Ilustración de los astronautas del Artemis en la Luna.(NASA)
Mientras esperamos el lanzamiento de la histórica misión tripulada Artemis II para órbitar la Luna, la NASA ha anunciado cambios importantes en todo el programa Artemis.
La próxima misión, Artemis III, ya no llevará a seres humanos a la superficie de nuestro satélite, como estaba planeado, sino que realizará una serie de pruebas tecnológicas en la órbita terrestre baja. Será Artemis IV entonces el primer alunizaje tripulado, y sucederá en algún momento de 2028.
Tras un revés inicial debido a una fuga de hidrógeno líquido que se produjo durante un ensayo general el 3 de febrero, surgieron más problemas para Artemis II durante el segundo ensayo general con combustible real del 19 al 20 de febrero. Como resultado, la fecha de lanzamiento se posopone, como mínimo, al 1 de abril.
Esto supondría más de tres años desde la primera misión Artemis. Unos intervalos tan largos entre misiones limitan la capacidad de perfeccionar los sistemas rápidamente y hacen que los mismos problemas (por ejemplo, las fugas de combustible) sigan repitiéndose. Con la pérdida de más de 4 000 empleados –aproximadamente el 20 % de su plantilla– en 2025, la NASA también se enfrenta a importantes desafíos en materia de personal, lo que supone una carga adicional para el programa Artemis.
Estos retos parecen haber sido reconocidos por el nuevo administrador de la NASA, Jared Isaacman, quien escribió en recientemente en las red social X que “los días en que la NASA lanzaba cohetes lunares cada tres años han terminado”.
Una parte importante del plan consiste en estandarizar la “etapa superior” del cohete Space Launch System (SLS), que es la parte que impulsa la nave espacial desde la órbita terrestre baja hacia la Luna.
Un programa Artemis revitalizado
Han circulado muchas noticias desde el anuncio de la NASA sobre la reorganización del programa Artemis, muchas de ellas refiriéndose a la “cancelación” de la misión Artemis III, lo que no se atiene a la realidad. Muchas personas, incluido yo mismo, pensamos que los nuevos planes no solo son más realistas, sino que ponen emoción a la aventura.
Es cierto que Artemis III ya no será el primer alunizaje tripulado desde Apolo 17 en 1972.
En su lugar, la misión lanzará la cápsula tripulada Orión a la órbita terrestre baja, donde los astronautas llevarán a cabo pruebas espaciales de tecnologías críticas, como los sistemas de soporte vital, propulsión y comunicaciones.
Mientras esté en órbita, también se espera que Orión se acople con uno o los dos módulos lunares desarrollados comercialmente por las empresas SpaceX y Blue Origin. Esto tiene sentido, ya que el plan original de Artemis pasaba directamente de Artemis II a la superficie de nuestro satélite sin probar estos aspectos críticos de la misión.
El prototipo de traje espacial Artemis, el AxEMU, desarrollado por Axiom Space. (KBR/Axiom Space)
La tripulación también podría probar los nuevos trajes espaciales diseñados por Axiom Space, lo cual es importante porque estos trajes aún no se han utilizado en una misión espacial real.
Por lo tanto, este nuevo plan reduce los riesgos y aumenta las probabilidades de éxito de una misión tripulada a la superficie de la Luna en 2028: Artemis IV en lugar de Artemis III.
La parte más emocionante y sorprendente del reciente anuncio fue que la NASA intentará no solo uno, sino dos alunizajes en 2028, y luego enviará una misión cada año a partir de entonces. Esto se parece mucho más al programa Apolo, que lanzó 11 misiones tripuladas en cuatro años.
¿Qué pasa con la Puerta de Enlace Lunar?
Hubo una omisión notable en el anuncio de la semana pasada: ninguna mención a la Plataforma Orbital Lunar Gateway.
En los planes originales, el segundo alunizaje, Artemis IV, debía llegar a la superficie de la Luna a través de esa pequeña estación orbital.
Mientras la NASA elabora los planes para la segunda misión a la superficie lunar y sus sucesoras, espero que la Lunar Gateway con su Canadarm3 siga formando parte del proyecto.
Gordon Osinski fundó la empresa Interplanetary Exploration Odyssey Inc. Recibe financiación del Natural Sciences and Engineering Research Council de Canadá y de la Agencia Espacial Canadiense.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Manuel Márquez Cruz, Profesor e investigador en el Departamento de Lingüística, Estudios Árabes, Hebreos, Vascos y de Asia Oriental, Universidad Complutense de Madrid
Cuando llevaba tres años impartiendo la asignatura de Latín en 4º de ESO me di cuenta de que no llegaba a conectar con los alumnos, puesto que el proceso de aprendizaje resultaba monótono. No era falta de interés por su parte, ni falta de entusiasmo por la mía: era un choque de mundos.
En clase, el latín seguía sonando a listas de palabras, declinaciones y aprendizaje memorístico mientras que fuera, todo era interacción y pequeñas “píldoras” de conocimiento en vídeo y en audio. Una gran parte del profesorado de latín coincidía en que había que cambiar algo si el objetivo era despertar el interés por el estudio y la comprensión de esta lengua, teniendo en cuenta que son pocas las horas lectivas de esta asignatura y que el perfil del alumno es más digital.
¿Por qué replantear la enseñanza del latín hoy?
Tradicionalmente se ha enseñado latín a través de la memorización de declinaciones, reglas y vocabulario. No son metodologías que motiven especialmente al alumnado, sobre todo en niveles de aprendizaje inicial o cursos cero.
A estas metodologías hoy se añade el hecho de que el actual enfoque de la asignatura es compentencial, es decir: los aspectos culturales y el legado patrimonial han adquirido una especial relevancia en detrimento del conocimiento lingüístico. El profesor no solo debe enseñar la lengua, sino la historia, la geografía, la sociedad y la literatura latina, así como la pervivencia del latín y de la cultura romana en nuestros días, tanto desde una perspectiva material (arqueología, inscripciones) como inmaterial (religión, mitología…).
Mucho contenido en poco tiempo
Todo ese contenido tiene, en la ESO, tres horas semanales; en el Bachillerato, cuatro. En el caso del Bachillerato, aunque el latín se puede estudiar durante dos cursos, el ritmo de clase lo marca la prueba de acceso a la universidad, que se convierte en el objetivo primordial.
El resultado es que el tiempo dedicado a los contenidos de lengua es muy reducido y obliga a concentrar teoría y ejercicios prácticos.
La brecha generacional
No solo las horas son pocas. Los estudiantes están habituando a aprender (y socializar) en entornos digitales, lo que genera una brecha cada vez más pronunciada entre un aprendizaje tradicional y otro más acorde a los tiempos que vivimos y a las leyes educativas vigentes.
¿Podemos articular un enfoque metodológico que ayude a desarrollar en el alumnado las competencias exigidas en estudiantes y futuros profesionales de este siglo XXI: trabajo cooperativo, pensamiento crítico, autonomía y competencia digital?
Clase invertida: vídeos y audios en casa
Ya existen propuestas didácticas que buscan cambiar el modus operandi del aula, yendo de la tradicional explicación magistral al aprendizaje activo. Entre ellas, el modelo de “aula invertida” tiene mucho potencial para el latín.
Este enfoque, el aula invertida aplicada al latín, propone el estudio de los contenidos fuera del aula mediante breves vídeos, materiales escritos de refuerzo o audios, dedicando el tiempo de clase a resolver dudas, ampliar contenidos y realizar actividades que profundicen en las competencias adquiridas, de manera individual o en equipos.
Esto supone un cambio en el papel del docente, que deja de ser un mero transmisor de contenidos para convertirse en el guía que selecciona, diseña y organiza recursos y que utiliza las clases presenciales para acompañar la reflexión y la práctica.
Paralelamente, el estudiantado asume un rol más activo puesto que gestiona su ritmo de estudio, prepara la clase con antelación y participa en tareas cooperativas que le obligan a explicar, comparar y aplicar lo aprendido.
Píldoras en línea
Esta metodología adquiere un especial potencial cuando se integra en un ecosistema digital, mediante el uso de plataformas de aprendizaje de electrónico como Moodle o Google Classroom.
Se puede así estructurar la iniciación al latín con lecciones autocontenidas: breves píldoras informativas en forma de vídeos y audios con transcripciones, actividades de autoevaluación con retroalimentación, ejercicios nivelados de refuerzo y formularios de evaluación formativa (la que proporciona información sobre cómo está yendo el proceso de aprendizaje y qué necesidades quedan por cubrir) y sumativa (la que ofrece evidencias sobre el grado de aprendizaje o conocimiento adquirido).
Este diseño facilita tanto una modalidad docente presencial como semipresencial o de autoformación a distancia.
Motivación: el corazón del cambio
En paralelo al rediseño metodológico y tecnológico, la motivación del alumnado es un indicador clave de éxito. Los estudios que han analizado el impacto de estos enfoques muestran mejoras significativas en la actitud hacia el estudio del latín y en la disposición a continuar estudiando esta lengua.
Un ejemplo de la puesta en marcha de esta metodología es el curso de iniciación al aprendizaje del latín, diseñado en el Laboratorio vivo de Lingüística Aplicada a la Enseñanza de Lenguas de la Universidad Complutense de Madrid, por el que han pasado más de 500 alumnos de las aulas de ESO de la Comunidad Autónoma de Madrid.
Sus resultados han sido positivos en términos de motivación y adquisición de conocimientos, lo que se traduce en un aumento del interés sostenido y en una mejora de la percepción de la utilidad de la materia y del nivel de adquisición de conocimientos.
Este contexto educativo del latín conecta con la experiencia cotidiana del alumnado en el estudio de otras materias, al tiempo que moderniza la imagen de una lengua clásica que, no olvidemos, es origen y madre de nuestro idioma.
La tecnología como catalizador
En definitiva, el uso de recursos electrónicos para la puesta en marcha de metodologías activas en el aprendizaje del latín no solo consigue mejorar los resultados académicos, sino también transformar la relación afectiva del alumnado con esta materia.
El estudiante percibe el latín como un reto asumible, intelectualmente estimulante y conectado con su realidad digital, por lo que es más proclive a dedicar tiempo y esfuerzo a su estudio.
La tecnología, en este sentido, actúa como catalizador, puesto que hace viable un uso más flexible del tiempo, facilita la personalización del aprendizaje y permite que la clase se convierta en un taller de experimentación lingüística más que en un ejercicio rutinario de traducción.
Manuel Márquez Cruz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Para entender la política monetaria, resulta útil la metáfora del termostato. Cuando los precios crecen demasiado rápido, el banco central “sube la temperatura” aumentando los tipos de interés. Esto encarece el crédito, frena la demanda agregada y ayuda a controlar la inflación. Si la economía se enfría demasiado, la autoridad monetaria “baja la temperatura”: reduce los tipos para abaratar la financiación y estimular el consumo y la inversión.
La política monetaria es el conjunto de decisiones con las que un banco central influye en el precio y la cantidad de dinero en circulación para mantener la estabilidad de los precios y favorecer un crecimiento económico sostenido. Su principal herramienta son los tipos de interés de referencia, que determinan el coste de la financiación para bancos, hogares y empresas. También influyen en la rentabilidad del ahorro.
Aunque su formulación pueda parecer técnica, sus efectos son muy concretos: se reflejan en las cuotas de las hipotecas, en el precio del alquiler, en el acceso al crédito, en el empleo y en el poder adquisitivo. Esta forma de actuación tiene sus raíces en las aportaciones de grandes economistas clásicos:
Knut Wicksell (1851-1926): introdujo la idea del tipo de interés natural, un umbral que indica cuándo los tipos de mercado pueden sobrecalentar o enfriar la economía.
John Maynard Keynes(1883-1946): señaló que los ciclos económicos están determinados por la demanda agregada y por las expectativas de empresas y consumidores. Cuando confían en el futuro, aumentan el gasto y la inversión, lo que impulsa el crecimiento; cuando prevén dificultades, reducen su actividad y la economía puede entrar en recesión.
Milton Friedman (1912-2006): representante de la tradición monetarista, sostuvo que la inflación es, en esencia, un fenómeno monetario de largo plazo: aparece cuando la cantidad de dinero en la economía crece de forma sostenida por encima de la producción de bienes y servicios.
Estas diferentes perspectivas muestran que la política monetaria no es aleatoria. Responde a la evolución de los precios y la actividad económica, y su finalidad es mantener la economía equilibrada.
Canales de transmisión a la economía doméstica
La política monetaria no solo ocurre en los mercados o en los despachos de los bancos centrales: sus efectos llegan a la vida cotidiana. Los cambios en los tipos de interés afectan a las decisiones de compra, ahorro o inversión. Algunos de los principales canales de transmisión de sus efectos son:
Vivienda: con tipos altos, las hipotecas se encarecen. Parte de la demanda de compra se desplaza al alquiler y puede tensionar el mercado. Con tipos bajos, la compra es más accesible y el mercado tiende a reequilibrarse.
Mercado laboral: el coste del crédito condiciona la inversión de las empresas. Si el crédito es caro, se posponen proyectos y se frena la contratación. Si es barato, aumenta la expansión y la creación de empleo.
Consumo financiado: las compras a plazos (de productos como móviles, coches o electrodomésticos) dependen de los tipos de interés. Una política restrictiva encarece las cuotas; los tipos bajos las abaratan y fomentan el consumo.
Ahorro e inversión: los tipos influyen en la remuneración del ahorro y en la valoración de bonos y acciones. Mayor rentabilidad implica mayor riesgo. Con tipos altos, el ahorro ofrece mayores rendimientos mientras que, con tipos bajos, rinde menos y para ahorradores conservadores aumenta el atractivo de los productos a largo plazo, que combinan seguridad y rentabilidad.
La inflación: una razón práctica para prestar atención
La inflación reduce la renta real. Si los precios suben más rápido que los salarios, el poder de compra disminuye. Este efecto es más fuerte en los jóvenes pues, al estar empezando sus vidas laborales, suelen tener salarios y ahorros bajos. Además, afrontan gastos importantes, como alquiler, equipamiento y transporte.
La política monetaria no controla todos los factores que impulsan la inflación. Existen shocks de oferta (eventos que alteran repentinamente la oferta de un bien o servicio) o conflictos geopolíticos. Aun así, es la herramienta central para anclar expectativas y evitar espirales de precios y salarios.
El ciclo económico
La economía se mueve en ciclos, alternando fases de crecimiento y de desaceleración.
Durante la expansión, aumentan el empleo, el crédito y el consumo. Si la demanda crece demasiado, surgen presiones inflacionistas. Entonces, para contenerlas, el banco central sube los tipos de interés. Esto encarece los préstamos, modera el gasto y ayuda a controlar los precios. Con el tiempo, la economía se enfría y se reduce la presión sobre los precios.
Cuando la inflación baja y la economía pierde impulso, el banco central puede bajar los tipos. Esto abarata el crédito y estimula la inversión y el consumo. Los ciclos económicos explican por qué un préstamo puede variar mucho en pocos años y por qué la creación de empleo se acelera o se modera según la fase del ciclo.
Expectativas y comunicación: la pieza menos visible
La política monetaria también funciona mediante señales. Cuando un banco central comunica sus planes, empresas y hogares ajustan sus decisiones antes del cambio. Es como un aviso de tráfico: al conocer la dirección, la economía se prepara.
Por eso, la comunicación no es un detalle: es una herramienta clave que moldea las expectativas y la realidad económica. Como dijo Paul Krugman, Premio Nobel de Economía 2008:
“La política monetaria puede estimular la economía incluso cuando los tipos de interés son bajos, pero requiere credibilidad y comunicación clara”.
Idea final
La economía no es un lenguaje críptico, reservado a expertos. Es un mapa de incentivos y decisiones cotidianas. Entender cómo funciona el termostato monetario ayuda a interpretar los cambios y tomar mejores decisiones.
La historia demuestra algo fundamental: sin estabilidad de precios, no hay crecimiento sostenible. En palabras de Paul Volcker, uno de los grandes arquitectos de la política monetaria contemporánea:
“La estabilidad de precios es la base de una economía próspera”.
Rebeca García-Ramos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ibrahim Al-Marashi, Adjunct Professor, IE School of Humanities, IE University; California State University San Marcos
Un grupo de iraníes lloran a las víctimas del vuelo 655 de Iran Air, un avión civil derribado por la Marina de los Estados Unidos el 3 de julio de 1988.IRNA/Wikimedia Commons
Puede parecer que Estados Unidos y Oriente Medio han entrado en otra guerra eterna. Pero la verdad es que se trata solo de la última entrega de un conflicto militar no declarado entre ambas naciones que se remonta a la década de 1980.
Para los estadounidenses, la guerra comenzó en 1979, cuando estudiantes iraníes tomaron la embajada estadounidense en Teherán y mantuvieron como rehenes a 52 diplomáticos durante 444 días. Para los iraníes, comenzó con el apoyo de Estados Unidos al sah y su posterior respaldo a Irak durante la guerra entre Irán e Irak de 1980-1988.
El conflicto se ha cobrado muchas vidas civiles. El 3 de julio de 1988, el buque de guerra estadounidense Vincennes derribó el vuelo 655 de Iran Air, un vuelo civil con destino a Dubái. El USS Vincennes identificó erróneamente el Airbus como un avión militar y lo derribó, matando a las 290 personas que iban a bordo. Más recientemente, el 28 de febrero de 2026, un misil estadounidense-israelí impactó en una escuela de niñas en el sur de Irán, matando a más de 150 civiles, la mayoría de ellos niños.
Irán también derribó el vuelo 752 de Ukraine International Airlines el 8 de enero de 2020. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica confundió el avión civil con un vuelo militar estadounidense y disparó dos misiles tierra-aire que mataron a los 176 pasajeros, en su mayoría civiles iraníes.
Cada una de las partes ha cometido, en diferentes momentos, errores catastróficos en condiciones de escalada hostil. Pero estos trágicos incidentes no son solo historia. Tanto para los iraníes como para los estadounidenses, han reforzado profundamente la opinión popular e institucional de que nunca se podrá alcanzar la paz entre las dos naciones.
La década de 1980: la guerra de los petroleros
En 1984, Irak inició la “guerra de los petroleros” con Irán –una etapa de la contienda que enfrentaba desde 1980 a ambos países– cuando su fuerza aérea atacó petroleros que se dirigían a puertos iraníes. El conflicto continuó durante años y, finalmente, involucró a la Marina de los Estados Unidos cuando, el 17 de mayo de 1987, un avión iraquí impactó accidentalmente contra la fragata estadounidense The Stark, matando a 37 miembros de la tripulación.
Estados Unidos decidió desviar la atención de Irak hacia Irán, argumentando que la República Islámica era responsable, ya que no había aceptado negociar el fin de la guerra.
A continuación, Estados Unidos proporcionó protección naval a los petroleros kuwaitíes que transitaban por el golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz, exigiéndoles que izaran la bandera estadounidense. Pero la violencia no hizo más que intensificarse. Irán atacó los barcos que enarbolaban pabellón estadounidense, y Estados Unidos respondió atacando las plataformas marítimas iraníes y las lanchas rápidas utilizadas por la Guardia Revolucionaria. También hundió dos fragatas iraníes, eliminando la mitad de la armada de Irán.
En medio de estas hostilidades, el vuelo 655 de Iran Air fue derribado.
Las circunstancias en las que se produjo este incidente durante la confusión de la guerra siguen siendo objeto de intenso debate. Para los iraníes, el ataque confirmó que se encontraban en una guerra de facto con Estados Unidos, al que consideraban responsable de una venganza indirecta por la crisis de los rehenes de 1979.
En última instancia, el derribo de su avión de pasajeros llevó a Irán a aceptar el alto el fuego que puso fin a la guerra entre Irán e Irak. El conflicto de Irán con su vecino terminó, pero su guerra con Estados Unidos no.
El ayatolá Jamenei fue líder supremo de Irán desde 1989 hasta su asesinato en 2026 por las fuerzas estadounidenses e israelíes. En esta imagen aparece en 2025, durante la ceremonia del primer aniversario de la muerte del expresidente iraní Ebrahim Raisi. khamenei.ir/Wikimedia Commons, CC BY
La década de 2000: guerras proxy y guerra terrestre
La fase de la contienda que tuvo lugar en la década de 1980 se libró con buques en el Golfo, pero la segunda fase fue un conflicto subsidiario que se libró en tierra.
Después de 2001, George W. Bush incluyó a la República Islámica en un “eje del mal”, junto con Irak y Corea del Norte.
En marzo de 2003, tras la invasión de Irak por parte de Bush, Irán se encontró de repente con tropas estadounidenses en dos fronteras (Irak y Afganistán). Teherán temía que la Administración Bush buscara un cambio de régimen y que Estados Unidos o Israel bombardearan sus instalaciones nucleares.
Una de las herramientas a disposición de Irán era su apoyo a diversos insurgentes iraquíes para atacar a las fuerzas estadounidenses. Uno de sus representantes, Asa’ib Ahl al-Haq, formado en 2006, atacó vehículos militares estadounidenses con artefactos explosivos improvisados, desafiando el control estadounidense de las autopistas.
Este conflicto de baja intensidad solo terminó cuando las fuerzas estadounidenses abandonaron Irak en 2011.
Las décadas de 2010 y 2020: guerra aérea sobre Irak
Durante la década de 2010, la Administración Obama entró en una alianza de facto con la República Islámica para combatir al Estado Islámico (ISIS). Estados Unidos proporcionó cobertura aérea mientras Irán luchaba junto a las milicias chiitas iraquíes sobre el terreno.
En octubre de 2017, dos meses antes de que el ISIS perdiera oficialmente la gran mayoría de sus territorios en Irak y Siria, Donald Trump anunció la retirada de Estados Unidos del acuerdo nuclear con Irán y volvió a imponer sanciones a la República Islámica.
Las relaciones se deterioraron rápidamente, ya que Teherán tomó represalias contra las fuerzas estadounidenses en Irak, lo que dio lugar a una guerra aérea. Kataib Hizballah, una milicia aliada de Irán, lanzó cohetes contra objetivos estadounidenses en Irak y Estados Unidos respondió con ataques aéreos.
La violencia se recrudeció el 27 de diciembre de 2019, cuando la misma milicia atacó la base de al-Taji, una instalación militar iraquí que alberga a las fuerzas estadounidenses, matando a un contratista estadounidense. Dos días después, Estados Unidos respondió con un ataque aéreo contra varios objetivos relacionados con la milicia iraquí, en el que murieron al menos 25 de sus miembros.
El 31 de diciembre de 2019, la embajada estadounidense en la Zona Verde de Bagdad fue asaltada por manifestantes iraquíes afiliados a la milicia.
Trump, ante una situación que recordaba a la crisis de los rehenes de 1979, ordenó un ataque con drones el 3 de enero de 2020 que mató al general Qassem Soleimani, comandante de la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria Iraní, así como a Abu Mahdi al-Muhandis, líder de la milicia. Irán respondió lanzando 22 misiles balísticos Fateh contra dos bases iraquíes que albergaban fuerzas estadounidenses el 8 de enero.
La muerte de Soleimani fue la primera vez que Estados Unidos mataba directamente a un alto funcionario del Estado iraní. Se cruzó el umbral de la guerra por poder a la guerra directa entre Estados.
A raíz de ello, el ejército iraní derribó accidentalmente el vuelo 752 de Ukraine International Airlines a las afueras de Teherán, confundiéndolo con una represalia estadounidense. Fue un trágico eco del incidente del Vincennes.
Durante este periodo, Irán mostró en general moderación en sus ataques aéreos contra Estados Unidos. Durante la guerra de 12 días entre Israel e Irán de 2025, por ejemplo, lanzó un único ataque militar coreografiado contra la base aérea de Al-Udeid en Catar, que albergaba fuerzas estadounidenses, muy similar a sus ataques con misiles cuidadosamente orquestados de 2020.
Para los iraníes, las circunstancias que llevaron al derribo de su avión en 1988 resuenan en el presente: la acción militar directa de junio de 2025, la orden de Trump de asesinar a Soleimani en enero de 2020 y la guerra económica a través de sanciones.
El acuerdo con Irán de 2015 fue el primer intento de poner fin al conflicto entre las dos naciones que comenzó en la década de 1980. Fue el mayor triunfo diplomático de Barack Obama, y Trump se ha obsesionado con deshacer las políticas de su predecesor.
Sin embargo, la reciente escalada entre Estados Unidos e Irán también fue un legado de la Administración Biden, que tuvo la oportunidad de reducir la larga guerra entre Irán y Estados Unidos tras ganar las elecciones de noviembre de 2020.
El despliegue estadounidense en el Golfo en la década de 1980 fue desproporcionado en relación con la amenaza para la navegación, y muchos lo consideraron un pretexto endeble para buscar la guerra con Irán. Israel esgrimió una justificación igualmente dudosa –que Irán estaba a solo unas semanas de conseguir un arma nuclear– para justificar su guerra de 12 días en junio de 2025.
En febrero de 2026, Estados Unidos inició la última ronda de este conflicto. Hasta la fecha, ambos Estados lograron intensificar el conflicto sin llegar a una guerra total, pero ese equilibrio podría romperse.
Ibrahim Al-Marashi no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Josep Maria Reniu Vilamala, Profesor Titular de Ciencia Política y de la Administración, Universitat de Barcelona
Jorge Azcón, líder del PP en Aragón, celebra el resultado de las últimas elecciones autonómicas, el pasado 8 de febrero. Al no alcanzar la mayoría absoluta, previsiblemente necesitará llegar a algún acuerdo con Vox, sin descartar un gobierno de coalición.RTVE
Una de las características de cómo funcionan los sistemas parlamentarios como el español es la necesidad de llegar a algún tipo de acuerdos entre los diferentes partidos políticos para garantizar, sobre todo, la formación de gobierno.
Esto es así porque la normalidad tras cada elección –ya sea estatal, autonómica o local– es que nadie obtenga la mayoría absoluta de los escaños o concejales y, por ello, deba enfrentarse al reto de pactar con otros partidos.
Unos pactos que habrán de alcanzarse tras una negociación, ya que las elecciones no forman gobiernos, quienes lo hacen son los partidos mediante negociaciones entre ellos. Y, nos guste más o nos guste menos, en nuestro sistema político ello se ha convertido en una obligación.
Puesto que obtener la mayoría absoluta por un solo partido político es casi una quimera hoy en día, unos y otros deberán enfrentarse al reto de la negociación, y a buen seguro aparecen entre ellos más dudas que certezas.
Unas dudas razonables que pueden resumirse en estas preguntas: ¿es necesario pactar?, ¿qué tipo de gobierno debemos pactar?, ¿qué elementos debemos priorizar?, ¿qué coste tiene llegar o no a un acuerdo?… En resumen: ¿qué gano yo pactando?
¿Interesa compartir el poder?
La primera decisión a tomar es si nos interesa compartir el poder. Ello en dos posibles escenarios: si somos el partido “grande”, pero nos faltan escaños para poder formar gobierno y gobernar con comodidad o si somos el partido pequeño en esa posible coalición.
En ambas situaciones hay un tema que no se puede ocultar: compartir el poder en un gobierno de coalición supone asumir de forma compartida la responsabilidad de toda la acción gubernamental. Así de claro: a partir del momento en que dos o más partidos forman un gobierno de coalición todos ellos son corresponsables de lo bueno y también de lo malo de su acción de gobierno.
¿Quiere esto decir que estamos obligados a formar, sí o sí, un gobierno de coalición? No, en ningún caso.
La obligación es responder a si realmente queremos, podemos o necesitamos compartir el poder para alcanzar “nuestros” objetivos políticos. Y para aclarar las dudas veamos dos conceptos íntimamente unidos: las dinámicas coalicionales por un lado y el diferencial de influencia política por el otro.
Hablar de dinámicas coalicionales significa tomar en cuenta que la “solución” a la formación de gobierno no está fijada de antemano en forma de coalición. Una solución perfectamente viable es la negociación de un acuerdo parlamentario que garantice la formación y la supervivencia de un gobierno unipartidista en minoría. Y no, estos ni son inestables -o no menos inestables que cualquier otro gobierno-, ni tampoco menos productivos.
¿Y qué gano no formando una coalición? Acudimos para ello al diferencial de influencia política: en aquellas situaciones en las que podemos obtener “nuestros” objetivos políticos sin tener que integrarnos en el gobierno y, por ello, corresponsabilizarnos de toda la acción gubernamental, nos mantendremos fuera del gobierno habiendo negociado nuestro apoyo a cambio de nuestras decisiones políticas: aprobación de leyes, diseño de nuevos programas o supresión de decisiones existentes.
Pero para más claridad vamos a desmontar una afirmación oída demasiado a menudo: todos los partidos buscan alcanzar el poder. Pues no precisamente, ya que cuando se afirma esto se está diciendo que lo que quieren es alcanzar el gobierno.
Y la verdad sea dicha, la gran mayoría tienen en el gobierno y los cargos su objetivo central, su gran anhelo. Pero, como todo en esta vida, el interés está en los detalles.
Cuando el objetivo es la agenda política
¿Cuáles? Además del gobierno y los cargos, los partidos persiguen al mismo tiempo el impulso y aprobación de políticas públicas vinculadas a su ideario, a su visión de cómo deba ser el Estado, la comunidad autónoma o el municipio en cuestión.
Y hay que añadir otros dos objetivos simultáneos: la búsqueda de consolidar y aumentar la base electoral (es decir, obtener votos) y mantener y fortalecer a la organización (lograr una buena cohesión interna).
Perseguir estas cuatro metas lleva a cada partido a tener que priorizar sus esfuerzos. Así lo que para uno puede ser absolutamente prioritario (obtener el gobierno a cualquier precio) para otro puede ser meramente instrumental, orientándolo a su objetivo principal mientras no sea capaz de gobernar en solitario: impulsar buena parte de su agenda política desde fuera del ejecutivo.
Veámoslo así: el objetivo central del Partido Popular en las actuales negociaciones en Extremadura y Aragón (y previsiblemente en Castilla y León) es garantizarse la titularidad del ejecutivo, sin descartar un posible gobierno de coalición como en la legislatura anterior.
En el caso su potencial socio, Vox, tanto su comportamiento coalicional anterior como su estrategia negociadora actual parecen indicar que su prioridad pasa por lograr imponer su agenda política, considerando su incorporación a dichos gobiernos como una opción instrumental y, por ello, prescindible a cambio de sus políticas públicas.
¿Coincidimos en este análisis? Confío que sí y les adelanto otro concepto para una próxima ocasión: dinámicas multinivel o la influencia que ejerce en las estrategias negociadoras los efectos de alcanzar uno u otro tipo de acuerdo en un nivel (autonómico, por ejemplo) sobre las futuras negociaciones en otro (por ejemplo, en el ámbito estatal, sin ir más lejos). ¿Interesante, verdad?
Josep Maria Reniu Vilamala no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Hace aproximadamente una década dos investigadores realizaron un pequeño experimento con un grupo de mujeres estadounidenses que no tenían obesidad. Les pidieron que imaginaran que habían ganado unos 45 kilogramos y que describieran cómo se sentirían ante un cambio corporal de esa magnitud. Las respuestas fueron contundentes: terror, aversión, espanto, horror. En definitiva, miedo.
Ese miedo no solo se relacionaba con posibles complicaciones médicas, sino con las consecuencias sociales que anticipaban. Muchas creían que no podrían caminar con normalidad, que se recluirían en casa o que dejarían de ser deseables. Algunas afirmaron que preferirían morir antes que vivir en un cuerpo gordo. Las respuestas revelaban imaginarios profundamente estigmatizantes sobre lo que significa habitar un cuerpo con kilos de más.
He empezado el texto con este experimento por un sencillo motivo. El estudio pone de relieve algo incómodo: quienes más temen a la obesidad suelen ser quienes no la padecen. Y ese temor no se dirige exclusivamente a la salud, sino a la estigmatización que acompaña al aumento de peso.
Estigma y comunicación
La preocupación por el peso corporal no es nueva. Durante siglos, la grasa ha funcionado como repositorio de ansiedades culturales en las sociedades occidentales.
En el pasado, el exceso de peso se interpretaba en clave moral: era el resultado visible de la gula o la pereza. En términos sociológicos se convertía en lo que Erving Goffman describió como una “identidad dañada” y por tanto, en un blanco para ser estigmatizadas.
Con demasiada frecuencia estas formas de estigmatización son reproducidas a través de los medios de comunicación e internet. Además de convertir a las personas con obesidad en un otro, en alguien a quién debemos repudiar o condenar al ostracismo, también son una advertencia para los demás.
Como aseguraron las mujeres del estudio citado al comienzo de este artículo, adherirse a una “buena conducta” es la condición necesaria si no se quiere acabar siendo personas abyectas y no deseadas. No se trata solo obviar factores biológicos o socioestructurales que puedan contribuir a la obesidad, sino en desentenderse de la propia dignidad de las personas que la padecen.
Tanto es así que, por ejemplo, en las aplicaciones para la pérdida de peso esta estigmatización es directa. En ellas el exceso de peso es responsabilidad y culpa de quien lo tiene. La obesidad se presenta como una enfermedad provocada por el estilo de vida. El objetivo de toda persona es llegar a tener un cuerpo delgado, esbelto y tonificado y las apps están ahí para ayudarte a lograrlo.
Una advertencia en forma de estigmatización
En una investigación reciente con colegas (aún en proceso de publicación) analizamos qué personas aparecen en las imágenes que acompañaban noticias sobre obesidad en la prensa.
Esperábamos hallar lo que se conoce como “gordos descabezados”, es decir, personas con obesidad fotografiadas sin rostro en un intento de mantener su anonimato y dignidad, lo que, paradójicamente, acaban deshumanizándolas. También contábamos con ver escenas que reforzaran el estereotipo de las personas gordas. Por ejemplo, consumir comida basura, sentarse en el sofá o ver la televisión.
Nuestra sorpresa vino cuando comprobamos que esos comportamientos aparecían representados por personas con peso normal. La estigmatización ya no se dirigía solo a las personas con obesidad, sino que ponía el foco en el resto.
Más allá del peso corporal
Buena parte del discurso mediático sobre la obesidad insiste en la idea de responsabilidad individual. Se apela a la disciplina y al control de uno mismo. Sin embargo, este enfoque simplifica un fenómeno complejo. La evidencia científica muestra que el peso corporal está influido por múltiples factores: genéticos, hormonales, metabólicos, psicológicos y socioeconómicos.
Ignorar esta complejidad no solo es inexacto desde el punto de vista de la salud pública, sino que además refuerza el estigma de peso.
Numerosos estudios han demostrado que la discriminación por peso se asocia con mayores niveles de ansiedad, depresión, evitación de la atención sanitaria e incluso con cambios fisiológicos vinculados al estrés crónico. Paradójicamente, el rechazo social puede empeorar los indicadores de salud que se dice querer proteger.
El miedo a la obesidad no siempre es miedo a enfermar, sino miedo a la exclusión social. Quizá la pregunta no sea solo quién teme a la obesidad, sino qué es exactamente lo que tememos: ¿el riesgo médico o el rechazo social?
Si el miedo se dirige principalmente al estigma, entonces el problema no está únicamente en el cuerpo, sino en la mirada que lo juzga. Porque cuando se reduce la identidad del otro a su tamaño o peso, la dignidad queda en segundo plano.
No obstante, más allá de los posibles fallos que cometen los medios de comunicación, conviene también subrayar las oportunidades que estos ofrecen para visibilizar el lado humano de la obesidad, comprender mejor a quienes la viven y mirar más allá de la forma o el tamaño de su cuerpo.
Promover una representación más amplia y diversa de los cuerpos, acorde con la pluralidad real de nuestra sociedad, contribuiría a desplazar el foco del peso como rasgo definitorio. De este modo, lo verdaderamente relevante dejaría de ser la talla y pasaría a ser la persona.
Lara Martín Vicario no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
The Israeli Operation Roaring Lion and the American Operation Epic Fury started early on Feb. 28 when both countries began attacking Iran. Their airstrikes killed Iran’s leader, Ayatollah Ali Khamenei, while striking military targets and cities across the country. More than 700 people have reportedly been killed in the attacks so far.
Iran responded with its own Operation True Promise 4 missile and drone strikes against Israeli and American targets. But it also started bombarding nine other Middle East countries.
Iran’s counterattacks might appear strategically reckless. But they’re sowing chaos across the region and revealing the limits of their neighbour’s defences.
Its newest weapon is a laser system. Iron Beam saw its first combat use last year against drones and small rockets.
But interceptors aren’t foolproof, and they sometimes fail.
Iran’s newest weapons aggravate this problem. Some missiles reportedly carry dozens of small explosives instead of one big one. These little bomblets disperse while falling from the sky to complicate interception.
Additionally, some older shelters were designed only to withstand smaller rockets. On March 1, a ballistic missile with a 500-kilogram warhead directly hit a shelter, killing nine people inside.
Jordan, Iraq, Kuwait, Saudi Arabia, Bahrain, Qatar, the United Arab Emirates and Oman have all been assaulted by Iranian weapons. Some 282 missiles and 833 drones attacked those countries over the weekend, and the barrage remains ongoing.
Three U.S. Patriot air defence missiles (rising from bottom of screen) fail to stop an incoming Iranian ballistic missile warhead (descending from upper right).
It’s difficult to predict how long the attacks will continue. Iran is believed to have around 2,500 ballistic missiles stockpiled, including 1,000 that could strike Israel or perhaps Europe. Its drone supply is likely larger, meaning launches could continue for months.
U.S. and Israeli warplanes are actively hunting Iranian missile launchers, but past conflicts show airstrikes alone have little impact on launch rates. Those drop only if ground invasions occur.
It’s likewise unclear how long the American-Israeli bombing campaign will last. U.S. President Donald Trump has suggested four to five weeks, maybe longer.
America’s previous regime change in Iran also didn’t end well. In 1953, the U.S. Central Intelligence Agency incited a coup that removed Iran’s elected government and replaced it with a military regime that was friendly to U.S. but unpopular in Iran. In 1979, a revolt ended the dictatorship and installed the current Islamic Republic.
Trump has often favoured transactional diplomatic deals in the past. Whether this conflict moves toward escalation or negotiation remains unclear, but it’s likely he’ll seek do something similar here.
What is clear is that the longer the conflict continues, the greater the human and economic costs are likely to be.
Michael J. Armstrong does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
Source: The Conversation – USA – By Gregory F. Treverton, Professor of Practice in International Relations, USC Dornsife College of Letters, Arts and Sciences
A group of men inspects the ruins of a police station in Tehran, Iran, on March 3, 2026. AP Photo/Vahid Salemi
When the bombing of Iran began on Feb. 28, 2026, the Trump administration had not informed the American people exactly what it was prepared to achieve.
Was the attack intended to degrade Iran’s nuclear program? Trump had declared that “obliterated” after last June’s bombing.
Was it to show support for Iran’s opposition, as Trump’s earlier “HELP IS ON ITS WAY” posts on Truth Social suggested? A bombing campaign that was bound to kill innocent Iranians, including 175 people at a girls elementary school near a military base, seemed an odd form of support.
I am a scholar and former practitioner of intelligence and national security policy in the White House. I believe there are lessons in effecting political change in Iran that can be taken, ironically, from the very U.S.- and British-led clandestine campaign in the mid-20th century that set Iran on the road to the intense anti-Western and anti-American sentiment that has characterized its government policy for decades.
How does this end?
President Trump has said he wants regime change in Iran but has articulated no strategy for achieving that end.
Strategy is the connection between means and ends. For waging a war, it means asking whether the military means available match the desired military outcome. In trying to effect political change, it means asking whether the instruments employed will produce the desired change.
Mossadegh had moved to nationalize the Anglo-Iranian Oil Company – effectively, British oil interests. Britain responded with an an oil embargo and a severe economic squeeze on Iran.
By early 1953 the U.S. government, under President Dwight D. Eisenhower, authorized the CIA to prepare a covert plan to remove Mossadegh and restore effective power to the shah, who at the time held a more ceremonial role. British intelligence had been pushing a similar agenda, and the two services collaborated on both the strategy and its implementation.
Men alleged to be communist spies await death before a firing squad in the Ghasr army barracks in Tehran in October 1954. Bettmann/Contributor/Getty Images
It was composed of three elements. First it funded newspapers and printed propaganda designed to discredit Mossadegh, portraying him as corrupt or sympathetic to communism. The propaganda also promoted fears of instability and communist infiltration.
Second, according to declassified histories, agents staged “false flag” incidents – attacks attributed to communists, for example – to stoke fear and backlash against Mossadegh among religious and conservative groups.
Third, the coup planners attempted to engage influential clerical leaders and organizations to amplify anti-Mossadegh sentiment.
Iranians crowd the main square in Tehran in August 1954 to celebrate the first anniversary of the arrest of former Premier Mohammad Mossadegh. Bettmann/Contributor/Getty Images
Shaping the crowds on Tehran’s streets proved critical to the operation. The CIA organized demonstrators to pose as pro-shah protesters, including paying individuals to chant slogans and confront Mossadegh supporters.
These orchestrated demonstrations climaxed on Aug. 19, 1953, when pro-shah forces and sympathetic leaders in the Iranian military – with CIA financial and logistical backing – seized key points of the country, confronted Mossadegh loyalists and helped topple his government. Estimates suggest around 200 to 300 people were killed in the chaotic fighting in Tehran.
What might have been, and what might be
The Mossadegh coup occurred in a less transparent world. However – and regardless of how you feel about it – the coup suggests the value of having a strategy to accomplish political change and, beyond Israel, bringing allies along if possible.
So far, Trump has called for the Iranian military and the Revolutionary Guard to lay down their arms. But the Trump administration has provided no guidance on how to do so, or to whom to do so.
Surely, the administration should be able to devise a plan for potential political change in Iran. It has insight from the years it has spent negotiating a nuclear deal with Iran. Recent events suggest the extent of Israeli, if not American, penetration of Iran.
Iranians participate in a funeral in Tehran for Revolutionary Guard commanders, Iranian nuclear scientists and civilians who were killed in Israeli attacks on June 28, 2025. Morteza Nikoubazl/NurPhoto via Getty Images
In June 2025, Israel conducted covert drone operations deep inside Iran, in concert with airstrikes on Iranian missile and military infrastructure. Mossad reportedly established an undercover drone network and launched explosive drones to neutralize air defenses and missile launchers before the main attack.
The successful targeting of Ayatollah Ali Khamenei and his close associates in the latest round of airstrikes suggests the extent of likely Israeli monitoring of Iranian communications by Mossad and the CIA.
Crises tend to put pressure on governments to open communications channels, and the take from any successful eavesdropping might be passed to opposition groups to help them organize and avoid capture.
If Israel can smuggle explosive drones into Iran, it should be able to make the satellite internet provider Starlink and its kin available to enable the opposition to better – and more safely – organize.
It is late in the day to emulate the Mossadegh coup with information operations, and it is probably more difficult in an era of ubiquitous social media, not newspapers. But it’s not too late to try.
I believe those brave opposition elements in Iran, who have been killed by their government and bombed by the United States and Israel, deserve no less.
Gregory F. Treverton does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organization that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
Source: The Conversation – France – By Hugues Plisson, archéologue spécialisé en tracéologie (reconstitution de la fonction des outils préhistoriques par l’analyse de leurs usures), Université de Bordeaux
Obi-Rakhmat rock shelter in Uzbekistan, micro-point hafting and main game hunted around the site 80,000 years ago (artwork courtesy of Malvina Baumann).Malvina Baumann, Fourni par l’auteur
Unretouched triangular microlithic projectile points have been identified from their impact traces in the oldest occupation layers of the Obi-Rakhmat site in Uzbekistan, dating to 80,000 years ago. Their size corresponds to small arrowheads, which are directly comparable to those produced by Homo sapiens during an incursion into Neanderthal territory in the Rhône Valley, 25,000 years later. This new study, published in PLOS One journal, provides a strong argument that could rewrite history on Homo sapiens‘ first settlement in Europe.
The chrono-cultural and anthropological frameworks of prehistory, along with the evolutionary models they inspired, were first created in Western Europe, especially France, in the second half of the 19th century. They were initially linear and Eurocentric: Cro-Magnons (European early modern humans), descending from Neanderthals, laid the foundations for the civilisational superiority claimed by this part of the world at the time. It was not until a century later that the African origin of Homo sapiens, as well as the technological and social features that characterised the Western Upper Palaeolithic (symbolic productions, long-distance networks, and diversified lithic and bone tools and weapons), were recognised.
The earliest evidence of Homo sapiens in Australia, dating back around 65,000 years (Clarkson et al., 2017), predates that found in Europe by 10 millennia, while the ways in which our ancestors initially colonised Western Eurasia over 45,000 years ago remain contentious. The temporal alignment of the earliest European Upper Palaeolithic settlements with those in the Levant, which are considered the closest in terms of typology and technology, is still not satisfactory. This is either because the Levantine data comes from old excavations or because it does not fit into the supposed direct lineage. Despite its geographical proximity to Africa, the origins of the Initial Upper Palaeolithic in the Levant are themselves uncertain. This is why the possibility of a Central Asian origin suggested by archaeologist Ludovic Slimak in 2023 (Slimak, 2023) deserves attention.
A site in Central Asia
View from the Obi-Rakhmat rock shelter on the end of the Tien Shan. Hugues Plisson. Fourni par l’auteur
Depending on climatic conditions, Central Asia has served as a corridor facilitating movement between the western and eastern parts of the continent or as a refuge zone. The archaeological record in this region is limited but includes several significant Palaeolithic sites.
Among them is the Obi-Rakhmat rock shelter in Uzbekistan, discovered in 1962, whose latest excavation campaigns were led by Andrei Krivoshapkin. At the south-western end of the Talassky Alatau range of the Tien Shan mountains, at an altitude of 1,250 metres, the settlement provides a remarkably consistent lithic industry, comprising points, large blades, and bladelets across a stratigraphic sequence spanning over 10 metres, dating from approximately 80,000 to 40,000 years ago. This industry was initially classified as part of the Initial Upper Palaeolithic but it appears to derive from the Levantine Early Middle Palaeolithic. The early Middle Palaeolithic, associated with archaic Homo sapiens at the Misliya cave (Hershkovitz et al., 2018), disappeared from the Near East around 100,000 years ago. At Obi-Rakhmat, the skull remains of a child found in a layer dating back ~70,000 years show features considered to be Neanderthal and others to be anatomically modern, a combination that could be the result of hybridisation.
Massive blades but microlithic points
Elements of lithic industry from layer 21 at Obi-Rakhmat: unretouched blades (1-2), large retouched blade (3), pointed retouched blades (4-5), impacted retouched points (6-8), unretouched Levallois micro-point (9), unretouched impacted micro-points (10-11). Hugues Plisson. Fourni par l’auteur
In this context, our international multidisciplinary team has identified tiny, unretouched, triangular projectile points within the lithic debris of the oldest stratigraphic layers. These points were distinguished based on their macroscopic and microscopic impact marks, which were compared to experimental reference data. Due to their small size (less than 2 cm in width and weighing only a few grams) and brittleness, they would have been unsuitable for mounting on heavy shafts. The width of their cutting edges corresponds to the diameter of arrow shafts documented ethnographically for low-poundage bows, consistent with transcultural invariants rooted in physical and ballistic constraints.
Two unretouched micro-points recovered from layer 21 of Obi-Rakhmat. One is intact, while the other is broken and shows scratches resulting from use as a projectile head. The matchstick illustrates their small size. Fourni par l’auteur
A question of ballistics
Thrown piercing weapons are complex systems whose components are not interchangeable from one type of weapon to another, as they meet different requirements in terms of intensity and nature of stress.
The significant impact force of spears held or thrown by hand makes the robustness of the weapon an essential parameter, both in terms of effectiveness and the hunter’s survival, with mass ensuring robustness, impact force and penetration. In contrast, the penetration of light projectiles shot from a long distance depends on their sharpness, because their kinetic energy, which is much lower, comes mainly from their speed, which, unlike mass, decreases very rapidly along the trajectory and in the target. As this speed cannot be achieved by the extension of the human arm alone, it necessarily depends on the use of a throwing instrument. Arrowheads and spearheads or javelin heads are therefore not designed according to the same criteria and cannot be mounted on the same shafts, the dimensions and degree of elasticity of which are also essential in terms of ballistics. Thus, as in palaeontology, where the shape of a tooth reveals the type of diet and suggests the mode of locomotion, the characteristics of a point provide clues as to the type of weapon of which it is the wounding element.
Weaponry specific to ‘Sapiens’?
The tiny size of Obi-Rakhmat’s points cannot be regarded as a default choice, not only because there is no shortage of good-quality lithic raw material on site from which large blades were made, but microscopic examination of traces of use or wear also shows that within this same assemblage there are also much more robust retouched points (15 to 20 times heavier and 3 to 4 times thicker), similarly impacted by use as axial projectile points (the size of spearheads or javelin heads).
Returning to the bibliography and our own work on Middle Palaeolithic tools (Plisson et Beyries, 1998), we found that the presence in the same assemblage of various types of projectile points and inserts, some of which were microlithic and produced for this purpose, is only known at Homo sapiens sites. The oldest documented occurrences are in South Africa in the Pre-Still Bay (more than 77,000 years old) and later cultural layers of the Sibudu cave. In contrast, lithic points damaged by use as projectile heads are rare in the Neanderthal record. When present, they tend to be large and do not notably differ in size, manufacture or type from points used for activities other than hunting, such as gathering plants or butchery. This difference in the design of tools and weapons takes on anthropological significance.
Levallois points from the Um El Tlel site in Syria, from the Late Middle Palaeolithic period in the Levant attributed to Neanderthals. From left to right: graphic reconstruction based on a fragment found embedded in a donkey vertebra, plant knife blade, butcher knife blade. These multipurpose points are 2 to 3 times wider than the micro-points from Obi-Rakhmat. Hugues Plisson. Fourni par l’auteur
Given their respective dates, the distance between South Africa and Central Asia (14,000 km) and the difference in the manufacture of the Obi-Rakhmat and Sibudu weapon heads (unretouched knapped stone points vs. shaped stone points or retouched inserts, shaped bone points), the hypothesis of independent centres of invention is the most likely.
From the foothills of the Tien Shan to the Rhône Valley 25,000 years later
The micro-points from Obi-Rakhmat have no known equivalents in the Eurasian Middle Palaeolithic, except for identical projectile points identified by Traceology expert Laure Metz (Lewis et al., 2023) at the Mandrin site, in the Rhône Valley, France, in a layer dating to approximately 54,000 years ago – some ten thousand years before the disappearance of local Neanderthals. Notably, a Homo sapiens milk tooth was also recovered from this layer (Zanolli et al., 2022. The similarity between the micro-points from Obi-Rakhmat and Mandrin, despite being separated by more than 6,000 km and 25 millennia, is such that they could be interchanged without any detail other than the stone betraying the substitution.
Morphological and functional similarity between the micro-points of Obi-Rakhmat and Mandrin, broken by their use as projectile head. The location and extent of their fracture (highlighted in red and blue and macroscopic detail) are indicative of axial impact. Hugues Plisson. Fourni par l’auteur
Recent work published by paleogeneticists Leonardo Vallini (Vallini et al., 2024) and Stéphane Mazières (Mazières et al., 2025) defines the Persian Plateau, on the north-eastern edge of which Obi-Rakhmat is located, as a population hub where the ancestors of all present-day non-Africans lived between the early phases of expansion out of Africa – long before the Upper Palaeolithic – and the wider colonisation of Eurasia. This resource-rich environment may have provided a refuge conducive to demographic regeneration after the genetic bottleneck of the exit from Africa, interaction between groups and, consequently, technical innovations.
On either side of the Persian plateau (orange box), genetically identified as a refuge area for the concentration and demographic development of first Homo sapiens who left Africa, Obi-Rakhmat and Mandrin share the same micro-projectile points, 25,000 years and 6,000 km apart. Hugues Plisson. Fourni par l’auteur
Obi-Rakhmat and Mandrin may represent two geographical and temporal milestones within the same process of dispersal, as suggested by Ludovic Slimak (Slimak, 2023), characterised by the dissemination of a key technological innovation unique to Homo sapiens. So far unnoticed because they are unretouched, tiny and fragmentary, it is likely that the micro-projectile points for which recognition criteria have now been defined will begin to appear at sites between Central Asia and the western Mediterranean.
Premises for a new scenario of the western peopling by ‘Homo sapiens’
This discovery is stimulating in several ways.
It validates the consistency of the research conducted at the Mandrin site, which came to the conclusion that Sapiens armed with bows made a brief incursion into Neanderthal territory. Several elements of this study had been criticised (Klaric et al., 2024)– which is, however, normal in science when a new proposal deviates too far from established knowledge – but its predictive dimension had not been considered at the time.
The similarity between Mandrin and Obi-Rakhmat’s micro-points cannot be a mere coincidence. It is not only their shape that is similar, but also the way they are made, which requires real expertise, as evidenced by the meticulous preparation of their striking platform and their function. One could debate the appropriate instrument for shooting arrows armed with such tiny tips, the bow being in filigree, or whether it is preferable to remain cautious and speak only of shooting, but this already contrasts with what we know about Neanderthal hunting weapons and their design.
Another remarkable aspect, which is still relatively uncommon, is the convergence and complementarity of data from material culture and from our genetic memory, which did not influence each other given the dates of the respective studies and publications. Together, they sketch out a rewriting of the scenario of Homo sapiens’ arrival in Europe: it was thought that he came directly from Africa by the shortest route 45,000 years ago, but we now discover that he had been established in the heart of the Eurasian continent for a long time, well before expanding in search of more territories.
A weekly e-mail in English featuring expertise from scholars and researchers. It provides an introduction to the diversity of research coming out of the continent and considers some of the key issues facing European countries. Get the newsletter!
Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.
Source: The Conversation – Canada – By Warren Mabee, Director, Queen’s Institute for Energy and Environmental Policy, Queen’s University, Ontario
The joint attack launched by the United States and Israel on Iran began on Feb. 27 and has sparked a fast-moving conflict that could expand across the Middle East.
Iran’s response has already included strikes on U.S. bases in surrounding countries as far away as Qatar and Oman, and has announced the closure of the Strait of Hormuz, going so far as threatening to set ships on fire if they enter the strait.
The Strait of Hormuz is a 55-kilometre-wide narrows between Iran and Oman, separating the Persian Gulf from the Arabian Sea. It is a particularly important piece of global real estate in terms of the energy sector and one of the busiest and most strategically significant shipping routes in the world.
A map of the Strait of Hormuz. (Wikimedia Commons)
The closure has disrupted oil and gas shipments from the region and rattled markets around the world. Overall maritime traffic through the strait has dropped by 70 per cent since the closure, with 18 loaded and 37 unloaded tankers remaining in the Persian Gulf.
About 13 million barrels of oil per day normally move through these waters — about 31 per cent of global oil shipments. Blocking passage through the strait will certainly affect world oil prices.
Closure of the strait affects major ports belonging to Iraq, Kuwait, Saudi Arabia and the United Arab Emirates, as well as Iran itself. For several of these countries, the strait is the primary route through which oil reaches global markets.
On March 2, Brent Crude — the global benchmark — reached about US$79 per barrel before declining slightly, about eight per cent higher than last week’s prices. West Texas Intermediate, the North American benchmark, reached US$71 per barrel — a six per cent increase.
Those price movements are already being felt at the pump. Gasoline prices in both Canada and the U.S. have begun to rise, although not as dramatically as commodity prices.
Increases could persist as long as the conflict continues to disrupt tanker traffic through the Strait of Hormuz.
Throughout the last 50 years, oil price increases have often presaged an upcoming economic downturn. Some events, such as the first and second oil crises in the 1970s and early ‘80s, led to structural changes in global economies.
Could this happen again today?
Lessons from the first oil crisis
Gasoline ration stamps printed by the Bureau of Engraving and Printing in 1974. (Wikimedia Commons)
The first oil crisis began in October 1973 when the Organization of Arab Petroleum Exporting Countries (OAPEC, later OPEC) put an embargo on oil exports to the United States as a response to U.S. support of Israel.
While the U.S. had the economic wherewithal to be able to import oil from other sources, this action kept global prices high and many other countries suffered from elevated costs. The fallout from the first oil crisis affected the auto sector, the energy sector and energy policy across the U.S.
Today, OPEC nations are not working in close alignment with Iran. Instead, many of these nations — along with Russia and other oil-producing nations — have agreed to boost production by about 206,000 barrels per day in an effort to stabilize markets.
Parallels with the second oil crisis
Today’s conflict in Iran may have more parallels with the second oil crisis. In 1979, the Iranian Revolution led to a drop in global oil production of about seven per cent.
According to the U.S. Energy Information Agency, the largest energy producers are the U.S. (22 per cent), Saudi Arabia (11 per cent) and Russia (11 per cent), followed by Canada (six per cent) and China (five per cent).
Iran’s ability to influence the global market has been reduced while the U.S. role has dramatically increased. The market is therefore less likely to respond with major price increases in the face of the current conflict.
The wildcard in the current situation is the Strait of Hormuz. The largest port for Saudi exports of oil is Ras Tanura on the Persian Gulf, where the local refinery was recently hit in a drone attack.
A total closure of the strait would mean potential loss of at least five million barrels per day in shipments from Ras Tanura, which are unlikely to be taken up quickly by the port at Yanbu on the Red Sea, especially with refining capacity now impacted by the conflict.
Implications for Canada
For Canada, the conflict is likely to lead to higher prices for gasoline and diesel, as well as increased prices for imported goods. Although Canada is a net oil exporter, domestic fuel prices are tied to global benchmarks and reflect international volatility.
At the same time, the Canadian oilpatch often benefits from higher global prices. Elevated prices can boost revenues and investment in the sector, even as consumers face higher costs at the pump.
Expanded connectivity to the West Coast via increased capacity on the Trans Mountain pipeline could allow Canadian producers to supply Asian markets that depend heavily on shipments from the Persian Gulf. However, taking advantage of the opportunity means moving quickly, as other oil-producing nations will also move to fill this gap.
U.S. President Donald Trump has said that conflict will last at least four to five weeks, but potentially much longer. Ultimately, Canada could play a role in helping the world to respond to the crisis.
Whether the present crisis is a short-term shock, or whether it is the beginning of a larger geopolitical event, will depend largely on developments in and around the Strait of Hormuz in the days and weeks ahead.
Warren Mabee receives funding from the Natural Sciences and Engineering Research Council.