¿Por qué el nivel socioeconómico determina los resultados escolares? El papel oculto del lenguaje

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Francisco Lorenzo, Catedrático de Lingüística Aplicada, Universidad Pablo de Olavide

Dos estudiantes se enfrentan a un mismo ejercicio en la asignatura de Geografía e Historia. Tienen que argumentar sobre un tema del currículo oficial: los procesos de urbanización en España. En sus respuestas, uno escribe:

“La urbanización hace que haya menos espacio debido a la inmigración necesitan construir más viviendas y la construyen en algún parque y ya no es parque y también causa mucho trafico y esto sería muy difícil de aguantar ya que la inmigración reduce el espacio”.

El otro:

“La urbanización hace que en la ciudad haya muchas más y mejores viviendas y que estén todas las necesidades cubiertas. En la ciudad hay hospitales o centros médicos que en las zonas rurales no existen”.

Los textos arriba presentados pertenecen a dos estudiantes reales de 3º de la ESO (penúltimo año de la secundaria obligatoria en España) de la misma clase de un centro español. Las diferencias obvias de vocabulario, sintaxis y capacidad expresiva no solamente indican un menor nivel académico.

Nivel socioeconómico y lenguaje

Como el informe PISA más reciente muestra, a los 15 años puede llegar a haber el equivalente a cuatro cursos de ventaja en Matemáticas para los alumnos de hogares con un nivel socioeconómico más alto. El nivel socioeconómico de los padres es, según todos los indicadores disponibles, el factor que más condiciona el éxito educativo de los hijos.

La escuela pública tiene la misión de igualar, o al menos rebajar, esta desventaja de partida de los niños de hogares más desfavorecidos, pero no lo está consiguiendo. ¿Por qué?

En nuestro estudio reciente, y en consonancia con lo que la investigación lleva décadas mostrando, la desigualdad de origen actúa también a través del lenguaje, y lo hace de una manera tan silenciosa y tan temprana que para cuando el sistema educativo la detecta, ya es demasiado tarde.

Mundos discursivos distintos

En la segunda mitad del pasado siglo, en el contexto de la posguerra británica, el sociólogo Basil Bernstein describió algo que la investigación posterior no ha hecho más que confirmar: las familias de distintas clases sociales no solo tienen más o menos dinero, también hablan de manera diferente. Utilizan lo que él llamó códigos distintos: uno más elaborado, abstracto y desligado del contexto inmediato; otro más restringido y anclado en la experiencia directa. La escuela, invariablemente, habla el primero.

No es una cuestión de corrección gramatical ni de acento. Es algo más profundo. La sociología insiste desde hace tiempo en que los grupos humanos habitamos mundos discursivos parcialmente distintos, con géneros, registros y formas de construir sentido que no se distribuyen por igual. El lenguaje, en este marco, no es un instrumento neutro de comunicación: es una forma de capital. Y como todo capital, su distribución es profundamente desigual.

Llegar a la escuela con más palabras

Los hijos de familias con mayor capital cultural llegan a la escuela habiendo escuchado millones de palabras más que sus compañeros de entornos desfavorecidos –las estimaciones hablan de hasta 30 millones de palabras de diferencia antes de los cuatro años.

Pero no es solo la cantidad lo que importa. Es la calidad de esa exposición: la complejidad de las estructuras, la variedad del vocabulario, la costumbre de razonar en voz alta, de preguntarse el porqué de las cosas, de construir argumentos… Todo eso llega –o no llega– mucho antes de que un niño o una niña ponga un pie en el aula.

El problema con la Historia

Pocas asignaturas ilustran mejor esta trampa que la Historia. A diferencia de las matemáticas, que tienen su propio sistema de símbolos, o de la música, que cuenta con su propio lenguaje, la historia funciona casi exclusivamente con palabras. Para entender por qué cayó el Imperio romano, o qué consecuencias tuvo la Revolución Industrial, no basta con memorizar fechas: hay que saber manejar la causalidad, relacionar el pasado con el presente, adoptar la perspectiva de personas que vivieron en contextos radicalmente distintos, distinguir entre hechos e interpretaciones.

Todo eso exige un tipo de lenguaje muy específico. Un lenguaje que permite condensar procesos complejos en una sola palabra –“industrialización”, “hegemonía”, “ruptura”–, lo que permite expresar causas encadenadas sin perder el hilo, matizar y tomar partido.

Herramientas para el pensamiento histórico

En ausencia de estos recursos, lo que emerge son formas más ingenuas de entender el pasado: el presentismo, que proyecta el presente sobre épocas que nada tienen que ver; el dogmatismo, que adopta posturas categóricas sin margen para la duda; o el pirronismo, la renuncia a cualquier criterio de verdad porque “todo es relativo”. No son carencias de inteligencia. Son carencias de acceso a las herramientas lingüísticas con las que se construye el pensamiento histórico.

Nuestros propios datos –obtenidos a partir del análisis computacional de casi un millar de textos escritos por estudiantes de secundaria y bachillerato de todo el espectro social– confirman que este acceso está sistemáticamente estratificado por nivel socioeconómico, tanto en español como en inglés.

La ‘curva de Gatsby’ y el lenguaje

El economista que acuñó la llamada curva de Gatsby –la relación inversa entre desigualdad económica y movilidad social– describió algo que funciona con una precisión inquietante: cuanto más desigual es una sociedad, menos probable es que quien nació abajo ascienda. La riqueza tiende a reproducirse en quienes ya la tienen; la pobreza, en quienes ya la padecen.

Lo mismo ocurre con el lenguaje. El capital lingüístico se hereda. Se acumula desde los primeros meses de vida en los ritmos de la conversación familiar, en la cantidad y variedad de libros que hay en casa, en si los padres pueden o no ayudar con los deberes a medida que estos se complican. Y a diferencia del dinero, que es tangible y puede redistribuirse a través de políticas fiscales, el capital lingüístico opera de manera invisible.

Ventaja de origen no es mérito individual

La escuela, se quiera o no, desempeña un papel. Al asumir que ciertos recursos lingüísticos son conocimientos previos que los alumnos traen de casa –en lugar de tratarlos como contenidos que hay que enseñar explícitamente–, el sistema educativo convierte una ventaja de origen en un mérito individual.

Nuestra investigación sobre estudiantes de Educación Secundaria muestra que las diferencias en el dominio del lenguaje histórico entre grupos socioeconómicos son amplias, consistentes y se replican en dos lenguas distintas, tanto en español como en inglés.

Son distintos sociolectos discursivos: formas distintas de construir el conocimiento histórico que no reflejan capacidades innatas, sino accesos diferenciados a los recursos lingüísticos (léxicos, sintácticos, retóricos) con los que ese conocimiento se fabrica.

Eso tiene una consecuencia que va más allá de la nota en Historia. Quien no domina el lenguaje con el que se interpreta el pasado tiene menos herramientas para interpretar el presente. La desigualdad epistémica –la desigualdad en el acceso a las formas de conocer– es, a la larga, tan determinante como la desigualdad económica. Y se instala antes, con menos ruido y con mayor durabilidad.

¿Tiene solución?

El lenguaje se puede enseñar. Esa es la buena noticia, y conviene no perderla de vista. La investigación muestra que cuando la escuela hace explícitas las convenciones lingüísticas de las distintas materias –cuando un profesor de Historia explica no solo qué pasó, sino cómo se habla de lo que pasó–, los alumnos de entornos desfavorecidos mejoran de forma notable. Las intervenciones basadas en lo que se conoce como mapas de géneros discursivos han demostrado ser capaces de reducir la brecha inicial de manera significativa.

Lo que no funciona es seguir actuando como si el problema no existiera, o como si bastara con poner más recursos en los centros con mayor vulnerabilidad social sin tocar la manera en que se enseña. Cuatro cursos de ventaja no se recuperan de cualquier manera. Se recuperan cambiando el contrato implícito que la escuela tiene con el lenguaje: dejando de darlo por supuesto y empezando a enseñarlo.

The Conversation

Francisco Lorenzo recibe fondos de Proyectos de Generación de Conocimiento 2022 del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. Proyecto: SOCIOBIL: Distribución social de la biliteracidad: competencia en comunicación lingüística en educación bilingüe .

Adrián Granados Navarro recibe fondos de investigación del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades (proyecto PID2022-139685OB-I00).

Ana Cabrera-Zlotnick recibe fondos de investigación del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades (proyecto PID2022-139685OB-I00 y ayuda FPU FPU23/00377).

ref. ¿Por qué el nivel socioeconómico determina los resultados escolares? El papel oculto del lenguaje – https://theconversation.com/por-que-el-nivel-socioeconomico-determina-los-resultados-escolares-el-papel-oculto-del-lenguaje-283802

De Svalbard a la Luna: ¿construiremos la próxima bóveda fuera de la Tierra?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Celia Blanco, Investigadora Ramón y Cajal, Evolución Molecular, Centro de Astrobiología (INTA-CSIC)

El 20 de mayo de 2026, la Fundación Princesa de Asturias entregó su Premio de Cooperación Internacional a la Bóveda Global de Semillas de Svalbard, un banco subterráneo de semillas situado en la isla noruega de Spitsbergen. El galardón corona veinte años de trabajo silencioso y valida públicamente lo que las crisis recientes ya habían demostrado. El modelo funciona y la idea ha viajado.

Entrada a la Bóveda de Semillas durante la noche polar
Entrada a la Bóveda de Semillas durante la noche polar.
Subiet CC BY-SA 4.0, CC BY-SA

Hoy en día hay varias iniciativas similares en marcha en distintos puntos del mundo. Svalbard guarda semillas en el Ártico noruego. La Microbiota Vault Initiative, en la Universidad de Zúrich, almacena cepas microbianas humanas. El Colossal BioVault, anunciado en 2026 con sede principal en Dubái, criopreservará material biológico de especies animales en riesgo. Tres dominios, tres países y una misma arquitectura.

La pregunta abierta no gira en torno a si construir o no más bóvedas terrestres, sino a si la próxima debería estar fuera de la Tierra.

Tres pruebas de concepto en marcha

Este junio, la Bóveda Global de Semillas de Svalbard cumple 20 años desde su construcción. Excavada a 130 metros bajo una montaña de arenisca, custodia hasta 1,38 millones de muestras de 6 536 especies vegetales. Aunque pueda parecer que este tipo de iniciativas solo son útiles ante grandes catástrofes globales, los últimos años han demostrado que también pueden ayudar en casos de crisis mucho más concretas.

En 2015 y 2017, el Centro Internacional de Investigación Agrícola en las Zonas Secas (ICARDA) retiró muestras para reconstruir su banco de Alepo destruido por la guerra siria. Y entre 2024 y 2025, mientras milicias saqueaban el banco nacional de semillas de Sudán en Wad Medani, los investigadores del país lograron depositar variedades de sorgo, mijo perla y sésamo.

Aunque se ha hablado mucho de Svalbard como “la cámara del fin del mundo”, los dos episodios anteriores muestran que ya funciona en crisis reales y concretas, sin necesidad de una catástrofe planetaria.

Caja de semillas del Banco Nórdico de Genes (NGB) para almacenamiento seguro en Svalbard
Caja de semillas del Banco Nórdico de Genes (NGB) para almacenamiento seguro en Svalbard.
Dag Endresen CC BY 2.0, CC BY

La Microbiota Vault aplica la misma lógica al mundo microbiano. Almacena más de 1 200 muestras de microbiota humana en Zúrich a −80  C, con depósitos de Benín, Brasil, Etiopía, Ghana, Laos, Tailandia y Suiza. Su preocupación está más que justificada, ya que la modernización alimentaria, el uso masivo de antibióticos y la urbanización están extinguiendo cepas microbianas asociadas a la salud humana antes de que la ciencia haya podido determinar qué funciones desempeñan, qué compuestos producen o qué enfermedades podrían ayudar a prevenir.

El BioVault de Colossal Biosciences es la iniciativa más reciente. Anunciado en 2026 con respaldo financiero de los Emiratos Árabes Unidos, plantea una arquitectura distinta. En vez de consistir en un único depósito, se concibe como una red distribuida de instalaciones con respaldo por país, pensada para conservar líneas celulares y gametos de fauna en peligro. La fase inicial cubrirá cien especies, con el objetivo de superar las diez mil.

El modelo en sí no es nuevo: el británico Frozen Ark, fundado en 2004 en la Universidad de Nottingham, lleva dos décadas coordinando depósitos de ADN y tejidos de especies amenazadas a través de una red de zoos, museos y centros de investigación. La diferencia con el BioVault está en la escala de inversión, el ritmo previsto y el alcance. No se limitará a conservar tejidos: también planea secuenciar genomas, generar células madre y liberar los datos en abierto.




Leer más:
El arca de los microbios: un biobanco mundial para proteger la salud del planeta


Por qué la Tierra puede no bastar

A pesar del probado éxito de este tipo de iniciativas, todas estas bóvedas comparten algo que las une y las limita, desafortunadamente. Las tres están en la misma Tierra que intentan asegurar, y por tanto, expuestas a los mismos riesgos.

Por ejemplo, en mayo de 2017, una ola de calor ártica fundió parte del permafrost y filtró agua en el túnel de acceso de Svalbard. Las semillas no se vieron afectadas, pero el episodio dejó claro que el seguro contra el cambio climático estaba expuesto al mismo riesgo.

Las tres bóvedas dependen, además, de infraestructura activa para mantener el frío. Aunque el permafrost circundante en Svalbard ya mantiene las muestras a unos −3 °C, también usa compresores eléctricos para llevarlas a los −18 °C. La Microbiota Vault sostiene sus ultracongeladores a −80 °C en Zúrich, y el BioVault planea conservar sus muestras cerca de −196 ° con nitrógeno líquido en Dubái. En cualquiera de los casos, una interrupción prolongada conllevaría a su pérdida.

A los riesgos físicos se suman los geopolíticos. Una bóveda en territorio nacional, por neutral que sea, sigue sometida a guerras, sanciones y cambios de régimen. Esa fue la razón principal por la que el ICARDA tuvo que retirar muestras en 2015 y por la que Sudán depositó semillas en plena guerra entre 2024 y 2025.

Estos tres tipos de fragilidad articulan, en parte, la propuesta más radical de los últimos años.




Leer más:
La cámara del fin del mundo: ¿qué es y por qué puede salvarnos de una catástrofe?


La propuesta lunar

La idea tiene precedentes. En 2021, un equipo de la Universidad de Arizona dirigido por Jekan Thanga propuso un arca lunar para conservar muestras de 6,7 millones de especies en tubos de lava, alimentada por energía solar.

Y en agosto de 2024, la bióloga Mary Hagedorn y veintitantos colegas del Smithsonian publicaron en BioScience una propuesta más enfocada para biobancos de fauna criopreservada. Una de las razones de peso es geofísica: en regiones permanentemente sombreadas del polo sur de la Luna, la temperatura ronda los −196 °C de forma estable, sin necesidad de refrigeración activa. Es exactamente lo que requieren los biobancos de células animales más exigentes, y es precisamente lo que las instalaciones terrestres no pueden garantizar sin energía continua.

Fotografía de la luna llena tomada el 22 de octubre de 2010 desde Madison, Alabama, EE. UU.
Fotografía de la luna llena tomada el 22 de octubre de 2010 desde Madison, Alabama, EE. UU.
Gregory H. Revera, CC BY-SA

Aunque suene a ciencia ficción, el equipo del Smithsonian ya consiguió criopreservar con éxito muestras de piel de pez en el 2024 como prueba de concepto. Y ahora se ha propuesto que la misión privada lunar Griffin lleve el primer cargamento al polo sur. Si la misión sale adelante, este viaje transportaría a las especies más amenazadas en la Tierra para ponerlas a salvo.

La idea de hacer copias de seguridad de la civilización no es nueva. También en Svalbard, a pocos kilómetros de la bóveda de semillas, el Arctic World Archive atesora desde 2017 archivos digitales en película óptica diseñada para durar más de mil años (algunos ejemplos son el código fuente de GitHub, manuscritos del Vaticano o archivos nacionales noruegos. Y la idea ya ha empezado a salir del planeta.

La Arch Mission Foundation, una organización cuyo objetivo es preservar y diseminar el conocimiento y el patrimonio de la humanidad a lo largo del tiempo y el espacio, lleva enviando microbibliotecas a la órbita solar desde 2018 y a la superficie de la Luna desde 2019. Está previsto que la propia misión Griffin propuesta como vehículo del biorrepositorio lleve otra a lo largo de 2026. Al fin y al cabo, la preservación de información es tan importante como la biológica y presenta menos retos a nivel práctico.




Leer más:
No todas las semillas tienen acceso por igual a la bóveda de Svalbard


Del concepto a la realidad

Aunque todo suena muy convincente, aún quedan algunos obstáculos serios por resolver. Uno de los mayores retos se debe a que la radiación cósmica daña ADN , incluso a temperaturas criogénicas. El plan contempla enterrar la instalación bajo varios metros de regolito lunar, la capa de polvo, grava y fragmentos de roca no consolidados que cubre casi toda la superficie de la Luna. No obstante, aún se estudia si ese blindaje basta para preservación de siglos. La microgravedad afecta a los procesos celulares de maneras que aún no se entienden del todo. Y trasladar material biológico de la Tierra a la Luna en condiciones criogénicas no es trivial.

La idea del biorepositorio lunar también plantea retos a nivel de gobernanza. La propuesta actual plantea un modelo inspirado en el propio Svalbard: un fideicomiso multilateral con participación internacional y gobernanza cooperativa. La diferencia es que el depósito estaría físicamente fuera de la jurisdicción de cualquier estado, lo que abre preguntas que el derecho espacial todavía no ha resuelto.

Igualmente importante, algunas voces críticas señalan que las bóvedas pueden generar una falsa sensación de seguridad, ya que tener una copia no es lo mismo que poder usarla. Y el argumento se aplica aún con más fuerza cuando la copia está a 384,400 kilómetros y solo unas cuantas agencias espaciales tienen la capacidad de llegar.

En cualquier caso, lo importante no es que el concepto haya demostrado su utilidad. Eso ya lo hizo Svalbard. Tampoco que existan obstáculos técnicos o políticos, porque los hay. Lo relevante es que la idea de crear copias de seguridad de la biodiversidad ya no se limita a la Tierra.

AL fin y al cabo, el Premio Princesa de Asturias no galardona la construcción de un edificio en Noruega sino una ambiciosa idea. Una que apunta hacia su posible siguiente destino: la Luna.

The Conversation

Celia Blanco no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. De Svalbard a la Luna: ¿construiremos la próxima bóveda fuera de la Tierra? – https://theconversation.com/de-svalbard-a-la-luna-construiremos-la-proxima-boveda-fuera-de-la-tierra-284030

La Agencia Estatal de Salud Pública española: una asignatura urgente y pendiente de aprobar

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Maria João Forjaz, Investigadora en salud pública, Instituto de Salud Carlos III

Andrii Yalanskyi/Shutterstock

Las crisis de la última década (gripe, ébola, covid-19 o hantavirus) han requerido respuestas urgentes de salud pública y sus profesionales han afrontado con sobreesfuerzo y voluntarismo la falta de recursos, formación específica, planificación técnica y coordinación institucional. Aunque la respuesta al reciente brote de hantavirus ha sido satisfactoria, estas deficiencias estructurales generan en la ciudadanía confusión e incertidumbre.

Más allá de las crisis, la salud pública exige una labor diaria que se encuentra infradotada, y busca mejorar la salud de la población en un escenario marcado por nuevas amenazas.

¿Por qué necesitamos una Agencia Estatal de Salud Pública?

Los cambios globales han aumentado el riesgo de propagación de epidemias. Afrontar estos desafíos exige información adecuada sobre los problemas de salud y sus determinantes, con sistemas de vigilancia oportunos y eficientes, evaluación de programas preventivos y coordinación territorial, incluyendo la gestión de crisis sanitarias.

En un Sistema Nacional de Salud descentralizado, la Agencia Estatal de Salud Pública (AESAP) emerge como una entidad técnica y científica del Ministerio de Sanidad diseñada para anticipar y responder con celeridad a las emergencias sanitarias. Su labor impulsará la equidad territorial y la comunicación con la ciudadanía, desmontando bulos y creencias que faciliten la adopción de medidas preventivas por parte de la población.

¿En qué punto está actualmente?

La aprobación de la Ley de la AESAP, ya contemplada en la Ley General de Salud Pública de 2011, se demoró excesivamente, tanto en la iniciativa parlamentaria para estudiarla como en el propio trámite parlamentario y en su aprobación.

Tras aprobarse, y pese a los plazos marcados en el texto legislativo, las demoras siguen acumulándose. Ni desde los gobiernos (estatal o autonómicos), ni desde el parlamento, ni, lamentablemente tampoco, desde la sociedad civil, se está reclamando su puesta en marcha. La Sociedad Española de Epidemiología (SEE), la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria (SESPAS) y la Sociedad Española de Medicina Preventiva, Salud Pública y Gestión Sanitaria (SEMPSPGS), entre otras sociedades científicas, han alzado la voz ante estos retrasos. Aún no hay reglamento aprobado, sede, personal asignado o estructura.

Mientras tanto, la salud pública institucional –en sus diferentes niveles y tras varios episodios que han evidenciado sus necesidades, fortalezas y debilidades– continúa descapitalizándose en personal y presupuesto. La falta de inversión y de aplicación de las lecciones aprendidas de la pandemia de covid-19 nos deja un sistema de salud pública debilitado en sus capacidades y de difícil recuperación si esta situación continúa. Además, se dificulta la coordinación y colaboración internacional necesarias ante problemas sanitarios que requieren respuestas globales.

Más allá de la AESAP

La salud pública tiene otras asignaturas pendientes, siendo clave:

  • Invertir en salud pública y estructuras de vigilancia y reconocer la formación específica para el acceso a puestos profesionales. La AESAP debería disponer de un sistema de formación propio, abierto y coordinado con las comunidades autónomas, para asegurar la capacitación. Sería similar al antiguo Programa de Epidemiología Aplicada de Campo (PEAC).

  • Adaptar la Ley de Ordenación de las Profesiones Sanitarias y las relaciones de puestos de trabajo para integrar de forma efectiva perfiles sanitarios y no sanitarios (sociología, estadística, etc.) en los equipos de salud pública.

  • Revertir la pérdida de personal con experiencia por jubilaciones y amortizaciones, garantizando la estabilidad profesional y aplicación real de la Declaración de Zaragoza (2022) para fortalecer y estabilizar las plantillas.

  • Dignificar los puestos de trabajo en salud pública, con remuneraciones y funciones acordes a la importancia del trabajo que desempeñan y similares a las de quienes trabajan en centros asistenciales. El objetivo es atraer y retener personal cualificado.

  • Desbloquear la tramitación del Real Decreto de preparación y respuesta frente a amenazas sanitarias y desarrollar la regulación de la Red de Vigilancia en salud pública.

Una agencia que funcione

Tanto a nivel central como autonómico, los partidos políticos deben asumir la salud pública como un valor innegociable e incrementar urgentemente la inversión para recapitalizarla de recursos y personal. Específicamente, reconocer la AESAP como una institución que protegerá con efectividad la salud de la población y reforzará la coordinación en la toma de decisiones.

Para ello, hay que agilizar la tramitación de su reglamento, sede y estructura, así como su presupuesto inicial. Además, hace falta reforzar la autonomía de la AESAP, liberándola de intereses partidistas y situándola en el ámbito estrictamente técnico y profesional.

Es importante dotar a esta agencia de personal que trabaje en óptimas condiciones y con seguridad jurídica. En este aspecto, debe mejorarse el reconocimiento social y la remuneración de las plazas de salud pública, que están muy por debajo de otros puestos asistenciales y llegan a considerarse de segundo nivel, resultando menos atractivas para futuros profesionales. Una formación específica facilitará trabajar en este campo, como ocurre en otras áreas de conocimiento sanitario.

Finalmente, es precisa la cooperación de todas las estructuras estatales, autonómicas y locales para lograr un desarrollo armónico de la AESAP, primando el interés de la salud de la población por encima de otras cuestiones espurias.


Artículo escrito con el asesoramiento de la Sociedad Española de Epidemiología.


The Conversation

Maria João Forjaz es presidenta de la Sociedad Española de Epidemiología. Además, recibe fondos de investigación en concurrencia cimpetitiva del Instituto de Salud Carlos III.

Ángela Domínguez García es investigadora del proyecto financiado PI24/00692 del Instituto de Salud Carlos III e investigadora col·laboradora de proyectos europeos: Grant Agreement 101233259-SHIELD y 101233394-HEP-HOP. Es miembro del Consell Assessor en Vacunacions de l’Agència de Salut Pública de Catalunya. Es Coordinadora del Grupo de Trabajo de Vacunas e Inmunización de la Sociedad Española de Epidemiología (SEE) y miembro de la Comisión Asesora de Comunicación de la SEE.

Esther Vicente Cemborain es vocal de la Junta Directiva de la Sociedad Española de Epidemiología.

Federico Eduardo Arribas Monzón es miembro de la Sociedad Española de Epidemiologia (SEE), y forma parte del grupo de trabajo de formación y empleabilidad. Tambien forma parte de la Comisión asesora de comunicación de la SEE. Forma parte del Grupo de Investigación de Servicios Sanitarios (GRISSA) de Aragón, dependiente de la Universidad de Zaragoza.

Isabel Aguilar Palacio recibe fondos del Instituto de Salud Carlos III y del Gobierno de Aragón para proyectos de investigación y de la Comisión Europea y de la Innovative Health Initiative como experta. Miembro de la Junta Directiva de la Sociedad Española de Epidemiología (SEE).

María Isabel Portillo es Investigadora Senior del Instituto de Investigación Sanitaria BioBilzkaia y Secretaria de la Junta Directiva de la Sociedad Española de Epidemiologia

Óscar Zurriaga recibe fondos, obtenidos en concurrencia competitiva, del Instituto de Salud Carlos III, para la realización de proyectos de investigación. Ha sido presidente de la Sociedad Española de Epidemiología (SEE).

Pere Godoy es investigador del CIBER de Epidemiología y Salud Publica, catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidda de Lleida, miembro de la Sociedad Española de Epidemiologia (SEE) y del grupo de Vacunas e Inmunizaciones de las SEE y miembro Consell Assessor en Vacunacions de l’Agència de Salut Pública de Catalunya. Ha sido presidente y vicepresidente de la SEE (2017-2020). Es IP de proyectos de investigación competitivos del Instituto de Salud Carlos III.

Susana Monge Corella recibe fondos de investigación competitivos del Centro Europeo para la Prevención y Control de Enfermedades (ECDC) y del Instituto de Salud Carlos III a través de la acción estratégica intramural.

Tania Fernández Villa es vocal de la Junta Directiva de la SEE, recibe fondos de investigación competitiva de la Delegación del Gobierno para el Plan Nacional Sobre Drogas y participa en la comisión de evaluación de proyectos del ISCIII.

Pello Latasa no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La Agencia Estatal de Salud Pública española: una asignatura urgente y pendiente de aprobar – https://theconversation.com/la-agencia-estatal-de-salud-publica-espanola-una-asignatura-urgente-y-pendiente-de-aprobar-284848

¿Por qué las mujeres eran infieles en el pasado y por qué lo son ahora? Pistas en la literatura y la televisión

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Diana Nastasescu, Professora de Didàctica de la Llengua i la Literatura Catalana, Universitat Jaume I

Momento del programa televisivo _La isla de las tentaciones_. Mediaset.

¿Qué tienen en común Emma Bovary, de Madame Bovary, Ana Ozores, de La Regenta y una concursante de La isla de las tentaciones? A primera vista, muy poco. Las primeras viven atrapadas entre matrimonios burgueses, confesiones, salones, cartas y rumores provincianos. Las segundas se exponen ante cámaras, fogatas, tabletas con vídeos y tentadores en bañador.

Sin embargo, y a pesar de la distancia, todas participan de una misma pregunta cultural: ¿qué pasa cuando una mujer desea fuera del lugar que le han asignado?

La literatura del siglo XIX y la televisión actual nos ofrecen dos respuestas muy diferentes. En las novelas realistas, el adulterio femenino era una tragedia. En los programas de telerrealidad contemporáneos, es contenido audiovisual viral y material para memes.

Antes: casarse para existir

Antes de Emma Bovary o Ana Ozores, la cultura ya había imaginado mujeres incómodas: la malcasada de los romances, atrapada en un matrimonio infeliz; las mujeres de agua, bellas e imposibles de poseer; la Serrana de la Vera, mujer sin amo ni hogar; Fedra, marcada por el deseo prohibido, y Medea, convertida en monstruo por no aceptar la traición masculina. La novela del siglo XIX hereda esta antigua figura y la traslada al salón burgués.

Retrato de una mujer que mira al cielo mientras está sentada frente a una mesa.
Portada de una edición de Madame Bovary de 1931 hecha por Eugène Decisy según Charles Lucien Léandre.
Wikimedia Commons

El siglo XIX, con la novela realista y naturalista, entra en la conciencia de la adúltera: su aburrimiento, sus fantasías y su frustración. Las mujeres burguesas tenían poca autonomía económica, escasa libertad afectiva y casi ningún proyecto vital propio fuera del matrimonio.

Mary Wollstonecraft ya había denunciado que la educación femenina preparaba a las mujeres para complacer, no para ser autónomas; Simone de Beauvoir lo formularía más tarde como una condena a una vida encerrada en funciones asignadas por otros. El adulterio es una mala solución a un problema real: pasar de ser un objeto mirado a un sujeto que actúa.

El adulterio femenino combina diversos factores: tedio, frustración afectiva, falta de autonomía, deseo de reconocimiento, sexualidad reprimida, matrimonios desiguales e imaginario romántico. La sociedad no juzga igual la infidelidad masculina y la femenina. Cuando un hombre es infiel, su conducta puede ser tolerada, minimizada o incluso interpretada como una debilidad previsible. Cuando lo es una mujer, se considera una amenaza para la familia, el honor, la maternidad y el orden social.

Esta doble moral también tenía una traducción legal. En el Código Penal español de 1870, el adulterio castigaba sobre todo a la mujer casada, mientras que la infidelidad masculina solo era penalmente relevante en casos concretos, como tener una amante dentro de la casa conyugal o mantener una relación escandalosa. Esta asimetría revela que el cuerpo de la esposa estaba sometido al derecho simbólico del marido.

Por todo ello, las adúlteras literarias solían pagar un precio altísimo: exclusión, convento, enfermedad, muerte, pérdida de los hijos o destrucción simbólica. La novela realista y naturalista muestra el deseo femenino al mismo tiempo que lo castiga.

Ahora: la exigencia de una felicidad constante

Hoy en día las mujeres disponen, en muchos contextos, de derechos, movilidad, independencia económica y libertad sexual impensables para una burguesa del siglo XIX. Esto no hace que la infidelidad desaparezca ni que sea fácil de explicar. En las mujeres, algunas investigaciones recientes subrayan la importancia de la insatisfacción relacional, la falta de comunicación, la falta de tiempo de calidad y la pérdida de intimidad dentro de la pareja. El matrimonio burgués les exigía obediencia. La pareja contemporánea exige felicidad constante. Y esta exigencia también puede agobiar. La televisión ha convertido este malestar en espectáculo.

Dibujo de las callejuelas de un barrio antiguo de una ciudad con una figura vestida de negro que camina por ellas.
Aunque al inicio de La Regenta, ‘la heroica ciudad dormía la siesta’, lo cierto es que Vetusta es un personaje más de la novela que no deja de murmurar e intrigar.
Joan Limona y Enrique Gómez Polo/Wikimedia Commons

La isla de las tentaciones separa a las parejas y las hace convivir con personas solteras en un entorno diseñado para intensificar el deseo, los celos y la comparación. El programa fabrica la infidelidad como espectáculo: una mirada, un baile, una conversación íntima, un beso o una noche compartida se convierten en pruebas públicas. La Vetusta que murmuraba en los salones de La Regenta es ahora una audiencia masiva que comenta en directo.

El programa muestra a mujeres que también miran, juzgan, deciden, comparan, abandonan, desean y verbalizan lo que no funciona en su relación. En muchas ocasiones, la tentación es una versión alternativa de ellas mismas: más libre, más escuchada, más validada, menos atrapada en una relación deteriorada. Por tanto, la crisis es anterior a la aparición del amante.

Ahora bien, esta mayor capacidad de acción no elimina el juicio social. Las mujeres siguen teniendo que enfrentarse a una opinión pública especialmente severa: si son infieles, se las cuestiona moralmente; si no lo son, se las critica por dependientes o ingenuas. Hagan lo que hagan, el relato tiende a convertirlas en objeto de examen. La audiencia, los comentarios de Instagram, los vídeos de TikTok y los debates televisivos dictan la sentencia.

Después de la infidelidad: clandestinidad o puertas abiertas

La gran diferencia entre las adúlteras literarias del siglo XIX y las mujeres infieles representadas en el audiovisual actual es el marco de posibilidades. Antes, la mujer infiel a menudo no podía imaginar una ruptura clara, una separación socialmente viable o una reconstrucción autónoma de la vida. El adulterio era una salida clandestina porque no había otras puertas abiertas.

Hoy la infidelidad convive con otras opciones: romper, negociar, abrir la relación, ir a terapia, redefinir los límites o empezar de nuevo. Por eso ya no se puede explicar solo como una huida de una institución opresiva. También puede ser una respuesta mal gestionada a la insatisfacción, una búsqueda de intensidad o una manera de precipitar una ruptura que no se atreve a formularse.

Quizás por eso seguimos leyendo novelas de adulterio del siglo XIX y viendo programas de telerrealidad de parejas. Porque, detrás de la pregunta morbosa –“¿quién ha sido infiel?”–, hay otra que nos interesa mucho más: ¿qué formas de amor, de deseo y de libertad permite cada época a las mujeres?


¿Quiere recibir más artículos como este? Suscríbase a Suplemento Cultural y reciba la actualidad cultural y una selección de los mejores artículos de historia, literatura, cine, arte o música, seleccionados por nuestra editora de Arte + Humanidades Claudia Lorenzo.


The Conversation

Diana Nastasescu no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Por qué las mujeres eran infieles en el pasado y por qué lo son ahora? Pistas en la literatura y la televisión – https://theconversation.com/por-que-las-mujeres-eran-infieles-en-el-pasado-y-por-que-lo-son-ahora-pistas-en-la-literatura-y-la-television-283917

El ‘látigo digital’ nos fustiga en el trabajo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Anabel Ramírez López, Trabajo Social, Universidad Pontificia Comillas

Kelly Marken/SHutterstock

Desde aplicaciones que monitorizan la ubicación y los minutos de descanso de las personas trabajadoras –como ocurre en Amazon– a los relojes inteligentes utilizados en algunos hoteles, que vibran si captan que el personal de limpieza no está cumpliendo el timing de preparación de las habitaciones, en los últimos años, la vigilancia digital en el empleo ha entrado en la vida de los trabajadores sin un cuestionamiento social firme sobre sus posibles consecuencias.

Relojes que miden el tiempo de descanso

Bajo promesas de eficiencia, lo que experimentamos en sectores como la logística, la hostelería y los cuidados es la instauración de una lógica que prioriza la productividad matemática por encima de la salud física, mental y social. Investigadores como Trevor Scholz, profesor en el Centro Berkman Klein de Harvard y autor de Uberworked and Underpaid: How Workers are Disrupting the Digital Economy (Polity, 2017), llevan más de una década denunciando esta clase de prácticas, que la Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el Trabajo (OSHA) ha bautizado como “látigo digital”.

Cuando las herramientas tecnológicas se transforman en un panóptico de presión constante, inevitablemente se convierten en una fuente de estrés crónico y ansiedad para el trabajador. Este cambio de paradigma no es un hecho puramente técnico: cuando un algoritmo decide el ritmo, evalúa el rendimiento o selecciona quién conserva su empleo, se pueden llegar a redefinir los límites de la dignidad humana.

Delegar decisiones en sistemas carentes de conciencia

Como analiza la literatura sobre el “capitalismo de la inteligencia artificial”, todo artefacto técnico lleva inscrito en su código las decisiones, sesgos y prioridades de quienes lo diseñan.

Además, al encomendar decisiones humanas delicadas a sistemas automatizados que carecen de conciencia, se produce un hecho social peligroso: la evaporación de la responsabilidad social. El descarte de los que menos rinden justificado por evaluaciones algorítmicas queda camuflado tras una falsa cortina de “objetividad” técnica. Ante ella, el trabajador ni siquiera sabe a quién reclamar.

Del tecnofeudalismo a la responsabilidad social

En este escenario, las plataformas digitales y los grandes monopolios orquestan la infraestructura invisible de los valores morales de la sociedad.

Algunos economistas y sociólogos definen nuestra era como un “tecnofeudalismo”, donde unas pocas corporaciones acumulan datos, capital informático y una asimetría de poder sin precedentes.

Esta acumulación altera el contrato de trabajo tradicional. Se expande, así, el poder de dirección y control del empresario a través de ojos invisibles y matemáticos.

Sin embargo, buscar la solución en apelar a una “ética de las máquinas” es insuficiente. Tal y como defiende el derecho laboral contemporáneo, no basta con buenas intenciones: se necesitan marcos jurídicos vinculantes y una regulación estricta que proteja los derechos fundamentales de los trabajadores frente a la superioridad estructural del empleador. Los vacíos de impunidad corporativa no se cierran con declaraciones filosóficas, sino con leyes de obligado cumplimiento.

Hacia una regulación que ponga límites

Para que la tecnología no aplaste al eslabón más débil, la comunidad científica internacional exige pasar de inmediato a un modelo de “IA responsable”. El marco legal de la Unión Europea ya clasifica estos sistemas según su riesgo y establece siete requisitos técnicos obligatorios para una IA confiable, destacando el control humano, la equidad, la no discriminación y el bienestar social.

Por otra parte, la reciente Directiva europea para mejorar las condiciones de trabajo en plataformas digitales, que los Estados miembros deben implementar a partir de diciembre de este año, prohíbe recabar datos sensibles de los trabajadores –como su estado psicológico o emocional o sus conversaciones privadas–.

Asimismo, esta ley europea obliga a las empresas a informar a los empleados del uso que se hacen de la monitorización automática de su trabajo, así como analizar el impacto que esta tiene en los trabajadores.

Contra la precariedad algorítmica

No obstante, sigue existiendo una preocupante brecha entre la velocidad del desarrollo tecnológico y el ritmo al que maduran nuestras instituciones y normas de control sobre esta inteligencia.

Es en esta grieta donde profesiones comprometidas con la justicia social, como el Trabajo Social, deben dar un paso al frente. Tradicionalmente volcada en las desigualdades materiales, esta disciplina afronta hoy el reto de intervenir ante las nuevas formas de violencia digital y precariedad algorítmica. Defender los derechos humanos en el siglo XXI implica exigir que los sistemas de IA se piensen bajo criterios de equidad, transparencia y rendición de cuentas.

La innovación técnica es una de las mayores capacidades de la humanidad, pero debe estar al servicio de la sociedad y del bien común, en vez de contribuir a la deshumanización del entorno laboral. Tener “poder tecnológico” no debería ser equivalente a poseer el derecho a gobernar de forma absoluta la existencia de las personas trabajadoras. Devolviendo el control a lo humano, haremos de nuestro entorno digital un espacio verdaderamente habitable, empático, solidario y justo.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. El ‘látigo digital’ nos fustiga en el trabajo – https://theconversation.com/el-latigo-digital-nos-fustiga-en-el-trabajo-283824

El aldeano de Schrödinger o cómo opinar sobre el mundo si no hay con qué compararlo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Joan Calvin Palomares, Ayudante Investigador en el departamento de Filosofía y humanidades, Universidad Pontificia Comillas

Un aldeano que no ha salido nunca de su aldea ¿cómo puede describirla, si no tiene con qué compararla?, se pregunta Schrödinger. Vishal Bhutani / Unsplash. , CC BY-SA

Hay una costumbre humana, muy filosófica y bastante cómica: comentar el mundo entero como si lo tuviésemos encima de la mesa, al lado del café y de las notas de trabajo. Schopenhauer lo habría descrito como un lugar triste y mal hecho, Leibniz, como el mejor de todos los mundos concebibles. Dicho con semejante seguridad, uno casi sospecha que los filósofos disponían de un catálogo comparado de mundos, con reseñas y política de devolución.

Erwin Schrödinger en 1933.
Nobel Foundation., CC BY-SA

El Premio Nobel de Física y padre de la mecánica cuántica Erwin Schrödinger (1887-1961), que no era precisamente un enemigo de la ciencia, se tomó muy en serio esta rareza. En su obra Mi concepción del mundo, el físico austriaco se detiene en algo que, de tan cotidiano, casi parece invisible: abrimos los ojos y ya hay mundo. Cosas, cuerpos, horarios, noticias, enfermedades, facturas y vecinos. Todo muy razonable. Todo muy normal. Tan normal que empieza a resultar sospechoso.

La metáfora del aldeano

Schrödinger introduce entonces una imagen magnífica. Pensemos en un hombre que jamás ha salido de su aldea. Nació allí, creció allí, conoció allí el verano, el invierno, la lluvia, el polvo, la humedad, el tedio y la risa. Un día, con admirable autoridad meteorológica y sin una sola muestra comparativa, declara: “El clima de mi pueblo es extraordinariamente cálido”. O quizá: “El clima de mi pueblo es extraordinariamente frío”. La pregunta sería inmediata: ¿comparado con qué? ¿Con qué otro clima, si nunca ha salido de allí?

El científico cuántico sugiere que hacemos algo parecido cuando juzgamos el mundo entero. Decimos que está bien hecho, mal hecho, que es triste, perfecto, defectuoso, admirable o insoportable. Pero ¿dónde está el segundo mundo con el que lo hemos comparado? ¿Nos han dejado probar otro universo durante quince días, con derecho a devolución si no quedamos satisfechos? No. Solo tenemos este mundo. Y, sin embargo, lo juzgamos, lo admiramos, lo condenamos, lo bendecimos, lo insultamos o lo diagnosticamos. La escena es ridícula, pero la ridiculez es filosóficamente muy seria.

Solo tenemos este mundo

Normalmente, nos sorprendemos cuando algo se separa de lo esperado. Una bajada en la factura de la luz, una promesa política cumplida, una reunión que termina a la hora prevista. Lo inesperado destaca contra un fondo de supuesta normalidad. Pero el mundo entero no puede destacar contra nada. No hay un escaparate de mundos posibles donde este figure con una etiqueta que diga: “Modelo defectuoso: revisar dolor y muerte”. Aun así, el mundo nos inquieta.

Ahí está la intuición más fina de Schrödinger. Lo extraño no es solo que haya mundo. Lo extraño es que podamos encontrar extraño el mundo, siendo como somos habitantes, inquilinos forzosos. Nunca hemos salido de la aldea, pero sospechamos que su temperatura tiene algo raro. Y, por supuesto, redactamos opiniones muy firmes sobre el asunto.

Dos maneras de vivir

Por eso, este científico distingue, aunque sin presentarlo en forma de manual, dos maneras de vivir. La primera acepta el escenario general sin demasiadas preguntas. Se sorprende de lo particular: hoy ha pasado esto, ayer ocurrió aquello, esta noticia es extraña, aquel fenómeno no estaba previsto. Es una actitud sensata, probablemente recomendable para dormir bien.

La segunda, en cambio, empieza a tener problemas con lo que todos llaman sentido común. No se pregunta solo por una gotera de la casa, sino por la casa entera y por el hecho bastante extraño de vivir dentro de ella.

La filosofía, en este sentido, no es una profesión: es una ligera incapacidad para aceptar la evidencia con buena educación y seguir haciendo vida normal.

Sin puerta para mirar desde afuera

Lo más interesante es que esta reflexión no viene de alguien que desprecie la ciencia. Viene de uno de los grandes físicos del siglo XX. Schrödinger sabía perfectamente que la ciencia explica fenómenos, relaciones, leyes y procesos. La ciencia puede explicarnos muchísimas cosas: cómo cae una piedra o cómo se comporta una onda, incluso, por qué no conviene discutir con la termodinámica.

Pero no nos presta una puerta para salir del universo, mirarlo desde fuera y ponerle una valoración. Tal vez, por eso, el saber no siempre mata el asombro; a veces, lo vuelve más incómodo, más extraño.

Quizá ahí empiece la filosofía: no en una solemnidad hinchada, sino en esta escena casi cómica. Un habitante del mundo se detiene, mira alrededor y descubre que lo más raro no es una excepción, sino la normalidad misma.

La filosofía comienza cuando el aldeano se da cuenta de que nunca ha salido de la aldea y, aun así, no puede dejar de preguntarse por qué este clima, el único que conoce, le parece tan extraño.

The Conversation

Joan Calvin Palomares no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El aldeano de Schrödinger o cómo opinar sobre el mundo si no hay con qué compararlo – https://theconversation.com/el-aldeano-de-schrodinger-o-como-opinar-sobre-el-mundo-si-no-hay-con-que-compararlo-284273

El libro que anticipó a Benjamín Labatut: qué significa ‘La Antártica empieza aquí’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Fernando Broncano Rodríguez, Catedrático de Filosofía, Universidad Carlos III

“Y también este ha sido uno de los lugares más oscuros de la Tierra”. Estas palabras de Charlie Marlow, protagonista de la célebre novela corta de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, impregnan La Antártica empieza aquí, de Benjamín Labatut.

La fama mundial del escritor chileno se ha extendido a partir de dos libros que fueron posteriores, Un verdor terrible (2020) y MANIAC (2023). En ellos ha encontrado una veta literaria fructífera, combinando la erudición en historia de la ciencia con la ficción literaria y en los que resuena el enciclopedismo de Jorge Luis Borges. Deslumbra el modo en que hila relatos de episodios de la vida de grandes científicos con la historia oscura de los usos de la ciencia y de la técnica y la doble cara de descubridores y descubrimientos que han contribuido a tantos daños como beneficios.

Documentos de barbarie

No tengo dudas de que es admirable y fascinante esta trayectoria, pero el aspecto más relevante de su obra, desde mi punto de vista, puede quedar apantallado por la exuberancia de sus referencias, la habilidad de sus mezclas de lo anecdótico y lo universal de las historias. Y con lo más deslumbrante me refiero al pesimismo sobre la historia humana que subyace a sus relatos, en los que resuenan tanto Joseph Conrad como W. G. Sebald o, para ser más claro, Walter Benjamin y su dictum de que todo documento de cultura es un documento de barbarie.

Por eso es tan interesante leer la reedición que acaba de publicarse de su primera obra, la recopilación de cuentos La Antártica empieza aquí (2026, Anagrama; 2012, Aguilar Chilena de Ediciones). No resisto la tentación de leer anacrónicamente La Antártica… como el último libro escrito por Labatut y no como el primero, ahora reeditado tras su fama internacional. Leído así, Un verdor terrible y MANIAC podrían ser solamente una de las líneas que en este libro se abrirían a un espectro de posibilidades literarias más amplio y profundo.

Transformaciones mutuas

Si tuviese que resumir la posmodernidad en una frase, diría que fue una cultura que trató de socavar las dicotomías (o, como se solía decir, los “binarios”, recordando que era una reacción posestructuralista). Décadas después sabemos de la resistencia de los binarios a desaparecer. Pero Labatut explora otros senderos más sugestivos: que los polos dicotómicos se transformen mutuamente, se contagien y contaminen; que lo bueno y lo malvado fluyan por ocultos canales que comunican ficciones y realidad, cuerpos y entornos, cuerpos y mentes, pasado y futuro.

En muchos aspectos, en la escritura de Labatut resuena la amenaza cósmica de H.P.Lovecraft y las ósmosis entre locura y lucidez, como si explorar territorios y documentos del pasado fuese adentrarse en una pesadilla de caos y sinsentido.

Uno de los relatos de La Antártica empieza aquí, “La cura de Ana”, es una suerte de versión acortada de La montaña mágica, la novela fundamental del alemán Thomas Mann. En el relato de Labatut, la clínica y el mundo se confunden, “la cura es la enfermedad”, repiten los médicos, una enfermedad que es ontológica, como si fuera una condición humana, que transforma cuerpos sanos en enfermos y enfermos en sanos, legos en expertos y médicos en pacientes.

De violencia y deseo

En “Deseo”, un travesti cuyo espectáculo masoquista incluye violencia real, es mitificado y se extiende el rumor de que realiza sanaciones milagrosas. Dos autores primerizos de distinto estilo, carácter y nacionalidad escriben sobre su vida dos relatos que coinciden en el tema, como si el milagro real fuese esa similitud, como si la ficción tuviese tanta fuerza como la realidad. Pero el horror de lo real se impone a sus vidas literarias cuando se encuentran y su intercambio de afectos termina en violencia. La misma violencia que fractura la vida de un futbolista chileno jugador en Países Bajos y le lleva a la prostitución.

En “Deseo”, como en la obra del escritor francés Georges Bataille (1897-1962), el sexo y la violencia se entrelazan en el relato. Los cuerpos son tanto documentos de violencia como objetos de deseo. Un tejido continuo que entremezcla lo onírico y la vivencia diaria, lo animal y el deseo de afecto, la desubicación y la cercanía que explora otro de los relatos de La Antártica empieza aquí, “Club de campo”.

Y Alfredo en la cama

Las transmutaciones entre espacios reales e imaginarios, entre lo sublime y lo siniestro, son la atmósfera de los relatos que abren y cierran el libro. El primero da título a la obra, “La Antártica comienza aquí”; el último es “Alfredo en cama”. La poesía, la escritura y la disciplina, el sacrificio, la desubicación completa en un territorio incierto se extienden en el primero de los relatos. La música, la interpretación, el oído perfecto, la movilidad y la inmovilidad, la paz espiritual y el temor y temblor, en el último.

Como en los despertares de ciertos personajes de Franz Kafka (1883–1924), las nieblas de las entreluces son la representación misma de la escritura en estos cuentos de Labatut. Explora temas que traen el escepticismo y la duda a la tarea de interpretar lo real, sea como escritura, sea como memoria histórica. Quizás porque la anatomía del relato vaya descubriendo capas de lo sano y lo enfermo en continuidad. Este espectro de lo ominoso es lo más atractivo de este libro.

The Conversation

Fernando Broncano Rodríguez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El libro que anticipó a Benjamín Labatut: qué significa ‘La Antártica empieza aquí’ – https://theconversation.com/el-libro-que-anticipo-a-benjamin-labatut-que-significa-la-antartica-empieza-aqui-284630

Por qué el Mundial 2026 será el menos sustentable de la historia a pesar de las promesas de la FIFA

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alejandra del Carmen Meza Servín, Associate professor, Universidad de Guadalajara

ACHPF/Shutterstock

Desde 1930, cada cuatro años, el fútbol logra concitar el interés de buena parte del mundo con el cóctel de pasión, historia y cultura que combina la Copa del Mundo. Más que un simple juego, el fútbol es un reflejo de las tensiones políticas, identidades y emociones colectivas que han marcado la modernidad. En países como México, la antropología muestra que el balompié funciona como un ritual. Este une a la comunidad y moldea formas de pertenencia y de ser.

Pero en pleno siglo XXI, este ritual global se topa con una frontera ambiental: el planeta ya no da para más. El último informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) lo deja claro. La ventana para evitar el desastre climático se está cerrando. Y sí, el fútbol también está en la cancha de la responsabilidad.

Con ese escenario, la FIFA y los organizadores del Mundial 2026 (Canadá, Estados Unidos y México) han prometido un torneo de vanguardia ambiental. Su estrategia se basa en cuatro pilares “independientes, pero interrelacionados”: social, medioambiental, económico y de gobernanza. Pero cuando uno revisa los números, la historia se cuenta de otra manera. Todo indica que esta será la Copa del Mundo más insostenible y contaminante jamás organizada.

El espejismo de la infraestructura existente

La gran bandera verde de la FIFA en 2026 es que, a diferencia de otros torneos, para este Mundial casi no se construyeron estadios nuevos.

En contraste, el Mundial de Qatar 2022 tuvo como escenario ocho estadios, siete de los cuales fueron de nueva construcción y se inauguraron en fechas previas a la competición. El único que ya existía, el estadio Khalifa, data de 1976, pero sufrió un remodelación total para su reinauguración en 2017.

Qatar 2022 dejó una huella ecológica enorme: estadios refrigerados en el desierto y, según cifras oficiales, 3,6 millones de toneladas de CO₂ emitidas. Sin embargo, estimaciones como las publicadas por Carbon Market Watch aseguran que el impacto real de ese evento, sumando los vuelos diarios, fue mucho mayor.

Para 2026, la apuesta va en la dirección contraria. Consiste en usar estadios ya hechos para no sumarle toneladas de cemento al ambiente. Sin embargo, el problema es más profundo. El modelo de “megaeventos deportivos” se basa en crecer y crecer sin freno y olvida una verdad ecológica elemental: la escala importa. Tanta expansión y turismo terminan borrando cualquier avance en eficiencia local.

Emisiones de alcance 3

Al expandir el formato del torneo de 32 a 48 selecciones nacionales y de 64 a 104 partidos repartidos a lo largo de un continente entero, la FIFA ha multiplicado exponencialmente las llamadas emisiones de alcance 3. Estas corresponden a las fuentes indirectas que se producen en la cadena de valor, dominadas abrumadoramente por el transporte aéreo de las delegaciones oficiales y de los millones de aficionados extranjeros.

Este fenómeno no es exclusivo del fútbol. En los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 y en los Juegos de Invierno de Beijing 2022, los traslados internacionales y la construcción de infraestructura temporal generaron también masivas emisiones indirectas, muchas veces subestimadas en los reportes oficiales.

Según los datos de un informe publicado por especialistas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), los traslados aéreos multitudinarios de costa a costa en Norteamérica son incompatibles con cualquier plan serio de descarbonización. La dispersión geográfica obliga a realizar vuelos frecuentes de miles de kilómetros para conectar sedes tan distantes entre sí como Vancouver, Miami y la Ciudad de México. El transporte, por sí solo, representará más del 85 % de la huella de carbono total del certamen. Esta estimación preliminar refleja valores que superan ampliamente los de ediciones anteriores.

El informe FIFA’s Climate Blind Spot señala que el Mundial 2026 podría generar más de nueve millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente, una cifra mucho mayor que la de sus predecesores.

El torneo de la ecoimpostura (greenwashing)

Decir que este torneo es sustentable solo porque se recicla en las gradas o se usan focos LED en los estadios es, en realidad, un claro ejemplo de ecoimpostura o greenwashing.

No es la primera vez que vemos esto. En Londres 2012, los organizadores presumieron de medallas recicladas y transporte ecológico, pero ignoraron el impacto de vuelos internacionales y la generación de residuos a gran escala.

El greenwashing se ha convertido en una estrategia frecuente para maquillar los costos reales de los megaeventos deportivos, mientras la huella ambiental sigue creciendo.

Adaptación insustentable y paradoja climática

La crisis climática ya está rodando por el césped de los estadios y convierte al fútbol de hoy en un acontecimiento inviable. Las altas temperaturas previstas para las sedes norteamericanas pondrán en riesgo a jugadores y aficionados. ¿La solución? Aire acondicionado a todo lo que da en estadios cerrados del sur de Estados Unidos.

Esto convierte la situación en una “paradoja climática”: las mismas acciones que tomamos para adaptarnos a los efectos del cambio climático, como enfriar estadios, pueden terminar agravando el problema al aumentar las emisiones de gases de efecto invernadero.

Es el ejemplo perfecto de lo que el IPCC califica como “malas medidas adaptativas” (maldaptive actions). Este concepto explica cómo se intenta apagar el fuego con gasolina, usando más energía –y muchas veces de fuentes fósiles– para enfrentar el calor que nosotros mismos causamos.

Conclusión: Es hora de un medio tiempo para el planeta

La ciencia de la sustentabilidad lo advierte: los problemas globales no se resuelven con maquillaje. Mientras gigantes ligados a los combustibles fósiles sigan patrocinando el fútbol, las metas de carbono neutral de la FIFA serán solo promesas vacías.

Si el fútbol quiere sobrevivir en un planeta que se calienta, hay que cambiar el juego. Ello implica apostar por sedes realmente regionales y compactas, reducir partidos y poner el bienestar del planeta antes que los datos de audiencia. El silbatazo final se acerca y el planeta ya no admite prórrogas.

The Conversation

Alejandra del Carmen Meza Servín no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Por qué el Mundial 2026 será el menos sustentable de la historia a pesar de las promesas de la FIFA – https://theconversation.com/por-que-el-mundial-2026-sera-el-menos-sustentable-de-la-historia-a-pesar-de-las-promesas-de-la-fifa-284755

Virus gigantes, la pieza inesperada para explicar el origen de la vida compleja

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marcial Escudero, Catedrático del Departamento de Biología Vegetal y Ecología, Universidad de Sevilla

El origen de la vida compleja en un tapete de microbios cooperando entre sí Ilustración de Laura Fraile, basada en conversaciones con los autores del estudio., CC BY

En la década de 1960, una joven bióloga llamada Lynn Margulis intentó publicar un artículo sobre el origen de las células complejas o eucariotas , el linaje al que pertenecemos animales, plantas y hongos. Tras ser rechazado por unas quince revistas científicas, el texto finalmente vio la luz en 1967.

Su teoría de la endosimbiosis proponía una auténtica herejía para la época: la complejidad celular no surgió simplemente de mutaciones graduales como proponía el darwinismo, sino de la fusión literal entre distintos microorganismos. Un microbio se “tragó” a otro, no lo digirió, y de esa alianza surgieron orgánulos de las células eucariotas como las mitocondrias (las “centrales energéticas” celulares) y, posteriormente, los cloroplastos de las plantas.

La evolución de una intuición

Durante años, la comunidad científica observó con tremendo escepticismo –y a menudo con sorna– esta idea. Sin embargo, la ciencia tiene la sana costumbre de dar la razón a quien la tiene a través de la evidencia empírica.

El descubrimiento de que las mitocondrias y los plastos poseían su propio ADN circular, estrechamente emparentado con el de las bacterias y distinto del ADN del núcleo celular, supuso el triunfo definitivo y la aceptación mundial de la hipótesis endosimbiótica de Margulis.

Pero ella siempre fue más allá. Sospechaba que el proceso evolutivo de la célula eucariota era un proceso simbiótico mucho más complejo. Estaba convencida de que estas interacciones afectaban a más estructuras y orgánulos, mucho más allá de la simple adopción de las mitocondrias y los cloroplastos.

Hoy, casi 60 años después de su primer gran artículo, la supercomputación confirma que su intuición sobre la multiplicidad de alianzas era acertada, pero revela que los protagonistas, los tiempos y los mecanismos reales han resultado ser distintos y mucho más fascinantes de lo que quizás ella llegó a imaginar.

Arqueología molecular en el supercomputador

El relato de la evolución eucariota que venimos contando en los libros de texto es, en el fondo, demasiado simplista: una arquea –microorganismo unicelular de apariencia similar a las bacterias pero con una historia evolutiva totalmente distinta– y una bacteria se encontraron, se aliaron y de golpe abrieron la puerta a la vida compleja. Sin embargo, un nuevo estudio coliderado por el Barcelona Supercomputing Center (BSC-CNS) y el IRB Barcelona, publicado hoy 10 de junio en la revista Nature, amplía radicalmente esta visión y redefine el marco de la eucariogénesis.

A diferencia de los paleontólogos, quienes estudian el origen de los eucariotas no tienen grandes huesos fosilizados que desenterrar. A pesar de esto, aquel proceso, que ocurrió hace unos 2 000 millones de años entre organismos microscópicos, dejó sus huellas impresas en nuestros genomas actuales.

El equipo, liderado por el investigador Toni Gabaldón, ha abordado este reto como una auténtica obra de arqueología molecular. Valiéndose de la inmensa capacidad de cálculo del supercomputador MareNostrum, han reconstruido el repertorio genético de nuestro último ancestro común (conocido en biología como LECA, Last Eukaryotic Common Ancestor) y lo han comparado evolutivamente con decenas de miles de genomas de bacterias, arqueas y virus contemporáneos.

Nuevos invitados a la fiesta evolutiva

dibujo de bacterias en forma de espiral y de la primera célula
Una espiral evoca el complejo entorno microbiano donde pudo haberse originado el último ancestro común eucariota, confluyendo en el ADN del núcleo de los primeros eucariotas.
Laura Fraile, CC BY-SA

Tras más de cinco años de análisis y procesado de datos masivos, utilizando modelos matemáticos enormes, los investigadores han descubierto que el origen de la complejidad celular no fue un evento único y aislado, sino un proceso gradual, largo e inmensamente coral que se extendió durante millones de años. El trabajo no niega el papel central de la mitocondria, pero identifica la firma genética de otros grupos bacterianos que dejaron una huella vital en nuestro ancestro común.

La gran novedad es que estas aportaciones no parecen apuntar a la formación de un orgánulo concreto, sino a la adquisición de capacidades metabólicas y estructurales fundamentales. Entre ellas, destacan dos linajes bacterianos: las Myxococcota, relacionadas con funciones metabólicas esenciales y la organización de lípidos y membranas; y las Planctomycetota, unas bacterias célebres por poseer una inusual complejidad estructural y compartimentos internos propios.

Estas aportaciones, además, no se dieron a la vez. Los datos sugieren que las Planctomycetota dejaron una señal más antigua, mientras que las Myxococcota y la bacteria precursora de la mitocondria muestran huellas más próximas en el tiempo. Esto encaja con la idea de que los ancestros de nuestras células vivieron en densos tapetes microbianos: comunidades ecológicas complejas donde multitud de organismos convivían hacinados, intercambiando genes y capacidades biológicas a lo largo de millones de años.

Virus gigantes: los intermediarios inesperados

Si la incorporación de múltiples señales bacterianas resulta novedosa, el estudio revela un actor totalmente imprevisto que jamás fue considerado en los esquemas clásicos de la endosimbiosis: los virus gigantes (Nucleocytoviricota).

A diferencia de los virus corrientes, conocidos por su simplicidad extrema, estos colosos poseen genomas enormes e infectan a eucariotas unicelulares. El estudio de Nature muestra que algunos de los genes que nuestros ancestros incorporaron de manera temprana parecen proceder directamente de ellos.

Los autores proponen que estos virus gigantes pudieron actuar como vehículos o “taxis” de transferencia genética en aquellos ecosistemas ancestrales. Al infectar a distintos microorganismos que convivían en el mismo espacio, facilitaban el intercambio de material genético entre ellos, acelerando y moldeando de forma decisiva el genoma de la primera célula compleja.

Una quimera microscópica

Lejos de ser un camino recto, la evolución biológica es un intrincado laberinto de idas y venidas, marcado por la mezcla de linajes, la selección, la deriva, la contingencia histórica o procesos que van desde acumulación de mutaciones graduales hasta cambios saltacionales.

Al igual que ocurre con nuestra propia especie, nuestras células tampoco son el producto de una línea genealógica pura y perfectamente planificada. A menudo nos cuesta aceptar que la evolución no tiene un objetivo predeterminado, pero la vida, tal y como la conocemos, es el producto de procesos oportunistas donde el azar y las circunstancias juegan un papel fundamental.

Nuestras células son, en esencia, una extraordinaria quimera microscópica; el resultado de un crisol de alianzas ancestrales entre arqueas, diversas familias de bacterias e incluso el tráfico genético mediado por virus gigantes.

Este hallazgo demuestra cómo la ciencia contemporánea, armada con la genómica y la supercomputación, es capaz de transformar y superar hipótesis previamente propuestas.

Es un gran hito que nos ayuda a entender de dónde venimos y demuestra que el espíritu audaz y la intuición de Lynn Margulis siguen más vivos que nunca.

The Conversation

Marcial Escudero no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Virus gigantes, la pieza inesperada para explicar el origen de la vida compleja – https://theconversation.com/virus-gigantes-la-pieza-inesperada-para-explicar-el-origen-de-la-vida-compleja-284843

El rompecabezas numérico de la Sagrada Familia y el alma matemática del templo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sergi Muria Maldonado, Professor de Didàctica de les Matemàtiques, Universitat de Barcelona

Vista de las columnas del interior del templo, que finalmente se ramifican en múltiples brazos que imitan a los árboles de la naturaleza. David Herraez Calzada/Shutterstock

Este año, 2026, se cumple el centenario de la muerte de Antoni Gaudí, el arquitecto de la basílica de la Sagrada Familia. La belleza de este templo, ya de por sí extraordinaria, se vuelve aún más profunda cuando uno descubre los cálculos numéricos que se esconden tras sus formas.

Es como si la armonía visual del conjunto adquiriera una nueva dimensión al contemplar los principios matemáticos que sustentan su estructura, dotándola de funcionalidad, equilibrio y coherencia.

Sin duda, la persona que más a fondo ha estudiado las matemáticas de la Sagrada Familia ha sido Claudi Alsina i Català, quien cursó sus estudios iniciales en esta especialidad en la Universidad de Barcelona y supervisó la tesis doctoral del actual arquitecto director de las obras del templo, Jordi Faulí.

En sus memorias, Alsina afirma:

Todo el mundo se había preguntado si en el diseño del Templo de la Sagrada Família existía un módulo y un sistema de proporciones que guiara todas las relaciones métricas de la obra. (…) Un sábado por la tarde, sentado en mi escritorio en casa, con todos los datos y documentos sobre este misterioso sistema proporcional, si es que existía…, lo descubrí. El módulo de 7,5 metros y las relaciones entre los divisores de 12 (1:4, 1:3, 1:2, 3:4, 2:3, 1) parecían explicar muchas cosas.

El número 12, un elemento central

No es de extrañar que el número 12 desempeñe un papel destacado en la estructura del templo. Gaudí concibió la Sagrada Familia como una síntesis de arquitectura y simbolismo religioso, y el 12 es un número con una fuerte presencia bíblica: los 12 hijos de Jacob, las 12 tribus de Israel, los 12 apóstoles o la corona de 12 estrellas del Libro del Apocalipsis son solo algunos ejemplos.

Pero su interés no es solo simbólico. Desde un punto de vista matemático, el 12 es un número especialmente adecuado para establecer proporciones, ya que tiene muchos divisores. De hecho, son las relaciones entre estos divisores las que, según Alsina, explican gran parte del sistema proporcional de la basílica.

Con estos antecedentes simbólicos y matemáticos, el vínculo entre los elementos estructurales del templo y el número 12 no debería sorprender.

El módulo de 7,5 metros

Basándonos en las palabras de Alsina, les invitamos a realizar una breve visita con una perspectiva matemática de la Sagrada Familia.

Las dimensiones del templo están vinculadas al número 12 y al módulo de 7,5 metros. Su longitud es de 90 m (7,5 x 12), la anchura es de 60 metros (7,5 x 8) y la anchura de la nave principal es de 45 m (7,5 x 6).

En cuanto a las alturas, la bóveda más alta es la del ábside, con 75 m (7,5 × 10); seguida de la bóveda del crucero, con 60 m (7,5 × 8); 45 metros para la bóveda de la nave (7,5 × 6); 30 metros para la nave lateral (7,5 × 4) y 15 metros para el coro (7,5 × 2).

En armonía con la montaña de Montjuïc

La Torre de Jesús es la torre central y más alta del templo, con 172,5 m (7,5 x 23), en armonía con la altura del monte de Montjuïc. Está coronada por una cruz de cuatro brazos de 17 metros de altura y 13,5 metros de ancho. Alrededor de esta se encuentran las cuatro torres de los Evangelistas, que alcanzan una altura de 135 m (7,5 x 18).

Estrella de la Sagrada Familia coronando la Torre de María.
Estrella de la Sagrada Familia coronando la Torre de María.
Por Canaan., CC BY

La Torre de María, de 138 m, es la segunda más alta de la basílica. Está coronada por una estrella de 12 puntas, que descansa sobre tres brazos de soporte. Esta estrella tiene un diámetro de 7,5 m y está formada por un dodecaedro regular, en cada una de cuyas caras se alzan puntas pentagonales en forma de pirámide. Los reflejos de la luz del día y la iluminación nocturna interior confieren a esta estrella una belleza única.

Poliedros en las torres

Los poliedros también están muy presentes en las torres de la Sagrada Familia. Las cuatro torres de la fachada de la Gloria culminan en dodecaedros, las cuatro torres de la fachada de la Natividad culminan en octaedros irregulares truncados y las cuatro torres de la fachada de la Pasión culminan en cubos truncados.

En las 12 torres, un pináculo se eleva por encima de estos poliedros. Las dedicadas a los evangelistas culminan en icosaedros regulares que contienen focos que iluminan la gran cruz que preside la torre de Jesús. Justo encima de cada icosaedro hay una escultura con la representación simbólica del evangelista. Hay numerosos poliedros estrellados en el templo, especialmente en la fachada de la Natividad.

Torres de la fachada de la Natividad, coronadas por octaedros.
Yura Tarasovskyy/Shutterstock

¡No son columnas, es un bosque!

Por otro lado, los arcos catenarios están presentes en el templo como elementos estructurales principales, ya que son una forma muy eficaz de transmitir cargas al suelo sin necesidad de otros elementos de soporte. Se integran en el sistema de columnas inclinadas que sostienen las bóvedas de las naves interiores, en las propias bóvedas y techos, y en la Fachada de la Natividad.

En el interior de la Sagrada Familia se pueden encontrar cuatro tipos diferentes de columnas. Todas ellas se denominan columnas de torsión de doble hélice, tienen una base poligonal en forma de estrella redondeada y se generan por la intersección de dos columnas de Salomón opuestas. Por encima de cada una hay un nudo del que emergen diferentes ramas, similares a las de un árbol, que sostienen de manera muy eficiente las torres y el techo del templo.

Las claraboyas del techo son también hiperboloides de una sola lámina. Al estar formadas por líneas rectas su construcción es más fácil y optimiza la captación y proyección de la luz.

El simbolismo de dos números: 7 y 33

Otros números ocultos en el templo son profundamente simbólicos. Por ejemplo, el baldaquín sobre el altar mayor, que es un heptágono regular de 5 metros de diámetro, cuyos siete lados simbolizan los siete dones del Espíritu Santo.

En la Fachada de la Pasión hay un cuadrado numérico en el que todas las filas, columnas y diagonales suman 33, con evidentes connotaciones religiosas. Parece estar inspirado en el cuadrado mágico que aparece en el cuadro Melancolía, de Alberto Durero.

Montaje de _Melencolia I_, de Alberto Durero, donde se puede ver una cuadrícula numérica en la esquina superior derecha y del cuadrado mágico diseñado por el escultor Josep Maria Subirachs.
A la derecha, Melencolia I, de Alberto Durero, donde se puede ver una cuadrícula numérica en la esquina superior derecha. A la izquierda, el cuadrado mágico diseñado por el escultor Josep Maria Subirachs.
Wikimedia Commons/jordi domènech, CC BY-SA

La percepción de las matemáticas que hay detrás del Templo de la Sagrada Familia lo hace aún más bello e inspira una mayor admiración por el genio de Antoni Gaudí.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. El rompecabezas numérico de la Sagrada Familia y el alma matemática del templo – https://theconversation.com/el-rompecabezas-numerico-de-la-sagrada-familia-y-el-alma-matematica-del-templo-284845