COP30: por qué debemos ser cautos ante el fondo de 125 000 millones de dólares para conservar bosques tropicales

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Víctor Resco de Dios, Catedrático de Ingeniería Forestal y Cambio Global, Universitat de Lleida

Selva amazónica en el Parque Nacional Yasuní, Ecuador. Maris Maskalans/Shutterstock

Los bosques absorben en torno al 30 % de las emisiones de gases con efecto invernadero. Lamentablemente, no sabemos cuánto tiempo durará este “sumidero” de carbono. A raíz de su creciente degradación, los bosques tropicales y boreales podrían liberar cantidades colosales de dióxido de carbono (CO₂) a la atmósfera. Si esto llegara a ocurrir, el cambio climático se aceleraría y amplificaría.

Algunos indicios sugieren que este proceso podría haber empezado ya: las emisiones de CO₂ batieron récords de crecimiento en 2024 debido a los megaincendios tropicales.

Preservar los bosques frente a su degradación y a la deforestación cuesta dinero. Por desgracia, muchos aumentan su valor tras ser transformados en cultivos o minas, o incluso después de un incendio, dado que se pueden cobrar créditos de carbono por la repoblación posterior. La clave para la conservación de los bosques pasa, por tanto, en lograr que el bosque en pie, sano y en buen estado de conservación valga más que un bosque quemado o roturado.

En la cumbre climática de Brasil, la COP30, se presentará un nuevo mecanismo financiero desarrollado con ese fin: la Tropical Forest Forever Facility (TFFF). Antes de explicar en qué consiste, conviene recordar que la TFFF no es la primera iniciativa financiera probiodiversidad.




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Gestión por comunidades rurales e indígenas

Los bosques no son ambientes puramente naturales, sino también culturales. Más del 90 %, incluso de los tropicales, han sido gestionados por el hombre durante los últimos 10 000 años. Lo que determina su estado de conservación, por tanto, no es la presencia o ausencia del ser humano, sino qué han hecho los humanos que gestionaban esos ambientes.

Ancestralmente, la preservación de los bosques estaba ligada al aprovechamiento por parte de las comunidades rurales o indígenas, y al posterior desarrollo de cadenas de valor. Esto es, la necesidad de leñas durante muchas generaciones, por ejemplo, fomentaba una gestión de los bosques sostenible en el tiempo.

Esta gestión se vio reforzada a partir del siglo XIX, con la creación de escuelas especializadas como la de los ingenieros de montes, que evaluaron y elevaron el conocimiento tradicional a conocimientos científicos y técnicos. Otro cambio importante lo encontramos en los años 90: se desarrollaron sistemas de certificación forestal que acreditan la sostenibilidad ambiental y social del aprovechamiento y, por ende, aumentan el valor de los productos.

“Canjear deuda por naturaleza”

Durante el siglo XX, sobre todo en la segunda mitad, surge una conciencia ambiental en la sociedad que es capitalizada por oenegés ambientalistas. Estas oenegés han sido muy creativas a la hora de encontrar fuentes de financiación. Un ejemplo lo encontramos en la operativa “canjear deuda por naturaleza”, iniciada por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF). A través de esta medida, un país del sur global puede ver reducida su deuda exterior (que es adquirida por una ONG o por los gobiernos de otros países) si acomete actuaciones de restauración de la naturaleza.

En 2021, por ejemplo, Belice redujo su deuda exterior en 216 millones de dólares tras comprometerse a destinar 107 millones a la conservación. En la actualidad existen más de 100 proyectos similares. Una parte importante de estos presupuestos se redirigen hacia entidades ambientalistas, que son las encargadas de acometer, o certificar, las actuaciones de restauración en colaboración con los gobiernos.

Los problemas con las entidades ambientalistas

Si bien los objetivos ambientales de estas iniciativas son positivos, se han denunciado los conflictos de interés y prácticas deficientes detrás de esos proyectos.

Este tipo de operativas implican, en la mayoría de casos, la sustitución de comunidades ancestrales por oenegés ambientalistas, tanto en su función como gestores de la tierra como en la recepción de los fondos. Como no podía ser de otra manera, estas medidas han desembocado en una gran tensión entre las oenegés y las comunidades rurales e indígenas.

En el año 2004, el antropólogo Mac Chapin ya advertía sobre cómo las entidades ambientalistas estaban abusando de las comunidades rurales e indígenas. En el tercer congreso de la Unión Internacional de la Naturaleza, Martin Saning’o, portavoz de los masái, declaraba abiertamente que eran enemigos de la conservación de la naturaleza: les estaban echando de sus tierras en pro de una supuesta conservación. Y en 2019 los periodistas Tom Warren y Katie Baker documentaron cómo esas expulsiones estaban siendo agravadas por violaciones, torturas y asesinatos a indígenas por parte de los guardas de reservas naturales, pertenecientes a grupos paramilitares, financiados por WWF.

Además, disciplinas científicas como la ecología o la dasonomía, junto con disciplinas sociales como la historia o la antropología, han documentado que la mejor forma de preservar los bosques está en su gestión por parte de las comunidades rurales o indígenas que de ella dependen.

Las oenegés ecologistas siempre han sido reticentes a admitir esta realidad: si el mejor gestor de la naturaleza está en las comunidades locales, estas entidades dejan de tener sentido. En la actualidad, las evidencias científicas sobre cómo las comunidades locales son las mejores gestoras tan abrumadoras, que han tenido que dar su brazo a torcer y admitirlo abiertamente.

El fondo que se lanzará en la COP30

Para conservar la biodiversidad, y asegurar que las comunidades rurales e indígenas siguen gestionando sus ecosistemas ancestrales, se ha diseñado la Tropical Forest Forever Facility (TFFF).

La TFFF sigue un esquema que en esencia ya se esbozó hace más de dos décadas: consiste en pagar por la preservación de los servicios que nos prestan los ecosistemas. Ahora bien, este mecanismo se articula a través de bonos.

En primer lugar, se crea un fondo de inversión alimentado por gobiernos e inversores privados que espera movilizar 125 000 millones de dólares. Este invierte su capital en un portafolio basado en mercados emergentes y economías en desarrollo, de manera que parte de las ganancias van a parar a los países con bosques tropicales seleccionados para recibir pagos.

Se utilizan sistemas de seguimiento forestal para vigilar si ha habido deforestación. Si se cumplen los objetivos, el país receptor recibe 4 dólares por cada hectárea forestal preservada, mientras que la deforestación y la degradación suponen una reducción de los pagos.

La creación de fondos financieros para la conservación de la biodiversidad no es nueva, ni tampoco lo es la venta de bonos, pero sí hay algunos detalles importantes del TFFF que son novedosos. El primero es que, por fin, las comunidades locales serán compensadas por su buen hacer: el 20 % de los ingresos, como mínimo, deben ir a esos gestores ancestrales.

El segundo es que no se financian proyectos particulares, sino políticas públicas. Esto es importante porque, a priori, garantiza que el Gobierno del país velará por su aplicación a escala nacional.

Ahora bien, tenemos que dejar bien claro que se trata de un fondo de inversión que, como cualquier otro, busca ganar dinero preservando la biodiversidad. El fondo especifica que los beneficios irán, en primer lugar, a los inversores y patrocinadores y el remanente, a pagos forestales.

Fondos de inversión parecidos a TFFF están en auge. A principios de año, Golden Sachs desarrolló un fondo que pretende movilizar 500 millones de dólares, nuevamente para preservar la naturaleza.

Estos fondos de inversión siguen la estela marcada por el Convenio de la ONU sobre Biodiversidad, que busca movilizar 200 000 millones de dólares anualmente para conservar la biodiversidad. Estamos hablando de mucho dinero y, en consecuencia, de un negocio colosal.

Necesitamos que los bosques cuidados valgan más que los destrozados. No sabemos si la TFFF, o el fondo de Goldman Sachs, servirá para tal fin. Lo que sí sabemos es que iniciativas similares estaban llenas de buenas intenciones y de grandes fracasos. Esperemos que esta vez sea diferente y que, por una vez, sean las comunidades locales, rurales e indígenas quienes resulten beneficiadas.

The Conversation

Víctor Resco de Dios recibe fondos del MICINN.

ref. COP30: por qué debemos ser cautos ante el fondo de 125 000 millones de dólares para conservar bosques tropicales – https://theconversation.com/cop30-por-que-debemos-ser-cautos-ante-el-fondo-de-125-000-millones-de-dolares-para-conservar-bosques-tropicales-269142

Cómo el consumo precoz de porno afecta a la sexualización de chicos y chicas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jose Daniel Rueda Estrada, Director programa Master Universitario Trabajo Social Sanitario, UOC – Universitat Oberta de Catalunya

En España, el contacto con la pornografía se produce cada vez antes: un 20 % de los adolescentes ha accedido a estos contenidos antes de los diez años y más del 90 % lo ha hecho antes de los catorce.

Estas cifras revelan una infancia expuesta demasiado pronto a materiales que moldean su manera de entender el deseo, el consentimiento y las relaciones afectivas. En un contexto donde la educación sexual integral apenas existe en las familias ni en las aulas, internet se ha convertido en el maestro y la pornografía en su currículo.




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Una infancia expuesta demasiado pronto

Las investigaciones más recientes sitúan el inicio del consumo de pornografía entre los ocho y los trece años. El teléfono móvil es el principal dispositivo de acceso: permite un consumo privado, inmediato y difícil de supervisar por el entorno adulto.

Este acceso continuo no tiene los filtros familiares y educativos que podrían actuar como elementos de protección.

Lo que ven los chicos

La exposición precoz a contenidos sexuales explícitos en los que se reproducen actitudes de violencia, dominación y machismo, y el consumo como práctica integrada en la socialización digital de los adolescentes hacen que la violencia física, la coerción o la humillación hacia las mujeres, lejos de ser reconocidas como agresiones, se interpretan como comportamientos sexuales normales o incluso deseables.

Son contenidos y actitudes que refuerzan modelos de virilidad basados en la dominación y la cosificación.

Algunos investigadores han comprobado que los vídeos más vistos incluían tirones de pelo, bofetadas o insultos, e incluso una violación colectiva con más de 225 millones de reproducciones. Otras investigaciones han confirmado que el consumo habitual de pornografía violenta se asocia con actitudes de dominio y agresión sexual: el 100 % de los estudios vinculó la pornografía con la violencia sexual, el 80 % con la psicológica y el 66,7 % con la física.

En definitiva, en la adolescencia esta exposición moldea las primeras experiencias afectivas y normaliza la idea de que el poder, la sumisión y la violencia son parte del deseo

Las chicas frente al espejo de la violencia

Las adolescentes también acceden a la pornografía, aunque en menor medida y bajo un contexto marcado por la presión estética, los mandatos de género y la necesidad de validación externa, factores que influyen en cómo construyen su deseo y su relación con el cuerpo.

Este consumo suele vivirse con incomodidad o ambivalencia emocional, y rara vez se comparte entre iguales.

La nueva pornografía digital refuerza la cosificación femenina, presentando a las mujeres como instrumentos de placer masculino. Plataformas como OnlyFans reproducen esta lógica, mercantilizando el cuerpo femenino bajo una aparente libertad que responde a la demanda masculina. Así, las jóvenes aprenden que el reconocimiento social depende de su capacidad de exposición, generando una socialización basada en la autosexualización y el capital erótico.

Este aprendizaje perpetúa los mandatos de sumisión y consolida un modelo de deseo basado en la desigualdad. En consecuencia, la pornografía no solo moldea cómo los varones aprenden a desear, sino cómo las adolescentes aprenden a ser deseadas.

Una educación que llega tarde

La ausencia de una educación sexual adecuada es uno de los factores que más contribuyen al consumo temprano de pornografía. En el ámbito educativo persiste una carencia de programas que aborden las relaciones afectivo-sexuales con rigor, naturalidad y perspectiva de derechos, lo que favorece la interiorización de los contenidos pornográficos.

Además, las escuelas carecen de recursos para una alfabetización sexual integral y en las familias prevalecen el silencio y el tabú.

Ante esta falta de referentes, la pornografía se convierte en la principal fuente de información, anulando dimensiones esenciales de la sexualidad como el afecto, la igualdad y el respeto.




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Educación socioafectiva y enfoque de género

Por ello, la educación socioafectiva con enfoque de género se ha mostrado esencial para prevenir los efectos del consumo y promover relaciones igualitarias.

Incluir la reflexión sobre consentimiento, placer y diversidad permite contrarrestar los mensajes de dominación que transmiten las pantallas y empoderar a los adolescentes desde el respeto mutuo.

Un desafío de la salud pública

El consumo de pornografía en la adolescencia constituye un problema emergente de salud pública. Sus efectos trascienden lo individual y afectan al bienestar emocional, la socialización y la construcción de identidades de género, por lo que requiere un abordaje preventivo y comunitario desde el sistema sanitario.

Además, la evidencia demuestra que la exposición precoz a contenidos sexuales explícitos influye en conductas de riesgo, adicciones comportamentales y reproducción de desigualdades de género.

El papel del trabajo social sanitario

El trabajo social sanitario tiene un papel clave al situarse entre el sistema de salud, la comunidad y las familias. Desde esta posición puede detectar las consecuencias psicosociales del consumo –ansiedad, aislamiento o actitudes sexistas– e intervenir con acciones educativas y de acompañamiento.

Asimismo, como figura de enlace, el trabajador social sanitario contribuye al diseño de estrategias intersectoriales que integren la educación afectivo-sexual en la atención primaria y promuevan relaciones saludables desde edades tempranas. En última instancia, acompañar a las nuevas generaciones en una sexualidad basada en la empatía, el consentimiento y la igualdad es su mayor responsabilidad.

El consumo de pornografía ha dejado de ser un tema privado para convertirse en un desafío colectivo. No es un problema moral, sino un problema de salud y de igualdad. Si la pornografía enseña a desear con violencia, nuestra tarea es enseñar a desear con empatía. En este sentido, educar en igualdad, afecto y consentimiento no es una opción: es una urgencia social.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Cómo el consumo precoz de porno afecta a la sexualización de chicos y chicas – https://theconversation.com/como-el-consumo-precoz-de-porno-afecta-a-la-sexualizacion-de-chicos-y-chicas-266619

‘¡Chica, qué dise!’: el bricolaje lingüístico detrás de la voz de Rosalía

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Elena Fernández de Molina Ortés, Profesora Titular de Lengua Española, Universidad de Granada

Rosalía en un fotograma de “Berghain”. Rosalía/YouTube

En su nuevo single, “Berghain”, adelanto del álbum LUX, Rosalía ha conseguido sorprender al público con una canción que refleja una reinvención musical de la artista. Si bien Rosalía siempre ha experimentado con distintos géneros y subgéneros (flamenco, flamenco fusión, música latina o reguetón), esta nueva propuesta es una declaración de intenciones de la cantante sobre lo que podremos escuchar en su próxima propuesta musical.

Sin embargo, en la forma de cantar de Rosalía no solo ha cambiado la melodía: también ha cambiado su forma de pronunciar. Así, en lugar de utilizar algunos rasgos como el seseo (“¡chica, qué dise!”), la pérdida de la d (“pienso en tu mirá”) o utilizar el spanglish en sus canciones (“estamos worldwide a machete”), Rosalía mantiene en “Berghain” su propia variedad, la del español de Cataluña, y pronuncia azúcar o vienes. Ahora bien, ¿es este un recurso exclusivo de Rosalía?

En realidad, no. Los lingüistas llaman a esto “bricolaje lingüístico”: una capacidad de combinar y adaptar rasgos del habla para construir una identidad. Los artistas lo hacen conscientemente, modificando el acento o el registro según el género que interpretan, y representando una identidad sonora que el oyente espera encontrar.

¿Cambiamos nuestra forma de hablar cuando cantamos?

Los géneros musicales poseen elementos que los definen no solo desde el punto de vista musical. Si pensamos en artistas de pop, rock, hip-hop o reguetón, todos tenemos una imagen muy parecida de ellos teniendo en cuenta aspectos como el vestuario, el peinado o, incluso, la forma de expresarse corporalmente.

Sin embargo, a veces no somos conscientes de que el acento de los cantantes puede definir, también, el género musical. Si pensamos en una canción de reguetón, incluso si la tarareamos, seguro que utilizamos algún rasgo del español caribeño aunque no procedamos esa zona del español: si Bad Bunny dice nuevayol o corasón, nosotros también pronunciaremos su canción así.

Y es que los hablantes, en distintos ámbitos de nuestra vida, cambiamos nuestra forma de expresarnos según el contexto en el que nos encontremos (situaciones más o menos formales), según las personas con las que hablamos (familiares, amigos o desconocidos) y, también, según nuestro propósito comunicativo.

De hecho, un hablante puede cambiar completamente su forma de hablar para acomodarse a su entorno con fines personales o profesionales, como un método de mercado lingüístico. Le sucedió a la cantante española Aitana cuando dio una entrevista con acento colombiano.

Cada género tiene un registro

En la música ocurre algo parecido: los artistas cambian su forma de hablar según aquello que interpretan.

Y es que, a lo largo del tiempo, cada estilo musical va construyendo su propia firma sonora. La historia de cada género, su procedencia geográfica y su evolución originan rasgos lingüísticos que se asocian directamente a la forma de cantar: el flamenco, con el acento andaluz; el reguetón, con rasgos de la variedad caribeña; o la música country o el pop, con el inglés americano.

Con el tiempo, esas características se consolidan y el público acaba reconociéndolas como parte del estilo. Por eso, cuando alguien escucha una canción de reguetón o de flamenco espera inconscientemente encontrar un acento concreto, porque tiene registrados esos rasgos en su memoria cultural.

Los artistas conocen estos registros y, como si fueran actores que interpretan un papel, repiten esas tradiciones y se acomodan lingüísticamente a los patrones ya creados. Es una manera de encajar en el estilo musical y de recibir una respuesta positiva por parte del público mediante un bricolaje lingüístico: una forma creativa de combinar elementos del habla para construir una identidad sonora que encaje en un contexto, en este caso, en un género musical.

El flamenco: la variedad andaluza pronunciada por todos

El flamenco es un ejemplo perfecto de todo esto.

Este género empezó a popularizarse a finales del siglo XIX, cuando cantaores de Andalucía empezaron a actuar en cafés y teatros de forma profesional. El gran interés que despertó este tipo de espectáculos llevó a los flamencos a otras partes de España, y con ello los artistas llevaron consigo su acento andaluz, con rasgos fonéticos tan característicos como el seseo, la aspiración de la s, o el rotacismo, es decir, el cambio de l por r que convierte calma en carma.

Como la interpretación se hacía con acento andaluz, los nuevos cantaores de otras zonas de España lo imitaron, porque el público (y los nuevos cantaores) los identificaban como rasgos propios del género. Fue así como el acento se transformó en un símbolo de identidad artística.

De hecho, aunque el flamenco es un género en constante renovación, tanto en el flamenco puro como en el flamenco fusión se han mantenido sus rasgos más representativos. Y es que ¿quién diría, por ejemplo, que Miguel Poveda es catalán cuando interpreta un palo flamenco? Los patrones lingüísticos del género moldean su interpretación.

Bricolaje lingüístico en la voz de Rosalía

Como hemos dicho al comienzo, Rosalía es un ejemplo claro de cómo el acento puede transformarse según el género musical. Su formación en el cante flamenco y su conocimiento profundo de estos patrones musicales y lingüísticos le han permitido adaptarse con naturalidad a las tradiciones del género. Además, esa familiaridad con el flamenco le ha dado las herramientas para trasladar ciertos rasgos como el seseo, la aspiración o la omisión de sonidos a otros estilos con rasgos lingüísticos similares como el reguetón o la música latina.

En estas fusiones, Rosalía no solo mantiene elementos fonéticos andaluces, sino que también incorpora nuevos recursos como el uso del spanglish o palabras propias del español americano. Su voz se convierte así en un espacio de experimentación donde distintos acentos y lenguas se mezclan, creando una identidad sonora que se acomoda a los diferentes contextos lingüísticos.

En ocasiones incluso integra algunos rasgos fonéticos con una doble intención. Es interesante ver cómo pronuncia la palabra “perla” en uno de los adelantos que ha presentado de su nuevo disco. El cambio de la “r” recuerda a la variedad caribeña, y suena como pel-la. ¿Quizás se refiere a alguien con esta pronunciación?

Fuera del escenario, sin embargo, Rosalía recupera su forma habitual, propia del español hablado en Cataluña. Sin duda, su interpretación muestra que la voz artística es una construcción flexible que cambia con el contexto y con el género; en esa transformación se refleja también su identidad y su consciencia lingüística en la interpretación.

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Elena Fernández de Molina Ortés no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ‘¡Chica, qué dise!’: el bricolaje lingüístico detrás de la voz de Rosalía – https://theconversation.com/chica-que-dise-el-bricolaje-linguistico-detras-de-la-voz-de-rosalia-269203

De las redes sociales a la calle: la ultraderecha española más joven sale en busca del desorden

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Maite Aurrekoetxea Casaus, Profesora Doctora en Sociología en la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas, Universidad de Deusto

En las ultimas semanas, figuras como el influencer Vito Quiles han recorrido universidades y ciudades al grito de “libertad”. Con cámaras en mano y estética de youtuber insurgente y rodeado de seguidores que lo vitorean, ya no se esconden tras la pantalla del movil: la provocación digital se ha hecho carne, y el escenario ya no es un timeline, sino la plaza pública.

La escenografía invierte la estética tradicional de un mitin político. Ya no hay atril, el líder habla desde la calle, entre la multitud como si fuera uno más, pero con el control absoluto del relato y del plano. Cada aparición se convierte en un espectáculo que se graba, se corta y multiplica en las redes.

En algunos actos ondean banderas preconstitucionales, se entonan himnos y se corean lemas que evocan el franquismo. Y, sin embargo, no persiguen un regreso literal al pasado, sino algo más inquietante: la exaltación del desorden como forma de identidad y poder. Su objetivo no es restaurar el franquismo, sino reanimar su estética, vaciarla de historia y llenarla de adrenalina.

Expertos en polarizar

La ultraderecha digital ha aprendido a polarizar: simplificar conflictos, “emocionalizar” los debates y convertir al adversario en enemigo. Ahora ese aprendizaje ha salido del algoritmo para ocupar el espacio físico.

De TikTok y Telegram han pasado al mitin improvisado, del meme a la consigna amplificada con megáfonos. Quiles y otras nuevas figuras de la ultraderecha digital se autoproclaman “libertarios”, pero actúan como emprendedores del caos, disputando la atención mediática mediante escenificaciones calculadas.

Frente a ellos, las respuestas de la ultraizquierda suelen ser reactivas, sin el control simbólico ni la eficacia comunicativa de este nuevo extremismo. No disputan el relato, sino que responden a él, entrando en la lógica del adversario: reaccionan a sus provocaciones, y al hacerlo refuerzan su visibilidad.

Este enfrentamiento no es simétrico: quien domina la narrativa domina también la realidad. Mientras la ultraderecha juega en un terreno comunicativo que domina –la emocionalidad, la provocación, el lenguaje audiovisual–, la izquierda radical sigue apelando a marcos racionales o morales que no generan el mismo impacto emocional ni mediático.

La libertad como grito de guerra

El lema es claro: libertad. Libertad frente a la censura, al feminismo “impositivo”, a la “agenda 2030” o al supuesto adoctrinamiento progresista. Pero esa libertad es un caballo de Troya: se presenta como antisistema, aunque se propaga gracias a los mismos algoritmos y plataformas que sostienen el sistema.

La libertad se vuelve una coreografía de rebeldía que no busca deliberar, sino provocar. En cada vídeo viral se condensan los ingredientes del nuevo populismo juvenil: desafío, emoción y teatralidad.

Los datos ayudan a entender esta deriva. En España, los jóvenes muestran un desencanto creciente con la democracia y una mayor tolerancia hacia actitudes autoritarias. Mientras generaciones anteriores mostraban un compromiso más sólido con la democracia, entre los jóvenes actuales aumenta el apoyo potencial a regímenes autoritarios, sostienen algunos autores.

El enemigo no es un adversario político, sino un símbolo que activa emociones inmediatas: ira, orgullo, nostalgia, miedo. Y esas emociones se amplifican con estética de vídeo en TikTok: banderas, gritos, planos cenitales, frases cortas…

La European Parliament Youth Survey 2024 confirma que los jóvenes europeos priorizan la autoexpresión y los espacios simbólicos sobre la pertenencia partidaria tradicional. A su vez, el informe From Posts to Polls revela que el atractivo del mensaje radical aumenta entre los menores de 25 años, especialmente en el sur de Europa.

Mejor cuanto más escandaloso

Cuando estos influencers anuncian que van a “salir de las redes”, no buscan dialogar: buscan performar la libertad. Su presencia en universidades o plazas es una extensión del algoritmo: quien más escándalo genera, más visibilidad obtiene.

La provocación se ha convertido en marketing político. Su lenguaje es el del clickbait: breve, agresivo, eficaz. Pero lo que venden no es un proyecto, sino un sentimiento: la libertad entendida como rechazo a cualquier límite.

Mientras tanto, la participación democrática se desploma. Solo el 36 % de los menores de 25 años votaron en las elecciones europeas de 2024, frente al 42 % de 2019. En España, la participación total fue del 46,39 %. El Eurobarómetro 2024 confirma ese escepticismo: la mayoría de jóvenes reconoce que votar es importante, pero dudan de que sirva para algo. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE, 2024) añade que el voto se sustituye por formas de participación simbólica, activismo digital, boicot o performance, que generan sensación de acción, pero poca transformación institucional.

Entre el ruido y la democracia

Frente a lo que se pudiera pensar, no asistimos al regreso del franquismo, aunque su escenografía revive en cada bandera y cada consigna. Lo que emerge es una mutación: el populismo digital convertido en espectáculo callejero. Lo que se busca es mantener la tensión y colonizar el imaginario juvenil con una idea adulterada de libertad.

La respuesta no puede ser el silencio ni la réplica airada. La pedagogía democrática debe recuperar el sentido crítico, la escucha y la complejidad. La libertad no se defiende en un grito ni en un tuit, sino en la capacidad de disentir sin destruir.

Mientras las redes se llenan de estas imágenes, la democracia se observa en silencio. Y quizá ese silencio, cómodo, cansado o incrédulo, sea hoy su mayor riesgo.

The Conversation

Maite Aurrekoetxea Casaus no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. De las redes sociales a la calle: la ultraderecha española más joven sale en busca del desorden – https://theconversation.com/de-las-redes-sociales-a-la-calle-la-ultraderecha-espanola-mas-joven-sale-en-busca-del-desorden-269055

¿En qué medida aumentan los anticonceptivos hormonales el riesgo de contraer cáncer de mama?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Carmen Sayon Orea, Investigador Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universidad de Navarra

SeventyFour/Shutterstock

Según la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM), aproximadamente 1 de cada 8 mujeres españolas desarrollará cáncer de mama en algún momento de su vida. El origen de esta enfermedad es complejo: la predisposición genética explica menos del 10 % de los casos, mientras que el 90 % restante se atribuye a factores de riesgo, tanto modificables como no modificables.

Más concretamente, la Sociedad Estadounidense contra el Cáncer estima que el 30 % de los casos se deben a condicionantes que sí pueden controlarse, como el exceso de peso corporal, la inactividad física o el consumo de alcohol. Y en esta categoría, el uso de anticonceptivos hormonales ha atraído la atención de los investigadores al tratarse de una patología que depende básicamente de las hormonas.

Por ejemplo, la SEOM señala: “El uso de terapia hormonal sustitutiva después de la menopausia aumenta el riesgo de cáncer de mama, así como el uso de anticonceptivos orales, aunque el incremento absoluto es bajo”.




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Interrogantes y evidencias

En la actualidad persisten numerosos interrogantes sobre la relación entre la exposición a anticonceptivos hormonales y el riesgo de desarrollar esa dolencia. A pesar de que la Agencia Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer, que forma parte de la OMS, concluyó en junio de 2005 que los contraceptivos hormonales son carcinógenos para el cáncer de mama, de cuello de útero y de hígado, también es cierto que su efecto ha resultado protector frente a cánceres de ovario y endometrio.

Su impacto global continúa siendo controvertido; no hay consenso entre los especialistas. No obstante, destacan algunas investigaciones recientes e importantes que sí han detectado un incremento notable en las probabilidades de desarrollar cáncer de mama.

Así, tres grandes estudios que han seguido a muchos miles de mujeres a largo plazo –el Estudio de la Salud de las Enfermeras II (NHSII, por sus siglas en inglés), el Estudio del Registro Danés de Hormonas Sexuales y el Estudio Nacional Sueco de Mujeres Jóvenes– demostraron un riesgo significativamente superior entre las mujeres que emplearon anticonceptivos hormonales en comparación con las no usuarias.

Revisión exhaustiva

En este contexto, un nuevo estudio elaborado por investigadores de la Universidades de Navarra y Harvard, en colaboración con otras universidades y hospitales, ofrece la revisión sistemática más exhaustiva realizada hasta la fecha para medir la relación entre la duración del uso de anticonceptivos hormonales y el riesgo de desarrollar dicha patología. Publicado en la revista Maturitas, incluye 20 cohortes y 23 informes independientes, en los que participaron más de 5,5 millones de mujeres y se detectaron 72 000 casos de cáncer de mama.

La conclusión de los científicos que hemos participado en este trabajo es que usar píldoras, dispositivos intrauterinos o parches contraceptivos con hormonas durante cinco o más años se asocia con un aumento del 20 % en las probabilidades de desarrollar cáncer de mama. Asimismo, hemos observado que este riesgo no sigue un patrón lineal: se incrementa progresivamente en los primeros cinco años de uso, se estabiliza entre los cinco y diez años y vuelve a subir ligeramente a partir de la década.

La asociación fue más marcada en las mujeres más jóvenes que desarrollaron los tumores de mama más prematuramente, antes de la menopausia. En ellas, dicho aumento de riesgo fue un 41 % superior en comparación con las no usuarias. El estudio también confirma que este incremento, aunque moderado a nivel individual, puede tener un impacto poblacional muy relevante, ya que más de 150 millones de mujeres utilizan esos métodos.

Hallazgos coherentes

Los hallazgos son coherentes con los de varios trabajos de gran escala publicados en las últimas dos décadas. Además, la evidencia está respaldada por los mecanismos biológicos sobre el tejido mamario, como la acción proliferativa de estrógenos y progestágenos, que son precisamente las hormonas sexuales femeninas de los contraceptivos. Tales hormonas se utilizan –en forma sintética y en dosis superiores a las naturales– para bloquear la función natural del ovario. Así se logra que no haya ovulación, además de producir otros efectos.

En resumen, esta investigación respalda la existencia de una asociación entre el uso prolongado de anticonceptivos hormonales y un aumento de las probabilidades de sufrir cáncer de mama. Además, los resultados subrayan la importancia de un asesoramiento individualizado, que tenga en cuenta la historia reproductiva y el perfil de riesgo (mujeres con antecedentes o factores genéticos predisponentes), para valorar con información precisa los posibles beneficios a la luz de los riesgos.

Por otra parte, se requieren estudios adicionales para evaluar los efectos de las formulaciones hormonales más recientes, las vías alternativas de administración y los subtipos moleculares de cáncer de mama. El objetivo es mejorar la comprensión de los mecanismos subyacentes y optimizar las estrategias de prevención.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. ¿En qué medida aumentan los anticonceptivos hormonales el riesgo de contraer cáncer de mama? – https://theconversation.com/en-que-medida-aumentan-los-anticonceptivos-hormonales-el-riesgo-de-contraer-cancer-de-mama-268544

Canada’s food sovereignty depends on better jobs for farmworkers

Source: The Conversation – Canada – By Susanna Klassen, Postdoctoral Researcher, Department of Sociology, University of Victoria

Canada’s ongoing trade dispute with the United States has increased consumer awareness of domestic food products, with some experts arguing that food should be considered a matter of national defence.

While support for buying local food is increasing — one study found two-thirds of Canadians were willing to pay more for local food — there is still much that gets left off the table in conversations about local food.

The “buy local” adage doesn’t address the deeper issues with Canada’s food production systems. Inter-provincial trade barriers, outdated pesticide regulations, food insecurity and other gaps in Canadian food policy all undermine Canada’s ability to build an equitable and sustainable food system.

Most critically, discussions about local food often overlook the very people that make food production possible: farm workers. These workers form the backbone of the agricultural sector, yet many face unsafe working conditions, inadequate pay and exclusion from basic labour protections.

The human cost of agriculture

Improving job quality in agriculture is important not just for the economic viability of regional food systems, but also because agricultural work is notoriously dangerous, dirty, demeaning and devalued.

An increasing proportion of Canada’s agricultural labour — about one-quarter — is performed by migrant workers from the Temporary Foreign Worker program. These workers are tied to their employers, and often face dismissal or repatriation if something goes wrong at work. This institutionalized deportability leaves many farm workers vulnerable to exploitation.




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Agricultural work in Canada is defined by precarity, suppression and exclusion. Workers often face a lack of access to health care, unhealthy living conditions and unsafe workplaces.

This is not by chance. Farm work has historically been exempt from labour-protective laws due to a long-standing belief in agricultural exceptionalism — the idea that because it’s subject to uncontrollable factors such as weather, and contributes to national food security, agriculture should be afforded special state support and regulatory exemptions.

In practice, many believe agricultural work should not be held to the same standards as jobs in other sectors. Farm workers are often excluded from important safeguards in many jurisdictions, like overtime pay.

When combined with precarious immigration status, even the limited protections that farm workers have access to on paper may not be accessible in practice.

Why organic farmers are struggling

To better understand why some employers provide better conditions for hired farm workers, we surveyed organic farmers growing vegetables — a nutritionally important and labour-intensive industry — in British Columbia.

We asked farmers about what motivates their farming decisions, the characteristics of their farm and about their perceptions of how to improve job quality for hired workers.

We focused on organic farmers because organics are often viewed by consumers as more sustainable, and the industry has aligned itself with the value of fairness in Canada, including worker well-being. In theory, organic farmers should be among the most motivated to provide good jobs for their employees.

Despite this ethical alignment, we found that both certified and non-certified organic farms in B.C. scored poorly on most aspects of job quality that we measured, including employment and grievance procedures, paid time off and extended health benefits.

Organic farms performed better on practices related to occupational health and physical strain, such as using strategies to reduce repetitive motion for workers.

The limits of good intentions

Many farmers reported social justice-oriented motivations for job quality improvement, but they were often unable to translate these ideas into practice.

The most commonly reported barrier to improving job quality was cost, while the strongest predictor of better practices was farm economic size, measured by farm revenue and income.

In larger enterprises, investments in infrastructure and procedural improvements to labour quality can be justified because they are perceived to benefit more workers and support more complex farm operations.

However, the link between larger farms and higher job quality may belie another relationship: bigger farms are better positioned to hire workers through the Temporary Foreign Worker Program, which has specific requirements for wages and terms of employment. At the same time, the program produces power imbalances that can lead to the mistreatment and structural disempowerment of migrant workers, which is certainly bad for job quality.

Our results also suggest that the price premiums from selling food organically don’t appear to be enough to overcome the perceived financial barriers of implementing job quality measures.

A resilient and affordable food system depends on good quality jobs in agriculture. Failing to address job quality for farm workers is a missed opportunity. Many low-cost improvements to support safe and decent working conditions exist, and programs to ensure living wages for farm workers should ensure organic and ecologically produced food is affordable for all Canadians.

The Conversation

Susanna Klassen receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada.

Hannah Wittman receives funding from Social Sciences and Humanities Research Council of Canada.

ref. Canada’s food sovereignty depends on better jobs for farmworkers – https://theconversation.com/canadas-food-sovereignty-depends-on-better-jobs-for-farmworkers-268166

Boys do cry: The Toronto Blue Jays challenge sport’s toxic masculinity with displays of love and emotion

Source: The Conversation – Canada – By Michael Kehler, Research Professor, Masculinities Studies, School of Education, University of Calgary

In a marathon Game 7 of the 2025 World Series at the Rogers Centre, the Toronto Blue Jays fell to the Los Angeles Dodgers in 11 innings. It was a devastating finish to a series defined by unforgettable plays.

The series left fans with indelible memories of hits, runs and near-misses — unbelievable and inexplicable moments that few will forget in the years to come. But that wasn’t all the stood out.

From chants for Vladdy — first baseman Vladimir Guerrero Jr. — to calls for a “Springer Dinger” from designated hitter George Springer, fans also witnessed something deeper: the unmistakable emotional connection among these elite male athletes.

In a post-Game 7 interview, utility player Ernie Clement tearfully expressed his love for his teammates while acknowledging the emotional toll of the series.

Blue Jays discuss their World Series loss. (CTV News)

Pitcher Chris Bassitt described the bond between the team as “true love.” The sentiment echoed by many of the players was one of love, gratitude and deep friendship — qualities often reserved, if rarely expressed, among men for other men.

With the public outpouring of elation, tears and unabashed love, we are left to wonder if men’s sport culture is beginning to move beyond the toxic masculinity that has too often dominated headlines.

Rather than uphold a dominant, all-too-familiar hyper-masculine image of male athletic competitors, this years’ World Series might have opened our eyes to a counter-narrative in sport.

Masculinity and sport in Canada

Our expectations of sport culture and masculinity in Canada have largely been defined by Canada’s other national pride, hockey. Its narratives frequently valourize toughness, stoicism and physical dominance, reinforcing a narrow vision of what it means to “be a man” in sport.

Recent controversies, including Hockey Canada’s failure to address sexual assault allegations and the misuse of registration fees to settle claims, have highlighted how entrenched these norms can be.

Research shows that boys and men yearn for close male friendships. Yet in national sport, we rarely see the close intimacy, level of support and caring that were evident among the Blue Jays this year.

Men are expected to compete, not care, especially in the gladiatorial arenas of sport.

The more common, and often troubling, side of male bonding in sport has been associated with violence, aggression and locker room cases of bullying, homophobia and misogyny.

A different model of male bonding

While sport culture is often centred around competition, dominance and showmanship, interactions among the Blue Jays gave a rare glimpse at how sport culture could be different among men.

A recurring theme among all players was a genuine sense of caring for one another. “It’s not very often you get a group together that genuinely likes one another and genuinely cares about one another,” said Blue Jays manager John Schneider after Game 7.

The media and fans were drawn to what appears to be an authentically, emotionally connected group of men. Globe and Mail reporter Marcus Gee called it a “fellowship,” noting how much the players “liked each other.”

Individually and collectively, the Blue Jays were emotionally vulnerable. Gee suggested the lesson the Jays offered was “the power of unity, the power of connection, the power of love.” Whether we call it connection, love or fellowship, there is no mistake that what fans witnessed was a rare and possibly enduring lesson also about sport, masculinity and caring.

Challenging traditional masculinity

Research has shown that while boys and men are aware of the expectations for fitting in and being accepted among their peers, they also have the capacity to resist conventions of sport masculinity. Male athletes can resist the cultural norms associated with being “one of the boys.”

What we witnessed among the Blue Jays’ players was a rare public display of affection and intimacy in sport, going beyond sportsmanship, camaraderie and fellowship. The relationships, respect, friendships and love went beyond the implicit licence granted by being on the field to hug another player.

The traditional codes of masculinity when among the boys were disturbed and maybe challenged by repeated expressions of affection that men regularly avoid off the field.

The level of respect and outpouring of support along with the kindness of words signalled ways that men and boys can resist narratives of stoicism and the enduring challenge of expressing themselves.

There are indeed important lessons that sports fans might all take away along with the vivid memories of this World Series — lessons of caring among men.




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The power of friendship

Images of Guerrero Jr. hugging rookie pitcher Trey Yesavage, the emotional honesty of Clement and the visible love the Blue Jays have for their teammates remind us of the significance of friendships among boys and men, and the power of healthy relationships in which men care for, and about, others.

Sport culture among men and boys is historically a bastion of elite, privileged masculinities. Too often, boys and men are complicit in the lessons we learn about being accepted, about belonging among the boys, about being like the rest of the boys.

Men often fear the isolation and alienation if they do not subscribe to the rules and norms typically promoted and upheld in sport culture, echoed in chants of “man up” or “no pain, no gain.”

Perhaps one of the greatest lessons from this World Series was captured in one final image: a red-haired boy collapsed in tears with his father resting his hand on his back, considering the future, not of sport, but of a son able to cry openly, unashamedly.

The Conversation

Michael Kehler does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Boys do cry: The Toronto Blue Jays challenge sport’s toxic masculinity with displays of love and emotion – https://theconversation.com/boys-do-cry-the-toronto-blue-jays-challenge-sports-toxic-masculinity-with-displays-of-love-and-emotion-268971

Why Bill Gates’ climate memo is being celebrated by skeptics while frustrating scientists

Source: The Conversation – Canada – By Ryan M. Katz-Rosene, Associate Professor, School of Political Studies, with Cross-Appointment to Geography, Environment and Geomatics, L’Université d’Ottawa/University of Ottawa

Shortly before COP30 talks begin in Brazil, tech billionaire and philanthropist Bill Gates has launched a “narrative grenade” into the discourse of climate politics by publishing a lengthy memo calling for a rethink of how the climate crisis is framed and addressed.

Gates calls for a “strategic pivot” in climate strategy. That appears to have hit a nerve. Both social and traditional media were ablaze with erroneous assertions about Gates’ supposed reversal of opinion on climate change.

Despite reaffirming support for ambitious decarbonization, his letter is being celebrated by climate skeptics while angering some climate scientists. United States President Donald Trump weighed in, writing: “I (WE!) just won the War on the Climate Change Hoax. Bill Gates has finally admitted that he was completely WRONG on the issue.”

This is false. Gates makes no such admission. In fact, he specifically writes that “climate change will have serious consequences — particularly for people in the poorest countries.” He emphasizes that “every tenth of a degree of heating that we prevent is hugely beneficial because a stable climate makes it easier to improve people’s lives.”

Gates goes further, calling for major investments into global health and development (particularly on vaccines), and expresses continued support for pursuing net zero carbon emissions — all of which seems to fly in the face of Trump’s climate and foreign aid agenda.

Given this, why are so many climate skeptics celebrating Gates’ letter? And why are some climate scientists frustrated, despite his steadfast support for decarbonization?

What the memo actually says

The core of Gates’ memo is a request for climate negotiators to consider “three truths:”

First, that they consider climate change a “serious problem” but not the inevitable “end of civilization.”

Second, that temperature targets like the 2015 Paris Agreement’s focus on limiting warming below 2 C are not the best goalposts for measuring progress on climate change.

And third, that the best way to defend humanity against climate change is to pursue global health and economic prosperity.

The centrepiece of Gates’ analysis is the claim that technological innovations — like electric vehicles, renewable energy and battery storage —have already started to reduce the carbon intensity of global economic activity and that new, more consequential innovations in the future will be driven by economic development and healthy societies.

He provides as evidence changes in the International Energy Agency’s (IEA) carbon dioxide emissions forecasts — pointing out that a 2014 IEA projection expected significant growth in emissions, while a 2024 projection now sees significant reductions (though some commentators have contested Gates’ interpretation on this specific point).

Gates wants readers to know progress is being made on climate change thanks to growth and technological innovation, and as such, the “worst-case scenarios” are no longer plausible.

Why climate skeptics see this as a win

It is Gates’ initial framing — that climate change is “not the end of the world” — that seems to have resonated most strongly with climate skeptics. The memo begins by critiquing the “doomsday view” that “cataclysmic climate change will decimate civilization.” Instead, he argues that “people will be able to live and thrive in most places on Earth for the foreseeable future.”

From that point, climate contrarians seized on the memo. One of the largest conspiracy accounts on X falsely declared that “today Bill Gates admitted himself that Climate Change is all a lie.” Others followed suit.

Even media outlets contributed to the confusion, with Futurism running an article with the deeply misleading headline “Bill Gates Says Climate Change Isn’t So Bad After All.”

This reaction is not surprising. The claim that climate change is not a civilization-ending threat aligns closely with long-standing skeptic rhetoric that mainstream climate science relies on fear to justify politically motivated change.

Research shows that climate skeptics interpret the issue through black-and-white thinking, where cognitive binaries are used to help simplify complex systems.

Within this world view, if climate change is not apocalyptic, then it can be dismissed as exaggerated, and by extension, climate policy is unnecessary, or worse, a cover for social control.

Why some climate scientists are frustrated

The idea that climate change will not literally end civilization is not new — even for Gates. In my own work on the growth-environment debate, I’ve shown how dominant sustainability discourses have long rested on the assumption that even the most pressing environmental problems can be managed, and that economic growth and technological innovation are the best means of addressing them.

For some climate scientists, however, Gates’ memo places too much emphasis on technology — especially exploratory and high-risk technologies like small modular reactors, carbon capture and storage, and geoengineering.

The worry, as climate scientist Michael Mann expressed in reference to the Gates memo, is that this focus on “technofixes for the climate … leads us down a dangerous road,” because such approaches can distract from proven mitigation strategies and provide cover for continued business-as-usual burning of fossil fuels.

Other climate scientists found the memo downplayed the severity of global warming seen to date, not least the warming expected by the end of this century (which, in Gates’ telling could be up to +2.9 C above the pre-industrial era).

For instance, scientist Daniel Swain noted his “dismay and deep frustration” about the framing in Gates’ memo (despite agreeing with some of its central claims), precisely for glossing over the known harms and systemic risks that lie ahead. Swain invoked the late environmental studies professor Stephen Schneider’s reminder that when it comes to global warming, “the end of the world” and “good for humanity” are the two lowest-probability outcomes.

What now?

Like a dazed battlefield after a grenade is detonated, the terrain of climate politics has been unsettled by Gates’ missive, but it is not altogether transformed. The debate will continue. Skeptics will likely add screenshots of misleading headlines about Gates’ “admission” to their repertoire of doubt-casting memes.

Climate scientists, meanwhile, will continue to grapple with the difficult task of communicating climate risk, urgency and uncertainty, in a political environment that is not well-suited to nuance and complexity.

The memo does not change the science. But it does reveal how sensitive climate politics is to framing, and how the same message can become ammunition for very different projects.

The Conversation

Ryan M. Katz-Rosene was the recipient of an Insight grant from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada to study discourses of the growth-environment debate.

ref. Why Bill Gates’ climate memo is being celebrated by skeptics while frustrating scientists – https://theconversation.com/why-bill-gates-climate-memo-is-being-celebrated-by-skeptics-while-frustrating-scientists-268940

Le Mali bientôt sous contrôle djihadiste ? Analyse d’une rhétorique alarmiste

Source: The Conversation – in French – By Boubacar Haidara, Chercheur sénior au Bonn International centre for conflict studies (BICC) ; Chercheur associé au laboratoire Les Afriques dans le Monde (LAM), Sciences-Po Bordeaux., Université Bordeaux Montaigne

Les djihadistes parviennent à s’emparer de petites localités rurales et à commettre des attaques meurtrières. Ils arrivent aussi à incendier une partie des camions-citernes destinés à Bamako. Mais à ce stade, ils sont loin d’avoir les moyens de prendre la capitale.


Début septembre 2025, le Groupe de soutien à l’islam et aux musulmans (Jama’at Nusrat ul-Islam wa al-Muslimin, JNIM) a annoncé – par la voix de son porte-parole pour les actions dans le sud et l’ouest du Mali, connu sous le pseudonyme Abou Hamza al-Bambari, mais désigné par les Maliens sous le nom de Nabi ou Bina Diarra – un embargo sur le carburant destiné à la capitale malienne Bamako.

Cette décision s’inscrivait dans une logique de représailles face à l’interdiction imposée plus tôt par le gouvernement malien à la vente de carburant dans certaines localités, dans le but d’entraver les circuits d’approvisionnement des groupes djihadistes. Cet élément revêt une importance essentielle pour appréhender les intentions réelles du JNIM.

Depuis, le JNIM a mis sa menace à exécution en menant des attaques répétées contre les convois de camions-citernes reliant Dakar et Abidjan, sources d’approvisionnement en carburant pour Bamako.

Si le groupe est parvenu à infliger des pertes significatives en détruisant de nombreux camions-citernes, le blocus qu’il exerce n’est toutefois pas totalement hermétique. En effet, certains convois, bénéficiant de l’escorte des Forces armées maliennes (FAMa), parviennent encore à rejoindre Bamako, bien que leur nombre soit insuffisant pour satisfaire la demande nationale. La situation est d’autant plus critique que l’approvisionnement en carburant de plusieurs régions, notamment Ségou et Mopti (dans le centre du pays), dépend du passage préalable des camions-citernes par la capitale.

La tâche est particulièrement difficile pour les FAMa, qui affrontent des ennemis « invisibles », très mobiles, et ayant l’avantage de la guerre asymétrique. Concrètement, cela veut dire que le JNIM n’a besoin que de positionner quelques dizaines de combattants à des points stratégiques des axes routiers concernés pour qu’ils ouvrent le feu sur les camions-citernes de passage. Même escortés par les FAMa, ces convois restent exposés, le caractère hautement inflammable du carburant rendant toute opération de protection particulièrement risquée.

Cette situation a entraîné des conséquences particulièrement graves, le carburant étant au cœur de toutes les activités du pays. Les scènes impressionnantes de camions-citernes en feu le long des routes, de foules de Maliens se ruant vers les rares stations encore approvisionnées et de files interminables de véhicules attendant d’être servis ont donné l’image d’une paralysie totale de la capitale, ainsi que d’autres villes de l’intérieur.

Ce climat de crise a nourri certaines des hypothèses les plus alarmistes. Le Wall Street Journal – suivi d’autres médias – a par exemple titré, à propos du Mali : « Al-Qaida est sur le point de prendre le contrôle d’un pays ». Dans la foulée, plusieurs gouvernements – notamment ceux des États-Unis, de l’Italie, du Royaume-Uni ou encore de l’Allemagne – ont appelé leurs ressortissants à quitter immédiatement le Mali.

En réalité, l’hypothèse de « la filiale locale d’Al-Qaida » qui renverserait le pouvoir malien n’est pas nouvelle. Elle figurait déjà parmi les « scénarios noirs » envisagés par l’armée française en 2023.

Le Mali va-t-il bientôt être gouverné par le JNIM ?

Ce scénario apparaît, à ce stade, hautement improbable.

Comme indiqué précédemment, la crise que connaît actuellement le Mali, consécutive aux récentes actions du JNIM autour de Bamako, ne saurait être considérée comme la démonstration d’un déploiement de moyens militaires exceptionnels susceptibles de permettre la prise de la capitale. On pourrait même penser que le JNIM lui-même a été surpris par l’ampleur inattendue des conséquences de ses actions autour de Bamako, lesquelles, en réalité, ne requéraient pas de moyens militaires particulièrement importants.

Au-delà de cet aspect, aucun élément crédible – depuis la création du JNIM en 2017, et à la lumière de l’analyse de son modus operandi au Mali – ne permet de soutenir raisonnablement une telle hypothèse à court ou moyen terme.

L’annonce alarmiste d’une éventuelle prise de contrôle du Mali par ce groupe, dans la perspective de gouverner le pays, revient à accorder une importance excessive aux conséquences, certes spectaculaires, d’une crise ponctuelle, plutôt qu’à une évaluation globale des actions du JNIM, et des capacités réelles que révèle sa force militaire observable.

La pertinence du modus operandi du JNIM face aux exigences de la gouvernance urbaine

Pour rappel, au déclenchement de la guerre au Mali en 2012, plusieurs groupes djihadistes avaient pris le contrôle de zones urbaines dans le nord du pays, à une période où l’armée malienne se distinguait par une faiblesse particulièrement marquée.

Au cours des années suivantes, le Mali a connu de nombreuses interventions internationales, tant civiles que militaires, qui se sont poursuivies jusqu’à la fin de l’année 2022. Durant cette période, les Forces armées maliennes (FAMa) ont considérablement augmenté leurs effectifs, bénéficié de programmes de formation et acquis une expérience opérationnelle soutenue par une guerre continue depuis 2012. Le renforcement du partenariat militaire avec la Russie, amorcé à la fin de 2021, leur a en outre permis de réaliser d’importantes acquisitions en matière d’armement terrestre et aérien, transformant profondément leurs capacités et leur image par rapport à celles qu’elles présentaient en 2012.

Le principal défi auquel sont confrontées les FAMa réside dans leurs contraintes numériques en matière de déploiement sur un territoire national particulièrement vaste – plus de 1 240 000 km2. Cette réalité a offert au JNIM, ainsi qu’à d’autres groupes armés similaires, l’opportunité d’établir leurs bastions dans de nombreuses localités rurales. Malgré cette situation, le JNIM – dont les effectifs sont estimés entre 5 000 et 6 000 combattants – n’a toutefois jamais réussi à s’emparer d’un chef-lieu de région ni même de cercle (subdivision de la région), que ce soit dans le centre ou dans le nord du Mali, pourtant considérés comme ses zones d’influence privilégiées.

Une question s’impose dès lors : pourquoi le JNIM choisirait-il d’ignorer ces étapes intermédiaires – pourtant essentielles à toute préparation en vue d’une éventuelle gouvernance du Mali – pour tenter de s’emparer directement de Bamako, une capitale de 3,5 millions d’habitants abritant une forte concentration de camps militaires et représentant, de ce fait, un objectif particulièrement ambitieux ? La réponse semble évidente. Si le JNIM parvient à imposer son emprise dans les zones rurales, c’est avant tout en raison de l’absence des FAMa, une situation bien différente de celle observée dans les centres urbains, où la présence de l’État et des forces armées demeure plus marquée.

Cela étant, il convient de préciser qu’il existe très peu, voire aucune, ville malienne où le JNIM serait incapable de mener des attaques surprises contre les FAMa ou d’autres symboles de l’État. Les attaques conduites contre le camp de Kati en juillet 2022, l’aéroport ou encore l’école de gendarmerie de Bamako en septembre 2024 en sont des exemples révélateurs. Ces actions sont rendues possibles par la nature même de la guerre asymétrique, qui confère au groupe un avantage tactique certain.

Certaines attaques dirigées contre des camps militaires se sont caractérisées par un degré de violence particulièrement élevé. C’est par exemple le cas de celle qui a visé le camp de Boulikessi, le 1er juin 2025, à l’issue de laquelle le JNIM a annoncé avoir tué plus de 100 soldats maliens, sans compter ceux qui auraient été capturés. Le surnombre de combattants du JNIM mobilisés à ces occasions, conjugué à l’effet de surprise, a souvent réduit considérablement les capacités de riposte des forces visées. Néanmoins, il apparaît hasardeux de déduire, sur la seule base de ce type de succès tactiques, que le JNIM dispose d’une capacité militaire suffisante pour prendre le contrôle du Mali.

À ce mode opératoire du JNIM s’ajoute la mise en œuvre récurrente de blocus imposés à certaines localités – la même méthode actuellement appliquée à Bamako, mais déjà expérimentée dans plusieurs autres zones du pays.

Comment fonctionne un blocus, concrètement ?

Lorsqu’il souhaite sanctionner une localité donnée, pour une raison ou une autre, le JNIM instaure un blocus en interdisant tout mouvement vers ou depuis celle-ci. Quelques combattants suffisent souvent pour patrouiller les environs et tirer sur toute personne tentant de franchir la zone. Progressivement, la localité ainsi isolée se retrouve privée de produits essentiels et confrontée à des pénuries croissantes. L’intervention de l’armée dans ce type de situation s’avère particulièrement complexe, car elle fait face à un ennemi invisible : les combattants du JNIM se dispersent dès qu’ils se sentent menacés par l’approche des FAMa, et réapparaissent dès que les conditions leur deviennent favorables.

Il ne s’agit donc pas de groupes territorialisés assurant une présence permanente, mais d’unités mobiles et insaisissables, évitant tout affrontement direct avec les forces armées. Confrontées à la difficulté de sortir de telles situations et pour mettre fin à leurs souffrances, plusieurs localités placées sous blocus ont finalement accepté de signer des accords avec le JNIM, s’engageant à respecter les règles qu’il imposait. Il s’agit des fameux « accords locaux de paix », désormais conclus sous forte contrainte dans de nombreuses localités maliennes. L’accord le plus emblématique est celui conclu à Farabougou, qui avait abouti à la levée du blocus imposé par le JNIM sur la localité.

Selon les contextes, ces arrangements imposent aux populations locales divers engagements : versement de la zakat au profit du JNIM, fermeture des écoles, adoption d’un code vestimentaire strict, séparation des hommes et des femmes, libre circulation des combattants armés dans le village, ainsi que la possibilité pour eux de prêcher dans les mosquées. Dans certains cas, les djihadistes exigent également que les habitants leur servent d’informateurs contre les FAMa. Ce mécanisme explique en grande partie le renforcement du JNIM dans les zones rurales, en l’absence d’un déploiement effectif des forces de défense et de sécurité.

Le mode opératoire du JNIM, tel que détaillé ci-dessus, n’indique pas qu’il dispose d’une capacité militaire lui permettant de prendre le contrôle d’une ville de l’ampleur de Bamako, hormis dans l’éventualité où le groupe démontrerait, de manière inattendue, une puissance militaire jusque-là inconnue, surpassant celle des FAMa. Une telle évolution impliquerait également un changement majeur dans sa conduite de la guerre, passant d’opérations asymétriques à un affrontement conventionnel, exposant alors les combattants du JNIM à la pleine force de frappe de l’armée malienne.

Chute du pouvoir ou prise de Bamako : quel est l’objectif réel ?

Au regard de ce qui précède, il paraît plus raisonnable de considérer que le JNIM chercherait davantage à provoquer la chute du pouvoir qu’à s’emparer de Bamako, misant sur l’éventualité qu’une aggravation des difficultés liées à la crise du carburant puisse susciter un soulèvement populaire contre les autorités en place.

Le cas échéant, il convient de noter qu’une telle anticipation pourrait produire l’effet inverse de celui recherché, en renforçant plutôt la solidarité des Maliens autour du pouvoir face au JNIM ; une tendance déjà observable à Bamako malgré les difficultés. En tout état de cause, l’hypothèse d’une prise de pouvoir par le JNIM n’est pas du tout envisagée à Bamako, une ville dont le mode de vie reste, pour l’essentiel, aux antipodes des exigences d’une éventuelle gouvernance du groupe, basée sur l’application stricte d’une vision rigoriste de l’islam.

En conclusion, l’analyse du modus operandi du JNIM, de sa capacité militaire et de son implantation territoriale montre que le groupe demeure essentiellement limité aux zones rurales, où l’absence des forces de défense et de sécurité lui permet d’exercer une influence relative. Les tactiques qu’il déploie – blocus, attaques surprises et accords locaux de paix sous contrainte – bien qu’efficaces pour asseoir son contrôle local, ne traduisent en rien une capacité à prendre le contrôle d’une grande ville comme Bamako, ni à gouverner un État complexe.

Les forces armées maliennes, renforcées et mieux équipées depuis 2012, continuent de constituer un obstacle majeur à toute expansion urbaine du JNIM. Par ailleurs, la société bamakoise, attachée à un mode de vie largement incompatible avec l’application d’une vision rigoriste de l’islam, limite l’attrait d’un éventuel contrôle du groupe sur la capitale. Bien que le JNIM puisse continuer à exercer une pression asymétrique et ponctuelle, et parfois spectaculaire, l’hypothèse d’une prise de pouvoir dans les centres urbains reste hautement improbable, et l’impact stratégique du groupe doit être évalué à l’aune de ses forces réelles et de ses contraintes opérationnelles.

The Conversation

Boubacar Haidara ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Le Mali bientôt sous contrôle djihadiste ? Analyse d’une rhétorique alarmiste – https://theconversation.com/le-mali-bientot-sous-controle-djihadiste-analyse-dune-rhetorique-alarmiste-269009

Intelligences collectives au siècle des Lumières : parterres de théâtre et foules séditieuses

Source: The Conversation – in French – By Charline Granger, chargée de recherche, Centre national de la recherche scientifique (CNRS)

Le parterre de théâtre, un laboratoire à partir duquel réfléchir aux conditions d’apparition du consensus. BNF, Arts du spectacle, FOL-O-ICO-412

À l’heure où les chaînes parlementaires diffusent des débats houleux à l’Assemblée nationale, alors que le consensus, dans une France politiquement déchirée, semble un horizon de plus en plus inaccessible, des théoriciens et dramaturges se sont demandé, à l’orée de la Révolution française, si et comment une opinion majoritaire pouvait émerger d’une foule d’individus hétérogènes. Les milieux clos que constituent des salles de théâtre furent un laboratoire opportun pour penser la contagion émotionnelle et l’apparition d’une intelligence collective.


Les salles de spectacle des XVIIe et XVIIIe siècles en France sont très différentes de celles auxquelles nous sommes habitués. De grands lustres éclairent indistinctement la scène et la salle, on entre et on sort en cours de spectacle et, surtout, plus de 80 % des spectateurs sont debout, dans le vaste espace qui se trouve en contrebas de la scène et qu’on appelle le parterre.

Ce public, composé uniquement d’hommes, est particulièrement tumultueux. Ils sifflent, baillent, hurlent, s’interpellent, prennent à parti les acteurs, interrompent la représentation. Aussi sont-ils régulièrement et vivement critiqués, par exemple en 1780, dans un des plus grands journaux de l’époque où le parterre est assimilé à une « multitude de jeunes insensés pour la plupart, tumultuairement sur leurs pieds crottés » : les pieds sont « crottés », parce que ces spectateurs, quoiqu’aux profils sociologiques variés, ne sont pas des membres de la noblesse, qui se trouvent majoritairement dans les loges.

Une multitude pleine de promesses

Pourtant, à partir de la deuxième moitié du XVIIIe siècle, cette multitude est de plus en plus perçue par certains dramaturges et philosophes comme pleine de promesses : le tumulte qu’elle produit, au fond, serait une énergie qu’il suffit de savoir canaliser. En 1777, Marmontel, homme de lettres proche du courant des Lumières, s’ébahit de la force que recèlent les manifestations de ces spectateurs rassemblés :

« Ce que l’émotion commune d’une multitude assemblée et pressée ajoute à l’émotion particulière ne peut se calculer : qu’on se figure cinq cents miroirs se renvoyant l’un à l’autre la lumière qu’ils réfléchissent, ou cinq cents échos le même son. »

C’est que, selon lui, l’exemple est contagieux : on rit de voir rire, on pleure de voir pleurer, on bâille de voir bâiller. Les émotions sont démultipliées et, surtout, tendent à converger collectivement vers l’expression d’une seule et même émotion.

Les parterres de théâtre deviennent ainsi les laboratoires à partir desquels réfléchir aux conditions d’apparition du consensus. Car c’est dans le bouillonnement de la séance théâtrale, alors que les individus sont serrés, qu’ils ont bien souvent trop chaud et qu’ils sont gênés par une position très inconfortable, qu’une émotion puissante se communique.

Aux antipodes du jugement à froid, apparaîtrait alors une intelligence collective proprement émotionnelle, grâce à la circulation d’une énergie qui échappe à la partie la plus rationnelle de la raison. Toujours d’après Marmontel, une telle contagion des émotions donne naissance à un jugement de goût aussi fulgurant que juste : « On est surpris de voir avec quelle vivacité unanime et soudaine tous les traits de finesse, de délicatesse, de grandeur d’âme et d’héroïsme […] [sont] saisi[s] dans l’instant même par cinq cents hommes à la fois ; et de même avec quelle sagacité les fautes les plus légères […] contre le goût […] sont aperçues par une classe d’hommes dont chacun pris séparément semble ne se douter de rien de tout cela ».

Échos avec la physique de l’époque

La valorisation de cette émotion collective unifiée se fonde en grande partie sur les travaux contemporains menés sur l’électricité. Ou plutôt, sur ce qu’on appelle alors le fluide électrique, dont les physiciens Jean-Antoine Nollet et François Boissier de Sauvages montrent, entre autres, qu’il s’apparente au fluide nerveux. L’objet recevant le choc électrique devenant lui-même une source électrique, il est à son tour susceptible d’en électriser d’autres.

Cette conductivité est une caractéristique majeure de l’électricité.

Du phénomène physique à la métaphore, il n’y a qu’un pas et l’électricité est convoquée pour désigner l’unanimité qui se produit parmi les spectateurs. Marmontel affirme que « c’est surtout dans le parterre, et dans le parterre debout, que cette espèce d’électricité est soudaine, forte, et rapide ».

Le dramaturge Louis-Sébastien Mercier constate avec dépit, après que la Comédie-Française a fait installer des sièges au parterre et que les spectateurs ont été forcés de s’asseoir, que l’« électricité est rompue, depuis que les banquettes ne permettent plus aux têtes de se toucher et de se mêler ».

Une illustration tirée de l’Essai sur l’électricité des corps, par M. l’abbé Nollet, de l’Académie royale des sciences. Seconde édition, 1765.
BNF Gallica

Cette image d’une foule d’individus saisis par une même impulsion, Marmontel et Mercier ne l’inventent pas. Ils la tirent de scènes d’électrisations collectives qui sont depuis quelques décennies un véritable phénomène mondain. Le savant Pierre van Musschenbrœk se fait connaître par l’expérience connue sous le nom de « bouteille de Leyde », condensateur qui permet de délivrer une commotion générale et instantanée à une chaîne d’individus se tenant par la main : le fluide électrique, se manifestant à la surface par des étincelles, se transmet à travers l’organisme et relie entre eux des corps distincts. Après l’abbé Nollet, Joseph Priestley, qui mène des expérimentations analogues où un groupe d’individus forme une sorte de ronde, constate qu’« il est souvent fort amusant de les voir tressaillir dans le même instant ».

Un superorganisme fantasmé

La mise au jour, par le biais du modèle électrique, de cette intelligence collective dans les salles de théâtre a des implications politiques. Si, d’après ce modèle, les spectateurs du parterre ayant renoncé à leur aisance physique individuelle peuvent espérer former une véritable communauté, sensible et unifiée par la circulation d’un même fluide en son sein, c’est parce que la posture du spectateur, debout ou assis, ainsi que l’espace dans lequel il se trouve, ouvert ou fermé, sont les révélateurs de la capacité de ces publics à constituer un véritable organe politique et à représenter le peuple.

La Petite Loge (1776 ou 1779), de Charles-Emmanuel Patas (1744-1802), Troisième suite d’estampes pour servir à l’Histoire des modes et du costume en France dans le XVIIIᵉ siècle (1783), gravure de Jean-Michel Moreau, dit Moreau le Jeune.
BNF Gallica.

Les spectateurs debout au parterre s’opposent aux spectateurs assis dans les loges : ces places onéreuses forment de petites alvéoles qui compartimentent et divisent le public, alors que les spectateurs du parterre font corps les uns avec les autres dans un large espace fait pour les accueillir tous en même temps.

L’électricité se répandant de manière homogène entre tous les corps, le parterre n’est plus alors considéré comme la juxtaposition hétérogène de spectateurs, mais comme un corps cohérent qui pense et qui sent d’un seul mouvement. Le caractère holistique de cette proposition, qui veut que le tout soit plus que la somme de ses parties, dit bien combien le modèle promu par Marmontel et Mercier est une projection idéalisée de la société.

Expérience de la bouteille de Leyde, Louis-Sébastien Jacquet de Malzet, In Précis de l’électricité ou Extrait expérimental et théorétique des phénomènes électriques, Vienne, J. T.de Trattnern, [1775], planche V, fig. 36.
CNUM/CNAM

À l’aube de la Révolution française, le tumulte d’une foule désordonnée a pu être pensé comme une énergie susceptible de faire naître une véritable cohésion politique à partir d’un consensus relatif, qui se construit contre un autre groupe. Alors que le contexte politique fabriquait déjà, inévitablement, des fractures françaises, la salle de théâtre s’est présentée comme le laboratoire où pourrait s’incarner en acte, dans un espace restreint, une fiction de société, fondée sur une intelligence collective non rationnelle. Cette intuition « met en relation » (inter-legere), littéralement, les membres de l’assemblée qui baignent dans le fluide électrique, en excluant les autres, ceux qui n’occupent pas le parterre et qui incarnent, de manière si visible, les hiérarchies et les iniquités de l’Ancien Régime.

Ce superorganisme, qui illustre le jugement éclairé de la multitude, fut certainement plus rêvé que réel. Mais il a eu le mérite de tenter de figurer un temps l’émergence d’un groupe dont il fallait prouver à la fois l’unité et la légitimité politiques.


Cet article est publié dans le cadre de la Fête de la science (qui a lieu du 3 au 13 octobre 2025), dont The Conversation France est partenaire. Cette nouvelle édition porte sur la thématique « Intelligence(s) ». Retrouvez tous les événements de votre région sur le site Fetedelascience.fr.

The Conversation

Charline Granger a reçu une subvention publique de l’ANR.

ref. Intelligences collectives au siècle des Lumières : parterres de théâtre et foules séditieuses – https://theconversation.com/intelligences-collectives-au-siecle-des-lumieres-parterres-de-theatre-et-foules-seditieuses-267364