Source: The Conversation – (in Spanish) – By Joan Tahull Fort, Profesor e investigador en sociología, especializado en dinámicas sociales y educativas contemporáneas, Universitat de Lleida
La adolescencia de un hijo suele sentirse como una tormenta dentro del hogar: trastoca la rutina, pone a prueba las normas y genera tensiones. Lo que a menudo pasa desapercibido es que este fenómeno también afecta a padres y madres. Muchas familias notan que, al mismo ritmo que su hijo avanza hacia la independencia, los padres atraviesan su propia crisis paralela.
A menudo, la pubertad y adolescencia coincide con la edad de 45 a 55 años de muchos padres: el período de la “mediana edad”, caracterizado por importantes cambios psicológicos.
En definitiva, la llegada de la adolescencia es un momento del ciclo familiar en el que convergen dos transiciones vitales: la del joven y la de sus padres, dos procesos que se refuerzan mutuamente y que inevitablemente transforma las relaciones familiares.
Un desafío compartido: crecer juntos en la turbulencia
Convivir con un adolescente puede resultar agotador, pero a la vez formativo. Tanto para el joven como para sus padres. Esta etapa es imprescindible para el crecimiento personal de toda la familia, porque supone salir de la “zona de confort” para todos los miembros.
Aunque la adolescencia genera fricciones, España conserva un modelo de cohesión familiar. De hecho, el 56,6 % de los jóvenes de 18 a 34 años se sienten “extremadamente próximos” a sus padres, y el 70,6 % interactúa con ellos al menos una vez al día. Esta cercanía diaria desafía la idea común de un conflicto permanente entre generaciones, pero ¿a qué precio?
Contrariamente al mito del adolescente siempre rebelde, los conflictos parentales alcanzan su máximo alrededor de los 13 a 15 años para luego moderarse. Este patrón temporal desmiente la imagen de una adolescencia permanentemente turbulenta.
En todo caso, el cambio en el rol parental es lo suficientemente grande como para reconocer los propios límites emocionales y buscar apoyo cuando sea necesario, desde la puesta en común de experiencias de manera informal con otros padres y madres hasta grupos de apoyo más estructurados, pasando por acudir a especialistas cuando nos sintamos desbordados.
Voces: cuando acompañar también transforma
Detrás de las estadísticas hay experiencias concretas. La literatura científica muestra que muchos padres y madres relatan sensaciones de desconcierto, distancia emocional, dudas sobre su rol y necesidad de “reaprender” a relacionarse con sus hijos adolescentes. Para ilustrar estos patrones, utilizo experiencias recogidas en este tipo de investigaciones.
Por ejemplo, María se siente desbordada. Su hijo de quince años ya no quiere hablar como antes; prefiere encerrarse en su habitación con el ordenador y los auriculares. Esa distancia física se transforma en una brecha emocional. María siente que está perdiendo el vínculo con su hijo y, con ello, parte de su identidad como madre. Siente una mezcla de amor, culpa e incertidumbre.
Javier, padre divorciado, vive algo parecido, agravado por la soledad. Su hija de catorce años lo esquiva. Discuten a menudo, y detrás de cada pelea hay una necesidad mutua de ser escuchados. Javier vive, al mismo tiempo, la adolescencia de su hija y su propia crisis vital: atraviesa una crisis propia de la mediana edad, intensificada por el divorcio y la soledad cotidiana. Se siente desorientado, revisando quién es ahora y cómo reconstruir su vida mientras teme perder el vínculo con su hija. Esa mezcla de vulnerabilidad, culpa y necesidad de cercanía hace que cada discusión con ella sea, en realidad, un intento de ser visto y escuchado.
Lucía, madre de dos adolescentes, resume la paradoja de muchas familias: aunque no le falte el bienestar material, siente que camina sobre hielo. Cualquier comentario o sugerencia puede desencadenar un conflicto o gritos. Convive con cambios de humor y provocaciones constantes; descubre que acompañar la adolescencia de sus hijas la está transformando a ella. Está aprendiendo a dejarla sin desvincularse y poner límites sin romper el afecto.
Estas historias se articulan en torno a un eje común: la distancia emocional que los adolescentes establecen como parte de la construcción de su identidad. La culpa, la tristeza o el agotamiento de los padres no son señales de fracaso, sino manifestaciones del reajuste que exige esta nueva etapa. Redefinir el vínculo –dejarlos ser sin perderlos– se convierte en uno de los mayores desafíos de los padres.
Hacia una crianza acompañante
Convivir con un adolescente puede generar un “estrés positivo”: una tensión incómoda que, bien canalizada, puede fortalecer los lazos familiares. La clave no está en evitar los conflictos, sino en transformarlos en diálogo constructivo.
Este cambio de paradigma –de la evitación a la transformación– es fundamental en la crianza contemporánea. Acompañar la adolescencia es una forma de seguir creciendo junto a ellos. Y reconocer esto no es un fracaso parental: es un acto auténtico de la crianza.
Joan Tahull Fort no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jordi Caballé May, Profesor de creatividad, storytelling y comunicación política creativa, UOC – Universitat Oberta de Catalunya
Notificaciones continuas, titulares urgentes, vídeos cortos encadenados, series en streaming, anuncios personalizados, correos de trabajo fuera del horario…
Hoy, nuestro cerebro ya no es un espacio sereno y ordenado, sino un campo de batalla constante en el que cientos de actores compiten ferozmente por conquistar nuestra atención.
El economista y premio Nobel Herbert Simon ya advirtió en los años 70 de una paradoja que hoy es central: “Un exceso de información crea una pobreza de atención”.
Esta afirmación, ahora, resuena con más fuerza que nunca y se ha transformado en una idea compartida por psicólogos, neurocientíficos y comunicadores: la atención es el bien más escaso del siglo XXI.
Uno de los autores que ha explorado esta idea es Johann Hari, que en su libro El valor de la atención nos sitúa ante una verdad incómoda: “Vivimos en la era de la distracción sistemática”.
Una distracción industrializada
Cada día, nuestras mentes son arrastradas, fragmentadas y desgarradas por un entorno digital que no solo tolera la distracción, sino que la ha industrializado. Este entorno ha sido diseñado, literalmente, para robarnos la atención y venderla al mejor postor.
Los datos que aporta Hari son alarmantes: los adolescentes solo mantienen la concentración durante 65 segundos seguidos. Los adultos, en tareas digitales, apenas llegan a los tres minutos.
En ese lapso de tiempo, una idea compleja no puede nacer, y mucho menos crecer.
Para Hari, no hemos perdido la concentración por desinterés, sino porque un modelo económico y tecnológico vive de nuestra dispersión. Y a más dispersión, más facilidad para ser segmentados, predecibles y manipulables.
Las redes sociales nos prometen conexión, pero realmente nos desconectan de la realidad, la fragmentan y la vacían de contenido.
Esta pérdida de atención conlleva que la lectura profunda se desvanezca, la memoria se debilite y la capacidad de reflexión caiga en picado.
Todo esto es letal para la política, que necesita precisamente lo contrario: espacios para construir un relato, capacidad de matizar y un mínimo de atención compartida para mirar colectivamente hacia el futuro.
Los algoritmos no buscan el pensamiento profundo, sino la respuesta emocional más rápida posible y, en este contexto, la comunicación política se ve arrastrada por una lógica que no le pertenece.
Para la comunicación política entender este robo de la atención es fundamental, porque no podremos construir relato ni discurso si antes no se crea silencio.
La comunicación política creativa
Hoy, un discurso lleno solo con buenos argumentos no es suficiente para conectar con la ciudadanía y puede ser ignorado por un meme de gatitos.
En cambio, un discurso creativo bien diseñado puede romper la inercia del scroll, puede generar una pausa donde hay prisa, puede invitar a pensar donde todo empuja a reaccionar.
Se trata de construir relatos que creen contexto y curiosidad. No de escribir más mensajes, sino de hacer uno memorable. En este escenario, la creatividad puede ser nuestra mejor aliada.
La comunicación política creativa propone aplicar las técnicas de la redacción publicitaria, la narrativa, el guion y el humor en la creación de discursos institucionales o políticos para convertir los mensajes clave en relatos atractivos capaces de conectar con la ciudadanía y seducirla.
Si aplicamos el proceso creativo a la conceptualización y redacción de discursos obtendremos textos más cercanos, diferentes y memorables.
Cómo ganarnos la atención cuidadana
John Cleese, miembro fundador de la compañía de comedia Monty Phython, en su libro Creativity: A Short and Cheerful Guide afirma que “la creatividad es la capacidad de encontrar una mejor manera de hacer cualquier cosa”.
En un mundo de scroll infinito e interrupciones constantes, la creatividad no es solo un recuso estético o narrativo, sino una herramienta estratégica para ganarse la confianza y la atención de la ciudadanía.
Un discurso creativo sabe crear pausa, seducir, provoca emociones genuinas, utiliza metáforas poderosas que quedan en la memoria, ritmos que invitan a escuchar con calma, silencios cargados de sentido, estructuras narrativas que generan expectativa, giros que rompen patrones.
El discurso creativo permite convertir los datos fríos y crudos en relatos que conecten con valores compartidos por la ciudadanía basados en los beneficios concretos de estos.
Cuando un discurso es creativo, se produce lo que el psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi llama “estado de flujo”: el público queda cautivado, se olvida del tiempo, conecta emocionalmente y quiere seguir escuchando.
Por tanto, en un mundo donde la fragmentación es la norma, la creatividad abre la puerta a la inmersión, la narrativa sostenida y la conexión profunda.
En otras palabras, abona el terreno donde arraigan las ideas que transforman y crea espacios donde la reflexión y la conexión emocional pueden florecer.
Recuperar la concentración a través de la creatividad es la oportunidad de transformar el ruido en conversación, la distracción en participación y la pasividad en acción colectiva.
Jordi Caballé May no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
El chupete y el dedo son grandes aliados del consuelo infantil, pero también pueden afectar la salud bucal. Si se mantienen más tiempo del recomendable, estos hábitos de succión pueden alterar el crecimiento de los maxilares y la posición de los dientes. Saber cuándo y cómo retirarlos es fundamental para evitar problemas futuros.
Succionar para sobrevivir; succionar para calmar
La succión comienza siendo un reflejo, es decir, una respuesta motora involuntaria. Se observa por primera vez en los fetos a las 14 semanas de gestación hasta que, a medida que el cerebro madura, el comportamiento se vuelve voluntario (entre los 4 y 6 meses de edad).
Este reflejo es fundamental para que el recién nacido pueda alimentarse, pero no tiene el mismo fin cuando los bebés crecen un poco y succionan el chupete o el dedo. Por eso los llamamos hábitos de succión no-nutritivos.
¿Qué encuentra el niño en ellos? Algo muy importante: consuelo y relajación. Y si el menor está en calma, también lo están los padres. Algunos estudios han evidenciado cómo el uso del chupete se asocia con menor estrés materno, una mejor relación madre-hijo y una percepción más positiva de la afectividad del niño.
Los efectos de succionar el chupete y el dedo son parecidos. Lo que solemos encontrar en los niños que lo siguen practicando cuando se van haciendo mayores son unos dientes superiores separados y con inclinación hacia fuera. En cambio, los dientes inferiores se inclinan hacia la lengua.
También se altera el crecimiento del maxilar, haciendo que desarrollen un maxilar más estrecho de lo normal. El hueso no crece bien porque, cuando en la boca se introduce el chupete o el dedo, la lengua deja de estar en contacto con él. Y es ella el principal estímulo para su crecimiento.
Si el maxilar es más estrecho de lo normal, a veces la mandíbula se desvía para que puedan contactar los molares. Si no se corrige en edades tempranas, esto puede provocar una asimetría facial.
Otra característica que vemos en las bocas de estos niños es lo que nosotros llamamos “mordida abierta anterior”, un espacio entre los dientes superiores e inferiores a nivel vertical. A edades tempranas, a veces solo es un problema dentario, pero en otras ocasiones puede deberse a una alteración del crecimiento, necesitando en estos casos un tratamiento más complejo.
Cuanto más tiempo esté el chupete o el dedo en la boca, mayores serán sus efectos. Y, al contrario de lo que piensan muchos padres, el uso del chupete durante el tiempo dedicado al sueño sí tiene efectos, debido a las muchas horas en las que ese objeto está actuando. No olvidemos que un niño de entre 3 y 5 años suele dormir de 10 a 13 horas al día.
Lo ideal es que estos hábitos cesen alrededor de los 2 años, momento que suele coincidir con la erupción de la última muela de leche. Si se eliminan en torno a esta edad, los efectos son leves y suelen revertir con el propio crecimiento del niño. A partir de ese momento, cuanto más se alargue en el tiempo su retirada, las consecuencias irán siendo más evidentes y el hábito se irá consolidando.
Generalmente, alrededor de los 2 años no suele ser complicado eliminar estos comportamientos, sobre todo el chupete. Se puede ir retirando paulatinamente o de manera tajante, en función de cada niño. En ambos casos se requiere firmeza y paciencia. Es aconsejable que los progenitores celebren los logros de sus pequeños y les ofrezcan alternativas, como un peluche para dormir.
Si el hábito persiste y hay posibilidad de razonar con el niño, se pueden emplear refuerzos positivos o establecer un sistema de recompensas por los logros conseguidos. Cuando ninguna de las anteriores estrategias resulta suficiente, es necesario colocar un aparato en la boca.
No obstante, no podemos olvidar que lo más importante de todo es que el niño esté convencido de que quiere dejar el hábito. Como, normalmente, la succión del dedo es más difícil de retirar que el chupete, los padres deben estar atentos para que el niño no sustituya ese objeto por el dedo.
Como apuntábamos, en ocasiones, el hábito de succión digital es muy difícil de eliminar, ya que existen factores psicológicos asociados. También puede ocurrir que, tras años de la eliminación de la costumbre, el niño comience a hacerlo de nuevo.
Esto suele suceder tras situaciones que pueden ser traumáticas para el menor,
como la muerte de un familiar cercano, durante el divorcio de los padres o debido a problemas en el colegio. Es decir, en el momento que se genera tensión emocional en el niño, éste se refugia en el dedo para liberarla.
Cuando llega la adolescencia, el hábito de succión digital persistente suele ser sustituido por el de morderse las uñas.
Como muestra la evidencia, chuparse el dedo o usar chupete es habitual durante los primeros años de vida porque ayuda a los más pequeños a sentirse seguros y a calmarse. Pero si el hábito se mantiene, puede afectar al desarrollo orofacial. Además, es importante fijarse si el gesto es solo costumbre o si sirve de consuelo frente a la ansiedad, la inseguridad o la falta de apoyo emocional.
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
Un reciente artículo en The Conversation abordó la cuestión de los embalses construidos durante el franquismo. Según una investigación, entre el 50-70 % del agua embalsada en España estuvo controlada históricamente por empresas eléctricas, no por los regantes como proclamaba la propaganda del régimen.
Al cumplirse 50 años desde la muerte de Francisco Franco nos parecía el momento adecuado para traer a la actualidad diversos artículos que examinan aspectos del régimen que gobernó España entre 1939 y 1975.
Y también algunos desmentidos históricos que conviene saber, como el de que los embalses eran cosa de Franco.
Esta discrepancia entre propaganda y realidad se extendía a muchos otros aspectos de la vida cotidiana, especialmente cuando se trataba de derechos y libertades personales.
Restricciones legales y sociales.
La vida diaria estaba marcada por numerosas restricciones legales y formas de represión.
En 1954, por ejemplo, el régimen modificó la Ley de Vagos y Maleantes para incluir los actos homosexuales como “estado peligroso”. Las consecuencias fueron severas y desconocidas hasta hace relativamente poco tiempo: cientos de homosexuales fueron internados en la Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía, en Lanzarote, un campo de trabajos forzados en una mina con condiciones durísimas.
Para las mujeres, las limitaciones eran especialmente rígidas y, desde luego, desmienten esa idea que tienen hoy en día muchos jóvenes de ultraderecha de que con Franco se vivía mejor. Actividades que hoy consideramos básicas requerían autorización escrita del marido o del padre: abrir una cuenta bancaria, trabajar, viajar al extranjero o gestionar propiedades.
El divorcio estaba prohibido, lo que significaba que no había escapatoria legal de situaciones, por ejemplo, de violencia doméstica. La llamada “licencia marital” no era un mero trámite burocrático, sino una manifestación legal de la falta de autonomía de la mitad de la población.
Las instituciones de control social
Cuando las mujeres no se ajustaban al modelo establecido, existían mecanismos institucionales para “corregirlas”. El Patronato de Protección a la Mujer internaba a aquellas consideradas alejadas del ideal de “mujer decente” definido por el régimen. Esta institución operó desde 1941 hasta 1985: sorprendentemente, una década después de la muerte del dictador.
La dureza del sistema también se reflejaba en instituciones aparentemente benéficas. La Casa de Maternidad de Les Corts, en Barcelona, gestionada por las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl, acogía bebés abandonados y madres solteras. Las fichas de estas mujeres que hacían aquellas monjas incluían calificativos como “anormal”, “muy tonta”, “negra” o “retrasada mental”, revelando el trato degradante que recibían personas en situación de vulnerabilidad.
El peso simbólico del régimen
El “alcance” del régimen se extendió incluso más allá de su fin. Francisco Franco estuvo enterrado en el Valle de los Caídos hasta 2019 en un monumento cuya cruz puede verse desde más de cien kilómetros a la redonda. Este monumento, construido con trabajo forzado de presos políticos, fue durante décadas un recordatorio visible del poder del régimen. Actualmente el lugar está en un proceso de resignificación para darle una nueva vida después de trasladar los restos de Franco a un cementerio cercano.
¿Cómo hemos cambiado?
Pero en estos 50 años desde que el dictador murió, la sociedad española ha experimentado cambios importantísimos. Los estudios actuales sobre su evolución ponen de manifiesto aperturas en áreas como la salud mental, cambios rotundos en derechos civiles, estructura familiar y libertades individuales. La comparación de los indicadores actuales con los del período franquista permite evaluar con perspectiva histórica las condiciones de vida de entonces.
Hemos evolucionado. La libertad nos ha permitido hacerlo. Cuando se examina la documentación histórica, las leyes de la época y el funcionamiento de sus instituciones, emerge una realidad ineludible: la vida bajo el franquismo estuvo marcada por restricciones legales, control social y ausencia de libertades básicas para amplios sectores de la población.
Hoy somos capaces de verlo desde la distancia y de decir con libertad que si de algo sirvieron aquellos años fue para que hoy hayamos aprendido de los grandes errores. Ojalá jamás se repitan. Ojalá esta sea la última efeméride que recordemos sobre aquellos tiempos.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Josep M. Trigo Rodríguez, Investigador Principal del Grupo de Meteoritos, Cuerpos Menores y Ciencias Planetarias, Instituto de Ciencias del Espacio (ICE – CSIC)
El desconocimiento y la superstición siguen siendo un caballo de batalla en nuestra sociedad. En torno al cometa 3I/ATLAS se han publicado numerosos titulares sensacionalistas, pero de nuevo la evidencia científica, la interpretación rigurosa y la corroboración de los datos pueden abrirse paso entre todo el ruido generado. En un artículo anterior recogimos su descubrimiento y campaña internacional de estudio, en esta ocasión revisamos su naturaleza y composición.
Composicionalmente similar a los objetos transneptunianos
Desde mi equipo de investigación lidero un reciente artículo que muestra nueva evidencia sobre la naturaleza cometaria de 3I/ATLAS. Este visitante interestelar se muestra como un cuerpo similar a objetos transneptunianos conocidos en el sistema solar, de los que pensamos que proceden ciertas condritas carbonáceas –los meteoritos más antiguos conocidos–. Nuestro estudio, prepublicado por su posible interés para la comunidad científica en la plataforma ArXiv de la Universidad de Cornell, corrobora la similitud del visitante interestelar con cuerpos helados transneptunianos.
Nuestro conocimiento sobre meteoritos nos permite ahora ir más allá, revelando su naturaleza prístina, es decir, su estado más puro, original e intacto, sin haber sido alterado. Encontramos presencia significativa de hielo de agua y un contenido en granos metálicos que tampoco es demasiado común en los materiales formativos de esos objetos transneptunianos en la actualidad, tras miles de millones de años de exposición a colisiones y otros procesos.
Estas características han sorprendido a la comunidad científica, y explican su capacidad de desarrollar criovulcanismo –expulsión energética de gases y partículas– conforme se aproxima al Sol.
Incluso si este primitivo cometa tuvo su origen en un sistema planetario distante, los materiales formativos no fueron tan diferentes a los de nuestra vecindad. Una corroboración de que la química que da origen a los planetas, y que empezamos a comprender, suele reproducirse.
Su peculiar envoltura gaseosa
Uno de los aspectos que han sorprendido más a la comunidad científica es que la componente gaseosa que forma la envoltura exterior del cometa 3I/ATLAS es significativamente diferente a la de buena parte de los cometas. sa evidencia?
En las observaciones realizadas a mayor distancia, obtenidas por los grandes telescopios que lograron captarlo espectroscópicamente, se detectó la presencia de monóxido y dióxido de carbono. Se interpretaron como productos de la sublimación de los primeros hielos, a temperaturas inferiores a las requeridas para la sublimación de hielo de agua. Generalmente, estos compuestos no son comunes en la mayoría de cometas, que suelen mostrar una química más reductora –moléculas en estado reductor–, y están caracterizados por otras especies químicas como el metano o amoníaco.
Una pista clave en la cambiante luminosidad del cometa
Nuestro análisis de la luminosidad del cometa en función de su distancia al Sol muestra que, cuando se acercó a unos 378 millones de kilómetros, se produjo una transición hacia una etapa de sublimación más intensa. En ese punto, la temperatura, cercana a los –71 ⁰ C, había superado el umbral necesario para sublimar el dióxido de carbono sólido –hielo seco–. Como consecuencia, un material líquido de carácter oxidante comenzó a penetrar en el interior del objeto y a interactuar con sus componentes más reactivos: granos metálicos y sulfuros de hierro.
En ese momento, diversas regiones de la superficie se activaron y multiplicaron la producción de gas y polvo micrométrico, incrementando la luminosidad de la coma en varias magnitudes de brillo. A aquella distancia del Sol, el cometa salió de su letargo definitivamente para experimentar lo que denominamos criovulcanismo.
La sublimación de los hielos condujo a una potente desgasificación del núcleo cometario, generando chorros desde las regiones activas, que rotan. El núcleo de 31/ATLAS gira sobre sí mismo en unas 16 horas, como concluyó un estudio de reciente.
La explicación a la abundacia de niquel
Tras nuestra investigación, también podemos explicar la sobreabundancia observada de niquel en la coma del 3I/ATLAS: es consecuencia de los procesos que tienen lugar en la superficie y el subsuelo del cometa. Concretamente de procesos conocidos como reacciones Fischer-Tropsch. En ellas, el agua caliente interacciona con los granos metálicos y genera la catálisis de compuestos orgánicos complejos. Estas reacciones tienden a favorecer la emisión a la coma de compuestos de níquel frente a los de hierro.
Es decir, la fuente del criovulcanismo de 3I/ATLAS debe ser consecuencia de esos procesos de corrosión extensiva de los materiales prístinos preservados en el interior del visitante interestelar. De hecho, hemos calculado que el pasado 29 de octubre, durante su punto más próximo al Sol alcanzó una temperatura media de 4 ⁰ C, permitiendo la extensa participación del agua líquida y promoviendo la aparición de nuevos criovolcanes, como corroboran nuestras imágenes.
Para interpretar los procesos que ocurren en el cometa 3I/ATLAS han resultado fundamentales nuestros estudios sobre los procesos de alteración acuosa que experimentaron los llamados asteroides transicionales hace 4 550 millones de años, de donde proceden las condritas carbonáceas, trabajo que venimos realizamos desde la Sala Blanca de Meteorítica y Muestras Retornadas y otros laboratorios del ICE-CSIC.
Si asumimos un diámetro kilométrico y una composición condrítica para el cometa interestelar 3I/ATLAS, la masa estimada sería superior a seiscientos millones de toneladas. Por tanto, este interesante vagabundo celeste, con su contenido en hielos, materia orgánica, metales y una gran capacidad catalítica para generar compuestos orgánicos complejos, parece buscar un entorno propicio para promover la aparición de vida en otros mundos. Afortunadamente, en nuestro caso pasará de largo.
Josep M. Trigo Rodríguez recibe fondos del proyecto del Plan Nacional de Astronomía y Astrofísica PID2021-128062NB-I00 financiado por el MICINN y la Agencia Estatal de Investigación.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ignacio López-Goñi, Catedrático de Microbiología. Miembro de la Sociedad Española de Microbiología (SEM), Universidad de Navarra
Cada invierno, los virus respiratorios, especialmente la gripe, el SARS-CoV-2 y el virus respiratorio sincitial, presionan el sistema sanitario no solo en nuestro país, sino en toda Europa. En una temporada típica, la gripe causa hasta 50 millones de casos sintomáticos y entre 15 000 y 70 000 muertes anuales en el continente.
Todos los grupos de edad se ven afectados, aunque los niños presentan tasas más altas de infección y suelen ser los primeros en contraer la enfermedad y transmitirla en sus hogares, lo que impulsa la expansión. Se estima que hasta el 20 % de la población contrae la gripe cada año.
Los virus de la gripe que normalmente infectan a los humanos pertenecen principalmente a dos tipos: gripe A (la más variable y responsable de la mayoría de las epidemias estacionales y de todas las pandemias de gripe conocidas) y la B (que circula casi exclusivamente en humanos).
De la gripe A hay muchos subtipos diferentes según se combinen sus proteínas de hemaglutinina (H) y neuraminidasa (N), pero los subtipos que circulan actualmente en humanos son el H1N1 (incluyendo la variante pandémica de 2009, que ahora es estacional) y el H3N2. Dichos subtipos pueden variar cada temporada debido a pequeñas mutaciones o deriva antigénica. De la gripe B hay dos linajes: B/Victoria y B/Yamagata (este último prácticamente no se ha detectado desde 2020).
Por eso las vacunas se preparan cada año con una combinación de tres (o cuatro) de los virus que circularon el año anterior.
Otra de las novedades es que se detecta un claro predominio del virus de la gripe A(H3N2) y de una clase concreta: la K. Aunque el virus A(H1N1) predominó este año en el hemisferio sur y la clase K de A(H3N2) despegó solo al final, acabó siendo predominante en Reino Unido y en Japón: cerca del 90 % de las muestras de gripe en estos países ya son A(H3N2) clase K. La misma tendencia parece que está ocurriendo en Estados Unidos y en Canadá.
Este grupo K de A(H3N2) (anteriormente denominado J.2.4.1) ha sido detectado ya en todos los continentes y representa un tercio de todos los virus A(H3N2) analizados entre mayo y noviembre de 2025 a nivel mundial, y casi la mitad en la Unión Europea.
A(H3N2) K: diferente pero no más virulento
Los cambios genéticos en la clase K del virus A(H3N2) no provienen de una recombinación o mezcla de virus y no suponen un gran cambio. En realidad, es el mismo A(H3N2) que ha estado circulando en la población humana desde 1968, pero con algunas mutaciones en sus genes. Cada temporada, el virus de la gripe evoluciona (muta) para escapar de nuestra inmunidad, y algunos años tiene más éxito que otras.
De hecho, los países de Asia oriental que ahora comunican un descenso de las epidemias de A(H3N2) K no han experimentado una gravedad inusualmente alta de la dolencia. Además, los análisis sugieren que las cepas de la clase K de A(H3N2) que circulan en estos países no difieren de las que ahora están presentes en la Unión Europea. La buena noticia, por tanto, es que A(H3N2) K no parece que sea más virulento o que cause una enfermedad más grave.
¿Habrá más casos?
A(H3N2) no ha sido el virus de la gripe dominante en las últimas temporadas –el más frecuente es el A(H1N1)–. Esto podría llevar a una menor inmunidad en la población por no haber tenido una exposición a A(H3N2) recientemente. Además, las temporadas dominadas por este patógeno suelen ser más fuertes, con menor eficacia de la vacuna y con casos más graves en adultos mayores que en temporadas dominadas por A(H1N1).
¿Hasta qué punto protege la vacuna?
Para crear las vacunas contra la gripe, los científicos utilizan datos del año anterior con el fin de predecir qué cepas del virus podrían ser más dominantes en el siguiente. La vacuna de esta temporada fue diseñada para proteger contra dos subtipos de A(H1N1), gripe B y una clase de A(H3N2), anterior a esta nueva clase K.
Algunos análisis muestran una divergencia de la nueva clase K con respecto a la cepa vacunal de A(H3N2), aunque los datos sobre la efectividad vacunal en el mundo real son actualmente limitados. Si la eficacia de la vacuna se reduce, sí que se pueden esperar más casos de gripe. Esta temporada la vigilancia es crucial para determinar cuánta protección están ofreciendo las inmunizaciones.
Sin embargo, aunque un virus A(H3N2) menos emparejado con la vacuna llegue a predominar este invierno, se espera que la inmunización siga proporcionando protección contra la enfermedad grave, por lo que continúa siendo una herramienta fundamental de salud pública.
En este momento, se considera que el riesgo para la población general es moderado, pero puede ser más alto para las personas con mayores probabilidades de desarrollar enfermedad grave (mayores de 65 años, con otras enfermedades, embarazadas o inmunodeprimidas, principalmente).
Por lo tanto, aunque la nueva clase K del virus A(H3N2) no parezca ser más virulenta, el hecho de que la temporada de gripe se haya adelantado unas semanas y que la cepa más frecuente esté siendo A(H3N2), hace prever una temporada más complicada, con un mayor número de hospitalizaciones y una mayor presión sobre los servicios sanitarios. Y no se deberá a que A(H3N2) K sea más virulento, sino porque haya más casos.
Recomendación: vacunarse sin demora
Incluso en temporadas en las que la eficacia de la vacuna es menor, esta aún ofrece algo de protección y es el arma más importante para reducir el riesgo de enfermedad grave.
Por todo ello, es recomendable la vacuna en todas aquellas personas a las que esté indicada. Además, como este año la epidemia se ha adelantado y una vez recibida la inmunización pasan unas semanas hasta que se activan completamente las defensas contra el virus, se aconseja ponerse la vacuna sin demora. Y, por último, conviene insistir en el lavado de manos y el uso de mascarilla ante la sospecha de estar infectado para evitar el contagio de los más vulnerables.
Ignacio López-Goñi no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mª Pilar Vélez Melón, Profesora, Directora del departamento de Matemáticas y Física, IP del grupo Matemáticas y sus aplicaciones, Universidad Nebrija
Alicia con el gato de Cheshire, en un fragmento de la película de Disney (1951).Disney.
Alicia sigue al conejo blanco y cae en la penumbra de la madriguera, sin saber qué le espera al final de aquel abismo. Esta imagen se ha convertido en un símbolo universal: la curiosidad que empuja más allá del sentido común, el impulso de quien se atreve a mirar lo desconocido. En el siglo XIX, cuando Lewis Carroll escribió Alicia en el país de las maravillas, el mundo también caía por su propia madriguera. Los grandes avances científicos generaron la revolución industrial que transformaría la propia ciencia, y también la sociedad. La máquina empezaba a disputarle espacio al pensamiento humano.
Una de las páginas del manuscrito de Alice in Wonderland, que Lewis Carroll presentó a Alice Liddell en 1864. Se conserva en la Biblioteca Británica. Lewis Carroll.
Entre la razón y el absurdo
Lewis Carroll –seudónimo de Charles Lutwidge Dodgson– fue, antes que escritor, profesor de Matemáticas en la Inglaterra victoriana. Su obra Alicia en el País de las Maravillas está llena de elementos matemáticos camuflados tras juegos de palabras y situaciones absurdas.
La caída interminable de Alicia por la madriguera evoca el concepto de límite clave del cálculo diferencial, mientras que los cambios abruptos de tamaño y forma que experimenta la protagonista evocan incongruencias de proporcionalidad y escala, no presentes en la geometría clásica. Alicia también recita tablas de multiplicar imposibles (“cuatro por seis son trece”) que solo tienen sentido en sistemas de numeración no decimal.
En este contexto, la historia de Alicia es un ejercicio literario y matemático en el que las reglas pueden cambiar sin aviso, imitando el proceso de descubrimiento: avanzar por un camino incierto, donde cada nuevo paso obliga a replantearse los supuestos previos. Melanie Bayley, en su análisis para la revista New Scientist, sostiene que Carroll no solo jugaba con paradojas: lanzaba una crítica velada a la “modernidad matemática” que, para muchos, era tan inquietante como la Reina de Corazones gritando “¡Que le corten la cabeza!”.
Ilustración de John Tenniel del Rey y la Reina de Corazones en el juicio de la Sota de Corazones. (London: Macmillan and Co. 1890). John Tenniel.
La crítica no era trivial. ¿Cómo aceptar que un concepto abstracto pudiera tener aplicaciones reales? ¿Cómo confiar en geometrías que negaban la intuición del espacio? Carroll convirtió de forma magistral esa tensión en literatura: el sinsentido del País de las Maravillas reflejaba el desconcierto ante una ciencia que parecía perder el suelo firme de la lógica clásica.
Números imaginarios y cuaterniones
Durante siglos, los matemáticos creyeron que un número negativo no podía tener raíz cuadrada. Durante el Renacimiento, matemáticos italianos como Rafael Bombelli proponen las raíces cuadradas de números negativos en la resolución de ecuaciones cúbicas, aunque por mucho tiempo la idea fue vista con escepticismo, pues parecía contradecir las reglas de la naturaleza.
En 1843, William Rowan Hamilton, buscando extender los números complejos a un número mayor de dimensiones, introdujo unos objetos matemáticos que describen las rotaciones en un espacio tridimensional: los cuaterniones. Volviendo a Alicia: en la fiesta del té del Sombrerero Loco, falta un invitado, el Tiempo, por lo que pasan el resto del día girando y girando. Este pasaje es una parodia sobre las propiedades de los cuaterniones.
Los números imaginarios y los cuaterniones abrieron las puertas a campos que serían fundamentales para el avance tecnológico de los siglos XX y XXI, como la física cuántica, la ingeniería eléctrica y el control de sistemas.
Se trata de un patrón que se repite en a lo largo de la historia: todo avance matemático que ha implicado un cambio de perspectiva genera resistencias, pero acaba revelando su utilidad en avances tecnológicos y sociales disruptivos. Carroll lo expresó en clave poética: “quien deja de preguntarse, deja de crecer”. La historia demuestra que la curiosidad –esa chispa que llevó a Alicia a seguir al conejo– es tanto la semilla del progreso como de la incertidumbre.
Al otro lado del espejo: la inteligencia artificial
A través del espejo, la segunda parte de las aventuras de Alicia, sitúa a la protagonista al otro lado de una superficie aparentemente sólida para ingresar a un mundo donde las reglas se invierten. Hoy, la tecnología nos enfrenta a una experiencia semejante.
Página de A través del espejo y lo que Alicia encontró allí (1871). John Tenniel.
La inteligencia artificial es quizá el espejo más inquietante de todos. Nació del deseo de entender cómo piensa el ser humano, pero empieza a desarrollar lógicas propias. Modelos capaces de aprender, crear imágenes o redactar textos se multiplican con una rapidez que pocos imaginaban. El asombro inicial ha dado paso a la incertidumbre: ¿qué veremos cuando el espejo nos devuelva una imagen más persuasiva que la realidad misma?
En este juego especular, las preguntas filosóficas y éticas regresan con la fuerza de las paradojas de Carroll. Si una máquina puede escribir un poema convincente o resolver un teorema, ¿dónde comienza y termina la creatividad humana? ¿Seguimos al conejo blanco por curiosidad o porque el algoritmo nos empuja a hacerlo?
Porque, como diría el Gato de Cheshire: “Si no sabes a dónde vas, cualquier camino te llevará allí”. Y en ciencia, ese camino suele empezar con una caída libre… hacia el futuro.
Mª Pilar Vélez Melón no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Alrededor de la mitad de todas las muertes por cáncer podrían prevenirse modificando los factores de riesgo relacionados con el estilo de vida y el medio ambiente. A este respecto, la inactividad física –que está alcanzado proporciones de pandemia– es un condicionante clave, mientras que la actividad regular se vincula con menos incidencia, recurrencia y mortalidad de la enfermedad en adultos. Además, es una asociación independiente de factores de riesgo conocidos como el tabaquismo o la obesidad.
Primeras evidencias
Hace bastante tiempo que la comunidad científica sigue la pista a esas cualidades benéficas del ejercicio. Ya en 1921, Ivar Sivertsen y A. W. Dahlstrom postularon un efecto preventivo de la “actividad muscular” frente al desarrollo de tumores. Basaron su teoría en la observación de que la incidencia de carcinomas era mayor en granjeros norteamericanos ya jubilados y con un estilo de vida sedentario en comparación con sus coetáneos que permanecían físicamente activos hasta los setenta u ochenta años.
Además, los científicos observaron que los carcinomas rara vez se desarrollan en animales con altos niveles de actividad espontánea; por ejemplo, peces en libertad en comparación con peces de piscifactoría, o ratones frente a humanos.
De todos modos, en el siglo pasado aún no se contemplaba si tales efectos estaban vinculados a la función del sistema inmune, a pesar de que ya se había documentado en el maratón de Boston de 1902 el fenómeno de leucocitosis (proliferación de leucocitos o glóbulos blancos, células fundamentales de nuestras defensas) inducida por el ejercicio.
También se conocía el fenómeno de la inmunovigilancia, o sea, la capacidad del sistema inmunitario para detectar las células tumorales y destruirlas: Rudolf Virchow identificó en 1863 que los tumores a menudo estaban infiltrados por leucocitos, mientras que William Coley (considerado como “el padre de la inmunoterapia”) había intentado “condicionar” o sensibilizar el sistema inmunitario de sus pacientes, a través de la exposición a toxinas bacterianas, para tratar el cáncer en 1891.
Pero ¿qué sabemos hoy al respecto?
Un torrente de moléculas activado por los músculos
En primer lugar, tenemos que fijarnos en las propiedades fisiológicas del músculo esquelético (el que usamos cuando nos movemos), ya que este actúa, en cierta medida, como un órgano endocrino que libera decenas de moléculas señalizadoras al torrente sanguíneo. Incluyen principalmente proteínas o pequeños péptidos –por ejemplo, citocinas como la interleucina-6 (IL-6), IL-7, o IL-15–, ácidos nucleicos, lípidos y metabolitos como el lactato. Estas moléculas, que se denominan colectivamente “miocinas”, pueden circular libremente o viajar empaquetadas en unas vesículas microscópicas llamadas exosomas.
Además de ejercer funciones saludables a nivel metabólico y multisistémico (por ejemplo, mejoras en el control de la glucemia o en la quema de grasas), las miocinas producen efectos específicos sobre el sistema inmunológico. Por ejemplo, el músculo en contracción libera IL-6, que aumenta de manera exponencial con la intensidad y la duración del esfuerzo: de hecho, puede alcanzar un incremento de aproximadamente 100 veces sobre los niveles circulantes normales.
Aunque la IL-6 procedente de otras fuentes –como las células inmunitarias– tiene un papel sobre todo proinflamatorio, cuando se libera en el contexto del ejercicio provoca lo contrario: un efecto antiinflamatorio generalizado. Esto ocurre especialmente al inducir la liberación de otras citocinas con propiedades antiinflamatorias (IL-1RA o IL-10) y, a su vez, disminuir los niveles del factor de necrosis tumoral, que es una citocina con una potente función proinflamatoria.
Además, la IL-6 generada por el ejercicio puede unirse a los linfocitos con mayor capacidad para matar tumores –las células natural killer (NK)– y estimular su migración hacia esos tumores. Así lo demostró un grupo escandinavo en 2016, en un trabajo con ratones que dio la vuelta al mundo. Como en general las células NK infiltran muy poco los tumores, estos hallazgos eran prometedores.
El poder del ejercicio intenso y regular
Es importante señalar la importancia de la intensidad con que nos movemos. En los humanos, cada episodio “agudo” de ejercicio (caminar rápido, correr, pedalear, nadar…) de al menos 20 minutos de duración induce un considerable aumento transitorio de linfocitos. Afecta sobre todo a las células con un mayor número de receptores para la adrenalina –la hormona y neurotransmisor del estrés agudo–, que son precisamente aquellas con más capacidad de eliminar células tumorales: células NK, CD8+T y γδT, así como neutrófilos.
En suma, practicar ejercicio de manera intensa y con frecuencia produce dos efectos interesantes: la liberación regular de miocinas antiinflamatorias –hoy sabemos que la inflamación crónica es un sustrato de muchos tipos de cáncer en adultos– y un aumento de la infiltración de células inmunes en tumores. Esto último se ha demostrado, por ejemplo, en pacientes con cáncer de próstata (células NK) o de páncreas (células CD8+T).
Nuestros hallazgos
Además, a lo largo de dos décadas de investigación conjunta en la sección de Oncohematología del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús y la Universidad Europea de Madrid, los autores de este artículo también hemos observado los efectos positivos de la actividad física en niños con cáncer.
Así, hemos mostrado cómo el ejercicio realizado en el hospital acelera la reconstitución de las llamadas células dendríticas (que estimulan la respuesta inmune) en niños que reciben un trasplante de médula ósea. Adicionalmente, el ejercicio puede disminuir el riesgo de infecciones a posteriori y mitigar los efectos debilitantes de la quimioterapia sobre la capacidad física.
Por otra parte, ratones con neuroblastoma de alto riesgo –uno de los tumores pediátricos más agresivos– que realizaron ejercicio en cinta rodante experimentaron un aumento de los infiltrados de células inmunes en el tumor. Este incremento afectó, sobre todo, a células mieloides, es decir, las citadas células dendríticas y los macrófagos M2, que parecen tener una acción antitumoral, al menos en modelos animales.
En resumen, no faltan las pruebas de que el ejercicio es un gran aliado para fortalecer y estimular la acción del sistema inmune contra el cáncer, tanto en niños como en adultos.
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
Director del Centro de Neurotecnología de la Universidad de Columbia e ideador de la iniciativa BRAIN, Rafael Yuste (Madrid, 1963) es actualmente una de las figuras más respetadas de la neurociencia. Entre sus múltiples facetas está la de divulgador, como demuestra con maestría en su libro El cerebro, el teatro del mundo (Paidós, 2024). Además, lidera la defensa de los neuroderechos, es decir, la protección legal y ética de la privacidad de la mente humana frente a dispositivos que ya son capaces de descodificar y almacenar nuestros pensamientos más íntimos.
En su último libro no deja de manifestar asombro por ese pedazo de materia, apenas kilo y medio de masa gelatinosa, que llamamos cerebro. ¿Es de verdad algo tan excepcional en la naturaleza?
Se trata posiblemente del sistema biológico más complejo que existe. La biología es algo todavía misterioso, inexplicable: ¿cómo se desarrolla la vida y cómo se autofabrican los animales? Y de todo esto surge el sistema nervioso, una red de neuronas de cifras astronómicas que forman un trillón de conexiones, más que todo el internet de la Tierra. Que la mente surja de esa maraña, me parece una cosa absolutamente increíble. Es justo decir que es el pedazo de materia conocida más asombroso del cosmos.
¿Y en qué estado del conocimiento del cerebro nos encontramos? ¿Todavía tiene que llegar una revolución como la de Darwin en la evolución, o como la de Einstein en la física, para comprender de verdad cómo funciona?
Justamente nos hallamos al comienzo de una revolución darwiniana en la neurociencia. Llevamos más de 100 años, desde los tiempos de Santiago Ramón y Cajal, destripando cerebros y estudiándolos neurona a neurona. Hemos aprendido muchísimas cosas en el último siglo sobre cómo funcionan las neuronas individualmente, de qué están compuestas, qué tipo de proteínas tienen… Yo diría que hemos acumulado un conocimiento bastante grande a nivel molecular y celular. Pero la pieza que falta es saber qué ocurre cuando esas neuronas se conectan entre sí en redes neuronales.
No obstante, ya se adivina lo que puede ser una teoría general del cerebro. Gracias a ella, de repente, empiezan a encajar todas las piezas que estaban sueltas y podemos vislumbrar cómo funciona ese órgano, cuál es su objetivo y qué papel juega cada una de sus partes y cada una de sus neuronas. De ahí que estemos viviendo un momento tan excepcional en la historia de la neurociencia.
Kant señaló que la razón humana está destinada a afrontar preguntas que no puede ignorar, pero que tampoco puede responder. ¿Es el misterio de la conciencia una de esas preguntas que no se pueden contestar? ¿O no hay nada que se le pueda resistir a la ciencia?
Yo creo que la conciencia será entendible científicamente. Empieza a aparecer alguna teoría con visos de explicarla. Simplemente se trata de otra consecuencia del funcionamiento del sistema nervioso como redes neuronales.
Según mi hipótesis del “teatro del mundo”, el cerebro genera un modelo mental donde cada persona y cada elemento presente en nuestra vida existen también mentalmente, con un grupo de neuronas que los representan. Es bastante “de cajón” que uno de esos elementos sea la propia persona o el propio animal. Si entendemos así el funcionamiento del cerebro, la conciencia sería simplemente la existencia del personaje dentro del modelo del mundo que nos representa a nosotros mismos.
Otro tema de debate “caliente” que involucra actualmente a neurocientíficos y filósofos es el del libre albedrío. Algunos de sus colegas, como Robert Sapolsky, niegan incluso que exista. ¿Cuál es su postura al respecto?
Yo propondría que lo que llamamos libre albedrío o libertad de elección es la consecuencia de un montón de circuitos cerebrales que se involucran en ese tipo de decisiones. La mayor parte del procesamiento de la información es inconsciente; solo somos conscientes de una parte muy pequeña de lo que ocurre en nuestro cerebro. Cuando este toma una decisión, en realidad, somos nosotros los que hacemos esa elección y, de repente, se hace consciente.
Aunque en ese momento pensamos que hemos tomado la decisión libremente, desde cierto punto de vista ha sido determinada por todo el proceso que tenemos en la cabeza. Y, a la vez, no es algo impuesto desde fuera, porque lo hemos escogido nosotros. O sea, yo diría que nos hallamos más bien ante un problema de terminología: lo que llamamos en el lenguaje cotidiano “libre albedrío” es un asunto mucho más complejo que refleja todo un procesamiento, sobre todo en las áreas corticales frontales.
En el lenguaje ordinario, por ejemplo, utilizamos palabras que nos sirven como comodín para describir cosas que no entendemos bien. Luego, cuando las descifra la ciencia, nos damos cuenta de que esas palabras distan de ser exactas. Yo creo que al libre albedrío le ocurrirá algo parecido: en el futuro describiremos cómo tomamos las decisiones de una manera mucho más precisa y rigurosa y no habrá malentendidos.
Según su hipótesis del teatro, el cerebro solo representa una parte de la realidad con el fin de maximizar nuestras probabilidades de sobrevivir y reproducirnos. Por ejemplo, ha escrito: “Lo que percibimos no es lo que existe, sino lo que nuestro cerebro piensa que existe”. ¿No produce un poco de vértigo existencial?
Sí, parece muy paradójico porque nosotros vivimos creyendo que somos parte de una realidad que existe ahí fuera. Precisamente, fue Kant quien planteó la noción revolucionaria de que creamos la realidad en nuestra mente. En vez de decir que la mente humana refleja el mundo, el exterior, Kant propuso lo contrario: que el exterior refleja la mente. Gracias a la neurociencia moderna, sobre todo los estudios de la actividad cerebral espontánea, estamos encontrando cada vez más datos que confirman las hipótesis kantianas.
No solo los filósofos, sino también los neurobiólogos y los psicólogos nos hemos dado cuenta de que muchas percepciones sensoriales del día a día son difíciles de explicar, a no ser que estemos generando la realidad internamente.
Sería el caso de los sueños, las alucinaciones…
Esos son ejemplos muy dramáticos. La gente puede decir: “Bueno, ya, pero la mayor parte del tiempo no estamos soñando o alucinando”. Yo pongo el ejemplo del punto ciego de la retina. Hay una parte del ojo que no recibe información visual del exterior, pero cuando miramos algo, ese “agujero negro” se rellena con lo que hay a su alrededor. Muchas otras situaciones estudiadas por los neurobiólogos también demuestran cómo las percepciones auditivas, olfativas, táctiles o gustativas, así como la sensación de dolor, se generan internamente.
Usted afirma también que estamos finamente programados para identificar y reaccionar a los cambios, a las novedades. ¿Son de algún modo los algoritmos de las redes sociales un mecanismo sofisticado para manipular esa capacidad?
Sí, yo creo que hay algo de esto. Para mantener bien ajustado su modelo del mundo, para que este sea riguroso y encaje perfectamente con la realidad exterior, nuestro cerebro tiene que estar retocándolo continuamente. Porque si no lo hiciera, estaríamos abocados al fracaso evolutivo. A la evolución le interesa que nuestro modelo del mundo esté siempre al día. Y lo logramos, igual que sucede en ingeniería, con un algoritmo que ajusta los errores en nuestras predicciones de lo que va a ocurrir. Estamos haciendo predicciones continuamente.
Por eso somos hipersensibles al cambio, que puede definirse como algo que no hemos previsto. En este sentido, hay situaciones increíbles. Si exponemos a un paciente anestesiado a una estimulación sensorial (por ejemplo, auditiva) y medimos su actividad cerebral, cuando dicha estimulación cambia, comprobaremos que su cerebro lo ha detectado. Somos una especie volcada hacia la novedad. Y las redes sociales lo explotan utilizando probablemente los mismos mecanismos cerebrales que las personas usamos para ajustar el modelo del mundo.
Hace 10 años experimentó lo que usted ha llamado “momento Oppenheimer”, ¿podría explicarnos en qué consistió esa revelación?
Ocurrió cuando intentábamos probar experimentalmente en el laboratorio de Nueva York la hipótesis de que el cerebro es “el teatro del mundo”. En primer lugar, enseñamos un objeto a un ratón e identificamos el grupo de neuronas de su corteza visual que se activaba cuando lo observaba. Después, activamos las mismas neuronas sin mostrarle nada y el animal se empezó a comportar como si estuviese viendo ese objeto externo.
A mi entender, ha sido una de las demostraciones más nítidas de la hipótesis del teatro del mundo y de la idea kantiana de que la realidad exterior se construye internamente. Desde el punto de vista de la neurociencia, fue un día feliz, porque pusimos el ladrillito crítico en el edificio de una nueva teoría para comprender cómo funciona el cerebro. También lo fue desde el punto de vista clínico, ya que al activar esas neuronas en el cerebro del ratón, estábamos generando una alucinación, uno de los síntomas más notorios de la esquizofrenia. Es interesantísimo poder hacer eso, porque una vez que generas alucinaciones en el cerebro de un animal, puedes estudiarlas e intentar prevenirlas.
Rafael Yuste es presidente de la Fundación de Neuroderechos. Javier Arias
Sin embargo, esa noche no pude dormir porque también caí en la cuenta de las consecuencias técnicas y sociales del descubrimiento. Al generar percepciones falsas en el cerebro de animales, estábamos abriendo la puerta a la posibilidad de manipular el cerebro humano y manejar el comportamiento de las personas. O sea, me ocurrió un poco lo mismo que narra la película Oppenheimer, cuando este, al encender el reactor nuclear, se da cuenta de los potenciales efectos nefastos de la tecnología que habían creado. Y es una puerta que ya no se puede cerrar.
Desde entonces, estoy involucrado en lo que llamamos neuroderechos, que consiste en generar una serie de reglas jurídicas y éticas para prevenir la manipulación y descodificación de la actividad cerebral. El objetivo es que la neurotecnología se utilice para el bien común por razones científicas y médicas, siempre respetando los derechos humanos.
¿Y qué tipo de tecnología tiene mayor potencial de vulnerar esos neuroderechos? ¿Con qué dispositivos o intervenciones debemos estar más atentos?
Actualmente, el problema más urgente tiene que ver con la privacidad mental. La neurotecnología y la inteligencia artificial se han desarrollado con muchísima rapidez y, cuando ambas se conjugan, permiten descifrar aspectos muy personales de la actividad cerebral. Por ejemplo, las palabras que conjuramos en la mente, las imágenes, las emociones… Incluso, se han podido descifrar los gestos faciales.
Esto ya se aplica en la clínica, por buenas razones. Por ejemplo, la neurotecnología ha descodificado las palabras formadas en la mente de pacientes completamente paralizados, lo que ha permitido que se comuniquen con el exterior. Ahora se empiezan a vender dispositivos no implantables, como cascos o diademas, que pueden medir la actividad cerebral de una manera eléctrica, como lo hace un electroencefalograma, y traducir las palabras que las personas generan internamente en su mente. Es algo muy positivo y, al mismo tiempo, muy preocupante, porque las compañías que empiezan a vender estos dispositivos de neurotecnología portátil no están reguladas en absoluto.
La Fundación de Neuroderechos, que dirijo, llevó a cabo un estudio, publicado hace más de un año, sobre 30 compañías de neurotecnología comercial. Todas ellas acaparan los datos neuronales del consumidor y la mayoría los venden a terceras partes. Ahora estamos involucrados en una campaña global para prevenir esta hemorragia de datos neuronales, porque nos parece que la privacidad mental de las personas tiene que ser un derecho humano básico.
Ya hay seis lugares del mundo donde la actividad cerebral está protegida legalmente: Chile, el estado de Río Grande del Sur de Brasil y los estados de California, Colorado, Montana y Connecticut en Estados Unidos. ¿Cree que existe realmente concienciación pública y voluntad política para que se extienda el establecimiento de marcos jurídicos y el reconocimiento de estos nuevos derechos humanos?
De hecho, todas esas regulaciones han sido aprobadas por unanimidad y de manera transversal. Cuando la gente entiende lo que está en juego, es muy fácil convencer a los representantes de los ciudadanos, a los diputados, senadores o gobernadores para que se involucren. La cuestión es correr la voz, contar las cosas o aprovechar entrevistas como esta para explicar a la gente que es una situación urgente.
Por otra parte, hay quien piensa que ya existen regulaciones que nos amparan contra las amenazas derivadas de las neurotecnologías, como el derecho a la libertad de pensamiento, recogido en el artículo 19 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos. Esta postura defiende que no es necesario desarrollar nueva legislación y que, incluso, sería contraproducente. ¿Qué responde a esos reparos?
Creo que es una posición equivocada, basada en el desconocimiento. De hecho, nuestra fundación publicó hace cuatro años un análisis muy extenso sobre todos los tratados internacionales, incluyendo el que has mencionado, con el que demostramos que los neuroderechos no estaban bien protegidos.
Me parece muy arriesgado, incluso poco profesional, decir que todo está atado y bien atado, que las legislaciones son perfectas y no tienen que cambiar nunca. Es bastante lógico pensar que, a la vez que avanzan la ciencia y la tecnología, deben hacerlo las reglas sociales, incluyendo los tratados internacionales de derechos humanos.
Cantabria ha presentado un anteproyecto de salud digital que, entre otras cosas, protegerá neuroderechos y datos generados por el cerebro. ¿Puede convertirse España en la punta de lanza europea en este ámbito?
La idea es esa: que, por un efecto dominó, otros países europeos acaben tomando medidas parecidas. Es lo que está ocurriendo en Estados Unidos, donde actualmente unos diez estados están considerando leyes de datos para proteger la actividad cerebral de las personas.
Dice que el siglo XXI será el de la neurociencia. Afirma que, si descubrimos cómo funciona de verdad el cerebro, eso tendrá repercusiones revolucionarias en la cultura, la educación, la justicia… En el clima, a menudo apocalíptico, que impera, ¿se atreve a ser optimista con el futuro?
Sí, soy optimista. La ciencia y la medicina tienen una hoja de servicios impecable en el pasado. Y el pasado es la mejor predicción del futuro. En mitad de todo este fragor actual, los científicos y los médicos siguen trabajando día tras día, iluminando aspectos de nuestra propia identidad. Creo que el conocimiento es liberador, que despejaremos las telarañas mentales heredadas de los prejuicios de generaciones anteriores.
Yo trabajo con la ilusión de que estos nuevos conocimientos permitan no solo mejorarnos a nosotros mismos mentalmente, sino también como sociedad y como cultura. Puede compararse a lo que ocurrió en el Renacimiento, cuando el conocimiento de la biología, del cuerpo humano y del papel que juega el ser humano en el mundo alumbró una gran revolución en aspectos no solamente científicos, sino también artísticos, culturales, sociales y de organización de los sistemas políticos. Nos hallamos ante una posible nueva revolución comandada por la ciencia y la medicina.
Esta entrevista se publicó originalmente en la Revista Telos de la Fundación Telefónica, y forma parte de un número monográfico dedicado a los derechos digitales.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mónica Moreno Falcón, Investigadora en Sistemas de Información Geográfica aplicados a la gestión de riesgos en Patrimonio Cultural , Universidad Pablo de Olavide
España vivió en 2025 un año complicado para el patrimonio cultural. El 8 de agosto, un incendio accidental, al parecer originado por una barredora eléctrica, afectó a la Mezquita-Catedral de Córdoba y dañó varias de sus capillas.
Este suceso fue el cierre de un verano con grandes incendios forestales en el que Galicia, Castilla y León y Extremadura fueron las regiones más afectadas. El fuego arrasó casi 400 000 hectáreas y puso en riesgo pueblos, parajes naturales y culturales. Entre los lugares amenazados estuvieron las Médulas, antiguo complejo minero romano, o la villa de Itálica.
Ocurrencia de incendios en la península ibérica. A) Hectáreas quemadas anualmente. En rojo se muestran los datos del año 2025; B) Áreas afectadas por incendios en 2025. En verde se muestran las áreas afectadas en 2025 y en azul los incendios ocurridos en septiembre; C) Estaciones del año en la que se activaron grandes incendios entre los años 2000 y 2025. Global Wildfire Information System, CC BY-NC
Estos hechos han reabierto el debate sobre la gestión del patrimonio cultural dañado por el fuego. Hasta ahora, la mayoría de los incendios en bienes culturales tenían un origen interno y eran causados por fallos eléctricos o accidentes dentro de los edificios. Sin embargo, el cambio climático y el aumento de temperaturas y de corredores vegetales entre bosques y ciudades (la llamada interfaz urbano-forestal) están cambiando el escenario.
La ayuda de la ciencia y la tecnología
En este contexto, la ciencia juega un papel fundamental tanto en la prevención como en su recuperación. Cuando un bien cultural sufre un incendio, las decisiones de los restauradores determinan qué se salva y cómo hacerlo. Por eso, necesitan contar con datos científicos que guíen sus intervenciones y eviten nuevos daños.
Para ello, los especialistas recurren cada vez más a técnicas modernas de laboratorio, que evalúan daños con rapidez y exactitud. Su uso permite planificar la restauración y diseñar estrategias que refuercen la resistencia de estos bienes frente a futuros incendios:
La microscopía electrónica de barrido (SEM-EDX) es una de las técnicas más usada en restauración. Un haz de electrones incide sobre una micromuestra del bien, lo que permite obtener imágenes de altísima resolución de la superficie y también ver contrastes en escala de grises según el peso atómico de los materiales. Además, con ella también se pueden realizar análisis químicos elementales.
Todo esto ayuda a conocer la composición de los pigmentos utilizados y las capas de preparación (por ejemplo, si se ha empleado yeso o carbonato). En obras afectadas por incendios muestra daños en la composición e identifica pigmentos y cargas, que han sido alterados por el fuego y han cambiado de color. También permite observar alteraciones provocadas por el fuego como grietas, fisuras y cavidades generadas por la salida de gases.
Muestra de una escultura policromada dañada por un incendio obtenida por SEM-EDX. En la imagen se observan las diferentes capas que conforman la policromía de la obra. De abajo a arriba: capa de preparación y diferentes capas de pintura. En todas estas capas se aprecian los daños generados en forma de cavidades y grietas. Imagen obtenida en el laboratorio de las autoras.
La espectroscopía infrarroja por transformada de Fourier (FTIR) y la espectroscopía Raman son técnicas de análisis molecular en las que se hacen vibrar los enlaces de las moléculas y se registra qué frecuencias se absorben. Así se identifican familias químicas o componentes presentes en las obras de arte. Ambas técnicas son complementarias y permiten identificar aglutinantes, barnices, pigmentos y cargas. Además, cuando estas sustancias se han visto afectadas por altas temperaturas, su estructura puede cambiar y verse en los espectros. Esto ayuda a entender el alcance de los daños.
Espectro obtenido mediante FTIR de una muestra de una escultura policromada. Muestra las bandas asociadas a los grupos funcionales, que permiten identificar los diferentes materiales. Se observa presencia de yeso (preparación), aceite (aglutinante) y blanco de plomo (pigmento). Imagen obtenida en el laboratorio de las autoras.
Las cámaras multiespectrales e hiperespectrales son muy utilizadas para analizar grandes superficies (porque pueden colocarse en drones o satélites) y bienes culturales de diferentes tamaños en laboratorio. Registran la radiación reflejada por la superficie de los materiales en distintas longitudes de onda. Detectan alteraciones invisibles al ojo humano y delimitan con precisión las áreas dañadas.
Tras un incendio forestal, las cámaras que recogen datos en el infrarrojo cercano diferencian vegetación sana de quemada, ya que las plantas no afectadas reflejan más esta radiación. Para evaluar el grado de los daños, se utiliza el Índice Normalizado de Quemado (NBR) y el dNBR, calculado a partir de imágenes multiespectrales o hiperespectrales antes y después del incendio. Esto permite a los expertos evaluar el impacto del fuego sobre el territorio, guiando en la identificación de las áreas afectadas y su recuperación.
Especialistas y conocimiento científico
Los análisis científicos son herramientas que orientan decisiones críticas. Tras un incendio, los equipos de restauración deben valorar qué materiales pueden estabilizarse, qué intervenciones requieren tratamientos específicos y qué obras, lamentablemente, son irrecuperables.
La información que aportan estas técnicas no evita la pérdida, pero sí reduce el riesgo de agravar daños. Además, sirve para preservar información histórica que de otro modo desaparecería y diseñar estrategias más seguras y efectivas en obras muy delicadas. De este modo, el análisis científico de bienes culturales dañados por el fuego aporta información muy valiosa para su restauración y minimiza riesgos, asegurando su pervivencia en el tiempo.
La tendencia es clara: la ciencia no solo previene, también responde a las emergencias. Este enfoque quedó claro en la restauración de la Catedral de Notre Dame tras el devastador incendio de 2019, donde los trabajos partieron de un sólido respaldo científico. La investigación no fue un lujo sino una necesidad que hizo posible garantizar su recuperación tras el desastre.
Los contenidos del artículo han sido elaborados con la colaboración de David Díaz Jiménez, graduado en Geografía e Historia en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla.
Mónica Moreno Falcón tiene un contrato de investigación posdoctoral asociado al proyecto ATLAS: Studying symbiotic scenarios linking Heritage assets and green areas to prepare Historic Cities to face Climate Changes (PCI2024-153441) financiado por Joint Programming Initiatives Cultural Heritage and Global Change (JPI CH).
Además, recibe fondos para desarrollar su propia línea de investigación del proyecto “La integración de Recursos Satelitales, Sistemas de Información Geográfica y Evaluación Social para minimizar el impacto del Cambio Climático en Centros Históricos” (PPI-2404) financiado por el VI Plan Propio de Investigación y Transferencia 2023-2026 de la Universidad Pablo de Olavide.
Andrea Gil Torrano recibe fondos de FPU (Formación de Profesorado Universitario, financiado por Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. Convocatoria 2023, Referencia FPU23/02357).
Rocío Ortiz Calderón recibe fondos de Art-Risk Difusión: STEM al servicio del Arte ¿Cómo ayudan las ciencias en una emergencia para salvar obras de Arte en un Museo? (FCT-23-19856) financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación de España.