Los antiguos egipcios no estaban tan equivocados: pienso, luego tengo corazón

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Luisa M. García González, Personal Docente e Investigador – Programa ‘Beatriz Galindo’, Universidad de Jaén

El pesaje del corazón era la prueba principal del Juicio de Osiris en la mitología egipcia para decidir si un alma entraba al mundo de los muertos con vida eterna. British Museum

Hace unos cuatro mil años, alguien debió cometer un pequeño error con el corazón del visir Ipi durante su proceso de momificación. Para los egipcios, el corazón no era un órgano más. Era el lugar donde residían la memoria, la inteligencia, los deseos y la identidad de cada persona.

El corazón de Ipi había sido cuidadosamente extraído del cuerpo, desecado y vendado para después volver a colocarlo en su interior antes del enterramiento. Sin embargo, y quizás por confusión, terminó dentro de una vasija que contenía restos del embalsamamiento y quedó fuera de la tumba, en el depósito de los embalsamadores, donde permaneció durante milenios.

Este hallazgo, realizado por el equipo del Middle Kingdom Theban Project (MKTP) de la Universidad de Alcalá, constituye una extraordinaria ventana al pensamiento de los antiguos egipcios para comprender cómo concebían ellos el cuerpo humano.

El órgano que guardaba la memoria

La civilización egipcia disponía de dos palabras para designar el corazón. Una era ib, que podía significar ‘corazón’, pero también ‘mente, inteligencia, comprensión, deseo’ o incluso ‘estado de ánimo’. Este término guardaba connotaciones asociadas a lo ‘oculto, interno’ o incluso ‘invisible’. La otra palabra era HAty, igualmente relacionada con el ‘corazón’ y con el ‘pensamiento’, pero con connotaciones más habituales, es decir, designa el corazón como órgano físico, como músculo cardíaco que con su latido envía corriente sanguíneo a todo el cuerpo.

En nuestra era resulta natural asociar las funciones más mentales al cerebro. Para ellos, sin embargo, el corazón era el auténtico centro de la persona, y de ahí las decisiones que rodeaban el complejo proceso de momificación.

Según las creencias de los egipcios de aquel tiempo, la muerte suponía una ruptura temporal del individuo y, durante su viaje hacia el más allá, el difunto podía perder la memoria y la consciencia. Por eso era imprescindible devolverle el corazón, porque recuperar el corazón era recuperar la propia identidad.

Los Textos de los Ataúdes, redactados hace unos cuatro mil años, lo expresan de manera extraordinariamente bella:

“Yo coloco tu corazón dentro de tu cuerpo, para que recuerdes aquello que habías olvidado” (TdA 62).

¿Por qué conservar precisamente el corazón?

Durante la momificación se extraían la mayor parte de las vísceras para facilitar la conservación del cadáver. El cerebro era retirado a través de las fosas nasales y órganos como el hígado, el estómago, los pulmones o los intestinos se depositaban en unas vasijas conocidas como vasos canopos.

Cuatro vasijas con diferentes cabezas de animales y seres mitológicos.
Vasos canopos que forman parte de la colección del Louvre Abu Dhabi.
Francesco Bini/Wikimedia Commons, CC BY-SA

Pero el corazón seguía un camino diferente. Aunque solía extraerse temporalmente durante el proceso de desecación, debía regresar al cuerpo antes del enterramiento. Este procedimiento les ayudó a acumular conocimiento sobre este órgano, y los egipcios llegaron a comprender su anatomía básica de manera exhaustiva –aorta, cavas, ventrículos, venas pulmonares y orejuela–.

Se ve muy claro en el caso de Ipi, donde se pueden identificar todas las estructuras anatómicas de su corazón. El proceso aplicado a este órgano fue tan minucioso que la aorta recibió un trato particular: fue cuidadosamente envuelta por separado y taponada con un cilindro hecho de lino, lo que le hizo conservar su forma original. Lamentablemente, al confundirlo con otros restos del embalsamamiento, el corazón vendado del visir Ipi nunca volvió al lugar que le correspondía.

Resulta inevitable preguntarse qué habría pensado un sacerdote egipcio al descubrir aquel error y si Ipi, al no disponer de su corazón, estará todavía viviendo la condena de vagar sin consciencia ni recuerdo por los mundos del más allá.

El corazón vuelve a sorprendernos

Aunque hoy sabemos que la memoria y el pensamiento dependen del cerebro, la neurociencia contemporánea también está descubriendo que este no trabaja aislado del resto del organismo.

El corazón mantiene una comunicación constante con el sistema nervioso y sus latidos generan señales que llegan continuamente al cerebro, de modo que contribuyen al estado interno desde el que percibimos el mundo, dando en cierto sentido un poco de razón a los antiguos egipcios.

Además, el propio corazón posee un intrincado sistema nervioso caracterizado por redes neuronales complejas que regulan localmente su funcionamiento. Esto no significa que el corazón piense, pero sí que forma parte de un diálogo permanente entre el cuerpo y el cerebro, de modo que una variación en el ritmo cardiaco podría influir en el contexto fisiológico en el que el sistema nervioso interpreta la realidad.

Volver a respirar para volver a vivir

Otro de los rituales funerarios más importantes para los antiguos egipcios era la llamada “apertura de la boca”, mediante la cual el difunto recuperaba simbólicamente las funciones necesarias para relacionarse con el mundo y continuar viviendo en el más allá: hablar, ver, escuchar y respirar.

Maqueta de equipamiento para el 'ritual de la apertura de la boca' (Reino Antiguo, Dinastías V-VI, ca. 2465-2150 a.e.c.).
Maqueta de equipamiento para el ‘ritual de la apertura de la boca’ (Reino Antiguo, Dinastías V-VI, ca. 2465-2150 a.e.c.).
Museo Metropolitano de Arte de Nueva York

Este ritual se celebraba al final de las ceremonias funerarias, generalmente ante la entrada de la tumba. Mientras recitaba fórmulas sagradas, un sacerdote tocaba los labios, los ojos y otras partes del rostro de la momia, o de una estatua que representaba al difunto, con instrumentos como una pequeña azuela y el cuchillo ritual peseshkef.

En relación con la recuperación simbólica de la capacidad de respirar, también aquí la neurociencia ofrece una coincidencia sugerente. La respiración no solo mantiene vivo al organismo. Su ritmo influye en la actividad cerebral y puede modular procesos relacionados con la atención, la memoria o las emociones.

Aunque los sacerdotes egipcios no conocían las neuronas, las sinapsis ni las oscilaciones cerebrales, sí que parece ser que entendían que recuperar la respiración significaba regresar a su relación con el mundo.

Un corazón que todavía nos habla

Durante todo el proceso de momificación, el momento culminante del viaje del difunto era cuando llegaba ante Osiris. Ahí, su corazón era colocado sobre uno de los platos de una balanza frente a la pluma de mAat, símbolo de la verdad y de la justicia, pues ese órgano contenía alegóricamente toda su vida.

Si bien la neurociencia actual utiliza un lenguaje completamente diferente, como redes neuronales, interocepción y comunicación entre órganos y cerebro, también nos muestra que el cerebro no funciona completamente separado del cuerpo. Pensamos con el cerebro, sí, pero lo hacemos desde un organismo que late, respira y envía continuamente información al sistema nervioso.

Y quizá por eso el corazón perdido de Ipi sigue resultándonos tan fascinante, porque nos recuerda que comprender al ser humano se basa en la relación entre el cuerpo, la mente y aquello que nos convierte en quienes somos.

The Conversation

Luisa M. García González recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades: Programa ‘Beatriz Galindo’ (BG24/0004) y Proyectos de Generación del Conocimiento (PID2025-174908NB-100).

Antonio J. Morales Rondán recibe fondos de la Agencia de Investigación e Innovación de Castilla-La Mancha (SBPLY/24/180225/000170), del Ministerio de Cultura para proyectos arqueológicos en el Exterior (22CA), de la Fundación Gerda Henkel (AZ 54/V/25) y de la Fundación Palarq.

Francisco José Esteban Ruiz recibe fondos para investigación del Ministerio de Ciencia e Innovación, la Agencia Estatal de Investigación (AEI) y el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER) bajo el proyecto PID-156228NB-I00, y de la Consejería de Salud y Consumo, Junta de Andalucía (PIP-0113-2024).

– ref. Los antiguos egipcios no estaban tan equivocados: pienso, luego tengo corazón – https://theconversation.com/los-antiguos-egipcios-no-estaban-tan-equivocados-pienso-luego-tengo-corazon-291069

Cómo lograr mejores fármacos contra infecciones

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José María Alunda Rodríguez, Catedrático de Parasitología y Enfermedades Parasitarias, Universidad Complutense de Madrid

Kitsawet Saethao/shutterstock

Las tasas de incidencia y mortalidad de las enfermedades parasitarias humanas se han reducido en un 90 % globalmente, incluidas la malaria en África y enfermedades tropicales desatendidas (ETD) como la enfermedad del sueño. En conjunto, 58 países ya han eliminado al menos una ETD.

En cuanto a la leishmaniosis visceral, aunque la información es dispersa e imprecisa, Brasil es actualmente el país más afectado, con la tasa de letalidad más alta. Mientras, su letalidad se ha reducido drásticamente en India, tradicionalmente el país con mayor número de casos.

Todo esto se ha logrado a pesar de que en este momento existen 50 conflictos bélicos y, como consecuencia, más de 117,3 millones de personas desplazadas, la mayoría en regiones donde la incidencia de las ETD es mayor. El éxito se ha obtenido gracias a la implicación de actores internacionales y nacionales, junto al empleo de métodos de diagnóstico precoz más precisos. De igual manera, un mejor conocimiento de la epidemiología de las enfermedades ha permitido establecer campañas de prevención de la transmisión y planes terapéuticos.

Fármacos que no son perfectos

La reducción de esta carga se ha logrado empleando fármacos bien conocidos desde hace bastante tiempo. Por ejemplo, en el caso de la leishmaniosis visceral en la India, el medicamento estrella es AmB. La enfermedad del sueño se ha vencido con diferentes combinaciones de fármacos, como la pentamidina, el melarsoprol (un antiguo fármaco arsenical), el fexinidazol y el DFMO. Por su parte, la enfermedad de Chagas se aborda con nifurtimox y benznidazol, dos compuestos comercializados desde el siglo pasado (1965 y 1971, respectivamente).

No obstante, aún existen 1 400 millones de personas que requieren intervenciones para el control de las ETD, cuyo tratamiento –-principal método de control– dista de ser ideal.

La toxicidad asociada a la mayoría de los fármacos disponibles, su eficacia subóptima, cuando no reducida, necesidad de hospitalización en algunos casos, elevado precio de las presentaciones más eficaces y seguras, y el riesgo permanente de la aparición de resistencias son una persistente espada de Damocles que amenaza el progreso en el control de estas enfermedades.

Tampoco ayuda, en muchas ocasiones, el contexto: migraciones, cambio climático y epidemias. Además, la amplia aceptación de nuevos marcos conceptuales –One Health, Ecohealth y Planetary Health– ha puesto de relieve la necesidad de controlar la toxicidad de los medicamentos para el medio ambiente.

¿Nuevas tecnologías para crear mejores medicamentos?

En este escenario, pocos sectores productivos han mostrado mayor apertura que la industria farmacéutica a la incorporación de nuevas tecnologías: biología molecular, inteligencia artificial, machine learning, diseño “in silico”.

Esta estrategia, sin embargo, no ha resultado en una mejora significativa de los resultados en el descubrimiento de fármacos. De hecho, la innovación en la industria farmacéutica se ha reducido. La escasez de nuevos principios activos en todos los campos terapéuticos –y, de forma particular, en los antiparasitarios-– es una realidad en la medicina humana y veterinaria.

Hacia modelos más eficaces

Las ventajas de aplicar nuevos métodos, notablemente la IA por su enorme potencial para “descubrir” huecos en la investigación o ampliar el espacio químico explotable para sintetizar nuevos compuestos, son indudables. Al mismo tiempo, los bioensayos con moléculas y los métodos clásicos han demostrado ser razonablemente eficaces. Una combinación juiciosa de nuevas tecnologías y enfoques clásicos parece ser la estrategia más sensata.

Por otro lado, el diseño y descubrimiento de fármacos es una tarea multidisciplinar, en la que deben participar científicos de todos los campos relevantes, incluidos químicos sintéticos, farmacólogos, químicos médicos, bioinformáticos, tecnólogos farmacéuticos y especialistas en salud animal y humana, así como patólogos y bioquímicos, entre otros.

Factor humano: la importancia de la cooperación

Esta cooperación no es frecuente en el ecosistema académico estándar, debido a factores humanos profundamente arraigados: un cambio necesario debería considerar al resto de grupos más como compañeros con los que compartir el mismo objetivo común de conseguir un tratamiento eficaz, y no como rivales de medios y recursos.

Otro obstáculo está relacionado con la gestión de la investigación: ausencia de programas universitarios, falta de financiación plurianual, presión de publicación para la promoción científica y distorsión de los objetivos más relevantes – por ejemplo, cuando la financiación no se relaciona con la importancia real de las enfermedades, sino con las publicaciones en el área–.

Para paliar estos problemas, las herramientas de cooperación, como los proyectos conjuntos y las redes de investigación (por ejemplo, las acciones COST en la Unión Europea) podrían resultar valiosas, si se gestionaran de forma equilibrada. Sin embargo, su corta duración, la escasez de recursos y su orientación predominantemente académica limitan su eficacia. Asimismo, los centros académicos de descubrimiento de fármacos podrían ser una buena opción, siempre que se enfoquen en las necesidades terapéuticas reales.

La ciencia como empresa social

No menos importante es tener en cuenta que la ciencia es una empresa social y que la participación de la sociedad es un requisito indispensable, ya que la mayor parte de la investigación se financia con fondos públicos. Esto implica incluir la rendición de cuentas en el diseño y la ejecución de los proyectos.

Así, la implicación de la sociedad civil y el abandono de las actividades de investigación centradas en la publicación de artículos son pasos necesarios para el éxito de la estrategia de desarrollo de fármacos. No olvidemos que el objetivo principal es frenar las enfermedades que amenazan la salud y la vida de las personas y tienen un enorme impacto en la producción ganadera y el bienestar animal.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. Cómo lograr mejores fármacos contra infecciones – https://theconversation.com/como-lograr-mejores-farmacos-contra-infecciones-287085

Traiter des cancers auparavant incurables en rendant accessible la thérapie par cellules CAR-T

Source: The Conversation – in French – By Nolan Maugourd, PhD Candidate in Chemical Engineering, Université Laval

Les thérapies CAR-T consistent à prélever des cellules du patient, à les modifier en dehors de l’organisme, puis à les lui réinjecter. (Pexels/Karola G)

De nouvelles options de traitement sont aujourd’hui disponibles pour divers cancers considérés auparavant comme incurables. Les thérapies par cellules CAR-T (lymphocytes T à récepteurs antigéniques chimériques) en font partie. Elles consistent à modifier les lymphocytes T, ces cellules essentielles au fonctionnement du système immunitaire.

Les lymphocytes T sont modifiés afin d’induire l’expression d’un récepteur capable de reconnaître et d’attaquer les cellules cancéreuses. Cette méthode permis d’obtenir des résultats positifs dans le traitement de formes de leucémie et de lymphome auparavant incurables.

Toutefois, leur mise en œuvre pose d’importants enjeux d’accessibilité au Canada, en raison de leur coût élevé et de leur complexité. Pour remédier à ce problème, des chercheurs universitaires et des institutions publiques canadiennes développent des thérapies CAR-T non commerciales qui devraient réduire les coûts des traitements, tout en offrant des résultats comparables.

À titre de doctorant de l’Université Laval, je travaille en collaboration avec le Conseil national de recherches du Canada et je m’intéresse à l’ingénierie cellulaire permettant de produire les vecteurs lentiviraux nécessaires aux thérapies CAR-T. Je souhaite contribuer à rendre cette thérapie plus accessible.




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Thérapies par lymphocytes CAR-T

Ces traitements personnalisés sont appelés « thérapies autologues ex vivo ». Ils consistent à prélever des cellules dans le sang du patient, à les modifier en dehors de l’organisme, puis à les réinjecter.

Pour réaliser une thérapie CAR-T, on prélève des lymphocytes T dans le sang du patient, puis on les expose à des virus porteurs du gène CAR, qui est alors intégré dans les cellules. Ces cellules, qui expriment désormais des récepteurs spécifiques, sont multipliées, puis réinjectées au patient afin qu’elles puissent reconnaître et détruire les cellules cancéreuses.
Institut national du cancer, CC BY

Le processus comprend plusieurs étapes. On commence par procéder à une aphérèse pour filtrer le sang du patient et en extraire les lymphocytes T. Une fois isolés, les lymphocytes sont exposés à un virus modifié porteur du gène CAR, ce qui les programme pour exprimer le récepteur CAR et cibler les cellules cancéreuses. Les cellules sont mises en culture jusqu’à ce qu’on en obtienne une quantité suffisante. Ensuite, on réinjecte les lymphocytes dans l’organisme du patient, ce qui permet d’offrir un traitement personnalisé.

Différents types de CAR peuvent être exprimés à la surface des lymphocytes T pour cibler différents types de cellules cancéreuses. À titre d’exemple, les CAR anti-CD19 et anti-CD22 sont utilisés pour traiter la leucémie et le lymphome, tandis que les CAR anti-BCMA servent au traitement du myélome.

Un modèle centralisé complexe et coûteux

Six traitements CAR-T sont actuellement disponibles au Canada. Des laboratoires pharmaceutiques assurent l’ensemble des étapes de production de ces thérapies pour plusieurs régions ou pays. Dans ce modèle centralisé, les cellules prélevées chez les patients sont envoyées à ces laboratoires, où elles sont modifiées, puis distribuées aux lieux de soins où on les réinjecte aux patients.




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Le processus nécessite de quatre à six semaines entre le prélèvement des cellules et leur réinjection. Ce délai peut s’avérer critique selon l’état du patient et requiert souvent un traitement temporaire, appelé « traitement d’attente », afin de stabiliser l’évolution de la maladie. Le délai est dû aux multiples étapes de préparation et à la complexité logistique d’une fabrication centralisée.

Le coût de la thérapie varie entre 440 000 et 630 000 dollars, ce qui représente une dépense importante pour les établissements publics et pèse lourdement sur les budgets provinciaux. Le coût limite l’accès au traitement en fonction de la province de résidence. Ainsi, Kymriah, une thérapie CAR-T anti-CD19, n’est remboursé que dans trois provinces : l’Alberta, l’Ontario et le Québec.

De plus, étant donné l’expertise et les infrastructures qu’ils nécessitent, ces traitements ne sont proposés que dans les grands hôpitaux, ce qui empêche des patients vivant dans des régions isolées d’avoir accès aux soins et entraîne des inégalités de soins.

Une production non commerciale

Des établissements publics, comme les instituts de recherche, les universités et les hôpitaux, peuvent mettre au point des traitement non commerciaux. Au Canada, trois thérapies CAR-T conçues en contexte de recherche sont actuellement en cours d’essai clinique contre certaines formes de lymphomes et de leucémies.

Deux de ces essais ciblent l’antigène CD19 (ACIT001/EXC002 et CLIC-1901), tandis qu’un autre cible l’antigène CD22 (CLIC-2201). Ces traitements sont au stade des essais cliniques et ne sont pas encore offerts commercialement, mais des données sont en cours de collecte.

Le traitement CLIC-1901 est unique en son genre, car il repose sur une collaboration entre plusieurs établissements canadiens : les composants des vecteurs viraux sont fabriqués à Vancouver, au BC Cancer ; les vecteurs viraux sont ensuite produits à Ottawa, à l’Institut de recherche de l’Hôpital d’Ottawa ; puis les cellules du patient sont transformées en cellules CAR-T au BC Cancer. Finalement, les réinjections sont effectuées dans les établissements cliniques où les cellules ont été initialement prélevées, c’est-à-dire à l’hôpital général de Vancouver ou à l’hôpital d’Ottawa.

Le traitement ACIT001/EXC002 fait appel à deux sites de production situés en Alberta pour approvisionner quatre centres de différentes villes de la province.

À terme, les essais cliniques CLIC visent à valider l’efficacité d’un traitement à base de cellules CAR-T fabriqué au Canada, ouvrant ainsi la voie à un accès pour d’autres centres au Canada.

Avantages pour le système de santé

Les thérapies en milieu de recherche présentent plusieurs avantages pour le système de santé canadien. Contrairement aux traitements commerciaux centralisés, cette approche permet de tirer parti d’une production interne, qui évite d’expédier les cellules des patients vers des sites de fabrication éloignés et réduit le délai entre le prélèvement et la réinjection.

Le délai médian de transfert de veine à veine n’est que de 15 jours pour les essais CLIC-1901 et ACIT001/EXC002. La rapidité d’administration élimine notamment le recours à un traitement d’attente.

Bien que le coût de CLIC-1901 n’ait pas encore été déterminé, les chercheurs s’attendent à ce qu’il soit nettement inférieur à celui des traitements commerciaux actuellement disponibles. Pour ACIT001/EXC002, le coût annoncé est inférieur à 100 000 dollars. À titre de comparaison, la production en contexte de recherche de la thérapie CAR-T à l’Hospital Clínic de Barcelone, en Espagne, a permis de réduire les coûts à environ 89 000 euros, soit l’équivalent de 145 000 dollars. Aucune estimation de coût n’est actuellement disponible pour CLIC-2201.


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Les traitements CAR-T en milieu de recherche répondent aux principes d’accessibilité énoncés à l’article 3 de la Loi canadienne sur la santé, qui garantit à tous les Canadiens l’accès aux services de santé, sans obstacles financiers ou autres. Grâce à ces trois essais cliniques, des patients de trois provinces bénéficient déjà de ces traitements. L’objectif est d’étendre la distribution des thérapies CLIC à six provinces : la Colombie-Britannique, l’Ontario, le Manitoba, la Saskatchewan, le Nouveau-Brunswick et l’Alberta.

Ce modèle décentralisé contribue à diminuer les inégalités d’accès, tant sur le plan géographique, grâce à la disponibilité des traitements dans un plus grand nombre de provinces, que sur le plan économique, grâce à leur coût réduit.

En outre, ces traitements se révèlent prometteurs sur le plan de l’efficacité. À ce jour, CLIC-1901 affiche des résultats cliniques équivalents, voire supérieurs, à ceux de certains traitements commerciaux. Les résultats préliminaires suggèrent également que CLIC-1901 pourrait présenter un taux de toxicité inférieur à celui des produits commerciaux. Toutefois, ces conclusions sont limitées par la taille de l’échantillon.

Concernant ACIT001/EXC002, les résultats en matière de sécurité et d’efficacité sont comparables à ceux des traitements actuellement disponibles sur le marché, tandis que les résultats pour CLIC-2201 ne sont pas encore connus.

Le succès de ces différentes phases cliniques ouvre la voie à des étapes plus avancées et au développement à grande échelle des thérapies CAR-T en milieu de recherche au Canada.

La Conversation Canada

Nolan Maugourd travaille pour le Conseil national de recherches du Canada.

– ref. Traiter des cancers auparavant incurables en rendant accessible la thérapie par cellules CAR-T – https://theconversation.com/traiter-des-cancers-auparavant-incurables-en-rendant-accessible-la-therapie-par-cellules-car-t-282339

Cyberattaques, bioterrorisme : ralentir l’IA ne suffira pas si on n’apprend pas à anticiper l’imprévu

Source: The Conversation – in French – By Simon Blanchette, Lecturer, Desautels Faculty of Management, McGill University

Dans un nouvel essai sur la nécessité de ralentir le développement de l’intelligence artificielle, Dario Amodei, chef de la direction et cofondateur d’Anthropic, réitère ses inquiétudes sur « l’utilisation abusive de l’IA à des fins de cyberattaques et de bioterrorisme ». Sa crainte : qu’un essaim d’agents autonomes puisse, en théorie, prendre le contrôle de l’ensemble d’Internet d’ici six à douze mois.


Amodei fonde cette crainte sur la révélation faite en juillet par OpenAI selon laquelle ses modèles d’IA avaient franchi les limites d’un test de sécurité et avaient pénétré les systèmes de la plate-forme d’apprentissage Hugging Face. Environ 1200 agents d’IA ont commencé à communiquer sur un forum, échangeant des messages enthousiastes tels que : « OH MON DIEU ! Il y a un forum partagé… On a trouvé d’autres agents ! », avant que 700 d’entre eux ne coordonnent une attaque.

Amodei soutient qu’il faut « ralentir le rythme auquel nous améliorons les capacités des modèles d’IA ». Elon Musk et le chef de la direction d’OpenAI, Sam Altman, ont abondé dans le même sens.

Ce refrain, on le connaît déjà. Musk a signé une lettre ouverte en mars 2023 appelant à une pause de six mois dans l’entraînement de l’IA. Six mois plus tard, on l’a surnommée « la grande “pause” de l’IA qui n’en fut pas une »

Nous avons bel et bien besoin d’un ralentissement, et nous devons profiter de ce temps pour développer une réflexion anticipatrice au sein de l’industrie de l’IA. L’incident de Hugging Face s’est produit dans le cadre d’un test de sécurité. La façon dont les agents ont pu passer du test à une intrusion réelle n’avait pas été envisagée.

La réflexion anticipative est une compétence. Nous devons la développer de manière aussi délibérée que l’IA elle-même.

Les systèmes d’IA se comportent de manière inattendue

Dans l’incident de Hugging Face, les agents n’ont pas piraté la plate-forme principalement pour s’emparer des réponses du test de sécurité, mais pour comprendre comment fonctionnait le système de notation automatisé et trouver le moyen de le déjouer. Ils avaient déjà réussi à contourner certaines parties du test.

D’autres incidents ont suivi. Anthropic a révélé que son modèle d’IA Claude avait également piraté les systèmes de trois organisations lors d’évaluations de cybersécurité.

Meta a révélé un incident similaire. L’AI Security Institute britannique a documenté le cas d’un agent créant de fausses identités et tentant de manipuler un développeur de logiciels pour qu’il approuve du code malveillant.

Dans ces cas, les systèmes d’IA adaptatifs se sont comportés d’une manière que leurs concepteurs n’avaient jamais prévue, après avoir été confrontés à des situations qu’ils n’avaient pas anticipées. Pourtant, une grande partie de l’évaluation de l’IA reste structurée sur un mode réactif : tester le système, repérer la défaillance, corriger le problème, répéter.




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L’art de l’anticipation

La pensée anticipative consiste à laisser plusieurs futurs possibles façonner nos actions d’aujourd’hui. Nous n’avons pas besoin de savoir exactement ce qui va se passer ; nous devons envisager ce qui pourrait se produire, y compris des possibilités peu probables, mais aux conséquences potentiellement lourdes. C’est là que réside la distinction entre anticipation et prédiction.

Nous le faisons déjà couramment. Nous souscrivons une assurance sans savoir si notre maison sera inondée, précisément parce qu’attendre que l’inondation confirme le risque est la façon la plus coûteuse de le découvrir. Les analystes du renseignement travaillent de la même manière, en remettant en question leurs propres prémisses et en élaborant des scénarios alternatifs avant de se prononcer.

L’anticipation devient plus difficile lorsque les agents d’IA gagnent en autonomie. Donner à un système plus de liberté pour choisir ses outils, agir et réagir multiplie les chemins possibles entre l’objectif qu’on lui fixe et le résultat obtenu.

Cette même liberté qui rend un agent utile laisse également plus de place à des comportements que ses concepteurs n’ont pas prévus.

Le défi des systèmes multi-agents

Pour les agents autonomes, il faut d’abord expliciter les prémisses sur lesquelles repose chaque tâche. À quoi l’agent a-t-il accès ? Que peut-il modifier, et non pas simplement lire ? Quel signal nous avertirait, à temps, qu’une prémisse ne tient plus ?

Les incidents survenus chez OpenAI, Anthropic et Meta ont montré à quelle vitesse des problèmes peuvent surgir lorsque les prémisses concernant l’accès, les autorisations ou le comportement d’un agent cessent d’être vraies.

Il faut ensuite pousser la réflexion plus loin. Si un agent obtient un accès qui ne lui était pas destiné, qu’est-ce que cela lui permet de faire, et qu’est-ce que cela pourrait rendre possible à son tour ? Posée une fois, la question met en lumière le risque évident. Posée à maintes reprises, elle fait ressortir les effets de deuxième et de troisième ordre.

Les questions changent encore une fois lorsqu’un système fait tourner plusieurs agents à la fois. Le risque se déplace alors : il ne tient plus à un agent isolé, mais à la façon dont ils interagissent entre eux — ils peuvent mettre en commun leurs découvertes, se répartir le travail et amplifier mutuellement leurs actions. C’est ce qui a transformé un test en vase clos en faille de sécurité chez Hugging Face.


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Imaginer ne suffit pas

Nous pouvons déjà imaginer de nombreux scénarios possibles. Nous savons que les systèmes d’IA peuvent apprendre à satisfaire un indicateur plutôt que l’objectif qui le sous-tend, un comportement connu sous le nom de « piratage de récompense ». Nous savons également que les systèmes se comportent différemment lorsqu’ils détectent qu’ils font l’objet d’un test.

Mais savoir qu’une défaillance est possible ne suffit pas : encore faut-il concevoir un test capable de la révéler. À bien des égards, il s’agit d’un enjeu organisationnel. Quelqu’un doit oser exposer un scénario indésirable, sachant que cela retardera une mise en production. Ensuite, cette personne doit le présenter sous une forme qui permette aux autres d’agir en conséquence.

Les études organisationnelles documentent ce problème depuis 50 ans : les signaux d’alerte s’accumulent souvent, mais ne parviennent aux décideurs que par fragments, trop isolés les uns des autres pour déclencher une action. Parallèlement, les avertissements qui ne produisent aucun effet négatif deviennent la preuve que le risque est tolérable.

Ces deux schémas se sont manifestés cet été, avec un élément que la littérature sur les catastrophes n’avait jamais eu à prendre en compte : un échec survenu en quelques jours plutôt qu’en plusieurs années.

Des manifestants brandissent des pancartes, dont une sur laquelle on peut lire « No Killer Robots »
La rapidité du développement de l’IA a déclenché des manifestations publiques, comme celle-ci à San Francisco en 2026.
(Unsplash/Nathan Kuczmarski)

L’anticipation s’apprend

L’anticipation peut s’apprendre. Les équipes peuvent apprendre à remettre en question les hypothèses, à élaborer des scénarios alternatifs et à soumettre leurs plans à des tests de résistance avant même de savoir à quel avenir elles seront confrontées. L’objectif est de rendre ce type de réflexion reproductible plutôt que de compter sur une seule personne pour repérer l’imprévu.

Les incidents montrent également pourquoi les tests demeurent essentiels, puisque la plupart ont été découverts lors d’évaluations. Mais la réflexion anticipative modifie les questions que nous posons. Quelle prémisse devrions-nous délibérément remettre en question ? Quelle interaction n’avons-nous pas examinée ? Que se passe-t-il si une contrainte disparaît ?

Plus les équipes s’améliorent en matière d’anticipation, moins les tests se limitent aux défaillances qu’elles savent déjà repérer.

Cette capacité se renforce lorsqu’elle est organisée et mise en pratique.

Au cours de 24 simulations de crise utilisant trois modèles d’IA (Mistral, Claude et ChatGPT), une anticipation efficace reposait sur des structures plus formelles, une utilisation réfléchie de la technologie et une volonté de remettre en question l’expertise existante. Les équipes qui anticipaient de façon systématique prenaient également des décisions plus pertinentes que celles qui agissaient de manière réactive.

L’IA peut également faciliter ce travail. Des expériences récentes ont montré que les agents d’IA mettaient en évidence davantage de conséquences possibles, tandis que les experts humains apportaient le contexte que les agents omettaient souvent. En collaborant, les agents d’IA peuvent générer des possibilités que les humains pourraient négliger, tandis que l’expertise humaine les filtre et les ancre dans la réalité.

Avant le prochain incident

Les entreprises ont tendance à réagir aux failles de sécurité liées à l’IA en renforçant les systèmes qui ont échoué : elles comblent les lacunes et restreignent l’accès des agents. Ce travail est important, mais il ne permet pas de déterminer où apparaîtra la prochaine faille.

Pour qu’un ralentissement serve vraiment à quelque chose, les évaluateurs doivent mettre ce temps à profit pour développer et mettre en pratique une réflexion anticipative : imaginer davantage de façons dont ces systèmes pourraient les surprendre, puis transformer ces possibilités en tests.

À mesure que les systèmes d’IA gagnent en capacité, « on ne s’attendait pas à ça » ne sera plus une réponse acceptable. En fait, ce ne l’est déjà plus. Notre travail consiste à anticiper davantage.

La Conversation Canada

Emmanuelle Vaast reçoit un financement du Conseil de recherches en sciences humaines (CRSH).

Simon Blanchette ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

– ref. Cyberattaques, bioterrorisme : ralentir l’IA ne suffira pas si on n’apprend pas à anticiper l’imprévu – https://theconversation.com/cyberattaques-bioterrorisme-ralentir-lia-ne-suffira-pas-si-on-napprend-pas-a-anticiper-limprevu-292040

Moody’s, S&P, Fitch : pourquoi l’oligopole résiste malgré trente ans de critiques ?

Source: The Conversation – in French – By Valérie Lelièvre, Maître de conférences en Sciences économiques, Chercheur au BETA et membre de la Chaire EFNUM, Université de Lorraine


L’ESSENTIEL

  • Depuis leur création, Moody’s (1909), Fitch (1913) et Standard and Poor’s (1941) dominent le marché des notations financières.

  • En 2025, en dépit des tentatives pour réduire leur domination, les « Big Three » représentent encore 91,87 % du marché européen.

  • Agence de notation africaine ou nouveaux indicateurs de marché, des alternatives ont été envisagées, sans succès.


Depuis les années 1990, chaque grande crise financière, que ce soit la crise asiatique de 1997-98, la crise des subprimes de 2007-2008 ou la crise des dettes souveraines en zone euro au début des années 2010, ravive les critiques adressées aux trois principales agences de notation, Moody’s, Standard and Poor’s et Fitch, nommées les « Big Three ».

Les controverses portent sur les conflits d’intérêts liés à leur mode de rémunération, les dégradations de notes trop tardives, leur effet déstabilisateur sur les marchés et les erreurs commises lors de crises majeures.

Malgré les réformes engagées depuis la crise de 2008, la structure du marché a peu évolué. Les Big Three émettent encore l’immense majorité des notations utilisées par les investisseurs et les régulateurs dans le monde.

Comment expliquer la résilience de cet oligopole ? Celle-ci ne tiendrait-elle pas à la manière dont le marché s’est organisé autour des agences historiques ?

Accumulation des barrières à l’entrée

La persistance de cet oligopole résulte de l’accumulation de barrières qui freinent l’arrivée de nouveaux entrants sur le marché de la notation financière : la réputation, la reconnaissance réglementaire, la diffusion des notes comme référence commune et les coûts liés au changement d’agence.

Le renforcement mutuel des barrières à l’entrée du marché crée une dépendance au sentier. Les choix passés orientent durablement le fonctionnement du marché et rendent plus difficile l’adoption d’autres référentiels. Cette dépendance limite la contestabilité du marché.

La réputation, actif stratégique

La première barrière tient à la réputation des agences historiques, Moody’s, créée en 1909, Fitch en 1913 et Standard and Poor’s (S&P), issue de la fusion en 1941 de Standard Statistics et Poor’s Publishing. Depuis près d’un siècle, Moody’s, S&P et Fitch évaluent États et entreprises à travers le monde, au fil des cycles économiques, accumulant une expérience sans équivalent.

Cette réputation est d’autant plus déterminante que les investisseurs ne peuvent apprécier immédiatement la qualité d’une notation ; celle-ci ne peut être évaluée qu’a posteriori, à partir notamment des défauts d’émetteurs et des changements de note.

Le cas de l’agence chinoise Dagong illustre cette difficulté. Créée en 1994, elle s’est heurtée aux barrières réglementaires et réputationnelles. En 2010, le régulateur américain, la Securities and Exchange Commission (SEC), lui a refusé le statut nécessaire pour opérer pleinement aux États-Unis. Enregistrée par le régulateur européen (l’Autorité européenne des marchés financiers, European Securities and Markets Authority ou ESMA) en 2013, Dagong n’y a jamais dépassé quelques centièmes de point de part d’un marché dont elle se retirera en 2019.

La réglementation, barrière institutionnelle

L’intégration progressive des notations dans la réglementation renforce l’avantage des agences historiques.

Ce processus s’amorce aux États-Unis. Dès 1936, les notes servent à encadrer les placements obligataires autorisés aux banques. À ce premier usage réglementaire s’ajoute, en 1975, une reconnaissance officielle des agences elles-mêmes. La Securities and Exchange Commission (SEC) accorde à Moody’s, S&P et Fitch un statut reconnu pour certains usages réglementaires. Une nouvelle étape est franchie en 2004, lorsque les notations prennent une place dans les normes prudentielles internationales.

L’accord de réglementation bancaire Bâle 2 prévoit, dans l’approche standard, les notations pour calculer les exigences en fonds propres des banques. Cette logique se retrouve dans le règlement européen sur les exigences de fonds propres de 2013, applicable en France, ayant recours aux notations externes pour certains de ces calculs.

Pour concurrencer les acteurs établis, les nouveaux entrants font face à un cercle difficile à rompre : leur faible diffusion limite leur accès aux usages réglementaires qui conditionnent eux-mêmes cette diffusion. Ce mécanisme se rapproche d’un avantage du premier entrant, amplifié par la réglementation.

Langage commun renforcé par les effets de réseau

Les échelles de notes des Big Three sont devenues des références communes pour les banques, les investisseurs, les compagnies d’assurance et les banques centrales.

Elles distinguent la catégorie « investissement », qui indique une capacité de remboursement jugée suffisamment solide, et la catégorie « spéculative », qui signale un risque de non-remboursement plus élevé. Pour les notes à long terme, la première s’étend de AAA à BBB− chez S&P et Fitch, et de Aaa à Baa3 chez Moody’s ; la seconde commence à BB+ chez les deux premières et à Ba1 chez Moody’s.

En avril 2010, S&P a fait basculer la dette grecque dans la catégorie spéculative. En septembre 2025, Fitch a baissé la note de la France de AA− à A+, traduisant ses inquiétudes sur les finances publiques et l’instabilité politique ; elle reste toutefois dans la catégorie investissement.

Cette standardisation favorise des effets de réseau. Plus les investisseurs utilisent les notes d’une agence, plus les émetteurs ont intérêt à se faire noter par elle ; plus cette agence note d’émetteurs, plus elle offre aux investisseurs un large éventail de comparaisons. Un nouvel entrant doit de facto atteindre une masse critique pour que ses évaluations soient suivies et reconnues par le marché.

Les coûts de changement favorisent les acteurs établis

À ces effets de réseau s’ajoutent des coûts de changement. Les notations sont incorporées dans des mandats de gestion, des critères d’investissement, des contrats et des procédures internes d’établissements financiers.

Ces coûts incitent les acteurs à conserver les référentiels qu’ils utilisent déjà. En économie industrielle, ces switching costs peuvent contribuer au verrouillage des pratiques et protègent les positions des agences établies… même lorsque la qualité de leurs évaluations est contestée.

Un témoignage recueilli en 2012 par le Sénat l’illustre. Entre 2006 et 2008, selon Catherine Gerst, qui travaillait alors pour l’agence de notation canadienne Morningstar DBRS, des émetteurs acceptaient une évaluation gratuite de DBRS, mais refusaient de remplacer leur prestataire habituel, malgré leurs critiques de l’oligopole des Big Three.

Aucune alternative n’a remplacé les Big Three

Des solutions ont été envisagées pour réduire la dépendance aux notations et favoriser la concurrence : les modèles internes d’évaluation du risque, les indicateurs de marché et l’émergence d’agences concurrentes.

Conduire sa propre analyse du risque

En 2004, Bâle 2 offre aux banques autorisées une voie distincte : l’approche fondée sur les notations internes IRB qui repose en partie sur leurs propres estimations du risque de crédit. En 2010 le Conseil de stabilité financière recommande de réduire l’usage mécanique des notes.

En 2013, l’Union européenne demande aux institutions financières de conduire leur propre analyse du risque. Ces réformes ont limité le recours automatique aux notations sans faire émerger une solution capable d’en remplir toutes les fonctions.

Indicateurs de marché

Les indicateurs de marché ont aussi été envisagés comme alternative aux notations.

C’est le cas du spread obligataire mesurant l’écart de rendement entre la dette d’un État et celle d’un pays jugé plus sûr, pour une même échéance. Le 11 septembre 2026, les obligations françaises à dix ans offrent un rendement de 4,418 %, contre 3,505 % pour leurs équivalentes allemandes. Les investisseurs demandent donc un supplément de rendement (spread) de 0,91 point de pourcentage pour détenir la dette française.

Autre indicateur : le prix des CDS, ces contrats financiers qui fonctionnent comme une assurance contre le défaut de paiement d’un État. Plus cette protection coûte cher, plus les investisseurs perçoivent généralement un risque de non-remboursement élevé.

Ces indicateurs dépendent de la facilité à revendre les titres – la liquidité du marché –, du risque que les investisseurs soient prêts à accepter – l’aversion au risque – et du climat général des marchés. Leurs fluctuations en font surtout des outils d’alerte complémentaires aux notations.

Favoriser l’émergence d’agences concurrentes

L’Union européenne a également cherché à favoriser les petites agences. Depuis 2013, lorsqu’un émetteur désigne au moins deux agences, il doit envisager d’en choisir une ayant moins de 10 % du marché et se justifier s’il ne le fait pas. Cette incitation n’a pas modifié la structure du marché : en 2025, les Big Three représentent encore 91,87 % du marché européen mesuré par les revenus. L’agence canadienne DBRS arrive au 4e rang sans dépasser 2 % du marché et l’agence européenne Scope rating arrive au 5e rang, représente 1,23 % du marché.

La recherche d’alternatives passe aussi par des initiatives régionales. Portée par l’Union africaine, l’Africa Credit Rating Agency (AfCRA) ambitionne de mieux prendre en compte les spécificités économiques du continent, notamment le secteur informel et les ressources naturelles. Elle entend ainsi répondre aux critiques de notations jugées trop sévères et contribuer à réduire les coûts de financement des pays africains.

Aucune des solutions envisagées ne réunit la couverture mondiale, la comparabilité, l’historique, la reconnaissance institutionnelle et la diffusion dont bénéficient les Big Three. Leur domination repose donc moins sur l’absence d’alternatives que sur l’incapacité de celles-ci à cumuler ces avantages et à s’imposer comme une référence commune auprès des acteurs du marché. Trente ans de critiques ont fragilisé leur légitimité sans ébranler les mécanismes qui soutiennent leur domination.

The Conversation

Valérie Lelièvre ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

– ref. Moody’s, S&P, Fitch : pourquoi l’oligopole résiste malgré trente ans de critiques ? – https://theconversation.com/moodys-sandp-fitch-pourquoi-loligopole-resiste-malgre-trente-ans-de-critiques-285726

À l’heure de l’IA générative, que signifie encore apprendre une langue ?

Source: The Conversation – in French – By Cédric Brudermann, Professeur des universités, Conservatoire national des arts et métiers (CNAM)

Ces deux jeunes touristes utilisent une application de traduction sur leur téléphone pour communiquer avec la population pendant leur voyage. Billow 926/Unsplash, CC BY

L’ESSENTIEL

  • Face aux progrès de l’intelligence artificielle générative, pourquoi apprendre une langue étrangère ?

  • Communiquer, c’est produire des phrases correctes, mais aussi comprendre une situation et savoir s’ajuster.

  • Il s’agit de former des citoyens capables de construire du sens avec les autres.


L’intelligence artificielle générative (IAG) traduit des textes, rédige des courriels, reformule des articles et résume des documents en quelques secondes. À cela s’ajoutent la traduction vocale en temps réel et les assistants conversationnels : autant d’outils qui donnent parfois l’impression que les barrières linguistiques sont en train de disparaître.

À quoi bon, dès lors, apprendre une langue si des machines semblent pouvoir communiquer à notre place ?

La question peut sembler provocatrice mais elle traverse aujourd’hui le monde de l’éducation et, plus largement, la société. Elle repose toutefois sur une conception réductrice de ce que signifie apprendre une langue : celle qui consiste à ramener cet apprentissage à la mémorisation du vocabulaire, à l’application de règles grammaticales ou à la traduction de phrases. Si tel était le cas, les progrès de l’IAG suffiraient à remettre en question une partie des finalités de cet apprentissage.

Mais apprendre une langue, c’est aussi apprendre à interagir avec les autres, à comprendre une situation et à adapter son discours. C’est en effet dans ces échanges – avec leurs hésitations, leurs malentendus et leurs ajustements – que se construit une partie essentielle de la compétence linguistique.

Si l’IAG peut accompagner ces apprentissages, elle ne peut cependant pas se substituer aux interactions humaines elles-mêmes. Il en découle que l’IAG ne rend pas l’apprentissage des langues obsolète, mais conduit à en redéfinir les finalités dans un monde où certaines tâches linguistiques sont automatisées.

Communiquer ne consiste pas seulement à traduire

L’un des principaux atouts de l’IAG est de faciliter des tâches linguistiques autrefois longues ou complexes. Traduire un document, corriger une formulation, reformuler un texte ou produire un premier brouillon est désormais à portée de clic. Cette efficacité peut toutefois entretenir une illusion : celle selon laquelle communiquer reviendrait simplement à remplacer des mots d’une langue par leurs équivalents dans une autre langue.

Or, une langue est bien davantage qu’un système de correspondances car, pour communiquer, il faut tenir compte du contexte et de son interlocuteur : rédiger un courriel professionnel ou présenter un projet suppose en effet de choisir un registre, d’anticiper les attentes de son interlocuteur et d’adapter son discours à la situation. Les outils d’IAG ont d’ailleurs fait d’importants progrès dans ce domaine et peuvent aujourd’hui produire des textes adaptés au contexte ou au destinataire.

Mais leur utilisation exige de savoir quelles informations et consignes leur fournir, de comprendre les choix qu’ils proposent et d’exercer un regard critique sur les résultats obtenus. C’est la raison pour laquelle un des enjeux de l’apprentissage des langues réside désormais moins dans la maîtrise de la langue ou de l’outil que dans la capacité à les articuler en fonction des situations de communication.

Communiquer, c’est construire une relation

Parler une langue, c’est savoir réagir à une question inattendue, reformuler lorsqu’un interlocuteur ne comprend pas, adapter son discours ou gérer un désaccord. Ces capacités se construisent dans l’échange, au fil des situations rencontrées.

Or, si les outils d’IAG peuvent contribuer à cette préparation – en permettant de s’entraîner à l’oral, de simuler certains dialogues ou d’obtenir des retours sur une production – ils ne remplacent pas les échanges réels, où chacun doit construire une compréhension commune avec son interlocuteur, en tenant par exemple compte de ses réactions et en ajustant son propre discours.

De fait, apprendre une langue aujourd’hui, c’est certes continuer à apprendre à produire des phrases, mais c’est aussi développer des compétences relationnelles, interprétatives et adaptatives qui prennent tout leur sens dans l’interaction. Une telle évolution conduit alors à repenser les finalités mêmes de l’enseignement des langues.

Ce que l’IAG change dans l’enseignement des langues

Si l’IAG transforme les usages des langues, elle modifie également les conditions de leur apprentissage. Le rôle des enseignants est donc appelé à évoluer en conséquence et, dans ce contexte, il ne s’agit plus seulement de transmettre des connaissances linguistiques, mais aussi d’aider les apprenants à faire un usage réfléchi des outils.

En classe, cela peut par exemple passer par des situations où les élèves comparent leurs formulations à celles générées par l’IAG, en évaluent les choix et en discutent les effets selon les contextes. Ces activités les amènent à confronter les propositions de l’outil à leur propre compréhension des situations et à exercer leur jugement plutôt que d’accepter les réponses telles quelles.

Cette orientation rejoint l’évolution du Cadre européen commun de référence pour les langues, qui accorde une place croissante à la médiation, entendue comme la capacité à faciliter la compréhension entre des personnes, des langues, des cultures ou des points de vue différents. Ainsi, dans un environnement où les échanges sont de plus en plus médiés par les technologies, la capacité à articuler intelligence humaine et intelligence artificielle est vouée à prendre une importance particulière.




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Pratiquer les langues autrement : l’IA comme partenaire de conversation ?


En définitive, loin de signer la fin de l’enseignement des langues, l’IAG en transforme les finalités. Si une machine peut en effet désormais traduire ou reformuler un message, elle ne peut pas décider à notre place de ce que nous voulons dire ni de la manière dont nous voulons le dire. Par conséquent, à l’heure de l’IAG, apprendre une langue reste essentiel et l’enseignement des langues vise désormais moins à former des locuteurs que des citoyens capables de construire du sens avec les autres et d’exercer leur jugement face aux technologies.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

– ref. À l’heure de l’IA générative, que signifie encore apprendre une langue ? – https://theconversation.com/a-lheure-de-lia-generative-que-signifie-encore-apprendre-une-langue-288545

Beaucoup d’appelés, peu d’élus : quand le Hellfest instaure un rite d’attente numérique

Source: The Conversation – in French – By Stéphane Amato, Maître de conférences en sciences de l’information et de la communication, Université de Toulon

Au Hellfest, à Clisson en Loire-Atlantique, édition 2026. Corentin Charbonnier, Fourni par l’auteur

L’ESSENTIEL

  • Mis en vente au début de l’été, les passes donnant accès à l’édition 2027 du célèbre festival de musiques extrêmes, qui se tiendra en juin prochain, ont été vendus en moins d’une heure.

  • Le parcours numérique des festivaliers – liste d’attente, mise en vente des passes, puis site de revente en cas d’échec – fait partie d’un rituel qui participe pleinement à l’expérience Hellfest.

  • Pour les organisateurs, il s’agit moins de capitaliser sur la frustration que de la canaliser, afin de préserver l’engagement d’une communauté fidèle et très investie.


Chaque année, la mise en vente des pass (ou passes, en français) du festival de musiques extrêmes Hellfest ressemble à une épreuve collective. Des milliers de passionnés se connectent simultanément, suivent leur progression dans une file virtuelle avant de découvrir que les pass sont déjà épuisés. Pour l’édition 2027, les pass 4 jours sont ainsi devenus indisponibles en moins d’une heure, avant que l’organisation n’oriente les festivaliers vers un site officiel de revente encadrée.

À première vue, cette liste d’attente électronique constitue une simple solution technique permettant d’organiser la revente des pass ou de protéger les festivaliers contre les plateformes non officielles. Mais cette lecture est insuffisante : une liste d’attente ne gère pas seulement une pénurie où les festivaliers déchus sont exclus. Ces derniers deviennent des « aspirants inscrits ».

Le Hellfest ne constitue toutefois pas un cas isolé. La généralisation des files d’attente numériques concerne désormais de nombreux biens culturels à forte demande. Si ces dispositifs répondent à une contrainte commune de rareté, le cas du Hellfest présente une spécificité : la liste d’attente ne relève pas uniquement d’un mécanisme de régulation de l’accès, mais s’inscrit dans une logique rituelle.

Un festival qui n’est pas un simple événement musical

Le Hellfest n’est pas un festival ordinaire. Dans son ouvrage le Hellfest : un pèlerinage pour metalheads, Charbonnier (2017) analyse l’événement comme un espace-temps organisé, attendu et ritualisé, où les amateurs de metal affirment et réaffirment leur appartenance communautaire.

Le mot « pèlerinage » ne signifie évidemment pas que le Hellfest serait une religion. Il permet plutôt de penser le festival comme un lieu fortement investi, traversé par des signes, des codes, des parcours, des seuils et des objets symboliques. Dans cette perspective, le pass revêt une forte valeur symbolique en devenant un objet de passage ritualisé.

Or, ce passage commence désormais bien avant l’arrivée à Clisson (Loire-Atlantique). Comme l’indiquent Ruiz et al. (2025), le Hellfest n’est plus seulement un espace-temps physiquement délimité : il est également doté d’une présence en ligne, lui conférant une frontière numérique.

L’expérience festivalière commence ainsi devant un écran, lors de la vente de pass initiale. Pour ceux qui ne l’ont pas obtenu, cette expérience se prolonge dans la revente officielle, avec l’inscription sur liste d’attente, le mail de confirmation et l’espoir d’une notification.

Un rite d’attente en ligne

La formule « beaucoup d’appelés, peu d’élus », empruntée à l’Évangile selon Matthieu, peut ici servir de métaphore analytique. Beaucoup de festivaliers aspirent à entrer, se connecter, s’inscrire. Or, seuls certains accéderont finalement à la possibilité d’acheter un pass.

On peut alors parler d’un « rite d’attente numérique  » : avant d’entrer au festival, il faut entrer dans la procédure. Avant d’être admis, il faut attendre.

L’attente de l’édition suivante, qui ne commençait autrefois véritablement qu’au printemps –  le sold out n’intervenant, avant 2015, qu’en avril ou en mai – tend désormais à ritualiser l’année tout entière : la mise en vente des pass, organisée dès le début du mois de juillet, survient quelques semaines à peine après la clôture de l’édition précédente qui se tient chaque année en juin.

La page officielle, les communications sur les réseaux sociaux et le mail de confirmation forment ainsi une séquence : d’abord l’ouverture de la mise en vente, ensuite sa fermeture et le sold out, puis la réouverture encadrée de l’espérance par la revente officielle. Ce troisième moment est décisif : il convertit la frustration en patience organisée.

Quand l’échec d’achat devient un acte préparatoire

S’inscrire sur une liste d’attente est indiscutablement un acte d’engagement. L’individu donne son adresse, accepte une règle, entre dans un dispositif officiel, consent à l’incertitude, surveille impatiemment ses mails. En somme, il devient acteur du processus, motivé à l’idée de pouvoir assister au festival.

Supposons deux festivaliers aussi motivés l’un que l’autre. Le premier obtient son pass lors de la vente officielle. Le second échoue, peut-être pour des raisons contingentes (mauvaise qualité de connexion, saturation technique, etc.). Il s’inscrit alors sur la liste d’attente et revient consulter le dispositif de revente jusqu’à ce qu’un pass se libère.

Objectivement, les deux ont le même pass et les mêmes motivations initiales. Pourtant, ils n’ont pas la même histoire. À la différence du premier festivalier, le second a attendu, poursuivi, et même presque conquis son accès au Hellfest. Son engagement est ainsi plus fort. En effet, ce festivalier passé par la revente officielle a consacré plus de temps et plus d’énergie à l’obtention du pass.

Cette différence d’expérience n’est pas anodine. En organisant l’accès au festival via un parcours d’attente, le dispositif contribue à accroître la valeur subjective du pass. Plus son obtention exige des efforts, plus elle est susceptible de renforcer l’attachement au festival et la volonté de renouveler cette expérience les années suivantes.

Une opportunité pour la communication et le marketing

Les travaux sur la communication numérique engageante sont ici particulièrement pertinents. Amato, Bernard et Boutin (2021) ont montré que l’engagement numérique ne peut être réduit aux définitions des plateformes qui comprennent clics, vues, likes ou partages. L’engagement doit aussi être pensé à partir des actes accomplis, de leur coût, de leur contexte de production ou des conduites qu’ils préparent.

La liste d’attente du Hellfest illustre très bien cette idée. Il ne s’agit pas seulement de cliquer sur un lien. Il s’agit d’entrer dans un parcours et ainsi s’inscrire, attendre, accepter une règle, rester disponible, recevoir éventuellement un signal, puis agir rapidement.

Dans cette lignée, Helme-Guizon et Amato (2004) ont montré que la théorie psychosociale de l’engagement pouvait éclairer les comportements d’achat et de fidélité des internautes. L’inscription sur la liste d’attente transforme ainsi un intérêt en trace d’interaction. Elle constitue ainsi un acte préparatoire à l’achat et, dans le cadre de la revente officielle, une étape nécessaire pour espérer obtenir un pass.

Ce que le numérique ajoute tient surtout à la manière dont il permet d’organiser ces conduites dans le temps. S’inscrire, confirmer son adresse, consulter ses messages, revenir sur le site ou réagir rapidement à une notification composent une succession de micro-actes qui entretient la relation avec le festival et multiplie, dans la durée, les occasions d’agir. Le numérique agit ainsi comme un amplificateur des mécanismes d’engagement plutôt que comme leur origine.

Ne pas exploiter la frustration, mais la canaliser

Le festivalier passé par la revente, au-delà d’acquérir le sésame tant espéré, a ainsi traversé une première épreuve en ligne. Et cette attente peut susciter des réactions hostiles. L’enjeu pour l’organisation n’est donc pas d’exploiter la frustration, mais de la canaliser face à un paradoxe : le succès du festival génère une demande supérieure à sa capacité d’accueil.

La rareté relève ainsi moins d’un choix stratégique que d’une contrainte structurelle. La liste d’attente devient un dispositif de régulation qui maintient le lien avec les festivaliers privés de pass immédiat, transforme la déception en possibilité future et préserve le sentiment d’équité au sein de la communauté.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

– ref. Beaucoup d’appelés, peu d’élus : quand le Hellfest instaure un rite d’attente numérique – https://theconversation.com/beaucoup-dappeles-peu-delus-quand-le-hellfest-instaure-un-rite-dattente-numerique-288553

Alors que le coût de l’information progresse, il est de plus en plus difficile d’en déterminer le juste prix

Source: The Conversation – in French – By Françoise Benhamou, Professeure émérite à l’Université Sorbonne Paris Nord et présidente du Cercle des économistes, Université Sorbonne Paris Nord


L’ESSENTIEL

  • Le coût de l’information est loin d’être négligeable. Or, pour de nombreux médias, il est difficile de bien monétiser leur production.

  • L’irruption des usages de l’intelligence artificielle et la fragmentation des audiences rendent le contexte des producteurs d’information encore plus incertain.

  • Au-delà de la dimension économique, la question posée est aussi politique, puisque la vitalité démocratique est affectée.


Faut-il s’inquiéter de la santé des médias d’information ? On évoque souvent une presse « en danger ». Les États généraux de l’information lancés en France par le président de la République évoquaient, en 2024, une « paupérisation de l’information ». On pourrait arguer que seuls les journaux d’information, dans leurs versions papier et numérique, sont menacés. Mais la convergence des médias, qui se manifeste par la possibilité d’écouter des articles de journaux grâce à l’intelligence artificielle, par la migration du papier vers le numérique, par la création de formats audiovisuels par les médias de l’écrit, etc., montre qu’il faut tenter de penser un modèle économique des médias d’information comme un modèle pour les métamédias de demain.

Un premier bouleversement change la donne ; il porte sur les usages. Une étude menée pour l’Arcom et le ministère de la culture par le cabinet de conseil PMP Strategy (janvier 2026) pointe trois évolutions du côté des usages. Premièrement, la défiance ne cesse de grandir envers les médias traditionnels et plus encore envers les réseaux sociaux : en 2025, entre 52 % et 69 % des Français déclarent faire confiance aux informations issues des premiers, et 29 % pour les seconds. Pourtant, nombreux sont ceux et celles qui se tournent vers ces derniers afin de s’informer.

Deuxièmement, et nombre d’autres études en témoignent, les fake news et le sensationnalisme circulent bien plus vite sur les réseaux que l’information sérieuse et vérifiée. Tout se passe comme si le lecteur ou l’auditeur était avant tout sensible à ce qui fait du bruit, à ce qui est viral, plutôt qu’à ce qui produit du sens. Les algorithmes sont les vecteurs de ces comportements.

Troisièmement et paradoxalement si on prend en compte la convergence pointée plus haut, les usages se fragmentent et se démultiplient, et ce nomadisme rend d’autant plus difficile la fidélisation qui permet d’asseoir un modèle économique stable.




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L’information, un bien public

Du côté de l’offre, l’information est coûteuse à produire, mais des « passagers clandestins », qui n’ont pas contribué à en financer la production, peuvent se l’approprier sans coût ou pour un coût très faible, et en faire à leur tour un usage qu’ils peuvent monétiser, soit directement, soit indirectement à travers la publicité qui accompagne la consultation de leurs sites.
De ce point de vue, et en termes économiques, l’information est un bien public.

Selon l’étude citée plus haut, la production d’information a représenté un coût total de 2,9 milliards d’euros en France en 2024, dont près des trois quarts sont portés par la télévision et par la presse (respectivement 35 % et 38 %). Le coût de production de l’information représenterait en moyenne environ 45 % du chiffre d’affaires des éditeurs de presse, et entre 15 % et 25 % pour les médias audiovisuels. La fragilité économique des médias d’information procède de ce coût quasi incompressible, si l’on souhaite conserver un niveau élevé de qualité, alors que la rentabilité est très faible, et parfois négative.

Cette fragilité est d’autant plus grande que les coûts devraient être couverts par les ventes à l’unité, les abonnements et les recettes publicitaires. Les premières se font rares. Rappelons que les kiosques ont quasiment disparu. Du côté des abonnements, en particulier numériques, il n’est pas facile de convaincre les utilisateurs de payer. Beaucoup se satisfont d’une offre dégradée proposée par les plateformes. En effet, les études font état de cette faible propension des consommateurs à payer, qu’il s’agisse du lectorat dans le cas de l’écrit ou des audiences dans celui de l’audiovisuel.

Une offre gratuite en croissance

Cela tient notamment au fait qu’ils ont à leur disposition toute une profusion d’informations, certes de qualité inégale et difficile à évaluer, mais dont ils sous-estiment le coût de production et dont l’accès est aisé et souvent gratuit. Cette offre gratuite vient concurrencer directement l’offre payante venue des éditeurs de presse. Par ailleurs, des programmes audiovisuels produits parfois par les internautes et offerts par les plateformes viennent mordre sur l’audience des chaînes de télévision.

Quant aux recettes publicitaires, elles tendent à s’orienter vers les moteurs de recherche, les réseaux sociaux, les sites d’intelligence artificielle (IA), qui apparaissent comme des prédateurs de la publicité au détriment des médias traditionnels. Les chiffres parlent d’eux-mêmes : la part des médias traditionnels dans les recettes publicitaires est passée de 46 % en 2019 à 33 % en 2024, et le recul devrait s’accentuer du fait de l’évolution des usages que l’on vient de souligner.

Un « vol sans scrupule » par l’IA

Les médias doivent affronter de surcroît des transformations technologiques majeures, avec les développements de l’IA générative, dans un paysage très concurrentiel. En juin 2026 à Marseille, lors du Congrès mondial des médias, le président du New York Times Arthur Gregg Sulzberger dénonçait le « vol sans scrupule de propriété intellectuelle » aux médias par les entreprises d’intelligence artificielle. Il percevait là une menace pour le modèle économique des journaux et pour l’accès de tous à des informations fiables.

La question n’est pas nouvelle et se posait déjà lorsque de longues négociations avec Google ou Facebook avaient été nécessaires afin de parvenir à un accord selon lequel ne sont mentionnés que des extraits d’articles, l’internaute étant renvoyé, pour une lecture plus complète, sur le site de l’éditeur de presse. L’accord entre Google et l’Alliance de la presse d’information générale (APIG) sur les droits voisins du droit d’auteur, obtenu dans la lignée de la transposition de la directive européenne sur les droits voisins et à la suite de la décision de l’autorité de la concurrence, date de 2019 et a été renouvelé ; il permet aux journaux, magazines ou agences de presse de se faire rémunérer lorsque leurs contenus sont réutilisés sur Internet par Google, et que le moteur de recherche affiche des extraits de presse dans ses pages de résultats.

Composer ou boycotter

On observe à présent un déplacement des recherches vers les sites d’IA, alors même que les agents conversationnels s’entraînent sur des données qui peuvent émaner d’articles de médias qu’ils n’ont ni financés ni achetés. Chaque année, le rapport du Reuters Institute permet de faire le point sur ces évolutions.

Le trafic des sites d’actualité en provenance des recherches sur Google aurait baissé de 38 % en un an aux États-Unis (entre novembre 2024 et novembre 2025), tandis que sur ChatGPT 24,4 % des requêtes des utilisateurs consistent en des recherches d’information sur des actualités, des produits, des recettes…

Faut-il composer avec les IA, comme l’on fait de grands éditeurs de presse tels le Figaro et le Monde avec Perplexity ? Nombre de groupes de presse étrangers ont souhaité franchir ce pas, tels que l’Allemand Springer, l’Espagnol Prisa Media, l’Américain The Atlantic et l’Australo-Américain News Corp. Ou bien faut-il tenter un barrage bien incertain ? Sans doute faut-il jouer sur les deux stratégies, et surtout savoir utiliser l’IA dans l’objectif de construire de nouveaux modèles d’affaires.

Diversifier les services

L’élargissement de la palette des services offerts dans le cadre d’une information de qualité peut passer, par exemple, par la publication d’articles en plusieurs langues, que l’on peut lire ou écouter. De même, le jeu sur différents formats permet d’enrichir les usages et de s’adresser à des publics jeunes. En effet, l’intérêt des consommateurs va croissant pour des formats courts (vidéos, podcasts, etc.).

La monétisation, pour qu’elle prenne sens, requiert donc non seulement un nombre significatif d’usagers dont le consentement à payer n’est pas nul, mais aussi la valorisation des marques lorsqu’elles sont des labels de qualité. Mais il est loin d’être certain que cela suffira à financer l’information.

Parce que l’information est un bien commun, constitutif de la vie démocratique, on peut légitimer un soutien qui peut être financier, fiscal, et qui doit passer par l’existence conjointe, dans le modèle européen notamment, d’une offre d’information audiovisuelle indépendante privée et d’une offre, tout aussi indépendante, mais passant par un financement public partiel ou total.

TV5 Monde Info, 2026.

Le soutien financier aux journaux passe par des aides (soutiens à la diffusion, au pluralisme et à la modernisation) et des tarifs postaux préférentiels. Divers mécanismes fiscaux (taux de TVA super-réduit à 2,1 %, abattement spécifique pour les journalistes, exonérations) complètent ces dispositifs. Au total, 438 millions d’euros étaient destinés à la presse écrite, et plus de 3,8 milliards soutenaient l’audiovisuel public en France, en 2025.

Un enjeu politique de premier plan

Le paysage de l’information comprend tout à la fois des structures privées et publiques, certaines structures privées étant soutenues par la puissance publique ; il doit se réinventer à travers une diversification des services offerts et la recherche toujours nécessaire de l’élargissement et de la fidélisation des publics. Tout cela doit se faire en respectant l’exigence en qualité et en véracité, et le souci, pour reprendre les termes de la loi de 1986 révisée en 2016, de l’impartialité, de l’honnêteté et du pluralisme.

En France, ces questions ont été au cœur de l’actualité à travers une commission d’enquête sur l’audiovisuel public qui s’est vite transformée, malgré la bonne volonté de son président, en une sorte de tribunal dirigé contre les acteurs de l’audiovisuel public. Cela montre que la production d’information n’est pas menacée seulement sur le plan économique, mais aussi sur le plan idéologique. Consolider les modèles d’affaires des producteurs d’information est de ce point de vue un défi majeur à relever dans nos temps incertains.


Cet article est publié en partenariat avec Mermoz, la revue du Cercle des économistes dont le numéro 8 a pour objet « Information le combat de l’ombre ». Vous pourrez y lire d’autres contributions.

Le titre et les intertitres sont de la rédaction de The Conversation France.

The Conversation

Présidente du comité d’éthique de Radiofrance et vice-présidente du comité consultatif d’Arte. Ces deux activités sont exercées bénévolement.

– ref. Alors que le coût de l’information progresse, il est de plus en plus difficile d’en déterminer le juste prix – https://theconversation.com/alors-que-le-cout-de-linformation-progresse-il-est-de-plus-en-plus-difficile-den-determiner-le-juste-prix-291388

Quelle que soit son évolution, les aînés veulent avoir leur mot à dire sur l’IA

Source: The Conversation – in French – By Rachel Weldrick, Assistant Professor, Political Science, Concordia University

Les aînés sont exclus des décisions concernant le déploiement de l’intelligence artificielle.

De nombreuses personnes âgées sont hautement qualifiées, éprouvent de la curiosité à l’égard des technologies émergentes et sont désireuses d’en savoir plus sur l’IA ; elles s’intéressent au potentiel que celle-ci représente pour notre société. Toutefois, des études montrent que de nombreux employeurs continuent de croire que les employés âgés maîtrisent mal les outils technologiques.

Par conséquent, les personnes âgées voient souvent des occasions d’emploi leur échapper ou ne sont pas prises en considération pour des promotions, même lorsqu’elles possèdent les compétences, la formation et l’expertise requises.


Cet article fait partie de notre série La Révolution grise. La Conversation vous propose d’analyser sous toutes ses facettes l’impact du vieillissement de l’imposante cohorte des boomers sur notre société. Manières de se loger, de travailler, de consommer la culture, de s’alimenter, de voyager, de se soigner, de vivre… découvrez avec nous les bouleversements en cours, et à venir.


L’industrie de l’IA constitue un bon exemple à cet égard. Plutôt que de refléter toute la diversité des utilisateurs potentiels, son personnel est principalement composé de jeunes hommes. Elle risque donc de concevoir des applications et des outils qui reproduisent les préjugés propres à cette catégorie démographique.

Selon un nombre croissant d’études, les personnes âgées sont systématiquement sous-représentées dans les processus de développement des modèles d’IA. Cette lacune rend ces systèmes moins efficaces lorsqu’il s’agit de reconnaître les besoins ou les préférences des utilisateurs âgés et d’y répondre.

Par exemple, une étude portant sur les images générées par l’IA a révélé que les photos de personnes âgées sont systématiquement moins lumineuses et moins nettes que celles où l’on voit des jeunes.

Des expériences vécues du vieillissement

À l’Université Concordia, nous venons de terminer un projet d’engagement communautaire d’une durée d’un an qui a consisté à recueillir les points de vue et les réflexions de personnes âgées sur l’avenir du vieillissement à l’ère de l’IA. Ce projet s’inscrit dans le cadre d’une recherche interdisciplinaire collaborative plus vaste dans le domaine de l’IA menée à Concordia.

Selon nos résultats préliminaires, les personnes âgées craignent que les outils d’IA axés sur le vieillissement — tels que la détection des chutes ou les dispositifs de surveillance cognitive — soient conçus par de jeunes développeurs qui considèrent le vieillissement comme un phénomène à traiter ou à gérer, voire à prévenir.

L’industrie de la santé et du mieux-être, en particulier, met au point de nouvelles applications et de nouveaux outils d’IA à un rythme effréné — et de plus en plus de ces outils sont conçus en fonction des personnes âgées, des corps vieillissants et des personnes aidantes. Si bon nombre de ces outils offrent des avantages tels que le diagnostic précoce des maladies, le suivi des symptômes et la promotion de la santé, ils ne sont pas sans présenter des inconvénients d’ordre pratique et éthique.

Un robot jaune au visage mi-humain, mi-renard fixe du regard un homme âgé assis sur une chaise
Des robots humanoïdes alimentés par l’IA sont actuellement conçus pour fournir un soutien émotionnel aux personnes âgées et les aider les à accomplir certaines tâches comme s’habiller, dans les établissements de soins de longue durée.
(Unsplash/Enchanted Tools)

La qualité des soins et la transparence sont primordiales. Selon une étude récente sur le recours à l’IA pour la prise de décision en matière de soins de santé, certaines personnes âgées sont sceptiques quant à la capacité de cette technologie à comprendre des besoins complexes liés aux soins et préfèrent généralement l’interaction humaine à celle avec l’IA.

Les personnes âgées participant à cette étude étaient également fermement convaincues que le recours à l’IA devrait être transparent et reposer sur un consentement éclairé. En d’autres termes, ces personnes souhaitent décider elles-mêmes quand et où elles interagissent avec l’IA.

Les participantes et participants à notre projet d’engagement communautaire ont formulé des préoccupations similaires. Plusieurs membres âgés de la communauté ont souligné l’importance de la transparence pour tout ce qui touche l’IA. Certains ont même donné des exemples de situations où ils avaient interagi avec des agents conversationnels intelligents, notamment pour obtenir de l’aide en matière de services bancaires en ligne, en croyant échanger avec une personne réelle.

Ils estiment que leurs expériences vécues du vieillissement ainsi que leurs points de vue uniques ne font pas partie des données utilisées pour entraîner les nouveaux outils d’IA. Leurs réalités ne sont pas non plus prises en compte au départ pour déterminer quels types d’outils d’IA sont développés.

Devant ces faits, une question s’impose : qui prend les décisions en matière d’IA, et pour qui ?

Fraudes par IA ciblant les personnes âgées

Bon nombre de nos participantes et participants ont mentionné la fraude comme un excellent exemple de ce déséquilibre.

Les fraudes par IA ciblent souvent les personnes âgées, en partie parce qu’elles sont considérées comme plus portées à faire confiance aux gens que les jeunes adultes.

Récemment, par exemple, un faux article de la CBC s’est mis à circuler dans les médias sociaux. Sur les photos accompagnant l’article, on voyait la journaliste canadienne Adrienne Arsenault interviewer le magnat de l’industrie alimentaire Galen Weston Jr., qui semblait quitter précipitamment les lieux au beau milieu de l’échange. Or, cet événement n’a jamais eu lieu. Les images ont été générées par l’IA et la frauduleuse nouvelle visait à escroquer le public en faisant la promotion d’une fausse plate-forme d’investissement.

Certaines personnes ayant participé à notre dialogue ont suggéré que l’IA elle-même pourrait être conçue pour aider les gens à repérer ce type de fraude avant qu’elle ne se produise. Ils ont également fait remarquer que personne ne leur avait demandé leur avis sur la manière de lutter contre la fraude, alors qu’ils en sont les principales victimes.

Conçu avec, et non pour, les personnes âgées

Ce que demandent les aînés n’a rien de compliqué. Ils veulent avoir leur mot à dire sur le type d’IA qui est développée, sur les données utilisées pour l’entraîner et sur la manière dont elle est régie.

Ils souhaitent disposer de moyens accessibles pour acquérir des compétences en matière d’IA, idéalement par l’intermédiaire d’organismes auxquels ils font déjà confiance, comme les groupes communautaires et les écoles. Plusieurs personnes ont suggéré des cours de courte durée offerts dans les bibliothèques plutôt que de nouvelles applications à télécharger, estimant que l’apprentissage en personne serait plus efficace.

Plusieurs bibliothèques publiques, dont la Bibliothèque de Toronto, offrent déjà des programmes d’initiation à l’IA parallèlement à leurs cours habituels sur les compétences numériques.


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Les participantes et participants ont également exprimé leur malaise et leur inquiétude devant la situation que vivent d’autres groupes de la population : ils craignent que les artistes ne perdent le contrôle de leur travail au profit de l’IA générative, et souhaitent que les gens de tous âges (et pas seulement les aînés) puissent parfois simplement « rester en mode analogique ».

La question n’est pas vraiment de savoir si les aînés peuvent suivre le rythme de l’évolution de l’IA. Bon nombre d’entre eux s’y efforcent. Il s’agit plutôt de savoir si les personnes qui conçoivent, entraînent et régissent ces systèmes sont disposées à les concevoir en collaboration avec les aînés, plutôt que de les développer pour eux.

Les aînés souhaitent avoir leur mot à dire sur l’avenir de l’IA.

La Conversation Canada

Rachel Weldrick bénéficie d’un financement de l’Institut d’IA appliquée de l’Université Concordia.

– ref. Quelle que soit son évolution, les aînés veulent avoir leur mot à dire sur l’IA – https://theconversation.com/quelle-que-soit-son-evolution-les-aines-veulent-avoir-leur-mot-a-dire-sur-lia-287730

Nous avons mis au point un nouveau dispositif pour un traitement personnalisé du cancer

Source: The Conversation – in French – By Sara Hassanpour Tamrin, Postdoctoral Associate, Department of Chemical and Petroleum Engineering, Schulich School of Engineering, University of Calgary

Il n’existe pas de traitement universel pour les personnes atteintes d’un cancer. Cette maladie se développe lorsque des cellules normales subissent une mutation génétique et se transforment en cellules anormales qui se divisent de manière incontrôlée.

Dans la plupart des cas, ces cellules cancéreuses forment une masse de tissu compacte appelée tumeur. Les mutations génétiques à l’origine d’une tumeur peuvent influencer sa composition. Ainsi, deux personnes atteintes d’un même type de cancer peuvent avoir des tumeurs différentes. Et un traitement peut être efficace pour un patient et ne pas l’être pour l’autre.

La technologie appelée « tumeur sur puce » nous permet de reproduire les caractéristiques d’une tumeur hors du corps du patient et de tester différents traitements. Ces puces sont de petits dispositifs biomédicaux qui tiennent dans la paume de la main. Elles contiennent de minuscules canaux, appelés systèmes microfluidiques, dans lesquels des liquides riches en nutriments circulent afin de favoriser la croissance tumorale.

Cette technologie est prometteuse, mais sa fabrication est complexe et coûteuse. Nous avons élaboré une méthode simple et économique permettant de fabriquer des puces équipées de systèmes microfluidiques, afin de rendre cette technologie plus accessible.

Nous étudions actuellement son application au traitement du cancer du cerveau chez l’enfant.

Des tumeurs hors du corps

Les traitements qui donnent de bons résultats en laboratoire ne sont pas toujours efficaces chez les malades. Cela s’explique notamment par le fait que les tumeurs recréées en laboratoire ne se trouvent pas dans l’environnement tumoral complexe présent dans l’organisme.

En effet, dans l’organisme, les cellules tumorales interagissent avec les cellules et les signaux de leur environnement, ce qui peut modifier leur comportement et leur réponse à un traitement.

En prélevant des cellules cancéreuses et en cultivant une tumeur dans un environnement complexe en dehors de l’organisme, les médecins pourraient tester de manière sûre et efficace un large éventail d’options thérapeutiques personnalisées pour un patient donné. Cela permettrait d’éviter des traitements inefficients et de trouver plus rapidement une approche adaptée.

Une « tumeur sur puce » reproduit les principales caractéristiques de la tumeur d’un patient dans un dispositif miniature. Illustration réalisée en partie à l’aide de BioRender.com.
(Sara Hassanpour Tamrin)

Le système microfluidique intégré au dispositif permet à des liquides riches en nutriments de circuler autour des cellules, comme le sang dans les vaisseaux sanguins. Il est possible de cultiver ensemble des cellules tumorales et d’autres types de cellules non cancéreuses habituellement présentes à proximité de la tumeur, afin de recréer des micro-environnements tumoraux complexes.

Cette approche offre un moyen plus réaliste d’étudier le comportement des tumeurs dans les organes vivants et leur réaction à différents traitements qu’en cultivant des tumeurs dans des boîtes de laboratoire.

Il est important de noter que la technologie tumeur sur puce ne permet pas de reproduire l’intégralité du corps humain et ne remplace pas les essais cliniques.

Démocratiser la technologie

Bien qu’elle soit prometteuse pour la recherche de traitements personnalisés, la technologie tumeur sur puce n’est pas toujours facile d’accès. La fabrication des dispositifs microfluidiques peut s’avérer complexe et coûteuse. Les méthodes traditionnelles nécessitent des matériaux chers, des équipements et des installations spécialisés, ainsi que des experts formés. Ces contraintes constituent un obstacle à la production de ces dispositifs et freinent leur utilisation à grande échelle.

Pour contrer cet obstacle, nous avons élaboré une méthode simple et peu coûteuse permettant de fabriquer des dispositifs miniatures dotés de canaux d’écoulement très étroits. Notre récente étude a démontré que ces dispositifs peuvent être fabriqués à partir de matériaux plus accessibles, tout en offrant les conditions nécessaires à la culture et à l’étude de tissus humains complexes et fonctionnels.

L’objectif n’est pas seulement de simplifier et de réduire le coût de fabrication des dispositifs, mais aussi d’en démocratiser la technologie. Grâce à nos travaux, un plus grand nombre de laboratoires pourraient avoir recours à cette technologie. À terme, ils pourraient contribuer à la faire évoluer vers une utilisation clinique, qui permettrait aux médecins de s’en servir pour déterminer le meilleur traitement pour chaque patient.

La vidéo présente notre méthode simplifiée, ne nécessitant pas de milieu stérile, pour fabriquer des dispositifs miniatures destinés à des applications biomédicales. (Sara Hassanpour Tamrin).

Lutter contre le cancer du cerveau chez l’enfant

La technologie tumeur sur puce pourrait révolutionner la prise en charge clinique des tumeurs. Elle pourrait également constituer un outil de recherche précieux en permettant aux scientifiques de comprendre comment les tumeurs se développent et évoluent, d’identifier de nouveaux marqueurs de diagnostic et de concevoir de nouveaux traitements.

Nous étudions actuellement comment cette technologie pourrait nous aider à mieux comprendre le cancer du cerveau chez l’enfant. Les cellules cancéreuses, y compris celles des tumeurs cérébrales, libèrent de minuscules particules appelées vésicules extracellulaires. Ces particules transportent des informations sur les cellules cancéreuses, qui évoluent au fur et à mesure que le cancer se développe. En étudiant ces particules au fil du temps, les chercheurs peuvent mieux comprendre comment les cancers se développent et se transforment.

Grâce à cette technologie, nous pouvons créer un modèle de tumeur cérébrale à l’extérieur du corps et suivre les minuscules particules qu’elle libère avec le temps. Cette méthode pourrait être plus sûre pour analyser l’évolution d’une tumeur, car prélever du tissu tumoral cérébral chez un patient peut être invasif, douloureux et risqué sur le long terme.

À l’avenir, ces informations pourraient nous aider à découvrir de nouveaux traitements contre le cancer. Elles pourraient également permettre de détecter les premiers signes de la maladie et d’établir un diagnostic précoce.

La Conversation Canada

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

– ref. Nous avons mis au point un nouveau dispositif pour un traitement personnalisé du cancer – https://theconversation.com/nous-avons-mis-au-point-un-nouveau-dispositif-pour-un-traitement-personnalise-du-cancer-291615