¿Quién enseña el uso de internet a los adolescentes tutelados?

Source: The Conversation – France – By Thomas André Prola, Profesor e investigador, Tecnologías en Educación – Universidad Europea del Atlántico, Universidad de Barcelona, Universitat de Barcelona

Zetaphotostudio/Shutterstock

Sara, de 17 años, tenía cuentas en Instagram y en Facebook desde muy joven. Un adulto la contactó por las redes sociales y le propuso pagarla a cambio de fotografías y vídeos eróticos. Con el tiempo comenzó a gestionar sus perfiles.

Ella “se sentía como una estrella”. Empezaron a reconocerla por la calle, y se sentía valorada, hasta que las demandas de sus “seguidores” le hicieron sentir violentada. Actualmente padece depresión y trastorno bipolar.

El caso de Sara nos lo contó una educadora del centro centro residencial de protección de niños y adolescentes donde vivía, gestionado por una Fundación en convenio con la Generalitat de Catalunya, en el contexto de una investigación reciente. No se trata de un caso único entre los jóvenes (y especialmente, las jóvenes) que viven bajo tutela del estado en centros residenciales, y a quienes nadie enseña o prepara para moverse en redes sociales.

El reciente escándalo que ha sacudido a la Dirección General de Infancia y Adolescencia (DGAIA) de la Generalitat de Catalunya (con la revelación de una red de pederastia que logró contactar con niños y adolescentes residentes en centros tutelados) ha puesto sobre la mesa un problema estructural: el límite de la protección institucional frente a los riesgos del mundo digital.

En respuesta, la Generalitat ha anunciado la creación de una nueva Dirección General de Prevención y Protección a la Infancia y la Adolescencia. Pero la pregunta persiste: ¿basta con reorganizar políticamente la estructura para resolver lo que es, en el fondo, una grieta educativa, tecnológica y ética?

Vulnerabilidad mediática y autoexposición

En esta investigación doctoral, concluida en 2024, trabajé sobre el concepto de la vulnerabilidad mediática. No se trata simplemente de la exposición a contenidos nocivos o del mal uso de las redes sociales, sino de algo más profundo. Es la transferencia de una situación de vulnerabilidad social –la que atraviesan niños y adolescentes institucionalizados– al espacio digital, bajo la forma de una autoexposición que puede resultar dañina, incluso peligrosa, para su salud psíquica y física.

En Cataluña, más de 5 000 niños y adolescentes viven actualmente en centros residenciales de protección (17 000 en España). Estos espacios, pensados para ofrecer una vida lo más parecida posible a la familiar, funcionan bajo un criterio educativo llamado “normalización”. Es decir: los adolescentes deben poder vivir, estudiar, comunicarse y socializar como cualquier otro joven de su edad. Y esto incluye, naturalmente, el uso de redes sociales digitales.

Territorios de riesgo digital

Pero en la práctica, el acceso a las redes no siempre va acompañado de un marco educativo sólido. En ausencia de criterios claros o compartidos entre centros, muchos equipos optan por dejar que las y los jóvenes usen las redes como parte de su “vida normal” pero también porque permite la ilusión de sentirse igual a los demás. Lo que ocurre entonces es que esos espacios digitales, pensados como formas de conexión o expresión, se convierten también en territorios de riesgo. Y en ocasiones, de violencia.

Los adolescentes recurren a las redes para “ver y dejarse ver”. Para construir una identidad, buscar aprobación, integrarse en comunidades que les den un sentido de pertenencia. Buscan una identidad con la que presentarse ante una audiencia. Las plataformas digitales aparecen como un nuevo espacio de posibilidades, para la autopromoción fuera de la espiral de vulnerabilidad social. Al hacerlo sin acompañamiento ni formación crítica, y sin el acompañamiento más directo y personalizado de un adulto de referencia, se exponen a más riesgos.

Fragilidad y ausencia de vínculos: factores de riesgo

Esta exposición responde a una combinación de factores: la fragilidad emocional, la carencia de vínculos seguros, la búsqueda desesperada de afecto, la presión estética, la precariedad. La vulnerabilidad mediática, así entendida, es más que un riesgo: es una consecuencia directa del desamparo estructural. Y afecta de forma desigual. Las chicas, en especial, se encuentran en una situación de mayor peligro: aparecen las relaciones con hombres adultos, la prostitución digitalizada, como en el caso de Sara, y la exposición del cuerpo como moneda simbólica de valor.

Cinco dimensiones se revelan centrales para entender esta forma de vulnerabilidad: el entorno familiar previo, la salud mental, el tipo de acceso a la tecnología, el nivel de alfabetización mediática, y la red de contactos que se construye o hereda. Cuando estas dimensiones no se abordan, las redes sociales se convierten en espejos deformantes de una adolescencia ya herida.

Desigualdad estructural

Lo paradójico es que la normalización —el principio educativo que debería proteger— acaba siendo parte del problema. Porque si se asume que todos los adolescentes deben tener acceso igualitario a las redes, sin tener en cuenta que no todos parten de la misma base, se reproduce la desigualdad en el entorno digital. Se ofrece igualdad formal donde hay desigualdad estructural.

La institucionalización es, de por sí, una experiencia que marca influyendo en la subjetividad. Los jóvenes que crecen fuera del entorno familiar no solo arrastran estigmas sociales, sino que tienen menos oportunidades, menos redes de apoyo y menos acceso real a una ciudadanía plena. Si las redes sociales funcionan como una vía de escape simbólica, sin una guía crítica ni educativa, no estamos garantizando un derecho: estamos abriendo una puerta más a la precariedad.

Criterios comunes y protocolos de protección

Si el uso de las redes sociales debe formar parte de la educación de los niños y adolescentes de hoy, en el caso de los jóvenes en situación de riesgo es todavía más importante.

Si no intervenimos con responsabilidad y visión crítica, la labor de protección quedará incompleta: más allá de una mejor gestión política y más medios económicos, incorporar el concepto de vulnerabilidad mediática a las políticas públicas podría permitir establecer criterios pedagógicos comunes, formar a los equipos educativos en alfabetización digital, y crear protocolos de intervención.

Si no lo hacemos, las redes –esas que conectan, pero también atrapan– seguirán siendo un campo de juego desigual para quienes más cuidado necesitan.

The Conversation

Thomas André Prola no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Quién enseña el uso de internet a los adolescentes tutelados? – https://theconversation.com/quien-ensena-el-uso-de-internet-a-los-adolescentes-tutelados-257935

Carissa Véliz, filósofa: “Muchos adolescentes ni siquiera alcanzan a imaginar cómo es vivir con privacidad”

Source: The Conversation – France – By Elena Sanz, Directora

Asegura Carissa Véliz (Reino Unido) que aprende lo indecible en las conversaciones con sus estudiantes de la Universidad de Oxford, con los que habla del valor de lo analógico, de las relaciones personales, de qué hace que una vida sea buena… Está convencida de que solo protegiendo la privacidad podemos mantener a salvo la democracia. Y le preocupa que muchos jóvenes, acostumbrados a crecer sin ella, no se den cuenta de las implicaciones que su ausencia puede tener para su futuro.

En alguna ocasión ha comentado que la privacidad es un instinto animal que compartimos con todas las especies y, sin embargo, últimamente vivimos como si pudiéramos prescindir de ella. ¿Son conscientes las generaciones más jóvenes de su importancia?

Es difícil responder porque “los jóvenes” no son un grupo homogéneo: hay diferencias importantes en función de dónde nacen, dónde viven, incluso depende de si son hombres o son mujeres. Últimamente me ha sorprendido bastante que mis estudiantes son más conscientes de la importancia de la privacidad y están menos enganchados a la tecnología que muchos adultos. Aunque quizás mis estudiantes no sean lo suficientemente representativos de la población.

En general, me preocupa el hecho de que haya muchos chavales que no han crecido con privacidad, que ni siquiera alcanzan a imaginar lo que es vivir con privacidad y, sobre todo, que no se dan cuenta de las implicaciones que su ausencia tiene para su futuro.

La privacidad no es solo una cuestión de si permitimos o no que nos vean o sepan de nosotros. Cuando empresas y gobiernos tienen acceso a información acerca de quiénes somos, qué hacemos, si gozamos de buena o de mala salud, cuáles son nuestras tendencias políticas o religiosas o de quién nos enamoramos, eso tiene implicaciones.

Así es. Sobre todo porque cuando has vivido siempre en una democracia es difícil imaginar que es frágil, que es vulnerable, que puede tener un fin si no la cuidamos.

La pérdida de la privacidad puede coartar tu libertad, la libertad de poder decir lo que piensas, la libertad de juntarte con quien elijas, la libertad de poder protestar de manera pacífica. Cuando todo eso desaparece, uno empieza a tener miedo de lo que ha dicho, o de lo que puede decir, y acaba autocensurándose.

Ocurre ya que en Inglaterra y Estados Unidos se invade la privacidad de quienes tratan de alquilar un piso: los propietarios contratan compañías de datos para obtener información sobre el posible inquilino. Y si le rechazan, si le niegan el acceso a una vivienda, no tienen que justificar por qué, no necesitan dar un motivo.

Se vulneran, entonces, varios de los derechos que recoge el artículo 12 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que proclama garantizar la protección de la vida privada, la familia, el domicilio, la reputación…

Claro. Y lo más preocupante es que los problemas no surgen en el momento en el que se recolectan los datos, sino que suelen aparecer mucho más tarde. Es más, ni siquiera cuando surgen es fácil hacer una conexión directa entre el momento en el que un dato deja de pertenecerte y el momento en que sufrimos discriminación o exclusión por ese dato perdido.

Los derechos son derechos justamente porque son un bien a proteger, imprescindible. Y, si la sociedad vive con una perspectiva demasiado individualista, nos arriesgamos a perder derechos y libertades.

A veces son los propios padres quienes empiezan a compartir los datos de los chavales antes de que ellos puedan decidir, sin darse cuenta de que, en el futuro, puede tener consecuencias negativas para sus hijos.

Sin duda. Y eso me hace pensar que todos tenemos que estar mejor informados, algo nada fácil porque muchas compañías y muchos gobiernos no tienen interés en que se conozca cómo tratan los datos.

Pero no debemos caer en el error de poner toda la responsabilidad sobre los hombros de los individuos, que estamos sobrepasados con el actual nivel de burocracia y de trabajo, y con la cantidad de exigencias que supone nuestro día a día. Lo ideal sería que pudiéramos disponer de mejores productos, poder tener todos acceso a correos electrónicos privados y móviles que respeten la privacidad.

La necesidad de probar cosas nuevas y la atracción por el riesgo es inherente a la adolescencia. Pero ¿qué pasa con los riesgos digitales? ¿Se asumen con la misma consciencia que, por ejemplo, un salto en paracaídas?

Indudablemente, no. Uno de los problemas con la vida digital es que es muy nueva. No tenemos experiencia suficiente para tener reacciones viscerales de miedo al riesgo al que nos exponemos. En parte por la novedad, en parte porque es muy abstracto, y en parte porque está diseñado para ser opaco.

Cuando escribo un mensaje que parece privado en una plataforma como X, pero en realidad está a la vista de todos, hay una incongruencia entre lo que realmente estoy haciendo y la sensación que experimento.

Por otra parte, somos seres biológicos y, si nos lanzamos desde un avión, la sensación física de riesgo es muy tangible. Pero, si alguien te empuja a la dark web o vende tus datos a un data broker particularmente irresponsable, no hay ninguna sensación física que te alerte.

¿Explicar a los más jóvenes esos riesgos invisibles puede ayudarles a poner límites?

Considero que sí. He conocido a muchos estudiantes que evitan compartir ciertas cosas porque se preocupan por el día de mañana, por si en el futuro, cuando vayan a pedir trabajo, tienen problemas porque alguien ve aquella foto en la que habían bebido más de la cuenta, o lee aquel comentario desafortunado.

Yo, sobre todo, animaría a los jóvenes a que participen en la construcción de su propio mundo. Es su mundo, el mundo que van a habitar, y tienen derecho a construirlo. Me gustaría ver jóvenes que programen, dedicados a crear aplicaciones mejores de las que hay, que no quieran trabajar para Google sino crear su propia compañía, con otra ética diferente y sin sesgos racistas o sexistas.

¿Digitalizar implica vigilar?

No necesariamente. Según hemos diseñado lo digital, ahora mismo ambas cosas están indisolublemente unidas. Por eso hay que reinventar lo digital.

Tal y como lo plantea, el debate no es tecnología sí o tecnología no, sino tecnología cómo y, sobre todo, con qué ética.

En efecto, la clave es quién tiene el poder sobre la tecnología, quién la controla y hasta qué punto nos da autonomía. Un adolescente que tiene 18 años vive en un mundo en el que siempre ha existido Google, pero lo cierto es que, si lo vemos en perspectiva, Google ha existido un microsegundo en la historia de la humanidad. Las nuevas generaciones deben darse cuenta de que todo es temporal, y de que tienen la oportunidad de cambiar lo que no les gusta.

Muchas redes sociales y apps nos ofrecen constantemente contenidos a medida, y eso nos encierra en una especie de pecera, una burbuja donde solo se muestran contenidos que coinciden con nuestra forma de pensar, mientras el resto de la realidad se diluye. Así, parece más fácil que triunfen los discursos de odio y la desinformación.

Sí, así es. Pero la tecnología no tiene por qué colocarnos necesariamente en estos guetos de información, de ahí mi insistencia en que los propios jóvenes inventen algo diferente, algo menos personalizado. Porque todo lo personalizado nos aísla de los otros.

Insisto en que estamos en un momento en que es necesario involucrarse en la sociedad que tenemos, hacernos responsables de ella, forjarla, cultivarla, cuidarla.

Y eso, entiendo, va más allá de crear nueva tecnología.

Sí. Y, aunque podemos caer en el error de pensar que en este momento, con el auge de la inteligencia artificial, lo más importante para construir el futuro son las ciencias experimentales, la realidad es que es el momento de las humanidades. Porque sin humanidades, sin un entendimiento de cómo gobernar la tecnología, podemos terminar peor que si no desarrollamos esa tecnología.

Hace un rato leí en un artículo del Financial Times que las empresas se quejan de que sus empleados no son capaces de pensar por sí mismos. Y las disciplinas que nos enseñan a pensar son, precisamente, las humanidades.

No sé si conoce el debate que ha habido en España hace poco, con la última reforma de la Ley de Educación, sobre si mantener o no como obligatoria la asignatura de Filosofía, si es lo bastante útil.

Que podamos tan siquiera insinuar que la Filosofía no es útil deja en evidencia que estamos manejando un concepto de utilidad increíblemente superficial, cortoplacista, centrado solo en producir y obtener resultados que podamos cuantificar, traducir a números. Cuando lo cierto es que todos nosotros tenemos una idea bastante intuitiva de que las cosas que más importan en la vida no se pueden medir.

¿Qué mensaje le mandaría a los jóvenes?

Mandaría dos. El primero, que es el momento perfecto para leer. Leer todo lo que puedas leer. Leer historia, leer filosofía, leer política, leer antropología, aprender de las generaciones pasadas, de cómo superaron los momentos más difíciles de sus vidas. Y leer en papel, porque el acto de leer es un acto de desafío a todo lo que está pasando. Es decir: no, no voy a estar en tu ordenador, ni voy a estar en tus redes sociales, voy a leer a los grandes pensadores de la historia.

El segundo: que la vida no es digital, sino analógica… La vida es la vida de las cosas, de la cafetería de la esquina, la vida de tus amigos, de las conversaciones en persona, de la naturaleza, de salir a correr. Y mientras menos dependamos de lo digital, más robusta y satisfactoria será esa vida. Lo digital es un fantasma de lo analógico, es un second best, lo que usamos cuando no tenemos la opción de hacer algo analógico. Hablamos por Zoom cuando no podemos vernos en persona.


Esta entrevista se publicó originalmente en la Revista Telos de la Fundación Telefónica, y forma parte de un número monográfico dedicado a la Generación Alfabeta.

The Conversation

ref. Carissa Véliz, filósofa: “Muchos adolescentes ni siquiera alcanzan a imaginar cómo es vivir con privacidad” – https://theconversation.com/carissa-veliz-filosofa-muchos-adolescentes-ni-siquiera-alcanzan-a-imaginar-como-es-vivir-con-privacidad-259932

¿Es peligroso pillar una mojadura o acaso Jane Austen era demasiado dramática?

Source: The Conversation – France – By Ana Fernandez Mosquera, Doctora en Filología Inglesa. Oficina de Proyectos Internacionales de Investigación, Universidade de Vigo

La primera vez que Marianne Dashwood es sorprendida por un chaparrón Willoughby la rescata pronto y ella solo tiene que recuperarse de un esguince de tobillo. Captura de pantalla de la película ‘Sentido y sensibilidad’.

Han pasado más de 250 años desde su nacimiento y seguimos leyendo a Jane Austen. Sus novelas se reinventan con cada nueva mirada que las interroga desde el presente. Más allá del amor, los bailes y las herencias, esconden capas que solo el tiempo –y una lectura atenta– permite descubrir. Ahí es donde brilla la elegancia de su ironía.

Siempre me ha fascinado cómo representa el cuerpo y la salud de sus personajes. En todas sus novelas hay referencias al estado físico, a dolencias o a consejos sobre el bienestar. La palabra salud aparece más de cien veces en sus seis obras clásicas. No son descripciones médicas al uso, pero sí muestran una sorprendente precisión y coherencia narrativa.

¿Y si el verdadero dramatismo de Austen no estuviera en el romance… sino en el resfriado?

¿Por qué le interesa a Jane Austen la enfermedad?

Entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, la enfermedad formaba parte de la vida cotidiana. Sin antibióticos ni anestesia, cualquier dolencia podía volverse grave. La medicina se basaba en teorías como el desequilibrio de los humores, y los tratamientos incluían sangrías, tónicos y purgas. Los médicos, boticarios y curanderos existían y convivían, pero muchos cuidados –especialmente en el caso de las mujeres– se daban en casa. Las infecciones eran frecuentes y los hospitales, un último recurso.

La naturaleza, el aire fresco, el reposo y los baños eran centrales en las recomendaciones sanitarias. Jane Austen aconsejaba ejercicio diario, contacto con la naturaleza y una dieta moderada como claves para una buena salud. Apreciaba los paseos al aire libre y desconfiaba de los tratamientos médicos excesivos. Sus cartas reflejan un enfoque práctico y equilibrado del bienestar físico y mental.

Se cree que, en 1815, cuando fue a cuidar a su hermano, probablemente se infectó de tuberculosis. Eso degeneró en una infección renal y finalmente en la enfermedad de Addison, de la que en ese momento no se sabía nada. Todavía hay algún debate sobre la causa de su muerte: si fue esa enfermedad, un linfoma, un cáncer de estómago o incluso un envenenamiento… aunque eso lo dejamos para las teorías más conspiranoicas.

La amistad de Jane Austen con el médico de su hermano le dio buena base para hablar de dolencias con precisión: en sus novelas abundan los catarros, el reuma y, cómo no, las temidas mojaduras.

¿Pero qué hay del riesgo real de caminar bajo la lluvia inglesa? En Reddit no faltan debates sobre si la alta fiebre que sufrió Marianne Dashwood en Sentido y sensibilidad después de salir a pasear en pleno chaparrón fue mala suerte o puro dramatismo. Porque sí, tanto Jane Bennet –en Orgullo y prejuicio– como Marianne acaban enfermas tras mojarse… y esta última se queda a las puertas de la muerte. ¿Advertencia sanitaria o recurso narrativo made in Austen?

Una mujer estornuda en el marco de una puerta.
La señora Bennet envía a Jane a casa de su pretendiente en un día que amenaza lluvia calculando que tal vez su hija coja un catarro y tenga que quedarse allí unos días…
IMDB

En el contexto del siglo XIX, una mojadura no era un asunto menor. Hoy sabemos que no causa por sí misma un resfriado, pero en aquella época se creía que el enfriamiento del cuerpo podía desencadenar enfermedades graves. Esta preocupación tenía fundamento: sin acceso a antibióticos ni tratamientos eficaces, una infección respiratoria leve podía evolucionar fácilmente en una bronquitis o una neumonía potencialmente mortal. Por eso, las narraciones de la época solían tratar estas situaciones con una carga dramática que, lejos de ser exagerada, respondía al temor real a las consecuencias de una simple exposición al frío y la humedad.

William Buchan, en su célebre Domestic Medicine –un manual médico que empezó a circular en 1769 y que se reeditó durante todo el siglo XIX– lo tenía claro: el clima británico era un problema de salud pública. Según él, no había otro lugar donde el tiempo cambiara tanto y tan rápido como en Gran Bretaña. Y esas variaciones, decía, eran algunas de las principales causas de resfriados, porque interrumpían la transpiración del cuerpo.

Buchan insistía especialmente en el riesgo de quedarse con la ropa mojada. No solo por el frío, que ya era un problema en sí mismo, sino porque la humedad podía “penetrar” en el cuerpo y agravar la situación. Incluso las personas más fuertes podían enfermar: fiebres, reumatismos y dolencias graves se volvían algo común, también entre jóvenes sanos.

Claro que Buchan no pretendía que nadie dejara de salir de casa por miedo a mojarse. Pero sí recomendaba actuar con rapidez: cambiarse de ropa cuanto antes o, si no era posible, al menos mantenerse en movimiento hasta secarse. Lo que no se debía hacer nunca –y sin embargo mucha gente hacía– era sentarse en el campo o, peor aún, dormir con la ropa empapada. Para él, era una receta segura para enfermar.

Una mujer con el pelo mojado se lo seca con una toalla.
Elizabeth Bennet sabía que si la pillaba el agua era urgente secarse rápido.
IMDB

La enfermedad como recurso literario

Estas enfermedades también reflejan muchos condicionantes sociales y de género que afectan a las mujeres. En la literatura, la enfermedad se convierte en una herramienta para que los personajes femeninos llamen la atención, expresen vulnerabilidad o incluso resulten más atractivos en su fragilidad. Enfermedades y accidentes pueden irrumpir en sus vidas y cambiarlo todo, a veces para siempre.

En el siglo XIX, muchas mujeres fueron diagnosticadas con la llamada “enfermedad inglesa”, un término que englobaba síntomas vagos como fatiga, ansiedad, insomnio o melancolía. Servía sobre todo para reforzar los estereotipos de fragilidad femenina. Austen retrata distintos matices de este mal: los “nervios” teatrales de la señora Bennet –en Orgullo y prejuicio–, la pasión desbordada de Marianne Dashwood, la melancolía silenciosa de Anne Elliot –protagonista de Persuasión– o la palidez resignada de Jane Fairfax –en Emma–.


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Mary Elliot, en Persuasión, recurre a dolencias fingidas para llamar la atención o evitar responsabilidades como el cuidado de los niños. Sus quejas –dolores de cabeza, fatiga, indisposición– resultan poco creíbles tanto para los personajes como para el lector. Austen critica con ironía esta “enfermedad ficticia”, típica de ciertos sectores acomodados donde el aburrimiento y el egocentrismo se disfrazaban de malestar físico. Esta mirada ciertamente crítica nace también de su experiencia personal cuidando a su madre, cuya salud era frágil y variable.

¿Entonces Marianne Dashwood casi muere por un simple chaparrón… o Austen la pone al borde de la muerte para cambiarle el destino? En sus novelas, enfermedades y accidentes no solo generan drama: también alteran el rumbo de los personajes. Louisa Musgrove, en Persuasión, se golpea gravemente y eso abre paso a otro pretendiente. Jane Bennet se resfría tras cabalgar bajo la lluvia y su convalecencia acerca a Elizabeth, su hermana, al señor Darcy. En las tramas, la fiebre a menudo precede al giro romántico.

Un hombre entra en una casa con una mujer en brazos mientras otra mujer corre hacia ellos.
El segundo chaparrón que recibe Marianne Dashwood es mucho más grave y la coloca a las puertas de la muerte.
Prime Video

Una metáfora corpórea

En el mundo de Austen, el cuerpo no solo enferma: también habla.

A través de fiebres, desmayos o catarros, sus novelas dan forma a emociones reprimidas, tensiones de clase y desigualdades de género. La enfermedad funciona como metáfora de lo que cambia, duele o simplemente no puede decirse en voz alta. Austen no miraba el malestar desde fuera: lo conocía, lo vivía y lo convertía en literatura. Sus personajes sufren, pero también resisten.

Y siguen hablándonos hoy, con una lucidez que no caduca. Como escribió con su ironía intacta, en una carta de 1816: “Estoy razonablemente bien hoy… lo cual es más de lo que esperaba”. Quizá no se refería solo al cuerpo. En todo caso, cuidado con mojarse. O no; tal vez un buen chaparrón nos cambie la vida.

The Conversation

Ana Fernandez Mosquera no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Es peligroso pillar una mojadura o acaso Jane Austen era demasiado dramática? – https://theconversation.com/es-peligroso-pillar-una-mojadura-o-acaso-jane-austen-era-demasiado-dramatica-255252

¿Es compatible la energía eólica marina con la protección del océano? El caso mediterráneo

Source: The Conversation – France – By Paul Wawrzynkowski, PhD candidate, Universitat de Barcelona

Bjoern Wylezich/Shutterstock

El océano, motor de vida y regulador climático, se enfrenta a una encrucijada. La urgencia por descarbonizar la economía nos lleva a desplegar masivamente energías renovables, entre las que se encuentran las marinas, como los parques eólicos fijos y flotantes. Simultáneamente, el Marco Mundial de la Diversidad Biológica Kunming-Montreal exige proteger al menos el 30 % del océano para 2030. Esta aparente colisión de objetivos plantea un desafío crítico: ¿podemos lograr la transición energética sin comprometer la ya vulnerable biodiversidad oceánica?

Auge de la energía marina

El cambio climático es uno de los mayores desafíos de nuestro siglo y la energía renovable es clave para mitigarlo al permitir la reducción de emisiones procedentes de fuentes fósiles. La energía marina, liderada por la eólica, desempeña un papel creciente en este sentido, con un potencial emergente en la obtención de energía a partir de olas (undimotriz) y mareas (mareomotriz).

La Unión Europea ha apostado por la energía eólica marina como uno de los pilares de su estrategia para la descarbonización de la economía. El Pacto Verde Europeo y la Estrategia de Energía Renovable Marina prevén una expansión espectacular de esta tecnología: de 29 gigavatios (GW) en 2019 a 300 GW en 2050.

Este crecimiento de diez veces en apenas tres décadas es esencial para alcanzar la neutralidad climática en 2050, impulsando además la innovación, el empleo y la seguridad energética en Europa.

Un escudo para el océano: el “30×30”

Pero esta carrera por la energía limpia coincide con otra emergencia global: la crisis de biodiversidad. Las actividades humanas ya han alterado el 66 % de la superficie oceánica, comprometiendo sus ecosistemas. La pérdida de especies y hábitats marinos se acelera por destrucción de entornos naturales, contaminación, sobreexplotación y los impactos del cambio climático.

En respuesta a esta problemática, el Marco Mundial de la Diversidad Biológica Kunming-Montreal (2022) es un acuerdo histórico. Uno de sus objetivos es el conocido como “30×30”: compromete a proteger al menos el 30 % de las áreas marinas para 2030. Una meta ambiciosa, dado que actualmente menos del 10 % del océano tiene protección formal.




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La creación de áreas marinas protegidas es crucial no solo para salvaguardar la biodiversidad, sino también para asegurar los servicios ecosistémicos vitales que proporciona el océano: regulación climática, suministro de alimento o absorción de carbono.

Por ejemplo, proteger ecosistemas ricos en biodiversidad y carbono, como las praderas de Posidonia oceanica o los sedimentos marinos no alterados, ofrece beneficios conjuntos para la mitigación y adaptación al cambio climático al absorber y almacenar carbono de la atmósfera. Estas soluciones basadas en la naturaleza son algunas de las estrategias más inmediatamente aplicables para abordar ambas crisis.




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Conflictos y desafíos

El dilema surge al intentar alcanzar ambos objetivos. El despliegue masivo de energías renovables marinas genera impactos ambientales y conflictos espaciales que pueden chocar frontalmente con la conservación de la biodiversidad.

El mar Mediterráneo, con más de 17 000 especies (28 % endémicas), es uno de los más vulnerables y fragmentados, ya bajo presión por contaminación, sobrepesca, turismo y tráfico marítimo. Añadir miles de infraestructuras energéticas en un espacio tan sensible intensifica los problemas, generando en muchas zonas una industrialización del espacio marino y costero.

El choque se produce principalmente por la competencia por el espacio: zonas de alto potencial energético (con mucho viento u oleaje) a menudo coinciden con áreas de alto valor ecológico. Además, existen impactos directos en la fauna marina (ruido, colisiones, vibraciones, etc.) y alteración o destrucción de hábitats marinos.

Finalmente, aún persisten grandes incógnitas sobre el impacto real de los macroproyectos en los ecosistemas. Sus efectos acumulativos y a largo plazo en aspectos cruciales como las corrientes atmosféricas y oceánicas o la productividad básica de los mares, son en gran medida desconocidos o insuficientemente estudiados. Ante tal incertidumbre, la prudencia nos exige aplicar el principio de precaución.

De momento, en el Mediterráneo no existen instalaciones eólicas, solo hay una prueba piloto en Francia, que cuenta con tres turbinas, aunque hay distintos proyectos aún sobre el papel. En un mar que ya está al límite, estas nuevas presiones plantean serias dudas sobre la compatibilidad de objetivos sin una planificación cuidadosa.




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Hacia la coexistencia sostenible

La buena noticia es que descarbonizar nuestra economía y proteger los océanos no tiene por qué ser incompatible; de hecho, son objetivos que se refuerzan. La clave reside en una planificación inteligente del espacio marino.

La herramienta fundamental para lograrlo es la planificación espacial marina (PEM). Este proceso organiza los usos del mar (energía, pesca y acuicultura, transporte, turismo, conservación) para identificar zonas de alto valor ecológico a proteger y áreas adecuadas para el desarrollo energético, minimizando conflictos. Es un mapa de ruta para una gestión integrada y multifuncional.

El objetivo debe ser un impacto neto positivo, de manera que los proyectos de energías renovables no solo minimicen el daño, sino que además contribuyan a la mejora ambiental de los ecosistemas. Esto se logra con mitigación efectiva de los efectos negativos, compensación y restauración ecológica.

Finalmente, la colaboración y el diálogo entre gobiernos, industria, pescadores, científicos y conservacionistas es indispensable. La consideración de las comunidades locales (pescadores, sector turístico, residentes costeros) es clave para una transición energética justa y equitativa. Solo trabajando juntos se encontrarán soluciones innovadoras que equilibren la energía renovable con la protección de la biodiversidad y los servicios ecosistémicos oceánicos.


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Integrando descarbonización y conservación

La crisis climática y la pérdida de biodiversidad son dos caras de la misma moneda; abordarlas de forma aislada sería un error. La descarbonización de nuestra economía y la protección de la biodiversidad marina no solo deben coexistir, sino que deben reforzarse mutuamente.

Por eso, es crucial que la expansión de las energías renovables marinas se haga con una visión holística y proactiva, priorizando la salud de los ecosistemas e integrando soluciones basadas en la naturaleza desde el principio.

Podemos y debemos aprovechar el inmenso potencial energético del océano sin comprometer su salud y el bienestar de las comunidades locales. El futuro exige una simbiosis entre innovación tecnológica y ciencia, que aporta conocimientos sobre los impactos ecológicos y socioeconómicos locales.

Integrar la mitigación del cambio climático con la conservación de la biodiversidad en nuestras estrategias marinas es clave para lograr unas energías marinas sostenibles, es decir, para una verdadera economía azul.

The Conversation

Josep Lloret es Investigador Científico del CSIC. Este artículo ha sido realizado en el marco del proyecto BIOPAÍS, financiado por la Fundación Biodiversidad del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, en el marco del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliència (PRTR), con el soporte de la Unión Europea – NextGenerationEU

Paul Wawrzynkowski no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Es compatible la energía eólica marina con la protección del océano? El caso mediterráneo – https://theconversation.com/es-compatible-la-energia-eolica-marina-con-la-proteccion-del-oceano-el-caso-mediterraneo-258538

En las redes sociales, los bulos sobre salud corren mucho más rápido que los hechos

Source: The Conversation – France – By Ivan Herrera Peco, Profesor e Investigador en Salud., Universidad Camilo José Cela

Los profesionales de la salud pueden contrarrestar la desinformación lanzando mensajes claros y cercanos. Nattakorn_Maneerat/Shutterstock

El conocimiento de la salud ha sufrido grandes cambios, pasando de la visión del médico como única fuente de información a la inmediatez del acceso a internet. Confiamos en la red para buscar una respuesta acorde a nuestras expectativas, ya sea en un vídeo corto, un tuit viral o una historia de Instagram.

Sin embargo, esta inmediatez tiene su lado oscuro –y a veces siniestro– cuando ayuda a difundir información no contrastada, o directamente mal intencionada. Tengamos en cuenta que los bulos corren mucho más rápido que los hechos.

Al hablar de desinformación en temas de salud, nos referimos a esos mensajes falsos, incompletos o engañosos que circulan por internet. A veces son intencionados, por intereses políticos o económicos, y otras nacen de malentendidos o bien se aprovechan de la falta de cultura digital de su público.

Graves consecuencias

Pero, en cualquier caso, pueden tener consecuencias muy graves: hay personas que dejan tratamientos, retrasan ir al médico, se automedican o prueban cosas peligrosas por lo que han visto en un vídeo.

Por ejemplo, en agosto de 2021, las llamadas por intoxicación con ivermectina a los centros de toxicología de EE. UU. aumentaron más del 200 % en solo cuatro semanas, tras viralizarse vídeos que la presentaban como un tratamiento definitivo contra el coronavirus.

La vacunación es precisamente un blanco favorito de la desinformación. Durante la pandemia se observó que más del 25 % de los vídeos más vistos sobre covid en YouTube contenían información falsa.

Y otro exponente ilustrativo son los vídeos sobre la llamada real food (comida real), que, como revela un estudio, llegan a proponer la dieta como única “cura”. En este caso también, la desinformación se propaga más rápido que los desmentidos.

La salud mental, en el punto de mira

Un capítulo aparte merece la salud mental. Aunque las redes funcionen como espacios de apoyo que facilitan el acceso a herramientas que permiten mejorar el autocuidado y el contacto con otras personas en un entorno seguro, también son caldo de cultivo para ideas erróneas y estigmas.

Es algo muy tangible en temas como la esquizofrenia. YouTube está plagado de testimonios que suenan convincentes, pero cuidado: un análisis de 100 vídeos en español revela que solo el 39 % cita estudios de verdad, y la nota media de fiabilidad apenas pasa del aprobado.

Y si revisamos TikTok o X, veremos que la mitad de los posts asocia esquizofrenia con “peligro”, dramatiza voces homicidas o se burla de las personas diagnosticadas de esquizofrenia.

Los algoritmos alimentan los bulos

De hecho, lo que se hace viral rara vez es lo más fiable, y muchas veces es justo lo contrario. Además, hay que añadir que los algoritmos de búsqueda están diseñados para mostrar contenidos con los que estamos más de acuerdo, obviando otros más auténticos.

En nuestras observaciones hemos visto que lo que arrasa en redes no es lo más riguroso, sino lo que más emociona, impacta o genera polémica. Por ejemplo, quienes difunden “zumos milagro” suelen esgrimir estudios preliminares sacados de contexto.

Muy significativo es el caso de un ensayo publicado en 2018 que circula de modo recurrente. Según sus conclusiones, 20 personas con diabetes tipo 2 que tomaron dos miligramos de zumo de noni por kilo de peso corporal al día durante ocho semanas lograron reducciones modestas pero significativas de glucemia. El propio artículo remarca que fue un estudio piloto, sin grupo placebo y con seguimiento breve. Insuficiente, por lo tanto, para afirmar que un zumo cure la diabetes.

Resulta complicado que se difundan este tipo de matizaciones. Un estudio reciente analizó cómo se habla de las dietas detox en internet y encontró que menos del 10 % de los mensajes intentan desmentir sus supuestos beneficios.

Muchos de esos contenidos echan mano de palabras como “toxinas” sin explicar bien a qué se refieren, lo que genera confusión. Mientras que quienes defienden estas prácticas la usan para justificar tratamientos sin evidencia, los expertos en salud lo critican por no tener base científica.

Esta mezcla de conceptos hace que muchas personas no sepan diferenciar entre información fiable y pseudociencia. Y mientras tanto, los vídeos y mensajes confusos o falsos tienen millones de visitas antes de que nadie lo desmienta. Para cuando los profesionales intentan corregir el error, el bulo ya ha echado raíces y su propagación es enorme y casi imparable.

Supuestos expertos sin formación

Además, mucho de este contenido no viene de expertos, sino de personas sin formación en salud.
Algunos solo buscan fama, y otros, dinero. ¿El resultado? Gente que confía en consejos peligrosos porque suenan fáciles y están bien presentados.

Los números lo dejan claro. Un análisis de 676 publicaciones de las cuentas de nutrición más influyentes de Australia detectó que el 44,7 % contenía errores y que las procedentes de marcas o “gurús” del fitness –sin formación sanitaria– lograban un 70 % más de interacciones pese a ser mucho menos rigurosas que las gestionadas por nutricionistas.

También ayuda la irresponsabilidad de algunas celebridades. Un estudio del año 2024 se centró en valorar como ciertos famosos pueden ayudar a la difusión de la desinformación “reinterpretando” los términos médicos o, incluso, a través de la ideología política.

En definitiva, existe una primacía de la rentabilidad y el aumento del tráfico sobre el rigor. De acuerdo con un revelador trabajo que revisó 22 experimentos, basta un lenguaje coloquial y una foto cuidada para que la audiencia otorgue credibilidad, incluso si el autor no tiene ningún tipo de formación o titulación relacionada con la salud.

La ciencia, en un segundo plano

Los profesionales del ámbito sanitario también están en las redes sociales, pero su voz no llega tan lejos. ¿Por qué? Porque no tienen formación en comunicación digital, ni el apoyo que necesitan de sus instituciones. Muchos hospitales aún no entienden cómo funcionan las redes ni qué tipo de contenido conecta con la gente.

Y claro, los mensajes médicos suelen ser largos, fríos o muy técnicos, mientras que los bulos se transmiten con una frase pegadiza, música de fondo y testimonios emotivos. No hace falta que haya evidencia científica real detrás porque apelan a las emociones o a discursos que suenan científicos pero no lo son.

No es que falte la verdad, es que falta saber cómo contarla.

La importancia de la educación y el pensamiento crítico

No podemos dejar que los bulos ocupen el hueco que la ciencia no ha sabido llenar. No se trata de competir con la mentira, sino de ofrecer una información mejor: clara, cercana y humana.

Es básico aprender a detectar esa información perjudicial. La educación en salud y el pensamiento crítico tienen que empezar desde pequeños. Y los profesionales, además de curar, deben estar preparados para informar.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. En las redes sociales, los bulos sobre salud corren mucho más rápido que los hechos – https://theconversation.com/en-las-redes-sociales-los-bulos-sobre-salud-corren-mucho-mas-rapido-que-los-hechos-255893

Algoritmos en los juzgados, ¿una ayuda o un peligro?

Source: The Conversation – France – By Gema Marcilla Córdoba, Profesora Titular de Filosofía del Derecho, Universidad de Castilla-La Mancha

Alexander Limbach/Shutterstock

¿Y si la próxima sentencia que decida nuestro futuro la escribiera un programa tan complejo que ni sus creadores saben explicar del todo cómo razona?

El derecho ha ido siempre de la mano de la tecnología. Muchos hitos jurídicos han sido posibles debido a previos hitos tecnológicos: la escritura hizo posible la publicidad normativa; la imprenta multiplicó el acceso a las fuentes jurídicas; la informatización y digitalización han marcado a las profesiones jurídicas desde finales del siglo pasado. Y hoy en día, la inteligencia artificial –sobre todo, los grandes modelos de lenguaje– se sienta en el estrado.

Esta nueva “colaboradora” es poderosa: resume miles de folios en segundos e identifica patrones de decisión en la legislación, ka jurisprudencia y la doctrina con un celo y rapidez extraordinarios. También puede revisar las pruebas; por ejemplo, las grabaciones de testimonios, encontrando matices que pasan desapercibidos al humano.

Pero su entrada en la sala de vistas no es inocua.

La jurisdicción es, junto al legislador, un órgano vital del Estado de derecho. Su legitimidad descansa en resolver los casos particulares sobre la base exclusiva de normas jurídicas (normas preestablecidas). “El juez es la boca que pronuncia las palabras de la ley; seres inanimados que no pueden moderar ni la fuerza ni el rigor de las leyes”, escribía Montesquieu en 1748, en su obra El espíritu de las leyes.

La inevitable subjetividad humana

Pese al ideal de juez neutral, el juez real inevitablemente adolece de subjetividad. No hablamos aquí ni de politización de la justicia, ni mucho menos de prevaricación. Por más virtuoso que sea, interpretará la realidad jurídica desde sus esquemas cognitivos.

Los juristas, teóricos y prácticos, se han esforzado por preservar el principio de legalidad, es decir, por salvaguardar la imparcialidad y la independencia de los jueces. Aunque este objetivo sea inalcanzable al cien por cien debido a la irremediable subjetividad humana.

Resulta por ello paradójico que ahora, que gracias a la IA estamos cada vez más cerca de que un ser verdaderamente inanimado e impasible (un algoritmo) pueda hacer justicia, la Unión Europea no dude en calificar de “alto riesgo” a cualquier sistema de IA que ayude a los jueces y magistrados a interpretar hechos o normas (según recoge el artículo 6 del Reglamento 2024/1689 de Inteligencia Artificial).

El mensaje es contundente: la tecnología puede asistir, jamás sustituir a la decisión de un juez humano.

Sistemas de alto riesgo

La IA genera tanto entusiasmo como inquietudes y dudas. Ya en 2014, el filósofo sueco Nick Bostrom resaltaba que la automatización del aprendizaje, aspecto clave en la IA, puede conducir a una “explosión de inteligencia”.

La “superinteligencia artificial” implicaría no solo nuevos esquemas conceptuales incomprensibles para el humano, sino algoritmos libres, desvinculados de nuestros valores, de manera que las máquinas pudieran dirigir toda su actuación a objetivos absurdos o perjudiciales para la humanidad.

Sin necesidad de plantear un escenario a largo plazo o futurista como el que indica Bostrom, los riesgos presentes son palpables. En lo que respecta a la IA jurisdiccional, los modelos, a menudo, “alucinan”, llegando a inventar resoluciones de tribunales inexistentes. Asimismo, operan como “cajas negras”, sin trazabilidad ni explicabilidad de sus respuestas. E interactúan con quien los usa sin dejar rastro del legal prompting –preguntas introducidas, aplicando el procesamiento del lenguaje natural– que haya tenido lugar.

Además, heredan sesgos ideológicos de los datos con los que fueron entrenados. Es decir, conforman sus respuestas sobre la base del aprendizaje de premisas o patrones infundados en relación con la raza, el género, las tendencias sexuales, la capacidad adquisitiva, el nivel de endeudamiento, etc.

Junto con los problemas que suponen estos sesgos, es consustancial a la IA el sesgo estadístico, entendiendo por tal la prevalencia de los datos que estadísticamente tienen más peso. En lo que respecta al derecho, ello puede suponer una suerte de “clonación” del pasado jurisprudencial, congelando la evolución en la interpretación de las normas.

La última palabra para el juez

¿La solución? Diseño consciente y responsable de tales problemas y supervisión humana. Para ello resulta esencial un marco de trabajo pluridisciplinar, de estrecha colaboración entre expertos en sistemas de IA y expertos en derecho.

El Reglamento de IA exige documentación técnica exhaustiva, auditorías de sesgo y la posibilidad de recrear cada paso del razonamiento jurídico algorítmico. La Carta de la Comisión Europea por la Eficacia en la Justicia (CEPEJ), de 2018, o el Dictamen XXIV de la Comisión Iberoamericana de Ética Judicial recuerdan que toda recomendación generada por un sistema automático debe ser revisada críticamente por el juez, quien conserva la última palabra y la carga de motivar su decisión.

Nada de esto significa demonizar la tecnología. Bien gobernada, la inteligencia artificial libera tiempo, tan necesario para que la tutela judicial sea verdaderamente efectiva. Pero si se despliega sin salvaguardas, la promesa de efectividad puede mutar en una justicia algorítmica “mecanicista” en el peor de los sentidos, pues no por ser una máquina sería objetiva, sino aleatoria y opaca en la elección de las normas que aplica.

Un cerebro sintético que nunca se cansa no es preferible a un juez de carne y hueso –con la experiencia de las complejidades de la práctica jurídica–. Más bien el juez de nuestros días debe ser tanto un experto en el derecho como en el algoritmo que le ayuda a aplicarlo.

The Conversation

Gema Marcilla Córdoba no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Algoritmos en los juzgados, ¿una ayuda o un peligro? – https://theconversation.com/algoritmos-en-los-juzgados-una-ayuda-o-un-peligro-257746

Using TikTok could be making you more politically polarized, new study finds

Source: The Conversation – USA (2) – By Zicheng Cheng, Assistant Professor of Mass Communications, University of Arizona

Are you in an echo chamber on TikTok? LeoPatrizi/E+ via Getty Images

People on TikTok tend to follow accounts that align with their own political beliefs, meaning the platform is creating political echo chambers among its users. These findings, from a study my collaborators, Yanlin Li and Homero Gil de Zúñiga, and I published in the academic journal New Media & Society, show that people mostly hear from voices they already agree with.

We analyzed the structure of different political networks on TikTok and found that right-leaning communities are more isolated from other political groups and from mainstream news outlets. Looking at their internal structures, the right-leaning communities are more tightly connected than their left-leaning counterparts. In other words, conservative TikTok users tend to stick together. They rarely follow accounts with opposing views or mainstream media accounts. Liberal users, on the other hand, are more likely to follow a mix of accounts, including those they might disagree with.

Our study is based on a massive dataset of over 16 million TikTok videos from more than 160,000 public accounts between 2019 and 2023. We saw a spike of political TikTok videos during the 2020 U.S. presidential election. More importantly, people aren’t just passively watching political content; they’re actively creating political content themselves.

Some people are more outspoken about politics than others. We found that users with stronger political leanings and those who get more likes and comments on their videos are more motivated to keep posting. This shows the power of partisanship, but also the power of TikTok’s social rewards system. Engagement signals – likes, shares, comments – are like a fuel, encouraging users to create even more.

Why it matters

People are turning to TikTok not just for a good laugh. A recent Pew Research Center survey shows that almost 40% of U.S. adults under 30 regularly get news on TikTok. The question becomes what kind of news are they watching, and what does that mean for how they engage with politics.

The content on TikTok often comes from creators and influencers or digital-native media sources. The quality of this news content remains uncertain. Without access to balanced, fact-based information, people may struggle to make informed political decisions.

TikTok is not unique; social media generally fosters polarization.

Amid the debates over banning TikTok, our study highlights how TikTok can be a double-edged sword in political communication. It’s encouraging to see people participate in politics through TikTok when that’s their medium of choice. However, if a user’s network is closed and homogeneous and their expression serves as in-group validation, it may further solidify the political echo chamber.

When people are exposed to one-sided messages, it can increase hostility toward outgroups. In the long run, relying on TikTok as a source for political information might deepen people’s political views and contribute to greater polarization.

What other research is being done

Echo chambers have been widely studied on platforms like Twitter and Facebook, but similar research on TikTok is in its infancy. TikTok is drawing scrutiny, particularly its role in news production, political messaging and social movements.

TikTok has its unique format, algorithmic curation and entertainment-driven design. I believe that its function as a tool for political communication calls for closer examination.

What’s next

In 2024, the Biden/Harris and Trump campaigns joined TikTok to reach young voters. My research team is now analyzing how these political communication dynamics may have shifted during the 2024 election. Future research could use experiments to explore whether these campaign videos significantly influence voters’ perceptions and behaviors.

The Research Brief is a short take on interesting academic work.

The Conversation

Zicheng Cheng does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organization that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Using TikTok could be making you more politically polarized, new study finds – https://theconversation.com/using-tiktok-could-be-making-you-more-politically-polarized-new-study-finds-258791

Mitochondria can sense bacteria and trigger your immune system to trap them – revealing new ways to treat infections and autoimmunity 

Source: The Conversation – USA (2) – By Andrew Monteith, Assistant Professor of Microbiology, University of Tennessee

Neutrophils (yellow) eject a NET (green) to ensnare bacteria (purple). Other cells, such as red blood cells (orange), may also get trapped. CHDENK/Wikimedia Commons, CC BY-SA

Mitochondria have primarily been known as the energy-producing components of cells. But scientists are increasingly discovering that these small organelles do much more than just power cells. They are also involved in immune functions such as controlling inflammation, regulating cell death and responding to infections.

Research from my colleagues and I revealed that mitochondria play another key role in your immune response: sensing bacterial activity and helping neutrophils, a type of white blood cell, trap and kill them.

For the past 16 years, my research has focused on understanding the decisions immune cells make during infection and how the breakdown of these decision-making processes cause disease. My lab’s recent findings shed light on why people with autoimmune diseases such as lupus may struggle to fight infections, revealing a potential link between dysfunctional mitochondria and weakened immune defenses.

Side-by-side comparison of labeled illustration of cross-section of mitochondria and its micrograph
Mitochondria do so much more than just produce energy.
OpenStax, CC BY-SA

The immune system’s secret weapons

Neutrophils are the most abundant type of immune cell and serve as the immune system’s first responders. One of their key defense mechanisms is releasing neutrophil extracellular traps, or NETs – weblike structures composed of DNA and antimicrobial proteins. These sticky NETs trap and neutralize invading microbes, preventing their spread in the body.

Until recently, scientists believed that NET formation was primarily triggered by cellular stress and damage. However, our study found that mitochondria can detect a specific bacterial byproduct – lactate – and use that signal to initiate NET formation.

Lactate is commonly associated with muscle fatigue in people. But in the context of bacterial infections, it plays a different role. Many bacteria release lactate as part of their own energy production. My team found that once bacteria are engulfed by a compartment of the cell called the phagosome, neutrophils can sense the presence of this lactate.

Inside the phagosome, this lactate communicates to the neutrophil that bacteria are present and that the antibacterial processes are not sufficient to kill these pathogens. When the mitochondria in neutrophil cells detect this lactate, they start signaling for the cell to get rid of the NETs that have entrapped bacteria. Once the bacteria are released outside the cell, other immune cells can kill them.

Here, a neutrophil engulfs MRSA bacteria (green).

When we blocked the mitochondria’s ability to sense lactate, neutrophils failed to produce NETs effectively. This meant bacteria were more likely to escape capture and proliferate, showing how crucial this mechanism is to immune defense. This process highlights an intricate dialogue between the bacteria’s metabolism and the host cell’s energy machinery.

What makes this finding surprising is that the mitochondria within cells are able to detect bacteria trapped in phagosomes, even though the microbes are enclosed in a separate space. Somehow, mitochondrial sensors can pick up cues from within these compartments – an impressive feat of cellular coordination.

Targeting mitochondria to fight infections

Our study is part of a growing field called immunometabolism, which explores how metabolism and immune function are deeply intertwined. Rather than viewing cellular metabolism as strictly a means to generate energy, researchers are now recognizing it as a central driver of immune decisions.

Mitochondria sit at the heart of this interaction. Their ability to sense, respond to and even shape the metabolic environment of a cell gives them a critical role in determining how and when immune responses are deployed.

For example, our findings provide a key reason why patients with a chronic autoimmune disease called systemic lupus erythematosus often suffer from recurrent infections. Mitochondria in the neutrophils of lupus patients fail to sense bacterial lactate properly. As a result, NET production was significantly reduced. This mitochondrial dysfunction could explain why lupus patients are more vulnerable to bacterial infections – even though their immune systems are constantly activated due to the disease.

This observation points to mitochondria’s central role in balancing immune responses. It connects two seemingly unrelated issues: immune overactivity, as seen in lupus, and immune weakness like increased susceptibility to infection. When mitochondria work correctly, they help neutrophils mount an effective, targeted attack on bacteria. But when mitochondria are impaired, this system breaks down.

Microscopy image of long threads extending from round blobs
Neutrophils unable to effectively produce NETs may contribute to the development of lupus.
Luz Blanco/National Institute of Arthritis and Musculoskeletal and Skin Diseases via Flickr, CC BY-NC-SA

Our discovery that mitochondria can sense bacterial lactate to trigger NET formation opens up new possibilities for treating infections. For instance, drugs that enhance mitochondrial sensing could boost NET production in people with weakened immune systems. On the flip side, for conditions where NETs contribute to tissue damage – such as in severe COVID-19 or autoimmune diseases – it might be beneficial to limit this response.

Additionally, our study raises the question of whether other immune cells use similar mechanisms to sense microbial metabolites, and whether other bacterial byproducts might serve as immune signals. Understanding these pathways in more detail could lead to new treatments that modulate immune responses more precisely, reducing collateral damage while preserving antimicrobial defenses.

Mitochondria are not just the powerhouses of the cell – they are the immune system’s watchtowers, alert to even the faintest metabolic signals of bacterial invaders. As researchers’ understanding of their roles expands, so too does our appreciation for the complexity – and adaptability – of our cellular defenses.

The Conversation

Andrew Monteith receives funding from the National Institute of Health.

ref. Mitochondria can sense bacteria and trigger your immune system to trap them – revealing new ways to treat infections and autoimmunity  – https://theconversation.com/mitochondria-can-sense-bacteria-and-trigger-your-immune-system-to-trap-them-revealing-new-ways-to-treat-infections-and-autoimmunity-255939

The Vera C. Rubin Observatory will help astronomers investigate dark matter, continuing the legacy of its pioneering namesake

Source: The Conversation – USA (2) – By Samantha Thompson, Astronomy Curator, National Air and Space Museum, Smithsonian Institution

The Rubin Observatory is scheduled to release its first images in 2025. RubinObs/NOIRLab/SLAC/NSF/DOE/AURA/B. Quint

Everything in space – from the Earth and Sun to black holes – accounts for just 15% of all matter in the universe. The rest of the cosmos seems to be made of an invisible material astronomers call dark matter.

Astronomers know dark matter exists because its gravity affects other things, such as light. But understanding what dark matter is remains an active area of research.

With the release of its first images this month, the Vera C. Rubin Observatory has begun a 10-year mission to help unravel the mystery of dark matter. The observatory will continue the legacy of its namesake, a trailblazing astronomer who advanced our understanding of the other 85% of the universe.

As a historian of astronomy, I’ve studied how Vera Rubin’s contributions have shaped astrophysics. The observatory’s name is fitting, given that its data will soon provide scientists with a way to build on her work and shed more light on dark matter.

Wide view of the universe

From its vantage point in the Chilean Andes mountains, the Rubin Observatory will document everything visible in the southern sky. Every three nights, the observatory and its 3,200 megapixel camera will make a record of the sky.

This camera, about the size of a small car, is the largest digital camera ever built. Images will capture an area of the sky roughly 45 times the size of the full Moon. With a big camera with a wide field of view, Rubin will produce about five petabytes of data every year. That’s roughly 5,000 years’ worth of MP3 songs.

After weeks, months and years of observations, astronomers will have a time-lapse record revealing anything that explodes, flashes or moves – such as supernovas, variable stars or asteroids. They’ll also have the largest survey of galaxies ever made. These galactic views are key to investigating dark matter.

Galaxies are the key

Deep field images from the Hubble Space Telescope, the James Webb Space Telescope and others have visually revealed the abundance of galaxies in the universe. These images are taken with a long exposure time to collect the most light, so that even very faint objects show up.

Researchers now know that those galaxies aren’t randomly distributed. Gravity and dark matter pull and guide them into a structure that resembles a spider’s web or a tub of bubbles. The Rubin Observatory will expand upon these previous galactic surveys, increasing the precision of the data and capturing billions more galaxies.

In addition to helping structure galaxies throughout the universe, dark matter also distorts the appearance of galaxies through an effect referred to as gravitational lensing.

Light travels through space in a straight line − unless it gets close to something massive. Gravity bends light’s path, which distorts the way we see it. This gravitational lensing effect provides clues that could help astronomers locate dark matter. The stronger the gravity, the bigger the bend in light’s path.

Many galaxies, represented as bright dots, some blurred, against a dark background.
The white galaxies seen here are bound in a cluster. The gravity from the galaxies and the dark matter bends the light from the more distant galaxies, creating contorted and magnified images of them.
NASA, ESA, CSA and STScI

Discovering dark matter

For centuries, astronomers tracked and measured the motion of planets in the solar system. They found that all the planets followed the path predicted by Newton’s laws of motion, except for Uranus. Astronomers and mathematicians reasoned that if Newton’s laws are true, there must be some missing matter – another massive object – out there tugging on Uranus. From this hypothesis, they discovered Neptune, confirming Newton’s laws.

With the ability to see fainter objects in the 1930s, astronomers began tracking the motions of galaxies.

California Institute of Technology astronomer Fritz Zwicky coined the term dark matter in 1933, after observing galaxies in the Coma Cluster. He calculated the mass of the galaxies based on their speeds, which did not match their mass based on the number of stars he observed.

He suspected that the cluster could contain an invisible, missing matter that kept the galaxies from flying apart. But for several decades he lacked enough observational evidence to support his theory.

A woman adjusting a large piece of equipment.
Vera Rubin operates the Carnegie spectrograph at Kitt Peak National Observatory in Tucson.
Carnegie Institution for Science, CC BY

Enter Vera Rubin

In 1965, Vera Rubin became the first women hired onto the scientific staff at the Carnegie Institution’s Department of Terrestrial Magnetism in Washington, D.C.

She worked with Kent Ford, who had built an extremely sensitive spectrograph and was looking to apply it to a scientific research project. Rubin and Ford used the spectrograph to measure how fast stars orbit around the center of their galaxies.

In the solar system, where most of the mass is within the Sun at the center, the closest planet, Mercury, moves faster than the farthest planet, Neptune.

“We had expected that as stars got farther and farther from the center of their galaxy, they would orbit slower and slower,” Rubin said in 1992.

What they found in galaxies surprised them. Stars far from the galaxy’s center were moving just as fast as stars closer in.

“And that really leads to only two possibilities,” Rubin explained. “Either Newton’s laws don’t hold, and physicists and astronomers are woefully afraid of that … (or) stars are responding to the gravitational field of matter which we don’t see.”

Data piled up as Rubin created plot after plot. Her colleagues didn’t doubt her observations, but the interpretation remained a debate. Many people were reluctant to accept that dark matter was necessary to account for the findings in Rubin’s data.

Rubin continued studying galaxies, measuring how fast stars moved within them. She wasn’t interested in investigating dark matter itself, but she carried on with documenting its effects on the motion of galaxies.

A quarter with a woman looking upwards engraved onto it.
A U.S quarter honors Vera Rubin’s contributions to our understanding of dark matter.
United States Mint, CC BY

Vera Rubin’s legacy

Today, more people are aware of Rubin’s observations and contributions to our understanding of dark matter. In 2019, a congressional bill was introduced to rename the former Large Synoptic Survey Telescope to the Vera C. Rubin Observatory. In June 2025, the U.S. Mint released a quarter featuring Vera Rubin.

Rubin continued to accumulate data about the motions of galaxies throughout her career. Others picked up where she left off and have helped advance dark matter research over the past 50 years.

In the 1970s, physicist James Peebles and astronomers Jeremiah Ostriker and Amos Yahil created computer simulations of individual galaxies. They concluded, similarly to Zwicky, that there was not enough visible matter in galaxies to keep them from flying apart.

They suggested that whatever dark matter is − be it cold stars, black holes or some unknown particle − there could be as much as 10 times the amount of dark matter than ordinary matter in galaxies.

Throughout its 10-year run, the Rubin Observatory should give even more researchers the opportunity to add to our understanding of dark matter.

The Conversation

Samantha Thompson does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organization that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. The Vera C. Rubin Observatory will help astronomers investigate dark matter, continuing the legacy of its pioneering namesake – https://theconversation.com/the-vera-c-rubin-observatory-will-help-astronomers-investigate-dark-matter-continuing-the-legacy-of-its-pioneering-namesake-259233

Neuropathic pain has no immediate cause – research on a brain receptor may help stop this hard-to-treat condition

Source: The Conversation – USA (2) – By Pooja Shree Chettiar, Ph.D. Candidate in Medical Sciences, Texas A&M University

Neuropathic pain is experienced both physically and emotionally. Salim Hanzaz/iStock via Getty Images

Pain is easy to understand until it isn’t. A stubbed toe or sprained ankle hurts, but it makes sense because the cause is clear and the pain fades as you heal.

But what if the pain didn’t go away? What if even a breeze felt like fire, or your leg burned for no reason at all? When pain lingers without a clear cause, that’s neuropathic pain.

We are neuroscientists who study how pain circuits in the brain and spinal cord change over time. Our work focuses on the molecules that quietly reshape how pain is felt and remembered.

We didn’t fully grasp how different neuropathic pain was from injury-related pain until we began working in a lab studying it. Patients spoke of a phantom pain that haunted them daily – unseen, unexplained and life-altering.

These conversations shifted our focus from symptoms to mechanisms. What causes this ghost pain to persist, and how can we intervene at the molecular level to change it?

More than just physical pain

Neuropathic pain stems from damage to or dysfunction in the nervous system itself. The system that was meant to detect pain becomes the source of it, like a fire alarm going off without a fire. Even a soft touch or breeze can feel unbearable.

Neuropathic pain doesn’t just affect the body – it also alters the brain. Chronic pain of this nature often leads to depression, anxiety, social isolation and a deep sense of helplessness. It can make even the most routine tasks feel unbearable.

About 10% of the U.S. population – tens of millions of people – experience neuropathic pain, and cases are rising as the population ages. Complications from diabetes, cancer treatments or spinal cord injuries can lead to this condition. Despite its prevalence, doctors often overlook neuropathic pain because its underlying biology is poorly understood.

Person lying on side in bed, eyes closed, possibly grimacing
Neuropathic pain can be debilitating.
Kate Wieser/Moment via Getty Images

There’s also an economic cost to neuropathic pain. This condition contributes to billions of dollars in health care spending, missed workdays and lost productivity. In the search for relief, many turn to opioids, a path that, as seen from the opioid epidemic, can carry its own devastating consequences through addiction.

GluD1: A quiet but crucial player

Finding treatments for neuropathic pain requires answering several questions. Why does the nervous system misfire in this way? What exactly causes it to rewire in ways that increase pain sensitivity or create phantom sensations? And most urgently: Is there a way to reset the system?

This is where our lab’s work and the story of a receptor called GluD1 comes in. Short for glutamate delta-1 receptor, this protein doesn’t usually make headlines. Scientists have long considered GluD1 a biochemical curiosity, part of the glutamate receptor family, but not known to function like its relatives that typically transmit electrical signals in the brain.

Instead, GluD1 plays a different role. It helps organize synapses, the junctions where neurons connect. Think of it as a construction foreman: It doesn’t send messages itself, but directs where connections form and how strong they become.

This organizing role is critical in shaping the way neural circuits develop and adapt, especially in regions involved in pain and emotion. Our lab’s research suggests that GluD1 acts as a molecular architect of pain circuits, particularly in conditions like neuropathic pain where those circuits misfire or rewire abnormally. In parts of the nervous system crucial for pain processing like the spinal cord and amygdala, GluD1 may shape how people experience pain physically and emotionally.

Fixing the misfire

Across our work, we found that disruptions to GluD1 activity is linked to persistent pain. Restoring GluD1 activity can reduce pain. The question is, how exactly does GluD1 reshape the pain experience?

In our first study, we discovered that GluD1 doesn’t operate solo. It teams up with a protein called cerebellin-1 to form a structure that maintains constant communication between brain cells. This structure, called a trans-synaptic bridge, can be compared to a strong handshake between two neurons. It makes sure that pain signals are appropriately processed and filtered.

But in chronic pain, the bridge between these proteins becomes unstable and starts to fall apart. The result is chaotic. Like a group chat where everyone is talking at once and nobody can be heard clearly, neurons start to misfire and overreact. This synaptic noise turns up the brain’s pain sensitivity, both physically and emotionally. It suggests that GluD1 isn’t just managing pain signals, but also may be shaping how those signals feel.

What if we could restore that broken connection?

Resembling paint splatter, a round glob of green, yellow and red is superimposed on each other and surrounded by flecks of these same colors
This image highlights the presence of GluD1, in green and yellow, in a neuron of the central amygdala, in red.
Pooja Shree Chettiar and Siddhesh Sabnis/Dravid Lab at Texas A&M University, CC BY-SA

In our second study, we injected mice with cerebellin-1 and saw that it reactivated GluD1 activity, easing their chronic pain without producing any side effects. It helped the pain processing system work again without the sedative effects or disruptions to other nerve signals that are common with opioids. Rather than just numbing the body, reactivating GluD1 activity recalibrated how the brain processes pain.

Of course, this research is still in the early stages, far from clinical trials. But the implications are exciting: GluD1 may offer a way to repair the pain processing network itself, with fewer side effects and less risk of addiction than current treatments.

For millions living with chronic pain, this small, peculiar receptor may open the door to a new kind of relief: one that heals the system, not just masks its symptoms.

The Conversation

The authors do not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organization that would benefit from this article, and have disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Neuropathic pain has no immediate cause – research on a brain receptor may help stop this hard-to-treat condition – https://theconversation.com/neuropathic-pain-has-no-immediate-cause-research-on-a-brain-receptor-may-help-stop-this-hard-to-treat-condition-256982