¿Es mejor leer 30 libros al año, o solamente cinco? Qué pregunta tan absurda. Como todo, se dirán, depende: depende del contenido y la complejidad de los libros, del disfrute que obtengamos de ellos y de lo que nos aporten a largo plazo, es decir, del poso que dejen.
Cantidad no es calidad en casi nada, y mucho menos en lectura. Por eso puede ocurrir, como explicaba recientemente la psicopedagoga Sylvie Pérez Lima, que leamos muchos libros sin que nuestra capacidad de comprensión lectora se vea necesariamente mejorada. Porque cuando leemos, existen dos niveles de comprensión. El inmediato, que depende de la agilidad de nuestra mecánica lectora (es decir, de lo rápido que nuestro cerebro procese las letras, las palabras, las frases, y el significado directo que tienen); y el profundo. Este segundo nivel es el que nos permite interpretar, comparar, entender arcos narrativos, desarrollos de personajes o argumentos lógicos; el que nos ayuda a percibir una intención, un sesgo o una contradicción. En definitiva, el que no nos deja igual de como estábamos antes y permite desarrollar el pensamiento crítico.
¿Cómo se consigue mejorar la comprensión lectora? El primer escalón es dominar la mecánica, y conseguir que la lectura fluya de manera ágil y sencilla. Esto sí se consigue practicando mucho, leyendo mucho. Por eso en los primeros años a los niños se les anima a adquirir el hábito de la lectura eligiendo los temas y estilos que más les entusiasmen, sean los que sean. Pero los siguientes escalones no son tan automáticos, como deja en evidencia el reciente informe PISA y como se observa, a menudo, cuando se corrigen exámenes (¿qué profesor no se ha lamentado alguna vez de que sus alumnos no han leído “bien” la pregunta?). Lo importante no es solo cuánto lee un niño o un adolescente (¡o un adulto!), sino también qué es capaz de hacer con lo que lee.
También deberíamos animarles a leer diferentes tipos de libros, no solo los que les fascinan. Porque como dice la profesora Pérez Lima, “cuanta más experiencia lectora acumulamos sobre determinado estilo de escritura, menos esfuerzo cognitivo supone descifrarlo, más predecible será la tarea para nosotros, y menos esfuerzo de comprensión estaremos haciendo”. Devorar novelas románticas o de ciencia ficción es genial; pero para alcanzar una comprensión lectora completa es necesario salir de la zona de confort.
Se trata de un asunto que va mucho más allá del aula. La comprensión lectora es fundamental para siempre, no solo durante la etapa académica y para el aprendizaje, sino para ser un ciudadano con plenos derechos y capacidad de decisión. La vida digital nos empuja a todos (jóvenes y mayores) a leer mucho, en pantalla, y muy deprisa, y a menudo nos hace priorizar la cantidad en detrimento de la calidad. Lo difícil es leer “despacio”, de manera más profunda, asimilando y dejando las ideas madurar.
Ojalá esta selección de artículos les inspiren a leer de esta manera.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Andrea Hernandez Hurtado, Profesora de Didáctica de la Lengua en los Grados de Educación Infantil y Educación Primaria y profesora de Inglés en el Máster en Formación del Profesorado, Universidad CEU Cardenal Herrera
Este es uno de los chistes más conocidos que existen. La gracia de esta broma tan sencilla radica en la comprensión de la polisemia de la respuesta, pues “nada” sirve tanto para referirse a que el pez “no dijo nada” como a que le dijo al otro pez que “nadara”.
Igual que recordamos este chiste, recordamos numerosos juegos de palabras y cancioncillas que nos ayudaron a aprender en la escuela (“Treinta días trae noviembre, con abril, junio y septiembre…”). Este envoltorio humorístico o musical sobrevive en la memoria y, con él, el contenido que nos aporta.
Por eso, tanto el humor como las rimas y las melodías han formado parte tradicionalmente de muchas enseñanzas escolares.
El humor y la pedagogía
El humor es un fenómeno intrínsecamente humano y complejo que cumple las funciones sociales, culturales y cognitivas que requiere la interacción entre individuos para existir.
En el aula, es una estrategia didáctica motivadora, pues acerca a estudiantes y docentes, creando una vivencia positiva y gratificante del proceso de enseñanza y aprendizaje.
Gracias al humor, se pueden comunicar mejor algunos contenidos porque estimula la atención, la creatividad y la memoria simultáneamente). El uso de dobles sentidos o juegos de palabras, como los populares “colmos” en primaria (“¿Cuál es el colmo de un electricista? Que no le echen un cable”), desata una respuesta emocional positiva en el niño, la cual se retiene más fácilmente en el cerebro que una oración monótona: el niño aprende, entre otras cosas, vocabulario poco común y a usar la polisemia.
En las etapas iniciales, el uso de juegos de palabras con significado literal ayuda a que los niños desarrollen la competencia pragmática. Mientras juegan con el sentido de las palabras, están aprendiendo cómo funciona la lengua y la polisemia de algunos términos. Por ejemplo, los niños preferirán enfrentarse a un grupo de tigres “muertos de hambre” que a un grupo de leones hambrientos, pues los tigres muertos son inofensivos.
En nuestra memoria de trabajo, que usamos para aprender, existe un subsistema llamado “bucle fonológico”, especializado en sostener sonidos del habla unos segundos mientras los repasamos mentalmente, como un audio que se reproduce en bucle.
Ese sistema es especialmente sensible al patrón sonoro: las palabras que comparten ritmo o rima se agrupan y se refuerzan entre sí de un modo que una definición seca simplemente no consigue. Por eso, a un niño de cinco años le cuesta mucho más recordar que “las palabras agudas llevan tilde cuando terminan en n, s o vocal”, que asimilar esta idea aprendiéndose la frase: “camión, ratón y balón, con tilde en el rincón”.
Lo que nos enseñan las tradiciones orales
David Rubin, psicólogo cuya investigación se centra, en parte, en el aprendizaje de estructuras gramaticales y la memorización a través de la tradición oral, investigó por qué epopeyas, romances de ciego y retahílas de comba de todo el mundo sobreviven generación tras generación sin necesidad de papel. Su respuesta: no es casualidad ni nostalgia, sino ingeniería. Estos géneros están construidos con varias “restricciones” (es decir, condiciones que se deben cumplir y que limitan las posibilidades) a la vez: métrica, rima, imágenes, fórmulas que se repiten funcionan como “pistas de recuperación redundantes”, es decir, diferentes señales que apuntan a la misma palabra o fragmento y que permiten recuperarlo si una de ellas falla.
Por eso contribuyen a la retención memorística: si se olvida una palabra, el ritmo o la rima casi nos la “soplan”. Pensemos, por ejemplo, en canciones de comba como “Al pasar la barca”, en las que el ritmo, las terminaciones sonoras e incluso el contexto ayudan a anticipar qué viene después:
Al pasar la barca, me dijo el barquero: “las niñas bonitas no pagan ______”.
Esta ayuda a la memoria que ofrecen las rimas se puede comprobar también en otro tipo de composiciones, no rimadas, como este chiste:
–El mes pasado “contraí” matrimonio.
–¡Contraje!
–Sí, claro, ¿cómo iba a ir sin traje?
El chiste corrige el verbo irregular (el pasado de contraer es “contraje”, no contraí) apoyándose precisamente en el parecido sonoro que tiene con la expresión “con traje”: esta homofonía resuelve el chiste y, de paso, la forma correcta del verbo ya no se nos olvida.
De la gracia al fondo
Tales elementos humorísticos y musicales no son necesariamente excluyentes, pues el mismo verso pegadizo por su ritmo puede ser que arranque una sonrisa en los niños e, incluso, ser parodiado por los propios niños (¡cuántas versiones gamberras de canciones no se habrán escuchado en clase!). Que un niño o niña juegue con las palabras es una prueba de que su conocimiento de la lengua está madurando.
Aunque rimas y juegos de palabras humorísticos ayudan a recordar, no pueden ser la prueba de que el aprendizaje ha tenido lugar: un alumno puede recitar de carrerilla una rima gramatical sin haber interiorizado la norma que esconde, igual que cualquiera tararea una canción en inglés sin saber qué dice la letra.
Lo pegadizo garantiza que la información llegue y se quede a la puerta; que entre de verdad en el edificio y se quede a vivir ahí es otro trabajo, el de siempre: explicar, practicar y aplicar la regla a casos nuevos que ya no riman con nada.
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Javier Álvarez Gálvez, Profesor Titular de Universidad, Salud Poblacional y Ciencia de Datos Sociales/Sanitarios, Universidad de Cádiz
Imagine dos personas de la misma edad. Ambas acaban de cumplir sesenta años y, sobre el papel, comparten un mismo diagnóstico de hipertensión. Sin embargo, una década después sus vidas son muy distintas: una convive con esa una única dolencia, bien controlada. La otra ha sumado a la lista diabetes, una enfermedad cardiovascular, lumbalgia crónica y depresión. ¿Por qué dos caminos tan diferentes desde un inicio tan parecido? Muchas veces atribuimos a la genética estas diferencias, pero buena parte de la respuesta está en algo que solemos pasar por alto: el lugar donde vivimos.
Las enfermedades no vienen solas
Estamos acostumbrados a pensar en la hipertensión, la diabetes y la depresión como si fueran condiciones separadas, cada una con su especialista y su tratamiento. Sin embargo, a medida que envejecemos, rara vez aparecen de una en una. Lo habitual es que, desde una condición inicial, se acumulen y evolucionen de forma conjunta.
A esa coexistencia de dos o más enfermedades crónicas en una persona la llamamos “multimorbilidad”. Detrás de este concepto se encuentra uno de los grandes retos de los sistemas sanitarios, diseñados para tratar dolencias aisladas –brotes agudos– más que a pacientes con varias enfermedades a la vez.
Lo interesante es que esa acumulación no es caótica. En un estudio con más de un millón de historiales clínicos de la provincia de Cádiz identificamos 25 patrones distintos de multimorbilidad. Se trata de combinaciones que se repiten, como el grupo cardiometabólico (hipertensión, diabetes, colesterol), el musculoesquelético y el de salud mental.
Las enfermedades, en definitiva, tienden a viajar juntas y a hacerlo siguiendo rutas reconocibles.
De fotografías a películas
Durante mucho tiempo la investigación se limitó a hacer una fotografía –qué enfermedades tenía una persona en un momento dado–, pero nuestra salud se parece más a una película. Con grandes bases de datos y técnicas capaces de seguir a las personas en el tiempo hemos empezado a reconstruir esos caminos de la enfermedad. Hoy buscamos entender cómo se transita de un estado de salud a otro y por qué algunas personas acaban con perfiles complejos en los que se combinan varios sistemas del cuerpo.
En ese recorrido hay dolencias que actúan como puentes: patologías que conectan los patrones más sencillos con otros mucho más graves. Según nuestros datos, la disfunción hepática en los hombres y la depresión en las mujeres actúan como puntos de inflexión que aceleran la caída hacia una multimorbilidad más compleja y con mayor riesgo de mortalidad y de uso de servicios sanitarios.
El código postal, bajo la piel
Aquí es donde el entorno entra en juego. Cuando cruzamos esas trayectorias con las condiciones socioeconómicas del área de residencia, el patrón es nítido: en los barrios con menos recursos las combinaciones de enfermedades son más complejas, más graves y aparecen antes.
Nuestra revisión de la literatura científica internacional apunta en la misma dirección. La multimorbilidad puede adelantarse entre 10 y 15 años en las poblaciones con menos recursos. Dicho de otro modo: no solo enfermamos de forma distinta según dónde vivamos, sino que también lo hacemos antes.
No se trata únicamente del dinero. El entorno social moldea la alimentación, la vivienda, el empleo, las relaciones sociales y el acceso tanto a productos nocivos como a la propia atención sanitaria. Todos esos factores se embeben bajo la piel y van trazando el camino que seguirá nuestra salud.
Más que un problema clínico
Detrás de cada trayectoria hay una persona. En un estudio con pacientes y profesionales sanitarios la multimorbilidad se describía como un ciclo de deterioro físico, vulnerabilidad emocional y, con demasiada frecuencia, desatención de un sistema fragmentado. Estos pacientes experimentan largas esperas y tratamientos difíciles de coordinar. Los cuidados recaen, sobre todo, en las mujeres de la familia. Las enfermedades no solo se suman, sino que interactúan y se refuerzan con las condiciones sociales que las rodean.
Esto se aprecia con especial claridad en la salud mental. Cuando una enfermedad mental se combina con dolencias físicas los caminos se vuelven más enrevesados y el uso de los servicios sanitarios, más intenso. Esto revela hasta qué punto cuerpo y mente recorren juntos el mismo trayecto.
Mirar el mapa, no solo el diagnóstico
¿Por qué importa todo esto? Porque si las enfermedades siguen caminos, y esos caminos dependen en parte de dónde vivimos, también podemos intentar cambiarlos.
Comprender las trayectorias de multimorbilidad permite anticiparse. Por ejemplo, identificar antes a quién está en riesgo de dar un salto hacia perfiles más graves, actuar sobre esas enfermedades puente y adaptar la prevención a cada territorio en lugar de aplicar la misma receta para todos.
La idea de fondo es sencilla, pero cambiar la forma de mirar no lo es tanto. Para entender cómo envejecemos y enfermamos no basta con leer nuestra lista de diagnósticos. También hay que mirar el mapa. Porque la salud, más que un destino escrito en los genes, es un camino que recorremos, y ese camino empieza, en buena medida, por el lugar donde vivimos.
Javier Álvarez Gálvez ha recibido fondos públicos de la convocatoria ITI (Inversión Territorial Integrada), desarrollada por la Consejería de Salud de la Junta de Andalucía. El proyecto de investigación DEMMOCAD (ITI-0028-2019) ha sido cofinanciado en un 80% con fondos del Programa Operativo FEDER de Andalucía 2014–2020.
Emma Stone (de espaldas) y Ryan Gosling en una escena de la película _La La Land_.Summit Entertainment
En marzo de 2026, Euronews titulaba una noticia: “Los expertos advierten que la avalancha de vídeos de ICE generados por IA corre el riesgo de socavar la confianza en las grabaciones reales”. El artículo trataba de cómo cientos de vídeos generados con inteligencia artificial simulaban actuaciones del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE).
En la sociedad se ha instalado la pregunta: ¿lo que veré en el próximo telediario serán imágenes auténticas? La vieja frase “esto parece una película” ha adquirido, en este sentido, un significado inquietante.
Sin embargo, la difusa frontera entre cine y realidad llevaba mucho tiempo presente entre nosotros y prueba de ello es el lenguaje. Todos los días usamos expresiones cinematográficas para explicar o calificar lo que sucede o nos sucede. Recurrimos a un diccionario, formal o informal, que da cuenta de nuestras experiencias.
Mencionaba una serie de términos técnicos (montaje, rebobinar, primer plano, efectos especiales…), de anglicismos (flashback, thriller, remake…) e, incluso, de títulos, personajes y diálogos que han pasado de la pantalla al habla cotidiana y a la literatura. Estar “solo ante el peligro” es afrontar sin ayuda una situación comprometida; un “Tarzán” es un hombre fuerte, primitivo o dado a exhibir su físico; una “charlot(ada)” es un festejo taurino cómico; “siempre nos quedará París” es una frase de consuelo ante una pérdida o separación; “que la fuerza te acompañe”, una fórmula para desear suerte, y “nadie es perfecto” supone una aceptación humorística de los defectos propios o ajenos.
La escena final de Con faldas y a lo loco sirve desde su estreno como inspiración cultural.
Yo fui alumno de Borau y mis apuntes de sus clases de guion, allá por los años noventa del siglo pasado, se abren con una frase suya que dice: “El hombre conoce mediante la experiencia o bien mediante la narración y la representación”. Borau quería decir que el cine pertenece, en principio, al segundo territorio, pero luego, en su discurso a la Academia, constata que termina por acompañarnos en la vida real.
Las frases hechas
Porque ¿qué sucede cuando las representaciones cinematográficas, incorporadas al lenguaje, se convierten en guiones para interpretar la experiencia?
Hablamos de aquellas expresiones con las que convertimos la vida en una película. Son frases hechas que una comunidad emplea con un significado compartido, generalmente distinto del literal: “salirse del guion” es actuar de manera inesperada; “esto estaba en el guion” es lo contrario, lo previsible, lo que estaba planeado; “interpretar un papel” es adoptar una conducta que quizá no es auténtica.
En América “robarse la película” significa convertirse en el centro de atención; en Cuba, “ser más rollo que película” describe a quien aparenta más de lo que es; en Costa Rica, “ser pura película” se aplica a la persona que miente o exagera.
Usamos frases como “nos montamos una película” o “hacerse películas” para calificar situaciones que no están suficientemente respaldadas por la realidad. Estas expresiones funcionan como pequeñas cápsulas culturales, porque conservan maneras colectivas de interpretar y valorar la realidad. Y hay más.
‘De película’: mejor que lo real
Un paisaje, un robo, una boda o unas vacaciones pueden ser “de película”. La expresión funciona como superlativo: algo es tan hermoso, espectacular, lujoso o perfecto que parece preparado para la cámara. El cine se convierte aquí en la unidad de medida de la realidad.
La frase contiene una paradoja reveladora. Primero se elogió al cine porque reproducía fielmente el mundo y ahora el mundo recibe la máxima puntuación cuando se parece a su propia reproducción. Pero “de película” oculta el trabajo que da forma a esa perfección: el encuadre, la iluminación, el montaje…
Un caso especial es “un final de película”. El final cinematográfico prototípico suele ser feliz y reúne belleza, emoción, justicia y, sobre todo, un cierre. Los enamorados se besan, el héroe nos salva, el culpable recibe su castigo y la música confirma qué debemos sentir.
No se puede tener un final ‘de película’ más clásico que el de Pretty Woman.
En cambio, la vida rara vez nos ofrece tal concentración de sentido. Muchas relaciones amorosas se apagan sin una escena decisiva y numerosos conflictos se enquistan. Es tan raro saber, en la vida, dónde acaba una etapa y qué enseñanza deja que, cuando se da, nos parece propio de la representación, no de la experiencia.
‘El malo de la película’: repartir la culpa
“Siempre me toca ser el malo de la película”, protesta quien cree que carga con una culpa injustificada o excesiva. La frase convierte un conflicto complejo en un reparto reconocible, con un protagonista, una víctima y un villano.
Esa simplificación ayuda a contar lo ocurrido, pero puede impedir comprenderlo. El villano clásico concentra la culpa del mal y permite imaginar que, eliminado el culpable, desaparecerá el problema. En la vida, las personas son complejas porque ocupan posiciones contradictorias, actúan con información incompleta y cambian, pero preferimos las responsabilidades con rostro a buscar las causas estructurales de nuestros problemas.
‘Esto parece una película’: mapa para lo desconocido
La frase aparece cuando lo cotidiano pierde sus reglas y nos sentimos trasladados a una ficción. La realidad parece algo que ha sido escrito, encuadrado y montado, porque lo que sucede se aleja de lo cotidiano, las casualidades adquieren sentido y las personas se asemejan a personajes.
Pero también se presenta una situación peculiar. En su artículo “Cuando el espectador va a prisión: aprender la realidad viendo ficción. Un estudio cualitativo sobre el cultivo de la ficción”, Jan Van den Bulck y Heidi Vandebosch señalan que quienes ingresaban por primera vez en una prisión utilizaban de forma explícita y activa el conocimiento adquirido a través de la ficción televisiva para aprender a desenvolverse y anticipar lo que les podría suceder en la cárcel.
En efecto, cuando carecemos de experiencia directa, las ficciones nos proporcionan un guion provisional de conducta. Ante una emergencia, alguien intenta reproducir una maniobra de reanimación vista en una serie médica; quien comparece como jurado espera las pruebas científicas concluyentes que ha visto en series policiales; y un enamorado prepara una declaración de amor aprendida en las comedias románticas.
En definitiva, es verdad que cada vez será más difícil distinguir entre la pantalla y lo real, pero ya estamos usando el cine para “actuar” en el mundo, medir experiencias, repartir culpas, decidir quién merece el “primer plano” y exigir que la vida tenga un final comprensible. Después de más de un siglo de ficción audiovisual, parte de la realidad ya nos llega subtitulada.
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Emeterio Diez Puertas no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Mucho se ha hablado en los últimos tiempos de “la trampa de Tucídides” –el patrón histórico según el cual cuando una potencia emergente amenaza con desplazar a una potencia dominante establecida, el riesgo de guerra entre ambas aumenta considerablemente– y de la inevitabilidad de un conflicto armado entre la República Popular China y Estados Unidos.
Sin embargo, los líderes de las dos grandes potencias parecen más convencidos que el politólogo estadounidense Graham Allison de la posibilidad de gestionar su rivalidad y evitar tal escenario que sería, sin duda alguna, el más perjudicial para ambas y también para el resto del mundo.
En efecto, Donald Trump y Xi Jinping, adalides de sendas estrategias de recuperación del esplendor perdido en sus respectivos estados –hacer América grande de nuevo el primero y revitalización nacional el segundo–, parecen decididos a asegurar el mantenimiento de una relación de estabilidad estratégica constructiva que permita que la relación bilateral no sea un obstáculo, sino incluso un activo en las respectivas estrategias de fortalecimiento.
Ese objetivo explicaría que el presidente estadounidense, Donald Trump, al que siempre sus seguidores han atribuido una gran habilidad negociadora, y el chino, del que cabe esperar el pragmatismo del que siempre han hecho gala en el Imperio del Centro, vayan a celebrar a partir del próximo jueves 24 su segunda reunión en apenas cinco meses. La anterior tuvo lugar en Pekín el pasado mes de mayo. En esta ocasión Xi Jinping visitará la Casa Blanca.
Los dos temas de la reunión
En consonancia con la dinámica observable a lo largo de los últimos meses, dos serán las cuestiones que centrarán la cumbre y sobre las que necesitarían lograr un acuerdo: la relación comercial y el desarrollo de la inteligencia artificial.
En el plano comercial, ambos presidentes buscarán dar continuidad a la tregua comercial acordada en Busan el 30 de octubre de 2025, en virtud de la cual fue posible una reducción de los aranceles mutuos y la reanudación del comercio de determinados productos, entre los que hay que destacar las tierras raras y los minerales críticos, de importancia vital para Estados Unidos.
Con todo, las expectativas en relación con la prórroga del acuerdo son diferentes ya que, mientras que China ve con buenos ojos el mantenimiento de las previsiones del mismo, Estados Unidos desearía extender el compromiso de compra por parte de la República Popular China a nuevos productos.
En el ámbito tecnológico, las conversaciones de los dos líderes girarán previsiblemente en torno a la inteligencia artificial. Más allá de la competencia en este ámbito y las diferencias existentes entre ellos en torno a la conveniencia de ralentizar o dosificar el desarrollo de la misma, sí parece plausible que ambos acuerden el establecimiento de un sistema de alerta temprana de incidencias relacionadas con la IA.
El sistema, llamado a permitir una comunicación rápida y transparente entre las dos potencias en un ámbito tan sensible, buscaría contribuir a evitar crisis de seguridad y escaladas que pudieran derivarse de tales incidentes. Sería, en último término, una medida de confianza de comunicación comparable al “teléfono rojo” de la Guerra Fría creado, no lo olvidemos, tras la Crisis de los Misiles de 1963. Aquel momento es el que se considera que Estados Unidos y la Unión Soviética estuvieron más cerca de un conflicto directo.
Más allá de esas dos cuestiones, al valorar lo que puede suponer esta cumbre no sería sensato prescindir del turbulento contexto internacional en que se desarrolla. En este sentido, cabe señalar, en primer lugar, que será difícil que no sobrevuelen la reunión las diferencias y tensiones entre las dos potencias en asuntos como las guerras en Irán y Ucrania o el conflicto de Taiwán. Aunque no sería extraño que, como ya ha ocurrido en otras ocasiones, las conversaciones sobre esas cuestiones no trasciendan a la opinión pública.
Xi Jinping no asistirá a la cumbre de la ONU
Por otra parte, no podemos dejar de mencionar la paradoja de que vamos a ser testigos: Xi Jinping, líder de una de las dos principales potencias del momento y supuesto máximo defensor de la multipolaridad, va a pasar buena parte de esta semana en suelo americano, pero no va a acudir a la Reunión de la Asamblea General de las Naciones Unidas que se celebra en Nueva York en el mismo periodo. Enviará en su lugar al vicepresidente chino, Han Zheng.
El movimiento bien puede reflejar a partes iguales el desdén del líder chino por la organización sobre la que se ha erigido desde la Segunda Guerra Mundial el sistema internacional y también la pérdida de relevancia que en el momento actual parece experimentar dicha organización.
En definitiva, las dos potencias mundiales principales, más allá de la retórica de alguna de ellas, parecen confiar mucho más en la diplomacia bilateral y en los acuerdos entre ellas que en procesos más amplios en los que tengan cabida otros actores.
Solo cabe desearles suerte y aciertos porque los resultados de sus conversaciones les afectaran no solo a ellos, sino a otros muchos actores. Empezando, claro está, por la Unión Europea.
Gracia Abad Quintanal no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
En 2021 la industria de la bicicleta en España alcanzó su mayor nivel de facturación en lo que va de siglo. Aunque desde entonces la cifra ha ido decreciendo, la fabricación de estos vehículos es elevada en comparación con otros países del entorno, lo que nos puede llevar a pensar que se siguen demandando. Sin embargo, poseer una bicicleta no es sinónimo de utilizarla para el desplazamiento cotidiano.
Además de existir más bicicletas en circulación, en los últimos años ha habido una apuesta importante por la ampliación de la infraestructura ciclista en España. Se ha dado un paso fundamental en el diseño de entornos urbanos más sostenibles y amigables para este tipo de transporte. Por ejemplo, mediante la construcción de más de mil kilómetros de carril bici, aparcamientos y sistemas municipales de alquiler, así como el incremento de calles con tráfico calmado.
El urbanismo táctico y las políticas de movilidad han creado el escenario físico necesario para su uso masivo. Sin embargo, la evidencia científica nos advierte de que el entorno construido, por sí solo, no garantiza un cambio de comportamiento social.
Aunque se están produciendo avances en este sentido, menos de la mitad de la población utiliza la bicicleta semanalmente. Además, existen cuatro barreras para convertir la bicicleta en una aliada cotidiana en los pueblos y ciudades españoles:
Dificultades para trasladar bicicletas en otros medios de transporte.
El uso de vehículos a motor para trayectos cortos.
El incremento en el uso de vehículos autopropulsados (patinetes eléctricos).
Falta de empatía con los usuarios de bicicletas.
El uso real comienza en la juventud
Esta desconexión entre disponer de bicicletas e infraestructura y el uso real es crítica en la infancia y la adolescencia. Se trata de periodos clave para el aprendizaje y la consolidación de hábitos de vida activos.
Es decir, cuando los jóvenes realmente se exponen al tráfico urbano, su conciencia sobre los peligros reales (tales como la velocidad de los coches y el hecho de compartir calzada con vehículos motorizados, incluyendo autobuses y camiones, o de afrontar cruces con tráfico) aumenta.
Esto subraya que no basta con animar a pedalear: debemos garantizar entornos donde la seguridad percibida y objetiva confluyan.
Por otra parte, la percepción de esas barreras es mayor en los progenitores de familias usuarias de transporte motorizado en comparación con las que emplean la bicicleta. Este hallazgo plantea una pregunta relevante: ¿perciben más barreras porque sus hijos no utilizan la bicicleta, o precisamente esas percepciones están contribuyendo a que no la utilicen?
Necesitamos un cambio de mentalidad colectiva
Para extender el uso de la bicicleta es necesario un cambio de paradigma. Debemos ir más allá de un gran parque de bicis y una infraestructura ciclista infrautilizada: es necesario un cambio en la mentalidad colectiva hacia el uso de este medio de transporte en las ciudades y los pueblos.
Todos conocemos trayectos de cinco o diez minutos a pie que, por costumbre, terminamos haciendo en coche. Hemos normalizado el uso del vehículo motorizado incluso para desplazamientos que podrían realizarse caminando o en bicicleta, y que justificamos bajo la premisa de la falta de tiempo o la comodidad. Campañas de concienciación como los “Metrominutos escolares” ayudan a entender distancias y tiempos, además de ser estrategias motivadoras.
También son necesarias una serie de medidas educativas que suelen olvidarse en las agendas políticas, como la promoción de cursos para ir en bicicleta en ciudades dirigidos a la infancia y adolescencia. Sin olvidar el desarrollo del currículo educativo relacionado con la movilidad activa, que puede seguir favoreciendo un cambio de mentalidad en el uso para los más jóvenes. Estos procesos formativos sirven para perder miedo y ganar confianza y, por tanto, para cambiar de mentalidad.
La paradoja del estatus
A veces pensamos que prosperar es ir en un vehículo más caro o con un mayor confort, lo que reduce nuestras oportunidades de tener mejor salud. Este concepto de “estatus” ligado al vehículo privado choca frontalmente con las necesidades fisiológicas de movimiento de nuestro cuerpo. La evidencia nos indica que el desplazamiento al centro educativo es una de las oportunidades más claras para acumular minutos de actividad física de moderada a vigorosa.
Sin embargo, un reciente estudio muestra cómo el nivel socioeconómico podría explicar el uso del transporte activo hacia y desde la escuela. El trabajo mostró que un mayor nivel estaría asociado con un menor uso de transporte activo.
Esta paradoja revela que, en muchas ocasiones, disponer de mayores recursos económicos se traduce en una sobreprotección que fomenta el transporte motorizado. Esto priva a niños y adolescentes de la autonomía, el desarrollo motor y los beneficios cardiovasculares asociados al desplazamiento activo.
¿Y qué pasa en España?
En España, la Dirección General de Tráfico ha informado recientemente sobre las nuevas normas del Reglamento General de Circulación. Pueden servir de protección para usuarios de la bicicleta y entran en vigor a partir del 1 de octubre de 2026.
Si queremos que la utilización de la bicicleta se extienda más allá de la práctica deportiva y se convierta en medio de transporte es necesario que nuestra sociedad lo entienda así. Es insuficiente que unos pocos usuarios de bici conozcan sus beneficios, normas y manejo; será imprescindible que la sociedad entera tenga esos conocimientos y después pueda decidir libremente si encaja en su vida cotidiana.
El verdadero avance no se medirá solo en los kilómetros de carril bici construidos o en la facturación anual de la industria ciclista, sino en nuestra capacidad para reeducar la mirada social. Necesitamos integrar el transporte activo en las políticas de salud pública, mejorar la educación vial desde el respeto mutuo y desvincular el concepto de éxito personal del uso del coche privado. Solo así conseguiremos que la bicicleta deje de ser un artículo de ocio de fin de semana para convertirse en un verdadero motor de salud pública.
Javier Brazo-Sayavera recibe fondos del Consejo Superior de Deportes para el desarrollo de la Red Española por una Infancia Activa y Saludable. Es miembro de la Alianza Global por una Infancia Activa y Saludable. Además, coordina la Red Española por una Infancia Activa y Saludable.
Daniel Camiletti Moirón es miembro fundador de la Red Iberoamericana de Investigación en Desplazamiento Activo, Salud y Sostenibilidad, y además, miembro colaborador de la Red Española por una Infancia Activa y Saludable.
Manuel Herrador Colmenero es miembro de la Red Española por una Infancia Activa y Saludable.
Pablo Campos Garzón recibe financiación del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades a través del Programa Beatriz Galindo. Es miembro de la Red Española por una Infancia Activa y Saludable y de la Red Iberoamericana de Investigadores en Desplazamiento Activo, Salud y Sostenibilidad.
Palma Chillón Garzón es miembro fundador de la Red Iberoamericana de Investigación en Desplazamiento Activo, Salud y Sostenibilidad, y además, miembro colaborador de la Red Española por una Infancia Activa y Saludable.
Susana Aznar es la directora grupo investigación PAFS-UCLM. Coordinadora en España de la Alianza Global por una Infancia Activa y Saludable. Representante del grupo Focal de España en la HEPA (Health Enhancing Physical Activity). Miembro de la Red Española por una infancia Activa y Saludable.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By María Vanessa Chávez Peña, Profesora y Coordinadora de prácticas del Máster Universitario en Psicología General Sanitaria, Universidad Europea
Durante años, encontrar empleo dependía casi exclusivamente de contar con un buen currículum, títulos académicos y experiencia laboral. Sin embargo, la automatización, el análisis de datos y la irrupción de la inteligencia artificial han transformado no solo la forma de trabajar, sino también la manera en que las empresas identifican el talento.
En este nuevo escenario, se comienza a cuestionar si un título universitario puede predecir realmente el éxito profesional. Es el concepto de degree inflation (inflación de titulaciones) y, como respuesta, surge la selección basada en habilidades (Skills-Based Hiring).
Este modelo de contratación evalúa a las personas, más que por sus credenciales tradicionales, por sus competencias reales, su capacidad de adaptación y su potencial de aprendizaje. Además, permite ampliar oportunidades laborales a personas con trayectorias no convencionales.
Con este cambio, el papel del psicólogo organizacional se vuelve más importante: además de realizar entrevistas o aplicar pruebas psicométricas, debe interpretar datos, supervisar herramientas algorítmicas y velar que la tecnología se utilice de manera ética y centrada en las personas.
La selección basada en habilidades
Tradicionalmente, las empresas priorizaban candidatos con títulos prestigiosos y amplios años de experiencia. Sin embargo, con los cambios tecnológicos, muchas habilidades necesarias en el mercado laboral actual no siempre se aprenden en la universidad.
Diversos estudios sobre el futuro del trabajo indican que las organizaciones están dando cada vez más importancia a competencias como el pensamiento crítico, la creatividad, la resolución de problemas, la inteligencia emocional, el aprendizaje continuo y la adaptabilidad.
IA para el análisis de candidatos
Con la incorporación de la IA al área de recursos humanos, se han desarrollado herramientas de análisis (People Analytics) capaces de procesar grandes volúmenes de información sobre los candidatos para optimizar la toma de decisiones en la gestión del talento. Actualmente, algunos sistemas pueden, entre otras funciones: filtrar currículums, evaluar competencias, analizar el lenguaje verbal y escrito, detectar patrones de comportamiento, y estimar la probabilidad de adaptación cultural y rendimiento laboral de las personas.
Además, algunas organizaciones están incorporando modelos de selección predictiva basados en algoritmos y análisis de datos para estimar resultados laborales futuros de los candidatos.
Sin embargo, dado que los algoritmos aprenden a partir de datos históricos que pueden reproducir o amplificar desigualdades relacionadas con el género, la edad o la etnia, el psicólogo organizacional resulta fundamental para supervisar los procesos de selección automatizados, evaluar la validez y equidad de las herramientas utilizadas y garantizar decisiones más justas y éticamente responsables.
El nuevo rol del psicólogo organizacional
La transformación digital está redefiniendo el perfil del profesional de selección de personal. Además de las funciones tradicionales, el psicólogo organizacional debe desarrollar competencias relacionadas con: el análisis de datos, la interpretación de algoritmos, la evaluación ética de la IA y la detección de sesgos.
Así, el psicólogo organizacional deja de evaluar e identificar capacidades y competencias para asumir funciones de mediación entre la tecnología y las personas.
Riesgos éticos y futuro de la selección
Aunque la IA promete procesos de selección más rápidos y eficientes, también plantea desafíos éticos. Entre los principales, los sesgos algorítmicos, los riesgos para la privacidad de los datos, la posible deshumanización de las entrevistas y la falta de transparencia en las decisiones automatizadas, especialmente cuando los modelos utilizados no permiten explicar con claridad los criterios que conducen a una determinada evaluación.
Todo indica que el futuro de la selección será híbrido: una combinación entre inteligencia artificial y evaluación psicológica. Paradójicamente, cuanto más automatizado sea el mercado laboral, más importantes serán las habilidades genuinamente humanas, como la empatía, la comunicación y la creatividad.
Para terminar
La selección de personal está viviendo una transformación histórica. El antiguo modelo, centrado exclusivamente en títulos y experiencia, está dando paso a una visión basada en habilidades, potencial y adaptabilidad.
En el área de recursos humanos, la inteligencia artificial no reemplaza al psicólogo organizacional sino que transforma y amplía su función. En la nueva era del trabajo, el desafío no será elegir entre humanos o máquinas, sino aprender a combinar inteligencia tecnológica con comprensión humana.
Y quizá la lección más importante de esta transformación sea que, cuanto más inteligente se vuelva la tecnología, más imprescindible será la inteligencia humana para usarla con responsabilidad, sensibilidad y propósito.
María Vanessa Chávez Peña no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marta Marcos, Investigadora en IMEDEA (CSIC – UIB) y Profesora Titular de Universidad de Física de la Tierra, Universitat de les Illes Balears
Este año se cumple la décima edición de la publicación anual del Informe del Estado de los Océanos del Servicio de Vigilancia Marina Copernicus de la Unión Europea. Basado en trabajos científicos de investigadores de todo el mundo, cada informe proporciona una visión actualizada del entorno marino, de su variabilidad y de sus efectos sobre el clima, la biodiversidad y la sociedad. Incluye observaciones remotas (mediante datos de teledetección), además de datos de la superficie y el interior (mediciones in situ) del océano global azul (hidrografía, corrientes), blanco (hielo marino) y verde (procesos biogeoquímicos, desde la acidificación al transporte de clorofila).
Tanto los datos en los que se apoyan los informes como sus resultados son completamente abiertos y accesibles, lo que favorece su comunicación y proporciona, mediante la solidez que aporta la evidencia científica, herramientas para la protección y sostenibilidad de los océanos.
¿Cómo medimos el océano blanco? Vídeo del Servicio Marítimo Copernicus.
Pasar de investigar a actuar
Desde su inicio en el año 2016, los informes anuales han descrito, investigado y cuantificado los cambios observados durante las últimas décadas, prestando especial atención a los eventos más recientes. Su décima edición, que se hará pública el 30 de este mes, corrobora las tendencias de calentamiento y acidificación y el aumento paulatino del nivel del mar.
Las observaciones indican que la temperatura superficial ha aumentado a un ritmo de 0.12 ºC por década entre 1982 y 2025, mientras que el calor del océano ha alcanzado su máximo en 2025.
En este contexto, el nivel del mar suma ya más de 4 milímetros al año de subida global desde 2012, a un ritmo que se ha ido acelerando en las últimas décadas. Por otro lado, en promedio, los océanos son un 17 % más ácidos que en el periodo 1985-2025.
El documento recoge también cambios significativos en las regiones polares, reflejados en la pérdida acelerada de hielo marino y en un incremento de la salinidad en aguas del Ártico en la última década.
Asimismo, como es habitual, incide en algunos de los eventos extremos recientes más dañinos para los ecosistemas y las regiones costeras, como las olas de calor marinas y los efectos de los temporales. Todo ello, con el propósito de transformar el conocimiento en acción, de desarrollar infraestructuras resilientes y estrategias adecuadas de conservación.
Un mar más caliente y tormentoso
Después de varios veranos en los que se han superado récords históricos de temperatura en Europa, las olas de calor marinas cobran especial relevancia. En las regiones costeras, influyen en la sensación térmica, principalmente, a través de la humedad. Un mar con una temperatura anormalmente cálida evapora más agua e incrementa la humedad de la atmósfera, que es transportada hacia tierra por las brisas. El resultado es un calor más húmedo, una sensación térmica más alta y un impacto mayor sobre la salud.
Un mar más caliente también favorece la intensificación de los episodios de tormenta. En el año 2023, el temporal Minerva causó inundaciones importantes en el Adriático, igual que la tormenta Boris, en 2024. También en el año 2024, la tormenta Louis cruzó la península ibérica, afectando a dos puertos en localizaciones tan diferentes como el de Langosteira, en Galicia, y el de Tarragona, en Cataluña. Los intensos vientos generaron olas de hasta 8 metros de altura; provocó interrupciones en el transporte, apagones e, incluso, un fallecido.
Pequeños Estados insulares
Como novedad, el informe de este año analiza los efectos de los cambios oceánicos en los Pequeños Estados Insulares en Desarrollo (abreviado como PEIDs), reconocidos por Naciones Unidas como un grupo de estados que afrontan vulnerabilidades sociales, económicas y ambientales específicas. Estos territorios dependen, en gran medida, de los recursos oceánicos y, por tanto, experimentan de forma desproporcionada y más aguda los impactos de los cambios en el entorno marino.
A pesar de su pequeño tamaño, sus zonas económicas exclusivas (ZEE) gobiernan el 8 % de la superficie global de los océanos y el 15 % de los océanos tropicales. Estos territorios son, al mismo tiempo, guardianes de valiosos ecosistemas marinos y centinelas de los impactos del cambio climático oceánico.
Así, el 65 % de sus ZEE están directamente expuestas al aumento acelerado del nivel del mar (muchos de estos territorios están formados por islas de elevaciones muy bajas) y a un calentamiento por encima de la media global. Al mismo tiempo, en el 56 % de ellos, se ha observado que el potencial de intensificación de ciclones tropicales ha aumentado desde 1960.
Un futuro oceánico resiliente
El informe sobre el estado de los océanos, un año más, demuestra que el conocimiento de los océanos no es solo importante desde una perspectiva científica. Una mejor compresión y observación son las herramientas imprescindibles para asegurar un entorno marino resiliente y proteger ecosistemas, poblaciones y economías frente al reto del cambio climático.
Marta Marcos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
En los últimos meses, ha circulado ampliamente en redes sociales, en un documental y hasta en las audiencias del Senado de Estados Unidos un análisis que asegura que los niños vacunados se enferman más que los no vacunados. La cifra que se repite es llamativa: un riesgo dos veces y medio mayor de desarrollar enfermedades crónicas.
El problema es que ese estudio nunca pasó por revisión por pares, el proceso mediante el cual otros científicos examinan un trabajo antes de considerarlo fiable. Se trataba de un borrador interno de la institución Henry Ford Health que fue rechazado por el propio centro de investigación debido a sus deficiencias metodológicas. Sin embargo, sus conclusiones se difundieron como si fuera evidencia establecida.
Junto a un grupo internacional de investigadores en vacunología, pediatría, epidemiología y salud pública, examinamos ese análisis con detalle y publicamos nuestra evaluación en la revista científica Clinical Infectious Diseases. Lo que encontramos no revela una conspiración ni un fraude, sino algo más instructivo: un claro ejemplo de cómo un estudio con fallos metodológicos serios puede parecer, a primera vista, bastante convincente.
Una historia que ya conocemos
No es la primera vez que ocurre algo así. En 1998, un estudio publicado en The Lancet vinculó falsamente la vacuna triple viral (sarampión, paperas y rubéola) con el autismo. Fue retractado por la propia revista médica años después, pero el daño ya estaba hecho. La cobertura vacunal cayó en varios países y el sarampión, una enfermedad casi por completo prevenible, volvió a circular.
Un cuarto de siglo más tarde, el patrón se repite con otro nombre y otra plataforma, pero con la misma lógica. Una afirmación alarmante, difundida antes de que la comunidad científica pueda examinarla, gana terreno más rápido de lo que cualquier corrección puede alcanzarla.
El estudio en cuestión analizó a cerca de 18 000 niños atendidos en un sistema de salud de Estados Unidos entre 2000 y 2016, comparando a quienes habían recibido alguna vacuna con quienes no habían recibido ninguna. La cifra de afectados por autismo resulta alarmante. El problema es cómo se llegó a ella.
Por qué los números pueden engañar sin que nadie mienta
Una asociación estadística no es automáticamente una relación de causa y efecto. Para que lo sea, hay que descartar otras explicaciones posibles, algo que no se hizo en el caso de los niños vacunados con enfermedades crónicas.
La primera explicación es simple: los niños vacunados acudían al médico, en promedio, siete veces al año, frente a solo dos entre los no vacunados. Cuantas más veces ve un niño a un médico, más oportunidades hay de que se le diagnostique algo, desde una otitis hasta un retraso del habla. No es que las vacunas causen esas condiciones; es que quienes acuden más a consulta tienen más probabilidades de que se les detecte y registre cualquier problema. En epidemiología, esto se conoce como sesgo de detección y es una de las trampas más frecuentes al comparar grupos con distinto nivel de contacto con el sistema de salud.
La segunda tiene que ver con el tiempo. Los niños vacunados fueron seguidos, en promedio, el doble de tiempo que los no vacunados. Como muchas enfermedades crónicas (entre ellas, los trastornos del desarrollo o el asma) se manifiestan años después del nacimiento, un seguimiento más largo aumenta simplemente la probabilidad de detectarlas, independientemente de la vacunación.
A esto se suma que el estudio trató la vacunación como una condición fija desde el nacimiento, cuando en realidad los niños pasan de “no vacunados” a “vacunados” en distintos momentos de su vida. Ignorar ese detalle introduce un error conocido como sesgo de tiempo inmortal. Así, si tenemos 100 niños en total, de los cuales 50 están vacunados en un momento especifico de la vida (en este caso, al nacer), ese numero cambia con el tiempo, porque cuando lleguen a tener 10 años habrá muchos más vacunados. Por tanto, es inapropiado asumir que las vacunas causan autismo o cualquier enfermedad: con el pasar de los años, la mayoría de los niños van a estar vacunados y no se puede asumir que lo que les pasa se explica por la vacuna.
Finalmente, los investigadores examinaron decenas de posibles enfermedades sin ajustar sus cálculos por el número de comparaciones realizadas, algo parecido a lanzar una moneda cien veces y sorprenderse de que, en algunas tandas, salga cara ocho veces seguidas.
Ninguno de estos elementos, por separado, bastaría para invalidar un estudio. Juntos, sin embargo, apuntan en la misma dirección: hacia una sobrestimación sistemática del riesgo en el grupo vacunado, no por la vacuna en sí, sino por cómo se diseñó y analizó la comparación.
Lo que sí muestra la evidencia acumulada durante décadas, con estudios de cientos de miles de participantes en países con registros sanitarios muy completos, es que no existe una relación causal entre la vacunación infantil rutinaria y un mayor riesgo de enfermedades crónicas como el autismo, el asma o las dolencias autoinmunes.
Un problema que nos incumbe a todos
Lo preocupante, más allá de este caso puntual, es la velocidad con la que un análisis sin revisar puede convertirse en verdad pública antes de que la ciencia tenga tiempo de examinarlo, un proceso que ahora se acelera con sistemas de inteligencia artificial , capaces de repetir y amplificar conclusiones erróneas como si fueran hechos establecidos.
Adicionalmente, es importante recordar que esto no es solo un problema en la medicina, sino en todas las ramas del conocimiento y que se suma a la imposibilidad de reproducir los resultados de los experimentos, que se ha venido documentando recientemente y se conoce como “crisis de replicación” de la ciencia.
No se trata de censurar la ciencia abierta, sino de algo más simple: que los estudios sin revisar se etiqueten como tales, que los medios y los políticos eviten presentarlos como evidencia definitiva y que, como sociedad, recuperemos la costumbre de preguntar cómo se hizo un estudio antes de aceptar lo que dice haber encontrado.
Luis Felipe Reyes no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Leticia Rodríguez Fernández, Profesora Titular en el Departamento de Marketing y Comunicación. Directora General de Comunicación Estratégica., Universidad de Cádiz
Recibe un mensaje que le informa de que debe recoger un paquete de una compra que nunca ha realizado. Un contacto le reenvía por WhatsApp una supuesta promoción de una marca muy conocida que le pide sus datos personales como base para participar. Mientras navega por internet, aparece un vídeo, de mala calidad, donde el presidente de una gran compañía recomienda una inversión que le proporcionará beneficios extraordinarios. Estas situaciones, tan distintas, forman parte de nuestro día a día y tienen un elemento base en común: utilizan la confianza que depositamos en empresas e instituciones para intentar engañarnos.
La desinformación y el fraude digital forman hoy parte de una misma cadena de ataque. La primera construye un relato creíble aprovechando la reputación de empresas e instituciones, mientras que el segundo materializa el engaño mediante el robo de datos, la suplantación de identidad o las estafas económicas.
En España, las empresas, especialmente las que pertenecen a los sectores del comercio minorista y la banca, son las principales víctimas de este tipo de desinformación. Por su parte, las instituciones públicas son las que sufren una mayor reiteración de ataques, convirtiéndose en objetivos recurrentes de esas campañas. Así lo recoge el estudio Desinformación sobre empresas e instituciones y sus estrategias de respuesta: análisis longitudinal de verificaciones en España (2023-2025), que analizó 630 verificaciones publicadas durante 2023 y el segundo trimestre de 2024 y 2025.
Cuando las respuestas llegan tarde
Pese a la creciente sofisticación de estas campañas, la respuesta de las organizaciones sigue siendo limitada. Solo en el 52,6 % de las verificaciones analizadas se documentó alguna actuación por parte de la entidad afectada. Además, las respuestas suelen ser reactivas: llegan cuando el engaño ya circula como una acción necesaria para paliar sus posibles consecuencias.
La estrategia más habitual consiste en desmentir la información a través de redes sociales, seguida de la publicación de posicionamientos en las páginas web corporativas o de declaraciones facilitadas a los verificadores. Frente a ello, los comunicados de prensa, el contacto directo con las personas afectadas o las acciones preventivas continúan siendo medidas de aplicación excepcional.
Las estafas económicas constituyen hoy la forma más frecuente de desinformación dirigida contra las organizaciones. La técnica más utilizada es el phishing, que consiste en engañar al usuario para que entregue datos personales o credenciales bancarias haciéndose pasar por una entidad de su confianza.
Estos fraudes pueden simular avisos de la Agencia Tributaria, multas de tráfico o comunicaciones oficiales, pero también recurren a mensajes SMS (smishing) o llamadas telefónicas (vishing), en las que los delincuentes se hacen pasar por empleados de un banco para obtener las claves de acceso de la víctima.
También son habituales los casos de suplantación de identidad corporativa e institucional mediante páginas web falsas y logotipos copiados, así como comunicados falsos o declaraciones irreales atribuidas a portavoces y directivos de empresas e instituciones. Destaca también el uso de deepfakes (vídeos manipulados) en los que una referencia conocida ofrece sus recomendaciones de inversión o recomienda algún producto.
La IA multiplica el problema
A esta coyuntura se añade el uso de la inteligencia artificial, que permite profesionalizar este tipo de campañas. En cuestión de minutos un ciberdelincuente puede clonar voces o crear páginas web prácticamente idénticas a las originales. Como si de una empresa se tratara, los recursos se explotan con distintos fines.
Así, los ciberdelincuentes reutilizan una misma plantilla para atacar a múltiples marcas, cambiando el nombre, el logotipo y los colores de la página para convertir una estafa dirigida a una cadena comercial en otra aparentemente vinculada a un banco o a una empresa de mensajería. La IA no solo hace más creíbles los engaños, también permite producirlos y adaptarlos a gran escala.
La desinformación es, por tanto, mucho más que un problema político o social: se ha convertido en una herramienta de ciberdelincuencia que explota la confianza que depositamos en las marcas y en las instituciones.
Por eso, además de verificar si una información es verdadera o falsa, resulta imprescindible aprender a reconocer los patrones con los que operan hoy las estafas digitales.
Independientemente de cual sea su objetivo, la desinformación busca aprovecharse de la confianza con la que actuamos. Una confianza que cada vez cuesta más construir y mantener desde la comunicación de las organizaciones.
Leticia Rodríguez Fernández recibe fondos de Proyecto de Investigación “Comunicación estratégica ante el reto de la desinformación, desafíos, innovación y respuestas (COMDESIR)” FEDER-UCA-2024-B1-01 cofinanciado por el Programa Operativo FEDER Andalucía 2021-2027 y por la Consejería de Universidad, Investigación e Innovación de la Junta de Andalucía.
Alfonso Maximiliano Rodríguez de Austria Giménez de Aragón recibe fondos del Proyecto de Investigación “Comunicación estratégica ante el reto de la desinformación, desafíos, innovación y respuestas (COMDESIR)” FEDER-UCA-2024-B1-01 cofinanciado por el Programa Operativo FEDER Andalucía 2021-2027 y por la Consejería de Universidad, Investigación e Innovación de la Junta de Andalucía.
Isabel Robles Márquez desarrolló la investigación de la que se deriva este artículo en el marco de la Beca Colaboración UCA (curso 2023/2024) del Departamento de Marketing y Comunicación de la Universidad de Cádiz, vinculada al proyecto ‘La comunicación de las organizaciones españolas frente a la desinformación’.