Source: The Conversation – (in Spanish) – By María del Pilar Galeote Muñoz, Directora de la Cátedra Cervelló, Profesora de Negociación, Derecho de Sociedades y M&A, IE University
“¿Qué habilidades considera que son las más importantes para su firma?”. Esta pregunta se le hizo hace unos meses a 460 abogados de algunos de los mayores despachos de abogados de España, como parte de una encuesta recogida en el informe Innovation Beyond Technology. La principal respuesta fue que la negociación y la toma de decisiones eran las más importantes, con un 57 %.
Los abogados son conscientes de que gran parte de su trabajo consiste en negociar y tomar decisiones con diferentes interlocutores: compañeros, socios, clientes, la parte contendiente, etcétera. Pero, cuando se les pregunta: “¿Qué habilidades considera que se han visto más afectadas por la tecnología en su trabajo?”, la respuesta es la comunicación, con un 64 %.
La introducción de las nuevas tecnologías y de la inteligencia artificial puede tener ventajas en el ejercicio de la abogacía, pero también es necesario conocer los perjuicios que pueden acarrear.
La encuesta arroja resultados obvios: a más uso de la inteligencia artificial, la comunicación, esencial para la negociación y la toma de decisiones, puede resultar afectada. Y una comunicación ineficiente implica negociaciones y toma de decisiones ineficientes.
Abogados ayudados por la IA
Entendemos la comunicación como un proceso de intercambio de información mediante la utilización de elementos verbales y no verbales: asertividad, empatía y control emocional. Éstas son las dimensiones que pueden verse alteradas y que son la clave para negociar y tomar decisiones.
La comunicación se convierte en información si los seres humanos se desdibujan y desaparecen como interlocutores válidos. Si un algoritmo transmite información se pierde el control sobre el mensaje. De ahí que sea necesario un ejercicio de la abogacía en el que el algoritmo ayude, pero donde no sustituya nada. Se trata de que humanos ayudados por la inteligencia artificial negocien y tomen decisiones.
Este escenario obliga a que el abogado tenga un manejo excelente de sus habilidades interpersonales ya que, en la medida en que imponen el respeto y los límites en la relación con el otro, aseguran la ética en la toma de decisiones.
Entre las habilidades interpersonales a desarrollar destaca la negociación. Hasta este momento, no existe un algoritmo capaz de negociar, aunque sí de adjudicar la razón en función de unos parámetros dados.
Negociar es otra cosa: es influir, crear impactos y afianzar relaciones entre las partes, teniendo en cuenta la marca corporativa a la que se representa y la marca personal del abogado que negocia.
La importancia de la ética cuando, en el ejercicio de la profesión, se cuenta con el respaldo de la inteligencia artificial.
El valor del juicio humano para validar lo que la inteligencia artificial afirma de manera tajante.
El abogado del siglo XXI debe tener conocimientos de derecho, claro, pero también competencias tecnológicas e interpersonales, y una base ética sólida para ejercer la profesión con el apoyo de las nuevas tecnologías.
El papel de las escuelas de derecho es clave en este proceso y deberá tomar en cuenta la combinación de conocimientos y habilidades necesarias para el desempeño laboral de los abogados. Entre las habilidades destaca la comunicación, esencial para el desarrollo de otras más avanzadas, como la negociación y la toma de decisiones.
Los abogados de la encuesta detectaron que la tecnología afecta a su capacidad de comunicación (y, por tanto, a las de negociación y toma de decisiones). Y esto irá en aumento a medida que la inteligencia artificial se siga desarrollando. La manera de potenciar las ventajas del trabajo con inteligencia artificial sin detrimento de la ética es la formación continua del abogado, bien a través de mentorías de compañeros más sénior o a través de las escuelas de derecho.
En 1962, Mario Vargas Llosa ganó el Premio Biblioteca Breve con La ciudad y los perros. Carmen Martín Gaite, con su novela Ritmo lento, quedó finalista.
En 2025, cuando conmemoramos el centenario de la escritora salmantina y tenemos reciente la muerte del Premio Nobel, nos detenemos en este instante clave de la historia de la literatura hispánica en el siglo XX para intentar entender cómo se construyó el canon de la novela española contemporánea.
Un nuevo galardón
Carlos Barral creaba en 1958 el Premio Biblioteca Breve. El poeta y editor decidió instaurar este galardón para potenciar el enfoque innovador, experimental y transgresor del catálogo de la editorial.
Como él mismo explicó, el premio se otorgaría a una novela que “debía contarse entre las que delatan una auténtica vocación renovadora o entre las que se presumen adscritas a la problemática literaria y humana estrictamente de nuestro tiempo”.
Esta apuesta modernizadora implicaba no pocos riesgos que Barral supo afrontar con el coraje y el pragmatismo necesarios para conseguir posicionar al galardón como uno de los más relevantes de la literatura en lengua española.
Sin saberlo, estaba contribuyendo al desarrollo del denominado boom latinoamericano.
Cuatro años más tarde, un joven y desconocido escritor peruano se hizo con el premio. Se llamaba Mario Vargas Llosa. Aunque no tenía a sus espaldas más que unos cuantos ensayos y algún que otro ejercicio de crítica literaria, su novela, breve y corrosiva con la tradición, no podía maridar más y mejor con los presupuestos del premio Biblioteca Breve. La ciudad y los perros era un artefacto literario ambicioso y agresivo, estructurado sobre el desafío del fragmento y marcado a fuego por la denuncia de la violencia institucional.
Premiando este relato, Barral perseguía la publicación de una nueva narrativa hispánica, emisaria de los vientos renovadores que soplaban desde América Latina y que entraba sin miedos ni complejos en dialéctica con las vanguardias europea y norteamericana. Laurear a Vargas Llosa significaba apostar por ese boom que ya alboreaba.
La cuestión es ¿por qué se otorgó el segundo puesto a Ritmo Lento? ¿Qué lugar quedaba para una novela diametralmente opuesta al relato ganador?
Dos formas de sacudir la literatura
La ciudad y los perros y Ritmo lento no pueden ser novelas más distintas. La primera está ambientada en un colegio militar de Lima y, gracias a una estructura narrativa fragmentaria, el relato despliega ante el lector una constelación de voces que articulan una feroz crítica a las instituciones autoritarias. Por la profundidad psicológica de sus personajes, por su violencia real y simbólica y por su voluntad de ruptura formal, heredada de su maestro William Faulkner, Vargas Llosa llegaba para plantearnos una historia dura y valiente contada de una forma distinta.
Carmen Martín Gaite en la presentación del libro La orgía perpetua, de Mario Vargas Llosa, en 1995, en Casa de América. Casa de América/Flickr, CC BY-NC-ND
Por el contrario, Carmen Martín Gaite se adentraba con Ritmo lento en la conciencia de un anciano que, desde la reclusión de un psiquiátrico, hacía balance de su existencia. La novela utiliza la introspección como motor narrativo para proponer al lector una narración focalizada en el tiempo interno del personaje, en la estela de Virginia Woolf en La señora Dalloway –de la que Martín Gaite sería, por cierto, traductora al español– o Italo Svevo en La conciencia de Zeno.
Focalizada en la subjetividad, el monólogo interior y la atención por el detalle, la novela de Martín Gaite no parecía encajar, a priori, en los estándares marcados por Barral. Sin embargo, era una provocación para el establishment literario de la época y, quizás por ello –debió pensar Barral– merecía quedar finalista.
Porque el de Martín Gaite era también un texto escrito para subvertir, desafiar y turbar. De hecho, ella y su amigo Luis Martín Santos fueron los primeros escritores españoles en disputarle la supremacía al realismo imperante de la narrativa española de posguerra. Tiempo de silencio y Ritmo Lento constituyen “dos intentos aislados por volver a centrar el relato en el análisis psicológico de un personaje”, como la escritora escribió en su “nota” a la tercera edición de la novela. Leída desde hoy, Ritmo Lento representa una apuesta igual de bizarra que la de Vargas Llosa, pero menos sobresaliente.
El jurado premió la potencia narrativa de la obra del peruano. Pero otorgando a Martín Gaite ese segundo lugar lo que estaba poniendo sobre el tapete de la historia literaria no era solamente una elección estética, sino dos formas de estar y de pensar en la literatura.
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Rescatar el instante
Volver la vista al palmarés del Biblioteca Breve de 1962 no es un ejercicio de arqueología literaria. Es también la interpretación de un momento literario que marcaría los destinos de la literatura hispánica contemporánea.
Para Vargas Llosa constituyó el pistoletazo de salida para una carrera que le conduciría al Nobel. Para Martín Gaite, en cambio, fue el espaldarazo necesario para continuar escribiendo desde los márgenes y con una fidelidad inquebrantable hacia lo narrado en voz baja.
Ahora podemos interpretar ese momento como una intersección en las trayectorias de dos grandes de la narrativa hispánica. O, lo que es lo mismo, dos modos simbólicos de entender la literatura.
Alicia Nila Martínez Díaz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lorena Botella-Juan, Investigadora posdoctoral en el Área de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universidad de León
Es muy posible que el título de este artículo le sea familiar. Quizá alguna vez haya estado en una conversación con personas de su entorno y al sacar a relucir el tema del alcohol usted o un conocido ha dicho algo como: “Bueno, a ver, que yo tampoco bebo mucho, bebo lo normal”. O puede que algo del tipo: “Yo, si eso, me bebo unas cañas el fin de semana con los colegas. Y si se lía la cosa, pues igual algo más. Es lo normal, ¿no?”.
Pero realmente, ¿puede ser normal beber alcohol, considerando que se trata de una sustancia adictiva? Según la Real Academia de la Lengua Española, una de las acepciones de “normal” es: “Dicho de una cosa que, por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano”. Si consideramos las normas sociales de España, donde el alcohol es una droga legal y donde el 72,9 % de la población de más de 15 años lo ha probado alguna vez; y teniendo en cuenta que uno de los principales motivos para consumir es socializar, pues entonces sí: beber unas cañas el fin de semana es totalmente normal.
Lo que dice la estadística
Pero si nos ponemos rigurosos, debemos recurrir a algo más científico. Tomándome algunas licencias, voy a emplear un concepto estadístico que nos encanta a los epidemiólogos: la distribución normal.
La distribución normal se representa con una curva en forma de campana simétrica y la suelen describir muchas características físicas (peso, altura) y biomédicas (tensión arterial, glucosa en sangre) en las poblaciones. Nos dice que la media (la suma de todos los valores entre el total de valores) de una variable o medida (por ejemplo, el peso corporal de un grupo de personas) está en el centro.
Esquema de la distribución normal. Lorena Botella Juan
Para establecer dicha distribución, también necesitamos conocer la desviación estándar (DE), que se calcula con una fórmula menos amigable y nos da una idea de lo dispersos que están los datos respecto a la media. Este segundo parámetro estadístico nos indica que el 68 % de los valores estarán a 1 DE de la media y el 95 %, a 1,96 DE. Así, la mayoría personas se agrupará en la zona central con valores cercanos a la media, y poco a poco se irán dispersando hacia los extremos, donde menos individuos tendrán valores poco frecuentes.
Pero esto… ¿qué tiene que ver con el alcohol?
De acuerdo con los datos de la encuesta Europea de Salud en España en 2020, el 65,4 % de los españoles había bebido alcohol en el último año (74,6 % de hombres y 56,8 % de mujeres). Entre los datos de esta encuesta también encontramos la media (11,98 gramos) y la DE (11,40 gramos) del consumo diario de alcohol de personas que beben al menos un día a la semana. Considerando esos valores podemos simular la distribución normal del consumo diario de alcohol en España.
Para ponernos más en situación, el Ministerio de Sanidad indica que 10 gramos de alcohol son una unidad de bebida estándar (UBE). Esto equivaldría a un chupito, media copa de vino o una caña. Si miramos nuestra distribución normal, la media de consumidores beben más o menos una UBE al día (11,98 gramos). Entonces, es probable que muchas personas españolas que toman una cañita al día entren dentro de nuestra normalidad. Efectivamente: beben lo normal. Sin embargo, ¿nos interesa ser normales?
No hay consumo sin riesgo
Pues la verdad es que, en este caso, no: lo normal no tiene por qué coincidir con lo saludable. Que el consumo de alcohol en España esté tan normalizado (o más bien banalizado) no quiere decir que no sea perjudicial. Actualmente, la evidencia científica y la propia Organización Mundial de la Salud lo tienen claro: “Ninguna forma de consumo de alcohol está exenta de riesgos”.
Ahora bien, tampoco todas las formas de consumo producen el mismo impacto en salud. Un consumo de “bajo riesgo” sería una UBE para mujeres al día y dos para los hombres (las mujeres y los hombres no toleran igual el alcohol por sus diferencias corporales, pero este es otro tema). Aunque el alcohol es un tóxico, en pequeñas dosis nuestro sistema hepático y otros pueden detoxificarlo correctamente, haciendo que no suframos tanto. No obstante, esto se complica si caemos en patrones de “alto riesgo”.
Atracones con consecuencias
¿Qué cree que es peor, tomar todos los días una bebida o beber un solo día muchas bebidas? Seguro que también le suena la frase: “No, hombre, si yo solo bebo los fines de semana”. Bueno, pues lo importante es cómo bebemos. Y eso implica qué cantidad ingerimos y con qué frecuencia lo hacemos.
De esta forma, beber solamente un día a la semana, pero hacerlo en atracón (conocido como binge drinking), tomando muchas bebidas (5 para hombres y 4 para mujeres) en un corto periodo de tiempo, ocasiona un grandísimo impacto negativo en la salud. Nuestro cuerpo no puede con tanta intoxicación repentina y, además, se agravan las consecuencias (daños a terceros, posibles caídas, riesgo de coma etílico y un larguísimo etcétera).
Así que las personas que están más a la derecha de la curva normal y beben más que la media –aunque sean menos numerosas– o aquellas cuyo consumo medio semanal se ajusta a la normalidad, pero lo hacen en forma de atracón, se encuentran en un alto riesgo para su salud, incluido el de adicción al alcohol. Recordemos que es una sustancia que causa 15 000 muertes al año en España.
En conclusión, cuando vuelva a escuchar que alguien “bebe lo normal”, seguramente tenga razón, pero lo normal, en el caso del alcohol, es perjudicial para la salud. Así que… ¿prefiere ser normal o estar sano?
Este artículo fue finalista del Premio Luis Felipe Torrente de Divulgación sobre Medicina y Salud, organizado por la Fundación Lilly y The Conversation
Para muchos especialistas, la sostenibilidad urbana es un sueño cargado de tecnologías disruptivas e imágenes futuristas: autos eléctricos y autónomos, edificios que autorregulan su temperatura o drones que entregan pedidos a domicilio.
Pero cuando se trata de preguntar a los residentes sobre sus preferencias, las respuestas se enfocan más en cuán agradable y confortable les resulta su barrio que en las prioridades establecidas por expertos técnicos y urbanistas.
Justo de eso trata un proyecto de investigación reciente ejecutado en Europa bajo el nombre Advanced Energy Performance Assessment towards Smart Living in Building and District Level (SmartLivingEPC). Esta iniciativa propone un giro hacia lo local y lo participativo mediante el desarrollo de un marco de evaluación urbana novedoso que busca medir qué tan “acogedor” es un barrio desde la mirada de quienes viven allí. Es decir, que pone en primer plano las preferencias y necesidades cotidianas de los vecinos frente a las soluciones tecnológicas más complejas y, muchas veces, alejadas de la vida diaria.
Pero ¿por qué necesitamos un enfoque diferente de la sostenibilidad urbana? La mayoría de los instrumentos que actualmente usamos para evaluarla, como las certificaciones internacionales LEED o BREEAM, buscan aplicar marcos con la mirada más amplia posible, incluyendo aspectos técnicos, ambientales, de gobernanza y sociales. Sin embargo, la importancia que se le da a cada uno de estos aspectos en la calificación final está en todos los casos predefinidos por expertos, casi ignorando las prioridades reales de los residentes.
Esto genera un escenario en el que las intervenciones tecnológicas o normativas se presentan como ideales desde las perspectivas de la ingeniería o la gestión pública, pero no responden a la pregunta ¿pueden estas soluciones garantizar la calidad de vida de quienes habitan el barrio? Y menos a una: ¿están alineadas con la cultura, la identidad o las aspiraciones de los vecinos para facilitar su adopción?
Para abordar estas preguntas, investigadores de la Universidad de Deusto llevamos a cabo un estudio en el que participaron cerca de 600 personas de 18 países europeos, lo que permitió obtener una visión representativa y diversa de preferencias comunitarias. El objetivo residía en identificar mediante una encuesta qué aspectos eran realmente importantes para los residentes no especializados.
Participación ciudada: clave de la sostenibilidad urbana
Los resultados evidenciaron una clara diferencia entre las opiniones de los expertos y de los vecinos con respecto a qué aspectos son prioritarios para mejorar la comodidad urbana. Mientras los especialistas valoran más tecnologías avanzadas, como infraestructura para vehículos eléctricos o sistemas inteligentes de gestión energética, los residentes prefieren aspectos más concretos e inmediatos, como la proximidad a servicios esenciales como centros médicos, escuelas y transporte público, la calidad del aire y la eficiencia energética de las viviendas.
Sin lugar a duda, el aporte más relevante de esta investigación es la premisa de que no hay transición energética posible si no es a través de la participación ciudadana.
El desafío de la transición hacia ciudades de cero emisiones
Según el equipo de investigación, esta metodología convocante e inclusiva garantiza la incorporación de un aspecto tan relegado como la identidad colectiva en las políticas de planificación urbana europea, en un contexto marcado por iniciativas ambiciosas como el European Green Deal, el Fit55 o la New European Bauhaus, que buscan activamente transformar ciudades y barrios en lugares más sostenibles, inclusivos y bellos.
El gran reto de la transición hacia ciudades de cero emisiones para el 2030 ya no se basa en tecnología, sino las fórmulas para lograr la aceptación por parte de la ciudadanía de iniciativas sostenibles. Esta nueva propuesta metodológica aborda de lleno el desafío, proponiéndonos centrar nuestros esfuerzos en profundizar valores como el sentido de pertenencia y de co-responsabilidad ciudadana en el diseño de barrios, apuntando a la construcción de comunidades más comprometidas y accionadas hacia la transición tanto energética como ecología.
Leandro Ferrón recibe fondos del Programa Horizon y tiene vínculo laboral con la Universidad de Deusto.
Aitziber Mugarra recibe fondos del Programa Horizon Europe y tiene vínculo laboral con la Universidad de Deusto. Las opiniones y puntos de vista expresados son exclusivamente de los autores y no reflejan necesariamente los de la Unión Europea ni los de la Agencia Ejecutiva Europea de Clima, Infraestructuras y Medio Ambiente (CINEA). Ni la Unión Europea ni la autoridad que concede la subvención se responsabilizan de ellas.
Cruz Enrique Borges has received funding from the European Union’s Horizon Europe research and innovation programme under grant agreement No 101069639. The views and opinions expressed are however those of the author(s) only and do not necessarily reflect those of the European Union or European Climate, Infrastructure and Environment Executive Agency (CINEA). Neither the European Union nor the granting authority can be held responsible for them.
Oxana Soimu recibe fondos del Programa Horizon Europe y tiene vínculo laboral con la Universidad de Deusto. Las opiniones y puntos de vista expresados son exclusivamente de los autores y no reflejan necesariamente los de la Unión Europea ni los de la Agencia Ejecutiva Europea de Clima, Infraestructuras y Medio Ambiente (CINEA). Ni la Unión Europea ni la autoridad que concede la subvención se responsabilizan de ellas.
Recreación artística de nanopartículas con fármacos circulando por el torrente sanguíneo.Kateryna Kon/Shutterstock
Cuando pensamos en medicina del futuro, es fácil imaginar hospitales con robots, tratamientos a medida y diagnósticos instantáneos. Lo que pocos saben es que mucho de eso ya está empezando a suceder, en gran parte, gracias a una ciencia que trabaja en lo invisible: la nanotecnología.
La nanotecnología se basa en manipular la materia a escalas diminutas, del orden de los nanómetros (un nanómetro equivale a la milmillonésima parte de un metro). A esa escala, las propiedades de los materiales cambian: lo que no conduce electricidad a tamaño normal puede hacerlo cuando se reduce a nivel nano; lo que es inerte puede volverse reactivo. Y esto abre todo un abanico de posibilidades para la medicina.
¿Por qué esta escala es tan importante para la medicina? Porque muchos procesos biológicos ocurren a nanoescala. Nuestro ADN, las proteínas y otros componentes de nuestras células están todos dentro de este rango de tamaño. Para hacerse una idea, una hebra de ADN mide unos 2 nanómetros de ancho. La nanomedicina utiliza nanomateriales y nanodispositivos que son similares en tamaño a estas moléculas biológicas, lo que les permite interactuar con el cuerpo de maneras altamente específicas.
Lo que ya está ocurriendo: avances actuales de la nanomedicina
Aunque parezca ciencia ficción, muchas aplicaciones de la nanotecnología en medicina ya son una realidad. Uno de los campos más desarrollados es el diagnóstico, especialmente en enfermedades como el cáncer. Gracias a nanopartículas que se adhieren a células tumorales, hoy es posible detectarlas mucho antes que con técnicas tradicionales. Algunas de estas partículas están diseñadas para brillar bajo ciertos tipos de luz, haciendo visibles incluso pequeños tumores que antes pasaban desapercibidos.
En el ámbito del tratamiento, la nanotecnología también está marcando un antes y un después. Un ejemplo es la liberación controlada de fármacos. En lugar de tomar medicamentos que afectan a todo el cuerpo, los investigadores están desarrollando “vehículos nanométricos” capaces de transportar la medicina directamente al órgano o célula enferma. Esto no solo aumenta la eficacia, sino que reduce efectos secundarios (pensemos, por ejemplo, en la pérdida de pelo y las náuseas asociadas con la quimioterapia anticancerígena tradicional).
En enfermedades neurodegenerativas, cardiovasculares o infecciosas, se están probando nuevos métodos basados en nanotecnología para mejorar la administración de tratamientos. Incluso en vacunas (como ocurrió en parte con las vacunas de ARN mensajero contra la covid-19), las nanopartículas de lípidos (pequeñas burbujas de grasa) han sido clave para transportar el material genético hasta las células de forma segura.
Además, se están creando biomateriales “inteligentes” que reaccionan al entorno del cuerpo. Por ejemplo, apósitos que liberan antibióticos solo cuando detectan infección, o implantes que se integran mejor con el tejido humano gracias a recubrimientos nanométricos.
Lo que viene: posibilidades futuras y desafíos
A medida que esta tecnología evoluciona, las posibilidades se multiplican. Una de las más llamativas es el uso de nanorrobots, pequeñas estructuras programables que podrían viajar por el cuerpo humano realizando tareas específicas, como destruir células cancerosas una por una, limpiar arterias obstruidas o reparar tejidos dañados. Aunque suena a ciencia ficción, ya hay prototipos que se mueven por impulsos químicos o magnéticos, y que algún día podrían formar parte de la medicina personalizada del futuro.
También se investiga cómo integrar la nanotecnología con la inteligencia artificial para crear sistemas de diagnóstico autónomos, capaces de identificar una enfermedad en sus primeras fases y actuar de forma inmediata. Esto podría cambiar radicalmente la forma en la que entendemos la salud: pasar de una medicina reactiva (que actúa cuando ya estamos enfermos) a una medicina preventiva y proactiva.
Pero estas promesas también vienen acompañadas de desafíos importantes. Uno de ellos es la seguridad. ¿Qué efectos a largo plazo pueden tener las nanopartículas en el cuerpo? ¿Cómo se eliminan? ¿Pueden acumularse en órganos?
Además, existen dilemas éticos: ¿Quién controla esta tecnología? ¿Podría usarse para modificar genéticamente a una persona sin su consentimiento?
Estas preguntas aún están en debate, y hacen que la regulación y la investigación responsable sean fundamentales. La nanomedicina tiene un potencial enorme, pero necesita avanzar con transparencia, con controles rigurosos y siempre pensando en el beneficio de los pacientes.
Una revolución silenciosa
La nanotecnología en medicina no es solo una promesa futurista, y aunque todavía hay camino por recorrer, lo que está claro es que este campo marcará el rumbo de la medicina en las próximas décadas.
Entender cómo funciona, qué avances se están produciendo y qué preguntas debemos hacernos como sociedad es clave para no quedarnos atrás. Porque lo nano, aunque invisible a simple vista, está cambiando cosas enormes, desde nuestra salud hasta nuestra forma de vivir. Incluso, en un futuro no muy lejano, podría ofrecernos la posibilidad de curarnos incluso antes de llegar a enfermar.
Salvador Resino es Investigador Científico en el Instituto de Salud Carlos III, del cual recibe financiación para llevar a cabo sus proyectos de investigación.
Daniel Sepúlveda Crespo y Isidoro Martínez González no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.
Vista aérea del retroceso de los acantilados por inestabilidad de laderas en la playa de Vallina (Cudillero, Asturias). Fotografía tomada el 20 de julio de 2024.Saúl González Lemos, CC BY-SA
Asimismo, se está observando una mayor frecuencia e intensidad de fenómenos meteorológicos extremos capaces de modificar la dinámica de los procesos erosivos –que causan la pérdida y el desgaste de la superficie del terreno– en distintas zonas costeras del mundo.
En Europa, se ha calculado que al menos el 25 % de las costas sufren procesos erosivos, especialmente durante los temporales, cuya acción es particularmente evidente en las playas. Por ejemplo, en la playa de Piles (Valencia, España), se cuantificó un retroceso de 40 metros en solo dos semanas (entre el 6 y el 20 de enero de 2020) vinculado a la tormenta Gloria.
Aunque el retroceso puede pasar más desapercibido en los acantilados que en las playas, sus consecuencias son igualmente severas para las comunidades costeras más cercanas y expuestas. De hecho, la frecuencia de los procesos de inestabilidad de ladera en los acantilados parece ir en aumento, involucrando en ocasiones grandes volúmenes de terreno y fenómenos complejos.
La lluvia y las olas desgastan los acantilados
El retroceso de los acantilados en costas rocosas resulta de la inexorable competición entre la energía erosiva del oleaje y la resistencia de las rocas. La acción del mar socava la base de los acantilados provocando diferentes mecanismos de inestabilidad, como desprendimientos y deslizamientos, entre otros. Estos son particularmente intensos en acantilados altamente fracturados o compuestos por rocas que se erosionan fácilmente.
La dinámica del proceso erosivo en costas rocosas está fuertemente influida por factores climáticos como las precipitaciones, la humedad del suelo y la altura del oleaje.
Durante períodos lluviosos, el suelo incrementa su humedad y peso, perdiendo resistencia y aumentando la probabilidad de desestabilizarse. Durante los temporales, la capacidad erosiva del oleaje se incrementa y con ella el número de inestabilidades de ladera en los acantilados.
Todos estos procesos conducen inevitablemente al avance progresivo del mar hacia la tierra ocasionando el retroceso de la línea de costa. El actual contexto de cambio climático sugiere que estos fenómenos serán cada vez más frecuentes e intensos.
Para ilustrar el problema, existen ejemplos espectaculares de episodios actuales de dinámica intensa de retroceso de acantilados en distintas zonas del mundo.
Durante el evento de El Niño 2015-2016, el 12 % de los acantilados de un tramo de costa de 300 kilómetros del sur de California (zona de Palos Verdes) llegaron a registrar retrocesos de 10-15 metros.
Evolución de la pendiente del faro de Tazones ilustrada en las imágenes tomadas por un dron en: a. 2018 y b. 2019. La flecha indica un deslizamiento plano superficial. c. Vista del acantilado desde el mar, en la que se observan algunos bloques desprendidos y árboles. Domínguez-Cuesta et al., 2021, CC BY
El retroceso de los acantilados se acelera
En distintos sectores costeros de Europa, se han realizado estudios que ponen de manifiesto que las tasas de retroceso actuales son superiores a las de los últimos miles de años.
Estas mismas investigaciones –basadas en la combinación de datos históricos, topográficos, geocronológicos, meteorológicos y sensores remotos– subrayan la importancia del clima en la erosión costera y sugieren que, debido al aumento del nivel del mar, la velocidad del retroceso de acantilados podría incrementarse hasta diez veces para finales del siglo XXI.
Ante esta perspectiva, las estrategias de adaptación son esenciales. Para ello, es preciso mejorar nuestra comprensión actual de la evolución de los acantilados y su relación con el cambio climático. Potenciar la investigación para incrementar el conocimiento, fomentar la educación de la ciudadanía y mejorar la ordenación del territorio son fundamentales para anticipar riesgos futuros, proteger vidas e infraestructuras, y promover una gestión costera sostenible. Así se podrá contribuir a mitigar el impacto del calentamiento global en las costas.
Montserrat Jiménez Sánchez codirige el Proyecto de Investigación RETROCLIFF (PID2021-122472NB-100) financiado por MCIN, AEI y FEDER, UE y dirige el Proyecto de Investigación GEOCANTABRICA (IDE/2024/000753. SEK-25-GRU-GIC-24-072) financiado por SEKUENS-Gobierno del Principado de Asturias y Fondos Europeos.
Laura Rodríguez Rodríguez participa en los proyectos de investigación RETROCLIFF (PID2021-122472NB-100) financiado por MCIN, AEI y FEDER, UE y GEOCANTABRICA (IDE/2024/000753. SEK-25-GRU-GIC-24-072) financiado por SEKUENS-Gobierno del Principado de Asturias y Fondos Europeos.
María José Domínguez Cuesta codirige el Proyecto de Investigación RETROCLIFF (PID2021-122472NB-100) financiado por MCIN, AEI y FEDER, UE y participa en el Proyecto de Investigación GEOCANTABRICA (IDE/2024/000753. SEK-25-GRU-GIC-24-072) financiado por SEKUENS-Gobierno del Principado de Asturias y Fondos Europeos.
Los 70 alumnos y alumnas que han participado en la cuarta edición del Curso de verano de The Conversation ‘La aventura de divulga ciencia en español con éxito’ en el Palacio de la Magdalena (UIMP) con autoridades, ponentes y Jorge Drexler como invitado de honor. UIMP, CC BY
“Clavo mi remo en el agua, llevo tu remo en el mío / Creo que he visto una luz, al otro lado del río.”
Jorge Drexler, “Al otro lado del río”
Con esos versos –entonados a capela por Jorge Drexler ante un aula entregada– se produjo uno de los momentos más conmovedores del curso La aventura de divulgar ciencia en español con éxito, celebrado del 9 al 11 de julio en el Palacio de la Magdalena de Santander. La sede veraniega de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) se convirtió durante tres días en un laboratorio de ideas, gracias a una iniciativa impulsada por The Conversation España, con el respaldo de la Fundación Lilly y la Fundación Ramón Areces.
Lo que allí se vivió fue mucho más que una serie de conferencias y talleres: fue un contagio de conocimiento y entusiasmo por la vida y la ciencia.
La inauguración corrió a cargo del vicerrector del Campus de Las Llamas de la UIMP Francisco Matorras; Rafael Sarralde, el director general de The Conversation; Manuel Guzmán, Gerente en Fundación Lilly; Carolina Pola, colaboradora del comité científico de la Fundación Ramón Areces, y las codirectoras del curso Elena Sanz y Lorena Sánchez. UIMP, CC BY
Lenguaje, cerebro y música: la mente en escena
Uno de los momentos más inspiradores fue el encuentro entre el neurofisiólogo y popular divulgador Xurxo Mariño y el músico y médico de formación Jorge Drexler. A medio camino entre el concierto y la charla científica, ambos desplegaron una conversación fascinante sobre cómo emerge la mente humana.
“El oficio del artista consiste en implantar una parte de su mente en otras personas”, explicó Mariño. “No se puede gozar de Beethoven sin ser un poco Beethoven”, respondía Drexler.
“La creatividad ocurre cuando disminuye la actividad de la corteza prefrontal: se apaga el director de orquesta del cerebro y se abren otras conexiones”, decía Xurxo Mariño. Y puso como ejemplo un momento muy concreto: el instante nada más despertar. Drexler, entonces, cantó con ayuda del público la canción que le valió un Óscar en el año 2005, nacida en un estado de duermevela. “Escribí Al otro lado del río a la luz de la mesita de noche”, confesaba.
Genes, mutaciones y el futuro humano
La genetista y catedrática de la Universidad de Barcelona, Gemma Marfany, arrancó la charla inaugural del curso con una afirmación contundente: “El genoma es una máquina perfecta, pero tiene errores”.
La genetista Gemma Marfany durante una apasionada conversación en Caballerizas, lugar de encuentro de los ponentes en el Palacio de la Magdalena. The Conversation, CC BY
Gemma Marfany habló de mutaciones, de edición genética con CRISPR –“el bisturí con GPS”– y de los dilemas éticos de la selección genética, que permitirá resolver múltiples enfermedades, pero también rediseñar nuestra especie.
“No queremos ser inmortales, queremos ser eternamente jóvenes”, sentenció, en referencia al sueño (o pesadilla) de modificar el ADN humano para mejorar el cuerpo, la mente y, quizá, el destino.
Con ejemplos como la película Gattaca o la historia de Carlos II el Hechizado, un rey que sufrió la maldición de la endogamia de la Casa de Habsburgo, Marfany dejó claro que la genética explica el pasado y condiciona el porvenir: “si modificas tu ADN, estás cambiando el ADN del futuro”.
Océanos, cosmos y física cuántica: lo que aún no sabemos
En una jornada dedicada a los grandes enigmas de la ciencia, la oceanógrafa Núria Casacuberta Arola habló del mar como “el corazón del clima”, advirtiendo que en lo profundo del océano hay más incógnitas que certezas. “Ha habido más personas en la Luna que en la fosa de las Marianas”, recordó Casacuberta Arola, subrayando el desconocimiento sobre el agua que regula la vida en la Tierra.
Nuria Casacuberta Arola ha sido galardonada con la Beca de Retorno de la Fundación Ramón Areces, gracias a la cual trasladará sus actividades científicas al Institut de Ciències del Mar (ICM-CSIC) en Barcelona. La oceanógrafa propuso en el curso un viaje espacial al fondo de los océanos. The Conversation, CC BY
Pablo Martínez Ruiz del Árbol, investigador del Instituto de Física de Cantabria. The Conversation, CC BY
Pablo Martínez comparó la física cuántica con el sushi: “para mi padre, que es de un pueblo de La Rioja, la cuántica es como el sushi, algo que te saca de tu zona de confort”. Y el astrofísico David Galadí, con humor y rigor, confesó que quizás en el futuro nos vean como “gente muy lista que llegó a conclusiones equivocadas”.
La ciencia, coincidieron ambos, solo puede actuar con humildad ante lo infinito por descubrir. Porque por cada conocimiento acumulado, “ampliamos lo que sabemos que no sabemos”, matizaba Martínez.
El astrofísico David Galadí describió la incertidumbre en astrofísica para explicar el universo. The Conversation, CC BY
Corazón, medicina y mentoria: lecciones de una vida
El cardiólogo Valentín Fuster, una de las voces más esperadas, impartió una lección de sabiduría y humanidad en su conversación con la periodista experta en salud Cristina Sáez.
“Con franqueza, soy cardiólogo, pero no entiendo el corazón, un órgano que se mueve cada segundo y no se estropea hasta el final de una vida. He contribuido a entenderlo, pero aún no sabemos realmente cómo funciona: el corazón es un milagro”, confesó.
Valentín Fuster llegó desde Nueva York a Santander. ‘Si hago este viaje es porque considero esencial la divulgación de la ciencia’. UIMP, CC BY
Valentín Fuster narró su trayectoria desde sus inicios, cuando su camino era el de un tenista profesional. “Un año suspendí una asignatura y mi padre puso fin al tenis. Siempre confié en mi padre. Y siempre he hecho lo que me han dicho las personas en las que he confiado”.
Así comenzó la carrera del hombre que introdujo en el mundo la medicina preventiva, que supo encontrar en el colesterol la razón de los infartos de miocardio, y que peleó contra gigantes hasta conseguir la polipíldora para tratar problemas de corazón. El estudio SECURE, publicado en The New England Journal of Medicine, mostró una disminución del 33 % en la mortalidad cardiovascular en comparación con el tratamiento habitual.
La periodista Cristina Sáez, coautora con Valentín Fuster de su libro de memorias, condujo la conversación. UIMP, CC BY
Valentín Fuster habló de la importancia de tener un mentor, de la necesidad de cuidar al paciente como un todo –físico y emocional– y de los peligros de una sociedad que promueve el consumo hasta enfermarnos.
Para él, la clave para una vida íntegra está en lo que llama las “cuatro T”: tiempo para reflexionar, talento cultivado con humildad, transmitir positividad y ser un tutor para los demás.
Cristina Saéz mencionó el altruismo de Valentín Fuster en el trato a pacientes de toda condición social: “Para mí no existen nombres, existen personas, porque si miras por dentro, todos somos iguales”, dijo Fuster.
Pero el corazón no es solo un órgano que late: es un icono universal del amor. Y de amor habló el psicólogo y divulgador Luis Muiño, uno de los conductores de Entiende tu mente, el pódcast en español sobre psicología más escuchado del mundo. Muiño narró, por ejemplo, la historia del matrimonio mudo chino. Mudo, porque durante 60 años no se dirigieron la palabra. Entonces alguien les preguntó por qué seguían juntos. Él respondió: “porque la amo”. Y ella: “porque sé lo que piensa”. Luis Muiño abrió un intenso y apasionado debate con el alumnado planteando preguntas como: ¿por qué nos atrae lo prohibido? ¿Qué podemos hacer los ciudadanos del siglo XXI con las hormonas del Paleolítico? ¿Por qué vemos lo que queremos ver cuando amamos?
Luis Muiño desgranando la ciencia del amor. The Conversation, CC BY
Ciencia con alma
El curso se nutrió de expertos, pero también de historias humanas. Como la de una alumna que recordó a su madre con alzhéimer, que solo conecta con el presente cuando canta canciones del pasado, “y entonces se emociona”. O la de otra alumna que trabaja como intérprete en contextos extremos, por ejemplo, cuando a alguien le detienen en un país en conflicto y no habla el idioma. Ella trataba de buscar una metáfora para definir su papel, algo que le pedía Emilio José García, responsable de la unidad de cultura científica del Instituto Astrofísico de Andalucía (IAA) al frente del taller Cómo hacer una charla de divulgación que no se olvide. La alumna buscaba una metáfora para definirse y alguien del publico propuso: “sois ángeles”.
Emilio José García (IAA) ofreciendo las claves para una charla de divulgación que no se olvide. The Conversation, CC BY
También pidió metáforas Estrella Montolío, catedrática de la Universitat de Barcelona, para su taller sobre la ciencia del lenguaje aplicada a la divulgación. Entre las que escribieron los alumnos está: “Los alimentos transgénicos son como Severus Snape, señalados como perversos y malvados, pero en realidad ambos están protegiendo a las personas”.
Estrella Montolío, catedrática de Lengua Española de la Universidad de Barcelona, recogió metáforas científicas en su taller sobre la ciencia del lenguaje aplicada a la divulgación. The Conversation, CC BY
Herramientas para divulgar
En el curso se entregó al alumnado el libro Comunicando ciencia con ciencia. Promovido por la Fundación Lilly, ha sido elaborado por 36 coautores expertos en comunicación científica.
Marcos Pérez, director de los Museos Científicos de A Coruña y presidente de la Asociación Española de Comunicación Científica (AEC2), Cristina Rico, coordinadora Senior de Programas y Actividades en Fundación Lilly, y Elena Sanz, directora de The Conversation, presentaron el libro Comunicando ciencia con ciencia. The Conversation, CC BY
Las caras de asombro con mayúscula, y exclamaciones consecutivas, se produjeron durante el taller de uso de inteligencia artificial para divulgar ciencia que impartió Carmen Torrijos, lingüista computacional de Progidioso Volcán. En apenas dos horas, como prometió, hicimos un artículo, gráficos, un pódcast y una presentación en PowerPoint sobre la situación de Isla Calima, un archipiélago inexistente, que Carmen Torrijos presentaba amenazado por el cambio climático, y que sirvió como ejemplo para experimentar lo que las inteligencias artificiales generativas son capaces de hacer.
Carmen Torrijos mostró herramientas de inteligencia artificial aplicables a la divulgación de ciencia. The Conversation, CC BY
Durante tres días, el curso fue una constelación de voces, ciencia y emociones. Una muestra de que la divulgación científica en español puede ser, además de rigurosa, profundamente humana.
Las codirectoras del curso Elena Sanz y Lorena Sánchez, con Xurxo Mariño y Jorge Drexler en el punto y final de La aventura de divulgar ciencia. The Conversation, CC BY
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sergio García Magariño, Investigador de I-Communitas, Institute for Advanced Social Research, Universidad Pública de Navarra
Por mucho odio y violencia que aparezca en los medios al reflejar la actualidad, los seres humanos somos seres sociales interdependientes. La supervivencia del Homo sapiens como especie y la aparición de la civilización han dependido, principalmente, de la colaboración y la solidaridad.
Entonces, ¿qué hace que haya tanto odio, que se generen polos violentos opuestos, que se orquesten cacerías de unos grupos contra otros en un pueblo como Torre Pacheco? Y más importante aún: puesto que la ciencia no solo describe las realidades y sus causas tal cuales son, sino que explora soluciones tras realizar diagnósticos, ¿cómo se puede evitar y reconducir una situación así?
En Torre Pacheco –que nos sirve de muestra, de indicador de algo que lleva tiempo gestándose en España y en otras democracias liberales– confluyen, al menos, tres procesos:
Una vinculación problemática y poco atendida entre polarización y radicalización ideológica violenta.
Problemas grandes en lugares pequeños
En primer lugar, la emergencia de “un Torre Pacheco” visibiliza tanto el déficit de gobernanza global, europea y nacional de los flujos migratorios como la poca efectividad de las políticas de integración y de gestión de la diversidad.
Los problemas globales e internacionales se sienten con mayor crudeza en los ámbitos locales: las islas pequeñas son las más afectadas por el cambio climático, el tráfico internacional de diamantes golpea las aldeas de la República Democrática del Congo y la especulación mundial con criptomonedas depende de “criptomineros” asentados en una finca consumiendo gran cantidad de energía.
Hoy es Torre Pacheco, pero mañana puede ser otra localidad como Marcilla, en Navarra, un barrio de Sabadell (Barcelona) o la zona de San Francisco, en Bilbao. La diversidad incrementa la riqueza cultural, pero también trae conflictos si no hay una buena gestión de la diversidad y promoción de la convivencia.
Aquí, las personas, las instituciones y las comunidades son responsables de encontrar un modelo satisfactorio que tenga como umbral mínimo moral el respeto de los derechos humanos.
En segundo lugar, el prejuicio, el odio de unos grupos hacia otros, la deshumanización del diferente (ya sea racial, nacional o ideológicamente) es la antesala de la violencia.
Las teorías más consolidadas sobre la violencia muestran que los seres humanos tendemos a condolernos con lo que les pasa a otras personas. Sin embargo, cuando percibimos injusticias y dolor ajeno también generamos narrativas de justificación y culpabilización contra quienes las víctimas, lo que disipa esa empatía natural. De lo contrario, ante mucho sufrimiento nos desmoronaríamos, salvo que nos levantáramos a actuar decididamente para atajar dichos males.
El sociólogo noruego y el principal fundador de la disciplina de los estudios sobre la paz y los conflictos, Jonathan Galtung, habla de la violencia cultural. Esta puede dirigirse hacia innumerables direcciones: “los migrantes”, “los de derechas”, “los progres”, “las mujeres”, “los jóvenes”, “los ricos”, “los pobres”, “los del Barcelona” o “los gitanos”.
La Escuela de Frankfurt también hablaba de reificación para describir las categorías de identidad grupal que nos orientan, pero que, con el uso, se cosifican y nos impiden ver a quien está enfrente como igual en dignidad.
El gran problema es que, de un lado, apelamos al sentido común (construido socialmente) para justificar dicho rechazo y, de otro, el odio y el rechazo suelen canalizarse hacia la persona que está objetivamente más oprimida, tiene menos derechos y vive una vida menos digna. En breve, todo prejuicio y odio hacia un grupo contribuye a la violencia más cruel y legitima la opresión económica y estructural de dicho grupo.
Vivir en un clima de crispación permanente
En tercer y último lugar, la polarización de la sociedad –azuzada desde las campañas políticas y las redes desde hace décadas–, la polarización ideológica y la polarización política tienen al menos dos costes: afectan paulatinamente la calidad democrática y alimentan procesos de radicalización violenta de individuos y organizaciones.
La conexión entre polarización y radicalización violenta en Estados Unidos ha sido clara desde hace años, pero en Europa se ha tendido a separar ambos fenómenos y a encomiar el efecto estimulante y movilizador de la polarización político-afectiva.
No obstante, vivir en un clima permanente de crispación, de campaña, de descalificación, de demagogia, de lucha despiadada por llegar al poder o por mantenerlo, nutre los extremos ideológicos e impulsa a personas a unirse a ellos. Y los polos, cuando se tensan demasiado, traspasan los límites de lo estrictamente democrático y pacífico, haciendo aparecer grupos que justifican la violencia desde uno y otro flanco ideológico.
Incluso los diagnósticos que demonizan, desde un espectro, a los colectivos sin estatus legal y los no nativos y, desde el otro, a los ultras, probablemente hayan caído inadvertidamente en dicha lógica polarizada que contribuye a la persistencia del problema. Esta constatación no exime de responsabilidades, sino que evita la simplificación.
Caminos a seguir
En definitiva, mejorar la gobernanza global de los flujos migratorios, las políticas de integración y de gestión de la diversidad; abordar las causas culturales y económicas de los prejuicios, que nos insensibilizan hacia el dolor ajeno; y elevar el debate político y mediático para que se acerque a unos estándares mínimos de decoro, sobresalen como tres de las avenidas más prometedoras, y a largo plazo, que deberían recorrerse.
Y un recordatorio final: cada persona, cada comunidad y cada institución tiene la oportunidad y el deber de contribuir al fortalecimiento de la convivencia pacífica y democrática de una sociedad que cada vez es más diversa, como también lo fue en el pasado.
Sergio García Magariño no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Todos los países compiten por atraer a migrantes altamente cualificados: ingenieros, científicos, analistas de datos y otros profesionales cuya experiencia impulsa economías basadas en la innovación. Sin embargo, mientras los programas de visado y los esfuerzos de reclutamiento se vuelven cada vez más competitivos, una pregunta suele pasar desapercibida: ¿qué hace realmente que estos migrantes decidan quedarse en el país de acogida?
En nuestro estudio reciente sobre migrantes profesionales que trabajan en empresas multinacionales líderes afincadas en Copenhague, entrevistamos a 21 migrantes. Cada uno fue entrevistado dos veces para abarcar su vida profesional y personal, con el fin de comprender cómo se desarrollan sus vidas después de obtener empleo.
No nos centramos únicamente en el éxito profesional, sino en cómo sus vidas personales y laborales se entrelazan para moldear su satisfacción a largo plazo.
Los resultados de dicho estudio lanzan una advertencia a países de la Unión Europea: incluso cuando los migrantes altamente cualificados reciben sueldos competitivos, tienen una alta formación y ocupan cargos ejecutivos, muchos aún se sienten a la deriva, socialmente aislados, profesionalmente infravalorados y con dudas sobre si su futuro realmente está en Europa.
Una fuga de cerebros silenciosa puede no deberse a la falta de atracción de talento, sino a la incapacidad de integrarlo de forma significativa.
El nuevo rompecabezas de la migración global
Muchos migrantes altamente cualificados llegan con credenciales ya validadas y experiencia internacional previa. No buscan seguridad básica ni acceso a oportunidades, sino que eligen entre varias buenas opciones. Para muchos, esto implica comparar la vida en Europa con entornos acelerados como Estados Unidos, donde los clústeres tecnológicos y los ecosistemas de investigación de élite siguen siendo muy atractivos.
Lo que importa a estos migrantes ya no es solo el salario o el estatus, sino la posibilidad de vivir una vida donde sus habilidades sean reconocidas, sus voces escuchadas y sus vidas personales no se sacrifiquen por su carrera.
Aquí está la paradoja: incluso cuando los países ofrecen beneficios generosos, protecciones laborales sólidas y autonomía en el trabajo, eso no siempre basta. Muchos siguen sintiéndose, como decía la canción, “extraños en el paraíso”.
Cuatro patrones que moldean su experiencia
En nuestro estudio, identificamos cuatro dinámicas recurrentes que afectan a cómo los migrantes altamente cualificados evalúan sus países de acogida y la decisión quedarse o marcharse:
Exclusión pese al empleo. Incluso con empleos bien remunerados, muchos afirman sentirse cultural y socialmente marginados. Las barreras lingüísticas y normas sociales sutiles dificultan la integración. Esto no es solo un asunto social: socava directamente su motivación y lealtad.
Flexibilidad como libertad y trampa. Los esquemas laborales flexibles les permiten mantener vínculos transnacionales y gestionar su tiempo de forma autónoma. Pero esa misma libertad conlleva costes: largas jornadas alineadas con husos horarios distantes, vidas sociales erosionadas y progresos laborales estancados.
Conciliación entre vida laboral y personal es valiosa pero desigual. Algunos migrantes adoptan nuevas rutinas y priorizan su vida más allá del trabajo. Pero otros encuentran que las expectativas de las directivas o las estructuras corporativas internacionales los atan a cargas laborales intensas, lo que neutraliza los beneficios de culturas laborales progresistas.
Los valores importan, pero solo cuando se viven. Muchos migrantes altamente cualificados se sienten atraídos por países que promueven la equidad, la inclusión y la meritocracia. Pero cuando la experiencia diaria no refleja esos ideales, cuando el ascenso se percibe opaco o las normas sociales son rígidas, la desconexión puede empujarlos a mirar hacia otro lugar.
¿Fuga o circulación de cerebros?
Para los países receptores, la fuga de cerebros plantea una preocupación estratégica: ganar la carrera del talento no termina con la contratación. Lo que más importa es la retención, lo cual depende de hasta qué punto las sociedades de acogida y los lugares de trabajo cumplen la promesa de la integración profesional y personal.
Los migrantes altamente cualificados de hoy se mueven por el mundo con facilidad. Si se sienten infrautilizados o culturalmente alienados, no esperan: migran de nuevo, a menudo hacia países donde sus aspiraciones profesionales y valores personales estén más alineados.
Durante el tiempo que duró este estudio Miguel Morillas trabajó como investigador postdoctoral en la Universidad de Copenhague.
Durante el tiempo que duró este estudio trabajó como investigador postdoctoral en la Universidad de Copenhague.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Xabier Pereda Suberbiola, Investigador (Paleontología), Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea
Reconstrucción de un dinosaurio del género ‘Deinonychus’ con su plumaje, tal y como se piensa que era a la luz de los conocimientos actuales. Museo de Historia Natural LWL, en Münster (Alemania).frantic00/Shutterstock
Este artículo forma parte de la sección The Conversation Júnior, en la que especialistas de las principales universidades y centros de investigación contestan a las dudas de jóvenes curiosos de entre 12 y 16 años. Podéis enviar vuestras preguntas a tcesjunior@theconversation.com
Pregunta formulada por el curso de 2º de la ESO del Instituto de Educación Secundaria Miguel de Unamuno, en Gasteiz (Álava)
A veces, a los paleontólogos les llaman “cazadores de fósiles”. Sin embargo, George Gaylor Simpson, uno de los paleontólogos más influyentes del siglo XX, decía que “el cazador (o la cazadora) de fósiles no mata, resucita”. Resucitar en el sentido de hacer revivir, aunque sea en sentido figurado, animales extintos.
Es decir, la labor de los paleontólogos consiste en reconstruir mundos pasados a partir de las evidencias conocidas en el registro fósil.
Cómo “resucitar” un dinosaurio en tres pasos
Los fósiles de dinosaurios que estudian los paleontólogos son principalmente de dos clases: restos esqueléticos, como huesos y dientes, y restos indirectos o icnofósiles. En esta última categoría entran las huellas fósiles (icnitas), los excrementos fosilizados (coprolitos), etc. En ocasiones excepcionales, pueden conservarse “partes blandas”: impresiones de la piel o restos orgánicos (tejidos blandos y proteínas).
El primer paso para conocer la apariencia en vida de un dinosaurio es reconstruir el esqueleto a partir de sus huesos y dientes fósiles. Muchas especies están basadas en restos parciales y, a menudo, desarticulados; los esqueletos articulados completos no abundan.
También hay que tener presente que los huesos fósiles pueden estar deformados o alterados debido a la llamada diagénesis (los procesos que experimentan los sedimentos durante su transformación en rocas sedimentarias). Cuando faltan elementos óseos, se tienen en cuenta las partes simétricas del mismo individuo y se completa con información basada en “parientes” vivos, como aves y cocodrilos.
El segundo paso es reconstruir los músculos y tejidos. Las marcas de inserción muscular en los huesos fósiles sirven para averiguar la forma y disposición de los músculos.
Y el paso final consiste en imaginar la apariencia externa del animal, como la piel (con la presencia de escamas o plumas), pero es la parte más especulativa. En ciertos casos, se pueden inferir rasgos que no se han conservado en el registro fósil haciendo una correlación con especies actuales (se llama principio de homología). Por ejemplo, la presencia de plumas en aves y otros dinosaurios terópodos sería un carácter heredado de un ancestro común.
Para realizar todos estos estudios se aplica la anatomía comparada, disciplina que consiste en comparar las semejanzas y diferencias de las estructuras anatómicas entre especies. Los estudios de biomecánica y paleoicnología (huellas fósiles) ayudan a reconstruir el movimiento de los dinosaurios y a deducir cómo se desplazaban y a qué velocidad lo hacían.
Propuesta de reconstrucción del icónico predador Tyrannosaurus rex: esqueleto, musculatura y aspecto externo, según R. J. Palmer, para el juego Saurian. Urvogel Games, LLC
Reconstruir el paisaje donde vivieron
Llegados a este punto, no basta con reconstruir el aspecto de un dinosaurio: también es importante conocer en qué entorno natural vivió cuando formaba parte de un ecosistema e interaccionaba con otros organismos.
Para ello es necesario identificar otros vestigios del yacimiento y entender el contexto geológico en que este se formó. Su estudio permitirá hacerse una idea del ambiente pasado y reconstruir un “paleopaisaje” con el dinosaurio como parte integrante del mismo.
Pero ¿de qué color eran?
Hasta hace poco, el color de la piel de los dinosaurios era una incógnita. Ahora podemos deducir ese rasgo gracias al estudio de la forma, tamaño y distribución de los melanosomas (pequeños órganos celulares que contienen pigmentos como la melanina, responsable del color cutáneo) mediante técnicas de vanguardia (microscopía electrónica) y comparando con el aspecto de las aves actuales.
Por ejemplo, Anchiornis, un pequeño terópodo, tendría plumas de diferentes colores: grises, blancas, negras, así como un copete rojizo. El plumaje de Microraptor, otro terópodo con plumas en las cuatro extremidades, sería de color oscuro y con un brillo iridiscente, como ocurre en algunos córvidos actuales.
Dinosaurios cuya piel no estaba cubierta de plumas, como el pequeño ceratopsio Psittacosaurus y el anquilosaurio Borealopelta, se han reconstruido atribuyéndoles un cuerpo de color marrón oscuro o rojizo. En ambos casos, lucen un vientre más claro: este patrón cromático, conocido como contrasombra o contracoloración, está presente en muchos animales y sirve para camuflarse.
Modelo del ornitisquio Psittacosaurus con piel escamosa y largos filamentos queratinosos en la cola. Está basado en un fósil del Cretácico Inferior de China (Jehol Biota) conservado en el Museo Senckenberg de Frankfort, en Alemania. El patrón de color o contrasombreado, con la parte dorsal más oscura que la ventral, servía probablemente de camuflaje. Imagen de Jakob Vinther et al. (2016) en Current Biology
Talento artístico con conocimiento de causa
Con todos los datos, los paleoartistas reviven en sus ilustraciones el aspecto de los dinosaurios y otros seres del pasado. Algunos son paleontólogos o trabajan en colaboración con ellos. Entonces, el talento artístico se combina con los conocimientos científicos para mostrar la posible apariencia en vida de animales que ya no existen.
Dependiendo de la naturaleza fragmentaria del registro fósil y de otros factores, estas obras tendrán siempre una parte de especulación. Las reconstrucciones de dinosaurios conocidos a partir de decenas de esqueletos pertenecientes a individuos en diferentes fases de crecimiento (juveniles, adultos, etc.), como el citado Psittacosaurus, estarán mejor fundamentadas que otras basadas en restos fragmentarios pertenecientes a un único individuo.
Evolución de la imagen de los dinosaurios
La imagen de los dinosaurios ha ido cambiando a lo largo del tiempo, ya que es un reflejo de los conocimientos científicos de cada época. Las primeras reconstrucciones del siglo XIX los muestran como gigantescos lagartos. Para Richard Owen, el inventor del término “dinosaurio” (1842), eran cuadrúpedos corpulentos parecidos a los mamíferos llamados mastodontes, como reflejan los modelos a tamaño natural del Crystal Palace Park, al sur de Londres.
Estatuas del dinosaurio iguanodonte en el Crystal Palace Park, Londres. Wikimedia Commons, CC BY
La iconografía de la segunda mitad del siglo XIX, basada en descubrimientos hechos en Norteamérica y Europa, representa a terópodos y ornitópodos como formas bípedas con aspecto de canguro. Durante la primera mitad del siglo XX, los esqueletos de dinosaurios montados en los museos los muestran con la cola apoyada en el suelo. Hay que esperar hasta los años 1960-1970, cuando se produjo una revolución conceptual en paleontología llamada “Renacimiento de los dinosaurios”, para tener una imagen más realista de estos animales.
Los esqueletos de los museos y las imágenes de cine y televisión modernas presentan a los dinosaurios en una posición más dinámica, con la columna vertebral horizontal y la cola levantada por encima del suelo.
Estas reconstrucciones tienen en cuenta las más recientes interpretaciones paleontológicas y representan a los dinosaurios como seres activos. En el momento de su estreno (1993), la película Parque Jurásico nos enseñó las reconstrucciones más modernas de la historia.
No obstante, la imagen de algunas criaturas de la saga no ha evolucionado a la par que las interpretaciones paleontológicas. Por ejemplo, los famosos “raptores” siguen teniendo una piel escamosa y prácticamente desprovista de plumas a pesar de que las evidencias fósiles indican que dinosaurios como los dromeosaurios estaban cubiertos de plumas o protoplumas.
Esto demuestra que, aunque el cine puede conseguir que la ciencia resulte más atractiva, los intereses científicos y cinematográficos no son necesariamente los mismos.
Reconstrucción moderna del dromeosaurio Deinonychus por el ilustrador Fred Wierum. A diferencia de los raptores de la saga Parque Jurásico, el cuerpo está cubierto de plumas, reflejo de los últimos descubrimientos en paleontología. Fred Wierum/Wikimedia Commons
En definitiva, es posible conocer la apariencia de los dinosaurios gracias a los conocimientos científicos que proporcionan los fósiles y a la utilización de técnicas modernas. Cuanto más completos sean los datos, menos especulativa será la reconstrucción. Los paleoartistas ayudan a recrear mundos poblados de aquellos asombrosos animales extintos y otros seres del pasado.
Xabier Pereda Suberbiola no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.