El fenómeno de Raynaud: cuando los dedos cambian de color por culpa del frío

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Leyre Riancho Zarrabeitia, Profesor asociado ciencias de la salud, Universidad de Cantabria

Con la llegada del frío algunas personas notan que sus dedos se vuelven blancos, azulados o violáceos. Este cambio viene acompañado de una sensación de dolor u hormigueo. Si alguna vez le ha pasado algo así, probablemente padezca el fenómeno de Raynaud. Se trata de un trastorno de la circulación que afecta a los dedos de las manos y de los pies, aunque también puede aparecer en la nariz, las orejas y los labios. Pero ¿a qué se debe? ¿Debemos preocuparnos? ¿Existe algún tratamiento?

El fenómeno de Raynaud se debe a una contracción excesiva de los vasos sanguíneos de pequeño tamaño en respuesta al frío y, en ocasiones, también al estrés emocional.

Esta contracción tiene tres fases que explican los cambios de color:

  1. La primera etapa es de palidez, debida a la reducción del flujo sanguíneo (isquemia) de la zona por la contracción de los vasos sanguíneos.

  2. La segunda fase muestra una coloración azulada (cianosis). La causa está en la desoxigenación de la sangre en el área afectada, debida a la reducción del flujo sanguíneo.

  3. Y en tercer lugar llega el enrojecimiento. Se debe al aumento del flujo sanguíneo (hiperemia reactiva), porque se dilatan los vasos sanguíneos en compensación.

Por esta razón los dedos se tornarán en primer lugar blancos, posteriormente entre azules y violáceos y finalmente rojos. Sin embargo, no todo el mundo presenta esta tríada: algunas personas solo muestran dos fases de este fenómeno.

Un fenómeno raro que suele ser benigno

Entre el 3 y el 5 % de la población mundial padece el fenómeno de Raynaud. Suele ser más frecuente en mujeres y en climas fríos. En España, un estudio realizado en Valencia calculó una prevalencia del 2.8 % en varones y del 3.4 % en mujeres.

En la gran mayoría de los casos, hasta el 90 % de las veces, es un proceso benigno y no asociado a ninguna patología. Sin embargo, en algunas ocasiones puede ser un efecto secundario tras el uso de fármacos como betabloqueantes y quimioterápicos, o de drogas como las anfetaminas. También ciertos factores ambientales, como la exposición a vibraciones, se han asociado con su aparición.

En un pequeño número de ocasiones el fenómeno de Raynaud puede manifestar asimismo una enfermedad hematológica o un problema vascular subyacentes. En otros casos es la forma de presentación de algunas enfermedades reumatológicas como la esclerosis sistémica, el lupus, el síndrome de Sjogren y la artritis reumatoide.

¿Cuándo debo acudir al médico?

Cuando el fenómeno se inicia a edades más avanzadas de lo habitual –entre los 15 y los 30 años–, podemos sospechar que pueda deberse a alguna enfermedad. Si aparece a partir de la treintena, es necesario estudiar sus causas.

Existen otros factores que pueden alertarnos de que hay alguna patología asociada:

  1. La asimetría. Cuando solo están afectados uno o dos dedos o solo ocurre en una mano.

  2. La gravedad de los ataques. Cuando estos aparecen con temperaturas templadas o son muy prolongados.

  3. La presencia de úlceras o heridas en las yemas de los dedos.

En estos casos conviene acudir al médico de cabecera para descartar que estemos ante un fenómeno de Raynaud secundario, en el que existan otras enfermedades subyacentes.

¿Cómo saber si tenemos un fenómeno de Raynaud secundario?

El primer paso es que el médico nos realice un interrogatorio exhaustivo. Tras eso, algunos datos analíticos y una capilaroscopia nos pueden ayudar a entender lo que pasa.

La “capilaroscopia periungueal” es una técnica no invasiva que permite valorar con un microscopio la microcirculación del lecho ungueal –el área de la epidermis que hay bajo la uña–. Para ello se mira el número y la forma de los capilares.

Típicamente, los capilares tienen forma de horquilla. La presencia de dilataciones, tortuosidades, hemorragias y zonas avasculares nos alertarán de la posibilidad de encontrarnos ante un fenómeno de Raynaud secundario.

De igual forma, la presencia de autoanticuerpos nos harán sospechar una enfermedad reumatológica subyacente. Se trata de anticuerpos que van dirigidos contra estructuras propias en sangre, como los anticuerpos antinucleares y los anticuerpos anticentrómero y los antitopoisomerasa.

¿Cómo tratarlo?

La principal medida para controlar el fenómeno de Raynaud es minimizar la exposición al frío usando guantes y ropa cálida, así como calentadores de manos y agua caliente. También es recomendable evitar cambios bruscos de temperatura y proteger todo el cuerpo del frío, ya que la pérdida de calor general favorece la vasoconstricción periférica.

Además, hay que evitar factores agravantes como el consumo de tabaco, que también contrae los vasos sanguíneos.

El estrés emocional puede actuar asimismo como factor precipitante. Por eso, técnicas como la respiración controlada y la relajación pueden ser útiles en algunos pacientes.

En la mayoría de los casos, identificar los desencadenantes y llevar a cabo estas medidas básicas suele ser suficiente. De esta forma se evita que afecte a la calidad de vida.

En los casos en que los episodios son frecuentes o incapacitantes, por su duración o intensidad, se pueden emplear diversos fármacos vasodilatadores. Los más usados son los bloqueantes de los canales de calcio, si bien existen muchas terapias disponibles que han demostrado reducir el número y la gravedad de los ataques.

Si este es su caso, y sus dedos han empezado a ponerse blancos o azules con el frío, ya conoce la causa. Con estas medidas podrá controlar sus síntomas y disfrutar del invierno en la medida de lo posible.

The Conversation

Leyre Riancho Zarrabeitia no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El fenómeno de Raynaud: cuando los dedos cambian de color por culpa del frío – https://theconversation.com/el-fenomeno-de-raynaud-cuando-los-dedos-cambian-de-color-por-culpa-del-frio-272417

¿Escuelas especiales para niños con discapacidad? A veces, sí

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pablo Rodríguez Herrero, Profesor del Departamento de Pedagogía, Universidad Autónoma de Madrid

Bangkok Click Studio/Shutterstock

¿Es deseable y prioritario que todo el alumnado con discapacidad se integre en las mismas aulas que los demás? ¿O aprende y se desarrolla mejor, en algunos casos, en centros diseñados específicamente para sus necesidades?

El debate sobre si la educación inclusiva en escuelas ordinarias (todos los niños juntos en el mismo centro) puede convivir con la educación especial (escuelas específicas para niños con discapacidad) se ha agudizado desde que la ley educativa española estableciera la primera como la modalidad deseable y más inclusiva, instando a que “en el plazo de diez años (…), los centros ordinarios cuenten con los recursos necesarios para poder atender en las mejores condiciones al alumnado con discapacidad”.

Actualmente, el Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes está elaborando el Plan Estratégico de Educación Inclusiva 2025, que pretende concretar respuestas educativas “que garanticen el derecho a la presencia, la participación y el aprendizaje de todo el alumnado”, partiendo de la base de que “las barreras para el acceso y la participación en contextos ordinarios siguen siendo una realidad para muchos alumnos y muchas alumnas”. Este planteamiento establece, por tanto, que lo deseable para todo el alumnado es el acceso a escuelas ordinarias.

En línea con lo dispuesto en esta ley española, diversos autores y colectivos entienden la educación especial (que hasta la fecha ha sido una de las modalidades de escolarización fundamentales para el alumnado con discapacidad) como una opción segregadora. Sin embargo, ¿puede ser la educación especial pertinente para algunos alumnos, en el ejercicio de su derecho a la educación?

Del principio universal a la realidad concreta

Aunque la inclusión en escuelas ordinarias pueda parecer un principio incuestionable, la realidad de algunos alumnos y sus familias muestra que, en ocasiones, no es una prioridad para ellos.

La educación debería partir de las circunstancias concretas de cada alumno. Esto implica aceptar que, en algunos casos, el principio de educación inclusiva en escuelas ordinarias debe repensarse de forma situada y atendiendo a su singularidad.

Una aplicación rígida de la educación inclusiva podría, paradójicamente, debilitar un pilar fundamental: la atención a la diversidad. En este sentido, algunos autores afirman que en la medida en que la definición más básica de la educación es esencialmente inclusiva, debe ser precisamente diferenciadora.

Una educación inclusiva con sentido

En un estudio reciente introducimos el concepto de “educación inclusiva con sentido”. En él cuestionamos que las escuelas ordinarias sean necesariamente la mejor opción, en la práctica, para todos los alumnos con discapacidad, incluso cuando cuentan con recursos. Este concepto pretende contribuir a que se tomen decisiones sobre las modalidades de escolarización que vayan más allá de un principio establecido a priori como deseable para todos, reconociendo las tensiones existentes.

En ocasiones, y dependiendo de las circunstancias y necesidades concretas del alumnado y sus familias, la educación inclusiva en aulas ordinarias puede no ser adecuada. Factores como el cuidado de la salud física, el bienestar psicológico o la posibilidad de establecer vínculos de amistad con compañeros con intereses similares pueden hacer que la educación especial sea la opción más beneficiosa para algunos alumnos con discapacidad.

Por esta razón abogamos por una aplicación flexible de la idea de escuela inclusiva, que tenga en cuenta la diversidad real y la singularidad de cada alumno. Entender la educación especial como una opción segregadora sin más no reconoce que para algunos alumnos este tipo de modalidad es su vía de acceso a la sociedad.

Inclusión y grupos de referencia

En particular, esta reflexión es especialmente oportuna en el caso del alumnado con discapacidad intelectual y altas necesidades de apoyo. ¿Qué sentido tiene, por ejemplo, incluir a un adolescente cuyos aprendizajes realmente significativos tienen que ver con habilidades básicas de comunicación o autocuidado en un grupo de alumnos de la misma edad sin discapacidad, que se encontrarían estudiando fracciones o geometría?

Para alcanzar una educación inclusiva, la LOMLOE propone el diseño universal para el aprendizaje (DUA), que consiste en concretar metodologías didácticas que proporcionen múltiples medios de enseñanza, expresión y motivación en el alumnado. También se está promoviendo, en los últimos años, la codocencia o docencia compartida como metodología para atender a la diversidad.

Sin embargo, no se trata (sólo) de cómo enseñar y aprender, sino de los conocimientos que se adquieren. Y estos debieran estar en el campo de posibilidades de las capacidades de cada alumno y ser valiosos para ellos.

Vivencias de exclusión en la escuela inclusiva

En este sentido, ni el mejor diseño universal del aprendizaje que podamos imaginar nos ayudaría a enseñar contenidos no asimilables desde las circunstancias de los alumnos con más necesidades de apoyo.

Su incorporación en el aula ordinaria junto con otros alumnos sin discapacidad de la misma edad puede ser una forma de violencia que no tenga en cuenta sus circunstancias. Una experiencia aparentemente inclusiva puede transformarse en vivencias de exclusión. Esto ocurre cuando, por ejemplo, el alumno con discapacidad debe aprender contenidos distintos a los del resto de la clase; o salir del aula de manera frecuente, en grupos segregados.

Qué ocurre tras la etapa escolar

La educación que se recibe en la edad escolar afecta a nuestra vida adulta. En este sentido, también es necesario que nos planteemos qué aprendizajes son más útiles para una vida plena en sociedad de los estudiantes con discapacidad.

Hay experiencias en escuelas especiales que se han demostrado positivas para la inclusión social de personas con discapacidad a lo largo de la vida, gracias al aprendizaje de conocimientos relevantes y a un adecuado desarrollo psicosocial y físico.

También existen experiencias excelentes en escuelas ordinarias y otras “potencialmente excluyentes para la vida adulta, por vivencias de aislamiento, falta de amistades genuinas, etc.”

Aplicación crítica y concreta

La educación debería reconocer la singularidad sin renunciar a principios generales, asumiendo que puede haber casos para quienes la formación junto con alumnos semejantes puede ser beneficiosa y deseable. Es decir, la educación inclusiva es un principio que debe ser aplicado de manera crítica y concreta, no abstracta y teórica.

Además, la educación especial ha sido históricamente un foco de innovación y transferencia pedagógica hacia la escuela ordinaria, como muestran los inicios de Maria Montessori en su atención a niños con discapacidad o el trabajo por competencias desarrollado durante décadas en estos centros. Por ello, su existencia no supone un retroceso, sino la conservación de un recurso fundamental para la formación de muchos alumnos.

The Conversation

Pablo Rodríguez Herrero no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Escuelas especiales para niños con discapacidad? A veces, sí – https://theconversation.com/escuelas-especiales-para-ninos-con-discapacidad-a-veces-si-271024

Ukraine is under pressure to trade land for peace − if it does, history shows it might not ever get it back

Source: The Conversation – Global Perspectives – By Peter Harris, Associate Professor of Political Science, Colorado State University

An elderly Ukrainian walks through the rubble following a Russian aerial bomb strike in Donetsk Oblast. Diego Herrera Carcedo/Anadolu via Getty Images

Asked in December 2025 what the biggest sticking point was in negotiating peace in Ukraine, U.S. President Donald Trump got straight to the point: land. “Some of that land has been taken. Some of that land is maybe up for grabs,” he added.

From the very beginning of the full-scale war, Ukrainian President Volodymyr Zelenskyy has ruled out ceding territory to the invading Russians.

Yet, when the war in Ukraine finally grinds to a halt, it seems likely that Russia will, indeed, control vast portions of Ukrainian land in the south and the east – about 20% of Ukraine’s pre-2014 landmass, if today’s line of actual control is any guide.

Ukrainians have spent years trying to eject Russian forces from occupied areas in the Luhansk, Donetsk, Zaporizhzhia and Kherson administrative regions. Captured and fortified by Russia in 2014, Crimea has been mostly out of reach. But despite Kyiv’s best efforts, Russia is now poised to seize even more Ukrainian territory if the war does not end soon.

The pressure on Zelenskyy to accept some sort of territorial loss only increases with each new peace plan presented – all of which include some degree of map redrawing in Russia’s favor. And although a majority of the Ukrainian public is against the idea of exchanging land for peace, pragmatists in the West, and even some within Ukraine, accept that this will almost certainly be part of any peace deal.

But then what? If Ukraine accepts the de facto loss of its eastern oblasts as the price of peace, should this be understood by Ukrainians as a permanent or a temporary concession? If the latter, what measures – if any – exist for Ukraine to eventually restore its territorial integrity?

As an international security expert, I would argue that it’s essential that Ukrainians and their international backers have clear-eyed answers to these questions now, before a peace agreement is put in place.

Land lost forever?

History can provide a useful, if imperfect, guide to what happens when states are forced to cede territory to invaders.

Past precedent suggests Ukraine must be prepared for the worst: Occupied territories, once lost, often remain so indefinitely. This is what happened when the Soviet Union conquered the province of Karelia from Finland following the Winter War in 1939-1940. Finland tried to reclaim Karelia from Moscow via military means in the Continuation War of 1941-1944. But Finnish forces were ultimately beaten back.

A man in an army helmet stands in a trench
Finnish troops during the Continuation War.
Ullstein bild via Getty Images

In the aftermath, Moscow ordered the mass expulsion of ethnic Finns and implemented a program of political and cultural assimilation. Today, ethnic Russians make up more than 80% of Karelia’s population.

Support for reabsorbing Karelia into Finland is low. When surveyed about the idea 20 years ago, most Finns balked at the cost of integrating poor, Russian-speaking communities into their thriving nation-state.

The same could happen to the occupied territories in eastern Ukraine. Over time, Russian-controlled areas might become “Russified” to the point of no longer being recognizably Ukrainian. In Crimea since 2014, for example, Russia is thought to have moved more than 200,000 Russian citizens into the territory, in addition to expelling ethnic Ukrainians.

Even if they are not forcibly expelled, civilians in the occupied areas who are loyal to Kyiv might choose to leave, and already millions have. But doing so means abandoning property to ethnic Russians – and once property is ceded, it makes the chances of a permanent return that much harder. Ukrainians who remain will face almost certain repression.

As occupation wears on, the social and economic differences between the ceded territories and the free areas of Ukraine will likely become ever starker. And this will be especially true if Ukraine joins the European Union – something that Kyiv has long coveted and could be a sweetener to any peace deal involving land loss.

With fewer pro-European Ukrainians living there and a wider cultural divide, the prospect of reclaiming the Russian-controlled oblasts could become markedly less attractive to Ukrainians than it appears today.

Diplomacy and war: Dead ends

Still, Ukrainians might hope that they can avoid this outcome by moving swiftly to undo the occupation before it becomes irreversible. In theory, they could accomplish this one of two ways: through deal-making or through fighting. But in practice, neither is likely to work.

Examples of a negotiated, voluntary return of land are few and far between. In 1979, Egypt managed to negotiate the return of its Sinai Peninsula, which Israel had captured during the Six-Day War in 1967. Although some in Israel wanted to keep hold of the Sinai for security reasons, Israeli leaders instead decided to swap the territory in exchange for a durable peace with Egypt, a leading Arab nation, in the hope that others would follow.

The problem for Ukraine is that Kyiv has very little to offer Russia in exchange for its lost territories. If and when the present war ends, it will likely be on terms favorable to Moscow, which is why territorial concessions are on the table to begin with.

Two men in suits shake hands
President Donald Trump greets Russian President Vladimir Putin on Aug. 15, 2025, in Anchorage, Alaska.
Andrew Harnik/Getty Images

If Ukraine cannot negotiate the return of the occupied territories as part of a peace arrangement, it probably means that it will not be able to negotiate their return in the post-peace phase, either.

What about the potential to regain the occupied territories by force? Finland tried that in Karelia and failed. But other countries have been more fortunate: France regained Alsace-Lorraine from Germany after World War I, for example. But it was a reversal that took nearly 50 years to bring about – Germany had annexed the territory in the Franco-Prussian War of 1871.

Given the massive disparity in size, population and troop numbers between Russia and Ukraine, it is highly unlikely that Ukraine could reclaim the territories through war – not least of all because its international backers would very likely refuse to support Kyiv in a war of choice against nuclear-armed Russia. The task would be made harder still should Russia succeed in getting some form of Ukrainian disarmament, or a downsizing of its military, into any peace deal.

A black swan event

There is only one other set of circumstances under which territorial conquests tend to be undone in world politics: When the international system is convulsed by a major, system-level change or crisis. This might include a regional or world war, or the implosion of a great power – in this case, Russia.

This is how Czechoslovakia reclaimed the Sudetenland from Germany in 1945, China restored its control over Manchuria from Japan at the end of World War II, and the Baltic states regained their independence from the Soviet Union in 1990-1991 – not because they fought and won a narrow war of reconquest, but because their occupiers collapsed under the pressure of an external or internal crisis.

Could Russia collapse from within in the event of the death or ouster of Putin, an economic catastrophe, or some other critical development in the decades to come?

It is impossible to predict. But in the final analysis, should Ukraine be forced to accept land loss as part of any peace deal, it may require a seismic event in Russia for the territorial changes to be reversed.

The Conversation

Peter Harris is a Non-Resident Fellow with Defense Priorities.

ref. Ukraine is under pressure to trade land for peace − if it does, history shows it might not ever get it back – https://theconversation.com/ukraine-is-under-pressure-to-trade-land-for-peace-if-it-does-history-shows-it-might-not-ever-get-it-back-271609

Saudi-UAE bust-up over Yemen was only a matter of time − and reflects wider rift over vision for the region

Source: The Conversation – Global Perspectives – By Kristian Coates Ulrichsen, Fellow for the Middle East at the Baker Institute, Rice University

Supporters of the UAE-backed and recently disbanded Southern Transitional Council hold flags of the former state of South Yemen during a rally in Aden, Yemen, on Jan. 2, 2026. AP Photo

Years of simmering tensions between Saudi Arabia and the United Arab Emirates exploded into the open on Dec. 30, 2025.

That’s when Saudi officials accused the UAE of backing separatist groups in Yemen and carried out an airstrike in the southern Yemeni city of Mukalla targeting an alleged shipment of weapons from the UAE to the Southern Transitional Council, one such separatist group.

Amid a rapidly rising war of words, Saudi-backed forces in Yemen recaptured two provinces that the STC had previously taken. Continued Saudi pressure resulted in the expulsion of the STC leader, Aidarous al-Zubaidi, from the Presidential Leadership Council – an eight-strong executive body that represents Yemen’s internationally recognized government. On Jan. 7, 2026, al-Zubaidi fled Yemen. That, plus the reported disbanding of the STC, brings a dramatic end to years of UAE influence in the south and dramatically fractures the coalition against the Houthis, a rebel group that currently controls most of northern and central Yemen.

For observers of Yemen it should come as little surprise that the country is now splitting apart along the two-country axis that has defined so much of the geopolitics of the Middle East since the 2011 Arab uprisings. It continues a long-term trend away from initial alignment between Saudi Arabia and the UAE over Yemen that risks not only reigniting conflict there but exposing a deeper power struggle that could fracture the entire region.

An uneasy alignment

The Saudis and Emiratis entered the Yemen conflict in alignment, forming an Arab coalition in March 2015 to push back the advance of Houthi rebels and forces loyal to the government of ousted president Ali Abdullah Saleh.

Almost from the start, though, Riyadh and Abu Dhabi pursued different aims and objectives on the ground.

The Saudis viewed the conflict as a direct cross-border threat from the Houthis – a rebel force backed, in their view, by Iran. For the Emiratis, meanwhile, the priority was acting assertively against Islamist groups in southern Yemen.

Two men in Gulf Arab attire walk side by side.
Saudi Crown Prince Mohammed bin Salman and Abu Dhabi Crown Prince Sheikh Mohammed bin Zayed Al Nahyan walk side by side in 2021, when their countries had warmer relations.
Hamad Al Kaabi/Emirati Ministry of Presidential Affairs via AP

Initially, decision-making at the highest level of the intervening coalition in Yemen reflected a close alignment between Saudi Crown Prince Mohammed bin Salman in Riyadh and then-Crown Prince Mohammed bin Zayed in Abu Dhabi.

The two were seen as acting in lockstep in the mid-2010s across the region, including the blockade of Qatar in 2017 over the smaller Gulf state’s alleged links to terrorist groups.

From 2015 to 2018, UAE’s Mohammed bin Zayed played a key role in facilitating Mohammed bin Salman’s rapid rise to authority in Saudi Arabia.

A mentor-mentee relationship was seen by many analysts of Gulf affairs to have developed between the two as Mohammed bin Zayed, 24 years the senior, became almost a father figure to the hitherto little-known Mohammed bin Salman while singing his praises in Western capitals, including Washington, D.C.

The coalition frays

But the cozy relationship between Saudi Arabia and the UAE didn’t last.

A range of factors contributed to the cooling between the two states. These included the abrupt Emirati decision in July 2019 to withdraw its troops from the front line in the anti-Houthi struggle and refocus UAE support for local groups in southern Yemen, including the STC, which had been established in 2017 with visible Emirati backing.

Saudi officials expressed surprise at the UAE decision. From the Saudi perspective, UAE objectives in Yemen had been fulfilled after the recapture of critical southern cities, including Aden and Mukalla in 2015 and 2016.

In their reading, it was the Saudis, not the Emiratis, who were bogged down in an unwinnable campaign against the Houthis. The subsequent fraying of a power-sharing agreement between the STC and Saudi-backed government forces caused additional friction between Riyadh and Abu Dhabi.

Elsewhere, signs emerged that the Emirati leadership did not share the Saudi openness to healing the rift with Qatar – even as U.S. officials signaled frustration at a stalemate that damaged U.S. partnerships in the region and gave succor to adversaries such as Iran.

Clashing visions

As the potency of the turbulent post-Arab Spring decade ebbed, the glue that had brought Riyadh and Abu Dhabi closer together in their desire to reassert control over the post-2011 regional order weakened.

On two occasions, in November 2020 and July 2021, Emirati and Saudi officials sparred at OPEC+ meetings over preferred oil price and output levels, and in the summer of 2021 the Saudis tightened rules on what passed for tariff-free status in a move that appeared to target goods that passed through the many economic free zones in the UAE.

Also that year, Saudi officials decreed that companies wishing to do business with government agencies in the kingdom would have to locate their regional headquarters in the kingdom by 2024 – a move seemingly aimed at Dubai’s long-standing leadership in regional business circles. The launch of a new Saudi airline, Riyadh Air, and the emphasis placed in Riyadh on developing travel, tourism, entertainment and hospitality as part of its Vision 2030 plan also took aim at sectors in which the UAE has long enjoyed first-mover advantage.

However, the real significance of the Yemen bust-up is that it demonstrates the degree of divergence in Saudi and Emirati visions of regional order. The Saudi preference is for “de-risking” – that is, making the region appear safe and stable for would-be outside investors.

This fits the Saudi’s resolute focus on economic development and delivering Vision 2030.

But it clashes directly with the perceived Emirati tolerance for risk-taking in regional affairs. Abu Dhabi is widely believed to have backed armed nonstate groups in Libya and supports Sudan’s rebel Rapid Support Forces, in addition to its known links with the STC in Yemen.

Libya and Sudan were less central to Saudi security concerns, but the STC’s capture of the southeastern Yemeni provinces of Hadramout and Mahra in early December crossed Saudi red lines.

The fact that the STC advance began on Dec. 3, the day Gulf Cooperation Council leaders met for their annual summit, was also seen by Saudi policymakers as a major provocation. They assumed that the offensive must have received a green light from Abu Dhabi.

An off-ramp to tensions?

While ties are unlikely to rupture between Saudis and Emiratis in the same way they both did with Qatar in 2017, the current trajectory between these two key U.S. allies in the Middle East is not good.

There is no desire within the Gulf Cooperation Council for another such rift, and the Emirati decision to withdraw its remaining forces from Yemen and leave the STC to its own fate suggests there are still off-ramps to defuse tensions.

Yet the headstrong leaders in Riyadh and Abu Dhabi are all but certain to continue on a divergent pathway, I believe. And this could manifest in multiple ways, including growing economic competition in areas such as AI investments, where the Saudis, once again, are playing catch-up to the UAE. These are areas of competition that could only intensify as both Gulf states try to gain an advantage with a transactional Trump administration.

Given the challenges that the wide region faces – not only in Yemen but also in war-torn Gaza and Lebanon, a Syria emerging from civil conflict, and now, potentially, an Iran embroiled in protest – a fractured vision of regional order between the Gulf’s two biggest players does not bode well for the future.

The Conversation

Kristian Coates Ulrichsen does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organization that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Saudi-UAE bust-up over Yemen was only a matter of time − and reflects wider rift over vision for the region – https://theconversation.com/saudi-uae-bust-up-over-yemen-was-only-a-matter-of-time-and-reflects-wider-rift-over-vision-for-the-region-273083

Les plantes sont bien plus bavardes que vous ne le pensez

Source: The Conversation – in French – By François Bouteau, Pr Biologie, Université Paris Cité

Les plantes sont loin d’être aussi muettes que ce que l’on imagine ! Beaucoup de végétaux sont en réalité capables d’interagir entre eux et avec le reste de leur environnement. Et ces échanges façonnent et transforment activement les paysages.


On pense souvent les plantes comme des êtres silencieux, immobiles, sans intention ni action. Pourtant, de nombreuses études révèlent aujourd’hui qu’elles communiquent activement entre elles, mais aussi avec les autres êtres vivants, animaux, champignons, microorganismes. En communiquant, elles ne font pas que transmettre des informations : elles modifient les dynamiques écologiques et sont ainsi actrices des transformations de leur environnement.

Cette communication n’a rien de magique : elle repose sur des signaux principalement chimiques. Dans les faits, on peut considérer que la communication se produit lorsqu’un émetteur envoie un signal perçu par un récepteur qui, en retour, modifie son comportement. Pour communiquer, les plantes doivent donc être sensibles à leur environnement. De fait elles sont capables de percevoir de très nombreux signaux environnementaux qu’elles utilisent en tant qu’information : la lumière, l’eau, la présence de nutriments, le toucher, les attaques d’insectes ou encore la proximité d’autres plantes.

Elles savent alors ajuster leur développement : orientation des feuilles vers le soleil, développement de leurs racines vers les zones riches en nutriments ou évitement des endroits pauvres ou toxiques. Lorsqu’elles subissent l’attaque d’un pathogène, elles déclenchent des réactions chimiques qui renforcent leurs défenses ou avertissent leurs voisines du danger. Cela implique donc que les plantes sont aussi capables d’émettre des signaux compréhensibles que d’autres organismes récepteurs vont pouvoir interpréter. Ces comportements montrent une véritable capacité d’action : les plantes ne subissent pas simplement leur environnement, elles interagissent avec lui, elles vont lancer des réponses adaptées, orientées vers un but important pour elles, croître.

Parler avec des molécules

La plupart des échanges entre plantes se font notamment grâce à des composés organiques volatils. Ces molécules sont produites par les plantes et se déplacent sous forme gazeuse dans l’air ou dans le sol et peuvent ainsi véhiculer un message. Attaquée par un pathogène, une plante peut libérer des composés volatils qui alertent ses voisines. L’exemple emblématique, bien que controversé, est l’étude menée par l’équipe de Wouter Van Hoven (Université de Pretoria, Afrique du Sud, ndlr) ayant montré que les acacias soumis au broutage des koudous, une espèce d’antilope, synthétisaient des tanins toxiques et que les acacias situés quelques mètres plus loin faisaient de même.

Les chercheurs ont suggéré que les acacias broutés libéraient de l’éthylène, un composé qui induisait la synthèse de tanins chez les acacias voisins, les protégeant ainsi des koudous. Ce type d’interaction a aussi été observé chez d’autres plantes. Chez l’orge, par exemple l’émission de composés volatils permet de réduire la sensibilité au puceron Rhopalosiphum padi. Les pieds d’orge percevant ces composés peuvent activer leurs défenses avant même d’être attaqués par les pucerons.

Certains de ces composés peuvent être synthétisés spécifiquement pour attirer les prédateurs de l’agresseur. Ainsi, lorsqu’elles sont attaquées par des chenilles, certaines plantes, comme le maïs, émettent des molécules pour appeler à l’aide les guêpes prédatrices des chenilles. D’autres signaux chimiques émis dans les exsudats racinaires permettent aux plantes d’identifier leurs voisines, de reconnaître leurs parentes et d’adapter leur comportement selon le degré de parenté. Ces types d’échanges montrent que la communication végétale n’est pas un simple réflexe : elle implique une évaluation du contexte et une action ajustée.

En fonction du contexte, les plantes s’expriment différemment

Mais toutes les plantes ne communiquent pas de la même façon. Certaines utilisent des signaux dits publics, que de nombreuses espèces peuvent percevoir, ce qu’on appelle parfois l’écoute clandestine. D’autres émettent des messages dits privés, très spécifiques, compris uniquement par leurs proches ou leurs partenaires symbiotiques, c’est-à-dire des espèces avec lesquelles elles échangent des informations ou des ressources. C’est le cas lors de la mise en place des symbioses mycorhiziennes entre une plante et des champignons, qui nécessitent un dialogue moléculaire entre la plante et son partenaire fongique.

Ce choix de communication dépend donc du contexte écologique. Dans des milieux où les plantes apparentées poussent ensemble, le partage d’informations profite à tout le groupe : c’est une stratégie collective. Mais dans des milieux compétitifs, il est plus avantageux de garder les messages secrets pour éviter que des concurrentes en tirent profit. Cette flexibilité montre que les végétaux adaptent la manière dont ils transmettent l’information selon leurs intérêts.

Peut-on dire que les végétaux se parlent ?

De fait, les signaux émis par les plantes ne profitent pas qu’à elles-mêmes. Ils peuvent influencer le développement de tout l’écosystème. En attirant des prédateurs d’herbivores, en favorisant la symbiose avec des champignons ou en modulant la croissance des voisines, les plantes participent à un vaste réseau d’interactions.

La question est alors de savoir si les plantes ont un langage. Si l’on entend par là une syntaxe et des symboles abstraits, la réponse est non. Mais si on considère le langage comme un ensemble de signaux produisant des effets concrets sur un récepteur, alors oui, les plantes communiquent. Des philosophes ont recherché si des analogies avec certains aspects du langage humain pouvaient être mises en évidence.

Certains d’entre eux considèrent que la communication chez les plantes peut être considérée comme performative dans la mesure où elle ne décrit pas le monde, mais le transforme. Quand une plante émet un signal pour repousser un herbivore ou avertir ses voisines, elle n’émet pas seulement de l’information, elle agit. Ce type de communication produit un effet mesurable, ce que les philosophes du langage, dans la lignée de l’Américain John Austin, appellent un effet perlocutoire.

Les plantes façonnent activement les écosystèmes

Cette vision élargie de la communication végétale devrait transformer notre conception des écosystèmes. Les plantes ne sont pas des éléments passifs du paysage, mais des actrices à part entière, capables de transformer leur environnement à travers leurs actions chimiques, physiques et biologiques.

Ces découvertes ouvrent des perspectives pour une agriculture durable : en comprenant et en utilisant la communication des plantes, il devient possible de renforcer leurs défenses sans pesticides, grâce à des associations de cultures ou à des espèces sentinelles qui préviennent les autres du danger. La question des paysages olfactifs est aussi un sujet émergent pour la gestion des territoires.

Pour cela il faut que s’installe un nouveau regard sur le comportement végétal. En effet, pendant des siècles, on a cru que les plantes étaient dénuées de comportement, de mouvement ou de décision. Darwin avait déjà observé, au XIXe siècle, qu’elles orientaient leurs organes selon la lumière, la gravité ou le contact. Aujourd’hui, on sait qu’elles peuvent aussi mémoriser certaines expériences et réagir différemment à un même signal selon leur vécu. Certains chercheurs utilisent des modèles issus de la psychologie et de la théorie de l’information pour étudier la prise de décision chez les plantes : perception d’un signal, interprétation, choix de réponse, action.

Repenser la hiérarchie du vivant

Au-delà de la communication, certains chercheurs parlent désormais d’agentivité végétale, c’est-à-dire la capacité des plantes à agir de façon autonome et efficace dans un monde en perpétuel changement. Reconnaître cette agentivité change profondément notre rapport au vivant. Les plantes ne sont pas de simples organismes passifs : elles perçoivent, décident et agissent, individuellement et collectivement. Elles modifient les équilibres écologiques, influencent les autres êtres vivants et participent activement à la dynamique du monde.

L’idée d’agentivité végétale nous invite à abandonner la vision hiérarchique du vivant héritée d’Aristote, qui place l’être humain tout en haut d’une pyramide d’intelligence. Elle nous pousse à reconnaître la pluralité des formes d’action et de sensibilité dans la nature. Comprendre cela, c’est aussi repenser notre propre manière d’habiter la terre : non plus comme des maîtres du vivant, mais comme des partenaires d’un vaste réseau d’êtres vivants où tous sont capables de sentir, d’agir et de transformer leur environnement.

The Conversation

François Bouteau ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Les plantes sont bien plus bavardes que vous ne le pensez – https://theconversation.com/les-plantes-sont-bien-plus-bavardes-que-vous-ne-le-pensez-271783

Répression en Iran : pourquoi les forces de sécurité visent les yeux des manifestants

Source: The Conversation – in French – By Firouzeh Nahavandi, Professeure émérite, Université Libre de Bruxelles (ULB)

En Iran, les manifestants, et spécialement les manifestantes, font l’objet d’une répression extrêmement violente, avec cette spécificité que les tirs prennent souvent pour cible leurs yeux. En aveuglant l’« ennemi » qui ose les contester, les autorités inscrivent leur action dans la longue histoire du pays.


Au cours des mobilisations iraniennes de ces dernières années, et plus encore depuis celles du mouvement Femme, Vie, Liberté déclenché en 2022, la fréquence élevée de blessures oculaires infligées aux manifestants interpelle les observateurs. Femmes, jeunes, étudiants, parfois simples passants, perdent un œil – voire la vue – à la suite de tirs de chevrotine ou de projectiles à courte distance. Une pratique des forces de sécurité que l’on observe de nouveau actuellement : l’avocate Shirin Ebadi, prix Nobel de la paix en 2003, a ainsi estimé ce 9 janvier que depuis le début des protestations en ce début d’année, « au moins 400 personnes auraient été hospitalisées à Téhéran pour des blessures aux yeux causées par des tirs ».

Ces violences ne relèvent pas de simples bavures. Elles s’inscrivent dans une logique politique qui trouve un écho dans l’histoire longue du pouvoir en Iran, où viser les yeux signifie symboliquement retirer à la victime toute capacité d’existence politique.

Le regard comme attribut du pouvoir

Dans la culture politique iranienne prémoderne, le regard est indissociable de l’autorité. Voir, c’est savoir ; voir, c’est juger ; voir, c’est gouverner. Cette conception traverse la littérature et l’imaginaire politiques iraniens. À titre d’exemple, dans le Shahnameh (Livre des rois), de Ferdowsi (Xe siècle), la cécité constitue un marqueur narratif de déchéance politique et cosmique : elle signale la perte du farr (gloire divine), principe de légitimation du pouvoir, et opère comme une disqualification symbolique durable de l’exercice de la souveraineté. Être aveuglé, c’est être déchu.

Dans le Shahnameh, l’aveuglement d’Esfandiyar par Rostam constitue une scène fondatrice de l’imaginaire politique iranien : en visant les yeux, le récit associe explicitement la perte de la vue à la disqualification du pouvoir et à la fin de toute prétention souveraine.

Rustam aveugle Esfandiar avec une flèche (gouache opaque et or sur papier), non daté. Cliquer pour zoomer.
San Diego Museum of Art/Bridgeman Images

Historiquement, l’aveuglement a été utilisé comme instrument de neutralisation politique. Il a permis d’écarter un rival – prince ou dignitaire – sans verser le sang, acte considéré comme sacrilège lorsqu’il touchait les élites. Un aveugle n’était pas exécuté : il était rayé de l’ordre politique.

Le chah Abbas Iᵉʳ (au pouvoir de 1587 à sa mort en 1629) fait aveugler plusieurs de ses fils et petits-fils soupçonnés de complot ou susceptibles de contester la succession.

En 1742, Nader Shah ordonne l’aveuglement de son fils et héritier Reza Qoli Mirza, acte emblématique des pratiques de neutralisation politique dans l’Iran prémoderne.

De l’aveuglement rituel à l’aveuglement sécuritaire : pourquoi les forces de sécurité iraniennes visent-elles si souvent les yeux des manifestants ?

La République islamique ne revendique pas l’aveuglement comme châtiment. Mais la répétition massive de blessures oculaires lors des répressions contemporaines révèle une continuité symbolique.

Autrefois rare, ciblé et assumé, l’aveuglement est aujourd’hui diffus, nié par les autorités, produit par des armes dites « non létales » et rarement sanctionné.

La fonction politique demeure pourtant comparable : neutraliser sans tuer, marquer les corps pour dissuader, empêcher toute réémergence de la contestation.

Dans l’Iran contemporain, le regard est devenu une arme politique. Les manifestants filment, documentent, diffusent. Les images circulent, franchissent les frontières et fragilisent le récit officiel. Toucher les yeux, c’est donc empêcher de voir et de faire voir : empêcher de filmer, d’identifier, de témoigner.

La cible n’est pas seulement l’individu, mais la chaîne du regard reliant la rue iranienne à l’opinion publique internationale.

Contrairement à l’aveuglement ancien, réservé aux élites masculines, la violence oculaire actuelle frappe majoritairement des femmes et des jeunes. Le regard féminin, visible, autonome, affranchi du contrôle idéologique, devient politiquement insupportable pour un régime fondé sur la maîtrise du corps et du visible.

Un continuum de violences visibles

La répression actuelle, qui fait suite aux protestations massives déclenchées fin décembre 2025, s’est intensifiée avec une coupure d’Internet à l’échelle nationale, une tentative manifeste d’entraver la visibilité des violences infligées aux manifestants.

Des témoignages médicaux et des reportages indépendants décrivent des hôpitaux débordés par des cas de traumatismes graves – notamment aux yeux – alors que l’usage croissant d’armes à balles réelles contre la foule est documenté dans plusieurs provinces. Ces blessures confirment que le corps, et particulièrement la capacité de voir et de documenter, reste une cible centrale du pouvoir répressif.

Au-delà des chiffres, les récits des victimes féminines racontent une autre dimension de ces pratiques contemporaines. Alors que la société iranienne a vu des femmes à la pointe des mobilisations depuis la mort de Mahsa Jina Amini en 2022 – dont certaines ont été aveuglées intentionnellement lors des manifestations –, ces blessures symbolisent à la fois l’effort du pouvoir pour effacer le regard féminin autonome, source de menace politique, et la résistance incarnée par des femmes blessées mais persistantes, dont les visages mutilés circulent comme des preuves vivantes de répression.

L’histoire ne se limite donc pas à un passé lointain de neutralisation politique : elle imprègne l’expérience corporelle des femmes aujourd’hui, où l’atteinte à l’œil se lit à la fois comme une violence instrumentale et un signe que la lutte politique se joue aussi sur le champ visuel.

Le corps comme dernier champ de souveraineté

La République islamique a rompu avec le sacré monarchique, mais elle a conservé un principe ancien : le corps comme lieu d’inscription du pouvoir. Là où le souverain aveuglait pour protéger une dynastie, l’État sécuritaire mutile pour préserver sa survie.

Cette stratégie produit toutefois un effet paradoxal. Dans l’Iran ancien, l’aveuglement faisait disparaître politiquement. Aujourd’hui, il rend visible la violence du régime. Les visages mutilés circulent, les victimes deviennent des symboles et les yeux perdus témoignent d’une crise profonde de légitimité.

L’histoire ne se répète pas, mais elle survit dans les gestes. En visant les yeux, le pouvoir iranien réactive une grammaire ancienne de domination : empêcher de voir pour empêcher d’exister politiquement.

The Conversation

Firouzeh Nahavandi ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Répression en Iran : pourquoi les forces de sécurité visent les yeux des manifestants – https://theconversation.com/repression-en-iran-pourquoi-les-forces-de-securite-visent-les-yeux-des-manifestants-273244

Le plurilinguisme à l’école : une richesse invisible à reconnaître

Source: The Conversation – in French – By Sophie Othman, Maître de conférences, Centre de Linguistique Appliquée – CLA, Université Marie et Louis Pasteur (UMLP)

En France, près d’un élève sur cinq entend régulièrement une autre langue que le français à la maison. Or l’école peine encore à reconnaître et à valoriser cette richesse qui constitue, selon la recherche, un atout pour le développement des enfants et des adolescents en général.


Dans de nombreuses familles, les élèves grandissent avec une ou plusieurs langues autres que le français. À la maison, on parle arabe, chinois, créole, lingala, polonais, portugais, tamoul, turc. Cette diversité linguistique fait pourtant rarement l’objet d’une reconnaissance explicite à l’école, où les langues familiales demeurent largement invisibles, voire sont perçues comme un obstacle aux apprentissages.

Selon les estimations de l’Insee et du ministère de l’éducation nationale, près d’un élève sur cinq entend régulièrement une autre langue que le français à la maison. Pourtant, très peu d’établissements proposent des activités d’éveil aux langues. Ce décalage contribue, chez certains enfants, à l’intériorisation de l’idée que leur langue d’origine serait illégitime ou sans valeur scolaire.

Cette invisibilisation peut fragiliser le rapport à l’école, à l’apprentissage et parfois à la société elle-même. Dès lors, une question s’impose : comment mieux reconnaître cette richesse linguistique et en faire un levier éducatif au service de tous les élèves ?

Le plurilinguisme, un atout pour grandir

L’école républicaine française s’est historiquement construite autour d’un modèle linguistique centralisé. Cette priorité accordée au français s’est traduite par une longue marginalisation des langues autres que le français, qu’il s’agisse des langues régionales (occitan, breton, alsacien…) ou des langues de familles issues de l’immigration. Cette dynamique a durablement influencé les représentations et les pratiques scolaires en France, au détriment de la diversité linguistique des élèves.

Or, la recherche en didactique et sociolinguistique est claire : loin de nuire à l’apprentissage du français, le maintien et la valorisation des langues d’origine favorisent le développement cognitif, la réussite scolaire et la confiance en soi.

Les neurosciences confirment d’ailleurs que les enfants plurilingues développent plus tôt certaines capacités d’attention et de flexibilité mentale. En valorisant leurs langues, on reconnaît non seulement leurs compétences, mais aussi leur identité, ce qui renforce leur motivation et leur rapport à l’école.

Accueillir d’autres langues à l’école : l’exemple suisse

Le rapport aux langues à l’école n’est pourtant pas le même partout. Dans d’autres pays européens, la diversité linguistique est pensée comme une composante ordinaire de la scolarité. C’est le cas de la Suisse, pays voisin où le français est également langue de scolarisation, mais où le plurilinguisme constitue un principe structurant du système éducatif.

Ainsi, certains cantons reconnaissent officiellement les cours de langue et culture d’origine comme complémentaires à la scolarité. Même lorsqu’ils se déroulent en dehors du temps strictement scolaire, ces enseignements s’inscrivent dans une politique linguistique cohérente, qui reconnaît la pluralité des répertoires des élèves.

En Allemagne, au Canada ou encore au Luxembourg, des dispositifs similaires existent depuis longtemps. La France ne pourrait-elle pas s’en inspirer ?

La notion de « neutralité linguistique » en France

La frilosité française face à la reconnaissance des langues familiales à l’école tient d’abord à l’héritage du modèle scolaire républicain. Depuis la fin du XIXᵉ siècle, l’école française s’est construite comme un espace d’unification linguistique, où le français est à la fois langue d’enseignement, langue de la citoyenneté et symbole de cohésion nationale. Cette orientation s’est accompagnée d’une mise à distance progressive des autres langues présentes sur le territoire, notamment les langues régionales.

La notion de « neutralité linguistique » permet de décrire ce modèle, même si elle ne constitue pas une expression institutionnelle officielle. Elle est mobilisée par les chercheurs pour qualifier une conception de l’école pensée comme linguistiquement homogène, afin d’éviter toute différenciation perçue comme communautaire. Cette approche a été largement analysée, notamment par Philippe Blanchet, qui montre comment l’unification linguistique a longtemps été considérée comme une condition de l’égalité républicaine.

À cette dimension historique s’ajoute une crainte politique persistante. La question des langues demeure étroitement liée à celle de l’intégration et de l’identité nationale, notamment dans les rapports consacrés à l’éducation plurilingue publiés en 2018 par le Conseil de l’Europe.

Cette institution rappelle pourtant que l’école peut prendre en compte l’ensemble des langues présentes, qu’il s’agisse des langues de scolarisation, des langues familiales, des langues régionales ou des langues étrangères, sans les opposer entre elles.

Il existe enfin des freins plus pratiques. De nombreux enseignants déclarent manquer de formation pour intégrer la diversité linguistique dans leurs pratiques quotidiennes, tandis que les dispositifs institutionnels restent souvent limités ou peu lisibles. Les ressources existent, mais elles sont parfois méconnues ou insuffisamment soutenues sur les plans financier et organisationnel, comme le souligne le Conseil scientifique de l’éducation nationale (CSEN) dans sa synthèse consacrée au bilinguisme et au plurilinguisme à l’école (2023).

La diversité linguistique facteur d’équilibre social

Dans ce contexte, les travaux de Jean-Claude Beacco, chercheur spécialiste des politiques linguistiques et de l’éducation plurilingue, apportent un éclairage essentiel. Pour lui, la diversité linguistique doit être pensée comme une composante de la diversité culturelle, au même titre que la biodiversité dans le domaine écologique.

Reconnaître les langues des élèves ne vise pas uniquement à améliorer les apprentissages, mais participe plus largement à un équilibre social fondé sur la reconnaissance des différences.

Beacco souligne que l’éducation plurilingue constitue un véritable projet citoyen : elle développe la capacité à comprendre l’altérité, à comparer les points de vue et à dialoguer dans des sociétés marquées par la mobilité et la diversité. En mobilisant les langues comme ressources cognitives et culturelles, l’école ne fragilise pas le français ; elle renforce au contraire la compétence à communiquer, à apprendre et à vivre ensemble. Dans cette perspective, l’éducation plurilingue concerne l’ensemble des élèves, appelés à évoluer dans des sociétés de plus en plus interconnectées.

Repenser l’enseignement : du français « seul » au français en dialogue

Dans différentes écoles, des enseignants mettent en place des pratiques qui invitent les élèves à mobiliser les langues parlées dans leur famille : présentation de mots du quotidien, comptines, récits, recettes ou expressions culturelles. Ces activités, documentées dans de nombreux travaux en didactique des langues, ne relèvent pas de l’anecdotique : elles favorisent la coopération entre élèves et contribuent au développement de compétences interculturelles, tout en renforçant l’engagement dans les apprentissages.

Ces pratiques ont notamment été observées dans des projets d’éveil aux langues menés à l’école primaire, approche didactique développée notamment par le chercheur en linguistique Michel Candelier, qui vise à familiariser les élèves avec la diversité linguistique sans enseigner ces langues. Les enseignants rapportent que la mise en circulation des langues familiales transforme les dynamiques de classe. Comme le résume une professeure de CM2 interrogée dans une étude qualitative :

« Quand un élève m’explique un mot en arabe ou en portugais, c’est tout le groupe qui apprend. Le français devient alors un lieu de partage, pas de hiérarchie. »

Ces témoignages rejoignent les propositions formulées par Jean-Claude Beacco, qui invite à aller plus loin en intégrant les comparaisons entre langues au cœur des apprentissages. Concrètement, il s’agit par exemple de comparer la manière dont différentes langues expriment le pluriel, l’ordre des mots dans la phrase, la formation des temps verbaux ou encore les systèmes d’écriture. Un travail sur les accords en français peut ainsi s’appuyer sur les langues connues des élèves pour mettre en évidence similitudes et différences, et développer une réflexion sur le fonctionnement du langage.

Ces activités renforcent la conscience métalinguistique des élèves et montrent que l’on peut apprendre le français en s’appuyant sur les autres langues. L’éducation plurilingue ne se limite donc pas à l’accueil des élèves allophones : elle concerne l’ensemble des élèves et peut irriguer toutes les disciplines, en développant des compétences d’analyse, de comparaison et de mise à distance, essentielles à la réussite scolaire.


Cet article est publié en partenariat avec la Délégation générale à la langue française et aux langues de France du ministère de la culture.

The Conversation

Sophie Othman ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Le plurilinguisme à l’école : une richesse invisible à reconnaître – https://theconversation.com/le-plurilinguisme-a-lecole-une-richesse-invisible-a-reconnaitre-266693

Accord de Paris : dix ans d’engagements, un écart climatique persistant

Source: The Conversation – in French – By Rachida Bouhid, Ph.D Scholar, Université du Québec à Montréal (UQAM)

Dix ans après l’Accord de Paris, les bilans climatiques sont clairs : l’écart entre promesses des États et trajectoire scientifique ne se referme pas. Il s’est institutionnalisé.

Le 12 décembre 2015, à l’issue de la COP21, l’Accord de Paris était adopté par consensus, marquant un tournant majeur dans la gouvernance climatique internationale. Pour la première fois, tous les États s’engageaient à contenir le réchauffement climatique bien en dessous de 2 °C et à poursuivre les efforts pour le limiter à 1,5 °C par rapport aux niveaux préindustriels.

Le Rapport 2025 de l’écart des émissions du programme des Nations unies pour l’environnement (UNEP), publié en guise d’évaluation de la mise en œuvre de l’Accord de Paris dix ans après son adoption, indique que les engagements climatiques actuels des États conduisent toujours à un réchauffement largement supérieur aux seuils fixés en 2015.

Le rapport précise que, même si tous les engagements actuels des États étaient pleinement mis en œuvre, le monde se dirigerait vers un réchauffement de l’ordre de 2,3 °C à 2,5 °C d’ici la fin du siècle, et jusqu’à environ 2,8 °C si l’on se base uniquement sur les politiques actuellement en place, toujours loin des objectifs de 1,5 °C de l’Accord de Paris.

Malgré certaines améliorations marginales par rapport aux réalisations antérieures, l’écart entre les niveaux d’émission observés et ceux compatibles avec les objectifs climatiques demeure considérable.

Cet état des lieux fait écho à mes travaux doctoraux, qui portent sur l’institutionnalisation des politiques climatiques. Ils analysent plus particulièrement le rôle de l’économie circulaire dans l’évolution des niveaux d’émissions et des cadres d’action territoriale, inscrits dans le prolongement direct des débats ouverts par l’Accord de Paris.




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Des objectifs connus, une action politique insuffisante

Les analyses publiées fin 2025 soulignent que cet écart ne résulte pas d’un manque de connaissances scientifiques. Une publication annuelle de la Convention-cadre des Nations unies sur les changements climatiques rappelle que les conditions nécessaires pour limiter le réchauffement sont identifiées depuis plusieurs années et exigent une réduction rapide, profonde et soutenue des émissions mondiales dès la première décennie.

Cependant l’architecture même de l’Accord de Paris contribue à la difficulté de traduire ces exigences en action concrète. Fondé sur des contributions déterminées au niveau national définies volontairement par les États, l’accord ne prévoit ni sanctions formelles ni mécanismes contraignants en cas de non-respect.

Cette souplesse institutionnelle a permis une adhésion quasi universelle, mais elle limite fortement la capacité du régime climatique international à assurer un alignement effectif entre engagements politiques et impératifs scientifiques.

Une dépendance persistante aux énergies fossiles

La dépendance persistante des économies mondiales aux énergies fossiles est un autre facteur central sur lequel convergent les bilans de 2025. Le Emissions Gap Report 2025, de l’UNEP, souligne que, malgré les engagements pris dans le cadre de l’Accord de Paris, de nombreux États continuent de soutenir le développement de nouvelles infrastructures liées au charbon, au pétrole ou au gaz, compromettant les objectifs de long terme.

Cette contradiction structurelle entre discours climatiques et décisions économiques demeure l’un des principaux freins à la réduction effective des émissions. Les progrès technologiques réalisés depuis 2015, notamment dans le domaine des énergies renouvelables, ne suffisent pas à compenser des choix d’investissement qui prolongent les dépendances carbonées et verrouillent les systèmes énergétiques.

Dix ans après Paris, des avancées réelles, mais fragmentées

Les bilans publiés en 2025 à l’occasion du dixième anniversaire de l’Accord de Paris reconnaissent néanmoins plusieurs avancées. Le think tank britannique Energy & Climate Intelligence souligne dans une récente analyse qu’une part croissante des émissions mondiales est désormais couverte par des engagements de neutralité carbone, signe d’une diffusion progressive des objectifs climatiques fixés en 2015.

De son côté, le média spécialisé Climate Change News, à l’occasion de cet anniversaire, met en évidence une hausse marquée des investissements dans les technologies bas carbone au cours de la dernière décennie, même si ces évolutions restent insuffisantes pour aligner l’action climatique mondiale avec les exigences scientifiques.

Ces progrès restent fragmentés et inégalement répartis. Les mêmes bilans susmentionnés soulignent que l’agrégation des engagements nationaux actuels ne permet toujours pas de respecter les seuils climatiques établis par la science. Le problème n’est donc pas l’absence d’initiatives, mais leur manque de cohérence systémique, leur portée limitée et la lenteur de leur mise en œuvre.

Des impacts déjà visibles et des inégalités persistantes

Pendant que les émissions demeurent à des niveaux incompatibles avec les objectifs climatiques, les impacts du changement climatique s’intensifient. Les différents bilans montrent que la dernière décennie a été marquée par une augmentation significative des événements climatiques extrêmes, en particulier des vagues de chaleur, dont la fréquence et l’intensité se sont accrues dans la plupart des régions du monde.

Ces évolutions mettent également en lumière les limites de l’Accord de Paris en matière de justice climatique. Les populations les moins responsables des émissions historiques restent les plus exposées aux conséquences du changement climatique, avec des capacités d’adaptation souvent limitées. Selon Oxfam, ces populations continuent de disposer de peu de moyens pour renforcer leurs infrastructures, leurs systèmes de santé ou leur protection sociale, en raison d’accès restreint au financement climatique dédié à l’adaptation.

Dix ans après l’Accord de Paris, les mécanismes de soutien aux pertes et dommages — destinés à compenser les impacts irréversibles du changement climatique dans les pays les plus vulnérables —, bien que reconnus politiquement, demeurent encore insuffisamment opérationnels.


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Dix ans après, l’enjeu de l’alignement

Le constat est désormais évident. Les émissions mondiales demeurent incompatibles avec les objectifs climatiques définis par la science. Cet écart ne reflète pas un déficit de connaissances, mais une insuffisance de transformations économiques, politiques et institutionnelles.

Le Canada illustre ces tensions. L’écart est persistant entre les engagements climatiques du pays et ses résultats effectifs en matière de réduction des émissions. Malgré l’adoption de politiques climatiques et l’affirmation d’objectifs ambitieux, la dépendance aux hydrocarbures, notamment aux sables bitumineux, continue de peser sur la crédibilité climatique du pays dans le cadre de l’accord. La signature, en 2025, d’un mémorandum d’entente entre le premier ministre Mark Carney et la première ministre de l’Alberta pour un nouveau pipeline pétrolier illustre des compromis politiques favorables aux hydrocarbures, au détriment d’un alignement clair avec les objectifs internationaux.

À l’entrée dans la seconde décennie de mise en œuvre de l’Accord de Paris, l’enjeu central n’est donc plus la définition des objectifs puisque la science les a clairement établis, mais l’alignement effectif des décisions publiques et privées avec ces exigences. Sans cet alignement, l’accord risque de rester un cadre de référence symbolique plutôt qu’un levier réel de transformation climatique.

La Conversation Canada

Rachida Bouhid ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Accord de Paris : dix ans d’engagements, un écart climatique persistant – https://theconversation.com/accord-de-paris-dix-ans-dengagements-un-ecart-climatique-persistant-271574

La Terre du Milieu de Tolkien, un lieu imaginaire pour repenser notre rapport à la nature

Source: The Conversation – France (in French) – By Véronique André-Lamat, Professeure de Géographie, Centre national de la recherche scientifique (CNRS)

La Terre du Milieu. Léa Dutemps, Fourni par l’auteur

L’écrivain anglais J. R. R. Tolkien (1892-1973) était un cartographe de l’imaginaire. Dans le Seigneur des anneaux (1954-1955), il invente un monde dans lequel la frontière entre humanité et animalité est floue. Ses cartes de la Terre du Milieu construisent la cohérence spatiale et la densité narrative de la quête de la Communauté de l’anneau. Montagnes, forêts, rivières y constituent tantôt des épreuves spatiales, tantôt des espaces protecteurs ou de refuge. La géographie y structure le récit et façonne la fiction.


Les mondes imaginaires sont performatifs. Ils se nourrissent du réel dans une projection fictionnelle tout en l’interrogeant. Le Seigneur des anneaux n’y fait pas exception, nous invitant à réfléchir à nos liens avec la nature, à reconnaître sa valeur intrinsèque et à dépasser une conception dualiste opposant nature et culture, ne lui accordant qu’une valeur d’usage ou de ressource, à nous engager dans une éthique environnementale.

En suivant la Communauté, métissée, sur les chemins, parfois de traverse, les menant vers le mont Destin, nous sommes confrontés à différentes manières d’habiter et de transformer la nature : utopies rurales, zones industrieuses, refuges écologiques et lieux symboliques où des choix engagent l’avenir du monde. La fiction devient un outil pour questionner le réel, interroger nos pratiques et réfléchir aux enjeux environnementaux contemporains dans une ère désormais anthropocénique.

Le mont Destin.
Léa Dutemps, Fourni par l’auteur

Habiter (avec) le monde : utopies rurales et résistance

La Comté repose sur un système agraire vivrier de polycultures fondé sur de petites exploitations familiales où le tabac réputé n’est que peu exporté. Les Hobbits vivent en autarcie et habitent littéralement une nature jardinée, dans des terriers. Le bocage, les prairies forment un maillage qui limite l’érosion et protège la biodiversité et organisent un territoire où nature et société coexistent harmonieusement. Cet idéal préindustriel s’éteint peu à peu dans le monde occidental moderne où une agriculture intensive et centralisée s’est imposée pour devenir norme sur un territoire remembré.

La Comté.
Léa Dutemps, Fourni par l’auteur

La forêt de Fangorn, elle, représente une nature qui résiste à la manière d’une zone à défendre (ZAD). Les Ents, gestionnaires du peuplement forestier, incarnent des arbres doués de parole, capables de révolte. Ils refusent la domination humaine fermant les sentiers d’accès avant de s’engager dans une guerre contre l’industrialisation menée par Saroumane en Isengard. Le chantier stoppé de l’autoroute A69 témoigne de la façon dont la nature peut parfois aujourd’hui par elle-même poser des limites aux projets d’aménagement voulus par l’humain.

La Lothlórien, enfin, symbolise une écotopie, un espace préservé du temps et des pressions humaines, où nature, société et spiritualité vivent en harmonie. La réserve intégrale de la forêt de la Massane, les forêts « sacrées » d’Afrique de l’Ouest ou celles du nord de la Grèce (massif du Pindes) font écho à cet idéal. Pensées comme des écosystèmes dont les dynamiques naturelles sont respectées et où l’intervention humaine contrôlée se fait discrète, elles permettent d’observer et de suivre les espèces, la régénération spontanée des habitats et leur résilience. Mais à l’image de la Lothlórien, un tel système de gestion reste spatialement rare, fragile. Il nécessite de construire la nature comme bien commun dont l’accès et l’usage sont acceptés par les communautés qui cohabitent avec ces espaces forestiers.

La Lothlórien.
Léa Dutemps, Fourni par l’auteur

Ces trois types de territoires montrent qu’habiter le monde n’est pas simplement occuper, encore moins s’approprier, un espace de nature mais engager un dialogue avec lui, considérer qu’il a une valeur par lui-même, juste parce qu’il existe, et pas uniquement en tant que ressource. Il s’agit alors de cohabiter dans des interactions où chaque existant prend soin de l’autre.

Exploiter une nature ressource : de l’artificialisation à la destruction

La transformation des espaces de nature, comme le montre Tolkien, peut aussi répondre à une logique d’exploitation intensive, la nature offrant des ressources permettant d’asseoir la domination des humains sur la nature comme sur d’autres humains. Il ne s’agit plus d’envisager une cohabitation être humain/nature mais d’asservir la nature par la technique.

Isengard, le territoire de Saroumane au sud des monts Brumeux, contrôlé par la tour d’Orthanc, incarne la transformation radicale du milieu par et pour l’industrie ; une industrie dont la production d’Orques hybrides, sorte de transhumanisme appliqué à la sauvagerie, vise à renforcer le pouvoir de Saroumane et construire son armée pour prendre le contrôle d’autres territoires. La forêt est rasée, les fleuves détournés, le paysage mécanisé, dans l’unique but d’alimenter l’industrie. Les champs d’exploitation des schistes bitumineux en Amérique du Nord montrent à quel point l’exploitation de la nature peut détruire des paysages, polluer une nature qui devient impropre et dont les fonctions et services écosystémiques sont détruits).

La tour d’Orthanc.
Léa Dutemps, Fourni par l’auteur

La Moria, ancien royaume florissant du peuple Nain, est l’exemple de l’issue létale de la surexploitation d’une ressource naturelle. Si le mithril, minerai rare de très grande valeur a construit la puissance du royaume Nain, son exploitation sans cesse plus intense, vidant les profondeurs de la terre, va conduire à l’effondrement de la civilisation et à l’abandon de la Moria. Ce territoire minier en déshérence fait écho aux paysages des régions du Donbass par exemple, qui conservent aujourd’hui encore les traces visibles de décennies d’extraction charbonnière : galeries effondrées, sols instables et villes partiellement abandonnées.

Lieux de rupture et enjeux planétaires

On trouve enfin chez Tolkien une mise en scène d’espaces qui représentent des lieux de bascule pour l’intrigue et l’avenir du monde, en l’occurrence la Terre du Milieu.

Le « bourg-pont » de Bree, zone frontière matérialisée par une large rivière, marque la limite entre l’univers encore protégé, presque fermé, de la Comté et les territoires marchands de l’est, ouverts et instables. Mais Bree est aussi un carrefour dynamique, lieu d’échanges où circulent et se rencontrent des personnes, des biens et des récits. Un carrefour et une frontière où toutefois la tension et la surveillance de toutes les mobilités sont fortes.

La Moria.
Léa Dutemps, Fourni par l’auteur

Lieu de transition, symbolisant à la fois ouverture et fermeture territoriales, Bree est un point de bascule dans le récit où convergent et se confrontent des personnages clés de l’intrigue (les Hobbits, Aragorn, les cavaliers noirs de Sauron), les figures du Bien et du Mal autour desquelles vont se jouer l’avenir de la Terre du Milieu. Comme Bree, Calais est un point de friction entre un espace fermé (les frontières britanniques) et un espace ouvert où s’entremêlent société locale, logiques nationales et transnationales, mais où les circulations sont de plus en plus contrôlées.

Enfin, la montagne du Destin, volcan actif, incarne le lieu de rupture ultime, celui où le choix d’un individu, garder l’anneau pour lui seul dans un désir de pouvoir total ou accepter de le détruire, a des conséquences majeures pour toute la Terre du Milieu. Certains espaces jouent un rôle similaire sur notre terre. La fonte du permafrost sibérien ou de l’inlandsis antarctique pourrait libérer d’immenses quantités de carbone pour l’un, d’eau douce pour l’autre, accélérant le dérèglement climatique et la submersion de terres habitées.

Ces lieux où des actions localisées peuvent déclencher des effets systémiques globaux, au-delà de tout contrôle, concentrent ainsi des enjeux critiques, écologiques, géopolitiques ou symboliques.

La fiction constitue un puissant vecteur de réflexion quant à notre responsabilité collective dans la gestion de la nature, quant à nos choix éthiques et politiques dans la manière d’habiter la Terre en tant que bien commun et ainsi éviter d’atteindre un point de bascule qui sera celui d’un non-retour.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

ref. La Terre du Milieu de Tolkien, un lieu imaginaire pour repenser notre rapport à la nature – https://theconversation.com/la-terre-du-milieu-de-tolkien-un-lieu-imaginaire-pour-repenser-notre-rapport-a-la-nature-272085

La bulle de l’IA n’a rien de nouveau : Karl Marx en a expliqué les mécanismes, il y a près de 150 ans

Source: The Conversation – France (in French) – By Elliot Goodell Ugalde, PhD Candidate, Political Economy, Queen’s University, Ontario

Le secteur de l’IA est en plein essor, mais une grande partie des investissements relève de la spéculation.
Saradasish Pradhan/Unsplash, CC BY

L’explosion des investissements dans l’intelligence artificielle révèle, comme l’avait décrit Marx, d’une difficulté structurelle du capitalisme à absorber ses propres excédents, au prix d’une financiarisation accrue et de fragilités économiques croissantes.


Lorsque Sam Altman, patron d’OpenAI, a déclaré plus tôt cette année à des journalistes à San Francisco que le secteur de l’intelligence artificielle (IA) était en train de former une bulle, le marché technologique états-unien a réagi presque instantanément. Combinée au fait que 95 % des projets pilotes en IA échouent, sa remarque a été perçue par les traders comme un signal d’alerte plus large. Même si Altman visait spécifiquement les start-ups non cotées plutôt que les grands groupes en Bourse, certains semblent y avoir vu une évaluation de l’ensemble du secteur.

Le milliardaire de la tech Peter Thiel (NDT : un proche de Donald Trump) a par exemple vendu ses actions Nvidia, tandis que l’investisseur américain Michael Burry – rendu célèbre par The Big Shorta parié des millions de dollars sur une baisse de la valeur de ce fabricant de puces mais également de l’éditeur américain de logiciels d’analyse data Palantir.




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Au fond, le propos d’Altman ne met pas seulement en lumière la fragilité de certaines sociétés, mais une tendance plus profonde qu’avait anticipée Karl Marx : le problème du capital excédentaire, qui ne parvient plus à trouver de débouchés rentables dans la production.

La théorie marxiste des crises

L’avenir de l’IA n’est pas en cause. Comme Internet après l’éclatement de la bulle de 2001, la technologie est appelée à durer. Ce qui pose question, en revanche, c’est la destination du capital une fois que les actions liées à l’IA ne fourniront plus les rendements spéculatifs promis ces dernières années.

Cette interrogation nous ramène directement à l’analyse marxienne des crises liées à la suraccumulation. Marx soutenait qu’une économie devient instable lorsque la masse de capital accumulé ne peut plus être réinvestie de manière rentable.

Les investissements technologiques masquent la faiblesse économique

Des années de taux d’intérêt bas et de liquidités abondantes durant la pandémie ont gonflé les bilans des entreprises. Une large part de ces liquidités s’est dirigée vers le secteur technologique, en se concentrant sur ce que l’on appelle les « Sept Magnifiques » – Amazon, Alphabet, Meta, Apple, Microsoft, Nvidia et Tesla. Sans ces entreprises, la performance des marchés serait négative.

Cela ne traduit pas un véritable dynamisme technologique ; c’est le signe d’un capital concentré dans une poignée d’actifs surévalués, fonctionnant comme de l’« argent jeté dans la circulation sans base matérielle dans la production », qui circule sans ancrage dans l’activité économique réelle.

La conséquence est qu’une part moindre de l’investissement atteint l’« économie réelle », ce qui alimente la stagnation économique et la crise du coût de la vie – deux phénomènes largement masqués par l’indicateur du PIB.

Comment l’IA est devenue le dernier palliatif

Le géographe de l’économie David Harvey prolonge l’intuition de Marx avec la notion de « spatio-temporal fix », qu’on pourrait traduire par « correctif spatio-temporel », qui désigne la manière dont le capital résout provisoirement la stagnation en repoussant l’investissement dans le temps ou en s’étendant vers de nouveaux territoires.

La suraccumulation produit des excédents de travail, de capacités productives et de capital financier, qui ne peuvent être absorbés sans pertes. Ces excédents sont alors redirigés vers des projets de long terme, ce qui repousse les crises vers de nouveaux espaces et ouvre de nouvelles possibilités d’extraction.

Le boom de l’IA fonctionne à la fois comme un correctif temporel et un correctif spatial. Sur le plan temporel, il offre aux investisseurs des droits sur une rentabilité future qui pourrait ne jamais se matérialiser – ce que Marx appelait le « capital fictif ». Il s’agit d’une richesse qui apparaît dans les bilans alors qu’elle repose peu sur l’économie réelle, ancrée dans la production de biens.

Sur le plan spatial, l’extension des centres de données, des sites de fabrication de puces et des zones d’extraction minière nécessite des investissements matériels considérables. Ces projets absorbent du capital tout en dépendant de nouveaux territoires, de nouveaux marchés du travail et de nouvelles frontières de ressources. Mais comme le suggère l’aveu de Sam Altman, et alors que les mesures protectionnistes du président américain Donald Trump compliquent le commerce mondial, ces débouchés atteignent leurs limites.

Le coût du capital spéculatif

Les conséquences de la suraccumulation dépassent largement le seul monde des entreprises et des investisseurs. Elles se vivent socialement, et non de manière abstraite. Marx expliquait qu’une surproduction de capital correspond à une surproduction des moyens de production et des biens de première nécessité qui ne peuvent être utilisés aux taux d’exploitation existants.

Autrement dit, l’affaiblissement du pouvoir d’achat – ironiquement accéléré par l’essor de l’IA – empêche le capital de se valoriser au rythme auquel il est produit. Lorsque la rentabilité recule, l’économie résout ce déséquilibre en détruisant les moyens de subsistance des travailleurs et des ménages dont les retraites sont liées aux marchés financiers.

L’histoire offre des exemples frappants. L’éclatement de la bulle Internet a ruiné de petits investisseurs et concentré le pouvoir entre les mains des entreprises survivantes. La crise financière de 2008 a chassé des millions de personnes de leur logement tandis que les institutions financières étaient sauvées. Aujourd’hui, de grands gestionnaires d’actifs se couvrent déjà contre de possibles turbulences. Vanguard, par exemple, a opéré un net déplacement vers les obligations.

La spéculation comme moteur de la croissance

La bulle de l’IA est avant tout le symptôme de pressions structurelles, plus que le simple produit d’une dynamique technologique. Au début du XXᵉ siècle, l’économiste marxiste Rosa Luxemburg s’interrogeait déjà sur l’origine de la demande sans cesse croissante nécessaire à la reproduction élargie du capital.

Sa réponse fait écho à celles de Marx et de Harvey : lorsque les débouchés productifs se raréfient, le capital se déplace soit vers l’extérieur, soit vers la spéculation. Les États-Unis optent de plus en plus pour cette seconde voie. Les dépenses des entreprises dans les infrastructures d’IA contribuent désormais davantage à la croissance du PIB que la consommation des ménages, une inversion sans précédent qui montre à quel point la croissance actuelle repose sur l’investissement spéculatif plutôt que sur l’expansion productive.

Cette dynamique tire vers le bas le taux de profit et, lorsque le flux spéculatif s’inversera, la contraction suivra.

Les droits de douane resserrent l’étau sur le capital

L’inflation financière s’est accentuée à mesure que les soupapes traditionnelles permettant au capital de s’orienter vers de nouveaux marchés physiques ou géographiques se sont refermées.

Les droits de douane, les contrôles à l’exportation sur les semi-conducteurs et les mesures commerciales de rétorsion ont réduit l’espace mondial disponible pour les relocalisations. Comme le capital ne peut plus facilement échapper aux pressions structurelles de l’économie intérieure, il se tourne de plus en plus vers des outils financiers qui repoussent les pertes en refinançant la dette ou en gonflant les prix des actifs – des mécanismes qui accroissent finalement la fragilité lorsque l’heure des comptes arrive.

Le président de la Réserve fédérale des États-Unis Jerome Powell s’est dit favorable à d’éventuelles baisses des taux d’intérêt, signe d’un retour vers le crédit bon marché. En rendant l’emprunt moins coûteux, ces baisses permettent au capital de masquer ses pertes et d’alimenter de nouveaux cycles spéculatifs.

Marx a formulé cette logique dans son analyse du capital porteur d’intérêt, où la finance crée des droits sur une production future « au-delà de ce qui peut être réalisé sous forme de marchandises ». Il en résulte que les ménages sont poussés à s’endetter au-delà de ce qu’ils peuvent réellement supporter, échangeant ainsi une crise de stagnation contre une crise du crédit à la consommation.

Bulles et risques sociaux

Si la bulle de l’IA éclate alors que les gouvernements disposent de peu de marges pour redéployer les investissements à l’international et que l’économie repose sur un crédit de plus en plus fragile, les conséquences pourraient être lourdes.

Le capital ne disparaîtra pas mais se concentrera davantage dans les marchés obligataires et les instruments de crédit, gonflés par une banque centrale américaine désireuse de baisser les taux d’intérêt. Cela n’évite pas la crise ; cela en déplace simplement le coût vers le bas de l’échelle sociale.

Les bulles ne sont pas des accidents mais des mécanismes récurrents d’absorption du capital excédentaire. Si le protectionnisme de Trump continue de fermer les débouchés spatiaux et que les correctifs temporels reposent sur un endettement toujours plus risqué, le système s’oriente vers un cycle d’inflation des actifs, d’effondrement, puis de nouvelle intervention de l’État.

L’IA survivra, mais la bulle spéculative qui l’entoure est le symptôme d’un problème structurel plus profond – dont le coût, une fois pleinement révélé, pèsera avant tout sur les classes populaires.

The Conversation

Elliot Goodell Ugalde ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. La bulle de l’IA n’a rien de nouveau : Karl Marx en a expliqué les mécanismes, il y a près de 150 ans – https://theconversation.com/la-bulle-de-lia-na-rien-de-nouveau-karl-marx-en-a-explique-les-mecanismes-il-y-a-pres-de-150-ans-271960