En busca de la ‘desensibilización’: así funciona la inmunoterapia oral en las alergias a los alimentos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Itziar Eusebio Cartagena, Médico especialista en Alergología, Fundación para la Investigación Biomédica del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús (FIBHNJS)

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Probablemente, alguno de los amigos de sus hijos, sobrinos o nietos, o ellos mismos, sean alérgicos a algún alimento. Es un problema cada vez más habitual y con mayores repercusiones sociales y sanitarias entre los menores.

En la primera infancia, la alergia a la leche de vaca y al huevo es la más frecuente: según las distintas técnicas de evaluación, puede afectar a entre el 0,09 y el 1,84 % de la población pediátrica. Los pacientes tienen el riesgo de sufrir reacciones adversas graves (anafilaxia) o incluso fatales, y deben someterse a dietas de evitación estrictas que se asocian a un empeoramiento en la calidad de vida tanto del niño como de sus familiares.

Detección y tratamiento

Para hacer el diagnóstico, es preciso que el paciente haya experimentado síntomas compatibles, como picor de boca, aparición de habones u otros, en un periodo corto (menos de dos horas) tras la toma de un alimento. Además, se debe confirmar mediante un estudio alergológico, basado en pruebas cutáneas de prick test (aplicación de extractos de alérgenos mediante gotas y punciones superficiales para observar si se producen reacciones en la piel), detección en suero de un anticuerpo determinante en su mecanismo (la inmunoglobulina E –IgE– específica) y, en algunos casos, pruebas de provocación oral, en las que el paciente ingiere cantidades crecientes de un alimento o fármaco.

Normalmente, el tratamiento consiste en dejar de consumir la comida causante de la alergia y en proporcionar tanto al paciente como a los familiares educación y entrenamiento para controlar los síntomas en caso de que la persona afectada se exponga al alimento por accidente. Además, hay que monitorizar la evolución de las pruebas alergológicas, ya que un 50-60 % de los niños dejarán de ser alérgicos a los 6-8 años de forma espontánea. En los casos de mayor gravedad, lo más probable es que se trate de una alergia persistente.

La baza de la inmunoterapia

En los últimos años se han desarrollado nuevas estrategias terapéuticas para reducir el riesgo de reacción y reintroducir activamente el alimento causante del problema en la dieta de los pacientes. Entre ellas, la inmunoterapia con alimentos es la más consolidada. Según las guías clínicas internacionales, está indicada para alergia persistente a alimentos con poca probabilidad de resolución espontánea.

Consiste en administrar dosis crecientes del alimento con el fin de incrementar la cantidad de leche o huevo que el paciente puede tomar sin padecer reacciones adversas mientras mantiene el tratamiento. Se puede administrar por 4 rutas: la vía oral, que es la más estudiada y utilizada (y en la que nos centraremos), la vía sublingual y las vías subcutánea y epicutánea (a través de la piel). Estas dos últimas solo se han aplicado en el marco de ensayos clínicos.

Aumento progresivo de la dosis de alimento

El tratamiento de inmunoterapia oral (ITO, a partir de ahora) suele empezar con dosis muy bajas y se incrementa progresivamente en un centro sanitario (“fase de inducción”) hasta llegar a la “desensibilización”. Generalmente, se alcanza con 200-250 ml de leche de vaca o un huevo crudo o poco cocinado, dependiendo del tipo de alergia. Esta etapa puede durar desde unos días a varios meses, ya que algunos protocolos programan aumentos de dosis diarias, mientras que otros, más conservadores, pautan las subidas semanalmente o en mayores intervalos de tiempo.




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Una vez que el paciente es capaz de tomar la dosis diana establecida en la fase de inducción, entraría en la “fase de mantenimiento”. Entonces consumirá el alimento en su domicilio a diario o cada 48 horas para poder comer otros productos que contengan leche o huevo, respectivamente. La fase de mantenimiento es crónica, y el paciente deberá consumir el alimento con la asiduidad establecida para seguir beneficiándose de las ventajas de la terapia.

Eficacia probada

En los estudios publicados sobre la inmunoterapia oral con leche de vaca, por ejemplo, el tratamiento demuestra tasas de eficacia muy superiores a las observadas en pacientes que no lo se someten a él (69,6 % frente a 17,5 %).

Otro punto a valorar es que la eficiencia de la ITO está claramente asociada a la gravedad de la alergia. En una investigación realizada en España, dividieron a niños alérgicos a la leche de vaca en tres grupos según ese criterio (bajos, intermedios y altos). Se vio que cuanto mayor severidad de alergia presentaba el paciente, más dificultades experimentaba para obtener ventajas con el tratamiento y sufría más eventos adversos o reacciones alérgicas. Esto sugiere una correlación inversa entre eficacia de la ITO y valores de alergia/sensibilización.

Por otra parte, algunos estudios han utilizado leche horneada (un tipo de bollería) como un primer paso en la ITO, ya que al desnaturalizar algunas proteínas de la leche de vaca, el calor favorecería la seguridad del tratamiento. Aunque los resultados son alentadores, estos trabajos no son suficientemente concluyentes como para recomendarlo con las mismas garantías que la ITO convencional.

A tener en cuenta

Como cualquier tratamiento, la ITO no carece de efectos adversos. Al estar en contacto con el alimento que produce la alergia, se pueden presentar desde reacciones leves como picor de boca o habones en la piel (las más frecuentes), hasta respuestas graves como anafilaxia, que requiere del uso de adrenalina y asistencia en urgencias. Con menor frecuencia pueden aparecer alteraciones del tracto digestivo como esofagitis eosinofílica, que suele desaparecer al retirar el tratamiento.

Debido a que son más frecuentes las reacciones en la fase de inducción, es muy importante que la inmunoterapia se realice siempre en hospitales o centros médicos con personal sanitario adecuadamente formado. Y además de las respuestas adversas, es importante considerar que la ITO supone un cambio de rutinas muy exigentes al paciente y la familia, para garantizar que el tratamiento posterior en domicilio se lleve a cabo de manera segura.

En definitiva, la inmunoterapia oral se utiliza desde hace varias décadas y ha demostrado una relación riesgo/beneficio ventajosa, ayudando a mejorar la calidad de vida a los pacientes y familiares. Ante la eventualidad de producirse reacciones adversas graves, es muy importante que la fase de inducción siempre se realice en centros especializados y supervisado por equipo sanitario experto.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. En busca de la ‘desensibilización’: así funciona la inmunoterapia oral en las alergias a los alimentos – https://theconversation.com/en-busca-de-la-desensibilizacion-asi-funciona-la-inmunoterapia-oral-en-las-alergias-a-los-alimentos-270107

Los ultraprocesados: el combustible ignorado de la caries y un gran problema de salud pública en México

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María Fernanda Yáñez Acosta, Especialista en Odontopediatría / Doctorado en Ciencias de la Educación., Universidad de Guadalajara

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Desde la infancia escuchamos que los dulces y las golosinas causan caries. Y es cierto: el azúcar es el alimento favorito de las bacterias en nuestra boca. Sin embargo, en la actualidad sabemos de la existencia de otro gran enemigo para la salud de nuestros dientes del que apenas se habla: los alimentos ultraprocesados, que están contribuyendo a la actual epidemia de caries a nivel mundial.

¿Qué son realmente los ultraprocesados?

De acuerdo con la clasificación NOVA, un sistema que agrupa los alimentos por su nivel de procesamiento, los “ultraprocesados” son todos aquellos alimentos que han sufrido, a partir de técnicas industriales, alteraciones en su forma natural.

Estos alimentos tienen un alto contenido en sal, azúcar, grasas saturadas y, además, utilizan aditivos como conservadores, texturizantes, saborizantes y edulcorantes para mejorar sus características y apariencia. Al ser ricos en azúcares, alimentan a las millones de bacterias que forman la placa dental o biopelícula dental, que crecen y convierten nuestros “snacks” favoritos en ácidos muy fuertes. Estos ácidos hacen que el pH disminuya.

El pH funciona como una alarma del diente: cuando este baja de 5.5, la alerta suena. Por debajo de ese nivel crítico, el ácido comienza a disolver los minerales que hacen duros a nuestros dientes, un proceso conocido como desmineralización. Con el esmalte deteriorado, la caries tiene vía libre para desarrollarse.




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Los alimentos pegajosos son más dañinos

No solo importa cuántos ultraprocesados consumimos, sino también con qué frecuencia. Al fin y al cabo, cada vez que comemos estos alimentos se activa el ataque ácido. Además, consumirlos de manera rutinaria en edad infantil desplaza de la dieta opciones más saludables y nutritivas, como los alimentos ricos en fibra, esenciales para una dieta equilibrada y para el mantenimiento de una buena salud bucal.

Otro factor de riesgo a tener en cuenta es el tipo de carbohidrato que se consume: cuanto más pegajosa es la consistencia del alimento, más tiempo permanece en boca. Y eso se lo pone aún más fácil a las bacterias que atacan los dientes.

Entre los factores que disminuyen el riesgo de tener caries destacan la higiene oral con una buena técnica de cepillado y uso de hilo dental, que la saliva tenga una buena capacidad protectora y que los dientes se encuentren sanos y fuertes. Además, de una dieta sana y libre de alimentos ultraprocesados. Una manzana, por ejemplo, resulta mucho más saludable ya que, aparte de ser un alimento natural, limpia los dientes por el tipo de consistencia que la caracteriza, a diferencia de una galleta, cuya consistencia pegajosa se adhiere al diente y mantiene un pH ácido por más tiempo.




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El maíz y las legumbres, desplazados

Investigaciones en países como en Brasil y Estados Unidos han identificado que los niños con mayor consumo de ultraprocesados muestran una prevalencia más alta de caries y una menor calidad en la dieta.

En México, durante revisiones médicas realizadas en escuelas de educación básica, se detectó que el 59 % de los niños y niñas presentan caries, lo que evidencia la magnitud del problema. El consumo creciente de alimentos ultraprocesados en el país tiene profundas consecuencias en los ámbitos social, cultural y económico, especialmente entre las poblaciones más vulnerables.

El aumento de la ingesta de estos alimentos en comunidades indígenas, rurales y de bajos recursos se ha convertido en una señal de debilidad económica y desigualdad social. Por un lado, su consumo excesivo desplaza la dieta tradicional mexicana (basada en alimentos naturales como maíz, legumbres, frutas y verduras), lo que supone una pérdida de las raíces alimentarias.

Además, la inserción de la mujer en el sector laboral ha modificado la dinámica familiar, llevando a un mayor consumo de estos productos, ya que son percibidos como fáciles y rápidos de obtener.

Lo más preocupante es que, más allá de la salud bucal, el consumo frecuente de ultraprocesados desde temprana edad incrementa el peso y el desarrollo de enfermedades crónico-degenerativas, como la hipertensión y la diabetes, tercera causa de muerte en México.

Para colmo, el cambio en los hábitos alimenticios impacta directamente el presupuesto familiar y el gasto público en salud. Entre 2006 y 2022, el gasto de las familias mexicanas en alimentos ultraprocesados creció un 20.5 %,, mientras que el gasto en alimentos no procesados apenas subió un 0.5 %. Este aumento no hace más que agravar la pobreza.

Aumentan la obesidad y la diabetes

Estos cambios en los hábitos de consumo se traduce, además, en un costo en enfermedades. Como ya adelantábamos, el consumo de ultraprocesados está ligado al aumento de obesidad, diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares y, por supuesto, caries. Y el manejo de estas condiciones representa un fuerte gasto económico en cuidados, atención y tratamientos, afectando tanto a las familias como al sector sanitario. Sin duda, la prevención de la enfermedad es más barata que atenderla.

El consumo de alimentos ultraprocesados es un problema multifacético que puede traducirse un desplazamiento cultural alimentario, un aumento en el gasto familiar que contribuye a la pobreza en poblaciones vulnerables y un incremento en los problemas de salud que exigen altos costos de atención. Revertir esta epidemia es una necesidad urgente.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Los ultraprocesados: el combustible ignorado de la caries y un gran problema de salud pública en México – https://theconversation.com/los-ultraprocesados-el-combustible-ignorado-de-la-caries-y-un-gran-problema-de-salud-publica-en-mexico-270018

¿Por qué cuando subimos una montaña hace más frío?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ibai Ieltxu Rico Lozano, Profesor en el Grado en Geografía y Ordenación del Territorio de la EHU / Glaciólogo / Guía de Montaña UIAGM, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Cuanto más subimos, más cerca del Sol estamos. Entonces, ¿por qué hace más frío? Peter Fitzpatrick / Unsplash., CC BY

Este artículo forma parte de la sección The Conversation Júnior, en la que especialistas de las principales universidades y centros de investigación contestan a las dudas de jóvenes curiosos de entre 12 y 16 años. Podéis enviar vuestras preguntas a tcesjunior@theconversation.com


Pregunta formulada por el curso de 3º de la ESO de Aranzadi Ikastola. Bergara (Gipuzkoa)


Imagínate que estás escalando una montaña en el Himalaya. Si miras hacia abajo, a lo lejos, ves frondosos bosques; mientras que si miras hacia arriba, ves cada ves más nieve y más glaciares. Cuanto más asciendes, más notas cómo baja la temperatura. ¿Te ha pasado alguna vez? Tal vez te has dado cuenta de que ocurre incluso en verano y en días soleados…

A primera vista puede parecer extraño: al subir, estamos ligeramente más cerca del Sol, así que ¿no debería hacer más calor? Sin embargo, la realidad es justo la contraria. Para entender por qué, necesitamos conocer mejor cómo se calienta la atmósfera, qué es la presión del aire y cómo se comportan los gases.

¿Cómo se calienta el aire realmente?

Empecemos descartando una idea muy común. Aunque al subir una montaña nos alejamos del centro de la Tierra, la diferencia de distancia al Sol es mínima. La Tierra está a unos 150 millones de kilómetros del Sol, y una montaña de varios kilómetros de altura no cambia nada a esa escala. Por tanto, el descenso de temperatura no se debe a estar “más lejos” o “más cerca” del Sol.

Otra clave fundamental es entender que el aire no se calienta directamente por el Sol. La radiación solar atraviesa la atmósfera casi sin calentarla y llega hasta el suelo. El suelo absorbe esa energía y luego la emite en forma de calor (radiación infrarroja), haciendo que suba la temperatura del aire que está en contacto con él.
Por eso, el aire más caliente suele encontrarse cerca de la superficie terrestre y no en las capas altas de la atmósfera.

La presión atmosférica y la densidad

La atmósfera es una mezcla de gases que tienen masa y, por tanto, peso. A nivel del mar, el aire soporta el peso de toda la columna de aire que tiene encima, lo que produce una alta presión atmosférica.
A medida que subimos en altitud, hay menos aire por encima, así que la presión disminuye. Esto hace que el aire sea menos denso, es decir, que sus moléculas estén más separadas.

Y resulta que la densidad del aire es clave para la temperatura. Cuando las moléculas de un gas están más juntas, chocan más entre sí y pueden transferir mejor la energía térmica. En cambio, cuando están más separadas, almacenan menos energía térmica.

El enfriamiento adiabático

Hemos visto, entonces, que cuando una masa de aire asciende, la presión externa disminuye. Como consecuencia, el aire se expande. Al expandirse, el gas realiza trabajo (empuja el aire que lo rodea) y utiliza parte de su energía interna para ello. El resultado es una disminución de la temperatura, incluso, aunque no se pierda calor hacia el exterior. Este proceso se llama enfriamiento adiabático y es uno de los mecanismos más importantes de la meteorología.

En términos aproximados, cuando el aire asciende sin intercambiar calor con el entorno y si que se produzca condensación, su temperatura desciende unos 9,8 °C por cada 1 000 metros (es lo que se llama gradiente adiabático seco).

Sin embargo, en la atmósfera real, lo habitual es que, durante el proceso de ascenso, se condense parte del vapor de agua que existe. En este caso, el descenso medio es de unos 6,5 °C por cada 1 000 metros, lo que se conoce como gradiente térmico vertical.

Menos efecto “manta” en altura

El aire actúa como un aislante térmico. Cuanto más denso es, mejor retiene el calor. En las zonas bajas, la atmósfera funciona como una especie de manta que impide que el calor del suelo se escape rápidamente al espacio.

En las montañas, al haber menos aire, este efecto es mucho menor. El calor se pierde con mayor facilidad, especialmente, durante la noche. Esto explica por qué las temperaturas nocturnas en alta montaña pueden ser extremadamente bajas.

El papel del suelo, la nieve y el viento

El tipo de superficie también influye. En las montañas, es frecuente encontrar roca desnuda, suelos pobres o nieve. La nieve tiene un alto albedo –medida de la capacidad de una superficie para reflejar la radiación solar–. Es decir, refleja gran parte de la radiación solar que recibe. Así, al reflejar más energía y absorber menos, el suelo se calienta poco y transmite menos calor al aire.

Por otro lado, en altura, suele haber más viento debido a las diferencias de presión y a la ausencia de obstáculos. El viento no reduce la temperatura real del aire, pero sí aumenta la pérdida de calor del cuerpo humano al eliminar la capa de aire caliente que rodea la piel. Esto provoca una sensación térmica de frío mayor, aunque los grados sean los mismos.

¿Existen excepciones?

Sí. En algunas situaciones se produce una inversión térmica, en la que el aire frío queda atrapado en los valles y el aire más cálido se sitúa por encima. En estos casos, puede hacer más frío abajo que en lo alto de la montaña. Sin embargo, estas situaciones son temporales y no cambian la regla general.

Lo habitual es que haga más frío al subir una montaña y, como hemos visto, esto ocurre porque la atmósfera se comporta de forma diferente con la altura: la presión disminuye, el aire se expande y se enfría, hay menos capacidad para retener calor y el suelo aporta menos energía térmica. Un excelente ejemplo de cómo las leyes de la física y la química influyen directamente en nuestra vida cotidiana.


La Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco colabora en la sección The Conversation Júnior.


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Ibai Ieltxu Rico Lozano no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Por qué cuando subimos una montaña hace más frío? – https://theconversation.com/por-que-cuando-subimos-una-montana-hace-mas-frio-273527

‘Tecnoestrés’ en la universidad: ser hábil con la tecnología no lo es todo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Luis Serrano, Profesor Titular de Tecnología Educativa, Universidad de Murcia

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Imaginemos a un universitario cualquiera: abre el portátil para revisar una tarea, pero antes debe atender mensajes del grupo de clase, tres correos de la plataforma institucional y una notificación de cambio en la fecha de entrega. Nada de esto requiere gran habilidad digital, pero sí una atención que se fragmenta a cada paso. Al final del día, la sensación no es de incompetencia, sino de saturación.

Lo que está detrás de este fenómeno es el llamado tecnoestrés, que describe el malestar que surge cuando la tecnología supera nuestra capacidad de gestionarla. Tiene que ver con la sensación de que la tecnología pide más de lo que uno puede sostener.

Cinco grandes estresores

¿Qué está produciendo este desajuste? Conviene detenerse en los grandes estresores. La tecnoinvasión aparece cuando lo académico se cuela en los espacios personales, y la tecnosobrecarga, cuando las demandas digitales llegan más rápido de lo que puede procesarse.

También influye la tecnocomplejidad –cuando las herramientas resultan más confusas de lo esperado– y la tecnoincertidumbre, fruto de cambios constantes, a lo que se suma la tecnoinseguridad, el temor a que la tecnología falle. El conjunto explica buena parte del tecnoestrés universitario.




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Tecnoestrés y competencias digitales

El tecnoestrés no depende de cuánto sabe usar alguien la tecnología. Algunas investigaciones cuestionan esta relación.

En nuestra reciente tesis publicada encontramos altos niveles de competencia digital según el marco europeo DigComp 2.2 y también altos niveles de autoeficacia, una variable tradicionalmente vista como protectora frente al estrés. Aun así, vimos que el tecnoestrés se mantenía en niveles moderados, sin ningún efecto amortiguador por parte de las competencias adquiridas.

Dicho tecnoestrés puede darse incluso en personas con dominio técnico. El problema no está tanto en “saber usar” la tecnología, sino en la relación emocional, cognitiva y organizativa que establecemos con ella.

Saber parar

En nuestro proyecto de ayuno digital, la mayoría del alumnado no logró completar el reto, sobre todo al intentar romper hábitos de comunicación muy arraigados.

Un uso automático y omnipresente de la tecnología (es decir, no deliberado y esporádico) hace que dejar de usar móviles u ordenadores, estar sin conexión, produzca incomodidad. El ayuno digital funciona, en este sentido, como un espejo: hace visible lo que en la rutina pasa desapercibido y muestra hasta qué punto la relación con la tecnología no depende de la habilidad, sino de la dificultad para detenerse, cambiar el ritmo y recuperar margen de control.




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Responsabilidad de todos

Quizá estemos atribuyendo en exceso la responsabilidad al estudiante y olvidando el papel de la universidad. No es solo un problema individual, sino también de contexto. Incluso los estudiantes más hábiles sufren desgaste cuando el ecosistema digital multiplica plataformas, fragmenta la atención y exige disponibilidad constante.

La dispersión de recursos y la necesidad de consultar varias aplicaciones para no perder información elevan la carga cognitiva, mientras que la sensación de estar siempre localizable alimenta el conocido como FOMO académico.

La multitarea permanente dificulta la concentración y acelera la fatiga mental : quienes más dominan la tecnología suelen asumir más tareas digitales y, paradójicamente, se exponen más al desgaste.

A esto se suma un uso intensivo de herramientas que no siempre se traduce en aprendizaje significativo, por lo que puede aumentar el riesgo de tecnoestrés.

Aprender a gestionar, no solo a usar

Otro aspecto clave para entender por qué incluso los estudiantes más competentes lo sufren es el desfase entre la “competencia digital” oficial y el uso real que hacen de la tecnología. Los marcos institucionales suelen medir habilidades técnicas: navegar, seleccionar información… Sin embargo, estas categorías no capturan la complejidad emocional, temporal y organizativa del trabajo digital cotidiano.

Como señalamos en nuestro estudio, la competencia digital se evalúa como un conjunto de destrezas, pero no como capacidad de sostener prácticas tecnológicas en contextos exigentes, saturados y altamente interdependientes.

Este desfase hace que muchos estudiantes, pese a sentirse competentes, se vean desbordados por la gestión simultánea de recursos, la presión académica, las decisiones continuas y la dificultad para sostener el ritmo de trabajo. El tecnoestrés se explica, pues, por una evaluación incompleta del papel de la tecnología en la vida académica.

Del individuo al ecosistema

Los resultados de las diferentes investigaciones comentadas coinciden en un punto clave: el foco no debe ponerse únicamente en las habilidades individuales, sino en cómo está configurado el ecosistema digital de la universidad. Pedir autorregulación al alumnado es insuficiente cuando las plataformas se multiplican, los mensajes se solapan y la comunicación carece de límites claros.

Por eso proponemos pasar de una mirada centrada en las competencias técnicas a una perspectiva centrada en el bienestar digital. Esto implica cuestionar prácticas institucionales y revisar protocolos de comunicación, por ejemplo.

La respuesta, pues, debe combinar cambios institucionales y prácticas personales. Las universidades pueden diseñar entornos digitales más simples, coordinados y respetuosos con la atención humana.

No se trata de usar menos tecnología, sino de usarla sin que nos desborde. Cuando el entorno ayuda y los hábitos acompañan, el tecnoestrés pierde espacio.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. ‘Tecnoestrés’ en la universidad: ser hábil con la tecnología no lo es todo – https://theconversation.com/tecnoestres-en-la-universidad-ser-habil-con-la-tecnologia-no-lo-es-todo-270326

Ronald se abre una cuenta en Vinted y hace de su armario una microempresa

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Elisa Baraibar Diez, Profesora de Organización de Empresas, Universidad de Cantabria

Kamil Zajaczkowski/Shutterstock

Empieza a hacer frío en Londres y Ronald planea dedicar el fin de semana al cambio de armario. Aprovechará para sacar lo que ya no usa y pensará en qué necesita para la nueva temporada. ¿A que se reconoce en esta situación? Seguro que puede visualizar varias prendas que ya no le valen, ya no le gustan o que simplemente quiere retirar.

Marion, la mujer de Ronald, le recomienda descargarse una app de compra-venta de segunda mano. Un rato después, Ronald ya tiene una cuenta y está subiendo una foto y las características de un abrigo que ya no le vale. Enseguida recibe mensajes y responde a posibles compradores sobre el largo del abrigo y de las mangas, sobre el estado de la prenda. Al día siguiente encuentra a un comprador, negocia el precio, concreta un envío, imprime la etiqueta y envuelve el abrigo cuidadosamente. ¡Ha conseguido su primera venta!

Londres, 1931

Viajemos ahora en el tiempo. En 1931, los habitantes de Londres no se planteaban hacer un cambio de armario (si acaso, recuperar y cepillar el abrigo del año anterior), no tenían impresora y no existían las plataformas digitales. Ronald, de apellido Coase, era profesor de la London School of Economics y estaba sentando las bases de la teoría que, en 1991, le serviría para ser galardonado con el Premio Nobel de Economía “por su descubrimiento y aclaración de la importancia de los costes de transacción y los derechos de propiedad para la estructura institucional y el funcionamiento de la economía”.

Coase, uno de los economistas más influyentes del siglo XX, provocó una pequeña revolución al preguntarse por la existencia de las empresas. Esta pregunta la materializó en su obra The Nature of the Firm (1937), donde explicaba que una empresa se crea cuando consigue reducir los costes de funcionamiento que existen en el mercado. ¿Y qué tiene que ver todo esto con vender un abrigo a través de una app?

Segunda mano: sostenibilidad y segundas oportunidades

Según establecía Coase en otro libro posterior, The Problem of Social Cost (1960):

“Para llevar a cabo una transacción de mercado es necesario descubrir con quiénes se desea negociar, informar a las personas de que se desea negociar (y en qué condiciones), llevar a cabo negociaciones que conduzcan a un acuerdo, redactar el contrato, realizar la inspección necesaria para asegurarse de que se cumplen las condiciones del contrato, etcétera”.

No hay que tener muchos abrigos vendibles en el armario para intuir lo tremendamente complicado (o poco rentable) que resultaba vender una sola de esas prendas (en el mercado) antes de la existencia de plataformas de compra-venta de ropa de segunda mano.

Si antes uno se planteaba: ¿dónde podría encontrar a alguien que quiera justo el modelo, la talla, el estilo y el color de mi prenda? Ahora, estas apps reducen el coste de búsqueda de información con filtros como talla, marca, precio, e incluso estilo o ubicación. Gracias a la tecnología, los potenciales compradores han llegado al abrigo en un par de clics.

Negociar con conocimiento

Casi por arte de magia, también se ha reducido otro problema clásico en la economía: el de la información asimétrica (el comprador o el vendedor cuenta con más información que el otro al momento de negociar). Esa diferencia informativa ahora es bastante menor.

Al tener que subir fotografías desde varios ángulos y tener que realizar descripciones de todas las prendas, marcando también cuál es su estado actual, la información existente se acerca al equilibrio. Además, las valoraciones previas de compradores y vendedores (las estrellas que aparecen junto al perfil), así como los comentarios y reseñas en el historial, también ayudan a conocer cómo son los usuarios en la aplicación.

Aunque en la app hay grandes perfiles negociadores (y regateadores), los costes de negociación también se ven reducidos con las opciones de realizar ofertas automáticas al comprar varias prendas, dar precios cerrados y aceptar o rechazar directamente una nueva oferta. Negociar es mucho más rápido y eficiente. Finalmente, la transacción se materializa en unos clics aunque el comprador esté a kilómetros de distancia.

Antes, vender una prenda a una persona desconocida podría ser arriesgado por una cuestión de confianza. Aunque en las plataformas de compra-venta puede haber transacciones que acaban en estafa, es la empresa la que absorbe esos costes relacionados con el contrato y el cumplimiento al integrar los pagos, gestionar el envío y tener la posibilidad de reclamar ante cualquier eventualidad.

Así, un armario se convierte en una microempresa y, a través de estas plataformas, se concretan muchas transacciones que antes eran demasiado costosas de realizar para un particular.

La prenda perfecta para el aula

Para estudiantes de economía, de empresas o de relaciones laborales, aplicaciones como Vinted no solo son magníficos paradigmas emprendedores sino también ejemplos perfectos para hablar de los costes de transacción.

Solo hay que preguntar: ¿por qué usáis una aplicación para vender lo que no queréis y no vais a un mercadillo o ponéis mensajes en el tablón de la facultad, o en los postes de la ciudad? La respuesta suele tener que ver con la comodidad, la facilidad, la rapidez. Es decir, con reducir los costes de transacción. Y entonces, sin darse cuenta, están comprendiendo a Coase.

Cuando suba su siguiente prenda o busque una bufanda de un determinado color o unas zapatillas de una determinada marca, o negocie el precio de un bolso o deje una valoración a su comprador o vendedor, recuerde que no está solo haciendo hueco en sus armarios: está siendo el protagonista de una lección de economía.

The Conversation

Elisa Baraibar Diez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Ronald se abre una cuenta en Vinted y hace de su armario una microempresa – https://theconversation.com/ronald-se-abre-una-cuenta-en-vinted-y-hace-de-su-armario-una-microempresa-273285

Leer ‘Hamlet’ con los ojos con los que se escribió ‘Hamnet’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Patricia García Santos, Doctoranda en Literaturas en Lengua Inglesa, Universidad de Córdoba

Un fotograma de la adaptación cinematográfica de _Hamnet_. Universal Pictures

¿Qué ocurre cuando una novela contemporánea mira hacia atrás para imaginar el dolor que dio origen a una de las tragedias más famosas de la historia de la literatura?

Maggie O’Farrell, autora de Hamnet (2020), abre su obra con la siguiente nota histórica:

“En la década de 1580, una pareja que vivía en Henley Street, Statford-upon-Avon, tuvo tres hijos: Susanna, y más tarde, los gemelos Hamnet y Judith.

El niño, Hamnet, murió en 1596, a la edad de once años.

Alrededor de cuatro años después, su padre escribió una obra llamada Hamlet”.

A partir de ahí, la escritora reimagina la vida familiar de ese niño, de sus hermanos y de su madre, Agnes, mientras William Shakespeare aparece de fondo, dedicado a la escritura en Londres.

Un hombre se ríe charlando con unos niños alrededor de una mesa.
Fotograma de Hamnet, la adaptación cinematográfica de Chloé Zhao.
Universal Pictures

De un niño a una obra eterna

Para Italo Calvino, autor de Por qué leer los clásicos (1991), los clásicos son aquellos libros a los que nunca se llega por primera vez: no se leen, se releen. Pero tampoco se trata solo de volver a ellos y releerlos, sino de reinterpretarlos. Así ocurre en el caso de Hamnet.

Hamlet, una de las obras más conocidas de William Shakespeare, narra la historia del príncipe homónimo a quien el fantasma de su padre le encomienda que vengue su muerte, porque ha sido asesinado por su tío.

La novela de O’Farrell relee esta tragedia como una poderosa transformación del dolor por la pérdida de un ser querido en una obra de arte capaz de trascender los límites de la mortalidad. Hamnet propone que lo que Shakespeare consiguió con Hamlet, de forma consciente o inconsciente, fue otorgarle a su hijo la vida que no pudo tener: el niño no llegó a habitar como hombre el mundo que sí conocería la obra literaria que heredó su nombre.

La propia novela recuerda en sus primeras páginas, citando a Stephen Greenblatt, uno de los grandes biógrafos de Shakespeare, que “Hamnet y Hamlet son en realidad el mismo nombre, completamente intercambiables en los registros de Stratford en los siglos dieciséis y diecisiete”. Mismo nombre, misma pérdida, misma herida, pero distintas miradas ante un único acontecimiento.

Una nueva forma de ver el dolor

Hamnet no reescribe Hamlet: lo relee y lo desplaza. Ambas obras parten de una pena idéntica: la pérdida de un hijo a la corta edad de once años. Pero la forma en que esa herida se articula narrativamente es radicalmente distinta.

En Hamlet, el dolor se convierte en discurso y en conflicto político, y su representación es pública, ya que el duelo del príncipe Hamlet se despliega en la corte de su padre, ante el reino, y ante el espectador. En Hamnet, en cambio, el dolor no se verbaliza de manera explícita ni se exhibe, sino que vive en los silencios y en los gestos cotidianos, en la persistencia de la vida familiar a pesar de su ausencia. Esta experiencia de duelo se focaliza principalmente en la novela a través de la figura de la madre. Donde Shakespeare convierte la pérdida en tragedia pública, O’Farrell la transforma en una elegía narrativa situada en el ámbito íntimo y doméstico.

Un hombre sentado delante de unos papeles con una mujer de pie a su lado.
Fotograma de Hamnet con Jessie Buckley y Paul Mescal como Agnes y William Shakespeare.
Universal Pictures

En Hamlet encontramos el dolor convertido en mito, mientras que Hamnet reimagina la vida del autor para devolver el mito a su origen, a la herida vivida en el espacio de lo cotidiano. En ambas obras, el dolor actúa como motor creativo y nace de un mismo punto de partida: una tragedia familiar en la Inglaterra de finales del siglo XVI, cuando un joven dramaturgo en ciernes afronta la muerte de un hijo mientras persigue el éxito profesional y artístico que permita sostener a la familia que ha dejado atrás para conseguirlo.

Como sugiere Stephen Greenblatt, para comprender cómo Shakespeare utilizó su imaginación para transformar la vida en arte es necesario que nosotros también usemos la nuestra. Hamnet es precisamente ese ejercicio de imaginación contemporánea que sugiere Greenblatt: no explica lo que pasa en Hamlet, sino que imagina el dolor que dio origen a su escritura. Allí donde el teatro convirtió una pérdida íntima en un mito central del canon literario, la novela devuelve ese mito a la experiencia humana que hizo posible su existencia.

Esta forma de imaginar la vida de Shakespeare para comprender su obra ya había sido explorada previamente en otras creaciones culturales como Shakespeare in Love (1998), cuyo guion, firmado por Tom Stoppard, proponía una ficción biográfica para explorar el trasfondo emocional de Noche de reyes, ligándola a la experiencia vital del joven dramaturgo.

Adaptación cinematográfica

Este diálogo entre Hamnet y Hamlet cobra aún más actualidad con el estreno de la adaptación cinematográfica de la primera de ellas. La transformación de la novela en imagen invita a las audiencias contemporáneas no solo a revivir la narrativa de O’Farrell, sino también a reconsiderar cómo el dolor y la imaginación siguen siendo potentes fuerzas culturales.

Así, la película dirigida por Chloé Zhao no solo es un hito cinematográfico del que ya se están haciendo eco los grandes medios y premios de la industria, sino también una oportunidad para reflexionar sobre cómo recontextualizamos los clásicos y cómo estos siguen informando las artes hoy.

Tal vez por eso Hamlet sigue siendo un clásico en el sentido que definía Italo Calvino: una obra que nunca se agota, que siempre se relee y que genera nuevos discursos cada vez que alguien se atreve a mirarla con ojos nuevos.

The Conversation

Patricia García Santos recibe fondos de la ayuda predoctoral PRE2023/PID2023-148878NB-C21 del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. Esta ayuda está asociada al proyecto de investigación Transparencia, Opacidad y Resistencia en la Literatura Contemporánea en Lengua Inglesa de la Universidad de Córdoba.

Paula Martín-Salván no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Leer ‘Hamlet’ con los ojos con los que se escribió ‘Hamnet’ – https://theconversation.com/leer-hamlet-con-los-ojos-con-los-que-se-escribio-hamnet-274136

Matusalén y la inmortalidad en el mundo vegetal

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Luis F. García del Moral Garrido, Profesor Emérito-Fisiología Vegetal, Universidad de Granada

Alcornocal (_Quercus suber_) en flor. Wikimedia Commons., CC BY

“El leñador no sabe cuándo expiran / los clamorosos árboles que corta”, escribía Federico García Lorca en Los negros. Y es que determinar cuánto puede vivir un vegetal no es tan fácil como hacemos con los animales.

En la naturaleza, el tiempo de vida que alcanza un ser vivo depende de su aptitud biológica y de las circunstancias de su hábitat que, en el mejor de los casos, pueden extender su vida hasta el límite característico de su especie. Entre los animales, los más longevos son las tortugas de las islas Galápagos, que viven hasta 150 años. Es decir, hoy no queda ninguna tortuga viva que hubiera visto a un joven Charles Darwin desembarcar en las islas en 1835.

¿Pero cuánto puede vivir una planta? En 1957, se descubrió en las White Mountains, al este de California, un árbol de la especie Pinus longaeva cuya edad, medida con gran precisión mediante dendrocronología –contando el número de sus anillos anuales de crecimiento–, resultó ser de 4 850 años. Para hacernos una idea, ya tenía más de 300 años cuando se construyeron las pirámides de Egipto y casi 4 400 cuando Colón descubrió América.

Arboleda donde vive Matusalén, en las White Mountains californianas.
Wikimedia Commons., CC BY

5 000 años de historia ante sus ojos

Este venerable ejemplar recibió el nombre de Matusalén, en alusión al patriarca bíblico que, según el Génesis, vivió 969 años. Con una edad actual de 4 918 años, sigue siendo el organismo vivo no clonal (es decir, procedente de una semilla) más antiguo del planeta. Tiene un competidor, el alerce –género Larix– de Chile conocido como “El gran abuelo”. Este también es milenario, pero se ha datado mediante una técnica que incluye métodos indirectos y no es aceptada unánimemente por la comunidad científica.

Receta de la longevidad

La larga vida de los árboles tiene que ver con el suministro limitado de nutrientes y una lenta tasa de crecimiento. Esto implica también un bajo metabolismo, una menor probabilidad de aparición de mutaciones genéticas y errores bioquímicos peligrosos, y un menor coste fisiológico de mantenimiento.

En el mundo vegetal, como probablemente ocurre también en el mundo animal, la longevidad no parece compatible con llevar una vida intensa. Para un árbol, vivir más tiempo significa un crecimiento muy lento y una vida bastante monótona.

Es este escenario, aunque es cierto que finalmente las plantas mueren y desaparecen como los demás seres vivos, nos referimos a un concepto de muerte por completo diferente.

Árbol casi seco derribado por el viento, pero todavía con algunas hojas vivas.
Luis F. García del Moral

Dejando a un lado consideraciones filosóficas o teológicas, en biología, la muerte se define como un suceso irreversible que resulta de la incapacidad de utilizar energía para mantener las funciones vitales, proceso que en los animales suele completarse más o menos rápidamente una vez iniciado. En un vegetal, por el contrario, la muerte se produce gradualmente en sus distintas células y tejidos: es un proceso lento que, a menudo, dura semanas o meses. Por ello, no es fácilmente definible en términos absolutos.

Verdaderos bosques inmortales

Por otra parte, mientras una gran parte del organismo puede morir, otros órganos y tejidos pueden seguir viviendo y regenerar, incluso, una nueva planta completa.

Así, en el estado de Utah, en Estados Unidos, existe una colonia de álamos –especie Populus tremuloides– de varias hectáreas de extensión, con cientos de troncos que mueren y brotan continuamente de un enorme sistema de raíces interconectadas bajo tierra.

Pando es una colonia clonal surgida a partir de un único álamo temblón masculino (Populus tremuloides) localizada en el estado de Utah, en Estados Unidos.
Wikimedia Commons., CC BY

En realidad, este bosque, llamado Pando, es un único organismo clonal que se multiplica continuamente de forma vegetativa. Su asombrosa edad, estimada mediante diversos métodos, es de 80 000 años, cuando los neandertales vagaban por el continente europeo durante la última glaciación.

El secreto de los organismos clonales

Esta capacidad de supervivencia de los vegetales se debe a la existencia de múltiples meristemos, tejidos constituidos por células indiferenciadas que retienen la capacidad de dividirse y crecer para dar lugar a nuevos tejidos y órganos durante toda la vida del organismo.

Precisamente, esta propiedad de los tejidos vegetales es la que permite el cultivo y propagación vegetativa o clonal de plantas in vitro mediante la biotecnología.

Clonación vegetal mediante cultivo in vitro.
Luis F. García del Moral.

En los animales, también existe un número limitado de órganos con pequeños grupos de células, llamadas células madre no embrionarias, que realizan trabajos de reparación a pequeña escala. Es el caso de las células sanguíneas, las células de la piel o de las mucosas gastrointestinal y respiratoria. Sin embargo, no hay posibilidad en el cuerpo animal de un reemplazo continuo y masivo de células en todos los tejidos y órganos, como el que llevan a cabo las células meristemáticas de los vegetales.

Es un detalle clave, ya que, desafortunadamente, las pérdidas sufridas por los cuerpos de los animales no pueden ser reemplazadas. Nuestros órganos solo se producen una vez durante la vida, sin posibilidad de recambio. Al contrario, las plantas son capaces de regenerar tejidos y órganos continuamente, incluso a partir de una sola célula.

Neoformación de una rama en un tronco adulto.
Luis F. García del Moral.

Desde este punto de vista y mientras conserven algunas células vivas, podemos considerar a los vegetales como funcionalmente inmortales o, mejor aún, como amortales. No en vano, para varias culturas, el árbol es el símbolo de la regeneración perpetua y de la vida en su sentido dinámico.

Respondiendo a Lorca, no cabe duda de que los vegetales son organismos con una forma particular de vida. Y una forma particular de vida requiere también una forma particular de muerte.

The Conversation

Luis F. García del Moral Garrido no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Matusalén y la inmortalidad en el mundo vegetal – https://theconversation.com/matusalen-y-la-inmortalidad-en-el-mundo-vegetal-272459

Blaming ‘wine moms’ for ICE protest violence is another baseless, misogynist myth

Source: The Conversation – Canada – By Darryn DiFrancesco, Assistant Professor, School of Nursing, Faculty of Human and Health Sciences, University of Northern British Columbia

Following the recent shooting of Renee Good by an agent for Immigration and Customs Enforcement (ICE) in the United States, the Donald Trump administration’s latest narrative suggests that “deluded wine moms” are to blame for the violence in ICE-related demonstrations in Minneapolis and across the country.

This mother-blaming is nothing more than an old trick with a new spin.

Organized gangs of ‘wine moms’

Earlier this week, a Fox News columnist wrote that “organized gangs of wine moms” are using “antifa tactics” to “harass and impede” ICE activity. In the opinion piece, he claimed that “confusion” over the what constitutes civil disobedience is what “got 37-year-old Renee Good killed.”

Similarly, Vice-President J.D. Vance called Good a “deranged leftist” while a new acronym, AWFUL — Affluent White Female Urban Liberal — has appeared on social media.

In framing protesters like Good, a mother of three, as confused, aggressive and “delusional,” this narrative delegitimizes and pathologizes maternal activism. This strategy aims to divert blame from the U.S. government and its heavy-handed approach to immigration while also drawing on a centuries-old strategy of blaming mothers for social problems.

What makes a ‘wine mom?’

The term “wine mom” emerged over the last two decades as a cultural symbol of the contemporary white, suburban mother who turns to a nightly glass of wine (or two) to cope with the stresses of daily life.

The archetype goes back much further, reflected in literature, film and television characters, such as the wily Lucille Bluth of Arrested Development.

A clip from ‘Arrested Development’ featuring Lucille Bluth’s fondness for boozing.

Yet, this motif is less light-hearted than assumed: a recent systematic review reveals a strong link between maternal drinking and stress, especially for working mothers.

While it would be easy to view problematic drinking as another example of maternal failure, it is important not to. Here’s why.

Mother-blame in history

Throughout history, mothers have found themselves in the midst of what American sociologist Linda Blum calls a “mother-valor/mother-blame binary.”

When behaving in accordance with socially acceptable and desirable parameters — that is with warmth, femininity and selflessness — mothers are viewed as “good.” When mothers violate these norms, whether by choice, circumstance or by virtue of their race or class position, they’re “bad mothers.”

Mother-blame ultimately reflects the belief that mothers are solely responsible for their children’s behaviour and outcomes, along with the cultural tendency to blame them when things go wrong. Yet, as Blum points out, “mother-blame also serves as a metaphor for a range of political fears.”

Perhaps the most striking example of this is the suffrage movement, which represented a direct challenge to patriarchal notions that women belonged in the domestic sphere and lacked the intelligence to engage in political discourse.

Suffragettes in the United Kingdom — many of them mothers — occasionally used extreme tactics, such as window-smashing and arson, while women in the U.S. obstructed traffic and waged hunger strikes.

These activists were framed as threatening to not only the establishment, but also to families and the moral fabric of society.

Ironically, despite the fact that women’s entry into politics led to increased spending and improved outcomes related to women, children, families and health care, scholars have found that mother-blaming was as common after the women’s movement as it was before.

Contemporary mother-blame

Beyond political matters, contemporary mother-blame is rampant in other domains.

Mothers have been blamed for a wide variety of their children’s psychological problems, including anxiety, depression and inherited trauma. In media and literature, mothers are often blamed for criminality and violence, reflecting the notion that “mothers make monsters.”
When children struggle in school, educators and administrators may blame the mother. Mothers risk being called “too passive” if they don’t advocate for their children or “too aggressive” when they do.

Similarly, the “crazy woman” or “hysterical mother” is a well-known trope in custody law, and mothers may be blamed even when their children are abused by others. Mass shootings? Mom’s failure. The list goes on.

By setting up mothering as a high-stakes endeavour, the cultural norm of mother-blame also serves to “divide and conquer.”

In my sociology research, I found that mothers on Facebook worked to align themselves with like-minded “superior” mothers, while distancing themselves from perceived “inferior” mothers. This feeds into the cultural norm of “combative mothering,” which pits mothers against each other.

An old trick with a new spin

The “wine mom” narrative builds on this historical pattern of mother-blame. It is meant to trivialize, delegitimize, divide and denigrate mothers who are, in fact, well-organized and motivated activists concerned for their communities.

While there are legitimate concerns around maternal drinking as a coping mechanism, the “wine mom” label has begun to represent something different. Mothers are reclaiming the title to expand their cause.

As @sara_wiles, promoting the activist group @redwineblueusa stated on Instagram: “They meant to scare us back into the kitchen, but our actual response is, ‘Oh, I want to join!’”

We should acknowledge that rather than causing societal problems, mothers have a long history of trying to fix them, even if imperfectly. Mothers like Renee Good are no exception.

The Conversation

Darryn DiFrancesco does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Blaming ‘wine moms’ for ICE protest violence is another baseless, misogynist myth – https://theconversation.com/blaming-wine-moms-for-ice-protest-violence-is-another-baseless-misogynist-myth-273786

What a US military base lost under Greenland’s ice sheet reveals about the island’s real strategic importance

Source: The Conversation – UK – By Gemma Ware, Host, The Conversation Weekly Podcast, The Conversation

U.S. Army Corps of Engineers via Wikimedia Commons

In the summer of 1959, a group of American soldiers began carving trenches in the Greenland ice sheet. Those trenches would become the snow-covered tunnels of Camp Century, a secret Arctic research base powered by a nuclear reactor.

It was located about 150 miles inland from Thule, now Pituffik, a large American military base set up in north-western Greenland after a military agreement with Denmark during world war two.

Camp Century operated for six years, during which time the scientists based there managed to drill a mile down to collect a unique set of ice cores. But by 1966, Camp Century had been abandoned, deemed too expensive and difficult to maintain.

Today, Donald Trump’s territorial ambitions for Greenland continue to cause concern and confusion in Europe, particularly for Denmark and Greenlanders themselves, who insist their island is not for sale.

One of the attractions of Greenland is the gleam of its rich mineral wealth, particularly rare earth minerals. Now that Greenland’s ice sheet is melting due to global warming, will this make the mineral riches easier to get at?

In this episode of The Conversation Weekly podcast, we talk to Paul Bierman, a geologist and expert on Greenland’s ice at the University of Vermont in the US. He explains why the history of what happened to Camp Century – and the secrets of its ice cores, misplaced for decades, but now back under the microscope – help us to understand why it’s not that simple.

Listen to the interview with Paul Bierman on The Conversation Weekly podcast. You can also read article by him about the history of US involvement in Greenland and the difficulty of mining on the island.

This episode of The Conversation Weekly was written and produced by Mend Mariwany and Gemma Ware. Mixing by Michelle Macklem and theme music by Neeta Sarl. Gemma Ware is the executive producer.

Newsclips in this episode from New York Times Podcasts, the BBC and NBC News.

Listen to The Conversation Weekly via any of the apps listed above, download it directly via our RSS feed or find out how else to listen here. A transcript of this episode is available via the Apple Podcasts or Spotify apps.

The Conversation

Paul Bierman receives funding from the US National Science Foundation and the University of Vermont Gund Institute for Environment

ref. What a US military base lost under Greenland’s ice sheet reveals about the island’s real strategic importance – https://theconversation.com/what-a-us-military-base-lost-under-greenlands-ice-sheet-reveals-about-the-islands-real-strategic-importance-274067

Quand les morts quittent les cimetières : nouvelles pratiques funéraires en pleine nature

Source: The Conversation – France (in French) – By Pascaline Thiollière, architecte (M’Arch), enseignante et chercheuse sur les ambiances et approches sensibles des espaces habités, Ecole d’architecture de Grenoble (ENSAG)

Une dispersion de cendres à Courtrai, en Belgique, dans le cimetière conçu par B. Secchi. Fourni par l’auteur

À bas bruit et hors de portée du marché du funéraire se développent des pratiques qui déplacent les morts et leur mémoire à l’extérieur des cimetières dans des espaces bien réels, au plus près des valeurs et des façons de vivre dont témoignaient les défunts de leur vivant.


Lorsque les espaces et les pratiques funéraires sont évoquées dans les médias ou dans le débat public français, c’est souvent aux approches des fêtes de la Toussaint, pour relater des évolutions en cours dans la gestion des funérailles et des cimetières, et pour mettre en lumière des services, objets, techniques ou technologies dites innovantes. Il était ces dernières années beaucoup question de l’écologisation des lieux et techniques funéraires (cimetière écologique, humusation/terramation, décarbonation des produits funéraires) et de la digitalisation du recueillement et de la mémoire (deadbots, gestion post-mortem des volontés et des données numériques, cimetières et mémoriaux virtuels, télétransmission des cérémonies). Mais discrètement, d’autres pratiques voient le jour.

Avec la crémation devenue majoritaire dans de nombreux territoires français, la dispersion des cendres dite « en pleine nature » se révèle très importante dans les souhaits et de plus en plus dans les faits. Pourtant, beaucoup méconnaissent le cadre légal et pratique de son application. Cet article dévoile les premiers éléments d’une enquête en cours sur ces pratiques discrètes qui témoignent d’une émancipation créative face à la tradition contraignante de la tombe et du cimetière.

Des cimetières de moins en moins fréquentés

Le cimetière paroissial du Moyen Âge qui plaçait la communauté des morts au plus près de l’église et de ses reliques, dans la promesse de son salut et de sa résurrection, était un espace multifonctionnel et central de la vie et de la ville.

Le cimetière de la modernité matérialiste et hygiéniste est déplacé dans les faubourgs, puis dans les périphéries de la ville et se marginalise petit à petit des fonctions urbaines. Il devient, comme le dit Foucault, « l’autre ville, où chaque famille possède sa noire demeure », puis s’efface dans l’étalement urbain du XXᵉ siècle.

À l’intérieur des murs d’enceinte qui deviennent souvent de simples clôtures, les aménagements pour gagner de la place se rationalisent, le mobilier d’un marché funéraire en voie d’industrialisation et de mondialisation se standardisent. Les morts y sont rangés pour des durées de concessions écourtées au fil des décennies, sous la pression d’une mortalité en hausse (génération des baby-boomers) et de la saturation de nombreux cimetières urbains.

Dans les enquêtes régulières sur « Les Français et les obsèques » du Centre de recherche pour l’étude et l’observation des conditions de vie (Credoc), les Français montrent peu d’affection envers leurs cimetières qu’ils jugent trop souvent démesurés, froids et impersonnels. Alors qu’ils étaient encore 50 % en 2005, seulement un tiers des Français de plus de 40 ans continuent vingt ans plus tard à les fréquenter systématiquement à la Toussaint. Pour les Français de moins de 40 ans, ils sont encore moins souvent des lieux de sens et d’attachement.

Cette désaffection des cimetières, pour beaucoup synonymes d’enfermement tant matériel que mental, explique en partie l’essor de la crémation et de la dispersion des cendres. Les dimensions économiques et écologiques de ces options funéraires viennent renforcer cette tendance et s’exprime par la volonté de ne pas être un poids pour ses descendants (coût et soin des tombes) et/ou pour la planète (bilan carbone important de l’inhumation avec caveau et/ou monuments), et illustre la proposition de garder l’espace pour les vivants et le vivant.

La crémation gagne du terrain

La crémation était répandue en Europe avant sa christianisation et a même été conservée marginalement en périodes médiévales dans certaines cultures d’Europe du Nord. Elle se pratiquait sur des bûchers à foyer ouvert. Sa pratique, telle que nous la connaissons aujourd’hui en foyer fermé, a été rendue possible par la technique et l’essor du four industriel au XIXᵉ siècle, et par la plaidoirie des crématistes depuis la Révolution française jusqu’à la fin du XXᵉ siècle où la pratique va définitivement s’instituer.

Si les fragments calcinés étaient conservés communément dans des urnes, c’est avec l’apparition d’une autre technique industrielle dans le crématorium que la dispersion a pu être imaginée : la crémulation, c’est-à-dire la pulvérisation des fragments sortant du four, permettant d’obtenir une matière plus fine et moins volumineuse. Cette matière aseptisée par le feu et homogénéisée par le crémulateur peut alors rejoindre d’autres destinations que les urnes et le cimetière.

En 1976, un nouveau texte de loi insiste sur le fait que les cendres doivent être pulvérisées afin que des ossements ne puissent y subsister, effaçant ainsi ce qu’il restait de la forme d’un corps. Cette nouvelle matérialité peut alors se fondre discrètement dans nos lieux familiers, les morts se retrouvent inscrits dans nos paysages privilégiés, et leur souvenir cohabiter avec les activités récréatives et contemplatives qui prennent place dans les espaces naturels non aménagés.

Dispersions, disséminations

Alors que de nombreux Français pensent cette pratique interdite, son cadre légal et la notion de « pleine nature » ont été précisés en 2008 et en 2009. Ce cadre relativement souple permet de disperser les cendres en de nombreux espaces publics (sauf sur la voie publique) à distance des habitations et zones aménagées (parcs naturels, forêts, rivières, mers éloignées des côtes), plus difficilement dans des espaces privés avec la contrainte d’obtenir l’accord du propriétaire d’un droit d’accès perpétuel, ce qui peut poser des difficultés au moment des ventes de biens.

La « pleine nature » correspond aujourd’hui à une proportion d’un quart à un tiers des destinations des cendres des défunts crématisés. À travers un appel à témoignages anonymes en ligne ouvert dans le cadre d’une recherche en cours depuis 2023, une cinquantaine de micro-récits de dispersion ont été rassemblés et constituent un premier corpus pour appréhender ces pratiques discrètes et peu documentées. Ces récits inédits révèlent l’émergence de nouvelles manières de rendre hommage aux défunts et de donner du sens à la mort et à la vie dans des mondes contemporains en crise.

Le milieu du funéraire et de l’accompagnement du deuil se montre réservé face à cette pratique donnant lieu à des sépultures labiles en proie aux éléments, sans traces tangibles identifiant les défunts et sans garantie de se transmettre au fil des générations, parfois difficilement accessibles, isolant ces morts des autres morts.

Faisant écho de craintes parfois avérées de rendre les deuils plus difficiles, les professionnels doivent pourtant reconnaître que malgré ces nouvelles contraintes et en en connaissant les impacts, une grande majorité de ceux qui ont opté pour la dispersion des cendres de leurs proches reconduiraient le choix de la dispersion. Celui-ci procure en effet pour beaucoup le sentiment de satisfaction d’une promesse tenue, car ces destinations en pleine nature sont le souhait des vivants et se déroulent par là même souvent sans conflit au sein de l’entourage des défunts, dans une ambiance de sérénité, d’un chagrin joyeux, dans les plis de paysages et de territoires intimes aux défunts et à leurs proches.

De manière assez naturelle découlent de ces gestes et territoires de dispersion des prises pour imaginer des suites, des revisites, des retrouvailles sous forme de balades discrètement ritualisées, de pique-niques et baignades mémorielles, des façons de reconfigurer et d’entretenir les liens avec les défunts dans ces territoires familiers.

La diversité des lieux, des configurations sensibles et des éléments en jeu dans les dispersions renouvelle les possibles en termes de gestes et d’actes d’hommage envers les défunts, lors de la dispersion comme après, imbriquant la mémoire du mort dans des souvenirs de moments de vie partagés.

Les mises en gestes de la dispersion partiellement décrites dans les témoignages et rejouées dans le collectif de chercheurs pour en révéler des parts implicites montrent aussi des moments de flottement, des maladresses, des surprises et des improvisations qui se dénouent souvent avec des rires. Ce sont autant de marges dans lesquelles peuvent s’engouffrer des marques de la singularité des personnes en jeu, manœuvrer avec audace les acteurs pour s’approprier ces moments importants et en faire des lieux d’individuation, un premier pas actif sur le chemin du deuil.

Avec la dispersion des cendres, le lieu de nos morts n’est plus l’espace autre, l’autre ville des noires demeures, mais l‘espace même qui accueille nos moments de vie, là où nos beaux souvenirs avec eux font gage d’éternité. La suite de l’enquête permettra d’affiner les contours et les potentialités de ces pratiques.


Cet article est publié dans le cadre de la série « Regards croisés : culture, recherche et société », publiée avec le soutien de la Délégation générale à la transmission, aux territoires et à la démocratie culturelle du ministère de la culture.

The Conversation

Pascaline Thiollière ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Quand les morts quittent les cimetières : nouvelles pratiques funéraires en pleine nature – https://theconversation.com/quand-les-morts-quittent-les-cimetieres-nouvelles-pratiques-funeraires-en-pleine-nature-272086