Se estrena una nueva película dramática de Almodóvar pero… ¿de verdad ha abandonado el cineasta la comedia?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Javier Calvo Anoro, Profesor en el Grado en Comunicación Audiovisual, Universidad San Jorge

Patrick Criado y Bárbara Lennie en una escena de _Amarga Navidad_. El Deseo

Desde hace años hay en Pedro Almodóvar (Calzada de la Calatrava, 1949) una peculiaridad narrativa recurrente: la ruptura del tono trágico con inesperadas salidas humorísticas, muy breves, pero impactantes. La dama burguesa que reprende a su hija monja por interrumpirla mientras falsifica cuadros del pintor surrealista Chagall en Todo sobre mi madre; la recepcionista que comenta con una amiga, por teléfono, la rotundidad de sus deposiciones fecales en Hable con ella; el padre y el hijo que acuden a una boutique de segunda mano para vender, resignados, todo lo que la madre ha abandonado al huir del hogar, en La piel que habito. Son, como diría el crítico Roland Barthes, el punctum del filme, ese detalle especial e inesperado que atrae la atención de la imagen y altera su campo temático y formal.

Almodóvar es ese autor que recoge como nadie el testigo del esperpento español, que desplaza la tradición más popular a un primer plano y retrata lo folclórico desde la sabiduría de haberlo vivido. Pero es, también, el director más vanguardista, el que exuda underground en cada fotograma, el que refleja en su puesta en escena las tendencias globales en decoración, arte y moda. Eso también lo ha experimentado. Así es capaz de equilibrar, por un lado, la muñeca legionaria sobre el armario de la tele (en La flor de mi secreto) y, por otro, el jersey multicolor de Loewe en La habitación de al lado. cuyo precio alcanza las cuatro cifras.

Por eso, ante el inminente estreno de su vigesimocuarta película, Amarga Navidad, ¿qué cabe esperar?

Las dos vidas de Almodóvar

Amarga Navidad es también, a su manera, un juego de balanzas: la historia de un director (Leonardo Sbaraglia) que rueda una historia sobre una directora (Bárbara Lennie). Este contexto autorreferencial ya lo trabajó en obras como Dolor y gloria, una posición que se presume ideal para plantear algunas de las cuestiones que han orbitado sus trabajos más biográficos: la creatividad, la familia y la maternidad (¿no es dirigir una forma de dar a luz?) o, muy especialmente, la relación entre arte y vida.

Pero ¿cómo se sitúa esta nueva película en el corpus de su director? Hay muchas tentativas de clasificar la filmografía almodovariana. De manera habitual, se suele nombrar la celebérrima Todo sobre mi madre (1999) como punto de inflexión entre un Almodóvar más castizo y festivo y otro más maduro y autorreflexivo.

Una mujer con una gabardina roja delante de un cartel con una mujer con labios rojos.
Cecilia Roth en un fotograma de Todo sobre mi madre.
El Deseo / Teresa Isasi

En esta visión influyen dos aspectos. Por un lado, el unánime reconocimiento universal a la película, que acumuló destacados premios en certámenes cinematográficos de todo el mundo –y que culminó con la obtención del Óscar a la Mejor película extranjera–. Por otro, la sustitución del género de la comedia loca por un tono dramático mucho más contenido que suele entenderse, de manera popular, como algo más “serio”.

Esto es cuestionable. En realidad, antes de Todo sobre mi madre Almodóvar ya se manejaba bien en el terreno de los premios internacionales (ahí está su nominación al Óscar de 1989 con Mujeres al borde de un ataque de nervios) y del melodrama no cómico (La ley del deseo es de 1987). Sin embargo, es cierto que esta película marca un nuevo rumbo. En ella, el director de Kika deja atrás ciertos manierismos y referencias –el Madrid de los ochenta, la provocación hilarante– y adopta otros –el drama más trascendental y humano, la mirada internacional– porque también él se ha resituado en el mundo. Y, así, entendemos que esta evolución no puede ser sino fruto de su propia vida.

Hasta Mujeres…, la filmografía almodovariana tiene un escenario claro, Madrid, y unas formas dominantes (que no únicas): las de la comedia de enredo y provocación libertina, de múltiples líneas narrativas que se entrecruzan con cierto caos.

Esto no evita que aparezcan, de vez en cuando, otras orientaciones, como el drama más pasional de Entre tinieblas o el retrato neorrealista de ¿Qué he hecho yo para merecer esto?. Almodóvar va curtiéndose, a través de este camino, desde la experimentalidad de su primera obra hasta el dominio técnico y la limpieza narrativa de las posteriores, entre referencias clásicas al underground, el pop y el casticismo.

Cuatro mujeres sentadas en un sofá con las piernas cruzadas.
María Barranco, Rossy de Palma, Julieta Serrano y Carmen Maura en una fotografía promocional de Mujeres al borde de un ataque de nervios.
El Deseo DA S L U Foto Macusa Cores

A principios de los 90, sin embargo, el cineasta se alía con la productora francesa Ciby 2000 (que también ha aportado capital a la obra de autores como David Lynch o Emir Kusturica) y su mirada se internacionaliza. Tacones lejanos triunfa en Francia, Todo sobre mi madre rompe el Madrid nuclear y se traslada a la cosmopolita Barcelona, y La habitación de al lado nos lleva, de la mano de actrices de Hollywood, a otro continente.

El director es una figura cada vez más planetaria, pero, también, inevitablemente, más madura. La autorreferencialidad hilarante de Los amantes pasajeros (2013) es una excepción en una dirección que apuesta por códigos más trágicos como el drama familiar (Volver) o el thriller (La mala educación). Su propia vida acumula responsabilidades y preocupaciones: Almodóvar adquiere un compromiso político más marcado, su cuerpo comienza a experimentar el desgaste de la edad y su cine deja progresivamente de lado la frivolidad para adoptar un mayor realismo narrativo y formal.

Dulce y amarga Navidad

El último eslabón en esta cadena es, como decíamos al principio, esa Amarga Navidad sobre la cual cabe profetizar una continuidad en la etapa otoñal, comedida, de su obra, fruto de su proyección global y de su propia evolución como persona. Para bien o para mal, y como el resto de los mortales, Almodóvar no puede recuperar su tiempo perdido, pero tampoco le interesa hacerlo.

Los fans, aun así, seguiremos esperando en cada nueva película esos puntuales deslices cómicos, esos tímidos vistazos a su época más juguetona, que nos recuerdan, a golpe de impacto surrealista y cañí, quién es Pedro Almodóvar: en origen, un proletario forjado en los excesos de la Movida; después, un acomodado icono cultural; por siempre, el cineasta que mejor supo reflejar su propia vida en el arte.


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The Conversation

Javier Calvo Anoro no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Se estrena una nueva película dramática de Almodóvar pero… ¿de verdad ha abandonado el cineasta la comedia? – https://theconversation.com/se-estrena-una-nueva-pelicula-dramatica-de-almodovar-pero-de-verdad-ha-abandonado-el-cineasta-la-comedia-278267

Planning a trip? Here’s what you should know before taking off

Source: The Conversation – Canada – By Frédéric Dimanche, Professor and former Director (2015-2025), Ted Rogers School of Hospitality and Tourism Management, Toronto Metropolitan University

Geopolitical tensions, rising gas and jet fuel prices and regional unrest are introducing uncertainty for many international travellers in 2026.

The ongoing war in the Middle East has disrupted airspace and tourism across the region, with flights cancelled or rerouted and major hubs like Dubai affected.

Rising oil prices tied to the conflict are already leading to higher ticket fares. Canadians in affected regions have been asked to leave at the earliest opportunity, and many are seeking help from the government to do so.

These challenges follow earlier disruptions closer to home. The American attack on Venezuela prompted the Canadian government to advise Canadians to avoid Cuba — a popular winter destination. This resulted in many returning early or cancelling trips.

In February, civil unrest in western Mexico, particularly in Puerto Vallarta, caused travellers to interrupt their vacations and others to cancel or reschedule flights.

With such disruptions causing anxiety for Canadian travellers, there are many uncertainties as to where it might be safe to travel, whether to cancel travel plans and what travellers should do to lower risks.

Disruptions reshape travel — but don’t stop it

Tourism researchers have long observed that global travel is highly sensitive to political, economic and environmental events. Tourism crises are disruptions that affect consumer confidence, travel demand, transportation networks and the reputation of destinations.

Yet when problems arise in one region of the world, travel does not stop; it often shifts to other destinations. Airlines adjust routes, tour operators move customers to alternative locations and travellers change their plans.

Recent patterns reflect this adjustment. As Canadians continue avoiding travelling to the U.S., industry travel experts have noted increased trips to France, Japan and Mexico.

While most international travel continues safely, Canadians should be aware of current disturbances and practical steps to mitigate risk and travel confidently.

1. Is flying safe?

Flying remains the safest mode of transportation. In times of conflict, countries collaborate with aviation authorities, airlines and air traffic controllers to define “safe corridors” for all civil aircraft to use.

These corridors around regions currently avoided (such as the Middle East and Ukraine) are easy to identify with websites such as Flight Radar. This site also provides an airport disruption map that identifies airports experiencing delays and cancelled flights.

How do planes fly safely through war zones? (Itineris)

2. Will the trip become more expensive?

Kerosene is one of airlines’ highest costs after labour, and fares have already become much more expensive for both domestic and international routes in the past few days.

Airline pricing depends on input costs, demand and network adjustments as airlines reallocate planes to alternative destinations. If travel demand decreases, airlines propose fewer flights to the destination.

It’s recommended to book refundable or exchangeable tickets as early as possible to get cheaper fares, with the flexibility to change them as needed.

3. Will travel cause more stress?

Travellers should prepare for possible longer flight times to avoid dangerous regions, missed connections or cancellations. Currently the Middle East war makes it difficult for Canadians to travel to (and from) the Indian subcontinent, Africa and the Asia-Pacific region.

Experienced travellers know that travel problems can lead to frustration, anxiety, fatigue and sometimes anger, all exacerbated by other passengers’ behaviours, long wait times at the gate and long customer service lines to rebook a cancelled flight.

Social and news media may magnify anxiety and stress, as travellers share concerns and read about others’ situations.

4. How should travellers adapt to avoid risk?

When disruptions affect a destination, travellers typically cancel plans and find substitutes. They shift to destinations that offer similar experiences with fewer risks.

For example, Canadians who might have chosen Cuba may instead opt for Mexico, the Dominican Republic or Jamaica. These destinations offer similar all-inclusive beach vacations and have strong airline connections with Canadian cities.

Travellers should pay attention to international news, especially in sensitive regions. The current situation in the Middle East remains unpredictable, and travel recovery progress can be promptly suspended.

Consumers react to crises by avoiding the destination and finding substitute destinations, sometimes domestically: risk avoidance and feeling safe remain essential conditions for people to travel.

Practical advice for travellers

  1. Check official travel advisories. Before leaving Canada, consult the government’s travel advisory website for up-to-date information about risks, entry requirements and local conditions.

  2. Book your trip with a travel advisor. Travel professionals can support you before, during and after your trip. They will act as your advocate in a crisis by helping to manage disruptions, rebooking plans and handling emergencies with access to 24/7 assistance.

  3. Register with the Canadian government. Canadians travelling abroad should consider registering with the Registration of Canadians Abroad service. This allows the government to contact travellers during emergencies or major disruptions.

  4. Choose flexible travel arrangements. Try to book flights and accommodations that allow changes or cancellations.

  5. Purchase comprehensive travel insurance. A good policy should cover medical emergencies, trip cancellations and travel interruptions. However, read the fine print; not all policies cover war or political events.

  6. Check airline policies. Airlines should offer flexibility during disruptions, including waiving change fees, providing full refunds if passengers choose not to fly and proactively contacting affected travellers. But previous crises have taught us that getting support or compensation from an airline is not easy.

  7. Finally, plan for contingencies. Travellers should have backup payment methods, keep copies of important documents and allow extra time for flight connections. In destinations experiencing disruptions, bringing small essentials (such as medications or portable chargers) can also be helpful.

The Conversation

The authors do not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and have disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Planning a trip? Here’s what you should know before taking off – https://theconversation.com/planning-a-trip-heres-what-you-should-know-before-taking-off-277823

Why Iran is attacking Gulf energy infrastructure

Source: The Conversation – UK – By Matthew Powell, Teaching Fellow in Strategic and Air Power Studies, University of Portsmouth

Iran targeted energy facilities across the Middle East on March 18, including the world’s largest liquefied natural gas hub in Qatar, in retaliation for Israeli strikes on an Iranian gas field hours earlier.

Iran has gone on to attack other energy facilities across the Gulf. This has included hitting a Saudi refinery on the Red Sea and setting two Kuwaiti oil refineries ablaze in an intensification of its campaign against energy infrastructure in the region.

As an expert on military strategy, I see the Iranian attacks on Gulf energy facilities as part of a broader strategic agenda the regime in Tehran has employed to try and ensure its survival.

Iran’s attacks on energy infrastructure since the start of the conflict have been accompanied with wider missile and drone strikes against US military bases and infrastructure in the region. Through these attacks, which have killed seven American service personnel so far, the regime has looked to demonstrate its capacity and capability not only to international audiences but also the Iranian population.

This includes, perhaps most importantly, those responsible for maintaining Iran’s internal security. If those tasked with this responsibility began to doubt the regime’s capacity to respond to attack, they might become less inclined to suppress rebellions and uprisings.

The ability to exercise force has long been central to maintaining the regime’s domestic political position in Iran. This has been demonstrated by the brutal repression of various protest movements over the past decade or so.

A gas processing facility near Doha in Qatar.
A gas processing facility near Doha in Qatar, pictured in 2005.
Plamen Galabov / Shutterstock

In its attacks on Gulf energy infrastructure, Iran has two main goals. The first is to hit the Gulf states economically in the hope that this will reduce their willingness to provide support to the US.

Gulf countries are heavily reliant on the export of energy for revenue. In Qatar, for example, earnings from the hydrocarbon sector accounted for 83% of total government revenues in 2023. These revenues help Gulf states maintain the low tax regime that is enjoyed by their populations.

If these revenues reduce substantially because energy cannot be processed, some of these nations may begin to question their alliances with the US. Such a scenario would reduce the ability of the US to conduct military operations in the Middle East and project its power and influence on the region.

The war is already having a significant impact on these countries. Goldman Sachs has estimated that Qatar and Kuwait could see their GDP drop by 14% if the war lasts until the end of April. Likewise, Capital Economics has suggested that GDP in the region could fall by between 10% to 15% if the conflict causes lasting damage to energy infrastructure.

Rifts do not yet appear to be emerging between the US and its Middle Eastern allies. But Tehran will be calculating that prolonged attacks – alongside continued disruption to the vital strait of Hormuz shipping lane – will add strain to relations.

Raising energy prices

Iran’s second, and wider, goal is to raise global energy prices. The Middle East is a key energy supplier globally, so disruption to supplies in this region can have an almost immediate impact on prices.

The price of a barrel of Brent crude, the global benchmark for oil pricing, has increased from around US$68 (£51) on February 27 to nearly US$100. This has so far largely been the result of disruption to the strait of Hormuz, which has prevented the Gulf states from supplying their energy to global markets.

But Tehran’s calculation appears to be that further efforts to reduce Gulf energy supplies will force nations worldwide, who are having to implement costly policies to reduce the impact of increased energy prices on their populations, to question the actions of the US in Iran.

In the Philippines, which is highly dependent on the Gulf oil, the government has told its agencies to cut electricity and fuel use by between 10% and 20%. Vietnam has introduced work-from-home policies for many public sector workers. And the UK government has announced a £53 million support package for people who rely on oil for central heating.

Iran’s final strategic consideration is that attacking energy facilities may help erode domestic support for Trump in the US. This could force a change in political direction. The price of petrol has already increased to an average of US$3.60 per gallon in the US – a level not seen since the opening days of Russia’s 2022 invasion of Ukraine.

This price increase will be passed on to consumers, creating a headache for Trump ahead of midterm elections in November. Trump’s platform of reducing the inflation seen under the Biden administration was a key part of the election campaign that successfully returned him to the White House.

Iran’s attacks on energy infrastructure are likely to continue. This is because they enable the regime in Tehran to increase the costs of the war even to those who are not directly involved, ramping up global pressure on the US to draw the conflict to a close.

The Conversation

Matthew Powell does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Why Iran is attacking Gulf energy infrastructure – https://theconversation.com/why-iran-is-attacking-gulf-energy-infrastructure-278815

Planning a trip in 2026? Here’s what you should know before taking off

Source: The Conversation – Canada – By Frédéric Dimanche, Professor and former Director (2015-2025), Ted Rogers School of Hospitality and Tourism Management, Toronto Metropolitan University

Geopolitical tensions, rising gas and jet fuel prices and regional unrest are introducing uncertainty for many international travellers in 2026.

The ongoing war in the Middle East has disrupted airspace and tourism across the region, with flights cancelled or rerouted and major hubs like Dubai affected.

Rising oil prices tied to the conflict are already leading to higher ticket fares. Canadians in affected regions have been asked to leave at the earliest opportunity, and many are seeking help from the government to do so.

These challenges follow earlier disruptions closer to home. The American attack on Venezuela prompted the Canadian government to advise Canadians to avoid Cuba — a popular winter destination. This resulted in many returning early or cancelling trips.

In February, civil unrest in western Mexico, particularly in Puerto Vallarta, caused travellers to interrupt their vacations and others to cancel or reschedule flights.

With such disruptions causing anxiety for Canadian travellers, there are many uncertainties as to where it might be safe to travel, whether to cancel travel plans and what travellers should do to lower risks.

Disruptions reshape travel — but don’t stop it

Tourism researchers have long observed that global travel is highly sensitive to political, economic and environmental events. Tourism crises are disruptions that affect consumer confidence, travel demand, transportation networks and the reputation of destinations.

Yet when problems arise in one region of the world, travel does not stop; it often shifts to other destinations. Airlines adjust routes, tour operators move customers to alternative locations and travellers change their plans.

Recent patterns reflect this adjustment. As Canadians continue avoiding travelling to the U.S., industry travel experts have noted increased trips to France, Japan and Mexico.

While most international travel continues safely, Canadians should be aware of current disturbances and practical steps to mitigate risk and travel confidently.

1. Is flying safe?

Flying remains the safest mode of transportation. In times of conflict, countries collaborate with aviation authorities, airlines and air traffic controllers to define “safe corridors” for all civil aircraft to use.

These corridors around regions currently avoided (such as the Middle East and Ukraine) are easy to identify with websites such as Flight Radar. This site also provides an airport disruption map that identifies airports experiencing delays and cancelled flights.

How do planes fly safely through war zones? (Itineris)

2. Will the trip become more expensive?

Kerosene is one of airlines’ highest costs after labour, and fares have already become much more expensive for both domestic and international routes in the past few days.

Airline pricing depends on input costs, demand and network adjustments as airlines reallocate planes to alternative destinations. If travel demand decreases, airlines propose fewer flights to the destination.

It’s recommended to book refundable or exchangeable tickets as early as possible to get cheaper fares, with the flexibility to change them as needed.

3. Will travel cause more stress?

Travellers should prepare for possible longer flight times to avoid dangerous regions, missed connections or cancellations. Currently the Middle East war makes it difficult for Canadians to travel to (and from) the Indian subcontinent, Africa and the Asia-Pacific region.

Experienced travellers know that travel problems can lead to frustration, anxiety, fatigue and sometimes anger, all exacerbated by other passengers’ behaviours, long wait times at the gate and long customer service lines to rebook a cancelled flight.

Social and news media may magnify anxiety and stress, as travellers share concerns and read about others’ situations.

4. How should travellers adapt to avoid risk?

When disruptions affect a destination, travellers typically cancel plans and find substitutes. They shift to destinations that offer similar experiences with fewer risks.

For example, Canadians who might have chosen Cuba may instead opt for Mexico, the Dominican Republic or Jamaica. These destinations offer similar all-inclusive beach vacations and have strong airline connections with Canadian cities.

Travellers should pay attention to international news, especially in sensitive regions. The current situation in the Middle East remains unpredictable, and travel recovery progress can be promptly suspended.

Consumers react to crises by avoiding the destination and finding substitute destinations, sometimes domestically: risk avoidance and feeling safe remain essential conditions for people to travel.

Practical advice for travellers

  1. Check official travel advisories. Before leaving Canada, consult the government’s travel advisory website for up-to-date information about risks, entry requirements and local conditions.

  2. Book your trip with a travel advisor. Travel professionals can support you before, during and after your trip. They will act as your advocate in a crisis by helping to manage disruptions, rebooking plans and handling emergencies with access to 24/7 assistance.

  3. Register with the Canadian government. Canadians travelling abroad should consider registering with the Registration of Canadians Abroad service. This allows the government to contact travellers during emergencies or major disruptions.

  4. Choose flexible travel arrangements. Try to book flights and accommodations that allow changes or cancellations.

  5. Purchase comprehensive travel insurance. A good policy should cover medical emergencies, trip cancellations and travel interruptions. However, read the fine print; not all policies cover war or political events.

  6. Check airline policies. Airlines should offer flexibility during disruptions, including waiving change fees, providing full refunds if passengers choose not to fly and proactively contacting affected travellers. But previous crises have taught us that getting support or compensation from an airline is not easy.

  7. Finally, plan for contingencies. Travellers should have backup payment methods, keep copies of important documents and allow extra time for flight connections. In destinations experiencing disruptions, bringing small essentials (such as medications or portable chargers) can also be helpful.

The Conversation

The authors do not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and have disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Planning a trip in 2026? Here’s what you should know before taking off – https://theconversation.com/planning-a-trip-in-2026-heres-what-you-should-know-before-taking-off-277823

From gym to jawline: What looksmaxxing says about modern masculinity

Source: The Conversation – Canada – By Jillian Sunderland, PhD candidate in Sociology, University of Toronto

Young men and teenage boys are learning to see their faces and bodies as projects to measure and optimize.

On social media platforms like Reddit, Instagram and TikTok, jawlines are dissected, cheekbones compared and percevied “flaws” catalogued. Widely viewed videos and reels help users to rank their faces and identify areas for improvement. They’ll also advise on just how best to bulk up, trim down, make over and become more desirable — and more masculine.

This growing practice of ritualized self-scrutiny, and the litany of “solutions” in service of it, is known as “looksmaxxing.”

These “solutions” range from bizarre but mundane ones like “mewing” — the practice of continuously flattening the tongue against the roof of the mouth to define the jawline — to far more dangerous ones like “bone-smashing,” which involves repeatedly tapping facial bones with solid objects like a bottle or even a hammer in order to force them to sharpen for a defined look.

For scholars who study masculinity and social media like we do, this phenomenon suggests that something about masculinity might require serious critical analysis. Our work examines the rise of male beauty culture, its concomitant demands, the increasing esthetic labour men invest in their appearance and the cultural pressures shaping young men today.

And what we found is that there is a common pattern. As traditional pathways to masculine status such as stable work, home ownership and long-term partnerships are delayed or feel out of reach, the body becomes a locus of control — a site on which to reclaim power and sculpt a new vision of modern manhood.

Appearance becomes one of the few domains where control still feels possible.

Inside the looksmaxxing culture

While some of these practices that young men and boys have become preoccupied with are innocuous enough, the popularity of looksmaxxing does raise concerns.

Self-described looksmaxxers organize their efforts through intensive ranking systems and pseudo-scientific hierarchies. For instance, online guides encourage users to measure facial symmetry, jaw width and “canthal tilt” — the angle of one’s eyes relative to their cheekbones — as if masculine desirability could be quantified through technical metrics.

Others insist that “nothing can upgrade the face faster than reducing body fat” and provide instructions on how to achieve a “lethal face card” — slang for someone who is exceptionally good-looking.

These difficult standards and ranking systems often reproduce deeply rooted hierarchies of race and class by centring the “Chad body” or the archetypal “alpha male” — a white, muscular, aggresively dominant and affluent male.

In recent years, looksmaxxing — initially confined to fringe incel spaces and the broader online “manosphere,” where communities of men debate status through often misogynistic beliefs about women — has been sanitized for public consumption. As the concept entered mainstream digital culture, these pressures increasingly encroach on the lives of young men and boys.

Its organizing logic is simple. In order to reassert power and to reclaim their place as “manly” citizens, meeting specific esthetic standards through a series of grooming tactics is a necessary strategy.

As many young men push back against gender equality and reframe it as producing male disadvantage, looksmaxxing offers a seductive explanation for exclusion: you are simply esthetically deficient, and that can be fixed.

Masculinity in an era of uncertainty

To understand why looksmaxxing has gained traction, we need to look beyond social media and toward the broader conditions shaping young men’s lives.

For much of the 20th century, masculine status was closely tied to the breadwinner model, through which men’s authority and status flowed from stable employment and the ability to provide for their families. That model has steadily eroded.

In much of the industrial world, stable career ladders have given way to a contract- or gig-based economy and less secure employment opportunities. The rise of artificial intelligence has intensified employment anxieties further as young men confront a labour market where entire sectors of white-collar work are unstable.

Other status markers of adulthood have eroded as well. Young people today are less likely to own a home, face higher levels of economic precarity and are entering romantic relationships later, with a growing share of young men reporting little to no dating experience.

As the economic and social foundations of traditional masculinity weaken, the cultural scripts linking men to guaranteed partnership, power and authority have become less certain. These shifts are also unfolding alongside changing attitudes toward gender.

According to Ipsos, nearly one-third of Gen Z men globally agree that a wife should obey her husband, suggesting a resurgence of hierarchical views of gender relations among some young men.

In this climate, looksmaxxing reframes structural barriers as individual shortcomings. Young men are told that recognition and status can be reclaimed through straightforward investments in their appearance. Things like sharpening their jaw, building muscle and cultivating the coveted “hunter eyes” — eyes that are deep-set, almond-shaped with minimal upper eyelid exposure and no white visible below the iris, often associated with intensity and confidence.

The business of self-optimization

Social media platforms and relevant industries — including male skin-care companies — profit from young men’s preoccupation with perfection often with little or no mention of the physical, social, emotional or economic consequences that accompany such appearance practices, let alone the structural issues that underscore them.

Male anxiety is being monetized in the form of supplements, fitness coaching and cosmetic interventions, including multi-step skin-care regimens and intensive injections.

In this appearance-oriented environment filled with brand messaging, masculinity becomes a competitive asset to be purchased. Boys and young men have gradually become a highly profitable demographic, with corporations and businesses doubling down on advertisements and product offerings targeted specifically at them.

According to a leading provider of global business intelligence, market research and consumer insights, the men’s beauty products and skin-care industry globally will be worth more than US$5 billion in 2027.

The question now is no longer whether young men will pay attention to looksmaxxers and invest, but how far they’ll go in pursuit of occupational, social, sexual and economic prestige.

The Conversation

Jillian Sunderland receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada.

Jordan Foster receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada.

ref. From gym to jawline: What looksmaxxing says about modern masculinity – https://theconversation.com/from-gym-to-jawline-what-looksmaxxing-says-about-modern-masculinity-277130

Palm oil, cocoa, coffee… who’s going to tend to tomorrow’s large tropical plantations?

Source: The Conversation – France – By Alain Rival, Agronome. Agrosystèmes Biodiversifiés,, Cirad

Palm oil plantations, for one, are increasingly struggling with the sector’s declining attractiveness, which has hardly changed since the colonial era.

Behind basic foodstuffs like palm oil, cocoa, coffee and bananas that are part of our daily diet lies a rarely asked question. Who will agree to work in the fields of the world’s large tropical plantations in years to come? Since producing countries gained independence, the sectors that deal with field crop production have relied on a model largely inherited from the colonial period when export crops were produced for global markets, and their profitability long depended on abundant, compliant, and inexpensive labour.

But this model is running out of steam. While public debate around major tropical crop production sectors has long focused on environmental issues, the central challenge today is the social attractiveness of these horticultural systems.

Sectors shaped by their colonial history

Large-scale tropical agriculture was built on territorial specialisation and dependency on export. As we showed in a previous book about how human wellbeing is dependent on nature and how ecosystems function, independence did not fundamentally transform this productive logic, despite technical and institutional adjustments.

Power dynamics, labour organisation, and the priority given to external markets remain deeply structuring forces.

Oil palm in Southeast Asia, cacao in West Africa, and bananas in Latin America follow comparable trajectories, where environmental sustainability – supported by increasingly robust certification standards – has progressed more rapidly than the social transformation of these sectors.

This gap between a productive model inherited from colonial history and the social aspirations of contemporary rural societies in the tropics largely explains the current employment crisis that is affecting plantations.

Young people are turning away from plantation work

In Indonesia and Malaysia, the world’s leading palm oil producers, plantations are now struggling to recruit locally. Research conducted by John McCarthy, a political scientist at the Australian National University, shows that rural youth are increasingly turning away from agricultural work, which is seen as physically demanding, socially undervalued, and poorly paid.

This hardship is compounded by still insufficient mechanisation in many tropical sectors. It also deepens gender inequalities: the most physically demanding tasks continue to fall largely to men, while women are frequently relegated to insecure and undervalued positions, with restricted access to wages and social protection. Moreover, they are expected to juggle plantation work alongside domestic responsibilities, which heightens exhaustion and reinforces economic dependence.

Over the past century, work in oil palm plantations has changed very little. It remains highly physical and poorly paid, with workers cutting and carrying heavy loads in isolated areas.

To maintain production, plantations increasingly rely on migrant labour, often vulnerable. In Southeast Asia, dependence on foreign workers in oil palm plantations varies widely by country. It is particularly high in Malaysia, where migrants account for about 70–80% of workers in the sector, mainly from Indonesia, Bangladesh, Nepal, and India. When foreign labour became unavailable during the Covid-19 pandemic, some large plantations tried to attract local workers – including former offenders – and offered free housing, but this was not enough to reverse the sharp decline in production.

By contrast, in Indonesia, production relies mainly on national labour, often from internal migration between islands, and the share of foreign workers remains marginal.

The question thus becomes crucial: would young Indonesian or Malaysian people willingly choose plantation work, unless compelled by geographic isolation or the lack of viable local economic alternatives? This growing disengagement poses a serious threat to the long-term social cohesion and productive stability of the tropical plantation industry.

Certifying sustainability: limited progress

In response to criticism – particularly regarding deforestation risks – the agricultural sectors have multiplied certification schemes. Sustainable palm oil, certified cocoa, or coffee promise traceability and improved environmental practices. These tools have enabled real progress, but they often leave labour issues aside.

Palm oil certification, notably through mechanisms such as the Roundtable on Sustainable Palm Oil (RSPO), remains a long, complex, and costly process. It relies on demanding specifications, regular audits, and high traceability requirements, requiring substantial administrative and technical expertise. While large, agro-industrial companies can pool these costs and absorb the associated administrative burden, they represent a major obstacle for smallholders, who account for around 40% of Indonesia’s national palm oil production.

In many crop-producing regions, smallholders lack the time, financial resources, and support needed to achieve sustainable certification.

Audit costs, administrative complexity, and ongoing compliance requirements effectively exclude a large proportion of independent producers. The result is a paradox: the most vulnerable actors are also those who face the greatest difficulties in accessing mechanisms designed to improve sustainability, thereby reinforcing inequalities within the oil palm sector.

Sustainability is therefore still too often conceived at the level of the plot or the supply chain, without fully integrating employment conditions, career paths, and workers’ social prospects.

More demanding consumers, but not enough debate

Consumers are increasingly questioning the origin of tropical products and the transparency of production chains. However, this demand remains largely environmental. The issue of employment – its evolution and attractiveness – remains largely absent from public debate.

As Stefano Ponte, a specialist in global agricultural value chains, has analysed, this imbalance carries a major risk: without tangible improvements in working conditions, sustainability schemes may become mere compliance tools, without structural transformation of the sectors.

This reassessment also concerns organisations that monitor production and governance. Cooperatives, agro-industrial companies, and sectorial organisations play a key role in structuring employment, training, and professional recognition, yet they remain too rarely involved in sustainability strategies.

Rethinking attractiveness

The future of large plantations will depend less on yields than on their ability to attract and retain workers. Decent wages and working environment, appropriate mechanisation, access to training, and
social recognition of agricultural professions are becoming essential levers.

As emphasised by the FAO, rural employment is now a key factor in the sustainability of agricultural systems in tropical countries.

This is something not only farmers must reassess but also plantation managers and executives, who are having to rethink training and become more aware of social and environmental issues.

Initiatives such as the TALENT project, supported by the French Development Agency (AFD) and Cirad – The French agricultural research and international cooperation organisation working for the sustainable development of tropical and Mediterranean regions illustrate this shift by seeking to strengthen skills, career pathways, and the attractiveness of agricultural professions in Southeast Asia within a sustainability perspective.

A political issue before an agricultural one

Behind palm oil, cocoa, and coffee lies a fundamental political question: what will the future look like for postcolonial tropical societies?

Continuing to anchor these economies in export crops governed largely by an extractivist logic undermines their social appeal and compromises their long-term resilience.

The challenge, therefore, is not only how to produce more sustainably, but also who will keep production going tomorrow – and under what social and economic conditions.


A weekly e-mail in English featuring expertise from scholars and researchers. It provides an introduction to the diversity of research coming out of the continent and considers some of the key issues facing European countries. Get the newsletter!


The Conversation

Alain Rival ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Palm oil, cocoa, coffee… who’s going to tend to tomorrow’s large tropical plantations? – https://theconversation.com/palm-oil-cocoa-coffee-whos-going-to-tend-to-tomorrows-large-tropical-plantations-278050

Comment s’explique le succès des théories complotistes ?

Source: The Conversation – in French – By Pascal Lardellier, Professeur, chercheur au laboratoire CIMEOS et à IGENSIA-Education, Université Bourgogne Europe

Le complotisme fait un étonnant retour dans l’actualité depuis plusieurs années, tout à la fois objet de débat public et catégorie d’accusation. Pas une polémique, pas une affaire dans l’actualité sans que l’assignation ne surgisse, comme explication du problème et ostracisme disqualifiant. Car le terme « complotiste » fonctionne comme une disqualification, qui exclut du champ de la parole légitime. Comment expliquer sa récurrence ?

Nous vous proposons aujourd’hui de lire un extrait de l’essai de Pascal Lardellier, le Nouvel Âge du complotisme. Post-vérité : quand le réel vacille (éditions de l’Aube, 2026).


Pendant une large partie du XXe siècle, l’hypothèse selon laquelle des groupes influents orientaient les destinées collectives ne relevait pas de la pensée marginale. Elle constituait au contraire une grille de lecture nourrie par l’observation de certaines structures de pouvoir. L’existence de cercles d’influence comme le Groupe Bilderberg, fondé en 1954, ou le Forum économique mondial de Davos, créé en 1971, a longtemps alimenté l’idée selon laquelle des élites transnationales se concertaient à l’abri des regards. Ces institutions fonctionnent entourées d’une certaine opacité, ce qui pouvait légitimer l’inquiétude citoyenne quant à leur rôle effectif dans l’orientation des politiques publiques.

De même, certaines organisations comme la franc-maçonnerie, par leur caractère initiatique et leur culture du secret ont historiquement suscité des interrogations sur leur influence politique et sociale. L’histoire politique française, notamment sous la IIIᵉ République, témoigne de l’imbrication entre appartenance maçonnique et exercice du pouvoir. Dans ce contexte, suspecter l’existence d’influences discrètes constituait une forme de vigilance politique. Mais vigilance ne signifie pas paranoïa. Entre s’interroger sur des réseaux d’influence et imaginer un complot mondial, il y a un fossé à ne pas franchir.

À cela s’ajoute une dimension antisémite récurrente qui transforme l’observation de réalités économiques en fantasme complotiste. La figure des Rothschild a ainsi été instrumentalisée pour alimenter le mythe d’une « finance juive mondiale » contrôlant les États. Ce glissement vers le fantasmatique illustre comment des schémas idéologiques antisémites préexistaient aux faits qu’ils prétendaient expliquer. L’antisémitisme n’est jamais une lecture de la réalité, c’est toujours une grille projective plaquée sur elle – ce qui est mis en scène dans le film Borat (2006) de Sacha Baron Cohen, un film « déjanté » édifiant pour comprendre les ressorts profonds des imaginaires antisémites.

Le fait est que l’évolution du capitalisme contemporain a validé certaines interrogations relatives à la concentration du pouvoir. Les travaux économiques ont documenté l’accroissement des inégalités et la constitution d’une « hyperclasse mondiale » disposant d’une influence considérable sur les orientations politiques. Le Monde diplomatique consacre de fréquents dossiers à ces institutions transnationales au pouvoir décisionnaire élargi, dont le FMI.

En France, la possession de la quasi-totalité des grands médias par une poignée de milliardaires ou de multimillionnaires – Vincent Bolloré, Xavier Niel, Patrick Drahi, Bernard Arnault, la famille Dassault et Mathieu Pigasse – interroge légitimement sur la pluralité de l’information. Et cette réalité tangible de la concentration médiatique nourrit un soupçon : si l’information est détenue par quelques-uns ayant des intérêts économiques et politiques convergents, comment garantir son objectivité ? Cette question n’est pas déraisonnable en soi.

Fantasme du complot orchestré

Le problème surgit lorsque ce constat factuel se transforme en la certitude d’une manipulation intentionnelle, glissant de la critique raisonnée vers le fantasme du complot orchestré. Entre dire « les médias appartiennent à des milliardaires » et affirmer « les médias mentent systématiquement sur ordre », il y a un pas que les complotistes franchissent allègrement.

L’avènement des réseaux sociaux a profondément reconfiguré la circulation de l’information et, avec elle, la diffusion des théories du complot. Les plateformes numériques, par leur modèle économique fondé sur la captation de l’attention, privilégient les contenus suscitant l’engagement émotionnel, parmi lesquels les récits complotistes occupent une place de choix.

Les algorithmes, en proposant des contenus similaires à ceux déjà consultés, créent des « bulles de filtres » qui enferment les utilisateurs dans des univers informationnels homogènes. Ces mécanismes algorithmiques amplifient des biais cognitifs bien documentés par la psychologie sociale : le biais de confirmation, qui nous conduit à privilégier les informations confortant nos croyances préexistantes, et le biais de conformité, qui nous pousse à aligner nos opinions sur celles de notre groupe d’appartenance. Les réseaux sociaux ne les créent pas, mais ils en démultiplient les effets en accélérant la circulation des rumeurs et en créant l’illusion d’un consensus autour d’interprétations marginales.

Les rumeurs et légendes urbaines, phénomènes anthropologiques anciens, trouvent dans cet environnement numérique un terrain propice à leur recyclage et à leur hybridation. Des narrations autrefois cantonnées à des cercles restreints accèdent désormais à une diffusion massive et peuvent se cristalliser en fake news, terme devenu omniprésent dans le débat public depuis une dizaine d’années. La pandémie de Covid-19 a constitué un moment paroxystique dans cette dynamique. L’incertitude scientifique initiale, inhérente à toute crise sanitaire émergente, a été interprétée par certains comme la preuve d’une dissimulation délibérée.

L’hypothèse controversée de l’origine du virus, notamment la théorie de l’accident de laboratoire à Wuhan initialement écartée puis partiellement réhabilitée dans le débat scientifique, a alimenté le soupçon d’un mensonge d’État. Précisons : que l’hypothèse ait été écartée prématurément par certains ne signifie pas qu’il y a eu complot, mais cela illustre comment l’absence de transparence et la gestion maladroite de l’incertitude scientifique nourrissent la défiance.

De même, l’affaire de l’étude frauduleuse sur l’hydroxychloroquine publiée dans The Lancet puis rétractée a semblé valider l’idée que les autorités scientifiques et sanitaires pouvaient manipuler les données. Ces épisodes, en dépit de leur résolution par les mécanismes habituels de la science (rétractation, débat contradictoire), ont durablement entamé la confiance d’une partie de la population. Ils ont également fourni un argumentaire à ceux qui dénonçaient une « vérité officielle » imposée contre l’évidence. Le sentiment diffus « qu’on nous cache des choses » s’est ainsi cristallisé, trouvant dans ces controverses scientifiques une apparente légitimation.

Le « fact-checking » comme nouvelle ligne de front

Face à cette prolifération des fausses informations, les médias traditionnels ont développé des cellules de fact-checking destinées à vérifier la véracité des énoncés circulant dans l’espace public. Ces dispositifs, inspirés notamment du modèle anglo-saxon, se sont multipliés en France avec des initiatives comme celles des Décodeurs du Monde, de Libération CheckNews, ou encore de l’Agence France Presse. Leur objectif affiché est de restaurer un rapport factuel à l’information en distinguant le vrai du faux par un travail méthodique de vérification. Cependant, cette entreprise de vérification s’est rapidement heurtée à une difficulté majeure : elle a été perçue par une partie du public comme une nouvelle forme de censure exercée par les élites médiatiques. Les nombreuses critiques exprimées à leur encontre sur les réseaux sociaux vont largement en ce sens. La figure du journaliste « vérificateur » s’est vue contestée dans son autorité même, accusée de servir les intérêts des puissants plutôt que la vérité. Cette contestation a trouvé une expression particulièrement virulente dans les milieux se revendiquant de la « réinformation », où le fact-checking est systématiquement interprété comme une tentative de contrôle de la pensée.

La création d’instances d’analyse du complotisme (cf. l’Observatoire Conspiracy Watch) a accentué cette polarisation. En établissant des listes de personnalités ou de contenus « complotistes », ces initiatives ont contribué, malgré leur intention louable, à créer une frontière binaire entre pensée légitime et pensée illégitime. Cette classification manichéenne a paradoxalement renforcé le sentiment d’être persécuté chez ceux qu’elle désignait, validant à leurs yeux la thèse d’un pouvoir occulte cherchant à faire taire les dissidents. Il faut le reconnaître : le fact-checking, pour nécessaire qu’il soit, ne suffit pas à restaurer la confiance. Pire, perçu comme partial, il peut l’éroder davantage.

Cette dynamique d’opposition entre « vérité officielle » et « vérité alternative » a produit un effet pervers : l’aplatissement des controverses. Dans l’espace numérique, des affirmations de nature radicalement différente se retrouvent placées sur un même plan, agrégées sous l’étiquette unificatrice de « complotisme ». Ainsi peut-on voir juxtaposées des théories aussi hétérogènes que le platisme (la Terre serait plate), des rumeurs sur l’identité de genre de Brigitte Macron, le mythe antisémite d’une domination juive mondiale, la contestation de la sécurité des vaccins ou l’exagération des dangers de l’hydroxychloroquine.

Disparition des nuances

Cette mise en équivalence pose un problème majeur. Ces différentes affirmations ne relèvent ni des mêmes régimes de vérité, ni des mêmes enjeux, ni des mêmes degrés de dangerosité sociale. Le platisme, pour absurde qu’il soit, ne menace directement personne ; l’antisémitisme structurel a produit des génocides ; la défiance vaccinale peut avoir des conséquences sanitaires mesurables. En les agrégeant sous une même catégorie accusatoire, on brouille les lignes et on prive le débat public des nuances nécessaires à une réponse appropriée.

Voilà précisément ce que l’on reproche ordinairement aux « anti-conspi » : leur tendance à mêler des choses disparates, par facilité ou par stratégie. Cette horizontalisation du complotisme est contre-productive. Elle empêche de distinguer les questions légitimes des délires pathologiques, les inquiétudes fondées des paranoïas collectives. Cette situation configure un cercle vicieux où chaque tentative de restaurer une autorité légitime produit, chez ceux qui s’en méfient, un renforcement de leur conviction d’être les victimes d’une manipulation.

Plus les institutions s’efforcent de « lutter contre les fake news, plus elles apparaissent suspectes aux yeux de ceux qui doutent déjà d’elles. Plus les scientifiques expliquent, plus ils semblent « faire de la propagande ». Plus les médias vérifient, plus ils paraissent « au service du Système ».

Cette dynamique s’autoentretient d’autant plus que certaines des inquiétudes exprimées par les complotistes ne sont pas entièrement dénuées de fondement factuel. Car il existe effectivement une concentration oligarchique du pouvoir économique et médiatique. Et puis les institutions ont effectivement menti par le passé (on pense à l’affaire du sang contaminé en France, aux armes de destruction massive irakiennes inventées, aux révélations Snowden sur la surveillance de masse). Et les scandales sanitaires sont une réalité récurrente (Mediator, Dépakine, glyphosate).

Dès lors, comment distinguer la vigilance légitime de la paranoïa ? C’est toute la difficulté. Et c’est précisément pour cela qu’il ne faut pas disqualifier d’emblée toute question, tout doute, toute remise en cause. Le complotisme prospère sur les zones d’ombre que nous refusons collectivement d’éclairer.

Une irrationalité hyperrationalisée

Le complotisme contemporain ne peut donc se comprendre comme une simple irrationalité cognitive ni comme un phénomène uniquement imputable aux « réseaux sociaux » ou à la « post-vérité ». Il s’enracine dans une crise plus profonde de l’autorité scientifique et politique, crise elle-même liée à des transformations structurelles du capitalisme, des médias et des modes de circulation de l’information.

Il se nourrit de faits réels – la concentration du pouvoir, les mensonges avérés, les scandales documentés – qu’il surdétermine et réinterprète selon une grille paranoïaque. Le complotisme est toujours un mixte de vrai et de faux, de légitime et de délirant. C’est ce qui le rend si difficile à combattre.

Paradoxalement, la lutte contre le complotisme, telle qu’elle s’est organisée ces dernières années, participe de cette même dynamique qu’elle prétend combattre. En traçant une frontière nette entre vérité et mensonge, entre raison et déraison, entre légitimité et illégitimité, elle produit les conditions de sa propre contestation. Elle oublie que la confiance ne se décrète pas, qu’elle se construit dans la transparence et la reconnaissance des erreurs passées, et qu’elle suppose de prendre au sérieux – sans les valider – les inquiétudes de ceux que l’on prétend « éclairer ».

C’est à partir de ce constat qu’il devient possible de penser autrement la question complotiste, non plus comme un problème de « désinformation » à éradiquer par des campagnes de fact-checking, mais comme un symptôme de transformations plus profondes, qui appellent une réponse citoyenne autant qu’intellectuelle.

Le complotisme est aussi le prix que nous payons collectivement pour nos mensonges passés, silences coupables et cécités volontaires (cf. l’affaire Epstein), et notre incapacité à créer un espace de débat où la critique légitime ne soit pas immédiatement assimilée à la déraison. Tant que nous n’aurons pas compris cela, nous continuerons à alimenter le monstre que nous prétendons combattre.


Pascal Lardellier vient de publier Le Nouvel Âge du complotisme. Post-vérité : quand le réel vacille (L’Aube, 2026).

The Conversation

Pascal Lardellier ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Comment s’explique le succès des théories complotistes ? – https://theconversation.com/comment-sexplique-le-succes-des-theories-complotistes-277876

Pourquoi les collectivités locales s’endettent-elles ?

Source: The Conversation – in French – By Serge Rouot, Maître de conférences en sciences de gestion, Université de Lorraine

Pour financer des piscines municipales, comme celle de Keller à Paris, cela nécessite de recourir à des emprunts et donc de la dette. Wikimediacommons

Même si la dette des administrations publiques locales ne représente que 7,5 % de la dette publique totale, elle s’invite au cœur des débats des élections municipales 2026. Pourquoi les collectivités recourent-elles à la dette ? Pourquoi communiquer à destination des habitants ?


Les bilans des candidats à la réélection ou les programmes des candidats d’opposition valorisent volontiers des impératifs de réduction de l’endettement. Parmi les candidats à la mairie de Paris : Emmanuel Grégoire souhaite « autofinancer les investissements de façon beaucoup plus importante », Rachida Dati explique que « la progression de la dette sera de 0 » et Pierre-Yves Bournazel estime « pouvoir diviser par deux la dette ».

L’injonction est-elle pour autant être une finalité en soi ?

D’abord, les administrations publiques locales (APUL), ce sont 262,9 milliards d’euros de dette, donc seulement 7,5 % des 3 482,2 milliards d’euros de dette des administrations publiques. Ensuite, ce sont surtout 54 % de l’investissement public en France.

Financement de l’investissement

La question n’est-elle pas tant l’endettement, que l’usage qui en est fait ?

Dans une collectivité locale, l’emprunt finance exclusivement l’investissement (équipement, travaux, biens durables), sans qu’il n’ait à être affecté à un projet précis. Globaliser le besoin de financement de la section d’investissement prévue au budget (article L 2331-8 du Code général des collectivités territoriales) ne rend pas toujours explicite l’utilisation de cet endettement.

Les montants en jeu sont conséquents : les investissements publics locaux s’élèvent à 67,9 milliards d’euros pour 2024. Imaginer les financer sur une épargne préalable (c’est-à-dire les autofinancer) est illusoire, d’autant que les placements ne sont pas possibles pour une collectivité (sauf rares exceptions). Toute trésorerie excédentaire doit être déposée au Trésor public et aucune rémunération n’est prévue (article L 1618-2 du Code général des collectivités territoriales).

Contraintes de l’endettement

La dette conduit à une charge de la dette, à savoir à des intérêts payés aux prêteurs, notamment aux établissements de crédit, sur les fonds consentis. Le niveau d’endettement est contraint à une capacité de remboursement, qui, dans le cas d’une commune, correspond largement à sa richesse fiscale. L’appartenance au secteur public n’éloigne pas le risque d’une cessation de paiement : rappelons le cas d’Angoulême en 1990.

Dette des administrations publiques locales de 1995 à 2024, en pourcentage du PIB.
Fipeco

En outre, un endettement trop élevé alourdit les conditions de taux d’intérêt. En effet, une situation dégradée éveille l’inquiétude des marchés : les investisseurs acceptent de prêter en échange d’une prime de risque, qui renchérit le taux d’intérêt payé sur la dette. À l’inverse, un endettement modéré conduira à des conditions plus attractives, réduisant la charge de la dette et libérant des marges de manœuvre budgétaires pour l’action publique : moins d’intérêts, c’est plus de services publics.

Il existe un seuil de consentement à l’impôt. Il ne permet pas de financer un bâtiment municipal par des seules recettes fiscales, au cours d’une année donnée. Comme un ménage s’endette pour devenir propriétaire de sa résidence principale, une collectivité empruntera pour construire une école ou une médiathèque, servant le bien commun sur plusieurs générations. Le crédit sera remboursé sur 30 ans pour un bâtiment public qui profitera à plusieurs générations, équilibrant ainsi l’effort sur plusieurs générations également.

Communication politique et communication financière

L’emprunt est forcément une notion abstraite pour l’électeur ; il ne fait pas partie de son quotidien comme la sécurité, le logement ou les mobilités. L’expliquer n’est pas aisé, étant donné la technicité de l’analyse financière du budget des villes, plutôt réservée aux initiés.

La communication politique intègre une communication sur les finances locales, et ce, même hors échéances électorales. On devine qu’on ne communique pas de la même façon avec un bilan flatteur qu’avec une situation dégradée. En France, nous montrons que les régions aux performances les plus solides promeuvent et quantifient leurs actions dans le domaine économique, alors que les régions aux performances plus moyennes adoptent une communication plus institutionnelle, centrée sur le débat démocratique.

Les deux stratégies sont valorisantes pour l’élu en place et s’avèrent gagnantes dans un objectif de réélection.

Impératif de transparence

Au-delà, il semble indispensable de communiquer sur les finances locales, notamment pour informer sur le coût réel des services publics.

Dans une organisation privée, un taux de rendement de l’investissement supérieur au coût du financement serait exigé. Dans le secteur public, l’entrée de la piscine n’est pas tarifée à son juste coût pour des raisons de service public rendu à la population. C’est ainsi qu’une communication de crise s’est développée au moment de l’explosion des prix de l’énergie, à l’automne 2022, débutant dans la presse, se poursuivant par la communication financière de la ville.

En 2025, la mairie de Château-Thierry a communiqué sur le prix de plusieurs services publics comparé à leur véritable coût pour la collectivité locale.
Communauté d’agglomération de Chateau-Thierry

Communiquer précise les programmes politiques, mais doit aussi savoir légitimer un financement par l’impôt ou par l’emprunt. Selon la théorie de l’évitement du blâme de Kent Weaver, les citoyens sont plus sensibles aux efforts qu’ils consentent qu’à ce qui leur est offert. Ils identifient bien les prélèvements obligatoires, mais ils évaluent très mal dans quelle mesure les tarifs des services publics sont subventionnés. Le constat justifie le déploiement d’une pédagogie en ce sens.

Ne pas accéder à cet impératif de transparence rompt également le principe même de la démocratie représentative : « La société a droit de demander compte à tout agent public de son administration » dans l’article 15 de la Déclaration des droits de l’homme et du citoyen de 1789. La campagne électorale en est l’expression première.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

ref. Pourquoi les collectivités locales s’endettent-elles ? – https://theconversation.com/pourquoi-les-collectivites-locales-sendettent-elles-275760

Du cowboy au croisé : comment Trump dévoie les vieux mythes américains dans la guerre contre l’Iran

Source: The Conversation – in French – By Jérôme Viala-Gaudefroy, Spécialiste de la politique américaine, Sciences Po

Le récit national des États-Unis repose sur de nombreux mythes que le président actuel recycle sans cesse dans ses discours en les centrant sur sa propre personne. C’était notable durant son premier mandat ; c’est devenu frappant depuis le début du second et, particulièrement flagrant, depuis le 28 février dernier. Face à l’Iran, Trump se présente comme un cowboy intrépide qui combat des « sauvages » le long d’une « nouvelle frontière », certain que sa violence est justifiée car la Providence l’a choisi.


La guerre contre l’Iran ne révèle pas seulement une escalade militaire. Elle éclaire la manière dont Donald Trump réactive de vieux mythes américains comme la « frontière » (The Frontier, en anglais, le récit mythique de la conquête de l’Ouest), le cowboy, la violence régénératrice et la Providence, en les vidant de leur part civique pour les convertir en récits de domination.

C’est là ce qui le distingue de ses prédécesseurs : il ne mobilise pas ces mythes pour exalter l’effort collectif ou l’idéal démocratique, mais pour mettre en scène la domination, l’épuration et la toute-puissance personnelle.

Une guerre nourrie par les mythes

Depuis le début de la guerre contre l’Iran, Trump parle moins comme un président que comme un conquérant. Il exige la « reddition sans condition » de Téhéran, promet que « des bombes tomberont partout » et évoque le choix de dirigeants « grands et acceptables » pour l’après-guerre. Ce langage ne décrit pas seulement une opération militaire : il réactive une vieille grammaire de la puissance américaine, sous une forme brutalement durcie.

Dans Republics of Myth (2022), Hussein Banai, Malcolm Byrne et John Tirman montrent que le conflit avec l’Iran n’est pas seulement alimenté par des intérêts stratégiques, mais par deux récits nationaux incompatibles qui transforment chaque crise en confirmation des humiliations, peurs et hostilités déjà présentes.

Du côté américain, le récit national reste structuré par le mythe de la « frontière » : un espace à dompter, des « sauvages » à vaincre, une mission à accomplir. Appliqué au Moyen-Orient, ce schème transforme l’Iran en frontière extérieure à discipliner. Trump ne crée pas ce récit ; il le radicalise.

La « frontière », de l’expansion à la prédation

Dans son discours d’investiture du 20 janvier 2025, Trump présente la « frontière » comme l’un des grands mythes fondateurs de la nation. Les États-Unis doivent redevenir « une nation qui accroît sa richesse, étend son territoire » et poursuit sa « destinée manifeste ». Il ajoute que « l’esprit de la “frontière” est gravé dans nos cœurs ». La « frontière » n’est plus ici une métaphore du progrès collectif : elle redevient un langage de puissance et d’appropriation.

Cette rhétorique n’est d’ailleurs pas restée théorique : dès les premières semaines du second mandat, Trump répète que le Canada devrait devenir le 51ᵉ État et affirme à propos du Groenland :

« Je pense que nous allons l’avoir, d’une manière ou d’une autre. »

Ce récit est enraciné dans un imaginaire puritain de mission dans les contrées sauvages (wilderness), de « Nouvelle Jérusalem » et de conquête violente d’un territoire peuplé de figures traitées comme des « barbares ». Republics of Myth montre aussi comment cette grammaire a été projetée vers l’extérieur, de l’Amérique latine au Moyen-Orient. Trump ne reprend donc pas une vieille image américaine ; il en réactive la version la plus expansionniste.

Le même mécanisme vaut à l’intérieur – à la frontière sud, Trump parle d’« invasion », d’« occupation migrante » et de « sauvages », là encore – comme à l’extérieur, puisque l’Iran est décrit en termes apocalyptiques comme une « force du mal » à abattre qui représentait un danger existentiel imminent.

Dans les deux cas, il s’agit moins de protéger une frontière que de théâtraliser une reconquête à travers un récit moral de lutte du Bien contre le Mal.

Le cowboy devenu culte du chef

Le deuxième mythe est celui du cowboy, tel que l’analyse l’historienne Heather Cox Richardson qui incarne l’idéal d’un « vrai » Américain, toujours blanc, qui agit seul, n’attend rien du gouvernement, protège les siens et impose sa volonté en dominant les autres. Richardson montre que ce mythe, recyclé depuis Barry Goldwater et surtout Ronald Reagan, est devenu central dans la culture politique du Parti républicain. Sous Trump, il passe à l’extrême.

Cette phrase prononcée lors de l’annonce du début des frappes contre l’Iran, le 28 février dernier, résume cette logique :

« Aucun président n’a été prêt à faire ce que moi, je suis prêt à faire ce soir. »

Le cowboy n’est plus une figure d’autonomie populaire ; il devient l’homme d’exception, celui qui ose seul, au-dessus des prudences institutionnelles. Trump absorbe le mythe dans sa propre personne. Ayant en tête le possible complot iranien visant à l’assassiner pendant la campagne de 2024, il présente même la mort de l’ayatollah Ali Khamenei comme un duel à OK Corral (dont l’un des protagonistes historiques, Wyatt Earp, est souvent érigé en héros par Donald Trump) :

« Je l’ai eu avant qu’il ne m’ait. »

Là où d’autres présidents pouvaient mobiliser des images pionnières pour raconter un effort national, Trump transforme le cowboy en matrice du chef charismatique et transgressif. Le héros ne représente plus un ordre collectif ; il externalise le conflit, polarise le monde en Bien et Mal, et ne se justifie plus que par sa capacité à vaincre.

Ce schéma n’est pas sans précédent : de l’« empire du Mal » dénoncé par Ronald Reagan à l’« axe du Mal » que George W. Bush disait combattre, la tradition présidentielle états-unienne a souvent opposé un « nous » vertueux à un « eux » menaçant, mais chez le président Trump, le récit moral ne sert plus seulement à défendre des valeurs ou le « monde libre », mais à magnifier un chef qui se légitime par sa seule capacité à vaincre.

La violence comme promesse de régénération

Le troisième mythe est celui de la violence régénératrice, identifié depuis longtemps par l’historien Richard Slotkin. Il montre combien l’idée selon laquelle la violence peut purger le désordre et restaurer l’ordre perdu se trouve au cœur du récit national dans l’histoire politique moderne des États-Unis. Cette violence n’est pas un accident de la « frontière » ; elle en est le moteur symbolique. Elle détruit l’obstacle, répare l’humiliation – par exemple, celle laissée par la crise des otages de 1979 que Trump rappelle dans son allocution du 28 février 2026 –, purifie l’espace et régénère la communauté.

Dès 2017, lors de son discours d’investiture, Trump parle de « carnage américain » et peint le portrait d’un pays ravagé qu’il faudrait restaurer par la rupture – un récit emprunté à la tradition rhétorique de la Jérémiade. En 2025-2026, cette logique s’étend à la politique étrangère. À West Point, s’adressant aux jeunes diplômés de l’Académie militaire des États-Unis, il exprime sa détermination à « tuer les ennemis de l’Amérique », à « écraser tout adversaire » et à « anéantir toute menace ».

Depuis le commencement de son second mandat, ce mythe est encore plus théâtralisé par une fusion assumée entre divertissement et réalité, comme en témoigne une vidéo publiée par la Maison-Blanche mêlant des images des frappes contre l’Iran à des scènes de films hollywoodiens et de jeux vidéo sous le slogan « Justice à l’américaine ». À ses ennemis, Trump promet la « mort certaine » et relie la destruction à une prétendue libération politique.

La violence n’est donc plus seulement un moyen ; elle devient la condition du renouveau. C’est ici que Trump s’écarte le plus visiblement d’un usage présidentiel plus classique de la puissance.

Là où ses prédécesseurs associaient la force à un projet explicite de transformation politique – démocratisation, state-building, refonte régionale –, Trump exprime une croyance bien plus radicale : la puissance y devient une vertu en tant que telle, et l’écrasement de l’ennemi sa preuve la plus éclatante. La violence ne prépare pas un ordre nouveau ; elle devient un objectif, comme si la seule démonstration de puissance suffisait à produire une solution politique.

Chez Trump, le vieux mythe américain de la violence est donc débarrassé de ses habillages universalistes : il ne reste que la destruction comme preuve de puissance.

La Providence réduite à la mission du leader

Le quatrième mythe est religieux, puisque la « frontière » américaine est, dès l’origine, liée à un imaginaire providentialiste : mission dans les contrées sauvages, peuple élu, rapport protestant direct à Dieu. Trump reprend cette tradition, mais en la déplaçant vers sa propre personne. Dans son discours d’investiture de 2025, il affirme que Dieu l’a sauvé pour une raison : rendre sa grandeur à l’Amérique.

Au National Prayer Breakfast, il déclare encore que Dieu a « un plan spécial et une mission glorieuse pour l’Amérique ».

Là encore, le mythe d’origine est perverti. La Providence n’est plus mobilisée pour rappeler une vocation collective de la nation, mais pour sacraliser la personne du président dans un rôle quasi messianique. Les soutiens de Trump aggravent cette dérive : une partie du trumpisme évangélique lit son rôle à travers l’onction, la prophétie ou la guerre du Bien contre le Mal. Le religieux sacralise la force.

Pete Hegseth, le ministre de la guerre, en est l’incarnation parfaite. Figure du croisé moderne, il associe christianisme nationaliste, virilité martiale et légitimation sacrale de la force.

Ce que révèle vraiment la guerre en Iran

Le récit que sous-tend la guerre contre l’Iran agit comme un révélateur. Il se fonde sur de vieux mythes américains qui ne sont pas seulement réutilisés par Trump, mais durcis et dévoyés. La « frontière » se mue en prédation, le cowboy en culte du chef, la violence en écrasement rédempteur et la religion en sacralisation du leader.

Trump ne s’inscrit pas simplement dans la tradition présidentielle états-unienne : il en radicalise les ressorts les plus sombres, en vidant ces récits de leur part civique, morale ou universaliste pour n’en garder que le noyau le plus brutal – conquête, force, droit divin, annihilation de l’ennemi –, ce qui semble séduire une majorité de sympathisants républicains.

The Conversation

Jérôme Viala-Gaudefroy ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Du cowboy au croisé : comment Trump dévoie les vieux mythes américains dans la guerre contre l’Iran – https://theconversation.com/du-cowboy-au-croise-comment-trump-devoie-les-vieux-mythes-americains-dans-la-guerre-contre-liran-278516

Les coopérations entre services de renseignement européens et américains à l’épreuve de Trump

Source: The Conversation – in French – By Hager Ben Jaffel, Docteure en relations internationales spécialisée dans la sociologie du renseignement et de la sécurité, Institut catholique de Lille (ICL)

Les services de renseignement des États-Unis et des pays membres de l’Union européenne entretiennent depuis longtemps des coopérations internationales denses, fondées sur des échanges d’informations et des intérêts communs. Malgré les tensions politiques entre les deux rives de l’Atlantique sous l’administration Trump, ces relations se poursuivent à ce jour.


Les menaces répétées d’annexion du Groenland, les sorties diplomatiques controversées et, plus généralement, la posture ouvertement antagoniste de l’exécutif américain à l’égard des Européens témoignent d’un climat de défiance inédit entre alliés transatlantiques dont le dernier forum de Davos a fourni un exemple révélateur. Mais qu’en est-il des alliances entre services de renseignement ?

Souvent perçus comme des acteurs domestiques au service du pouvoir politique, les services de renseignement sont en réalité largement internationalisés et disposent, dans leurs rapports avec leurs homologues étrangers, d’une autonomie significative… même si celle-ci peut parfois être perturbée par des interférences politiques.

Des collaborations de longue date

Les collaborations entre services de renseignement sont anciennes, certaines remontant au moins à la Première Guerre mondiale, et résultent davantage d’accords entre services que de décisions de leurs gouvernements respectifs. Qu’elles soient bilatérales ou multilatérales, ces alliances cimentent de nombreuses activités : présence d’officiers de liaison auprès de pays partenaires, stations d’écoute, participation à des conférences internationales et, plus simplement, échanges routiniers d’informations.

Plusieurs études en sciences sociales ont ainsi montré comment s’est constitué, au fil du temps, un réseau de relations très étroit autour d’intérêts communs. La lutte contre le terrorisme, contre la prolifération nucléaire et contre d’autres menaces jugées imminentes a ainsi permis aux services de justifier la nécessité de travailler ensemble et d’échanger des données sur des individus, organisations ou États perçus comme « dangereux ». L’idée, largement admise, que le partage d’informations permettrait de prévenir des attentats et autres incidents a favorisé l’essor de dispositifs de surveillance, au détriment d’un contrôle démocratique contraignant.

Un exemple de ces dynamiques est celui des partenariats noués par la National Security Agency (NSA) avec plusieurs homologues européens, qui ont permis de mettre en commun des technologies de pointe — comme l’intelligence artificielle ou encore l’analyse algorithmique — pour collecter et analyser massivement des communications privées. Le recours à ces technologies repose aussi sur des alliances étroites des agences de renseignement avec les géants du numérique, devenus des intermédiaires incontournables qui mettent, bon gré mal gré, les données de leurs consommateurs à la disposition des services de renseignement.

La solidarité et la confiance affichées ne doivent pas faire oublier que les collaborations internationales restent un univers marqué par de fortes rivalités. Les services y sont en concurrence pour accéder à l’information, pour imposer les problèmes qu’ils jugent prioritaires et, plus largement, pour occuper une position avantageuse dans des relations où tous ne disposent pas des mêmes moyens financiers, humains ou techniques. Dans ce contexte, l’espionnage entre services et autres manœuvres déloyales font aussi partie du jeu.

Ces éléments suggèrent que les alliances en matière de renseignement obéissent à leurs propres logiques plutôt qu’à une loyauté indéfectible envers l’autorité politique. C’est dans ce contexte que le renseignement militaire danois a surveillé les communications de plusieurs dirigeants politiques européens pour le compte de la NSA. Mais surtout, parce qu’ils possèdent un savoir approfondi sur les dangers qui menacent le monde, les services de renseignement s’imposent au cœur des décisions en matière de sécurité, rendant les dirigeants politiques dépendants de leur expertise.

Une continuité malgré des interférences politiques

Cela étant dit, les alliances entre services de renseignement ne sont pas étanches et peuvent faire l’objet d’interférences politiques. Si les disputes entre les services de renseignement et les professionnels de la politique ont toujours existé, l’attitude ouvertement hostile de l’internationale réactionnaire incarnée par l’administration Trump et ses partisans MAGA a fait craindre une rupture ou, du moins, une fragilisation significative de la coopération. Seulement, les discours alarmistes font souvent l’impasse sur les capacités d’adaptation et de résilience des services de renseignement.

Confrontés à un contexte politique défavorable, ils parviennent le plus souvent à retourner la situation à leur avantage et à se réorganiser habilement. Ainsi, plusieurs services de renseignement européens ont renforcé leurs échanges, évoquant même la possibilité de créer un Five Eyes européen (en référence à l’alliance réunissant les services de renseignement de l’Australie, du Canada, de la Nouvelle-Zélande, du Royaume-Uni et des États-Unis, et coopérant régulièrement avec plusieurs autres pays, essentiellement européens et asiatiques).

D’autres ont développé des cellules de veille pour mieux anticiper l’imprévisibilité de l’exécutif américain, avec des bénéfices concrets : le personnel de l’unité en charge des États-Unis à la DGSE a été augmenté, et le budget de plusieurs services européens est prévu à la hausse, tirant parti des retombées de l’augmentation des dépenses de défense.

Plus largement, l’histoire montre que les liens entre services restent solides même lorsque les gouvernements ont des positions divergentes. Au début de ce siècle, les échanges entre la DGSE et la CIA se sont poursuivis malgré les désaccords sur la guerre en Irak. Un exemple plus récent est celui du Brexit, qui n’a pas entraîné de rupture majeure dans les relations entre la police britannique et ses homologues européens, lesquels continuent d’assurer le transit d’une grande partie du renseignement.

Comme dans toute relation, il peut se manifester des signes de prudence, de méfiance, ou encore d’ambivalence. Ainsi, les services britanniques et danois ont indiqué freiner, sans pour autant interrompre complètement, leurs échanges avec leurs homologues américains, s’inquiétant des implications légales et plus largement de la politisation du renseignement américain. Irrité par les provocations répétées envers le Groenland, le service du renseignement militaire danois n’a, quant à lui, pas hésité à désigner les États-Unis comme une menace à la sécurité du pays, au même titre que la Chine et la Russie.

Pour autant, il serait faux de croire que, dans un climat apaisé, l’échange de renseignements se ferait sans restriction. Les services ne partagent pas tous leurs secrets, tout le temps et avec tout le monde. Au contraire, la retenue observée chez certains traduit plutôt une asymétrie habituelle dans les échanges qui perdure et peut être accentuée en période de turbulences.

Les signes de continuité sont bien là et rappellent une réalité essentielle : le renseignement relève avant tout des professionnels du métier, et non des politiques. Le forum de Davos a ainsi accueilli un autre rendez-vous important, celui des chefs des services de renseignement européens et anglo-saxons, dont la CIA, soucieuse de préserver ses liens avec le Vieux continent.

Trump et le « deep state » : je t’aime, moi non plus

Les réticences exprimées par plusieurs services européens s’expliquent, en partie, par la volonté de Donald Trump de démanteler le « deep state » et par ses conséquences. S’il a mis à exécution certaines de ses menaces en procédant à une vague de licenciements au sein des services de renseignement, il n’en demeure pas moins qu’ils n’ont ni disparu ni cessé de fonctionner. Dans les faits, le pouvoir exécutif reste dépendant d’eux. Les nominations de figures controversées à la tête de plusieurs agences, au détriment de fonctionnaires de carrière, répondent à une volonté d’aligner la direction sur l’agenda politique et idéologique.

Par ailleurs, l’actualité internationale montre que les services de renseignement restent essentiels à la mise en œuvre de la politique étrangère. Longtemps décriée, la CIA semble désormais être revenue dans les bonnes grâces de la Maison-Blanche, tirant profit des opportunités offertes par la lutte contre le narcotrafic et la guerre en Iran pour réaffirmer sa pertinence et utilité auprès du pouvoir politique. Autant d’éléments qui illustrent la complexité des relations entre les services de renseignement et le pouvoir politique, faites à la fois de distance et de proximité.

The Conversation

Hager Ben Jaffel ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Les coopérations entre services de renseignement européens et américains à l’épreuve de Trump – https://theconversation.com/les-cooperations-entre-services-de-renseignement-europeens-et-americains-a-lepreuve-de-trump-277878