En Latinoamérica, las ciudades no están diseñadas para las mujeres cuidadoras

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Celia Herrera, Directora Centro de Investigación y Desarrollo de Ingeniería, Universidad Católica Andrés Bello

Calle del centro de Medellín (Colombia). DawgTraveler/Shutterstock

En muchas ciudades latinoamericanas, buena parte de los viajes urbanos no son trayectos laborales tradicionales (a una oficina, a una fábrica o una tienda), sino que se hacen para ir a cuidar a otros. Acompañar a niños, asistir a personas mayores, comprar alimentos o ir a un centro de salud forma parte de una movilidad cotidiana que sostiene la vida.

Estos recorridos recaen mayoritariamente en las mujeres y presentan patrones específicos: trayectos encadenados, múltiples paradas, horarios fragmentados y cargas físicas adicionales. Este tipo de movilidad rara vez se incorpora en las estadísticas oficiales. Y como no se mide, tampoco se diseña para ella.

Un nuevo marco: ciudades cuidadoras

En los últimos años, el concepto de ciudad cuidadora ha ganado presencia en la investigación urbanística y en el diseño de políticas públicas. El artículo Caring Cities: Towards a Public Urban Culture of Care?” (2025) analiza cómo distintas ciudades del mundo están incorporando el cuidado en la organización del espacio público, los servicios y la planificación urbana.

En América Latina, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe
(CEPAL) ha subrayado que la autonomía económica de las mujeres depende directamente de que haya unas infraestructuras de cuidados suficientes y accesibles. Y es que el cuidado no es solo un asunto doméstico: también es un problema urbano de accesibilidad y de tiempo.

Este enfoque implica un cambio de escala. Se pasa de pensar en viajes individuales a comprender la trama de desplazamientos cotidianos necesarios para sostener la vida. No se trata solo de transporte, sino de equidad urbana.

Qué dice la evidencia

La movilidad del cuidado tiene patrones propios que no encajan bien en el clásico viaje pendular hogar–trabajo–hogar. Un estudio a escala regional publicado en 2021 comparó datos de Bogotá, Medellín y São Paulo. Encontró que las mujeres realizan más viajes encadenados, visitan más destinos y registran trayectorias distintas, muchas vinculadas al cuidado. Esto se traduce en mayor exposición a la inseguridad, más tiempo perdido y menor acceso a oportunidades. Además, la dispersión urbana y la falta de infraestructuras peatonales hacen que cuidar sea más costoso –en tiempo y energía– para quienes ya parten con menos margen.

Durante la pandemia, las mujeres de barrios con ingresos bajos extendieron sus caminatas y reorganizaron sus rutas ante la falta de transporte y de servicios cercanos.

La caminabilidad “promedio”

El índice de caminabilidad impulsado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) mide, con una perspectiva de género, la calidad del entorno construido para desplazarse a pie. La metodología permite la evaluación de las rutas y calles, a través del análisis de 23 variables estructuradas en seis categorías: aceras, conectividad, seguridad vial, fachadas y edificaciones, confort y mobiliario, y señalización.

Aunque este índice es un avance en la evaluación del espacio peatonal, se sigue partiendo del peatón estándar: alguien que se desplaza sin cargas, con plena autonomía física y en un recorrido simple de un punto A a un punto B.

Para los trayectos del cuidado, eso rara vez ocurre. Quien empuja un coche de bebé o acompaña a un adulto mayor necesita aceras continuas y anchas, rampas bien resueltas, cruces seguros y sombra. Quien camina encadenando actividades necesita buena conectividad, proximidad a los servicios y sensación de seguridad en horarios diversos. En muchos barrios latinoamericanos, esas condiciones no están garantizadas.

Si estas realidades no se miden, permanecen invisibles. Y lo que no se ve, no se planifica.

Nuevas metodologías

A nivel internacional están surgiendo herramientas para integrar el cuidado en la medición urbana e identificar brechas entre servicios, movilidad y disponibilidad de tiempo de quienes cuidan.

Este tipo de modelos puede dialogar con métricas ya existentes, como las del BID, y ampliarlas para capturar mejor las desigualdades territoriales.
Incorporar estas variables no es sumar indicadores por sumar, sino reformular la pregunta sobre qué significa “una ciudad caminable” y para quién.

Hacia una medición que cuide

Medir la caminabilidad con enfoque de cuidados permitiría identificar distancias excesivas andando para ir a escuelas y centros de salud, aceras discontinuas que impiden empujar un coche de bebé, cruces peligrosos en rutas escolares, falta de iluminación o barreras para personas con movilidad reducida. Estos obstáculos pequeños en el mapa son, en la práctica, grandes barreras para la igualdad.

Esto mejoraría la vida de mujeres, personas mayores, niños, personas con discapacidad y hogares de bajos ingresos. Además, permitiría diseñar políticas más eficientes, porque atender el cuidado reduce desigualdades desde su raíz temporal y territorial.

La infraestructura del cuidado ya está en la ciudad, pero a menudo es precaria e invisible. Medir accesibilidad y caminabilidad sin cuestionar la ficción del peatón estándar equivale a seguir planificando para una minoría. Cuando una ciudad decide qué mide, también decide a quién prioriza.

The Conversation

Celia Herrera no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. En Latinoamérica, las ciudades no están diseñadas para las mujeres cuidadoras – https://theconversation.com/en-latinoamerica-las-ciudades-no-estan-disenadas-para-las-mujeres-cuidadoras-271926

Inmunoterapia en oncología: grandes éxitos, grandes retos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Claudia Martínez Sánchez, Biomedicine and Molecular Oncology Researcher, Universidad de Oviedo

Durante décadas, hemos centrado todos nuestros esfuerzos en tratar el cáncer atacando directamente a las células tumorales. Hoy sabemos que una de las herramientas más valiosas y potentes para combatirlo estaba ya en nuestro propio cuerpo: el sistema inmunitario. Convertirlo en nuestro aliado es una interesante opción en la lucha contra el cáncer.

¿Qué es la inmunoterapia?

A diferencia de los tratamientos como la quimioterapia o las terapias dirigidas, la inmunoterapia no ataca directamente al tumor. Su objetivo es otro: reactivar el sistema inmunitario del paciente para que “haga el trabajo” y elimine las células tumorales.

Nuestro sistema inmunitario está diseñado para detectar y eliminar amenazas, como bacterias, virus o células dañadas. Y en teoría, también debería ser capaz de reconocer y eliminar las células tumorales. El problema es que el cáncer aprende a frenar, engañar o desactivar estas defensas, logrando pasar desapercibido y progresar.

Ahí es donde entra en juego la inmunoterapia: en lugar de actuar directamente sobre el tumor, retira esos frenos y refuerza la respuesta inmunitaria. Esto permite que el propio organismo recupere su capacidad natural para combatir la enfermedad.

Una idea antigua, una revolución reciente

La idea de utilizar el sistema inmunitario para combatir el cáncer no es nueva. A finales del siglo XIX, el médico estadounidense William Coley observó que algunos pacientes oncológicos mejoraban tras sufrir infecciones graves. A partir de esa observación, intentó provocar respuestas inmunes intensas mediante la inyección de bacterias inactivadas, conocidas como las toxinas de Coley.

Los resultados fueron variables y la técnica acabó abandonándose, pero dejó una idea fundamental: activar el sistema inmunitario podía convertirse en una estrategia antitumoral muy eficaz.

Con el tiempo, y gracias a los avances en biología e inmunología, ya no fue necesario recurrir a bacterias para activar las defensas. La investigación permitió identificar formas mucho más precisas y eficaces de activar el sistema inmunitario, y fue entonces cuando la inmunoterapia empezó a mostrar todo su potencial clínico.

No existe una sola inmunoterapia

Solemos hablar de la inmunoterapia como si fuera un único tratamiento, pero en realidad engloba estrategias muy diferentes.

Entre las más utilizadas se encuentran los inhibidores de puntos de control inmunitario, que quitan los “frenos” que impiden al sistema inmunitario atacar a las células tumorales. También están los anticuerpos monoclonales, que reconocen específicamente esas células y permiten su eliminación. En cuanto a las terapias celulares adoptivas, como las CAR-T y TCR-T, se basan en modificar los propios linfocitos T del paciente para que reconozcan y destruyan las células malignas.

A ello se suman las vacunas terapéuticas y otros fármacos en desarrollo cuyo objetivo es estimular la respuesta inmunitaria.

Los grandes éxitos: por qué la inmunoterapia fue una revolución

El impacto de la inmunoterapia se hizo especialmente evidente en tumores como el melanoma metastásico o el cáncer de pulmón. En algunos pacientes, tratamientos que antes apenas lograban ganar unos meses de vida, dieron paso a algo inesperado: respuestas que se mantienen en el tiempo.

Este concepto de “respuesta duradera” es la clave de la revolución. No se trata solo de que el tumor disminuya de tamaño, sino de que permanezca controlado a largo plazo, algo poco habitual con las terapias clásicas. Por eso, con la inmunoterapia en nuestro arsenal, se puede hablar de un cambio de paradigma en oncología.

Entonces, ¿por qué no todos los cánceres se tratan con inmunoterapia?

Aquí surge la gran pregunta. Si funciona tan bien en algunos casos, ¿por qué no tratar con inmunoterapia a todos los pacientes?

Para entenderlo es necesario distinguir entre tumores “calientes” y tumores “fríos”. Los tumores calientes tienen el sistema inmune “despierto”: presentan infiltración de linfocitos T e inflamación. En estos casos, la inmunoterapia tiene más posibilidades de funcionar. Los tumores fríos, en cambio, carecen de actividad inmune y no responden a estos tratamientos.

A esto se suma la enorme capacidad de adaptación que presentan algunos tumores. Las células tumorales pueden “esconderse” del sistema inmunitario, y hacerse menos visibles. Otras impiden la entrada de células inmunes en el tumor o bloquean su actividad.

Además, algunos tumores “modifican” su entorno para crear un ambiente hostil a la respuesta inmune. En estos casos, la inmunoterapia tiene poco margen de actuación, porque no hay una respuesta inmunitaria eficaz sobre la que actuar.

¿Y si el sistema inmunitario se activa en exceso?

Activar el sistema inmunitario tiene un precio. En algunos pacientes, la respuesta inmune puede dirigirse también contra tejidos sanos, provocando efectos secundarios como inflamación de la piel, el intestino o la glándula tiroides.

En algunos casos, estos efectos secundarios pueden ser graves y aparecer incluso meses después de finalizar el tratamiento. Por eso, la inmunoterapia requiere un seguimiento médico estrecho y una vigilancia continua.

No es una cura universal, pero sí un cambio profundo

La inmunoterapia no ha sustituido a los tratamientos oncológicos clásicos ni funciona en todos los pacientes. Pero ha demostrado algo clave: el cáncer puede tratarse de otra manera.

Hoy sabemos que su éxito no es casual y depende de varios factores. Primero, investigación continua para entender por qué funciona en algunos tumores y falla en otros, y cómo las células cancerosas logran escapar del sistema inmunitario. Segundo, una mejor selección de pacientes, basada en biomarcadores que ayuden a predecir quién puede beneficiarse del tratamiento.

En tercer lugar, resulta esencial el seguimiento a largo plazo, necesario tanto para controlar la enfermedad como para vigilar posibles efectos secundarios.

Mirando al futuro de la investigación oncológica

La inmunoterapia no es una solución “mágica”, pero sí ha supuesto una auténtica revolución en oncología. Ha demostrado que el sistema inmunitario puede convertirse en un aliado terapéutico muy poderoso.

Su futuro no está en aplicarla de manera indiscriminada, sino en entender mejor en qué pacientes funciona, por qué y en combinación con qué tratamientos. De esta forma, la oncología se dirige hacia una medicina de precisión. Porque el verdadero progreso no está en tratar más, sino en tratar mejor.

The Conversation

Claudia Martínez Sánchez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Inmunoterapia en oncología: grandes éxitos, grandes retos – https://theconversation.com/inmunoterapia-en-oncologia-grandes-exitos-grandes-retos-274320

Andrés Cota, biólogo y escritor: “En cuanto se entiende que controlan el clima, no se vuelven a ver los árboles de la misma forma”

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Andrea J. Arratibel, Editor, The Conversation

Impulsor del nature writting o de la “liternatura” en México y autor de cinco libros, Andrés Cota Hiriart condensa en su perfil (escritor, zoólogo, naturalista, ensayista, divulgador, documentalista) una versatilidad que le corona como una de las referencias mexicanas más jóvenes de las letras, pero también del panorama científico.

El suyo se considera un perfil híbrido poco común; una rara avis que, sin embargo, él no considera que sea “nada novedoso”. “Así era cualquier naturalista del siglo XIX y del XX”, subraya, y pone como ejemplo a algunos de sus referentes: Oliver Sacks, Frans de Waal, Donna Haraway.

Profesor de literatura en la Escuela Superior de Cine y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, su frenética actividad se reparte entre las clases en la universidad, charlas, ferias, presentaciones de libros, festivales culturales, la dirección del pódcast Masaje cerebral y el programa de televisión de la Revista de la Universidad de México.

Es, además, fundador de la Sociedad de Científicos Anónimos, una iniciativa que saca la ciencia de su entorno habitual y la pone en contacto con un público general y diverso. “Una especie de terapia para cerebros hambrientos”, la describe él. Inspirada en el concepto de los “cafés filosóficos” de Inglaterra, la idea nació del intento de sacar adelante El Idiografo, una revista científico-cultural que, tras fracasar en ese formato, acabó convirtiéndose en un exitoso “café de ciencia tropicalizado” en la Ciudad de México. Este foro se ha extendido ya a más de 20 ciudades del país.

En una sociedad dividida entre las letras o las ciencias, ¿dónde se origina tu pasión por disciplinas aparentemente tan dispares?

Desde niño era consciente de que en la mayoría de perfiles somos muy híbridos, que lo normal es que todas las personas tengamos diferentes intereses. A lo mejor fue porque a mí nunca se me censuró una u otra vocación. En casa, mi papá y mamá eran científicos. Y buena parte de la labor de alguien que piensa científicamente consiste en contarle a otras personas por qué piensan esas cosas. Tanto ellos como mis abuelos eran muy lectores. Mi abuelo de Sinaloa, un hombre de campo, leía todo lo que podía en el rancho como compulsión lectora, hasta periódicos antiguos de más de un mes.

Cuando uno crece en una casa rodeado de mucha mezcla de perfiles que al sentarse a comer hablan de libros, deduce que en ellos hay algo importante, puntos comunes, coincidencias, discordancias… Creo que leer, supongo que como cualquier otro consumo cultural, se aprende por copiar al otro. Se va pegando por imitación, por emular lo que hacen los primates adultos que te educan.

Te has posicionado como la referencia de la “liternatura” de tu país, aquella que relata la naturaleza y las relaciones humanas con ella. ¿Por qué no es fácil encontrar ese tipo de obras en español?

No entiendo por qué aquí todavía seguimos cultivando a esa idea de que la literatura de naturaleza o de ciencia es de nicho. Aunque cada vez se publica más sobre el tema, en México hay una idea muy arraigada de que la ciencia ocupa un espacio que no necesariamente se trasvasa hacia otras áreas sociales; que no le va a interesar a nadie. Y es una pena, porque luego hay libros de autores como Donna Haraway, Anna King o Robert McFarlane que son superventas. O de Oliver Sacks, que lo conoce mucha gente. Deberíamos asumir la ciencia como parte de la cultura, deberíamos tener una cultura mucho más “cientificada” y una ciencia mucho más humanista.

¿Es una tradición anglosajona que nos falta en el mundo hispanohablante?

Que le pongan un nombre a una corriente de obras dice mucho. Y, como género, el nature writing tiene siglos. Al inglés se traduce todo, y al español, en cambio, muy poquito. De hecho, algunos de mis libros favoritos de literatura de naturaleza, de los que más aprecio y que me encantaría compartir con mis estudiantes y mucha gente, están descatalogados en la versión en español, como Last Chance to See, de Douglas Adams y Mark Carwardine. Se trata de un viaje alrededor del mundo para buscar especies en peligro de extinción. Creo que fue el primer libro o el primer producto cultural (porque también es una serie de radio y televisión) que convirtió el tema de la extinción biológica en superventas.

La desaparición de la biodiversidad es una de tus grandes temáticas. México ocupa uno de los primeros lugares del mundo en cantidad de especies en peligro de extinción. ¿Cómo podemos contribuir a frenar esta crisis?

Una forma de darle la vuelta a la extinción masiva es no ignorarla. En este caso la ignorancia no exime de responsabilidad. Estamos “ahorita” viviendo una crisis de 46 000 especies en peligro de extinción. Pero también hay que darse cuenta que quedan muchas otras por descubrir. Actualmente hay dos millones de especies descritas y potencialmente podrían existir otros ocho millones por describirse. Por eso hay mucho que hacer para conservar, para salvar lo que queda. Y también hay que cambiar la narrativa actual.

¿Hacia dónde enfocarla?

Creo que la narrativa que tiene sentido es la narrativa de la naturaleza local. La mayoría de los niños y niñas no conocen las especies que les rodean, por eso luego no las ubicamos ni valoramos. Entiendo que hay que usar las especies icónicas como un gancho para su conservación, pero habrá que hacer un esfuerzo por todas las demás. No nos preocupan porque ni las conocemos. Para darle la vuelta al barco es importante fomentar la narrativa local y, en este caso, la narrativa del Sur Global. Por otro lado, hay que contar la vida de las plantas, los hongos o las bacterias por su propio valor, por lo que nos puedan decir del mundo.

¿Debe la comunicación sobre la biodiversidad escapar del antropocentrismo?

Hay que quitar al humano del centro y que tenga como protagonistas a otros organismos, pero también a los ambientes. Vamos por el mundo asumiendo que las plantas están ahí como un decorado, dándolas por sentado, sin tener idea de si ese árbol que vemos es nativo, sin saber de dónde viene: no conocemos su historia. En cuanto se entiende que “comen atmósfera” y controlan el clima, no se vuelven a ver los árboles de la misma forma. ¡Te vuela la cabeza!

¿Por eso escribiste El ajolote?

Hay toda una escuela de escritores y escritoras, que inició Cortázar, que le buscan rasgos humanoides al ajolote porque quieren reflejarse en él. Para mí es posiblemente el vertebrado terrestre con la vida más diferente a un humano, y creo que eso es justo lo valioso, lo que puede contarnos sobre el mundo, no sobre uno mismo.

La paradoja es que, a pesar de que el ajolote de Xochimilco aparece representado en todos lados, no han encontrado ninguno en el último censo. Esta especie, uno de los animales más simbólicos y queridos de México, es un gran ejemplo de lo que pasa con tantos programas de conservación, como el del cóndor mexicano, que salen adelante por unas pocas personas interesadas haciendo todo el trabajo y que logran cerrar la voluntad política.

¿Falta más compromiso gubernamental?

A nivel gobierno existe completa indiferencia. Yo siempre digo, ¿cómo puede ser que si hay dos o tres personas que pueden cambiar la historia de una especie, los gobiernos no lo vean? Por eso a veces pienso que, más que hacer divulgación de la ciencia para la gran sociedad, debemos pensar en hacerla específicamente para los que gobiernan.

¿Hay entonces esperanza para el ajolote?

Existe el conocimiento científico para su conservación. Está la iniciativa, incluso la prueba experimental de la recuperación de sus poblaciones con la chinampa refugio, que yo creo que es la última trinchera realista, la última oportunidad para que esté en vida libre. Si se mitigan las causas que derivaron en su colapso poblacional, a lo mejor en 10 años tenemos una población enorme de ajolotes. Pero hay que mitigar esas causas, que en este caso están muy bien identificadas. Así que sí, todavía habría chance de darle la vuelta y convertirlo en un símbolo de la conservación en vez de en uno de la extinción.

Necesitamos crear más símbolos esperanzadores. Si no, nuestras nuevas generaciones van a crecer con la idea de que si ni siquiera podemos salvar de nuestros propios tropiezos a una criatura como el ajolote. Y si es así, ¿qué esperanza tiene el resto?

De adolescente compartiste habitación con una boa de tres metros de largo y criaste a Lupe, una cocodrila. Vivencias de tener un zoológico en tu propia casa que cuentas en tu libro Fieras familiares. ¿Cómo fue la experiencia de llegar a crear una Unidad de Conservación de Vida Silvestre (UMA) para la reproducción de reptiles?

Como a muchas otras cosas en mi vida llegué por accidente, igual que terminar escribiendo. ¡Un accidente que agradezco! Fue el resultado de una pasión infantil y juvenil que se fue profesionalizando, que se convirtió en una especie de museo o colección viviente. De manera improvisada, aquella pasión se fue volviendo cada vez más seria hasta volverse una UMA. Mi primera aventura laboral: me autoempleaba, pero no ganaba dinero.

Entre los temas sobre los que divulgas destacan las cuestiones neurológicas y las patologías mentales. En el 2025 lanzaste Fieras Interiores, un libro que desvela la relación entre organismos y patologías, ¿de qué tratará tu próxima obra?

En algún momento me gustaría publicar algo de insectos y estoy en un proyecto sobre cómo alimentar a 8 000 millones de personas sin extinguirnos en el intento. La idea es empezar a buscar soluciones y no solo pintar problemáticas. Pero mi gran interés ahora es el mar, las profundidades marinas.

¿Por qué el mar?

Creo que ahí hay más de una saga de descubrimiento humano para con la naturaleza, y desde una visión no colonialista. Porque, lo que es seguro, es que las especies que se encuentren bajo los 2 000 metros de profundidad sí son nuevas para la humanidad, no sólo para la gente occidental que las describe. Además, hay mejores mapas de la Luna que del fondo marino, del que sólo el 5 % está explorado.

¿Qué puede desvelarnos del mundo?

Todos los descubrimientos que se están haciendo sobre las profundidades van rompiendo paradigmas. Antes se pensaba que el agua profunda del mar estaba prácticamente deshabitada. Ahora se sabe que la mayor parte de la biodiversidad marina se encuentra oculta por debajo de los 800 metros de profundidad, o sea, en la oscuridad. ¡Eso es una locura!

The Conversation

ref. Andrés Cota, biólogo y escritor: “En cuanto se entiende que controlan el clima, no se vuelven a ver los árboles de la misma forma” – https://theconversation.com/andres-cota-biologo-y-escritor-en-cuanto-se-entiende-que-controlan-el-clima-no-se-vuelven-a-ver-los-arboles-de-la-misma-forma-273979

La selección: la lucha por los derechos de las mujeres es internacional

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Claudia Lorenzo Rubiera, Editora de Cultura, The Conversation

Las actrices de _We Are Lady Parts_ con la directora Nida Manzoor. Filmin

Vengo a presentarles (si no la conocen) la serie británica We are Lady Parts. En ella se cuenta la historia de cinco mujeres londinenses que montan un grupo de punk. Cada una de ellas ha tenido una educación musulmana diferente. Cada una de ellas es mucho más que su origen, su cultura, su fe. Y cada una de ellas es, también, la suma de todo eso.

We Are Lady Parts, creada, escrita y dirigida por Nida Manzoor, es una propuesta reivindicativa pero diversa, alegre pero furiosa, cómica pero realista. Me gusta tenerla en cuenta cuando pienso en los retos a los que se enfrentan las mujeres y en la complejidad de cada una de sus demandas, que dependen claramente de las circunstancias desde las que se hacen. Hay un concepto, la interseccionalidad, que viene al pelo. La interseccionalidad plantea los diferentes condicionantes que influyen en cómo viven las mujeres en diferentes partes del mundo.

En muchas ocasiones, la religión ha servido como justificación y también arma para ejercer la represión femenina. Así sucedió con el catolicismo y las Lavanderías de la Magdalena irlandesas, por ejemplo. Y así ocurre hoy en día con el islam en demasiadas ocasiones. Los estudios de la socióloga marroquí Fatema Mernissi, sin embargo, abrieron la puerta a cuestionar si esas justificaciones teológicas tenían sentido. La respuesta es que no, que la opresión obedece a factores históricos, no a presupuestos religosos. En Irán, algunas de las mujeres más valientes del globo llevan años saliendo a la calle para pelear por su derecho a ser ciudadanas, independientemente de lo que diga la sharia.

La política también influye. Lo demuestra la situación en muchos países de América Latina, que habían dado pasos hacia delante en los derechos de la mujer hasta chocar recientemente con un muro reaccionario. En Estados Unidos, cuna de gran parte de la teoría feminista del siglo XX, lo conseguido entonces, que era mucho pero no todo, está retrocediendo. En medio de la guerra entre este país e Irán, hay quienes dicen haber ido a la batalla a defender los derechos de las mujeres. Son los mismos que ignoraban esas demandas hasta hace diez días.

La lucha feminista, que es la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres, nunca ha tenido garantía de éxito ni de consolidación. Hay esperanza, claro. Las mujeres viven mejor que antes. Hemos conquistado derechos y libertades que antes no teníamos. Se han dejado de cometer, en muchos países de Occidente, barrabasadas en nombre de la “decencia” femenina.

Pero no todas vivimos mejor. Contamos los feminicidios por decenas, centenas y miles. Las mujeres en guerra, las de Gaza o Ucrania, sufren violencia a mayores solo por su sexo. Y existe un país, con más de 42 millones de personas, en el que las mujeres están menos protegidas que los animales, en el que ellas se consideran propiedad del amo y en el que viven en condiciones de esclavitud.

No olvidemos, en resumen, que existe Afganistán.

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ref. La selección: la lucha por los derechos de las mujeres es internacional – https://theconversation.com/la-seleccion-la-lucha-por-los-derechos-de-las-mujeres-es-internacional-277769

Parir en silencio y soledad: la violencia obstétrica que sufren las mujeres sordas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Desirée Mena-Tudela, Enfermera. Titular de Universitat, Universitat Jaume I

christinarosepix/Shutterstock

El 28 de febrero de 2026, en la 40.ª edición de los Premios Goya, Miriam Garlo recogió el galardón a Mejor Actriz Revelación por su papel en Sorda. Su discurso de agradecimiento, pronunciado también en lengua de signos española, incluyó una frase que resonó con fuerza en redes sociales y medios de comunicación:

“Este premio es para las mujeres sordas que han sido madres y para las que no, porque a la violencia obstétrica hay que añadirle la violencia de la invisibilidad”.

El impacto mediático de sus palabras abrió un debate que las profesionales de la salud, las académicas y las propias mujeres sordas llevamos años intentando situar en la agenda pública y política: existen barreras comunicativas estructurales durante el embarazo, el parto y el puerperio. Y esas barreras comprometen tanto la seguridad clínica como el ejercicio efectivo de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres sordas.

La pregunta es inevitable: ¿cuánto sabemos realmente sobre esta realidad y qué estamos haciendo para cambiarla?

Sorda como posicionamiento artístico y político

La película Sorda, dirigida por Eva Libertad, sigue a Ángela, una mujer sorda que atraviesa el embarazo, el parto y la crianza de su hija. Su entorno no habla su lengua, no entiende sus silencios y, con demasiada frecuencia, toma decisiones por ella. Más que narrar una historia individual, la película construye una retórica de incomodidad permanente frente a un mundo diseñado para oyentes.

Desde esa perspectiva, Sorda funciona no sólo como obra cinematográfica, sino también como una intervención política: revela cómo la autonomía puede verse sistemáticamente fracturada cuando la comunicación no está garantizada.

La barrera comunicativa también es violencia obstétrica

La historia expone una forma de violencia obstétrica que rara vez se nombra: la que ocurre cuando el sistema y el personal sanitario no asegura una comunicación accesible.

Aunque las mujeres sordas no constituyen un grupo homogéneo, muchas comparten experiencias similares dentro de los sistemas de salud convencionales: consultas sin intérprete, explicaciones incompletas o inexistentes, decisiones clínicas comunicadas de manera fragmentaria o asumidas sin mediación lingüística.

A ello se suman factores recientes, como el uso generalizado de mascarillas, que dificultan aún más la lectura de los labios y la interpretación de expresiones faciales.

Las consecuencias no son menores. En el contexto obstétrico, la comunicación es una herramienta clínica fundamental. Permite evaluar síntomas, comprender sensaciones corporales y tomar decisiones informadas durante el proceso del parto.

Por ejemplo, la evaluación del dolor —considerado el quinto signo vital— es un indicador clave para garantizar la seguridad de la atención. Cuando esta evaluación no se realiza adecuadamente por falta de comunicación, no estamos ante un simple descuido: estamos ante una vulneración que puede tener consecuencias clínicas reales.

Pero el problema no se limita a la falta de información. Lo que está en juego es la autonomía.

Consecuencias evidenciadas

La violencia obstétrica incluye prácticas como realizar intervenciones sin consentimiento informado, ignorar las necesidades de la mujer, negar respuestas a sus solicitudes de ayuda o aplicar procedimientos que no están basados en evidencia. Estas experiencias tienen consecuencias que se han documentado en la literatura científica. Algunas de ellas son el trauma relacionado con el parto, la depresión posparto, el trastorno de estrés postraumático y la desconfianza hacia el sistema sanitario.

Para las mujeres sordas, estos riesgos se amplifican cuando los canales de comunicación no están garantizados. La discriminación de género se entrelaza con el capacitismo institucional, produciendo una doble forma de exclusión.

A ello se suma un problema estructural: muchos servicios de salud continúan funcionando bajo la premisa implícita de que todas las personas oyen, hablan y comprenden de la misma manera.

Cuando una mujer sorda llega a una institución de salud, con frecuencia se produce una escena repetida: el personal sanitario duda sobre quién la atenderá porque nadie sabe cómo comunicarse con ella. Aparecen el miedo, la inseguridad y la improvisación. La respuesta institucional suele ser la misma: desorientación, delegación y soluciones improvisadas.

No se trata de una anécdota o experiencia aislada. Es el resultado de un sistema que aún no ha incorporado la diversidad comunicativa como parte del estándar de cuidado.

Cuando la violencia obstétrica se vuelve una experiencia cotidiana

Los testimonios de mujeres sordas ayudan a comprender la dimensión real de esta problemática. En nuestra investigación hemos recogido múltiples ejemplos. Los nombres y procedencia de estas mujeres son ficticios para proteger su privacidad:

Elsa (Burgos). Mujer sorda de 49 años:

Después del parto todo cambió. Tuve cesárea por riesgo de pérdida del bienestar fetal. Comunicación con la cesárea cero. Todo con mascarillas. No supe por qué fue la cesárea. Después me lo contaron. Se llevaron al bebé. No me dijeron si estaba bien. Después de 5 horas desde la cesárea, el padre de mi hijo me dijo que estaba bien. Me puse a llorar por todo lo que tenía acumulado. Era como que yo no importaba. No tengo buena experiencia ni en el parto, ni el postparto, ni en la lactancia.

Marina (Comunidad Valenciana). Mujer sorda de 40 años:

La experiencia con el primero fue horrible. Con el segundo, fue mejor. Mi primer parto fue muy largo. Me dijeron que empujara, pero no sabía cómo. Lloré mucho en el hospital. No sabía qué hacer. No me sentía una buena madre. No me sentía preparada. A veces se oye que la gente tiene información, pero en nuestro caso… ¿qué información tenemos? Creo que es importante hablar sobre la maternidad de las madres sordas. En la comunidad sorda, no solemos hablar sobre la maternidad. En cuanto a la lactancia materna, a veces recibimos información contradictoria.

Estos relatos dan cuenta de lo que ocurre cuando una intervención médica se realiza sin explicación. También de cuando una mujer no puede acceder a la información necesaria para participar en las decisiones sobre su propio cuerpo. Esta forma de violencia obstétrica ha sido descrita por la literatura científica como violencia obstétrica capacitista.

¿Qué cambios son necesarios?

La película Sorda cierra con una dimensión política clara: solo un sistema que asume que todas las mujeres viven la maternidad de la misma manera puede producir este tipo de daño de forma sistemática.

Desde la perspectiva de la salud pública, ese reconocimiento debería ser el punto de partida para la transformación. Algunas medidas simples, pero que requieren voluntad institucional, serían garantizar intérpretes de lengua de signos en los servicios de salud, incorporar formación básica en comunicación accesible para los equipos sanitarios o reconocer la diversidad lingüística como parte fundamental de la calidad asistencial.

La pregunta de fondo no es si el sistema sanitario puede adaptarse. La pregunta es: ¿cómo puede considerarse ética una atención de salud que asume como aceptable que una mujer no entienda lo que ocurre durante su propio proceso de embarazo, parto y postparto? ¿De qué derechos a la salud hablamos cuando las mujeres sordas no pueden tener y acceder a una atención de salud mínimamente digna?

Sin comunicación accesible no hay consentimiento informado ni autonomía reproductiva posible. Cuando la autonomía desaparece, los derechos sexuales y reproductivos dejan de ser derechos y se transforman en una promesa vacía.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Parir en silencio y soledad: la violencia obstétrica que sufren las mujeres sordas – https://theconversation.com/parir-en-silencio-y-soledad-la-violencia-obstetrica-que-sufren-las-mujeres-sordas-277657

De Irán a Europa: el feminismo utilizado como coartada geopolítica

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María López Belloso, Profesora e Investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de deusto, Universidad de Deusto

Mujeres en el metro de Teherán. Grigvovan/Shutterstock

La reciente escalada entre Irán, Estados Unidos e Israel ha reactivado un argumento recurrente: la situación de las mujeres bajo el régimen de los ayatolás como justificación del ataque y de la vulneración del derecho internacional.

La represión no es nueva. Desde 1979, los derechos de las mujeres se han visto gravemente restringidos, y en los últimos años la presión se ha intensificado con campañas como el Plan Noor y con la pena de muerte para sofocar el movimiento “Mujer, Vida, Libertad”“, activo desde 2022.

En diciembre de 2025, tras nuevas protestas por un cambio de régimen, la represión dejó entre 3 428 y 12 000 víctimas, según distintas fuentes.

Pero ¿es realmente esa la razón del ataque conjunto? La defensa de los derechos de las mujeres ha ocupado un lugar central en la justificación pública de la ofensiva. Benjamin Netanyahu invocó el lema “Mujer, Vida, Libertad” y afirmó que la operación buscaba abrir camino a la libertad del pueblo iraní; Donald Trump habló en términos similares, afirmando perseguir la liberación del pueblo iraní.

Las contradicciones sobre el sufrimiento femenino

Sin embargo, los bombardeos alcanzaron infraestructuras civiles, incluidas escuelas de niñas en Hormozgan. La contradicción es evidente: mientras se apela al sufrimiento femenino para legitimar la intervención, la guerra incrementa su vulnerabilidad y refuerza la represión interna bajo el argumento de la seguridad.

Esta incoherencia no es exclusiva de Estados Unidos ni del caso iraní. Afganistán ofrece un ejemplo igualmente revelador. Desde el regreso del régimen talibán en 2021, se han aprobado más de un centenar de edictos que prohíben a las mujeres la educación secundaria y universitaria, el trabajo en ONG y su presencia en espacios públicos, llegando incluso a impedir que su voz sea escuchada en la calle.

La ONU ha calificado esta situación como “apartheid de género”. Sin embargo, la respuesta de las potencias occidentales ha sido claramente desigual: abundan los comunicados de “profunda preocupación”, pero no se han aplicado medidas de presión comparables a las dirigidas contra Irán.

Esta inacción sugiere que, una vez que Afganistán dejó de ser prioridad estratégica, los derechos de sus mujeres dejaron de ocupar un lugar central en la agenda internacional.

Salvadores blancos

La recurrente retórica de “liberación” que hemos visto desde Afganistán hasta la reciente ofensiva contra Irán en 2026 encuentra su explicación más lúcida en la obra de la antropóloga Lila Abu-Lughod, Do Muslim Women Need Saving?. Abu-Lughod denuncia que la narrativa occidental de la mujer musulmana como una víctima pasiva e indefensa no es un acto de empatía, sino una herramienta de paternalismo colonial que despoja a estas mujeres de su propia esencia para convertirlas en el pretexto de intervenciones militares.

Este “complejo de salvadora blanca” permite a líderes como Donald Trump o la alta representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Kaja Kallas, ejercer una falsa superioridad moral, simplificando realidades complejas para presentar a la cultura del “otro” como intrínsecamente opresora.

Bajo este marco, la salvación de la mujer no blanca se transforma en un activo geopolítico: se utiliza su rostro para justificar bombardeos y sanciones, pero se ignora su voz y su contexto local. Al final, como sostiene Abu-Lughod, estas políticas no buscan transformar las estructuras de opresión, sino utilizar la vulnerabilidad de las mujeres para validar agendas de control que, irónicamente, suelen terminar agravando su precariedad bajo el fuego de la guerra o el aislamiento económico.

El escenario bélico actual es quizá el ejemplo más evidente de cómo opera este principio de “salvadores blancos”, pero no es el único. En los discursos de los partidos de ultraderecha hemos visto cómo se usa este mismo argumentario para perseguir a los migrantes magrebíes, acusados de maltratar a sus mujeres y agredir a las mujeres locales.

Ultraderecha e inseguridad de la mujer

Este fenómeno de instrumentalización encuentra su base teórica en el concepto de “femonacionalismo”, acuñado por la socióloga Sara Farris en su obra En nombre de los derechos de las mujeres (2021). Farris expone cómo la extrema derecha europea ha “secuestrado” la retórica feminista para convertir la igualdad de género en una herramienta de exclusión y estigmatización contra la población migrante, especialmente la magrebí.

En España, el partido Vox ejemplifica esta deriva al vincular sistemáticamente la inmigración con el aumento de la inseguridad femenina. Esta narrativa, que también ha explotado Marine Le Pen en Francia al calificar la migración como “el fin de los derechos de las mujeres”, revela una profunda inconsistencia: mientras estos partidos utilizan la figura del “agresor externo” para alimentar la islamofobia de género, suelen negar simultáneamente la existencia de la violencia machista estructural en sus propios países.

La inconsistencia de este feminismo “de conveniencia” se hace insostenible al observar la gestión doméstica de estos partidos, donde la supuesta defensa de las mujeres desaparece para dar paso a un desmantelamiento sistemático de sus derechos.

En las administraciones donde la ultraderecha ha ganado influencia, hemos asistido a recortes drásticos en las partidas destinadas a políticas de igualdad y a la eliminación de concejalías y programas de atención a víctimas de violencia de género, bajo el pretexto de combatir el “gasto ideológico”.

Esta hostilidad institucional se traduce, además, en una violencia política y mediática dirigida contra figuras que encarnan la lucha feminista. Lejos de proteger a las mujeres, este discurso ejerce una violencia disciplinaria contra aquellas que no encajan en su ideal tradicionalista, demostrando que su preocupación por la seguridad femenina es meramente reactiva: solo les importa la violencia contra las mujeres cuando el agresor es el “otro” extranjero, pero la ejercen y la legitiman cuando la víctima es una mujer política o feminista que desafía su hegemonía.

El escudo moral para justificar guerras

En última instancia, el análisis de estos escenarios –desde los bombardeos sobre Irán hasta los recortes de igualdad en nuestras propias instituciones– revela una verdad incómoda: los derechos de las mujeres no son el fin de estas políticas, sino su coartada geopolítica. Se nos utiliza como escudo moral para justificar guerras y como argumento de exclusión para criminalizar al migrante, mientras en la práctica se desmantelan los recursos que garantizan nuestra seguridad real.

Hoy, más que nunca, cobran vigencia las palabras de Simone de Beauvoir:

No olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos; debéis permanecer vigilantes toda vuestra vida.

The Conversation

María López Belloso no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. De Irán a Europa: el feminismo utilizado como coartada geopolítica – https://theconversation.com/de-iran-a-europa-el-feminismo-utilizado-como-coartada-geopolitica-277670

¿Por qué los colores producen diferentes sentimientos en las personas?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Gabriel Rodríguez San Juan, Profesor de Psicología del Aprendizaje, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Asociamos los colores a distintas emociones. Steve Johnson / Unsplash, CC BY-SA

Este artículo forma parte de la sección The Conversation Júnior, en la que especialistas de las principales universidades y centros de investigación contestan a las dudas de jóvenes curiosos de entre 12 y 16 años. Podéis enviar vuestras preguntas a tcesjunior@theconversation.com


Pregunta formulada por el curso de 3º de la ESO de Aranzadi Ikastola. Bergara (Gipuzkoa)


Hay colores que nos acompañan toda la vida. El verde de un jardín que ya no existe, el rojo del traje de aquel superhéroe o el azul oscuro de algo que preferiríamos olvidar. Aprender esas asociaciones no fue una elección: simplemente ocurrieron en el transcurso de nuestra vida. Y cuando volvemos a encontrar esos colores –en una pared, en una camiseta, en un atardecer– algo se mueve por dentro, antes de que hayamos tenido tiempo de pensar.

Algunas de esas asociaciones no son solo nuestras. Quienes vivieron situaciones similares suelen tender a sentir algo parecido ante los mismos colores. Pero quienes nunca estuvieron en ese jardín o se perdieron esa película posiblemente sentirán cosas distintas.

¿De qué manera los colores pueden llegar a despertar emociones y por qué estas pueden ser tan distintas en una persona u otra? Para responder estas preguntas, necesitamos primero entender bien qué es exactamente un color.

Una cosa es el mundo y otra nuestra experiencia de él

La primera idea que tenemos que considerar es algo contraintuitiva: los colores no están ahí afuera. En el mundo, no hay manzanas “rojas”. El color rojo es una creación de nuestro cerebro. Isaac Newton nos ayudó a entenderlo con uno de sus experimentos más célebres. Hizo pasar un rayo de luz por un prisma y reveló algo sorprendente: la luz se descomponía en tonalidades distintas.

Así empezamos a descubrir varias cosas. Primero, que la luz se compone de ondas de distinta longitud. Y, además, que la manzana es un trozo de materia que absorbe casi todas las longitudes de onda pero refleja las de alrededor de 700 nanómetros. La manzana no es roja. El rojo lo empieza a fabricar nuestro cerebro cuando los fotorreceptores de nuestras retinas reaccionan ante esas longitudes.

Hoy conocemos bastante bien los procesos físicos que transforman esas variables físicas en señales neuronales. Pero eso no basta para entender qué es el color. Para ir más allá, recurriremos a un experimento mental que propuso el filósofo Frank Jackson en la década de 1980.

El rojo que nadie puede explicarle a Mary

Imaginemos a Mary, una científica que sabe absolutamente todo sobre física y neurociencia del color, pero que ha vivido toda su vida en un mundo en blanco y negro. ¿Qué ocurrirá si un día abandona ese mundo de grises y ve una manzana roja por primera vez?

Aunque conozca toda la teoría y cada área cerebral implicada en la percepción del color, experimentará algo completamente nuevo que ningún libro le ha enseñado: cómo se siente el rojo. Esa experiencia subjetiva e intransferible es lo que los filósofos llaman qualia: el “cómo se siente” algo desde dentro.

La ciencia todavía no entiende bien cómo nuestro cerebro genera experiencias tan ricas y subjetivas a partir de meros disparos neuronales. Lo que sí sabemos es que esas vivencias a las que llamamos qualia no están hechas solo de información sensorial. Tienen muchos más ingredientes.

¿De qué están hechos los qualia?

Para entenderlo, pensemos en qué ocurre cuando interactúo con esa manzana roja. Mi cerebro no se limita a registrar las longitudes de onda que refleja su superficie: simultáneamente, procesa su textura, su olor, su sabor al morderla, la temperatura del ambiente, la compañía de quienes me rodean. Y, al mismo tiempo que procesa todo eso, genera una reacción emocional: una evaluación automática, casi instantánea, de si lo que estoy viviendo es agradable, amenazante o neutro.

Mi cerebro tiene además otra capacidad admirable: vincular todo lo que registra. Así, cuando miro la manzana, la muerdo y me doy cuenta de que estoy con mis hijas, todo eso –el color, el sabor, la alegría de ese momento– queda entretejido en una sola experiencia que el cerebro almacena, de manera que, cuando uno de esos elementos reaparece, los demás se reactivan con él.

Por eso, la próxima vez que esas mismas longitudes de onda activen mis fotorreceptores –aunque la manzana no esté, aunque mis hijas no estén–, algo de todo aquello regresará. Y, cuantas más experiencias acumule con ese color a lo largo de la vida, más rica, compleja y única se volverá mi experiencia sobre él.

De ahí que el qualia del rojo no sea simplemente el procesamiento de una frecuencia de luz. Es el resultado de fundir, en un instante, información sensorial inmediata, recuerdos almacenados y afectos acumulados. Tres tipos de contenido que el cerebro ensambla tan rápido y tan bien que los vivimos como una sola cosa indivisible. A eso es a lo que llamamos color.

Colores y emociones, un siglo de investigación

Los colores producen respuestas emocionales sistemáticas. Los resultados de un estudio que analizó 132 investigaciones realizadas en 64 países durante 128 años, con más de 42 000 participantes, muestran patrones consistentes: el rojo se asocia con emociones de alta activación –amor, ira, peligro, pasión–; el azul, con calma y confianza; el amarillo, con alegría; y el negro, con tristeza o poder.

Estos patrones aparecen en culturas muy distintas, algo que apunta a disposiciones innatas o a ciertos aprendizajes omnipresentes: el azul del cielo despejado, el rojo de la sangre, el amarillo del sol son señales ecológicas que compartimos como especie.

Otro hallazgo revelador es que cada color puede evocar emociones muy distintas, y una misma emoción puede ser evocada por colores muy diferentes. Eso no es un reflejo del azar: es la huella de las condiciones particulares de otros muchos aprendizajes.

Los psicólogos Stephen Palmer y Karen Schloss precisaron este mecanismo en su Teoría de Valencia Ecológica: nos gustan los colores asociados a experiencias positivas y rechazamos los vinculados a negativas. Si el amarillo de la infancia de alguien es el de la cocina de su abuela, ese amarillo será reconfortante. Si para otra persona es el del uniforme del colegio que odiaba, evocará exactamente lo contrario.

La misma longitud de onda, distintas emociones

En definitiva, el rojo que tú ves se parece al rojo que yo veo… pero no es exactamente igual. Se parece porque compartimos la física, la biología y algunas experiencias. Pero no es igual porque, a medida que vivimos nuestras vidas, vamos construyendo una experiencia personal e irrepetible. Cada historia tiñe el color de manera distinta. Por eso, los colores no solo nos ayudan a describir el mundo: nos recuerdan también lo que significa ir viviendo una vida y no otra.


La Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco colabora en la sección The Conversation Júnior.


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Gabriel Rodríguez San Juan no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Por qué los colores producen diferentes sentimientos en las personas? – https://theconversation.com/por-que-los-colores-producen-diferentes-sentimientos-en-las-personas-271659

‘Paso de líos’: los adolescentes creen que hablar de política cuesta amistades

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María Antonia Paz-Rebollo, Catedrática de Periodismo, Universidad Complutense de Madrid

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En el patio del instituto, en el grupo de WhatsApp o en TikTok, la política rara vez se aborda de forma abierta, pero aparece de fondo en bromas, vídeos virales y memes. Esta presencia latente convive con una tendencia frecuente: muchos adolescentes prefieren no hablar de temas políticos o ideológicos. No porque no les importen, sino porque opinar puede “salirles caro”, provocando discusiones desagradables o haciéndoles “ganarse” etiquetas, e incluso quedarse fuera del grupo.

Como hemos podido comprobar en una reciente investigación, muchos jóvenes restringen esas conversaciones a familia o amigos muy cercanos, casi siempre ideológicamente afines. El resultado son pequeñas burbujas donde rara vez se escuchan posiciones contrarias.

Pero cuando hablar de política se evita, no desaparece el conflicto: sencillamente se desplaza a formas más pobres de debate como el sarcasmo, la burla o la descalificación.

Esta situación no contribuye a la socialización democrática, el proceso por el que se aprenden, especialmente en la adolescencia, hábitos básicos de la ciudadanía democrática: informarse, argumentar, escuchar al que piensa diferente y gestionar el desacuerdo sin convertirlo en agresión.

Siempre acaba en bronca

La falta de debate político con los amigos no nace del desinterés. Al contrario: la política les importa, pero sienten que debatir implica un coste interpersonal alto. En nuestros grupos de discusión, con adolescentes residentes en España entre 16 y 17 años de distintas comunidades autónomas, era frecuente escuchar frases como “Siempre acaba en bronca” o “Es incómodo”.

Un dato relevante para docentes y familias es que muchos adolescentes no perciben la escuela como un lugar eficaz para reducir la polarización. Prefieren evitar el tema en clase antes que arriesgarse a conflictos con compañeros y compañeras.

Una política vivida como distante y poco fiable

Estos jóvenes, que todavía no pueden votar, tienen una imagen crítica de la política. La sienten distante, compleja y, en ocasiones, desconectada de su vida cotidiana. La figura del político aparece asociada a corrupción, oportunismo o falta de honestidad. En nuestras investigaciones escuchamos afirmaciones como: “La mayoría de políticos tiene doble cara y muestran algo que no son y luego no cumplen las promesas”. O “Creo que la política me genera bastante rechazo o falta de confianza”. Y también: “Cuando llegas a tener bastante poder buscas más y te vuelves corrupto”.

Su repertorio de quejas, que combina desconfianza moral y distancia institucional, permite afirmar que algunos jóvenes entienden la política como un espacio devaluado. Y en ese clima, debatir deja de ser atractivo y aumenta la tentación de callar. Si el terreno se percibe “sucio”, exponerse en él parece arriesgado.

Redes sociales: la política disfrazada de entretenimiento

Estos jóvenes describen su actividad digital principalmente como entretenimiento. Ahí aparece un punto clave: aunque algunos muestran cierta conciencia de los algoritmos, esa conciencia no siempre se traduce en prácticas críticas (diversificar fuentes, cuestionar encuadres).

Todo lo contrario, tienden a normalizar los efectos de la exposición reiterada. Identifican X como el espacio donde la confrontación es más intensa, pero subestiman la influencia de las redes sociales que consumen por ocio. En particular, TikTok e Instagram modelan opiniones al mezclar persuasión política y entretenimiento, influyendo de manera más sutil en la construcción de sus opiniones y climas afectivos.




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Memes: ¿broma o algo más?

Muchos adolescentes consideran, por ejemplo, que los memes son formatos eficaces para entender política. El humor y la simplificación ayudan a procesar asuntos complejos y facilitan la identificación grupal. Pero esa misma eficacia tiene reverso: los adolescentes detectan su potencial propagandístico y polarizador y sus efectos negativos como la desinformación o la discriminación, pero los banalizan porque “son solo una broma”.

El humor funciona como amortiguador moral: rebaja la gravedad del mensaje y normaliza el tono agresivo. Poco a poco, insultos y deslegitimaciones se vuelven habituales en la conversación digital.

Los propios adolescentes reconocen que lo que en privado puede parecer una broma, en espacios anónimos escala hacia insultos y discursos de odio. Aún así, algunos lo justifican apelando a la libertad de expresión o a la semejanza con el tono duro de los propios políticos.

Diferencias por territorio y género

El contexto territorial introduce diferencias. En comunidades con fuerte identidad nacional, como Cataluña y el País Vasco, se observa mayor interés y mayor disposición a hablar de política, porque se vive como algo ligado a pertenencia y al futuro personal. No obstante, esa misma implicación puede intensificar la polarización cuando las posiciones se vuelven defensas identitarias.

Las diferencias de género son más moderadas: algunas chicas expresan mayor distancia emocional por temor a conflictos interpersonales, mientras que varios chicos tienden a considerar el conflicto ideológico como parte inherente del debate democrático.

Enseñar a dialogar

Estas conclusiones sugieren que, para fortalecer la socialización democrática de los más jóvenes, no basta con “más información”. Hace falta enseñarles a dialogar, especialmente en entornos escolares, precisamente porque muchos adolescentes no perciben hoy como espacios adecuados para despolarizar.




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¿Cómo se puede conseguir? Fomentando conversaciones con normas explícitas (no insultos, no ridiculización) y dinámicas que separen ideas de identidades (criticar argumentos sin etiquetar a personas). Además de practicar el desacuerdo como habilidad con ejercicios de argumentación y de escucha activa.

También se debería promover la alfabetización mediática que incluya el humor político (qué omite un meme o una broma, qué emociones busca, qué hechos no son verificables, cómo refuerza el “nosotros/ellos”). En otras palabras, ayudarles a entender que el humor político puede reforzar prejuicios, normalizar agresiones y empobrecer la reflexión.

Hablar de política no debería ser “un lío”, sino una manera saludable de aprender a convivir y a respetar las diferencias.

The Conversation

María Antonia Paz-Rebollo recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación, proyecto de investigación ref. PID2023-147506OB-I00.

Ander Rivera-Guerrero recibe fondos del Departamento de Ciencia, Universidades e innovación del Gobierno Vasco.

Beatriz Feijoo recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación, proyecto de investigación ref. PID2024-155709NB-I00 (DIGETHICA).

Ignacio Nevado no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ‘Paso de líos’: los adolescentes creen que hablar de política cuesta amistades – https://theconversation.com/paso-de-lios-los-adolescentes-creen-que-hablar-de-politica-cuesta-amistades-275585

El harén político: Fatema Mernissi y el feminismo islámico

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laura Mijares, Profesora Estudios Árabes e Islámicos, Universidad Complutense de Madrid

Fatima Merinissi, discurso de aceptación del Premio Erasmus 2004 (Países Bajos). Cortesía de la Fundación Praemium Erasmianum., CC BY-SA

La socióloga y escritora marroquí Fatema Mernissi (1940-2015), Premio Príncipe de Asturias de las Letras, es una de las figuras más influyentes del feminismo árabe contemporáneo. Su obra analiza los mecanismos históricos, sociales y políticos que han situado a las mujeres en posiciones de subordinación en las sociedades musulmanas.

Mernissi es ampliamente citada por una de sus críticas más conocidas a Occidente, en particular a los cánones de belleza dominantes. En El harén en Occidente, sostiene que el harén no debe entenderse únicamente como una institución física propia de las sociedades islámicas, sino que en otros contextos culturales existen formas de confinamiento simbólico que limitan la autonomía de las mujeres. Entre ellas menciona la presión ejercida por los estándares estéticos –a menudo resumidos en la obsesión por la talla 38– como ejemplo de un sistema de control del cuerpo femenino que opera de forma igualmente restrictiva.

Estudio de las fuentes normativas

Sin embargo, más allá de esta conocida crítica, una parte relevante de su obra se centra en el análisis de las fuentes del islam y en cómo han sido utilizadas para legitimar la desigualdad de género.

En El harén político. El Profeta y las mujeres, Mernissi adopta un enfoque histórico-crítico poco habitual en ese momento dentro de los estudios sobre islam y género. Su objetivo no fue elaborar una teología alternativa ni ofrecer una exégesis coránica completa, sino examinar los procesos de construcción de la autoridad religiosa. Para ello se centra especialmente en los hadices –los relatos que transmiten dichos y hechos atribuidos al profeta Mahoma– que, junto con el Corán, constituyen una de las principales fuentes normativas de la tradición islámica.

Mernissi analizó críticamente algunos hadices utilizados para justificar la exclusión de las mujeres de la esfera pública, estudiando el contexto político en el que son transmitidos y canonizados mediante herramientas de la propia tradición islámica junto con métodos historiográficos modernos.

Su tesis no fue que toda la tradición sea inválida, ni que las colecciones canónicas carezcan de valor, sino que ciertos textos deben leerse a la luz de las luchas políticas de los primeros siglos del islam.

Desde esta perspectiva, la subordinación femenina no sería un mandato inmutable de la revelación, sino el resultado de procesos históricos en los que la autoridad religiosa se entrelazó con intereses de poder. Es en esta línea donde Mernissi habla de “hadices misóginos”: relatos que han servido para legitimar la desigualdad. Su pregunta de fondo es clara: ¿contenía el islam en sus orígenes un marco ético más igualitario que fue progresivamente restringido por interpretaciones patriarcales posteriores?

El resultado fue novedoso y rompedor, pues puso en duda la autoridad de ciertas fuentes sagradas. Se atrevió incluso a cuestionar el origen del propio hiyab y a preguntarse por el proceso de construcción de una ortodoxia sobre esta prenda, convertida con el tiempo en símbolo de la identidad musulmana. Mernissi responsabiliza una vez más a los exégetas y concluye que su “fetichización” responde a los mismos intereses que buscan la subordinación de las mujeres.

Un fenómeno histórico concreto

Con frecuencia se incluye a Mernissi dentro del llamado feminismo islámico. Esta corriente intelectual sostiene que los principios éticos del islam son compatibles con la igualdad de género y propone interpretar las fuentes religiosas desde esa perspectiva.

Es cierto que su obra comparte rasgos con el feminismo islámico: cuestiona lecturas patriarcales del islam y muestra que la desigualdad no es inherente al texto revelado. En ese sentido, abrió un campo de investigación que posteriormente desarrollaron autoras que sí se definen explícitamente como feministas islámicas y que practican directamente la exégesis coránica en clave de género. Un ejemplo es su compatriota Asma Lamrabet, médica y escritora marroquí que ha elaborado interpretaciones del Corán defendiendo la igualdad entre hombres y mujeres desde dentro del marco islámico.

Sin embargo, el enfoque de Mernissi presenta importantes diferencias, ya que no se definió como teóloga ni articuló un proyecto de reforma jurídica islámica. Por ello, algunas autoras señalan que su trayectoria atraviesa fronteras entre el feminismo secular y el feminismo islámico, lo que dificulta encasillarla en esa categoría.

Esta distinción se aprecia si se compara, por ejemplo, con iniciativas contemporáneas como Musawah, un movimiento internacional que se presenta como una red global por la igualdad y la justicia en la familia musulmana. Se trata de una organización que promueve explícitamente la reinterpretación (iytihad) de las fuentes jurídicas dentro del marco religioso y combina argumentos islámicos con estándares internacionales de derechos humanos para reformar las leyes de familia vigentes en muchos países de mayoría musulmana.

Sea como fuere, la aportación fundamental de Fatema Mernissi en relación con los debates en torno a la desigualdad de género y el islam fue demostrar que en contextos musulmanes la subordinación de las mujeres no puede presentarse como un hecho natural, sino que es el resultado de fenómenos históricos concretos.

Su legado reside en haber introducido una pregunta decisiva sobre la relación de la subordinación de las mujeres musulmanas y la autoridad religiosa masculina. Al abrir esa interrogación, sentó las bases para que otras pensadoras desarrollaran lecturas igualitarias más sistemáticas y mostró que el debate sobre género e islam es un debate sobre historia, autoridad y política.

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Laura Mijares no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El harén político: Fatema Mernissi y el feminismo islámico – https://theconversation.com/el-haren-politico-fatema-mernissi-y-el-feminismo-islamico-276705

Entre avances y retrocesos: el momento crítico de los derechos de las mujeres en América Latina

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sílvia Bofill Poch, profesora de Antropología Social, Universitat de Barcelona

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El panorama global atraviesa un momento crítico: en los últimos años, el auge de fuerzas de extrema derecha y movimientos antigénero en múltiples regiones –desde Europa y Estados Unidos hasta Asia y partes de África– ha reconfigurado el terreno político.

Estas corrientes comparten una estrategia común: erosionar marcos de derechos consolidados, cuestionar la legitimidad de instituciones de igualdad, recortar presupuestos y desacreditar a los movimientos feministas como amenazas al “orden tradicional”.

En muchos países, estos discursos se articulan con nacionalismos, religiosidades conservadoras o posturas antimultilateralistas que reducen la igualdad de género a “ideología”, negando su condición de derecho humano.

En un contexto global de incertidumbre económica, polarización y desinformación digital, la agenda de igualdad se ha convertido en blanco prioritario de proyectos autoritarios que buscan volver centrar el poder en estructuras jerárquicas y patriarcales.

En América Latina, la última década ha dejado conquistas significativas –paridad, derechos reproductivos, sistemas de cuidados, leyes de violencia y arquitectura institucional–, pero también señales de estancamiento y retrocesos.

Los balances de ONU Mujeres, CEPAL y el sistema de Naciones Unidas coinciden: el progreso es real, pero insuficiente, desigual y vulnerable al rechazo conservador. Ningún indicador de los Objetivos de Desarrollo Sostenible sobre igualdad (ODS 5) está plenamente cumplido y, al ritmo actual, la paridad en parlamentos tardaría décadas en alcanzarse.

Avances legislativos por países

Los avances más significativos se han dado en el terreno legislativo y en la adopción de políticas multisectoriales. Entre los ejemplos más destacados se encuentra México, que se convirtió en referente de paridad gracias a reformas que exigieron listas equilibradas y paridad en cargos de decisión y que condujeron a la elección de su primera presidenta en 2024, Claudia Sheinbaum.

También Chile, que bajo la administración de Gabriel Boric ha desplegado políticas robustas en prevención de violencia (Ley Integral 21.675), además de aprobar el Sistema Nacional de Apoyos y Cuidados (“Chile Cuida”), que consagra el derecho al cuidado y articula una red intersectorial.

Y Colombia, donde el gobierno de Gustavo Preto integró servicios de justicia y protección para mujeres afectadas por el conflicto armado (Plan Nacional de Mujeres, Paz y Seguridad 1325); aprobó la primera norma integral en la región que tipifica y sanciona la violencia política contra lideresas y candidatas en todos los niveles del Estado (Ley 2453) y aprobó el CONPES 4143, que establece una Política Nacional de Cuidados a diez años.

En materia de cuidados, también México reconoció el derecho al cuidado en la Ley General de Desarrollo Social (2024) e instaló una mesa interinstitucional para construir un futuro sistema nacional de cuidados.

Campañas de prevención de la violencia

En prevención de las violencias, también Brasil, con el regreso de un gobierno progresista, reforzó el andamiaje contra la violencia de género: aumentó penas por feminicidio hasta 40 años y lanzó pactos y campañas nacionales (“Cero Feminicidio”).

México lanzó diez acciones federales para mejorar la coordinación institucional y prevenir agresiones. En Honduras, Xiomara Castro reforzó las políticas de protección a las mujeres con la Ley de ‘Casas Refugio’. Todo ello a pesar de que según la CEPAL los índices de feminicidio e impunidad en la región siguen siendo elevadísimos.

Sobre derechos sexuales y reproductivos

En derechos sexuales y reproductivos, la “marea verde” reconfiguró el mapa regional. Argentina legalizó el aborto en 2020, Colombia lo despenalizó hasta la semana 24 (en 2022) y en México, un fallo de 2023 declaró inconstitucional la penalización del aborto en el ámbito federal.

En Chile, el gobierno reactivó el debate para ampliar derechos y anunció un proyecto para despenalizar la interrupción voluntaria del embarazo hasta las 12-14 semanas. Honduras avanzó en la refutación de la prohibición del uso y la venta de anticoncepción de emergencia, aunque mantiene una de las leyes más rígidas frente al aborto.

La región también avanzó en institucionalidad de género, creando o fortaleciendo ministerios y secretarías de igualdad: el Ministerio de Igualdad en Colombia (hoy en riesgo por fallos judiciales), la Secretaría de las Mujeres en México y la Secretaría de Estado de la Mujer en Honduras.

Retrocesos en la región: el caso emblemático de Argentina y otras alertas

El retroceso más visible se encuentra en Argentina, donde en 2023 el gobierno de Javier Milei desmanteló la institucionalidad de género (eliminó el Ministerio de Mujeres), recortó fuertemente los programas contra la violencia y promovió proyectos para recriminalizar el aborto, golpeando líneas de atención, transferencias para sobrevivientes y capacidades estatales. Todo ello desde un discurso estatal abiertamente antigénero.

Organismos como Amnistía Internacional en Argentina, junto a las marchas de “Ni Una Menos”, han denunciado tal deterioro.

En Centroamérica, el patrón es también severo. El Salvador mantiene la prohibición total del aborto, con mujeres encarceladas por emergencias obstétricas. Pese a fallos interamericanos (caso “Beatriz”) que exigen garantías, el cierre de espacios cívicos bajo Nayib Bukele ha forzado al exilio u cierre a organizaciones clave, incluida la histórica Agrupación Ciudadana por la Despenalización del Aborto.

Nicaragua, bajo Daniel Ortega, ha clausurado miles de ONG –incluidos colectivos feministas–, asfixiando, según expertas de la CEDAW, servicios esenciales para víctimas y borrando voz pública a defensoras.

Y en Guatemala, la violencia y las barreras de acceso a la justicia persisten pese a esfuerzos institucionales recientes. Tales retrocesos afectan con especial dureza a mujeres indígenas, afrodescendientes y rurales quienes, según la ORDPI, enfrentan violencias específicas, discriminación en salud y justicia y barreras lingüísticas y territoriales que profundizan la desigualdad y limitan el acceso real a derechos.

Avances reales y riesgos crecientes

En América Latina el impulso institucional de la última década ha permitido mejoras tangibles y marcos legales más sólidos, con incidencia persistente de los movimientos feministas.

Estudios comparados subrayan que América Latina alberga hoy algunos de los movimientos feministas más fuertes e interconectados del Sur Global, responsables de conquistas como la “marea verde”, la expansión de los sistemas de cuidados y la consolidación de instituciones de igualdad.

Incluso el propio auge del rechazo conservador confirma la magnitud de estos avances: las ofensivas antigénero emergen como reacción a décadas de logros feministas en legislación y políticas públicas.

Pero, al mismo tiempo, los retrocesos –particularmente políticos y presupuestarios– amenazan con erosionar logros recientes. El caso argentino actúa como advertencia: sin continuidad institucional, las políticas de igualdad pueden desmantelarse en meses.

A escala global, el aumento de la violencia, la pobreza femenina persistente y la reacción conservadora hacen evidente que la igualdad no está garantizada. La conclusión es clara: el avance requiere vigilancia, inversión sostenida y voluntad política. Porque incluso allí donde se ha legislado bien, las amenazas no desaparecen.

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Sílvia Bofill Poch no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Entre avances y retrocesos: el momento crítico de los derechos de las mujeres en América Latina – https://theconversation.com/entre-avances-y-retrocesos-el-momento-critico-de-los-derechos-de-las-mujeres-en-america-latina-277338