La conciliación es un asunto de derechos y corresponsabilidad y no de organización individual

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pedro César Martínez Morán, Director del Master in Talent Management de Advantere School of Management / Profesor asociado de la Facultad de Ciencias Economicas y Empresariales, Universidad Pontificia Comillas

David Pereiras/shutterstock

La conciliación es un determinante clave en el desarrollo personal, social, profesional y económico de las personas que sigue recayendo mayoritariamente en las mujeres.

En España, cada 23 de marzo se celebra el Día Nacional de la Conciliación y la Corresponsabilidad. Es un buen momento para hacer balance sobre la paridad de género. Para ello, analizamos los resultados del índice Closingap, que mide anualmente el impacto de las brechas de género en el PIB del país y analiza cinco ámbitos clave: empleo, educación, salud y bienestar, conciliación y digitalización.

Los costes de la conciliación para el empleo femenino

Al limitar la plena participación femenina en el mercado laboral, asumir las funciones de cuidado genera un coste de oportunidad anual superior a los 95 000 millones de euros en PIB perdido. Si en el mercado laboral no hubiera brecha de género (en participación, duración de la jornada y productividad), el PIB se incrementaría un 17 % (con datos de 2024).

Su edición 2026 muestra una paridad global del 65,7 % y hace una estimación de que serían necesarios 36 años para cerrar dicha brecha. La conciliación, con solo un 44,2 % de paridad, muestra un retroceso de 0,2 puntos respecto a 2025.

Razones del trabajo a tiempo parcial (2024).
Fuente: INE

Tiempos de trabajo y conciliación

El tiempo parcial de trabajo destinado a los cuidados y la conciliación es asumido mayoritariamente por las mujeres, frenando la progresión profesional y económica femenina, y tiene implicaciones en su salud y bienestar de las mujeres.




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De la conciliación a la corresponsabilidad en los cuidados: hacia una sociedad más justa y equilibrada


Desafíos de fondo: del gesto a la estructura

Mejorar la conciliación pasa por:

  • Transformar la organización del trabajo a partir de una revisión de la cultura del presentismo, de las jornadas partidas y de los tiempos muertos.

  • Desplegar planes de igualdad para evitar que se queden en documentos formales con poca traducción en prácticas concretas.

  • Garantizar que la conciliación no penalice la carrera. Si las medidas de adaptación de jornada, permisos o teletrabajo son utilizadas sobre todo por las mujeres se cronifica su impacto negativo en promociones, salarios y pensiones.

  • Poner la corresponsabilidad en el centro. Hay que conseguir que los hombres se incorporen masivamente al cuidado, que las empresas ajusten expectativas y que los poderes públicos asuman su parte en la provisión de servicios.

  • Homogeneizar los recursos de conciliación con escuelas infantiles, servicios de dependencia, actividades extraescolares y apoyos domiciliarios, sin que haya diferencias de renta ni territoriales.

De fondo sigue existiendo un desafío cultural: hay que abandonar la idea de que conciliar es organizarse mejor individualmente. Se impone entenderlo como un asunto de derechos, de tiempo socialmente distribuido y de corresponsabilidad colectiva.




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Conciliación, corresponsabilidad y economía del cuidado


Conciliación y derechos laborales

La conciliación y corresponsabilidad pueden mejorarse si se acompañan de otro tipo de medidas. En primer lugar, la reforma de los tiempos de ciudad haría más eficaz el uso del tiempo personal y disminuiría los niveles de estrés. En segundo término, la inversión en la infraestructura de cuidados generaría mayor calidad de vida y un aumento en el bienestar y autonomía de niños y adultos mayores. Y en tercer lugar, el diseño de incentivos y obligaciones para las empresas potenciaría la integración de estas políticas en su estrategia, no solo en su reputación.

También la negociación colectiva debería enfocarse en hacer de la conciliación un eje central de la discusión de los derechos laborales, con especial énfasis en la participación de los hombres en permisos, reducciones de jornada y uso de medidas flexibles.

Conciliación y corresponsabilidad exigen un cambio en el relato. De la conciliación entendida como concesión al trabajador a la corresponsabilidad como palanca de una sociedad más justa, más igualitaria y más sostenible, demográfica y económicamente.

The Conversation

Pedro César Martínez Morán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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De la corte a la tasca, el banquete revela la historia que comemos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ekaitz Esteban Echeverria, Coordinador de Ciencia y Tecnología en Basque Culinary Center, especializado en análisis de datos, Mondragon Unibertsitatea

_El banquete de los monarcas_, de Alonso Sánchez Coello. Museo Nacional de Varsovia/Wikimedia Commons

¿Cómo podemos concebir la comida no solo como nutriente, sino también como lenguaje, símbolo y memoria colectiva? Desde hace siglos, los banquetes han sido escenarios de poder, donde se negociaban alianzas y se exhibía la riqueza.

En la corte europea bajo-medieval o del Siglo de Oro, cada gesto ostentaba una relevancia significativa. Esto se manifestaba en la disposición de los comensales, la secuencia de los platos servidos, la vajilla empleada y la selección musical que acompañaba el servicio. La alimentación constituía una declaración política.

Sin embargo, estas prácticas no se limitaban a la corte. Con el paso del tiempo, se trasladaron a la esfera pública, transformándose en costumbres populares, recetas familiares y rituales cotidianos que actualmente son percibidos como naturales.

El banquete como arquitectura del poder

Como hemos dicho, el banquete no era otra cosa que una representación escénica del poder.

En los palacios europeos y orientales, la mesa se alzaba como un escenario donde se ostentaba la magnificencia del monarca. La abundancia no se limitaba únicamente a la esfera gastronómica, sino que se manifestaba de manera visual, sonora y simbólica. Las evidencias históricas revelan la presencia de servicios abundantemente abastecidos de aves exóticas, especias provenientes de rutas distantes y pescados que solo podían obtenerse mediante una red logística sofisticada. La comida se transformó en un mensaje que transmitía la capacidad de trasladar el mundo a un espacio determinado.

La etiqueta y el protocolo reforzaban esta jerarquía. Se ha observado que existía una clara organización en cuanto a las funciones de cada individuo, tales como la responsabilidad de servir, trinchar o sentarse cerca del anfitrión. La altura del sitial, el orden en que se servía, el tipo de mantel o de vajilla que se ponía delante de cada comensal… todo comunicaba jerarquía. Las normas, aparentemente rígidas, fueron moldeando la cultura del comer en Europa, y algunas de ellas han sobrevivido, transformadas, en las celebraciones actuales.

Así, en los banquetes de los siglos XV-XVII, el orden en la mesa indicaba quién era quién sin necesidad de palabras. Esa lógica sobrevive intacta en los banquetes de estado actuales. No hay más que ver cómo en las cenas de la cumbre del G7 o del G20, el menú se negocia casi como un documento diplomático.

Tal vez el ejemplo más llamativo de pervivencia ritual sea el corte de la tarta de boda. El origen del gesto está en la baja Edad Media, cuando el momento central del banquete nupcial era el reparto del pan especiado o d pastel entre los comensales. Era un acto de comunión colectiva, casi litúrgico, que integraba a los invitados en la nueva alianza familiar. El novio y la novia lo partían juntos como símbolo de que compartirían bienes y sustento desde ese momento.

En la Inglaterra de los siglos XVI-XVII esto se sofisticó: el pastel de boda (bride cake) se convirtió en un objeto cargado de simbolismo, y el momento de partirlo pasó a ser el clímax festivo del banquete, equivalente a lo que hoy sucede.

Artes efímeras: el dulce como territorio de imaginación

También destacaban en aquella época las artes efímeras del banquete, especialmente las esculturas de azúcar, lino y masa que decoraban las mesas reales. Estas piezas, que podían representar escenas mitológicas, animales fantásticos o arquitecturas en miniatura, eran obras maestras destinadas a desaparecer en cuestión de horas.

Se trata de una tradición actualmente resguardada en las artesanías conventuales, con una forma de presentar muy ligada a ese esplendor artístico. La repostería monumental, las construcciones dulces y las piezas escultóricas que actualmente se observan en certámenes televisivos o en establecimientos de pastelería de vanguardia son herederas directas de aquellas maravillas efímeras del Barroco.

La repostería también ocupó un lugar destacado en la cocina de la Modernidad, no solo por su dimensión técnica, sino por su capacidad para activar la imaginación colectiva. Las creaciones culinarias, tales como torres, maquetas y figuras, evidencian la capacidad de la gastronomía para trascender los límites de la realidad y convertirse en una expresión artística.

Hoy en día, en muchos atelier de repostería podemos detectar esta conexión entre el pasado y el presente. Se ven manos que abarcan en su quehacer desde las representaciones arquitectónicas de la época renacentista –comúnmente denominadas “castillos de azúcar”– hasta las creaciones contemporáneas confeccionadas con chocolate, caramelo o fondant.

De la solemnidad al bullicio: la cultura popular toma la mesa

Cuando decimos “de la corte a la tasca” queremos destacar que la cultura culinaria no es algo aislado, sino que está en constante movimiento. Muchas técnicas de cocina que surgieron en palacios, como la elaboración de salsas, el uso de especias, la presentación cuidada y ciertos métodos de trinchar o servir, se adoptaron más tarde a la cocina popular.

La mesa se hizo democrática con el tiempo. Las tascas, tabernas y ventas se convirtieron en lugares donde se compartían comida y bebida y se hablaba de cualquier tema. Había gente de todo tipo: viajeros, artesanos, campesinos y comerciantes. La cocina popular no solo imitaba la cocina de los ricos, sino que también creaba su propio estilo.

Pintura de una comida entre soldados y mujeres.
Banquete de soldados y mujeres, anónimo.
Museo del Prado

La mesa es un archivo vivo. En ella se conservan gestos, recetas, símbolos y rituales que han viajado desde los salones palaciegos hasta las barras de bar.

Así, si en los siglos XV-XVII se concluía con un servicio de confites para “cerrar el estómago”, ahora existen los petit fours o clásico chupito de hierbas cortesía de la casa al acabar de comer. Igualmente, seguimos exhibiendo alimentos como ejemplo de abundancia: antes eran las piezas de caza presentadas con plumaje, y ahora el jamón entero sobre la barra del bar. A través de los tiempos nos alcanzó una práctica cultural considerada muy española: las tapas. Esta comida compartida refleja el antiguo servicio à la française, donde todos los platos se colocaban a la vez en el centro.

Entender la historia de la gastronomía no es un ejercicio de nostalgia, sino una herramienta crítica para el presente. Conocer de dónde vienen los gestos, las recetas y los rituales que hoy damos por naturales permite a las nuevas generaciones de cocineros y profesionales situar su práctica en un contexto más amplio, consciente y responsable. Formarse en ello es, en este sentido, aprender a leer la comida como un texto vivo: uno que habla de poder, de comunidad y de memoria.

En el fondo un banquete es una invitación a ver la comida como un relato que atraviesa siglos y que sigue escribiéndose cada día en las cocinas y en las mesas del mundo.


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The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. De la corte a la tasca, el banquete revela la historia que comemos – https://theconversation.com/de-la-corte-a-la-tasca-el-banquete-revela-la-historia-que-comemos-275283

Doit-on se préparer à une Troisième Guerre mondiale ?

Source: The Conversation – France in French (3) – By Antony Dabila, Relations internationales, Sciences Po

Alors que l’opération « Epic Fury » frappe l’Iran depuis le 28 février 2026, la multiplication des conflits armés marque la fin d’une certaine idée de la dissuasion. De l’Ukraine à Gaza, du Caucase au Moyen-Orient, quelque chose s’est déréglé dans l’architecture de sécurité qui empêchait depuis 1945 le retour des guerres de conquête. Non pas une Troisième Guerre mondiale identique aux deux premières, mais quelque chose de potentiellement plus insidieux : une mise en série de conflits que plus personne ne semble en mesure de contenir.


Depuis 1945 et le premier usage des explosifs nucléaires, une conviction a structuré la pensée stratégique occidentale : l’existence de ces « armes absolues » rend impensable toute guerre de conquête entre grandes puissances, rendant inviolable le territoire des États dotés de l’arme nucléaire. Ces derniers ne pouvaient donc plus s’affronter qu’indirectement, dans des guerres limitées, dont l’intensité n’atteindrait jamais la violence hyperbolique des deux premiers conflits mondiaux.

Pourtant, cette certitude s’est fissurée. En envahissant l’Ukraine, un pays dont elle avait pourtant garanti l’indépendance et la sécurité dans le cadre du mémorandum de Budapest en 1994, la Russie a utilisé son arsenal atomique comme bouclier (sans risquer d’implication directe des États-Unis) pour mener une guerre de conquête conventionnelle. Cette invasion russe a provoqué une profonde perturbation des mécanismes de dissuasion, dont les conséquences n’ont peut-être pas été pleinement diagnostiquées.

Un seuil qui s’est déplacé

L’étendue de ce qu’il est possible de faire sous « la voûte nucléaire », sans en provoquer l’effondrement, s’est considérablement accrue. La guerre d’Ukraine a démontré qu’un affrontement conventionnel de haute intensité, poursuivant des objectifs d’annexion territoriale explicites, pouvait se dérouler sans que la menace nucléaire soit activée ni par l’agresseur pour protéger ses gains ni par les États soutenant la défense ukrainienne pour y mettre fin.

La notion de « seuil » nucléaire, telle que théorisée en 1960, supposait une ligne précise au-delà de laquelle la guerre atomique devenait certaine. Depuis la guerre d’Ukraine, cette notion ne peut plus être comprise de façon stricte. Dans la réalité, en effet, les comportements obéissent à des mécanismes plus complexes : il existe une zone d’incertitude, un espace intermédiaire où un nombre indéfini d’actes hostiles restent possibles sans pour autant mener automatiquement à l’escalade ultime.

En d’autres termes, on constate une élévation du seuil à partir duquel le comportement de certains acteurs devient intolérable. Et c’est précisément cette élévation qui ouvre une fenêtre d’opportunité aux puissances « révisionnistes », c’est-à-dire souhaitant modifier les règles du système à leur avantage.

Par exemple, en utilisant la force pour annexer de nouvelles provinces, et faire fi d’un principe cardinal des Nations unies : l’intangibilité des frontières. Selon ce principe clé, les frontières ne peuvent être modifiées par la force et toute modification de leur tracé ne peut être fait que selon des limites administratives intérieures déjà existantes. Ce principe a notamment été appliqué lors des décolonisations et de la fin de l’URSS. Il n’avait connu que de rares exceptions en soixante-dix ans (le Tibet acquis par la Chine en 1950, le Cachemire, la frontière entre les deux Corées, les guerres israélo-arabes, Chypre-Nord).

Le retour des guerres de conquête

Nous voyons ici se dessiner le risque le plus sérieux : non pas une Troisième Guerre mondiale déclarée sciemment par une puissance ou un groupe de puissances, entraînant une guerre atomique totale, mais une multiplication de conflits conventionnels simultanés épuisant les capacités et la volonté de réaction américaines que l’on pourrait appeler guerre mondiale « sous le seuil » (c’est-à-dire ne provoquant pas, dans un premier temps, d’utilisation d’armes nucléaires).

Depuis cinq ans, les ruptures les plus significatives sont le fait des puissances nucléaires elles-mêmes. La Russie a tenté de soumettre l’Ukraine par une offensive-éclair et d’annexer formellement cinq provinces, avant de s’installer dans une guerre d’usure aux conséquences durables pour l’ordre européen. Israël, puissance nucléaire non déclarée, a répondu à l’attaque du Hamas du 7 octobre 2023 par des opérations militaires d’une ampleur inédite à Gaza, au Liban, en Syrie, contre les houthistes du Yémen et, enfin, contre l’Iran, selon sa doctrine de « réponse disprortionnée ». Enfin, les États-Unis, loin d’être spectateurs de la dérégulation du système, en sont devenus l’un des agents : l’opération en Iran a été lancée sans mandat onusien ni consultation du Congrès et Washington menace ouvertement des membres de l’Otan, sapant ainsi les institutions qu’il avait lui-même contribué à bâtir. Le garant de l’ordre précédent, las de contribuer au financement de l’alliance, a ainsi lancé une réforme brutale qui en perturbe l’architecture et menace de la faire vaciller.

D’autres conflits, sans faire intervenir d’arsenal nucléaire, ont été lancés non sans corrélation avec ces affrontements. En septembre 2020, l’Azerbaïdjan lance sa première offensive victorieuse sur l’Arménie, menant progressivement à la disparition de la République d’Artsakh et à l’exil de plus de 100 000 Arméniens, sans que la communauté internationale parvienne à empêcher cet exode. À ce conflit s’ajoutent les guerres entre le Cambodge et la Thaïlande, entre l’Inde et le Pakistan ou entre le Pakistan et l’Afghanistan. Autant de situations qui montrent que le retour des guerres locales restreintes n’était pas un accident, mais une tendance lourde, venant s’ajouter aux luttes insurrectionnelles des décennies précédentes.

Certes, ces guerres n’ont pas toutes amené des changements de frontière importants, mais ni les États-Unis ni ses compétiteurs stratégiques ne sont en mesure de les réguler tous à la fois. Les États-Unis pouvaient autrefois rééquilibrer l’ensemble des régions et des tensions par une intervention extérieure (traditionnellement appelée offshore balancing), mais la multiplication des situations d’urgence et des conflits ne leur permettent plus, à budget égal, d’agir suffisamment. La multiplication des conflits montre que cela est devenu beaucoup plus difficile. Cela laisse donc une marge de manœuvre bien plus importante aux acteurs locaux pour modifier le rapport qu’ils entretiennent avec leurs voisins.

La Russie, en particulier, a démontré aux autres puissances révisionnistes que les sanctions économiques pouvaient être absorbées, que l’effort de guerre occidental avait des limites industrielles et politiques réelles, et que la protection nucléaire offrait une marge d’action conventionnelle bien plus large qu’on ne le pensait. Tout ceci constitue une « incitation », au sens précis que donne à ce terme la théorie des jeux (une hausse de la récompense pour une action, ou bien une réduction du risque), à utiliser la force pour remodeler son territoire et les équilibres entre puissances. Jusqu’à remettre en cause la nature même du système international ?

Quand les conflits menacent de fusionner

Raymond Aron, dans les Guerres en chaîne, paru en 1951, avait relevé que les stratèges américains de l’immédiat après-guerre n’avaient envisagé que deux scénarios : la paix armée sans affrontement direct ou la guerre totale à déclenchement nucléaire. Selon lui, ils en omettaient une troisième, les « guerres chaudes limitées », comme la guerre de Corée, lancée en 1950, qui avait pris par surprise l’Amérique.

Cependant, malgré les pertes terribles qu’elles occasionnèrent parfois, aucune de ces « guerres chaudes » ne dégénéra en conflit impliquant deux coalitions intervenant directement. Les interventions extérieures, comme celle de l’Union soviétique et de la Chine en faveur du Vietnam du Nord, se devaient d’être discrètes, ou bien de se cantonner à une aide défensive, destinée à protéger l’intégrité des frontières de l’allié.

La dissuasion nucléaire avait donc jusque-là permis de confiner les guerres locales au territoire des États concernés. Mais les conflits multiples, distribués, intenses, sans front unique, auxquels nous assistons sans pouvoir les arrêter, ont à présent pris une telle ampleur qu’une possibilité s’est ouverte : celle de la création d’une chaîne de conflits intégrée (ou plus précisément d’une concaténation), où l’ensemble des « guerres chaudes locales » produisent un seul et même conflit incontrôlable, sur le modèle des guerres mondiales du XXe siècle.

Pour prendre une métaphore tirée du domaine de l’électricité, pendant la guerre froide (1947-1991, ndlr) et la période de monopole de puissance américain, les conflits fonctionnaient en dérivation sur le circuit international. Chacun pouvait éclater ou s’éteindre indépendamment des autres, sans perturber le système dans son ensemble. Un court-circuit sur un point n’affectait pas le reste.

Notre époque est peut-être en train de les réinstaller en série : les conflits sont désormais connectés les uns autres autres, de sorte que chaque nouveau foyer de tension amplifie les précédents et accroît la charge pesant sur l’ensemble du circuit.

Quel ordre pour éviter l’emballement ?

Qu’adviendrait-il alors si un nombre important de conflits s’installait en série ? Aucune puissance ne serait en mesure de réguler les conflits locaux par une projection de puissance suffisante.

Conçue théoriquement pour conduire deux guerres majeures simultanément, l’armée américaine ne peut, dans les faits, en mener qu’une seule à pleine intensité. Les États-Unis paient ici une des conséquences de leur prééminence mondiale : ils doivent être forts sur tous les théâtres à la fois, quand chacun de leurs adversaires n’a qu’à dominer sa propre région.

Cette asymétrie structurelle est au cœur du risque de mise en série des conflits : une seule crise supplémentaire, à Taïwan, dans le Golfe ou dans le sous-continent indien, suffirait à placer Washington en situation de surcharge stratégique, c’est-à-dire dans l’incapacité de contenir simultanément tous les foyers de tensions.

L’Europe, encore indécise sur la direction à prendre, entre fidélité au lien transatlantique et autonomie stratégique, n’est pas assez unie pour remplacer les États-Unis. La Chine, quant à elle, malgré sa montée en puissance incontestable, est à la fois privée des moyens (flotte de haute mer, bases à l’étranger en nombre suffisant) et de la volonté d’intervenir dans les conflits (sa discrétion dans le conflit en Iran montre qu’elle préfère voir les problèmes liés à son approvisionnement en hydrocarbures réglés par d’autres, à moindres frais pour elle).

Or, un monde sans puissance régulatrice serait un monde où la dérégulation de la dissuasion pourrait finir de produire ses effets : la création d’un chapelet de conflits qui signerait peut-être le retour aux formes de violence hyperbolique des deux premiers conflits mondiaux. Une fois enclenchée, cette violence incontrôlée pourrait mettre en danger la sécurité des États nucléaires eux-mêmes. On se rapprocherait ainsi des conditions d’une utilisation des armes de destruction massive, non pas en début de conflit comme on le pense souvent, mais après l’installation dans un état de violence durable.

La fin de la « nation indispensable » est inscrite dans le rééquilibrage entre les PIB des grandes puissances. Le système international est incontestablement en train de basculer vers un autre modèle. Mais celui-ci peut prendre deux formes très différentes : soit il sera plus distribué et polycentré, ce que le politiste Jean Baechler nommait le monde « oligopolaire », soit il s’agira d’un nouveau système bipolaire organisé autour de Washington et de Pékin. Reste à savoir si, dans la période intermédiaire, le monde sera à l’abri d’un dérèglement de la dissuasion et de la maîtrise des conflits, qui lui ferait connaître à nouveau un épisode de violence incontrôlé semblable à celui de 1914-1945.

Une politique de sécurité passive, fondée sur la seule existence d’arsenaux nucléaires et d’alliances défensives, ne suffit plus à protéger les démocraties. Il leur faut donc contribuer, par leur réaffirmation, à bâtir de nouveaux mécanismes de régulation capables de maintenir les conflits en dérivation, c’est-à-dire de les empêcher de fusionner. Cela suppose non seulement de restaurer des normes partagées sur l’usage de la force, mais aussi de construire un nouveau régime de sécurité, fondé sur des équilibres de puissance régionaux capables de fonctionner sans dépendre d’un seul garant de plus en plus erratique.

The Conversation

Antony Dabila ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Doit-on se préparer à une Troisième Guerre mondiale ? – https://theconversation.com/doit-on-se-preparer-a-une-troisieme-guerre-mondiale-277682

Démocratiser les vacances et les loisirs des enfants : les réseaux de proximité, un moyen de lutte contre les inégalités ?

Source: The Conversation – in French – By Bertrand Réau, Professeur titulaire de la chaire "Tourisme, voyage, loisirs", Conservatoire national des arts et métiers (CNAM)

Les activités culturelles et sportives ainsi que les départs en séjour collectif sont marqués par de profondes disparités sociales. La dernière enquête de l’Observatoire des vacances et des loisirs des enfants et des jeunes, ou Ovlej, le confirme. Mais les données recueillies montrent aussi que les relais associatifs et l’offre locale permettent aux familles modestes de diversifier ces pratiques extrascolaires.


Près de 5 millions d’enfants ne partent pas en vacances, par manque de ressources financières dans la plupart des cas. Tandis que 73 % des enfants issus des classes les plus favorisées partent au moins une fois par an, 56 % des enfants affiliés aux foyers les plus modestes ne partent jamais.

Longtemps, les colonies de vacances et autres séjours collectifs ont été un moyen privilégié pour démocratiser les mobilités mais, depuis plusieurs années, la tendance est à la polarisation des publics, entre les foyers disposant de ressources économiques et ceux qui y accèdent seulement grâce aux aides publiques ou d’entreprises.

L’Observatoire des vacances et des loisirs des enfants et des jeunes (Ovlej) a analysé comment les parents combinent activités hebdomadaires en période scolaire et séjours ou activités durant les vacances. Si les inégalités sociales restent déterminantes, l’enquête, dont nous diffusons ici les premiers résultats, montre que l’offre accessible localement, l’information de proximité et les relais associatifs dessinent des opportunités pour les familles modestes.

Des écarts selon les territoires et les contextes familiaux

L’accès aux loisirs et aux vacances collectives demeure le théâtre d’inégalités sociales tenaces. L’enquête que dévoile l’Observatoire des vacances et des loisirs des enfants et des jeunes (Ovlej) en ce printemps 2026 en témoigne : certes, 72 % des enfants s’investissent dans au moins une activité de loisir encadrée, et 40 % multiplient les séjours collectifs en 2024. Mais la fréquence et le cumul de ces expériences dessinent une cartographie sociale contrastée, où l’origine familiale trace des frontières invisibles mais puissantes.

Le diplôme parental s’impose comme premier marqueur de ces inégalités. Les enfants de parents peu diplômés se concentrent massivement parmi ceux qui ont des vacances sans aucune activité collective, qu’ils partent ou non en séjour (30 % des répondants), à l’opposé des enfants dont les deux parents détiennent un diplôme universitaire.

Ce contraste reflète une double logique : stratégie de diversification chez les familles diplômées et capacité financière permettant de multiplier les activités. Les familles disposant de revenus supérieurs à 5 000 € mensuels envoient ainsi plus volontiers leurs enfants vers des activités collectives sur plusieurs périodes de vacances. À l’inverse, les foyers aux budgets plus serrés voient leurs options se rétrécir.

Le territoire d’habitation amplifie ce phénomène. L’enquête dévoile une polarisation géographique saisissante : zones rurales et territoires peu denses regroupent davantage d’enfants coupés de toute activité collective, qu’ils partent ou non en séjour. Ainsi, 20 % des enfants n’ayant effectué qu’un seul séjour sans autre activité collective vivent en zone rurale. À l’autre extrémité, grandes métropoles et Paris concentrent les enfants engagés dans des pratiques régulières et intensives : 29 % vivent dans des unités urbaines de plus de 200 000 habitants et pratiquent d’autres activités collectives sur plus de 2 périodes de vacances. Un gradient apparaît : plus la ville est grande, plus les enfants cumulent séjours et activités collectives.

Au Parc de Clères (Seine-Maritime), le Secours populaire français (SPF) accompagne les enfants qui ne partent pas en vacances (reportage de France 3 Normandie, 2019).

La structure familiale superpose une strate supplémentaire d’inégalités. Les enfants en garde alternée s’investissent davantage dans des pratiques intensives, quel que soit leur nombre de départs en séjour. Leur présence s’accroît à mesure que la fréquence des activités collectives grimpe durant les vacances. En miroir, les enfants de familles monoparentales, surtout lorsque le parent vit seul, s’éloignent des activités collectives, indépendamment du nombre de séjours effectués. Contraintes organisationnelles et économiques constituent de véritables freins pour ces familles.

Les « super-cumulants » : des enfants privilégiés, plutôt urbains

Les enfants qui concentrent le plus d’activités – séjours collectifs multiples et loisirs encadrés réguliers tout au long de l’année – présentent des profils sociologiques nettement tranchés. Ils représentent 34 % des enfants enquêtés et proviennent de familles aisées : revenus élevés, parents diplômés. Ces familles, dotées des plus forts capitaux économique et culturel, offrent à leurs enfants loisirs réguliers et séjours multiples.

Émergent également les « pluri-partants », très engagés dans d’autres activités collectives durant les temps de vacances » (23 % de l’échantillon total) : un profil particulièrement favorisé, urbain et marqué par des recompositions familiales. Cette catégorie concentre principalement des familles en garde alternée ou des configurations monoparentales où le parent vit en couple. Ces enfants résident plutôt en milieu urbain dense et habitent des maisons sans espace extérieur. Leurs familles affichent des revenus supérieurs à 6 000 € mensuels. Les parents détiennent également plus fréquemment un diplôme de l’enseignement supérieur.

Ces enfants multi-pratiquants investissent davantage de structures de loisirs collectifs : en moyenne 1,3 structure annuelle contre 0,9 pour ceux qui ne partent qu’une fois en séjour. Durant l’année scolaire, ils fréquentent massivement les mouvements de jeunesse (3,3 fois plus), les structures collectives type maison de quartier (1,8 fois plus) ou encore les conservatoires et clubs artistiques (1,6 fois plus). Cette multipratique témoigne d’un recours intense aux structures encadrées.

En moyenne, ces enfants ont pratiqué 1,9 activité de loisir encadrée entre avril 2023 et mars 2024, et 7 % d’entre eux en pratiquent même 4 ou plus. L’enquête révèle une corrélation positive entre le nombre d’activités de loisirs encadrés et celui de départs en séjours collectifs : parmi les enfants pratiquant 3 loisirs encadrés ou davantage, 30 % sont partis au moins 3 fois en séjour collectif dans l’année.

Classes populaires et moyennes : des brèches grâce aux réseaux de proximité

Si les inégalités sociales sculptent fortement l’accès au cumul d’activités, l’enquête met également en lumière l’existence de profils d’enfants de classes populaires et moyennes qui parviennent à conjuguer loisirs réguliers et séjours collectifs. Leurs trajectoires révèlent les conditions qui rendent possible cet accès.

Premier profil identifié : les « mono-partants très engagés dans d’autres activités collectives pendant leurs vacances » (14 % de l’échantillon). Il s’agit principalement de jeunes enfants âgés de 6 à 10 ans, résidant dans de petites villes (unités urbaines de 5 000 à 9 999 habitants). Ces enfants vivent plus fréquemment en garde alternée lorsque l’un des deux parents est en couple, et l’on y trouve aussi plus d’enfants dont les deux parents sont ouvriers. Le jeune âge et l’ancrage dans de petites villes à offre accessible apparaissent comme des facteurs facilitateurs décisifs.

Le deuxième profil correspond aux enfants qui partent peu en séjour collectif mais qui pratiquent régulièrement, par exemple chaque semaine, des loisirs collectifs (44 % de l’échantillon). Ce sont des enfants établis dans des petites à moyennes unités urbaines offrant des loisirs encadrés accessibles. Le niveau de diplôme de leurs parents atteint le baccalauréat ou le premier cycle universitaire. Ces enfants s’insèrent solidement dans les structures locales, mais leur fréquentation de séjours collectifs reste modérée. Ils incarnent les classes moyennes pour qui l’ancrage territorial et l’offre de proximité permettent une pratique régulière de loisirs, même si les séjours multiples demeurent hors de portée.

Qu’est-ce qui rend possible ce cumul d’activités malgré des ressources limitées ? L’enquête identifie plusieurs leviers essentiels. Le premier : l’accessibilité de l’offre locale. Les petites et moyennes villes qui proposent des structures de loisirs accessibles financièrement et géographiquement permettent aux familles modestes d’inscrire leurs enfants dans une pratique régulière. Le territoire joue ici un rôle protecteur contre les inégalités.

Le deuxième levier : les réseaux de proximité et les canaux d’information. Le principal canal utilisé par les familles pour se renseigner sur les séjours collectifs demeure la structure fréquentée par l’enfant durant l’année (centre de loisirs, club), mobilisée par 37 % des familles. Plus les enfants multiplient les séjours collectifs, plus leurs parents sollicitent la mairie et les recherches en ligne.

Ces résultats confirment le rôle central du local – structures, mairies, ressources numériques – pour orienter les familles et favoriser les départs multiples. Les réseaux associatifs et les politiques municipales d’information constituent ainsi des leviers d’action pour réduire les inégalités d’accès, à condition qu’ils soient renforcés et que l’information circule efficacement auprès de tous les publics.


Cet article a été co-écrit par Bertrand Réau, professeur titulaire de la chaire « Tourisme, voyage, loisirs » du Cnam, Stéphanie Rubi, professeure des universités en sciences de l’éducation et de la formation, et Lydia Thiérus, chargée de mission à l’Observatoire des vacances et des loisirs des enfants et des jeunes (Ovlej).

The Conversation

Stéphanie Rubi co-préside avec Bertrand Réau l’Observatoire des Vacances et des Loisirs des Enfants et des Jeunes (Ovlej)

Bertrand Réau ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Démocratiser les vacances et les loisirs des enfants : les réseaux de proximité, un moyen de lutte contre les inégalités ? – https://theconversation.com/democratiser-les-vacances-et-les-loisirs-des-enfants-les-reseaux-de-proximite-un-moyen-de-lutte-contre-les-inegalites-277573

Des bactéries pour aller sur Mars

Source: The Conversation – France in French (2) – By Laurent Palka, Maître de conférences, Muséum national d’histoire naturelle (MNHN)

Aller sur Mars représente un voyage de plus de mille jours. Comment rendre autonome un équipage pendant autant de temps ? Découvrez le projet MELiSSA qui vise à recycler le carbone, l’hydrogène, l’oxygène et l’azote grâce aux bactéries en recréant le fonctionnement d’un écosystème terrestre à l’intérieur d’une fusée.


Les voyages habités vers la Planète rouge ne sont plus de la fiction. La Nasa prévoit même les premiers dans les années 2030, autrement dit demain. Pourtant, les défis techniques, scientifiques et humains à relever sont encore immenses avant de parcourir les 225 millions de kilomètres qui nous séparent de Mars, à l’aller comme au retour. L’équipage devra résister pendant des mois à l’effet des radiations, de la microgravité, du confinement, de l’isolement, etc., et à l’absence de biodiversité. C’est pourtant d’elle qu’il sera question ici pour régler un autre défi, celui de l’autonomie.

Des ressources pour un voyage au long cours

Dans l’espace, un homme ou une femme a besoin toutes les 24 heures d’un kilo de nourriture, d’un kilo d’oxygène, de trois litres d’eau potable et de 20 litres supplémentaires pour l’hygiène corporelle. De sorte qu’un voyage de mille jours aller-retour vers Mars obligerait à décoller avec 25 tonnes de ressources par personne.

En admettant que ce soit possible avec un des lanceurs super lourds qui emportent 130 à 150 tonnes, il faudrait ajouter la quantité de ressources quotidiennes nécessaire une fois sur Mars et pouvoir redécoller avec un emport suffisant pour le retour. L’autonomie de l’équipage sur le long terme est donc un vrai défi.

Pour le surmonter, l’idée serait de tout produire et recycler en cours de route et sur place, de manière durable. Tel est l’objectif du projet MELiSSA. L’acronyme signifie système de support de vie micro-écologique alternatif, qui se base sur deux composantes de la biodiversité, les bactéries et l’écosystème. Ce dispositif bio-inspiré est développé par l’Agence spatiale européenne (ESA) et ses partenaires.

Des bactéries fonctionnant comme dans un écosystème terrestre

Le préfixe « éco » du terme écosystème provient du grec ancien Oikos qui se traduit par la métaphore de la maison et ses habitant·es. Mais une maison a besoin de lumière, de CO2 et d’eau pour créer un phénomène crucial pour la vie sur Terre, la photosynthèse oxygénique.

À partir de lumière, de CO2 et d’eau, les cyanobactéries, c’est-à-dire les bactéries photosynthétiques, les algues et les plantes se mettent à fabriquer des molécules carbonées (sucres et lipides), en libérant de l’oxygène. Ce sont les producteurs primaires à la base des principaux écosystèmes, de la pyramide des consommateurs et des réseaux trophiques. Ce type de réseau se définit comme l’ensemble des interactions alimentaires. Mais les producteurs primaires ont besoin de minéraux. Une partie provient de la décomposition de la matière organique et des excréments assurée par les bactéries et les champignons.

C’est ce fonctionnement circulaire dans le milieu terrestre qui a inspiré les scientifiques du projet MELiSSA en le simplifiant pour mieux le contrôler. Le dispositif est ingénieux et comporte cinq compartiments interconnectés. L’objectif est de produire les ressources nécessaires à l’équipage par des plantes cultivées en hydroponie, ou culture hors sol, et des cyanobactéries, puis décomposer les déchets par des consortiums bactériens artificiels.

Fonctionnement du dispositif MELiSSA étudié par l’ESA.
L. Palka, Fourni par l’auteur

Les déchets sont un mélange d’au moins 70 % de végétaux non consommés et d’un maximum de 30 % d’excréments. La décomposition se fait en absence d’oxygène et à 55 °C par un consortium dominé par les bacilles Thermocaproicibacter et Thermoanaerobacterium. Dans ce four, les bactéries thermophiles atteignent leur optimum de croissance, tandis que les pathogènes opportunistes meurent, ce qui fait partie aussi de l’objectif. La décomposition libère des acides gras volatiles, du CO2, de l’ammoniac et de l’hydrogène qui vont alimenter les autres compartiments.

Rhodospirillum rubrum, vue en microscopie électronique à balayage sans les flagelles.
HZI/Manfred Rohde, Fourni par l’auteur

Les acides gras sont transférés dans le compartiment n°2 contenant une seule espèce de bactéries, Rhodospirillum rubrum. La majorité des cellules sont spiralées et possèdent sept flagelles à chaque pôle. Certaines peuvent atteindre entre 10 et 60 µm de long dans certains milieux. Ces bactéries, de couleur rose en absence d’oxygène, sont multitâches, capables de faire la photosynthèse mais sans produire d’oxygène, de fixer l’azote et de libérer de l’ammoniac. Ce n’est pourtant pas ces caractéristiques qui intéressent MELiSSA, mais leur capacité à pousser plus loin la conversion des acides gras en CO2. Celui-ci passe alors directement dans le compartiment n°4 pour entretenir la photosynthèse par les plantes et par les cyanobactéries.

Le compartiment suivant, n°3, contient deux autres espèces de bactéries, typiques d’une étape fondamentale du cycle de l’azote, la nitrification. Il s’agit de réactions chimiques en chaîne très complexes. Tout commence par les bactéries appartenant au genre Nitrosomonas qui fixent des atomes d’oxygène à l’ammonium en produisant des nitrites ou NO2. L’oxygène nécessaire émane du compartiment n°4 tandis que l’ammoniac provient principalement de l’urine de l’équipage. Les nitrites sont ensuite oxydés à leur tour par les bactéries du genre Nitrobacter en nitrates ou NO3. Les nitrates passent alors dans le compartiment n°4 comme source d’azote pour les plantes et les cyanobactéries.

Un dispositif de production et de recyclage en constante amélioration

Illustration de la cyanobactérie filamenteuse Limnospira, repère 10 µm.
C. Duval et C. Bernard, MNHN, Fourni par l’auteur

La biomasse produite, mais aussi l’oxygène et l’eau sont consommés par l’équipage dans le compartiment n°5. Les déchets vont dans le compartiment n°1, le CO2 dans le n°4, et le cycle recommence. Tous les éléments, à savoir le carbone, l’hydrogène, l’oxygène et l’azote, sont recyclés.

Mais ce dispositif est sans cesse en développement pour être optimal. Par exemple les scientifiques de MELiSSA essaient de remplacer R. rubrum par des biopiles où un consortium bactérien contenant le genre Geobacter est associé à l’anode, l’une des deux électrodes, pour convertir les acides gras en CO2 en créant un courant électrique. Sur le plan énergétique, celui-ci est encore marginal, certes.

Les scientifiques testent par ailleurs des plantes, comme la laitue, la tomate, le chou ou le riz et un genre de cyanobactérie, Limnospira connu sous le nom de spiruline. Si les cyanobactéries représentent aujourd’hui seulement 30 % de la biomasse, leur contribution est appelée à croître, car leur système photosynthétique leur donne la capacité de réagir de manière quasi instantanée au changement de flux lumineux. Par ailleurs, la spiruline est très riche en protéines et contient des vitamines et des acides gras de type oméga 6.

Le projet MELiSSA montre que la connaissance des bactéries et la compréhension du fonctionnement des écosystèmes terrestres sont une des clés pour rendre possible l’autonomie des vols habités vers la planète Mars. Mais le développement de ce dispositif européen aussi complexe est long et ne sera pas prêt d’ici les années 2030. A priori, il en serait de même côté américain pour la Nasa, et la question reste posée pour les approches russes et chinoises. Quoi qu’il en soit, l’idée de l’ESA est aussi de valoriser plus rapidement le dispositif sur Terre pour contribuer au développement de l’économie circulaire.


Ce texte n’aurait pas été possible sans la relecture de Chloé Audas, directrice du projet MELiSSA, Brigitte Lamaze, ingénieure à l’ESA, et Claude-Gilles Dussap, directeur de la Fondation MELiSSA. L’auteur les remercie vivement.

The Conversation

Laurent Palka est membre du CESCO, Centre d’Ecologie et des Sciences de la Conservation et de l’association Chercheurs Toujours.

ref. Des bactéries pour aller sur Mars – https://theconversation.com/des-bacteries-pour-aller-sur-mars-273518

War in Iran: Why destroying cultural heritage is such a foolish strategic move in any conflict

Source: The Conversation – Canada – By Costanza Musu, Associate Professor, Graduate School of Public and International Affairs, L’Université d’Ottawa/University of Ottawa

The ornate ceiling of the Ali Qapu Palace in Isfahan, Iran. It’s a UNESCO Heritage site that began construction in the 1500s and has been damaged by U.S.-Israeli strikes on Iran. (Matt Biddulph), CC BY

Since the start of the ongoing United States–Israeli military campaign against Iran, the human toll of the conflict has mounted relentlessly.

Civilian casualties have been reported across the country, and the bombing campaign has caused widespread destruction to infrastructure. Alongside military targets, thousands of civilian buildings have been damaged or destroyed in the first weeks of the war.

Amid this destruction, another dimension of the conflict is increasingly drawing international concern: the damage inflicted on Iran’s cultural heritage.

Several historically significant sites, including UNESCO landmarks, have been affected. Blasts in Tehran have damaged the Golestan Palace, while strikes in Isfahan hit structures around Naqsh-e Jahan Square, including Ali Qapu Palace, Chehel Sotoun and the Masjed-e Jameh.

The destruction of such sites highlights a frequently overlooked consequence of warfare: when the rules governing the conduct of war are stretched or ignored, cultural heritage, like civilian lives, becomes collateral damage.

Rules of engagement

Warfare is not meant to be unconstrained. It is governed by international humanitarian law, which sets limits on how military force can be used once hostilities begin. These rules are intended to reduce the human and material devastation of armed conflict by protecting civilians and civilian objects.




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States implement these legal obligations through rules of engagement, which guide how and when force may be used in compliance with international humanitarian law: what U.S. Secretary of War Pete Hegseth has dismissively called “stupid rules of engagement.”

International humanitarian law protects cultural heritage. After the widespread destruction of the Second World War, states adopted the 1954 Hague Convention, recognizing monuments, museums and archeological sites as specially protected cultural property, and requiring warring nations to refrain from attacking them except in cases of imperative military necessity.

Ignoring cultural property protections runs counter to a lesson many military forces, including the United States, have come to recognize: that safeguarding cultural heritage is not only a legal obligation, but also strategically smart.

Over the past two decades, this approach has increasingly been integrated into military doctrine. By protecting monuments and historic sites, military forces signal respect for a society’s identity, build trust with local populations and advance broader political objectives by fostering local civilian support.

Shifting public sentiment

In the current conflict, American officials have argued that the military campaign is aimed not at Iran’s people but at the regime that has ruled the country since the 1979 revolution.




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U.S. President Donald Trump has suggested that the future of Iran now lies in the hands of its citizens, implying that the weakening of the regime could allow Iranians to shape a different political future.

Initially, some voices in the Iranian diaspora and within Iran welcomed the strikes in the hope that they might open the door to political change.

Yet the scale of the destruction inflicted on cities, infrastructure and cultural landmarks appears to be shifting public sentiment, allowing the Iranian leadership to rally the population around a narrative of national unity against foreign aggression.

At the same time, the conflict is threatening cultural heritage beyond Iran. Iranian missiles have struck areas in and around Jerusalem, where its Old Town contains some of the most significant religious and historical sites in the world within barely one square kilometre. These sites are sacred to Judaism, Christianity and Islam.

If the stated objective of the military campaign is to weaken the Iranian government and open the possibility for political change, the destruction of cultural heritage will produce the opposite effect. Cultural monuments, historic cities and religious sites are not simply architectural artifacts; they are powerful symbols of collective identity and historical continuity.

When they’re damaged or destroyed by foreign military force, the attack is often perceived not only as a strike against a government but an assault on the nation itself.

A black-and-white photo shows a destroyed cathedral.
The German Luftwaffe destroyed Coventry Cathedral in 1940 during the Second World War, strengthening British resolve against the Nazis.
(Imperial War Museum)

Rallying citizens

History offers many examples of how damage to cultural heritage during wars can galvanize nationalist sentiment and strengthen the legitimacy of governments under pressure. Examples include the destruction of the Old Bridge of Mostar during the Bosnian War, which became a powerful symbol of national loss and identity, to the levelling of Palmyra’s ancient temples by ISIS, which the Syrian government invoked to reinforce claims of cultural guardianship and political legitimacy.

Rather than weakening the Iranian leadership, widespread destruction, particularly when it affects cultural landmarks, may instead help it mobilize public anger and rally citizens around the defence of the country.

Both international law and historical experience point in the same direction: protecting cultural heritage is not only a humanitarian obligation, but a strategic consideration in conflicts with long-term outcomes that depend on the attitudes of the people affected.

The Conversation

Costanza Musu receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada.

ref. War in Iran: Why destroying cultural heritage is such a foolish strategic move in any conflict – https://theconversation.com/war-in-iran-why-destroying-cultural-heritage-is-such-a-foolish-strategic-move-in-any-conflict-277922

A million new SpaceX satellites will destroy the night sky — for everyone on Earth

Source: The Conversation – Canada – By Samantha Lawler, Associate Professor, Astronomy, University of Regina

A Starlink train passing through auroras over rural Saskatchewan in November 2025. (Samantha Lawler), CC BY-NC-ND

More than 10,000 Starlink satellites currently orbit the Earth. We see them crawling across dark skies, no matter how remote our location, and streaking through images from research telescopes.

SpaceX recently announced that it wants to launch one million more of these satellites as orbital data centres for AI computing power.

A few years ago, we wrote a paper predicting what the night sky would look like with 65,000 satellites from four planned megaconstellations: SpaceX’s Starlink, Amazon’s Kuiper (now Leo), the U.K.’s OneWeb and China’s Guowang. We calibrated our models to observations of real Starlink satellites and came up with a startling prediction: One in 15 visible points in the night sky would be a satellite, not a star.

A million satellites would be so much worse.

The human eye can see fewer than 4,500 stars in an unpolluted night sky. If we permit SpaceX to launch these satellites, we will see more satellites than stars — for large portions of the night and the year, throughout the world. This will severely damage the night sky for everyone on Earth.

SpaceX’s proposal also completely fails to account for atmospheric pollution, collision risk or how to develop the technology needed to disperse waste heat from orbital data centres.

Predicting the night sky

SpaceX has filed its million-satellite proposal to the United States Federal Communications Commission (FCC) and has only provided bare-bones information about these new satellites so far.

We do know that the proposed constellation will have satellites in much higher orbits, making them visible for longer periods of the night.

We decided to build an updated simulation, using the website of astrophysicist Jonathan McDowell. This includes a set of orbits consistent with the limited information in SpaceX’s filing.

We used the observed brightness of Starlink satellites as a reference, scaling the brightness model by considering size jumps between Starlink V1, V2 and predictions for V3, and assuming even higher complexity and power requirements.

There are many factors we don’t know anything about, so there is some uncertainty in the brightness we predict.

Two circles, one filled with yellow and orange, indicating the brightness of a million satellites, compared to a mostly grey circle with dots of light from 42,000 satellites.
Predictions for satellite brightness and positions comparing SpaceX’s proposed one-million-satellite AI data centres with a previously approved 42,000 satellite megaconstellation.
(Lawler et al. 2022), CC BY-NC-ND

In the figure above, each grey circle shows a simulation of the full night sky, as seen from latitude 50 degrees north at midnight on the summer solstice.

The left circle shows the night sky with SpaceX’s orbital data centres (SXODC), and the right shows the night sky with 42,000 Starlink satellites for comparison.

The coloured points show the positions and brightness of satellites in the sky, with blue the faintest and yellow the brightest. Below each all-sky simulation we list the number of sunlit satellites in the sky (Ntot) and the number of naked-eye visible satellites (Nvis), with tens of thousands predicted for SXODC.

Each of our simulations shows there will be more visible satellites than stars for large portions of the night and the year.

It is hard to overstate this: Should a million new satellites be launched, in the orbits and with the sizes proposed, the stars we are able to see at night would be completely overwhelmed by artificial satellites — throughout the world.

This does not even account for additional large satellite system proposals filed to the International Telecommunication Union (ITU) in recent years by numerous national governments.

A satellite crematorium

SpaceX’s proposal is that these new satellites will operate as orbital data centres.

Data centres on the ground are drawing increasing criticism for the huge amounts of water and electricity they use. In an impressive feat of greenwashing, SpaceX suggests that launching data centres into orbit is better for the environment. This is only true if you ignore all the consequences of satellite launch, orbital operations and re-entry.

We can already measure atmospheric pollution from “re-entries,” when satellites fall back to Earth. We know that multiple satellites are falling every day and that if they do not fully burn up on re-entry, debris falls on the ground with risk for injury and death.




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Increasing densities of satellites also drive up collision risks in orbit. And using the atmosphere as a satellite crematorium is changing the atmosphere in ways we don’t yet understand.

Practically, it is not at all clear whether the proposed orbital data centres are feasible any time soon. To operate data centres in orbit, they would need to disperse huge amounts of waste heat. Despite the greenwashing, this is actually very hard to do in space as they would have to manage the intense radiation from the sun, while cooling the satellite by radiation.

SpaceX should know this well: one of the first brightness mitigations they tested for Starlink was “darksat,” a Starlink satellite they effectively just painted black. The satellite overheated and the electronics fried.




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A new space race could turn our atmosphere into a ‘crematorium for satellites’


A slap in the face for astronomers

SpaceX has done a lot of engineering work to make its Starlink satellites fainter. They are still too bright for research astronomy, but thanks to new coatings, their brightness has not increased dramatically even as SpaceX has launched larger and larger satellites.

SpaceX’s proposal for one million AI data centre satellites with enormous power requirements does not include any discussion of the co-ordination agreement for dark and quiet skies required by the FCC.

It feels like a slap in the face after many astronomers have spent years working with SpaceX on ways to mitigate their Starlink megaconstellation and save the night sky.

Orbital space is a finite resource

The SpaceX filing does not include exact orbits, the size or shape of satellites or the casualty risk from de-orbiting (other than a vague promise that it won’t exceed 0.01 per cent per satellite). It doesn’t even include any information on how the company plans to develop the technology that does not currently exist but is needed to make this plan work.

Despite how shockingly little information SpaceX provided, the FCC accepted SpaceX’s filing and opened the comment period within four days. Astronomers and dark sky advocates worldwide scrambled to write and submit comments in the short four weeks that the comment period was open.

The scientific process is slow and careful and it often takes months or years to publish a peer-reviewed result. Companies like SpaceX have stated repeatedly that their method is to “move fast and break things.” They are now close to breaking the atmosphere, the night sky and anything on the ground or in space that their satellites and rockets fall on or crash into.

Earth’s orbital space is a finite resource. There is an evolving set of international guidelines for operating in outer space, grounded in a set of high-level international rules. Yet, those rules and guidelines are inadequate.

One corporation based in one country should not be allowed to ruin orbit, the night sky, and the atmosphere for everyone else in the world.

The Conversation

Samantha Lawler receives funding from the Natural Sciences and Engineering Research Council of Canada. She is a fellow of the Outer Space Institute.

Aaron Boley receives funding from NSERC, the Canada Tri-agency, and the Department of National Defence. He co-directs the Outer Space Institute.

Hanno Rein receives funding from NSERC.

ref. A million new SpaceX satellites will destroy the night sky — for everyone on Earth – https://theconversation.com/a-million-new-spacex-satellites-will-destroy-the-night-sky-for-everyone-on-earth-277938

Not just boys: The overlooked story of ADHD in women and girls

Source: The Conversation – Canada – By Emma A. Climie, Associate Professor in School & Applied Child Psychology, University of Calgary

School-aged and adolescent girls with ADHD often slip through the cracks. (Unsplash+/Getty Images)

When people think about attention-deficit/hyperactivity disorder (ADHD), they often picture a hyperactive young boy running around a classroom, not the quiet girl daydreaming in the corner, the chatty student who can’t finish her work or the mother who is chronically late and constantly searching for her keys.

Yet all of these individuals — boys and girls, men and women — may be showing signs of ADHD, a neurodevelopmental condition that can significantly affect daily functioning.

As psychologists and researchers who are focused on understanding ADHD in girls and women across the lifespan, we want to better understand the social, emotional, cognitive and hormonal factors that uniquely intersect with ADHD in girls and women. Our combined research examines the experiences of ADHD in girls in childhood and adolescence through adulthood and older adulthood, with a focus on understanding how girls and women can thrive.

Girls with ADHD

School-aged and adolescent girls with ADHD often slip through the cracks. They are frequently described as “spacey” or daydream-y and tend to display fewer overtly disruptive behaviours than boys. Instead, they may hold in their stress, which can lead to misdiagnoses of anxiety or depression, rather than accurate identification of ADHD.

A girl wearing headphones and playing with a multicoloured bubble popper fidget toy
As they enter puberty, girls with ADHD face heightened risks of academic difficulties.
(Unsplash/Andrej Lisakov)

There are, however, clear signs. Girls with ADHD are often emotionally sensitive, may experience social difficulties (such as interrupting conversations or struggling to read social cues) and tend to show more “internalized” hyperactivity, like hair-twirling, skin-picking or leg-bouncing.

As they enter puberty (often beginning between ages nine and 11), girls with ADHD face heightened risks of academic difficulties, earlier substance-related concerns and increased rates of mood disorders.

Hormonal changes during this period may also affect the effectiveness of ADHD medications, creating additional challenges at an already vulnerable developmental stage.

Women with ADHD

When we work with women with ADHD, we often hear comments like: “I was diagnosed because my child was diagnosed.” Many women were not identified in childhood, only later recognizing that the challenges their children face closely mirror their own experiences growing up.

Women who have been living with unrecognized ADHD symptoms for many years often develop strong coping strategies that allow them to function well, but major life transitions (such as becoming a parent or entering menopause) can disrupt these strategies. When that happens, approaches that once worked may become less effective, leading to more noticeable challenges. Currently, women in their 30s and 40s represent one of the fastest-growing groups receiving stimulant prescriptions for ADHD, suggesting a rise in diagnoses in this demographic.

So, what does ADHD look like in women?

Women with ADHD frequently describe a range of experiences that, while not explicitly listed in the diagnostic criteria, significantly affect their daily lives. For example, many report “masking” their behaviour or emotions, in an effort to not stand out. They may overcompensate to appear organized and competent, spending excessive time on tasks to avoid mistakes or criticism.

Over time, these patterns can contribute to chronic stress and exhaustion and often present as anxiety or depression, further delaying accurate identification and appropriate support. In addition, women with ADHD often experience difficulties with task initiation, procrastination and completing tasks on time. These challenges can affect both their personal and professional lives, contributing to chronic stress, self-doubt and burnout.

A woman in a white blouse at a desk with a laptop and crumpled papers, burying her face in her hands
women with ADHD often experience difficulties with task initiation, procrastination and completing tasks on time.
(Pexels/Karola)

ADHD in later life

As women enter mid-life, many say they experience a significant worsening of their ADHD symptoms, likely resulting from both normal brain aging and menopausal changes. The frontal lobes of the brain usually begin to function less efficiently as people get older, and people aging with ADHD may be particularly impacted by these age-related changes because of pre-existing differences in the structure and functioning of their brain’s frontal lobes.

Women with ADHD may face even greater challenges than men as they age, in part because of declines in estrogen that occur during menopause. Estrogen works together with dopamine (an important brain chemical) to enhance mood and cognition; when estrogen levels decrease (for example, during peri-menopause), dopamine’s positive effects are less pronounced.

Many women with ADHD experience these hormone fluctuations as more extreme than other women, suggesting that perimenopause might be an especially challenging time for them.

What do I do if I think I have ADHD?

If you think you may have ADHD, an important step in diagnosis is determining that at least some symptoms have been present for a long time (rather than having started only recently), and ensuring those symptoms aren’t better accounted for by another medical or psychiatric condition.

A family doctor is often well positioned to make these determinations because they are familiar with your health history and usually have followed you over an extended period of your life. If you think you may have ADHD, speaking with your family doctor about your concerns is typically a good first step.

You can also connect with the Centre for ADHD Awareness, Canada to get more information about ADHD testing, diagnoses and supports.

The Conversation

Emma Climie receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council, the Azrieli Foundation, and the Carlson Family Research Award in ADHD. She is a Member of the Board of Directors for CADDRA – Canadian ADHD Resource Alliance.

Brandy Callahan receives funding from the Canadian Institutes of Health Research, the Social Sciences and Humanities Research Council, and the Canada Research Chairs Program.

ref. Not just boys: The overlooked story of ADHD in women and girls – https://theconversation.com/not-just-boys-the-overlooked-story-of-adhd-in-women-and-girls-275686

Ontario’s proposed nuclear waste repository must obtain consent from all affected First Nations

Source: The Conversation – Canada – By Larissa Speak, Assistant Professor, Lakehead University

In January, the Impact Assessment Agency of Canada (IAAC) initiated an assessment of a proposed nuclear waste repository in northwestern Ontario. The repository is being advanced by the Nuclear Waste Management Organization (NWMO), which is charged with finding a long-term solution to Canada’s mounting nuclear fuel waste.

The NWMO has proposed building an underground repository at a site near the Township of Ignace and the Wabigoon Lake Ojibway Nation. The proposal has received support from the township and First Nation, but it remains deeply contentious with other First Nations.

The impact assessment process recently began with the NWMO filing an initial project description, followed by a public commenting period. Nearly 900 comments were received, including written submissions from 22 First Nations, five regional and treaty organizations, and the Assembly of First Nations.

Many of the responses from First Nations hinge on differing interpretations of free, prior and informed consent. The NWMO sought the consent of one First Nation near the proposed repository site. However, Indigenous submissions argue that NWMO should also seek consent from all First Nations whose rights, interests, territories and watersheds could be affected by a repository.

Our research includes a focus on the administrative, regulatory and legal processes being used to make decisions about nuclear waste disposal. We’re especially concerned that Indigenous consent is being framed in a way that excludes many First Nations whose members and territories could be affected by the proposed repository.




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Free, prior and informed consent

In 2005, the NWMO publicly committed to a consent-based siting process, including finding a “willing host” for its proposed waste repository. In 2018, it committed to seeking free, prior and informed consent from affected Indigenous Peoples.

The principle of seeking Indigenous consent is enshrined in the United Nations Declaration on the Rights of Indigenous Peoples (UNDRIP). It states that governments should seek input and consent from affected Indigenous communities for any developments that take place on their territories.

In particular, Article 29 of UNDRIP states that “no storage or disposal of hazardous materials shall take place in the lands or territories of Indigenous peoples without their free, prior and informed consent.”

The NWMO began its site selection process in 2010. In 2024, the municipality of Ignace signed a hosting agreement with the NWMO. Later that year, Wabigoon Lake Ojibway Nation members voted in favour of “in-depth environmental and technical assessments” to determine a suitable site.

Shortly thereafter, the NWMO announced that it had selected a site in northwestern Ontario, with Ignace and Wabigoon Lake Ojibway Nation as host communities.

First Nations criticize the process

The site selection process was contentious, with several potentially affected municipalities, First Nations and regional/treaty organizations voicing opposition. Many First Nations were critical of the NWMO’s site selection process, particularly their approach to seeking Indigenous consent.

Eagle Lake First Nation is challenging the NWMO’s site selection decision in court, arguing that the repository site is on its traditional territory and that the project cannot proceed without its free, prior and informed consent.

The NWMO said the repository site was chosen “following extensive technical study and community engagement,” and that Eagle Lake is an “important community in the region” it wants to work with.

The NWMO’s initial project description made no mention of regional and Indigenous opposition to its proposed repository. Instead, it emphasizes the consent of adjacent communities and its engagement with Wabigoon First Nation’s laws and processes.

Nipissing First Nation expressed concern that “consent is treated as a local regime, while the risk is region-wide and intergenerational.” As a result, “one nation is positioned as a moral and political shield for a project that affects many others.”

Other First Nations raised concerns with the large monetary payments NWMO made to host communities. Lac Des Mille Lacs First Nation noted:

“The magnitude of these expenditures far exceeds what is reasonably required to support neutral engagement or capacity building and appear to have been a decisive factor in securing local acquiescence.”

Eagle Lake First Nation and Ojibway Nation of Saugeen — both First Nations with territorial claims to the repository site — emphasized that their nations have not consented to the NWMO’s proposal.

NWMO recently released a response to various comments from project stakeholders. However, the response does not acknowledge these criticisms from First Nations.

Consent for widespread risk

First Nations called on the NWMO to seek the free, prior and informed consent of all affected First Nations, including those with overlapping territorial claims to the repository site, those whose territories encompass other essential project activities like nuclear waste transportation and repackaging and those situated downstream of project activities.

Considering the scale and scope of project activities and the potential for widespread harm should something go wrong, the Indigenous understanding of consent offers a standard that recognizes interconnectedness, interdependence and ecological reality.

Mississaugas of Scugog Island First Nation called on the IAAC to require NWMO to develop a strategy “that addresses all potentially impacted First Nations, including those impacted by used nuclear fuel repackaging at existing storage sites and along transportation corridors.”

Kebaowek First Nation also called for the recognition of FPIC rights of “all First Nations whose lands, territories and/or other resources may be affected.”

Several Indigenous communities argued that the NWMO must engage with the laws, processes and protocols of affected First Nations. Grand Council Treaty #3’s submission asserted that the impact assessment process should be put on hold until it is harmonized with the grand council’s laws and protocols.

Eagle Lake First Nation and Ojibway Nation of Saugeen also called for the impact assessment process to be put on hold until territorial disputes to the repository site are resolved and the NWMO obtains their consent.

NWMO’s recent response to comments on the initial project description did not directly address whether additional First Nations and Treaty organizations also have a right to provide or withhold consent to the proposed repository.

Given the positions of many First Nations, NWMO must seek input from all First Nations affected by the repository project before it goes any further. And the IAAC should carefully examine the impact assessment process to ensure engagement with First Nations and treaty organizations focuses on obtaining their free, prior and informed consent.

The Conversation

Larissa Speak has received research funding from the Social Sciences and Humanities Research Council. She is affiliated with Niniibawtamin Anishinaabe Aki, an Indigenous-led group concerned with the disposal of nuclear waste on Anishinaabe territory. She is a member of Animikii-wajiw or Fort William First Nation.

John Sinclair receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada. He is a long time member of the Canadian Environment Network’s Environmental Planning and Assessment Caucus.

Warren Bernauer receives funding from the Canada Research Chair program. He is affiliated with Niniibawtamin Anishinaabe Aki, an Indigenous-led group concerned with the disposal of nuclear waste on Anishinaabe territory.

ref. Ontario’s proposed nuclear waste repository must obtain consent from all affected First Nations – https://theconversation.com/ontarios-proposed-nuclear-waste-repository-must-obtain-consent-from-all-affected-first-nations-277735

Claims about genetic superiority ignore the real drivers of human inequality

Source: The Conversation – Canada – By Robert Chernomas, Professor Of Economics, University of Manitoba

Political leaders like United States President Donald Trump and business oligarchs like Elon Musk have increasingly suggested that human behaviour and social outcomes are rooted in genetics.

Trump has repeatedly suggested that problematic behaviours are genetic and inherent, while Musk has advocated for “intelligent” people to have children. His Grokipedia even frames racist concepts like racial nationalism positively while drawing on eugenic ideas, claiming that preserving distinct racial genetic profiles “maximizes individuals’ inclusive fitness.”

These arguments are taking us back to one of the darkest periods in human intellectual history: when eugenics was alive and well. Eugenics is the mistaken belief that a society’s genetic pool can be “improved” by limiting the reproduction of those deemed inferior and encouraging the breeding of those deemed superior.

Eugenics is now regarded as “the most egregious example of the destructive misuse of science in all human history,” as evolutionary biologist Richard Prum put it.

Yet this pseudoscientific way of thinking has not disappeared. It has re-emerged in new forms, primarily among tech capitalists and conservative politicians advocating for policies like forced migration, fertility assistance and genetic engineering to create a “fitter” nation.




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In our recent book, The American Gene: Unnatural Selection Along Class, Race, and Gender Lines, we show that differences in complex behavioural traits among groups are not the natural outcome of inborn human biology, but the product of systemic economic inequality.

We can illustrate this by focusing on two of the most popularly discussed in the nature-versus-nurture debate: health and intelligence.

The limits of the human genome

The US$3 billion Human Genome Project set out to identify “the key genes underlying the great medical scourges of humankind.” Bill Clinton called it “the most important, most wondrous map ever produced” when he was U.S. president.

Yet except for rare diseases caused by one or a few genes, genomic data has had limited success in predicting complex diseases like heart disease, cancer, mental health disorders or addiction.

Scientists have found dozens of genetic variations associated with complex diseases, but the combined effects of these genes have explained very little about heritable risk. Even with the complete human genome sequenced, predicting health outcomes from genetics has proven challenging.

In fact, in 2013, the Food and Drug Administration ordered 23andMe to stop marketing certain genetic disease risk information to consumers until they received regulatory clearance.

Environment shapes health more than genes

Some scientists, including molecular biologist James Watson, the first director of the Human Genome Project and a disgraced Nobel laureate, have argued that genetics largely determine health hierarchies.

He once suggested that New Jersey’s high cancer rates were mostly due to residents’ “genetic constitution” rather than environmental factors.

This logic is flawed. It would suggest that the people of New Jersey had uniquely cancer-prone DNA compared to the rest of the population, which seems unlikely. Further undermining Watson’s theory is the fact that cancer rates followed the changing location of the chemical industry, which fled New Jersey’s increasingly costly environmental regulations for Louisiana.

“Cancer Alley” in Baton Rouge, Louisiana — an 85-mile stretch of the Mississippi River lined with some 200 fossil fuel and petrochemical production plants — became home to the nation’s highest cancer rates, affecting the region’s disproportionate Black and Brown population.

In the words of bio-statistician Melanie Goodman: “ZIP Code is a better predictor of health than genetic code.”

Further evidence against genetic determinism comes from migrant studies. Research has found ethnic groups with low breast cancer rates in their home countries, such as China, Japan and the Philippines, often experience higher disease rates after migration.

Similar patterns appear in studies of coronary heart disease among people of Japanese ancestry who lived in Japan, Hawaii and California. Those who adopted more westernized lifestyles had higher rates of disease.

Intelligence is a product of opportunity

Researchers like Richard Hernstein, Charles Murray, David Reich and Nicholas Wade have insisted on a link between genetics, race or ethnicity, and what they describe as a hierarchy of intelligence.

In these arguments, Ashkenazi Jews are often placed at the top of the hierarchy, while people of African descent are placed lower. Although the discussion always revolves around genetic inheritance, they have yet to identify the specific genes that would justify this hierarchy.

Where proponents attempted to provide empirical support, the argument often rested on a residual claim: even after accounting for all the social variables that might influence intelligence, an unexplained component remained and was therefore presumed to be genetic.

On the other side of the debate are researchers like James Flynn, who argued intelligence is determined more by environment than genetics.

A TEDTalk by researcher James Flynn about why our IQ levels are higher than our grandparents’.

Flynn documented a steady rise in intelligence test scores across the 20th century in a pattern now known as the “Flynn Effect.” He found that between 1933 and 1983, American IQs increased by around three points per decade. He argued people’s minds were sharpened by better education and more intellectually demanding jobs and hobbies.

Flynn also found larger impacts in lower-income nations. Kenya and several Caribbean nations, for example, had much larger increases in IQ scores than Scandinavian countries because, he argued, the conditions for learning had improved more in the former nations than the latter.

Lived experience influences our genes

Advances in the revolutionary field of epigenetics have shifted the nature-versus-nurture debate by identifying a pathway through which lived experience can impact what were previously thought to be fixed processes.

Epigenetics refers to mechanisms that affect gene expression — how much a gene is used or not — without changing the DNA sequence itself. These mechanisms function somewhat like a dimmer switch, turning genes on and off, or adjusting the intensity of their effects.

Growing evidence suggests that epigenetic mechanisms are impacted by the conditions in which people live, which in turn influence human traits and outcomes. Some of these epigenetic changes may even be transmitted across generations.

In other words, nurture has a direct influence on nature.

Claims about the supposed genetic superiority of some human beings over others rarely account for the complexity of these additional types of inheritance.

Opportunity matters more than genetics

A growing body of research suggests that social and economic opportunity plays a far greater role in shaping human outcomes than genetic inheritance.

As biologist Siddhartha Mukherjee pointed out, “it is impossible to ascertain any human, genetic potential without first equalizing environments.”

Decades earlier, Henry Wallace, who served as vice-president under Franklin D. Roosevelt, similarly suggested that if children from rich and poor families were given the same food clothing, education, care and protection, class lines would likely disappear.

Historical evidence supports this view. Our research shows that when structural barriers are reduced and marginalized groups have the same opportunities as more privileged groups, inequalities shrink dramatically.

By way of example, the economic and social changes following U.S. civil rights legislation led to major improvements in the health, education and income of Black Americans — despite no change in their genetic makeup — highlighting the role of structural racism and social policy.

People should be significantly more concerned with the effects of the policies imposed by the Trumps and Musks of the world than the DNA passed on by their parents.

The Conversation

Ian Hudson receives funding from SSHRC. Ian Hudson is a Research Associate for the Canadian Centre for Policy Alternatives.

Robert Chernomas does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Claims about genetic superiority ignore the real drivers of human inequality – https://theconversation.com/claims-about-genetic-superiority-ignore-the-real-drivers-of-human-inequality-275393