Vendedoras de frutas y verduras en el mercado central de Ciudad de Guatemala.Giongi/Shutterstock
Aunque Guatemala cuenta con suelos fértiles, recursos mineros e hidroeléctricos, según datos del Banco Mundial es un país pobre: alrededor del 10 % de la población vive con menos de 3 dólares al día, y el 56 % de la población vive en hogares cuyos ingresos no alcanzan el umbral necesario para cubrir las necesidades básicas. Es uno de los porcentajes más altos de Centroamérica.
Guatemala no es pobre por mala suerte ni por falta de recursos, sino porque sus instituciones fueron diseñadas para extraer riqueza, no para crearla. Y ese diseño lleva funcionando desde la Conquista, como documentaron los economistas Daron Acemoglu y James Robinson en 2012 en su libro Por qué fracasan los países.
Tras la independencia, y reforzado por las reformas liberales de finales del siglo XIX –que promovieron la creación de latifundios cafetaleros y un sistema de trabajo forzado para la población indígena–, el poder político y económico quedó concentrado en una minoría. En 1944, la Revolución de Guatemala puso fin a décadas de gobiernos dictatoriales e intentó alterar ese equilibrio mediante reformas laborales y agrarias. Pero, aunque el sistema político se abrió, las élites lograron adaptarse y conservar una influencia decisiva sobre el Estado.
Instituciones que extraen
Acemoglu y Robinson distinguen entre dos tipos de instituciones (entendidas como las reglas del juego que rigen el funcionamiento de una economía): las inclusivas, que distribuyen oportunidades ampliamente y generan crecimiento, y las extractivas, organizadas para concentrar la riqueza en manos de una élite a costa del resto.
Los datos lo confirman. Desde 1980, Guatemala recauda impuestos equivalentes a poco más del 12 % de su PIB, una cifra que en cuatro décadas ha permanecido casi inamovible mientras Colombia ha pasado del 10 al 22 %, y Ghana ha cruzado y superado a Guatemala. La media latinoamericana actual sobrepasa el 21 %.
El índice de democracia igualitaria de V-Dem –que mide en qué medida el poder político está distribuido por igual entre grupos sociales– sitúa a Guatemala en 0,30 sobre 1 en 2024, frente a una media mundial de 0,37.
El dato más revelador sobre el fracaso institucional guatemalteco está en las remesas. En 2024, según los datos del Banco de Guatemala, los guatemaltecos emigrados enviaron a sus familias más de 25 000 millones de dólares, el 21,1 % del PIB nacional. Más que la inversión extranjera directa y que los ingresos por exportaciones.
Esto no habla de falta de capacidad, sino de una economía que no puede absorber productivamente a su propia población. Así, el talento no desaparece: se exporta.
Por qué las reformas no funcionan
Guatemala ha intentado reformarse repetidamente: en 1944 (cuando se abrió una etapa de profundas reformas sociales), en 1985 (la transición a la democracia tras décadas de gobiernos militares), en 1996 (los Acuerdos de Paz que pusieron fin al conflicto armado interno) y en 2015 (las movilizaciones anticorrupción que forzaron la renuncia del presidente Otto Pérez Molina). Estos episodios abrieron ventanas de reforma que no lograron alterar de forma duradera las estructuras de poder. Cada intento ha sido absorbido, revertido o capturado antes de producir un cambio duradero. ¿Por qué?
El politólogo Paul Pierson lo explica con el concepto de dependencia de trayectoria (path dependence): las instituciones generan ventajas que se refuerzan a sí mismas. Cuanto más tiempo lleva funcionando un sistema extractivo, más actores organizan sus intereses a su alrededor y más caro resulta cambiarlo. No porque el sistema sea bueno, sino porque se instaló primero.
En 2019, según la UNODC, el 25 % de los guatemaltecos que tuvieron contacto con un funcionario público afirmaron que se les pidió pagar, y en algunos casos pagaron, un soborno. En el Índice de Percepción de la Corrupción 2025 de Transparency International, Guatemala obtiene 26 puntos sobre un máximo de 100 y ocupa el puesto 142 de 182, situándose en el tercio inferior del ranking mundial.
El FMI subrayó en 2024 la urgencia de que Guatemala avance en reformas estructurales, advirtiendo de que su implementación “no puede esperar”.
Salir del hoyo
Acemoglu y Robinson no son deterministas. Documentan casos en que la trampa se rompió: Corea del Sur, Botsuana, Estonia. En todos ellos hubo una coalición amplia con intereses genuinos en instituciones inclusivas y una coyuntura que alteró el equilibrio de poder de forma suficientemente profunda.
Una permanente situación de pobreza no tiene por qué ser el destino del país. Pero tampoco se sale del hoyo sin entender por qué se cayó en él.
Iker Saitua no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Martín Flores Almendárez, PTC Asociado "B"; Especialista en Capital Humano e integrante del CA en Gestión, Innovación Educativa y Tecnología, Universidad de Guadalajara
Roberto Gómez Bolaños en _El Chavo del 8_.Televisa
Durante décadas, la vida en México parecía detenerse cada domingo. Las familias buscaban sintonizar a Xavier López Rodríguez, “Chabelo” (el programa En familia con Chabelo permaneció 48 años en antena), o reír con las peripecias de El Chavo del 8, creación de Roberto Gómez Bolaños.
Ambos fueron más que un simple entretenimiento televisivo de fin de semana y funcionaron como una institución de educación informal para toda la población. Sus historias estandarizaron valores y comportamientos en millones de hogares ya que, bajo la risa mecánica, operaba un potente mecanismo de unión social.
Este fenómeno permitió que sociedades fragmentadas compartieran arquetipos comunes. Las personas aprendieron sobre la resiliencia ante la escasez económica y adoptaron un modelo tradicional en torno a la unidad familiar nuclear.
Sin embargo, el proceso también tuvo un rostro menos amable. El contenido cristalizó jerarquías sociales que aún persisten hoy y su huella quedó grabada profundamente en el ADN cultural de varias generaciones.
La tendencia actual de recuperar para la pantalla la vida de figuras referenciales de la cultura popular ha devuelto al primer plano a Gómez Bolaños, fallecido en 2014, gracias al biopic estrenado recientemente en la plataforma HBO Max. Y se anuncia ya la preparación de otra bioserie sobre la vida del creador de “Chabelo”, quien murió en 2023.
Tráiler oficial de la serie sobre Roberto Gómez Bolaños (‘Chespirito’ y ‘El chavo del 8’)
Ritual y repetición para construir comunidades imaginadas
El éxito de la televisión mexicana no fue solo comercial; también debemos analizarla como una estructura de socialización muy efectiva. Los medios cubrieron los espacios donde las instituciones del Estado no llegaban.
Durante años, estos programas construyeron un fuerte sentido de pertenencia regional a través del uso del ritual y la repetición constante. Estos son elementos clave en la formación de “comunidades imaginadas”, concepto desarrollado originalmente por el historiador Benedict Anderson. La pantalla chica unió a personas que nunca se conocerían físicamente. Sus métodos de enseñanza social fueron distintos, pero muy complementarios entre sí.
‘Chabelo’: el aprendizaje del consumo y el orden familiar
El programa dominical por excelencia, En familia con Chabelo, fue un manual de comportamiento social. La producción educaba a la infancia en roles económicos y familiares específicos. La interacción con los llamados “cuates” (colegas) establecía una estructura de autoridad clara.
Se emitió desde 1967 hasta 2016 entre las 7 y las 10 de la mañana de los domingos por el canal 2 (Canal de las Estrellas) de Televisa y durante décadas lideró las audiencias televisivas de México. Su contenido incluía números musicales, juegos concursos y la intervención de un invitado especial.
El respeto al patriarca era el eje central de cada emisión. Según las investigaciones, estos medios actuaron como un currículo formativo paralelo. Las niñas y niños aprendían reglas que la escuela no impartía.
La famosa “catafixia”, la sección del programa de Chabelo en la que se intercambiaban premios, constituía una lección sobre la toma de decisiones. El público aprendía a negociar bajo una lógica de riesgo y recompensa, donde se fomentaba una suerte de meritocracia a partir del juego y el azar.
Algunos estudios aportan una visión crítica necesaria. La televisión preparaba a la ciudadanía para ser un sector de consumo responsable. También formaba personas disciplinadas dentro del modelo de la familia tradicional.
Este entrenamiento no era opcional para quienes encendían el televisor. Los valores de la marca y el producto se mezclaban con el afecto familiar y el consumo se convirtió así en un ritual dominical sagrado.
‘El Chavo del 8’: resiliencia y gramática de la solidaridad
Por otro lado, la creación de Roberto Gómez Bolaños tuvo un enfoque distinto. Se trataba de una comedia situacional mexicana, que permaneció ocho años en antena (1973-1980), también a través del canal 2 de Televisa. Narraba las vivencias de un grupo de personas que habitan una vecindad mexicana. Su protagonista, el Chavo (el chiquillo), cometía travesuras junto con sus amigos. Estas ocasionaban malentendidos y discusiones entre los mismos vecinos, teñidas de sentido cómico y resueltas casi siempre de forma amable.
La popularidad de El chavo del 8 corrió como un reguero de pólvora por toda Latinoamérica y otras regiones, con picos de audiencia de 350 millones de espectadores. Se realizaron traducciones a 50 idiomas y en 2011 todavía podía verse en 20 países. En España, ha sido emitida en diversas épocas por La 2, Canal Sur y Popular TV.
La serie realizó una labor de formación política desde la escasez económica. Mientras uno educaba para comprar, el otro enseñaba a sobrevivir sin nada.
El espacio de la vecindad funcionó como una radiografía de la división de clases. Esta idea es respaldada por diversos análisis sociológicos. La audiencia aprendía a normalizar la falta de recursos mediante el humor.
La principal lección impartida en este espacio era la resiliencia constante. El programa permitió una mezcla cultural donde la gente validaba su propia realidad. La risa compartida actuaba como un bálsamo ante las dificultades cotidianas.
Se generó una gramática de la solidaridad. Los personajes practicaban el perdón después de cada conflicto o golpe. Esto enseñó mecanismos de supervivencia colectiva muy valiosos para la época.
El apoyo vecinal era la única red de seguridad real existente. Las personas aprendieron que la unión del grupo permitía superar el hambre. Este mensaje caló hondo en una región marcada por la desigualdad.
Toda este relato compartido acerca de lo social y lo popular conecta con el concepto de hibridación cultural, que acuñara el escritor y antropólogo argentino Néstor García Canclini a finales de los 80. La radio, el cine y la televisión permitieron, según este autor, traducir y reinterpretar la idea de nación desde el sentimiento y la cotidianidad.
Del espacio común al aislamiento digital
El panorama actual de las plataformas digitales muestra limitaciones muy serias. Estos servicios han fallado en generar un nivel similar de unión social y ya no existe un fuego de campamento que reúna a toda la nación.
El sistema contemporáneo opera bajo una lógica de segmentación extrema. Los algoritmos nos ofrecen solo aquello que ya nos gusta o conocemos, lo que nos encierra en burbujas que limitan nuestra visión del mundo exterior. La personalización, aunque ofrece una diversidad de contenidos sin precedentes, diluye la posibilidad de una alfabetización social colectiva.
En la era de Netflix o TikTok, ya no compartimos una “vecindad” con el otro; consumimos nichos que refuerzan nuestra individualidad pero debilitan el tejido de lo común. Los expertos advierten sobre los peligros de esta fragmentación.
Antes, el diálogo en la oficina o la escuela era universal. Todos hablaban del mismo concurso o del mismo chiste del día anterior. Hoy, cada persona habita un universo narrativo distinto y solitario.
El fin de la plaza pública
La televisión de antaño no fue un simple aparato electrónico en casa. Debemos reconocerla como un agente de formación humana muy potente porque su influencia moldeó la forma en que amamos y convivimos.
Esta educación masiva funcionó bajo una paradoja muy compleja: consolidó jerarquías injustas pero ofreció consuelo a los más desfavorecidos. Fue el único pegamento social capaz de unir a una región herida.
Al perder estos referentes, el riesgo de atomización social se vuelve muy alto. El consumo digital nos separa en grupos pequeños y cerrados de opinión.
El resultado es una sociedad con acceso infinito a la información, pero con una alarmante carencia de narrativas compartidas que nos permitan, como antaño, entendernos como un cuerpo social unificado ante las crisis.
Juan Martín Flores Almendárez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
El fuego controlado, como este realizado en la provincia de Toledo, es necesario para revenir incendios, pero emite compuestos contaminantes.Diana Rodríguez, CC BY-SA
Solemos asociar el fuego al verano, pero durante buena parte del año también se trabaja para prevenir los incendios forestales. La gestión forestal se intensifica en las estaciones frías, cuando las condiciones son más seguras para aplicar fuegos técnicos en entornos controlados. Entre estas herramientas destacan las quemas prescritas, fundamentales para reducir el exceso de combustible vegetal.
Quema prescrita en la provincia de Albacete. Diana Rodríguez, CC BY-SA
Las quemas prescritas son incendios planificados de baja intensidad, realizados fuera de la temporada de alto riesgo, en condiciones meteorológicas determinadas (ventana de prescripción) y dirigidos por personal especializado. Su objetivo es eliminar parte del combustible acumulado y prevenir la propagación de futuros incendios forestales cuando llega el calor. Diversos estudios han demostrado que las áreas tratadas con quemas prescritas presentan una menor severidad si se declara un incendio.
El interés de aplicar este tipo de fuego técnico se hizo evidente el pasado agosto, cuando España sufrió una de las peores olas de incendios de los últimos años, sumando mas 390 000 hectáreas entre las diferentes comunidades autónomas.
Las condiciones que contribuyeron a aquella catástrofe son claras: altas temperaturas, abundante vegetación seca (combustible) tras una primavera húmeda y vientos intensos. El resultado fue la rápida expansión del fuego por zonas rurales, espacios naturales e incluso áreas habitadas.
Los incendios forestales tienen múltiples causas, desde la gestión del territorio hasta acciones humanas accidentales o provocadas. Sin embargo, el cambio climático intensifica su frecuencia y gravedad. Las olas de calor son más extremas, los periodos de sequía se prolongan y los ecosistemas se vuelven más vulnerables. Este conjunto de factores convierte al paisaje en un polvorín.
Más allá de los daños humanos y materiales, existe un impacto menos visible pero crucial: la degradación de la calidad del aire por el humo.
La prevención y extinción de incendios forestales es una actividad que implica riesgos significativos para la salud y la seguridad de los equipos de intervención. Aunque las quemas prescritas se realizan de forma planificada y bajo condiciones controladas, ambas situaciones, quemas prescritas e incendios forestales, generan contaminantes atmosféricos. Evidentemente, en menor cantidad en las primeras.
Aunque existen equipos de protección respiratoria capaces de filtrar tanto partículas como gases, su uso prolongado no siempre es viable. El calor, el esfuerzo físico de los bomberos y la compatibilidad con otros elementos de protección hacen difícil llevarlos durante toda la operación de extinción del incendio.
Dispositivo para medir los compuestos orgánicos volátiles emitidos. Diana Rodríguez, CC BY-SA
Para evaluar el riesgo que las quemas prescritas suponen para los bomberos, llevamos a cabo una investigación midiendo compuestos orgánicos volátiles (COVs) en dos quemas prescritas, una en Albacete (16 hectáreas) y otra en Toledo (2 hectáreas). En Castilla-La Mancha, estas prácticas son implementadas por el plan infocam.
Los COVs medidos en el humo pertenecen principalmente a tres grupos de compuestos:
Oxigenados, con concentraciones de 2 034 µg/m³ en Albacete y 1 663 µg/m³ en Toledo. Entre ellos destaca el ácido acético, que produce irritación de ojos y piel y daños respiratorios.
Aromáticos, con niveles de 388 µg/m³ en Albacete y 125 µg/m³ en Toledo. Destaca el benceno, cancerígeno y sin nivel seguro de exposición.
Nitrogenados, con valores de 142 µg/m³ en Albacete y 24 µg/m³ en Toledo. En este caso destaca el acetonitrilo, que causa irritación de vías respiratorias y síntomas como náuseas o mareos.
Como era de esperar, las concentraciones fueron más elevadas en la quema prescrita de mayor superficie, en Albacete. En un incendio real, estas concentraciones serían considerablemente más altas y peligrosas, tanto para los equipos de extinción como para la población expuesta al humo.
Incluso el fuego controlado reduce la calidad del aire
Las quemas prescritas son una herramienta imprescindible para reducir el riesgo de incendios forestales cada vez más intensos. Aun así, incluso el fuego controlado deteriora la calidad del aire y expone a los servicios de extinción a contaminantes que no siempre pueden evitar por completo, ya que los equipos de protección respiratoria son difíciles de utilizar en condiciones reales de trabajo.
Por eso, además de mejorar la protección disponible, es fundamental apostar por una gestión forestal que reduzca la carga de combustible y haga los paisajes más resilientes. Solo así podremos disminuir los riesgos para los ecosistemas y para las personas que trabajan en su defensa. Esto incluye, además de quemas prescritas, actuaciones como aclarar y desbrozar la vegetación (tratamientos selvícolas), usar ganado para reducir matorral (pastoreo dirigido) y crear paisajes más variados y menos continuos (paisajes en mosaico).
Este artículo ha sido elaborado en colaboración con Marta Cuerva del Álamo, contratada a cargo del Programa Investigo.
Diana Rodríguez Rodríguez recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, referencia PID2024-155536OB-I00 y del Plan Propio de Investigación (UCLM), referencia 2025-GRIN-38481
Beatriz Pérez Ramos recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, referencia PID2024-155536OB-I00; de la Consejería de Educación, Cultura y Deportes (JCCM), referencia SBPLY/23/180225/000118/2; y del Plan Propio de Investigación (UCLM), referencia 2025-GRIN-38496.
Alfonso Aranda Rubio y Bernabé Ballesteros Ruiz no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By María Ángeles Bonmatí Carrión, Profesora Ayudante Doctora en Departamento de Anatomía y Psicobiología Universidad de Murcia, Universidad de Murcia
El despertador (reubicado, como tantos otros artilugios, en el teléfono móvil) suena implacable de lunes a viernes, generalmente antes de lo que nos gustaría. Y cada vez que claudicamos ante su llamada y nos levantamos, generalmente sin el suficiente descanso, evocamos una frase que nos alivia: “Ya dormiré el fin de semana”.
Dormir poco entre semana y darse un atracón el sábado y el domingo –o simplemente dormir lo que el ritmo entre semana no nos permite– es un hábito tan extendido que incluso tiene nombre en inglés: catch-up sleep. Algo así como ponerse al día o recuperar el sueño perdido. Más allá de constatar lo buenos que son los anglosajones poniendo nombre a ciertos hábitos, ¿refleja una realidad fisiológica? ¿Podemos recuperar el sueño durante el fin de semana?
Para responder a estas preguntas, primero debemos entender qué sucede mientras dormimos, y qué mecanismos regulan cuánto debemos dormir cada noche para que todo funcione correctamente.
Mientras dormimos: hormonas, conexiones neuronales y limpieza de residuos
Durante el sueño ocurren distintos procesos que lo convierten en algo fundamental para la vida. En primer lugar, mientras dormimos aumenta la síntesis de proteínas estructurales que reparan nuestros tejidos. Por otro lado, también se produce la secreción de hormonas y factores de crecimiento que van orientando estos procesos de reparación.
Además, al dormir nuestro sistema inmunitario se entrena. Las conexiones entre neuronas también se perfilan durante el sueño, destruyendo unas y afianzando otras, lo que da lugar a la consolidación de la memoria, borrando unos recuerdos y potenciando otros. Y también ocurre algo en el cerebro que es fundamental para la regulación del sueño: la reducción de metabolitos como la adenosina y la limpieza de residuos como la proteína beta amiloide.
Y es que uno de los procesos que regulan el sueño, el homeostático, consiste precisamente en detectar la cantidad de adenosina en el cerebro, una sustancia que se produce mientras estamos despiertos. A más adenosina, mayor propensión al sueño. Se puede decir que actúa como un reloj de arena, midiendo el número de horas que llevamos despiertos y, también, dictando cuántas debemos dormir. Y lo hace combinado con el proceso circadiano, que se centra en “programar” cuándo dormir.
¿De qué va a depender? Probablemente, el origen de estas diferencias esté en la genética, que puede determinar lo que los anglosajones (recordemos que son muy buenos en esto de poner nombres) llaman short sleepers y long sleepers. Algo así como dormidores de corta y larga duración. Los primeros tendrían suficiente con alrededor de 6 horas de sueño, mientras que la fisiología de los segundos requeriría pasar más de 8 horas con Morfeo. Así, la genética puede determinar factores como la velocidad de limpieza de metabolitos como la adenosina. Si el sistema es rápido, probablemente nos demandará menos horas de sueño nocturno que si es un poco más lento.
Por lo tanto, no hay un número fijo y universal de horas que toda persona necesite dormir cada día, sino que “lo suficiente” dependerá de cada cual. Y la mejor forma de saber si estamos durmiendo lo que necesitamos es evaluando nuestro propio bienestar diario. Si tenemos un rendimiento físico y cognitivo adecuados, un buen estado de ánimo para afrontar los problemas del día a día y, en definitiva, no sentimos que, al despertar, el día ya nos viene grande, podemos tener cierta confianza en que estamos durmiendo lo suficiente.
¿Se recupera el sueño perdido?
El problema es que, a menudo, y por distintas causas, no damos a nuestra fisiología el tiempo necesario para completar el proceso de limpieza y reparación que se produce durante el sueño. Y nos levantamos sintiendo que el día, o los días que quedan de semana, son cimas que cada vez nos cuesta más alcanzar. Y entonces aparece el famoso pensamiento: “Ya dormiré en fin de semana”.
Luego, el fin de semana llega y, efectivamente, dormimos más, confiando en que así recuperaremos el sueño perdido, como si le debiéramos algo a nuestro cuerpo que estamos dispuestos a pagar el sábado y el domingo. ¿Pero conseguimos así saldar esa deuda?
Existen varias líneas de investigación sobre el catch-up sleep. Una de ellas trata de establecer sus posibles efectos sobre la salud mental. En este caso, un reciente estudio parece apuntar a cierta reducción de los síntomas diarios de depresión. Hay que tener en cuenta, no obstante, que la evidencia en este aspecto limita los posibles beneficios a un máximo de 2 horas de diferencia entre días de semana y fin de semana. Por otro lado, cabría preguntarse si no disminuirían estos síntomas en igual o mayor medida durmiendo lo suficiente cada día.
Sin embargo, el sueño insuficiente se ha relacionado con otros muchos problemas de salud: alteraciones metabólicas, cardiovasculares, cognitivas, envejecimiento prematuro, e incluso con algunos tipos de cáncer. ¿Con el sueño que pretendemos recuperar durante el fin de semana conseguimos compensar el perjuicio causado en el día a día?
Nuestra fisiología, regulada en gran medida por el sistema circadiano (controlado por un “reloj” que dura aproximadamente un día), entiende de periodos de 24 horas, del día a día con sus noches. Pero no distingue días laborables de días libres, ni identifica cuándo es fin de semana. Es decir: el metabolismo responde a patrones diarios, no a promedios semanales.
Además, alternar periodos de sueño insuficiente con intentos de “recuperación” periódicos puede provocar cronodisrupción, lo que se conoce como jet lag social. Así que, con lo que sabemos hasta ahora, podemos afirmar que no es posible compensar el daño acumulado en la salud metabólica durmiendo más el fin de semana: la falta de sueño diaria no se corrige con descansos ocasionales.
Mantener una rutina diaria que nos permita dormir lo suficiente es una necesidad fisiológica. Y debemos evitar caer en la tentación del “ya dormiré en fin de semana” o, en su versión más tétrica, el “ya dormiré cuando me muera”.
María Ángeles Bonmatí Carrión recibe fondos en la actualidad de Fundación Séneca, Instituto Murciano de Investigación Biosanitaria y la Sociedad Española del Sueño. La publicación es parte de la actuación 22653/PI/24, financiada por FSRM/10.13039/100007801.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Paloma Bravo-Fuentes, Profesora ayudante doctora del área de Didáctica de la Expresión Musical, Universidad de Málaga
Hace unos años, probé un microrritual muy simple en mis clases de la universidad: empezar cada sesión con una breve escucha musical elegida por el propio alumnado y comentada en los cinco minutos posteriores. No es “música de fondo”, sino un momento intencional que ordena la atención, otorga voz a quien aprende y genera cohesión de grupo.
Con 255 estudiantes de primer curso de los grados en Educación Infantil y Primaria de la Universidad de Jaén pude observar mejoras en la motivación, la participación, el sentido de pertenencia al grupo y una percepción de menor estrés con un clima relajado en el aula. Los resultados de esta intervención muestran que favorece el ambiente y la concentración; además de no tener ningún coste económico, está al alcance de cualquier docente.
Una bienvenida ritualizada
Al inicio de cada clase, un estudiante distinto compartía una canción con la que se identifica por su estado de ánimo, recuerdos o identidad. Escuchábamos entre minuto y minuto y medio, y después quien la proponía explicaba por qué la había elegido.
Ese gesto, repetido semana a semana, se convirtió en nuestra “bienvenida ritualizada” que marcaba una transición clara entre asignaturas, bajaba el ruido inicial y alineaba a todo el grupo en una misma actividad breve, significativa y cercana a su contexto compartiendo entre iguales.
Impacto emocional y social
La música seleccionada por cada persona regula mejor el estado de ánimo que la impuesta por terceros; además, hay estudios relacionan la escucha musical con la reducción del estrés y la mejora del bienestar general.
En el plano social y cognitivo, compartir una canción propia humaniza, da voz y activa la atención sostenida para iniciar la clase. El resultado es un arranque de sesión más intencional y una clase que “empieza” de verdad para todo el grupo.
Así, un acto tan breve y tan sencillo como escuchar juntos una canción mejoró la motivación, la participación, la atención durante la explicación y las actividades. Compartir una canción propia y escuchar la de otras personas también ayuda a sentirse reconocido y respetarse mutuo, especialmente útil en grupos de primero que empiezan a conocerse e interactuar.
El climaemocional de la clase mejoró sensiblemente. Estos hallazgos son coherentes con trabajos de la literatura científica que vinculan la música, las emociones y la disposición hacia el aprendizaje.
Salud mental universitaria
Los campus afrontan el doble reto de mejorar el rendimiento y cuidar el bienestar del alumnado. Intervenciones de coste cero y alta aceptabilidad como este ritual musical pueden ofrecer un punto de partida realista para docentes que buscan encender la motivación, reducir el estrés y acercarse a sus estudiantes desde el primer minuto de clase.
No es necesario que sea obligatorio (quien no quiera proponer puede abstenerse sin justificarlo), ni dedicar más de 30 segundos para explicar por qué esa canción. El tiempo de escucha ha de ser en “primer plano”, sin tareas simultáneas. Finalmente, el comentario o debate en grupo sobre qué siente el grupo con esa canción, si les gusta o no, no debe alargarse.
Si aparecen letras controvertidas, es muy interesante tratarlas como oportunidad para el desarrollo del pensamiento crítico en el alumnado, tal como hacen estudios previos en la etapa de primaria.
En un contexto donde la presión académica y la desconexión emocional son frecuentes, dedicar tres minutos a escuchar y compartir se revela como una inversión poderosa en bienestar y motivación. No requiere recursos ni formación específica: solo la voluntad de escuchar –literal y simbólicamente– a quienes aprenden.
Entender cuándo y cuánto aplicarlos
Ahora bien, como cualquier práctica constante, su eficacia puede no ser indefinida. Es razonable pensar que estos microrrituales funcionan especialmente bien cuando son novedosos y cuando cumplen una función clara de acogida y cohesión; por ejemplo, durante las primeras semanas de clase o hasta que todo el grupo ha tenido ocasión de proponer su canción.
Más adelante, pueden perder parte de su impacto o transformarse en un hábito automático. En ese sentido, su valor no está tanto en mantenerse todo el semestre como en saber cuándo activarlos, pausarlos o variarlos según el momento del grupo.
Afinar la escucha
Esta lógica abre la puerta a otros microrrituales educativos de naturaleza similar: breves, intencionales, de bajo coste y centrados en dar voz al alumnado. Por ejemplo, comenzar la sesión con una imagen significativa comentada en un minuto, con una pregunta personal vinculada al contenido de la asignatura, con una frase elegida por el grupo o con un breve ejercicio de atención conjunta. No es necesario haberlos probado para intuir que participan de un mismo principio: marcar el inicio de la clase como un espacio distinto, cuidado y compartido.
Si la universidad aspira a formar personas y no solo profesionales, quizá el primer paso no sea añadir más contenidos, sino afinar la escucha. A veces, cambiar el clima de un aula no exige grandes reformas, sino pequeños gestos repetidos con sentido.
Paloma Bravo-Fuentes no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
*Au Bain des Dames*, César 2026 du meilleur court-métrage documentaire, de Margaux Fournier.Caviar Paris/Les films de Nout
Entre renouvellement des imaginaires, persistance de stéréotypes et émergence de nouvelles formes de narration, les représentations de la sexualité des personnes âgées au cinéma et dans les séries révèlent l’évolution de notre rapport collectif au vieillissement et au désir.
La saison des cérémonies de récompenses se termine, et en regardant dans le rétroviseur, une tendance se dessine : la vieillesse a désormais sa place au cinéma, y compris dans les œuvres primées.
Amy Madigan est couronnée à 75 ans pour son rôle de vieille femme terrifiante dans Évanouis de Zach Cregger ; le César du meilleur court-métrage documentaire a été attribué au Bain des Dames, de Margaux Fournier. Sans oublier le succès du film Maspalomas, de Jose Mari Goenaga et Aitor Arregi aux Goya – marqué notamment par le prix du meilleur acteur pour José Ramon Soroiz, lui aussi âgé de 75 ans.
Mais cette visibilité nouvelle ne se limite pas à une simple reconnaissance des personnes âgées : elle révèle un déplacement plus profond des représentations. Dans Au Bain des Dames ou Maspalomas, c’est en effet la sexualité de personnes de plus de 70 ans qui est mise en scène, sujet longtemps relégué aux marges, voire frappé d’invisibilité. La production audiovisuelle apparaît ainsi comme un espace privilégié pour interroger les normes sociales, bousculer les tabous liés à l’âge et redéfinir les contours de l’intimité à un âge avancé.
La sexualité des vieux : un impensé et un « in-montré » jusqu’à la fin des années 2000
Aborder la question du vieillissement impose souvent de définir une catégorie d’âge. Exercice de haute voltige tant la vieillesse – comme la jeunesse – est une période de la vie, d’une part relativement longue, et, d’autre part vécue différemment par les individus. Comment peut-on créer des catégories figées là où il semble qu’il y ait plus quelque chose de l’ordre du continuum ponctué de moments de bascule ? Comment passe-t-on du jeune retraité dynamique au résident d’Ehpad ? Les fictions s’embarrassent rarement de ce type de précision et s’appuient sur un certain nombre de symboles – et thématiques – pour caractériser la vieillesse du personnage.
Pendant longtemps, jusqu’à la fin des années 2000, la sexualité n’apparaît pas comme l’une de ces thématiques. Elle est plutôt un « impensé » de la vieillesse, comme le dit la sociologue Rose-Marie Lagrave, constatant que « la sexualité des vieux reste honteuse, cachée, réprimée et reléguée dans les coulisses de la société ». Elle poursuit sa réflexion en considérant que « seules les fictions romanesques semblent ménager un espace transgressif à des aveux impossibles ».
Peut-être pourrait-on élargir son propos aux fictions audiovisuelles. Ainsi, en 2012, la chercheuse en sciences de l’information et de la communication Ariane Beauvillard, dans son livre sur la vieillesse dans les films et séries françaises, note dans sa conclusion une « nouveauté qui apparaît depuis ces dernières années : quasiment absente ou cantonnée à quelques références et légères suggestions, la sexualité du troisième âge s’insère progressivement dans les films qui traitent de la vieillesse ». Elle cite alors plusieurs films français, dont Ensemble, c’est tout, de Claude Berri (2007), Faut que ça danse !, de Noémie Lvovsky (2007), les Invités de mon père, d’Anne Le Ny (2010), ou encore les Petits Ruisseaux, de Pascal Rabaté (2009). Elle ne fait pas mention du cinéma international mais, à ce moment-là, sont également sortis le film sud-coréen Trop jeunes pour mourir, de Park Jin-pyo (2002), et le film allemand Septième Ciel, d’Andreas Dresen (2008).
Si désormais les jeunes retraités ne surprennent plus vraiment lorsqu’ils vivent des histoires d’amour et de désir, la génération des plus de 70 ans, elle, s’impose à son tour sur le terrain de l’intime.
Un renouveau des représentations de la sexualité dans le bel âge
Depuis 2010, de nouveaux exemples de films montrant la sexualité des plus âgés, notamment des femmes, émergent tant dans le cinéma français – Elle s’en va, d’Emmanuelle Bercot (2013), avec Catherine Deneuve à l’aube de ses 70 ans ; Rose, d’Aurélie Saada (2021), avec Françoise Fabian âgée de 86 ans ; les Jeunes Amants, de Carine Tardieu (2022), avec Fanny Ardant âgée de 70 ans – qu’international – citons Mes rendez-vous avec Leo, de la Britannique Sophie Hyde (2022), ou Mon gâteau préféré, des Iranien·es Maryam Moghadam et Behtash Sanaeeha (2025).
Les séries télévisées ne sont pas en reste, sans toutefois que le sujet y soit le thème principal. Si la série HBO Tell me you love me (2007) ouvrait la voie et montrait frontalement la sexualité de différents couples, dont un couple de septuagénaires, Netflix a également investi la thématique avec l’emblématique Grace & ; Frankie (2015-2022) interprétée par Jane Fonda et Lily Tomlin, ou la Méthode Kominski (2018–2021) avec Michael Douglas. Citons aussi la série multirécompensée HBO Hacks (2021-) dans laquelle on suit la vie sexuelle du personnage principal, Deborah Vance, humoriste vieillissante qui doit se réinventer.
De l’intérêt de montrer la sexualité avec des personnages âgés
Enjeux amoureux, quête intime et individuelle, parcours initiatique, questionnement des normes, relations de pouvoir… La sexualité offre des possibilités narratives variées. Lorsqu’elle est mise en scène à travers des personnages âgés, elle permet de revisiter, sous un angle renouvelé, des peurs à la fois intimes et universelles, souvent associées à la « première fois » ou à la redécouverte du plaisir. Ainsi, dans Rue Málaga (2026), de Maryam Touzani, lorsque Carmen Maura évoque un plaisir qu’elle croyait perdu après des années d’abstinence, l’identification ne passe pas tant par l’âge du personnage que par sa position de « débutante » : une expérience à laquelle chacun peut se rattacher, quel que soit son âge.
La vieillesse enrichit la représentation de la sexualité en ouvrant de nouvelles perspectives narratives. C’est notamment le cas dans la série Septième Ciel (2023), d’Alice Vial, créée par Clémence Azincourt, où Jacques et Rose, résidents en maison de retraite, se libèrent des injonctions de performance. Leur relation laisse davantage de place à la sensualité, à la lenteur et à des formes de plaisir qui dépassent la seule pénétration.
L’âge devient ainsi un levier pour renouveler le traitement de la sexualité et interroger les normes qui encadrent à la fois la vieillesse et la sexualité. On peut établir un parallèle avec les Teen Series, qui peuvent participer de l’éducation sentimentale et sexuelle – comme l’a montré la chercheuse Dominique Pasquier à propos de Hélène et les Garçons. Ces fictions, qui mettent en scène des sexualités maladroites, imparfaites, parfois drôles ou non hétérosexuelles, ne s’adressent pas uniquement aux adolescents. Elles attirent un public plus large, en quête de représentations diversifiées et moins normatives, permettant de redéfinir ce qui est perçu comme « normal », « acceptable » ou simplement possible.
Les réalisatrices semblent s’emparer avec une attention particulière de cette thématique, en mettant en scène des femmes qui vieillissent sans renoncer au désir, comme en témoignent les exemples cités. Ce mouvement est particulièrement visible dans les séries. Toutefois, réduire cet élan vital à la seule dimension de la sexualité serait insuffisant. Le renouvellement des représentations passe aussi par la mise en avant de trajectoires professionnelles et sociales actives.
Des séries comme les Enquêtes de Vera, Harry Wild ou Céleste, illustrent cette évolution : leurs héroïnes, loin des figures stéréotypées de la vieillesse, continuent de travailler et de s’inscrire pleinement dans le monde. En somme, les fictions contemporaines contribuent à redéfinir les contours du vieillissement féminin, en montrant qu’une femme d’un âge avancé ne se résume plus à une figure de grand-mère isolée, mais peut incarner une pluralité de rôles, de désirs et de possibles.
Manon Cerdan ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.
Entre le monde du luxe et celui de l’art, les ponts sont de plus en plus nombreux. Que vont chercher les groupes du luxe dans les musées ? Qu’y gagnent-ils réellement ? Et, surtout, comment analyser ce rapprochement entre deux univers autrefois séparés ?
Fondations d’art contemporain, expositions patrimoniales, collaborations artistiques, flagships conçus comme des musées… Le rapprochement entre luxe et art constitue aujourd’hui une infrastructure majeure du capitalisme culturel. La Fondation Louis-Vuitton à Paris, la Fondazione Prada à Milan, la Pinault Collection (Bourse de commerce) ou la Fondation Cartier participent d’un redéploiement stratégique du luxe dans l’espace institutionnel de la culture.
Présentée comme une évidence, cette convergence mérite pourtant d’être interrogée. Elle signale une transformation plus profonde : la neutralisation progressive des frontières symboliques entre création, exposition et valorisation marchande.
Renforcer la cohérence des marques
Dans un environnement saturé d’images, de références et de collaborations, la puissance d’une marque ne tient plus seulement à sa capacité de créer des objets, mais à sa faculté d’organiser un monde. Gucci sous Alessandro Michele ne proposait pas simplement des vêtements : la maison déployait un univers dense, traversé de citations artistiques et de réminiscences historiques.
Prada, à travers la Fondazione Prada, ne se contente pas de soutenir la création contemporaine ; elle articule expositions, architecture et collections dans une continuité esthétique qui renforce la cohérence de la marque. La maison de luxe ne se définit plus seulement comme créatrice, mais comme instance de sélection, de hiérarchisation et de mise en relation.
Curation et autorité
Pour comprendre cette mutation, il faut revenir à la question de l’autorité, dont la curation constitue aujourd’hui une expression privilégiée. Les grandes maisons se sont dotées de fondations et investissent l’art, le design, la gastronomie ou l’édition. Leur crédibilité repose désormais sur leur capacité à se poser comme instances dotées d’une autorité symbolique. Dans sa conférence de 1969, « Qu’est-ce qu’un auteur ? », Michel Foucault montre que l’auteur n’est pas d’abord un individu créateur, mais une fonction discursive : un principe d’unité, de cohérence et de légitimation des discours.
C’est précisément cette fonction que les marques de luxe cherchent aujourd’hui à endosser. Face à la fragmentation culturelle, à l’accélération des tendances et à la prolifération des signes, la production incessante de nouveautés ne suffit plus à faire autorité. La marque devient alors moins créatrice que curatrice. La curation constitue ainsi une réponse stratégique à une crise d’autorité. Il s’agit de fonder un principe de cohérence dans un univers où les hiérarchies du goût se délitent. On passe d’une autorité fondée sur le jugement à une autorité fondée sur l’agencement.
L’économie de l’enrichissement : produire de la valeur par le récit
Les sociologues Luc Boltanski et Arnaud Esquerre ont montré que le capitalisme contemporain ne crée plus seulement de la valeur par la production industrielle, mais par un processus d’enrichissement : les objets voient leur valeur accrue lorsqu’ils sont inscrits dans un récit, une généalogie, un dispositif patrimonial. La marchandise est ainsi requalifiée par contextualisation. Sa valeur dépend de sa capacité à être enchâssée dans une histoire.
Le luxe constitue un terrain exemplaire de cette dynamique. Les expositions Dior au musée des Arts décoratifs à Paris ou au Victoria & Albert Museum à Londres en offrent une illustration claire. Les robes deviennent archives, jalons d’une histoire stylistique et incarnations d’un héritage fondateur. La scénographie mobilise la chronologie, la figure tutélaire de Christian Dior et les filiations entre directeurs artistiques successifs. Le produit est recontextualisé comme œuvre ; il est extrait symboliquement de la logique du prêt-à-porter pour entrer dans celle du patrimoine.
Médiapart, 2018.
La valeur issue de l’histoire racontée
Hermès mettait autrefois en scène son Festival des métiers, où les artisans exposaient leur savoir-faire en public. Aujourd’hui, cette logique se poursuit sous d’autres formes, comme le festival Transforme porté par la Fondation d’entreprise Hermès, qui met en relation artistes, publics et métiers. Dès lors, la valeur ne tient plus seulement à la matière, mais à l’histoire : celle d’un savoir-faire transmis et d’une tradition préservée. Même les produits les plus contemporains, comme les sneakers de luxe ou les éditions limitées issues de collaborations streetwear, sont désormais accompagnés de narrations détaillées : références à l’architecture brutaliste, à l’art minimal, à la culture hip-hop ou aux archives de la maison.
Ainsi, un objet comme le Dior Medium Book Tote « Les Fleurs du Mal ») apparaît sur StockX non comme un simple accessoire, mais comme un produit déjà enchâssé dans un imaginaire littéraire et patrimonial qui voisine avec d’autres modèles intitulés Bonjour tristesse, Dracula, Les liaisons dangereuses, et même Madame Bovary ! Le produit ne vaut plus seulement par sa matière, sa rareté ou son usage, mais par le faisceau d’associations culturelles qui l’accompagne. L’objet est enchâssé dans un dispositif discursif.
Cette généralisation produit un effet paradoxal. Si tout peut être patrimonialisé, si toute collection devient archive potentielle, si toute collaboration devient événement culturel, qu’est-ce qui distingue encore l’œuvre de l’objet commercial ? L’enrichissement généralisé tend à homogénéiser les régimes de valeur. La différence entre l’art comme espace critique et la marchandise comme objet d’échange se trouve fragilisée par la capacité du capitalisme à digérer le récit patrimonial.
Hybridation des espaces : boutique-musée, musée-vitrine
Cette dynamique ne concerne pas seulement les objets ; elle affecte également les espaces. La Fondazione Prada à Milan, conçue par Rem Koolhaas, constitue un exemple emblématique. Installée dans une ancienne distillerie industrielle, elle propose des expositions, des cycles de cinéma et des conférences, tout en participant à la stratégie globale de la marque. À Paris, la Fondation Louis-Vuitton qui est abritée dans un bâtiment signé Frank Gehry, joue un rôle analogue. L’architecture elle-même fonctionne comme capital symbolique. Les expositions internationales et la programmation ambitieuse contribuent à produire un halo culturel autour de LVMH. Le mécénat ne se réduit pas à un geste philanthropique : il s’inscrit dans un écosystème de valorisation.
Inversement, les musées adoptent progressivement des logiques proches de celles des marques. Les expositions immersives consacrées à Van Gogh, Klimt ou Monet transforment l’expérience de la contemplation en un spectacle sensoriel. Le visiteur est invité à vivre une expérience plutôt qu’à exercer un jugement esthétique. Le Musée des Arts décoratifs fonctionne comme une plate-forme particulièrement révélatrice de cette hybridation.
Les expositions consacrées à Yves Saint Laurent, Dior ou Jean Paul Gaultier ou Schiaparelli ne sont pas de simples hommages historiques. Elles opèrent comme dispositifs de certification culturelle. La maison exposée accède au statut d’acteur patrimonial ; le musée bénéficie en retour d’une fréquentation massive et d’une visibilité médiatique accrue. On observe ainsi une convergence structurelle : la marque adopte les codes de l’institution ; l’institution adopte des logiques d’« événementialisation », de visibilité et de dépendance au mécénat proches de celles de la marque.
Le luxe comme condition matérielle de l’institution artistique
Le rapprochement entre luxe et art ne peut être compris indépendamment des transformations du financement culturel. En France, la loi du 1ᵉʳ août 2003 relative au mécénat – dite loi Aillagon »- – du nom du ministre de la culture qui la fit voter – constitue un tournant décisif. En permettant aux entreprises de bénéficier d’une réduction d’impôt de 60 % du montant de leurs dons, elle a favorisé l’essor du mécénat d’entreprise. Les grands groupes du luxe figurent désormais parmi les principaux financeurs du secteur culturel.
Cette intervention s’inscrit dans des stratégies de long terme : création de fondations, partenariats structurants, financement d’expositions majeures, soutien aux acquisitions patrimoniales. Elle modifie en profondeur les conditions de possibilité de l’activité muséale. Historiquement, le musée public s’est construit comme un espace d’autonomie relative, fondé sur une séparation entre valeur artistique et valeur marchande. Comme l’a montré Pierre Bourdieu dans les Règles de l’art, le champ artistique repose sur une tension constitutive entre logique économique et logique symbolique. Or la dépendance croissante aux financements privés reconfigure cette tension.
Une interdépendance croissante
La sociologue Raymonde Moulin avait déjà mis en évidence cette interdépendance croissante entre institutions muséales et marché. Les musées consacrent les œuvres ; le marché finance les institutions. Lorsqu’une maison de luxe bénéficie d’une rétrospective dans une institution prestigieuse, l’exposition agit comme un dispositif de certification symbolique : elle inscrit la marque dans l’histoire de l’art et renforce son capital symbolique. Le luxe n’est plus seulement un objet exposé : il devient un acteur structurel du financement culturel.
Le cas de la Fondation Maeght illustre une mutation plus large encore du champ artistique. Créée en 1964 comme fondation privée indépendante, entièrement financée à l’origine par Aimé et Marguerite Maeght, elle incarnait un modèle d’autonomie rare dans le paysage culturel français. Or, confrontée à la hausse des coûts, à la concurrence internationale et à la contraction relative des financements publics, la fondation a dû adapter son modèle économique. Les récents travaux d’extension – financés à près de 70 % par des fonds privés – ainsi que l’accueil d’événements liés au monde de la mode, comme le défilé Jacquemus en 2024, témoignent de cette évolution.
Ce mouvement n’est pas spécifique à Maeght : il traduit une transformation structurelle du champ artistique, dans laquelle même les institutions historiquement autonomes doivent désormais composer avec des partenariats et des ressources issues du marché.
Le 19M (2025). Le 19M est un lieu parisien soutenu par la maison Chanel.
Comme l’ont montré Tony Bennett et Carol Duncan, il ne se contente pas d’exposer des objets : il institue un espace ritualisé qui transforme leur statut. L’objet exposé est extrait – au moins en apparence – des circuits ordinaires de l’échange marchand. Cette séparation n’est jamais totale, mais elle demeure structurante. Elle maintient la fiction d’une extériorité de l’art par rapport à la marchandise.
De manière analogue, le luxe a longtemps reposé sur une logique de séparation. La boutique Chanel rue Cambon, la maison Hermès du faubourg Saint-Honoré ou Cartier place Vendôme n’étaient pas de simples points de vente. Architecture, mise en scène des vitrines, vocabulaire et dispositifs de seuil participaient de leur puissance symbolique. Or, cette séparation s’est progressivement évaporée.
Une valeur expérentielle
À la Fondation Louis-Vuitton ou à la Fondazione Prada, l’architecture spectaculaire, la programmation « curatoriale », les cafés design, les librairies spécialisées et les terrasses panoramiques composent un écosystème sensoriel complet. Les flagships intègrent des installations artistiques et des espaces culturels. Le client y circule comme dans une galerie. Inversement, les expositions Dior ou Schiaparelli au Musée des Arts décoratifs génèrent des files comparables à celles d’un lancement de produit. L’exposition devient événement, expérience partageable. Ce qui compte n’est plus tant l’objet que la charge affective et narrative qui l’accompagne. La valeur devient expérientielle.
Mais cette logique expérientielle entre en tension avec la structure historique du luxe. Le luxe supposait un dehors : un espace dont l’accès n’était ni immédiat ni indifférencié. Or, à force de tout rendre connectable – art, patrimoine, gastronomie, design, culture populaire – le luxe tend à dissoudre cette extériorité. Il se transforme ainsi en dispositif d’intensification esthétique de la marchandise. Il ne produit plus une distance mais un flux.
Or, sans frontière, il n’y a plus véritablement d’institution. Il n’y a que des dispositifs de circulation et d’agrégation d’affects. Le luxe pourrait alors ne devenir qu’une émotion esthétique immédiatement convertible en transaction. La question décisive devient alors de savoir comment instituer de la valeur durable dans un monde où tout peut être exposé, connecté, partagé et vendu. Autrement dit, le luxe peut-il survivre à la disparition du dehors symbolique qui le fondait ?
Benoit Heilbrunn ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.
Cultural heritage is constantly under threat. In recent years, we’ve witnessed the destruction of museums, archives and libraries around the world — from wildfires in California to bombing in Gaza and wars in Ukraine and Iran.
Meanwhile, book scientists are working tirelessly with an array of technologies — including microscopes, multispectral imaging and artificial intelligence — to recover, understand and preserve many valuable ancient texts.
This approach transforms what we can know about the past, as we learn how old books were made and how they change over time. It also helps us to care for fragile collections at a moment when climate change and mass digitization are reshaping cultural heritage work.
I work in this space as a PhD student at the University of Toronto as part of the Old Books New Science Lab and the Matrix Functionalization and Phenotyping Lab. I collaborate with conservators and heritage scientists to study parchment manuscripts and imaging-based approaches to preservation.
From papyrus roll to palm leaf
Across cultures and millennia, “books” have taken many forms, each shaped by local materials and technologies.
A book can be a papyrus roll, a palm leaf manuscript or a clay tablet.
Books can be made from animal skins, stretched thin to provide a writing surface. They can include pigments ground from minerals and plants, or metallic inks that corrode the surface beneath them.
A 13th century Jewish manuscript held at the University of Toronto was recently transformed through the process of multispectral imaging — one of the most visible and compelling tools in book science.
This is a process whereby researchers take many images of a page at different wavelengths, including ultraviolet and infrared. When they combine these images, the faded inks, erased writing and water-damaged text can become legible again.
Excitingly, researchers at the Andrews Book Science Hub succeeded in using 16 wavelengths of light to reveal those lost words for scholars to ponder and research once more.
In moments like this, science gives damaged books a second chance to speak while also keeping them safe. We have the opportunity to glimpse into the past once again.
Collagen is durable, but sensitive. Heat, humidity and light can cause parchment to stiffen, shrink or slowly turn gelatinous. Under poor storage conditions, pages may warp, become brittle or translucent, sometimes beyond repair.
With microscopes, researchers can now study collagen fibres at microscopic scales and detect early signs of deterioration long before damage is visible to the eye. That information helps conservators determine which manuscripts are most at risk and how environments can be adjusted to slow decay.
Scientific tools don’t just serve specialists. They also expand access.
Artificial intelligence systems are increasingly being trained to help transcribe difficult scripts (handwriting fonts) and endangered languages found in manuscript collections.
For example, tools developed for reading Geʽez, the classical language of Ethiopian Coptic manuscripts, are helping scholars and religious communities engage more easily with texts that were previously difficult to decipher.
Combined with high quality imaging, these systems can dramatically reduce barriers to reading, teaching and sharing cultural heritage.
Old books, new discoveries
Many people will never hold an ancient manuscript or scroll. We encounter these objects in museums, libraries and online collections. Book science helps ensure that what we see — and what future generations will see — remains available.
It also reminds us that books record more than words. They preserve evidence of craft, trade, environment, human use and care. They are archives of biological and material history as much as intellectual history.
For anyone who loves books, museums or the past, this shift is profound. It means the next major historical discovery may not come from finding a new document, but from looking at an old one in a new way. This is book science.
Christina Dinh Nguyen does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
Source: The Conversation – Canada – By John P. Hayes, Postdoctoral Research Associate, Department of Political Science, University of Calgary
The Canada-United States-Mexico Agreement (CUSMA) comes up for review on July 1, 2026. Originally negotiated in 1992 as the North American Free Trade Agreement (NAFTA) and later re-negotiated in 2020, CUSMA has experienced a series of logistical and existential obstacles to its continuation, particularly during both presidencies of Donald Trump.
Since taking office for his second term, Canada and Mexico have suffered the ire of Trump, ranging from blanket tariffs to threats of annexation and invasion.
As a result, economic policy uncertainty is at historical highs in Canada, while in Mexico, the devaluation of the peso and a 10-25 per cent U.S. tariff on many Mexican goods has hit the economy hard.
Beneath the headlines are more muted negotiations over policy choices on matters of tariff exemption and content requirements for a range of sectors. While automobile manufacturing and steel steal the headlines, the critical minerals and energy sector is now at centre stage in the CUSMA review.
The efficient exchange of raw commodities and energy (both clean and fossil burning) is a priority of all three countries. North America’s capacity for mutually beneficial natural resource production is high, but there are confounding messages being disseminated by all three countries on their respective positions in the trilateral relationship.
In the months leading up to the start of the CUSMA review, logistical and existential challenges remain that will be difficult to overcome in trade negotiations. Frequent changes to tariff exemptions for CUSMA-compliant primary resource products is a major headache for companies, and a hindrance to good-faith negotiations.
The ongoing uncertainty caused by U.S. tariffs suggest that renewing CUSMA on existing terms is unlikely, and that will not help lower costs.
Ongoing uncertainty
The U.S. government recently announced their critical mineral strategy, which seeks to increase U.S. government ownership stakes in domestic mines and assert direct control over critical mineral pricing with foreign partners to counter China’s control over mineral refining. The U.S. and Mexico also launched an action plan on critical minerals to co-ordinate supply chain resilience in the minerals sector.
Commodities originating in Canada that were once covered under CUSMA and that are important for U.S. manufacturing, such as copper and potash, have been subject to fluctuating tariffs between 10 per cent and 25 per cent.
Similarly, Mexico is experiencing disruptions to their export-oriented trade of crude oil to the U.S. and dependence on imports of U.S. petroleum products.
These strategically important primary resources for energy generation and value-added goods will feel the impact of slow negotiations and prices will reflect this reality.
Even in the event of a favourable outcome for cross-border trade relations, the impacts of the trade war are wreaking havoc on energy markets and related downstream sectors.
Trilateral relations at a crossroad
While each country is approaching the CUSMA review differently, the existential implications are clear. As the war initiated by the U.S. and Israel drags on in Iran and pushes up global energy prices, the trilateral relationship has to contend with higher prices and global scarcities.
Carney’s speech at Davos in January 2026 laid clear Canada’s dual-pronged approach of seeking to salvage the agreement while also finding new markets for their primary resources.
Through the Building Canada Act, the Canadian government is working with provinces to streamline resource extraction and logistics to ship resources to Asian and European markets.
Mexico’s efforts to court new markets has been less aggressive, seeking instead to work on the relationship with the U.S. and increase infrastructure investments in the cross-border exchange of oil and gas products.
The original re-negotiation of the former NAFTA took more than nine months and eight rounds of trilateral talks.
There’s a large amount of risk to economic performance of North America, based on the agreement and the ongoing war between the U.S., Israel and Iran if the talks drag on. With the range of outcomes available to the trade partners, the trilateral relationship is at a crossroads.
John P. Hayes does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
Source: The Conversation – Canada – By Sandy Hershcovis, Associate Dean and Future Fund Professor in Equity, Diversity and Inclusion, University of Calgary
Most organizations have formal systems in place to stop sexual harassment, including policies, reporting procedures and codes of conduct.
Silence plays a central role in perpetuating these abuses. When concerns go unreported, complaints unaddressed or experiences minimized, harmful behaviour continues without consequence.
In many workplaces, employees are aware of what’s happening, but see speaking up as risky, often due to fear of suffering professional or social consequences.
Our recent research study, led by organizational behaviour professor Angela Workman-Stark, unpacks these processes. We focus on signals of silence — everyday cues that “hush” the problem of sexual harassment.
How silence is reinforced at work
Signals of silence are messages about what is expected, permissible or futile in the organization. They can be communicated by anyone: perpetrators, coworkers, complaint recipients, supervisors and others in positions of power. These silence signals work together to protect harassment in plain sight.
Our research looked at how this happens through three behaviours:
Staying silent: Employees choose not to intervene, report or acknowledge harassment when they know it’s happening. This goes beyond individual victims withholding complaints. It’s also about managers not confronting harassers and witnesses not speaking up.
Silencing others: Colleagues discourage complaints about harassment. This often shows up in well-meaning caution to victims: “You’ll hurt your career,” “it’s better to let it go,” or “just forget about it.” In some cases, pressure comes directly from the perpetrator.
Not listening: When concerns are raised, they are minimized or dismissed. Harassing conduct may be reframed as misunderstandings or overreactions, and conversations are redirected. Complaints may be buried.
The problem with these signals of silence: they fuel further sexual harassment.
Why existing approaches fall short
Policies and reporting systems matter, but they aren’t enough. Organizations have relied on these methods for years to solve the problem of sexual harassment, with little effect.
Encouraging individuals to speak up has limits in environments where doing so carries risk. When silence is reinforced by peers, supervisors and informal norms, single voices cannot compete.
What we studied
Through surveys of more than 3,700 people across five nations, we examined how silence operates in organizations and what interrupts it.
In the first set of studies, we found that harassment signals of silence comprise three interrelated elements: being silent, silencing others and not listening. These silences predict increases in sexual harassment over time.
In the second set, we collected data from two North American police departments to test whether frontline leaders can disrupt the dynamics of silence.
We found that when supervisors demonstrate ethical leadership in visible, everyday ways, signals of silence are less destructive.
Leaders that break the cycle
Our findings demonstrate that supervisors can lessen the adverse effects of silence on sexual harassment. They do this by transmitting four kinds of countersignals:
1. Practise fairness without favouritism.
Consistent, transparent decision-making helps create conditions where people are more willing to speak up. Selective accountability does the opposite, undermining speak-up culture. Effective leaders apply consequences regardless of rank or results. They recognize ethical behaviour as visibly as performance.
2. Demonstrate integrity and trustworthiness.
Leaders who keep promises, address difficult issues directly and act in line with stated values show that ethical standards are real rather than symbolic. Credibility is built through consistent actions over time, not statements alone.
3. Be explicit about expectations.
When expectations are unclear, employees rely on informal cues, which often favour silence. Leaders need to clearly define what behaviour is and isn’t acceptable. How results are achieved matters as much as the results themselves.
4. Take concerns seriously.
Leaders should give their full attention when someone raises a concern and avoid minimizing or reframing it. They should also follow up so the person knows they were heard and taken seriously. These actions send powerful messages that reach beyond the individual conversation.
Changing workplace norms
Middle managers and team leaders hold more power here than they realize. Front-line ethical supervisors can stop silence from feeding into sexual harassment — even in organizations rife with bad behaviour.
Every time a leader listens, acts and holds someone accountable, they send a message that travels farther than they realize.
Workplace culture changes through small, consistent, visible actions rather than paper policies. Over time, those actions shape expectations, and expectations become norms.
A norm of speaking up, once established, is hard to silence.
Sandy Hershcovis receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada.
Ivana Vranjes receives funding from Social Sciences and Humanities Research Council of Canada.
Lilia M. Cortina receives funding from the Andrew W. Mellon Foundation. She is a member of several committees convened by the National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine.
Zhanna Lyubykh receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada.