Cómo conseguimos volar una cometa (y qué tiene eso que ver con los aviones)

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sergio Hoyas Calvo, Catedrático de Ingeniería Aeroespacial, Universitat Politècnica de València

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Casi todos hemos visto alguna vez una cometa volar, ya sea en una playa, en un parque o en una tarde de viento. Parece un simple juguete, pero detrás de esa imagen familiar hay una historia mucho más larga de lo que podría parecer.

Las cometas surgieron en China hace más de dos mil años, donde se utilizaron con fines militares y científicos antes de convertirse también en una forma de entretenimiento. Siglos después, figuras como Benjamin Franklin las emplearon para estudiar la electricidad y los fenómenos atmosféricos, en uno de los experimentos más conocidos de la historia.

Cometas para generar electricidad, impulsar barcos… y jugar

Hoy, lejos de haber quedado como una curiosidad del pasado, están encontrando nuevas aplicaciones. Se investiga cómo utilizar grandes cometas que vuelan a cientos de metros de altura para generar electricidad, y también cómo pueden ayudar a impulsar barcos aprovechando vientos más intensos y constantes en capas altas de la atmósfera.

Y, por supuesto, seguimos utilizándolas para algo mucho más simple: jugar. Basta acercarse a una playa en un día de viento para ver esta evolución en acción: niños corriendo con pequeñas cometas, deportistas deslizándose sobre el agua en kitesurf y, en ocasiones, grandes estructuras de tela que parecen criaturas suspendidas en el cielo durante exhibiciones.

El equilibrio de las fuerzas

Pero, más allá de su historia, hay una pregunta que sigue despertando curiosidad: ¿por qué vuela una cometa?

Una cometa se suspende en el aire gracias a un equilibrio de fuerzas. Por un lado, su peso tira hacia abajo. Por otro, el aire, al chocar con su superficie, genera una fuerza que no actúa en una única dirección, sino que puede descomponerse en dos: una componente vertical, la sustentación, que empuja hacia arriba, y otra horizontal, que tiende a arrastrar la cometa en la dirección del viento.

La cuerda que sujetamos juega un papel fundamental, ya que compensa esa fuerza horizontal y transmite parte de las fuerzas hacia nosotros, fijando la posición de la cometa en el aire. Cuando todo está bien ajustado, estas fuerzas se equilibran y la cometa se mantiene volando. No está completamente quieta, pero tampoco cae: se encuentra en un equilibrio dinámico que depende del viento y de cómo la controlamos.

El verdadero reto: estabilizarla en el aire

Sin embargo, que una cometa suba no es lo más difícil. El verdadero reto es que sea estable.

Si alguna vez ha sacado la mano por la ventanilla de un coche, habrá notado algo curioso: según cómo la incline, el aire puede empujarla hacia arriba, hacia abajo o hacer que gire. Además, seguro que nota que esa corriente no es estable, sino que cambia: aparecen las temidas turbulencias. Con las cometas ocurre exactamente lo mismo. No es solo cuestión de que el viento empuje, sino de cómo lo hace.

Para que una cometa vuele bien, todas las fuerzas tienen que estar en equilibrio: el viento empuja, el peso tira hacia abajo y la cuerda mantiene todo “conectado” con nosotros. Cuando ese equilibrio es correcto, la cometa se queda tranquila en el cielo. Pero si algo se desajusta, empieza a girar, a perder estabilidad… o simplemente cae.

El papel de la cola de la cometa

Aquí entra en juego un elemento que todos hemos visto, pero pocas veces nos preguntamos para qué sirve: la cola. Esa tira de tela que cuelga por detrás no está ahí solo para decorar. Su función es ayudar a que la cometa se mantenga correctamente orientada frente al viento, actuando como un pequeño estabilizador.

También es clave el punto donde se ata la cuerda. Un pequeño cambio en esa posición modifica el ángulo con el que la cometa recibe el viento. Si el ángulo es el adecuado, sube con facilidad; si no lo es, puede volverse inestable o perder la capacidad de volar.

Los modelos con dos cuerdas permiten un grado de control mucho mayor. Al manejar cada lado por separado, es posible modificar las fuerzas que actúan en la cometa, haciendo que gire, se incline o cambie de dirección.

Este desequilibrio controlado entre ambos lados es lo que permite realizar acrobacias, desde giros suaves hasta maniobras rápidas, de forma similar a cómo un avión utiliza sus superficies de control.

La ciencia de las cometas gigantes

En el caso de las cometas de gran tamaño, el desafío es distinto. No se trata solo de generar fuerza, sino de hacerlo de manera estable y predecible. Para ello, su diseño requiere un estudio cuidadoso de la aerodinámica, buscando que el aire fluya de forma ordenada y que la cometa mantenga su forma y orientación incluso en condiciones de viento cambiantes.

Sin embargo, el aire rara vez es completamente dócil. La turbulencia, los remolinos y los pequeños vórtices que se forman a su alrededor hacen que la cometa vibre, se tense y se relaje en un movimiento continuo.

Hay algo casi hipnótico en observar estas grandes superficies ondular en el cielo, como si el viento dibujara sobre ellas. Detrás de esa belleza hay una interacción compleja que todavía no comprendemos del todo, y que sigue desafiando a la física y a la ingeniería.

Muy cerca de los aviones

Y aquí aparece una conexión fascinante. El problema que resuelve una cometa, cómo mantenerse en el aire de forma estable, es exactamente el mismo que tuvieron que afrontar los pioneros de la aviación. Los primeros planeadores de los hermanos Wright pueden entenderse, en cierto modo, como cometas sofisticadas que, en lugar de estar atadas al suelo, eran controladas directamente por el piloto. Añadir un motor fue solo el siguiente paso.

Quizá por eso las cometas siguen llamándonos la atención: por la forma en que se mueven y parecen cobrar vida en el aire, como si el viento se hiciera visible. Al fin y al cabo, es el mismo juego de fuerzas que, de forma menos evidente, mantiene en vuelo a un avión.

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Sergio Hoyas Calvo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Cómo conseguimos volar una cometa (y qué tiene eso que ver con los aviones) – https://theconversation.com/como-conseguimos-volar-una-cometa-y-que-tiene-eso-que-ver-con-los-aviones-279794

¿Vivimos en una sociedad más insegura o solo lo parece? Las estadísticas se alejan de lo que percibimos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Dolores Fernández Pérez, Profesora Ayudante Doctora. Departamento de Psicología, Universidad de Castilla-La Mancha

rafa jodar/Shutterstock

En los últimos años, la criminalidad ha mostrado una evolución desigual en España. Según el último balance del Ministerio del Interior, en 2025 se registraron más de 2,47 millones de infracciones penales con variaciones importantes según el territorio. Mientras algunas comunidades experimentaron aumentos –por ejemplo, Castilla y León, donde la criminalidad creció cerca de un 5,8 %– otras como Cataluña o Madrid mostraron descensos en torno al 2,9 % y al 1,7 %, respectivamente.

La evolución tampoco es homogénea entre tipos de delitos. Algunos, como los patrimoniales, se han estabilizado e incluso descendido en algunas zonas. Otros, como las agresiones sexuales o los intentos de homicidio, han aumentado. En otras palabras, la evolución de la delincuencia es compleja y difícil de resumir en una única tendencia.

Sin embargo, más allá de estas cifras hay un fenómeno que cada vez ocupa más espacio en el debate público: la preocupación por la inseguridad percibida por la ciudadanía. Y esta sensación no siempre evoluciona al mismo ritmo que la criminalidad registrada.

En la literatura científica especializada, esta percepción de inseguridad se conoce como “miedo al delito”. No se refiere únicamente a la reacción emocional ante un peligro inmediato (como un intento de robo), sino también a la percepción de riesgo que las personas construyen sobre la posibilidad de ser víctimas de un crimen.

¿Qué es el miedo anticipado?

En este sentido, hablamos de un miedo anticipado. Ese temor puede surgir ante señales cotidianas del entorno: caminar por una calle mal iluminada, atravesar un parque vacío por la noche o percibir signos de deterioro urbano en un barrio.

Desde el punto de vista psicológico, es un fenómeno que combina tres dimensiones: una emocional (sentir miedo), una cognitiva (evaluar el riesgo) y una conductual (modificar comportamientos, por ejemplo, evitando determinados lugares o situaciones). Las personas no evaluamos el riesgo de ser víctimas de un delito solo a partir de estadísticas oficiales. También influyen nuestras experiencias personales, los cambios que percibimos en el entorno y la información que recibimos sobre los hechos delictivos.

Los medios de comunicación han sido tradicionalmente uno de los principales canales a través de los cuales la ciudadanía conoce la criminalidad. Algunas investigaciones estiman que alrededor del 30 % de las noticias en los medios tratan sobre delitos.

Además, la cobertura mediática suele prestar mayor atención a los actos delictivos violentos que a los más comunes. Este sesgo puede generar una imagen distorsionada de la criminalidad, ya que los sucesos que más aparecen en las noticias no coinciden con los que ocurren con mayor frecuencia.

Los medios de comunicación no ayudan

La investigación en comunicación también muestra que la exposición prolongada a contenidos mediáticos puede influir en la forma en que las personas interpretan la realidad social. Según la teoría del cultivo de George Gerbner (1969), cuanto más tiempo pasa una persona consumiendo contenidos mediáticos, más probable es que interprete la realidad a través de esas representaciones.

La forma en que los medios presentan los delitos también puede reforzar determinados estereotipos sociales sobre quién los comete o dónde ocurren. Cuando ciertos grupos sociales o barrios aparecen de forma recurrente asociados a la criminalidad en las noticias, estas representaciones pueden influir en cómo el público percibe la inseguridad y en a quién identifica como una posible amenaza.

Según datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), el 72,1 % de los españoles asegura estar informado sobre la actualidad. La televisión sigue siendo el medio preferido (69,8 %), seguida de la radio (55 %), considerada además la fuente más fiable. Sin embargo, más de la mitad de la población (54,9 %) también utiliza habitualmente redes sociales para informarse.

En este contexto de exposición constante a contenidos informativos, los relatos sobre sucesos –detenciones, desapariciones, agresiones o juicios mediáticos– circulan con gran rapidez y pueden amplificar la percepción de inseguridad. No es que los delitos no existan, pero su presencia constante en el ecosistema mediático puede hacer que parezcan más frecuentes y cercanos de lo que indican las estadísticas oficiales.

Las redes sociales han transformado especialmente la forma en que circula la información sobre el crimen. Las plataformas digitales favorecen contenidos breves, visuales y emocionalmente intensos, lo que puede impulsar narrativas simplificadas o alarmistas. Investigaciones recientes sugieren que la lógica de viralidad propia de estas plataformas puede contribuir a nuevas formas de pánicos morales en torno al delito, en las que la percepción de amenaza se construye a partir de narrativas que circulan y se refuerzan digitalmente más que de la experiencia directa de la criminalidad.

La distancia entre criminalidad real y percepción de inseguridad se ha hecho visible en debates recientes sobre seguridad urbana. Un ejemplo es el caso de Bilbao. Durante la presentación del diagnóstico técnico del Plan Municipal de Seguridad, investigadores de la Universidad del País Vasco señalaron que los indicadores delictivos no mostraban un incremento estructural comparable con la percepción de inseguridad entre la ciudadanía.

La controversia que generó esta conclusión refleja una cuestión incómoda: ¿qué pesa más en la percepción ciudadana, las estadísticas sobre criminalidad o las narrativas que se construyen sobre ellas a través de los medios?

Criminalidad registrada vs percepción

Aunque no siempre coincida con la probabilidad objetiva de victimización, el miedo al delito tiene efectos en la vida cotidiana. Puede modificar rutinas, limitar actividades nocturnas y reducir el uso de determinados espacios públicos. En definitiva, puede alterar la forma en que las personas se relacionan con su entorno.

Además, este miedo no se distribuye de forma homogénea. Las investigaciones muestran que las mujeres suelen reportar niveles más elevados de temor al delito que los hombres, incluso cuando las tasas de victimización para algunos delitos violentos son menores.

Comprender estas diferencias entre criminalidad registrada y percepción de inseguridad es fundamental para diseñar políticas públicas eficaces. La seguridad de una sociedad no depende únicamente de reducir los delitos, sino también de entender cómo las personas perciben el riesgo y cómo se construyen socialmente esas percepciones.

En una sociedad hiperconectada, el miedo puede difundirse mucho más rápido que los propios delitos. Quizá la pregunta más importante no sea si vivimos en una sociedad cada vez más peligrosa, sino por qué cada vez resulta más fácil sentir que lo es.

The Conversation

Dolores Fernández Pérez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Vivimos en una sociedad más insegura o solo lo parece? Las estadísticas se alejan de lo que percibimos – https://theconversation.com/vivimos-en-una-sociedad-mas-insegura-o-solo-lo-parece-las-estadisticas-se-alejan-de-lo-que-percibimos-277430

Ampersand: dos mil años de historia en un solo trazo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Maximiliano Pascual Gómez Rodríguez, Profesor asociado de Diseño, Universidad de Murcia

Pelikanz/Shutterstock

Lo encontramos encima de la tecla del número 6, en un gran número de logotipos –desde firmas de abogados hasta marcas de ropa– y lo garabateamos en muchas ocasiones sin pensar –y como podemos– cuando tomamos notas.

El símbolo & nos resulta tan familiar que casi nunca nos preguntamos qué es exactamente. Pero no es un signo arbitrario ni una invención moderna, sino una ligadura tipográfica con casi dos mil años de historia documentada. En su forma actual todavía guarda los trazos de las dos letras latinas que le dieron origen.

Cuando la velocidad crea un símbolo

Para entender el origen del ampersand hay que situarse en la Roma del siglo I y recordar un dato básico de latín: que la conjunción “y” se escribía et. Los escribas romanos, y más tarde los copistas medievales, trabajaban con materiales costosos y lentos. El pergamino requería un proceso laborioso de preparación y el trabajo manuscrito consumía horas. Para ganar tiempo y espacio, desarrollaron las ligaduras, es decir, la fusión gráfica de dos o más letras en un solo trazo.

Cuando se escribía et con rapidez, la curva inferior de la “e” tendía a conectarse de forma natural con el trazo vertical de la “t”. El resultado era un signo nuevo que representaba las dos letras juntas. El ejemplo más antiguo conocido de esta ligadura procede de Pompeya y es anterior al año 79, fecha en que la erupción del Vesubio sepultó la ciudad. Si se observa una tipografía clásica como Garamond o Baskerville en su versión cursiva, la “e” y la “t” todavía son reconocibles a simple vista dentro del símbolo.

Evolución del símbolo &. De izquierda a derecha: antigua cursiva romana, del año 131; dos cursivas romana nueva, mediados del siglo IV; uncial, de un manuscrito, antes del 509; uncial, de un manuscrito, siglo VII; y minúscula carolingia, 810.
Evolución del símbolo &. De izquierda a derecha: antigua cursiva romana, del año 131; dos cursivas romana nueva, mediados del siglo IV; uncial, de un manuscrito, antes del 509; uncial, de un manuscrito, siglo VII; y minúscula carolingia, 810.
Wikimedia Commons, CC BY-SA

Jan Tschichold, uno de los tipógrafos más influyentes del siglo XX, documentó en su obra The Ampersand: its origin and development (1957) la evolución del símbolo a lo largo de los siglos, desde esa primera forma pompeyana hasta las variantes en uso a finales del XIX. Su catálogo muestra que, aunque la ligadura básica se mantuvo reconocible, cada período histórico y cada tradición caligráfica produjo versiones propias, algunas muy alejadas formalmente de las dos letras originales.

Del abecedario a la lengua cotidiana

Si el símbolo tiene origen latino, ¿por qué su nombre es tan marcadamente anglosajón? La respuesta está en las aulas británicas del siglo XIX.

Hasta mediados de ese siglo, el símbolo & se consideraba la letra número 27 del alfabeto inglés y se recitaba al final del abecedario junto a la “z”. El problema era que nombrar el símbolo resultaba confuso, porque decir “and” para referirse al signo significaba pronunciar “and and”, que sonaba redundante y cacofónico.

Para aclarar que se hablaba del símbolo en sí mismo y no de la conjunción, se recurría a la fórmula latina per se, que significa “por sí mismo”. La recitación completa sonaba así: “X, Y, Z, and per se and”. Pronunciada con rapidez y de corrido, esa cadena de sílabas fue contrayéndose por el uso hasta producir una nueva palabra: ampersand.

De la escritura carolingia a la pantalla

A lo largo de los siglos, el diseño del ampersand fue cambiando al ritmo de las transformaciones en los sistemas de escritura. En el período carolingio adoptó formas más redondeadas, acordes con la caligrafía minúscula que se estandarizaba en los scriptoriums de la época. Durante el Renacimiento, los maestros tipógrafos lo refinaron hasta las versiones que hoy asociamos con las fuentes clásicas. Cada período dejó su impronta en el símbolo sin borrar del todo la anterior.

La transición al entorno digital no fue del todo sencilla para el ampersand. Los lenguajes de programación web asignaron al carácter “&” una función técnica dentro de su propia sintaxis, lo que durante años provocó que el símbolo apareciera mal representado en páginas web cuando los programadores no lo trataban de forma especial. Resultaba curioso que un signo nacido para agilizar la escritura se convirtiera, en determinados contextos informáticos, en una fuente de errores.

Con el tiempo, las herramientas de edición digital aprendieron a gestionarlo de forma automática y el problema desapareció para la mayoría de los usuarios.


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Por qué el ampersand nunca ha quedado obsoleto

El ampersand pertenece a una categoría escasa de signos que los lingüistas llaman logogramas, símbolos que representan directamente una palabra o concepto en lugar de un sonido. En ese sentido se comporta de forma distinta a las letras del alfabeto, pues no se pronuncia deletreando, sino que se lee directamente como “y” en español, “and” en inglés o “et” en francés o italiano, según el idioma del texto al que aparezca.

Lo que hace singular al ampersand no es solo su antigüedad, sino su continuidad. A diferencia de otros signos medievales que cayeron en desuso, nunca dejó de emplearse. Sobrevivió a la imprenta de tipos móviles, a la máquina de escribir y a los primeros teclados digitales. Hoy aparece en nombres de empresa, en titulares de prensa o en el código de programación. En ese recorrido de dos mil años hay algo que va más allá de la utilidad, y es la capacidad de un trazo sencillo para condensar, en cada época, una forma de entender la escritura como gesto vivo.

The Conversation

Maximiliano Pascual Gómez Rodríguez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Ampersand: dos mil años de historia en un solo trazo – https://theconversation.com/ampersand-dos-mil-anos-de-historia-en-un-solo-trazo-277700

Volver a pisar la Luna: Artemis III y la promesa del primer gran salto

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Carlos Vázquez Monzón, Profesor Ayudante Doctor, especializado en Astrofísica y Astrodinámica, Universidad Loyola Andalucía

Representación artística del sistema de aterrizaje tripulado (HLS) de la nave Starship de SpaceX en la Luna. La NASA está colaborando con SpaceX en el desarrollo del HLS de la nave Starship para transportar a los astronautas desde la órbita lunar hasta la superficie lunar y de vuelta, en el marco de las misiones Artemis III y Artemis IV.
Space X., CC BY

La vuelta a la Luna ya no se parece al relato lineal de las misiones Apolo. Hoy es un problema de sistema, de arquitectura y de permanencia.

En febrero de 2026, NASA actualizó su programa Artemis con una idea clave: aumentar la cadencia de misiones (incluyendo una adicional en 2027) y aspirar más adelante a, por lo menos, un alunizaje por año. En ese rediseño, la segunda misión tripulada, Artemis III, prevista para mediados de 2027, dejará de ser el primer aterrizaje –como se había previsto en un principio– y pasará a convertirse en una misión de demostración en órbita terrestre. Mientras, Artemis IV asumirá el regreso humano a la superficie lunar, previsto para finales de la década.

Este cambio no es un retroceso, sino una señal de madurez. Explorar la Luna hoy no consiste en repetir un hito, sino en construir una capacidad sostenida.

La misión invisible que lo hace posible

A primera vista, Artemis III puede parecer menos espectacular que un alunizaje. Sin embargo, es una de las misiones más críticas del programa. Su objetivo es validar el funcionamiento conjunto de todos los elementos clave: el lanzamiento con el cohete SLS, el viaje en la nave Orión y, sobre todo, el encuentro y acoplamiento con naves comerciales en órbita.

Ese “ensayo general” es fundamental. Las futuras misiones dependerán de una coreografía precisa entre vehículos desarrollados por distintos actores. Si algo falla en esa cadena (acoplamientos, transferencias de tripulación, comunicaciones…), el sistema completo se resiente. Artemis III sirve, por tanto, para probar que esa arquitectura compleja funciona antes de arriesgar un descenso a la superficie lunar.

Tecnologías que cambian las reglas del juego

El programa Artemis introduce una diferencia esencial respecto a Apolo: ya no depende de un único sistema cerrado, sino de una red de tecnologías interconectadas.

El cohete SLS proporciona la potencia necesaria para salir de la órbita terrestre con tripulación. La nave Orión permite transportar astronautas en el espacio profundo con sistemas avanzados de soporte vital. A esto se suman los sistemas de tierra y control de misión, diseñados para hacer que cada vuelo sea repetible y escalable.

Nave Orión.
NASA., CC BY

Pero el cambio más profundo está en la integración con la industria privada. Los sistemas de aterrizaje humano (aún en desarrollo) serán construidos por empresas, no directamente por la NASA. Esto marca una transición hacia un modelo híbrido: la agencia define los objetivos científicos y de seguridad, mientras que el sector privado aporta flexibilidad e innovación tecnológica.

El polo sur lunar: ciencia y estrategia

El destino elegido para las futuras misiones no es casual. El polo sur lunar concentra algunos de los lugares más interesantes del satélite: regiones en sombra permanente que podrían albergar hielo de agua, materiales extremadamente antiguos y registros de la historia temprana del sistema solar.

Polo sur de la Luna y los cráteres de su entorno.
NASA.

El interés es doble. Por un lado, científico: estudiar la evolución de la Luna, los impactos y la actividad solar primitiva. Por otro, estratégico: si existe agua utilizable, podría convertirse en recurso clave para sostener misiones humanas, produciendo oxígeno o, incluso, combustible.

Artemis no solo pretende llegar allí, sino que hace posible trabajar sobre el terreno: desplegar instrumentos, utilizar rovers y operar con trajes diseñados para largas actividades extravehiculares.

Gateway y la Luna como infraestructura

Otro de los pilares del programa es Gateway, una pequeña estación espacial en órbita lunar. Su función no será únicamente servir como punto de paso, sino como nodo logístico y científico.

Elementos de Gateway.
NASA.

Gateway permitirá coordinar misiones, almacenar suministros y facilitar operaciones más complejas. En lugar de misiones aisladas, la exploración se convierte en una red de tránsito: una infraestructura que conecta la Tierra, la órbita lunar y la superficie.

Este enfoque marca un cambio conceptual profundo. La Luna deja de ser un destino puntual para convertirse en un entorno operativo.

Más allá de la Luna: el camino hacia Marte

El verdadero objetivo de Artemis no termina en la Luna. NASA lo enmarca dentro de su estrategia “Moon to Mars: utilizar el entorno lunar como banco de pruebas para misiones aún más ambiciosas.

Vivir y trabajar en la Luna implica resolver problemas que también aparecerán en Marte: radiación, aislamiento, autonomía operativa, uso de recursos locales y fiabilidad de sistemas a largo plazo. Cada misión Artemis aporta datos y experiencia en estos ámbitos.

El primer gran salto… antes de darlo

Artemis III, en su nueva definición, puede parecer una etapa intermedia. Pero es, en realidad, el punto en el que la exploración espacial cambia de naturaleza. Ya no se trata de demostrar que podemos llegar, sino de demostrar que podemos volver, repetir y mantenernos.

Si tiene éxito, la humanidad estará más cerca de convertir la presencia en la Luna en algo habitual. Y ese será, quizás, el verdadero gran salto: no volver a pisarla una vez más, sino aprender a no dejar de hacerlo.

The Conversation

Carlos Vázquez Monzón no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Volver a pisar la Luna: Artemis III y la promesa del primer gran salto – https://theconversation.com/volver-a-pisar-la-luna-artemis-iii-y-la-promesa-del-primer-gran-salto-279877

Menores ‘googelizados’ desde la escuela

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Rafael Rodriguez Prieto, Catedrático de Universidad. Filosofía del Derecho y Política., Universidad Pablo de Olavide

“Datafication”, una ilustración de K. Conrad. Kathryn Conrad / https://betterimagesofai.org , CC BY-SA

Recientemente, el Consejo de Transparencia y Protección de Datos de Andalucía abrió un procedimiento sancionador por infracción de la normativa de protección de datos personales contra la Junta de Andalucía, por vulneración de varios artículos del Reglamento de Protección de Datos en su acuerdo con Google Irlanda. Este convenio facilitó el uso de la plataforma educativa Google workplace for Education en los colegios. En el posterior informe sobre el estado de cumplimiento de la resolución, el Consejo señaló que la propia evaluación de impacto relativa a la protección de datos reconocía un riesgo “muy alto”.

Datos de estudiantes, en riesgo

Tras las medidas correctoras propuestas por el Consejo, el riesgo se rebajó a “aceptable”. No obstante, este organismo advirtió que dicha transformación del riesgo, aunque plausible, no quedaba suficientemente documentada.

El Consejo afirmó que el riesgo intrínseco del tratamiento de estos datos es muy alto por “la naturaleza del tratamiento, el volumen de interesados y la especial protección debida a los menores”.

Plataformas educativas de gigantes tecnológicos

Este tipo de acuerdos no son exclusivos de Andalucía. Desde la pandemia, se extendieron por otras comunidades autónomas. ¿Qué implican para los menores y la propia idea de educación?

En primer lugar, convendría resaltar que Google es una empresa que se debe a sus accionistas y opera desde el extranjero, con una infraestructura repartida por el mundo. Su negocio son los datos. Según Randall Stross, autor de Planet Google, lleva años recolectando diferentes categorías de información de forma masiva. En ocasiones, sin relación directa con su negocio.

Se trata de una compañía que ha sido condenada por prácticas monopolísticas en EE.UU. y multada repetidamente por la Unión Europea. La última vez fue hace tan solo seis meses por abuso de posición dominante.

La importancia del principio de precaución

Vivimos en un contexto global marcado por la conflictividad en las relaciones transatlánticas y el cuestionamiento activo por parte de destacados actores estadounidenses de los reglamentos europeos que regulan internet. Esta legislación, sin ser una panacea, establece algunos límites a estas grandes corporaciones y garantiza algunos derechos a los usuarios.

Todo ello debería bastar para observar una cierta cautela o la aplicación de un principio de precaución tecnológico, especialmente, en este caso donde están en juego bienes jurídicos básicos. Este principio sería similar al que se aplica a riesgos medioambientales o sanitarios.

Por otro lado, no existen soluciones aisladas a problemas estructurales. Y menos en internet, donde se despliegan relaciones de dominio. La opinión pública comienza a atisbar la complejidad del desafío tecnológico cuando las consecuencias del acceso de menores a redes sociales, la difusión del odio o de noticias falsas y el uso cuestionable, cuando no delictivo, de la IA generan alarma social.

La educación es uno de los pilares de nuestras sociedades y cobra todo el sentido permanecer vigilantes, cuando se trata de desmentir ficciones –como, por ejemplo, la inocuidad en términos medioambientales de internet– o reducir el halo mítico que aun conserva esta tecnología.

Los cambios que se realicen deben estar bien pensados y tendrían que estar sujetos a procesos de reflexión y deliberación colectiva serios y rigurosos.

Educación, un bien colectivo

La educación debería considerarse prioritariamente una necesidad social, sujeta al bien común, donde entes privados pueden tomar decisiones, pero sometidas siempre a la estricta garantía de los derechos fundamentales.

Educar es guiar. En una época de demasiados automatismos y escasas referencias al arte y el pensamiento que nos ha construido como personas, es necesario potenciar una inteligencia crítica. Nuestros estudiantes deberían tener un mayor conocimiento de las posibilidades que ofrece internet. Quizá debiera existir una asignatura en la que aprendieran sobre sus posibilidades y riesgos.

En este escenario, puede tener consecuencias no deseables normalizar en nuestros alumnos el ecosistema tecnológico de una gran corporación cuyo fin es ganar dinero. Ya lo decían nuestras abuelas: nadie da duros a 4 pesetas.

Existen alternativas transparentes, auditables y modificables de acuerdo con las necesidades de los centros. No se debieran descartar vías abiertas, colectivas y creativas, vinculadas al software libre y la transparencia, como ocurre con la plataforma educativa de código abierto Moodle.

Nadie nos preguntó qué internet queríamos. Ahora tampoco se plantea un debate serio sobre el uso de la inteligencia artificial, relativo a sus objetivos y sectores en que se aplica.

En la práctica, los valores que constituyen las democracias están crecientemente condicionados por decisiones tomadas por entes principalmente privados y con ánimo de lucro. ¿Deben los Estados sociales y democráticos de derecho “adaptarse” al cambio tecnológico? ¿O, más bien, debería ser al contrario?

*PENDIENTE DE QUE EL ARTÍCULO AL QUE ENLAZA EL ÚLTIMO LINK SE PUBLIQUE, PUES COMPLEMENTA MUY BIEN ESTE ARTÍCULO
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The Conversation

Rafael Rodriguez Prieto no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Menores ‘googelizados’ desde la escuela – https://theconversation.com/menores-googelizados-desde-la-escuela-276704

¿Adiós al “sueño americano” del turista? Por qué su visa ya no le garantiza la entrada en los aeropuertos de EE.UU.

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Martín Flores Almendárez, PTC Asociado "B"; Especialista en Capital Humano e integrante del CA en Gestión, Innovación Educativa y Tecnología, Universidad de Guadalajara

Comprobación de documentos en el aeropuerto de San José (California, Estados Unidos). Matt Gush/Shutterstock

El prestigio de una nación no se mide solo por sus portaaviones, sino por la facilidad con la que el mundo desea visitarla, invertir en ella y emular su estilo de vida. Es lo que Joseph Nye, ilustre politólogo y profesor emérito de Harvard fallecido el año pasado, denominó soft power o poder blando.

Imagine que ha planeado sus vacaciones durante meses, tiene sus boletos, un hotel reservado y, lo más importante, una visa válida estampada en su pasaporte.

Llega al aeropuerto de Miami o Nueva York, pero al acercarse al mostrador no le recibe un oficial de aduanas estándar, sino un agente armado del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE).

De repente, las preguntas de rutina desaparecen y se encuentra en un interrogatorio sobre sus redes sociales, sus opiniones políticas o el contenido de su teléfono móvil.

Esta escena, que parece sacada de una distopía, se ha convertido en la nueva realidad de los aeropuertos estadounidenses en 2026.

La parálisis presupuestaria del gobierno federal ha provocado que el ICE tome el control total de los puntos de entrada, desplazando a la Administración de Seguridad en el Transporte (TSA).

Cerca de 61 000 empleados del TSA han estado trabajando sin cobrar desde el cierre parcial del Gobierno, iniciado en octubre de 2025 y extendido el pasado 14 de febrero. Otros han buscado nuevas ocupaciones o, simplemente, han renunciado a su puesto.

El fin de la cortesía en la frontera

Hoy, el capital intangible de EE. UU. se está evaporando en las salas de migración de los aeropuertos estadounidenses. Las terminales aéreas han dejado de ser espacios de tránsito para convertirse en lugares de vigilancia ideológica y detención.

Estas medidas afectan a garantías civiles consolidadas, como el derecho al libre tránsito y el respeto a la dignidad del viajero. La Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (ACLU, por sus siglas en inglés), una organización sin fines de lucro que ha marcado la evolución constitucional del país a través de sus demandas, reunió 410 000 firmas para pedir a los congresistas que el ICE no tomara el control de los aeropuertos.

El pasado 22 de marzo, ACLU publicó un comunicado que arranca con la siguiente declaración: “Nunca en nuestra historia, un presidente había desplegado agentes armados en los aeropuertos para inspirar temor a nuestras familias”.

También ha elaborado una práctica guía en línea para conocer los derechos y obligaciones del viajero a la hora de interactuar con las fuerzas de seguridad en los aeropuertos.

El nuevo escenario de los destinos aéreos de EE. UU. se basa en los recientes cambios en la Ley Laken Riley y las órdenes ejecutivas introducidas por la Presidencia en 2026. El actual marco legal establece que el visado ya no es un salvoconducto, sino un documento sujeto a una interpretación arbitraria sin precedentes.

México: El costo humano del “trámite de rutina”

Para el ciudadano mexicano, la relación con la frontera siempre ha sido compleja, pero nunca tan precaria para quienes cumplen con la ley.

Cientos de miles de profesionales, estudiantes y familias mexicanas dedican meses de espera y recursos considerables para obtener o renovar una visa. Para ellos, el visado era un contrato de confianza.

Sin embargo, bajo el nuevo despliegue del ICE, ese contrato ha sido denunciado unilateralmente. Reportes recientes indican que viajeros mexicanos con perfiles profesionales sólidos están siendo sometidos a rechazos sistemáticos basados en la discrecionalidad del agente de turno.

No se trata solo de una fila más larga; es la vulneración de derechos esenciales, como la privacidad de las comunicaciones y la presunción de buena fe.

La incertidumbre de no saber si verás a tu familia o llegarás a una junta de negocios, a pesar de tener los papeles en regla, está fracturando la integración social y económica de la región norteamericana.

El Mundial 2026: Una colisión inminente

Este endurecimiento fronterizo ocurre en el peor momento posible: la antesala de la Copa del Mundo de la FIFA 2026. Estados Unidos, que se comprometió a ser un anfitrión abierto, enfrenta ahora una contradicción flagrante. Millones de aficionados de países con diversas realidades políticas han invertido sus ahorros en boletos y traslados.

¿Cómo planea el gobierno de EE. UU. gestionar la llegada de esos aficionados de los cinco continentes bajo una consigna de rechazo y sospecha? La logística de ICE, centrada en la detención, es incompatible con un evento de esta magnitud.

El riesgo no es solo el caos en los aeropuertos de Dallas, Los Ángeles o Atlanta, sedes del mundial, sino la posibilidad de crisis diplomáticas en cadena cuando aficionados con entradas y visas sean devueltos a sus países por criterios ideológicos o falta de presupuesto para procesar su acceso al país.

El precio de la desconfianza

El derecho al libre tránsito y el respeto a la dignidad del viajero no son concesiones, son pilares de la convivencia internacional. Al permitir que una fuerza policial de control interno dicte las normas en los aeropuertos, Estados Unidos está sacrificando su activo más valioso: la admiración del mundo.

Como comunidad internacional, es imperativo exigir que se restablezcan las garantías mínimas para los visitantes. Mientras el visado sea un documento sin valor frente a la arbitrariedad de un agente de ICE, viajar a los Estados Unidos, ya sea por una escala técnica, un compromiso familiar o un evento deportivo, representa un riesgo jurídico que nadie debería estar obligado a correr.

El costo de esta medida no se contará solo en dólares perdidos en turismo, sino en la erosión de la autoridad moral de una nación que alguna vez se llamó a sí misma la puerta del mundo.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. ¿Adiós al “sueño americano” del turista? Por qué su visa ya no le garantiza la entrada en los aeropuertos de EE.UU. – https://theconversation.com/adios-al-sueno-americano-del-turista-por-que-su-visa-ya-no-le-garantiza-la-entrada-en-los-aeropuertos-de-ee-uu-279602

La UE quiere que la IA escanee nuestros mensajes privados en busca de abuso sexual infantil: ¿a qué precio?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Meem Arafat Manab, Investigadora en ética y derecho de datos y IA, Universidad Politécnica de Madrid (UPM)

shutterstock Sander van der Werf/Shutterstock

Imagine un sistema que acierta el 90 % de las veces. Ahora imagine que el test al que alimenta a continuación acierta el 88 %. Cabría esperar que el resultado combinado estuviera en algún punto intermedio. No es así: es inferior a cualquiera de los dos por separado. Esto sucede porque los errores no se suman: se multiplican.

¿Qué sucede si aplicamos esta lógica a los miles de millones de mensajes privados que la Unión Europea permitía que las plataformas digitales escanearan, según el reglamento europeo, para prevenir el abuso sexual de menores? El número de inocentes erróneamente señalados como abusadores por esta propuesta bautizada como “Chat Control” no sería un “error de redondeo”. Sería mucho mayor.

Chat control, bloqueado por los pelos

La semana pasada, el Parlamento Europeo canceló la prórroga del Chat Control 1.0 por un solo voto. El experimento de cinco años que permitía –no obligaba– a las plataformas escanear mensajes privados en busca de material de abuso sexual infantil termina, por tanto, este mes de abril. Pero la batalla no.

Las negociaciones sobre el Chat Control 2.0, un reglamento permanente con requisitos técnicos mucho más ambiciosos, están en marcha entre la Comisión Europea, el Parlamento Europeo y el Consejo de la UE, que representa a los gobiernos de los estados miembros. Se espera un acuerdo final para julio de 2026.


Clarote & AI4Media / https://betterimagesofai.org., CC BY-SA

Lo que el reglamento exige realmente

El Chat Control 1.0, el marco provisional que acaba de expirar, se basaba principalmente en la comparación de huellas digitales, conocida como hash-matching. Cada imagen genera una firma matemática única, y a continuación el sistema compara esa firma con una base de datos de material de abuso sexual infantil (CSAM) ya conocido. No siempre era eficaz, como documentan los propios informes de aplicación de la Comisión Europea, pero al menos tenía un objetivo definido.

Sin embargo, el Chat Control 2.0 es una propuesta radicalmente distinta. El reglamento permanente propuesto obligaría a las plataformas a detectar CSAM desconocido y comportamientos de grooming que nunca han sido identificado previamente, mediante clasificadores de inteligencia artificial.

Este nuevo reglamento, de aprobarse, mantendría el escaneo voluntario por parte de las plataformas digitales. Además, requisitos de verificación de edad que pondrían fin a la comunicación anónima. Los críticos, entre ellos el Parlamento Europeo en su propia evaluación de impacto, argumentan que este escenario empujaría a las plataformas hacia la vigilancia masiva.

Por qué la tecnología no puede hacer lo que la ley exige

En los sistemas de detección en cadena, cada clasificador –programa de inteligencia artificial entrenado para categorizar contenido automáticamente– tiene su propio margen de error. Si estos errores se encadenan, cada paso colapsa silenciosamente la confianza en los resultados.

El propio informe de aplicación de la Comisión Europea de 2025 reconoció tasas de error de entre el 13 y el 20 por ciento para las tecnologías de detección utilizadas con el Chat Control 1.0. Eso significa que una de cada cinco alertas recayó sobre alguien que no había hecho nada malo.

El problema de la detección del grooming es aún más revelador. El projecto Artemis de Microsoft, la herramienta más citada en los debates políticos europeos sobre esta materia, tiene una precisión declarada del 88 %. La propia Microsoft desaconseja basarse en esa cifra –señalando que se obtuvo a partir de una única técnica en inglés entrenada con un conjunto de datos reducido de casos conocidos– y que la tasa real de error podría ser mayor.

Así, no existe ninguna revisión independiente de la tecnología. Los expertos en detección de texto estiman que las tasas de error difícilmente bajan del 5 al 10 por ciento, dependiendo del tipo de material. Para mil millones de mensajes intercambiados diariamente, eso supone entre 50 y 100 millones de falsos positivos cada día.

El peligro de los falsos positivos

El problema va más allá de los números. Los sistemas de detección no pueden distinguir de forma fiable entre contenido legal e ilegal en casos ambiguos. Un niño en la bañera. Una fotografía médica. Desnudez artística. Una foto familiar de vacaciones. Todo potencialmente marcado como positivo.

La detección del grooming es aún más compleja: exige comprender el contexto, la intención, el subtexto y los matices culturales en decenas de idiomas. Thorn, una compañía que desarrolla las principales herramientas comerciales de inteligencia artificial para la protección de menores frente a abusos sexuales online, describe explícitamente como inadecuada la solución simplista de combinar clasificadores de pornografía y estimación de edad.

Estos no son problemas que una IA mejor vaya a resolver. Son intrínsecos por sí mismos a la tarea de clasificación de potenciales contenidos ilegales.

En mi experiencia como investigadora e ingeniera de IA
especializada en sistemas de detección de CSAM para el Centro Nacional de Ciberseguridad (INCIBE) y la cooperativa Panacea, he sido testigo de que lo que tenemos ahora no es una tecnología lista para integrarse en un marco jurídico de aplicación coercitiva. Es una tecnología que aún intenta entender lo que tiene delante.

¿Incomprensión, o algo más?

Hay dos maneras de explicar por qué una legislación tan deficiente desde el punto de vista de las capacidades tecnolológicas sigue avanzando.

La primera es caritativa: los legisladores creen genuinamente que estas tasas de error son aceptables, y nadie en la sala les ha explicado que cada paso adicional en la cadena de clasificación multiplica, en lugar de promediar, el error acumulado. La complejidad técnica y la urgencia en torno a la protección de la infancia dificultan detenerse a hacer los cálculos.

La segunda es menos cómoda: la infraestructura de vigilancia que se está construyendo tiene valor, independientemente de si detecta CSAM de manera efectiva. Un marco que obliga a las plataformas a escanear comunicaciones privadas a gran escala, notificar a las fuerzas del orden y retener datos no deja de ser útil solo porque sus clasificadores de IA sean imprecisos. Se convierte en un instrumento distinto.

La pregunta queda abierta para todos: ¿por qué, después de años de objeciones consistentes por parte de criptógrafos, autoridades de protección de datos, el Supervisor Europeo de Protección de Datos y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos esta legislación sigue encontrando nuevas formas de sobrevivir?

Qué ocurre ahora

El Chat Control 1.0 ha muerto, por un margen de un solo voto. Pero las negociaciones a tres bandas sobre el Chat Control 2.0, entre la Comisión, el Parlamento y los gobiernos de los estados miembros, continúan. Las sesiones están previstas para el 4 de mayo y el 29 de junio, con un acuerdo final esperado para julio. Los estados miembros siguen insistiendo en capacidades de vigilancia que el Parlamento ha rechazado repetidamente. El Consejo no aceptó ni una sola de las demandas sustanciales del Parlamento durante las negociaciones que acaban de colapsar.

Eso sí, si el reglamento permanente se aprueba en una forma que exija detección basada en IA de forma masiva, no funcionará como se describe. Según sus críticos, producirá millones de falsas acusaciones, sobrecargará a las fuerzas del orden con ruido e inútiles alertas y desviará recursos de las investigaciones judicialmente autorizadas y dirigidas que realmente condenan a los perpetradores.

Alexander Hanff, superviviente de abusos sexuales y defensor de los derechos digitales, ha argumentado que la vigilancia masiva perjudica activamente a las víctimas, al destruir los espacios seguros de los que dependen.

De hecho, en este sentido, una víctima de abusos ha presentado una demanda a través de la organización alemana de libertades civiles GFF contra Meta por las prácticas de escaneo que el Chat Control 1.0 había hecho posibles. El demandante señala que no puede hablar libremente de su propia experiencia a través de estas plataformas sin riesgo de ser marcado por los mismos sistemas diseñados para protegerlo.

Por algo esta regulación no se conoce popularmente como la Ley de Protección de Menores en Línea: se ganó el sobrenombre de Chat Control. En una era en que el abuso infantil se hace cada vez más visible con la irrupción de la inteligencia artificial, sigue siendo válido preguntarse si nuestro objetivo es la protección de los menores o el control a secas.

The Conversation

Meem Arafat Manab no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La UE quiere que la IA escanee nuestros mensajes privados en busca de abuso sexual infantil: ¿a qué precio? – https://theconversation.com/la-ue-quiere-que-la-ia-escanee-nuestros-mensajes-privados-en-busca-de-abuso-sexual-infantil-a-que-precio-279122

Gafas inteligentes para navegar por internet solo con pensarlo… y nuestros neuroderechos, ¿qué?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pavel Sidorenko Bautista, Profesor Titular de la Facultad de Ciencias de la Educación y Humanidades, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

Unas de las primeras gafas inteligentes, las Google Glasses, lanzadas en 2013, permitían responder llamadas de teléfono tocando la patilla. Desde entonces, la IA ha hecho que puedan hacer muchas cosas más. Loic Le Meur., CC BY-SA

Imagine que va caminando con unas gafas de sol puestas. Una notificación brilla en la lente derecha. Sin usar el móvil ni hablar, con un movimiento desde la muñeca o la intención de mover un dedo, las gafas descartan el mensaje o permiten responderlo… quizá, mientras reproducen su canción favorita. El dispositivo entiende la orden solo con que la pensemos, antes de que los músculos terminen de contraerse.

No es ciencia ficción. Estamos pasando de una “internet de las cosas” a una “internet de los cuerpos”.Y en este escenario, las gafas inteligentes ponen sobre la mesa el debate sobre los derechos neurales o neuroderechos. Un ejemplo son las Ray-Ban Meta Display, que han evolucionado de ser simples cámaras en monturas a equipos sofisticados equipados con inteligencia artificial. Cuentan con una pantalla de “visualización cabeza-arriba” (Head Up Display o HUD) – un cristal transparente que presenta información al usuario, de tal forma que este no debe cambiar su punto de vista para verla–. Y su funcionamiento se integra con la Neural Band, una pulsera de Meta que detecta las señales eléctricas de nervios humanos.

“Conoce las gafas con IA de Meta y verás el mundo como nunca lo habías visto antes”, promete Meta.

Cuando la IA lee los nervios

La banda neuronal de Meta intercepta las señales del cerebro hacia la mano a través del sistema nervioso periférico. Mediante algoritmos de IA, decodifica la intención y la traduce en comandos digitales.

Su atractivo radica en controlar la realidad aumentada sin contacto, lograr productividad fluida o superar barreras de movilidad. Sin embargo, al abrir esta puerta entregamos datos neuronales que pueden revelar nuestras acciones, estados emocionales, niveles de estrés y fatiga, e, incluso, reacciones ante estímulos publicitarios.

Meta explica cómo usar su Neural Band.

¿Qué son los neuroderechos y por qué importan ahora?

Ante estas tecnologías para monitorizar la actividad cerebral, la comunidad científica –liderada por Rafael Yuste– ha propuesto un marco de Derechos Humanos, los neuroderechos, para proteger la privacidad mental y la integridad cerebral.

En este contexto, las gafas con IA y bandas neuronales como las de Meta comprometen los cinco neuroderechos fundamentales propuestos por la fundación NeuroRights Initiative:

-Privacidad mental: proteger los datos neuronales de ser utilizados sin consentimiento. Si la banda detecta reacciones ante anuncios, ¿es privado?

-Identidad personal: evitar que la tecnología altere el “yo”. Al conectar biología con algoritmos predictivos, la línea entre voluntad y sugerencia de IA se difumina.

-Libre albedrío: preservar decisiones sin manipulación. Un sistema que reconozca impulsos nerviosos podría inducir decisiones.

-Acceso equitativo: regular el aumento cognitivo para evitar brechas entre “humanos aumentados” y “naturales”.

-Protección contra sesgos: evitar discriminación por patrones neurobiológicos.

La IA multiplica los riesgos

El problema no reside solo en el equipo, sino en la inteligencia artificial que lo gobierna. Al combinar lo que ven las cámaras de las gafas (el mundo exterior) con lo que siente la persona (su mundo interior), la IA multimodal puede realizar inferencias profundas.

Si, por ejemplo, la IA detecta por la banda neuronal que la atención decae, puede modificar lo visto en las gafas para reenganchar, manipulando la dopamina.

Esto plantea el problema de la “caja negra”: la complejidad de los algoritmos impide que ocasionalmente sus creadores puedan explicar ciertas predicciones, dejando al usuario indefenso ante una eventual manipulación subliminal.

Más allá de Meta

Meta no está sola en esta carrera. El ecosistema tecnológico se divide entre enfoques no invasivos e invasivos, y todos suponen retos para los neuroderechos.

Apple, con sus Vision Pro, apuesta por el seguimiento ocular. Las pupilas son una ventana al sistema nervioso, que delatan interés o carga cognitiva.

Apple explica cómo hacer scroll con los ojos con su Apple Vision Pro.

Las empresas de interfaces mente-máquina Neuralink y Synchron representan la vertiente invasiva. Neuralink implanta chips en la corteza cerebral mediante cirugía robótica, mientras Synchron usa un “stent” por los vasos sanguíneos. Sus fines iniciales son médicos, pero su objetivo de simbiosis con la IA plantea riesgos éticos.

¿Será posible la telepatía gracias al chip Neuralink?

Por su parte, las compañías Snap y NextMind exploran interfaces que leen la corteza visual desde la nuca para seleccionar objetos digitales. En concreto, Snap desarrolla gafas inteligentes que se integran en su ecosistema de realidad aumentada.

¿Evolución o “mercancía neuronal”?

El futuro de estas tecnologías oscila entre dos escenarios. Uno optimista, donde la neurotecnología erradica enfermedades como alzhéimer, permite a personas con parálisis comunicarse y revoluciona la educación. Y el escenario distópico, donde impulsos nerviosos se convierten en mercancía, creando un “panóptico neuronal” que permite vigilar y penalizar estados internos del individuo.

La diferencia entre ambos futuros dependerá de la regulación. Chile ha sido pionero al reformar su Constitución para proteger la integridad mental. España, mediante su Carta de Derechos Digitales y Spain Neurotech, ha marcado una hoja de ruta ética. La Unión Europea, con su Ley de IA, prohíbe técnicas subliminales que alteren el comportamiento. Pero todo está en etapa incipiente frente al arrollador desarrollo tecnológico.

Las gafas que prometen liberar a las personas de las pantallas de los móviles, también son aquellas que obligan a pagar un precio asociado a la soberanía de de la propia mente. Como sociedad, debemos asegurar que la tecnología siga siendo una herramienta a explotar, y no a la inversa.

En paralelo, urge avanzar en estrategias y acciones que permitan alfabetizar digitalmente a la sociedad de forma más efectiva y rápida, con el fin de concienciar sobre este tipo de tecnología y sus riesgos.

La regulación es clave

El futuro de estas tecnologías parece desenvolverse entre dos escenarios. En uno optimista, donde la neurotecnología erradica enfermedades como el alzhéimer, permite a personas con parálisis comunicarse y revoluciona la educación adaptándose al ritmo de cada alumno. Y el escenario distópico, donde impulsos nerviosos humanos se convierten en una mercancía comercial, creando un “panóptico neuronal” que permite la vigilancia y penaliza eventualmente determinados estados internos del individuo en el trabajo o la escuela.

La diferencia entre ambos futuros dependerá de la regulación. Chile ha sido pionero mundial al reformar su Constitución para proteger la integridad mental. España, a través de su Carta de Derechos Digitales y la creación del Centro Nacional de Neurotecnología (Spain Neurotech), también ha marcado una hoja de ruta ética, aunque no vinculante. Por su parte, la Unión Europea, con su Ley de IA, prohíbe las técnicas subliminales que alteren el comportamiento, un freno directo a los abusos del neuromarketing. Pero todo esto está en etapa incipiente frente a un desarrollo tecnológico vertiginoso.

Las gafas que prometen liberar a las personas de las pantallas de los móviles, también son aquellas que obligan a pagar un precio asociado a la soberanía de de la propia mente. Como sociedad, debemos asegurar que la tecnología siga siendo una herramienta a explotar, y no a la inversa.

En paralelo, urge avanzar en estrategias y acciones que permitan alfabetizar digitalmente a la sociedad de forma más efectiva y rápida, con el fin de concienciar sobre este tipo de procesos.

The Conversation

Pavel Sidorenko Bautista no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Gafas inteligentes para navegar por internet solo con pensarlo… y nuestros neuroderechos, ¿qué? – https://theconversation.com/gafas-inteligentes-para-navegar-por-internet-solo-con-pensarlo-y-nuestros-neuroderechos-que-275010

Radiación espacial: a qué se arriesgan los astronautas de Artemis II y las misiones del futuro

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alfonso Blázquez Castro, Profesor Departamento de Biología UAM, Universidad Autónoma de Madrid

Tripulación de Artemis II, el 1 de abril de 2026. NASA Kennedy Space Center / NASA/John Kraus.

El 1 de abril de 2026, la misión Artemis II de la NASA emprendió el camino hacia la Luna. Un camino que los humanos no hemos transitado desde diciembre de 1972 con la misión Apolo 17.

Artemis II, que supone el primer paso en la colonización permanente de nuestro satélite, acarrea múltiples retos. Uno de los más relevantes es lidiar con la radiación espacial, compuesta de partículas cargadas de muy alta energía. Evitar o, al menos, minimizar sus efectos es esencial para el éxito de esta y futuras misiones.

Radiación ubicua en el espacio

El origen de esa radiación espacial es variable: procede del espacio galáctico e intergaláctico, pero también de nuestro propio Sol –por su actividad nuclear y electromagnética– y de partículas atrapadas por el campo magnético terrestre, en los denominados cinturones de Van Allen.

Aunque las características de las radiaciones galácticas y solares no son iguales, sus efectos sobre los seres vivos sí se pueden generalizar.

Los cinturones de Van Allen atrapan radiación procedente del espacio en torno a la Tierra. En rojo, el cinturón interior, compuesto principalmente por electrones. En azul, el cinturón exterior, compuesto por electrones energéticos, protones y núcleos más pesados.
Wikimedia Commons.

¿Cómo interactúa con el organismo humano?

Dichos efectos son negativos, muy parecidos a los que ocurren por la radiactividad de explosiones atómicas o accidentes en reactores nucleares. Su interacción con las células supone graves alteraciones de su función.

Por lo general, la radiación provoca roturas de las distintas moléculas de las células, bien directamente por su altísima energía, bien indirectamente porque esa energía se va disipando y genera especies químicas muy reactivas en altas concentraciones.

Estos cambios drásticos en las biomoléculas llevan a la pérdida de la función de las células. Lógicamente, es un daño que se puede traducir en trastornos graves o, incluso, la muerte de los astronautas. Estudios previos ya han puesto de manifiesto alteraciones de distintos sistemas, como el sistema nervioso central o el cardiovascular, en las personas expuestas.

Lo más temido: daña el ADN

La radiación puede alterar o romper el material genético, el ADN. Dado que esta molécula es la que aporta la información para todas las funciones de la célula, su alteración o destrucción supone un grave peligro.

A corto plazo, el daño puede provocar enfermedad o la muerte del individuo. A más largo plazo, puede suponer la pérdida crónica de distintas funciones o el desarrollo de cáncer.

La radiación espacial puede generar un daño directo al ADN, que provoca normalmente su rotura. O bien, un daño indirecto produciendo moléculas muy reactivas que después alteran o rompen el ADN.
A. Blazquez, modificado de OA/CC https://www.mdpi.com/1422-0067/18/12/2749.

La gravedad del impacto va a depender de distintos factores, como el tipo concreto de partícula ionizante, la energía de cada una de ellas o el tiempo de exposición.

¿Cuánta radiación puede asumir un astronauta?

Una característica que resume de forma general el daño potencial es la dosis absorbida. Una de las unidades empleadas es el sievert y su milésima parte, el milisievert. Por ejemplo, una dosis súbita de 5-6 sieverts suele provocar la muerte en pocos días. Para hacernos una idea, la dosis anual máxima para tripulaciones de vuelos comerciales se sitúa en 1-2 milisievert (0,001-0,002 sieverts).

En las misiones Apolo, los astronautas recibieron unas dosis de 0,5-3 milisievert cada día, con una duración de las misiones en torno a una semana. Es decir, dosis totales de unos 10-20 milisieverts.

Por ahora, el seguimiento de la salud de los astronautas que han participado en anteriores misiones a la Luna no parece indicar que presenten mayor incidencia de cáncer o mayor mortalidad. Pero es cierto que se expusieron durante tiempos relativamente cortos (algo más de 12 días en el caso de la misión más larga, el Apolo 17).

Aunque estas cantidades parecen asumibles, por el momento, no debemos perder de vista lo cambiante del ambiente espacial. Por ejemplo, si las misiones Apolo 16 y 17, que volaron en abril y diciembre de 1972, hubiesen tenido lugar en agosto de ese mismo año, la dosis de radiación hubiese sido letal debido a una erupción solar que tuvo lugar entonces. A menudo, tales erupciones ocurren con muy poca advertencia previa.

Mecanismos de protección

Desde luego, las distintas organizaciones involucradas en promover los vuelos espaciales investigan maneras para evitar o, al menos, reducir el impacto de la radiación sobre los astronautas. Dentro de las limitaciones obvias de peso y espacio, existen materiales que actúan de barreras para la radiación.

Ahora bien, al actuar sobre estos materiales se puede generar una radiación secundaria, también dañina, dentro de la cápsula. Se están estudiando mecanismos físicos, como generar campos electrostáticos o magnéticos, para desviar o frenar parte de la radiación.

Por último, se proponen estrategias de tipo nutricional o farmacéuticas para ayudar en la reparación correcta del daño al ADN y a las células. Una vez sobre la Luna, se baraja construir bases subterráneas para aprovechar la protección que suponen los primeros metros de suelo lunar.

Muchos son los retos a los que nos enfrentamos en la exploración espacial, incluso en los primeros pasos, como es establecer una base lunar. Uno de ellos será cómo evitar o disminuir de la mejor manera la radiación a la que los humanos estaremos expuestos en nuestro satélite, bien en su órbita o en su superficie. Las misiones Artemis nos proporcionarán, sin duda, respuestas a estos interrogantes.

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Alfonso Blázquez Castro no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Radiación espacial: a qué se arriesgan los astronautas de Artemis II y las misiones del futuro – https://theconversation.com/radiacion-espacial-a-que-se-arriesgan-los-astronautas-de-artemis-ii-y-las-misiones-del-futuro-279790

La historia demuestra que la Guardia Revolucionaria de Irán resistiría una invasión terrestre

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ibrahim Al-Marashi, Adjunct Professor, IE School of Humanities, IE University; California State University San Marcos

Saeediex/Shutterstock

El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC, por sus siglas en inglés) ejerce desde hace tiempo un poder considerable, a menudo subestimado, en Oriente Medio. Con unos 190 000 miembros, además de unos 450 000 reservistas en la milicia paramilitar Basij, el componente más numeroso de las Fuerzas Armadas de Irán controla también gran parte de la política, los servicios de inteligencia y la economía del país.

Tras un ataque aéreo israelí que acabó con la vida del líder supremo de la República Islámica, el ayatolá Alí Jameneí, el 28 de febrero, el presidente de EE. UU., Donald Trump, instó al IRGC a deponer las armas a cambio de inmunidad. Las fuerzas de la Guardia Revolucionaria Islámica rechazaron la oferta y, tras la muerte de muchos de sus líderes durante el último mes, no dan señales de rendirse.

A medida que las fuerzas terrestres estadounidenses se despliegan en Oriente Medio, es imprescindible comprender que –a pesar de un mes de bombardeos generalizados por parte de EE. UU. e Israel, de infraestructuras dañadas, fracturas internas y un liderazgo diezmado– es probable que el IRGC resista con tenacidad cualquier invasión del territorio iraní. Su historia demuestra por qué.




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De milicia a fuerza de primera línea

El IRGC surgió originalmente en la revolución de 1979 a partir de las milicias callejeras improvisadas formadas por estudiantes leales a la visión del ayatolá Ruhollah Jomeini de una República Islámica. Se opuso a las facciones que buscaban crear una república laica tras el derrocamiento de la monarquía, y aspiró a ser una guardia nacional para proteger al naciente gobierno revolucionario islámico.

También conocido como Pasdaran-e Enghelab (Guardianes de la Revolución), pronto se convirtió en una guardia pretoriana del líder supremo del país.

En sus primeros días, la fuerza impidió una contrarrevolución por parte del Artesh, el ejército permanente bajo el sah. El IRGC también libró batallas callejeras con fuerzas revolucionarias rivales, incluidos izquierdistas laicos y milicias islamistas rivales.

Con la invasión de Irak a Irán en 1980, el IRGC emergió como una fuerza de combate convencional de primera línea junto con el ejército nacional. Repelieron el ataque de Sadam Husein en 1982, aunque la guerra continuó durante otros seis años. Muchos de los actuales comandantes del IRGC eran jóvenes soldados u oficiales en aquella época, y vivieron en primera persona cómo Irak utilizó armas químicas contra ellos mientras Occidente permanecía en silencio.

dos soldados con máscaras antigás y rifles
Soldados iraníes con máscaras antigás durante la guerra entre Irán e Irak, 1985.
Mahmoud Badrfar

El IRGC también se convirtió en una fuerza de contrainsurgencia cuando Sadam Husein apoyó a los rebeldes kurdos iraníes en 1980. Ha reprimido diversas rebeliones étnicas internas, desde una revuelta kurda en el noroeste que comenzó en la década de 1980 hasta una insurgencia baluchí en el sureste en la década de 2000.

Por lo tanto, es probable que los recientes intentos de Trump de fomentar revueltas kurdas se topen con la ira de los comandantes del IRGC, que llevan décadas luchando contra estos grupos rebeldes étnicos.

Lecciones de los aliados

A través de sus grupos proxy (aliados) regionales, el IRGC ya cuenta con una amplia experiencia en guerras de desgaste prolongadas contra EE. UU. e Israel.

En 1982, el IRGC creó una fuerza expedicionaria extranjera, conocida como la Fuerza Quds. La Fuerza Quds, cuyo nombre proviene del árabe para Jerusalén, apoyó la creación de Hezbolá en el Líbano en respuesta a la invasión israelí de ese año para expulsar a la Organización para la Liberación de Palestina.

A partir de ese momento, el IRGC pudo enfrentarse a Israel a través de sus fuerzas proxy. Durante 18 años, Hezbolá utilizó tácticas como los coches bomba suicidas para desgastar a las fuerzas de ocupación israelíes, que se retiraron del sur del Líbano en 2000. La operación fue ampliamente considerada como un fracaso militar para Israel.

Un hombre coloca una medalla en la solapa de otro hombre
Qasem Soleimani (izquierda) fue el comandante de la Quds hasta su asesinato a manos de las fuerzas estadounidenses en 2020. Aquí aparece junto a Alí Jameneí (derecha) en 2019.
Khamenei.ir, CC BY-NC

Estas tácticas se repitieron tras la invasión estadounidense de Irak en 2003, cuando milicias chiitas respaldadas por Quds, como Kataib Hezbolá, atacaron al ejército estadounidense desplegado allí con artefactos explosivos improvisados. Estados Unidos se retiró de Irak en 2011, desesperado por salir de una “guerra eterna”.

Los grupos proxy de la Quds en el Líbano e Irak proporcionaron lecciones que el IRGC seguramente intentaría replicar en caso de una invasión estadounidense.

Muchas de estas tácticas fueron diseñadas para desgastar a una fuerza de ocupación, y no serán suficientes para frustrar una invasión terrestre inmediata y de alta intensidad. Pero si Estados Unidos no logra sus objetivos (actualmente poco claros), podría verse envuelto en otra ocupación prolongada y una guerra de baja intensidad. Si eso ocurre, las bien perfeccionadas tácticas de desgaste del IRGC se desplegarían ampliamente.




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Irán, Estados Unidos y el “eje del mal”

Tras décadas de tensiones bilaterales, los atentados del 11 de septiembre de 2001 obligaron a EE. UU. e Irán a formar una breve alianza contra los talibanes en Afganistán. El régimen iraní incluso tendió la mano a Estados Unidos a finales de 2001, ofreciendo ayuda a los pilotos derribados que aterrizaron en suelo iraní mientras combatían a su enemigo común.

Pero en enero de 2002, George W. Bush situó a Irán junto a Irak y Corea del Norte en el ahora infame “eje del mal”, convirtiéndolos en un objetivo de la guerra contra el terrorismo de EE. UU. Para Irán, esto supuso un cambio brusco en la percepción pública estadounidense.

Los esfuerzos de acercamiento del presidente reformista Mohammad Jatamí llegaron a su fin. Tres años más tarde, el régimen apoyó el ascenso de Mahmud Ahmadineyad, un radical que, junto con el líder supremo, invirtió tanto en la expansión del programa nuclear como en el IRGC. Desde entonces, el IRGC ha evolucionado para asumir múltiples funciones de seguridad en la República Islámica.

El único periodo posterior de distensión entre el IRGC y Estados Unidos se produjo cuando la Fuerza Quds luchó contra el Estado Islámico en 2014 en Irak, en colaboración con el apoyo aéreo estadounidense. Esta cooperación tuvo lugar durante la Administración Obama y, un año después, EE. UU. firmó un acuerdo nuclear con Irán del que Trump se retiró apenas dos años después, en 2017.

Cuando las bases del IRGC fueron atacadas por ataques terroristas del ISIS a principios de febrero de 2019, consideró que los ataques eran el resultado de acciones encubiertas de Estados Unidos. Culpó a este y a Israel, además de a un aumento de la subversión baluchí y kurda.

Según la narrativa del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, la guerra actual de la administración Trump forma parte de un esfuerzo sistémico estadounidense, desde la década de 1980, para atacar al IRGC a través de intermediarios o de la guerra económica con el fin de debilitar a la República Islámica. Para ellos, se trata de un conflicto que se prolonga desde la Revolución Iraní de 1979.




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El poder protector

El IRGC se ha visto, sin duda, debilitado por el último mes de ataques aéreos estadounidenses e israelíes. Pero su historia demuestra que sus oficiales tienen un sentido de identidad corporativa propia y que defenderán su poder institucional incluso si sus líderes son asesinados.

Un hombre saluda a una gran multitud en un estadio de atletismo
El IRGC también dirige la vasta milicia paramilitar Basij. Aquí, el ayatolá Alí Jameneí en la Gran Conferencia de miembros de Basij, estadio Azadi, octubre de 2018.
Por Khamenei.ir, CC BY-NC

Esto explica por qué, tras la muerte de Jameneí, el IRGC se unió en torno a su hijo Mojtaba para mantener intacto su poder. Mientras algunos iraníes celebraban y otros lamentaban la muerte de Jameneí, el IRGC presentó un frente unido en apoyo a su régimen. Si el sistema político de Irán se desmoronara, el IRGC perdería su estatus dentro del grupo.

El IRGC también ha evolucionado para funcionar como una red empresarial. Con participaciones en el sector servicios, que van desde los medios de comunicación hasta la construcción, controla al menos el 20 % de la economía. Dado que algunos líderes del IRGC se han beneficiado de prácticas corruptas en la gestión de estas redes, temerían tener que rendir cuentas y ser juzgados por un nuevo orden político, y no aceptarán la idea de rendirse.

Lo que representa esta red de privilegios es, en última instancia, un Estado oculto. El IRGC no es solo un ejército, sino también una institución militar separada, autónoma y vasta, que ha logrado conservar su poder tras el asesinato de Jameneí. Si nos basamos en los acontecimientos de la historia –y del conflicto hasta ahora–, luchará hasta el final antes que capitular.

The Conversation

Ibrahim Al-Marashi no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La historia demuestra que la Guardia Revolucionaria de Irán resistiría una invasión terrestre – https://theconversation.com/la-historia-demuestra-que-la-guardia-revolucionaria-de-iran-resistiria-una-invasion-terrestre-279981