La selección: terremotos en Venezuela

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Elba Astorga, Editora de Economía, The Conversation

Un rescatista trabaja en el lugar donde se derrumbó un edificio tras los fuertes terremotos mientras continúan las operaciones de búsqueda, rescate y recuperación en La Guaira. ttanni/Shutterstock

“Qué triste está la ciudad, perdida ya de su fe, pero destruida será, el día de San Bernabé, quien viviere lo verá”. Con esa tétrica cantinela, el mendigo caraqueño Raposanta anunciaba, en los primeros meses de 1641, la próxima destrucción de la capital de la entonces Capitanía General de Venezuela. Llegó el 11 de junio, día de San Bernabé, y cuentan las crónicas que:

“Entre las ocho y media y las nueve de la mañana, tembló la tierra grandemente e hizo en esta ciudad de Santiago de León de Caracas y en su puerto de La Guaira un destrozo miserabilísimo. No hubo casa, una ni ninguna, que no viniese totalmente al suelo o no hiciese tan grande sentimiento que se pueda en muchos tiempos vivir. La iglesia mayor se abrió por diferentes partes, (…) cayó parte de la iglesia del convento de Las Monjas, cayó casi toda la iglesia de San Francisco…”.

Ese fue el primer terremoto documentado en la ciudad de Caracas, con 74 años de fundada, y se estima que tuvo una magnitud de entre 7,5 y 8.

El 26 de marzo de 1812, Jueves Santo, se concatenaron tres tremendas sacudidas sísmicas en tres puntos distintos del país en lo que se conoce como el Terremoto de Venezuela. Ocurrido en plena guerra de Independencia, hubo quien adujo que se trataba de un castigo divino por intentar subvertir el orden establecido desde España. Ha quedado para los libros de historia la imagen de Simón Bolívar encaramado sobre los escombros arengando a las gentes:

“Si la Naturaleza se opone lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”.

Se estima que la magnitud de esos tres seísmos fue de entre 6,2 y 7.

Pintura en la que muchas personas se lamentan sobre los restos de otros seres humanos.
Oleo sobre tela Terremoto de 1812, del pintor venezolano Tito Salas.
Wikimedia Commons

El último gran terremoto de Caracas, antes del 24-J, ocurrió el 29 de julio de 1967. De magnitud 6,6, hizo colapsar varios edificios en la capital y La Guaira, y hubo 240 fallecidos.

A las 18.04 horas del 24 de junio de 2026, día de San Juan y aniversario de la batalla de Carabobo (1821), la más importante en la guerra de Independencia, volvió a moverse el suelo venezolano. Dos grandes terremotos, de 7,2 el primero y 7,5 el segundo, sacudieron la tierra durante tres minutos eternos. Todos hemos sido testigos, en vivo o vía redes y pantallas desde cualquier lugar del mundo, del grado de destrucción alcanzado. A dos semanas del terremoto ya hay más 3 800 personas muertas y cerca de 17 000 heridas. Y, aunque no hay estimaciones oficiales del número de desaparecidos, se llega a hablar de en torno a los 50 000.

El norte de Venezuela es una de las regiones con mayor actividad sísmica del norte de América del Sur porque allí confluyen la placa del Caribe y la de Sudamérica.

Haití (que sufrió un enorme seísmo en 2010) al norte y Venezuela al sur, están situados en los límites de ambas placas, que se mueven lateralmente en una falla de cizalla: una fractura en la corteza terrestre donde dos bloques de roca se desplazan horizontalmente uno respecto al otro, en direcciones contrarias.

La cuestión es que el grueso de la población de Venezuela se concentra en los estados de la franja norte del país, por lo que en ellos conviven vulnerabilidad sísmica y densidad de población.

La catástrofe es tan grande que se ha decretado el estado de emergencia a escala nacional y La Guaira ha sido calificada “zona de desastre”, por la cantidad de viviendas derrumbadas e infraestructuras colapsadas. Además, los daños han obligado al cierre del aeropuerto de Maiquetía, el más importante del país.

La cuestión que se plantea ahora es cuál es la calidad real, cómo es el mantenimiento y qué condiciones de uso tienen las construcciones en Venezuela. En La Guaira y en Caracas, decisiones de construcción discutibles, ampliaciones informales y ausencia de programas sostenidos de mantenimiento han provocado el colapso de muchas infraestructuras en este gran suceso sísmico de 2026.

Ante esta tragedia, hemos visto desde muy pronto la movilización de la ciudadanía venezolana: desde los primeros rescates improvisados y sin medios a las pocas horas de los derrumbes pasando por la organización de cocinas colectivas, la recaudación de insumos, el transporte de medicamentos y materiales. Esta enorme movilización no ha ocurrido solo dentro del territorio: también han participado los miembros de la diáspora venezolana, casi 8 millones de personas que en la última década se vieron obligadas a abandonar el país por razones políticas o de pobreza y falta de oportunidades.

La reconstrucción del país será una tarea de la patria global o no será. Una característica fundamental de la Venezuela de 2026 es que su sociedad ya no coincide con su territorio sino que lo sobrepasa.

Sin embargo, no nos engañemos: en estas dos semanas no todo ha sido bondad. En las zonas afectadas por los seísmos se han producido robos y saqueos. En medio del caos, han coincidido tres elementos esenciales para que se produzca un delito: infractores motivados, objetivos valiosos y accesibles, y la ausencia de guardianes eficaces y control social. Así, el caos elimina la barrera del riesgo y maximiza la oportunidad de beneficio: el espacio público, antes regulado, se convierte temporalmente en un escenario de total impunidad.

A más de dos semanas de los terremotos del día de San Juan, se abre el largo camino hacia la recuperación de la confianza y la reconstrucción de las regiones afectadas. La ayuda humanitaria seguirá siendo necesaria y vale la pena conocer las distintas opciones disponibles para decidir cómo ayudar a Venezuela desde fuera de forma segura, responsable y eficaz.

The Conversation

ref. La selección: terremotos en Venezuela – https://theconversation.com/la-seleccion-terremotos-en-venezuela-287150

Percevoir les conséquences immédiates du changement climatique suffit-il pour changer les comportements ?

Source: The Conversation – in French – By Langlais Camille, Post-doctorante en psychologie sociale, Université de Caen Normandie

Cet été 2026, la France subit de plein fouet les conséquences directes du réchauffement de la planète. Cette situation pourrait-elle affecter la distance psychologique à laquelle nous percevons le changement climatique et, par ce biais, constituer une opportunité pour renforcer les comportements visant à lutter contre ce risque ? Une méta-analyse inédite montre que la réalité est plus nuancée.


Avant même le début de l’été, la France hexagonale avait déjà connu deux épisodes caniculaires en 2026. Depuis début juillet, elle en connaît un troisième. Ces épisodes témoignent de l’augmentation et de l’intensification des événements climatiques extrêmes.

Ils ravivent aussi une question récurrente dans le débat public : vivre plus directement les conséquences du changement climatique, comme nous en avons fait l’expérience depuis plusieurs semaines, peut-il contribuer à modifier les comportements plus facilement ?

Le concept de distance psychologique est, depuis longtemps, mobilisé pour répondre à cette question. Mais est-il toujours pertinent ? Notre synthèse de vingt années de recherche en psychologie montre que la réponse est loin d’être aussi évidente qu’il n’y paraît.

La distance psychologique, les prémices d’un concept fondateur

Dès le début des années 90, quelques années seulement après le premier rapport du Groupe d’experts intergouvernemental sur l’évolution du climat (GIEC), les premiers groupes de recherche en sciences sociales voient le jour. En 1991, le psychologue allemand Kurt Pawlik publie un article fondateur intitulé psychologie du changement environnemental global.

Il y décrit plusieurs caractéristiques psychologiques du changement climatique :

  • des signaux physiques difficilement détectables à sa propre échelle,

  • un décalage temporel important entre les causes et les conséquences,

  • une forte incertitude,

  • ainsi qu’une distance souvent élevée vis-à-vis des personnes les plus touchées.

Selon lui, ces caractéristiques nous conduiraient à minimiser les risques associés au changement climatique et à y répondre de manière insuffisante.

Les premières grandes enquêtes portant sur les perceptions du changement climatique, conduites en Amérique du Nord et en Europe au début des années 2000, ont largement confirmé cette intuition. Elles montrent que le changement climatique est souvent perçu comme un phénomène abstrait et distant, mobilisant des futurs incertains ainsi que des victimes lointaines.

Au début des années 2000, l’ours polaire est devenu l’incarnation, au sein des grands médias et des discours écologiques, d’un changement climatique lointain et abstrait.
NOAA

À partir de ces travaux, un vaste champ de recherche s’est développé au cours de la décennie suivante autour de la notion de distance psychologique au changement climatique.

Une intuition confirmée par les premières observations

Le concept de distance psychologique renvoie au fait que nous ne pouvons expérimenter que notre réalité immédiate. Dès lors, tout objet situé au-delà de « l’ici et maintenant » exigerait de faire appel à des capacités mentales pour « transcender » la distance à l’objet et ainsi anticiper le futur (distance temporelle), imaginer d’autres lieux (distance géographique), se mettre à la place d’autrui (distance sociale) ou encore, envisager des scénarios alternatifs à notre réalité (distance hypothétique).

Appliqué au changement climatique, il est alors envisagé que ces quatre dimensions viendraient alimenter un sentiment global de distance face à ce risque. Et surtout, que plus cette distance psychologique au changement climatique serait importante, moins nous serions susceptibles d’agir contre celui-ci.

Des premières études observationnelles ont conforté cette hypothèse. Dès 2012, il a notamment été montré qu’un lien existait entre une distance psychologique élevée et une moindre propension à adopter des comportements en faveur du climat au sein d’un large panel de citoyens et citoyennes britanniques. Mais à mesure que les travaux se sont accumulés, ces premières preuves se sont trouvées peu à peu nuancées.




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Des résultats de plus en plus contrastés

Les études suivantes, menées dans des contextes variés, ont dressé un tableau plus contrasté, avec des liens beaucoup plus variables entre les différentes formes de distance psychologique (temporelle, spatiale, sociale ou hypothétique) et les indicateurs d’engagement climatique.

De nombreux chercheurs et chercheuses ont également testé l’effet de campagnes de communications centrées sur les impacts immédiats et locaux du changement climatique.

Dans une série d’études réalisées en Normandie, nous avons par exemple exposé plusieurs centaines de participantes et participants à des projections concernant l’augmentation des températures en France, si aucune mesure n’était prise pour atténuer les effets du changement climatique. Ces projections concernaient leur région (proximité spatiale) à un horizon proche (proximité temporelle) ou une région ultra-marine (distance spatiale) à un horizon lointain (distance temporelle).

Exemple de support utilisé pour évaluer l’effet de communications centrées sur les manifestations climatiques locales et immmédiates, ici à Alençon (Normandie) à l’horizon 2030, en comparaison d’une communication plus distante, ici à Saint-Denis (La Réunion) à l’horizon 2100.
Camille Langlais, Fourni par l’auteur

De manière générale, les dispositifs censés réduire la distance psychologique au changement climatique ont révélé des résultats tout aussi hétérogènes que ceux observés dans les études observationnelles précédentes : certaines de ces interventions ont conduit à des effets positifs, tandis que d’autres n’ont obtenu aucun effet, et quelques unes se sont même avérées contreproductives, en comparaison de communications centrées sur des impacts plus distants.

Cette absence de preuves claires, dans un sens comme dans l’autre, a nourri un vif débat dans la sphère académique, conduisant progressivement la communauté scientifique à emprunter deux voies.

  • Une partie des chercheurs et chercheuses ont tenté d’identifier les conditions d’efficacité de ces interventions afin d’améliorer leur implémentation : dans quels contextes, auprès de quels publics et sous quelle forme ce type de stratégie peut fonctionner ?

  • D’autres, plus critiques, ont plaidé pour un basculement de stratégies centrées sur la perception du risque vers des stratégies centrées sur les solutions visant, par exemple, à renforcer la perception d’être en mesure d’agir.




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Les résultats de notre méta-analyse

Face à l’accumulation d’études contradictoires, nous avons réalisé la première méta-analyse de l’ensemble des preuves disponibles, comprenant 81 études menées dans plus de soixante pays entre 2004 et 2024.

Nos analyses montrent bien un lien statistiquement significatif entre une forte distance psychologique et une faible orientation envers l’action climatique au sein des études observationnelles. Mais cette relation reste faible : la perception de distance vis-à-vis du changement climatique n’explique, en moyenne, qu’environ 6 % des différences observées chez les personnes interrogées concernant leur propension à œuvrer en faveur du climat.

Ce résultat rappelle que les facteurs permettant de comprendre l’engagement climatique sont pluriels. Ils ne sont pas seulement liés à la perception des risques. Ils se rattachent également à un ensemble d’autres facteurs psychologiques, mais aussi sociaux, culturels, économiques ou encore politiques.

Nos résultats sont encore plus nuancés lorsqu’il s’agit des études interventionnelles. Prises ensemble, elles montrent que les effets des dispositifs de communication destinés à réduire la distance psychologique au changement climatique sont, en moyenne, proches de zéro.

Elles semblent toutefois gagner légèrement en efficacité lorsqu’elles visent à agir sur les quatre dimensions de la distance psychologique à la fois (temporelle, géographique, sociale et hypothétique). Dans ce cas, l’intention d’agir pourrait progresser d’environ 2 %.

Si ce bénéfice reste très modeste, le faible coût de mise en œuvre et de diffusion de ce type de support informationnel à grande échelle en fait un levier intéressant, en complément d’autres méthodes. En revanche, même dans les conditions les plus favorables, cet effet se limite aux intentions. Nos analyses montrent qu’il ne se traduit ni par un changement réel des comportements ni par un soutien accru à des politiques climatiques.




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Comprendre n’est pas agir

À l’heure où le changement climatique devient de plus en plus tangible, y compris dans les régions auparavant à l’abri de ses effets les plus visibles, nos résultats invitent ainsi à une certaine prudence quant à certaines idées répandues dans le débat public.

Percevoir le changement climatique comme un risque immédiat pour soi et ses proches reste un facteur favorable à l’engagement individuel, mais son poids est largement surestimé. Et cela qu’il s’agisse d’expliquer les différences interindividuelles en matière d’engagement, ou de chercher à faire évoluer les pratiques. Ce facteur ne suffira donc pas, à lui seul, à provoquer le point de bascule espéré vers un tournant écologique majeur.

Pour autant, notre propos n’est pas ici de remettre en question l’intérêt de mieux informer les citoyens et citoyennes sur les impacts locaux du changement climatique. Notre travail démontre plutôt que cette stratégie ne saurait constituer l’alpha et l’oméga de politiques de changement des pratiques, comme le suggèrent pourtant trop souvent, encore aujourd’hui, tant des acteurs et actrices politiques qu’une partie du milieu académique.




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The Conversation

Langlais Camille a reçu des financements de La Région Normandie.

Sénémeaud Cécile a reçu des financements de la Région Normandie, de l’Agence Nationale de la Recherche et de l’ADEME.

ref. Percevoir les conséquences immédiates du changement climatique suffit-il pour changer les comportements ? – https://theconversation.com/percevoir-les-consequences-immediates-du-changement-climatique-suffit-il-pour-changer-les-comportements-287614

Les refuges climatiques seront utiles s’ils n’oublient pas de faire de la chaleur un objet politique

Source: The Conversation – in French – By François De Gasperi, Chercheur Postdoctoral en études urbaines, Chaire Territoires en Transition GEM, GEM

Alors que la France a déjà connu trois vagues de chaleur en quelques semaines à peine, le concept de refuge climatique, qui s’institutionnalise dans un certain nombre de pays, cristallise les espoirs des citoyens en surchauffe. Il peut s’agir d’une réponse prometteuse, mais uniquement à certaines conditions, notamment de les concevoir et de les déployer en gardant en tête des critères d’accessibilité, d’hospitalité et de justice socioécologique. En bref, d’en faire des objets politiques.


Notre maison brûle et nous la regardons (enfin) en face. Alors que la France vient de connaître deux séquences caniculaires précoces et intenses, la chaleur semble s’imposer comme un problème public majeur. Le mois de juin 2026 a été le plus chaud jamais enregistré par Météo France et une nouvelle vague de chaleur touche désormais une grande partie du pays.

Le traitement médiatique immédiat de la canicule s’est largement détourné des enjeux de fond, privilégiant des réponses à court terme et individuelles au détriment d’une réflexion collective sur l’atténuation et l’adaptation au changement climatique. Plan massif de climatisation, mise en cause des scientifiques, légitimation de la débrouille au sein des foyers…

Ce cadrage tend à occulter une réalité bien documentée : celle des inégalités socioécologiques. L’exposition aux fortes chaleurs, la vulnérabilité face à leurs conséquences et les capacités d’adaptation varient selon les conditions de logement, l’état de santé, les ressources économiques, l’âge ou encore l’accès aux espaces publics. Les enquêtes sociologiques, à commencer par celle d’Eric Klinenberg sur la canicule de Chicago en 1995, montrent aussi que l’isolement social constitue un facteur majeur de surmortalité.

Contre toute solution hâtive qui pourrait participer d’une maladaptation, les sciences sociales nous invitent à politiser la chaleur, en saisissant la canicule comme un problème social collectif permettant d’articuler les enjeux d’adaptation et ceux d’atténuation.

Ainsi, ouvrir des refuges climatiques ne suffit pas : encore faut-il que ceux qui en ont besoin les connaissent, puissent s’y sentir à l’aise et s’en saisissent pour construire collectivement les conditions d’un « bien-vivre » dans un monde plus chaud.

Refuges climatiques : de quoi parle-t-on ?

Le concept de refuge climatique s’institutionnalise. De Buenos Aires à Bologne, en passant par Porto et Londres, de nombreuses villes l’adoptent pour adapter leur tissu urbain à la crise climatique et protéger leurs habitants de la chaleur.

Le parc de La Muntanyeta fait partie du réseau de refuges climatiques de Barcelone.
Área Metropolitana de Barcelona, CC BY-SA

Barcelone fait figure de référence, avec un réseau de plusieurs centaines de refuges : écoles, bibliothèques, musées, parcs et jardins, répondant à des critères de confort thermique, d’accessibilité, de repos et d’accès à l’eau.

Le contour des refuges climatiques varie pourtant d’une ville à l’autre. Certains réseaux privilégient les parcs et jardins, d’autres des équipements climatisés. En réaction, une définition minimale s’esquisse peu à peu dans la littérature scientifique : le refuge climatique conjugue rafraîchissement et hospitalité afin d’offrir un « réconfort thermique » limitant la vulnérabilité face aux aléas climatiques pour tenter de se protéger de l’aléa météorologique.

Mais faire du confort thermique un enjeu politique suppose de mesurer le stress thermique vécu par les habitants, en tenant compte non seulement de l’îlot de chaleur urbain, mais aussi de l’ombre, de la ventilation, de la morphologie des rues et de la qualité des logements.

Parce qu’il résulte des interactions entre expériences de chaleur, conditions de logement, ressources socio-économiques et accès aux refuges climatiques, le confort thermique appelle des politiques d’universalisme proportionné, bénéficiant à tous, tout en accordant une attention prioritaire aux plus vulnérables.




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Comment configurer les refuges climatiques ?

Les villes font face à plusieurs défis. Le premier porte sur les infrastructures : faut-il créer de nouveaux espaces refuges ou bien adapter les services existants ?

Le choix des techniques de rafraîchissement soulève en outre des enjeux environnementaux et politiques. La climatisation en est l’exemple emblématique : si son rôle dans l’accentuation de l’îlot de chaleur urbain est bien documenté, un usage ciblé reste indispensable pour les publics les plus vulnérables (seniors, enfants, SDF…).




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Les volets sont des dispositifs de protection solaires importants en été.
SatyaPrem/Pixabay

La recherche souligne aussi la nécessité d’adopter des pratiques architecturales favorisant le confort d’été : matériaux biosourcés, protections solaires (volets, stores) et solutions passives de rafraîchissement, comme les réseaux de froid urbain. Autant de leviers pour concevoir des refuges climatiques et adapter les villes.

Ainsi, un réseau de refuges climatiques ne se réduit pas à des lieux frais. Ceux-ci doivent aussi proposer des services (eau, wifi, etc.) et être pensés, dès leur conception, comme des espaces d’hospitalité, ce qui suppose une animation et des personnels formés à ces nouveaux usages.




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L’enjeu de l’accessibilité

La question de l’accessibilité du refuge est un élément clé à intégrer dans une perspective de justice socioécologique.

Carte du cheminement du projet « Green Cells », en Italie.

À quelle échelle les déployer ? Ville, quartier, îlot ou immeuble ? La littérature plaide pour une approche multiéchelle articulant adaptation et atténuation.

Une question également culturelle

Mais le défi à relever est également culturel. Concevoir des refuges climatiques suppose d’abord de les penser comme des lieux d’hospitalité et d’entraide.

Les recherches montrent que leur conception mérite d’être pensée à partir des quartiers et des communautés concernées afin d’identifier les besoins des habitants et de favoriser leur appropriation. Dès leur conception, l’implication des réseaux de proximité est essentielle, comme à Porto, où le design et localisation des refuges climatiques s’inscrivent dans une méthodologie participative qui tient compte de la connaissance préexistante des lieux par les habitants.

Autre changement culturel complémentaire : la diffusion d’une culture de rafraîchissement des corps. Au Japon, la démarche « Cool Biz » adapte les normes vestimentaires en été ; à Genève, l’interdiction du travail en extérieur l’après-midi en période de canicule s’accompagne de pédagogie quant aux gestes de rafraîchissement.




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Veut-on vraiment parler de « refuges » climatiques ?

Le terme de « refuges climatiques » mérite qu’on s’y arrête : il est très largement associé à des représentations liées à la catastrophe, en lien avec les notions de « refuges » et de « réfugiés ». Or, si l’on veut penser ces lieux comme des espaces de solidarité, d’entraide et de soutien, il importe de dépasser cet imaginaire.

Ils comportent aussi un potentiel effet repoussoir, lié à l’imaginaire néolibéral d’un individu autonome et puissant, peinant à se reconnaître comme vulnérable et interdépendant. Qui souhaite se dire « réfugié » climatique ? Et comment désigner ceux qui le sont réellement ? Les enquêtes montrent que les plus vulnérables, notamment les personnes âgées ou malades, sous-estiment leur propre vulnérabilité tout en l’identifiant plus facilement chez les autres. Faut-il y voir le signe du refus d’un potentiel stigmate associé à cette vulnérabilité ?




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Le choix des mots n’a rien de neutre au moment de concevoir des dispositifs d’action publique : faut-il parler de « haltes fraîcheurs », se limiter à la chaleur, intégrer aussi la protection contre le froid en hiver, ou viser plus largement des « lieux du bien vivre » ?

La qualification retenue oriente les usages auxquels ces espaces sont destinés : simples réponses à une crise ou lieux de solidarité, de convivialité et de délibération sur nos manières d’habiter un monde où de nombreux seuils socioécologiques ont déjà été franchis. Plus qu’un changement de vocabulaire, elle engage un projet politique : faire de ces lieux des espaces où se renforcent les liens socioécologiques et où se construit, à partir des réalités locales, une conception partagée du bien vivre.

Ainsi, les refuges climatiques ne seront à la hauteur du problème qu’à condition d’être plus que des points frais sur une carte : des lieux accessibles, intégrés aux pratiques habitantes, capables d’accueillir des publics vulnérables sans les stigmatiser, et de soutenir des apprentissages collectifs face à la crise socioécologique.

The Conversation

François De Gasperi est membre de la chaire Territoires en transition de GEM, qui est soutenue par différents partenaires publics et privés.

Fiona Ottaviani est co-titulaire de la chaire Territoires en transition de GEM, qui est soutenue par différents partenaires publics et privés.

Hélène Picard est membre de la chaire Territoires en transition de GEM, qui est soutenue par différents partenaires publics et privés.

Albane Grandazzi ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Les refuges climatiques seront utiles s’ils n’oublient pas de faire de la chaleur un objet politique – https://theconversation.com/les-refuges-climatiques-seront-utiles-sils-noublient-pas-de-faire-de-la-chaleur-un-objet-politique-287200

Christopher Nolan, el cineasta que no deja de jugar con el espacio y el tiempo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Rafael Robles Gutiérrez, Rafatal, Profesor Dr. de Comunicación Audiovisual y cineasta, Universidad de Málaga

Joseph Gordon-Levitt en una escena de _Inception_, la película de Christopher Nolan en la que el tiempo y el espacio literalmente pueden doblarse. Warner Bros

La narración de la Odisea, de Homero, empieza in media res, es decir, en mitad de la historia. Ulises, su protagonista, tarda varios capítulos en aparecer, y cuando lo hace sabemos de sus aventuras y desventuras gracias a unos flashback que él mismo relata. Es decir, la estructura del poema no es lineal y el tiempo y el espacio se mezclan a lo largo de todo el periplo.

Precisamente, el espacio y el tiempo son unas variables más que recurrentes en las películas de Christopher Nolan, encargado de la nueva adaptación del poema épico.

Desde el principio de su filmografía, Nolan se ha servido de aquello que, según Andréi Tarkovsky, definía más puramente al lenguaje cinematográfico: trozos de espacio y de tiempo. Según el cineasta ruso, estos son los elementos con los que el director debe esculpir la película. El británico ha utilizado estas variables muchas veces, no sólo para armar la estructura que sostiene la historia, sino como parte de la narrativa. Porque, en muchos casos de su carrera, el propio filme se desarrolla en esa representación bidimensional de los dos ejes.

Primero el futuro, después el presente

Las películas de Nolan desafían la linealidad cronológica. Así se puede ver en Memento, el filme que catapultó internacionalmente su carrera en el año 2000.

Memento cuenta la historia de Leonard quien, a causa de una lesión cerebral, pierde sus nuevos recuerdos cada quince minutos (aunque sigue sabiendo cómo realizar tareas cotidianas). A través de diferentes recursos, Leonard apunta, fotografía o se tatúa información para, en última instancia, alcanzar su objetivo: descubrir quién asesinó a su esposa y le dejó a él en ese estado.

La narración cinematográfica se presenta igual de caótica que los recuerdos del protagonista. En un ejercicio de desorden temporal, el espectador ve primero los resultados de lo ocurrido en la que será la secuencia siguiente, en vez de seguir el orden opuesto. En esta marcha atrás se implica emocionalmente al espectador, haciendo que el tiempo transforme su propia experiencia. Esa fragmentación y uso del tiempo, rasgos fundamentales de la puesta en escena, se relacionan estrechamente con cuestiones como la memoria, la percepción de la realidad y, especialmente, la identidad del ser humano. Es decir, quiénes somos depende de cómo organicemos temporalmente nuestra experiencia.

El tiempo que se estira espacialmente

En Inception, un aparente thriller de ladrones que también bebe de la ciencia ficción, los personajes se sumergen en diferentes niveles de sueño que no controlan. Si la teoría de la relatividad de Einstein dice que el espacio y el tiempo no son fijos ni absolutos, sino que se deforman, estiran y fusionan en un tejido dinámico de cuatro dimensiones llamado espacio-tiempo, Nolan la utiliza para desarrollar esos niveles de sueño. Así, cada vez que alguien baja una de estas capas, el tiempo se dilata proporcionalmente. Los sueños, que son tridimensionales, están directamente afectados por esa cuarta dimensión que es el tiempo.

Los personajes que diseñan la puesta en escena –el espacio– de los sueños se denominan arquitectos. Y a su vez, la propia arquitectura narrativa de la película se sostiene en esa suspensión del tiempo, alargándolo o estrechándolo. Esto afecta directamente a las emociones, y la identidad, de los personajes: Cobb, el protagonista, se culpabiliza de la muerte de su esposa (un hecho transmutado de Memento) y se regocija peligrosamente en la capacidad física y tangible del espacio, creado a través de los recuerdos, reconstruido en los sueños.

Del tiempo en el espacio a las horas en la guerra

Para ir un paso más allá y seguir el camino trazado por Albert Einstein, Nolan se asocia con el físico Kip Thorne para crear una sólida base científica en el guion de Interstellar, junto a su hermano Jonathan. En ella se cuenta la historia de Cooper y un grupo de astronautas que viajan a través del Universo para encontrar un planeta habitable para los humanos, ya que en la Tierra los recursos están al límite.

Además de narrar las peripecias de los personajes y conseguir una fiel representación de la cuarta dimensión de forma física –es decir, el tiempo plasmado en el espacio–, resulta memorable el momento en el que el protagonista regresa para reencontrarse con su octogenaria hija: mientras para él han pasado sólo dos años de viaje hacia las estrellas y agujeros negros, para ella han transcurrido décadas.

Dunkerque narra la historia real del rescate marítimo de soldados aliados rodeados por alemanes en una playa en 1940. Supone su primera recreación histórica y, aunque pensásemos que por ello debería respetar un tono alejado de la ciencia ficción, Nolan utiliza a su antojo el espacio y el tiempo en su estructura. Así, la película tiene tres puntos de vista que se desarrollan en tres líneas temporales diferentes: lo sucedido en la tierra se expande una semana, lo que pasa en el mar ocupa el espacio de un día y las luchas aéreas transcurren en una hora.

De forma magistral, Nolan une el desenlace de las tres tramas. Así, los hilos argumentales que se desarrollan en diferentes espacios y tiempos convergen. Todo sucede antes del clímax y aumenta progresivamente la tensión de la experiencia cinematográfica del espectador.

Vuelve Einstein

En 2020, con Tenet, el cineasta riza el rizo y desafía la propia relatividad dando, en esta ocasión, un paso hacia adelante y otro hacia atrás gracias al concepto de simetría (de nuevo Einstein). Si, según el científico, el espacio y el tiempo se dilatan y contraen dependiendo de la velocidad del observador, en Tenet el espectador actúa como dicho observador y es testigo de cómo los personajes y sus acciones transcurren en dos sentidos temporales opuestos.

Como el concepto analógico del rebobinado de cintas, los personajes van marcha atrás en una línea temporal en la que “el protagonista” se ve envuelto en una trama de espionaje que busca controlar un descubrimiento científico que invierte la entropía, es decir la magnitud física que mide el grado de desorden o caos dentro de un sistema, de ciertas personas y objetos. A pesar de lo asombroso del descubrimiento, resulta nefasto, ya que como habitualmente nos tiene acostumbrados el cine, traerá la Tercera Guerra Mundial si cae en manos inapropiadas.

Y de esas propias manos, las del físico J. Robert Oppenheimer, y del quebrantamiento de su propia identidad, asediado por las visiones de un holocausto nuclear futuro al pasar a la Historia como el padre de la bomba atómica, habla Oppenheimer. El cineasta, al rodar su primer biopic, nos regala la recreación de una probable conversación sobre la responsabilidad moral de la física cuántica entre Oppenheimer y Einstein. La escena es un claro homenaje al padre del relativismo y de las variables –en constante evolución– de forma y fondo de las que se nutre su obra.

Así pues, ante tanta atención puesta en el espacio y el tiempo, solo cabe preguntarse: ¿cómo será el regreso a Ítaca del propio Christopher Nolan?


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The Conversation

Rafael Robles Gutiérrez, Rafatal no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Christopher Nolan, el cineasta que no deja de jugar con el espacio y el tiempo – https://theconversation.com/christopher-nolan-el-cineasta-que-no-deja-de-jugar-con-el-espacio-y-el-tiempo-287133

De hombres corrientes a perpetradores: los reclutas forzosos de la Guerra Civil española

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Francisco Jorge Leira Castiñeira, Ramón y Cajal Fellow en Historia Contemporénea, Universidad Carlos III

“Una guerra es una guerra”. Esta frase la pronunció un antiguo combatiente a principios de siglo durante una charla que tuve con él. Recordaba que, durante algunas treguas, había hablado con soldados del otro bando. Podían conversar, reconocerse como personas, quizá compartir un cigarrillo o unas palabras. Pero cuando regresaba el combate, volvían a dispararse.

Aquella frase breve resume uno de los grandes problemas de la historia de la violencia: ¿cómo llega una persona corriente a matar? ¿Qué ocurre cuando un campesino, un obrero, un estudiante o un empleado que nunca había ejercido una violencia extrema recibe un fusil y la orden de combatir?

La Guerra Civil española permite observar este proceso. Entre 1936 y 1939, cientos de miles de hombres fueron movilizados de manera obligatoria. Muchos no eligieron estar allí. Algunos ni siquiera compartían la ideología del bando en el que terminaron luchando. Había conservadores, republicanos, socialistas, anarquistas, comunistas y personas sin una identidad política definida.

En el ejército sublevado, los reclutas forzosos constituyeron una parte fundamental de las tropas. Miles de jóvenes llamados a filas bajo amenaza de castigo. Muchos no habían disparado nunca contra nadie. Algunos procedían de familias de izquierda. Otros apenas se habían interesado por la política.

Adaptarse y matar

Sin embargo, una vez integrados en la maquinaria militar, tuvieron que adaptarse a una realidad completamente nueva. Esto obliga a mirar el conflicto más allá de los voluntarios falangistas, los requetés carlistas, los legionarios o los militares profesionales.

Y adaptarse significaba, muchas veces, matar. No hay una explicación única para esa transformación. La ideología importa, pero no basta. También influyen el miedo, la obediencia, la presión del grupo, la necesidad de sobrevivir, la defensa de los compañeros y la transformación de las normas morales en un contexto extremo. Surge una cuestión incómoda: la violencia extrema no siempre es obra de monstruos.

La mayoría de los soldados no eran fanáticos. La guerra había creado un mundo con reglas diferentes. En tiempos de paz, matar es un crimen. En una batalla se convierte en una obligación; y quien la perpetra, en héroe.

La guerra no borra necesariamente la moral. El enemigo puede estar a pocos metros. Puede verse su rostro, escuchar sus gritos y percibir su miedo. Algunos veteranos recordaron décadas después esa contradicción. Podían sentir compasión por prisioneros y, poco después, disparar contra otros hombres en combate. Uno de ellos explicó que había dado pan a unos prisioneros porque le daban pena, pero añadió que cuando comenzaba la batalla “había que matar”.

“No tenía elección”

Para soportar esa tensión aparecen explicaciones en muchas entrevistas realizada a excombatientes a lo largo de mi investigación: “era él o yo”, “no tenía elección”, “cumplía órdenes”, “si no disparaba, me mataban”. Estas frases pueden funcionar como mecanismos de supervivencia psicológica, ya que permiten reconstruir una imagen coherente de uno mismo después de haber atravesado una experiencia traumática.

El psicólogo Albert Bandura habló de “desconexión moral”. Se produce cuando una persona separa temporalmente sus principios. No necesita dejar de pensar que matar está mal. Puede convencerse de que, en aquella situación concreta, es necesario.

Para comprender cómo cambia el comportamiento dentro de un ejército resulta especialmente útil la teoría del psicólogo Herbert C. Kelman, uno de los grandes referentes en psicología de la paz. Kelman distinguió tres procesos: identificación, internalización y cumplimiento.

La identificación aparece cuando el individuo adopta comportamientos del grupo porque necesita pertenecer a él. En una unidad militar, los soldados comparten hambre, miedo, bombardeos, noches de guardia y la posibilidad constante de morir. Poco a poco, la compañía se convierte en el principal mundo social del combatiente. Surge un “nosotros” y, frente a él, un “ellos”. La lealtad hacia los compañeros puede ser incluso más fuerte que la ideología. Un soldado quizá no comparte las ideas de sus mandos, pero no quiere abandonar al hombre que duerme a su lado o que lo ha protegido durante un ataque.

La internalización se produce cuando las normas del grupo empiezan a parecer naturales. La disciplina, la jerarquía y determinadas formas de violencia se integran en la vida cotidiana. Un veterano relató cómo un desertor regresó a su unidad y fue ejecutado de inmediato por un sargento. Décadas después, su relato no estaba marcado por una condena tajante. Lo resumía como una de esas “cosas de la guerra”.

Cuando la responsabilidad se dispersa

La cadena de mando también dispersa la responsabilidad. Pensemos en un fusilamiento. Un superior toma la decisión. Otro transmite la orden. Un oficial organiza el pelotón. Un suboficial selecciona a los soldados. Finalmente, alguien dispara. Cada participante puede sentir que la responsabilidad principal pertenece a otro. “Yo no decidí”, “solo transmití la orden” o “cumplía mi función”.

El tercer proceso es el cumplimiento. Aquí la persona obedece porque existe una autoridad con capacidad real de castigo. Durante la guerra, el soldado no decide libremente dónde va, cuándo ataca o qué operaciones realiza. Puede ser encarcelado, enviado a un batallón disciplinario o incluso fusilado si desobedece.

La coerción podía extenderse a la familia. Desertar podía provocar interrogatorios o represalias contra padres, hermanos o esposas. Por eso resulta demasiado sencillo afirmar que un combatiente “podía haberse negado”. Sí, existían alternativas. Algunos huyeron o desertaron. Pero cada decisión tenía un coste enorme. Podían morir, podían castigar a su familia, podían represaliar a sus compañeros. La libertad existía, pero estaba profundamente limitada.

Los testimonios muestran hasta qué punto la guerra podía modificar los marcos de pensamiento. Un veterano reconoció que había soldados que mataban, violaban o cometían actos todavía peores. Cuando se le preguntó por qué nadie intervenía, respondió: “¿qué ibas a hacer?”. Era una frase de resignación que escondía una condena implícita.

Reclutas forzosos antifranquistas

La violencia aparece como una realidad inevitable. Sin embargo, combatir en un ejército no significa necesariamente compartir su ideología. Hubo reclutas forzosos procedentes de familias anarquistas o vinculados a organizaciones de izquierda que sirvieron durante años en el ejército sublevado y que después se incorporaron a la guerrilla antifranquista o se marcharon al exilio. Obedecer no equivale siempre a creer.

Tampoco todos soportaron la experiencia del mismo modo. Algunos quedaron marcados durante décadas. Otros guardaron silencio. Muchos relatos recuerdan con enorme precisión el hambre, las marchas, los uniformes o el paisaje, pero apenas mencionan la muerte. Esos silencios también forman parte de la historia.

No existe una respuesta única a la pregunta de por qué mata una persona corriente. Puede hacerlo por ideología, miedo, obediencia, supervivencia, compañerismo, presión o costumbre. Esas razones pueden mezclarse y cambiar durante el conflicto.

Comprender estos procesos no significa justificar la violencia: significa reconocer hasta qué punto la guerra transforma a quienes participan en ella.

Las personas no se dividen fácilmente entre héroes, víctimas y monstruos. Las situaciones extremas crean espacios ambiguos. Cambian las reglas, el lenguaje, las lealtades y los límites de lo aceptable.

La violencia extrema puede aparecer cuando una autoridad legitima el daño, cuando el grupo lo normaliza, cuando el miedo reduce las alternativas y cuando el enemigo deja de ser visto como una persona.

Por eso estudiar a los perpetradores no significa apartar la mirada de las víctimas. Tampoco juzgarlos. Significa intentar comprender cómo fue posible que se desarrollase esa violencia en España. Y esa pregunta no pertenece solo al pasado.

The Conversation

Este artículo de Francisco Jorge Leira Castiñeira ha sido financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación e Universidades a través de un contrato Ramón y Cajal (RYC2023-045639-I).

ref. De hombres corrientes a perpetradores: los reclutas forzosos de la Guerra Civil española – https://theconversation.com/de-hombres-corrientes-a-perpetradores-los-reclutas-forzosos-de-la-guerra-civil-espanola-287137

El poder transformador de la generosidad

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Santiago Iñiguez de Onzoño, Presidente IE University, IE University

White bear studio/Shutterstock

Cada año, desde 1987, la revista Forbes publica la lista de las personas más ricas del mundo. Pero también ofrece un ranking de los principales filántropos globales: hombres y mujeres que donan a causas sociales, a la investigación de enfermedades, a la creación de becas educativas, a iniciativas para mejorar el medio ambiente y similares.

En sus informes más recientes, la revista ha incluido un interesante factor de ponderación que permite conocer qué multimillonarios donan un mayor porcentaje de su patrimonio neto. Es el Forbes Philanthropy Score.

Aunque informes como el de Forbes influyen en la opinión pública, muchos grandes filántropos no donan dinero en busca de reconocimiento o publicidad. Mi experiencia con algunos donantes es que prefieren el anonimato, independientemente de que puedan beneficiarse o no de ventajas fiscales por sus aportaciones. En cualquier caso, creo que deberíamos alegrarnos de que la filantropía parezca estar en aumento, aunque haya sectores de la sociedad que resten importancia a donaciones significativas por proceder del ámbito privado.

No solo los ricos

En cualquier caso, la generosidad no es una cualidad exclusiva de los ricos. Es una virtud que todos podemos cultivar para hacernos mejores y más felices. En este sentido, recordemos el relato bíblico de La ofrenda de la viuda: Marcos cuenta cómo, aunque solo dio dos pequeñas monedas de limosna, mucho menos en términos absolutos que otros donantes, Jesús reconoció su contribución como mucho más valiosa por el sacrificio personal que implicaba.

Posteriormente, los filósofos explicarían la generosidad de distintas maneras:.Descartes la consideraba “la llave de todas las virtudes y un remedio general contra todos los desórdenes de las pasiones”, mientras que Nietzsche la calificaba como “la virtud más elevada”.

La generosidad, frente a la codicia, suele entenderse como el hábito de dar o compartir con otros sin esperar nada a cambio. Es posible dar muchas cosas, no solo dinero, regalos u objetos. También se puede ser generoso con el tiempo, a veces el bien más preciado, algo especialmente pertinente en el ámbito académico.

Querer mucho

También se puede ser generoso con el afecto, por ejemplo, felicitando a conocidos en sus cumpleaños o celebraciones, elogiando a otra persona por un logro o mostrando empatía.

Existen, asimismo, actos que parecen generosos pero no lo son. El político estadounidense Lester H. Hunt (1892-1954) escribió que regalar una botella de vino a un vecino puede hacerse para establecer una relación, o que un obsequio a una persona necesitada, pero amenazante, puede ser simplemente una forma de evitar un conflicto.

Sin embargo, dada la dificultad de determinar o medir la intencionalidad, debemos conformarnos con juzgar lo que observamos. Tal vez muchos actos que consideramos generosos no cumplirían con la exigencia de desinterés que plantea Hunt. Dicho esto, podría sostenerse que cualquier forma de dar es mejor que ninguna.

Generosidad recíproca

Nos gusta pensar que la generosidad en el seno familiar es desinteresada y no transaccional. Sin embargo, puede existir una expectativa razonable de reciprocidad. Por ejemplo, los hijos cuidan de sus padres cuando estos envejecen, devolviendo el cuidado recibido en la infancia.

En la amistad también ocurre que las personas se reprochan no haber ayudado en momentos críticos. Aunque el factor decisivo es que no haya una expectativa de retorno a corto plazo, también se entiende que se puede contar con los amigos en tiempos difíciles. Como dice el refrán: “En la necesidad se conoce al amigo”.

Un artículo publicado en la revista Nature en 2017 mostró el vínculo neuronal entre generosidad y felicidad. Mediante una resonancia magnética, se midió la actividad de distintas áreas del cerebro de los participantes. A un grupo se le entregó una cantidad de dinero para destinarla a las necesidades de otras personas, al otro se le dio la misma cantidad para gastarla en sí mismos. En el primer caso, las imágenes mostraron una conectividad más intensa entre la función temporoparietal y el estriado ventral, la zona del cerebro que activa la sensación de felicidad.

Los científicos concluyeron que los seres humanos son generosos con familiares, amigos o desconocidos porque eso les hace sentirse mejor y no tanto por la búsqueda de una compensación.

Generosidad en el trabajo

También en el ámbito laboral se han analizado los efectos del comportamiento generoso entre colegas. Dicen los expertos: “Practicar la amabilidad resulta enormemente beneficioso para nuestros compañeros. Ser reconocido en el trabajo ayuda a reducir el agotamiento y el absentismo, y mejora el bienestar de los empleados”. Y recomiendan ser generosos en agradecimientos y reconocimientos dentro del entorno profesional. La generosidad en el agradecimiento mejora el clima, motiva a otros y, en línea con el estudio de Nature, hace más felices a quienes la practican.

Desde una perspectiva transaccional, podría pensarse que las personas generosas actúan de manera ingenua al no buscar abiertamente algo a cambio de sus buenas acciones. Esta visión es errónea, porque la generosidad, aunque no persiga compensación, siempre es reconocida, aunque sea a largo plazo, a través del respeto de los demás.

Sin embargo, en contextos donde triunfan los insistentes y oportunistas, uno de los riesgos de ser el único que practica sistemáticamente la generosidad es acabar sufriendo de “agotamiento por generosidad”.

Por lo general, en los equipos de trabajo los aprovechados son pronto identificados y excluidos. Pero si uno tiene la percepción personal, contrastada con la opinión de personas de confianza, de ser el único miembro generoso del equipo, conviene tomar medidas para equilibrar la situación.

Generosidad y mentorazgo

En el libro Dar y recibir (2013), el profesor e investigador estadounidense Adam Grant explica que en todas las organizaciones hay receptores, quienes suelen beneficiarse del trabajo de los demás, incluidos los jefes, equilibradores, que contribuyen y utilizan de manera compensada el trabajo común, y dadores: esa valiosa especie que contribuye al colectivo sin esperar necesariamente algo a cambio.

En una empresa, lo ideal es que haya más dadores que receptores porque, aritméticamente hablando, el valor añadido total será mayor y, además, se generará un entorno laboral más positivo.

Otra forma de ejercer la generosidad en el trabajo es el mentorazgo, práctica que ha demostrado mejorar el desempeño de los directivos jóvenes. Para que tenga éxito, esta relación debe basarse en el desinterés, la ausencia de agenda política, el respeto mutuo, la coherencia y el compromiso.

Generosidad vocacional

En el ámbito educativo, la generosidad es una cualidad fundamental del profesorado. El desinterés necesario para dedicar años a mejorar el aprendizaje de los jóvenes convierte esta profesión en una vocación, una llamada a servir al desarrollo de los estudiantes, que no se compensa únicamente con la remuneración.

En cierto modo, considero a los directivos y gestores como docentes, porque parte de su tarea consiste en motivar a sus colaboradores y subordinados para que trabajen eficazmente, se identifiquen con su organización y mejoren como profesionales y como personas. Sin duda, el ejercicio de cualquier forma de liderazgo debe sustentarse en la generosidad.

Una versión de este artículo se publicó en LinkedIn.

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Santiago Iñiguez de Onzoño no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El poder transformador de la generosidad – https://theconversation.com/el-poder-transformador-de-la-generosidad-286530

Más allá del porno: ¿cómo afectan los contenidos explícitos en cine y series al desarrollo sexual de los adolescentes?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pedro Antonio De la Rosa Fernández-Pacheco, Researcher, Universidad de Navarra

Cottonbro studio/Pexels , CC BY

Los guiones que orientan nuestras trayectorias vitales se van modelando, en parte, a través de las historias y los comportamientos que vemos reflejados en los medios y la cultura popular. Esta influencia es especialmente profunda durante la adolescencia, etapa del desarrollo formativo en que los jóvenes exploran las normas y los roles sociales y van construyendo lo que más tarde será su identidad adulta.

Una de las dimensiones clave de este período, que puede verse muy afectada por los medios y el entretenimiento de masas, es lo que en el ámbito académico se conoce como “guiones sexuales” (sexual scripts). Se trata de las pautas y expectativas aprendidas que, una vez interiorizadas, guían la manera en que las personas, principalmente los adolescentes, entienden y viven la sexualidad en su día a día.

Antes en la pantalla que en la vida

En la sociedad actual, gran parte de lo que los adolescentes saben sobre las relaciones afectivas les llega filtrado a través de las pantallas, a menudo mucho antes de tener sus primeras experiencias románticas o sexuales. En este contexto, una de las preocupaciones centrales es cómo la pornografía puede influir en la experiencia cotidiana de la intimidad y la sexualidad.

A medida que la tecnología se cuela en cada rincón de nuestras vidas, niños y niñas tienen acceso a teléfonos inteligentes y otros dispositivos digitales a edades cada vez más tempranas. Esto se traduce en un acceso prematuro a la pornografía, que hoy en día puede empezar tan pronto como a los 12 años.




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El impacto del consumo precoz de porno

Diversas investigaciones han demostrado que el consumo de pornografía está asociado a ciertos rasgos individuales, como la búsqueda de sensaciones o la apertura a la experiencia. También se ha analizado cómo el acceso temprano a dichos contenidos puede moldear las actitudes y conductas sexuales.

Los resultados son ambiguos. Mientras que algunos estudios apuntan que la pornografía refuerza expectativas poco realistas o estereotipos de género, otros sugieren que, en determinados contextos, puede ser una fuente válida de información, exploración o autoconocimiento sexual.

Nuestro estudio reciente aporta un nuevo matiz a este debate al plantear que el contenido sexual presente en los medios audiovisuales convencionales (no pornográficos) puede servir como un paso intermedio hacia el consumo posterior de pornografía.

El sexo en la pantalla

Nuestra investigación se basa en los datos de una encuesta representativa realizada a jóvenes adultos españoles de entre 18 y 25 años. Tras analizar las respuestas de 1 000 cuestionarios, examinamos si la exposición a medios convencionales sexualizados durante la adolescencia está relacionada con el consumo de pornografía entre los 18 y los 29 años, el período que en psicología se denomina “adultez emergente” (emerging adulthood).

Se pidió a los participantes que recordaran la película y la serie de televisión que más les hubieran marcado entre los 12 y los 17 años. Después, los títulos fueron clasificados utilizando la guía parental del sitio web IMDb en la categoría de “sexo y desnudez”, cuyos niveles van desde la ausencia de contenido explícito hasta el contenido explícito severo.

El impacto emocional de las escenas intensas

Este método basado en el recuerdo se apoya en la teoría de la “transportación narrativa” (narrative transportation), la idea de que las historias nos calan más hondo cuando nos absorben emocionalmente. Según esta teoría, es más probable que una serie o película que impacte, fascine o conmueva a un adolescente se quede grabada con nitidez en su memoria años después.

Al analizar la muestra global, el factor que mejor predijo el consumo de pornografía en la edad adulta fue, como era de esperar, su consumo previo durante la adolescencia.




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Sin embargo, entre los participantes que no habían visto pornografía antes de los 18 años, aquellos que recordaron películas y series de televisión clasificados con un contenido explícito “moderado” o “severo” mostraron una probabilidad significativamente mayor de consumirla de adultos. Esto confirmó una de las hipótesis centrales de nuestro estudio.

Curiosidad, normalización y desensibilización

Existen varias explicaciones posibles para este vínculo. La primera es la normalización: la exposición repetida a contenidos sexuales en el cine y la televisión puede moldear sutilmente lo que los adolescentes consideran un comportamiento normal, aceptable o deseable.

Otra posibilidad es la curiosidad. La adolescencia es ya de por sí una etapa de exploración y de gran sensibilidad hacia las nuevas experiencias. El contenido sexual enmarcado en historias que atrapan emocionalmente puede despertar un interés que, más adelante, lleve a algunos espectadores a buscar material más explícito en internet.

El artículo también plantea el factor de la desensibilización: escenas que al principio resultan provocadoras o transgresoras pueden volverse familiares con el tiempo. A medida que aumenta esa familiaridad, hay quienes buscan contenidos que les provoquen una respuesta emocional o fisiológica más intensa para mantener el mismo nivel de estímulo, lo que ayudaría a explicar el paso de los medios convencionales con carga sexual a la pornografía.

La pornografía no existe en un vacío

El estudio, no obstante, presenta ciertas limitaciones.

En primer lugar, lo que hemos detectado es una asociación, no una prueba de que exista una relación causa-efecto. Los resultados no demuestran de forma categórica que ver contenidos convencionales sexualizados empuje a los adolescentes a consumir pornografía. Sin embargo, sí señalan una posible vía de acceso hacia el material pornográfico en jóvenes que no habían sido expuestos a él previamente.

En segundo lugar, los participantes tuvieron que recordar experiencias de años atrás, lo que introduce la posibilidad del sesgo retrospectivo.

Un entorno mediático global

A pesar de estas limitaciones, el estudio enriquece nuestra comprensión de cómo influyen los contenidos audiovisuales en el desarrollo sexual. El valor principal de nuestro artículo radica en que amplía el foco, al dejar de analizar la pornografía de forma aislada para entender su relación con el entorno mediático en que crecen los adolescentes.

Otra implicación más práctica del estudio, útil tanto para padres como para educadores y organismos reguladores, es que respalda la validez de los sistemas públicos de calificación, como la guía parental de IMDb. Así, ponemos de relieve el papel que pueden jugar estas herramientas, al alcance de cualquiera, a la hora de tomar decisiones de visionado informadas y adecuadas para cada edad.

The Conversation

Pedro Antonio de la Rosa Fernández-Pacheco recibió fondos de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) para la elaboración de este proyecto de investigación

Javier García-Manglano y Álvaro Villagrán Sánchez no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

ref. Más allá del porno: ¿cómo afectan los contenidos explícitos en cine y series al desarrollo sexual de los adolescentes? – https://theconversation.com/mas-alla-del-porno-como-afectan-los-contenidos-explicitos-en-cine-y-series-al-desarrollo-sexual-de-los-adolescentes-286269

El planeta donde podríamos volar moviendo los brazos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Carlos Vázquez Monzón, Profesor Ayudante Doctor, especializado en Astrofísica y Astrodinámica, Universidad Loyola Andalucía

Zoteva/Shutterstock

La búsqueda de exoplanetas ha cambiado nuestra forma de entender el universo. Durante mucho tiempo, los astrónomos clasificaron los planetas utilizando como referencia los mundos del sistema solar. Sin embargo, los miles de exoplanetas descubiertos en las últimas décadas han revelado una diversidad mucho mayor de la esperada. Entre ellos destaca Kepler-138d, un planeta situado a unos 200 años luz de la Tierra que podría pertenecer a una categoría completamente distinta a cualquier cosa conocida en nuestro vecindario cósmico.

Un mundo oceánico

Kepler-138d ha despertado un gran interés porque, pese a tener un tamaño parecido al de la Tierra, parece poseer una densidad mucho menor. Los datos sugieren que podría contener enormes cantidades de agua y materiales ligeros, hasta el punto de que ha sido identificado como uno de los candidatos más prometedores a mundo oceánico. Si esta interpretación es correcta, estaríamos ante un planeta cuya estructura interna y condiciones ambientales podrían diferir radicalmente de las terrestres.




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Y eso conduce a una pregunta fascinante: si existen mundos tan distintos al nuestro, ¿podrían existir algunos donde los seres humanos fueran capaces de volar moviendo los brazos?

Representación artística de la estrella Kepler-9 y dos de sus exoplanetas, caracterizados por sus densidades excepcionalmente bajas.
NASA, Jet Propulsion Laboratory/California Institute of Technology, Ames Research Center

Cuando el entorno importa tanto como el cuerpo

La respuesta intuitiva es no. Los humanos no tenemos alas y nuestra anatomía no está diseñada para el vuelo. Sin embargo, esa conclusión depende en gran medida de las condiciones físicas de la Tierra.

Nuestro planeta combina una gravedad relativamente intensa con una atmósfera que, aunque suficiente para que vuelen aves y aviones, no proporciona el apoyo necesario para que una persona pueda sostenerse en el aire mediante la fuerza de sus propios brazos. Por eso necesitamos tecnologías que compensen esas limitaciones.

Pero la física del vuelo no depende únicamente del organismo. También depende del entorno.

Los dos ingredientes del vuelo humano asistido

Para imaginar un mundo donde una persona pudiera volar moviendo los brazos hacen falta dos ingredientes fundamentales.

El primero es una gravedad relativamente baja. Cuanto menor sea la atracción gravitatoria de un planeta, menor será también el peso de cualquier objeto situado sobre su superficie. Los saltos serán más altos, las caídas más lentas y permanecer en el aire resultará mucho más fácil.

El segundo ingrediente es una atmósfera densa. Cuando el aire contiene más materia, los movimientos generan fuerzas aerodinámicas más intensas. Cada superficie expuesta al flujo de aire produce más sustentación y puede permanecer suspendida con mayor facilidad.

La combinación de ambos factores cambia completamente las reglas del juego. En un planeta con gravedad moderada y una atmósfera especialmente espesa, una persona equipada con simples membranas de planeo podría desplazarse por el aire de forma sorprendentemente eficiente. Los movimientos de brazos y piernas ayudarían a mantener la altura, aprovechar las corrientes atmosféricas y prolongar el tiempo de vuelo.

No sería un vuelo como el de las aves, sino algo a medio camino entre saltar, planear y navegar por el aire.

Volar siempre ha sido el sueño de la humanidad.
Wikimedia Commons

Lo que Kepler-138d nos enseña

Kepler-138d resulta especialmente interesante porque demuestra que existen mundos con propiedades físicas muy distintas a las terrestres. Su baja densidad sugiere una composición rica en agua y materiales ligeros, algo que hasta hace pocos años apenas aparecía en los modelos planetarios más habituales.

Aunque todavía conocemos pocos detalles sobre su atmósfera, este planeta podría representar una de las primeras muestras de una familia de mundos donde las condiciones ambientales difieren profundamente de las que encontramos en la Tierra. Los llamados mundos oceánicos podrían poseer atmósferas extensas y entornos físicos muy diferentes a los que estamos acostumbrados a imaginar.

Precisamente por eso, Kepler-138d nos invita a pensar en posibilidades que antes parecían reservadas a la ciencia ficción. Si existen planetas con composiciones tan distintas, también podrían existir mundos donde la combinación de gravedad y atmósfera favorezca formas de movilidad imposibles en nuestro planeta.

En ese contexto, el vuelo humano asistido deja de ser una fantasía absurda para convertirse en una consecuencia plausible de determinadas condiciones físicas.

Un universo lleno de posibilidades

La imagen de una persona elevándose lentamente mientras mueve los brazos puede parecer propia de una novela fantástica. Sin embargo, no contradice ninguna ley de la naturaleza. Lo único que requiere es un entorno adecuado.

Kepler-138d no es importante porque sepamos exactamente cómo es, sino porque nos recuerda que la Tierra representa solo una de las muchas maneras posibles de construir un planeta. Cada nuevo exoplaneta descubierto amplía nuestra visión de lo que puede existir en el universo.

Quizá algunos de esos mundos posean atmósferas tan densas y condiciones gravitatorias tan favorables que volar resulte casi tan natural como caminar. Quizá los habitantes de esos planetas aprendan a planear desde niños y consideren el desplazamiento aéreo una habilidad cotidiana.

A medida que descubrimos más mundos como Kepler-138d, resulta cada vez más evidente que muchas de las limitaciones que damos por sentadas son simplemente consecuencia de vivir en un planeta concreto. En algún lugar de la galaxia podría existir un mundo donde el viejo sueño humano de volar no requiera motores ni alas artificiales. Bastaría con extender los brazos y dejar que el planeta hiciera el resto.

The Conversation

Carlos Vázquez Monzón no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El planeta donde podríamos volar moviendo los brazos – https://theconversation.com/el-planeta-donde-podriamos-volar-moviendo-los-brazos-284669

Quiero ayudar tras una situación de emergencia humanitaria: ¿cuál es la mejor forma de hacerlo?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Borja Santos Porras, Associate Dean and Professor – IE School of politics, economics and global affairs, IE University

Suphapong Eiamvorasombat/Shutterstock

Cada vez que un terremoto, una inundación o un conflicto golpea a miles de personas, la reacción de la ciudadanía es inmediata: queremos ayudar. El problema no es la falta de generosidad, sino no saber canalizarla bien.

Aquí la buena intención no siempre coincide con la ayuda más eficaz. Repasamos las tres vías principales –donar bienes, aportar a organizaciones humanitarias reconocidas o financiar directamente a organizaciones locales– con sus ventajas, sus límites y qué dice la experiencia sobre cuál suele tener más impacto.

Recolección de insumos: la opción más visible, pero casi nunca la más útil

Enviar ropa, comida o medicamentos es el gesto más intuitivo: das algo tangible y sientes que ayudas de verdad. Sin embargo, es la opción que más advertencias recibe por parte de los organismos humanitarios. La Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) desaconseja las donaciones en especie en la fase inmediata de una emergencia porque pueden saturar la logística de quienes están gestionando el desastre sobre el terreno.

Las razones son prácticas: clasificar, embalar, transportar y almacenar bienes cuesta tiempo y dinero, recursos que en plena emergencia son extremadamente escasos. Además, lo que enviamos no siempre coincide con lo que realmente se necesita –por disparidad en las tallas, climas o cultura alimentaria– y en muchos casos termina acumulado en almacenes, o incluso desechado.

En 2008, cuando trabajaba en el equipo de Naciones Unidas para Emergencias en Ecuador, sufrimos los efectos de las inundaciones de El Niño y llegaron muchos aviones con ayuda proveniente de muchos países. Hicimos un recuento de lo enviado frente a lo que realmente se necesitaba: solo el 5 % de lo que llegaba era útil.

Cajas de medicamentos y ayuda humanitaria de UNICEF para Ucrania (2022).
Sodel Vladyslav/Shutterstock

Otro ejemplo, este de 2011, cuando trabajaba con Naciones Unidas en Etiopía. Allí la base de la alimentación es la injera, un pan plano hecho con un cereal local llamado tef. Como parte de la respuesta a la crisis humanitaria de ese año, Estados Unidos envió toneladas de maíz, en gran parte, excedentes de su propia producción agrícola. El problema es que buena parte de la población etíope ni conocía ese alimento ni sabía cómo cocinarlo, y, sencillamente, no lo quería.

El Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH) ha realizado guias prácticas para orientar a la ciudadanía sobre las donaciones en especie. ¿Cuándo tienen sentido este tipo de donaciones? Solo si hay un llamamiento específico de una organización que ya opera allí y que ha pedido ese material en concreto.

Donar a organizaciones reconocidas en España: seguridad, trazabilidad… y ventajas fiscales

Aportar dinero a una ONG española con experiencia humanitaria acreditada es, por consenso, la vía más recomendada por los especialistas en ayuda internacional. Estas entidades cuentan con personal profesional, mecanismos de coordinación con las autoridades locales y sistemas contrastados de rendición de cuentas.

Además, muchas de estas organizaciones trabajan con estándares humanitarios universales que guían la ayuda en desastres, como los estándares Esfera, que buscan proteger la dignidad humana en la respuesta a las personas afectadas: cuánta agua o comida mínima se debe dar y en qué condiciones, cómo deben ser los refugios, qué características debe tener la atención sanitaria, etc. Estos estándares fueron establecidos por el Movimiento Internacional de la Cruz Roja y numerosas organizaciones humanitarias tras las fallas detectadas en la asistencia a los refugiados del genocidio de Ruanda, en 1994.

Además de la profesionalidad y la rendición de cuentas, hay un incentivo añadido que algunos ciudadanos desconocen: si la entidad está acogida a la Ley 49/2002 de régimen fiscal de entidades sin fines lucrativos, la donación desgrava en el IRPF.

Aportar a instituciones u organizaciones locales: ayuda directa y sin intermediarios

Financiar directamente a una organización local tiene una ventaja muy clara: la financiación llega sin intermediarios y de forma más directa a quien ejecuta la ayuda sobre el terreno. Esto suele traducirse en mayor flexibilidad para adaptar los fondos a las necesidades reales y cambiantes, y menos costes de gestión intermedios.

No obstante, también tiene un inconveniente: resulta más difícil para el donante verificar la solvencia y trayectoria de la organización, y no siempre está claro que tenga la profesionalidad y el conocimiento necesarios para trabajar en contextos humanitarios. Además, estas donaciones normalmente no dan derecho a deducción fiscal en España, al no estar la entidad receptora acogida a la Ley 49/2002.

Esta vía es recomendable cuando existe una relación de confianza previa y contrastada con la entidad local, por ejemplo, a través de asociaciones en España de ciudadanos migrantes de los países en emergencia, que suelen tener conocimiento directo del terreno y de las organizaciones fiables que operan allí.

¿Por qué el dinero, en cualquier caso, es mejor que las donaciones en especie?

Más allá de por dónde se canalicen los recursos, el consenso del sector humanitario –recogido por la AECID, la CONGDE y organismos como CALP (Cash Learning Partnership)– es claro: el dinero es preferible a los bienes materiales.

Una donación económica permite comprar lo necesario en mercados locales o cercanos a la zona afectada, lo que, además de garantizar que la ayuda se ajusta a la necesidad real, reactiva la economía local justo cuando más lo necesita. Es decir, genera empleo, mantiene en marcha comercios y evita la dependencia total de la ayuda externa. Es lo que en el sector se llaman programas de transferencias monetarias, considerados, hoy por hoy, la forma de asistencia humanitaria más eficaz y respetuosa con la dignidad de las personas afectadas.

Es fundamental ayudar, si bien exige también informarse. La rapidez con la que se dona no debería ir por delante de la eficacia con la que esa ayuda llega a quien la necesita.

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Borja Santos Porras no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Quiero ayudar tras una situación de emergencia humanitaria: ¿cuál es la mejor forma de hacerlo? – https://theconversation.com/quiero-ayudar-tras-una-situacion-de-emergencia-humanitaria-cual-es-la-mejor-forma-de-hacerlo-286748

¿Cuántas personas mueren realmente por el calor?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Dominic Royé, Investigador Ramon y Cajal, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)

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Cada verano, con la llegada de las altas temperaturas, se publican distintas cifras sobre las muertes asociadas al calor… y no siempre coinciden. Unas hablan de “golpes de calor”; otras, de “muertes atribuibles al calor”. Pero ¿a qué se deben esas diferencias?

La respuesta breve es que no todas las cifras miden lo mismo. En muchos casos, se trata de estimaciones, ya que el calor no siempre aparece como causa inmediata del fallecimiento. Comprender cómo se estima la mortalidad atribuible al calor es, por tanto, fundamental para interpretar correctamente estas cifras.

El golpe de calor es solo la punta del iceberg

El golpe de calor se produce cuando la temperatura corporal aumenta de forma extrema, generalmente por encima de 40 °C, porque el organismo deja de regular adecuadamente el calor. Puede provocar confusión, convulsiones, coma y fallo multiorgánico.

Sin embargo, las muertes certificadas como golpe de calor representan solo una pequeña parte de la mortalidad causada por las altas temperaturas. En un estudio internacional con datos de 34 países, mostramos que estas defunciones suponen alrededor del 1 % del total de muertes atribuibles al calor en la mayoría de los países europeos, incluida España. En Japón, donde existe una mayor concienciación social y una vigilancia más estandarizada, la proporción alcanza hasta el 54 % durante los episodios de calor más extremos.

Esta proporción es baja porque el calor rara vez aparece como causa directa de muerte. Con mayor frecuencia, desencadena o agrava enfermedades preexistentes y aumenta el riesgo de fallecer por causas cardiovasculares, cerebrovasculares, respiratorias o renales. En estos casos, el certificado registra la enfermedad que causó el fallecimiento, sin identificar necesariamente la contribución de la temperatura.

¿Cómo estimamos las muertes por calor?

Para conocer el impacto real del calor no basta con contar los golpes de calor. Es necesario estimar cuántas muertes adicionales se producen cuando aumenta la temperatura.

El primer paso consiste en analizar, para cada ciudad, varios años de datos diarios de temperatura y mortalidad. Con ellos se estima una curva de exposición-respuesta que describe cómo cambia el riesgo de morir con la temperatura. Esta relación suele tener forma de U o de J. Su punto más bajo corresponde a la temperatura de mínima mortalidad (TMM), es decir, aquella en la que el riesgo es menor.

A continuación, se compara el riesgo relativo (RR) observado a una temperatura determinada con el correspondiente a la temperatura de mínima mortalidad. En la figura de ejemplo, una temperatura de 30 °C se asocia con un riesgo relativo de 1,5 en comparación con 20 °C. Esto significa que, a 30 °C, el riesgo de morir es un 50 % mayor que a 20 °C.

A partir de este riesgo, se calcula la fracción atribuible (FA), que indica qué proporción de las muertes observadas a 30 °C se debe al calor, y el número correspondiente de muertes atribuibles (NA). En el ejemplo, de las 75 muertes esperadas a 30 °C, 50 se habrían producido igualmente a la temperatura de mínima mortalidad y las 25 restantes corresponden al exceso asociado al calor.

Este procedimiento se repite para cada día del periodo estudiado. El resultado no es una cifra exacta, sino una estimación acompañada de un margen de incertidumbre, que expresa de forma transparente lo que los datos permiten conocer.

¿Qué causas de muerte están más relacionadas con el calor?

La misma metodología puede utilizarse para estimar la mortalidad atribuible por causas específicas. En un estudio reciente en España con datos oficiales de mortalidad del Instituto Nacional de Estadística correspondientes al periodo 1999-2018, observamos que las enfermedades circulatorias y respiratorias concentraban la mayor parte de las muertes atribuibles al calor. También encontramos una contribución relevante de los trastornos mentales y las enfermedades del sistema nervioso.




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Los datos oficiales de mortalidad permiten analizar qué enfermedades se ven más afectadas, pero suelen publicarse con más de un año de retraso, lo que impide evaluar de inmediato el impacto de un episodio de calor.

Las altas temperaturas no afectan igual en todas partes

La temperatura a partir de la cual aumenta la mortalidad no es igual en todos los lugares. Cada ciudad tiene su propia temperatura de mínima mortalidad, determinada en parte por el clima local y por la adaptación de la población.

En un estudio internacional con datos de 43 países, encontramos que esta temperatura oscilaba, en promedio, entre 13 °C en las zonas alpinas y 26,5 °C en las tropicales. Además, por cada grado de aumento de la temperatura media anual de una ciudad, la temperatura de mínima mortalidad aumentaba 0,8 °C.

Esto indica que las poblaciones se adaptan parcialmente a su clima. Por ello, una misma temperatura puede suponer un riesgo en una ciudad y no en otra.




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El calor moderado también mata

El impacto no se limita a los días más extremos. El riesgo empieza a aumentar en cuanto se supera la temperatura de mínima mortalidad. Por eso, una parte importante de las muertes se acumula durante numerosos días moderadamente calurosos.

Durante el verano de 2025, el más cálido registrado hasta ahora según la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), se estimaron 10 831 muertes atribuibles al calor moderado –definido como las temperaturas comprendidas entre la temperatura de mínima mortalidad y el 5 % de las temperaturas más altas– y 4 880 al calor extremo, correspondiente a ese 5 % de temperaturas más altas.

En conjunto, estos datos muestran que la acumulación de muchos días moderadamente calurosos puede producir una carga mayor que la de los episodios extremos.

Hacia la alerta temprana

España cuenta con un sistema de monitorización de mortalidad diaria coordinado por el Instituto de Salud Carlos III. Sus datos están disponibles con rapidez, aunque recogen la mortalidad por todas las causas y no permiten identificar de inmediato las enfermedades responsables.

Combinando estos datos con las temperaturas registradas por AEMET, la aplicación MACE monitoriza desde 2023, casi en tiempo real y por provincias, la mortalidad atribuible al calor en verano España. En Europa, iniciativas como Forecaster.health utilizan previsiones meteorológicas para anticipar el impacto sanitario por regiones y grupos de población.

Estas herramientas permiten seguir y prever la carga de mortalidad con varios días de antelación. Sin embargo, su integración generalizada en los sistemas oficiales de alerta sigue siendo una asignatura pendiente.

El calor constituye ya uno de los principales riesgos ambientales para la salud. Comprender cómo se calculan y qué representan las cifras de mortalidad atribuible es esencial para valorar su impacto real y mejorar la prevención en un contexto de cambio climático, con veranos cada vez más calurosos.

The Conversation

Dominic Royé esta financiado por el programa Ramón y Cajal (RYC2023-042824-I) y la GAIN-Xunta de Galicia.

Aurelio Tobias no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Cuántas personas mueren realmente por el calor? – https://theconversation.com/cuantas-personas-mueren-realmente-por-el-calor-286973