¿Le preocupa que las personas con menos ingresos económicos no tengan las mismas oportunidades de educación y trabajo que las que tienen más recursos? Entonces le preocupa uno de los problemas sociales con mayor crecimiento de los últimos años: la desigualdad económica.
Las Naciones Unidas han incluido su reducción como una meta prioritaria dentro del Programa 2030 para el Desarrollo Sostenible. Una de las formas más efectivas de hacerlo a lo largo de la historia ha sido mediante medidas redistributivas, esto es, medidas que apoyan económicamente a las personas que tienen más dificultades económicas (por ejemplo, con subsidios) y medidas que buscan reducir la concentración de la riqueza (impuestos).
A pesar de promover la justicia social y de ser útiles para reducir la desigualdad, estas medidas no siempre cuentan con el apoyo de la ciudadanía. ¿Pero cuál es el motivo?
¿Qué nos dice la psicología social?
Desde la psicología social tenemos algunas respuestas a esta paradoja. Puede que nuestras percepciones y creencias personales sobre la desigualdad influyan en nuestras actitudes hacia la redistribución. Solemos subestimar el nivel de desigualdad económica, lo cual nos hace pensar que no es necesaria la redistribución. Pero si somos más consciente de la desigualdad que existe, es más probable que generemos actitudes más positivas hacia las políticas de redistribución.
Este razonamiento es útil, pero incompleto. Recibir información sobre la desigualdad existente no siempre motiva a las personas a apoyar la redistribución. Si creemos que la desigualdad está justificada –por ejemplo, que es el resultado del trabajo duro de unos y la pereza de otros (meritocracia)– o que unos grupos merecen más recursos que otros (dominancia), entonces es más probable que consideremos poco importante la desigualdad y, en consecuencia, no le prestemos atención a esta información.
El panorama hasta ahora parece desolador y con poco margen de cambio. No obstante, existen elementos que pueden persuadir y facilitar el razonamiento sobre la información recibida. Uno de estos elementos es la fuente de información, es decir, quién emite el mensaje. O mejor: son las características del emisor las que pueden hacer que un mensaje sea más o menos persuasivo.
Cuando hablamos de las características de la fuente o el emisor nos referimos a su credibilidad. Si una fuente se considera creíble, será más persuasiva. Imaginemos que estamos escuchando a una periodista hablar sobre desigualdad económica. Lo más probable es que juzguemos si la información es confiable en función de la credibilidad que le atribuimos. Por lo tanto, las características de la fuente de información, más allá del contenido implícito, serán fundamentales para que cambiemos la actitud hacia la redistribución.
No olvidemos que al ser la desigualdad económica un tema altamente politizado, nuestra ideología política puede condicionar la forma en la que procesamos la información sobre ella .Entonces ¿qué pasaría si a un grupo de personas con diferentes ideologías políticas les presentásemos una misma noticia sobre los actuales niveles de desigualdad en España, modificando únicamente la fuente de información?, ¿se podrían modificar sus actitudes hacia la redistribución en función de la credibilidad atribuida a la fuente y teniendo en cuenta su propia ideología?
Pues esto fue lo que estudiamos en el grupo de Psicología de los Problemas Sociales de la Universidad de Granada y encontramos que las personas aumentaron su apoyo a la redistribución cuando recibieron información de la desigualdad económica de una fuente que consideraron más confiable. Esto fue especialmente importante entre las personas que suelen justificar más la desigualdad.
Entonces, la información sobre la desigualdad es útil, pero necesitamos confiar en las fuentes que nos la proporcionan.
¿Cuál es la importancia de este hallazgo?
Primero, como consumidores de información, nos permite entender cómo nuestra forma de ver el mundo, marcada por nuestra ideología política, influye “sin darnos cuenta” en la credibilidad que le atribuimos a las fuentes de información e incide en nuestras actitudes hacia la redistribución.
Además, el mero hecho de recibir información sobre los niveles actuales de desigualdad económica no aumenta necesariamente el apoyo a la redistribución. En cambio, generar confianza hacia las fuentes de información es clave para que haya un cambio de actitud.
Construir confianza en los medios
A nivel práctico, este hallazgo nos puede ayudar a diseñar contenidos que animen a las personas a luchar contra la desigualdad. Así, cuando se informa sobre desigualdad económica, es importante tener en cuenta el público objetivo y cómo la fuente de información encaja con sus creencias, porque de esta manera podemos generar más confianza en la fuente y aumentar la eficacia de la información.
Andrea Velandia-Morales no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Imaginemos a un astronauta en el espacio. Flota, no siente peso: sus músculos están por lo tanto a salvo de daños relacionados con esa presión. Sin embargo, sin la resistencia del peso de la gravedad, sus músculos se atrofian y sus huesos pierden densidad a una velocidad alarmante. Para mantenerse fuerte, el cuerpo humano necesita la carga de la gravedad.
Ahora traslademos esta idea a la educación. Ante el aumento de la ansiedad y el empeoramiento de la salud mental, podemos caer en el error de convertir las aulas y los hogares en cápsulas de “gravedad cero”, eliminando “pesos” o dificultades para que el niño no sufra.
Si combinamos esto con los enfoques modernos sobre crianza y pedagogía, que se alejan de la disciplina o la autoridad impuesta, podemos llegar a una situación de excesiva protección. Una posible solución sería avanzar hacia una “resiliencia sensible” o creativa.
Para entender cómo aplicarla, veamos tres enfoques distintos de educar.
1. La educación de invernadero
Nuestro instinto de protección básico nos hace acompañar al niño como a un brote tierno. Y está bien: se debe proteger la fragilidad de lo íntimo y evitar toda violencia o abuso.
Pero si solo hacemos esto, nos convertimos en “educadores invernadero”: los menores están bien mientras todo sea perfecto y predecible. Pero en cuanto salen al mundo real y sopla un poco de viento (un suspenso, una crítica, un “no” de un amigo), se marchitan. Al quitarles el estrés, les hemos quitado el crecimiento.
Se enseña a los niños que la frustración no es una señal para detenerse, sino parte del proceso de aprendizaje. Se normaliza el esfuerzo “incómodo”.
Por ejemplo: un niño o una niña se apuntan a judo o piano. A las dos semanas, se aburren o les cuesta, y quieren dejarlo. Desde este planteamiento se les invita a resistir: “Entiendo que es difícil, pero es mejor no dejar las cosas a la mitad. Te comprometiste por un trimestre. Cuando acabe el trimestre, puedes dejarlo, pero hoy vas a ir y vas a intentar hacerlo lo mejor posible”. El niño aprende que puede sobrevivir al aburrimiento y a la dificultad.
Se cambia también la forma de elogiar. Nunca se elogia el talento innato (“Qué listo eres”), sino el proceso y la estrategia (“Qué bien te has esforzado”).
Al igual que el sistema inmunológico no mejora en un entorno sin gérmenes, sino expuesto a la intemperie, el estudiante necesita realidad. Cuando enfrenta un virus o un problema, no solo lo “aguanta”, sino que aprende y se fortalece: es la resiliencia creativa.
Los niños y adolescentes necesitan estas “vacunas afectivas”: pequeñas dosis de adversidad y reto. Si les evitamos este clima real, les robamos la oportunidad de crear sus propias defensas.
Tres claves prácticas: las fases de la luna
¿Cómo llevamos esto al aula sin pasarnos de duros ni de blandos? La clave no es buscar un “término medio”, sino saber alternar entre distintas intensidades, igual que la Luna cambia de fase, para fomentar esta resiliencia creativa.
Estas intensidades o “estados lunares” se pueden ir alternando según la edad y la materia, y también dependiendo de los factores genéticos, ambientales y actitudinales del menor.
Luna llena (seguridad radical): para que un niño se atreva a saltar al vacío, primero necesita saber que hay una red debajo. En esta fase, el educador debe estar totalmente presente y ser radicalmente protector. En la escuela, lo fundamental de esta fase es que cada estudiante se sienta aceptado incondicionalmente, por quien es y no por lo que hace.
Hace falta establecer normas claras y reciprocidad empática. El acoso, la burla o la falta de respeto no se negocian. El estudiante siente que nadie se va a reír si falla, que está a salvo. Si no hay seguridad psicológica, el cerebro se bloquea y no puede aprender. Aunque nos podemos ayudar de pantallas en momentos puntuales, predomina la lectura en papel y la escritura a mano. Los momentos de “baja tecnología” calman la mente y dan estabilidad para concentrarse.
Fase de cuarto creciente (el entrenamiento): corregimos la técnica, animamos y exigimos esfuerzo, pero nunca levantamos la pesa en su lugar. Es el momento de introducir la adversidad: pequeños contratiempos a propósito. Por ejemplo, cambiar alguna norma: “Tenéis diez minutos menos para el examen”, o “En lugar de usar dos caras del papel, tenéis que terminar en una sola cara”.
No es para fastidiar, sino entrenar la adaptación. Validamos su queja (“Sé que molesta”), pero exigimos la solución (“¿Cómo lo arreglamos?”). Podemos sustituir algunos exámenes tipo test por defensas orales, para que el estudiante salga a la pizarra y defienda su trabajo ante las preguntas de los compañeros. El estrés de hablar en público, una vez superado, genera un orgullo real que sube la autoestima más que cualquier nota.
Fase de Luna Nueva (saber desaparecer): Cuando un estudiante levante la mano (“Profe, no lo entiendo”, “Profe, no me sale”), no acudimos inmediatamente a rescatarlo. La norma podría ser: “Antes de llamarme, tienes que intentarlo tres minutos más tú solo”. Así eliminamos la dependencia y obligamos a su cerebro a buscar sus propios recursos.
También es el momento de introducir tareas con consecuencias reales cuya evaluación dependa del éxito externo: escribir un carta a una empresa y conseguir que les regalen algo. Organizar un mercadillo solidario. Observar las consecuencias reales de su trabajo ayuda a madurar y contextualizar el aprendizaje.
Oscilar como la luna
Educar no es envolver a los niños en plástico de burbujas; es darles la confianza necesaria para que superen sus propias batallas.
No buscamos crear un entorno perfecto para que parezca que crecen, sino prepararles para crecer en el mundo real, con todas sus imperfecciones. No se trata de buscar un equilibrio estático, sino dinámico. La resiliencia creativa supone saber oscilar como la luna: a veces protegemos y a veces exponemos, para que aprendan a brillar con luz propia.
Luis Manuel Martínez Domínguez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Imagine una comida con su grupo de amistades más cercano. De la carta, los hombres tenderán a pedir platos más contundentes, carnes rojas, hamburguesas… Las mujeres, por lo general, optarán por ensalada, pescado, opciones “más ligeras”. ¿Y a la hora del postre? ¿Cuántos hombres eligen tomarse ellos solos un delicioso postre? Sin embargo, es muy habitual que las mujeres propongan compartir postre o incluso se abstengan de tomarlo.
¿Coincidencia? No. Son expectativas sociales que hemos interiorizado tan profundamente que las confundimos con preferencias personales.
Esta influencia no se ejerce de forma consciente. De hecho, si preguntáramos directamente, la mayoría negaríamos que el género influye en nuestras elecciones alimentarias. Los estereotipos de género actúan como un filtro que moldea nuestras elecciones y percepciones en diversos ámbitos de la vida, incluida la comida. Estas expectativas culturales sobre los roles de género influyen en cómo vemos y seleccionamos los alimentos, asociando ciertos tipos de alimentos e incluso la cantidad de ingesta de los mismos con la masculinidad o la feminidad.
La comida es identidad
El acto de comer va más allá de la función nutritiva. La comida es identidad. Es un lenguaje con el que comunicamos quiénes somos, o quiénes creemos que debemos ser, según nuestro género. Y ese lenguaje se adquiere desde la infancia, y se va reforzando con las influencias sociales y culturales que regulan nuestros hábitos alimentarios.
¿Pero hasta qué punto estos estereotipos siguen vigentes? ¿Son iguales en todas las culturas? ¿Están cambiando con las nuevas generaciones?
Estas preguntas llevaron a nuestro equipo de investigación de la Universitat Politècnica de València a diseñar un estudio multicultural entre España y Ecuador. El objetivo era saber si realmente siguen existiendo asociaciones entre la comida y el género.
A menudo, las personas no pueden o no quieren revelar las razones subyacentes de sus elecciones de productos. Por lo tanto, si preguntáramos directamente “¿cree que hay alimentos de hombres y alimentos de mujeres?”, la mayoría respondería con un “no” o con frases como “No quiero ser sexista, pero…”. Las personas suelen dar respuestas que consideran socialmente aceptables, ocultando, incluso a sí mismas, sus verdaderos sesgos.
Los participantes de nuestro estudio realizaron un ejercicio muy simple para mitigar estos sesgos. Observando fotografías de diferentes platos, desde una ensalada hasta un plato de embutidos, pasando por salmón, carne con verduras, tarta de chocolate o un bol de frutas, debían “personificarlos”. Se les planteaba: si ese alimento fuera una persona, ¿sería masculino o femenino? ¿De qué edad? ¿Qué estilo de vida llevaría?
Esta técnica permite que afloren creencias y sentimientos inconscientes. Al hablar de una persona imaginaria en lugar de referirse a uno mismo, se pueden expresar asociaciones que, de otro modo, habrían sido censuradas.
Carne para ellos, ensalada para ellas: un patrón universal
De este modo encontramos que alimentos como frutas, ensaladas y dulces se asociaron con el género femenino. Por el contrario, las carnes y los embutidos se siguen relacionando con el género masculino.
No son asociaciones sutiles. Un simple plato de embutido fue identificado como “masculino” por la mayoría de los participantes, tanto en España como en Ecuador. ¿La razón? La carne sigue siendo vista como símbolo de fuerza, energía y virilidad. Las verduras, en cambio, se asocian con el cuidado y la salud, atributos tradicionalmente vinculados a la feminidad.
Aunque el patrón general era similar en España y Ecuador, en este último los estereotipos de género relacionados con la comida se manifestaron con mucha mayor fuerza. Todo era blanco o negro: comida masculina o femenina. En España, en cambio, aunque las asociaciones carne-masculino y verduras/frutas-femenino seguían presentes, había mayor flexibilidad.
¿Qué nos dice esto? Que estos estereotipos no son innatos ni universales. Son culturales, maleables y están cambiando, aunque a velocidades muy diferentes según dónde miremos.
¿Por qué seguimos comiendo según nuestro género?
Desde la infancia, se sigue transmitiendo que ciertos alimentos asumen ciertos roles. Los niños que comen mucho son “fuertes” y las niñas que comen porciones pequeñas son “delicadas”. Estos mensajes, además, se recalcan constantemente en la publicidad. Los anuncios de carne muestran hombres haciendo barbacoas, y reuniones con amigos. Los yogures, las ensaladas y los productos más “ligeros” se publicitan casi exclusivamente con y para mujeres preocupadas por su figura. Estos anuncios siguen reforzando los estereotipos de género.
Un estudio reciente muestra que los hombres que siguen dietas veganas o vegetarianas son percibidos como menos masculinos debido al estereotipo social que asocia la carne y su consumo con la masculinidad. Esto tiene impacto en las relaciones sociales y la percepción de identidad de quienes eligen dietas basadas en vegetales .
Además, existe un juicio social, que condiciona nuestras elecciones. Cuando comemos con otros comensales, creemos que nos están evaluando (por ejemplo, en parejas) y tendemos a elegir alimentos socialmente asociados con su género. Un hombre que pide una ensalada en una comida de trabajo puede ser calificado de “más femenino”. Una mujer que pide un chuletón grande puede ser calificada de “más masculina”. Afortunadamente, no siempre sucede, pero la posibilidad de ese juicio social está ahí y puede condicionar nuestras elecciones.
La importancia de ser conscientes de lo que comemos
Los estereotipos de género culturalmente construidos condicionan qué comemos y cuánto comemos, pero sobre todo, nuestra salud. Los hombres que evitan los alimentos saludables porque los perciben como “poco masculinos”, así como las mujeres que restringen sus porciones o evitan ciertos alimentos para no ser juzgadas, limitan la libertad de elección y pueden alejarse de dietas más equilibradas y saludables.
Los estereotipos de género pueden estar asociados a conductas alimentarias de riesgo. En concreto, las normas culturales asociadas a la feminidad (enfoque en delgadez y control del peso) pueden actuar como factores de riesgo para trastornos de la conducta alimentaria en adolescentes y jóvenes, especialmente en mujeres.
La próxima vez que usted se siente a comer, observe qué pide y qué piden quienes le rodean. Observe si hay patrones. Observe si, en algún momento, se censura: “mejor pido esto en lugar de aquello”. Y pregúntese: ¿esto lo elegí yo, o lo eligió por mí una expectativa sobre cómo debe comer alguien de mi género?
Purificación García Segovia recibe fondos de la Generalitat Valenciana para la realización del estudio de investigación cuyos resultados se mencionan en parte en el artículo.
Maria del Carmen Molina Montero recibe fondos de la Universitat Politècnica de València para su contrato predoctoral.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Daniel Nisa Cáceres, Profesor Titular de Filología Inglesa, Departamento de Filología y Traducción, Universidad Pablo de Olavide
Dice el refranero que “Más sabe el diablo por viejo que por diablo” y “Cuanto más vieja, más pelleja”, en alusión a que la edad no siempre trae virtud, sino a veces más astucia o picardía.
Portada de la autobiografía de Margaret Atwood, Libro de mis vidas. Penguin Libros
La tendencia de agrupar a las sociedades en grupos estereotipados enfrentados entre sí es muy cuestionada por los estudios feministas, culturales y decoloniales. En concreto, se critican los llamados binarismos jerárquicos, tales como hombre/mujer, cultura/naturaleza o mente/cuerpo.
Ahora, jóvenes y viejos son la yesca para encender otra hoguera polarizada más. Hay quien la define como guerra, antipatía o brecha intergeneracional entre los mayores (silent generation y boomers) y los jóvenes (millennials o generación Z). Pero culpar a unos, por ejemplo, de la falta de viviendas y tachar a otros de indolencia es, cuando menos, una simplificación.
Atwood frente al edadismo
Si alguien posee pericia imaginativa para arrojar luz sobre estos y otros problemas actuales, esa es Margaret Atwood. En sus ensayos recientes sobre feminismo, cultura contemporánea y el cambio climático, también aborda la discriminación por cuestión de edad. En Cuestiones candentes (2022) reflexiona sobre cómo la sociedad invisibiliza a las personas mayores. En particular a las mujeres, al usar una doble vara de medir en lo que respecta al físico o su valía laboral. Además, critica la expectativa cultural de que la edad limite la relevancia intelectual, la autoridad o la presencia pública.
En paralelo, su ficción dialoga directamente con estas ideas. Baste el ejemplo de cómo la narradora entrada en años de El asesino ciego (2000) hace frente a los prejuicios sociales que minimizan o tergiversan su experiencia vivida. Y cómo en Los testamentos (2019), la secuela de El cuento de la criada (1985), se otorga a una ya anciana tía Lydia un papel central de poder, agencia y subversión del orden misógino y totalitario de la República de Gilead.
Quemar a una generación
Mención aparte merece el relato “A la hoguera con los carcamales” (Nueve cuentos malvados, 2014). En él, una organización internacional llamada “Nuestro turno” se dedica a quemar residencias de la tercera edad con sus ocupantes dentro. Los jóvenes les culpan, sin hacer distinciones, de las desigualdades y la crisis climática que han heredado.
A Wilma, la protagonista, apenas le queda visión y padece el síndrome de Charles Bonnet: ve liliputienses bailando allá donde va. Para colmo, cientos de activistas desaforados asedian su residencia –llamada con sorna “Ambrosia Manor”, como el alimento que da inmortalidad y brío divino a los dioses griegos–. En un desenlace propio de un capítulo final de temporada de The Walking Dead, Wilma y su añoso noviete Tobias logran huir del edificio antes de que lo consuman las llamas.
Vista la deriva distópica del mundo actual y la capacidad de Atwood para anticipar acontecimientos, quizás debiéramos preocuparnos. Por supuesto se trata de una sátira grotesca pero, como ella apunta, la historia no está exenta de coloridos precedentes. Los necropolíticos deciden, por acción u omisión, quién vive y quién muere en sus estados. Y lo personal es político, como Atwood no se ha cansado de repetir desde que publicara su poemario Juegos de poder (1973). La ética, como la envidia, puede ser sana o no. Considerar a los ancianos como prescindibles en momentos de crisis obviamente no lo es (como por desgracia ocurrió durante la pandemia).
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Tampoco es ético sacar provecho de preocupaciones legítimas sobre el acceso a la vivienda, el empleo, las pensiones, la educación y una atención sanitaria digna para enfrentar a grupos sociales. La realidad acaso supera a la ficción, pero esta nos ayuda a entender ‘la fricción’. Y no es solo un juego de palabras. Tanto la injusticia social como los prejuicios entre generaciones pueden ir a más.
Desde la última vuelta del camino: Atwood y el arte de no dejarse engañar
Ahí es donde Atwood desentumece nuestros sentidos, apela a nuestra inteligencia y desarma estos discursos de confrontación. Sobre todo porque desoír o quitar hierro a la sabiduría de la edad es osado.
Elizabeth Moss y Cherry Jones interpretan a June y a su madre en la serie basada en El cuento de la criada. Hulu
En efecto, en sus ensayos, entrevistas y obras de ficción la vejez ocupa un espacio de lucidez crítica y resistencia. Desde aquí, Atwood examina las tensiones que acompañan el paso del tiempo. Observar y escuchar no implica credulidad ni sumisión. Y fiel a su habitual elocuencia e ingenio, nos deja una perla para que tomemos nota: “Soy toda oídos, pero a mí no me timan”.
Daniel Nisa Cáceres no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Miriam Garrigós, Profesora de Anatomía e Investigadora del Dpto. de Ciencias Biomédicas, Universidad CEU Cardenal Herrera
El entrenamiento de fuerza ha demostrado su potencial para reducir la carga global de las migrañas y mejorar las tareas de la vida cotidiana de las personas afectadas.Roman Samborskyi/Shutterstock
Las migrañas, que afectan a millones de personas en todo el mundo, siguen siendo una de las causas más frecuentes de discapacidad. Aunque suelen tratarse con fármacos, cada vez hay más evidencias de que el ejercicio ayuda a reducir la frecuencia e intensidad de los episodios. Pero ¿por qué puede aliviar el dolor? ¿Y qué tipo de actividad funciona mejor? Esto es lo que dice la ciencia.
Ejercicio aeróbico: un recurso eficaz y bien estudiado
Actividades como correr, nadar o montar en bicicleta se han relacionado desde hace años con mejoras en las migrañas. Por ejemplo, una revisión científica indica que el ejercicio aeróbico regular puede reducir tanto el número de ataques como su intensidad, con efectos comparables a algunos tratamientos farmacológicos de uso común.
Este beneficio parece deberse a una combinación de varios mecanismos: efectos positivos en el sistema cardiovascular, regulación de la inflamación, liberación de endorfinas (neurotransmisor vinculado a la disminución del dolor y la sensación de bienestar) y reducción del estrés. Además, el ejercicio aeróbico mejora el sueño y el estado de ánimo, dos factores que influyen directamente en la aparición de migrañas.
Otro aspecto importante es la accesibilidad: se trata de actividades fáciles de adaptar a cualquier nivel de condición física. Caminar a buen ritmo o nadar puede ofrecer beneficios similares a los de entrenamientos más intensos si se practica con regularidad.
El potencial del entrenamiento de fuerza
Aunque ha sido menos investigado, el entrenamiento de fuerza ha comenzado a mostrar resultados incluso más prometedores que los del ejercicio aeróbico en algunos estudios. Levantar pesas o realizar ejercicios de resistencia puede reducir la carga global de las migrañas y mejorar las tareas de la vida cotidiana de los pacientes.
Este tipo de entrenamiento podría actuar sobre factores musculares que influyen en el dolor de cabeza, como la tensión cervical, la debilidad postural o los desequilibrios musculares que facilitan la aparición de crisis. También se han sugerido efectos sobre la regulación del estrés y la capacidad del cuerpo para responder a estímulos dolorosos.
Además, la fuerza muscular se relaciona con una mejor salud en general, una mayor capacidad para realizar actividades diarias y una reducción del riesgo de lesiones, lo que puede favorecer que las personas mantengan una rutina estable sin miedo a empeorar sus síntomas.
Más allá del dolor: beneficios psicológicos y funcionales
La migraña no solo implica dolor. Muchos pacientes conviven con ansiedad, depresión, fatiga y problemas de sueño que pueden intensificar las crisis y deteriorar la calidad de vida. En este contexto, el ejercicio se convierte en una herramienta especialmente valiosa.
La evidencia muestra que la actividad física regular reduce los síntomas de ansiedad y depresión, mejora el estado de ánimo y favorece el bienestar emocional. Estos efectos son clave porque las emociones y el estrés aparecen como desencadenantes comunes de las migrañas.
Otra ventaja es la reducción en el uso de medicación. En algunos estudios, los participantes que incorporaron ejercicio regular necesitaban menos fármacos para controlar sus síntomas, lo que también disminuye el riesgo de cefaleas por abuso de medicamentos.
Lo que aún falta por saber
A pesar del creciente consenso sobre los beneficios del ejercicio, todavía hay cuestiones abiertas. Una de las más relevantes es qué tipo de ejercicio resulta más eficaz: ¿es mejor el aeróbico para algunas personas y el entrenamiento de fuerza para otras? ¿Existe una combinación ideal?
También falta evidencia comparativa de calidad que analice directamente ambos enfoques bajo las mismas condiciones. Además, la mayoría de las investigaciones se han realizado en adultos jóvenes y de mediana edad, por lo que aún sabemos muy poco sobre los efectos del ejercicio en niños, adolescentes y personas mayores.
Cómo empezar de forma segura y mantener la regularidad
Los expertos coinciden en que la clave está en la progresión. Algunas personas con migraña pueden experimentar un empeoramiento de los síntomas si comienzan con ejercicios intensos o si entrenan en momentos de estrés o fatiga extrema. Por ello, se recomienda:
Aumentar la actividad poco a poco.
Priorizar la constancia sobre la intensidad.
Evitar ejercicio exigente durante un ataque.
Escoger actividades agradables, sostenibles en el tiempo y adaptadas al nivel inicial.
Mantener buena hidratación y evitar ambientes muy calurosos.
Estas pautas ayudan a reducir el riesgo de desencadenar migrañas y facilitan que el ejercicio se convierta en un hábito.
Un aliado a menudo subestimado
En definitiva, el ejercicio –ya sea aeróbico, de fuerza o una combinación de ambos– se perfila como una herramienta eficaz, segura y de fácil acceso para manejar las migrañas. Reduce la frecuencia e intensidad de los ataques, mejora el bienestar emocional y disminuye la dependencia de la medicación.
Aunque todavía necesitamos estudios más amplios y comparativos, la evidencia actual es clara: moverse puede marcar una diferencia real en la vida de quienes conviven con esta condición.
Miriam Garrigós no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Dra. Sabina Lachowicz-Wisniewska, Investigadora Postdoctoral Marie Sklodowska Curie, Tecnología de Alimentos y Nutrición, IMDEA
Detrás del color, el sabor y el aroma de alimentos como el vino tinto, el café, el aceite de oliva, el chocolate negro y los frutos rojos hay una familia de compuestos de origen natural llamados polifenoles.
Más allá del atractivo sensorial que poseen, desempeñan múltiples funciones en nuestra salud. Por un lado, neutralizan los radicales libres, moléculas de nuestro cuerpo que en exceso pueden causar daño celular, reduciendo así el estrés oxidativo. Además, calman la inflamación crónica y ayudan a mantener una microbiota intestinal equilibrada, lo que a su vez mejora las funciones inmunológicas, metabólicas y cognitivas. Debido a esta amplia variedad de beneficios, los polifenoles están siendo objeto de estudio como componentes dietéticos clave para prevenir las enfermedades crónicas y favorecer un envejecimiento saludable.
Pero hay un obstáculo: una proporción considerable de estos compuestos llega al colon en formas que el intestino delgado no puede absorber y, una vez allí, sufren una transformación microbiana que les hace perder su efecto beneficioso.
Por lo tanto, la mera presencia de polifenoles en la dieta no garantiza, por sí sola, una utilización biológica eficaz. De ahí que el principal desafío no sea tanto aumentar la cantidad que consumimos, sino modular cuán eficazmente nuestro cuerpo puede absorberlos y utilizarlos una vez ingeridos.
Muchos polifenoles son químicamente inestables. Eso implica que se degradan durante el procesado y el almacenamiento de los alimentos cuando están expuestos a factores externos como oxígeno, calor, luz o cambios de pH, entre otros.
Una vez ingeridos, sufren nuevas transformaciones a medida que avanzan por el sistema digestivo. Por ejemplo, las antocianinas, responsables de los colores rojos, azules y morados en muchas frutas y verduras, y que son estables y de coloración intensa en entornos ácidos, se convierten en tonos más pagados cuanto más elevado el pH del intestino.
A este proceso le siguen otros metabólicos, como los de glucuronidación, sulfatación y metilación, así como la degradación microbiana en ácidos fenólicos y aldehídos de bajo peso molecular. Todos estos cambios los transforman químicamente, facilitando su eliminación y reduciendo su actividad original.
Para colmo, las interacciones con otros componentes de los alimentos, incluidos proteínas, fibra dietética y lípidos, junto con la influencia de las sales biliares y las enzimas digestivas, pueden disminuir aún más su actividad.
Todo ello explica la necesidad de sistemas protectores y de liberación controlada que limiten la degradación, prolonguen la exposición y dirijan la acción de los polifenoles al lugar adecuado dentro del tracto gastrointestinal.
Mejorar el paso de los polifenoles a través del cuerpo
Una posibilidad es usar sistemas de encapsulación alimentaria basados en biopolímeros que, a modo de “vehículos protectores”, encapsulan compuestos sensibles para evitar que se degraden antes de que el cuerpo pueda absorberlos.
En particular, las películas multicapa layer-by-layer (LbL), compuestas de polisacáridos y proteínas, permiten
mejorar la resistencia de los polifenoles a la degradación ambiental (por ejemplo, pH, temperatura, luz, etc.) y prolongar la retención gastrointestinal.
La ingeniería de este pionero sistema de encapsulación mejora aún más la retención y la bioactividad durante la digestión, mostrando una alta eficiencia de encapsulación, conservación de la actividad antioxidante y mayor resistencia mecánica y térmica. De este modo es posible controlar cómo y cuándo se liberan los polifenoles, de momento en el laboratorio.
La idea de esa iniciativa, que forma parte del proyecto Marie Skłodowska-Curie BIOCOMAT, es crear sistemas de liberación de estos polifenoles que se encuentran naturalmente en chocolate o en vino, de la misma forma de tomar un suplemento de vitamina C sin comer una naranja, o hierro sin comer hígado, y recibir los mismos beneficios.
El siguiente desafío en este proceso es diseñar materiales inteligentes que sepan dónde y cuándo liberar su carga. El fin es garantizar que los polifenoles permanezcan protegidos del calor, el procesado y la digestión, y se liberen únicamente cuando lleguen a la parte adecuada del intestino.
La diferencia entre un suplemento convencional y lo que está diseñando nuestro equipo es que, mediante los materiales y las técnicas empleadas, se puede controlar cómo esos sistemas de entrega se degradan en el cuerpo y el tiempo que tardan en hacerlo. Así, en lugar de liberar los polifenoles antes de pasar por el punto del cuerpo donde no serían absorbidos correctamente se liberan en donde pueden tener un mayor efecto.
Para lograrlo, será necesario ajustar con precisión la velocidad de liberación en condiciones que imiten el sistema digestivo humano, empleando al mismo tiempo el modelado computacional (las simulaciones y los modelos predictivos) y el diseño experimental.
Paralelamente, los avances en la automatización de procesos, desde la dosificación hasta el recubrimiento y las mediciones en tiempo real, garantizarán que la tecnología pueda escalarse de manera eficiente.
El desafiante objetivo de nuestro laboratorio es, en última instancia, desarrollar un producto de fácil consumo y que cumpla realmente lo que promete: proporcionar los beneficios saludables de los polifenoles en el momento y el lugar más importantes.
Dra. Sabina Lachowicz-Wisniewska recibe fondos de la Union Europea under Grant Agreement 101151044 del proyecto BIOCOMAT. Views and opinions expressed are, however, those of the author(s) only and do not necessarily reflect those of the European Union. Neither the European Union nor the granting authority can be held responsible for them.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Arantxa Serrano Cañadas, Contratada investigadora predoctoral en área de Derecho Financiero y Tributario – Economía circular, Universidad de Castilla-La Mancha
El anteproyecto de Ley de Consumo Sostenible, aprobado el pasado mes de julio por el Consejo de Ministros, supone el intento más ambicioso de los últimos años para reorientar el modelo de consumo en España hacia mayores estándares de durabilidad, transparencia e impacto ambiental reducido.
Se trata de una norma transversal que transpone las directivas de la Unión Europea (UE) 2024/825 y 2024/1799, centradas respectivamente en combatir las prácticas verdes engañosas y en promover el derecho a reparar. Su aprobación podría modificar de forma sustancial el modo en que los consumidores eligen productos, cómo los diseñan las empresas y cuáles son los incentivos económicos asociados a reparar en lugar de sustituir.
La norma, que entrará en vigor entre julio y septiembre de 2026, interviene sobre dos pilares del ordenamiento: la Ley de Competencia Desleal y el texto refundido de la Ley General para la Defensa de los Consumidores y Usuarios. Aunque este método de “injerto normativo” ha sido criticado por generar dispersión y falta de sistematicidad, constituye la vía que ha escogido el legislador para dar cumplimiento a las obligaciones europeas.
Más información, menos greenwashing
Una de las áreas con mayor impacto es la regulación de las alegaciones medioambientales. El anteproyecto incorpora la categoría de “ecoimpostura”, entendida como el uso de declaraciones ambientales vagas, no verificables o directamente engañosas. Esta figura deriva de la Directiva (UE) 2024/825, que busca evitar que el término “sostenible” se utilice como reclamo sin respaldo técnico.
En consecuencia, la publicidad que atribuya a un bien características verdes deberá basarse en certificaciones verificables, trazabilidad y criterios objetivos. La norma también prohíbe los distintivos ambientales poco transparentes y somete a especial escrutinio las menciones globales como “cero emisiones”, que pueden ocultar compensaciones externas o metodologías de cálculo discutibles.
Además, la ley resucita una prohibición clásica: la “publicidad del miedo”. Será ilícito promover servicios, especialmente en seguridad, mediante mensajes que exploten ansiedad o riesgo sin aportar datos verificables. Se trata de una respuesta a prácticas que combinan emocionalidad y opacidad, y que condicionan decisiones de compra alejadas de la racionalidad económica.
Derecho a reparar: de la retórica a la obligación jurídica
El núcleo del texto se encuentra en el derecho a reparar. La Directiva (UE) 2024/1799 obliga a redefinir las relaciones entre consumidores, vendedores y fabricantes. Los fabricantes deberán reparar determinados bienes (por ejemplo: grandes electrodomésticos de uso doméstico y teléfonos móviles) más allá del período de garantía legal cuando estos productos cuenten con normas europeas que establezcan sus requisitos de reparabilidad.
Esta obligación se ve reforzada por tres instrumentos:
Formulario europeo de información sobre la reparación: documento estandarizado que detalla precio, plazos y condiciones, y que permitirá comparar ofertas en un mercado que hasta ahora sufría una asimetría informativa estructural. Su uso garantiza el cumplimiento de los deberes de información precontractual por parte del reparador.
Plataforma europea en línea de reparaciones: España contará con una sección nacional que incluirá reparadores, vendedores de bienes reacondicionados y entidades que participen en iniciativas comunitarias de reparación. Esta plataforma introduce competencia en un mercado históricamente atomizado, facilitando el acceso a reparadores y reduciendo costes de búsqueda.
Sistema de financiación parcial de reparaciones: mecanismo novedoso en el derecho español por el que fabricantes, importadores o distribuidores cofinancian reparaciones una vez agotada la garantía legal. Su diseño es decreciente en el tiempo y solo se activará cuando no exista garantía comercial o esta sea más corta que el periodo previsto por la ley.
Este sistema pretende corregir el sesgo económico que empuja al reemplazo: cuando reparar es tan caro como comprar un bien nuevo, la decisión racional del consumidor se orienta hacia el reemplazo. El mecanismo busca invertir esa lógica.
Transparencia en precios y durabilidad
El anteproyecto aborda también la reduflación –la reducción de cantidades manteniendo precio– mediante nuevas exigencias informativas. Aunque la reduflación no es ilícita per se, sí puede resultar engañosa si el consumidor no percibe la reducción efectiva del contenido. La norma obliga a informar de forma clara y visible cuando se produzca este cambio, reforzando la comparabilidad de precios unitarios.
Asimismo, se introduce la “garantía comercial de durabilidad”, que permitirá señalar, mediante una etiqueta armonizada, si el producto cuenta con un compromiso de durabilidad superior al mínimo legal y sin coste adicional. Esta etiqueta aspira a crear un incentivo reputacional para los fabricantes de productos robustos y reparables, y a generar una señal fiable para el consumidor en un mercado saturado de información.
Las obligaciones derivadas del anteproyecto pueden generar costes de adaptación relevantes para empresas, particularmente pymes del sector tecnológico y electrodoméstico. La disponibilidad de piezas de repuesto, la documentación técnica y la obligación posgarantía exigen reorganizar cadenas de suministro y, en algunos casos, rediseñar productos. Sin embargo, estos efectos deben analizarse a la luz de beneficios sistémicos: reducción de residuos, impulso a la economía circular y creación de negocios locales de reparación.
Para los consumidores, la norma incrementa la tutela jurídica y reduce incertidumbre: alargar la vida útil de bienes, ofrecer información fiable y evitar prácticas comerciales engañosas refuerza el comportamiento racional y disminuye costes a largo plazo.
Aplicable solo a algunos productos
Del análisis conjunto del anteproyecto y la doctrina se desprende un aspecto poco discutido: el riesgo de generar una asimetría regulatoria de reparabilidad. El derecho a reparar se aplicará solo a determinados productos designados por la Unión Europea. Esto puede incentivar a algunos fabricantes a desplazar su catálogo hacia productos no incluidos en la lista de reparabilidad para evitar obligaciones de reparación posgarantía.
Este efecto, aunque indirecto, es relevante y exige que el legislador monitorice la evolución del mercado para evitar distorsiones competitivas y garantizar que la transición ecológica no quede limitada por el perímetro de la regulación europea. La propia doctrina advierte de la necesidad de una ley autónoma de consumo sostenible que permita integrar coherentemente estas obligaciones y evitar vacíos sistémicos.
Arantxa Serrano Cañadas recibe fondos de un contrato predoctoral de investigación cofinanciado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, así como por la Unión Europea.
Gemma Patón García recibe fondos para proyectos de investigación del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades (MICIU). Miembro del Consejo Asesor de Economía Circular del Ministerio de Transición Ecológica y Reto Demográfico (MITERD). Miembro de la Asociación para el Progreso y Sostenibilidad de las Sociedades (ASYPS).
Hugo Chávez con el presidente cubano Raúl Castro y Nicolás Maduro, entonces ministro de Relaciones Exteriores, en abril de 2009.Harold Escalona/Shutterstock
El fenómeno político conocido como chavismo constituye uno de los procesos de reconfiguración estatal más profundos y controvertidos de la historia contemporánea de América Latina.
Definido como un movimiento cívico-militar de orientación socialista y bolivariana, ha gobernado Venezuela de forma ininterrumpida desde febrero de 1999. El chavismo logró trascender la figura de su fundador, Hugo Chávez, para convertirse en una estructura de poder hegemónica.
Su trayectoria se divide en etapas marcadas por el colapso del orden tradicional, la refundación institucional y una fase terminal de resistencia que ha desembocado en la crisis sistémica de enero de 2026.
Génesis y colapso del orden puntofijista
Para comprender el ascenso del chavismo es imperativo analizar el agotamiento del Pacto de Puntofijo, el acuerdo de gobernabilidad firmado entre los partidos Acción Democrática (socialdemócrata) y COPEI (demócratacristiano) en 1958, tras la caída de la dictadura militar del general Marcos Pérez Jiménez.
Con este pacto, se estableció un sistema bipartidista que durante años garantizó la estabilidad pero que acabó siendo un modelo excluyente. A finales de los años 80, la caída de los precios del petróleo y una deuda externa insostenible forzaron al presidente Carlos Andrés Pérez (socialdemócrata), nada más comenzar su segundo mandato, a implementar el Gran Viraje, un programa de ajustes supervisado por el FMI.
Este paquete económico fue la causa primordial de que, el 27 de febrero de 1989, se produjese el Caracazo, un estallido social masivo en la capital del país y sus zonas aledañas, que fue reprimido brutalmente por el ejército. Aunque el saldo oficial fue de 276 muertos, estimaciones extraoficiales hablan de más de 3 000.
Saqueos y disturbios en Caracas en febrero de 1989 tras las medidas impuestas por el gobierno venezolano a instancias del FMI. Jose Angel Murillo V/Shutterstock
Este suceso actuó como un catalizador ético para un grupo de oficiales jóvenes, que sentían que el ejército era usado injustamente contra el pueblo. En este entorno, la logia militar MBR-200, fundada en 1982 bajo el Samán de Güere (un árbol histórico y tricentenario), aceleró sus planes de derrocamiento. La base ideológica del movimiento se llamó el árbol de las tres raíces. Así lo explicaba el propio Chávez en una entrevista concedida en 2005:
“Consiste en la raíz bolivariana (su planteamiento de igualdad y libertad, y su visión geopolítica de integración de América Latina); la raíz zamorana (por Ezequiel Zamora, el general del pueblo soberano y de la unidad cívico-militar) y la raíz robinsoniana (por Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar, el Robinson, el sabio de la educación popular, la libertad y la igualdad). Este ’árbol de las tres raíces’ dio sustancia ideológica a nuestro movimiento…”.
La insurgencia de 1992 y el camino al poder
El 4 de febrero de 1992, el teniente coronel Hugo Chávez lideró un intento de golpe de Estado contra el presidente Pérez. Aunque fracasó militarmente, su asunción pública de la responsabilidad y su frase “por ahora” lo catapultaron como un mito político y una esperanza de cambio. Tras dos años en prisión, el presidente Rafael Caldera ordenó en 1994 el sobreseimiento de la causa contra él como parte de una política de pacificación del país.
Declaraciones de Chávez tras el fracaso de la intentona de golpe del 2 de febrero de 1992. Fuente: CENDES Venezuela.
Chávez abandonó la vía armada y fundó el Movimiento V República (MVR) para participar en las elecciones de 1998. Con una campaña centrada en la erradicación de la corrupción y la pobreza –que afectaba al 85 % de los hogares– ganó la presidencia el 6 de diciembre de 1998 con el 56,2 % de los votos. Su primer acto en el Gobierno fue convocar una Asamblea Nacional Constituyente, aprobada en 1999 por el 88 % de los votantes, para refundar el Estado bajo una nueva Constitución, que renombró al país como República Bolivariana de Venezuela.
Del chavismo carismático al régimen de supervivencia
La muerte de Chávez, en 2013, marcó un punto de inflexión. Nicolás Maduro heredó el poder sin el carisma ni la legitimidad de su antecesor. A partir de entonces, el chavismo dejó de ser un proyecto ideológico expansivo y se transformó en un régimen de supervivencia, cada vez más dependiente de la coerción y del control institucional.
El quiebre definitivo ocurrió en 2015, cuando la oposición, cohesionada bajo lo que se conoció como la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), ganó la mayoría calificada (dos tercios) del Parlamento. La respuesta del gobierno fue desconocer el resultado electoral, vaciar de competencias al Parlamento y crear estructuras paralelas de poder con la elección amañada de una nueva Asamblea Constituyente, consolidando un autoritarismo cerrado que eliminó la competencia política real.
Desde entonces, las elecciones sin garantías, la persecución judicial, la represión sistemática y el uso del aparato estatal contra la disidencia se convirtieron en prácticas habituales.
Pese a ello, el 28 de julio de 2024, el régimen madurista recibió la estocada política final al perder de manera abrumadora, pese a a todo el ventajismo electoral, la elección presidencial contra Edmundo González Urrutia –el candidato apoyado por María Corina Machado, a quien no se le permitió competir–, que logró obtener el doble de votos que el oficialismo.
Los balances y contrapesos del poder chavista
Hoy, el chavismo no funciona como un partido político convencional sino como una coalición de intereses. El Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) actúa principalmente como maquinaria de movilización y control social.
El poder real se sostiene en el equilibrio entre cuatro pilares fundamentales:
La cúpula político civil, encabezada por Nicolás Maduro y, a partir los eventos del sábado 3 de enero de 2026, por quien era su vicepresidenta, Delcy Rodríguez, que administra el Estado y gestiona las relaciones internacionales, junto a su hermano, Jorge Rodriguez, quien controla el Parlamento y el sistema electoral.
La Fuerza Armada, convertida en actor político y económico, con control directo sobre sectores estratégicos y empresas públicas, y liderada desde hace más de 10 años por el general Vladimir Padrino López.
Redes opacas, vinculadas al petróleo, el oro, el contrabando y otras economías ilícitas, que financian la lealtad dentro del gobierno.
Este entramado le ha permitido sostenerse pese al colapso económico y a la pérdida casi total de legitimidad interna.
El tablero geopolítico en enero de 2026
El régimen chavista se insertó, desde muy temprano, en una geopolítica de antagonismo con los Estados Unidos y otras naciones democráticas. Cuba ha sido el aliado estructural más importante desde la llegada al poder de Chávez, quien consideraba a Fidel Castro su mentor, con especial apoyo en materia de inteligencia, control sociopolítico y diseño represivo.
A ello se suman las alianzas con Rusia, China e Irán, cada una con intereses estratégicos distintos: respaldo diplomático y militar, financiamiento e infraestructura, o cooperación tecnológica y de seguridad. Venezuela se ha convertido así en una pieza funcional dentro de una geopolítica de confrontación con Occidente.
Tras la muerte de Chávez, Maduro heredó un país en declive económico. Pese a que pocos le daban más de unos meses en el poder, no vio culminada su trayectoria política sino 11 años después, y de manera drástica el pasado 3 de enero con la operación militar estadounidense “Resolución Absoluta”.
Quiénes detentan el poder político en Venezuela
El ataque de la madrugada del 3 de enero resultó en la captura de Maduro y su esposa, Cilia Flores, quienes ahora enfrentan cargos por narcoterrorismo en Nueva York. Este evento ha reconfigurado (y continuará reconfigurando) el reparto del poder en Venezuela. Hoy por hoy lo conforman:
Delcy Rodríguez: designada presidenta interina por el Tribunal Supremo de Justicia tras la captura de Maduro y juramentada luego por su hermano en la Asamblea Nacional. Es hija de Jorge Antonio Rodríguez, que fue guerrilero y mártir de la izquierda, cuya muerte en manos de los servicios de inteligencia en 1976 marcó su ADN político. Al no figurar en las listas de recompensas de la DEA, se ha convertido en la interlocutora pragmática aceptada por Washington para gestionar una transición controlada.
Jorge Rodríguez: hermano de Delcy y presidente de la Asamblea Nacional. Es considerado el cerebro estratégico del régimen desde tiempos de Maduro, y controla el engranaje legislativo necesario para mantener la cohesión interna frente a las facciones radicales y los grupos paramilitares.
Donald Trump: con la incursión del 3 de enero, el mandatario estadounidense ha relanzado la doctrina Monroe. Ahora exige el control de los recursos energéticos venezolanos y condiciona al gobierno interino de Rodriguez a que rompa totalmente sus relaciones con China, Rusia, Irán y Cuba.
Vladimir Padrino López: como ministro de Defensa ha garantizado hasta ahora la lealtad de los militares. Su reconocimiento a Delcy Rodríguez ha evitado un colapso interno de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) tras la intervención externam.
Diosdado Cabello: ministro del Interior y Justicia, controla los aparatos policiales y de inteligencia. Representa el ala más radical; su subordinación a Rodríguez se considera incierta pero crítica para evitar un conflicto abierto en las filas del chavismo.
María Corina Machado y Edmundo González Urrutia: quienes constituyen el eje del liderazgo político de la oposición democrática y del gobierno electo en 2024. Son los actores que cuentan con la mayor legitimidad política y los llamados a gobernar una transición, en caso de que esta se concrete.
Y hoy, ¿qué es el chavismo?
El chavismo llega a 2026 en un estado de mutación forzada, intentando sobrevivir como una estructura administrativa bajo la sombra de una nueva hegemonía hemisférica que ha demostrado su disposición a imponerse por el uso de la fuerza.
Hace mucho que el chavismo dejó de ser una revolución o un movimiento popular expansivo para convertirse en un régimen autoritario pragmático, orientado a la preservación del poder mediante el control interno, la fragmentación social, el clientelismo político y económico, así como alianzas internacionales de conveniencia con otros regímenes autoritarios.
Comprender esta trayectoria –de promesa de redención social a sistema cerrado de poder– es clave para entender por qué el caso venezolano no es solo un evento local sino un problema político global. Con una estrategia relativamente exitosa, no ha sido posible derrotar el chavismo domésticamente pese a la amplia mayoría política que se le opone. Si las democracias no aprendemos a lidiar con fenómenos como el chavismo-madurismo venezolano continuaremos viendo cómo se repite este mismo patrón en otros gobiernos con vocación autoritaria.
Benigno Alarcón no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Que a nadie extrañe la vuelta estadounidense a una nueva versión de la doctrina Monroe, a la manera de Trump, puesta en evidencia hace justo una semana con la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores.
La doctrina Monroe ha sido la base teórica de una política internacional con sus vecinos de continente caracterizada por el expansionismo, el intervencionismo y el imperialismo, una política que ha permitido a Estados Unidos expandir sus intereses económicos en América Latina (en Centroamérica, la fruta; en Panamá, la construcción del Canal; en Venezuela, el petróleo) y que ahora busca extenderse hacia los gélidos territorios groenlandeses.
La doctrina Monroe nació dos siglos atrás, en 1823, en el fragor de las luchas independentistas de los países americanos. La frase del presidente Monroe “América para los americanos” era, de origen, idealista, y planteaba la necesidad de que el destino de las jóvenes repúblicas americanas quedase fuera de cualquier injerencia europea.
La doctrina Monroe fue un manifiesto de emancipación geopolítica: la participación europea en los procesos independentistas hispanoamericanos implicaba para Estados Unidos un ataque a su propia seguridad. Para el nuevo país, la posibilidad de que surgiesen monarquías en América implicaba un riesgo de desestabilización. Por eso, para los estadounidenses, la libertad americana tenía que ser republicana.
Años después, en 1898, esta doctrina servirá al presidente William McKinley para reivindicar el derecho natural de Estados Unidos para obrar y disponer en los países latinoamericanos y del Caribe.
El primer gran ensayo de la propuesta de McKinley fue la guerra de independencia cubana, en 1898. En 1903, Estados Unidos apoyó que Panamá se separase de Colombia, tras el triunfo de los conservadores en la Guerra de los Mil Días, lo que favorecería los intereses de EE. UU. para la construcción del Canal de Panamá (1904-1914).
Luego, a lo largo del siglo XX, y bajo la excusa de sofocar movimientos insurgentes o evitar la instauración del comunismo en la región, vendría la presencia de tropas estadounidenses en República Dominicana, Haití, Nicaragua, Guatemala y la infructuosa incursión en la cubana Bahía de Cochinos (1961), en un intento de derrocar el régimen castrista.
En el Cono Sur participó veladamente, a través de operaciones de la CIA, en la instauración de dictaduras militares en Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay, aunque luego se sumarían Brasil, Ecuador y Perú.
El siglo XX cierra con la invasión de la isla caribeña de Granada (1983) por el auge del marxismo, y la de Panamá (1989) para derrocar al dictador y antiguo aliado Manuel Noriega, acusado de narcotráfico.
Lo que el 1 de septiembre de 205 empezó como una gran operación de lucha contra el narcotráfico en aguas del Caribe, acabó, el 3 de enero de 2026, con la captura y traslado a Nueva York de Maduro y su mujer para ser juzgados por narcoterrorismo. Esta vuelta sin ambages a la doctrina Monroe queda claramente reflejada en en el documento sobre la estrategia de seguridad nacional presentada ante el Congreso de los Estados Unidos en diciembre de 2025.
La incursión estadounidense en territorio venezolano dibuja una estrella de cinco puntas, cinco vertientes geopolíticas que ganan importancia en 2026:
El poder presidencial estadounidense busca expandirse y volverse imperial.
Surge la doctrina Donroe: América para los estadounidenses.
El objetivo, más que controlar ideologías, es dominar los recursos.
Consecuencias geopolíticas: ¿cómo cambia el panorama en otras regiones? Pensemos en los casos China-Taiwán o Rusia-Ucrania.
El peso y la importancia de los valores democráticos, el Estado de derecho o el libre comercio se desvanecen ante el resurgir del imperialismo estadounidense.
Esto no acaba aquí. El presidente Trump ha dejado claro su interés en ganar el control sobre otros territorios geoestratégicos: “Necesitamos a Groenlandia por motivos de seguridad nacional”. Y las alarmas han saltado en Europa.
“Cuba va a ser algo de lo que acabaremos hablando”, afirmó el presidente Donald Trump pocas horas después de la operación del 3 de enero de 2026 para capturar al presidente venezolano. El secretario de Estado, Marco Rubio, se hizo eco de la advertencia de Trump: “Si viviera en La Habana y estuviera en el Gobierno, estaría preocupado”.
Como historiador de Estados Unidos y Cuba, creo que las relaciones de Washington con La Habana han entrado en una nueva fase bajo la administración Trump. Atrás quedaron el “deshielo cubano” de Barack Obama y las sanciones menos restrictivas de Joe Biden. En su lugar, la administración Trump aparentemente ha adoptado una política de cambio de régimen mediante la máxima presión.
Si esta administración se sale con la suya, 2026 será el último año del régimen comunista en Cuba, y pretende lograrlo sin la intervención de las fuerzas armadas estadounidenses.
“No creo que necesitemos (tomar) ninguna medida”, dijo Trump el 4 de enero. Y añadió: “Cuba parece estar lista para caer”.
El amigo con derecho a roce de Cuba
Puede que Trump tenga razón. La captura de Maduro ha supuesto la pérdida efectiva del aliado más cercano de Cuba. El predecesor y mentor de Maduro, Hugo Chávez, era un admirador declarado del líder revolucionario cubano Fidel Castro.
Maduro sucedió a Chávez como presidente en 2013 y continuó con el apoyo del país a Cuba. En 2022, un miembro de la oposición venezolana afirmó que Caracas contribuyó con 60 000 millones de dólares estadounidenses a la economía cubana entre 2002 y 2022.
La generosidad de Maduro resultó insostenible. A principios de la década de 2010, Venezuela entró en una grave crisis provocada por la mala gestión económica, una dependencia excesiva del petróleo y las sanciones de Estados Unidos.
Cubanos hacen cola para comprar comida durante un corte de electricidad en La Habana el 3 de diciembre de 2025. Yamil Lage/AFP via Getty Images
Desde que tomó el poder Maduro, la administración estadounidense ha esbozado políticas que parecen destinadas a aumentar la presión económica sobre Cuba y provocar un cambio de régimen. Por ejemplo, Estados Unidos ha dejado claro que ya no permitirá que Venezuela suministre petróleo a Cuba.
Al parecer, el Gobierno espera que, sin petróleo, el Gobierno cubano simplemente se derrumbe. O tal vez Trump espera que los cubanos, tan frustrados como están, derroquen a sus amos comunistas sin la ayuda de Estados Unidos.
Un régimen sin apoyo popular
En cualquier caso, el razonamiento de la administración tiene un posible fallo: los comunistas cubanos han sobrevivido a crisis como estas durante más de 60 años. Sin embargo, hay pruebas de que, a medida que la economía cubana se deteriora, también lo hace el apoyo al régimen.
Desde 2020, más de un millón de cubanos han abandonado el país, principalmente hacia Estados Unidos y países de habla hispana. Un colega cubano con acceso a investigaciones del Gobierno me dijo recientemente que la cifra se acerca más a los dos millones.
Y los que se quedaron tampoco están más satisfechos.
Cuba protesta en las calles
En una encuesta de opinión pública de 2024, una abrumadora mayoría de cubanos expresó su profunda insatisfacción con el Partido Comunista Cubano y el liderazgo del presidente Miguel Díaz-Canel.
Los cubanos también han llevado sus quejas a las calles. En julio de 2021, estallaron protestas en toda Cuba, exigiendo más libertad y un mejor nivel de vida. El Gobierno encarceló rápidamente a los manifestantes y los condenó a largas penas de prisión.
No obstante, las protestas esporádicas han continuado, a menudo de forma rápida y sin previo aviso, provocando una dura represión. En particular, el movimiento San Isidro, formado en 2018 para protestar contra las restricciones a la expresión artística, cuenta con un fuerte apoyo entre los jóvenes cubanos.
Cambio de actitud hacia Estados Unidos
A medida que los cubanos se han ido volviendo en contra de su Gobierno, se han vuelto más receptivos a Estados Unidos.
Durante mi primera visita en 1996, los cubanos culpaban al embargo estadounidense, en vigor desde principios de la década de 1960, de las privaciones que sufrían durante el “período especial”. Sin embargo, en la última década, he oído a los cubanos –al menos a los menores de 50 años– expresar más ira hacia su Gobierno que hacia el embargo estadounidense.
Parte de este cambio se debe a la extraordinaria emigración de cubanos: todos los cubanos que conozco tienen un familiar o un amigo en Estados Unidos. Internet también ha ayudado: ahora los cubanos pueden leer noticias extranjeras en sus teléfonos.
¿Liberadores bienvenidos?
Desde la captura de Maduro, he enviado mensajes a amigos en Cuba para evaluar el estado de ánimo. Todos menos uno de los seis amigos cubanos con los que logré contactar me dijeron que estaban receptivos a la intervención de Estados Unidos en Cuba, siempre y cuando eliminara el régimen que les hace la vida imposible.
Un amigo dijo: “Si los yanquis aparecieran hoy, la mayoría de nosotros probablemente los recibiríamos como libertadores”.
Es cierto que mi muestra es pequeña. Pero estas reacciones, procedentes de cubanos relativamente privilegiados que trabajan tanto en el sector privado como en el público, no pueden ser buenas noticias para lo que queda del régimen de Castro.
Joseph J. Gonzalez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.