Las energías renovables son esenciales, pero no suficientes para un futuro justo y sostenible

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mahmoud Nabil, Postdoctoral Researcher, Universidad Pablo de Olavide

EAKARAT BUANOI/Shutterstock

Escuchamos que las energías renovables pueden salvar el planeta. Pero, asumiendo que de hoy a mañana toda la demanda energética se pudiera cubrir con fuentes renovables, ¿bastaría para garantizar un futuro sostenible?

La respuesta es no. Y la razón no es tecnológica, sino económica. El sistema mundial funciona bajo un modelo basado en la producción ilimitada, el consumismo y el crecimiento perpetuo. Mientras ese modelo siga intacto, ninguna fuente de energía podrá evitar que sigamos agotando los recursos del planeta.

Una dependencia que nos define y nos asfixia

Cada gran salto tecnológico desde la Revolución Industrial ha dependido de los combustibles fósiles. El carbón, el petróleo y el gas natural se convirtieron en el motor de todos los aspectos de nuestra vida. Pero su impacto va más allá de lo técnico: el control de estos recursos ha moldeado alianzas, provocado conflictos y condicionado el ascenso y declive de naciones enteras.

El coste ambiental es ya innegable. Cerca del 80 % de las emisiones de CO₂, proceden de la quema de combustibles fósiles, acelerando un calentamiento global cuyas consecuencias son cada vez más visibles: olas de calor, sequías, inundaciones, incendios forestales y subida del nivel del mar. Estos fenómenos no solo amenazan ecosistemas, sino que agravan la inestabilidad social, los desplazamientos forzados y los conflictos.

El desafío es doble: reducir emisiones mientras se satisface una demanda energética global que no deja de crecer.




Leer más:
Los riesgos de acelerar la instalación de renovables a costa del medio ambiente


Energía renovable, demanda insaciable

La luz solar que recibe la Tierra en una hora bastaría para cubrir toda la demanda energética de un año. Y la tecnología para aprovecharla avanza rápido: las celdas solares de silicio han alcanzado una madurez impensable hace dos décadas, tecnologías emergentes como las celdas de perovskita prometen procesos de fabricación más sencillos, y los costes de la energía fotovoltaica han caído más de un 90 % en la última década.

Pero la demanda energética sigue creciendo exponencialmente, mucho más rápido que la solución. La pregunta entonces no es solo cómo producimos energía, sino cuánta necesitamos y por qué la necesitamos en cantidades cada vez mayores.

El motor del problema: producir más, consumir más, crecer siempre

El modelo económico capitalista depende absolutamente del crecimiento perpetuo. El progreso se mide a través del producto interior bruto (PIB). Más producción, más consumo, más PIB. Pero como dicta la lógica y argumentan investigadores como Tim Jackson y Jason Hickel, el crecimiento material infinito en un planeta con recursos finitos es físicamente imposible.

Los datos lo confirman: el uso de energía y el PIB siguen estrechamente acoplados a nivel global, y los intentos de “desacoplar” el crecimiento del uso de recursos han resultado ineficaces. Producimos más eficientemente, sí, pero el sistema exige que produzcamos siempre más.

La economía conoce bien esta paradoja: el efecto rebote. Cuando una tecnología se vuelve más eficiente, reduce el coste por unidad de uso, lo que acaba estimulando un mayor consumo total. La eficiencia, por sí sola, no puede contrarrestar un sistema cuya supervivencia depende de que consumamos cada vez más.

Este efecto llegaría incluso a la propia energía solar. Si volvemos a la suposición del principio, que toda la demanda se cubre con renovables, el problema no desaparecería. Impulsados por el modelo económico, la gente consumirá más y la industria producirá más, alimentando una extracción de materiales sin límite aparente.

Todo esto nos acerca a lo que se define como la transgresión de los “límites planetarios”: extraemos más de lo que el planeta puede regenerar. La huella material de la economía global se ha triplicado desde 1970. El precio a pagar es la degradación ambiental y la explotación de las regiones más vulnerables, todo bajo la promesa de una prosperidad que nunca llega a todos.




Leer más:
¿Qué pasará con las plantas solares cuando termine su vida útil?


La energía no solo debe ser limpia; debe ser justa

La justicia nunca debe quedar fuera. Los materiales para fabricar paneles solares y baterías, como el indio, la plata, el cobre, el cobalto o las tierras raras, no aparecen de la nada. Se extraen en países del Sur Global, bajo condiciones laborales precarias y con escasa supervisión ambiental.

Las minas de cobalto en la República Democrática del Congo, los salares de litio en Argentina, Bolivia y Chile, la minería de tierras raras en el sudeste asiático o la explotación de oro en Sudán muestran cómo la demanda de materiales “verdes” puede reproducir dinámicas coloniales.

Mientras que los costes humanos y ambientales se concentran en el Sur Global, los beneficios económicos fluyen al Norte Global. Si la expansión de las renovables reproduce este modelo extractivo, la transición energética se convertirá en una nueva forma de explotación en lugar de un avance colectivo.

Cambiar la fuente no basta: hay que cambiar el sistema

El avance científico es esencial, pero el desafío energético va mucho más allá de los laboratorios. Está enraizado en un modelo que premia la acumulación, normaliza el consumismo y externaliza sus costes hacia los ecosistemas y las comunidades más vulnerables, Cambiar de fuente energética es necesario pero insuficiente.

El desafío energético no es solo un problema técnico con solución técnica: es un problema sistémico. Requiere replantearnos qué entendemos por progreso, para quién producimos y a costa de qué. Las decisiones que se tomen hoy a nivel político, económico y estructural definirán no solo la trayectoria del cambio climático, sino la naturaleza del mundo que emerja de esta transformación. Energía renovable sin cambiar el sistema económico es una promesa vacía de futuro sostenible.

The Conversation

Mahmoud Nabil no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Las energías renovables son esenciales, pero no suficientes para un futuro justo y sostenible – https://theconversation.com/las-energias-renovables-son-esenciales-pero-no-suficientes-para-un-futuro-justo-y-sostenible-277592

¿Duermen los parásitos?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Erika Pineda Ramírez, investigadora postdoctoral Marie Curie del programa ARISTOS dentro del CIBER-BBN, Instituto de Salud Carlos III

Tero Vesalainen / Shutterstock

Dormir bien no es solo una cuestión de descanso. Nuestro cuerpo funciona siguiendo ritmos diarios precisos que regulan desde la liberación de hormonas hasta la respuesta del sistema inmunitario. Cuando estos ritmos se alteran, por el jet lag o por trabajar de noche, el impacto sobre la salud es evidente. Pero, por extraño que parezca, no convivimos en soledad con ese reloj interno.

Millones de microorganismos habitan en nuestro interior y dependen de nuestro cuerpo para sobrevivir. Estos no habitan un entorno fijo, sino uno que cambia constantemente a lo largo del día: nosotros. Esto plantea una pregunta tan sencilla como inquietante: ¿los parásitos que causan enfermedades también siguen un horario? Y, si es así, ¿puede el momento del día influir en cómo nos infectan o en cómo los tratamos?

¿Qué es un ritmo circadiano y por qué importa?

Los ritmos circadianos son ciclos biológicos que se repiten aproximadamente cada 24 horas y permiten a los organismos anticiparse a los cambios entre el día y la noche. En los seres humanos regulan procesos como el sueño, el metabolismo, la temperatura corporal y la actividad del sistema inmunitario. En otras palabras, coordinan funciones esenciales para la salud.

Lejos de ser un simple reloj del sueño, el sistema circadiano organiza el funcionamiento del cuerpo en el tiempo. Gracias a él no todas nuestras funciones ocurren al azar: hay momentos del día en los que ciertas respuestas son más eficientes que en otros. Esta organización temporal es clave para mantener el equilibrio fisiológico y responder de forma adecuada a los desafíos externos.

Por eso la hora del día es una variable biológica importante: influye en nuestra fisiología y también en nuestra respuesta frente a las enfermedades, desde infecciones hasta procesos inflamatorios.

El cuerpo humano no es un entorno constante

Debido a este ciclo, para un parásito el cuerpo humano no es un entorno estable. A lo largo del día cambian la disponibilidad de nutrientes, la temperatura corporal y la actividad del sistema inmunitario. Incluso procesos aparentemente constantes, como la liberación de hormonas, siguen patrones rítmicos bien definidos.

Para un organismo que depende completamente de su huésped para sobrevivir y multiplicarse, estas fluctuaciones no son un detalle menor. Infectar un cuerpo por la mañana no es lo mismo que hacerlo por la noche. El parásito se enfrenta a defensas distintas y a condiciones fisiológicas cambiantes, que pueden favorecer o dificultar su supervivencia.

Entender cómo los parásitos se adaptan a este entorno dinámico es clave para comprender mejor el desarrollo de las infecciones.

¿Tienen ritmos circadianos los parásitos?

Durante mucho tiempo se asumió que los ritmos circadianos eran exclusivos de organismos complejos. Sin embargo, en los últimos años se ha acumulado evidencia de que varios parásitos presentan cambios rítmicos en su biología a lo largo del día. Estos cambios afectan a procesos clave como el metabolismo, la replicación o la capacidad de infectar al huésped.

Uno de los ejemplos mejor estudiados es Plasmodium, el parásito causante de la malaria. Su ciclo de replicación dentro de los glóbulos rojos suele alinearse con los ritmos circadianos del huésped. Cuando esta sincronización se altera, el parásito pierde eficacia y la infección es menos exitosa, lo que sugiere que anticipar los cambios diarios del huésped le confiere una ventaja biológica clara.

También se han descrito oscilaciones diarias en otros parásitos como Trypanosoma brucei, responsable de la enfermedad del sueño africana, o Leishmania, causante de la leishmaniasis. En estos organismos se han observado cambios rítmicos que afectan a la expresión génica, al metabolismo y a la interacción con la célula hospedadora. En algunos casos, estos ritmos persisten incluso en condiciones constantes, lo que apunta a la existencia de mecanismos internos de control temporal. En otros, parecen depender más estrechamente de las señales fisiológicas del huésped.

En conjunto, estos ejemplos muestran que los parásitos no son organismos pasivos. Muchos organizan su biología en el tiempo, ya sea mediante relojes internos, mediante la sincronización con el huésped o a través de una combinación de ambos mecanismos.

¿Por qué estos ritmos importan para la infección?

Que los parásitos presenten ritmos diarios no es una simple curiosidad biológica. Estas oscilaciones pueden tener consecuencias directas sobre cómo se desarrolla una infección. Si el metabolismo o la replicación del parásito varían a lo largo del día, también puede hacerlo su capacidad para invadir tejidos o evadir la respuesta inmunitaria.

El sistema inmune humano tampoco funciona de manera constante. Muchas de sus respuestas siguen patrones circadianos, lo que significa que la interacción entre huésped y parásito cambia con el tiempo. Diversos estudios sugieren que la carga parasitaria o la gravedad de los síntomas pueden variar según la hora, introduciendo una dimensión temporal clave en el estudio de las infecciones.

Esta dimensión temporal no solo afecta a la infección, sino que podría influir también en el tratamiento. En otras áreas de la medicina ya se ha demostrado que la eficacia y la toxicidad de algunos fármacos dependen de la hora de administración, un enfoque conocido como cronoterapia. En el caso de las infecciones parasitarias, la evidencia creciente sobre ritmos en huésped y parásito plantea la posibilidad de que el momento del tratamiento modifique su impacto.

Entonces, ¿realmente duermen los parásitos?

Aún no sabemos si los parásitos duermen en un sentido comparable al humano. Lo que sí está cada vez más claro es que muchos de ellos organizan su biología en el tiempo, adaptándose a los ritmos del huésped o siguiendo patrones propios. Ignorar esta dimensión temporal limita nuestra comprensión de las infecciones y de su tratamiento.

Tal vez los parásitos no duerman como nosotros. Pero, sin duda, viven pendientes del reloj. Concretamente, del nuestro.

The Conversation

Erika Pineda Ramírez recibe fondos de la UE a través de una beca Postdoctoral Marie Curie dentro del programa ARISTOS del CIBER

ref. ¿Duermen los parásitos? – https://theconversation.com/duermen-los-parasitos-272932

Cuando la tradición se convierte en salud: los beneficios de los bailes folclóricos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lorenzo Antonio Justo Cousiño, Profesor de la Facultad de Fisioterapia. Fisioterapeuta, Doctor en Neurociencia, Universidade de Vigo

Danzas populares en Valencia. Kynamuia/Shutterstock

Está demostrado que bailar es una actividad que “pone en danza” diversas dimensiones del ser humano: físicas, cognitivas, emocionales y sociales.

En primer lugar, requiere que mantengamos la atención, nos sincronicemos con la música y ejecutemos diferentes tipos de pasos. Pero además, facilita la expresión y regulación de emociones, así como una mayor interacción social. En el caso de la población mayor, promueve la participación tanto de las personas sanas como la de aquellas que adolecen de limitaciones.

Terapia de danza

La ciencia ha evidenciado que el baile genera importantes cambios en el cuerpo: favorece la estimulación del sistema sensoriomotor, el ejercicio cardiovascular, la coordinación motora y la activación de redes cerebrales ligadas al movimiento y la cognición.

Se llama terapia de danza a una intervención de psicoterapia a que emplea el movimiento y el baile para mejorar la salud y el bienestar del individuo. Este concepto surgió en la década de 1940 cuando sus creadores, en gran parte bailarines y bailarinas, se percataron de los beneficios psicológicos de su actividad.

Un estudio realizado en Finlandia reveló que incorporar terapia de danza al tratamiento habitual de la depresión provoca una mejoría mucho mayor que con una terapia convencional aislada. En este punto es necesario recordar que cualquier intervención en una patología psicológica debe ser abordada por psicólogos o psiquiatras y que una intervención basada en movimiento (ejercicio terapéutico) ha de ser pautada por fisioterapeutas.

Cerebros más moldeables

La neuroplasticidad es la capacidad de nuestro cerebro de adaptarse y cambiar en base al aprendizaje, experiencias o reparación de lesiones. Se ha observado que la danza mejora esta propiedad: tiene la capacidad de integrar movimiento y sonido y favorece la conexión entre los dos hemisferios del cerebro. Además, los movimientos complejos del baile estimulan múltiples áreas cerebrales: motoras, sensoriales y cognitivas.

Una investigación realizada en adultos mayores en los que se comparó el baile frente a una intervención basada en ejercicio repetitivo observó un mayor impacto cerebral asociado a la danza. Esto podría estar asociado a una demanda mucho más variada –cognitiva, física y de coordinación–, lo que podría tener potencial para neutralizar la pérdida de materia gris relacionada con la edad.

También se estudia su efecto en enfermedades neurodegenerativas. De hecho, una publicación reciente describe que la danza es una práctica multitarea que cumple los estándares clínicos requeridos para la enfermedad de Parkinson: capacidad aeróbica, equilibrio, ritmo, marcha, control postural y habilidades cognitivas.

Tradiciones saludables

Pero ¿esto se aplica a todo tipo de bailes? ¿También a los tradicionales y folclóricos? En un estudio de 2025 se explica que cualquier modalidad tradicional que implique desempeño físico tendrá beneficios para la salud. También considera que su eficacia en el ámbito cardiovascular, funcional y metabólico es comparable a la de otras formas de ejercicio estructurado.

La autora, ejecutando un baile tradicional gallego.

Además, las danzas folclóricas ofrecen una ventaja añadida: transmiten identidad e historia. Por ejemplo, el baile tradicional gallego ha sido declarado bien de interés cultural.

Otra publicación reciente refuerza estas ideas, concluyendo que el baile tradicional español (que incluye la jota, el flamenco y las sevillanas) contribuye al bienestar físico y emocional, con un impacto positivo en la calidad de vida. Adicionalmente, la danza tradicional estimula un sentimiento de unidad y acompañamiento en los participantes, ayudando a conectar a las personas.

Entre los beneficios de los bailes tradicionales destacan los cardiovasculares y del equilibrio, ya que incorporan pasos ágiles, cambios de dirección y elevación de la frecuencia cardíaca. También se asocia una mejora en la musculatura, pues muchas modalidades implican movimientos vigorosos que movilizan grandes extensiones corporales.

Las exigencias posturales y la coordinación del movimiento favorecen el equilibrio y la coordinación, mientras que las amplitudes motoras en los diferentes patrones de baile favorecen la movilidad articular.

Para todas las edades

En 2019, un estudio realizado en 130 personas mayores de 60 años demostró que practicar baile tradicional (en este trabajo era griego) durante 32 semanas mejoraba la condición física en todas las pruebas evaluada por el Senior Fitness Test, una batería de 6 pruebas que evalúa la fuerza en miembros, flexibilidad, resistencia aeróbica y equilibrio dinámico.

Acorde a los resultados observados, la danza folclórica se mostró como una herramienta eficaz para mejorar la funcionalidad y prevenir las caídas. Y no es solo cosa de mayores: también ha demostrado efectos positivos en estudiantes de secundaria y universitarios, generando mejorías en el estado de ánimo y la condición física.

Más allá del baile: políticas sanitarias

En la actualidad ya existen programas de salud pública que buscan actuar por medio del baile. Estos proyectos, denominados Dance for Health (Baile para la Salud) son proyectos comunitarios que buscan promover la implicación ciudadana en la salud y en la sociedad por medio del baile.

Dicha iniciativa, que ya ha demostrado altos niveles de participación y adherencia, propone en definitiva a la danza como un método de bajo coste, divertido y culturalmente significativo para favorecer la actividad física en la sociedad.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Cuando la tradición se convierte en salud: los beneficios de los bailes folclóricos – https://theconversation.com/cuando-la-tradicion-se-convierte-en-salud-los-beneficios-de-los-bailes-folcloricos-270892

El material sin el que no existirían las películas de Hollywood

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jordi Diaz Marcos, Profesor departamento materiales y microscopista , Universitat de Barcelona

Serhii Yushkov/Shutterstock

A veces, la historia avanza por caminos inesperados. Uno de esos giros curiosos tuvo lugar a mediados del siglo XIX y comenzó con un objeto aparentemente trivial: una bola de billar. Aquella pequeña pieza acabaría desencadenando una historia digna de película.

La necesidad de sustituir el marfil utilizado para fabricar las bolas de billar llevó a la invención de un material nuevo y extraordinario: el celuloide. Considerado el primer plástico semisintético, este material no solo abrió el camino a la futura era de los plásticos, sino que también sería clave en los primeros sistemas para capturar y proyectar imágenes en movimiento. Sin él, probablemente el cine –e incluso Hollywood– no existirían tal como los conocemos.

De las bolas de billar a Hollywood

A mediados del siglo XIX, el billar se había convertido en una auténtica moda y movía enormes cantidades de dinero. Uno de sus grandes referentes era Michael Phelan, probablemente el jugador más famoso de la época.

Pero el éxito del juego escondía un problema inesperado: la gran cantidad de marfil necesaria para fabricar las bolas. En 1867, The New York Times advertía del riesgo de que los elefantes acabaran “contados entre las especies extinguidas” debido a la demanda de sus colmillos. Para encontrar una alternativa, Phelan ofreció una recompensa extraordinaria: 10 000 dólares en oro a quien descubriera un sustituto adecuado para el marfil. Sin saberlo, aquella recompensa acabaría vinculada al nacimiento de la era de los plásticos… y del cine.

El reto lo resolvió John Wesley Hyatt, con la ayuda de su hermano. Su solución fue el celuloide, obtenido a partir de celulosa derivada del algodón y plastificada con alcanfor. Este material podía calentarse, moldearse y volver a moldearse, motivo por el cual se considera uno de los primeros termoplásticos.

Hyatt lo promocionaba con una frase que resume bien el espíritu de la época: “Así como el petróleo ayudó a la ballena, el celuloide ha dado al elefante un respiro”. Más allá de la retórica, el descubrimiento fue revolucionario. Como señala el historiador Jeffrey Meikle en American Plastic, al sustituir materiales escasos o caros, el celuloide contribuyó a democratizar muchos productos para una clase media en expansión.

Utilización en el cine

Curiosamente, el celuloide tuvo una vida breve en el mundo del billar. Sin embargo, su nombre quedaría ligado para siempre a otro ámbito: el cine.

En 1880, el empresario George Eastman, fabricante de cámaras fotográficas, visitó a Hyatt con una idea clara: sustituir las pesadas placas de vidrio de la fotografía por un soporte más ligero. El celuloide resultaba ideal.

Gracias a este material, Eastman pudo colocar la emulsión fotográfica en una cinta larga y flexible enrollada en un carrete, lo que permitía tomar múltiples fotos con una cámara compacta. Así nació, en 1888, la primera Kodak, que popularizó la fotografía y transformó la manera en que las personas registraban su vida cotidiana.

Pocos años después, el uso del celuloide como soporte para película fotográfica –impulsado por desarrollos como el de Hannibal Williston Goodwin– abrió definitivamente la puerta al cine.

Sobre este nuevo material flexible trabajarían los hermanos Lumière, hijos de un reconocido fotógrafo de Lyon. A finales del siglo XIX, su familia ya poseía una de las fábricas fotográficas más importantes de Europa.

Imagen de una cinta de una película antigua.
Imagen de una cinta de una película antigua.
Prawny/Pixabay

Los Lumière: el inicio del cine

Louis y Auguste Lumière fueron más allá de la fotografía. Inspirados por los avances en óptica y mecánica, desarrollaron el cinematógrafo, un ingenioso dispositivo que utilizaba película perforada de 35 milímetros. Mediante una manivela, capturaba imágenes sucesivas que luego podían proyectarse sobre una pantalla.

Cada escena duraba solo unos segundos, pero era suficiente para provocar una sensación completamente nueva: ver la realidad en movimiento. Así comenzó la historia del cine.

La fábrica de los hermanos Lumière se convirtió, de hecho, en el primer estudio cinematográfico. Allí se filmó La sortie de l’usine Lumière, estrenada el 28 de diciembre de 1895 en el Salon Indien del Grand Café de París. Para el público de la época, ver imágenes en movimiento proyectadas en una pantalla fue una auténtica revelación.

Cartel publicitario del cinematógrafo de los hermanos Lumière, 1895.
Cartel publicitario del cinematógrafo de los hermanos Lumière, 1895, hecho por Marcellin Auzolle.
Wikimedia Commons, CC BY-SA

La base de estas primeras películas hizo posible aquel milagro técnico y mereció el honor de dar nombre a esta nueva industria naciente: la industria del celuloide.

En pocos años, el cine se convirtió en un fenómeno de masas que democratizaba el acceso al espectáculo. En la pantalla, el público podía reír con Buster Keaton o escuchar, por primera vez, voces como la de Al Jolson, en los inicios del cine sonoro.

Los peligros del primer cine

Sin embargo, el mismo material que había impulsado el séptimo arte escondía riesgos importantes. La película de nitrocelulosa era extremadamente inflamable: podía descomponerse o incendiarse a temperaturas relativamente bajas y, además, liberaba gases tóxicos durante su degradación.

Este peligro provocó numerosos incendios en salas de proyección y almacenes de películas, y también ha contribuido a la pérdida de una enorme parte del patrimonio cinematográfico. Diversos expertos del sector han señalado que menos de la mitad de las películas rodadas antes de 1950 han llegado hasta nuestros días, y solo una pequeña fracción del cine mudo se ha conservado.

Algunos accidentes fueron especialmente dramáticos. En 1897, durante el Bazar de la Charité de París, una proyección cinematográfica terminó en incendio cuando una llama entró en contacto con película de nitrocelulosa. La tragedia causó más de un centenar de víctimas y evidenció los peligros de aquel nuevo espectáculo tecnológico.

La solución llegaría desde la propia industria. A principios del siglo XX, Kodak introdujo un soporte alternativo basado en acetato de celulosa, mucho más seguro que la nitrocelulosa utilizada hasta entonces. Aquel cambio marcaría el inicio del declive del celuloide en el cine.

Aun así, su legado es inmenso. El celuloide hizo posible el nacimiento del cine moderno y, al mismo tiempo, abrió la puerta a una nueva familia de materiales que transformarían profundamente la sociedad contemporánea: los plásticos.

Si algún día existe un Óscar honorífico para los materiales, el celuloide probablemente sería el primero en recibirlo. Al fin y al cabo, sin él quizá el cine nunca habría llegado a convertirse en la gran fábrica de historias y sueños que hoy conocemos.

The Conversation

Jordi Diaz Marcos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El material sin el que no existirían las películas de Hollywood – https://theconversation.com/el-material-sin-el-que-no-existirian-las-peliculas-de-hollywood-278113

Ni frialdad ni insensibilidad: qué es realmente la indiferencia afectiva

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Montserrat López Melero, Profesora contratada Doctora de Derecho Penal, Universidad Europea Miguel de Cervantes

LightField Studios/Shutterstock

Hay personas a las que parece que nada les afecta. Ni una mala noticia, ni una pérdida de un ser querido, ni siquiera una alegría intensa. No es frialdad deliberada ni falta de educación emocional: es lo que la psicología denomina indiferencia afectiva.

Se trata de un rasgo poco visible, a menudo malinterpretado, que condiciona la forma de sentir, relacionarse y reaccionar ante el mundo de estas personas. Comprenderlo es clave para no confundir distancia emocional con insensibilidad ni silencio con distanciamiento deliberado.

La indiferencia afectiva también es conocida como desapego emocional y se refiere a una actitud de distanciamiento y falta de reacción emocional ante estímulos que normalmente provocarían una respuesta emocional en otras personas.

Quienes lo sufren tienden a mostrar una escasa afectividad, lo que supone que rara vez experimentan emociones intensas, ya sean positivas o negativas.

Este rasgo puede ser una característica inherente de la personalidad o puede desarrollarse como un mecanismo de defensa ante experiencias traumáticas o situaciones de estrés prolongado. En algunos casos, la indiferencia afectiva es voluntaria y consciente. En otros puede ser involuntaria y, por tanto, difícil de controlar.

Las señales de alerta

Las personas que exhiben indiferencia afectiva presenta una serie de comportamientos y actitudes que las distinguen y que es importante que seamos capaces de detectar:

  • Falta de empatía. La persona puede tener dificultad para comprender y compartir los sentimientos de los demás, lo que conllevaría conflictos interpersonales.

  • Respuesta emocional plana. A menudo, las reacciones emocionales son menos intensas o completamente ausentes, pueden parecer personas desinteresadas o apáticas en situaciones que normalmente provocarían una respuesta emocional.

  • Relaciones superficiales. Tienden a establecer relaciones interpersonales menos profundas, ya que su capacidad para conectar emocionalmente con otros es limitada.

  • Independencia emocional. Son personas con una alta autosuficiencia y menos dependientes de validación y del apoyo emocional de los demás.

Experiencias traumáticas o factores biológicos

¿Pero existe alguna causa concreta para tener indiferencia afectiva? No, las causas son variadas y complejas y tienen que ver con algunos motivos como estos:

  • Factores biológicos. Las diferencias en la química cerebral y la función neurológica pueden influir en la capacidad de una persona para experimentar y expresar emociones. Un ejemplo bien podría ser el del famoso asesino en serie estadounidense Edmund Emil Kemper III, quien mostró una notable indiferencia afectiva y frialdad emocional, lo que se ha atribuido en parte a factores biológicos, aunque también a factores psicológicos.

  • Experiencias traumáticas. La exposición a eventos traumáticos, especialmente en la infancia, conlleva el desarrollo de mecanismos de defensa que incluyen el desapego emocional y, por tanto, indiferencia. Richard Kuklinski The Iceman podría ser un caso que responde a estas causas. El comportamiento de este asesino a sueldo, que mostró una notable indiferencia afectiva hacia sus víctimas, se ha atribuido en parte a las experiencias traumáticas que vivió durante su infancia –abusos físicos y emocionales por parte de sus padres–.

  • Entorno familiar. Criarse en un entorno familiar donde la expresión emocional no es muy valorada o es reprimida contribuye a tener indiferencia afectiva. Un caso notable es el de Aileen Wuornos, una asesina en serie estadounidense que tuvo una infancia extremadamente difícil, marcada por el abandono y el abuso. Creció en un entorno familiar disfuncional, lo que contribuyó a su desarrollo de indiferencia afectiva y comportamientos violentos.

  • Trastorno de la personalidad. Algunos trastornos como el esquizoide puede incluir indiferencia afectiva como síntoma central. Un caso emblemático es el de José Bretón, que acabó con la vida de sus dos hijos de 6 y 2 años en 2011.

Terrorismo y ausencia de sentimientos

La indiferencia afectiva no solo se encuentra entre muchos asesinos, sino también en los terroristas. Estos casos son más complejos y multifacéticos si cabe, dado que este rasgo se caracteriza por una falta de interés y participación emocional, lo que conlleva a la disminución de la reactividad y ausencia de sentimientos.

En los terroristas internacionales de corte yihadista, por ejemplo, se observan factores sociales, psicológicos y biológicos que influyen en la construcción de su personalidad, por lo que la indiferencia –junto con otros rasgos de la personalidad, como la agresividad– contribuye a la incapacidad de adaptación y la facilidad para realizar actos delictivos. La complejidad de la radicalización dificulta la explicación de la misma únicamente por la presencia de la indiferencia afectiva.

Podemos señalar algunas consecuencias de la indiferencia afectiva que son interesantes, tanto positivas como negativas. Respecto de las positivas, tener una falta de implicación emocional puede permitir una evaluación más objetiva y racional en situaciones en las que hay que tomar alguna decisión, y esto es ventajoso en contextos profesionales.

Por otro lado, al no verse afectadas por los altibajos emocionales, las personas con indiferencia afectiva pueden mantener una estabilidad emocional que les permite manejar el estrés y las adversidades de una manera más efectiva.

Por último, la independencia emocional puede llevar a una mayor autosuficiencia y capacidad para trabajar de una manera autónoma sin necesidad de constante apoyo en los demás.

Respecto de las negativas, la falta de empatía y conexión emocional pueden dificultar la formación de relaciones profundas con otros, lo que conlleva sentimientos de aislamiento y soledad. Además, la indiferencia afectiva puede resultar en una comunicación menos efectiva, ya que las señales emocionales y la reciprocidad juegan un papel significativo en la interacción del ser humano.

Por último, las personas con indiferencia son percibidas como frías, insensibles o distantes, y eso afecta negativamente a las relaciones personales.

Como conclusión, la indiferencia afectiva es un rasgo de la personalidad que tiene ventajas y desventajas, si bien puede ofrecer una mayor estabilidad emocional y capacidad para tomar decisiones racionales, aunque también limita la capacidad para conectar emocionalmente con otras personas. Comprender esto y sus implicaciones ayuda a aquellos que poseen este rasgo de la personalidad a manejar sus interacciones y a empatizar.

The Conversation

Montserrat López Melero no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Ni frialdad ni insensibilidad: qué es realmente la indiferencia afectiva – https://theconversation.com/ni-frialdad-ni-insensibilidad-que-es-realmente-la-indiferencia-afectiva-247075

Esta clase merece la pena: cómo combatir el absentismo universitario

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mª Ángeles Quesada Cubo, Investigadora predoctoral FPU, Universidad Pablo de Olavide

Matej Kastelic/Shutterstock

Para un docente universitario, impartir clase en un aula medio vacía puede ser una experiencia descorazonadora. Una reacción habitual es achacar la ausencia de los estudiantes a un desinterés por la asignatura. Pero no acudir a una clase no siempre indica apatía. A veces esconde una decisión racional. Cuando una clase se percibe como tiempo de baja rentabilidad, la asistencia cae, aunque el interés por la asignatura exista.

Esto ocurre cuando la sesión repite lo que ya está en el campus virtual. También sucede cuando no ofrece nada que no pueda estudiarse en casa. Los estudiantes que deciden no ir al aula no dejan de aprender, sino que dejan de ver razones para estar físicamente en el aula.

¿Qué aporta ir a clase?

En un reciente estudio hemos explorado tres experiencias de innovación docente con una idea simple: si queremos que el alumnado vuelva, el aula debe volver a significar algo. La evaluación combinó observación del profesorado con cuestionarios anónimos y voluntarios.

Los resultados permiten extraer una conclusión incómoda, pero útil. El absentismo no se combate con reproches. Se combate con diseño pedagógico.

Evitar la rutina

El punto de partida es conocido, pero conviene decirlo sin rodeos. La clase magistral puede ser valiosa. Sin embargo, cuando se convierte en rutina, tiende a empujar al alumnado a un papel pasivo.

En ese marco, la presencia deja de aportar una diferencia clara. La asistencia se vuelve prescindible. Las tres metodologías probadas intentan lo contrario. Buscan convertir la sesión presencial en un espacio donde ocurren cosas que no pueden trasladarse a un simple documento.




Leer más:
¿Cómo lograr que las clases universitarias sean imprescindibles?


Explicar la teoría en formato pódcast

En la primera propuesta se pidió al alumnado transformar conceptos teóricos en pódcasts divulgativos. El cambio parece menor. Sin embargo, obliga a tomar decisiones intelectuales importantes.

Hay que elegir la idea central. También hay que sostenerla con argumentos, buscar ejemplos y construir un relato comprensible. En la práctica, explicar para que otra persona comprenda, actúa como un detector de lagunas.

Si un concepto no se ha entendido bien, eso se nota al intentar contarlo. Por eso los estudiantes que participaron en nuestro proyecto valoran esta metodología, que combina síntesis conceptual y creatividad.

La tarea deja de consistir en repetir contenidos. Pasa a reconstruirlos con sentido propio. Al mismo tiempo, la experiencia sirve de advertencia importante: un pódcast no consiste solo en hacer algo con audio. Debe acompañarse de pautas claras, fuentes fiables, criterios de calidad y una planificación temporal. Si no es así, puede vivirse como una carga extra o quedarse en una divulgación superficial.

Construir un manual didáctico

La segunda metodología consistió en construir de forma colaborativa un manual didáctico de la asignatura. Cada grupo trabajó una parte del temario. El resultado final funcionó como material común para estudiar, debatir y mejorar.

Aquí el cambio no es solo de formato. También es un cambio de lógica. El alumnado no produce un trabajo para entregarlo y olvidarlo. Produce un recurso que vuelve al grupo y organiza el curso. Esa utilidad compartida transforma la implicación. Convierte la asistencia en parte del proceso de producción y no en un simple trámite.




Leer más:
Qué es aprender enseñando y cómo ponerlo en práctica en la universidad


Los universitarios que participaron consideraron que esta actividad mejoraba su interés por asistir a clase. También mejoró su relación con el profesorado.

Cuando la clase se vive como un lugar donde se construye algo en común, desconectarse cuesta más. La asistencia deja de ser una obligación externa. Pasa a ser una necesidad interna del propio proceso de aprendizaje y compromiso grupal.

Cuando el alumnado lidera la clase

La tercera propuesta se basó en la metodología conocida como clase invertida. El alumnado asume un rol protagonista al preparar y exponer los contenidos. El profesorado, guía, corrige y aporta coherencia.

El potencial es evidente. Aparecen la conversación y el debate, y disminuye el monólogo. Sin embargo, también surgen condiciones que conviene atender. Parte del grupo expresó reticencias. Señaló el riesgo de cometer errores. También mencionó desigualdades en la capacidad de exposición y la falta de evaluación o reconocimiento de esas intervenciones.

La clase invertida funciona cuando el diseño protege la calidad: esto implica entrenar habilidades como la síntesis, la búsqueda de fuentes y la exposición. También exige fijar criterios de rigor y mantener un papel docente visible, que garantice estructura y corrección.

Cuando estas condiciones se cumplen, el protagonismo del alumnado no sustituye al profesorado, sino que amplía su impacto.

Lo que hace que asistir merezca la pena

Con matices, las tres experiencias apuntan en la misma dirección. La asistencia mejora cuando el aula ofrece algo irreemplazable. Puede ser debate real, producción compartida o práctica guiada.

La tecnología puede ayudar. Sin embargo, no produce resultados por sí sola. Lo decisivo es el protagonismo del alumnado y el sentido de la tarea.

Hay un último elemento que suele olvidarse en los debates públicos sobre docencia: la continuidad. Estas metodologías requieren tiempo, acompañamiento y estabilidad organizativa para consolidarse.

No son soluciones rápidas contra el absentismo. Son formas de reconstruir el sentido de la presencialidad. Esto exige que el profesorado universitario tenga estabilidad laboral y que la calidad de la docencia se valore tanto como la investigación.

Al final, la pregunta más productiva para cualquier universidad no es por qué el alumnado no viene. Es qué ocurre en esa clase para que venir merezca realmente la pena.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Esta clase merece la pena: cómo combatir el absentismo universitario – https://theconversation.com/esta-clase-merece-la-pena-como-combatir-el-absentismo-universitario-276935

Microbes in Antarctica survive the freezing and dark winter by living on air

Source: The Conversation – Global Perspectives – By Ry Holland, Research Fellow in Microbial Ecology, Monash University

Holtedahl Mountains, Dronning Maud Land, Antarctica. Ry Holland

Winter in Antarctica is long and dark. Temperatures remain well below freezing. In many places, the Sun sets in April and does not rise above the horizon again until August. Without sunlight, photosynthetic life such as plants, mosses and algae cannot make energy.

But that’s not to say all life stops.

In a new study published in The ISME Journal, my colleagues and I show that Antarctic microbes make energy from the air at temperatures as low as –20°C. This finding improves our understanding of how life survives at temperature extremes in Antarctica – and how climate change will affect this important process.

How to make energy from air

In 2017, scientists showed that a large number of Antarctic microbes can generate energy from atmospheric gases present at very low concentrations.

This process is called “aerotrophy”. By using enzymes that are very finely tuned to “sniff out” the hydrogen and carbon monoxide in the atmosphere, these microbes have found a way to make energy from the air itself – a huge advantage in Antarctica’s nutrient-poor desert soils.

What remained unknown until now was the temperature limits of this process. Could aerotrophy be a way to power the continent’s soil communities through the winter?

Yellow tents pitched on white snow, with rocky mountains in the background.
Field camp in Dronning Maud Land, Antarctica.
Braydon Moloney/Northern Pictures

Taking the lab down south

Measuring how quickly these microbes consume such a small amount of fuel can be difficult.

From 2022–24, we collected surface soil samples from different areas across East Antarctica and analysed them in our lab.

We measured how quickly they can use the atmospheric gases. We also extracted all the DNA from the soil microbes and sequenced it. This tells us what microbes are present, what genes they have, and what they are capable of using as energy sources.

We showed aerotrophy happening in the lab at representative summer (4°C) and winter (–20°C) temperatures. This means hydrogen and carbon monoxide are a viable food source not just over the summer months, but year-round. What was even more surprising though, was the upper temperature limit.

Soil temperatures in Antarctica rarely rise above 20°C. Yet we found microbes in these soils that continued to generate energy from hydrogen up to a staggering 75°C. It seems as though microbes in Antarctic soils are well adapted to the continent’s cold temperatures, but not restricted to them. It’s a bit like seeing a penguin thrive in a tropical jungle.

We also wanted to see this process occurring in Antarctica itself, so two years ago we brought the lab down south. We collected fresh soil samples, sealed them in the glass vials, and took gas samples.

For the first time, it was clear that under real-world conditions these soil microbes were still munching their way through hydrogen.

A researcher wearing a beanie and puffy jacket, sitting on snow in front of a tray of vials.
Ry Holland measuring gas consumption of soil microbes.
Braydon Moloney/Northern Pictures

The primary producers of Antarctica

DNA sequencing has showed us that the vast majority of microbes in Antarctic soils encode the genes to gain energy from hydrogen. Many of these bacteria also have genes to take carbon from the atmosphere.

These aerotrophs are “primary producers”, generating new biomass from the air itself.

In most land-based ecosystems, photosynthesis is thought to be the bottom of the food chain. Photosynthesis takes energy from sunlight and carbon from the atmosphere and turns it into yummy organic compounds.

It’s what makes plants grow. Plants are primary producers that are eaten by herbivores, which are then eaten by carnivores.

In Antarctica’s desert soils, photosynthesis is relatively rare. Instead, we hypothesise that aerotrophy fulfils the primary producer role in many places.

This makes sense because, unlike sunlight-dependent photosythesis, we now know that aerotrophy can happen year-round. Another benefit is that it doesn’t require liquid water, whereas photosynthesis does.

A set of glass vials each containing small amounts of soil, sealed at the top and with a needle and stopcock sticking out of each one. The vials are arranged in a rack sitting on the snow.
Soil samples were incubated in glass vials in Antarctica, to show the microbes consuming atmospheric gasses under real world conditions.
Ry Holland

Hydrogen in a heating world

Aerotrophy clearly has an important role in Antarctic ecosystems. So next, we wanted to determine how global warming might affect this process.

Under low-emissions scenarios, we predict a 4% increase in how quickly aerotrophs use atmospheric hydrogen. Under very high-emissions scenarios, this increase rises to 35%. The numbers are similar for carbon monoxide.

Although hydrogen isn’t a greenhouse gas itself, it is important because it affects how long some greenhouse gases, including methane, hang around in the atmosphere.

Soils (including the microbes that live in them) are responsible for 82% of all hydrogen consumed on Earth globally. In other words, they are a hydrogen sink. This is a crucial component in the global hydrogen cycle.

There are a lot of factors that determine how microorganisms will respond to climate change. Temperature is just one of them. This study is an important piece of the puzzle as scientists figure out how resilient Antarctica’s unique microbal ecosystems are.

The Conversation

Ry Holland is a Research Fellow at Monash University funded by the Australian Research Council Special Research Initiative ‘Securing Antarctica’s Environmental Future’ (SAEF). Their field work has been supported by the Australian Antarctic Division and White Desert. They are affiliated with the Australian Society for Microbiology and the International Society for Microbial Ecology.

ref. Microbes in Antarctica survive the freezing and dark winter by living on air – https://theconversation.com/microbes-in-antarctica-survive-the-freezing-and-dark-winter-by-living-on-air-276384

Largest ever Parkinson’s study shows how symptoms differ between men and women

Source: The Conversation – Global Perspectives – By Lyndsey Collins-Praino, Associate Professor, School of Biomedicine, Adelaide University

pocket light/Getty

Parkinson’s disease is the fastest growing neurological disorder, with over 10 million cases worldwide. Up to 150,000 Australians currently live with the disease and 50 new cases are diagnosed each day.

The number of people living with Parkison’s is projected to more than triple between 2020 and 2050.

Yet despite the immense impact on those living with Parkinson’s and their loved ones, and the staggering cost to our economy – at least A$10 billion a year – there is still a lot we don’t know about how this disease presents and progresses.

A recent large-scale study of nearly 11,000 Australians living with Parkinson’s disease provides some critical insights into symptoms, risk factors and how these affect men and women differently. Let’s take a look.

First, what is Parkinson’s disease?

Parkinson’s is a progressive disease in which cells that produce the chemical messenger dopamine in a part of the brain called the “substantia nigra” begin to die. This is accompanied by multiple other brain changes.

It is usually considered a movement disorder. Common motor symptoms include a resting tremor, slowed movement (bradykinesia), muscle stiffness and balance issues.

But Parkinson’s also involves a variety of lesser known non-motor symptoms. These may include:

  • mood changes
  • difficulties with memory and cognition (including slower thinking, challenges with planning or multitasking and difficulty paying attention or concentrating)
  • sleep disturbances
  • autonomic dysfunction (such as constipation, low blood pressure and urinary problems).

While these are sometimes referred to as the “invisible” symptoms of Parkinson’s, they often have a greater negative impact on quality of life than motor symptoms.

So, what does the new research tell us?

The study used data collected as part of the Australian Parkinson’s Genetics Study led by the QIMR Berghofer Medical Research Institute. After a pilot study in 2020, it was launched as an ongoing, nationwide research project in 2022.

Some 10,929 Australians with Parkinson’s were surveyed and provided saliva samples for genetic analysis. This is the largest Parkinson’s cohort studied in Australia and the largest active cohort worldwide.

There were several key initial findings.

1. Non-motor symptoms are common

The study reinforced how common non-motor symptoms are, with loss of smell (52%), changes in memory (65%), pain (66%) and dizziness (66%) all commonly reported.

Notably, 96% of participants experienced sleep disturbances, such as insomnia and daytime sleepiness.

2. A better picture of risk factors

The study also provided insights into what can influence Parkinson’s risk.

This is important because we don’t completely understand what causes the dopamine producing cells in the substantia nigra to die in the first place.

Age is the primary risk factor for Parkinson’s. The new study found the average age for symptom onset was 64, and for diagnosis, 68.

3. Genes and environment both play a role

In the recent study, one in four people (25%) had a family history of Parkinson’s. But only 10–15% of Parkinson’s cases are caused by – or strongly linked to – mutations in specific genes.

It’s important to remember that families don’t only share genes but often their environment.

Multiple environmental factors, such as pesticide exposure and traumatic brain injury, also increase risk of Parkinson’s.

The majority (85–90%) of cases of Parkinson’s are likely due to complex interaction between genetic and environmental risk factors, and advancing age.

The study showed environmental exposures linked to Parkinson’s risk were common:

  • 36% of people reported pesticide exposure
  • 16% had a prior history of traumatic brain injury
  • 33% had worked in high-risk occupations (such as agriculture, or petrochemicals or metal processing).

These exposures were significantly higher in men than in women.

4. Differences between the sexes

The disease is 1.5 times more common in men. In the new study, 63% of those surveyed were male.

Parkinson’s also presents and progresses differently in males and females.

The study found women were younger than men at time of symptom onset (63.7 versus 64.4 years) and diagnosis (67.6 versus 68.1 years), and more likely than men to experience pain (70% versus 63%) and falls (45% versus 41%).

Men experienced more memory changes than women (67% versus 61%) and impulsive behaviours, particularly sexual behaviour (56% versus 19%) – although most participants exhibited no or only mild impulsivity.

What we still don’t know

The large-scale study and its comprehensive survey shed valuable light on people living with Parkinson’s in Australia.

But it’s still only a sliver of the population. More than 186,000 people with Parkinson’s were invited to participate and just under 11,000 took part – a less than 6% response rate.

Of these participants, 93% had European ancestry. So this sample may not be fully representative of Parkinson’s disease.

The information we have about symptoms also relied on self-reports by the study’s participants, which are subjective and can be biased or less reliable than objective measurements of function. To address this, the researchers are planning to use smartphones and wearable devices to collect more comprehensive data.

Finally, while this provides a snapshot of the current cohort, it’s not clear how participants compare to people of a similar age without Parkinson’s, or how their symptoms may change over time.

These are important areas of future research for this ongoing study.

What all this means

Studies like this provide crucial insights into risk factors linked to Parkinson’s. They also help us better understand the symptoms people experience.

This is important because the way Parkinson’s presents varies from person to person. Not everyone will experience the same symptoms to the same extent.

Similarly, the way the disease progresses over time differs between people.

A better understanding of the factors that influence this can lead to earlier identification of who’s at risk and more personalised ways of managing this disease.

The Conversation

Lyndsey Collins-Praino receives funding from the National Health and Medical Council, the Medical Research Future Fund, the Australian Research Council and various philanthropic organisations. In addition to her academic role, she is affiliated with the Dementia Australia Research Foundation Scientific Panel, the MS Australia Research Management Council and the Hospital Research Foundation – Parkinson’s SA Board of Governors.

ref. Largest ever Parkinson’s study shows how symptoms differ between men and women – https://theconversation.com/largest-ever-parkinsons-study-shows-how-symptoms-differ-between-men-and-women-277730

Why Donald Trump is losing the war at home

Source: The Conversation – Global Perspectives – By David Smith, Associate Professor in American Politics and Foreign Policy, US Studies Centre, University of Sydney

No US president in living memory has gone to war with less public support than Donald Trump has for the war in Iran. Even Barack Obama’s much-maligned Libyan intervention began with 60% of Americans in support in 2011. There is no poll that shows a majority of Americans supporting the Iran war, and multiple polls showing clear majorities against it. And wars usually lose public support as they go on.

Trump did not make a public case for the war before it began, because he preferred quick, surprising strikes preceded by theatrical suspense. He presented the vast military buildup in the Persian Gulf as a high-pressure negotiating tactic in the short-lived bargaining sessions over Iran’s nuclear enrichment.

Trump was undoubtedly emboldened by the tactical success of his removal of Venezuelan President Nicolas Maduro, though that too was not very popular with Americans.

Wars are not necessarily better when the US government invests a huge effort in justifying them. The justification for the disastrous Iraq War, after all, was based on misperceptions, distortions and falsehoods. But by completely disregarding US public opinion before the war, Trump now finds himself in all kinds of trouble as he tries to fight it.

Americans don’t like seeing themselves as aggressors

Political scientist Bruce Jentleson argued that public support for war in the United States depends not just on how the war is going, but on the public’s understanding of the war’s aims. The US public is much more likely to support wars aimed at imposing restraints on aggressive powers than wars aimed at bringing political change to other countries.

That theory explains why the Bush administration made such an effort to claim Iraq had weapons of mass destruction and was linked to the September 11 terrorist attacks, even though “regime change” was the aim of the Iraq war.

Regime change is also, quite clearly, the aim of the Iran war. Trump has been talking about it for months, and is still talking about it.

It was only after the bombs started falling on Iran that Trump and his administration began to make the case that Iran was an “imminent threat” to the US. It wasn’t very convincing.

After all, Trump had been boasting until recently that he had “completely obliterated” Iran’s nuclear program the year before. In a video released shortly after the attacks, Trump complained about the 1979 Tehran hostage crisis, the 1983 Hezbollah attack on US marines in Beirut, and the 2000 bombing of the USS Cole, which he said Iran was “probably involved in”.

It was left to Secretary of State Marco Rubio to make the convoluted argument that the US was acting in preemptive self-defence, because it knew Israel was going to strike Iran, and that Iran would retaliate against Americans in the Middle East.

That did not play well in a country increasingly wary of Israel. A Gallup poll released just before the war began showed that, for the first time this century, more Americans said their sympathies were with Palestinians than Israelis. Recently, the biggest drop in support for Israel has been among political Independents, whose views have shifted significantly during the Gaza War.

Tucker Carlson, the loudest critic of the Iran war on the right, immediately labelled it “Israel’s war”. Joe Rogan, an influential figure among Trump’s 2024 support base of disillusioned young men, said they felt “betrayed” by the war.

Meanwhile, Secretary of Defense Pete Hegseth has tried to sell the war to Americans by gloating about the death, destruction and fear being inflicted on Iran. Even as investigations show the US military was responsible for the bombing of a school that killed more than a hundred children, he dismisses rules of military engagement as “stupid”. The most recent Quinnipiac Poll showed Hegseth’s approval rating at 37%.

Americans are unprepared for sacrifice

Despite high-profile opponents like Carlson and Marjorie Taylor Greene, Trump still has most of the MAGA base with him for now. They were never really opposed to foreign wars. What they hated was losing foreign wars, and Trump is promising them swift victory in Iran.

But Trump has not prepared them or anyone else, including his own cabinet, for the costs this war will incur. Especially the disruption to global oil markets, which the International Energy Agency is calling the largest in history, and which will elevate the cost of everything from travel to food.

Trump’s rhetoric about the price of war has hardly been Churchillian. One night he posted on social media that a short term increase in oil prices is “a very small price to pay for U.S.A., and World, Safety and Peace. ONLY FOOLS WOULD THINK DIFFERENTLY!”

But the next day he was forced to calm markets by claiming the war was nearly over.

The Iranian regime, whose main goal is survival, is well aware of the political and economic vulnerabilities of the US and its Middle Eastern allies, and these appear to be what it is targeting.

At the beginning of the war, Iran’s seemingly scattered attacks on infrastructure, embassies and hotels in Gulf states were a source of mirth for some American commentators. But these were eventually enough to shut down large swathes of energy production and shipping, and inflict far more pain than Trump or his supporters were expecting.

Trump was already facing the same domestic problem that Joe Biden faced. It doesn’t matter how much you tell Americans about positive GDP, stock market and employment numbers; if they are struggling with the cost of living, their view of both the economy and the President will be bleak.

Trump’s glib dismissals of the price of oil are sounding a lot like his airy reassurances at the beginning of the pandemic.

Few Republicans in Congress have been prepared to stand up to Trump over the war. But as midterm elections approach, many of them will be silently praying he finds an excuse to end it as soon as possible.

The Conversation

David Smith does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Why Donald Trump is losing the war at home – https://theconversation.com/why-donald-trump-is-losing-the-war-at-home-278079

Pourquoi les émissions de méthane ont-elles bondi de 2020 à 2023 ? Une étude permet enfin de répondre

Source: The Conversation – France in French (2) – By Philippe Ciais, Directeur de recherche au Laboratoire des science du climat et de l’environnement, Institut Pierre-Simon Laplace, Commissariat à l’énergie atomique et aux énergies alternatives (CEA); Université Paris-Saclay; Université de Versailles Saint-Quentin-en-Yvelines (UVSQ) – Université Paris-Saclay

Pendant que le monde était confiné du fait de la pandémie de Covid-19 en 2020, puis au cours des deux années suivantes, la croissance du méthane dans l’atmosphère a été plus élevée que tout ce qui avait été observé depuis le début des années 1980. Toutes sortes d’hypothèses ont alors surgi – certains chercheurs avaient, par exemple, imaginé un rôle « protecteur » aux émissions d’oxydes d’azote résultant du transport routier, alors considérablement ralenti.

Dans une étude publiée début février 2026 dans la revue Science, le spécialiste des gaz à effet de serre Philippe Ciais et ses collègues ont reconstitué ce qui s’est réellement passé lors de cet épisode. En cause, des phénomènes naturels aggravés par le changement climatique. Le chercheur répond ici à nos questions.


The Conversation : Replongeons-nous brièvement dans le contexte de 2020. En quoi la pandémie et, surtout, les confinements mis en place un peu partout dans le monde ont-ils représenté une expérience à large échelle unique pour les spécialistes de l’atmosphère ?

Philippe Ciais : Les confinements, en particulier, ont eu des répercussions globales. La pollution atmosphérique, et notamment les émissions de dioxyde de carbone (CO₂), a été réduite à l’apogée des mesures de confinement. Cette baisse a toutefois été faible – environ 6 % seulement en moyenne pour le CO₂ – et de courte durée, avec un rebond rapide des émissions dès la reprise des activités économiques normales.

Mais ce moment a constitué une expérience unique pour nous, chercheurs : nous n’avons pas souvent l’occasion d’étudier la réaction du système atmosphérique à une telle réduction des activités humaines. On s’en souvient, de nombreuses villes étaient alors devenues plus respirables grâce à l’arrêt des transports routiers.

Nous avons ainsi pu nous intéresser à l’impact de cette réduction sur la chimie atmosphérique et, en particulier, sur l’augmentation du méthane dans l’atmosphère. À noter, toutefois, que cette augmentation s’est poursuivie en 2021 et en 2022 : les mesures de confinement de 2020 ne pouvaient donc, à elles seules, l’expliquer.

En effet, entre 2020 et 2022, les concentrations de méthane ont bondi. En quoi cela a-t-il surpris la communauté scientifique ?

P. C. : Le méthane est un gaz à effet de serre puissant, son augmentation à cause des activités humaines est le deuxième principal facteur responsable du réchauffement climatique. Nous surveillons en continu les concentrations atmosphériques de ce gaz grâce à plusieurs réseaux d’observation atmosphérique. Cela permet de calculer, chaque année, l’augmentation de la concentration de méthane.

Nous avons ainsi remarqué qu’en 2020, puis en 2021 et en 2022, le taux de croissance du méthane était très élevé. En fait, ces chiffres étaient les plus élevés jamais enregistrés depuis le début des mesures, qui remonte aux années 1980.

Nous avons donc commencé à étudier cette période inédite, et nous voulions avant tout comprendre quels étaient les mécanismes impliqués dans cette augmentation très rapide du méthane dans l’atmosphère.

La difficulté, c’est que l’augmentation de la concentration de méthane dans l’atmosphère ne peut pas être rattachée à un facteur unique, mais dépend d’une combinaison de facteurs : émissions anthropiques et naturelles de méthane, mais aussi destruction du méthane par le nettoyeur atmosphérique, les radicaux hydroxyles OH⁻.

« Ces radicaux hydroxyles sont un “Pacman”, expliquez-vous, qui détruit dans l’atmosphère plus de 95 % du méthane émis par les activités humaines. »

P. C. : En effet, des réactions de photodissociation surviennent dans l’atmosphère grâce aux rayons UV, et produisent des radicaux hydroxyles OH⁻, à partir d’ozone, mais le taux de radicaux produits dépend aussi des substances impliquées dans la pollution, notamment le monoxyde de carbone et les oxydes d’azote, qui contribuent à la pollution urbaine.

Ces radicaux hydroxyles sont les agents nettoyants du méthane dans l’atmosphère. Ils sont, en quelque sorte, le « Pacman » du méthane dans l’atmosphère, et permettent de le nettoyer. De ce fait, le méthane a une durée de vie moyenne dans l’atmosphère plus courte que celles du CO₂ : environ douze ans, contre plusieurs centaines d’années pour le CO₂. La destruction du méthane par les radicaux OH⁻ explique pourquoi cette durée de vie est surtout réduite au niveau des tropiques, où le rayonnement solaire est le plus fort.

Sa courte durée de vie fait du méthane un levier particulièrement pertinent pour lutter contre le réchauffement climatique à court terme. Si on réduisait les émissions de méthane, la température diminuerait immédiatement, alors qu’il y a davantage d’inertie pour les émissions de CO₂.




À lire aussi :
Climat et agriculture : pour éviter le risque de surchauffe, le levier du méthane


Comment avez-vous rattaché ce phénomène connu de « nettoyage » atmosphérique du méthane au pic de croissance de la concentration de ce gaz à effet de serre, observé entre 2020 et 2022 ?

P. C. : Nous avions deux grandes hypothèses :

  • soit ce pic faisait suite à une augmentation très forte des émissions de méthane, liées aux activités humaines (agriculture, extraction d’énergie fossile…) ou d’origine naturelle, en pensant aux zones humides qui sont très sensibles à l’évolution du climat ;

  • soit cela voulait dire que les radicaux hydroxyles OH⁻ présents dans l’atmosphère ont été un peu réduits pendant la pandémie et un peu après. Même une petite réduction de ces radicaux pourrait causer un bond du méthane dans l’atmosphère.

D’où ce raccourci, entendu pendant la pandémie, selon lequel la pollution routière serait « bonne » pour lutter contre le méthane…

P. C. : Oui. Il s’agit bel et bien d’un raccourci, car tout dépend de l’endroit où les oxydes d’azote sont émis. Moins d’émissions impliquera moins d’hydroxyles OH⁻ et davantage de méthane, mais ces réactions sont modulées par d’autres espèces chimiques produites par la végétation et par les feux. Même la vapeur d’eau joue un rôle et augmente la concentration d’OH⁻ là où l’atmosphère est très propre.

Vous avez déjà publié un premier article sur le sujet en 2022. En quoi cette nouvelle publication va-t-elle plus loin ?

P. C. : L’article publié dans Nature en 2022 s’était intéressé au taux de croissance du méthane en 2019 et en 2020. Dans notre nouvelle étude, nous avons voulu expliquer pourquoi le taux de croissance du méthane était resté élevé en 2021, en 2022 – après la pandémie, donc –, puis n’a commencé à décroître à nouveau qu’en 2023.

Et de fait, nous avons confirmé que la raison de ce pic était principalement due à une concentration plus faible de radicaux hydroxyles, mais également à des augmentations dans les émissions naturelles de méthane par les zones humides et les émissions de l’agriculture. La combinaison de ces deux raisons est responsable du pic de croissance du méthane mesuré entre 2020 et 2022.

Comment avez-vous surmonté les difficultés méthodologiques pour bien distinguer les deux hypothèses ?

P. C. : Toute la difficulté au plan scientifique, en effet, était de pouvoir faire la part des choses entre ces deux hypothèses alors qu’elles impliquent des protagonistes pas toujours mesurables. Les radicaux hydroxyles OH⁻ ont une durée de vie très courte : moins d’une seconde.

Nous nous sommes appuyés sur les données du satellite japonais GOSAT, qui mesure les concentrations de plusieurs gaz à effet de serre, dont le méthane. Nous ne pouvions mesurer la concentration en OH⁻, mais nous avions les données pour les émissions d’oxydes d’azote (NOx) et de monoxyde de carbone.

À l’aide de modèles de chimie de l’atmosphère et de ces données, nous avons donc pu reconstituer l’évolution des radicaux OH⁻ par rapport à la concentration d’ozone sur la période. Ceci nous a permis de sortir de la logique de « double aveugle » qui nous empêchait, jusque-là, de trancher entre les deux hypothèses.

Nous avons confirmé qu’une baisse des OH⁻ entre 2020 et 2022 expliquait bien une large partie du pic de méthane, mais pas tout. Il manquait encore quelque chose pour expliquer les taux de croissance record du méthane observés, c’est-à-dire une augmentation des sources de méthane en surface.

Mais l’énigme n’était pas encore résolue pour autant. En effet, il existe de nombreuses sources de méthane :

Et donc, la dernière étape était de départager ces différentes sources potentielles d’augmentation…

P. C. : Les émissions naturelles des zones humides sont sensibles aux conditions hydriques et à la température. S’il fait un peu plus chaud sur les tourbières du Nord, un peu plus humide sur les marécages des tropiques, les émissions peuvent augmenter considérablement.

« Il existe par exemple une zone humide en Afrique, dans le Soudan du Sud, qui peut émettre autant de méthane en un an que tous les pays de l’UE. »

Nous avons confirmé que l’augmentation des émissions entre 2020 et 2023 provenait principalement des zones humides tropicales du nord des tropiques, principalement en Afrique et en Asie. Nous n’avons toutefois pas de vision plus précise, même si nous savons qu’il y existe des zones humides très importantes, notamment les tourbières du bassin du Congo, le lac Tchad, et le marécage géant Sudd, dans le Soudan du Sud.

Cette dernière zone humide, en particulier, est gigantesque. Lors de l’arrivée de la saison des pluies, cela peut entraîner des émissions de méthane soudaines et considérables : parfois 10 millions de tonnes de méthane par an, ce qui est presque autant que celles des pays de l’Union européenne en un an (13 millions) !

Ces pluies ont, en retour, pu faciliter l’agriculture, en particulier la culture du riz et la pâture des buffles sur ces terres inondables. Indirectement, cela peut aussi avoir amplifié les émissions de méthane par ce biais.




À lire aussi :
Climat et agriculture : pour éviter le risque de surchauffe, le levier du méthane


La période de juin 2020 à 2023 était par ailleurs dominée par un épisode climatique La Niña, qui a tendance à aggraver les cyclones et les tempêtes tropicales… (son antagoniste El Niño étant davantage associé aux périodes de sécheresse). Pourrait-il y avoir un lien entre cet épisode et les émissions de méthane ?

P. C. : Oui, un climat plus humide donne davantage d’émissions en provenance des zones humides, mais c’est un peu plus compliqué que cela, car les zones humides sont dans des régions bien précises. S’il y a davantage de pluies ou d’apports en eau par le ruissellement et les eaux souterraines là où on a une grande zone humide, alors oui, vous avez les conditions favorables pour augmenter les émissions de méthane. Mais si un surplus de pluies tombe sur des régions sans zone humide, il ne se passera pas grand chose.




À lire aussi :
Avec l’arrivée de La Niña, des ouragans plus intenses sont-ils à craindre ?


Comment peut-on s’assurer que le méthane en question ne provenait pas d’autres phénomènes, tels que les feux de forêt ?

P. C. : Parce que les molécules de méthane n’ont alors pas la même signature isotopique. Environ un pour cent des molécules de méthane sont plus lourdes, car leur atome de carbone a un neutron de plus. Il s’agit de carbone 13, un isotope plus lourd que le carbone 12, majoritaire. Le carbone 13 est un isotope stable, il ne se décompose pas par radioactivité.

Le méthane produit par les bovins et la culture du riz est d’origine bactérienne, généré par des bactéries anaérobiques. Ce méthane bactérien a une teneur plus faible en carbone 13 que celui qui est produit par les feux ou par les fuites de gaz fossile. Or justement, entre 2020 et 2023, tandis que le méthane était en forte augmentation, le carbone 13 du méthane diminuait plus rapidement. Cela veut dire que le surplus d’émissions qui a été relâché dans l’atmosphère contenait moins de carbone 13, donc qu’il était d’origine bactérienne.

En définitive, que nous dit cette étude des meilleurs moyens de réduire les émissions de méthane et de lutter contre le changement climatique ?

P. C. : L’augmentation soudaine de méthane entre 2020 et 2023 peut être vue comme un signal d’alarme. Notre étude montre que les émissions de gaz à effet de serre naturelles ne sont pas constantes d’une année à l’autre, et qu’elles sont très sensibles aux conditions climatiques. Tout cela peut accélérer considérablement le rythme des émissions.

Le dégel du pergélisol (permafrost), par exemple, devrait nous préoccuper. Nous savons, d’après des observations sur le terrain, que lorsqu’une zone humide est gelée, elle n’émet pas trop de méthane tant que l’on n’enlève pas la glace. Lorsque le pergélisol est exposé, en revanche, les émissions de méthane peuvent être multipliées par dix.

Il est donc urgent de mieux comprendre quels sont les facteurs climatiques qui déclenchent et contrôlent les émissions naturelles. Et, dans le même temps, de réduire les émissions que nous pouvons contrôler, liées à l’agriculture et à l’industrie fossile.


Cette interview, traduite, éditée et adaptée de l’anglais vers le français par The Conversation France, est issue du podcast « The Conversation Weekly », produit par The Conversation UK.

The Conversation

Philippe Ciais a reçu des financements de la Fondation BNP Paribas (don philanthropique pour le Global Carbon Altas), du projet financé par 4C EU Horizon2020 et du projet Climate Change Initiative de l’Agence spatiale européenne.

ref. Pourquoi les émissions de méthane ont-elles bondi de 2020 à 2023 ? Une étude permet enfin de répondre – https://theconversation.com/pourquoi-les-emissions-de-methane-ont-elles-bondi-de-2020-a-2023-une-etude-permet-enfin-de-repondre-276920