Secadores de manos o toallitas desechables: ¿quién gana la batalla contra los microbios en los baños públicos?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Raúl Rivas González, Catedrático de Microbiología. Miembro de la Sociedad Española de Microbiología., Universidad de Salamanca

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Un adulto promedio orina más de 2 000 veces al año y la mayoría de las personas sanas van al baño entre 8 y 10 veces al día. Justo después, si siguen las recomendaciones de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC), deberían lavarse las manos. No hay que olvidar que un solo gramo de heces humanas –aproximadamente el peso de un clip– puede contener un billón de gérmenes.

Mientras que los microorganismos residentes de las manos forman parte de la microbiota cutánea habitual y desempeñan un papel protector en la salud, los transitorios se adquieren mediante actividades cotidianas, como el uso de los sanitarios o la manipulación de alimentos crudos. Aunque muchos de estos colonizadores temporales son inocuos, otros poseen un potencial patógeno capaz de propagar enfermedades.

Mantener las manos limpias es una de las mejores maneras de eliminar microorganismos nocivos, evitar enfermedades y prevenir la propagación de patógenos a otras personas. Las cifras indican que el correcto lavado de manos reduce la cantidad de personas que contraen diarrea entre un 23 % y un 40 %; disminuye las enfermedades respiratorias, como los resfriados, en la población general entre un 16 % y un 21 % y evita el absentismo escolar por enfermedades gastrointestinales entre un 29 % y un 57 %.

Pero ojo, porque para mantener las manos limpias no basta con un lavado de manos eficaz: también hay que secarlas. Al fin y al cabo, las manos húmedas tienen mayor probabilidad de transmitir microorganismos que las completamente secas.

¿Aire caliente, aire rápido o toallas de papel?

Los baños públicos disponen de diversas alternativas para el secado de manos, principalmente toallas de tela o papel y dispositivos eléctricos. Las toallas de tela y de papel secan las manos absorbiendo agua, mientras que los secadores eléctricos retiran la humedad de las manos con chorros de aire. Para ello recurren a un flujo de aire caliente (secadores de aire caliente) que evapora el agua o un flujo potente de aire a alta velocidad (secadores de aire a chorro) que la elimina.

Pues bien, aunque varios estudios han demostrado que el uso apropiado de toallas de papel o secadores de aire a chorro disminuye la cantidad de bacterias en las manos lavadas, se ha sugerido que los secadores de aire a chorro, debido a su método de eliminación de agua, pueden crear pequeños aerosoles que dispersan microorganismos en el aire del baño. De hecho, el proceso de secado de manos puede generar tanto los citados aerosoles –es decir, pequeñas partículas sólidas o líquidas suspendidas en el aire– como gotas “balísticas”, más grandes.

Los secadores de aire a chorro suelen generar más gotas balísticas que las toallas de papel. No obstante, debido a su mayor tamaño, estas se depositan rápidamente en el suelo o las paredes alrededor del dispositivo, lo que supone un riesgo relativamente bajo de transmisión de infecciones.

En términos de dispersión de microorganismos en el aire interior, la literatura es inconsistente. Varios estudios han demostrado concentraciones comparables de bacterias en el aire para secadores de aire a chorro y toallas de papel. Sin embargo, otros trabajos han identificado una mayor dispersión de bacterias y de virus en el aire al usar secadores eléctricos.

La industria ha respondido implementando filtros HEPA –del inglés High Efficiency Particulate Air, filtro de partículas de alta eficiencia– en los aparatos. Estos filtros están diseñados para atrapar al menos el 99,97 % de las partículas suspendidas en el aire con un diámetro igual o superior a 0,3 micras. Esto incluye polvo, polen, esporas de hongos y bacterias. En los secadores de manos equipados con filtro HEPA, normalmente modelos de alta gama, el aire entra en la unidad y pasa a través del filtro antes de llegar a las manos, lo que mitiga significativamente el riesgo de contaminación. Sin embargo, los filtros pierden eficacia con el tiempo y la carga de trabajo, por lo que es necesario realizar un mantenimiento correcto.

Si bien varias investigaciones han encontrado cierta relación entre los secadores de manos y la propagación de gérmenes a través de gotitas y aerosoles, la extensión y el alcance de la contaminación siguen sin estar claros y son necesarios más datos para inferir una conclusión correcta.

The Conversation

Raúl Rivas González no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Secadores de manos o toallitas desechables: ¿quién gana la batalla contra los microbios en los baños públicos? – https://theconversation.com/secadores-de-manos-o-toallitas-desechables-quien-gana-la-batalla-contra-los-microbios-en-los-banos-publicos-273128

¿Un mercado laboral diseñado para la obsolescencia?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ángel José Olaz Capitán, Profesor Titular de Sociología, Métodos y Técnicas de Investigación Social, Universidad de Murcia

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La sociedad occidental y sus hábitos de consumo invitan a practicar, casi de forma compulsiva, el comprar-usar-tirar. El ritmo es tan vertiginoso que reparar o sustituir un producto se convierte en algo complejo. ¿Las razones?: es difícil localizar la pieza averiada, el coste de reparación (coste de oportunidad) es mayor que si se compra uno nuevo, faltan personas cualificadas para hacer el trabajo y puede, incluso, que ya no se fabrique el componente necesario.

Acortar la vida útil

El concepto de lo desechable o eliminable está asociado a su reposición y, sin duda, guarda relación con la vida útil del producto. Cuando ya han cumplido su ciclo de vida, las cosas dejan de servir. Entonces, deben reponerse en su integridad por otras que cumplan las mismas funciones. Generalmente versiones mejoradas pero que aportan nuevas utilidades (no especialmente necesarias) y que, en su mayoría, se venden como una necesidad real. Recuerden lo que sucede con los móviles, los ordenadores, los televisores, los coches, etc.

Hace poco más de 100 años, el 23 de diciembre de 1924, nueve representantes de los principales fabricantes de bombillas acordaron estandarizar la duración de sus productos para que no existiera una sola bombilla que durara más de 1 000 horas. Así nació la obsolescencia programada. La idea era acortar su vida útil para poder vender más lámparas incandescentes. Hay una que se salvó y todavía puede verse encendida en el parque de bomberos de Livermore (California, EE. UU.).

¿Trabajadores obsolescentes?

A principios del siglo XX surgieron nuevos modelos productivos. Con el taylorismo y su organización científica del trabajo se estableció el control de los tiempos de realización de las tareas, y se dividieron y especializaron al máximo las funciones de los trabajadores para una mayor eficiencia.

En esa misma época, el fabricante de automóviles estadounidense Henry Ford cambiaría el diseño del trabajo al introducir en sus fábricas las cadenas de montaje para mejorar la productividad.

A medida en que la automatización del mercado laboral ha ido cosificando a las personas ha ido reduciendo su vida útil a un tiempo cada vez menor. En Europa, este periodo representa, en el mejor de los casos, [37,2 años].

¿Hasta qué punto los trabajadores pueden estar siendo sometidos a un proceso de obsolescencia programada?

Menos experiencia, mejor formación

Cumplir años genera efectos también en el mercado de trabajo. Aunque posible, es improbable ver a personas mayores de 55 años trabajando de dependientes en una franquicia de comida rápida o en una tienda de las grandes marcas globales de moda.

Las jubilaciones (sobre todo las anticipadas) marcan el fin de la vida laboral, la llegada de la obsolescencia laboral, y motivan la contratación de profesionales de nueva generación: trabajadores versión 2.0 con menos experiencia pero con una mejor formación, más adaptados a las innovaciones. A menudo, este reemplazo está peor pagado en aras de la reducción de costes y la mejora de la productividad.

Ganancia por trabajador (media anual, en euros)
FUENTE: INE, Jóvenes y mercado de trabajo (2025, T1).

Desde una perspectiva quizás más subjetiva, en determinados oficios de cara al público también puede observarse una cierta obsolescencia en el empleo juvenil: hostelería, tiendas de ropa low cost o de cosmética, gimnasios, entre otros.

Recambios laborales

La triada comprar-usar-tirar genera tensiones en el mercado de trabajo. Cuando se cosifica a las personas pueden acabar convertidas en excedentes y ser gestionadas como tales hasta quedar obsoletas al final de su ciclo de vida laboral. Hay serios indicios.

Un ejemplo: los contratos realizados a personas mayores de 55 años no alcanzan el 17 % del total. Además, este colectivo es el que más personas desempleadas tiene, con cifras cercanas al 60 %.


Fuente: INE, Informe del mercado de trabajo de las personas mayores de 45 años (2025).

Queda preguntarse si habrá empleo para todos y por siempre tal y como está concebido el sistema. Lógicamente, esto comporta que solo los individuos competencialmente mejor formados se afiancen, asegurando la mejor rentabilidad en los procesos de trabajo, mientras que quienes no lo estén quedarán más expuestos a los vaivenes del mercado de trabajo.

The Conversation

Ángel José Olaz Capitán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Un mercado laboral diseñado para la obsolescencia? – https://theconversation.com/un-mercado-laboral-disenado-para-la-obsolescencia-263838

Redes sociales reales frente a las virtuales: cómo la participación protege el bienestar juvenil

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mª Pilar Rodrigo Moriche, Prof. Ayudante Doctor del departamento de Pedagogía – Directora Escuela UAM de Animación, Universidad Autónoma de Madrid

Dos estudiantes de arte participan en un evento de The Conversation con el Parque de las Ciencias de Granada sobre bienestar digital. Elena Sanz.

Las redes sociales virtuales han cambiado la forma en que las personas nos relacionamos y participamos en causas sociales: facilitan, por un lado, el acceso y la comunicación, pero por otro acaban frecuentemente llevando al cansancio emocional, al exceso de exposición y a la sensación de soledad. Así lo cuenta Marina, una joven activista que participó en nuestra investigación: “Son un arma de doble filo: muy útiles para algunas cosas pero también te quitan mucho tiempo y energía”.

En nuestro proyecto de investigación HEBE, centrado en el empoderamiento y la participación social, exploramos cómo las personas jóvenes encuentran sentido, crean vínculos y se sienten bien en espacios fuera de internet. Los resultados indican que participar en la comunidad en persona y de forma voluntaria no solo fortalece su bienestar, sino que también los protege. Por ejemplo, Marina hace años que participa en una entidad cultural y social de su municipio. Junto a otros jóvenes organizan actividades de ocio, en defensa del territorio o en respuesta a emergencias sociales.

Individualismo y desafección colectiva

Los jóvenes que participan en asociaciones, grupos culturales, deportivos o de ocio educativo desarrollan un fuerte sentido de pertenencia. Este sentimiento surge en la interacción cara a cara y en la acción compartida. Además, actúa como factor de protección frente al malestar psicológico.




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Otros estudios confirman la diferencia entre la participación real y la que se realiza en línea: las plataformas de internet facilitan las interacciones sociales, pero que estas interacciones sean realmente valiosas depende de cómo sean de significativas, cuánto nos importen y con quiénes las mantengamos.

“Estar en el grupo me ayuda a desconectar del ruido de las redes”, nos han dicho algunos de los jóvenes que han participado en nuestro estudio. “Aquí puedo ser yo sin filtros” o “Me siento útil” son observaciones frecuentes, que muestran cómo los espacios de interacción física, cara a cara, no solo sirven para socializar, también ayudan a organizarse y afrontar retos personales y colectivos.

Aprendizajes fuera de internet

La investigación también muestra que estos espacios de participación permiten desarrollar capacidades muy valiosas para la vida. Entre ellas encontramos el saber comunicarse, controlar emociones, resolver conflictos, pensar de forma crítica y organizarse. Son aprendizajes esenciales para vivir mejor y para que la sociedad funcione. Por ejemplo, ayudan a identificar y expresar sentimientos y motivaciones, reflexionar y cuestionar prejuicios y estereotipos; o bien a desarrollar capacidad de agencia individual o colectiva, es decir, la convicción de poder efectuar cambios en sus contextos.




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Adquirir estas habilidades hace que los jóvenes se sientan empoderados, porque ellos y ellas son quienes deciden y actúan sobre lo que afecta a sus propias vidas. Y también, participan en decisiones y colaboran de forma responsable en lo que afecta al grupo del que forman parte.

Ciberactivismo frente a participación real

Las redes sociales han creado nuevas formas de activismo juvenil. Son rápidas, visibles y llegan a todo el mundo, pero también son inestables.

El ciberactivismo usa las redes para organizarse y difundir ideas. Esto plantea debates interesantes entre los jóvenes, que observan cómo participar en espacios comunitarios ofrece una dimensión más profunda y sostenida del compromiso social. No se trata de recibir me gusta, sino de crear vínculos. No de viralidad, sino de transformación.

Los jóvenes que hemos entrevistado consideran que el activismo digital es un complemento al activismo tradicional, no un sustituto. Marina lo pregunta claramente: “¿Entonces compartes una publicación y ya no te organizas ni te movilizas?”.

El proyecto HEBE muestra que muchos jóvenes combinan ambas formas. Sin embargo, valoran más las que les permiten “poner el cuerpo”, “sentirse parte” y “ver el impacto directo” de sus acciones.

Aunque hoy cuesta imaginar la participación sin internet, ellos y ellas se preguntan si estas prácticas son efectivas. Especialmente cuando no se conectan con acciones reales en el mundo físico.

Ocio educativo y bienestar

Hoy existe una gran preocupación por la salud mental juvenil. Por eso, es importante mirar más allá de las pantallas.

Fomentar el voluntariado –como colaborar en actividades solidarias–, el ocio educativo –vivir experiencias de ocio que enseñan, como un taller de teatro–, la educación en el tiempo libre –aprovechar ese espacio para formarse, por ejemplo, en un curso de monitor de tiempo libre– y la participación comunitaria —implicarse en proyectos comunitarios— no solo es una estrategia educativa, sino que también mejora el bienestar personal y colectivo.

Un ejemplo es la Escuela UAM de Animación, que ofrece formación en ocio y tiempo libre. La escuela crea un escenario donde descubren las oportunidades del campus y las redes que les conectan con la comunidad desde este ámbito. A través de acciones de formación, dinamización y participación se visibilizan posibilidades y se activa la implicación de los jóvenes en proyectos de la comunidad universitaria. De este modo, no solo se adquieren competencias, sino que también conectamos y nos transformamos.

Los estudios muestran que cuando participan, estos chicos y chicas se sienten mejor y más conectados. No obstante, cabe recordar que no debemos aspirar a que la participación “surja” siempre de manera espontánea de los jóvenes: el entorno familiar y personal, así como el contexto social, político e institucional, influyen y pueden favorecerlo u obstaculizarlo.

Las políticas públicas, los profesionales de juventud y las comunidades tienen la capacidad de abrir espacios y valorar estas prácticas. Deben facilitar que todos los jóvenes que lo deseen puedan acceder a estos espacios y oportunidades, con la garantía de condiciones equitativas y sin barreras.

Porque participar no es solo opinar o compartir una publicación digital. Es construir, convivir, transformar. Y también, cuidar(se).

The Conversation

Mª Pilar Rodrigo Moriche recibe fondos del Proyecto HEBE (Proyecto Ref.: PID2023-147368OB-I0 financiado por MICIU/AEI /10.13039/501100011033 y por FEDER, UE.)

Lara Morcillo Sanchez recibe fondos del Proyecto HEBE (Proyecto Ref.: PID2023-147368OB-I0 financiado por MICIU/AEI /10.13039/501100011033 y por FEDER, UE.)

ref. Redes sociales reales frente a las virtuales: cómo la participación protege el bienestar juvenil – https://theconversation.com/redes-sociales-reales-frente-a-las-virtuales-como-la-participacion-protege-el-bienestar-juvenil-269566

Trump’s annexation of Greenland seemed imminent. Now it’s on much shakier ground.

Source: The Conversation – Global Perspectives – By Eric Van Rythoven, Instructor in Political Science, Carleton University

Looking at headlines around the world, it seemed like United States President Donald Trump’s annexation of Greenland was imminent. Buoyed by the success of his military operation to oust Venezuelan President Nicolás Maduro, Trump has ratcheted up his rhetoric and is now threatening tariffs on any nation that opposes him.

Adding insult to injury, he’s openly mocked European leaders by posting their private messages and sharing an AI-generated image of himself raising the American flag over Greenland.

But behind these headlines a different story is emerging.

Trump’s military threats have toxic polling numbers with the American public. His Republican allies have openly threatened to revolt. European countries are rapidly sending reinforcements, raising the costs of any invasion. And Europeans are starting to think about what economic retaliation might look like.

Far from being inevitable, Trump’s Greenland gambit appears to be on increasingly shaky ground.

No good options

Trump has three options to take control of Greenland: diplomacy, money and military force. The latest diplomatic talks collapsed as Greenland and Denmark’s foreign ministers left the White House in “fundamental disagreement” over the future of the territory.

Simply buying the territory is a non-starter. Greenlanders have already said the territory is not for sale, and U.S. Congress is unwilling to foot the bill. That’s left military force, the worst possible option.

It’s difficult to convey in words just how stunningly unpopular this option is with Americans. A recent Ipsos poll found that just four per cent of Americans believe using military force to take Greenland is a good idea.

To put that in perspective, here are some policies that are more popular:

If your official foreign policy is less popular than pardoning drug traffickers, then your foreign policy might be in trouble.

Sensing this unpopularity, Trump has already begun to walk back his military threats. Using his platform at Davos, he claimed “I don’t have to use force. I don’t want to use force. I won’t use force.”

It is too early to tell whether Trump’s claims are sincere. Not long after claiming to be the “president of peace,” he was invading Venezuela and bombing Iran.

The broader point is that if diplomacy has failed, money is a non-starter, and now military action is ostensibly being taken off the table, then Trump has no good options.

The danger of defections

Trump’s political coalition, in fact, is increasingly fragile and in danger of defections. The Republican House majority has shrunk to a razor-thin margin, and Republicans are already signalling a loud break with Trump over Greenland.

Nebraska congressman Don Bacon recently told USA Today: “There’s so many Republicans mad about this … If he went through with the threats, I think it would be the end of his presidency.”

The situation in the Senate looks even worse. Multiple Republican senators have pledged to oppose any annexation, with Thom Tillis and Lisa Murkowski visiting Copenhagen to reassure the Danish government. With enough defections, Congress could sharply curtail Trump’s plans and force a humiliating climb-down.

There’s yet another danger of defection. Senior military officers can resign, retire or object to the legality of orders to attack America’s NATO allies. Just last year, Adm. Alvin Holsey, the leader of U.S. Southern Command, abruptly retired less than year into what is typically a multi-year posting.

Holsey’s departure came amid reports that he was questioning the legality of U.S. boat strikes in the Caribbean. Americans still have a high level of confidence in the military, so when senior officers suddenly leave, it can set off alarm bells.

Creating a tripwire

In recent days, Denmark and its European allies have rushed to send military reinforcements to Greenland. These forces, however, have no hope of defeating a committed American invasion. So why are they there?

In strategic studies, we call this a “tripwire force.” The reasoning is that any attack on this force will create strong pressures at home for governments to respond. Once Danes and Swedes — and other Europeans for that matter — see their soldiers being captured or killed, this will force their governments to escalate the conflict and retaliate against the United States.

The Trump administration would like to seize Greenland, face no European forces and suffer no consequences. But the entire point of a tripwire force is to deny easy wins and to signal that any attack would be met with costly escalation. It creates a price to invading Greenland for an administration that rarely wants to pay for anything.

The B-word

Amid the Trump administration’s threats, people are forced to grapple with what comes next. European governments are already quietly debating retaliation, including diplomatic, military and economic responses.

Chief among these is the European Union’s Anti-Coercion Instrument, colloquially known as the “trade bazooka,” that could significantly curb America’s access to the EU market.

But for ordinary Europeans a different B-word will come to mind: boycott.

Some Europeans began boycotting U.S. goods last year amid Trump’s trade threats — but never to the same level as Canadians. That could quickly change if the U.S. engages in a stunning betrayal of its European allies. Fresh anger and outrage could see Europeans follow Canada’s lead.

Trump repeatedly threatened Canada with annexation, and it triggered a transformation of Canadian consumer habits. Canadians travel to the U.S. less, buy less American food and alcohol and look for more home-grown alternatives. Despite Canada’s small population, these boycotts have caused pain for U.S. industries.

Now imagine a similar scenario with the EU. In 2024, the U.S. exported almost US$665 billion in goods and services to the EU. It’s one of the largest export markets for the U.S., fuelling thousands of jobs and businesses.

The real danger for American companies, however, is when consumer pressure moves upwards to governments and corporations. European governments and corporations who buy from American giants like Microsoft, Google and Boeing will start to see public pressure to buy European — or at least not American. America’s most valuable corporate brands risk being contaminated by the stigma of the U.S. government.

Will he, won’t he?

None of this will stop the Trump administration from trying. Trump’s own words — that there is “no going back” on his plans for Greenland — ensure he’s backed himself into corner.

The more likely scenario seems to be starting to play out — Trump will try and then fail. His threats to annex Greenland will likely be remembered next to “90 trade deals in 90 days” and “repeal and place” in the pantheon of failed Trump policies.

The tragedy here is not simply a Trump administration with desires that consistently exceeds its grasp. It’s that the stain of betraying America’s closest allies will linger long after this administration is gone.

The Conversation

Eric Van Rythoven does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Trump’s annexation of Greenland seemed imminent. Now it’s on much shakier ground. – https://theconversation.com/trumps-annexation-of-greenland-seemed-imminent-now-its-on-much-shakier-ground-273787

Bearing witness after the witnesses are gone: How to bring Holocaust education home for a new generation

Source: The Conversation – USA (3) – By Chad Gibbs, Assistant Professor of Jewish Studies, College of Charleston

Joe Engel, joined here by fellow Holocaust survivors Rose Goldberg and Diny K. Adkins, along with College of Charleston students, dedicated his later years to speaking about his experiences during the Holocaust. Courtesy of the Zucker/Goldberg Center for Holocaust Studies

Joe Engel was and remains an icon in Charleston, South Carolina. Born in Zakroczym, Poland, he survived Auschwitz and several other concentration camps and fought with the resistance before landing on American shores as a refugee in 1949.

After retirement from his dry-cleaning business, Engel focused his later years on Holocaust education. As part of these efforts, he took to sitting on downtown park benches wearing a name tag that read “Joe Engel, Holocaust Survivor: Ask me questions” – becoming the city’s first public memorial to the victims of Nazi genocide. Knowing he would not be here to impart his message forever, Engel and his friend and fellow survivor Pincus Kolender led a drive to install the permanent memorial that now stands in Charleston’s Marion Square park.

In 2021, I moved to the city to take up my role as a professor and director of Holocaust studies at the College of Charleston. I arrived just in time to meet Engel and to teach many local students who had met him. He died the following year, at age 95.

For years, historians, educators and Jewish groups have been considering how to teach about the Holocaust after the survivors have passed on. Few of today’s college students have ever met a Holocaust survivor. Those who have likely met a child survivor, with few personal memories before 1945. American veterans of the war are almost entirely unknown to our present students; many know nothing of their own family connections to World War II.

Time marches on, distance grows, and what we call “common knowledge” changes. One alarming study from 2018 revealed that 45% of American adults could not identify a single one of the over 40,000 Nazi camps and ghettos, while 41% of younger Americans believe that Nazi Germany killed substantially less than 6 million Jews during the Holocaust.

According to a 2025 study by the Claims Conference, there are somewhat more than 200,000 survivors still alive, though their median age is 87. It is sadly expected that 7 in 10 will pass away within the next decade. With their absence near, how can educators and community members bring this history home, decreasing the perceived distance between the students of today and the lessons of the Holocaust?

Bringing history home

One method that shows promise is helping students realize the connections of their own home and their own time to a genocide that might seem far away – both on the map and in the mind.

A faded, handwritten letter in blank ink, positioned against a brown surface.
A letter dated Dec. 27, 1938, sent from Malie Landsmann to her cousin Minnie Tewel Baum of South Carolina.
Courtesy of the Jewish Heritage Collection, Addlestone Library, College of Charleston

In classes on the Holocaust, I now use a set of letters sent by a family of Polish Jews to their relatives in Camden, South Carolina. The letters themselves are powerful sources demonstrating the increasing desperation of Malie Landsmann, the main writer. In 1938, she reached out to her cousin Minnie Tewel Baum, seeking help to escape Adolf Hitler’s Germany.

Even though the two had never met, Minnie tried everything to help her cousin and her family. In the end, however, she was not successful. American immigration barriers and murderous Nazi policy took their toll, with Malie, her husband, Chaim, and their two children, Ida and Peppi, all killed at Auschwitz.

These haunting letters demonstrate the connections of the war to small-town South Carolina. They give the Holocaust a real human face and a connection to places students know.

Letter collections like these are not rare. The College of Charleston holds a second, far larger group of letters, the Helen Stern Lipton Papers, which runs to over 170 pages of correspondence between family members in South Carolina, German-occupied Europe, Russia and even Central Asia. When I was a Ph.D. student, I participated in classes using the Sara Spira postcards sent from a series of ghettos in Poland to rural Wisconsin. Further archives exist all over the United States. Most communities have connections to the Holocaust, whether via artifacts, people with direct ties or both.

The important thing is to teach in ways that can break down the mental barriers created by time and space. It is indeed the same reason that the Auschwitz-Birkenau State Museum created a traveling exhibit called “Auschwitz. Not Long Ago. Not Far Away.”

Learning from descendants

As teachers and professors attempt to bridge these divides, they often invite the descendants of Holocaust survivors to their classes to speak. Descendants can retell the stories of their parents’ or ancestors’ perseverance and survival, but what is more important is their ability to put a human face on these events and show how they remain relevant in the lives of so many.

White roses placed on a sidewalk with four inlaid, bronze memorial stones, next to four candles and a framed family photo.
The Stolpersteine memorial to the Landsmann family, installed in Berlin in 2025.
Pablo Castagnola, Anzenberger Agency. Courtesy of the Zucker/Goldberg Center for Holocaust Studies

I take these short visits a step further in a class where students train as oral history interviewers, then conduct recorded conversations with a descendant of survivors. These meetings encourage discussion of family Holocaust history, but only after the student asks the descendant about how they learned about what happened to their parent, grandparent or great-grandparent, and how this might have weighed on their own life years after the war.

This is truly the point here. The most impactful parts of these recordings are almost always the discussions of legacies; of how the families that students meet still live with the enormity of Holocaust trauma.

When a descendant tells students about the past, that is important. But when a descendant speaks of what that past means for them, their family and their community, that is so much more.

Students gain firsthand knowledge of intergenerational trauma; the difficulties of rebuilding; the prevalence of anxiety, worry and depression in survivor homes; and so much more. All of this shows students in no uncertain ways how the Holocaust still has bearing on the lives of people in our communities.

History after memory: A path forward

What’s most heartening about these methods and their successes is what they reveal about what today’s students value. In the age of AI, Big Tech and omnipresent social media, I believe it is still – and maybe even more than ever – the real human connection.

A young woman and a man in a blue suit kneel by a small memorial installed on a sidewalk of paving stones.
Chad Gibbs with student Leah Davenport, who arranged for Stolpersteine to be installed outside the Landsmann family’s home in Berlin.
Pablo Castagnola, Anzenberger Agency. Courtesy of the Zucker/Goldberg Center for Holocaust Studies

Students are drawn in by the local connections and open up to the stories of real people, brought to them in person. Often, they launch their own research to better understand the letters.

One of my students even helped turn them into classroom materials, now used well beyond our own college. Another did the painstaking work to have four new Stolpersteine, or Stumbling Stone, memorials installed in Berlin to commemorate the Landsmann family.

Never having witnessed them myself, I can only imagine the impact of Joe Engel’s conversations on those park benches in downtown Charleston.

Nothing will ever truly replace the voices of the survivors, but I believe teachers and communities can carry on his work by making history feel local and personal. As everything around us seems to show each day, little could be more important than the lessons of these people, their sources and the Holocaust.

The Conversation

Chad Gibbs does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organization that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Bearing witness after the witnesses are gone: How to bring Holocaust education home for a new generation – https://theconversation.com/bearing-witness-after-the-witnesses-are-gone-how-to-bring-holocaust-education-home-for-a-new-generation-272491

Ending dementia stigma could change its trajectory: Cancer’s history shows why

Source: The Conversation – Canada – By Saskia Sivananthan, Affiliate Professor, Department of Family Medicine, McGill University

At a recent party, another guest, a nurse, asked what I do for a living. I explained that as a health policy researcher, my work focuses on helping health-care systems co-ordinate care for dementia as effectively as for major conditions like cancer, diabetes or stroke. She stopped me mid-sentence.

“I don’t think you should use cancer as a comparison,” she said. “Cancer doesn’t have the stigma that dementia has. Most cancers can be treated and cured. Dementia can’t. You just can’t compare the two.”

The conversation brought to the forefront that dementia today occupies the same stigmatized, system-neglected space that cancer did half a century ago. And history shows us that stigma, not simply the absence of cures, delays progress.

Dementia taboos mirror cancer

Before the 1970s, a cancer diagnosis was widely considered a death sentence. Most physicians did not disclose the diagnosis, despite surveys showing the majority of patients wanted to know. Doctors said they concealed the truth to avoid “taking away hope” and because families preferred that patients remain unaware.

The word cancer itself was taboo. Euphemisms like “a growth” or “the Big C” were used, if the illness was discussed at all. Cancer carried the stain of shame, seen by some as a sign of personal weakness, and still does, particularly in the case of certain types of cancers like lung or liver cancer. Others viewed it as karma or divine punishment. People with cancer were quietly excluded, so much so that obituaries rarely listed cancer as the cause of death.

Sound familiar? It should.

A 2022 Canadian survey of family physicians found that 75 per cent provided care to a patient with cognitive impairment whom they had not yet informed of a diagnosis. The reasons varied: families or patients preferred not to know; clinicians felt they had no meaningful treatment to offer; or they feared “labelling” patients.

We still use dismissive expressions like “senior moment” in reference to symptoms of dementia. The word dementia itself literally translates to “out of one’s mind.” In many cultures, dementia is considered shameful and thought to be the result of witchcraft or punishment for a previous wrongdoing.

And the social exclusion is real. Dementia advocate Kate Swaffer calls it “prescribed disengagement,” the sense that society quietly ushers people with dementia out of public life.

Cancer did not change its stigma entirely because it became curable. It became curable faster because stigma was specifically being addressed and advocacy co-ordinated to push for funding and system change.

Stigma and system gaps preceded cancer breakthrough era

In fact, the first class of cancer treatments — options like surgery, chemotherapy, radiotherapy and early hormonal therapies — were introduced as far back as the 1940s, but their survival benefits were modest, much like the first generation of Alzheimer’s drugs today.

Because stigma around cancer was so entrenched, people avoided screening, delayed seeking help or refused treatment altogether, reinforcing poor outcomes and deepening the stigma.

Subsequent breakthroughs, like targeted therapies and other transformative drugs of the 1990s and 2010s, did change survival dramatically. But they landed in a landscape that had already been reshaped by something else: system co-ordination, focused, public stigma-reducing campaigns and a dramatic shift in cancer research funding.

Advocacy built the foundation for cancer system change

Starting in the 1970s, through co-ordinated advocacy led by advocates like Mary Lasker, governments began large-scale injections of research funds for cancer, built organized screening programs, launched public awareness campaigns, created standardized care pathways and invested in co-ordinating care infrastructure .

Moving cancer out of silence and into public conversations also altered clinical behaviour. Physicians increasingly disclosed diagnoses and encouraged early diagnosis, enabling earlier intervention. Survivorship became part of the narrative. Anti-discrimination frameworks strengthened. Cancer came to be understood through a public health lens rather than a moral one.

By the time highly effective therapies emerged, the system and society was far more ready for them.

Building conditions for change in dementia care

If we want the same for dementia, we need the same foundations: Co-ordinated care pathways with the infrastructure to support it, disclosure norms, national and provincial leadership bodies and ongoing public education campaigns with government backing.

I am an optimist at heart. The fact that my dinner companion now sees cancer as relatively destigmatized is, paradoxically, a sign of hope. It shows how profoundly public understanding can change within a generation.

To shift the stigma means a shift in access to care and the system itself.
Cancer shows us that stigma reduction isn’t accidental. It is created through leadership, investment and system design. Dementia deserves nothing less.

The Conversation

Saskia Sivananthan is affiliated with the Brainwell Institute, a dementia focused policy think tank

ref. Ending dementia stigma could change its trajectory: Cancer’s history shows why – https://theconversation.com/ending-dementia-stigma-could-change-its-trajectory-cancers-history-shows-why-273674

Ya existe una red de comunicación cuántica en Madrid

Source: The Conversation – (in Spanish) – By David Rincón Llorente, Quantum Communications and Chief Network Engineer, IMDEA

KanawatTH/Shutterstock

Aunque pueda sonar a ciencia ficción, en Madrid ya existe una red de comunicaciones cuánticas en funcionamiento. Se llama MadQCI (Madrid Quantum Communication Infrastructure) y conecta, mediante 700 kilómetros de red, 25 localizaciones repartidas por toda la Comunidad de Madrid.

Esta red cuántica no es un prototipo de laboratorio, sino una red real, que ya realiza ensayos dirigidos a diseñar las comunicaciones del futuro. Aunque de momento es solo un embrión, se espera que crezca hasta dar forma a la primera red cuántica que conecte Europa.

La clave está en la seguridad

A diferencia de la criptografía tradicional, cuya seguridad depende de la complejidad matemática de resolver ciertos problemas, la seguridad cuántica se apoya en principios físicos fundamentales. Mientras que los ordenadores clásicos operan con bits que solo pueden valer 0 o 1, los sistemas cuánticos utilizan qubits, capaces de existir en múltiples estados simultáneamente gracias a fenómenos cuánticos como la superposición o el entrelazamiento.

Esta propiedad permite crear redes en las que cualquier intento de observar o copiar la información altera inevitablemente el sistema, dejando en él una huella fácilmente detectable.

Puede entenderse con un ejemplo sencillo: es como enviar una carta escrita con una tinta especial que solo el destinatario puede leer. Si alguien intenta abrirla antes, el mensaje se altera y el intento de espionaje resulta evidente. De forma análoga, en la comunicación cuántica, observar la información implica dejar rastro. Las comunicaciones cuánticas ayudarán a mantener nuestros datos a salvo el día que los ordenadores cuánticos sean capaces de romper con los sistemas de encriptación que empleamos ahora en computación.

El equipo de MadQCI trabaja en el desarrollo de nuevas estrategias para compartir datos de forma segura entre distintos usuarios, sin que la comunicación suponga un riesgo. Su enfoque se basa justamente en aprovechar las leyes de la física cuántica para construir redes quantum safe.

El centro de la tecnología de MadQCI radica en la distribución cuántica de claves, o QKD (Quantum Key Distribution). Esta técnica permite intercambiar claves criptográficas con un nivel de seguridad sin precedentes, ya que, tal y como hemos visto, cualquier intento de interceptar la comunicación modifica el estado cuántico de la señal y queda inmediatamente al descubierto.

Primer paso hacia el internet cuántico

El proyecto MadQCI representa un primer paso hacia el cada vez más conocido internet cuántico: una red capaz de ofrecer comunicaciones intrínsecamente seguras y nuevas funcionalidades que a día de hoy no resultan accesibles.

Más allá de la seguridad de datos, el proyecto abre la puerta a nuevas formas de diseñar y gestionar las redes de telecomunicaciones, integrando tecnologías cuánticas y clásicas mediante arquitecturas avanzadas y soluciones definidas por software.

La red

La mayoría de las comunicaciones cuánticas basan su seguridad en el intercambio de claves cuánticas punto a punto: un emisor y un receptor conectados directamente comparten una clave secreta utilizando las propiedades de la física cuántica.

Pero una red cuántica va un paso más allá. En lugar de conectar únicamente dos puntos, interconecta múltiples nodos –como universidades, centros de datos o instituciones– formando una infraestructura compartida. Esto permite que diferentes usuarios intercambien información de manera flexible, dinámica y segura, de forma similar a cómo hoy funciona Internet, pero apoyándose en tecnologías cuánticas.

La red MadQCI actúa como eje central, conectando los nodos gracias a la coordinación entre científicos y técnicos de REDIMadrid y de la Universidad Politécnica de Madrid.

Dispositivos cuánticos

Cuando hablamos de redes de comunicaciones cuánticas, uno de los elementos clave son los llamados dispositivos cuánticos: equipos que permiten generar, enviar, recibir y medir claves seguras utilizando las leyes de la física cuántica.

A diferencia de los dispositivos electrónicos convencionales, que trabajan con señales clásicas –impulsos eléctricos o luminosos que representan unos y ceros–, los dispositivos cuánticos operan con partículas de luz, los fotones, en estados cuánticos muy delicados.

La Red MadQCI cuenta con 30 dispositivos cuánticos destinados a la experimentación y al desarrollo de aplicaciones avanzadas. Una cifra para nada trivial.

Las dificultades

A pesar de los avances logrados, el despliegue de redes cuánticas terrestres a gran escala sigue afrontando retos importantes. Las señales cuánticas son extremadamente frágiles y se degradan con rapidez al propagarse por la fibra óptica, sin posibilidad de ser amplificadas como en las comunicaciones clásicas, lo que limita su alcance. Para superar esta barrera se están desarrollando tecnologías como los repetidores y las memorias cuánticas, aún en fases tempranas, que permitirán extender las comunicaciones sin comprometer su seguridad.

A ello se suma el desafío de integrar las redes cuánticas con las infraestructuras de telecomunicaciones tradicionales y de crear nuevas capas de software y componentes más robustos que hagan viable su operación a gran escala.

Pero no hay que tirar la toalla. Aunque el camino es complejo, los avances actuales apuntan a un futuro próximo en el que las comunicaciones cuánticas pasarán del laboratorio a formar parte de nuestra vida cotidiana.

La apuesta

MadQCI sitúa a la Comunidad de Madrid en la vanguardia de una tecnología llamada a transformar la forma en que protegemos la información. Pero este no es un proyecto impulsado por una sola institución, sino el resultado de la colaboración entre numerosos centros de investigación y organismos públicos.

MadQCI forma parte de los Planes Complementarios de I+D+I del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, dentro del área dedicada a la comunicación cuántica. Además, está alineado con la iniciativa europea EuroQCI, cuyo objetivo es construir una red cuántica segura que conecte a los países de la Unión Europea.

The Conversation

David Rincón Llorente no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Ya existe una red de comunicación cuántica en Madrid – https://theconversation.com/ya-existe-una-red-de-comunicacion-cuantica-en-madrid-273123

Biohidrógeno: un combustible clave para América Latina y la transición energética global

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Martha Isabel Cobo Angel, Decana Facultad de Ingeniería, Universidad de La Sabana

wasanajai/Shuttesrtock

La transición energética es el camino que establecen los países para pasar del modelo actual de producción de energía basado en combustibles fósiles, que emiten gases de efecto invernadero, a un nuevo modelo energético descarbonizado que no genere esas emisiones. En la actualidad, los planes de transición energética involucran la masificación de las energías renovables, la electromovilidad, la electrificación de todos los procesos posibles y el uso de hidrógeno de bajas emisiones, conocido como hidrógeno verde.

Éste es un vector energético muy prometedor para descarbonizar, directamente o a través de compuestos derivados de él, procesos industriales y agrícolas, así como el transporte pesado, marítimo y aéreo. El hidrógeno verde se produce utilizando energía limpia, como la solar o eólica, para separar el agua en sus dos componentes: hidrógeno y oxígeno. Y se usa directamente como combustible en motores de combustión interna y turbinas, sin emitir carbono a la atomósfera, o alimentándose a dispositivos electroquímicos que producen electricidad directamente, conocidos como pilas de combustible, que solo emiten agua como subproducto.

El hidrógeno también se puede usar para producir combustibles sintéticos como el e-metanol, el amoníaco verde y los combustibles sostenibles de aviación, reduciendo las emisiones globales de carbono de estos procesos. Sin embargo, el hidrógeno verde es un combustible costoso que sólo se produce mediante electricidad renovable, como solar o eólica. Por eso, los países deben primero masificar las energías renovables y luego construir instalaciones para producirlo.

El potencial y los retos del hidrógeno verde

La producción de hidrógeno verde será costo-efectiva sólo en regiones de alto potencial solar o eólico, como Chile, el norte de África, Medio Oriente y algunas zonas de Asia, pero estos países deben avanzar decididamente en el despliegue de las energías renovables base. Además, este combustible deberá transportarse a las regiones del norte global, con agendas ambiciosas de descarbonización, y a otros países tradicionalmente productores de combustibles fósiles, que deberán reestructurar su economía.

Muchos de estos países, ubicados en la franja del trópico, cuentan además con una gran producción agrícola, lo que puede ayudarles a ser protagonistas de la transición energética global. Sus residuos agroindustriales suponen una fuente estratégica para producir hidrógeno de bajas emisiones y combustibles derivados, como amoníaco, metanol, biojet (usado en aviación) y biohidrógeno.

Este nuevo tipo de hidrógeno es abundante y asequible en muchas regiones, pero aún no figura en la mayoría de las hojas de ruta energéticas ni en las estrategias de importación del norte global. Su producción se basa en tecnologías maduras, ya consolidadas y fiables, y puede incluso alcanzar una emisión netamente negativa de carbono. Es una oportunidad para que países como Colombia, Brasil, India y Malasia, entre otros, impulsen sus economías de hidrógeno mediante soluciones locales, accesibles y alineadas con la transición energética mundial.

Como ejemplo, Colombia podría desarrollar una estrategia de producción energética pionera combinada, con el 37 % de su hidrógeno producido a partir de energías renovables, como la solar y la eólica, y el 63 % restante como biohidrógeno a partir de residuos de su agroindustria, proveyendo de esta forma el 1,2 % del mercado de hidrógeno mundial estimado para 2050.




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Acción en la COP30

Dado que el sector energético es uno de los principales contribuyentes al cambio climático, los planes de transición energética son protagonistas en las discusiones de la cumbre anual sobre el cambio climático (COP), que este año se celebró en Brasil, un país altamente agrícola y con gran potencial para la producción de biohidrógeno.

Durante la COP30, el hidrógeno verde ocupó un lugar central en la agenda energética global, especialmente tras el lanzamiento de la iniciativa Belém 4X, respaldada por 23 países con el objetivo de cuadruplicar la producción y uso de combustibles sostenibles hacia 2035. Esta hoja de ruta incluye biocombustibles avanzados, biogás, combustibles sintéticos e hidrógeno de bajas emisiones.

No obstante, la discusión internacional en torno a esta última categoría estuvo fuertemente orientada hacia el hidrógeno verde generado a partir de energías renovables como la eólica o solar, dejando en un segundo plano al biohidrógeno producto de los desechos agrícolas.




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A pesar de ello, la iniciativa Belém4X reconoció explícitamente los esquemas “biomass-to-x”, que promueven la conversión de biomasas residuales en combustibles de bajas emisiones. Este enfoque abre la puerta a que tecnologías para producir biohidrógeno sean consideradas dentro de las estrategias de descarbonización, especialmente en países con alto potencial agrícola y forestal, lo que permitiría abordar múltiples retos en la lucha contra el cambio climático.

Uno de ellos sería la transición de las economías de países productores de petróleo y agrícolas hacia las de productores de hidrógeno y de combustibles de bajas emisiones. Además, reduciría la incertidumbre económica de implementar compromisos estrictos de reducción de emisiones que limiten su crecimiento económico, como ha expresado India este año.

Este nuevo escenario ofrecerá nuevas oportunidades de ingresos y de industrialización para estos países.

Hacia una transición energética justa

Finalmente, al establecer convenios de oferta y demanda de biohidrógeno desde el sur al norte globales se abordaría dos pilares fundamentales de la COP: la justicia ambiental y la responsabilidad diferenciada. A través de esta última, los grandes emisores de gases de efecto invernadero adquieren la responsabilidad de acompañar la transición energética de los países menos productores pero más afectados por el calentamiento global.

Si bien la COP30 no otorgó un protagonismo directo al biohidrógeno, el marco de acción acordado sí creó un espacio para su desarrollo futuro. Para América Latina –una región rica en recursos de biomasa– este biocombustible podría convertirse en un vector energético clave, complementario al hidrógeno verde producido por la solar y la eólica, así como en una oportunidad para transformar residuos en energía limpia mientras se impulsa el desarrollo rural y la economía circular.

El biohidrógeno es un energético abundante y económico que puede aportar justicia ambiental y responsabilidad diferenciada en la transición energética global. Por ello, debería incluirse cuanto antes.

The Conversation

Martha Isabel Cobo Angel recibe fondos de la Universidad de La Sabana y el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación de Colombia.

Nestor Eduardo Sanchez Ramirez recibe fondos de la Universidad de La Sabana y el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación de Colombia

ref. Biohidrógeno: un combustible clave para América Latina y la transición energética global – https://theconversation.com/biohidrogeno-un-combustible-clave-para-america-latina-y-la-transicion-energetica-global-266739

No, esas no son Josefa ni Margarita: la historia de una foto que no fue

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Elena Lázaro Real, Investigadora colaboradora en el Instituto de Estudios de las Mujeres y de Género, Universidad de Granada

La imagen en cuestión. SC.INAH.SINAFO.FN No. de inventario 453737

A la primera Constitución Española la parieron en Cádiz. Fue en 1812 y la llamaron “La Pepa”. Al primer manifiesto feminista español también lo parieron en Cádiz, en 1857. Aquí, otra Pepa actuó de matrona.

Publicación de 'La mujer en la sociedad' en _El Pénsil Gaditano_.
Publicación de ‘La mujer en la sociedad’ en El Pénsil Gaditano.
Ayuntamiento de Cádiz

Fue Josefa Zapata, fundadora, junto a Margarita Pérez de Celis, de El Pensil Gaditano, el periódico responsable de la publicación de “La mujer y la sociedad”, bautizado en las redes como el primer manifiesto feminista español (con permiso de una tercera Pepa: Josefa Amar y Borbón y su trabajo “Discurso en defensa del talento de las mujeres”, fechado en 1786).

“La mujer y la sociedad” está firmado por Rosa Marina, pseudónimo tras el que se podrían haber ocultado las mismas Zapata y Pérez de Celis. Como no hay acuerdo sobre esto en la comunidad investigadora, dejaremos a Josefa y a Margarita en el papel de “matronas” y no en el de madres de una criatura tan relevante para la construcción de una genealogía del pensamiento feminista español.

La figura de ambas pensadoras comenzó a ser recuperada casi al mismo tiempo que la democracia. En los años 70 del siglo XX, la coincidencia de la tercera ola feminista con el proceso de la Transición fue el caldo de cultivo perfecto para que la historiografía pusiera su vista en las socialistas gaditanas quienes, como muchos de sus contemporáneos, creían posible construir sociedades más igualitarias a través de la educación y el ejercicio de la justicia social.

De aquellos años son los trabajos del historiador y ensayista Antonio Elorza sobre el socialismo utópico español en el que quedan enmarcadas estas dos periodistas. En los noventa y principios de los 2000 la historiografía feminista las termina de sacar del olvido y las convierte en protagonistas centrales de estudios como los de Inmaculada Jiménez Morel, Mónica Bolufer y, probablemente, una de las historiadoras que más profundamente conoce a Josefa Zapata y Margarita Pérez de Celis: Gloria Espigado Tocino, profesora de la Universidad de Cádiz.

Y con esos mimbres académicos llegaron Josefa Zapata y Margarita Pérez de Celis a la cuarta ola feminista y a la divulgación en redes sociales.

Querer poner un rostro

Una búsqueda rápida en internet ofrece no pocas entradas en las que es posible conocer a las dos periodistas y pensadoras gaditanas. Hay textos, pódcast y algún vídeo. Son presentadas como lo que fueron: mujeres que cuestionaron el sistema y defendieron la igualdad entre sexos. Hay pocos detalles sobre sus vidas personales, aunque en algunos contenidos se subraya el hecho de que ninguna de ellas se casara y mantuvieran una amistad romántica, relación muy habitual entre las mujeres que encontraban en otras la seguridad y el espacio para desarrollar sus inquietudes intelectuales y, según estudios queer, sexuales.

Dos mujeres del siglo XIX leen un libro.
La imagen en cuestión.
SC.INAH.SINAFO.FN No. de inventario 453737

En buena parte de esas entradas y contenidos aparece una imagen que permite ponerles cara y reforzar la idea de intimidad entre Josefa Zapata y Margarita Pérez de Celis. Ambas posan de pie muy juntas leyendo un libro que sostiene una de ellas, mientras la otra apoya sus manos sobre los hombros de su compañera. Pero ¿quién es quién? Ninguno de los pies de foto lo explica. Primera red flag.

Los escasos datos biográficos que las historiadoras han logrado documentar dicen que Josefa era 16 años mayor que Margarita. Sin embargo, en la imagen no parece haber una diferencia de edad tan evidente. Segunda red flag.

La verdad de esa imagen

De hecho, esas dos mujeres no son Josefa Zapata ni Margarita Pérez de Celis. Son dos jóvenes burguesas de Ciudad de México (entonces, México D.F.) fotografiadas por el estudio “Cruces y Campas” en 1868. Así consta en la ficha de inventario número 453737 de la Fototeca del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) de México, facilitada por Juan Carlos Valdez, director de Sistema Nacional de Fototecas de México.

Según los estudios de la investigadora mexicana Patricia Massé, “Cruces y Campas” se especializó en el retrato de personajes de la burguesía local y en la producción de tarjetas de visita en las que se representaban escenas donde sus protagonistas aparecían en acciones con las que pretendían comunicar su estatus, además de sus gustos y aficiones. No es casual que dos mujeres jóvenes eligiesen ser inmortalizadas en la imagen de esa forma. La lectura –en muchos casos– y la escritura –en una minoría de ellos– fueron la vía de escape para las señoras del XIX que no se conformaban con el rol doméstico que el sistema liberal pretendía otorgarles.

Josefa y Margarita no fueron retratadas juntas –que sepamos–. Pero a buen seguro que, como editoras de los Pensiles, compartieron multitud de veces la misma escena, leyendo y comentando los textos llegados a su redacción. Así que, aunque la imagen difundida no sea real, quizás no resulte tan imposible.

The Conversation

Elena Lázaro Real no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. No, esas no son Josefa ni Margarita: la historia de una foto que no fue – https://theconversation.com/no-esas-no-son-josefa-ni-margarita-la-historia-de-una-foto-que-no-fue-273718

Generar emociones positivas puede ayudarnos a hacer frente al estrés diario

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Maja Wrzesien (she, her), Associate professor (Profesora Permanente Laboral), Universitat de València

Mykhailo Repuzhynskyi/Shutterstock

¿Sabes esos días en los que todo parece estar mal? El despertador no ha sonado, llegas tarde al trabajo, discutes con una amiga y, por si fuera poco, se vierte el café por encima de tu pantalón recién lavado. Estas pequeñas incidencias forman parte del estrés diario que todas y todos experimentamos.

Cuando estamos estresados, a menudo suponemos que la solución pasa, sencillamente, por calmarnos. Pero la realidad es más compleja: la ciencia ha demostrado que utilizamos una gama de estrategias para reducir las sensaciones desagradables que aparecen en momentos vitales difíciles, ya sea suspender un examen, perder algo importante o discutir con una persona querida.

¿Qué revela la ciencia sobre cómo manejar el estrés?

Para gestionar las emociones desagradables, utilizamos distintas estrategias de regulación emocional. Una de ellas es la reestructuración cognitiva, que implica cambiar la forma en que interpretamos una situación estresante, dándole otro sentido.

Otra estrategia común consiste en buscar apoyo social: hablar con alguien de confianza o pedir consejo puede hacer que los problemas resulten más llevaderos.

La aceptación también resulta útil: implica permitirnos reconocer las emociones negativas sin intentar cambiarlas.

Y a veces, basta distraernos, por ejemplo mirando una película divertida, para darnos un respiro mental y recuperar el equilibrio emocional.

Estas cuatro estrategias, entre muchas otras, nos ayudan a navegar por los altibajos emocionales con mayor eficacia. Pero ¿y si esto sólo es la mitad de la historia? Las últimas investigaciones científicas sugieren que fomentar emociones positivas puede ser tan importante para enfrentarnos al estrés como reducir las emociones desagradables.

¿Cómo ayudan las emociones positivas a soportar las situaciones difíciles?

En 1997, la psicóloga Susan Folkman publicó un estudio longitudinal en el que exploraba la presencia de emociones tanto positivas como negativas durante uno de los acontecimientos más estresantes que la mayoría de nosotros enfrentará en algún momento de la vida: la muerte de una persona querida. Durante dos años, recogió datos sobre los estados emocionales de las personas cuidadoras. Aunque podríamos suponer que los participantes informarían sólo de niveles altos de emociones negativas en una situación así, éstos fueron capaces de experimentar emociones positivas con la misma frecuencia, excepto en el período inmediatamente posterior al fallecimiento.

El hecho de que las personas puedan experimentar al mismo tiempo emociones positivas y negativas, incluso en situaciones de intenso estrés, cuestiona la visión tradicional de cómo hacemos frente a la adversidad. Desde que se descubrió este hecho, han surgido nuevas perspectivas teóricas que demuestran que las emociones positivas no sólo coexisten con el estrés, sino que también desempeñan un papel significativo en cómo las personas se adaptan y recuperan. Sin embargo, hasta ahora no se había explorado cómo la generación de estas emociones positivas influye en la forma de afrontar el estrés.

Nuestro último estudio, publicado en la revista Emotion, aporta pruebas convincentes de que generar emociones positivas tiene un papel mucho más crucial en la gestión del estrés de lo que se pensaba hasta ahora. Seguimos a un grupo de participantes durante dos semanas, preguntándoles tres veces al día a través de una aplicación en el móvil cómo se sentían y qué estrategias usaban para gestionar el estrés cotidiano. Las personas informaban de su nivel percibido de estrés en diferentes situaciones del día, ya fuera una situación tensa en el trabajo, un período de exámenes o la gestión de horarios familiares caóticos.

Lo que encontramos es que, cuando las personas reportaban niveles más altos de estrés, tendían a usar más estrategias para generar emociones positivas en las horas siguientes, lo que a su vez se traducía en más emociones positivas y menos estrés al final del día.

¿Y cómo conseguimos aumentar las emociones positivas en la vida real? Puede ser tan sencillo como saborear los pequeños placeres del momento presente, desde una taza de café caliente por la mañana hasta estirarse sin prisas al despertar, disfrutando del calor de la cama. Puede significar encontrar alegría en momentos cotidianos, como cuando nuestra mascota, de forma juguetona, nos invita a lanzarle la pelota. A veces, se trata simplemente de compartir una sonrisa o una carcajada con alguien que tienes cerca.

El estrés, ya sea intenso o leve, es una parte inevitable de nuestra vida cotidiana. Aun así, estos breves momentos que generan emociones positivas, aparentemente insignificantes, sobre todo en un día estresante, nos ayudan a recuperarnos emocionalmente. Y pueden cambiar el rumbo de un día difícil.

The Conversation

Maja Wrzesien recibe fondos de la Generalitat Valenciana (CISEJI/2022/46) y del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades español (PID2024-162732OA-I00). Es también formadora de atención plena y prácticas contemplativas.

Desirée Colombo recibe fondos desde el contrato Ramón y Cajal RYC2024-050836-I, financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades y por el Fondo Sociale Europeo Plus (FSE+)

ref. Generar emociones positivas puede ayudarnos a hacer frente al estrés diario – https://theconversation.com/generar-emociones-positivas-puede-ayudarnos-a-hacer-frente-al-estres-diario-271760