En lugar de una pantalla, una ‘cesta de los tesoros’: Elinor Goldschmied y su propuesta para el desarrollo infantil

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Gabriel Díaz Cobos, Profesor del departamento de didácticas aplicadas, sección Educación Física: movimiento, motricidad, actividad física, cognición y aprendizaje, Universitat de Barcelona

Un niño de once meses explora los objetos de una ‘cesta de los tesoros’. Gabriel Díaz Cobos.

Un bebé de entre seis y doce meses se sienta, se inclina, alcanza un objeto, lo gira, lo golpea, lo sacude, lo observa, lo lleva a la boca y, sin que nadie se lo pida, vuelve a empezar. A simple vista, podría parecer que “solo juega”. En realidad, está haciendo algo mucho más relevante: está construyendo las bases neuromotoras y cognitivas sobre las que se sostendrá su aprendizaje futuro.

La pregunta no es menor: ¿de qué es capaz un niño en esta etapa… y qué le estamos ofreciendo para que pueda desplegarlo?

Foto en blanco y negro de una mujer y un niño.
Elinor Goldschmied con su hijo Marco.
Dariopadovani/Wikimedia Commons, CC BY

Un principio básico del desarrollo infantil es que el cerebro temprano no se organiza a partir de información abstracta, sino a partir de la experiencia corporal. El esquema sería: experiencia → sinapsis → pensamiento → aprendizaje.

Este encadenamiento es especialmente sensible en la primera infancia, entre los 0 y los 3 años. Y es aquí donde la obra de la pedagoga británica Elinor Goldschmied (1910-2009) resulta hoy más actual que nunca.

Qué hace un niño pequeño cuando nadie le “enseña” a jugar

Para entender por qué Goldschmied sigue siendo relevante, basta con observar con atención al niño pequeño. Un bebé no “consume” estímulos: actúa. Explora, prueba, toca, sacude, golpea… y decide. Decide qué objeto tomar, cuánto tiempo sostenerlo, qué ocurre si lo deja caer, si pesa, si suena, si es frío o cálido.

En el fondo, se activa una pregunta tan simple como estructurante: ¿qué es esto? Y, de manera implícita, otras igual de importantes: ¿qué hace?, ¿qué busca?, ¿qué le interesa?, ¿qué aprende?, ¿qué piensa?

Objetos con peso, textura y volumen

El desarrollo no avanza por instrucciones externas, sino por una exploración interna sostenida. Y esa exploración necesita un mundo que responda: objetos con resistencia, con peso, con textura, con volumen y con variaciones reales. Cuando la experiencia se empobrece, cuando el niño pasa demasiado tiempo inmóvil frente a estímulos visuales rápidos, no solo se pierde movimiento. Se pierden oportunidades de atención profunda, de coordinación y de autorregulación.

La investigación reciente respalda esta idea. Se ha mostrado cómo una mayor exposición temprana a pantallas se asocia con peores resultados en funciones ejecutivas como la atención sostenida y el control inhibitorio, procesos estrechamente vinculados al aprendizaje posterior. Desde una perspectiva neuroeducativa, no se trata de un efecto directo de la tecnología, sino del desplazamiento de experiencias corporales activas necesarias para el desarrollo cognitivo.




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Una propuesta pedagógica simple y precisa

Goldschmied formuló una idea que, leída hoy, parece pensada para la era digital: si queremos proteger el desarrollo temprano, debemos ofrecer situaciones en las que el niño pueda explorar con el cuerpo entero, con libertad y con materiales bien elegidos. Su propuesta más conocida, la cesta de los tesoros, responde exactamente a este principio.

No es una actividad vistosa ni una manualidad. Es una situación pedagógica cuidadosamente preparada. Un cesto bajo, estable y sin asas, presentado como propuesta única, sin competir con otros estímulos, sin interferencias constantes.

En su interior, una selección deliberada de objetos, no juguetes cerrados ni electrónicos, que ofrecen múltiples posibilidades de acción. Goldschmied fue especialmente precisa en la selección de materiales. La cesta funciona si los objetos han sido elegidos con criterio. No vale cualquier cosa.

Materiales cuidadosamente elegidos

El adulto no dirige el juego, pero sí diseña las condiciones: escoge materiales y cualidades que permitan una exploración rica, segura y variada. Los materiales cotidianos y naturales (madera, metal, tela, cuero, vidrio, cerámica o papel) ofrecen lo que una pantalla no puede ofrecer: peso, temperatura, rugosidad, elasticidad, olor y sonidos reales. Esta diversidad no es decorativa; es el mecanismo que obliga al sistema sensorial y motor a ajustarse, a afinar y a comparar.

Los objetos no están ahí para entretener, sino para responder. Para abrir experiencias. Para permitir que el niño descubra, por sí mismo, qué puede hacer con el mundo. Esta propuesta se inscribe dentro del enfoque conocido como juego heurístico, centrado en la exploración autónoma de materiales cotidianos y naturales en la primera infancia.

Experiencias motrices y funciones ejecutivas

Desde el punto de vista cognitivo, estas experiencias activan procesos de resolución de problemas, memoria de trabajo y flexibilidad cognitiva. Estudios recientes indican que las experiencias motrices ricas y variadas en edades tempranas se asocian con un mejor desarrollo de las funciones ejecutivas, especialmente cuando implican toma de decisiones y variabilidad motriz.




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Experimentar vs ‘entretener’

Cuando para que un niño no se “aburra” le ofrecemos un vídeo en una pantalla, este estímulo intenso no le exige ajuste postural, coordinación corporal o regulación del propio movimiento. Por esta razón organizaciones como la Organización Mundial de la Salud insisten en limitar estrictamente el uso de pantallas en los primeros años de vida y priorizar el juego activo, el sueño y la interacción con el entorno físico.

La propuesta de Goldschmied no se sostiene solo por los objetos, sino por el rol del adulto. Este selecciona materiales, prepara el entorno y garantiza seguridad, pero no dirige la acción. Observa, registra e interpreta.

Esta presencia estable y poco intrusiva favorece la autonomía y la autorregulación. Cuando el adulto interviene constantemente, el niño depende de la regulación externa. Por eso, si el adulto de pronto no está accesible, el niño lo reclama y se “aburre” solo. Pero cuando el entorno es rico y la intervención es ajustada, el niño sostiene la atención, explora con mayor profundidad y construye conocimiento propio.

La arquitectura corporal del pensamiento

Un niño que pasa largos periodos inmóvil frente a un dispositivo no solo pierde movimiento. Pierde contacto con aquello que estructura el pensamiento temprano: la exploración manual y oral, la coordinación corporal, la gravedad, el desequilibrio, la repetición y la creación. En términos funcionales, pierde parte de la arquitectura corporal del pensamiento.

Por eso, la pedagogía de Elinor Goldschmied no es una mirada al pasado, sino una respuesta profundamente contemporánea. La primera infancia no se construye con píxeles. Se construye con manos ocupadas, objetos reales, movimiento libre y vínculos humanos estables.

Goldschmied lo formuló con claridad. La ciencia actual lo demuestra. La decisión, ahora, es educativa.

The Conversation

Gabriel Díaz Cobos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. En lugar de una pantalla, una ‘cesta de los tesoros’: Elinor Goldschmied y su propuesta para el desarrollo infantil – https://theconversation.com/en-lugar-de-una-pantalla-una-cesta-de-los-tesoros-elinor-goldschmied-y-su-propuesta-para-el-desarrollo-infantil-275859

El carbono negro que respiramos: de la hoguera ancestral a la nueva ley europea

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Esther Coz, Científica Titular en la Unidad de Caracterización y Control de la Contaminación Atmosférica, Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT)

VVVproduct/Shutterstock

Por primera vez, se incorpora a la legislación europea el carbono negro como un contaminante de control obligatorio. Está en la atmósfera desde las primeras hogueras de la humanidad, es altamente lesivo para el organismo y un calefactor radical de la atmósfera. La buena noticia es que desaparecería rápido si dejásemos de emitirlo.

La fina piel de aire

Vivimos confinados en una burbuja de una delicadeza extrema. La vida en la Tierra depende de una capa de aire tan fina que, en proporción, se parece a la piel de una manzana. Esta envoltura invisible nos regala el oxígeno y nos separa del vacío. Hoy, sin embargo, este espacio vital está saturado de contaminantes que no vemos.

La fragilidad atmosférica es una emergencia sanitaria de primer orden. Según el informe State of Global Air 2024, la contaminación del aire es el segundo factor de riesgo de mortalidad global. Provoca 8,1 millones de muertes anuales, superando los estragos del tabaquismo.

Según la Organización Mundial de la Salud, casi toda la humanidad respira aire que supera los límites de seguridad. Aquí entra en juego un componente clave: el carbono negro.

Un enemigo con dos rostros

El carbono negro u hollín es un producto de la combustión incompleta de combustibles fósiles, biocombustibles y biomasa especialmente dañino. Actúa en dos frentes críticos de forma simultánea.

Desde el punto de vista de la salud, sus partículas son diminutas y penetran profundamente en el sistema respiratorio. Pero el daño va mucho más allá de los pulmones. Pueden entrar en la sangre, traspasando la barrera alveolar. Así, inflaman las arterias, dañan el corazón y aceleran los procesos de desarrollo y envejecimiento neuronales.

Desde la perspectiva climática, este contaminante es un calefactor atmosférico extraordinario. A diferencia del principal agente de calentamiento global, el dióxido de carbono (CO₂), que actúa de forma gradual, las partículas de carbono negro absorben la radiación solar con gran eficacia. Calientan el aire al instante y aceleran el deshielo cuando se depositan sobre los glaciares.

Sin embargo, este impacto inmediato ofrece una oportunidad única. A diferencia del CO₂, que permanece siglos en la atmósfera, el carbono negro desaparece en pocos días si dejamos de emitirlo. Esto se traduce en una mejora casi instantánea en la calidad del aire y el clima.

El fin de la invisibilidad legal

El ser humano convive con este hollín desde la aparición del fuego. Sin embargo, su impacto se volvió global y peligroso tras la Revolución Industrial. El uso masivo de combustibles fósiles y las quemas descontroladas de biomasa han saturado nuestra atmósfera. Paradójicamente, el carbono negro ha permanecido durante décadas en una sombra regulatoria.

Esta situación ha cambiado con una nueva Directiva de la Unión Europea aprobada a finales de 2024 —la Directiva (UE) 2024/2881—. Por primera vez, se incorpora el carbono negro como un contaminante de control obligatorio. La norma impulsa una infraestructura científica avanzada en casi todo el continente. Los países deben establecer los llamados “supersitios” de monitorización.

Estos centros irán más allá de medir el peso de las partículas en suspensión. Su tecnología permitirá identificar características específicas. Pasaremos de pesar la contaminación a entender qué estamos respirando realmente.

Tráfico e incendios: el color de la combustión

La peligrosidad del carbono atmosférico depende de cómo se queme la materia. En el tráfico rodado, los motores generan un carbono negro muy puro. Sus partículas forman racimos microscópicos que atrapan la luz solar con fuerza y entran con facilidad en nuestro organismo. Esto contribuye directamente a elevar la temperatura de la atmósfera urbana.

En los grandes incendios forestales, la dinámica es diferente. Cuando el fuego es intenso, el carbono emitido es similar al de los coches. Pero cuando el incendio pierde energía y solo quedan rescoldos, la forma de las partículas cambia. Aparece entonces el denominado “carbono marrón”.

Estas partículas marronáceas también calientan el planeta, pero absorben preferentemente la luz ultravioleta. Visualmente, este componente crea una huella óptica distinta al hollín de las ciudades. La tecnología de los supersitios permitirá vigilar ambas variantes para proteger mejor a la población.

Cuidar la vida

Esta nueva ley europea supone una victoria de la ciencia sobre la invisibilidad. Al vigilar este contaminante, Europa reconoce que el carbono negro es un enemigo de doble filo. Es un riesgo para nuestros pulmones y un acelerador del cambio climático.

Entender que el humo de un escape o de un incendio altera todo el ecosistema es vital. Ese conocimiento nos permite valorar la importancia de la atmósfera que nos rodea. Es el primer paso para sanar esa fina piel de aire que nos regala la vida.

Proteger este espacio es protegernos a nosotros mismos. Cada medida para limpiar el aire refuerza el escudo que nos separa del vacío. Es nuestra responsabilidad cuidar la burbuja que garantiza nuestra existencia.

The Conversation

Esther Coz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El carbono negro que respiramos: de la hoguera ancestral a la nueva ley europea – https://theconversation.com/el-carbono-negro-que-respiramos-de-la-hoguera-ancestral-a-la-nueva-ley-europea-275273

La generación que tendrá que aprender a preguntar: ¿vamos hacia la generación ‘prompt’?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ricardo Palomo-Zurdo, Catedrático de Economía Financiera y Decano, Universidad CEU San Pablo

IVAN SHERSTIUK / ISTOCK

Una de las curiosidades de nuestro tiempo es cómo se bautiza a generaciones enteras. Con variaciones en fechas exactas y centradas en el ámbito norteamericano y europeo, el pasado siglo XX comenzó con la llamada generación perdida (1900-1914), seguida por la generación grandiosa (1915-1925), la generación silenciosa (1926-1945), la enorme generación de los baby boomers(1946-1964), la generación X (1965-1980), los millennials o generación Y (1981-1996), la Z (1997-2012) y la generación alfa (desde 2013 hasta la actualidad), con especificidades concretas como los mileniales o los coroniales.

Esta secuencia, que tendrá que reiniciarse creativamente tras la generación Z, refleja, en el fondo, la necesidad humana de ordenar el tiempo y etiquetar identidades colectivas conforme a un amplio grupo de características o un fenómeno temporal muy destacado (el boom de nacimientos o la pandemia, el cambio de siglo o milenio o unas simples letras, cuando no parece haber consenso para un nombre adecuado).

Poner nombre a la generación criada en la era de la IA

Hoy podría abrirse paso un nuevo bautismo generacional para la generación criada en la nueva era de la inteligencia artificial. Y si hay que asignarle nombre no creo que “generación IA” suene bien, pues otorgaría el protagonismo a los algoritmos y no a las personas. Viendo que la IA generativa tiene especial valor como solucionadora de preguntas y tareas, quizá un nombre adecuado sea “generación prompt” pues esta generación va a fundamentar buena parte de su conocimiento en las respuestas a sus prompts.

Si en las décadas de uso de los buscadores de internet el mérito ha sido saber buscar y seleccionar y en la era de las redes sociales lo relevante es saber compartir información, en la era de la inteligencia artificial el verdadero valor va a radicar en saber preguntar a la máquina. Ahora, quien sabe diseñar prompts efectivos tiene poder en el ecosistema digital, pues el lenguaje actúa como interfaz con la inteligencia artificial.

El valor de la pregunta

Un prompt no es más que una instrucción, una pregunta o un contexto para situar una cuestión. Sin embargo, se ha convertido en el eje de una nueva relación entre humanos y máquinas. Quien domina el arte del prompting obtiene respuestas más útiles, creativas o ajustadas a su necesidad de información. Pero el prompting no es neutro: los resultados dependen de cómo se pregunta y de las bases de datos sobre las que se entrenan los modelos.

Quienes saben diseñar preguntas adecuadas para interactuar con la IA adquieren una ventaja en la vida

Podría hablarse de una auténtica “alfabetización en el prompt”, tan decisiva como la alfabetización lectoescritora en siglos pasados. Entonces, quienes sabían leer y escribir tenían ventaja en el acceso al conocimiento. Hoy, quienes saben diseñar las preguntas adecuadas para interactuar con la inteligencia artificial adquieren una ventaja en la vida académica, profesional y social. Siempre y cuando, por supuesto, sigan sabiendo leer, escribir, discernir y contrastar la información que reciben.

El ser humano comenzó transmitiendo saberes de manera oral. Más tarde aprendió a conservarlos por escrito en papiros, piedra, arcilla y otros soportes físicos. La invención de la imprenta por Johannes Gutenberg (Alemania, 1440) supuso la primera gran revolución en la difusión masiva del conocimiento, aunque la alfabetización tardó siglos en generalizarse.

Inventos como la máquina de escribir (Latham Sholes, Samuel Soule y Carlos Glidden, en torno a 1868) y las telecomunicaciones favorecieron la expansión del conocimiento y la transmisión de información de modo global, con las destacadas contribuciones del telégrafo (Samuel Morse, 1837), la radio (Marconi y Tesla, entre 1896 y 1901) o la propia televisión (Paul Nipkow, 1884).

La segunda gran revolución en la difusión del conocimiento a escala global llegó en los años noventa del siglo XX con internet, que multiplicó exponencialmente el acceso a la información. Sobre ella se han construido redes sociales, plataformas de búsqueda y, desde 2023, el propio acceso público a la inteligencia artificial generativa.

LA IA obliga a pensar bien lo que se quiere preguntar

El acceso generalizado a la inteligencia artificial generativa ha introducido una novedad radical: el conocimiento fluye desde las máquinas hacia las personas sin que éstas deban seleccionar entre opciones resultantes de búsquedas en internet (aunque la máquina haya sido “nutrida” con lo que han creado las personas). La IA generativa busca, procesa y selecciona el resultado que ofrece, pero obliga a pensar bien lo que se quiere preguntar si queremos asegurar respuestas de mejor calidad.

La sociedad del prompt rescata una condición humana esencial: preguntar. Durante décadas, los sistemas educativos han tendido a premiar la memorización de respuestas más que la formulación de interrogantes. Ahora, paradójicamente, una máquina nos obliga a reaprender la importancia de preguntar bien.

Para ello hacen falta dos ingredientes esenciales:

  1. Ideas previas y conocimiento general, que orientan hacia preguntas profundas y útiles.

  2. Curiosidad intelectual como motor de la innovación y del anhelo de conocimiento.

El estudiante que no se hace preguntas a sí mismo y que no tiene conocimientos previos y deseo de aprender sobre una materia, difícilmente desarrollará el pensamiento crítico. En este sentido, la IA puede actuar como estímulo para despertar la curiosidad, siempre que se gestione con cautela y con criterio. La curiosidad debería ser inherente a toda persona con inquietud por saber, más aún de un estudiante. La inquietud intelectual, el gusto por el conocimiento, el debate o la reflexión sobre múltiples materias podría verse favorecido con el apoyo de la IA generativa.

Esta tecnología, además de ofrecer respuestas –no siempre certeras o libres de sesgos o, a veces, simplemente alucinaciones computacionales– ayuda a descargar en la algoritmia tareas rutinarias y tediosas. Así, uno de los ámbitos donde la IA comienza a desplegar su enorme potencial es la burocracia. Desde cumplimentar formularios hasta verificar documentos o redactarlos, las máquinas prometen acelerar procesos que consumen una parte significativa del tiempo de ciudadanos y empresas que deberían liberar tiempo para un mayor conocimiento y reflexión.

Una promesa de aceleración burocrática

Esta promesa de aceleración burocrática lleva a una reflexión incómoda: ¿por qué los humanos hemos generado una burocracia tan densa que ahora necesitamos de las máquinas para sobrellevarla? Tal vez la verdadera oportunidad no sea digitalizar los trámites existentes, sino replantearlos. La inteligencia artificial puede contribuir a rediseñar los sistemas de verificación de identidad, control o suministro de información para, mediante el uso de nuevas tecnologías, como las basadas en la criptografía, hacerlos más ágiles, transparentes y seguros.

A medida que transferimos a la máquina el trabajo que no queremos hacer, vamos probando tareas más complejas. Simultáneamente, las máquinas también mejoran en su rendimiento y precisión.

Aprender sobre la marcha

Estos primeros años de uso de la IA hemos aprendido a refinar las preguntas que lanzamos. Es decir, a pedir, precisar y contextualizar los prompts. Sin embargo, el entusiasmo por la IA no debe ocultar sus riesgos:

  • Dependencia cognitiva: delegar demasiado en las máquinas puede atrofiar el esfuerzo intelectual de búsqueda y síntesis.

  • Pérdida de fuentes no digitalizadas: buena parte del conocimiento sigue en archivos, bibliotecas y manuscritos que no han sido procesados por sistemas digitales. Rebuscar entre libros “físicos” sigue siendo una experiencia personal insustituible.

  • Sesgos y opacidad: no debe olvidarse que lo que responden los modelos depende de cómo se pregunta y de los datos con los que se entrenan.

La sociedad del prompt puede caer en la comodidad de la respuesta inmediata y olvidar el placer de descubrir, de contrastar y de investigar por medios propios. Por ello, la generación prompt corre el riesgo de acomodarse y delegar el esfuerzo de búsqueda de información a la máquina. Hojear libros o bucear entre viejos archivadores con anotaciones manuales forma parte de la pasión y de la magia de la curiosidad y la investigación.

La generación prompt y el reto educativo

La generación prompt no es una cohorte de edad sino una condición cultural, social y de conocimiento. Formarán parte de ella quienes aprendan a convivir con sistemas inteligentes y formulen preguntas con criterio. Para que prospere, hace falta una educación que fomente la inquietud intelectual y el juicio crítico.

Las universidades y centros educativos no pueden limitarse a prohibir o denostar la IA. El reto será integrarla como herramienta pedagógica. Enseñar a los estudiantes a distinguir respuestas plausibles de respuestas válidas, a contrastar fuentes, a usar la máquina para profundizar y no para evadir el esfuerzo.

Puede parecer pretencioso, pero no es descabellado pensar que parte de la educación y del trabajo de la sociedad del futuro será, en buena medida, el correspondiente a la sociedad del prompt. No basta con tener acceso a la IA: lo decisivo es saber preguntar con creatividad, criterio y ética.

Como en toda alfabetización, el riesgo de exclusión existe: no todos tienen el mismo acceso, ni la misma formación, ni la misma curiosidad. Por ello, urge promover programas educativos que desarrollen competencias críticas y fomenten la inquietud intelectual desde edades tempranas.

La pregunta clave es si estamos preparados para educar a la generación prompt , o si dejamos que crezca sin guía en un mundo donde preguntar bien puede marcar la diferencia entre la emancipación y la dependencia.

Probablemente, la sociedad del futuro no será sólo la sociedad de la información, ni de la red, ni del conocimiento: también será la sociedad del prompt.


Una versión de este artículo se publicó en la revista Telos, de la Fundación Telefónica.

The Conversation

Ricardo Palomo-Zurdo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La generación que tendrá que aprender a preguntar: ¿vamos hacia la generación ‘prompt’? – https://theconversation.com/la-generacion-que-tendra-que-aprender-a-preguntar-vamos-hacia-la-generacion-prompt-276597

¿Juega Dios a los dados? La respuesta cuántica a la frase más famosa de Einstein

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Antonio Aguilar Saavedra, Investigador científico del CSIC en física teórica de partículas elementales, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)

Dados típicos en los juegos de rol. Wikimedia Commons., CC BY

“Dios no juega a los dados”, escribió Albert Einstein en 1926, en una carta a Max Born, para expresar su rechazo a la idea de que el azar fuera un rasgo fundamental de la naturaleza.

El matemático y físico Max Born (1882-1970).
Wikimedia Commons.

En este sentido, en el siglo XIX la visión científica del universo era completamente determinista. Pierre-Simon Laplace lo expresó de forma célebre en 1814: una inteligencia que conociera en cada instante la posición y la velocidad de todas las partículas podría ver el pasado y el futuro con total claridad. Desde el choque de bolas de billar hasta la trayectoria de un proyectil, todo estaría fijado por las condiciones iniciales.

Pierre Simon Marqués de Laplace (1745-1827), matemático y astrónomo francés.
CC BY

La revolución cuántica

La mecánica cuántica rompió con ese esquema. Max Born defendía que el azar es inherente a la mecánica cuántica.
Al observar un sistema, el resultado no está fijado: la teoría solo nos dice qué puede ocurrir y con qué probabilidad. Pero, para Einstein, limitarse a probabilidades indicaba que el formalismo cuántico estaba incompleto.

Einstein imaginaba que debían existir ciertas “variables ocultas” que, aunque inaccesibles, determinan el resultado de las mediciones. Y que, detrás de esa aparente aleatoriedad, debería existir una teoría más profunda (aún desconocida) completamente determinista.

Esta distinción permaneció en el plano filosófico hasta 1964, en que John S. Bell abordó el problema.

Lanzando monedas

Para ilustrar cómo se ponen a prueba estas ideas, imaginemos un experimento sencillo. Dos científicos, Cristina y Juan, han resuelto determinar si el azar existe en la naturaleza. Cada uno de ellos tiene una moneda cuántica que puede lanzar para obtener cara o cruz.

A diferencia de las monedas comunes, las monedas cuánticas tienen una característica muy peculiar: la probabilidad de obtener cara o cruz puede depender de la orientación del lanzador. Es decir, el resultado cambia si se lanza mirando al norte, al sur, al este o al oeste.

Ni Cristina ni Juan son capaces, por separado, de averiguar si el azar es real (es decir, si Born tiene razón) o aparente (si Einstein tiene razón). Lanzando una sola moneda en diferentes direcciones, es imposible saber si los resultados –aparentemente aleatorios– están determinados por alguna misteriosa variable oculta. Sin embargo, el panorama mejora cuando se juntan los dos.

Dos mejor que una

Cristina y Juan efectúan el siguiente experimento: lanzan repetidas veces sus monedas en diferentes direcciones, anotando el resultado. Ambos pueden elegir libremente si lanzan su moneda mirando al norte, suroeste, etc. Esto último se conoce como libre albedrío.

Y, dado que lanzan las monedas al unísono, la probabilidad de que Cristina obtenga cara o cruz no depende de la orientación que Juan elija a la hora de tirar su moneda, y viceversa. Esto se conoce como localidad, y está relacionado con que la información no puede viajar más rápido que la velocidad de la luz.

Bajo estas condiciones, si el mundo es determinista como Einstein defendía, deben cumplirse ciertas desigualdades que involucran la correlación entre los resultados obtenidos por Cristina y Juan.

Desigualdades de Bell

Cuando Cristina y Juan lanzan sus monedas, puede ocurrir que ambos obtengan el mismo resultado (ambos cara o ambos cruz), en cuyo caso diremos que hay una coincidencia. También puede ocurrir que obtengan resultados diferentes, en cuyo caso diremos que hay una no coincidencia. Con lanzamientos sucesivos podrán calcular una cifra a la que llamamos correlación P.

P = ( n.º coincidencias – n.º no coincidencias ) / n.º total

Si los resultados obtenidos por Cristina y Juan son independientes entre sí, después de muchos lanzamientos, obtendrán P = 0 aproximadamente. A la inversa, un valor no nulo para P indica correlación entre resultados.

Naturalmente, esta correlación P podrá depender de las orientaciones con las que Cristina y Juan eligen lanzar sus monedas: tendremos correlaciones P(a,b), donde “a” indica la orientación de Cristina y “b” la de Juan.

Por ejemplo, podemos imaginar que, si Cristina mira al norte y Juan al sur, obtengan P(norte,sur) = 1, lo cual indicaría que siempre coinciden. O que si Cristina mira al norte y Juan al este, tengan P(norte,este) = 0, es decir, que en ese caso obtienen coincidencia y no coincidencia en igual proporción.

Según Bell demostró, si los resultados del lanzamiento de las monedas cuánticas están determinados por algún tipo de variables ocultas, se tiene que cumplir

|P(a,b) – P(a,c)| <= 1 + P(b,c)

donde a, b y c son tres orientaciones fijas cualesquiera.

La naturaleza decide

Hemos descrito el experimento de Cristina y Juan en términos de “monedas cuánticas”, sistemas cuánticos con dos estados posibles. Estos sistemas existen: por ejemplo, los espines de muchas partículas elementales, como el fotón.

En sistemas de dos partículas con espines entrelazados, es posible observar que no se cumplen las desigualdades de Bell, así como tampoco se cumplen las desigualdades formuladas por John Clauser, Michael Horne, Abner Shimony y Richard Holt.

En particular, no se cumple la desigualdad de Bell para fotones, tal y como comprobaron Clauser, Alain Aspect y Anton Zeilinger –lo que les valió el premio Nobel de Física 2022–. Por tanto, un determinismo bajo las teorías enunciadas por Bell –libre albedrío y localidad– queda experimentalmente excluido. Dios sí juega a los dados.

¿El futuro está escrito?

Curiosamente, la evolución temporal en mecánica cuántica es determinista. La aleatoriedad se introduce con la observación de un sistema. Y observar no significa necesariamente que haya una persona mirando: en esta categoría también entran procesos naturales como la desintegración de una partícula.

Más aún: sabemos que el comportamiento de sistemas complejos es caótico (el conocido como efecto mariposa). Por tanto, podemos imaginar que el resultado un proceso cuántico aleatorio puede llevar, millones de años después, a la formación de una estrella… o no. El futuro no está escrito.

Quedan, sin embargo, dos escapatorias posibles que restauran el determinismo. Una es abandonar la idea de localidad. Por ejemplo, la mecánica bohmiana es una alternativa a la mecánica cuántica, determinista y no local. No obstante, el desarrollo de esta idea es muy limitado y no está claro que pueda acomodar el increíble espectro de experimentos que la mecánica cuántica explica a la perfección. En este caso, podría decirse que Dios no juega a los dados, pero tampoco respeta las fronteras del espacio.

La otra escapatoria entra ya dentro de la filosofía: el superdeterminismo. Según este pensamiento, toda la evolución del universo, incluyendo las elecciones de Cristina y Juan en el lanzamiento de sus monedas, fueron determinadas al principio de los tiempos. En este caso, Dios no juega a los dados y tampoco permite que nadie lo haga.

The Conversation

Juan Antonio Aguilar Saavedra es IP1 del proyecto de investigación “Fenomenología de física de partículas en colisionadores y factorías de neutrinos, en el modelo estándar y sus extensiones” PID2022-142545NB-C21, del Plan Estatal de Investigación Científica, Técnica y de Innovación 2021-2023.

ref. ¿Juega Dios a los dados? La respuesta cuántica a la frase más famosa de Einstein – https://theconversation.com/juega-dios-a-los-dados-la-respuesta-cuantica-a-la-frase-mas-famosa-de-einstein-273260

Un mono viral, su peluche y un experimento de hace 70 años: lo que Punch nos enseña sobre la teoría del apego

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mark Nielsen, Associate Professor, School of Psychology, The University of Queensland

David Mareuil/Anadolu via Getty Images

Un pequeño macaco llamado Punch se ha convertido en un fenómeno viral por su conmovedora búsqueda de compañía.

Después de ser abandonado por su madre y rechazado por el resto de su manada, los cuidadores del zoológico de Ichikawa City, en Japón, le dieron a Punch un peluche de orangután para que le hiciera las veces de madre. Los vídeos del mono aferrado al peluche han circulado por todo el mundo.

Pero el apego de Punch a su compañero inanimado no vale solo para contextualizar un vídeo emocionante. También nos recuerda la historia de una serie de experimentos psicológicos realizados en la década de 1950 por el investigador estadounidense Harry Harlow.

Los resultados de sus experimentos sustentan muchos de los principios fundamentales de la teoría del apego, que considera que el vínculo entre padres e hijos es crucial para el desarrollo infantil.

¿En qué consistían los experimentos de Harlow?

Harlow tomó monos rhesus recién nacidos y los separó de sus madres. A cambio, fueron criados en un recinto en el que tenían acceso a dos “madres” sustitutas. Una era una jaula de alambre con forma de mono “madre”, que podía proporcionar comida y bebida a través de un pequeño comedero. La otra era una muñeca con forma de mono envuelta en felpa. Esta muñeca era suave y cómoda, pero no proporcionaba comida ni bebida; era poco más que una figura peluda a la que el bebé mono podía aferrarse.

Un mono descansa acurrucado contra su madre sustituta de tela.
La ‘madre’ de alambre y la ‘madre’ blanda en el experimento de Harlow.
Harlow, H. F. (1958). The nature of love. American Psychologist, 13(12), 673–685.

Así pues, tenemos una opción que proporciona comodidad, pero no comida ni bebida, y otra que es fría, dura y áspera, pero que brinda sustento alimenticio.

Estos experimentos fueron una respuesta al conductismo, que era la teoría predominante en aquella época. Los conductistas sugerían que los bebés establecen vínculos afectivos con quienes satisfacen sus necesidades biológicas, como la alimentación y el refugio.

Harlow cuestionó esta hipótesis al sugerir que los bebés necesitan cuidados, amor y amabilidad para crear vínculos afectivos, y no solo alimento físico. Un conductista habría esperado que los monos bebés pasaran todo el tiempo con la “madre” de alambre que les alimentaba. Pero eso no fue lo que ocurrió: pasaban mucho más tiempo cada día aferrados a la “madre” de felpa.

Los experimentos de Harlow en la década de 1950 establecieron la importancia de la suavidad, el cuidado y la amabilidad como base del apego. Harlow demostró que, dada la oportunidad, los bebés prefieren el alimento emocional al físico.

¿Cómo influyó esto en la teoría moderna del apego?

El descubrimiento de Harlow fue significativo porque reorientó por completo la visión conductista dominante de la época. Esta sugería que los primates, incluidos los humanos, funcionan en ciclos de recompensa y castigo, y forman vínculos afectivos con quienquiera que satisfaga sus necesidades físicas, como el hambre y la sed.

El alimento emocional no formaba parte del paradigma conductista. Así que cuando Harlow realizó sus experimentos, dio un giro radical a la teoría imperante. La preferencia de los monos por el alimento emocional, en forma de abrazos a la “madre” sustituta cubierta de una manta de felpa, sentó las bases para el desarrollo de la teoría del apego.

La teoría del apego postula que el desarrollo saludable del niño se produce cuando este tiene un “apego seguro” a su cuidador. Esto se consigue cuando los padres o cuidadores proporcionan nutrición emocional, cuidados, amabilidad y atención al niño. El apego inseguro se produce cuando los padres o cuidadores son fríos, distantes, abusivos o negligentes.

Al igual que con los monos rhesus, se puede alimentar a un bebé humano con todo lo que necesita, darle toda la nutrición dietética que requiere, pero si no se le proporciona calor y amor, no va a formar un apego.

¿Qué podemos aprender de Punch?

El zoológico no estaba llevando a cabo un experimento, pero la situación de Punch refleja el experimento controlado que realizó Harlow. El montaje se imitó en un entorno más natural, pero los resultados son muy similares.

Al igual que los monos de Harlow preferían a su madre de felpa, Punch ha creado un vínculo afectivo con su compañero de peluche. Lo que no ofrece el episodio del zoológico es la comparación con una opción más “dura” que proporcionara alimento físico.

Sin embargo, está claro que eso no era lo que buscaba el mono. Quería un lugar reconfortante, suave y seguro, y eso es lo que le brindaba el muñeco.

¿Fueron éticos los experimentos de Harlow?

La mayor parte del mundo reconoce ahora que los primates tienen derechos que, en algunos casos, son equivalentes a los derechos humanos. Hoy en día, consideraríamos los experimentos de Harlow como algo cruel y despiadado. No se le quitaría un bebé humano a su madre para observar sus reacciones, por lo que no deberíamos hacerlo con los primates.

Es interesante ver cómo la gente se siente tan fascinada por este paralelismo con un experimento realizado hace más de 70 años. Punch, el mono, no es solo la última celebridad animal de internet, sino que nos recuerda la importancia del alimento emocional.

Todos necesitamos espacios acogedores. Todos necesitamos espacios seguros. El amor y la calidez son mucho más importantes para nuestro bienestar y nuestro funcionamiento que la mera nutrición.

The Conversation

Mark Nielsen recibe financiación del Consejo Australiano de Investigación.

ref. Un mono viral, su peluche y un experimento de hace 70 años: lo que Punch nos enseña sobre la teoría del apego – https://theconversation.com/un-mono-viral-su-peluche-y-un-experimento-de-hace-70-anos-lo-que-punch-nos-ensena-sobre-la-teoria-del-apego-276673

El regreso del asesinato elegante: ¿por qué el ‘cozy crime’ nos seduce en la era del ‘true crime’?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alicia Nila Martínez Díaz, Profesor Acreditado Contratado Doctor Filología Hispánica, Universidad Villanueva

Imagen promocional de la serie _Solo asesinatos en el edificio_- The Walt Disney Company

Hubo un tiempo en que los crímenes se resolvían en el salón de una mansión inglesa o en un lujoso tren con destino a Oriente. Una conversación afilada, un detalle aparentemente inocente y la despierta inteligencia de un detective elegante bastaban para resolver el asesinato.

Hoy, el relato criminal aparece dominado por guantes de látex y sangre impúdica. El true crime coloniza pantallas y auriculares con su eterna promesa de verdad descarnada. Sin embargo, el denominado cozy crime (que en español significaría “misterio acogedor”) vive una inesperada y desconcertante resurrección.

Portada del libro El asesinato de Roger Ackroyd de Agatha Christie

Planeta de Libros

Cuando se cumplen cincuenta años de la muerte de Agatha Christie y cien de la publicación de su primera novela, El asesinato de Roger Ackroyd, el regreso de este subgénero invita a preguntarse ¿por qué volvemos a elegir el enigma frente al espectáculo?

Cuando el crimen llama a tu puerta

El cozy crime regresa para plantar una semilla de controlada inquietud en la domesticidad de sus lectores. Con él vuelven las historias situadas en espacios acotados: pueblos pequeños, comunidades de vecinos, entornos domésticos… Lugares reconocibles donde el crimen irrumpe como una anomalía que quiebra el equilibrio natural del mundo.

Ese desajuste exige ser comprendido y solucionado, aunque la violencia rara vez ocupe el primer plano. En lugar de vísceras y sangre, el cozy crime privilegia la sagacidad, el razonamiento astuto y la conversación mesurada. El detective –a menudo amateur– investiga dejándose guiar por su intuición y conocimiento del entorno más que por la criminalística.

El placer de estos relatos no reside en el impacto, sino en la resolución del enigma; un reto que el autor plantea a un lector activo, llamado a participar en una solución que restaure el ordo naturalis del relato.

No es casual que este modelo reaparezca hoy en novelas como El club del crimen de los jueves o La primera agencia de mujeres detectives y en las series Los asesinatos de Midsomer o Solo asesinatos en el edificio. Aquí el predominio del dato científico es sustituido por “el factor humano”, motor imprescindible para la comprensión del crimen.

Una nueva pedagogía del mal

Desde sus orígenes, la novela policíaca ha funcionado como un género de regulación social: pone en escena la transgresión, la nombra y la devuelve al lector convertida en relato comprensible.

Esa necesidad de encauzar el horror sin negarlo entronca con una vieja tradición estética formulada por el teatro neoclásico: el decoro. El cozy crime se inscribe con naturalidad en esa genealogía.

Imagen de la adaptación cinematográfica de la novela _El club del crimen de los jueves_.
Imagen de la adaptación cinematográfica de la novela El club del crimen de los jueves.
Netflix

No se trata de suavizar el mal, sino de someterlo a una forma. De ahí el patetismo contenido, bien alejado del sentimentalismo exacerbado que explota el dolor como impacto inmediato. Lo policíaco saja nuestra podredumbre moral y la pone sobre el tapete, pero lo hace regulando el horror y ofreciendo al mal un marco de sentido.

Como escribió Stendhal, la literatura es un espejo que se pasea a lo largo del camino. La novela policíaca –especialmente el cozy crime– ha sido siempre ese espejo incómodo que devuelve a la comunidad el reflejo de sus grietas e hipocresías al transformar el crimen en un retrato de la sociedad que lo produce.

Cuando el crimen se vestía de gala para cenar

Este revival del cozy crime se inserta con soltura dentro de una tradición literaria forjada en el tiempo. El policiaco es un género literario hecho a sí mismo –como otros también populares–, que afiló sus armas en el fragor de la batalla.

Edgar Allan Poe lo inauguraba poniendo a trabajar a la razón con monsieur Dupin; Arthur Conan Doyle le cedió método, pipa y capa con Sherlock Holmes y Chesterton introdujo la paradoja moral con el personaje del padre Brown, demostrando que para resolver asesinatos hacía falta conocer bien las entretelas de la condición humana.

Ilustración de un hombre mirando montaña abajo.
Sherlock Holmes en las cataratas de Reichenbach, por Frederick Dorr Steele, portada de Collier’s Weekly.
Wikimedia Commons

La novela policíaca iba paulatinamente aquilatando su maquinaria: menos puñetazo y más deducción, menos persecución y más conversación. Una tradición que convertiría el delito en un rompecabezas intelectual y al detective en una figura casi doméstica, invitado habitual en nuestras bibliotecas y pantallas.

Pero entonces apareció en la escena literaria miss Agatha Christie. Encarnación de los mundos de la imaginación que publicaba, Christie reformuló para siempre las consignas del género. Junto a ella, delinquir se transformó en una actividad casi glamurosa.

Los asesinatos ya no ocurrirían en callejones miserables, sino en mansiones exquisitas o lujosos hoteles. Gracias a su pluma, la novela policíaca se trasladó al territorio de la elegancia y la sofisticación. En sus novelas, el lector desea formar parte de ese “cluedo” refinado mientras sostiene una copa de jerez y escucha cómodamente quién se ha cargado al mayordomo.

Entre la grieta y el oro

El éxito del cozy crime tiene que ver con una pulsión lectora muy arraigada que los géneros populares han sabido manejar con astucia. La repetición y la promesa de un equilibrio restaurado activan lo que Umberto Eco llamó “estructuras de consolación”. Hoy, el cozy crime encarna con nitidez esa lógica de reparación moral.

Por eso, se parece al kintsugi –el arte japonés de recomponer con oro los objetos rotos–, porque no borra la grieta, la hace visible y significativa. El daño existe, pero la forma lo dignifica convirtiéndolo en relato. Quizá seguimos leyendo estas historias porque nos permiten mirar la fractura y aceptar que ese algo podría volver a encajar.

The Conversation

Alicia Nila Martínez Díaz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El regreso del asesinato elegante: ¿por qué el ‘cozy crime’ nos seduce en la era del ‘true crime’? – https://theconversation.com/el-regreso-del-asesinato-elegante-por-que-el-cozy-crime-nos-seduce-en-la-era-del-true-crime-274601

What wearables can (and can’t) tell you about your heart health

Source: The Conversation – UK – By Kevin O’Gallagher, MRC Clinician Scientist and Consultant Cardiologist, King’s College London

Many commonly worn wearables can track useful data about your heart health. Syda Productions/ Shutterstock

Half of people in the UK use a wearable device, such as a fitness tracker or smartwatch. These devices collect data relating to health and physical activity levels – including heart rate, step count and sleep quality. With the emergence of AI, such devices will probably become even more sophisticated – potentially able to diagnose our health problems before our GP.

But while wearables can be really useful when it comes to understanding many aspects of your heart health, they still have many shortcomings – so it’s important not to rely on them for everything.

A key strength of modern wearables is the fact that they record such a wide range of useful data, and track trends over time. This makes them perfect for measuring whether any lifestyle changes you’ve made are working for you, and what effects they might be having. For instance, your wearable can tell you if your health kick has had a measurable affect on your sleep quality or blood pressure.

In addition to measuring step count and physical activity, many of the most commonly worn wearables collect cardiovascular data via photoplethysmography (PPG). This is where a light located at the back of the wearable interacts with tiny blood vessels in the skin to give an estimate of changes in blood volume. These changes can be used to accurately measure heart rate, rhythm and blood oxygen levels.

Many currently available devices are also able to record electrocardiographic (ECG) data. This also records your heart’s electric activity, including heart rate and rhythm.

This is why some wearables, particularly those with ECG technology, could be useful in cardiology consultations.

There are currently limitations to the ECGs a cardiologist would normally use to diagnose heart rhythm issues. These ECG monitors only record heart rhythm data for a limited period, such as 24 or 72 hours. This could mean doctors don’t get a full picture of heart health.

But since many people who own a smartwatch or fitness tracker wear them for many hours of the day and over many weeks, this means their wearable may be recording at the time when cardiac symptoms – such as palpitations – occur. This means wearables may overcome the inherent limitations with clinical ECG recordings.

A person checks their heart rate on their wearable fitness watch.
Wearables may even be able to detect abnormal heart rhythms.
Melnikov Dmitriy/ Shutterstock

For instance, a recent study demonstrated that smartwatches can reliably detect atrial fibrillation (a heart rhythm disorder that increases risk of stroke) in patients at risk of the condition. And wearables can also be useful for regularly and accurately monitoring daytime blood pressure.

So, wearables have the ability to provide data that is highly useful to a cardiologist in helping determine a probable diagnosis. But just how much can we rely on this data?

Wearable limitations

Most wearables that detect blood pressure do so via PPG data, which measures blood pressure differently to an inflatable blood pressure cuff. Wearables may also only provide a blood pressure range rather than absolute results. This means a patient may not know whether their “true” blood pressure is normal or not.

The British and Irish Hypertension Society, which formally validates and endorses cuff-based blood pressure monitors, currently doesn’t have a framework to validate wearables. This means no wearables on the market which provide blood pressure monitoring have been officially validated.

There’s also a lack of standardisation across the market for how different wearables produce data for particular metrics. This means it’s possible different devices could give different readouts – even if they’re looking at the same person. If wearables are to be integrated into the healthcare system in future, then standardised, validated methods would be needed.

There are also potential issues in how wearables are positioned within the market with regard their medical capabilities.

Some are advertised as having medical-grade measuring capabilities. However, the majority of devices on the market have not been approved as medical devices by regulatory bodies. This distinction is important for the average consumer to understand, so they don’t trust the device’s data more than they should.

While wearables can be extremely useful for understanding many aspects of your day-to-day heart health, there’s still much about them that will need to be improved before they become a standard part of cardiac care.

Quality assurance and compatibility across different brands will be key, as will ensuring a patient’s data is both reliable and accessible to healthcare staff on their electronic health records.

These are important issues that must be addressed soon if wearable technology is to become a standard part of NHS treatment by 2035, as outlined in the NHS’s ten-year plan for England.

The Conversation

Kevin O’Gallagher does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. What wearables can (and can’t) tell you about your heart health – https://theconversation.com/what-wearables-can-and-cant-tell-you-about-your-heart-health-273075

The Moment: Charli XCX is the ultimate chronicler of contemporary pop stardom

Source: The Conversation – UK – By Alice Pember, Assistant Professor of Film and Television Studies, University of Warwick

“Want to go again?” a choreographer asks Charli XCX at the start of the mockumentary The Moment. It’s the latest entry in the pop star’s rapidly expanding cinematic empire, propelled by the stratospheric cultural impact of her 2024 album, Brat.

He is asking if she’s ready to practise a gyrating, strobe-heavy routine one more time. But this question also gestures towards the central conceit of the film: what if “Brat summer” was pushed beyond its natural expiry date? Not to explore “the tension of staying too long”, as Charli has described it, but in a cynical attempt to further monetise this fleeting moment of pop cultural hype.

Conceived by Charli, The Moment offers a semi-fictionalised mockumentary account of the post Brat summer comedown. It positions her at the centre of several cynical attempts to extend its lifespan through questionable endorsement deals, social media posts and an ill-fated concert film. The film’s events map eerily onto the real post-Brat timeline, inviting knowing audiences to question the boundary between fiction and reality.

Charli’s uncertain response to the choreographer’s question − “Err … yeah?” – from the floor of her rehearsal space (in that starriest of destinations, Dagenham) crystallises the film’s knowing subversion of dominant trends in the female-oriented pop star documentary.

The trailer for The Moment.

As cultural theorist Annelot Prins has outlined in a paper, pop star documentaries like Lady Gaga’s Five Foot Two (2017), Kesha’s Rainbow (2020) and Taylor’s Swift’s Miss Americana (2020) tend to present “empowering narratives of talented and hardworking women who used to be constrained by different factors but overcame them with resilience […] and are now self-determined agents”.

This approach to female celebrity has continued in a recent glut of arena concert films released by stars including Swift, Beyoncé and Olivia Rodrigo. These arena spectaculars combine polished tour footage with backstage glimpses into the creative process. It’s a combination of intimacy and polish engineered to confirm their authentic talent in the face of the relentless commercial demands of the pop world.




Read more:
A swift history of the concert film, from The Last Waltz to the Eras Tour


The “resilient pop documentary” is part of a wider trend identified by feminist media scholars: representations of celebrity women overcoming setbacks such as sexual assault (Kesha), addiction (Demi Lovato) or illness (Lady Gaga).

Feminist sociologist Angela McRobbie’s work shows how these images of “resilient” female celebrities block collective resistance to misogyny, racism and classism, by making women believe they can overcome oppression through “self-management and care”.

This is a pattern that these documentaries repeat with their emphasis on the creative survival of the damaged female pop star. The Moment invokes and satirises these narrative templates by showing Charli’s fictionalised self’s inability to control the runaway momentum of her own stardom.

Resilience to reflexivity

While The Moment has been positioned as Charli’s pivot from pop to the silver screen, it extends the subversions of her oft-forgotten first cinematic venture: 2022’s Charli XCX: Alone Together.

Inverting The Moment’s narrative structure, Alone Together opens with Charli’s preparations for her first arena tour, charting the effects of its abrupt cancellation in the wake of COVID. The remainder of the film depicts Charli’s production of her fourth studio album over the course of a whirlwind six-weeks of the first lockdown.

This ambitious undertaking could have provided the perfect opportunity to emphasise Charli’s resilience, but Alone Together takes a difference tack. It focuses on the emotional toll the album’s production took on Charli and emphasises the digital spaces of care and community that enabled her and her fans to survive the pandemic.

While The Moment and Alone Together approach subversion differently, both knowingly undermine the resilience typically celebrated in pop star documentaries, exposing the endless performance of “overcoming” on which female pop stardom relies. The ending of Alone Together positions Charli as the unmoved consumer of the final album. A post-credit sequence shows her immediately at another loose end. “I just feel a bit, like, bored … What am I going to do now?” she says to camera, laughing.

The trailer for Alone Together.

The Moment’s closing scenes echo Alone Together’s feeling of anti-climax by ending with the trailer for the Brat concert film and its invitation to “be a 365 Party Girl from the comfort of your own home”. Hilariously, this is soundtracked by the Verve’s Bitter Sweet Symphony – an overplayed Britpop anthem that confirms the fictional XCX’s fall from cool in pursuit of mass appeal.

The film’s quasi-documentary style compounds its challenge to the forms of authenticity upon which resilient pop stardom relies. In a voice note to her team, Charli explains that she is completing the film to “kill Brat” and free herself to pursue other creative endeavours. Here, the film uses the intimate framing used to convey authentic agency in the conventional pop documentary. This serves to blur the paper-thin line between the “real” post-Brat hype engineered by Charli and the trite, opportunistic spectacle she embraces in The Moment.

That we are left with no clear sense of what the difference truly is signals that, far from being a “shallow” take on pop celebrity, The Moment turns the conventions of the pop star documentary against themselves. In doing so, the film cleverly exposes the artificiality inherent in even the most seemingly authentic of pop performances.

Taken together, these two films cement Charli XCX’s status as our best chronicler of contemporary female pop stardom and the role of her film texts in exposing the artifice at play in supposedly “authentic” resilient pop cultural performance.


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The Conversation

Alice Pember does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. The Moment: Charli XCX is the ultimate chronicler of contemporary pop stardom – https://theconversation.com/the-moment-charli-xcx-is-the-ultimate-chronicler-of-contemporary-pop-stardom-276681

Fears about AI taking our jobs are understandable – but harmful

Source: The Conversation – UK – By Abigail Marks, Professor of the Future of Work, Newcastle University

Marko Aliaksandr/Shutterstock

As a professor of the future of work, the question I get asked most often is whether AI is going to take everyone’s jobs.

I hear it from students who worry that their degrees will be obsolete before they graduate. I hear it from office workers watching new tools appear in their software. And I hear it from people working in retail and logistics and hospitality and admin, who all suspect that their jobs put them most at risk.

The issue has become a widespread worry in the workplace. And of course, I understand why people are worried.

Because for a very long time, technology has been sold to employers as a way of achieving more with a smaller workforce. When new tech arrives, it often means cutting costs.

So far though, AI has not led to mass unemployment, and society’s use of the technology is, and will probably continue to be, nuanced and complex.

Yet blunt headlines declaring that “AI will take your job” are hard to ignore. And they can place workers in a passive position, where they end up waiting fearfully to see whether they will be part of the technological cull.

But we also need to be wary of the fear itself. For fear is not just a private and unpleasant feeling – fear changes how people behave and how they relate to society.

Nor is AI-driven anxiety evenly distributed. Some professionals with stable contracts will have the luxury of treating AI as an efficiency tool, something that removes tedious tasks and speeds up routine work.

But others, who work in call centres or data entry, where tasks are repetitive, measurable and tightly monitored, often see AI as something that could remove the substance of their job. For these people, the AI revolution does not feel like an upgrade, it feels like a countdown to unemployment.

And this is why the perceived threat matters. Because even before jobs disappear, the fear of losing them can reshape lives. Research shows that people who believe their livelihoods are at risk are understandably less willing to plan for the future.

They may delay major decisions because they feels pointless or unaffordable. They may disengage from work because they assume loyalty will not be rewarded.

Anxiety goes up, morale falls and the workplace becomes a site of uncertainty.
And then the idea that AI will take over jobs becomes not just an economic problem but also a psychological one.

For work is not simply a way to pay the bills. To many people it is a vital source of identity, dignity and social connection. And when work feels under threat, people can feel personally diminished.

Transparency

After all, if the tasks you have built your life around are suddenly described as something AI could do, it is hard not to infer that your efforts are (and have been) of little value; that you are replaceable and that your contribution no longer matters.

This is where fear turns into alienation, and its effects move beyond the workplace. Over time, that loss of trust can harden into cynicism about society itself.

Anxiety about automation can then blend into wider questions about inequality. And if millions of workers believe they are one software update away from redundancy, that belief can be socially destabilising.

Woman looking thoughtful surrounded by tech graphic.
AI and alienation.
Stock-Asso/Shutterstock

What matters then is how AI is integrated into workplaces, and whether that integration supports people’s ability to keep working on fair and predictable terms. This requires transparency and the involvement of the workers themselves. Above all, it is essential to give those workers a say in how AI affects their tasks, their pace of work, and the metrics by which they are assessed.

Because while AI will reshape work, the future should not be predetermined by the technology itself. And the greatest risk may not be that AI replaces everyone overnight, but that the fear of replacement becomes widespread and corrosive – damaging wellbeing, undermining dignity and building resentment.

So we should absolutely take the threat of AI seriously. But we should also stop treating AI as an unstoppable force, and start treating it as something that can be shaped by society.

And the next time someone asks me whether AI is going to take people’s jobs, I will still answer honestly – that without proper consideration, there is a chance that systems will be implemented which change the way we work and damage personal dignity and economic stability.

But I will also try to address the more important question about what society can do to mitigate this damage – and make sure that the fear of AI doesn’t become a major crisis in itself.

The Conversation

Abigail Marks does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Fears about AI taking our jobs are understandable – but harmful – https://theconversation.com/fears-about-ai-taking-our-jobs-are-understandable-but-harmful-276245

Scrapping business class could halve aviation emissions – new study

Source: The Conversation – UK – By Milan Klöwer, NERC Independent Research Fellow, University of Oxford

Air travel is famously one of the hardest sectors to decarbonise, and the number of air passengers keeps increasing. Electric planes and “sustainable” aviation fuels are still a long way off making a dent in the industry’s emissions – if they ever will.

But new research by me and my colleagues shows aviation could still cut its climate impact dramatically, simply by using planes more efficiently. In fact, rethinking cabin layouts alone could slash emissions by up to half.

From 1980 to 2019, the share of occupied seats in commercial air planes increased from 63% to 82%. Airlines already have strong commercial incentives to sell every seat – empty ones cost money as well as carbon.

For any given level of passenger travel, carrying more people on each flight means other planes can stay grounded and fewer flights are needed overall. It’s planes that make the big difference, not people – the additional weight of a passenger and their luggage is negligible relative to the aircraft and its fuel.

Aviation is responsible for 2%-3% of global CO₂, but its contribution to global warming is about 4% when secondary effects like condensation trails (which trap heat) are factored in. This impact is dominated by rich people flying frequently, often long-haul in business and first class or even private.

Efficiency in aviation is often thought of as an engineering challenge: how much thrust an engine generates for a given amount of jet fuel. But operational efficiency – the amount of passenger-kilometres per unit of CO₂ emitted – has received far less attention.

In our research, my colleagues and I calculated this operational efficiency for the year 2023, for every flight route, by airline, aircraft model and airport. We found that efficiency gains available in the short term could reduce aviation’s climate impact by more than half.

Short empty flights are the least fuel-efficient

On average, aviation emissions fell from around 260 grams of CO₂ per paying passenger-kilometre in 1980 to 90 grams in 2019. That’s a big difference, but for comparison, electrified rail powered by low-carbon energy can emit less than 5 grams.

Our analysis shows that CO₂ efficiency varies enormously across routes, regions, airports, airlines and aircraft models. Some flight routes emit more than 800 grams per passenger-kilometre, others less than 50. This variability is staggering but also yields a large potential to reduce emissions if efficiency across the industry increased towards that of the most efficient routes we analysed.

Among the highest emitting countries, many of the least efficient flights start or land in the US, followed by China, Germany and Japan. Inefficient flights are common elsewhere, particularly from or to smaller airports, and in Africa and Oceania, often exceeding 140g per passenger-kilometre.

By contrast, more efficient flights – below 100 grams per passenger-kilometre – are common in Brazil, India and south-east Asia, particularly on high volume routes. Europe contains a mix of both.

These differences can be explained by the share of occupied seats, the aircraft models used on a route and the cabin layout – especially the space allocated for business and first class.

Budget airlines tend to be more efficient as they seat as many passengers as possible. Spacious business or first class seats are often removed and revenue is instead generated through services such as baggage, food or booking flexibility – all of which add little to flight emissions.

A view down the aisle of a budget airline plane.
Budget airlines tend to fill their seats.
Katarzyna Ledwon / shutterstock

We also found a few newer aircraft models to be the most efficient in operation (Boeing 787 Dreamliner and Airbus 320neo, both in several variants) averaging less than 65 grams of CO₂ per passenger-kilometre. However, they are not (yet) the most widely used, partly because aircraft typically remain in service for around 25 years.

Long-haul flights are on average more efficient than shorter flights. Take-off emissions only occur once, and larger aircraft with more seats are typically used on longer routes. For similar reasons, larger airports tend to have lower average emissions per passenger.

Increasing air travel efficiency

We modelled three hypothetical scenarios to illustrate the potential of certain operational changes, recalculating the total emissions after each change.

First, we increased the average passenger load factor from 80% to 95%. This alone would cut emissions by 16%, as fewer flights would be needed to carry the same number of passengers. While this is already in airlines’ interests, creating additional incentives – such as emissions-linked airport charges or fuel taxes – could encourage further gains.

Second, we imagined only the two most efficient aircraft (Boeing 787-9 and Airbus A321neo) were in operation. Aircraft cannot be replaced overnight, given their long service lives, and airlines haven’t built enough 787-9 or A321neo yet anyway. But choosing already existing aircraft highlights the potential of replacing older aircraft with newer and more efficient ones – in our calculations, it would save between 27% and 34% of global emissions. This would also require overcoming logical and commercial constraints, again potentially incentivised by airport or fuel charges.

Third, we analysed the impact of an all-economy cabin layout. Business and first class seats are up to five times more CO₂-intensive than economy seating because they occupy far more space per passenger. Operating all aircraft at the manufacturers maximum seating capacity would reduce global aircraft emissions by between 26% and 57%.

There are already large differences between airlines. Some chose to set up their Boeing 777-300 ERs with more than 400 economy seats, while others have as few as 200, despite a maximum seating capacity of 550.

Our findings highlight how strongly aviation emissions are shaped by travel inequality between occasional economy fliers and frequent business and first class travellers. Many of those may complain about the inconvenience of economy class. But perhaps that’s not a bad thing: it could create an even stronger incentive to reduce the number of non-essential journeys.

The Conversation

Milan Klöwer receives funding from the Natural Environment Research Council.

ref. Scrapping business class could halve aviation emissions – new study – https://theconversation.com/scrapping-business-class-could-halve-aviation-emissions-new-study-275474