la pluralité des parcours, tout comme le prolongement ou la création de nouvelles inégalités.

Loin d’être immobiles, les personnes aînées maintiennent leurs liens avec leurs proches, leurs quartiers et leurs villes. Reconnaître et soutenir cette pluralité de mobilités, de la personne casanière jusqu’à celle hypermobile, c’est travailler pour des sociétés plus inclusives, où vieillir ne signifie pas « disparaître de l’espace public », mais continuer à l’habiter pleinement, autrement.

La Conversation Canada

Sébastien Lord a reçu des financements du Fonds de recherche du Québec, du Conseil de recherches en sciences humaines du Canada, de la Caisse de dépôt et de placement du Québec et de la Fondation Luc Maurice.

ref. Habiter pleinement sa ville : trois mythes à déconstruire sur la mobilité des aînés – https://theconversation.com/habiter-pleinement-sa-ville-trois-mythes-a-deconstruire-sur-la-mobilite-des-aines-266642