Source: The Conversation – (in Spanish) – By Antonio Tarín Pelló, Farmacéutico especializado en terapias antimicrobianas y modelos de predicción matemáticos, Universidad CEU Cardenal Herrera
La resistencia antimicrobiana es uno de los mayores desafíos de la medicina moderna. Cada año aumentan las infecciones y cada vez son más difíciles de tratar. Si no logramos actuar de forma efectiva, en 2050 podría ser la principal causa de muerte a nivel mundial.
Según el informe Global Burden of Disease Study, publicado en The Lancet, en 2019 se estimaron 4,71 millones de muertes asociadas a infecciones resistentes, 1,27 millones de ellas directamente atribuibles a esa causa. Son cifras que reflejan una crisis sanitaria creciente, impulsada no solo por el uso indebido de antibióticos en medicina y ganadería, sino también por la escasez de información sobre este problema de salud en la sociedad y por la falta de desarrollo de nuevos fármacos eficaces.
Diferencia de fases y tiempos entre el desarrollo de fármacos a partir de la síntesis de novo y el método de reposicionamiento de fármacos.
Otra estrategia menos conocida es el reposicionamiento de fármacos. Consiste en buscar, con ayuda de la IA y otras técnicas, nuevas aplicaciones terapéuticas para medicamentos o moléculas que ya se encuentran registrados y aprobados. Esto reduce el tiempo y el coste que supone el desarrollo de nuevos fármacos, porque son moléculas que han superado las fases iniciales de seguridad.
¿Antibióticos en antidepresivos?
En lo que se refiere a las enfermedades infecciosas, la estrategia de reposicionamiento ya ha identificado diversas moléculas con actividad antibiótica previamente desconocida. Por ejemplo, algunos antiinflamatorios como el diclofenaco y el ibuprofeno. Nuestra propia investigación ha detectado también esa actividad en antidepresivos y antipsicóticos.
Para este proceso es clave la aplicación de modelos de predicción matemáticos, que pueden anticipar la eficacia de compuestos contra microorganismos resistentes analizando grandes volúmenes de datos biomédicos. Por eso, los modelos que combinan IA y bioinformática son de gran interés para la industria farmacéutica que desarrolla nuevos fármacos.
Simulaciones que ahorran tiempo y recursos
En primer lugar, la IA puede simular interacciones entre fármacos y patógenos a nivel molecular, lo que permite anticipar cómo los microorganismos podrían desarrollar resistencia y ayudar a diseñar antibióticos más robustos. Estas simulaciones ahorran tiempo y recursos, además de proporcionar una comprensión más profunda de los mecanismos de resistencia.
Relaciones entre inteligencia artificial, machine learning y deep learning y cómo operan estos modelos.
Así, mediante el análisis de grandes bases de datos biomédicos –genes, proteínas, fármacos…–, los modelos basados en aprendizaje automático han predicho la actividad antibacteriana de compuestos como los análogos del péptido mastoparan derivados del veneno de avispa.
Otro enfoque exitoso ha sido la simulación molecular, que predice cómo “se mueve” una molécula al interactuar con la proteína de interés. Esta herramienta permitió identificar las propiedades antimicrobianas de algunos antihipertensivos, como el olmesartán y el valsartán, frente a bacterias patógenas como Pseudomonas aeruginosa o Streptococcus pneumoniae.
Además, los últimos avances exploran metodologías nuevas, como los estudios transcriptómicos (el estudio de genes de un organismo y la expresión de estos en proteínas y metabolitos) y el análisis topológico de datos. Este último, a pesar de tratarse de una estrategia “joven”, ha demostrado su utilidad en la identificación de potenciales antimicrobianos mediante el reposicionamiento de fármacos ya registrados por la Administración de Alimentos y Medicamentos estadounidense (FDA por sus siglas en inglés).
El potencial del análisis topológico
El análisis topológico de datos es un modelo de predicción matemático que aplica la geometría y la topología; es decir, a partir de los datos disponibles de una molécula crea un mapa, normalmente tridimensional, que recopila toda la información estructural y funcional de dicha molécula. Este método nos ha permitido identificar moléculas con potencial antibiótico tras identificar similitudes estructurales entre proteínas humanas y proteínas de la bacteria Escherichia coli, responsable del 90 % de las infecciones urinarias en todo el mundo.
Los resultados obtenidos mediante simulación por ordenador o análisis computacional nos revelaron posibles direcciones de desarrollo de nuevos antibióticos a partir de la estructura química de algunos antidepresivos, antipsicóticos, antitumorales y antihistamínicos.
Una nueva era en la lucha contra las infecciones
Estos hallazgos refuerzan la idea de que el reposicionamiento de fármacos, combinado con herramientas computacionales, puede ofrecer nuevas soluciones terapéuticas a las infecciones resistentes a los antibióticos conocidos. Con una mejora de precisión de los modelos actuales, sería posible desarrollar de una manera más rápida y eficaz un nuevo arsenal antimicrobiano. Y estaría disponible a una velocidad mayor a la que los microorganismos adquieren las resistencias.
En un contexto donde la resistencia antimicrobiana representa una de las tres mayores amenazas para la salud global, apostar por enfoques basados en IA y modelado computacional no solo es una opción viable, sino una necesidad urgente para garantizar tratamientos efectivos frente a las enfermedades infecciosas.
Es posible que estemos a las puertas de una nueva era en el tratamiento de infecciones, donde, con ayuda de la IA, los antibióticos del futuro sean diseñados y optimizados por ordenador. ¡Ojalá sean “antibióticos inteligentes”!
Antonio Tarín Pelló recibe fondos de Fundación Española para la Ciencia y Tecnología (FECYT).
Beatriz Suay García recibe fondos de Fundación Española para la Ciencia y Tecnología (FECYT).
María Teresa Pérez Gracia recibe fondos de Fundación Española para la Ciencia y Tecnología (FECYT).
Sara Fernández Álvarez recibe fondos de Fundación Española para la Ciencia y Tecnología (FECYT).
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lidia Ferri Hidalgo, Investigadora del Proyecto PARANTAR (Ref. PID2020-115269GB-I00), especializada en glaciología y geomorfología glaciar, Universidad de Oviedo
Caminata por una playa polar en en Punta Barnard, Isla Livingston (Antártida).Jordi Rovira (2024)
Hace aproximadamente 20 000 años, durante la última glaciación, la Antártida alcanzó su máxima expansión de hielo. A partir de ese momento comenzó un proceso gradual de derretimiento y retroceso glaciar que, debido al calentamiento global, se ha intensificado notablemente en las últimas décadas
La pérdida de hielo en la Antártida no solo contribuye a aumentar el nivel del mar: también altera las corrientes oceánicas y afecta a los ecosistemas polares. Sin embargo, sus consecuencias no se limitan al océano o al clima. Uno de los efectos menos visibles –pero igual de reveladores– es la elevación del terreno, que ha dejado al descubierto playas levantadas, testigos silenciosos del retroceso glaciar.
El fenómeno del rebote isostático
Cuando una enorme masa de hielo cubre la superficie terrestre, como ocurrió en la última glaciación, su peso deforma la corteza terrestre y la hunde. A medida que los glaciares pierden masa, esa carga disminuye y el terreno comienza a levantarse lentamente. Este fenómeno se conoce como rebote isostático o posglaciar, y sigue activo hoy en día, aunque cada vez ocurre de forma más lenta.
En 1743, el físico Anders Celsius realizó la primera estimación del ascenso del terreno tras la última glaciación en las costas de Suecia. Sabía que allí existían unas rocas donde, siglos atrás, descansaban las focas cerca del mar. Sin embargo, cuando el científico visitó la zona, observó que dichas rocas estaban lejos de la costa, lo que le hizo pensar que el nivel del mar había descendido. En realidad, era el terreno el que se había elevado al liberarse del peso del hielo.
Una de las evidencias más visibles de este ascenso son las llamadas playas levantadas: antiguos niveles de costa que quedaron por encima del mar actual. Estas playas “fósiles” son archivos naturales que registran los cambios pasados del nivel del mar, y con ello, las transformaciones del clima.
Playas levantadas en las Islas Shetland del Sur
Las Islas Shetland del Sur, frente a la península antártica, albergan algunas de las playas levantadas más estudiadas del continente. Desde mediados del siglo XX, exploradores y científicos de distintas disciplinas comenzaron a investigar estas antiguas líneas de costa, conscientes de que conservan la memoria del retroceso glaciar y del ascenso del terreno.
En las principales áreas libres de hielo de estas islas, como la península Byers en la isla Livingston o la península Fildes en la isla Rey Jorge, se conservan varios niveles de playas levantadas. Cada uno guarda pistas sobre cómo el rebote isostático y los pulsos de deshielo transformaron el paisaje en este rincón antártico.
La reconstrucción de esta historia se logra determinando la edad de las playas a través de diversas técnicas de datación. Si bien el método más tradicional ha sido el radiocarbono –aplicado sobre restos orgánicos, como huesos de pingüinos, focas o fragmentos de conchas y algas–, recientemente se han incorporado técnicas más precisas, como la luminiscencia ópticamente estimulada (OSL) y la datación por isótopos cosmogénicos, que permiten datar directamente rocas y sedimentos según el tiempo que llevan expuestos a la luz o a la radiación cósmica.
Gracias a estos métodos se sabe que las playas levantadas que alcanzan entre 15 y 22 metros de altitud sobre el nivel del mar actual en la península Byers se formaron hace aproximadamente entre 9 500 y 8 700 años. Lo que confirma que esta región ya estaba libre de hielo durante el Holoceno medio, una etapa del pasado marcada por condiciones climáticas más cálidas.
Lo que pasa en la Antártida no se queda en la Antártida
Aunque parezca lejana y aislada, la Antártida influye directamente en el equilibrio del planeta. El deshielo contribuye a la subida del nivel del mar, altera la circulación oceánica y afecta el equilibrio climático global. También afecta, como hemos visto, al levantamiento del terreno.
Estudiar estas playas levantadas no es sólo una forma de entender el pasado, sino una herramienta clave para anticipar nuestro futuro climático. Comprender cómo respondió la corteza terrestre al deshielo en el pasado mejorará la precisión de los modelos actuales que predicen los cambios relativos del nivel del mar y el comportamiento de los glaciares antárticos en un mundo que cada vez se calienta más y más, poniendo en peligro el desequilibrio de la vida.
Lidia Ferri Hidalgo actualmente está contratada en el proyecto de Investigación PARANTAR Ref. PID2020-115269GB-I00, financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Antonio Figueras Huerta, Profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto de Investigaciones Marinas (IIM-CSIC)
Los fócidos o focas verdaderas (Phocidae) son una familia de mamíferos adaptados al medio acuático. Wikimedia Commons., CC BY
Hace unos días, mi editora habitual en The Conversation me retó a encontrar qué tienen en común estos tres animales marinos tan diferentes. Una foca leopardo de 400 kilos, una diminuta almeja que se entierra en la arena y un calamar que se propulsa a chorro. Pensé que sería imposible. Estaba equivocado.
Imaginemos la escena: la foca se lanza sobre un témpano de hielo tras haber buceado a más profundidad que la altura del Empire State Building. La almeja desaparece en la arena en segundos, usando únicamente la fuerza de su musculoso pie. El calamar atraviesa el océano a toda velocidad, mostrando cambios de llamativos colores en su piel. ¿Qué podrían compartir estas criaturas?
Tras una inmersión profunda en la investigación, encontré cuatro conexiones fundamentales que revelan cómo la evolución, al enfrentarse a los mismos problemas, a menudo llega a soluciones similares.
Son ingenieros hidráulicos
Aquí es donde las conexiones se vuelven realmente sorprendentes. Los tres dominan la hidráulica, el uso de fluidos a presión para generar fuerza, el mismo principio que impulsa las grúas de construcción y los frenos de un coche.
Los bigotes de la foca no son solo pelo facial. Conforman un sofisticado sistema de sónar que lee los cambios de presión en el agua. Cada bigote está repleto de terminaciones nerviosas que detectan el más mínimo rastro hidrodinámico dejado por un pez. Así, la foca puede seguir esta estela invisible para rastrear a su presa hasta a 180 metros de distancia.
Aplicando el mismo principio de una forma completamente distinta, la almeja convierte su pie en un taladro muscular. Al bombear fluido desde su cavidad corporal hacia el pie, crea un ancla rígida y, luego, contrae sus músculos para arrastrar su concha hacia la arena. Es una maravilla de la ingeniería de bajo consumo.
Se construyen con el mismo material: la piedra caliza
Esta conexión fue la que más me sorprendió: un mamífero y dos tipos diferentes de moluscos utilizan el carbonato cálcico como material de construcción de su organismo.
En el caso de la foca, esto implica integrar ese carbonato cálcico en su esqueleto, en huesos que le ayudan a gestionar la flotabilidad durante inmersiones profundas. También tiene diminutas piedras en el oído u otolitos, estructuras calcáreas esenciales para el equilibrio en su mundo submarino tridimensional.
La almeja, una maestra arquitecta, construye con esta molécula una elaborada concha cuya microestructura es más resistente que muchas cerámicas industriales, una fortaleza contra depredadores y la presión.
Como todos los bivalvos, la chirla (Chamelea gallina) construye su concha con carbonato cálcico. Wikimedia Commons., CC BY
Y, sorprendentemente, el calamar, descendiente de ancestros con concha como la almeja, conserva una pequeña parte de esta herencia. Posee unos pequeños y bellos órganos de equilibrio en su cabeza llamados estatolitos que, al igual que los otolitos de la foca, le ayudan a orientarse mientras navega por el océano.
Los tres externalizan su capacidad cerebral
Decir que tienen “cerebros de repuesto” podría ser simplificar demasiado, pero cada animal ha desarrollado una forma asombrosamente eficaz de gestionar tareas complejas descentralizando su sistema nervioso.
La foca, por ejemplo, puede dormir solo con medio cerebro. Este sueño “unihemisférico” permite que una mitad descanse mientras la otra permanece alerta, en una especie de piloto automático biológico. Además, una gran parte de su cerebro está dedicada exclusivamente a procesar los datos de sus bigotes, creando en esencia un “ordenador” especializado en detectar flujos.
El calamar europeo o calamar común (Loligo vulgaris) tiene neuronas repartidas por sus brazos, como parte de un sistema nervioso descentralizado. Wikimedia Commons., CC BY
El calamar opera con un principio de delegación similar, aunque a una escala mucho mayor. Dos tercios de sus neuronas no están en su cerebro, sino en sus brazos, cada uno de los cuales puede saborear, tocar y actuar de forma semiindependiente. Esto le permite cazar con dos brazos mientras otro explora una grieta en busca de su próxima comida.
Incluso la aparentemente simple almeja sigue este patrón. Sus nervios se distribuyen en grupos llamados ganglios cerca de los órganos que controlan. Esto significa que no necesita un centro de mando para las acciones básicas: el hardware local se encarga de ello.
Un mismo (y duro) maestro: el océano
¿Qué significa todo esto? Los tres representan tres viajes evolutivos distintos: las almejas evolucionaron a partir de moluscos primitivos para convertirse en filtradores sedentarios; los calamares surgieron del mismo linaje para ser depredadores activos e inteligentes; y las focas representan una rama de la vida completamente diferente, los mamíferos, que abandonó la tierra y rediseñó sus cuerpos para el mar.
Sus similitudes revelan una verdad fundamental sobre la evolución. Es como si tres equipos de ingenieros recibieran materiales de partida diferentes, pero el mismo desafío: prosperar en el océano. Necesitaban moverse eficientemente, encontrar comida, evitar ser aplastados y navegar por un mundo sin suelo firme. Y las soluciones que encontraron convergieron.
Distintos puntos de partida, destino compartido
Todos usaron la hidráulica para el movimiento y la percepción. Todos usaron el carbonato de calcio, fácilmente disponible, como soporte estructural. Y todos desarrollaron sistemas nerviosos especializados para gestionar la inmensa carga de datos de su entorno.
Este patrón, conocido como evolución convergente, aparece en todas partes. Aves, murciélagos y pterosaurios desarrollaron el vuelo de forma independiente. Tiburones (peces) y delfines (mamíferos) desarrollaron de forma independiente cuerpos hidrodinámicos. Y el ojo ha evolucionado de forma independiente docenas de veces.
La próxima vez que veamos una foca, recordemos que estamos observando una solución elegante a los mismos problemas de ingeniería que una almeja resolvió quedándose quieta y un calamar resolvió convirtiéndose en un cohete viviente.
Esa es la belleza de la evolución. Es el sistema definitivo para resolver problemas, y su creatividad no tiene fin.
Antonio Figueras Huerta no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Celia Martínez Tomás, Investigadora predoctoral FPU en el Departamento de Psicología Experimental, Procesos Cognitivos y Logopedia, Universidad Complutense de Madrid, Universidad Complutense de Madrid
Ilustración para la portada de _Historias de cronopios y de famas_, de Julio Cortázar. Alfaguara.El escritor argentino Julio Cortázar en los jardines de la UNESCO en París, 1968. Sara Facio.
¿Alguna vez has leído o escuchado una palabra que no existe… pero que parecía de verdad? En una de sus obras más conocidas, Historia de cronopios y de famas, Julio Cortázar definió a los cronopios como criaturas verdes y húmedas, desordenadas y soñadoras. Lo mismo hizo con las mancuspias, animales convexos, de respiración cutánea y hábitos sedentarios. A pesar de que nunca hemos visto un cronopio o una mancuspia, con apenas unos detalles somos capaces de imaginarlas, darles forma o textura e, incluso, de atribuirles personalidad. Estas cadenas de letras inventadas empiezan a cobrar sentido sin necesidad de que nadie nos las explique.
No es un fenómeno exclusivo de la literatura. Lo que ocurre cuando los escritores acuñan términos como mancuspia, cronopio o ambonio es un ejemplo de lo que sucede cuando nos enfrentamos a lo que en el ámbito científico denominamos pseudopalabras: secuencias de letras inventadas que siguen las reglas ortográficas y fonológicas de un idioma, pero que carecen de significado.
Leer palabras que no existen, pero casi
El cerebro humano es especialmente hábil para detectar regularidades y patrones cuando leemos. Por eso, cuando nos encontramos con pseudopalabras que se parecen mucho a una palabra real –como cholocate en lugar de chocolate– es más fácil equivocarnos y leerlas como si fueran palabras de verdad.
En cambio, si vemos una pseudopalabra menos parecida a una palabra, como choconate, nos parece más evidente que algo no encaja. De hecho, al leerlas, se ponen en funcionamiento las mismas áreas que se activan cuando leemos una palabra real. Regiones como el giro frontal inferior y el giro temporal superior –dos zonas relacionadas con el reconocimiento léxico y fonológico– empiezan a trabajar para buscar significados donde no los hay.
¿Abidas? o ¿Adidas? Así te engañan las letras
El uso de este tipo de estímulos nos ha proporcionado información muy interesante sobre cómo procesamos el lenguaje. Gracias a las pseudopalabras, conocemos la importancia que tiene identificar correctamente las letras durante la lectura. Tenderemos a confundir con una palabra real aquellas en las que una de sus letras es reemplazada por otra visualmente parecida. Este fenómeno ha sido ampliamente explotado por los falsificadores de distintos productos. A las personas nos cuesta darnos cuentas de que unas zapatillas con el logotipo Abidas, no han sido fabricadas por la conocida marca de ropa deportiva Adidas.
Por otra parte, el denominado efecto de transposición de letras nos ha mostrado que cuando leemos necesitamos codificar la posición de las letras de las palabras para su adecuada comprensión. Este efecto consiste en la tendencia a identificar como palabras aquellas pseudopalabras formadas a partir del intercambio de la posición de dos letras de una palabra real. Por ejemplo, confundiremos con relativa facilidad la pseudopalabra amzaon
con amazon, al transponer las letras m y z. Por el contrario, al reemplazar estas mismas letras por la c y la e nos resultará mucho más fácil distinguir la pseudopalabra amceon del nombre de la conocida marca comercial.
Kiki suena puntiagudo. Bouba suena redondo
A partir del sonido de las pseudopalabras, podemos tener la impresión de que están expresando conceptos relacionados con el tamaño, la forma o, incluso, la emoción. Esto se conoce como el efecto bouba/kiki. Y es que se ha demostrado que tendemos a asociar los sonidos agudos, como kiki o takete, con formas puntiagudas. Por el contrario, tendemos a vincular los sonidos suaves, como los de las pseudoplabras bouba o maluma, con formas redondeadas.
Nuestro cerebro, de hecho, parece estar preparado para establecer estos vínculos. Áreas cerebrales como la corteza auditiva y la corteza visual, encargadas de procesar sonidos y formas, junto a regiones relacionadas con el lenguaje, como la circunvolución frontal inferior izquierda y la circunvolución supramarginal izquierda, trabajan conjuntamente para que esa simple cadena de sonidos pueda cobrar sentido en nuestra mente.
Quizá, por este tipo de asociaciones entre el sonido y el significado, no sea casualidad que Cortázar imaginara a los cronopios como seres cálidos, alegres y juguetones.
Pseudo(palabras) que emocionan
El empleo de pseudopalabras también nos ha proporcionado información muy valiosa sobre cómo adquirimos los significados emocionales. ¿Cómo es posible que aquello que no existe nos genere emoción? La clave está en que emparejamos pseudopalabras con expresiones faciales de emoción, sonidos y hasta olores agradables o desagradables. Pasado un tiempo, su lectura nos despertará emociones parecidas a la de los estímulos con los que fueron asociados.
Ya hemos visto que las pseudopalabras no son solo una mera cadena de letras. Lewis Carroll era ya consciente de esto cuando hizo que Alicia se enfrentase a un singular personaje en su poema Jabberwocky: “Era la asarvespertina, y los flexilimos toves giroscaban y taladraban en la loma…”. A cualquier lector le costará un esfuerzo adicional entender lo que dice.
Ilustración de Jabberwocky, por John Tenniel.
Sin embargo, al leer pseudopalabras como “tulgoso” o “vorpal”, no podemos dejar de sentir una atmósfera amenazante o la presencia de un peligro inminente.
Y, mientras meditaba melancólico, ¡el Galimatazo, con ojos de fuego, vino silbando por el bosque tulgoso y burbujeaba mientras iba luego! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Y la vorpal espada una y otra vez fue triscando veloz! Y dejolo muerto, y con su cabeza regresó galopando triunfador.
En conclusión, como exclamó Alicia mientras caía por la madriguera del conejo en el país de las maravillas, el lenguaje que no existe es cada vez más ¡curiorífico y curiorífico!
Celia Martínez Tomás recibe fondos del Ministerio de Universidades con una ayuda para la Formación de Profesorado Universitario (FPU)
José Antonio Hinojosa Poveda recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades.
Ana Baciero de Lama y Miguel Lázaro no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.
The UK will formally recognise the state of Palestine in September unless Israel acts to end the “appalling situation” in Gaza. After an emergency cabinet meeting, Downing Street released a statement saying the UK would recognise Palestine unless Israel committed to a long-term sustainable peace, allowed the UN to restart humanitarian support, agreed to a ceasefire, and made clear there would be no annexations in the West Bank.
The statement also reiterated the UK’s demand for Hamas to release all remaining Israeli hostages, accept a ceasefire, disarm and play no further part in the government of Gaza.
The UK’s decision follows a pledge by French president Emmanuel Macron on July 24 to formally recognise Palestinian statehood statehood in September. If this is acted upon, France and the UK would be the first G7 members and the first members of the UN security council to recognise the state of Palestine.
Recognition of statehood is not merely symbolic. The Montevideo convention of 1933 established several criteria which must apply before an entity can be recognised as a sovereign state. These are a permanent population, a defined territory, an effective government and the ability to conduct international relations.
The process involves the establishment of formal diplomatic relations, including the opening of embassies, the exchange of ambassadors, and the signing of bilateral treaties. Recognition also grants the recognised state access to certain rights in international organisations. For Palestinians, such recognition will strengthen their claim to sovereignty and facilitate greater international support.
This decision by France and the UK is significant. It signals a departure from the western consensus, long shaped by the US and the EU, that any recognition of Palestinian statehood must be deferred until after final-status negotiations. The move also highlights growing frustration in parts of Europe with the ongoing violence in Gaza and the failure of peace talks over the past two decades.
Yet questions remain: what does this recognition actually entail? Will it change conditions on the ground for Palestinians? Or is it largely symbolic?
So far, the French and British governments have offered no details on whether recognition would be accompanied by concrete measures. There has been no mention of sanctions on Israel, no indication of halting arms exports, no pledges of increased humanitarian aid or support for Palestinian governance institutions. France and the UK remain key military and economic partners of Israel, and the pledges do not appear to alter that relationship.
Nor is this the first time western countries have taken a symbolic stance in support of Palestinian statehood. Sweden recognised the state of Palestine in 2014, becoming the first western European country to do so. It was followed by Spain in 2024.
However, both moves were largely symbolic and did not significantly alter the political or humanitarian situation on the ground. The risk is that recognition, without action, becomes a gesture that changes little.
Macron’s statement also raised eyebrows for another reason: his emphasis on a “demilitarised Palestinian state” living side-by-side with Israel in peace and security. While such language is common in diplomatic discourse, it also reflects a deeper tension.
Palestinians have long argued that their right to self-determination includes the right to defend themselves against occupation. Calls for demilitarisation are often seen by critics as reinforcing the status quo, where security concerns are framed almost exclusively in terms of Israeli needs.
In the absence of a genuine political process, some analysts have warned that recognition of this kind risks formalising a state in name only – a fragmented, non-sovereign entity without control over its borders, resources or defence. Without guarantees of territorial continuity, an end to the expansion of Israeli settlements and freedom of movement, statehood may remain an abstract concept.
What would meaningful support look like?
If the UK and France want to go beyond symbolism, they have options. They could suspend arms exports to Israel or call for an independent international investigation into alleged war crimes. They could use the influence on the world stage to push for greater accountability regarding illegal settlements and the blockade of Gaza. They could also support Palestinian institutions directly and engage with Palestinian civil society.
Without such steps, recognition risks being viewed as a political message more than a policy shift. For Palestinians, the daily realities of occupation, displacement and blockade will not change with diplomatic announcements alone. What is needed, many argue, is not just recognition but support for justice, rights and meaningful sovereignty.
The pledged recognition of Palestine by France and the UK marks a shift in diplomatic tone and reflects broader unease with the status quo in the Middle East. It has stirred debate at home and abroad, and raised expectations among those hoping for more robust international engagement with the conflict.
Whether this recognition leads to meaningful changes in policy or conditions on the ground remains to be seen. Much will depend on the steps the UK and France take next – both at the United Nations and through their actions on trade, security and aid.
This article has been updated to include the UK’s pledge to recognise Palestine as well as France’s.
Malak Benslama-Dabdoub does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
Scroll through social media and you’ll find numerous videos such as “How to Use AI to write your essay in 5 minutes” or “How to skip the readings with ChatGPT.”
The discourse surrounding AI in education is deafening and it’s almost entirely consumed by the question: How? How do we write the perfect prompt? How should educators integrate ChatGPT into academic work or detect its use?
This obsession with methods and mechanics is a dangerous distraction. By racing to master the “how,” we have skipped the two far more critical, foundational questions: why should we use these tools in the first place, and when is it appropriate to do so?
Answering the “how” is a technical challenge. Answering the “why” and “when” is a philosophical one. Until educators and educational leaders ground their approaches in a coherent philosophical and theoretical foundation for learning, integrating AI will be aimless, driven by novelty and efficiency rather than human development.
The current “how-to” culture implicitly defines the goal of learning as the production of a polished output (like a a comprehensive report or a functional piece of code). From this perspective, AI is a miracle of efficiency. But is the output the point of learning?
Virtue epistemology, as championed by philosophers like Linda Zagzebski, suggests the real goal of an assignment is not just writing the essay itself — but the cultivation of curiosity, intellectual perseverance, humility and critical thinking that the process is meant to instil.
This reframes the “why” of using AI. From this perspective, the only justification for integrating AI into a learning process should be to support and sustain intellectual labour.
If a student uses AI to brainstorm counterarguments for a debate, they are practising intellectual flexibility as part of that labour. If another student uses AI to map connections between theoretical frameworks for a research paper, they are deepening conceptual understanding through guided synthesis.
When AI undermines ‘why’
However, when the “how” of AI is used to bypass the very struggle that builds virtue (by exercising intellectual labour, including analysis, deliberation and judgment), it directly undermines the “why” of the assignment. A graduate student who generates a descriptive list of pertinent research about a topic without engaging with the sources skips the valuable process of synthesis and critical engagement.
If the “why” is about supporting human intellectual labour and fostering intellectual virtue, the “when” is about the specific, contextual and human needs of the learner.
This is where an “ethics of care” becomes indispensable. As philosopher Nel Noddings proposed, a care-based approach prioritizes relationships and the needs of the individual over rigid, universal rules. It moves away from a one-size-fits-all policy and toward discretionary judgment.
The question: “When is it appropriate to use AI?” cannot be answered with a simple rubric. For a student with a learning disability or severe anxiety, using AI to help structure their initial thoughts might be a compassionate and enabling act, allowing them to engage with the intellectual labour of the task without being paralyzed by the mechanics of writing. In this context, the “when” is when the tool removes a barrier to deeper learning.
Conversely, for a student who needs to develop foundational writing skills, relying on that same tool for the same task would be irresponsible. Deciding the “when” requires educators to know their learner, understand the learning goal and act with compassion and wisdom. It is a relational act, not a technical one.
Educators must ensure that AI supports rather than displaces the development of core capabilities.
It rests on the convenient fiction of the unmediated creator, ignoring that all creation is an act of synthesis, mediated by language, culture and the texts that came before. AI is simply a new, more powerful mediator that makes this truth impossible to ignore.
This perspective reframes an educator’s task away from policing a fragile notion of originality. The more crucial questions become when and why to use a mediator like AI. Does the tool enable deeper intellectual labour, or does it supplant the struggle that builds virtue? The focus shifts from controlling the student to intentionally shaping the learning experience.
Reorienting AI through values and virtue
The rush to adopt AI tools without a philosophical framework is already leading us toward a more surveilled, less trusting and pedagogically shallow future.
Policy is emerging that requires students to declare their use of AI. But it’s essential to understand that disclosure isn’t the same as meaningful conversations about intellectual virtue.
Answering the questions of why and when to use AI requires us to be architects of learning. It demands that we engage with thinking about learning and what it means to produce knowledge through the works of people like Dewey, Noddings, Zagzebski and others as urgently as we do with the latest tech blogs.
For educators, the responsible integration of AI into our learning environments depends on our commitments to cultivating a culture that values intellectual labour and understands it as inseparable from the knowledge and culture it helps generate.
It is time to stop defaulting to “how” and instead lead the conversation about the values that define when and why AI fits within meaningful and effective learning.
Forest degradation is increasingly recognized as a major global threat. Such degradation refers to the gradual erosion of a forest’s ability to store carbon, support biodiversity and sustain livelihoods, including those of Indigenous Peoples.
A widely used strategy to support ecological sustainability is to emulate natural disturbances; that is, to design human-caused disturbances so they fall within the range of variation observed in nature.
The ecological theory behind this approach is that species are adapted to cope with, or even benefit from, natural disturbances. In Canada’s managed boreal forests, for example, harvesting is explicitly designed to mimic natural fires, both in individual cutblocks and across the broader landscape.
“The long-term health and vigour of Crown forests should be provided for by using forest practice…that emulates natural disturbances and landscape patterns…”
The ecological sustainability of forest management is not a given: it is a hypothesis, and like any hypothesis, it must be tested. Are we actually managing forests in ecologically sustainable ways, or are we witnessing gradual forest degradation?
Our study examined the state of a 7.9 million hectare area of boreal forest in northeastern Ontario from 2012 to 2021 to test whether the provincial management regime was emulating natural disturbances, as required by law, or was instead prioritizing timber harvesting.
We used three indicators:
1) The rate at which forest was disturbed (including harvesting and fire).
2) The amount of relatively old forest (greater than 100 years old).
3) Modelled habitat for two species that have been used as indicators of sustainability: America marten and boreal caribou.
Our research did not find evidence that current practices in northeastern Ontario are emulating natural disturbances across the boreal landscape. Rather, the observed disturbance patterns appear to reflect strategies primarily focused on timber harvesting priorities.
What we found
A particular risk for boreal forests is a focus on timber production and economic returns over ecological goals. Such an approach is fundamentally at odds with the idea of emulating nature.
In particular, forests older than 100 years old have high ecological value in natural systems. They keep large amounts of carbon out of the atmosphere and provide habitat for myriad species. But if one is prioritizing timber, they are viewed as wasteful because they do not produce timber as rapidly as younger forests and are often targeted for removal. In that perspective, they are labelled “decadent.”
We found that the amount of forest disturbed per year was often higher than expected under natural fire regimes and, in some coniferous forest types, even exceeded the rates expected under a strategy that prioritized timber harvesting.
Relatively old forests were also much rarer than in natural landscapes: only 22 per cent of the forest in the study area was more than 100 years old compared to an average of 54 per cent in natural landscapes.
This amount was lower than even the most conservative threshold of natural variability.
Habitats for marten and caribou were similarly degraded and fragmented. Marten habitat covered just 36 per cent of the study landscape, compared to 76 per cent in a reconstructed natural landscape. For boreal caribou, habitat was even more compromised, covering only four per cent of the study area compared to 53 per cent in the natural landscape.
Strikingly, for caribou, levels of habitat disturbance — including disturbances from harvesting, fire and roads — exceeded 70 per cent of the landscape, jeopardizing the sustainability of the two caribou populations.
Surprisingly, the clearest evidence of forest management prioritizing timber occurred within zones meant explicitly to sustain caribou. Our modelling showed that such areas will contain even less caribou habitat in the future than they do today.
A path to an ecologically sustainable future
The Ontario government is currently revisiting its boreal management strategy — a welcome and timely development. But rather than relying solely on a virtual reality model (Boreal Forest Landscape Disturbance Simulator) to define natural landscapes as is currently the case, it is evident that policy must be grounded in empirical data from real, unmanaged forests.
Scientific research over the past several decades has identified forest management approaches that can deliver timber while also sustaining ecological services within natural bounds.
Our findings indicate that forest degradation is already underway in the boreal forests of Ontario. Substantial changes to forest management are required to reverse this trend and safeguard the ecosystem services on which people and wildlife depend.
Jay R. Malcolm has received funding from the Natural Sciences and Engineering Research Council of Canada and Wahkohtowin Development GP Inc. (WDGP). The research also benefited from research on American marten habitat funded by Mitacs
and WDGP. WDGP played a role in defining the study area, but otherwise funders were not involved in the study design; in the collection, analysis, and interpretation of data; in the writing of the manuscript; or in the decision to submit the article for publication.
Justina C. Ray is President and Senior Scientist of Wildlife Conservation Society Canada.
Pendant leurs temps de loisirs et leurs vacances, les enfants et les adolescents apprennent d’une autre manière qu’à l’école. Mais les accueils extrascolaires n’ont-ils pas tendance à intégrer de plus en plus la forme et les exigences scolaires ? Quelles sont les attentes des animateurs, des enfants et des adolescents ?
En 2023-2024, on dénombrait 1,34 million de départs d’enfants ou d’adolescents en colonies de vacances. Il y a trente-cinq ans, c’était 4 millions d’enfants qui partaient chaque année dans ce cadre. En parallèle du recul de ce type de séjours, on peut relever le développement de séjours à thèmes et l’apparition de logiques de consommation questionnant la perspective éducative des loisirs.
Il est pourtant établi que les temps de loisirs et de vacances participent à la construction des enfants et des adolescents, en contribuant à leur développement psychosocial. Les choix qui peuvent être effectués et les projets élaborés dans les activités de loisirs favorisent la créativité, l’autonomie et la prise de décision, permettant aux enfants et aux adolescents d’être acteurs de leur socialisation.
Les loisirs constituent un lieu d’expériences favorisant l’épanouissement immédiat, lié au plaisir et à la satisfaction individuelle, mais aussi un lieu d’exploration et d’apprentissages spécifiques, grâce à la participation au processus de décision. En lien avec les intérêts et les besoins psychologiques des jeunes, les pratiques de loisirs contribuent ainsi à l’expression et à la réalisation de soi.
La visée éducative des loisirs prime chez les adultes
Nous sommes allées repérer la place accordée au choix des activités et à la construction de projets, tout au long de l’année et sur les temps de vacances, en interrogeant 61 professionnels exerçant dans des structures d’animation enfance et jeunesse, ainsi que 50 enfants et adolescents fréquentant un accueil de loisirs enfance ou jeunesse.
Les animateurs socioculturels (25 femmes et 36 hommes) exerçaient dans diverses structures d’animation dans les régions de Bretagne et de Pays de la Loire. Ils se distinguaient par leur diplôme et occupaient des fonctions d’animation, de coordination ou de direction.
Les 31 enfants (15 filles et 16 garçons), âgés de 5 à 10 ans (moyenne d’âge 7,5 ans), étaient usagers réguliers d’un accueil de loisirs sans hébergement de l’agglomération nantaise. Les 19 adolescents (5 filles et 14 garçons), âgés de 11 à 18 ans (moyenne d’âge 16,10 ans), fréquentaient régulièrement un accueil de jeunes de l’agglomération rennaise.
Les thèmes centraux évoqués par les animateurs concernaient l’organisation d’activités lors des temps de vacances, les projets réalisés avec les partenaires et les jeunes tout au long de l’année, les publics et les pratiques d’animation. À propos de la question spécifique des séjours de vacances, c’est principalement l’âge du public (enfant ou adolescent), qui orientait leurs représentations, moins favorables aux choix et aux initiatives des enfants.
Les résultats ont mis en évidence la primauté de la visée éducative des loisirs dans les représentations des animateurs à propos des séjours de vacances et des activités de loisirs, auprès des adolescents et encore plus des enfants, parfois au détriment des apprentissages informels et de la visée émancipatrice des loisirs. Les animateurs évoquaient l’encadrement des plus jeunes et la responsabilisation des plus âgés, notamment par la conduite de projets co-construits avec les adolescents.
Pour ces adultes, les loisirs des enfants et des adolescents doivent être investis par le projet éducatif, même lors des temps de vacances. Ce constat est à rapprocher des évolutions sociétales qui mènent, en réponse aux attentes des familles, à proposer des séjours à thèmes dans une perspective éducative.
Liberté et détente plébiscitées par les enfants et adolescents
Du côté des enfants et des adolescents, s’ils agissent dans un champ structuré par les adultes, ils n’en investissent pas moins leur propre espace d’autonomie et leurs propres projets. Ainsi, les plus jeunes détaillaient le processus de décision qui les amène à choisir leurs activités de loisirs et mettaient l’accent sur le jeu libre tout au long de l’année, comme lors des vacances. Les adolescents évoquaient la recherche de détente, de convivialité et de relations paritaires dans le cadre de leurs loisirs, et ce, quel que soit le temps de loisirs ; ainsi que l’organisation de leurs vacances, souvent en autonomie, à l’extérieur de l’accueil de jeunes, avec la conduite de projets d’autofinancement.
Les enfants et les adolescents plébiscitaient donc la liberté en termes de choix d’activités et de construction de projets dans leurs loisirs.
Au regard du contraste entre les représentations des adultes et celles des enfants et des adolescents, il s’agirait, dans une perspective de réalisation de soi et de développement des jeunes, d’inciter les professionnels à remiser la dimension éducative des loisirs, pensée par les adultes pour les jeunes, au profit de plus de liberté et de gratuité dans les loisirs des enfants et des adolescents.
Ainsi, les animateurs socioculturels pourraient utilement prendre en compte, plus pleinement, le rôle du jeu libre, des activités sociales tournées vers la relation avec les pairs et des activités de détente sans exigences particulières. Il s’agirait donc de replacer l’enfant et l’adolescent au centre des accueils, en leur laissant le pouvoir de décider, de faire des choix et d’élaborer des projets.
Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.
Non seulement l’Europe est la grande absente des principaux marchés de l’intelligence artificielle, mais elle s’est mise en situation de dépendance technologique vis-à-vis d’entreprises et de puissances étrangères qui n’hésitent pas à lui imposer un rapport de force défavorable. Si elle veut reprendre la main, et bâtir son autonomie stratégique, elle doit adopter une autre démarche. L’open source et une régulation volontaire en matière d’empreinte environnementale peuvent y contribuer.
Cet article est publié en collaboration avec la revue Telecom Paris.
378 millions. C’est le nombre d’utilisateurs qui avaient déjà eu recours à une solution d’IA générative à la fin de l’année 2024. Cette progression vertigineuse des outils d’IA dans les usages est certes source de grands espoirs sur le front de la productivité, de la compétitivité, et des avancées scientifiques, mais elle est également vectrice d’inquiétudes diverses parmi lesquelles figurent naturellement l’empreinte environnementale de ces solutions, ou notre capacité à offrir des environnements sécurisés, respectueux de la vie privée, voire souverains dans certains domaines applicatifs sensibles (défense, santé…).
Or, une analyse minutieuse de l’écosystème de l’IA montre à quel point l’Europe est, à l’heure actuelle, bien trop absente des débats sur les segments de l’industrie les plus générateurs de valeur. Pire, elle s’est mise en situation de dépendance forte sur des maillons aussi stratégiques que celui des semi-conducteurs (GPUs en tête), celui de l’infrastructure software (modèles et données), et peine à faire émerger des concurrents crédibles aux hyperscallers américains sur le segment des centres de données et de calculs. Si l’Europe veut s’autonomiser stratégiquement, elle doit impérativement reprendre la main sur ces dimensions de l’écosystème, en offrant des alternatives locales aux solutions étrangères. Des alternatives qui doivent être crédibles, mais aussi réalistes au regard à la fois des forces européennes, et des objectifs environnementaux et industriels susmentionnés. C’est là qu’une politique industrielle orientée vers les solutions d’IA frugales et open source pourrait se montrer particulièrement intéressante.
Préoccupations environnementales
Avec une société en voie de digitalisation accélérée, l’empreinte environnementale du numérique devient une préoccupation majeure. Cette empreinte environnementale est à la fois d’ordre énergétique, puisque les services numériques requièrent d’importantes puissances de calcul et d’acheminement des flux de données, et d’ordre matériel pour donner corps aux différents composants de l’infrastructure (réseaux, terminaux, capteurs, centres de données, composants électroniques…).
À ces besoins énergétiques et extractifs, il faut ajouter des consommations intermédiaires qui ont également un impact sur l’environnement comme, par exemple, la consommation d’eau pour refroidir les centres de données, ou encore le recours à des produits chimiques pour raffiner les matières premières.
Si cette empreinte environnementale inquiète tant, c’est que le numérique, bien loin de se substituer au physique, a plutôt tendance à s’y ajouter – c’est le cas des cryptoactifs – ou à s’y superposer – c’est le cas des réseaux sociaux utilisés à des fins de marketing. Et quand il s’y substitue, comme dans le cas du streaming qui remplace peu à peu les supports physiques, ou dans celui des courriels qui supplantent les plis postaux traditionnels, les effets de volume induits par notre tendance à surconsommer excèdent bien souvent les gains initiaux liés à la « dématérialisation ». Sans omettre les effets de rebond qui résultent de la baisse tendancielle des coûts du numérique, qui finissent par occasionner des consommations tierces… forcément carbonées. Nos usages bien peu parcimonieux des différents services numériques, encouragés par les offreurs desdits services dont les business models – souvent à coûts marginaux décroissants – poussent à la surconsommation (par exemple, un abonnement à Netflix est d’autant mieux amorti que la consommation de contenus y est intensive), font le reste.
Espoirs déçus
Or, en matière d’IA générative, les usages dominants constatés semblent loin des espoirs initiaux de productivité ou d’apprentissage prêtés à la technologie. Les use cases majoritaires sont davantage à chercher du côté du divertissement ou de l’assistance, et de façon plus inquiétante, dans la recherche d’un ami – voire d’un thérapeute – virtuel.
Tout cela ne prêterait pas à conséquence si l’empreinte environnementale des IA génératives, telles que rapportées dans cette étude, n’était pas aussi préoccupante :
Une requête ChatGPT consommerait 10 fois plus qu’une recherche Google ;
50 requêtes Chat-GTP consommeraient 1,5 litre d’eau (pour refroidir les centres de données) ;
la génération de 1000 images en stable diffusion réclamerait 2,9kWh.
Même s’il faut prendre ces données avec précaution, eu égard à la complexité technique de la mesure et aux gains de productivité rapides des technologies, les faits sont là : avec une consommation annuelle cumulée de 350,87 TWh, les centres de données consommaient déjà plus d’énergie (essentiellement carbonée) en 2024 que la consommation énergétique totale de pays tels que l’Italie ou l’Inde !
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21 % de l’énergie consommée en Inde
La pénétration croissante des outils d’IA dans notre quotidien couplée à nos usages peu précautionneux, fait craindre de véritables conflits d’usage et des situations de demande énergétique excédentaire à l’offre, à plus forte raison d’énergie faiblement carbonée. En Irlande, la consommation des centres de données excède désormais les 21 % de l’énergie consommée dans le pays. Elle n’était « que » de 5 % en 2015…
Il ne s’agit pas de débrancher les IAs. L’histoire a montré que rien ne sert d’arrêter un train en marche. En revanche, au regard des données et projections environnementales, la recherche et la promotion d’IA frugales – notamment pour ce qui concerne les segments de marché « grand public » – devraient être érigées en priorité stratégique. Sur le plan purement technologique, l’émergence de DeepSeek (l’IA générative chinoise reposant sur un modèle prétendument moins énergivore) montre la voie vers des IA « good enough », bien plus en phase avec les accords de Paris. Sur le plan stratégique, mettre en place une régulation qui favoriserait les solutions moins intensives en carbone, en ressources et en énergie, serait à la fois un moyen de freiner l’expansion des offres américaines – dont les modèles de force brute sont particulièrement intensifs en énergie – sur le continent européen, mais également de flécher les investissements vers le tissu d’entreprises européennes à même de relever le défi de la sobriété. Et celui de la souveraineté.
L’Open Source comme réponse
Car la souveraineté est l’autre défi majeur posé par la technologie et le numérique en général, et l’IA en particulier. À plus forte raison quand, ainsi que nous l’avons souligné en amont, une grosse partie de la chaîne de valeur est contrôlée par des entreprises battant pavillon étranger. Problème : le contexte géopolitique trouble du XXIe siècle nous amène légitimement à douter de la fiabilité de nos partenaires historiques, États-Unis en tête. Une gageure quand on sait que les solutions technologiques étrangères sont au cœur de nos systèmes de défense, que nous avons confié nos données de santé à Microsoft, ou celles relatives à la maintenance de notre parc nucléaire à Amazon.
Il faut bien comprendre que les modèles d’IA sont « datavores ». Ils nécessitent de grandes quantités de (nouvelles) données qualifiées à des fins d’entraînement. Or, les données européennes présentent le double avantage d’être conséquentes et qualitatives. Elles sont donc particulièrement prisées des entreprises évoluant dans le secteur de l’IA (et au-delà). Tout irait bien si lesdites entreprises respectaient scrupuleusement le RGPD ce qui à l’aune des 5,7 milliards de sanctions cumulées (pour environ 2300 infractions constatées) depuis la mise en œuvre de ce règlement visant la protection de la vie privée des Européens en 2018, n’est clairement pas le cas. Pire, les enjeux économiques, financiers et stratégiques sont de telle ampleur, qu’il peut être parfaitement rationnel pour les entreprises, notamment les GAFAM aux trésoreries et capitalisations gigantesques, d’enfreindre le RGPD.
Freins institutionnels européens
Nous mesurons là une des principales faiblesses de nos démocraties libérales qui peinent à faire pleinement observer les règles dont elles se sont dotées. Parfois, ce sont les lois extraterritoriales qui sont en cause, le gouvernement fédéral américain pouvant ordonner à ses entreprises de lui communiquer les informations en leur possession au titre du FISA (Foreign Intelligence Surveillance Act), du Cloud Act ou du Patriot Act, quand bien même ces données concerneraient des personnes physiques ou morales européennes.
D’autres fois, ce sont nos lourdeurs bureaucratiques et nos intérêts politiques divergents qui nous paralysent, comme lorsqu’un faisceau d’indices semble montrer qu’Apple capterait des conversations via l’iPhone à l’insu des utilisateurs européens. En l’espèce, l’autorité de régulation fondée à agir est la Cnil irlandaise… laquelle n’est que peu incitée à intervenir rapidement alors qu’Apple est l’un des plus gros contributeurs fiscaux de l’île d’Émeraude.
Hors notre capacité à faire observer nos lois et valeurs aux géants étrangers, à plus forte raison que notre situation de dépendance pourrait nous amener à subir quelque chantage à la fourniture de technologies ou de services, c’est bien la situation de dominance d’entreprises proposant des solutions IA propriétaires qui pose problème. L’histoire est connue. Par le jeu des effets de réseau, les différents segments de marché tendent à devenir des « oligopoles à frange concurrentielle » (c.-à-d., une poignée d’entreprises leaders très concentrées captant l’essentiel des parts de marché, et laissant le reste à une multitude d’acteurs de niche), les entreprises dominantes ont moins intérêt à l’interopérabilité et la co-construction de communs (numériques). Dans le même temps, ces entreprises deviennent difficilement contournables car elles disposent des meilleures ressources. Ce qui leur confère un pouvoir de marché considérable, tel que celui dont disposent les GAFAM aujourd’hui.
Le monde de l’open source
Or, le monde de l’informatique, c’est d’abord et avant tout celui de l’open source, c’est-à-dire un modèle de développement et de diffusion de solutions dont le code source est libre d’accès, modifiable et partageable selon des conditions fixées par licence. C’est le monde de l’open source qui rend possible la co-construction de solutions par des communautés de développeurs dispersés géographiquement, et ne travaillant pas pour les mêmes entreprises. D’ailleurs de Llama de Facebook à Mistral, bien des solutions d’IA reposent sur des cœurs open source.
France 24.
Pour l’Europe en proie aux problématiques de souveraineté que nous avons décrites, les avantages de l’open source – à plus forte raison si les données sont stockées dans des serveurs dont l’emprise juridique est européenne ou française – seraient nombreux : moindre dépendance technologique vis-à-vis de firmes étrangères, stimulation de l’écosystème européen (à l’image de AI Sweden), éloignement des risques de capture par des entreprises étrangères devenues incontournables, conformité réglementaire et éthique renforcée, et résilience face aux tensions géopolitiques.
Le rôle de l’État stratège
Face aux problématiques environnementales et de souveraineté que pose l’IA chacun, des particuliers aux administrations en passant par les entreprises, est face à ses responsabilités. Mais il ne faut pas s’y tromper : il revient à l’État stratège de montrer la voie en créant les conditions d’émergence de solutions IA européennes, souveraines, et frugales.
Dans le contexte climatique et géopolitique que nous connaissons, et face aux enjeux économiques, stratégiques et éthiques que véhicule l’IA, personne ne comprendrait que l’UE ne se dote pas rapidement d’une politique industrielle qui soit cohérente avec ses intérêts et ses valeurs, et de nature à contribuer à la construction de son autonomie stratégique. Ainsi que le souligne le rapport Draghi, l’impulsion doit venir d’en haut. De même que l’exemplarité.
Cet article est publié avec la revue Telecom Paris
Julien Pillot ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.
Une nouvelle étude révèle que l’atténuation du stress que ressentent les humains grâce à la compagnie des chiens est plus complexe sur le plan biologique que ce que les scientifiques envisageaient jusqu’à présent.
Dans une enquête menée en 2022 auprès de 3 000 adultes étasuniens, plus d’un tiers des personnes interrogées ont déclaré se sentir « complètement dépassées » par le stress la plupart du temps. En parallèle, un nombre croissant de recherches documentent les conséquences négatives d’un niveaux de stress élevé sur la santé, notamment une augmentation des taux de cancer, de maladies cardiaques, d’affections auto-immunes et même de démence.
Comme la vie quotidienne des gens ne risque pas de sitôt devenir moins stressante, des moyens simples et efficaces pour en atténuer les effets sont nécessaires.
Avec une équipe de collègues, nous venons de mener une nouvelle étude qui suggère que les chiens pourraient avoir un effet plus profond et plus complexe sur le plan biologique sur les humains que ce que les scientifiques pensaient jusqu’à présent. Et cette complexité pourrait avoir des implications profondes pour la santé humaine.
Comment fonctionne le stress
La réponse humaine au stress correspond à un ensemble de processus physiologiques divers, finement réglés et coordonnés. Les études précédentes sur les effets des chiens sur le stress humain se concentraient sur un seul processus à la fois. Pour notre étude, nous avons élargi notre champ d’observation et mesuré plusieurs indicateurs biologiques de l’état du corps, appelés aussi biomarqueurs, à partir des deux principaux mécanismes de stress du corps. Cela nous a permis d’obtenir une image plus complète de la manière dont la présence d’un chien affecte le stress dans le corps humain.
Quand une personne vit un événement stressant, l’axe SAM réagit rapidement, ce qui déclenche une réponse du type « combat ou fuite » qui comprend une poussée d’adrénaline et entraîne un regain d’énergie qui aide à faire face aux menaces. Cette réaction peut être mesurée à l’aide d’une enzyme appelée alpha-amylase.
Dans le même temps, mais un peu plus lentement, l’axe HPA active les glandes surrénales afin de produire l’hormone cortisol. Cela peut aider une personne à faire face à des menaces qui durent plusieurs heures, voire plusieurs jours. Si tout se passe bien, lorsque le danger est écarté, les deux axes se stabilisent et le corps retrouve son état normal.
Bien que le stress puisse être une sensation désagréable, il a joué un rôle important dans la survie de l’espèce humaine. Nos ancêtres chasseurs-cueilleurs devaient réagir efficacement à des situations de stress aigu telles que l’attaque d’un animal. Dans ces cas-là, une réaction excessive pouvait s’avérer aussi inefficace qu’une réaction insuffisante. Rester dans une zone de réponse au stress optimale maximisait les chances de survie des êtres humains.
Des informations plus complexes
Après avoir été libéré par les glandes surrénales, le cortisol se retrouve dans la salive, ce qui en fait un biomarqueur facilement accessible pour suivre les réactions. C’est pourquoi la plupart des recherches sur les chiens et le stress se sont concentrées uniquement sur le cortisol salivaire.
Bien que ces études aient démontré que la présence d’un chien à proximité peut réduire le taux de cortisol lors d’un événement stressant, ce qui suggère que la personne est plus calme, nous soupçonnions que ce n’était qu’une partie de l’histoire.
Ce que notre étude a mesuré
Pour notre étude, nous avons recruté environ 40 propriétaires de chiens pour participer à un test de stress en laboratoire de référence de 15 minutes. Ce test consiste à parler en public et à faire des calculs mathématiques à voix haute devant un panel de personnes impassibles se faisant passer pour des spécialistes du comportement.
Les participants ont été répartis de manière aléatoire entre deux groupes : ceux qui devaient venir au laboratoire avec leur chien et ceux qui devaient laisser leur chien à la maison. Nous avons mesuré le taux de cortisol dans des échantillons de sang prélevés avant, juste après et environ 45 minutes après le test, comme biomarqueur de l’activité de l’axe HPA. Et contrairement aux études précédentes, nous avons également mesuré le taux d’enzyme alpha-amylase dans ces mêmes échantillons de sang, comme biomarqueur de l’activité de l’axe SAM.
Comme prévu, conformément aux études précédentes, les personnes accompagnées de leur chien ont présenté des pics de cortisol moins élevés. Mais nous avons également constaté que celles qui étaient avec leur chien ont connu un pic significatif d’alpha-amylase, tandis que celles qui étaient sans leur chien n’avaient pratiquement aucune réponse.
L’absence de réponse peut sembler positive. Mais en réalité, une réponse alpha-amylase nulle peut être le signe d’une réponse au stress dérégulée. C’est ce que l’on observe souvent chez les personnes qui souffrent de réactions de stress intense, de stress chronique voire de stress post-traumatique. Ce manque de réponse est causé par un stress chronique ou intense qui peut altérer la façon dont notre système nerveux réagit aux facteurs de stress.
En revanche, les participants accompagnés de leur chien ont montré une réponse plus équilibrée : leur taux de cortisol n’a pas trop augmenté, mais leur alpha-amylase s’est tout de même activée. Cela montre qu’ils sont restés alertes et concentrés tout au long du test, puis qu’ils ont pu revenir à un état normal en moins de 45 minutes. C’est le temps idéal pour gérer efficacement le stress. Nos recherches suggèrent que nos compagnons canins nous aident à rester dans une zone saine de réponse au stress.
Les chiens et la santé humaine
Cette compréhension plus fine des effets biologiques des chiens sur la réponse des humains au stress ouvre des possibilités excitantes. Sur la base des résultats de notre étude, notre équipe a lancé une nouvelle recherche qui fait appel à des milliers de biomarqueurs afin d’approfondir nos connaissances sur la biologie en lien avec la manière dont les chiens d’assistance psychiatrique réduisent le trouble de stress post-traumatique chez les anciens combattants.
Mais une chose est d’ores et déjà claire : les chiens ne sont pas seulement de bons compagnons. Ils pourraient bien être l’un des outils les plus accessibles et les plus efficaces pour rester en bonne santé dans un monde stressant.
Kevin Morris a reçu des financements pour cette recherche de la Morris Animal Foundation, du Human-Animal Bond Research Institute et de l’université de Denver aux États-Unis.
Jaci Gandenberger a reçu des financements de l’université de Denver aux États-Unis pour soutenir cette recherche.