Los ‘lobbies’ tecnológicos quieren frenar la aplicación de la ley europea de inteligencia artificial

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Moisés Barrio Andrés, Profesor de Derecho de Internet, Universidad Carlos III

Ivan Marc/Shutterstock

En las últimas semanas, y debido a las presiones de algunos Estados (con EE. UU. a la cabeza) y ciertas compañías tecnológicas, la Comisión Europea está considerando una pausa en la aplicación del Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial (el RIA o AI Act) cuya aplicación está pautada para el próximo 2 de agosto.

A primera vista podría parecer una decisión prudente. Pero una mirada más profunda sugiere otra cosa: una pérdida de visión justo en el momento en que Europa necesita un verdadero liderazgo. La UE debería abordar los retos de la regulación jurídica de la IA sin rodeos: no aplazando su ambición, sino redoblando su estrategia digital.

El RIA no es una ley cualquiera. Tanto los responsables políticos de la UE como los observadores internacionales la han celebrado como el buque insignia de la reivindicación del liderazgo mundial de la UE en la elaboración de normas (el efecto Bruselas) para garantizar una visión regulatoria centrada en la persona. En efecto, y desde el Libro Blanco sobre la inteligencia artificial, de febrero de 2020 (“un enfoque europeo orientado a la excelencia y la confianza”), el propósito ha sido no sólo garantizar la seguridad, sino también definir un camino europeo hacia una innovación en IA digna de confianza y centrada en el ser humano. Un retraso significativo o una modificación a gran escala del RIA enviaría el mensaje contrario: que la UE ya no confía en sus propias ambiciones.

¿Es el RIA una norma compleja? En efecto, lo es

En un análisis reciente, publicado en el Real Instituto Elcano, he defendido que la Unión Europea debe ir más allá de las políticas fragmentadas o las acciones erráticas y, en su lugar, perseguir una estrategia digital coherente, basada en valores en todo el ámbito digital. Desde el comercio electrónico hasta los espacios de datos, los chips y la computación cuántica, el Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial es un elemento estratégico de esta visión global. Socavarlo, o retrasar su aplicación, no sólo prolongaría la inseguridad jurídica para las empresas europeas de IA, sino que ahogaría uno de los proyectos reguladores más ambiciosos de la UE en la última década.

Las autoridades públicas de los respectivos Estados miembros están estableciendo sus normas de supervisión de la IA. En este proceso, España ha sido pionera dentro de la UE y ya ha constituido la Agencia Española de Supervisión de Inteligencia Artificial, la AESIA.

No obstante, los estándares técnicos de los sistemas de IA todavía no están listos, si bien ya existe la norma ISO 42001. El código de buenas prácticas de modelos de IA de uso general (GPAI, por sus siglas en inglés) está siendo objeto de una dura batalla de cabildeo, sobre todo debido a las tensiones transatlánticas. Pero ninguno de estos retos justifica que Europa reniegue de sus planes para la IA.




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¿Pueden realizarse algunas reformas? Sin duda

Es necesario simplificar, aclarar e incluso recalibrar el cumplimiento normativo de esta norma para pymes y startups. España, de forma pionera, está llevando a cabo una prueba piloto en un espacio controlado (sandbox) con el objetivo, precisamente, de intercambiar las mejores prácticas mediante la cooperación entre el sector público y el privado. Pero eso no es lo mismo que desregular.




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Sería un grave error estratégico confundir la necesidad de una preparación sólida con una justificación para la suspensión a largo plazo de la aplicación del RIA. En todo caso, confirmaría lo que muchos críticos llevamos tiempo advirtiendo: la UE es fuerte en la elaboración de legislación, pero débil en su aplicación y cumplimiento.

Además, someterse a la presión geopolítica sería una herida autoinfligida. Al parecer, Washington ha pedido a Bruselas que detenga la aplicación de la norma, pero la UE no debe subordinar su autonomía jurídica a una baza negociadora en las negociaciones comerciales con el gobierno estadounidense.

¿Estamos ante un nuevo efecto Washington, una contracción de la gobernanza para fortalecer la supremacía de las empresas?

Los pasos a seguir

Aunque la UE debe mantener firme su compromiso con la asociación transatlántica, también tiene que defender sus valores fundacionales y constitucionales. Al fin y al cabo, es precisamente la insistencia de la UE en los derechos fundamentales, la clasificación de riesgos, la responsabilidad y la transparencia lo que distingue su enfoque del modelo mínimamente intervencionista del laissez-faire o los excesivamente centralizados y estatalistas.

La verdadera lección de este debate no es tanto que la UE haya regulado en exceso el sector tecnológico, sino que ha subestimado lo que realmente implica una estrategia política eficaz. A mi juicio, en lugar de retractarse de la norma, la Comisión debería aprovechar este momento para dar dos pasos audaces y muy urgentes:

  1. Consolidar los esfuerzos dispersos para apoyar a las pequeñas y medianas empresas. Las pymes necesitan un apoyo económico que sea a la vez autorizado y útil, y no un extenso mosaico de guías, algunas de dudosa solvencia técnica, publicadas por numerosas instituciones públicas e iniciativas privadas.

    La Comisión tendría que lanzar un paquete completo de medidas de fácil cumplimiento para las pymes –que incluyera orientaciones jurídicas claras y listas de evaluación y control– y establecer una ambiciosa ventanilla única de la UE y la concesión de incentivos financieros y fiscales atractivos. El cumplimiento normativo debe ser un camino hacia la innovación, no un campo de minas burocrático.

  2. Poner en marcha una estrategia integral para la industria digital, centrada en la construcción de una infraestructura digital soberana allí donde más importa: la computación cuántica, la inteligencia artificial, la nube, las plataformas de datos resilientes y los sistemas de ciberseguridad y defensa digital. No se trata de sustituir a los socios mundiales, sino de garantizar que Europa pueda dar forma –y no solo consumir– las tecnologías del mañana y aprovechar mejor nuestros puntos fuertes, así como nuestras ventajas estratégicas.

Cada uno de estos pasos se enfrentará a una feroz resistencia. Ninguno será fácil. Pero tampoco lo fue la creación del mercado único y el lanzamiento del euro, ni la respuesta unificada de la UE al covid-19 o a la guerra de Rusia contra Ucrania.

Todos los hitos de la integración europea comenzaron con dudas y debates, y terminaron como un momento decisivo de fuerza y solidaridad. La UE se encuentra ahora ante otro momento semejante. Como he afirmado en el pasado, se trata de que Europa no solo siga adelante, sino que contribuya decisivamente a dar forma al presente y futuro. Que no deje su destino a otros, sino que lo tome en sus propias manos.

The Conversation

Moisés Barrio Andrés no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Los ‘lobbies’ tecnológicos quieren frenar la aplicación de la ley europea de inteligencia artificial – https://theconversation.com/los-lobbies-tecnologicos-quieren-frenar-la-aplicacion-de-la-ley-europea-de-inteligencia-artificial-260475

Cuando ellas tiraban de los barcos: la historia olvidada de las sirgueras de Bilbao

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Paula Lamo Anuarbe, Investigadora en Internet de las Cosas, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

Grupo escultórico ‘Las sirgueras’, de Dora Salazar, en Bilbao. Fue inaugurado en 2021 como homenaje a estas sufridas trabajadoras. RICARDO ALGAR/Shutterstock

En la cultura popular y, por supuesto, en los memes, el pueblo vasco es sinónimo de fuerza bruta. Hombres que levantan piedras de media tonelada, que parten nueces con la frente o que hacen competiciones de cortar troncos con hachas más grandes que una maleta de cabina. Pero, curiosamente, cuando se habla de la fuerza legendaria vasca, casi nunca se menciona a las mujeres. Y eso que hace poco más de un siglo hubo mujeres en Bilbao que, literalmente, tiraban de barcos cargados río arriba. A pulso. Sin memes, pero con mucho músculo.

Sí, literalmente: mujeres arrastrando buques por la ría del Nervión a fuerza de brazos, piernas y mucha determinación. Eran las sirgueras.

¿Quién necesita bueyes cuando se tienen mujeres?

Las sirgueras se dedicaban a arrastrar barcos mercantes por la ría del Nervión desde la orilla, sujetas con arneses al pecho o a la cintura, como si fueran animales de tiro humano. Caminaban por los caminos de sirga, sendas paralelas al cauce del río y diseñadas precisamente para facilitar este tipo de tracción. Solían trabajar en grupos de tres a seis mujeres, sincronizando el paso y la tensión de las cuerdas para mantener el rumbo del barco y evitar que encallara o se desviara con la corriente.

Su trabajo no era solo cuestión de fuerza bruta: requería resistencia física, coordinación y conocimiento del terreno. Tenían que adaptarse a las mareas, al caudal del río y a la forma de cada embarcación. En muchos casos, los barcos estaban sobrecargados de mineral de hierro, carbón o productos industriales, lo que hacía la tarea aún más extenuante. Además, el firme de los caminos era irregular, embarrado y, en ocasiones, peligroso.

En aquella época (segunda mitad del siglo XIX) los remolcadores de vapor todavía eran escasos y caros, y no todas las embarcaciones podían permitirse uno. El motor diésel aún estaba por inventar y los avances tecnológicos no llegaban al mismo ritmo a todas las rutas comerciales. En ese contexto, cuando un barco debía remontar el Nervión hacia los muelles de Bilbao necesitaba un sistema auxiliar de tracción. ¿La solución más lógica? ¿Bueyes? ¿Caballos? No: mujeres.

No era así por romanticismo ni por un alarde de fuerza femenina, sino por una lógica económica descarnada. Mantener animales de tiro implicaba inversión en forraje, espacio para establos, veterinarios y descanso para las bestias. En cambio, las mujeres (víctimas de una pobreza estructural) eran contratadas por jornadas, sin necesidad de alojamiento ni manutención, por un salario muy bajo. Su fuerza de trabajo era más rentable, más disponible y, sobre todo, más desechable.

Así que ahí estaban: tirando de buques con decenas de toneladas de carga, a la intemperie, bajo el sol o la lluvia, sin derechos laborales ni reconocimiento. No aparecían en los registros oficiales. No tenían contrato. Su aportación fue crucial para el desarrollo portuario de Bilbao, pero quedó fuera de los relatos históricos durante décadas. Solo recientemente su figura ha empezado a ser recuperada como parte del legado obrero y femenino de la ría.

Mujeres fuertes sí, pero invisibles

El caso de las sirgueras pone en evidencia una tendencia histórica: la invisibilidad sistemática de las mujeres en sectores físicos, técnicos o tradicionalmente masculinizados, como el marítimo. Durante siglos se vendió la idea de que las mujeres eran criaturas frágiles y delicadas que bordaban pañuelos y se desmayaban en salones decimonónicos. Pero no todas estaban bordando. Algunas estaban sudando, tirando barcos en la ría.

Históricamente, el sector marítimo ha sido un entorno cerrado, excluyente y profundamente masculinizado. La presencia femenina en este ámbito ha sido escasa, marginal y casi siempre narrada en clave de excepcionalidad. Cuando aparecen mujeres en los relatos marítimos, suelen ser figuras secundarias, atadas a roles domésticos o administrativos. Se las menciona como viudas que heredan el negocio tras una guerra, esposas que aguantan la economía familiar o hijas que mantienen el papeleo mientras los hombres van al mar.

El discurso dominante ha insistido en que su presencia era temporal, accidental o asistencial, como si nunca hubieran estado ahí por decisión propia o por méritos propios. Como si no fueran trabajadoras, sino sustitutas provisionales en tiempos difíciles.

Sin embargo, las sirgueras rompen por completo esa narrativa. Ellas no estaban allí por ausencia de los hombres, ni por tradición heredada, ni por caridad. Estaban porque eran necesarias, y porque cumplían una función esencial en la logística fluvial de la época. Realizaban un trabajo físicamente durísimo, sin reconocimiento, en condiciones precarias y por salarios irrisorios. Pero lo hacían con eficacia, con organización y con una capacidad que hoy llamaría la atención en cualquier plataforma viral.

Eran mujeres fuertes, sí, pero no por una esencia mágica o mítica, sino porque la vida y el sistema las empujaban a serlo. Muchas eran madres, otras huérfanas, otras simplemente pobres. Y el único camino disponible era el esfuerzo físico: caminar durante horas por la ribera del río, con los pies hundidos en el barro, tensando una cuerda que arrastraba una mole de hierro flotante.

No eran un fenómeno anecdótico ni pintoresco: eran parte estructural del funcionamiento de la ría de Bilbao en el siglo XIX, al mismo nivel que los estibadores, los marineros o los maquinistas. Solo que a ellas no se les dedicaban canciones ni libros. Hasta hace poco, ni siquiera una mención en los archivos oficiales.

La culpa, como siempre, de las supersticiones

¿Y por qué casi no se las recuerda? Por esa costumbre tan humana de barrer lo incómodo debajo de la alfombra. O, mejor dicho, de la cultura marítima tradicional, plagada de mitos y supersticiones que vetaban la presencia femenina en los barcos.

Durante siglos se creyó que una mujer a bordo traía mala suerte. Y esta creencia se convirtió en una excusa perfecta para limitar su acceso al trabajo marítimo, relegándolas a tareas invisibles o, directamente, excluyéndolas. Tanto es así que las excluyó del sector, de los relatos y de los libros de historia.

Lo irónico es que mientras decían que no podían estar en cubierta, ellas tiraban de la embarcación desde tierra.

¿Y hoy?

Hoy, las cosas han cambiado, pero no tanto. Las mujeres siguen siendo una clara minoría en el sector marítimo. Según datos de la Organización Marítima Internacional (OMI), menos del 1 % de la fuerza laboral en este ámbito son mujeres, y la mayoría se concentran en funciones administrativas, no técnicas ni operativas.

Sin embargo, el olvido no es completo. En Bilbao, frente a la ría, hay una escultura que rinde homenaje a las sirgueras. Es una obra de la escultora navarra Dora Salazar, que muestra la silueta de cuatro mujeres tirando de una cuerda. Es un reconocimiento tardío, pero importante. Recuperar su memoria es una forma de devolverles el lugar que nunca debieron perder.

Las sirgueras no son una anécdota curiosa. Son una prueba palpable de que las mujeres han estado en todos los sectores, incluso en los más duros, aunque no se les haya reconocido. Tiraron de barcos por necesidad, pero también con una fuerza que desmonta cualquier estereotipo sobre fragilidad femenina.

The Conversation

Paula Lamo Anuarbe no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Cuando ellas tiraban de los barcos: la historia olvidada de las sirgueras de Bilbao – https://theconversation.com/cuando-ellas-tiraban-de-los-barcos-la-historia-olvidada-de-las-sirgueras-de-bilbao-260644

Actividades veraniegas para niños y adolescentes al alcance de todos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Silvia López Larrosa, Profesora del departamento de Psicología, Universidade da Coruña

El verano se extiende ante nosotros. Dos meses de vacaciones escolares y la pregunta: ¿qué haremos en este tiempo? Si hay niños y adolescentes en casa, a menudo la pregunta incluye cierta angustia adulta, pues convivir con los más pequeños cuando nosotros estamos ocupados y ellos ociosos puede convertirse en un reto.

Pero las largas vacaciones infantiles del verano ofrecen grandes oportunidades para hacer todas las cosas que no dan tiempo durante el curso, muchas de ellas sin necesidad de moverse del lugar donde vivimos, pagar campamentos caros o hacer largos viajes.

Encontrar y cultivar nuevos intereses

Una posibilidad es aprender algo nuevo, siempre dependiendo de los intereses de cada persona, de las circunstancias familiares y de las opciones que se ofrezcan en el lugar en que nos encontremos.

Puede ser desde tareas tan asequibles como mantener un diario o ejercitar la imaginación escribiendo historias cotidianas o inventadas, hasta recuperar el arte analógico de hacer fotos, pasando por sencillamente visitar museos.




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El verano es el tiempo perfecto para despertar y cultivar la pasión por la lectura. Aprender rimas, en el caso de los más pequeños, escuchar audiolibros en los viajes en coche, leer en voz alta un rato cada día, intercambiar libros y comentarlos entre los miembros de la familia… todas estas son maneras de ayudar a cimentar un hábito lector, algo con un innegable impacto positivo en el cerebro, el vocabulario, la imaginación o la reducción del estrés, además de que contribuirá a un mejor rendimiento académico cuando comience el nuevo curso.

Redescubrir la naturaleza

Los estudios señalan que el contacto con la naturaleza reporta beneficios para la salud física y mental y mejora el bienestar a cualquier edad. El verano parece una época propicia para reencontrarse con la naturaleza y disfrutar de ella y de la familia.

En la naturaleza podemos realizar actividades físicas como deportes acuáticos, tanto en el mar como en ríos o embalses: nos obligan a aprender técnicas y movimientos para evitar lesiones o accidentes, y son un ejercicio perfecto para el calor. Y en el medio terrestre se puede caminar, correr, montar a caballo o andar en bicicleta.




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Atención y ejercicio con plantas y animales

En nuestros paseos por parques, zonas verdes o bosques podemos ver pájaros, flores, árboles, huellas de animales. Si estos paseos se hacen con personas que nos ayuden a leer en la naturaleza y a escucharla, una simple salida al campo puede convertirse en una gran aprendizaje, que nos reporta serenidad y mejora la atención.

Si esta salida se realiza con animales como los caballos, mejoramos nuestro equilibrio, ejercitamos músculos y nos vinculamos con otro ser, al que podemos ensillar, desensillar, bañar o cepillar.

Desarrollar la psicomotricidad fina

En verano, no solo podemos reconectar con la naturaleza, sino que es posible equilibrar la actividad física con otras alternativas de motricidad fina como aprender a coser, dibujar o colorear, hacer manualidades con barro, plastilina, arcilla, hacer cestos, tejer, o usar abalorios para hacer adornos.

Algunas de estas actividades suponen emplear nuevos materiales, pero para otras se usan elementos que nos han acompañado desde hace mucho como el barro, los hilos o el mimbre. Por ello, son una oportunidad para descubrir técnicas antiguas de bordado, cestería o alfarería, y para hablar con nuestros mayores y con los artesanos que mantienen estas tradiciones, que a veces se encuentran precisamente en los lugares donde veraneamos, en pueblos con una tradición, historias y unas costumbres que podemos aprender.

Idiomas veraniegos

En algunos de estos lugares, también es posible adentrarse en su lengua. De hecho, uno de los propósitos del verano suele ser mejorar en un segundo idioma. Viajar permite usar dicha lengua y descubrir formas de vida y costumbres más o menos diferentes.

Para los que prefieran quedarse pero quieran familiarizar el oído a otro idioma, se pueden sintonizar canales de televisión, ver películas, o aprender letras de canciones en otra lengua. Podemos incluso perfeccionar la propia a través, por ejemplo, de clases de oratoria.

Aprender o practicar un instrumento

Un idioma universal es el de la música, que activa nuestro cerebro, produce beneficios atencionales e influye en nuestro estado de ánimo. Los niños más pequeños pueden experimentar creando instrumentos caseros, con elementos como cucharas y vasos, un recipiente con legumbres o una tapa.

Podemos conocer un instrumento para ver si es el que nos gustaría tocar (escuchando, viendo vídeos o localizando a personas que lo toquen) o perfeccionar nuestra técnica en caso de que ya sepamos, adentrarnos en la música de épocas diferentes o en el folclore local, aprender o crear canciones, movernos al ritmo de acordes nuevos e incluso, por qué no, inventar una coreografía.

Tiempo para cocinar y comer mejor

En verano, aunque los adultos estén trabajando, los niños y adolescentes de la casa disponen de más tiempo para disfrutar comprando lo que se va a cocinar, incluso de cultivar a pequeña escala. Aprender a cocinar, a reconocer los alimentos y de dónde proceden son sin duda conocimientos valiosos para adultos y niños que impactan en su salud, autonomía, planificación y organización.

Desaprender también es importante

Como hemos visto, el verano puede ser una época muy propicia para aprender, pero también existe la oportunidad de desaprender. Por ejemplo, desaprender una dependencia excesiva de la tecnología y desaprender la tendencia a hacer las actividades cotidianas a toda prisa y sin pararnos a pensar. Prestar atención a lo que hacemos y disfrutar con ello nos ayuda a estar presentes en el momento y desconectar de los estímulos digitales.

Todo el tiempo que dediquemos a estar en la naturaleza en familia, o permitiendo que los niños exploren y aprendan por sí solos, jugando, haciendo deporte, expandiendo su imaginación, cocinando, escuchando a las personas mayores, haciendo manualidades, cantando o tocando un instrumento, siendo conscientes de dónde estamos y lo que hacemos, es tiempo de calidad que le habremos robado a las pantallas. No se trata de prohibirlas o desecharlas, pero sí de aprovechar para reequilibrar su presencia en nuestra vida.

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Silvia López Larrosa no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Actividades veraniegas para niños y adolescentes al alcance de todos – https://theconversation.com/actividades-veraniegas-para-ninos-y-adolescentes-al-alcance-de-todos-259150

Sostenibilidad en las universidades: ¿cómo formar a los profesionales que el planeta necesita?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alejandra del Carmen Meza Servín, Associate professor, Universidad de Guadalajara

Gorodenkoff/Shutterstock

Sequías prolongadas, aumento global de las temperaturas, degradación de los suelos y eventos meteorológicos extremos son solo algunos de los escenarios a los que los futuros profesionales se enfrentarán, independientemente de su área de formación. Un ingeniero, un médico, un arquitecto o un economista ya no pueden ejercer su profesión sin considerar cómo sus decisiones impactan, o son impactadas, por la crisis ambiental. Ante esta urgencia, surge una pregunta crítica: ¿están las universidades preparando a los estudiantes para navegar y mitigar estos desafíos?

La educación superior tiene una responsabilidad ineludible en la transición hacia sociedades más sostenibles. La sostenibilidad no debe ser un añadido opcional en los planes de estudio, sino un principio rector que permee todas las disciplinas.

Sin embargo, integrar este enfoque no es tarea sencilla. Requiere una transformación curricular profunda, la capacitación docente y, sobre todo, un cambio de paradigma en cómo entendemos la formación profesional. Algunas instituciones ya han comenzado este camino.

Ejemplos actuales

La Universidad de Guadalajara, por ejemplo, incorporó desde 2019 materias transversales en todas sus carreras. Dos ejemplos son las materias “Cultura de la paz” y “Vida y Entorno Sustentable” que se imparten en todos los programas de pregrado del Centro Universitario de los Altos y que estan vinculadas a los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la ONU. Estas asignaturas buscan que los estudiantes, ya sea de Derecho o Agroindustria, comprendan la interdependencia entre sus campos y problemáticas como la desigualdad social o el agotamiento de recursos naturales.




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Pero la transversalidad es solo el inicio. Otras universidades, como la Autónoma de Barcelona, han ido más allá, creando programas de posgrado especializados en Sostenibilidad
y promoviendo investigaciones aplicadas en colaboración con sectores públicos y privados.

En América Latina, la Red de Campus Sustentables, que agrupa a instituciones como la Universidad Nacional Autónoma de México y la Universidad de San Paulo, ha impulsado desde 2015 iniciativas para reducir huellas de carbono en campus y fomentar la participación estudiantil en proyectos ambientales. Estos esfuerzos reflejan un reconocimiento creciente: la sostenibilidad no puede limitarse a un curso aislado, sino que debe ser un eje estructural en la educación.

¿Es suficiente con materias transversales?

Sin embargo, cabe preguntarnos si estas acciones son suficientes. La velocidad del deterioro ambiental sugiere que las medidas incrementales podrían no ser adecuadas. Como advierte el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), los próximos diez años son cruciales para evitar los peores escenarios del calentamiento global.

En este contexto, las materias transversales, aunque valiosas, podrían quedarse cortas si no van acompañadas de metodologías pedagógicas innovadoras. La enseñanza basada en proyectos, el aprendizaje al servicio, los proyectos de intervención en comunidades o la simulación de escenarios reales son herramientas que permiten a los estudiantes aplicar conocimientos teóricos a problemas concretos.

Por ejemplo, en la Universidad de Chile, alumnos de Ingeniería y Ciencias Sociales colaboran en el diseño de soluciones para comunidades afectadas por la escasez hídrica, integrando saberes técnicos y comunitarios.

¿Cómo evaluar?

Además, la formación en sostenibilidad exige repensar las competencias que se evalúan. No basta con que los estudiantes memoricen conceptos; deben desarrollar pensamiento crítico, resiliencia y capacidad de trabajo interdisciplinario. La educación para la sostenibilidad debe ser “transformadora”, es decir, desafiar las lógicas tradicionales y fomentar una visión sistémica.

Esto implica que los profesores también necesitan formación continua. Como ejemplo podemos mencionar el programa de la Universidad de Costa Rica que certifica a docentes en pedagogías ambientales.

Una práctica cotidiana en las aulas

El análisis no puede eludir una reflexión incómoda: aunque las universidades avanzan, el ritmo es desigual y, en muchos casos, insuficiente. Mientras algunas instituciones lideran cambios estructurales, otras aún consideran la sostenibilidad como un tema marginal. ¿Estamos a tiempo de rectificar el rumbo?




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La respuesta es sí, pero con una condición: la sostenibilidad debe dejar de ser un discurso bienintencionado para convertirse en una práctica cotidiana en las aulas. Esto demanda no solo más contenidos “verdes”, sino también pedagogías que inspiren acción y ética.

Las universidades tienen la oportunidad –y la obligación– de formar profesionales que no solo se adapten al mundo, sino que lo transformen. Este planeta no necesita más graduados que repitan modelos; necesita agentes de cambio capaces de imaginar y construir futuros viables.

Como escribió el filósofo Edgar Morin, la educación debe “enseñar la condición humana” en su relación indisoluble con la naturaleza. El tiempo de actuar es ahora: cada clase, cada syllabus revisado, cada proyecto interdisciplinario, es un paso para ese cambio.

The Conversation

Alejandra del Carmen Meza Servín no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Sostenibilidad en las universidades: ¿cómo formar a los profesionales que el planeta necesita? – https://theconversation.com/sostenibilidad-en-las-universidades-como-formar-a-los-profesionales-que-el-planeta-necesita-257665

¿Qué pasaría en España si mañana desapareciera la inmigración?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Paula Costa Correa, Investigadora del área de Filosofía del Derecho. Abogada especializada en Migraciones y Derecho Penal, Universidad de Navarra

Unai Huizi Photography/Shutterstock

Mientras algunos medios y discursos políticos describen la migración como una amenaza o una “avalancha”, los datos muestran lo contrario: España no vive una invasión, sino una relación de interdependencia funcional con los países del Sur Global. En otras palabras, lo que se presenta como un problema es, en realidad, una necesidad estructural. El país necesita población migrante para sostener su pirámide demográfica, su economía y su sistema de bienestar.

Esta simbiosis migratoria no es una metáfora. Es una realidad demográfica. Desde 1950, la población mundial se ha triplicado. En regiones como África Subsahariana o Asia Meridional, el crecimiento es constante y sostenido, ejerciendo presión sobre recursos, empleo y sistemas sociales. En cambio, Europa y América del Norte enfrentan el fenómeno contrario: envejecimiento poblacional, bajas tasas de fecundidad y reducción progresiva de la población activa.

En el caso español, el contraste es claro. La tasa de fecundidad se sitúa desde hace años por debajo de 1,3 hijos por mujer, muy lejos del umbral de reemplazo generacional (2,1). Sin flujos migratorios constantes, España perdería millones de habitantes en las próximas décadas, con efectos directos sobre el sistema fiscal, las pensiones y el empleo. Según proyecciones del INE y de Naciones Unidas, de mantenerse la fecundidad actual sin migración, la población podría descender hasta 30 millones en 2100, frente a los 47 millones actuales.

En todos estos escenarios debemos tener en cuenta que los bebés que nacen hoy no empezarían a cotizar hasta 2045. Es decir, apostar por una fecundidad de tres hijos por mujer supondría un esfuerzo económico adicional para el estado de bienestar durante al menos dos décadas, antes de que esas nuevas generaciones pudieran sostener el sistema.

Ni la natalidad basta, ni la migración sobra

Ante este panorama, ¿puede la natalidad compensar por sí sola el déficit demográfico? La respuesta es negativa. Hemos modelado tres escenarios de política natalista, y todos presentan limitaciones estructurales.

En el mejor de los casos –con políticas públicas sostenidas durante 20 años– no habría ningún impacto real antes de 2045. En escenarios más intensivos (como aumentar a tres o cuatro hijos por mujer en una legislatura), los resultados son ineficaces, fiscalmente insostenibles y socialmente inviables. No se puede compensar un problema estructural con medidas de corto plazo ni con presión sobre los cuerpos de las mujeres.

En cambio, la migración sí tiene efectos inmediatos. La llegada de personas jóvenes en edad de trabajar ha contribuido en las últimas décadas a equilibrar la relación entre cotizantes y jubilados. Un estudio estima que sin migración el indicador de sostenibilidad demográfica –que mide cuántas personas en edad de trabajar hay por cada persona mayor de 65 años– habría sido un 30 % inferior, agravando aún más la presión sobre el sistema de pensiones. Esto significa que la presión sobre dicho sistema de pensiones habría sido mucho mayor con menos trabajadores sosteniéndolo.

Lejos de ser una amenaza, la migración ha contribuido a mantener el equilibrio entre cotizantes y jubilados, retrasando un colapso que, de otro modo, ya estaría en marcha.

Pero la función de la migración no es solo económica. La movilidad humana cumple un rol redistributivo a nivel global: traslada población activa desde regiones con exceso de presión demográfica hacia otras con escasez de mano de obra y envejecimiento. Esta relación de interdependencia –aunque desigual– permite mantener en funcionamiento sectores esenciales como los cuidados, la agricultura o la hostelería. Negar esta realidad por motivos ideológicos no cambia los hechos: solo impide gestionarla de forma realista, con planificación y justicia.

Ni milagro ni amenaza

En paralelo, el envejecimiento plantea retos adicionales. Menos trabajadores significa menos cotizaciones, pero también más gasto sanitario, más dependencia y más personas mayores viviendo solas. En España, la esperanza de vida ha aumentado y la feminización de la vejez introduce nuevas desigualdades: muchas mujeres mayores carecen de pensión propia o dependen de redes familiares cada vez más frágiles.

Las proyecciones muestran que sin una política migratoria sostenida, el sistema de bienestar español se enfrentará a una presión insostenible. Los discursos que rechazan la migración apelan al mito de la autosuficiencia nacional, pero ese modelo nunca ha existido. Desde los años 2000, el crecimiento español ha estado directamente vinculado al trabajo y las contribuciones de millones de personas migrantes.

Esto no significa que la migración sea una solución mágica. También necesita planificación, integración y derechos. Pero sí constituye un componente esencial de cualquier estrategia demográfica realista. De hecho, países como Canadá o Alemania ya aplican políticas activas para atraer y retener población extranjera cualificada y no cualificada. España, sin embargo, sigue atrapada en una narrativa de emergencia, inseguridad y control.

Por eso, debemos dejar de ver a España solo como puerta de entrada de migración hacia Europa, y empezar a entender su posición como una oportunidad estratégica: atraer talento, corregir desequilibrios y rejuvenecer el tejido social. Seguir anclados en el miedo y la mentira emotiva no solo perjudica a las personas migrantes, sino que priva al país de una herramienta imprescindible para su sostenibilidad.

La simbiosis migratoria entre Norte y Sur es una realidad del siglo XXI. Negarla no elimina el problema, solo impide encontrar soluciones eficaces.

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Paula Costa Correa es presidenta de la Asociación de Migración y Derechos Humanos de Navarra (MIGENE), un observatorio independiente sobre la situación migratoria en España y sus implicaciones sociales y jurídicas.

ref. ¿Qué pasaría en España si mañana desapareciera la inmigración? – https://theconversation.com/que-pasaria-en-espana-si-manana-desapareciera-la-inmigracion-259355

Microplásticos en la sal: el aderezo involuntario en nuestra cocina

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María del Mar Cledera-Castro, Profesora Titular, Departamento de Ingeniería Mecánica, Área Medioambiente, Universidad Pontificia Comillas

Just Life/Shutterstock

Los microplásticos son fragmentos o partículas de plástico con un tamaño inferior a los cinco milímetros, por lo que en algunos casos son visibles al ojo humano. Sabemos que están en todas partes, incluso en nuestros alimentos cuando agregamos sal a ellos. Se estima que hay 500 fragmentos de microplásticos por kilogramo de este condimento, según un estudio realizado con 13 marcas europeas.

Teniendo en cuenta que consumimos entre 6 y 18 gramos de sal al día, estamos ingiriendo entre 3 y 9 fragmentos de plástico.

¿Cómo acaban los microplástico en la sal?

La producción de sal es una industria especialmente vulnerable a la contaminación por microplásticos, sobre todo cuando se trata de salinas de evaporación solar en el litoral. Este tipo de salinas obtiene la materia prima –el agua salada– del mar o de una ría, que de por sí puede traer cierta concentración de microplásticos. Si además hay presencia de vertidos de aguas residuales, arrastre de sedimentos o vertidos de residuos sólidos, su concentración será aún mayor.




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Además, en un reciente estudio que hemos realizado en las salinas de evaporación solar de la península ibérica hemos comprobado que los microplásticos también contaminan la sal a través del aire. Este hallazgo va contra la corriente actual que establece que las sales obtenidas por métodos tradicionales se contaminan únicamente debido a su presencia en el agua de la que se extrae la sal.

Hemos estimado concentraciones que oscilan entre 256 y 1 500 microplásticos por litro de agua desde la entrada de la salina hasta la entrada a los cristalizadores –la última etapa del proceso–, y entre 79 y 193 por cada kilo para la sal envasada.

Para el estudio obtuvimos muestras de salmuera y sal de cada etapa de producción, desde la entrada de agua de mar/salmuera hasta la etapa final del producto listo para la venta, en seis salinas de España, tres de interior y tres de litoral.

Las salinas de interior se alimentan de agua salada de manantial, que procede de la disolución de las sales que quedaron tras la evaporación de antiguos mares (Thetys, Zechstein…) en épocas geológicas pasadas (por ejemplo, en el Mioceno, hace aproximadamente 5 millones de años, o en el Triásico, hace cerca de 200 millones de años).

Los productos finales de las salinas ubicadas geográficamente en espacios naturales protegidos presentan un número inferior de microplásticos, lo cual permite deducir que el entorno y el ambiente donde se sitúa la salina influye de manera determinante en la exposición a estas micropartículas.

Además, en las salinas de interior, cuando el agua se saca del pozo, no aparecen microplásticos en los análisis, mientras que en etapas posteriores sí hallamos estos contaminantes. Hemos estudiado salinas aisladas y en desuso desde hace muchos años y alejadas de poblaciones, y también hemos detectado la presencia de microplásticos. De ahí que podamos concluir que parte de las partículas presentes en la sal son de procedencia aérea.

Gráfico que muestra el porcentaje de microplásticos en el agua en diferentes etapas de una salina para seis salinas diferentes
Proporción de microplásticos en las diferentes etapas para varias salinas españolas.
Las autoras, CC BY-SA

A pesar de que diversas investigaciones han detectado microplásticos en la sal a nivel mundial durante la última década, la mayoría se han centrado en la sal ya envasada; no existía hasta ahora ningún trabajo que analizara el proceso completo de producción de este condimento. Por esa razón, nuestro estudio es pionero para entender el origen y las causas de la contaminación por microplásticos en las salinas en España y prevenir así la contaminación en la sal alimentaria.

¿Cómo se obtiene sal por evaporación?

Para obtener sal por evaporación solar se expone el agua salada, almacenada en balsas de gran tamaño, al sol y al viento, para que se vaya evaporando el agua y se concentre la sal. En la última serie de balsas, los cristalizadores, la sal alcanza tal concentración en el agua, que esta se satura y la sal precipita al fondo, desde donde se recoge.

El agua de mar suele tener una concentración de 30-40 gramos por litro de cloruro sódico o sal común, mientras que en el cristalizador alcanza los 300 gramos por litro.

Una vez cosechada, la sal se amontona en grandes pilas para que escurra el agua. Dada la altura de estos montones, que puede alcanzar una decena de metros, actúan de barrera para el viento y atrapan los microplásticos que transporta.

Desde ahí, la sal se traslada a un almacén donde se lava, muele y envasa, preparada ya para la venta. En todos estos procesos, la sal tiene contacto con los neumáticos de las cosechadoras, el caucho de las cintas transportadoras y los propios envases, que suelen ser de plástico. Hay, por tanto, numerosas situaciones en las que se puede contaminar la sal, sin contar con los microplásticos que traiga el agua de origen.

Charcas de unas salinas con el agua rosada y montones de sal entre ellas, con el mar al fondo
Salinas de Fuencaliente, en la isla de La Palma.
Christian Kaehler/Shutterstock

Es por tanto esencial conocer bien los procesos de producción de sal, de los que existen infinitas variantes, e identificar los puntos en los que hay mayor riesgo de contaminación por microplásticos, para minimizar su presencia y garantizar así la calidad y seguridad alimentaria de este nutriente esencial.

Los efectos sobre la salud de este contaminante emergente son cada vez más conocidos. Por ejemplo, pueden bloquear membranas celulares e impedir el correcto funcionamiento de ciertos procesos fisiológicos. Además, los plásticos vienen acompañados de sustancias que pueden resultar también perjudiciales para la salud y pueden ser además vectores para microorganismos patógenos y especies potencialmente invasoras.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Microplásticos en la sal: el aderezo involuntario en nuestra cocina – https://theconversation.com/microplasticos-en-la-sal-el-aderezo-involuntario-en-nuestra-cocina-260320

How to support someone who is grieving: five research-backed strategies

Source: The Conversation – UK – By Lucy Poxon, Senior Lecturer in Counselling Psychology, Department of Social Work Counselling & Social Care , School of Childhood and Social Care, University of East London

PeopleImages.com – Yuri A/Shutterstock

When someone we care about is grieving the loss of a loved one, our natural instinct is to ease their pain. But when words feel clumsy and gestures fall short, it can be hard to know how to help.

Drawing on both my research as a counselling psychologist and 18 years of supporting bereaved clients in therapy, I’ve identified five compassionate, research-backed ways to walk alongside someone who is mourning.

Whether you’re a close friend, family member, or caring colleague, these approaches will help you offer support in meaningful and authentic ways.

1. Grief wears many disguises

Our expectations of how grief should look are often shaped by culture, the media or personal experience, and they may bear little resemblance to how grief is actually lived.

Grief can appear as physical symptoms like exhaustion, loss of appetite, or insomnia; as behaviour like withdrawing from others or drinking more; and as thoughts or emotions ranging from apathy and numbness to anger or intense sadness.

It can be loud and overwhelming or quiet and barely perceptible. Some people feel deep sorrow immediately; others feel nothing for weeks or even months. A lack of overt sadness isn’t necessarily cause for concern; it may reflect relief that a loved one is no longer suffering, or be a sign of early adjustment.




Read more:
Not all mourning happens after bereavement – for some, grief can start years before the death of a loved one


One of the most compassionate things you can do is validate whatever shape grief takes. Reassure the person that there’s no “right” way to grieve and support them in tuning into what their body and emotions need.

2. Acknowledge the death and don’t rush the tears

Nearly every grieving client I’ve worked with has described someone, often a friend, colleague, or even family member, who avoided or ignored them after the loss. It’s one of the most painful experiences for someone already feeling vulnerable.

Often, the avoidance isn’t malicious. It’s driven by fear of saying the wrong thing or not knowing how to help. But by avoiding the subject, we send an unintended message: your grief is too much.

Acknowledging the death, even simply by saying “I’m so sorry to hear about your loss”, is not a reminder of their pain, it’s a sign that you see it and honour it. Inviting someone out, even if they decline, communicates that they still belong and are welcome.

If someone begins to cry, it’s natural to want to fix things, to offer comfort, or even to pass a tissue. But giving a tissue too soon can inadvertently signal that they should stop crying. Sometimes the most supportive thing you can do is to sit with your own discomfort, and simply be present. That silent witness can help a grieving person feel less alone.

3. Let go of the “stages of grief” myth

Many people are still taught to expect a tidy progression of grief: denial, anger, bargaining, depression and acceptance, popularised by Swiss-American psychiatrist Elisabeth Kübler-Ross in the 1960s. While these emotions are real and common, research shows that most people don’t experience them in a neat order, or even experience all five at all.

Despite being widely critiqued, stage-based models are still found in healthcare training manuals and TV scripts, and they can leave people feeling like they’re grieving “wrong”.

If your loved one is worried they should feel more sadness, or wonders why they haven’t yet felt angry, remind them: grief is personal and unpredictable. There’s no timeline, no script and no shame in not following one.

Helping someone let go of these expectations may ease guilt, reduce internal pressure and encourage gentler self-care.

4. Encourage communication – with the living and the lost

Grief often comes with emotional loneliness, a deep sense of aloneness that persists even in the presence of others. It’s different from social isolation; it’s the ache of missing someone irreplaceable.




Read more:
What we can learn from death rites of the past will help us treat the dead and grieving better today


While you can’t fix that loneliness, you can help the bereaved maintain a continuing bond with their loved one. This might include writing letters to the person who has died, speaking to them at a graveside or special place, saying prayers or engaging in meditation or creating memory boxes or rituals.

These forms of connection can help integrate the loss into a new reality. You might offer to visit a meaningful place together, or support them in planning a small memorial gesture.

5. Make specific, practical offers

It’s common to say “Let me know if you need anything”, but for someone in deep grief, reaching out can feel impossible. Emotional overwhelm, fatigue and even shame can prevent them from asking for help, even when they desperately need it.

Instead, make intentional, concrete offers that remove decision-making and emotional labour. These might include:

  • delivering a home-cooked meal once a week

  • taking care of pets or houseplants

  • helping with funeral admin or paperwork

  • offering regular lifts to appointments

  • updating others on their behalf

  • messaging with a clear “no need to reply” reassurance

If you live far away, sending a card, text, or voice note can still be powerful; just be mindful that they may receive many, and feel pressure to respond. A line like, “No need to write back, just wanted you to know I’m thinking of you” can go a long way.

Grief is not a puzzle to solve or a wound to fix. It’s a human response to love and loss – and it’s different for everyone.

The most powerful thing you can do? Be there. Stay present. Listen without judgement. And remember that it’s okay not to have the perfect words. Showing up with authenticity, patience and compassion is what matters most.

The Conversation

Lucy Poxon does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. How to support someone who is grieving: five research-backed strategies – https://theconversation.com/how-to-support-someone-who-is-grieving-five-research-backed-strategies-260265

As Netanyahu meets Trump in Washington, what hope for peace in Gaza? Expert Q&A

Source: The Conversation – UK – By Jonathan Este, Senior International Affairs Editor, Associate Editor

The US government “remains upbeat” about the prospects for at least a ceasefire in Gaza, according to the latest reports from Washington, where the Israeli prime minister, Benjamin Netanyahu, has been meeting the US president, Donald Trump.

Netanyahu handed the US president a letter nominating him for the Nobel peace prize, saying he deserved it for “forging peace, as we speak, in one country in the region after another”. But as yet there are no signs that either Hamas or Israel have moved any closer to accepting each other’s terms.

In fact, reports emerging from the White House meeting are that the two leaders discussed the displacement of much of the Palestinian population. And a plan revealed by the Israeli foreign minister, Israel Katz, proposed the contruction of a “humanitarian city” at Rafah in the north of the Gaza Strip to house more than 600,000 Palestinians.

The Conversation’s senior international affairs editor, Jonathan Este, spoke with Middle East expert, Scott Lucas, of University College Dublin to address this and other questions.

The two leaders’ discussions in Washington seemed to centre around displacement of the Palestinian population in lieu of a two-state solution. What does this tell you about the chance of a ceasefire deal?

I am fascinated – and sometimes disillusioned – by how some media outlets, led by the nose, miss the main story. Last week Donald Trump pronounced on social media that Israel had agreed to a 60-day ceasefire and Hamas “should take this deal”.

But the Netanyahu government has not accepted the framework, circulated by Trump’s envoy Steve Witkoff, let alone consented to a halt of their attacks, which have continued even as the Israeli prime minister travelled to Washington to meet the US president.

As Trump hosted Netanyahu in the White House on Monday, the line was that the US president was “upbeat on Gaza ceasefire talks”. Meanwhile, few of them seemed to notice the important development. Hamas responded to the US framework with proposals for the staged release of 28 of the remaining 50 Israeli hostages over the 60 days while Israeli troops withdrew from positions inside the Strip and humanitarian aid was restored.

But the Israeli government has thus far not given a substantive response. Instead, while pursuing a plan for the long-term military occupation of Gaza, it may also be seeking the displacement of a large portion of the more than 2.2 million population.


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Hard-right members of Netanyahu’s cabinet, such as finance minister, Bezalel Smotrich, and internal security minister, Itamar Ben-Gvir, have long called for more than a million Gazans to be moved out of the territory. Reports over the weekend confirmed that this is not rhetoric. Israeli businessmen and venture capitalists have reportedly been working on plans for postwar Gaza, to include a “Trump riviera”, mirroring the displacement declaration by the US President, and an “Elon Musk smart manufacturing zone”.

On Tuesday, security cabinet member Ze’ev Elkin, a Netanyahu loyalist, proclaimed “a substantial chance” for a ceasefire. But Qatari negotiators have said there are currently no talks, only discussions with each side about the framework for talks.

Meanwhile, citing the killing of five Israeli soldiers in Gaza on Sunday night by an improvised explosive device, Ben-Gvir said: “We should not negotiate with those who kill our soldiers. They should be crushed to pieces, starved to death, and not resuscitated with humanitarian aid that gives them oxygen.”

He called for “a complete siege, crushing them militarily” and reiterated the plan for “encouraging [Palestinian] immigration and [Jewish] settlement — these are the keys to complete victory”.

Smotrich also called for a ban on any aid to Gaza: “In addition, I demand … that any territory that was conquered and cleansed of terror with the blood of our fighters not be abandoned.”

So I am not optimistic at the moment.

Looking at the region as a whole, two events have ‘reset’ the Middle East: the October 7 Hamas attacks and Israel’s recent 12-day war. Can you tell me more about the kaleidoscope effect these two events had?

In October 2023, there was no open-ended war in Gaza. Benjamin Netanyahu’s focus was on curbing the Palestinian Authority in the West Bank, blocking any possibility of a two-state solution. His tactic was to ease the economic pressure on Gaza and Hamas, maintaining that organisation as a balance against its West Bank rivals.

Hamas ripped up that approach with its mass murder on October 7 – the first of the two kaleidoscope moments which changed the whole picture in a matter of hours. The attack triggered the deadly Israeli response that continues 21 months later. That response did not “destroy” Hamas, as Netanyahu pledged, but it led the Israelis to take on other foes in the region.

Pursuing its “octopus doctrine”, Israel severely damaged one of the tentacles, Hezbollah, when it destroyed much of the Lebanese group’s leadership in the autumn of 2024. It assassinated senior Iranian commanders and officials in Damascus, and received a further boost when Turkish-backed factions toppled the Assad regime in December.

The 12-day war in June aimed to destroy the head of the octopus: Iran. Israel’s strikes and assassinations killed much of the country’s military leadership and many of its top nuclear scientists. The supreme leader, Ali Khamenei, hid in a bunker, only emerging on July 6. But Israel failed to topple his regime, as it had hoped.

The war was another kaleidoscope moment. Israel had its regional victory. But paradoxically, because there has been no resolution in Gaza, this has come at the cost of further international isolation. Gulf States, having moved away from “normalisation” with Israel, put out tougher statements about “genocide” of Gazans and the violation of Iranian sovereignty. Saudi Arabia’s state media highlighted a letter from Iranian foreign minister Abbas Araghchi to Saudi counterpart Faisal bin Farhan for “ways to support and enhance [relations] across all fields”.

This implies that for any normalisation to occur, Israel must end its military operation in Gaza?

That question cuts to the chase. The Gulf states, with the notable exception of Qatar, are no friends of Hamas. They might even have accepted the destruction of the group if Israel had been able to accomplish it quickly.

But there is no way that they can publicly acquiesce in the killing of almost 60,000 Gazans, the large majority of them civilians, and the humanitarian blockade that threatens every single person living in the Gaza Strip. Nor will they want to see Israel export Gazans across the region in an echo of the 1948 “Nakba” whose legacy is the millions of Palestinians living in refugee camps across the Middle East.

Netanyahu can pursue his “absolute destruction” of Hamas by pursuing the destruction and displacement of Gazans. Or he can try to capitalise on his war with Iran through links with Arab countries. He cannot do both.

Will Donald Trump get his Nobel peace prize?

I don’t know, for that is a question which does not have a logical answer.

Herny Kissinger was the US secretary of state who oversaw an escalation of the Vietnam war in which up to 3 million Vietnamese, 310,000 Cambodians, 62,000 Laotians and 58,220 US service members died. The singer-songwriter Tom Lehrer aptly noted: “Political satire became obsolete when Henry Kissinger was awarded the Nobel Peace Prize.”

We are in a world where having caused so much disorder and chaos, having enabled violence, including Israel’s open-ended war, Donald Trump may succeed in a pose as “peacemaker”.

Some may see the least worst option as flattery, which seems to work as a strategy for dealing with the US president. They may accept the White House theatre in which Netanyahu, wanted by the International Criminal Court for war crimes, personally hands Trump a peace prize nomination.

Meanwhile, in the past 24 hours, according to the Hamas-run Gaza health ministry, the number of casualties in Gaza rose to 57,575 people killed and 136,879 wounded. Twenty hostages spent another day in limbo. That’s what matters here.

The Conversation

ref. As Netanyahu meets Trump in Washington, what hope for peace in Gaza? Expert Q&A – https://theconversation.com/as-netanyahu-meets-trump-in-washington-what-hope-for-peace-in-gaza-expert-qanda-260722

Brics is sliding towards irrelevance – the Rio summit made that clear

Source: The Conversation – UK – By Amalendu Misra, Professor of International Politics, Lancaster University

The Brics group of nations has just concluded its 17th annual summit in the Brazilian city of Rio de Janeiro. But, despite member states adopting a long list of commitments covering global governance, finance, health, AI and climate change, the summit was a lacklustre affair.

The two most prominent leaders from the group’s founding members – Brazil, Russia, India, China and South Africa – were conspicuously absent. Russia’s president, Vladimir Putin, only attended virtually due to an outstanding arrest warrant issued by the International Criminal Court over his role in the war in Ukraine.

China’s Xi Jinping avoided the summit altogether for unknown reasons, sending his prime minister, Li Qiang, instead. This was Xi’s first no-show at a Brics summit, with the snub prompting suggestions that Beijing’s enthusiasm for the group as part of an emerging new world order is in decline.

Perhaps the most notable takeaway from the summit was a statement that came not from the Brics nations but the US. As Brics leaders gathered in Rio, the US president, Donald Trump, warned on social media: “Any Country aligning themselves with the Anti-American policies of BRICS, will be charged an ADDITIONAL 10% Tariff. There will be no exceptions to this policy.”


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Trump has long been critical of Brics. This is largely because the group has consistently floated the idea of adopting a common currency to challenge the dominance of the US dollar in international trade.

Such a move makes sense if we focus on trade figures. In 2024, the value of trade among the Brics nations was around US$5 trillion, accounting for approximately 22% of global exports. Member nations have always felt their economic potential could be fully realised if they were not reliant upon the US dollar as their common currency of trade.

During their 2024 summit, which was held in the Russian city of Kazan, the Brics nations entered into serious discussions around creating a gold-backed currency. At a time when the Trump administration is waging a global trade war, the emergence of an alternative to the US dollar would be a very serious pushback against US economic hegemony.




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Why Donald Trump’s election could hasten the end of US dollar dominance


But the freshly concluded Brics summit did not present any concrete move towards achieving that objective. In fact, the 31-page Rio de Janeiro joint declaration even contained some reassurances about the global importance of the US dollar.

There are two key obstacles hindering Brics from translating its vision of a common currency into reality. First is that some founding member nations are uncomfortable with adopting such an economic model, in large part due to internal rivalries within Brics itself.

India, currently the fourth-largest economy in the world, has a history of periodic confrontation and strategic competition with China. It is reticent about adopting an alternative to the US dollar, concerned that this could make China more powerful and undercut India’s long-term interests.

Second is that the Brics member nations are dependent on their bilateral trade with the US. Simply put, embracing an alternative currency is counterproductive when it comes to the current economic interests of individual countries. Brazil, China and India, for example, all export more to the US than they import from it.

In December 2024, following his election as US president, Trump said: “We require a commitment from these countries that they will neither create a new Brics currency nor back any other currency to replace the mighty US dollar or they will face 100% tariffs and should expect to say goodbye to selling into the wonderful US economy”. This blunt message all but killed any enthusiasm that was there for this grand economic model.

Caught in contradiction

The Brics group is a behemoth. Its full 11 members account for 40% of the world’s population and economy. But the bloc is desperately short of providing any cohesive alternative global leadership.

While Brazil used its position as host to highlight Brics as a truly multilateral forum capable of providing leadership in a new world order, such ambitions are thwarted by the many contradictions plaguing this bloc.

Among these are tensions between founding members China and India, which have been running high for decades.

There are other contradictions, too. In their joint Rio declaration, the group’s members decried the recent Israeli and US attacks on Iran. Brazil’s president, Luiz Inácio “Lula” da Silva, also used his position as summit host to criticise the Israeli offensive in Gaza.

But this moral high ground appears hollow when you consider that the Russian Federation, a key member of Brics, is on a mission to destroy Ukraine. And rather than condemning Russia, Brics leaders used the Rio summit to criticise recent Ukrainian attacks on Russia’s railway infrastructure.

Brics declared intention to address the issue of climate change is also problematic. The Rio declaration conveyed the group’s support for multilateralism and unity to achieve the goals of the Paris agreement. But, despite China making significant advances in its green energy sector, Brics contains some of the world’s biggest emitters of greenhouse gases as well as several of the largest oil and gas producers.

Brics can only stay relevant and provide credible leadership in a fast-changing international order when it addresses its many inner contradictions.

The Conversation

Amalendu Misra is a recipient of British Academy and Nuffield Foundation Fellowships.

ref. Brics is sliding towards irrelevance – the Rio summit made that clear – https://theconversation.com/brics-is-sliding-towards-irrelevance-the-rio-summit-made-that-clear-260653

The Shrouds: new Cronenberg film is an elusive meditation on death, grief and environmental ethics

Source: The Conversation – UK – By Laura O’Flanagan, PhD Candidate, School of English, Dublin City University

American filmmaker David Cronenberg is a leading figure in body horror, a film genre that explores disturbing and often grotesque aspects of the human body. Films such as The Fly (1986), eXistenZ (1999) and Crimes of the Future (2022) depict scenes of physical mutilation, illness and technological invasion to represent deeper fears about identity, society and the human condition.

Through intense bodily imagery, Cronenberg’s films raise powerful questions about human relationships with technology and nature. As our relationship with technology rapidly evolves alongside escalating environmental catastrophe, there is a timely significance in these ideas.

His latest film, The Shrouds, evokes the writing of Stacy Alaimo, a scholar known for her work exploring the connections between the human body, the environment, and the social forces that shape both. Alaimo’s work combines feminist and materialist ideas and examines how our bodies are physically connected to the world around us – not separate from nature or society, but shaped by both ecological systems and social structures.

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Like Cronenberg, Alaimo is interested in the entanglement of human flesh with more-than-human worlds, alongside the interplay between bodies and objects.

In The Shrouds, the body, specifically that of Becca (Diane Kruger) is placed firmly at the centre of the story. Appearing both as a decaying corpse and naked in dream sequences, her body bears fresh surgical scars which are unbandaged and exposed.

Becca’s body is shown as intensely vulnerable, a gendered depiction of femaleness which is controlled literally by the male gaze through the “shroud”, a piece of sci-fi wearable tech. It comprises a suit of MRI and X-ray cameras which encases a corpse, allowing decomposition to be monitored through a live video link with an app.

This conceit embeds Becca both in the Earth and in technology, creating deeply memorable imagery which challenges viewers to think about death, grief and the environmental ethics surrounding human burial.

The presentation of Becca’s body evokes Alaimo’s concept of transcorporeality. In her 2010 book Bodily Natures, Alaimo describes transcorporeality as the idea that “the human is ultimately inseparable from ‘the environment’” – continually transformed through interactions with the landscape, chemicals, technology and non-human forces. Becca’s corpse, decaying in real-time on a live link, highlights this connection.

Grief: the fictional and the personal

The film opens with Karsh (Vincent Kassel), Becca’s bereaved husband, in a dentist’s chair being told, “Grief is rotting your teeth”. The film as a whole can be read as a meditation on how grief seeps into and changes the body.

Written following the death of David Cronenberg’s wife (and initially conceived of as a Netflix series), Cronenberg has rejected the idea that it is fully autobiographical. It is, however, difficult to fully separate the director from the story.

Cassel as Karsh physically resembles Cronenberg in the film, blurring the boundary between fiction and the personal. Physical duplication is a disorienting motif of the film. Kruger reappears as Becca’s sister Terri and as an animated AI assistant named Honey.

Alongside the grotesque images of her decaying body, these versions of Kruger are especially striking. Cassel’s performance as the controlling and obsessive Karsh is nuanced and understated. His desire to monitor Becca’s decomposition is presented as a logical step to regain possession of her from her illness, and is deeply disturbing.

It also has ominous and timely resonance in our modern world, where controversial technology exists that permits artificial intelligence to create avatars of the dead to comfort the bereaved.

The film becomes a mimetic piece on grief, where boundaries between imagination and reality dissolve. Cronenberg’s frequent collaborator Howard Shore provides an ambient score that reinforces this dissolution. Ethereal and bass-rich, it features spacious, slowly evolving melodies wrapped in velvety synth textures which evoke a dream-like soundscape.

As the plot progresses into a tangle of conspiracy theories, lines blur between Karsh’s dreams and reality. Background plots drift unresolved, characters are vaguely sketched. Themes of environmental activism versus capitalist enterprise, the exploitation of technology, illegal surveillance and government corruption are all threaded through the story, but none are fully realised. This is not a film which offers a straightforward narrative or closure. Like grief, it remains raw, fluid and difficult to contain.

Throughout, the film returns to Becca’s decaying body, encased in a shroud that is described as both toxic and radioactive, an object of controversy for eco-activists. “She’s dead, remember, she can’t do anything,” Karsh’s companion reminds him.

But this is not true for Becca. In death, her body is watched and consumed by systems of surveillance and ecological anxiety. Symbolising Alaimo’s concept of transcorporeality, Becca’s decaying corpse, wrapped in technology, but buried in the Earth, is deeply connected to the environment and cannot be separated from it. Her body is influenced by both its natural surroundings and social factors such as the shroud’s technology, outside interference and Karsh’s control.

Karsh asserts that burial is a complex matter, converging politics, religion and economics. The Shrouds raises questions that touch on all of these, but provides no tangible answers. Some viewers will be frustrated by the film’s lack of logical structure and resolution. But it is also fair to say that this is how it mirrors the pathways of grief itself: unwieldy, unpredictable and consuming.

The Conversation

Laura O’Flanagan does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. The Shrouds: new Cronenberg film is an elusive meditation on death, grief and environmental ethics – https://theconversation.com/the-shrouds-new-cronenberg-film-is-an-elusive-meditation-on-death-grief-and-environmental-ethics-260009