Una cara oculta del acoso escolar: la violencia psicológica

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alicia Mariscal, Profesora del Área de Lingüística General y miembro del Instituto de Investigación en Lingüística Aplicada (ILA), Universidad de Cádiz

SpeedKingz/Shutterstock

Los padres de María acaban de cambiar de domicilio y ella ha sido escolarizada en un nuevo centro. Tiene 12 años y aún no conoce a nadie, pero viene con ganas de hacer nuevas amistades. Sin embargo, no le resulta fácil. El grupo de niñas de su clase está muy jerarquizado y aquellas que lo lideran parecen poco dispuestas a aceptarla.

Los comentarios jocosos, las miradas y los gestos desagradables hacen que María no se sienta integrada. No hay ningún ataque directo, pero las burlas y cuchicheos son frecuentes. Cuando en clase hay que hacer grupos, nadie se quiere poner con ella y, en el recreo, aunque sí la dejan participar, se cambian las reglas del juego para perjudicarla.

¿Cómo puede determinar su familia si se trata de una situación de acoso? A María no la han amenazado abiertamente; tampoco es fácil definir las actitudes de desprecio o exclusión que van minando su confianza día a día. La frontera entre una broma inocente y una situación sostenida en el tiempo con intención de aislar o hacer sufrir es, a veces, difícil de establecer desde fuera. Por eso, es importante determinar la constancia y el efecto psicológico en la víctima para poder tomar medidas.

¿Por qué lo llamamos acoso?

El verbo acosar procede del latín cursus, que significaba originariamente “carrera”, y este de la raíz indoeuropea kers- (“correr”). Aunque aún mantiene ese sentido inicial de “correr detrás de alguien”, ya que la RAE lo define como “perseguir, sin darle tregua ni reposo, a un animal o a una persona”, presenta actualmente otras connotaciones negativas adicionales, en el sentido de “apremiar de forma insistente a alguien con molestias o requerimientos”.

Más allá del acoso físico evidente, con el uso repetido de la violencia sobre alguien en situación vulnerable para dañarla o intimidarla, la dinámica entre acosadores y víctimas suele basarse en razones de “raza, color, nacionalidad, minusvalía, religión, orientación sexual o cualquier otra circunstancia” y en cualquier otro elemento que diferencie a la víctima del resto (en el caso concreto de María, ser nueva en el centro).

Para que exista acoso, este debe ser intencional y realizado de forma continuada por aquellos que se consideran superiores a la víctima. En otras palabras, al acosar los abusos se centran en un supuesto desequilibrio de poder.

Ataques por medio del lenguaje

A veces el acoso escolar no supone un acto de discriminación hacia las personas que son percibidas como diferentes, sino como un tipo de violencia psicológica que los acosadores dirigen hacia sus iguales.

Se trata de situaciones que no se limitan al uso de la fuerza o la violencia física, sino en las que se recurre al lenguaje para atacar, angustiar a la víctima y hacerla sentir inferior, y resultan mucho más difíciles de detectar que los golpes y moratones.

Esto puede llevar a la somatización, cuando la víctima anticipa que le va a ocurrir de nuevo y entra en un continuo estado de alerta y ansiedad. Por ejemplo, María ya acude al colegio nerviosa y preocupada, independientemente de si ese día recibe algún ataque. También a la rendición, cuando se siente incapaz de controlar la situación, deja de defenderse y adopta una actitud pasiva ante el acoso.

La violencia psicológica

El acoso infantil y juvenil llevado a cabo a través de las palabras, ya sean estas orales o escritas, consiste en el menosprecio y la denigración repetida de la víctima por medio de insultos, burlas, humillaciones, críticas destructivas y comentarios despectivos e hirientes.

Este tipo de acoso verbal puede conllevar también la difusión de mentiras, que sirven para difamar a la víctima o a su familia. Además, se acompañan con frecuencia de otros comportamientos no verbales que implican otras formas de violencia de carácter físico, psicológico (por ejemplo, por medio del silencio hostil y la privación de afecto) o social (mediante el aislamiento y la exclusión de la víctima): estas dos últimas serían aplicables al caso de María.

El chantaje emocional

Además de la descortesía efectuada a través del lenguaje, el acosador suele apelar al miedo para manipular a la víctima y someterla a su voluntad. Para ello, recurren a un tipo de chantaje emocional conocido como “castigador”, basado en amenazas: algunas explícitas y otras más implícitas.

Estas agresiones verbales malintencionadas suelen producirse de forma repetida, hasta que la víctima acaba desarrollando un estado de “vulnerabilidad aprendida”, caracterizada por la “pasividad, ansiedad y depresión que aparece cuando una persona piensa que no puede controlar su entorno, que está a merced de los acontecimientos o que sus acciones no producen los efectos esperados”.

Rechazo familiar y escolar

La Asociación Española para la Prevención del Acoso Escolar recomienda a las familias la creación de un clima de confianza, que permita a los hijos compartir sus problemas y preocupaciones. También recalca la importancia de la observación permanente “ante posibles señales que puedan alertarnos de que se está produciendo acoso: disminución del rendimiento escolar, pérdida o sustracción de material escolar, repentinos cambios de humor, temor a ir al colegio, insomnio o lesiones físicas”.




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Esta lacra social a veces se produce a escondidas del profesorado, de manera que puede pasar desapercibida en los centros educativos. Por eso, la prevención desde los primeros niveles de escolarización resulta fundamental para favorecer las relaciones simétricas y el respeto mutuo.

Se trata de construir un estilo de comunicación asertivo y empático entre los estudiantes, así como entre estos y sus docentes, para que el alumnado se sienta seguro al contar a sus profesores cualquier situación de violencia de la que sean testigos, ya sean verbales o no verbales, directas o más sutiles.




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¿Qué hacer una vez detectado el acoso?

Si en el centro educativo se identifica un posible caso de acoso, se deben seguir estrictamente y de forma inmediata los correspondientes protocolos de actuación e intervención, en estrecha colaboración con las familias, para poner freno al acoso lo antes posible tanto dentro como fuera del aula.

Para que exista una educación de calidad, hemos de contrarrestar el acoso escolar —y los efectos psicológicos tan destructivos que produce en las personas que lo sufren— con valores que favorezcan la convivencia y luchar contra toda forma de violencia social, incluida la ejercida a través del lenguaje.

The Conversation

Alicia Mariscal no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Una cara oculta del acoso escolar: la violencia psicológica – https://theconversation.com/una-cara-oculta-del-acoso-escolar-la-violencia-psicologica-267896

COP30 de Brasil: una cumbre incierta, pero imprescindible para la acción climática

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Fernando Valladares, Profesor de Investigación en el Departamento de Biogeografía y Cambio Global, Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC)

Pescador en el río Amazonas a su paso por Brasil. Anna ART/Shutterstock

Nuestro planeta bate más de un centenar de récords climáticos cada año, con sequías, incendios, huracanes y heladas nunca antes registradas. Mientras tanto, hay personas que acumulan mayores riquezas que ningún emperador de la historia, números asombrosos de personas que sufren y mueren de hambre mientras producimos el doble de la comida necesaria para alimentarnos, crecientes conflictos por el agua, migraciones desesperadas que no son bien recibidas y pueblos originarios que son ignorados no ya al reclamar lo que es suyo, sino al denunciar la insostenibilidad de la relación del norte global con la naturaleza.

Una muestra de todo esto se dará cita en noviembre de 2025 en Brasil en la COP30, la trigésima cumbre del clima de Naciones Unidas. En ella se congregarán los líderes mundiales con el objetivo de tomar medidas para mitigar el calentamiento global y adaptarnos a él.

Los contrastes de la COP30

Como en otras cumbres climáticas, aunque en esta de manera más evidente al celebrarse en Brasil, el evento es el reflejo de las contradicciones del mundo en el que vivimos.

Países pobres afectados por un clima furioso en el que no han influido en absoluto convivirán con los países que les imponen deudas imposibles de pagar y que están gobernados por negacionistas climáticos o una de sus últimas variantes, los retardistas.

Mientras algunos participantes llegarán en barco siguiendo el curso del río Amazonas, otros lo harán en sus aviones privados. Mientras a unos les preocupa del cambio climático cómo mantener su modelo de negocio y sus desmesurados beneficios trimestrales, a otros les preocupa cómo sobrevivir a la próxima ola de calor y a la crisis de las cosechas.

Los lobbies de las empresas más contaminantes, fundamentalmente la media docena de grandes petroleras y todas sus derivadas, volverán a ser la representación más numerosa y también la más eficaz a la hora de neutralizar cualquier posible acuerdo para desembarazarnos de los combustibles fósiles.

En un momento histórico en el que el país que más ha hecho por alterar el clima con sus emisiones, Estados Unidos, se desvincula del Acuerdo de París y no estará presente en esta COP, cientos de científicos del clima nos harán sentir miedo y miles de representantes de pueblos indígenas nos harán sentir vergüenza. Miedo por los escenarios climáticos inseguros por los que ya estamos transitando y vergüenza por la más que discreta acción climática de unas décadas cargadas tan solo de buenos propósitos.




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Mujer con una diadema con plumas en un atril de la COP28
Isabel Prestes da Fonseca, representante de la comunidad indígena brasileña, durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático COP28, celebrada en Dubái (Emiratos Árabes Unidos) el 1 de diciembre de 2023.
COP28/Christophe Viseux/Flickr, CC BY-NC-SA

El cambio climático más peligroso ya está aquí

La temperatura global aumentó más de 0,4 °C durante los últimos dos años. En agosto de 2024 se cumplieron 12 meses con un incremento promedio de 1,6 °C respecto a la temperatura de referencia del periodo 1880-1920.

Este aumento de la temperatura fue provocado por uno de los episodios periódicos de calentamiento tropical del fenómeno de El Niño, pero muchos científicos quedaron desconcertados por su magnitud. El incremento fue el doble de lo esperado para el débil El Niño de 2023-2024.

La mayor parte del resto del calentamiento se debió a la restricción de las emisiones de aerosoles por parte de los buques, impuesta en 2020 por la Organización Marítima Internacional para combatir el efecto de los contaminantes de aerosoles en la salud humana.

Los aerosoles son pequeñas partículas que aumentan la extensión y el brillo de las nubes, que reflejan la luz solar y tienen un efecto refrigerante sobre la Tierra. Cuando se reducen –y, por tanto, las nubes–, la Tierra se oscurece y absorbe más luz solar, lo que aumenta el calentamiento global. El enfriamiento por aerosoles y, por lo tanto, la sensibilidad climática, ha sido subestimada en los análisis del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de las Naciones Unidas.

El calentamiento global causado por la reducción de los aerosoles de los barcos no desaparece cuando el clima tropical entra en su fase fría de La Niña. Por lo tanto, la temperatura global no desciende mucho por debajo del nivel de 1,5 °C de calentamiento establecido como límite seguro en el Acuerdo de París, sino que oscila cerca o por encima de ese nivel.

Las altas temperaturas de la superficie del mar y el aumento de los puntos calientes oceánicos continuarán, con efectos nocivos para los arrecifes de coral y otras formas de vida marina. La mayor consecuencia para los seres humanos en la actualidad es el aumento de la frecuencia y la gravedad de los fenómenos climáticos extremos, como tormentas, inundaciones, olas de calor y sequías.

El cambio climático polar tiene el mayor efecto a largo plazo sobre la humanidad, y sus repercusiones se ven aceleradas por el aumento de la temperatura global. Como resultado del deshielo, es altamente probable que la circulación meridional de retorno del Atlántico (AMOC) se detenga en los próximos 20-30 años algo no incluido en el último informe del IPCC. Tomar medidas radicales para reducir el calentamiento global podría evitarlo.

Si se permite que la AMOC se detenga, se producirán graves problemas, como el aumento del nivel del mar en varios metros y un clima extremo especialmente en Europa y la costa oriental de Norteamérica. Sería un auténtico punto de no retorno.




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Mapa terrestre que muestra con una línea el recorrido de la AMOC justo a la costa de América en el océano Atlántico
La AMOC es el componente atlántico de la corriente oceánica global, un sistema de circulación oceánica a gran escala que transporta calor, sal, carbono y otros elementos biogeoquímicos.
NOAA

Lo esencial que se espera de la COP30

Dos estudios publicados en Nature Climate Change en febrero de 2025 analizaban que el hecho de haber superado el umbral de 1,5 ºC en 2024 podría indicar que hemos entrado en un período de varias décadas con calentamiento global medio de 1,5 ºC.

Según los autores, se necesitan esfuerzos muy rigurosos de mitigación climática para mantener los objetivos del Acuerdo de París a nuestro alcance. Pero hay sobrada evidencia de que el objetivo más importante de dicho Acuerdo, limitar el aumento de temperatura a 1,5 ºC, parece perdido. Lo importante es que si no se toman acciones más agresivas en mitigación rápidamente, pasará lo mismo con el objetivo de mantener las temperaturas por debajo de los 2 ºC.

Las expectativas ante la COP30, como en todas las cumbres del clima, son altas, a pesar de las incertidumbres científicas, sociales, políticas y económicas. Los dos temas centrales para este encuentro son limitar el aumento de la temperatura global a 1,5 °C respecto a los niveles preindustriales y los compromisos de financiación climática.

La neutralidad de carbono –equilibrio entre las emisiones emitidas y retiradas de la atmósfera– es tan difícil como urgente. Este año es clave porque los 195 países firmantes del Acuerdo de País deben presentar nuevas contribuciones nacionales (NDC, por sus siglas en inglés), las medidas que pretenden adoptar para limitar el calentamiento del planeta. Cada cinco años, este documento debe presentarse a la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. De momento solo 68 países han aportado sus NDC. Las NDC 3.0 –que representan la tercera ronda de contribuciones de cada país– tienen que ser progresivas y más ambiciosas que las NDC actuales.

En materia financiera, la COP29, celebrada en Bakú (Azerbaiyán), consiguió un acuerdo a la desesperada y en el último momento para fijar la nueva meta de financiación climática. El acuerdo contemplaba que los países ricos aportarían, al menos, 300 000 millones de dólares anuales a los de menos recursos hasta 2035, dentro de un compromiso más amplio de hasta 1,3 billones de dólares. Esta cifra es muy inferior a la planteada inicialmente, y vemos que cumbre tras cumbre se pospone la implementación de esta ayuda económica a los países más pobres.




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La esperanza es lo último que se pierde

El hecho de que ninguna nación haya seguido el ejemplo de Estados Unidos de abandonar el Acuerdo de París es esperanzador. Quedan incertidumbres respecto a grandes emisores como China o India, y preocupa la debilidad política de la Unión Europea en materia ambiental y climática. Pero las COP han permitido alcanzar acuerdos incluso en las situaciones más difíciles. Además, suponen dos semanas en las que el cambio climático domina las agendas de todos los países y sólo eso resulta alentador.

Es preciso negociar cada punto sin desfallecer por escasas que sean las posibilidades de acuerdos significativos entre países y dentro de cada país. Hay demasiado en juego para plantear esta COP de otra manera.

The Conversation

Fernando Valladares no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. COP30 de Brasil: una cumbre incierta, pero imprescindible para la acción climática – https://theconversation.com/cop30-de-brasil-una-cumbre-incierta-pero-imprescindible-para-la-accion-climatica-269110

La rebeldía narrativa de Manuel Puig en ‘El beso de la mujer araña’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laura Martínez Català, Investigador en formación (personal PDI), Universitat de Lleida

Jennifer López en una escena de la última versión de _El beso de la mujer araña_. Roadside Attractions

Se ha estrenado en Estados Unidos y en algunos países de Hispanoamérica la nueva adaptación cinematográfica de la cuarta novela del escritor argentino Manuel Puig: El beso de la mujer araña (1976). Traducida a más de veinte idiomas, ha suscitado múltiples interpretaciones y revisiones artísticas.

Tan solo tres años después de su publicación, el director teatral italiano Marco Mattolini la llevó a los escenarios de su país y al año siguiente se representó la versión española, adaptada por el propio Puig y dirigida por José Luis García Sánchez. Pero fue sobre todo la repercusión de la propuesta de Mattolini –fervorosamente aplaudida por parte de críticos y espectadores– la que despertó en cine el interés por esta novela.

La primera (y, hasta hace unos meses, única) película inspirada en El beso de la mujer araña, dirigida por Héctor Babenco, llegó a las salas de cine en 1985, nueve años más tarde de la aparición del formato narrativo original. A estas relecturas les sucedió un musical (en el que se inspira el último filme), estrenado en 1992 en el West End de Londres y en 1993 en Broadway, así como otras versiones independientes.

Rompedora en forma y fondo

Esta afluencia de aproximaciones a la novela tiene su origen en el hecho de que en el momento de su publicación fue considerada revolucionaria. Y es que ya su confección formal es rompedora.

El beso de la mujer araña fue concebida casi en su totalidad mediante el empleo de diálogos directos entre los protagonistas de la obra: Luis Alberto Molina (un homosexual de 36 años condenado por corrupción de menores) y Valentín Arregui (un preso político de 26 años que cumple condena por su pertenencia a un grupo marxista). Ambos personajes conversan para matar el tiempo en la celda que comparten en una penitenciaría de Buenos Aires en el año 1975.

La década de 1970 en Argentina estuvo marcada por cambios políticos intensos, pues a mediados de la misma se instauró en el país la dictadura militar. Que los protagonistas fueran un homosexual y a un marxista convencido no podía menos que despertar, como ya había ocurrido con la anterior novela de Puig –The Buenos Aires Affair– la ira de los censores. Fueron especialmente sancionadas las afirmaciones de Molina, quien no solo abrazaba su exacerbada sensibilidad y su atracción por otros hombres, sino que no escondía su identidad femenina.

En apoyo al personaje, Puig incluyó nueve notas a pie de página, como si la novela se tratara en algunos puntos de un ensayo. Dichas notas, que pueden ser leídas u obviadas sin que ello afecte a la acción, son paráfrasis de discursos psicológicos reales que elucubran sobre el posible origen de la homosexualidad. La localización de estos datos no fue inocente, tal como declaró el autor en varias entrevistas:

“ese material científico pensaba filtrarlo en el texto de ficción, pero vi que era imposible. Luego pensé que toda esa información nos había sido violentamente escamoteada […]. Así que introduje todo ese material tal como nos había sido escamoteado, violentamente”.

En la última nota, y tras la máscara de la ficticia doctora A. Taube, se esconde la voz de Manuel Puig. Este perseguía, según varios investigadores de la obra, bien educar a un lector ignorante en cuanto a la homosexualidad, bien deslegitimar a aquellos que, como en el caso de ciertos sectores políticos argentinos de la época, expresaban opiniones negativas preconcebidas sobre la misma. Gracias a esas notas, pero especialmente a la última, el lector puede llegar a conocer también el punto de vista del autor.

Imagen de unas páginas de _El beso de la mujer araña_ en las que se pueden ver las amplias notas al pie.
Imagen de unas páginas de El beso de la mujer araña en las que se pueden ver las amplias notas al pie.
L.M.C.

Es precisamente la ignorancia la que posibilita la aparición de la primera nota, justo después de que Valentín le confiese a su compañero de celda: “yo de gente de tus inclinaciones sé muy poco”. El diálogo a tres entre Valentín, Molina y las notas desaparece cuando se produce un acercamiento real entre los dos personajes. A partir de entonces, ya no son necesarias.

La magia del séptimo arte

Para que los protagonistas pudieran entablar una relación sincera, Puig necesitaba un canal que los uniera, pues eran demasiado distintos entre sí. Este canal no fue otro que el cine.

Cartel de una película clásica con una mujer caminando.
Cartel de la versión cinematográfica de El beso de la mujer araña de 1985.
FilmAffinity

A las ocho de la tarde se apagan las luces de la penitenciaría y se hace la oscuridad. El gran amante del cine que es Molina comienza, como todos los días, a contarle una película a Valentín. Son estas narraciones las que hacen que emerjan los temas más trascendentes de la obra. Molina habla de su madre, quien le ama sin condiciones a pesar de ser un “amoral”, según reza su informe policial; y del mesero de quien está enamorado, así como de su convicción sobre la posición inferior de la mujer respecto al hombre. Valentín exterioriza el sufrimiento que le causa cumplir con el desapego emocional que le exige la lucha política, así como la añoranza de una mujer que no es su novia y que, además, es de clase alta. También aborda temas como la represión sexual, las torturas policiales y las misiones que ha llevado a cabo con su grupo marxista. Pero, sobre todo, cuestiona a Molina, a quien trata de inculcar que ni mujeres ni hombres homosexuales deben “dejarse basurear”.

Y ambos discuten sobre temas tan controvertidos como la política (Molina opina, por ejemplo, que “todos los políticos son iguales”, mientras que Valentín afirma que “los maquis fueron verdaderos héroes”), la religión (Valentín la niega, pero termina deseando que exista Dios), el sexo (heterosexual y homosexual), etc. Las películas, por tanto, trascienden la celda y les empujan a evolucionar juntos. En palabras del preso político: “Sí, fuera de la celda están nuestros opresores, pero adentro no. Aquí nadie oprime a nadie”.

Este espacio, que es símbolo de falta de libertad, se proyecta sobre los personajes: no solo están presos físicamente, sino que también lo estaban internamente. En este rincón de una inhumana penitenciaría de la que no pueden salir se sienten, por primera vez, realmente libres. Los veintidós días que han compartido les han otorgado, a cada uno de manera distinta, un sentimiento cercano a la felicidad. La violencia real y simbólica que castigaba a Valentín y Molina (y, por extensión, a la sociedad) por no ceñirse a un orden establecido, que les constreñía dentro y fuera de los muros de la cárcel, no puede derrocar la dignidad que Manuel Puig les confiere. Al final, ganan ellos.

Una novela como esta, que quiebra esquemas, desafía discursos intransigentes y nos sacude el alma tan suave como dolorosamente, ¿cómo podría dejar de ser revisitada?

The Conversation

Laura Martínez Català recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación como beneficiaria de una beca predoctoral sujeta a un proyecto de investigación

ref. La rebeldía narrativa de Manuel Puig en ‘El beso de la mujer araña’ – https://theconversation.com/la-rebeldia-narrativa-de-manuel-puig-en-el-beso-de-la-mujer-arana-266514

From nerve-racking to welcome: How mindfulness helps people engage with feedback to improve

Source: The Conversation – Canada – By Erin Isings, Assistant Professor, Faculty of Information & Media Studies, Western University

Imagine you’re awaiting important feedback. For professionals, this could be a performance appraisal from your boss. For students, it could be written comments and a grade on an important paper.

For many people, this waiting period involves dread, anxiety, stress and other negative emotions. And once the much-anticipated feedback arrives, its reception may be clouded in emotions that result in a disengagement with the feedback process: shock, rejection or confusion. It’s an emotional blow that can really affect the feedback recipient’s well-being and sense of self.

Although feedback can sometimes feel painful, it might be the best gift to help our learning and growth.

Receiving feedback helps us to gain an accurate awareness of our actual performance in relation to the expected or needed outcome — whether that’s on the job or in school.

Feedback helps us understand how to close that gap between where we are versus where we need to be and improve our skills. Without the guidance that comes from feedback, we’re fumbling in the dark.

Feedback literacy

With proper feedback, we can clearly see our strengths and our opportunities for learning. Yet feedback literacy — the process of engaging with feedback and using it to improve — is a skill that is rarely taught in school.

Feedback literacy typically involves four phases:

  1. Accepting feedback: Having an open mind and recognizing that feedback is valuable and we can grow from it.

  2. Reflecting upon feedback: Considering how the feedback shows gaps in performance and can act as guidance to bring us closer to the desired outcome.

  3. Engaging with the feedback: Making sense of the feedback, including asking clarifying questions. It’s at this phase that emotional reactions can derail the feedback literacy process.

  4. Applying feedback: Using feedback to make changes to subsequent performance.

Benefits for lower stress

As university educators who teach students in communications, dentistry and undergraduate medical sciences, our previous research on feedback literacy showed that students who have higher levels of feedback literacy also have higher levels of mindfulness and lower levels of overall stress.

From this, we wanted to look at whether students would benefit from learning more feedback literacy skills — and at the same time, have their well-being and emotions supported through mindfulness.

We developed a program to teach students how to become more literate with feedback, while managing their stress responses to that feedback.

Teaching feedback literacy

To support managing feedback-induced stress, we thought that perhaps mindfulness, or focusing on the present moment without judgment, would help minimize the negative emotions around receiving feedback. Without being distracted by the emotion, students could focus on the feedback and improve their learning.

Working with a multidisciplinary team, we designed a “co-curricular course” — an online module that could be completed by students in different disciplines to support core curriculum. This entails six 30-minute lessons that apply mindfulness to feedback literacy, made available through Western University’s online learning management system.

We then met with students who went through the lessons to ask them about their experiences. While we had hoped to hear that they were able to see past the negative emotions when receiving feedback, and develop an appreciation for it, we found some unexpected results.

Students reframing their outlook on feedback

Beyond students no longer focusing on the negative emotions around feedback, they went as far to report that skills from the course helped them reframe their views on the whole feedback process.

Instead of feedback being a painful and nerve-racking experience, students reported that they began to welcome and seek out feedback. One student reported looking forward to receiving it and asking her supervisor at a clinical placement to give her as much feedback as possible.

Another student who had previously avoided speaking to professors out of fear of being seen as a “problem student” began to ask for clarification to decode assignment feedback. Students reported they began to eagerly ask questions to deepen their understanding of the feedback they received and consequently improve their learning.

Another focus group participant, a dental student, reported using the mindfulness techniques to help her stay calm while performing a dental procedure on a patient, recognizing that she needed to stay focused to avoid upsetting the patient and to complete the tooth procedure.

How students used mindfulness

A further surprise was that students reported applying the mindfulness techniques to minimize stress and increase their well-being in scenarios such as:

  • Navigating transitions (from post-secondary school to their first professional job)

  • Using mindful eating practices to notice what foods they’re consuming

  • Slowing down to enjoy a morning cup of tea

  • Realizing that post-secondary years are the “best years” and the need to enjoy the time

  • Managing emotions such as anxiety when returning to their hometown

  • Using mindfulness to notice their physical surroundings (houses and stores on their street)

Overall, focus group participants reported increased well-being due to stronger coping mechanisms for stress in academic work and in other life aspects.

This research contributes to understanding short- and potentially longer-term benefits of learning about feedback literacy or mindfulness as a complementary part of academic study or professional training.

Feedback literacy tips

Whether you’re walking into a performance appraisal, or your child is anticipating a grade return, here are some things to remember:

Feedback is not a personal attack. It’s a gift to help improve your performance.

Accept each feedback moment as an opportunity for personal growth.

If feedback is disappointing, try to put the emotions aside to see where there is actionable guidance.

Seek feedback whenever possible. The more you ask for — and receive — feedback in everyday situations, the easier it is to welcome it.

Take time to celebrate the wins. Reflect on what worked for you and how you can build on that momentum.

The Conversation

Erin Isings receives funding from SSHRC.

Cecilia S. Dong receives funding from SSHRC.

Christine Bell receives funding from SSHRC.

ref. From nerve-racking to welcome: How mindfulness helps people engage with feedback to improve – https://theconversation.com/from-nerve-racking-to-welcome-how-mindfulness-helps-people-engage-with-feedback-to-improve-261826

The problem with ‘mega-COPs’: can a 50,000-person conference still tackle climate change?

Source: The Conversation – France in French (3) – By Dr Hayley Walker, Assistant Professor of International Negotiation, IÉSEG School of Management

Governments from around the world will soon descend upon Belém, Brazil for the 30th Conference of the Parties (COP30) to the United Nations Framework Convention on Climate Change (UNFCCC), and with them, many actors from industry and business, civil society, research institutions, youth organisations and Indigenous Peoples’ groups, to name but a few. Since the adoption of the Paris agreement on climate change in 2015, COP participation numbers have ballooned. COP28 in Dubai was attended by 83,884 participants – a record – and while numbers fell to 54,148 at COP29 in Baku last year, they remained well above those at COP21 in Paris.

These events, which have been described as “mega-COPs”, have come under criticism for the enormous carbon footprint they generate. Research I conducted with Lisanne Groen of Open Universiteit on the participation of non-state actors identifies two further problems. First, the quantity of participants is undermining the quality of participation, as large numbers of non-state actors have to compete for a limited number of meeting rooms, side event slots, opportunities to speak publicly, and chances to engage in dialogue with decision makers. Second, the “mega-COP” trend is driving a widening gap between these actors’ expectations of participation and the realities of the process.

A fair way to downsize

When it comes to the first problem, the obvious solution is to downsize the COPs, but this is not so easy in practice. The decision to hold COP30 in the Amazonian city of Belém – difficult to access and with only 18,000 hotel beds – was thought to be an attempt to move beyond “peak COP”. With tens of thousands of people predicted to attend, some participants appear undeterred by the remote location, but the limited supply of beds has caused prices to surge, raising concerns about costs and their potential effect on the “legitimacy and quality of negotiations”, as reported by Reuters.

As the COPs have grown in size, they have generated more and more political and media attention, so that they are now seen as “the place to be”. This creates pressure on nongovernmental organisations and other non-state actors to attend. Just as the gravitational force of large bodies of mass attracts other objects to them, the mass of “mega-COPs” attracts increasing numbers of participants, in a self-reinforcing cycle that is difficult to break.

The fairest way to downsize the COPs, we argue, is by shining a spotlight on the little-known “overflow” category of participants. This category once allowed governments to add delegates to the events without their names appearing on participant lists, but these names have been publicly reported since the introduction of new transparency measures in 2023. At COP28, there were 23,740 “overflow” participants. These are not government negotiators, but often researchers or industry representatives who have close connections with governments.

COPs are intergovernmental processes: they are created by governments, for governments. Consequently, priority goes to government requests for access badges. Only once all government requests have been met can remaining badges be allocated to admitted non-state actors, which are known as “observers”. Overflow participants are therefore benefiting at the expense of these observer organisations. Pressuring governments to either limit or remove the overflow category could free up many more badges for observers while still reducing the overall number of COP participants in a more equitable manner.

An ‘expectation gap’

The second problem – the expectation gap – relates to a growing misconception of the role of non-state actors in the climate policy negotiation process. Sovereign states are the only actors with the legitimacy to negotiate and adopt international law. The role of non-state actors is to inform and advocate, not to negotiate. Yet, recent years have seen increasing calls among certain groups of non-state actors for “a seat at the table” and the expectation that they will be able to participate on an equal footing with governments. This framing is reproduced online, including via social media, and inevitably leads to frustration and disappointment when they are confronted with the realities of the intergovernmental negotiations.

We see these misaligned expectations particularly in non-state actors who are newcomers to the process. The “mega-COPs” attract more and more first-time participants, who may not have the resources, including know-how and contacts, to effectively reach policymakers. These participants’ growing disillusionment undermines the legitimacy of the COPs – a precious commodity at a geopolitical moment when they are facing challenges from the new US administration – but also risks wasting the valuable ideas and enthusiasm that the newcomers bring.

Focusing on implementation

We see two solutions. First, capacity-building initiatives can build awareness around the intergovernmental nature of the negotiations, and help new participants to engage effectively. One such initiative is the UNFCCC’s “Observer Handbook”. Many organisations and individuals produce their own resources to help first-time participants understand how the process works and how to get involved. Second, and more fundamentally, we need to channel the political, media and public attention away from the negotiations and toward the vital work of climate policy implementation.

COPs are much more than just negotiations – they are also a forum for bringing together the many actors that implement climate action on the ground to learn from each other and drive momentum. These activities, which take place in a dedicated zone of the COP called the “Action Agenda”, are of the utmost importance now that the negotiations on the Paris agreement have concluded and a new chapter focused on implementation begins. Whereas the role for non-state actors in the intergovernmental negotiations is rather limited, when it comes to implementation, their role is central. The actions of cities, regions, businesses, civil society groups and other NSAs can help bridge the gap between emissions-reduction targets in government pledges and the cuts that will be necessary to reach them.

The key issue, therefore, is to divert energy and attention toward the Action Agenda and policy implementation, to make them big enough to exert their own gravitational pull and set in motion positive, self-reinforcing dynamics for climate action. We are heartened to see the Brazilian presidency labelling COP30 as “the COP of implementation” and calling for “Mutirão”, a collective sense of engagement and on-the-ground action that does not require a physical presence in Belém. This addresses both problems with the “mega-COPs” and offers exciting encouragement to channel the groundswell of energy to where it is most needed.


A weekly e-mail in English featuring expertise from scholars and researchers. It provides an introduction to the diversity of research coming out of the continent and considers some of the key issues facing European countries. Get the newsletter!


The Conversation

Dr Hayley Walker ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. The problem with ‘mega-COPs’: can a 50,000-person conference still tackle climate change? – https://theconversation.com/the-problem-with-mega-cops-can-a-50-000-person-conference-still-tackle-climate-change-268944

The Conversation France obtient la certification Journalism Trust Initiative (JTI)

Source: The Conversation – in French – By Caroline Nourry, Directrice générale, The Conversation

The Conversation obtient la certification JTI Shutterstock

The Conversation France est fier d’annoncer sa certification Journalism Trust Initiative (JTI). Ce label reconnaît notre engagement pour un journalisme de confiance, indépendant, transparent et rigoureux.


Vous êtes, chaque mois, des millions de lecteurs à nous lire et à nous faire confiance pour vous éclairer sur les enjeux complexes de notre époque.
Dans un contexte où la désinformation se propage et où la confiance dans les médias est de plus en plus fragilisée, nous sommes particulièrement heureux de vous faire part de notre certification “Journalism Trust Initiative”.

Ce label international, créé par Reporters Sans Frontières, et élaboré par un comité de 130 experts des médias, de la régulation et des technologies, récompense les rédactions respectant les plus hauts standards d’éthique, d’indépendance et de transparence.

Pour obtenir cette certification, nos équipes ont mené un travail de fond : examiner et renforcer nos pratiques éditoriales, nos processus de vérification de l’information, notre gouvernance et notre transparence.

Cette démarche a permis de confirmer que notre journalisme est :

  • Indépendant, libre de toute influence publicitaire ou politique ;
  • Transparent, avec des partenariats et soutiens financiers rendus publics ;
  • Fiable, grâce à la rigueur scientifique de nos auteurs, au travail de nos journalistes, et à la supervision de notre comité éditorial.

Cette certification JTI n’est pas seulement un label : elle reflète notre engagement à fournir une information indépendante, rigoureuse, basée sur les faits et accessible à tous. Notre rapport de transparence est disponible ici.

Merci pour votre fidélité et votre soutien, qui permettent à ce travail en coulisses de prendre vie chaque jour. Grâce à vous, The Conversation peut continuer à nourrir le débat public et à mieux répondre aux enjeux démocratiques de fiabilité et d’indépendance de l’information.

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ref. The Conversation France obtient la certification Journalism Trust Initiative (JTI) – https://theconversation.com/the-conversation-france-obtient-la-certification-journalism-trust-initiative-jti-267758

COP après COP, les peuples autochtones sont de plus en plus visibles mais toujours inaudibles

Source: The Conversation – in French – By Marine Gauthier, PhD Candidate International Relations, Graduate Institute – Institut de hautes études internationales et du développement (IHEID)

Le cacique Raoni Metuktire et son traducteur, le 29 novembre 2015, lors du lancement de l’opération « One Heart, One Tree » à la COP 21. Gert-Peter Bruch, CC BY

Ils occupent 20 % des territoires terrestres. Les peuples autochtones sont de plus en plus présents aux COP, mais leurs voix demeurent souvent inaudibles lorsque les décideurs du monde entier se réunissent.


« Nous ne sommes pas ici simplement pour poser sur vos photos. Nous sommes titulaires de droits en vertu de la Déclaration des Nations unies sur les droits des peuples autochtones et devons être présents à la table des décisions », avait prévenu, à la COP28 (Dubaï, 2023), Sarah Hanson, membre de la communauté anishinaabée de Biigtigong Nishnaabeg au Canada, et du Forum international des peuples autochtones sur le changement climatique.

Cette année-là comme les suivantes, cependant, bien peu de représentants des peuples autochtones se trouvaient à la table des négociations. Ils sont pourtant de plus en plus nombreux à se rendre aux COP pour tâcher de faire entendre les voix de leurs communautés dans des pavillons, panels, au moyen de déclarations solennelles ou d’interventions médiatiques. Ils représentent environ 476 millions de personnes et occupent 20 % du territoire terrestre parmi les plus cruciaux pour la préservation de la biodiversité et du climat. Leur rôle est donc crucial dans la lutte contre le changement climatique.

Mais derrière cette façade inclusive, un paradoxe persiste. Si la visibilité des peuples autochtones augmente, leurs voix peinent encore à peser réellement sur les décisions.

À l’approche de la prochaine COP, qui se tiendra du 10 au 21 novembre 2025 à Belém (Brésil), aux portes de la forêt amazonienne, cette contradiction mérite toute notre attention. Elle met en lumière les hiérarchies persistantes de savoirs et de pouvoir qui structurent encore les négociations climatiques internationales.

Un effet vitrine qui ne débouche pas sur l’influence

Un contraste revient de manière frappante : les sessions plénières et les panels où interviennent des représentants autochtones sont largement médiatisés, mais les espaces fermés où s’écrivent les décisions finales leur restent inaccessibles. L’essentiel des discussions techniques se joue de fait dans des « salles de négociation » réservées aux États et à quelques acteurs institutionnels disposant de sièges permanents et de droit à la parole.

La visibilité accrue ne s’est donc pas encore traduite en véritable pouvoir de décision. Ce déséquilibre se retrouve dans les contributions déterminées au niveau national (CDN), les plans que chaque pays soumet dans le cadre de l’accord de Paris (2015) pour expliquer comment il compte réduire ses émissions de gaz à effet de serre et s’adapter au changement climatique. Ces documents sont au cœur des COP, car ils servent de base à l’évaluation collective des efforts de chaque État. Or, dans de nombreux pays, leur élaboration reste très technocratique : confiée à des cabinets de consultants ou à des institutions internationales, elle se fait souvent sans véritable consultation des communautés locales ni des peuples autochtones, pourtant directement concernés par les politiques climatiques. De nouveau, à la COP28, à Dubaï en 2023, leurs voix étaient audibles sur les scènes publiques, mais absentes des textes finaux sur le mécanisme de Loss and damage (destiné à indemniser les pays et populations les plus vulnérables face aux pertes et dommages causés par le changement climatique) et les dispositifs financiers associés.

L’écoute sélective des savoirs autochtones

Les revendications des peuples autochtones, qu’il s’agisse de leurs droits fonciers, de leur souveraineté politique ou de la reconnaissance de leur histoire, sont ainsi rarement prises en compte. Sans doute parve que les admettre reviendrait à redistribuer le pouvoir au sein du système climatique international, ce que les États et les institutions internationales évitent soigneusement au travers de différentes stratégies, volontaires ou non.

Certes, les COP valorisent volontiers la contribution des peuples autochtones sur une série de sujets seulement. C’est le cas pour les « solutions fondées sur la nature », telles que la préservation des forêts utilisées pour compenser les émissions de carbone. Mais les contributions autorisées s’accordent avec les instruments financiers et technologiques déjà en place : ils permettent d’intégrer les savoirs autochtones tant qu’ils ne remettent pas en cause l’ordre établi. La participation devient alors une vitrine d’inclusivité, plus qu’un véritable partage du pouvoir.

Cette reconnaissance sélective s’apparente à une « justice épistémique partielle » : les savoirs autochtones sont validés quand ils renforcent les cadres scientifiques dominants, mais rarement reconnus comme fondateurs d’autres modes de gouvernance. Lors de la COP29, tenue en Azerbaïdjan en 2024, le Baku Workplan a certes souligné l’importance d’intégrer les savoirs autochtones dans les stratégies climatiques, notamment dans les domaines de l’adaptation et de la gestion des écosystèmes. Les savoirs agricoles et hydrologiques des peuples vivant en zones arides ont comme cela été largement valorisés, présentés comme une ressource précieuse pour renforcer la résilience face aux sécheresses et aux inondations.

En revanche, les savoirs portant sur la gouvernance foncière, la propriété des territoires ou les modes de consultation communautaires ont été largement absents des discussions, qui déterminent pourtant directement l’avenir de leurs terres. Ces éléments sont d’ailleurs systématiquement absents à ce jour des plans nationaux de réduction des émissions de gaz à effet de serre et d’adaptation au changement climatique (les CDN).

Cette marginalisation se produit également via le fonctionnement même du régime climatique. Les négociations s’appuient sur une logique globale (des chiffres, des tonnes de carbone, des scénarios prospectifs de réduction d’émissions) qui ignore les réalités locales. Ce cadre « aplatit » la diversité des contextes et réduit les savoirs autochtones à des anecdotes culturelles. Les projets de réduction des émissions issues de la déforestation et de la dégradation des forêts (REDD+) illustrent ce décalage.

Ces initiatives visent à réduire les émissions issues de la déforestation en quantifiant le carbone stocké dans les forêts. Mais cette logique purement comptable ignore encore les usages coutumiers de la forêt (chasse, cueillette, cultures itinérantes) et les droits fonciers des communautés locales. Ces réalités demeurent marginales au milieu des indicateurs mesurables prédéfinis, tels que le nombre d’hectares « protégés », vidant de sens leur conception du territoire comme espace de vie.

Dans les débats de la COP, certains autochtones témoignent ainsi de la difficulté de faire entendre leurs savoirs. Les experts internationaux auxquels ils s’adressent « sont bien formés aux standards mondiaux, mais peu au contexte local » déplorait ainsi un représentant autochtone d’Afrique centrale. Ce décalage oblige alors les communautés à traduire leurs savoirs dans un langage normatif pour être audibles : un effort constant de « traduction culturelle » qui affaiblit la portée de leurs connaissances.

À cela s’ajoutent des obstacles pratiques : celui de la langue (l’anglais technique de la diplomatie), du rythme effréné des sessions parallèles, des moyens financiers limités pour envoyer des délégations complètes. Face à ces obstacles, les voix autochtones passent par l’intermédiaire d’ONG ou d’agences internationales, ou par des canaux de communication digitaux. Ce qu’ils disent sur leur territoire et leur vécu est alors reformulé dans un langage calibré pour les institutions internationales, au risque d’en édulcorer la portée critique.

Enfin, lorsqu’elle est institutionnalisée, la participation autochtone, cette image de protecteur, bien qu’elle leur ouvre certaines portes, peut aussi se retourner contre eux, car elle enferme leurs savoirs dans des cases figées.

Ainsi le plan de la République du Tchad pour réduire et s’adapter au changement climatique (CDN) indique-t-il la « mise en valeur des savoir-faire et connaissances autochtones » comme le deuxième pilier de son domaine d’intervention « environnement et forêts ». Mais dans le même temps, il désigne en coupable une grande partie des activités traditionnelles de ces peuples (« pression pastorale, braconnage, pêche, pression démographique, surexploitation des ressources naturelles, feux de brousse et agriculture ») comme cause de la dégradation de la biodiversité. Seule voie, aux yeux de ce plan gouvernemental, l’exploitation des produits forestiers non ligneux (écorces, feuilles, miel, champignons…) qui deviennent des « ressources durables » compatibles avec la logique de marché. Exploitation qui ne concerne d’ailleurs qu’une partie des communautés autochtones, souvent celles établies dans les zones boisées du Sud, et qui représente une part marginale de leurs activités économiques.

À l’approche de « la COP des COP »

Les savoirs autochtones ne servent ainsi fréquemment qu’à « réenchanter » une arène technocratique, sans pour autant en changer les règles du jeu.

À l’approche de la COP30, les peuples autochtones se préparent à une participation record, mais dans un scénario qui ressemble étrangement aux précédents. Cette conférence est un moment clé, car elle marquera la réévaluation des engagements climatiques dix ans après l’accord de Paris et elle abordera des thématiques chères aux peuples autochtones : arrêt de la déforestation d’ici à 2030, abandon des énergies fossiles, mise en place de ressources financières dédiées à la finance climatique.

Plus de 190 États et des milliers de représentants de la société civile et d’entreprises y seront présents. Le Brésil annonce la venue de 3 000 représentants autochtones, dont un millier participera à des sessions officielles – une première. Les organisations autochtones, notamment d’Amazonie, expriment déjà leurs revendications. Patricia Suarez, de l’Organisation nationale des peuples autochtones de l’Amazonie colombienne (OPIAC), rappelle à cet égard :

« Ce n’est pas seulement une question de climat, c’est une question de vie, de survie même de nos communautés. »

Pourtant, les règles du jeu n’ont pas changé. Ces représentants pourront écouter mais rarement parler. Leur inclusion dans les délégations nationales et les groupes techniques reste exceptionnelle. Surtout, la question des droits fonciers demeure un angle mort des négociations. Or, environ 22 % du carbone des forêts tropicales se trouve sur des terres gérées par des communautés autochtones, dont un tiers ne sont pas reconnues juridiquement. Sans titre foncier, ces territoires restent vulnérables à l’exploitation et à la déforestation : une menace directe pour le climat mondial comme pour la justice environnementale.

The Conversation

Marine Gauthier ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. COP après COP, les peuples autochtones sont de plus en plus visibles mais toujours inaudibles – https://theconversation.com/cop-apres-cop-les-peuples-autochtones-sont-de-plus-en-plus-visibles-mais-toujours-inaudibles-268706

Pourquoi une diminution de la population humaine ne bénéficierait pas forcément à la biodiversité : l’exemple du Japon

Source: The Conversation – in French – By Peter Matanle, Senior Lecturer in Japanese Studies, University of Sheffield

Photo satellite de la préfecture rurale de Saga, au Japon. Google Earth Pro, CC BY-NC-ND

Même avec moins d’êtres humains, la faune sauvage ne disposerait pas nécessairement de davantage d’espace et de niches écologiques où s’installer. Dans certaines zones du Japon rural où l’humain se raréfie peu à peu, on voit la biodiversité décliner malgré tout.


Depuis 1970, 73 % de la faune sauvage mondiale a disparu, tandis que la population mondiale a elle doublé pour atteindre 8 milliards d’individus. Des recherches montrent qu’il ne s’agit pas d’une coïncidence : la croissance démographique entraîne un déclin catastrophique de la biodiversité.

Actuellement, cependant, un tournant démographique inverse est en train de se produire. Selon les projections de l’ONU, la population de 85 pays diminuera d’ici 2050, principalement en Europe et en Asie. D’ici 2100, la population humaine devrait connaître un déclin mondial. Certains affirment que cela sera bénéfique pour l’environnement.

Partant de l’hypothèse que le dépeuplement pourrait contribuer à la restauration de l’environnement, nous avons tâché de voir, avec nos collègues Yang Li et Taku Fujita, si la biodiversité japonaise bénéficiait de ce que nous avons appelé un « dividende lié à la dépopulation humaine ».

Depuis 2003, des centaines de citoyens japonais collectent des données sur la biodiversité pour le projet gouvernemental Monitoring Sites 1 000. Nous avons utilisé 1,5 million d’observations d’espèces enregistrées provenant de 158 sites.

Ces zones étaient boisées, agricoles et périurbaines. Nous avons comparé ces observations aux changements observés au niveau de la population locale, de l’utilisation des sols et de la température de surface sur des périodes de cinq à vingt ans.

Ces paysages ont connu le plus fort déclin démographique depuis les années 1990.

En raison de la taille de notre base de données, du choix des sites et du positionnement du Japon en tant que fer de lance du dépeuplement en Asie du Nord-Est, il s’agit de l’une des plus grandes études de ce type.

Notre étude, publiée dans la revue Nature Sustainability, a tâché d’analyser les populations d’oiseaux, les papillons, les lucioles, les grenouilles et 2 922 plantes indigènes et non indigènes sur ces mêmes sites.

Le Japon n’est pas Tchernobyl

Le constat est sans appel : la biodiversité a continué de diminuer dans la plupart des zones que nous avons étudiées, indépendamment de l’augmentation ou de la diminution de la population. Ce n’est que là où la population est restée stable que la biodiversité était la plus stable. Cependant, la population de ces zones vieillit et va bientôt décliner, ce qui les alignera sur les zones qui connaissent déjà une perte de biodiversité.

Contrairement à Tchernobyl, où une crise soudaine a provoqué une évacuation quasi totale de la population qui a donné lieu à des récits surprenants sur la renaissance de la faune sauvage, la perte de population au Japon s’est développée progressivement.

Si la plupart des terres agricoles continuent d’être cultivées, certaines sont laissées à l’abandon ou désaffectées, d’autres sont vendues à des promoteurs immobiliers ou transformées en zones d’agriculture intensive. Tout cela empêche le développement naturel des plantes ou un reboisement qui enrichiraient la biodiversité.

Dans ces régions, les êtres humains sont les agents de la durabilité des écosystèmes. L’agriculture traditionnelle et les pratiques saisonnières, telles que l’inondation, la plantation et la récolte des rizières, la gestion des vergers et des taillis ainsi que l’entretien des propriétés, sont importantes pour le maintien de la biodiversité. Le dépeuplement peut donc être destructeur pour la nature. Certaines espèces prospèrent, mais il s’agit souvent d’espèces non indigènes qui posent d’autres problèmes, tels que l’assèchement et l’étouffement des rizières autrefois humides par des herbes envahissantes.

Les bâtiments vacants et abandonnés, les infrastructures sous-utilisées et les problèmes socio-juridiques (tels que les lois complexes en matière d’héritage et les taxes foncières, le manque de capacités administratives des autorités locales et les coûts élevés de démolition et d’élimination) aggravent encore plus le problème.

Une maison abandonnée dans la préfecture de Niigata
Une maison abandonnée ou akiya dans la préfecture de Niigata, au Japon.
Peter Matanle, CC BY-NC-ND

Alors même que le nombre d’akiya (maisons vides, désaffectées ou abandonnées) atteint près de 15 % du parc immobilier national, la construction de nouveaux logements se poursuit sans relâche. En 2024, plus de 790 000 logements ont été construits, en partie du fait de l’évolution de la répartition de la population et de la composition des ménages au Japon. À cela s’ajoutent les routes, les centres commerciaux, les installations sportives, les parkings et les supérettes omniprésentes au Japon. Au final, malgré la diminution de la population, la faune sauvage dispose de moins d’espace et de moins de niches écologiques où s’installer.

Comment changer la donne

Les données démographiques montrent que l’on peut s’attendre à une dépopulation croissante au Japon et en Asie du Nord-Est. Les taux de fécondité restent faibles dans la plupart des pays développés. L’immigration n’offre qu’un répit temporaire, car les pays qui fournissent actuellement des migrants, comme le Vietnam, sont également en voie de dépopulation.

Nos recherches démontrent que la restauration de la biodiversité doit être gérée de manière active, en particulier dans les zones en déclin démographique. Malgré cela, il n’existe que quelques projets de renaturation au Japon. Pour favoriser leur développement, les autorités locales pourraient se voir attribuer le pouvoir de convertir les terres inutilisées en réserves naturelles communautaires gérées localement.

L’épuisement des ressources naturelles constitue un risque systémique pour la stabilité économique mondiale. Les risques écologiques, tels que le déclin des stocks halieutiques ou la déforestation, nécessitent une meilleure responsabilisation de la part des gouvernements et des entreprises.

Plutôt que de dépenser pour davantage d’infrastructures destinées à une population en constante diminution, par exemple, les entreprises japonaises pourraient investir dans la croissance des forêts naturelles locales pour obtenir des crédits carbone.

Le dépeuplement apparaît comme une mégatendance mondiale du XXIe siècle. Bien géré, le dépeuplement pourrait contribuer à réduire les problèmes environnementaux les plus urgents dans le monde, notamment l’utilisation des ressources et de l’énergie, les émissions et les déchets, ainsi que la conservation de la nature. Mais pour que ces opportunités se concrétisent, il faut la gérer activement.

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Kei Uchida a reçu un financement de la JSPS Kakenhi 20K20002.

Masayoshi K. Hiraiwa et Peter Matanle ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur poste universitaire.

ref. Pourquoi une diminution de la population humaine ne bénéficierait pas forcément à la biodiversité : l’exemple du Japon – https://theconversation.com/pourquoi-une-diminution-de-la-population-humaine-ne-beneficierait-pas-forcement-a-la-biodiversite-lexemple-du-japon-268227

L’urbanisme pervers de la « reconstruction » de Gaza

Source: The Conversation – in French – By Marco Cremaschi, Professeur d’urbanisme, Centre d’études européennes et École urbaine, Sciences Po

Le plan de « requalification urbaine » de Gaza, rédigé par des consultants américains et cité dans la proposition d’« accord de paix » de Donald Trump, dessine un avenir inquiétant pour la ville. Loin d’être une exception, il révèle une logique déjà à l’œuvre dans de nombreuses métropoles contemporaines. Comme toujours, le diable se cache dans les détails : l’urbanisme devient le langage du pouvoir économique dont la victime collatérale est l’idée même de la ville.


Dès le premier mandat de Donald Trump, son gendre Jared Kushner avait noué des relations d’affaires avec d’importants entrepreneurs saoudiens et qataris. Ces derniers avaient financé – et probablement sauvé de la faillite – une de ses entreprises immobilières à Manhattan, et soutenu ensuite la société qu’il a fondée après avoir quitté l’administration de son beau-père.

Aujourd’hui, Kushner ne représente plus le gouvernement américain : il n’est qu’un homme d’affaires, qui se trouve être proche au président. Son rôle diplomatique, aux côtés de l’envoyé spécial des États-Unis au Moyen-Orient, l’investisseur immobilier Steve Witkoff, est purement officieux, et il n’a naturellement aucun compte à rendre sur les conflits d’intérêts liés à ses activités économiques. Ce chevauchement complet entre réseaux diplomatiques et réseaux d’affaires illustre un enchevêtrement politico-économique dont la logique est au cœur même du projet pour Gaza.

Kushner en avait déjà formulé la ligne directrice il y a longtemps : la côte de Gaza constitue une opportunité immobilière. Pourtant, ses habitants doivent être relogés, par exemple quelque part dans le désert du Néguev. Pour en discuter, Trump a réuni à la Maison Blanche Witkoff, Kushner et l’ancien premier ministre britannique Tony Blair à la fin du mois d’août 2025. Selon certains analystes, la Gaza Humanitarian Foundation – dirigée par Johnnie Moore, un évangélique allié de la Maison Blanche – a alors élaboré le plan, ensuite publié par le Washington Post. Présenté comme un exercice technique sophistiqué, le plan est également cité dans le texte de l’accord de paix proposé.

Composé de quelque quarante diapositives riches en chiffres mais pauvres en images, ce document cherche à démontrer la « faisabilité » de la reconstruction tout en ignorant la tragédie humaine des habitants de Gaza et en effaçant la dimension politique. Son seul horizon est la rentabilité financière d’un vaste projet calqué sur le modèle de Dubaï.

Gaza, une approche immobilière

Ce document mérite l’attention non pour sa valeur morale – inexistante – mais parce qu’il illustre la manière dont le capitalisme financier dicte désormais la grammaire même de la vie sociale. Le « projet de paix » de Trump remplace le pacifisme marchand de la mondialisation par une pax imperialis d’inspiration romaine : d’abord l’anéantissement, ensuite le profit. Ce modèle, qui rappelle les affaires immobilières de Kushner dans le Golfe, conçoit Gaza comme un site de requalification géopolitique et urbaine, et non comme un espace habité. D’où l’accent mis sur les infrastructures et le design urbain : un développement fondé sur des tableaux Excel, des rendements attendus et les clichés du marketing d’entreprise.

Gaza n’est plus envisagée comme une ville ou un territoire, mais comme un nœud logistique reliant Israël, l’Arabie saoudite et la Méditerranée – un corridor global hors taxes. Le plan laisse entendre que le rapprochement saoudo-israélien est plus solide qu’on ne le croit, du moins vu de Washington. Le pétrole et les terres rares venant d’Arabie et de l’océan Indien atteindraient la Méditerranée sans passer par le canal de Suez, garantis par une alliance stratégique bâtie sur le dos des Palestiniens.

L’absence la plus grave

Dans la brochure du projet de « Riviera », les habitants de Gaza apparaissent uniquement comme une catégorie résiduelle, perçue comme un obstacle démographique ou un pion iranien. Deux millions de résidents sont effacés de l’histoire et remplacés par un récit où les « méchants de l’histoire » sont trop mauvais pour mériter des droits. Et le Hamas n’est mentionné que comme une organisation criminelle, sans aucune considération politique.

Le plan suppose qu’un quart de la population émigrera – davantage encore si des incitations économiques sont offertes. L’arithmétique est glaçante : chaque départ est évalué à un « gain » de 23 000 dollars (un peu plus de 20 000 euros). L’indemnisation des biens repose sur leur valeur actuelle, quasi nulle, tandis que les logements neufs sont estimés aux prix de Tel-Aviv, inaccessibles pour la quasi-totalité des Gazaouis.

Dans les visualisations générées par l’intelligence artificielle, les habitants ont disparu, remplacés par des investisseurs en robes blanches et keffiehs, sortant de luxueuses voitures Tesla.

Une terre dévastée

Les Romains étaient plus sincères. Comme l’écrivait Tacite à propos de la conquête de la Bretagne :

« Ils font un désert et ils appellent cela la paix. »

La même logique prévaut ici – sans même feindre d’écouter les voix des concernés.

Après deux années de destruction systématique, la matérialité de Gaza – son histoire, sa topographie et même son cadastre – a été effacée ; sur 365 km2 entre désert et mer, sa densité est 50 % supérieure à celle de Tel-Aviv. Les dégâts sont terrifiants : 61 millions de tonnes de décombres, 78 % des bâtiments détruits ou endommagés, la moitié des hôpitaux hors service, et seulement 1,5 % de terres encore cultivables pour deux millions d’habitants.

Le déblaiement nécessiterait environ 18 milliards de dollars (15,6 milliards d’euros), des milliers de machines, des dizaines de milliers de mois de travail, des unités mobiles de traitement et des décharges spécialisées.

Mais comment ? Disperser ces débris sur toute la bande reviendrait à en élever la surface de 30 centimètres. Les rejeter à la mer déplacerait simplement la catastrophe ailleurs – une solution sans doute envisagée par ces entrepreneurs rapaces qui rêvent d’un port et d’îles artificielles à la manière de Dubaï.

Ce processus effacerait également la topographie et le cadastre existants. Une opportunité pour ce plan qui propose de remplacer les registres fonciers par des droits de propriété « tokenisés », échangeables sur des marchés spéculatifs basés sur la blockchain – transformant les ruines de Gaza en loterie immobilière.

Le mirage économique

Plutôt que de répondre à la famine et à l’effondrement humanitaire, on évoque la promesse d’une « Riviera du Moyen-Orient » chère à Trump. Le plan ambitionne de porter la valeur immobilière de Gaza à 300 milliards de dollars (261 milliards d’euros) en dix ans, avec plus de 100 milliards (87 milliards d’euros) d’investissements. Le contrôle et la sécurité resteraient entre des mains militaires.

La Gaza Humanitarian Foundation deviendrait un trust chargé d’administrer le territoire « jusqu’à ce qu’une communauté palestinienne réformée et déradicalisée soit prête ». Ce trust détiendrait un tiers du territoire et acquerrait la majeure partie du reste, tandis que la population serait confinée dans des « logements temporaires » – un euphémisme pour des camps.

La Gaza du futur telle que présentée par le plan que promeut Donald Trump.
The Great Trust « From a Demolished Iranian Proxy to a Prosperous Abrahamic Ally », Gaza Reconstitution, Economic Acceleration and Transformation

La liste des investisseurs potentiels inclut de grands groupes de construction saoudiens et internationaux, la famille Ben Laden, Tesla, Ikea, Amazon ou Systra. Ces entreprises n’ont peut-être jamais été consultées, ou peut-être que si ; on le saura bientôt mais, en attendant, leurs logos figurent sur la brochure. Le récit de la « Riviera » masque le véritable objectif : spéculation foncière et monopole sur les infrastructures.

Le design comme instrument de contrôle

Le dessin urbain occupe une place centrale dans le plan. À l’image du Paris d’Haussmann, le projet vise à éradiquer l’insurrection par la réorganisation spatiale. Le présupposé est celui d’une tabula rasa totale – matérielle, topographique et juridique. La côte est envisagée comme une frontière extractive pour les plateformes gazières et pétrolières.

L’ordre spatial proposé est uniforme et inquiétant : sept ou huit villes de 200 000 habitants, chacune définie par une fonction économique ou un acteur privé – centres de données, logistique, tourisme – isolées et reliées par des corridors d’infrastructures et de surveillance. Des outils d’IA produisent des projets d’une précision trompeuse, dissimulant une absence totale d’empathie, d’expérience et d’échelle humaine.

À l’École urbaine de Sciences Po, j’ai demandé aux étudiants d’imaginer la ville la plus « maléfique » possible. Leurs réponses anticipaient cette vision : quartiers fermés, espaces publics artificiels, infrastructures-barrières, surveillance totale, monumentalité anonyme. Ils ont instinctivement compris que le contraire du bon urbanisme n’est pas le désordre, mais le contrôle – l’élimination calculée de la diversité, de la proximité et de la vie commune.

Un catalogue de l’urbanisme pervers

Le schéma proposé pour Gaza n’est pas un exercice académique. C’est l’application délibérée d’une logique urbaine perverse, conçue pour créer un environnement « sûr » pour le capital global. Une logique qui isole, clôture, marchandise toute ressource, détruit la nature, réprime la vie sociale, limite la mobilité et impose la surveillance et l’hostilité. Elle anéantit la capacité d’agir, la communauté et la dignité au nom de la sécurité et du profit.

Ce phénomène ne concerne pas seulement Gaza. Les mêmes principes sont déjà visibles du Golfe à l’Asie : espaces privatisés, paysages artificiels, enclaves surveillées, infrastructures de contrôle. La « ville perverse » n’est plus une fiction dystopique – elle est le modèle émergent de l’urbanisation contemporaine qui, après l’urbicide, prône tout simplement une nécrocité.

On pourrait conclure par une réflexion plus inquiétante encore : les États-Unis des suprémacistes réactionnaires, qui jurent d’anéantir l’ennemi intérieur, regardent Gaza comme un modèle. Les bombes pour détruire, le promoteur pour reconstruire. Que reconstruire, demanderez-vous ?

Le guerrier Pete Hegseth et le promoteur Donald Trump l’ont dit explicitement aux 800 généraux qu’ils ont récemment réunis à Quantico : l’ennemi est parmi nous, préparez-vous – vos prochaines zones de combat seront les villes des États-Unis.

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Marco Cremaschi ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. L’urbanisme pervers de la « reconstruction » de Gaza – https://theconversation.com/lurbanisme-pervers-de-la-reconstruction-de-gaza-268855

Le Tour de France à Singapour : quand la Grande Boucle fait étape dans la cité-État

Source: The Conversation – in French – By Paco Milhiet, Visiting fellow au sein de la Rajaratnam School of International Studies ( NTU-Singapour), chercheur associé à l’Institut catholique de Paris, Institut catholique de Paris (ICP)

Le Tour de France, course cycliste la plus prestigieuse au monde, est devenu un puissant instrument de soft power. L’instauration régulière à Singapour d’un critérium urbain labellisé « Tour de France » renforce la présence et l’attrait de l’épreuve en Asie du Sud-Est. Dans le sillage des bonnes relations franco-singapouriennes, la cité-État fait désormais partie intégrante de la route du Tour.


L’image a de quoi surprendre. Cœur historique de Singapour, Marina Bay est la vitrine de l’extraordinaire réussite de la cité-État depuis son indépendance il y a soixante ans : architectures futuristes, jardins suspendus, hôtels de luxe, casinos, circuit de Formule 1… C’est dans ce décor improbable que s’est déroulée, le samedi 1er novembre 2025, une étape de la Grande Boucle… ou presque. Pour la quatrième année consécutive, Singapour accueille une course estampillée « Tour de France », le temps d’un critérium urbain (60 kilomètres de course en ligne, effectuée en 25 tours d’un circuit de 2,4 km). Événement promotionnel par nature, à forte dimension marketing, il n’en demeure pas moins un rendez-vous d’intérêt pour les passionnés de vélo.

L’édition 2025 s’est déroulée dans des conditions compliquées sous une pluie diluvienne, ajoutant encore de la dramaturgie à une étape singapourienne qui attire chaque année des stars et fait vibrer les fans. Ainsi, en 2024, Marc Cavendish, recordman de victoires d’étapes sur le Tour (35 fois), avait choisi la cité-État pour mettre un terme à sa carrière – avec une dernière victoire au sprint. Cette année, malgré la présence de cadors comme le Slovène Primoz Roglic, ce sont encore les sprinteurs qui se sont disputé la victoire. Le podium, sous les yeux enthousiastes de Mark Cavendish, désormais ambassadeur du critérium, avait fière allure : on y retrouvait tout simplement les trois derniers vainqueurs du maillot vert (soit les meilleurs sprinteurs au classement par points) du Tour de France, à savoir l’Italien Jonathan Milan, l’Érythréen Biniam Girmay et le Belge Jasper Philipsen.

Épreuve sportive internationale majeure, le Tour de France revêt également une dimension géopolitique, mêlant prestige national et stratégies d’influence commerciale aux retombées économiques mutuelles. L’organisation sous sa bannière d’une course régulière à Singapour en constitue un exemple intéressant.

Le Tour, un outil de soft power français… et international

Créé en 1903, le Tour de France est une compétition cycliste masculine (jusqu’en 1984, ndlr) à étapes – 21, dans son format actuel, pour près de 3 500 kilomètres – qui parcourt chaque été la France, avec parfois des incursions dans les pays voisins. Souvent cité comme le troisième événement sportif mondial en termes d’audimat après les Jeux olympiques et la Coupe du monde de football, il attire près de 12 millions de spectateurs sur ses routes et des centaines de millions de téléspectateurs à travers le monde. Le Tour est le plus ancien et le plus prestigieux des Grands Tours de l’Union cycliste internationale (avec le Giro d’Italia et la Vuelta a España). Il est universellement reconnu comme le sommet du cyclisme professionnel.

Au fil du temps, le Tour est devenu bien plus qu’un simple événement sportif. Malgré les scandales de dopage récurrents, il continue de captiver le public international. En sillonnant les routes de France, il reflète l’évolution historique de la société européenne et valorise un patrimoine touristique exceptionnel.

Diffusé dans plus de 130 pays, le Tour de France s’est progressivement mué en instrument d’influence pour la France, mais aussi pour d’autres acteurs internationaux. Depuis 1954, date du premier grand départ à l’étranger (à Amsterdam), 25 éditions ont débuté hors de France : en Espagne, en Italie, en Belgique, en Angleterre, en Irlande, au Danemark, ou encore en Allemagne. Formidable publicité, la qualité des images et la mise en valeur du patrimoine local ont encouragé des villes à forte ambition touristique – Londres, Florence, Dublin, Berlin – à se porter candidates pour accueillir le départ. En 2026, c’est depuis Barcelone (Espagne) que le Tour s’élancera.

Cette internationalisation du Tour n’est pas seulement motivée par des considérations économiques : elle fait souvent écho aux grandes dates qui ont marqué l’histoire du continent européen et offre aux pays hôtes une occasion de projeter une image positive au reste du monde. Du soft power à la géopolitique, il n’y a parfois qu’un pas.

Une Grande Boucle géopolitique

Depuis ses origines, le Tour de France porte une forte dimension géopolitique. Le choix de ses parcours reflète souvent une intention diplomatique liée à des événements historiques. En 1919, le Tour s’arrête à Strasbourg pour célébrer le retour de l’Alsace-Lorraine dans le giron national. Durant la guerre froide, le Tour fait face à la concurrence de la Course de la paix, organisée dans les pays communistes d’Europe de l’Est, symbole de la division du continent. En 1964, le Tour traverse pour la première fois l’Allemagne, quelques mois après la réconciliation officielle entre Paris et Bonn. Dix ans plus tard, la Grande Boucle passe par le Royaume-Uni, nouvellement intégré à la Communauté économique européenne (CEE). En 1994, les coureurs empruntent le tunnel sous la Manche, inauguré quelques semaines plus tôt.

Si les équipes ne représentent plus des nations, mais des sponsors privés, certaines sont directement financées par des États : Israël Premier Tech, Astana (Kazakhstan), UAE Team Emirates ou Bahrain Victorious. De quoi faire du Tour un outil de rayonnement, mais aussi une cible de choix. Les grands sujets de relations internationales s’invitent parfois dans le peloton et perturbent la course.

Dernier exemple en date, lors de l’édition 2025, des actions récurrentes de militants propalestiniens qui ont perturbé la course. Quelques semaines plus tard, la dernière étape de la Vuelta 2025, sous la pression de manifestations propalestiniennes, sera tout bonnement arrêtée.

Cap sur l’Asie-Pacifique

Course cycliste la plus prestigieuse au monde, le Tour de France a largement dépassé le cadre européen et cherche désormais à conquérir des territoires encore inexplorés.

Bien implanté en Europe, en Amérique (des athlètes états-uniens et colombiens ont remporté la compétition) et en Afrique (un cycliste africain, Binam Girmay, a remporté une étape du Tour pour la première fois en 2024), le Tour s’ouvre à présent à l’Asie, une région encore peu représentée dans le peloton. Le succès du Tour a ainsi inspiré la création de répliques dans la région : Tour du Qatar, Tour des Émirats, Tour du Timor, Tour de Pékin, Tour Down Under (Australie), Tour de Langkawi (Malaisie)…

Depuis les années 2010, des « critériums » – courses en boucle sur circuit fermé – labellisés Tour de France sont organisés au Japon et dans plusieurs villes chinoises (Shanghai, Pékin, Changsha). En 2022, Singapour est devenu le premier pays d’Asie du Sud-Est à accueillir le Tour de France. Soutenu par le Singapore Tourism Board et plusieurs partenaires privés, l’événement réunit plusieurs des meilleurs cyclistes mondiaux lors de chaque édition. Renouvelé chaque année depuis son instauration, l’événement fait désormais partie de l’agenda des grandes compétitions sportives organisées dans la cité-État.

« Singapour : les stars du Tour de France en opération séduction », France 24, 4 novembre 2022.

Pour Singapour, accueillir le Tour de France s’inscrit dans une stratégie de rayonnement international fondée sur la valorisation de grands événements sportifs, à l’image du Grand Prix de Formule 1 ou de l’étape du Rugby Sevens. Pour le Tour, la cité-État constitue une porte d’entrée stratégique vers l’Asie du Sud-Est, avec l’ambition, à terme, de multiplier les compétitions satellites dans les pays voisins.

Un événement symbole des excellentes relations franco-singapouriennes

Enfin, cet événement est emblématique des bonnes relations entre Paris et Singapour et de la bonne image générale dont la France bénéficie dans la cité-État.

Alors que les deux pays célèbrent en 2025 le soixantième anniversaire de l’établissement de leurs relations diplomatiques, leur coopération s’affirme dans de nombreux domaines : politique, avec la visite d’Emmanuel Macron en tant qu’invité d’honneur du Shangri-La Dialogue 2025, en juin dernier – une première pour un chef d’État européen ; militaire, avec l’escale du porte-avions Charles de Gaulle en mars ; économique, avec près de 1 000 filiales d’entreprises françaises implantées ; mais aussi culturelle, gastronomique et, désormais, sportive avec l’organisation du Tour de France à Singapour.

Ce succès pourrait en inspirer d’autres. Le football, sport roi à Singapour, reste aujourd’hui largement dominé par les clubs de Premier League anglaise, notamment Manchester United. Le Paris Saint-Germain, dont la popularité a fortement augmenté après sa victoire en Ligue des champions, a déjà effectué une tournée à Singapour en 2018 et ouvert un bureau local. D’autres clubs français de renom, notamment ceux évoluant en Ligue des champions comme l’Olympique de Marseille, pourraient à leur tour suivre cet exemple.

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Paco Milhiet ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Le Tour de France à Singapour : quand la Grande Boucle fait étape dans la cité-État – https://theconversation.com/le-tour-de-france-a-singapour-quand-la-grande-boucle-fait-etape-dans-la-cite-etat-268406